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DC y derecha; los Rincón; el amor; Mark; ‘Monga’

josé antonio primo de riveraDemocracia Cristiana. Vamos a ubicarnos en los orígenes, porque de eso depende el desarrollo posterior. Las raíces se encuentran en la derechista Falange Española, creada a comienzos del siglo XX por José Antonio Primo de Rivera (foto) contra la amenaza de una ‘revolución socialista’. Su hijo Miguel Primo de Rivera fue dictador de España entre 1923 y 1930. En Chile, Eduardo Frei Montalva recoge ese ideario y funda la ‘Falange Nacional’. Simultáneamente, esa falange que tomaba ideas de la doctrina social de la iglesia vaticana, también era digna de admiración de Jaime Guzmán, creador de la ‘Unión Demócrata Independiente’, Udi, quien se aprendió discursos enteros de José Antonio Primo de Rivera y los intercalaba en sus presentaciones. La Democracia Cristiana chilena proviene, pues, de la estirpe fascista y católica del viejo Primo de Rivera, de España.

Centro izquierda. El ex canciller de Ricardo Lagos Escobar, y ex presidente de la walker_ignacioDemocracia Cristiana, 2010-2015, Ignacio Walker (foto), acusó anoche en ‘Tolerancia Cero’ a la Nueva Mayoría de “haberse izquierdizado”. La responsabilizó, por esta vía, de facilitar que el derechista Sebastián Piñera tenga nuevos adherentes, provenientes del desencanto de muchas personas con esa izquierdización de la vieja Concertación. Y, a continuación, se proclamó de “centro-izquierda”, pese a su origen falangista, fascista. Señaló que la Democracia Cristiana debía ser una fuerza capaz de ganarse adeptos del patio de Piñera, de la Udi y Renovación Nacional, “sin ser de derecha”. Y se preguntó si era viable una alianza “con la derecha”, y dijo que no.

Ricardo Rincón. El diputado es hermano de la ex ministra de Michelle Bachelet, Ximena ricardo rincónRincón. Ambos militan en la Democracia Cristiana. Ricardo Rincón (foto) fue procesado por violencia intrafamiliar contra Carolina Hidalgo en el año 2002, lo que él ha negado en distintas ocasiones. La candidata presidencial de la Democracia Cristiana, Carolina Goic, había denunciado ese hecho, cuando se debatió la conformación de listas de candidato de la DC al Congreso. Porque Ricardo Rincón quiere repostularse a la Cámara. La Junta Nacional de la DC “rechazó” la repostulación del señor Rincón. Pero unas horas más tarde, la misma Junta de la DC “aceptó” que se repostulara, obviando el caso de violencia intrafamiliar, y, de paso, y lo más grave, desautorizando a su candidata presidencial. El esposo de esta, Christian Kirk, escribió una sentida carta a la Junta de la DC, recriminando a quienes apoyaron a Ricardo Rincón. Los acusó de tener “las manos manchadas con sangre”, y propuso expulsar a “los fariseos del templo” de la DC.

Carolina Goic. ¿En qué posición dejó la Junta de la DC a su candidata presidencial? La carolina goicdejó en el peor de los escenarios. Desautorizada. Con sobrada razón la candidata Carolina Goic (foto) dijo que iba a pensar mantener, o no, su candidatura. En general, este comportamiento culebrero, tortuoso y melifluo, es el que ha tenido desde siempre la DC. La DC ha gozado de todos los privilegios posibles, primero como miembro de la Concertación y ahora de la Nueva Mayoría. Sin embargo, si se revisan los hechos, no ha habido opositor más eficaz y persistente de la Concertación y la Nueva Mayoría que la DC. Jorge Burgos, Ignacio Walker, Andrés Zaldívar, Jorge Pizarro, etcétera, han sido palos en la rueda de los gobiernos “de izquierda”; y han puesto las trabas desde adentro de la coalición.

Sola. Está bien que la Democracia Cristiana (logo) corra sola en la carrera presidencial. DCNo quiso apoyar al candidato Alejandro Guiller, porque no la representa, obviamente. Prefirió ir con candidata propia, Carolina Goic, pero a mitad de camino la apuñalaron, prácticamente, cuando defienden a Ricardo Rincón. En este blog hemos dicho, hace varios años, que la DC no debió haber estado jamás en la Concertación, ni en la Nueva Mayoría. Porque la DC es “otra cosa”. Está más cerca, por su origen y su ideario, de la derecha, no sabemos si la dura, o la moderada, que de la izquierda. Que corra sola para saber cuántos son, y deje de blufear, está bien. Que corra sola para sincerar sus postulados y el escenario político nacional, está bien.

Carolina Arregui. Brevemente: salió la veterana actriz Carolina Arregui en esta foto con carolina arreguilos perros de Alexis Sánchez, convertido en el novio envidiado de Chile de la también actriz Mayte Rodríguez, hija de Carolina Arregui. Y el pie de foto considera una bendición esta relación amorosa de su hija. A su vez, Mayte Rodríguez escribió en un pie de foto, posterior a saberse su relación con el futbolista Alexis Sánchez, que había llegado la luz y la iluminación a su vida. Todo esto ¿será para sacarle pica a Thiago Correa, el ex novio de Mayte, quien, al parecer, no la trató bien y la engañó con otras mujeres durante su convivencia de 5 años? ¿Será solo para sacar pica?

Mark González. Me parece muy bien que Mark González (foto) diga lo que piensa del mark gonzáleztécnico argentino Pablo Guedes. Que es una mala persona, que jamás se preocupó de averiguar o preguntarle por sus lesiones y su recuperación, la poca empatía de Guedes con sus dirigidos, etcétera. ¿Qué decirlo le traerá problemas? No creo, porque quien lo quiera contratar no será para tratarlo mal, hacerle la desconocida o tenerlo en la banca. Lo que si es claro es que la voz y esa mascadera de chicle a toda hora, son algo bastante desagradable del señor Pablo Guedes. No nos cae bien. Nunca nos ha caído bien.

