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‘La herencia de Matilde Arcángel’ de Juan Rulfo

juan rulfoEn corazón de María vivían, no hace mucho tiempo, un padre y un hijo conocidos como los Eremites; si acaso, porque los dos se llamaban Euremios. Uno, Euremio Cedillo; otro, Euremio Cedillo también, aunque no costaba ningún trabajo distinguirlos, ya que uno le sacaba al otro una ventaja de veinticinco años bien colmados.
Lo colmado estaba en lo alto y garrudo de que lo había dotado la benevolencia de Dios Nuestro señor al Euremio grande. En cambio al chico lo había hecho todo alrevesado, hasta se dice que de entendimiento. Y por si fuera poco el estar trabado de flaco, vivía, si es que todavía vive, aplastado por el odio como por una piedra; y válido es decirlo, su desventura fue la de haber nacido.

Quien más lo aborrecía era su padre, por más cierto mi compadre; porque yo le bauticé al muchacho. Y parece que para hacer lo que hacía se atenía a su estatura. Era un hombrón así de grande, que hasta daba coraje estar junto a él y sopesar su fuerza, aunque fuera con la mirada. Al verlo uno se sentía como si a uno lo hubieran hecho de mala gana o con desperdicios. Fue en Corazón de María abarcando los alrededores, el único caso de un hombre que creciera tanto hacia arriba, siendo que los de por ese rumbo crecen a lo ancho y son bajitos; hasta se dice que es allí donde se originan los chaparros; y chaparra es allí la gente y hasta su condición. Ojalá que ninguno de los presentes se ofenda por si es de allá, pero yo me sostengo en mi juicio.

Y regresando a donde estábamos, les comenzaba a platicar de unos fulanos que vivieron hace tiempo en Corazón de María.

Euremio grande tenía un rancho apodado Las Ánimas, venido a menos por muchos trastornos, aunque el mayor de todos fue el descuido.

Y es que nunca quiso dejarle esa herencia al hijo que, como ya les dije, era mi ahijado. Se la bebió entera a tragos de “bingarrote”, que conseguía vendiendo pedazo tras pedazo de rancho y con el único fin de que el muchacho no encontrara cuando creciera de dónde agarrarse para vivir. Y casi lo logró. El hijo apenas si se levantó un poco sobre la tierra, hecho una pura lástima, y más que nada debido a unos cuantos compadecidos que le ayudaron a enderezarse; porque su padre ni se ocupó de él, antes parecía que se le cuajaba la sangre de sólo verlo.

Pero para entender todo esto hay que ir más atrás. Mucho más atrás de que el muchacho naciera, y quizá antes de que Euremio conociera a la que iba a ser su madre.
La madre se llamó Matilde Arcángel. Entre paréntesis, ella no era de Corazón de María, sino de un lugar más arriba que se nombra Chupaderos, al cual nunca llegó a ir el tal Cedillo y que si acaso lo conoció fue por referencias. Por ese tiempo ella estaba comprometida conmigo; pero uno nunca sabe lo que se trae entre manos, así que cuando fui a presentarle a la muchacha, un poco por presumirla y otro poco para que él se decidiera a apadrinarnos la boda, no me imaginé que a ella se le agotara de pronto el sentimiento que decía sentir por mí, ni que comenzaran a enfriársele los suspiros, y que su corazón se lo hubiera agenciado otro. Lo supe después.
Sin embargo, habrá que decirles antes quién y qué cosa era Matilde Arcángel. Y allá voy. Les contaré esto sin, apuraciones. Despacio. Al fin y al cabo tenemos toda la vida por delante.

Ella era hija de una tal doña Sinesia; dueña de la fonda de Chupaderos; un lugar caído en el crepúsculo como quien dice, allí donde se nos acababa la jornada. Así que cuanto arriero recorría esos rumbos alcanzó a saber de ella y pudo saborearse los ojos mirándola. Porque por ese tiempo, antes de que desapareciera, Matilde era una muchachita que se filtraba como el agua entre todos nosotros.

Pero el día menos pensado, y sin que nos diéramos cuenta de qué modo, se convirtió en mujer. Le brotó una mirada de semisueño; que escarbaba clavándose dentro de uno como un clavo que cuesta trabajo desclavar. Y luego se le reventó la boca como si la hubieran desflorado a besos. Se puso bonita la muchacha, lo que sea de cada quien.

Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientras se anda en los caminos.

Pero los caminos de ella eran más largos que todos los caminos que yo había andado en mi vida y hasta se me ocurrió que nunca terminaría de quererla.

Pero total, se la apropió el Euremio.

Al volver de uno de mis recorridos, supe que ya estaba casada con el dueño de Las Ánimas. Pensé que la había arrastrado la codicia y tal vez lo grande del hombre. Justificaciones nunca me faltaron. Lo que me dolió aquí en el estómago, que es donde más duelen los pesares, fue que se hubiera olvidado ese atajo de pobres diablos que íbamos a verla y nos guarecíamos en el calor de sus miradas. Sobre todo de mí, Tranquilino Herrera, servidor de ustedes, y con quien ella se comprometió de abrazo y beso y toda la cosa. Aunque viéndolo bien, en condiciones de hambre cualquier animal se sale del corral; y ella no estaba muy bien alimentada que digamos; en parte porque a veces éramos tantos que no alcanzaba la ración, en parte porque siempre estaba dispuesta a quitarse el bocado de la boca para que nosotros comiéramos.

Después engordó. Tuvo un hijo. Luego murió. La mató un caballo desbocado.

Veníamos de bautizar a la criatura. Ella lo traía en sus brazos. No podría yo contarles los detalles de por qué y cómo se desbocó el caballo, porque yo venía mero adelante. Sólo me acuerdo que era un animal rosillo. Pasó junto a nosotros como una nube gris, y más que caballo fue el aire del caballo el que nos tocó ver; solitario, ya casi embarrado a la tierra. La Matilde Arcángel se había quedado atrás, sembrada no muy lejos de allí y con la cara metida en un charco de agua. Aquella carita que tanto quisimos tantos, ahora casi hundida, como si se estuviera enjuagando la sangre que brotaba como manadero de su cuerpo todavía palpitante.

Pero ya para entonces no era de nosotros. Era propiedad de Euremio Cedillo, el único que la había trabajado como suya. ¡Y vaya si era chula la Matilde! Y más que trabajado, se había metido dentro de ella mucho más allá de las orillas de la carne, hasta el alcance de hacerle nacer un hijo. Así que a mí, por ese tiempo, ya no me quedaba de ella más que la sombra o sí acaso una brizna de recuerdo.

Con todo, no me resigné a no verla. Me acomedí a bautizarles al muchacho, con tal de seguir cerca de ella, aunque fuera nomás en calidad de compadre.

Por eso es que todavía siento pasar junto a mí ese aire, que apagó la llamarada de su vida, como si ahora estuviera soplando; como si siguiera soplando contra uno.

A mí me tocó cerrarle los ojos llenos de agua; y enderezarle la boca torcida por la angustia: esa ansia que le entró y que seguramente le fue creciendo durante la carrera del animal, hasta el fin, cuando se sintió caer. Ya les conté que la encontramos embrocada sobre su hijo. Su carne ya estaba comenzando a secarse, convirtiéndose en cáscara por todo el jugo que se le había salido durante todo el rato que duró su desgracia. Tenía la mirada abierta, puesta en el niño. Ya les dije que estaba empapada en agua. No en lágrimas, sino del agua puerca del charco lodoso donde cayó su cara. Y parecía haber muerto contenta de no haber apachurrado a su hijo en la caída, ya que se le traslucía la alegría en los ojos. Como les dije antes, a mí me tocó cerrar aquella mirada todavía acariciadora como cuando estaba viva.

La enterramos. Aquella boca, a la que tan difícil fue llegar, se fue llenando de tierra. Vimos cómo desaparecía toda ella sumida en la hondonada de la fosa, hasta no volver a ver su forma. Y allí, parado como horcón, Euremio Cedillo. Y yo pensando: “Si la hubiera dejado tranquila en Chupaderos, quizá todavía estuviera viva”.

“Todavía viviría, se puso a decir él, si el muchacho no hubiera tenido la culpa”. Y contaba que “al niño se le había ocurrido dar un berrido como de tecolote, cuando el caballo en que venían era muy asustón”. Él se lo advirtió a la madre muy bien, como para convencerla de que no dejara berrear al muchacho. Y también decía que “ella podía haberse defendido al caer; pero que hizo todo lo contrario: Se hizo arco, dejándole un hueco al hijo como para no aplastarlo. Así que, contando unas con otras, toda la culpa es del muchacho. Da unos berridos que hasta uno se espanta. Y yo para qué voy a quererlo. Él de nada me sirve. La otra podía haberme dado más y todos los hijos que yo quisiera; pero éste no me dejó ni siquiera saborearla”. Y así se soltaba diciendo cosas y más cosas, de modo que ya uno no sabía si era pena o coraje el que sentía por la muerta.

Lo que sí se supo siempre fue el odio que le tuvo al hijo.

