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De los nombramientos espurios: Javiera Blanco

javiera-blancoQué cosa extraña ocurre en el fuero interno de las personas. Caras vemos, corazones no conocemos. El bastión moral que creíamos ver en la presidente Michelle Bachelet, ahora se desmorona. Hablamos de un caso que no dudo en considerar aberrante: el de la señora Javiera Blanco (foto). Activista política a la sombra de doña Michelle Bachelet, logró escalar de un día para otro hasta convertirse en su ministra del Trabajo. Ahí fracasó. Y de ‘castigo’, ¡la presidenta la nombró ministra de Justicia! Ahí fracasó de nuevo. Y de ‘castigo’, ¡la presidente Michelle Bachelet la propuso como nueva integrante del Consejo de Defensa del Estado! ¿Qué onda?, como dicen los muchachos.

Todo este proceso de favorecimientos resulta extraño. Muy extraño. ¿Acaso algún secreto inconfesable de la mandataria, maneja Blanco? Porque no es normal que un pésimo funcionario sea premiado con escalones cada vez más altos. ¿Qué gato encerrado hay? O quizás solo sea que Javiera Blanco está emparentada con la dinastía de los Frei, y se cree con derechos por encima del resto de chilenos, y, obviamente, la presidente Michelle Bachelet inclina su cabeza ante esa evidencia. Por lo demás, a la señora Bachelet le importa cinco quedar mal ante los chilenos, porque su prestigio, a esta altura de su gobierno, está bastante maltrecho, y le da lo mismo.

Aristarco me dice que, en realidad, la jugada de la señora Bachelet se debe al miedo profundo que le tienen a la Democracia Cristiana en la Nueva Mayoría. Si la Democracia Cristiana le ordenó a la señora Bachelet que nombrara a Javiera Blanco en el Consejo de Defensa del Estado, tenía que hacerlo. Mismo miedo que antes le tenían en la Concertación. La Democracia Cristiana ha sabido chantajear, con el cuento de que son ‘el partido más grande’, a la izquierda chilena, cuando su origen es claramente del fascismo español, y tiene más afinidad ideológica con la Unión Demócrata Independiente, Udi, que con el Partido Socialista de la presidente Bachelet. Tal vez sea así, le concedo a Aristarco. No es para nada descabellado.

Compartimos en un todo la reflexión del columnista Carlos Peña sobre este aberrante caso de amiguismo entre la presidente Michelle Bachelet y la mediocre funcionaria Javiera Blanco:

“La pregunta entonces que cabe plantear es si acaso la designación de un miembro del equipo político de la Presidenta (que comenzó como vocera de su candidatura, ejerció de ministra del Trabajo y concluyó como ministra de Justicia), entre cuyas abundantes virtudes no se cuentan las propias del jurista, una persona que es de su entera confianza y que posee total convergencia con su propio punto de vista, es la designación más razonable atendida la índole y las funciones públicas del Consejo, o si, en cambio, parece objetivamente una designación partisana, motivada más bien por consideraciones privadas como, por ejemplo, la de retribuir servicios gubernamentales y adhesión política.

“Y la conclusión es obvia para quien no se arroje tierra a los ojos. El simple examen de las circunstancias objetivas lleva a ella: la designación de Javiera Blanco en el Consejo de Defensa del Estado constituye una designación partisana, aparece como una retribución a una lealtad política más que una selección por méritos de esos que la índole del Consejo de Defensa del Estado exige.

“Quien ejerce el cargo de Presidente de la República a veces debe elegir entre dos intereses: los que emanan de la índole de las instituciones y los de quienes le sirvieron de apoyo para alcanzar el poder.

“La Presidenta Bachelet escogió, esta vez, uno de los segundos.

“Al hacerlo, actuó mal”.

Pablo Neruda; Lucía Hiriart; Raquel Argandoña

83821047.jpg_HYCTTabloid_09-23-2011_ALL_1_L433171Q.jpgPablo Neruda. No fue concluyente el análisis de la muerte del Nobel Pablo Neruda (foto), si causada por la bacteria ‘estafilococo dorado’, aparentemente inoculada por agentes de la vergonzosa dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, o por cáncer. El poeta murió el 23 de septiembre de 1973, tras el alevoso golpe militar. El conductor del poeta, Manuel Araya, dijo que no había muerto a causa del cáncer de próstata que padecía, sino asesinado. El Partido Comunista pidió esclarecer el punto, y el cuerpo del poeta fue exhumado en abril del 2013. Terminadas las diligencias judiciales, los restos del poeta estarán hoy en el Salón de Honor del Congreso en Santiago, y mañana la gente podrá velarlo ahí. Se anunció que asistirán Ricardo Lagos Weber, presidente del Senado, Guillermo Teillier, diputado y dirigente comunista, y el sobrino de Neruda, Rodolfo Reyes, entre otras personalidades. El martes será llevado de vuelta a Isla Negra, donde se inhumará definitivamente.