‘Santos del mediodía’ de Beatriz Meyer

beatriz-meyerTrinidad percibió primero su olor. La canícula de la mañana se concentraba en el cuerpo polvoriento del extraño que le preguntó de golpe: -¿Cuánto? Lo miró sin adivinar las facciones ocultas bajo las capas de caliche que denunciaban su oficio. Me manda el Güero, oyó la voz y se acordó del contratista que a veces le enviaba albañiles a horas inmisericordes, cuando el sol calentaba de más y ni unos pesos para una chela, ni un soplo de aire en medio del marasmo de coches, gritos, bultos.

Trinidad repasó con un dedo húmedo la línea en fuga de su media. Cincuenta baros, más el cuarto, dijo, y el hombre rebuscó en la mochila que llevaba al hombro. Mientras lo guiaba por aceras heridas, ella pensó sin querer -quizá por ser aquel su primer cliente del día- en su nuca descubierta, el triste artificio del pelo desmentido en la raíz, la blusa sin mangas brillando a destiempo, abandonada por la noche, la falda adherida con devoción a sus nalgas en marcha. Y quién sabe por qué sintió ganas de reír, y después pensó que de seguro era el calor que ya le bajaba a chorros lentos por las axilas y bordeaba de humedades la tela delgada de su vestimenta.

Tuvieron que abrirse paso entre los ambulantes apostados ante la puerta del hotel que los recibió con un bostezo de humedad pegajosa. En la recepción un señor gordo de grandes bigotes leía una revista de vaqueros. Trinidad recibió la llave en silencio y el empleado volvió a la lectura. Subieron por la escalera pringosa. El sonido de sus pasos resonó por todo lo alto del cubo, como sacudiendo la modorra de los escasos visitantes. Al llegar al pasillo se toparon con una mujer entrada en carnes que trapeaba con movimientos lánguidos el piso de mosaicos. Sin variar el ritmo indicó: el siete está listo. La pareja penetró en la habitación olorosa a creolina y detergente barato. Trinidad se dirigió al tocador y observó su rostro enrojecido, el rímel que ya formaba un medio círculo de oscuridad bajo los ojos. Se quitó la blusa, más por aligerar el calor de su cuerpo que por una concesión al cliente. No era su costumbre, no. Sólo lo indispensable: las medias, de por sí rasgadas. La falda, a veces, para no arrugarla. Pero esta mañana ella sentía el sudor escurrir entre sus muslos y ya procedía a bajar el cierre cuando por el espejo notó que su cliente se había quedado a mitad de la habitación. No lograba verle los ojos, tanta era la tierra que le cubría la cara. Adivinó a un hombre joven, por el cuerpo delgado y la timidez de movimientos, que a esas alturas se habían vuelto un vaivén, una especie de arrullo, como si el muchacho estuviera dándose valor para desquitar sus ganas y sus cincuenta pesos en el cuerpo sudoroso y prieto de Trinidad. Estrechaba la mochila contra el pecho. Como escudo, tal vez. La mujer suspiró al percibir de nuevo el olor reconcentrado del albañil. Al menos este no está borracho, se dijo. Luego le dio la espalda, en un acto innecesario de timidez. Con cierta dificultad deslizó la falda por sus piernas. La prenda cayó, como vencida por la contundencia de los muslos morenos. Al volverse de frente al muchacho, Trinidad percibió por primera vez la posibilidad de unos ojos amarillos que la recorrían minuciosamente. Pero tanta cal en el rostro del cliente dificultaba la confirmación. El polvo grisáceo cubría las mejillas, la nariz y los ojos como si alguien se hubiera esmerado en camuflar las facciones del joven para dotarlo del tosco efecto de un recién exhumado. Trinidad giró con gracia sobre sus talones; luego descendió en busca de la falda, sumida en precaria posición de derrota. Sintió el temblor de sus carnes, emocionadas por el repentino movimiento. El muchacho abrió más los ojos. Entonces sí los vio. Ojos de gato, escudriñadores. Tenían un color extraño, tan diferente de los ojos oscuros de sus clientes de siempre. Percibió la mirada como un rayo de luz sobre sus piernas, su cadera, su pubis aun cubierto por el calzón rojo que dejaba al descubierto los meridianos de las nalgas. La mujer se dio vuelta y casi escuchó el siseo atormentado del muchacho que de seguro nunca esperó que el precio incluyera el espectáculo de un trasero tan redondo a esas horas de la mañana.

Un golpe de aire proveniente de la ventila abierta acarició el cuello de Trinidad. Se desprendió del sostén, qué caray, si hace tanto calor. Sus pezones se erizaron de gusto al sentir el aire. Ahora sí, por muy tímido, el otro iría a lo suyo. Se acercó un poco para enfrentar -cosa rara, ella siempre al grano, sin demoras ni seducciones extras- desde su horizonte de piel y sudor; los ojos amarillos, la estupefacción. Pasaron varios minutos y el muchacho no se movía. No tengo tu tiempo, ¿lo hacemos o no?, preguntó un tanto irritada por la actitud del extraño. De repente pensó que si lo desanimaba el chamaco le pediría de vuelta sus cincuenta pesos y adiós almuerzo y quién sabe hasta qué horas, con ese calor los hombres preferían la cantina hasta bien entrada la tarde. Todavía sin respuesta se encaminó hacia él. ¿Qué pasa, papito, no te gusto?, inquirió con la ternura rancia de tantas mañanas vacías. Al intentar una caricia sobre el hombro del joven este reculó, dos pasos, la mochila como escudo. Trinidad no pudo evitar llevarse al pecho la mano rechazada. Una súbita vergüenza o desconcierto la sembró en su lugar sobre la alfombra. Pensó en Imelda y en el fulano aquel de la otra noche, el que le había dado la golpiza con el tubo de fierro, y tantas veces como le había advertido Trinidad sobre lo peligroso de mezclar las borracheras con el negocio. Pero eran pasadas las once, pronto sería mediodía, no había bebido ni una maldita cerveza y el fulano este, aparte de mugroso y maloliente, no se veía que se le antojara ni un buche de pulque.