Y era de eso de lo que yo les estaba platicando desde el principio. El Euremio se dio a la bebida. Comenzó a cambiar pedazos de sus tierras por botellas de “bingarrote”. Después lo compraba hasta por barricas. A mí me tocó una vez fletear toda una recua con puras barricas de “bingarrote” consignadas al Euremio. Allí entregó todo su esfuerzo: en eso y en golpear a mi ahijado, hasta que se le cansaba el brazo.

Ya para esto habían pasado muchos años. Euremio chico creció a pesar de todo, apoyado en la piedad de unas cuantas almas; casi por el puro aliento que trajo desde al nacer. Todos los días amanecía aplastado por el padre, que lo consideraba un cobarde y un asesino, y si no quiso matarlo, al menos procuró que muriera de hambre para olvidarse de su existencia.

Pero vivió. En cambio el padre iba para abajo con el paso del tiempo. Y ustedes y yo y todos sabemos que el tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre. Así, aunque siguió manteniendo sus rencores, se le fue mermando el odio, hasta convertir sus dos vidas en una viva soledad.

Yo los procuraba poco. Supe, porque me lo contaron, que mi ahijado tocaba la flauta mientras su padre dormía la borrachera. No se hablaban ni se miraban; pero aun después de anochecer se oía en todo Corazón de María la música de la flauta; y a veces se seguía oyendo mucho más allá de la media noche.

Bueno, para no alargarles más la cosa, un día, quieto, de esos que abundan mucho en estos pueblos, llegaron unos revoltosos a Corazón de María. Casi ni ruido hicieron, porque las calles estaban llenas de hierba; así que su paso fue en silencio, aunque todos venían montados en bestias. Dicen que aquello estaba tan calmado y que ellos cruzaron tan sin armar alboroto, que se oía el grito del somormujo y el canto de los grillos; y que más que ellos, lo que más se oía era la musiquita de una flauta que se les agregó al pasar frente a la casa de los Eremites, y se fue alejando, yéndose, hasta desaparecer.

Quién sabe qué clase de revoltosos serían y qué andarían haciendo. Lo cierto, y esto también me lo contaron, fue que, a pocos días, pasaron también sin detenerse, tropas del gobierno. Y que en esa ocasión Euremio el viejo, que a esas alturas ya estaba un tanto achacoso, les pidió que lo llevaran. Parece que contó que tenía cuentas pendientes con uno de aquellos bandidos que iban a perseguir. Y sí, lo aceptaron. Salió de su casa a caballo y con el rifle en la mano, galopando para alcanzar a las tropas. Era alto, como antes les decía, que más que un hombre parecía una banderola por eso de que llevaba el greñero al aire, pues no se preocupó de buscar el sombrero.

Y por algunos días no se supo nada. Todo siguió igual de tranquilo. A mí me tocó llegar entonces. Venía de “abajo” donde también nada se rumoraba. Hasta que de pronto comenzó a llegar gente. Coamileros, saben ustedes: unos fulanos que se pasan parte de su vida arrendados en las laderas de los montes, y que si bajan a los pueblos es en procura de algo o porque algo les preocupa. Ahora los había hecho bajar el susto. Llegaron diciendo que allá en los cerros se estaba peleando desde hacía varios días. Y que por ahí venían ya unos casi de arribada.

Pasó la tarde sin ver pasar a nadie. Llegó la noche. Algunos pensamos que tal vez hubieran agarrado otro camino. Esperamos detrás de las puertas cerradas. Dieron las 9 y las 10 en el reloj de la iglesia. Y casi con la campana de las horas se oyó el mugido del cuerno. Luego el trote de caballos. Entonces yo me asomé a ver quiénes eran. Y vi un montón de desarrapados montados en caballos flacos; unos estilando sangre, y otros seguramente dormidos porque cabeceaban. Se siguieron de largo.

Cuando ya parecía que había terminado el desfile de figuras oscuras que apenas si se distinguía de la noche, comenzó a oírse, primero apenitas y después más clara, la música de una flauta. Y a poco rato, vi venir a mi ahijado Euremio montado en el caballo de mi compadre Euremio Cedillo. Venía en ancas, con la mano izquierda dándole duro a su flauta, mientras que con la derecha sostenía, atravesado sobre la silla, el cuerpo de su padre muerto.

Juan Rulfo (foto)

‘El moto’ de José Ricardo Chávez

jose ricardo chaves(A don Joaquín)     Siempre había vivido en Desamparados, si bien sus padres fueron de Zarcero. Tres años antes de que José BIas naciera, ellos emigraron a San José en búsqueda de oportunidades. El hombre consiguió un empleo como guarda nocturno de una fábrica y luego, con el tiempo, pasó a ser obrero. Nada mejor que levantarse con el sol y acostarse con la luna. Alquiló una modesta casa de madera a unas cuadras de la iglesia de Desamparados. A los pocos meses la mujer resultó estar embarazada. Nació entonces el luego bautizado José Blas. No muchas semanas después el bebe quedo huérfano: el autobús en que viajaban sus padres fue arrollado por una locomotora de Ferrocarriles al Atlántico, en la carretera que lleva a Tibás. José BIas se salvó por pura chiripa, pues aquella tarde la madre lo había dejado en casa de una amiga costurera para ir con su marido a dar un pésame. “No vaya a ser que se le vaya a los bronquios y entonces sí que la hacemos buena”, había afirmado la señora.

Ocurrido el accidente y después de algunos trámites y a falta de parientes conocidos, el niño se quedó en casa de la amiga materna, quien vivía con una hermana, ambas solteronas y antaño costureras en una fábrica de dueños judíos. Jacobo, el patrón, paternal y siempre listo vigilante del trabajo de las mujeres, caminaba entre las filas de máquinas de coser mientras comía un trozo de pan integral con enjundia de gallina y ajo crudo. Con el tiempo, la fábrica cierra y las obreras se quedaron sin empleo y sin prestaciones. Jacobo cambia de actividad –se volvió productor de artículos de plástico– y las dos futuras madres postizas de José BIas se convirtieron en costureras de barrio, allá en Desamparados. En esa condición estaban cuando decidieron cuidar del huérfano, como una manera de canalizar sus frustrados afectos maternales. ¡Tantas noches que el niño se durmió arrullado por el ruido de las máquinas de coser!

A los siete años entró a la escuela pero no le gusto el estudio. Prefería jugar fútbol con sus amigos o acompañar a sus amigos fumadores, escondidos entre el cafetal y la chayotera. Fumó una vez y no le gustó. Fumó una segunda y tampoco le pareció. Deja de hacerlo… hasta los trece años, en que volvía a aspirar un cigarrillo. Esa vez si le agradó. Estudió en el liceo hasta el tercer año; luego, José Blas no quiso seguir. Dado su carácter amigable, alguna gente lo ayudaba dándole pequeños trabajos: recortar el jardín, llevar un paquete a San José, tomar fotografías mediocres en un quince años mediocre. Con una cámara prestada… Así, a veces por ahí y otras por allá, transcurría la vida de José Blas.

Panizo era su mejor amigo. A él le contaba cosas que a otros escondía, con él bromeaba, con él se iba a ver chavalas a la Avenida Central. Una noche, después de unos tragos en la cantina ”Aquí me quedo”, Panizo invitó a José Blas a fumar mota, una muy buena traída de Guanacaste. A pesar de su carácter amiguero, hasta entonces no lo había hecho, aunque ocasiones nunca le faltaron. La mota circulaba en Desamparados con tanta facilidad como en Tibás, como en San Pedro, ni que decir Guadalupe o, por allá, Cristo Rey y, acá, Sabanilla, y las brumas de Cartago no eran solo por el clima. José Blas aspiró. Primera vez. Sus pulmones perdían su virginidad canábica. En una calle oscura, con cuidado de que no apareciera algún tombo –la ley–, él y Panizo fumaron.