Raquel Argandoña. A más de una persona he oído preguntar qué hace Raquel Argandoña (foto) en raquel argandoñala televisión. Quién se mueve en la sombra para mantenerla ‘vigente’, esta vez en Chilevisión, con la emocionada exaltación de Francisca García-Huidobro. El aporte de esa señora es nulo, me dicen. Su aspecto es desagradable y el recuerdo vigente de haber sido parte de la Brigada Rosa, junto con Patricia Maldonado, en tiempos de la vergonzosa dictadura y del reinado en el mundo farandulero de Álvaro Corbalán. Es una mujer ignorante, suele armar escándalos y trata mal a los periodistas. En Canal 13 estuvo unos meses y no hizo nada sino cobrar un jugoso sueldo, pero pronto descubrieron que no servía para nada y la echaron. En Tvn, donde al parecer recalan todos los de aquella época, menospreciaba a todo el mundo. Y ahora está en Chilevisión…

Lucía Hiriart. Creada por doña Graciela Letelier Velasco, la esposa del entonces presidente Carlos Ibáñez del Campo, SANTO DOMINGO: Natalicio de Augusto Pinochet‘Cema Chile’ debía ayudar a las mujeres pobres mediante organizaciones de solidaridad. Pero en la vergonzosa dictadura que tuvo Chile entre 1973 y 1990, la esposa del tirano, Lucía Hiriart (foto), se declaró su presidenta vitalicia y las propiedades de la institución pasaron a ser su propiedad privada. Hoy, se reabrió una causa judicial que busca precisar malversación de caudales públicos, porque hubo ventas de bienes de Cema Chile cuyo fruto de las transacciones tuvo un destino privado, traicionando el sentido social original de la institución. El juez ordenó “que se identifican como recientes y que son indiciarios en demostrar la existencia de ventas de bienes de propiedad de la fundación Cema-Chile a terceros en diversas localidades del país; la inexistencia de registro del ingreso de esos dineros a la citada persona jurídica; la necesidad de contar con un registro total de esos mismos inmuebles, los que previamente le fueron donados por reparticiones públicas, tales como el Ministerio de Bienes Nacionales, el Servicio de Vivienda y Urbanismo y también por Municipalidades”.

‘Septiembre’ de Pilar Galán Rodríguez

Pilar Galán RodríguezLa casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.

La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.

La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.

Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.

Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.

Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.

Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.

Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.

Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.

Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.

–Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.

Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.

En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.

Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.

Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.

A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.

Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.

Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.

Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.

Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.

A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.

Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.

Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.

Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…

Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.

Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.

Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo que querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.

Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.

Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.

Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.

Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.

Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.

Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.

Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

Pilar Galán Rodríguez (foto)

 

‘The switch’ y ‘Espías del amor’ en tv chilena

Fernanda Brown-Roberto CortésThe Switch. Hay en este momento en la televisión chilena dos programas livianos, entretenidos, que llevan subyacente un mensaje importante. Uno de ellos es ‘The switch’ (‘El arte del transformismo’), en el canal Mega. Se trata de encontrar al transformista integral: el hombre que no solo se vista de mujer, y lo parezca, sino que además cuente con otras virtudes, como poder actuar un drama o una comedia, y saber cantar.

Al principio era más o menos un griterío de ‘locas’, que con el paso del tiempo y la insistencia de los profesores están entrando en razón, de que no se trata de ‘ponerse unas faldas’ sino de considerar el transformismo como un arte. Y una profesión.

La procedencia de los concursantes es diversa. Uno de ellos era obrero de la construcción, otro esposo y padre, otro actor de teatro, etcétera. En varios casos, realmente han logrado un nivel de aceptación importante como ‘mujeres’. Porque todos quieren ser lo más fielmente ‘una mujer’. Jamás lo serán, obviamente, como admite uno de ellos, Roberto Cortés (foto), que caracteriza a ‘Fernanda Brown’ de su creación.

Cuenta Roberto Cortés que no fue que un día amaneció pensando en ser gay. Porque antes que transformistas son gay, homosexuales. Eso no ocurrió así, sino que desde niño sintió que ‘era distinto’ a sus compañeritos de colegio. En lugar de patear un balón de fútbol prefería hablar con otro amiguito, o soñar con muñecas jugando al papá y la mamá.