-Si quieres me visto y ya, ahí muere -refunfuñó, ahora sí molesta. El cliente movió la cabeza. La luz amarilla de los ojos, desasosegada por un instante, recobró su cualidad ambarina. Tan clara que la mujer dejó de pensar en golpes. También dejó de pensar en la hora, en el calor. Dejó de pensar. Hasta que la luz se extinguió. El hombre ya no la miraba. Había vuelto a colocarse la mochila al hombro y ahora sus ojos se posaban sobre las manos blancuzcas por el yeso y la grava. Para sorpresa de Trinidad, acostumbrada ya a la atmósfera caliente del cuarto, a la inmovilidad de los cuerpos y del aire, el hombre enfiló hacia el baño. La mujer escuchó correr el agua de la regadera y se resignó. El primer cliente del día era importante. Si tenía buena mano le atraería por lo menos otros 4, con suerte 5 o 6. Era viernes, día de raya, así que tal vez podría trabajar hasta tarde en la noche. Aprovechó para recostarse un rato. Durante la jornada tenía pocas oportunidades de descanso. Sobre todo en los días malos, cuando la lluvia o la lejanía del pago semanal ahuyentaban a la clientela. Entonces se pasaba las horas de pie, desplazándose de un lugar a otro, desentumeciendo las piernas por aquello de las várices que todavía no, pero quién sabe y los bonos bajan. Eso y la piel requemada, las arrugas en torno a ojos y boca, que con un poco de maquillaje se disfrazan pero no se puede competir con tanta muchachita recién desembarcada de provincia, trenzas y mirada de susto, quince, dieciséis años y la vieja historia del novio que las trajo a la gran ciudad con promesas de matrimonio para acabar caminando las calles en busca del mejor postor.

Trinidad suspiró, olvidando un momento las caritas morenas, las trenzas reemplazadas por guedejas de colores súbitamente claros, los clientes que preferían la carne fresca, todavía olorosa a retama, a humo de leña, a lodo del camino. De cara al techo repasó las grietas de la pintura. Tantas veces había estado en ese mismo cuarto y ni siquiera recordaba el color de la colcha, la ubicación de la ventana ni la del armario desvencijado donde a veces guardaba el bolso o el abrigo con la ilusión de haber llegado a casa. Qué tonta, se dijo y aguzó el oído. La regadera no corría más. Pero el fulano seguía dentro. ¿Qué se creerá éste? Una ligera somnolencia la invadió. No oyó la puerta del baño al abrirse, ni vio la estela de vapor que siguió al joven en su camino a la cómoda donde colocó la mochila.

Trinidad soñaba. El aire de la ventila abierta le acarició las mejillas y en el sueño tenía los pies desnudos, salpicados de lodo. Miró el cielo, ese que nadie nunca le señaló ni para bien ni para mal porque sólo estaba ahí, como estaban las acamayas en el recodo del río, entre las piedras redondas, como estaban la hierba y las casas de palma, las vacas y los gritos de otros niños.

El ruido lejano de los autos se coló de repente y ella ya estaba en el autobús con rumbo a la ciudad, toda ilusiones, vestido nuevo y caja de cartón por maleta. De ahí en adelante prefirió no mirar los ojos del primer hombre, el primer billete en la mano de alguien que tampoco señaló el cielo grisáceo, el paisaje de cables y árboles resecos, la sombra que se tendió sobre las cosas como ella tendía su cuerpo en las camas de ese hotel de techos cuarteados, como también se tendía Imelda, la pobre, siempre borracha, siempre triste, si hasta le pegaban por eso, por borracha y por triste. Una vez le dieron con un tubo de fierro. Porque se había reído, ella que nunca se reía, sólo cuando se acordaba de su pueblo y de Juan, el hombre que la perdió, decía. Por eso Trinidad volvió a sus pies enfangados, al río y las acamayas entre las piedras. No quería recordar la sonrisa de Imelda con la cabeza rota por un tubo de fierro.

Corría sin rumbo por el campo cuando un toque suave en sus rodillas la volvió a la realidad de cincuenta pesos más el cuarto. La luz del mediodía se había instalado en el centro de la habitación, decidida, como prolongación del río de sus sueños. El vapor de la regadera revoloteaba todavía en la gravedad del aire. Algo, tal vez un dedo invisible, volvió a rozar su rodilla. Abrió los ojos, desconcertada. Se incorporó, las manos sobre el pecho, escudo contra lo inesperado, contra la caricia que ascendía, tímida, por entre sus muslos. Ahí estaba ya su cliente. Nadie le señaló nunca el cielo, pensó Trinidad, pero ahora ella podía alzar un poco la cabeza y mirarlo de cerca. La visión de un rostro imberbe y mudo la hizo estremecer. De repente la calle, el cuarto, el mundo se volvían un gran silencio, como si el viento se descalzara para caminar sobre su piel y el único punto real fueran las gotitas de agua vibrando en las pestañas de aquel muchacho, casi un niño, ojos color membrillo que la miraban como pidiéndole quién sabía qué camino o fuente, si una mano o un rincón donde la suerte adquiriera las dimensiones de una ciudad naranja y apacible. La mujer escudriñaba las mejillas doradas, redondas, y era como si desplegara por primera vez unas alas ocultas, como si un cántaro se reventara en sus entrañas y esparciera sus aguas al influjo de esa mirada inmensa, amarilla. Abrió los brazos, flores recién cortadas, y su piel tuvo otra vez olor a humo para el forastero pronto a entrar en la virgen geografía del hechizo. Con el instinto de los años guió al joven en su primera muerte, su primer viaje, su primer regreso. Y lo estrechó gozosa, paciente, sabia. Todavía al final, mientras recuperaban el aliento, se preguntaba cómo un hombre tan hermoso podía haber tardado tanto en probarse con una mujer. Nunca había conocido nada como las líneas de ese cuerpo delgado, la boca de labios carnosos y la nariz de niño bien de aquel muchacho que respiraba tranquilo hundido en el hueco de su cuello.