Esa primera ocasión el efecto canábico se limitó a una enorme contentera, a un no saber qué hacer con tanta felicidad. Las calles de Desampa nunca le hablan parecido más pura vida y los anuncios de B:F Goodrich, de Coca Cola, de Capri, de Café Segura, anuncios de siempre, de toda la vida, eran vistos con otros ojos que, aunque rojos e irritados, permitían desdoblar, triplicar, multiplicar la realidad, ir más allá de ese mundo de tías solteras que cosen un vestido interminable, de autobuses apretados con gente apretada en calles apretadas, de mandados y comisiones, de jardines recortados y paredes por pintar, zanjas que abrir y sermones de costurera que escuchar. Y muy pronto José Blas se vio comprando su propia mota, sacando una parte de sus ingresos para tener siempre de la mejor. Y si por A o por B José Blas no podía comprarla, Panizo le daba de la suya o alguno de los otros fumadores convidaba. Ni sed ni hambre de marihuana; sí, tal vez, de comida; sí de empleo. José no podía quejarse con sus oficios de mil usos, pero en cuanto a Panizo era un tranquilo desempleado. Sus esfuerzos habían hecho por entrar de conserje en un banco, pero no resultó. La crisis, decían los periódicos y los políticos, la televisión y la radio, crisis económica, cri-cri, crisis moral, cri-cri, deuda externa, cri-cri, la guerra a la vuelta de la esquina, cruzando la frontera, cri-cri, cri-cri, el pretexto cantor, cri-cri, crisis que por explicar todo no explica nada, cri-cri…

Apoyados en una tapia, con el sol de la mañana en sus caras, José BIas y Panizo miraban pasar a la gente. Eran las diez y, después de sendos mañaneros, ambos habían recorrido las calles por veinte minutos y luego se posaron en esa esquina del parque. –¡Hola, Chepillo! –dijo una señora que pasaba, muy atareada con sus compras. José Blas, ido de este mundo, sonreía con mansedumbre. Si no fuera por los ojos irritados, por las pupilas dilatadas, algún devoto transeúnte diría que José Blas parecía estar hablando con los ángeles. En tal beatitud se encontraba esa mañana. De pronto José Blas vio salir a un ángel de la iglesia, uno que vestía modosamente y con el cabello recogido en una larga trenza. El ángel rubio caminaba más bien despacio, con cierta timidez, y pasó junto a José, lo mira, sonrió dulcemente y siguió su camino. José Blas no supo qué hacer ni qué decir. Preguntó a Panizo si sabía de la muchacha y contestó que sí, que habían sido compañeros en la escuela primaria. El ángel se llamaba María Eugenia, más conocida como Maruja entre sus amigos. Ella, al pasar, no vio a Panizo por observar a José.

–Vive en San Antonio y es de familia encopetada.

–No jodás. No me la pongás tan difícil, mae –exclamo José Blas.

–Los ángeles cuestan, mi’herma –sentenció Panizo.

Esa misma tarde José Blas fue a San Antonio y localizó la casa de Maruja. Según le contara Panizo, la chamaca había hecho la secundaria en Cartago, pero la familia volvía de nuevo al lugar donde el padre creciera. Identificada la casa, José esperó la aparición del ángel y, luego de esperar dos horas, vio cuando salía. Ella caminó unas pocas cuadras y se detuvo. Esperaba un autobús. Una buena excusa para acercarme a mi ángel, yo también voy a tomar la lata. Nervioso, José caminaba hacia la parada. Ella vio a un joven acercarse y al reconocerlo, se ruborizó un poco. Él no se quedó atrás y el color se le subía a las mejillas. Ambos se sonrieron tímidamente pero no se hablaron. Llegó el autobús. Ella subía primero, claro (primero las damas); luego él. Ella se sentó tentadoramente en un asiento de dos: el lugar de junto estaba desocupado. José, más nervioso que nunca, no sabía ni sentarse al lado. Finalmente no lo hizo. Se sentó dos lugares más atrás. El autobús llevaba pocos pasajeros. Paulatinamente se fue llenando. El la seguía con la mirada desde su asiento: cada movimiento, los detalles de su trenza, el suave vello dorado de los brazos, las mejillas radiantes, ay, ¡quién fuera Adán ante tales manzanas! Tanto pasajero le estorbaba para verla con tranquilidad. Ella hizo gestos de querer bajarse. Él se preparó para hacerlo también. Otra coincidencia, pensaría ella, por qué no; otra sonrisa compartida.

Ya en la acera y ante la actitud de momia del muchacho, ella preguntó confianzuda e inesperadamente: –¿Cómo te llamas? Él, asombrado por tal acercamiento, contesto balbuciente: José… José Blas.

Ella se rió ante el exceso de timidez, José se ruborizó de nuevo. No sabía qué le pasaba, la cosa era que todo se le enredaba, los cables se le cruzaban, mejor que con un purito, bueno, mejor es un decir… Súbitamente envalentonado, exclamó: –Vos te llamás Maruja, más bien María Eugenia, ¿verdad?

–Sí, ¿cómo lo sabes?

–Un amigo me lo dijo, Panizo, uno que estuvo en la escuela con vos…

–Sí, ya sé quién es.

–Esta mañana te vi en Desampa y creí ver un ángel –dijo el muchacho cándidamente.

–¿Y en verdad se trataba de uno? ¿Lo era? ¿Lo es?

–Sí, sí, creo que sí –y por fin sonrió con cierta tranquilidad.

Durante los seis meses siguientes Maruja y José Blas se siguieron viendo, aunque no con la regularidad que ellos hubieran querido. La familia de la muchacha hizo todo lo posible por separarlos, una vez que se enteraron de “la clase de ficha” que era el tal Blas, según la expresión de la madre. ¿No te das cuenta, Marujita? Ese hombre no es para vos. No hay que cruzar una palabra con él para saberlo, basta con mirarlo, su ropa, su aspecto; además no tiene muy buena fama. Vos sos una muchacha decente, que puede aspirar a algo mejor, a alguien al menos tan bueno como vos, como nosotros. Ese Blas solo es un vagabundo, un marigüano, un moto. Maruja no entendía de estas razones maternales.

En la universidad cursaba la carrera de Educación pero, desde que había empezado a salir con José, casi solo le importaba estar con él, oírlo, hablar, caminar tomados de la mano entre los viejos árboles del Parque Nacional, lejos de Desamparados y de San Antonio, reír de los chistes que él contaba, aceptar sus caricias en los brazos, en las mejillas, dejarse llevar por ese flujo de humor y de vitalidad. Sí, la familia tenía sus razones para detestar a José; ella, las suyas para quererlo.
Jose iba a buscar a Maruja a la universidad, después de clases. Caminaban por los jardines y corredores, se sentaban en el pretil a ver gente pasar, a conversar iban a alguna soda a tomar un café o un refresco. Con tanto muchacho en la U, Maruja pudo comparar y rápidamente se percató de lo distinto que era José. No solo por su apariencia, por su forma de hablar, no era guapo ni bien vestido, no, pero ella nunca había conocido a alguien que le demostrara tanta ternura, que le brindara tanta atención. De cuerpo enjuto, delgado el cuello, ojos redondos y negros, lo que más llamaba la atención en José era su ensortijada cabellera. Maruja gustaba de acariciar sus rizos y entonces José sentía la más angelical sensación.

Él tenía 22 años. Ella 20. Tanta emoción compartida les hizo concebir la idea de casarse. Pero ¿cómo harían para mantenerse? Maruja no se iba a ir a casa de las costureras (¡quién sabe si ellas quisieran recibirla!), a Maruja todavía le faltaba un buen rato para acabar su carrera, los ingresos de José no eran la gran cosa, apenas para que un soltero se la jugara. ¿Qué hacer? Por ahora, nada, concluyeron, seguir viéndose, y la pasión crecía y crecía, y una noche hicieron el amor en un motel y ambos gozaron lo que nunca, la cabellera negra de José mezclada con la trenza rubia y suelta de Maruja, los dos cuerpos blancos y agitados sobre las gastadas sabanas del amor. Maruja pagó el motel. Y también pagó las cervezas, los cigarros, una camisa azul y unos zapatos de tenis para él. Y José le compró un anillo, un ramo de claveles, unos helados Pop’s y las entradas a una obra de teatro. A veces él con sus ingresos de milusos, a veces ella con la mesada de papa, el caso es que ambos gozaban lo poco o lo mucho que tuvieran.

Una vez José escuchó la perorata de Quincho, un andrajoso medio anarquista, medio loco: “¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Para qué? Ya pasaron los tiempos en que eso era importante. ¿Estudiar para triunfar? Ja, a mí con cuentos. Ya el estudio no garantiza trabajo ni el trabajo garantiza techo y pan. Entonces, ¿para que esforzarse? ¿para que esa disciplina que no conduce a nada? Lo mismo con el brete, darle y darle día tras días, hora tras hora, todo para recibir un pinche salario que no alcanza para nada, mientras unos cuantos hijueputas se hacen ricos de la noche a la mañana, sin saberse como, chorizos, sinvergüenzadas, política. Nos están dando, no atolillo con el dedo, sino atolillo con la paloma de la paz”. José escuchaba a Quincho en el Parque Central, en donde había puesto su tribuna y, al igual que José, varios transeúntes lo oían, un minuto, dos, media hora, y movían la cabeza afirmativamente o gritaban “Calláte, comunista” y alguien exclamó una vez “Que se lo lleven a Nicaragua”, y otro añadió “o a Cuba” y siguió hacia otro predicador, todo vestido de Semana Santa, un pobre cristo de pacotilla que anunciaba el próximo fin de los tiempos: ”Arrepentíos, arrepentíos”, gritaba histéricamente.