Lo mismo narra Marcelo Ramírez, ‘Luna di Mauri’, que inclusive estuvo casado y tuvo una hija. Pero no se casó convencido, sino por no defraudar a su familia y al vecindario. Al final, había una olla a presión en su pecho, y a la primera que le habló de sus inclinaciones reales fue a su esposa. Un trauma, pero ella terminó por comprender, y hoy mantienen una relación sana de amistad.

El mensaje que subyace en el programa de Mega es poner de presente un mundo oculto, compuesto por hombres que tienen alma se mujeres. Ya sabemos de casos de acoso a los homosexuales, inclusive de asesinatos perpetrados por homofóbicos desorbitados. Pero en tanto la condición sexual de los participantes, homosexuales que no escogieron serlo sino que llegaron al mundo siéndolo, y fueron los primeros en sorprenderse de poseer una sensibilidad distinta a la de los de su género, el programa la respeta y, de hecho, la promueve desde el punto de vista artístico.

Espías del amor. El otro programa dedicado a un mundo en apariencia espías del amorraro, es el de ‘Espías del amor’ (logo), del canal Chilevisión, una franquicia que cuenta historias de personas que han trabado amistad, y luego se han enamorado, a través de internet. En la totalidad de los casos, esas personas que dicen sentir emociones de amor por quien está al otro lado de la línea, sentados ambos frente a un computador, no se conocen. Y en la mayoría de los casos no se han hablado sino por teléfono, ni ante la propia cámara del computador. Lo que el programa hace es develar quién está al otro lado.

Son contados los casos en que las personas dicen la verdad. Una de ellas apela a fotos falsas, y si se hablan por teléfono celular, por ejemplo, aplican distorsionadores de voz. En el engaño para ‘enganchar’ al otro, se llega inclusive al cambio de sexo. Curiosamente, son mujeres que simulan ser hombres; lo hacen con dos propósitos, hasta ahora vistos. Uno, porque hay, ciertamente, una inclinación sexual latente, y otro, para sonsacar dinero. Hay también casos de personas que usan información real, hombre y mujer, que llegan a conocerse gracias al programa, y terminan gustándose.

El mensaje que subyace es el de los nuevos tiempos, un mundo con una capacidad de interrelaciones virtuales, rápidas y azarosas, por millones. Desde la comodidad del living o la alcoba, una persona se comunica con otra que está en otra ciudad o en otro país, y llegan a trabar amistad y enamoramiento.

Cuando es real, ¡bendito sea internet! Pero cuando es una estafa, una mofa, una suplantación maliciosa, ¡internet es una amenaza!

El éxito de los dos programas es que ponen al descubierto la realidad que subyace en la cotidianidad de nuestras ciudades y nuestros países. Personas que hacen cosas, alejadas del ojo censurador de un pariente o amigo que les llame la atención. En el caso del transformismo, el asunto es más profundo, más humano, porque se trata de la esencia de las personas y de la profesionalización de un oficio. En el de internet amoroso, es un juego que puede terminar con una lluvia de pétalos de flores, lanzados por un gozoso Cupido, o con una cara larga o de pocos amigos, producto de un engaño que puede llegar a ser mayor.

‘Me vuelvo loca de nuevo’: Virginia Wolf

virginia-woolfVirginia Woolf (foto) fue novelista, ensayista, editora, feminista y cuentista británica. Destacada figura del modernismo literario del siglo XX. Hizo parte del Grupo de Bloomsbury, que era un círculo de intelectuales literarios, artísticos y sociales. Tomó ese nombre por el barrio donde vivían, cerca del Museo Británico. Se reunían en casa de Virginia Woolf y su hermana Vanessa, casada con el crítico de arte Clive Bell. Casi todos sus integrantes publicaron en la editorial ‘Hogarth Press’, que crearon Virginia y su esposo Leonard Woolf.
En el grupo profesaban una ideología liberal y humanista, y se consideraban una élite intelectual ilustrada. Habían estudiado en Trinity College, de Cambridge, y en el King’s College, de Londres. Admiraban a los pintores Paul Gauguin, Vincent Van Gogh y Paul Cézanne.
Formaron parte del Grupo de Bloomsbury, los filósofos Bertrand Russel y Ludwig Wittgenstein, los críticos de arte Roger Fry y Clive Bell, el economista John Maynard Keynes, el escritor Geradl Brenan, los pintores Dora Carrington, Vanessa Bell y Dincan Grant; la escritora Katherine Mansfield, el ensayista Edward Morgan Goster, él crítico literario Desmond MacCarthy, el sinólogo Arthur Waley, el biógrafo Lytton Strachey, el esposo de Virginia, Leonard, y ella.
Su trastorno bipolar se agudizó con una enorme depresión por la concurrencia de hechos como la Segunda Guerra Mundial, la destrucción de su casa y el rechazo del público a su reciente libro biográfico. El 28 de marzo de 1941 Virginia Woolf se suicidó.
Se puso un abrigo que llenó de piedras sus bolsillos y se lanzó al río Ouse. Su cuerpo fue encontrado el 18 de abril. Su esposo Leonard enterró sus restos incinerados bajo un árbol en Rodmell, Sussex.
Esta es la última nota que escribió Virginia. La hizo para su marido:
“Cariño,
Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.
V”.
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‘Marcos y Mosés’ de Carmen Posadas