-¿Cómo te llamas? -preguntó la mujer, enternecida al verlo batallar con la hebilla del cinturón.

-Santos -fue la parca respuesta.

Ya para salir, Trinidad recibió una última mirada de los ojos ambarinos. En la luz de la media tarde reconoció de nueva cuenta su belleza. Tuvo ganas de reír -de gusto, de tristeza-, pero se contuvo. Supo, sin lugar a dudas, que de ahí en adelante ella misma podría señalar las cosas del cielo. La sonrisa de agradecimiento de Santos se hizo amplia antes de pasar a ser otra forma de la luz. Luego desapareció tragado por la oscuridad de la escalera. Silbaba una canción alegre. Trinidad bajó los escalones, el alma y los ánimos apaciguados. A lo lejos escuchó la carrera jovial, la tonada que insistía en mezclarse con un ruido metálico, el tipo de sonido que haría un tubo de fierro dentro de una mochila al pegar de cuando en cuando, de manera inadvertida, contra las paredes anónimas de un hotel de paso.

Beatriz Meyer (foto)

‘La colombiana’; la educación gratuita

La colombiana. Valga destacar las buenas actuaciones en ‘La colombiana’, la serie de Tvn a las 20 horas. Por la misma razón, valga nombrar a todos los actores: Felipe Braun, Elizabeth Minotta (primer rostro), María José Illanes (segundo rostro), Lucas Mosquera, Jorge Arecheta, César Sepúlveda, Óscar Hernández, Diego Ruiz, Daniela Estay, Juan José Suárez, Eyal Meyer, Josefina Fiebelkorn (tercer rostro), Carmina Riego, Emilia Noguera (cuarto rostro), Santiago Tupper, Alejandra Fosalba, Delfina Guzmán, Florencia López, María Fernanda Martínez, Schlomit Baytelman, Felipe Morales, Luz Valdivieso, Catalina Guerra, Luis Alarcón, Andrea Freund, Remigio Remedy, Álvaro Pacull, Gonzalo Vivanco, Sara Becker y Anya Jaederlund. Todos excelentes. Las mujeres guapas. Don Óscar Hernández se ha echado al hombro varios capítulos de la teleserie, con gran suceso. Es una comedia con drama, que no deja de lado varios temas palpitantes, como la xenofobia, el arribismo, la vida de barrio, la urbanización deshumanizada, la pre adolescencia masculina y femenina, la relación de parejas, las diferencias sociales de clase, entre los destacados. Por eso, acentuar, de igual manera, los libretos de Jaime Morales, Sandra Arriagada, Iván Salas-Moya y Jimena Oto. Y tanto como los libretos, cuenta en una buena teleserie, como esta, la dirección, a cargo de Germán Barriga y Francisco Cortés. Ojalá que su reemplazo sea de tan alta calidad, pues de otra manera no la distribuiría Telemundo.

Educación. Los señores de la derechista Unión Demócrata Independiente, Udi, y Renovación Nacional, tienen un argumento falso para oponerse a la gratuidad en la educación. Su peregrina tesis es: “cómo se le va a dar educación gratis a los que más tienen”. Que eso es una barbaridad. Que eso es un desperdicio de dinero. Que eso no puede ser, por Dios santo. Olvidémonos que Enna Von Baen, uno de sus principales figurones derechistas, ha estudiado gratis con plata del Estado. No consideremos, pues, a ninguno de los ricachones que ganan becas. Solo digamos que los ricachones en Chile se cuentan con los dedos de la mano. Son 30 o 40. Bueno, aceptemos que son 100. ¿Qué importa que 100 ricachones parasiten la ocasión, si la educación gratuita va a favorecer a varias ¡decenas de miles! de jóvenes pobres? Hablo de “ricachones que parasiten”, porque no hay nada más colgado que un ricachón. ¡Todo lo quieren gratis! Quieren que las empresas les paguen la bencina, los mercados, los viajes, los almuerzos sociales y el colegio de sus hijos. Quieren que el Estado no les cobren impuestos. Quieren todo gratis. Son parásitos, intrínsecamente. Mentalmente son parásitos. Y entonces sí, esos 100 ricachones buscarán tener educación gratuita, pero ¿se untarán de pueblo, en realidad? La respuesta es ‘No’. Ellos, los ricachones, no conocen Santiago sino hasta la Avenida Apoquindo, por el poniente. Ellos, los ricachones, tienen sus colegios, sus nidos educativos, sus universidades. ¿Qué importa soportar, entonces, a 100 parásitos, si se están beneficiando ¡decenas de miles! de muchachos? Si Sebastián Piñera dice que no va a extender la educación gratuita a más chilenos, ¡estará actuando contra el pueblo! En este caso, no hay que votar por él. Y si lo dice, ¿qué importa?, si no va a ser presidente otra vez.