Quién sabe por qué, José invito a Quincho a un cafetucho por la Iglesia de la Dolorosa y conversaron como amigos. Quincho, quien tenía cuarenta y tantos años, aparentaba muchos más. José se enteró de que hubo un tiempo en que Quincho, como dirían sus tías, “prometía”, a pesar de su fama de revoltoso, que había estudiado unos años en México, que ahí vivió un 68 entre gritos de protesta y sangre de estudiantes, que no pudo terminar su carrera de ingeniería, que, una vez deportado y en San José, de nuevo se vio entre estudiantes y peleó contra la ALCOA y el gobierno de Trejos, entonces más gas lacrimógeno, más gritos, hasta golpes en la cabeza que lo dejaron medio lelo, dolores que le impedían pensar pero no gritar en los parques y en las plazas. Después del café cambiaron a cervezas y terminaron en una cantina de Desampa tomando guaro con cocacola. Como caído del cielo apareció Panizo, quien los invitó a unos puros, pero Quincho y José Blas poco los disfrutaron pues ya estaban muy borrachos. Al rato se separaron, Quincho en una dirección, José y Panizo por otra. Era la una de la mañana y soplaba un viento frío en las calles solitarias de Desamparados.

Droga y orfandad: el moto.

La marihuana llegó a ser parte de los hábitos diarios de José Blas. Llegó a fumarla delante de Maruja, incluso compartieron unas subidas, pero a ella no le gustó, solo a veces, por ejemplo para hacer el amor.

En una ocasión Maruja pensó como sería José Blas si no fumara mota a diario y fue incapaz de imaginárselo. Tan unidas estaban la yerba y el alma del fumador. Es que a falta de un alma verdadera se fabricaba una a fuerza de hastío y humo. Maruja no juzgaba a José, aun no. Se limitaba a aceptarlo tal como era. El, por su parte, asumía la misma actitud. No discriminaba, aceptaba, contemplaba lo pequeño y lo vasto de su querida Maruja.

Muy pronto llegaron a oídos de la familia de la muchacha las historias de los amoríos entre la joven y el moto, vistos en lugares públicos. Aunque aumentaron sobre ella las presiones, siempre quedaba un resquicio para llegar a los brazos de José Blas. La influencia política de la familia y su nivel social hicieron que los ya esporádicos empleadores del muchacho escasearan más, en un intento de adulación, de quedar bien con la familia de Marujita, tan importante que es, al señor hasta lo quieren postular como diputado, ya se está anotando su nombre en la lista, pues ya ves que aquí lo que abundan son candidatos y precandidatos, ay, ¿por qué ese señor estará en contra del pobre diablo ese, del moto? ¿Tendrá Marujita algo que ver? ¡Válgame Dios!, ahora caigo, por ahí va el asunto, ¡quien se lo iba a imaginar!, tan modosita que es la muchacha, como una muñeca de porcelana, ya ves, yo siempre lo digo: caras vemos, corazones no sabemos…

El resultado de la estrategia familiar fue marginar aún más a José. A veces sus tías postizas le daban algún dinero, pero a cambio de ello tenía que soportar las repetitivas discusiones que noche a noche, como un severo ritual o como un disco rayado, se establecían entre las dos mujeres, una, ardiente figuerista; la otra, calderonista feroz. Entre las dos rememoraban escenas, personas, eventos de aquel 48 de sangre que tanto había marcado sus vidas, de aquella jornada en que muriera fusilado el novio de la calderonista en Quebradilla, junto con más de una docena de combatientes, después de pelear en El Tejar y entregarse al enemigo. Molinón, Molinón, los muertos son un montón. Mujer que, sin haberse casado, enviudó a los dieciocho años. José Blas las oía con paciencia, pero lo triste de antes se había tornado en aburrido relato, ya no lo impresionaban los pasajes dramáticos, los sollozos, esos silencios que hablaban de fantasmas y revolución, fantasmas de Figueres, de Mora, de Calderón, de mitos y muertos, de mitos muertos, de la máquina de coser que Figueres le había prometido a su partidaria y que nunca le dio, ¡ah, Figueres tan desmemoriado!; ¡ah, Figueres en la memoria!…

–Mira, mejor calláte ya con el enano porque recordá que yo soy mariachi de hueso colorado.
–¿Colorado?, ¿rojo-comunista? Claro, en eso tenés toda la razón –dijo irónica la figuerista.

A pesar de estas discusiones cotidianas, las dos hermanas se querían mucho y se cuidaban la salud una a la otra y las dos, por supuesto, se la cuidaban al huerfanito, pobrecito Pepito (el nuestro), que no tiene ni padre ni madre (habían tomado el tren para el cielo) y toma esta platita para mientras conseguís trabajo. Nosotras sabemos que la cosa está bien difícil, aunque no tanto como en otros lugares, ya ves cómo se matan en Nicaragua o en El Salvador, aquí al menos hay paz, nadie se muere por bala, ya no. Si, ya se, que no tenés estudios, que no hay trabajo, pero m’hijito, ¿qué va a pasar con vos?, tan sin ánimos, tan sin vida, yo no era así a tu edad, tampoco mi hermana, no, teníamos vigor, coraje, ganas de hacer cosas, hasta de arreglar el mundo. Naciste cansado.

Decíme, ¿qué hay de vos? ¿Y esa noviecita con la que andas?, no creas que no nos hemos enterado…

José Blas abandonó súbitamente el cuarto de costura mientras pensaba que era rebajarse demasiado el permitir tales interrogatorios por unos cuantos colones. ¡Si al menos fueran dólares! Pero no, pinches colones que no alcanzarán para nada, puro cine y helados, ni para el motel. Hay que hacer algo, algo, pero que… Ya sé. En primer lugar, fumarme este cigarrito, ¡ah!, y en segundo lugar, darme cuenta de que nada se puede hacer, que la anda está hecha.

–¡Mafufadas! –exclamó Maruja.

Después de uno de esos silencios que se hacen en las conversaciones, en esos vacíos del habla en que vuelan Ángeles y moscas, Maruja agrego: –Tengo algo importante que decirte.

–¿Sí?
–Sí.
–A ver.

–¿De una vez?, ¿de un solo golpe?

–Sí.
–Pues…estoy embarazada.

La mira. José observa la cara feliz de Maruja. Ella esta alegre porque José dice estarlo. Saber que va a ser papa le agrada, aunque también lo asusta. De nuevo, algo hay que hacer. ¿Irse? ¿Adonde? ¿De ilegal a los Estados Unidos para hacer plata, como lo hizo el alajuelense aquel? Picapiedra le decían; qué hacer, fumar, qué hacer, respirar, qué hacer, dijeron José Blas y Maruja. ¿Qué hacer? Ir al mar, sí. Me da vergüenza decirlo pero no lo conozco. Tan cerca y nunca he ido. ¿Vos sí? No quiero morirme sin conocerlo. Nunca he ido al puerto, a Puntarenas, menos a Limón. ¿Vos sí? Vámonos los tres, vos, él o ella y yo. Si, tres. Como Figueres, Mora y Calderón, como dirían mis tías, como la Santísima Trinidad. Escapémonos y después vemos que hacer. Ir al mar ya es hacer algo. Quiero olas, arena, mucha arena, inmensidad, mar, viento, todo esto junto a vos. ¿Vamos?

Había que conseguir dinero. Hasta para ir al mar hay que tener plata. José no quería que Maruja pagara. Él quería ser quien diera para el viaje. ¿Como? Sin trabajo, apenas con los poquitos que le daban las tías. No, así no. Había que hacer algo distinto. Que mejor cosa que acudir a los amigos, a Panizo, ya ves, mae, necesito plata p’al viaje con la hembra. Panizo estaba sin dinero. Lo habitual. ¿Entonces qué? Panizo sugirió que una manera de hacerse de un poco de plata era que lo ayudara en el trafique de la mota, preparar la yerba en paquetes, paquetitos y paquetotes, en onzas y kilos, según, a veces llevando un cargamento a Heredia, a Orosi, a Alajuela, ¡puta, mae, como fuman los manudos!, en fin, entrar en el mismo brete del Panizo por un mes, una corta temporada, y luego al mar, si, al mar, a Puntarenas, a Limón, al Pacifico, al Atlántico, simplemente al mar.

Y mientras José trabajaba comprimiendo la mota y empaquetándola, él piensa en su viaje al mar con Maruja, en si a Puntarenas o a Manuel Antonio, a Playa del Coco o Cahuíta. Mejor el Caribe, si, wa’apin man, ahí debe ser distinto con tanto negro, si, Cahuíta, Puerto Viejo, me dicen, me cuentan, ahí algo se podrá hacer, tal vez ahí pueda nacer mi hijo, si, junto al mar.

Maruja tenía más de dos meses de embarazo. Hasta ahora no había tenido ningún trastorno o dolencia. Esa tarde, mientras ella y José Blas tomaban un café en Chelles, mientras llovía, habían decidido que en una semana más partirían a Limón. Ante la fuga consumada, a la familia de Maruja no le quedaría más que aceptar el matrimonio. ¿No sería suficiente para obligar al padre el hecho del embarazo de su hija? No. Ella recordó cómo, dos años atrás, su hermana mayor, soltera, con un novio a escondidas tan indeseable como el moto, había decidido abortar por la presión familiar, sobre todo del padre. Según decía el señor diputable, era mejor un rato de dolor que toda una vida echada a perder por un mal paso. La hermana se había doblegado ante la fuerza de la autoridad paterna; ella, Maruja, tal vez también podría sucumbir. Para esto era mejor algo rotundo, una huida, el gran escape, como la película que había visto hacía unas noches en la televisión con el guapo de Steve Mac Queen, los prisioneros escapando de los encierros, de las jaulas, así ella y José Blas, en fuga, hacia el mar.