Carmen PosadasMarcos nació en una familia de siete hermanos. Su madre tuvo un parto difícil, pero gracias a la ayuda médica, nació sin ninguna tara.
Mosés también tiene siete hermanos. Durante el embarazo, su madre tuvo problemas y él nació con un pulmón oprimido que ahora le impide respirar con normalidad. Mosés nació ayudado por su tía y su abuela, expertas ganaderas.
Marcos disfruta de una alimentación sana y equilibrada. Como verduras, come carne, pescado, hierro, hidratos de carbono…
A Mosés se le cayeron los dientes debido a la desnutrición.
La comida preferida de marcos es el pollo y el jamón serrano.
Mosés no los ha probado nunca, pero seguro que le gustarían.
Marcos tiene un abrigo de cuadros para los días de frío.
Mosés tiene más suerte, porque en su país casi nunca hace frío y no necesita ropa. Es una suerte doble, porque aunque la necesitara, tampoco la tendría.
Marcos sale de su casa para ir a jugar al parque y dar un paseo.
Mosés siempre está fuera de casa.
Marcos no conoce a su padre y no sabe dónde está.
Mosés tampoco lo conoce, pero sabe que murió en la guerra, aunque no contra quién luchaba.
Marcos no irá nunca al colegio ni aprenderá a leer.
Mosés tampoco.
La esperanza de vida de Marcos es de unos 20 años.
La de Mosés es mayor, pero él quizá no llegue a cumplir los 20.
Marcos es un setter irlandés.
Mosés, un niño africano.
Carmen Posadas (foto)