 

Solo como testimonio el caso de Javiera Blanco

En el caso de Javiera Blanco, la peor funcionaria de todos los gobiernos desde el retorno de la democracia en Chile, pero extrañamente premiada con un cargo de magistrada del Consejo de Defensa del Estado, la presidenta Michelle Bachelet sigue marrando. Envió a cuatro (¡!) ministros al Congreso para sabotear un informe en el que se adjudica la responsabilidad que tiene la entonces mediocre ministra de Justicia, Javiera Blanco, en el caso de los niños muertos en el Sename. Y dijo, después, la presidenta Bachelet, justificando su extraño comportamiento: no se puede hacer del tema de los niños del Sename una caricatura, ni descargar toda la culpa en Javiera Blanco. “¡No politicemos el tema!” Eso dijo. ¿Y qué fue lo que hizo con su declaración? ¿Qué hizo con los cuatro (¡!) ministros haciendo lobby para sabotear al Congreso? ¿Qué hizo restándole importancia a las muertes de niños en el Sename? ¿Qué hizo defendiendo a muerte, y extrañamente, a Javiera Blanco? Lo que hizo fue… ¡politizar el tema! Y con política barata, desechable. Digna del idiota Ernesto Silva. Hizo exactamente lo mismo de lo que quiso acusar a la derecha. Borró la diferencia de “la izquierda” y “la derecha”. ¡La mediocridad de la señora Javiera Blanco no puede ser asunto de Estado, señora presidenta! Qué extraño comportamiento el suyo, doña Michelle Bachelet. ¿Quién es Javiera Blanco para que la señora Bachelet se juegue su prestigio? ¿Quién es Javiera Blanco para que el gobierno haga el loco ‘torciéndole’ el voto a varios congresistas? Tienen que responder esto. ¿Qué sabe Javiera Blanco de Michelle Bachelet, para que ésta la trate con algodones? La vida se encargará de decantar este caso. Creo que hay dos temas: el de 1) la mediocre funcionaria que premió con un puesto en el Consejo de Defensa del Estado, y el de 2) encubrimiento del comportamiento inadecuado, antiético y falaz de su hijo Sebastián Dávalos, cuando siendo alto funcionario de gobierno resultó metido en un negociado; estos dos temas, digo señora presidenta, serán de eterna recordación de su segundo gobierno. Pésimo gobierno. Y no lo digo ahora, cuando está con el sol a las espaldas, sino que lo dije, aquí mismo, cuando la señora Bachelet se lanzó de candidata. Dijimos: será un pésimo gobierno, primero porque segundas partes no son buenas, y segundo porque no tiene nada qué ofrecer a ciencia cierta. Cada cual juzgue lo que ve.

‘Molly Bloom de carne y hueso’ de Lina María Pérez

lina maría pérez(Más que un cuento, el siguiente es un texto sobre ‘Ulises’ y James Joyce. Un texto delicioso. JSA)

Para Nora Barnacle, la mujer de Joyce, Ulises era una obra alrevesada. “¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?”, le dijo malhumorada sin llegar a comprender del todo que ella era la tal Molly Bloom, uno de los personajes principales que deshilacha el tiempo narrativo del día 16 de junio de 1904 y las primeras horas del 17. Desde la primera escena hasta la última página transcurren 18 horas y 45 minutos. Esa fecha se refiere exactamente al día en que ellos se encontraron por primera vez.

No fue fácil la vida de Nora al lado de Joyce. Sin embargo, ambos crearon un fuerte lazo de dependencia, de erotismo y complicidad hasta que el escritor murió. La voz de Molly Bloom lo expresa así: “… me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí ésa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude…”

Nora, por lo general, fue un apoyo para su marido en sus empresas literarias pero lamentaba que sus escritos fueran oscuros y sin sentido. No se sentía cómoda en las reuniones de su esposo con otros artistas. Admitió que lo hubiera preferido músico en vez de escritor. En su casa recibió a William Butler Yeats, Ítalo Svevo, Ezra Pound, H.G. Wells, Ernest Hemingway, Henry Michaux, el arquitecto Le Corbusier, y a Samuel Becket, que en los últimos años sería el asistente de su esposo. Nora no imaginó que la admiración de Francis Scott Fitzgerald por el escritor llegara hasta el extremo de ofrecerle saltar por una ventana para probarle cuanto lo veneraba; Joyce le rogó que no lo hiciera.

Para él, su mujer era “el alma más hermosa y sencilla del mundo”, y además de su literatura, Nora era su eje vital. Sufría con sus descontentos y le rogaba que no fuera infeliz. En sus cartas a su hermana, Nora se queja de su marido, un hombre débil y un artista neurótico, acusándolo de haber arruinado su vida y la de sus hijos. Ella pensaba que la demencia de su hija Lucía, como aseguraba Carl Jung, se debía a los desajustes mentales de su marido. Para él, las incoherencias y distorsiones de su hija no eran más que reflejo del método que él mismo estaba empleando en su literatura y que ella había heredado de él su genialidad: sus males eran debidos a su especial clarividencia.

Descrita por una amiga como “una de esas mujeres que un hombre ama para siempre y espera poder, un día, estrangular”, tuvo que lidiar a un hombre alcoholizado, enamoradizo y casi ciego que no lograba el sustento de la familia. Además, madre de dos hijos en condiciones de pobreza. Sufría con la enfermedad mental de su hija que Nora toleraba con esfuerzo y sin el apoyo de su esposo, entregado a concluir su novela. En el monólogo de Molly Bloom está la protesta: “…cualquier cosa que haga una mujer sabe detenerse a tiempo es natural no estarían en el mundo si no fuera por nosotras ellos no saben lo que es ser mujer y ser madre cómo podrían saberlo dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara es por eso que él anda desenfrenado ahora de noche lejos de sus libros y de sus estudios…” Durante esos meses, Joyce se volvió indiferente a la familia. Nora le mintió para llamar su atención, le dijo que había quemado el manuscrito, y así logró de nuevo la atención de su marido. A partir del 2 de febrero de 1922, cuando el escritor cumplía cuarenta años, entregó a su editora sus manuscritos venerados de Ulises. Él estaba eclipsado por su novela que le tomó 8 años de escritura en Trieste, Zurich y París. Nora aguantó el escándalo que se generó después de su publicación: que era una obra indecente, inmoral, impúdica, obscena. Hubo rechazo entre algunos grupos puritanos de Inglaterra y Estados Unidos, y el libro, editado en París, solo circuló clandestinamente. Pero la pareja recibió comentarios de lectores ingeniosos y abiertos a las novedades, para quienes Ulises era la mejor obra narrativa del siglo, argumento que a Nora le costaba creer. La fama llegó despacio, y más tarde, el dinero.