Tres días antes de la anunciada partida, la policía cayó en el centro de procesamiento. Panizo y José Blas, que estaban en lo alto, trataron de escapar por una ventana trasera del galerón. Hubo gritos y disparos. Una de las balas fue a dar a la cabeza de José. El cuerpo se desplomó desde el barandal de la planta alta. Su caída fue amortiguada por las pacas de marihuana. La sangre corrió entre la yerba.

Panizo se entregó. No le quedó de otra. Otros dos hombres también lo hicieron. Destruido un centro de procesamiento de droga, afirmaron los periódicos. Tres detenidos, un muerto, dijeron los noticieros de televisión, la radio. Sí. El moto está muerto, tan muerto como los fusilados de Quebradilla, como sus padres que tomaron el tren al cielo.

Maruja estaba desgajando una naranja mientras veía la televisión, cuando en la pantalla pasaron escenas del “acto ejemplar de la campaña contra el narcotráfico en un barrio de Desamparados”, según la frase del periodista.

En la pantalla apareció el rostro ensangrentado de José Blas. La naranja que ella tenía en las manos cayó al suelo, como un cuerpo en un abismo, como una piedra al mar.

José Ricardo Cháves (foto)

 

‘Talpa’ de Juan Rulfo

juan-rulfoNatalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.

Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos –dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte–, entonces no lloró.

Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna lágrima.

Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.

Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.

La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.

Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.

Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.

Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás.

“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos días.

Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.

Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.

Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.

Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo”, dizque eso le dijo.

Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para sepultarlo. Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.

Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no da ninguna sombra.

Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.

Luego los días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a despertar el sol, el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.

Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.

En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.

Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:

“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.

Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso le decía Natalia.

Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.

Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.

Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.

Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que amaneciera.

Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.

Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.

Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.

Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.

A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.

Pero no le valió. Se murió de todos modos.

“… Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios…”

Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.

Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.

Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.

Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.

Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire.

Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

Juan Rulfo (foto)

 

‘Homme fatal’ de Gabriela Fonseca

gabriela fonseca2De todas las preguntas con que me he quedado, la principal es ésta: ¿En qué momento me perdí?

Estoy viendo a José dormir  y pareciera que tiene hormigas  en el culo,  en el corazón y  en el cerebro. Se restriega sobre la sábana como si los gusanos se lo estuvieran comiendo vivo y quisiera arrancarse la piel. Emite pujiditos de perro huérfano y suda. Cada quien duerme como se merece. Yo ya no duermo.

No sé si me perdí cuando mi vanidad me hizo sentirme la musa de José o  cuando mi inseguridad me hizo creerme algo así como su madre o su hermana mayor. En todo caso, me halagó que él parecía convencido de que compartíamos ese nexo especial para el cual vivimos la mayoría de los seres humanos, aunque su existencia nunca se haya comprobado. Aunque cuando ocurre y es real, dura menos que un achaque.

En una conversación que tuvimos y que recuerdo mejor de lo que quisiera, José me mencionó la fecha exacta en que entró a trabajar a la agencia en que nos conocimos y me di cuenta de que estuve más de un año sin reparar en su existencia, con todo y que estábamos en el mismo piso.

Finalmente, lo vi un día que me bajé del elevador y él estaba ahí, pidiéndome fuego amablemente pero sin sonreír. Tuve que escarbar en la bolsa para sacar el encendedor, y estuve a punto de decirle que le pidiera a alguien más, porque en mi bolsa, como en mi vida, era imposible encontrar lo que necesitaba cuando yo lo deseaba.

En ese momento tendría que haberme dado cuenta de que ahí estaba un tipo al que yo nunca había visto, pero que estaba muy al tanto de que yo fumaba, esperándome junto al elevador. En cambio, sólo percibí a un fulano inoportuno con el que no volvería a cruzar palabra.

Algún tiempo más tarde, José me invitó a un evento organizado por su división para promocionar una marca de ron barato. Me dijo que le habían sobrado invitaciones,  que le preocupaba que la fiesta pareciera poco concurrida y que el cliente se fuera a quejar. Aunque yo sabía de sobra cómo se siente que no funcione un evento que te pagaron por organizar, finalmente fue más fuerte la pereza que me daba encontrarme socializando con el personal de estaciones de radio y revistas juveniles, y con personas que asistieron porque se podía beber gratis.

Al día siguiente, José aseguró que fue una pena que no hubiera ido, porque el evento resultó muy divertido.

Con torpeza notable, pretexté dolor de cabeza y exceso de trabajo. Es lo que nos pasa a los mentirosos con culpa, que creemos que una razón falsa no es suficiente para tapar la verdad y agregamos otra.

En todo caso, José dejó en mi escritorio una miniatura del ron que repartieron en el festejo. Me dijo que me la había guardado “como recuerdo” al ver que yo no llegaba. Debí preguntarme por qué necesitaba un “recuerdo” de una fiesta a la que no fui y darme cuenta que la botella de ron era un “recuerdo” de él. Pero en vez de eso, sentí que él era amable conmigo y yo lo recompensaba tratándolo mal. Ese fue el día en que, finalmente, nos presentamos con nombre y apellido.

Y ese simple intercambio de información bastó para que José hiciera parte de su rutina diaria el ir a saludarme a mi escritorio y conversar en un tonito que me parecía teatral y que yo atribuía a nervios de su parte. En esas conversaciones, que yo limitaba a cuestiones superfluas como el clima y las juntas, él solía intercalar comentarios inocentes para averiguar cosas sobre mí y  transmitirme detalles sobre él, como su soltería, por ejemplo.

Es muy fácil caer en la trampa de la conversación, cuando creemos que lo que compartimos y nos comparten son monedas que se intercambian de forma equitativa, para comprar algo que se llama confianza.

Y al final uno pierde la confianza porque la puso en el lugar que no le correspondía.

En esas conversaciones me enteré también de que vivía con su hermano y su mamá, y que su padre se había muerto cuando él era niño; yo le conté que me había independizado desde los 19 años y prácticamente no veía a mi familia,  que estudié publicidad y que llevaba años en la agencia, donde empecé antes de salir de la universidad, para ir subiendo poco a poco a la posición que tenía. Quise marcar una distancia de él dejando claro que yo estaba muy orgullosa de mi carrera.

Siempre nos enorgullecemos de nuestros logros, aunque ninguno de ellos nos salve de nada.

Él, en cambio, no estaba muy seguro de lo que quería hacer con su vida, a los 36 años. Decía que lo más importante para él era estar tranquilo,  sin preocupaciones económicas, y que con eso le bastaba.

Mis compañeras se divertían viendo las atenciones de José hacia mí, si bien lamentaban su escaso potencial como pareja. O como me  decía mi amiga Ana, del escritorio de junto: “Carmen, te mereces más. No está feo, pero si lo fuera hasta tendría más chiste. Sus jefes dicen que su trabajo es muy mediocre y gana muy mal. Mejor no le sigas la jugada. En una de ésas quiere que lo vean contigo para que parezca que tiene credibilidad o para ver si se le pegan tus ideas. No es de tu división. Va a andar repitiendo cosas tuyas como si fueran de él.”

Me ofendió que Ana dijera que un tipo me buscaba nada más por conveniencia, pero no se lo dije.

José, en efecto, no era para llamar la atención. Era más alto que una mujer, lo que no quiere decir que fuera alto. Tenía, y todavía tiene, una cara redonda y blanca que lo hace parecer más gordo de lo que es, sin una sola facción notable. La voz no estaba mal, pero siempre parecía engolada, como si ensayara o estuviera a punto de dar la hora exacta por la radio.

Ana decía que para que un hombre fuera deseable debía tener tres cosas atractivas: la voz, las manos y las nalgas, y que normalmente nos conformábamos con que se cubrieran dos de los tres requisitos, a cambio de que hubiera en él otras cosas apasionantes. Acabé convenciéndome de que José, en días buenos, tenía manos y voz decentes, y nada más.

Son indiscutibles las ventajas de tener un admirador en la oficina: levanta la auto estima, entretiene, consuela y acompaña.  ¿Y a quién no le gusta sentirse de vez en cuando mujer fatal? Sentirse por encima del débil. Suponer que hay alguien en la palma de tu mano a quien hacer papilla en un momento, porque te necesita y tú a él no. Nunca creí sentir disfrute por esas cosas. Nunca creí sentir lástima por alguien a quien no quería y porque no era como yo.

La culpa, que a veces se disfrazaba de orgullo, me hizo empezar a defender a José de los comentarios de Ana, a tomar partido por él y  repetirle lo que él me decía: que sus jefes le tenían mala voluntad, que su división era la peor pagada de toda la agencia por errores administrativos. Yo ya hablaba como si  su situación laboral dependiera de mí, como si me doliera que Ana desconfiara, como si ya fuera imposible no sentir nada por ese hombre que semanas antes era invisible.