‘Sin luz artificial’ de María Pérez Cuadra

maria del carmen perez cuadraDesde el fregadero se puede ver hacia la calle sin ser visto. El vidrio de la ventana es de doble acción, él siempre creyó que las revistas Vanidades dan buenas ideas. Los heliotropos se han marchitado y la niña de las flores hace ya casi una semana que no aparece. Muriel es un hombre maduro pero tiene la piel suave y firme, como las nalgas de un adolescente. Se ha rasurado el pecho para verse más provocativo, y se pasea a caballo con la mitad del cuerpo desnudo, sus cabellos teñidos de rubio parecen naturales sobre su piel cobriza. Lo veo desde aquí, desde mi muralla de platos sucios. Conquistar nuevas mujeres, confiando quizá en que nadie puede verlo. No sabe, nunca ha entrado a mi cocina. Muriel vive frente a mi casa. A veces sus amantes se acicalan, como parte del rito furtivo, frente al espejo de mi ventana. Mido sus pechos con respecto a los míos, imagino si caben perfectamente en las manos tibias de Muriel. Observo detenidamente la curvatura de los cuellos sintiendo a veces el temblor tibio de sus besos… él es como un dios perverso que las ama y las desecha como estopas de naranja.
Desde el mueble de los platos de porcelana, que me opaca con su brillo veteado de madera preciosa, casi a escondidas y sin proponérmelo, escucho a mi esposo hablando con Muriel, que está orgulloso de mí que soy una mujer perfecta. Muriel se queja de mi silencio permanente. Mi esposo señala que es parte de mi perfección, “la sabiduría del silencio” dice. Porque Muriel no sabe qué es el silencio, cada conquista es relatada en su círculo de amigos con cada detalle de peso y talla. Aunque yo no los escucho, puedo leer sus labios desde mi cocina. El árbol que está entre su casa y la mía, casi en medio de la calle, es testigo del deseo de exhibir que tiene Muriel. Yo, en cambio, prefiero el silencio, mi privacidad.
La niña de las flores volvió con su sonrisa de hojalata a contarme que está yendo a la escuela por la tarde. Esa es la razón de su tardanza, me muestra un poema que ha escrito:
Rosa sangre de Cristo, llevo en las venas
Borrar las penas con azucenas,
el olvido con menta, aunque duela
para seguir, el camino en la suela
que señala el corazón y no la abuela
Me pregunta si me ha gustado. Ya es casi una mujer, es una buena idea expresar los pensamientos, ojalá que estudie y se supere. Mi esposo dice que las mujeres no pensamos, que solo flotamos para chocar con el filo de las ideas, que nuestra inteligencia la expresamos con las manos cuando cocinamos, bordamos o sabemos dar consuelo con el tacto. Que las mujeres estamos hechas de amor y llanto, las buenas, y de envidia y llanto, las malas. “Y qué saben Uds. las mujeres sino de filosofías de cocina”. Le doy a la niña el consejo que siempre me da mi esposo:
–Leé libros de poesía, si creés que es lo que te gusta.
Los días pasan sin que ninguno se entere de que no soy ni buena ni mala, ni dulce ni salada, sólo soy yo, el compás de mi corazón, el brillo de mi piel, el color del cabello que va desapareciendo. Si sabe cómo, si toma conciencia de qué camino seguir, la niña de las flores llegará lejos. Le dará una lección a su propia madre.
Calor en madrugada lunar. La sed ha conseguido que me levante, el insomnio por sed no es aconsejable para nadie. Desnuda porque hoy cumplí con el débito marital, nadie que me vea, nadie que se entere de que existo en esta casa de nuevo rico en barrio de pobres. Mis cactus y mis violetas también necesitan agua. La luz de luna que entra por la ventana es abundante por eso no necesito luces artificiales. Quizás éste es el momento de libertad más importante de mi vida.
Frente a mis ojos está Muriel recostado junto al árbol de mangos, como siempre, ni se imagina que lo veo, esta vez apretándole las nalgas escuálidas a la niña de las flores. Los pechitos de botón de rosa y su escapulario no parecen indefensos en manos suyas, parecen perversos, jóvenes y envidiables. Las caricias grotescas, casi de animal, de Muriel le han arrebatado la falda, exhiben una curva suave de la cadera virgen, la apertura del trasero, el sexo tibio y palpitante. La migraña nocturna me azota las sienes. Mi vaso con agua cae al piso haciéndose añicos. La pareja se pone alerta al escuchar el ruido. Trato de recoger los vidrios rotos y sólo consigo ver mi sangre brotando de las heridas. Quiero llorar y no puedo. Ordeno, limpio, recojo, como siempre hago con todo. Me incorporo para ver lo que sucede afuera, es el padre de la niña. Los tres discuten casi en silencio pero con mucha tensión. El papá de ella andaba por allí de madrugada muy borracho, intenta pelear con Muriel, pero éste lo noquea casi sin esforzarse. El padre se va, una nube parece cerrar el espectáculo que veo desde el vidrio de mi ventana. Yo lo escogí así, mi esposo no lo ve como el espejo de ‘Law and order’ porque no le gusta ver televisión. Yo me siento jueza, porque desde aquí puedo dictar el veredicto que jamás nadie escuchará. Entonces pruebo la sal de mi sangre y las puntas erectas de mis senos. Lo veo. Viene caminando despacio y seguro, ellos debían haberlo visto, la nube se fue, pero están demasiado entregados el uno al otro como para darse cuenta. Entonces el novio de la niña la arrastra y la separa de Muriel con fuerzas, sujetándola del pelo negro lacio ahora vuelto una maraña.
La niña trata de interceder pero es catapultada por su novio. El novio saca una pistola de su chaqueta y apunta hacia Muriel. ¿Pero qué podía yo hacer? ¿Hablarle a mi esposo? ¿Salir a la calle gritando como que Muriel me importara un poco? ¿Dejar que Muriel recibiera por fin su castigo? Mi reflexión es muy larga, el joven le ha disparado en el pecho a la niña de las flores. Madrugada de noviembre. ¿Quién diría Muriel, que morirías a causa de tus andanzas con un disparo en la frente y otro en el sexo?
Mi esposo llega a pedirme algo, me dice que vayamos a acostarnos, que hace frío. Le pregunto que si escuchó los disparos, me dice que no, que él se estaba duchando. “Imaginaciones tuyas” Se va a acostar nuevamente.
Bajo la oscuridad crepuscular entra una vecina por la puerta del patio que siempre dejo abierta. Enciende las luces. Que llame a la policía, hay un muerto en la calle.
Yo le contesto:
–Son dos, llame usted porque yo estoy desnuda.
La verdad es que tengo las manos manchadas de sangre.
María del Carmen Pérez Cuadra (foto)