La vida mundana de París le interesaba a Joyce, siempre pendiente de la recepción de Ulises, pero Nora no tenía la disposición ni ropa adecuada para asistir a los salones donde se codeaba aquella burguesía con ínfulas de aristocracia. Precisamente Sydney Schiff un novelista olvidado, y su esposa, Violet organizaron la noche del 18 de mayo de 1922 una cena para propiciar el encuentro entre Joyce y Marcel Proust, y luego contarlo como un chisme social. Joyce era apenas conocido; Proust, tenía amplio reconocimiento, había recibido dos años antes el Premio Goncourt y el año anterior, la Legión de Honor.
El encuentro no fue en el Ritz, como aseguran algunos, sino en el Hotel Majestic, con la disculpa de celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París. Asistieron, además del compositor, el director del ballet ruso Serge Diaghilev y Pablo Picasso. Joyce llegó temprano y se disculpó por no estar vestido de etiqueta. Según Schift, dijo: “No tengo dinero para esas inutilidades”. El único tema de conversación que le interesaba era las reacciones frente a Ulisses, publicada tres meses antes y que estaba leyéndose sin ser comprendida. Tenía la expectativa de saber qué pensaba Proust de su novela, pero la velada parecía destinada al fracaso. El escritor francés no aparecía, y Picasso bebía sin parar hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa.

Pasada la media noche, Joyce, de acuerdo con la crónica de Schiff, siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho. Más tarde entró un hombre pálido, escondido en un abrigo de piel: era el autor de En busca del tiempo perdido, su extensa novela ya terminada, que todavía corregía. Seis meses exactos después de la reunión en el Majestic, moriría.

Joyce contó a Nora que ambos se ubicaron en sillas contiguas y que la conversación fue tan idiota, que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: “No”. Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulises. Respondió: “No”. La situación era insoportable”. Por invitación de Proust, se devolvieron en el mismo taxi. Joyce quiso fumar y abrió una ventanilla que fue cerrada de inmediato en atención a la mala salud de Proust. El vehículo dejó a cada cual en su casa. Proust comentó a Celeste Albaret, su fiel ama de llaves: “Perdí el tiempo con un borracho”.

En sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con el veneno de sus sarcasmos. En su diario de apuntes escribió: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y en una carta a su editora: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos no volvieron a verse, pero Joyce asistió conmovido, el 22 de noviembre de aquel 1922, al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot. Proust nunca tuvo tiempo de leer Ulises. Las obsesivas correcciones a su novela lo absorbían por completo mientras la muerte lo acechaba. Joyce sí conoció y admiró los primeros volúmenes de En busca del Tiempo perdido. No se entiende de otra manera el homenaje que Joyce le hace en Ulises a la petit bande de Albertine en Balbec:

“Chicas bañistas. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cochero de paseo por el día, cantando. Amigo de la familia. Gira, dice él. Muelle con lámparas, tarde de verano, banda.

Esas chicas, esas chicas

Esas hermosas chicas bañistas”.

A pesar de que para Nora Ulises era un libro sin pies ni cabeza, alcanzaría a comprender en los diez años siguientes a su publicación, que a pesar de ser un libro alrevesado y lejano al lector común, su marido había realizado en él un monumento a la inteligencia humana. Las angustias y zozobras de Nora Barnacle al lado de Joyce nunca menguaron su incondicional fidelidad. No permitió que su entierro el 13 de enero de 1941 fuera celebrado por el rito católico: “No podría hacerle a él semejante cosa”.

Lina María Pérez (foto) (Con el cuento ‘Silencio de neón’, la autora ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en 1999)

‘Hongos’ de Guadalupe Nettel

Guadalupe NettelCuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el dedo gordo izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol, hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie –ni ella– daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito el que decidió marcharse a otro lugar.

Hasta ese momento, los hongos habían sido siempre –al menos para mí– objetos curiosos que aparecían en los dibujos para niños y que relacionaba con los bosques y los duendes. En todo caso, nada parecido a esa rugosidad que daba a la uña de mi madre la textura de una ostra. Sin embargo, más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su aferramiento al dedo invadido, lo que recuerdo particularmente de todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba en ella. A lo largo de los años, he visto a otras personas con micosis en diferentes partes del cuerpo. Micosis de todo tipo, desde las que producen una peladura áspera y seca en la planta de los pies, hasta los hongos rojos y circulares que suelen aparecer en las manos de los cocineros. La mayoría de la gente los lleva con resignación, otros con estoicismo, algunos con verdadera negligencia. Mi madre, en cambio, vivía la presencia de su hongo como si se tratara de una calamidad vergonzosa. Aterrada por la idea de que pudiera extenderse al resto del pie…

Guadalupe Nettel (foto)

‘Un hombre sin suerte’ de Samanta Schweblin

samanta-schweblin-5El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

–Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

–¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.

–Vamos, vamos –dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía a hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

–Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuánto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

–¿Qué tal? –preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

–Bien –dije.

–¿Estás esperando a alguien?

Lo pensé. Y me di cuenta de que no estaba esperando a nadie, o al menos, que no es lo que quería estar haciendo en ese momento. Así que negué y él dijo:

–¿Y por qué estás sentada en la sala de espera?