Al final de cuentas, no hay nada más difícil que evitar querer a quien te quiere, porque aprendemos que el amor debe agradecerse. En realidad amar y dejarse amar es una conducta muy fácilmente aprendida.  Un oso es amaestrado para bailar: él aprende a moverse con música y el público aprende a creer que los devaneos falsos de una bestia domada son una danza.

Fue por esa época cuando empecé a soñar con José casi todas las noches. No pasaba nada en esos sueños. Sólo se me acercaba y no había nadie más alrededor. Lo tomé como una señal de que debía aceptar su propuesta de platicar un día en un café a la salida del trabajo. Se quejó bastante de su vida, de su salario, de su imposibilidad de independizarse.  Hubo un intento de darme un beso a la salida del café que terminó en un ligero forcejeo que me hizo sentir poderosa. Me dijo que yo lo hacía sufrir. Me sentí mal por él, así que lo dejé acompañarme a mi casa.

Admiró el edificio como admiraba todo lo que tuviera que ver conmigo y le comenté que ya prácticamente acababa de pagar el préstamo que me dieron en el banco para comprar mi departamento. Desde luego, no lo invité a pasar.

Cuando le platiqué el incidente a Ana, también tuve culpa porque sentí que estaba “traicionando” a José al hacerlo, sobre todo por las carcajadas que soltó mi amiga imaginándose a mi pretendiente sintiéndose Clark Gable.

Le había pedido que nunca volviéramos a recordar el asunto del beso pero la tensión que esto generó no era desagradable, sino más bien como la leve borrachera que provoca un buen piropo. Da seguridad y después se olvida.

Pasaron unos meses sin que la situación cambiara, y más bien me dediqué a pensar en ganar una cuenta que era algo así como el Santo Grial para la agencia. Ana y yo salíamos todos los días hasta las diez de la noche, y trabajábamos también los fines de semana. Entre ese mar de trabajo, las visitas de José por mi escritorio pasaban rápidas y pequeñas, como barquitos de papel. Esto me tranquilizó mucho. Tenía miedo de estarme obsesionando con él, pero afortunadamente había regresado nuevamente a un lugar muy secundario en mis pensamientos, gracias al trabajo.

Un sábado, después de que habíamos trabajado hasta las tres de la tarde solas en la oficina, Ana propuso que fuéramos a comer y después que “hiciéramos algo bien loco”, para quitarnos la presión. Se le ocurrió que fuéramos a leernos las cartas.

El lugar elegido para esto fue un minúsculo local junto al estacionamiento de un cine en la colonia Juárez. Había estado ahí desde mi niñez, sin que nunca se me ocurriera hacer uso de sus servicios. Entre los ruidos de autos y el olor a diesel, la cartomanciana cuarentona y vestida como cualquier secretaria hizo su tendido mientras Ana me esperaba. Me dijo que mi vida había sido dura, que tendría yo éxito y que estaba destinada a un futuro brillante, según recuerdo.  De pronto interrumpió su perorata y me preguntó: “¿Para qué viniste?”

Le respondí, con toda honestidad, que había ido para matar el tiempo.

“Aquí veo que te están haciendo un trabajo”, me aseguró señalando una carta con un diablo y una pareja. “Qué mujer tan obvia”, pensé.

Le dije que no creía en eso, ya un poco molesta. Siguió interpretando para mí  lo que “le decían” las cartas. Luego me dio la tarjeta de una amiga suya para que me hiciera una limpia.

“Aunque no me creas, se hace  mucho daño con los trabajos. Te pueden encarcelar el espíritu para siempre”,  me aseguró como si me estuviera diagnosticando cáncer.

Me quedé afuera del consultorio esperando a Ana. A ella también le estaban haciendo un trabajo y también le recomendó a la de las limpias.

El siguiente lunes, José llegó a mi escritorio pálido y me pidió que lo acompañara al cubo de la escalera, porque me quería decir algo. Estaba tan desencajado que no pude negarme.

Me contó que lo acababan de despedir y quería saber si yo podía hacer algo, hablar con mis jefes. Aseguró que de plano no sabía qué había hecho mal.  Me dio una lástima horrible, así que le dije que me esperara en la calle,  volví a la oficina y dije que me tenía que ir porque mi tía se estaba muriendo.

José estaba destrozado, así que decidí llevarlo a mi casa, para que no tuviera que estar aguantando el llanto en un café. Me dijo que nunca podría decirle a su mamá lo que pasó, que él era su hijo mayor y el soporte de toda la familia, que había decepcionado a todos.

Yo le dije que con la liquidación que recibiría en la agencia podría hacer algo y le pregunté qué era lo que realmente quería hacer con su vida, porque me daba la impresión de que el trabajo que hacíamos no era lo suyo; esto, para  no tenerle que informar de la fama de inútil que tenía.

Tras horas de platicar, se fue tranquilizando, ya habíamos tomado taza sobre taza de café. Se puso a curiosear entre mis cosas y a elogiar mi gusto, mi cantidad de libros, mis plantas. “Me encanta como vives, me encanta todo de ti. Es como si nunca hubieras sentido que no encuentras tu lugar en el mundo”,  aseguró, cuando venía saliendo de una de las varias visitas que hizo al baño.

Se fue más tranquilo, con la promesa que pensaría en una opción laboral, y yo le juré que le informaría de cualquier chamba que supiera que se ajustaba a su perfil, aunque yo bien sabía que algo así no abundaba.

La semana siguiente a su partida, le escribí algunos correos para saber cómo estaba y no me respondió. Esto me preocupó cuando recordé su depresión. Imaginé que le habían cortado la luz, que estaría tirado en la cama como pasmado. Pasaron dos semanas y yo seguía escribiendo correos sin recibir respuesta. No sabía dónde vivía. Busqué su número en el directorio sin éxito. Saqué de mi escritorio la invitación al evento promocional del ron corriente y la estuve mirando como para que me diera una pista de dónde encontrar a José.

Llegaba todas las mañanas a la oficina a abrir el correo electrónico sin encontrar nada de él y sin leer lo que me habían escrito mis clientes. Fui a la división de personal para que me dieran su dirección y teléfono. El domicilio no existía y el número de teléfono era de una peluquería.

Al mes, Ana me dijo que ya estaba harta de mí, porque estaba descuidando los proyectos y sentía que la carga de trabajo se le estaba acumulando a ella. “Hasta flaca te estás poniendo, ¿qué rayos te pasa?”, me dijo furiosa delante de todo el equipo. Días antes el jefe de grupo me llamó la atención porque mi rendimiento bajó y estábamos a punto de perder varias cuentas. No podía decirle a nadie que no podía comer ni dormir ni concentrarme. Simplemente no tenía voluntad de nada.

Más tarde Ana habló conmigo en el baño. Le dije que no sabía qué me pasaba y no pude evitar llorar con ese ahogo que sólo se sufre de niño, cuando se siente una opresión en el pecho y se abre la boca a todo lo que da, como si quisiera uno tragarse su propia alma para que no se escape. Mi amiga me miraba espantada, sin reconocerme.

“Tienes depresión, Carmen, y te la tienen que tratar”, me dijo Ana. Más tarde me dio los datos de un psiquiatra que había tratado a su mamá. “No te sientas mal de ir con un loquero. Es como si se te picara una muela o se te rompiera la pierna. Vas con el médico especializado a que te la arregle y ya.”

Ana tenía razón, ya todo se me veía como costal. Yo que siempre quise ser flaca, andaba tiritando de frío todo el día.

Días más tarde, me volvieron a llamar la atención, esta vez en términos que me hicieron ver que mi empleo estaba en peligro. A la salida de la oficina llamé por teléfono al terapeuta que me recomendó Ana, que me dio cita para el día siguiente, a primera hora.

Por la mañana,  me sentí peor que nunca físicamente, pero me animaba el hecho de que hablaría con alguien que podía tener la solución. Salí sin desayunar y después de una ducha que pasó del agua hirviente a la tibieza y al hielo, como si fuera una cura de manicomio.

Al atravesar la calle frente a mi edificio, miré hacia ambos lados, como hacía siempre. Había unos autos lejanos y caminé viendo al frente. Oí un acelerón extraño y ningún chirrido de llantas. Seguí caminando. Están muy lejos y  ya me vieron, faltan dos pasos para llegar a la banqueta.

Un golpe de costado me trozó como varas las rodillas y me lanzó al aire como un trapo. El hombro se me hizo añicos al caer y por eso no pudo amortiguar la caída de la cabeza, que se partió contra el pavimento. Me invadió la vergüenza que llega cuando uno se cae en público; no alcancé a sentir dolor porque se me cerraron los sentidos.

Tuve conciencia de mí y me imaginé que al abrir los ojos encontraría un hospital, pero lo que vi fue el interior de mi departamento. No estaba acostada, sino sentada en mi sofá. Me quise tocar la cara y no sentí, me puse de pie y me desplacé sin peso. Traté de encender el estéreo y no pude. Me asomé por la ventana y todo estaba igual que siempre, una calle vacía con árboles tristes. Según el reloj, era más de media noche. “Estoy soñando”, pensé.

Fui a mi recámara y la cama estaba destendida. No estaban mis cosméticos ni mi joyero. Las plantas se habían secado. Los libreros y las repisas de discos estaban semivacíos. Me miré en el espejo y estaba desnuda, pero sin rastro de heridas. No me sentía desnuda. No me sentía de ninguna forma.

La puerta se abrió y sentí un sobresalto. Entró José, la chapa de la puerta había sido cambiada. Cerró la puerta con el pie y se metió el llavero en el bolsillo de la chamarra. Traía una bolsa de chicharrones, un portafolios viejo y una urna que parecía hecha de cobre. Se sentó en la cocina, llena de basura y platos sucios. Abrió la bolsa de plástico que traía y empezó a comerse los chicharrones.

Le grité que se largara de mi casa, que quién le había dado permiso de meterse. Pero ya sabía que no me oía. De hecho, ya casi sabía lo que había pasado conmigo.

Se limpió las manos en la pernera del pantalón y sacó del portafolios un papel y algo que parecía un muñeco desnudo, que colocó sobre la mesa de la cocina. Eran mi acta de defunción, en la que él aparecía como el hermano que me había llevado al hospital después de ser atropellada. La muñeca estaba hecha con la tela de un saco color hueso que perdí en la oficina hacía meses, en la cabeza tenía hebras de mi cabello hechas bola, que parecían arrancadas de mi cepillo, el que siempre guardé en el baño.

José había bordado mi cara sobre la muñeca, le hizo senos y genitales con hilo rosa. Sobre el pecho cosió una paleta de caramelo con forma de corazón. Estaba hecha pedazos dentro de su envoltura de celofán transparente, como si le hubieran dado un pisotón.

Interrumpiendo su cena de chicharrones de cerdo, José se levantó de la mesa y estuvo buscando en los cajones y anaqueles de la cocina hasta que encontró una caja que contenía bolsas de plástico con cierre para congelar alimentos. “Este es el tipo de cosa que sólo compran las personas que tienen todo a su favor”, me dijo José, como si supiera que yo estaba ahí.

Con una cuchara sopera, sacó varias cucharadas de ceniza que guardó en la bolsa de plástico, y la cerró cuidadosamente. Luego enrolló el acta de defunción y la metió a la urna, y finalmente, guardó ahí también a la muñeca de trapo. Con una cuchara hizo un agujero en la tierra de la maceta del ficus que yo tenía en la sala y que ya se estaba secando. En esa tumba de planta marchita me sepultó en la urna.

José está vendiendo todas mis cosas y ya encontró los ahorros que tenía escondidos en una bota. Nunca confié en el banco. No parece tener miedo de que algún día puedan echarlo de mi departamento.

El sabe que estoy aquí. A veces habla conmigo con la misma voz engolada de antes y me dice que, ante todo, quería tenerme y nunca perderme. Ha juntado las fotos mías que encontró en sobres viejos y cajones. Las mira y me dice que me extraña. Que quisiera que platicáramos como antes. Nunca me ha pedido perdón por lo que me hizo.

No dudo que me extrañe. Eso sí, el otro día trajo a una tipa a mi casa y le dio un refresco al que le echó una pizca de mis cenizas. Con eso le bastó, a la muy puta, para meterse a mi cama con él.

Gabriela Fonseca (foto)

 

‘Manos muertas’ de Jorge Ibargüengoitia

Jorge-Ibarguengoitia¿Cómo llegó? ¿De dónde vino? Nadie lo sabe. El primer signo que tuve de su presencia fueron las pantaletas.

Yo acababa de entrar en el camarote (el único camarote) con la intención de abrir una lata de sardinas y comérmelas, cuando noté que había un mecate que lo cruzaba en el sentido longitudinal y de éste, sobre la mesa y precisamente a la altura de los ojos de los comensales, pendían las pantaletas. Poco después se oyó el ruido del agua en el excusado y cuando levanté los ojos vi una imagen que se volvería familiar más tarde, de puro repetirse: Pampa Hash saliendo de la letrina. Me miró como sólo puede hacerlo una doctora en filosofía: ignorándolo todo, la mesa, las sardinas, las pantaletas, el mar que nos rodea, todo, menos mi poderosa masculinidad.

Ese día no llegamos a mayores. En realidad, no pasó nada. Ni nos saludamos siquiera. Ella me miró y yo la miré, ella salió a cubierta y yo me quedé en el camarote comiéndome las sardinas. No puede decirse, entonces, como algunas lenguas viperinas han insinuado, que hayamos sido víctimas del amor a primera vista: fue más bien el caffard lo que nos unió.

Ni siquiera nuestro segundo encuentro fue definitivo desde el punto de vista erótico.

Estábamos cuatro hombres a la orilla del río tratando de inflar una balsa de hule, cuando la vimos aparecer en traje de baño. Era formidable. Poseído de ese impulso que hace que el hombre quiera desposarse con la Madre Tierra de vez en cuando, me apoderé de la bomba de aire y bombeé como un loco. En cinco minutos la balsa estaba a reventar y mis manos cubiertas de unas ampollas que con el tiempo se hicieron llagas. Ella me miraba.

“She thinks I’m terrific”, pensé en inglés. Echamos la balsa al agua y navegamos en ella “por el río de la vida”, como dijo Lord Baden-Powell.

¡Ah, qué viaje homérico! Para calentar la comida rompí unos troncos descomunales con mis manos desnudas y ampolladas y soplé el fuego hasta casi perder el conocimiento: luego trepé en una roca y me tiré de clavado desde una altura que normalmente me hubiera hecho sudar frío; pero lo más espectacular de todo fue cuando me dejé ir nadando por un rápido y ella gritó aterrada. Me recogieron ensangrentado cien metros después. Cuando terminó la travesía y la balsa estaba empacada y subida en el Jeep, yo me vestí entre unos matorrales y estaba poniéndome los zapatos sentado en una piedra, cuando ella apareció, todavía en traje de baño, con la mirada baja y me dijo: “Je me veux baigner”. Yo la corregí: “Je veux me baigner”. Me levanté y traté de violarla, pero no pude.

La conquisté casi por equivocación. Estábamos en una sala, ella y yo solos, hablando de cosas sin importancia, cuando ella me preguntó: “¿Qué zona postal es tal y tal dirección?” Yo no sabía, pero le dije que consultara el directorio telefónico. Pasó un rato, ella salió del cuarto y la oí que me llamaba; fui al lugar en donde estaba el teléfono y la encontré inclinada sobre el directorio: “¿Dónde están las zonas?”, me preguntó. Yo había olvidado la conversación anterior y entendí que me preguntaba por las zonas erógenas. Y le dije dónde estaban.

Habíamos nacido el uno para el otro: entre los dos pesábamos ciento sesenta kilos. En los meses que siguieron, durante nuestra tumultuosa y apasionada relación, me llamó búfalo, orangután, rinoceronte… en fin, todo lo que se puede llamar a un hombre sin ofenderlo. Yo estaba en la inopia y ella parecía sufrir de una constante diarrea durante sus viajes por estas tierras bárbaras. Al nivel del mar, haciendo a un lado su necesidad de dormir catorce horas diarias, era una compañera aceptable, pero arriba de los dos mil metros, respiraba con dificultad y se desvanecía fácilmente. Vivir a su lado en la ciudad de México significaba permanecer en un eterno estado de alerta para levantarla del piso en caso de que le viniera un síncope.

Cuando descubrí su pasión por la patología, inventé, nomás para deleitarla, una retahíla de enfermedades de mi familia, que siempre ha gozado de la salud propia de las especies zoológicas privilegiadas.

Otra de sus predilecciones era lo que ella llamaba “the intrincacies of the Mexican mina”.

-¿Te gustan los motores? -preguntó una vez-. Te advierto que tu respuesta va a revelar una característica nacional.

Había ciertas irregularidades en nuestra relación: por ejemplo, ella ha sido la única mujer a la que nunca me atreví a decirle que me pagara la cena, a pesar de que sabía perfectamente que estaba nadando en pesos, y no suyos, sino de la Pumpernikel Foundation. Durante varios meses la contemplé, con mis codos apoyados sobre la mesa, a ambos lados de mi taza de café y deteniéndome la cara con las manos, comerse una cantidad considerable de filetes con papas.

Los meseros me miraban con cierto desprecio, creyendo que yo pagaba los filetes. A veces, ella se compadecía de mí y me obsequiaba un pedazo de carne metido en un bolillo, que yo, por supuesto, rechazaba diciendo que no tenía hambre. Y además, el problema de las propinas: ella tenía la teoría de que 1% era una proporción aceptable, así que dar cuarenta centavos por un consumo de veinte pesos era ya una extravagancia. Nunca he cosechado tantas enemistades.

Una vez tenía yo veinte pesos y la llevé al Bamerette. Pedimos dos tequilas.

-La última vez que estuve aquí -me dijo- torné whisky escocés, toqué la guitarra y los meseros creían que era yo artista de cine.

Esto nunca se lo perdoné.