No sabía que estaba sentada en una sala de espera y me di cuenta de que era una gran contradicción. El abrió un pequeño bolso que tenía sobre las rodillas. Revolvió un poco, sin apuro. Después sacó de una billetera un papelito rosado.

–Acá está –dijo–, sabía que lo tenía en algún lado.

El papelito tenía el número 92.

–Vale por un helado, yo te invito –dijo.

Dije que no. No hay que aceptar cosas de extraños.

–Pero es gratis –dijo él–, me lo gané.

–No.

Miré al frente y nos quedamos en silencio.

–Como quieras –dijo él al final, sin enojarse.

Sacó del bolso una revista y se puso a llenar un crucigrama. La puerta del consultorio volvió a abrirse y escuché a papá decir “no voy acceder a semejante estupidez”. Me acuerdo porque ése es el punto final de papá para casi cualquier discusión, pero el hombre no pareció escucharlos.

–Es mi cumpleaños –dije.

“Es mi cumpleaños” repetí para mí misma, “¿qué debería hacer?”. El dejó el lápiz marcando un casillero y me miró con sorpresa. Asentí sin mirarlo, consciente de tener otra vez su atención.

–Pero… –dijo y cerró la revista–, es que a veces me cuesta mucho entender a las mujeres. Si es tu cumpleaños, ¿por qué estás en una sala de espera?

Era un hombre observador. Me enderecé otra vez en mi asiento y vi que, aun así, apenas le llegaba a los hombros. Él sonrió y yo me acomodé el pelo. Y entonces dije:

–No tengo bombacha.

No sé por qué lo dije. Es que era mi cumpleaños y yo estaba sin bombacha, y era algo en lo que no podía dejar de pensar. Él todavía estaba mirándome. Quizá se había asustado, u ofendido, y me di cuenta de que, aunque no era mi intención, había algo grosero en lo que acababa de decir.

–Pero es tu cumpleaños –dijo él.

Asentí.

–No es justo. Uno no puede andar sin bombacha el día de su cumpleaños.

–Ya sé –dije, y lo dije con mucha seguridad, porque acababa de descubrir la injusticia a la que todo el show de Abi me había llevado.

Él se quedó un momento sin decir nada. Luego miró hacia los ventanales que daban al estacionamiento.

–Yo sé dónde conseguir una bombacha –dijo.

–¿Dónde?

–Problema solucionado –guardó sus cosas y se incorporó.

Dudé en levantarme. Justamente por no tener bombacha, pero también porque no sabía si él estaba diciendo la verdad. Miró hacia la mesa de entrada y saludó con una mano a las asistentes.

–Ya mismo volvemos –dijo, y me señaló–, es su cumpleaños –y yo pensé “por dios y la virgen María, que no diga nada de la bombacha”, pero no lo dijo: abrió la puerta, me guiñó un ojo, y yo supe que podía confiar en él.

Salimos al estacionamiento. De pie yo apenas pasaba su cintura. El coche de papá seguía junto a las ambulancias, un policía le daba vueltas alrededor, molesto. Me quedé mirándolo y él nos vio alejarnos. El aire me envolvió las piernas y subió acampanando mi Jumper, tuve que caminar sosteniéndolo, con las piernas bien juntas.

–Mi dios y la virgen María –dijo él cuando se volvió para ver si lo seguía y me vio luchando con mi uniforme–, es mejor que vayamos rodeando la pared.

–No digas “mi dios y la virgen María” –dije, porque eso era algo de mamá, y no me gustó cómo lo dijo él.

–Ok, darling –dijo.

–Quiero saber a dónde vamos.

–Te estás poniendo muy quisquillosa.

Y no dijimos nada más. Cruzamos la avenida y entramos a un shopping. Era un shopping bastante feo, no creo que mamá lo conociera. Caminamos hasta el fondo, hacia una gran tienda de ropa, una realmente gigante que tampoco creo que mamá conociera. Antes de entrar él dijo “no te pierdas” y me dio la mano, que era fría pero muy suave. Saludó a las cajeras con el mismo gesto que hizo a las asistentes a la salida del hospital, pero no vi que nadie le respondiera. Avanzamos entre los pasillos de ropa. Además de vestidos, pantalones y remeras había también ropa de trabajo. Cascos, jardineros amarillos como los de los basureros, guardapolvos de señoras de limpieza, botas de plástico y hasta algunas herramientas. Me pregunté si él compraría su ropa acá y si usaría alguna de esas cosas y entonces también me pregunté cómo se llamaría.

–Es acá –dijo.

Estábamos rodeados de mesadas de ropa interior masculina y femenina. Si estiraba la mano podía tocar un gran contenedor de bombachas gigantes, más grandes de las que yo podría haber visto alguna vez, y a solo tres pesos cada una. Con una de esas bombachas podían hacerse tres para alguien de mi tamaño.

–Esas no –dijo él–, acá –y me llevó un poco más allá, a una sección de bombachas más pequeñas–. Mira todas las bombachas que hay. ¿Cuál será la elegida my lady?

Miré un poco. Casi todas eran rosas o blancas. Señalé una blanca, una de las pocas que había sin moño.

–Esta –dije–. Pero no tengo dinero.

Se acercó un poco y me dijo al oído:

–Eso no hace falta.

–¿Sos el dueño de la tienda?

–No. Es tu cumpleaños.

Sonreí.

–Pero hay que buscar mejor. Estar seguros.

–Ok Darling –dije.

–No digas “Ok Darling” –dijo él– que me pongo quisquilloso –y me imitó sosteniéndome la pollera en la playa de estacionamiento.

Me hizo reír. Y cuando terminó de hacerse el gracioso dejó frente a mí sus dos puños cerrados y así se quedó hasta que entendí y toqué el derecho. Lo abrió y estaba vacío.

–Todavía podés elegir el otro.

Toqué el otro. Tardé en entender que era una bombacha porque nunca había visto una negra. Y era para chicas, porque tenía corazones blancos, tan chiquitos que parecían lunares, y la cara de Kitty al frente, en donde suele estar ese moño que ni a mamá ni a mí nos gusta.

–Hay que probarla –dijo.

Apoyé la bombacha en mi pecho. El me dio otra vez la mano y fuimos hasta los probadores femeninos, que parecían estar vacíos. Nos asomamos. Él dijo que no sabía si podría entrar. Que tendría que hacerlo sola. Me di cuenta de que era lógico porque, a no ser que sea alguien muy conocido, no está bien que te vean en bombacha. Pero me daba miedo entrar sola al probador, entrar sola o algo peor: salir y no encontrar a nadie.

–¿Cómo te llamás? –pregunté.

–Eso no puedo decírtelo.

–¿Por qué?

Él se agachó. Así quedaba casi a mi altura, quizá yo unos centímetros más alta.

–Porque estoy ojeado.

–¿Ojeado? ¿Qué es estar ojeado?

–Una mujer que me odia dijo que la próxima vez que yo diga mi nombre me voy a morir.

Pensé que podía ser otra broma, pero lo dijo todo muy serio.

–Podrías escribírmelo.

–¿Escribirlo?

–Si lo escribieras no sería decirlo, sería escribirlo. Y si sé tu nombre puedo llamarte y no me daría tanto miedo entrar sola al probador.

–Pero no estamos seguros. ¿Y si para esa mujer escribir es también decir? ¿Si con decir ella se refirió a dar a entender, a informar mi nombre del modo que sea?

–¿Y cómo se enteraría?

–La gente no confía en mí y soy el hombre con menos suerte del mundo.

–Eso no es verdad, eso no hay manera de saberlo.

–Yo sé lo que te digo.

Miramos juntos la bombacha, en mis manos. Pensé en que mis padres podrían estar terminando.

–Pero es mi cumpleaños –dije.

Y quizá si lo hice a propósito, pero así lo sentí en ese momento: los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces él me abrazó, fue un movimiento muy rápido, cruzó sus brazos a mis espaldas y me apretó tan fuerte que mi cara quedó un momento hundida en su pecho. Después me soltó, sacó su revista y su lápiz, escribió algo en el margen derecho de la tapa, lo arrancó y lo dobló tres veces antes de dármelo.

–No lo leas –dijo, se incorporó y me empujó suavemente hacia los cambiadores.

Dejé pasar cuatro vestidores vacíos, siguiendo el pasillo, y antes de juntar valor y meterme en el quinto guardé el papel en el bolsillo de mi jumper, me volví para verlo y nos sonreímos.

Me probé la bombacha. Era perfecta. Me levanté el jumper para ver bien cómo me quedaba. Era tan pero tan perfecta. Me quedaba increíblemente bien, papá nunca me la pediría para revolearla detrás de las ambulancias e incluso si lo hiciera, no me daría tanta vergüenza que mis compañeros la vieran. Mirá qué bombacha tiene esta piba, pensarían, qué bombacha tan perfecta. Me di cuenta de que ya no podía sacármela. Y me di cuenta de algo más, y es que la prenda no tenía alarma. Tenía una pequeña marquita en el lugar donde suelen ir las alarmas, pero no tenía ninguna alarma. Me quedé un momento más mirándome al espejo, y después no aguanté más y saqué el papelito, lo abrí y lo leí.

Cuando salí del probador él no estaba donde nos habíamos despedido, pero sí un poco más allá, junto a los trajes de baño. Me miró, y cuando vio que no tenía la bombacha a la vista me guiñó un ojo y fui yo la que lo tomé de la mano. Esta vez me sostuvo más fuerte, a mí me pareció bien y caminamos hacia la salida. Confiaba en que él sabía lo que hacía. En que un hombre ojeado y con la peor suerte del mundo sabía cómo hacer esas cosas. Cruzamos la línea de cajas por la entrada principal. Uno de los guardias de seguridad nos miró acomodándose el cinto. Para él mi hombre sin nombre sería papá, y me sentí orgullosa. Pasamos los sensores de la salida, hacia el shopping, y seguimos avanzando en silencio, todo el pasillo, hasta la avenida. Entonces vi a Abi, sola, en medio del estacionamiento. Y vi a mamá más cerca, de este lado de la avenida, mirando hacia todos lados. Papá también venía hacia acá desde el estacionamiento. Seguía a paso rápido al policía que antes miraba su coche y en cambio ahora señalaba hacia nosotros. Pasó todo muy rápido. Cuando papá nos vio gritó mi nombre y unos segundos después el policía y dos más que no sé de dónde salieron ya estaban sobre nosotros. El me soltó pero dejé unos segundos mi mano suspendida hacia él. Lo rodearon y lo empujaron de mala manera. Le preguntaron qué estaba haciendo, le preguntaron su nombre, pero él no respondió. Mamá me abrazó y me revisó de arriba a abajo. Tenía mi bombacha blanca enganchada en la mano derecha. Entonces, quizá tanteándome, se dio cuenta de que llevaba otra bombacha. Me levantó el Jumper en un solo movimiento: fue algo tan brusco y grosero, delante de todos, que yo tuve que dar unos pasos hacia atrás para no caerme. El me miró, yo lo miré. Cuando mamá vio la bombacha negra gritó “hijo de puta, hijo de puta”, y papá se tiró sobre él y trató de golpearlo. Mientras los guardias los separaban yo busqué el papel en mi Jumper, me lo puse en la boca y, mientras me lo tragaba, repetí en silencio su nombre, varias veces, para no olvidármelo nunca.

Samanta Schweblin (foto) (Con este cuento la argentina Samanta Shweblin ganó el premio ‘Juan Rulfo’ en el 2012)