Sus dimensiones eran otro inconveniente. Por ejemplo, bastaba dejar dos minutos un brazo bajo su cuerpo, para que se entumeciera. La única imagen histórica que podía ilustrar nuestra relación es la de Sigfrido, que cruzó los siete círculos de fuego, llegó hasta Brunilda, no pudo despertarla, la cargó en brazos, comprendió que era demasiado pesada y tuvo que sacarla arrastrando, como un tapete enrollado.

¡Oh, Pampa Hash! ¡Mi adorable, mi dulce, mi extensa Pampa!

Tenía una gran curiosidad científica.

-¿Me amas?

-Sí.

-¿Por qué?

-No sé.

-¿Me admiras?

-Sí.

-¿Por qué?

-Eres profesional, concienzuda, dedicada. Son cualidades que admiro mucho.

Esto último es una gran mentira. Pampa Hash pasó un año en la sierra haciendo una investigación de la cual salió un informe que yo hubiera podido inventar en quince días.

-¿Y por qué admiras esas cualidades?

-No preguntemos demasiado. Dejémonos llevar por nuestras pasiones.

-¿Me deseas?

Era un interrogatorio de comisaría. Una vez fuimos de compras. Es la compradora más difícil que he visto. Todo le parecía muy caro, muy malo o que no era exactamente lo que necesitaba. Además estaba convencida de que por alguna razón misteriosa, las dependientas gozaban deshaciendo la tienda y mostrándole la mercancía para luego volver a guardarla, sin haber vendido nada.

Como el tema recurrente de una sinfonía, aparecieron en nuestra relación las pantaletas. “Ineedpanties”, me dijo. Le dije cómo se decía en español. Fuimos a diez tiendas cuando menos, y en todas se repitió la misma escena: llegábamos ante la dependienta y ella empezaba, “necesito…”, se volvía hacia mí: “¿cómo se dice?”, “pantaletas”, decía yo. La dependienta me miraba durante una millonésima de segundo, y se iba a buscar las pantaletas. No las quería ni de nylon, ni de algodón, sino de un material que es tan raro en México, como la tela de araña comercial y de un tamaño vergonzoso, por lo grande. No las encontramos. Después, compramos unos mangos y nos sentamos a comerlos en la banca de un parque. Contemplé fascinado cómo iba arrancando el pellejo de medio mango con sus dientes fuertísimos y luego devoraba la carne y el ixtle, hasta dejar el hueso como la cabeza del cura Hidalgo; entonces, asía fuertemente el mango del hueso y devoraba la segunda mitad. En ese momento comprendí que esa mujer no me convenía.

Cuando hubo terminado los tres mangos que le tocaban, se limpió la boca y las manos cuidadosamente, encendió un cigarro, se acomodó en el asiento y volviéndose hacia mí, me preguntó sonriente:

-¿Me amas?

-No -le dije.

Por supuesto que no me creyó.

Después vino el Gran Fínate. Fue el día que la poseyó el ritmo.

Fuimos a una fiesta en la que estaba un señor que bailaba tan bien que le decían el Fred Astaire de la Colonia del Valle. Su especialidad era bailar solo, mirándose los pies para deleitarse mejor. Pasó un rato. Empezó un ritmo tropical. Yo estaba platicando con alguien cuando sentí en mis entrañas que algo terrible se avecinaba. Volví la cabeza y el horror me dejó paralizado: Pampa, mi Pampa, la mujer que tanto amé, estaba bailando alrededor de Fred Astaire como Mata Hari alrededor de Shiva. No había estado tan avergonzado de ella desde el día que empezó a cantar “Ay, Cielitou Lindou…” en plena Avenida Juárez. ¿Qué hacer? Bajar la vista y seguir la conversación. El suplicio duró horas.

Luego, ella vino y se arrojó a mis pies como la Magdalena y me dijo: “Perdóname. Me poseyó el ritmo”. La perdoné allí mismo.

Fuimos a su hotel (con intención de reconciliarnos) y estábamos ya instalados en el elevador, cuando se acercó el administrador a preguntarnos cuál era el número de mi cuarto.

-Vengo acompañando a la señorita -le dije.

-Después de las diez no se admiten visitas -me dijo el administrador.

Pampa Hash montó en cólera:

-¿Qué están creyendo? El señor tiene que venir a mi cuarto para recoger una maleta suya.

-Baje usted la maleta y que él la espere aquí.

-No bajo nada, estoy muy cansada.

-Que la baje el botones, entonces.

-No voy a pagarle al botones.

-Al botones lo paga la administración, señorita.

Ésa fue la última frase de la discusión.

El elevador empezó a subir con Pampa Hash y el botones, y yo mirándola. Era de esos de rejilla, así que cuando llegó a determinada altura, pude distinguir sus pantaletas. Comprendí que era la señal: había llegado el momento de desaparecer.

Ya me iba, pero el administrador me dijo: “Espere la maleta”. Esperé. Al poco rato, bajó el botones y me entregó una maleta que, por supuesto, no era mía. La tomé, salí a la calle, y fui caminando con paso cada vez más apresurado.

¡Pobre Pampa Hash, me perdió a mí y perdió su maleta el mismo día!

Jorge Ibargüengoitia (foto)

 

 

‘Manual de autoayuda para chinos’ de Rosa Beltrán

Rosa BeltránConoces a una mujer que te propone un negocio a ti, Huni, el rey de los negocios turbios. Está pensando en patentar un muñeco que cuando le jales la cuerda abra los brazos y diga: “Eres la única mujer en mi vida”, “Estás flaquísima” y sobre todo “¡Discúlpame!”.

-¿Y sabes por qué? -te pregunta-. Porque los hombres se la pasan ofendiéndote y nunca te piden perdón de nada. Están incapacitados para sentirse culpables. Y en realidad, para hablar de sus sentimientos.

Da un trago a su coca light y te pide que lo pienses. Está convencida de que ese negocio haría mucho por las mujeres.

Tú asientes, en principio divertido. Te le quedas viendo de arriba abajo como si la escanearas. El busto perfecto, el cabello largo y crespo, la cinturísima. Hasta ahí te permite ver la mesa del Sanborns. Tiene una risita agradable y ojos chinos no porque sea china sino porque está sonriendo todo el tiempo. Te imaginas a tu socio del negocio de importaciones cuando se la describas:

-Huni: es justo lo que te recetó el médico.

Observa sus labios moverse mientras te platica de cuánto la han ofendido los hombres, de cómo se aprovechan siempre, ve sus manos, como abanicos danzantes, como pañuelitos blancos. Sus uñas limpias. De pronto, vuelve las tuyas una caja y guárdalas adentro. Ella se sorprende aprisionada, te sonríe. Parece una actriz. Es raro que tenga ese trabajo de judicial, que sea parte, como ella misma dice, de los “cuerpos policiacos”. Para nada se parece a los roperos armados que llegan sin avisar a quitarte tu mercancía. “¡A ver, pinche chino, viene todo!”, y luego no se aparecen por meses. Ella no. Ella es linda y cariñosa. Y sobre todo: es leal. Te avisa con tiempo. Te propone un acuerdo. Un porcentaje.

Intercambia una mirada furtiva, deja sus manos libres y obsérvalas volar al bolso azul claro. Cuando saque el cigarro y te pida fuego sorpréndete de que una muchacha tan joven y tan bonita fume.

-¡Ay, Huni, pero si en tu país se la pasan fumando todo el tiempo! -te dice.

Aclárale entonces:

Es tu país de origen, pero no de cultura. Desde que llegaste a trabajar a la Samsung tú te hiciste a los modos de aquí. Tus costumbres son las suyas.

Ella de inmediato niega:

-No, Huni, eso de traer saldos y colocarlos como si fueran mercancía del año no lo hacemos aquí. Ni lo de andar imitando todo lo que tenga marca. Nosotros no tenemos esas costumbres. Porque si las tuviéramos ¿para qué íbamos a comprarte a ti tus cosas, a ver?

Obsérvala juntar los labios como si fuera a chiflar o a darte un beso; mira cómo le da otro sorbito a su coca light.

Te dice que por eso tienes que traerte todo de allá: los monitores de los videojuegos que colocas en las papelerías y en las farmacias, los dizque relojes Rolex y las falsas bolsas Louis Vuitton, las llaves mezcladoras de agua. Escúchala y recuerda el gesto de incredulidad que puso cuando le regalaste las zapatillas de terciopelo falso. “Vesace”, dijiste, y la erre se te atoró. La gracia con que se las puso, tomando cada una por el talón, su empeine acojinado.

-Pero lo que traes es ilegal, Huni -te dice y retira el vaso de refresco-. Tú lo sabes. Se llama “contrabando”.

Di: oh oh oh cerrando los ojos, haciéndolos más chiquitos, asintiendo. Y ahora, mírala: en su traje de comando, en uniforme, según le pidieron ese día, acercándose a ti para que le enciendas el cigarrillo. Una sola pieza negra, lustrosa. Una pantera. Acciona el zippo que sólo tú sabes que no es zippo, observa cómo ella le da una calada honda al cigarro y te dice: “gracias”.

-Las que la adolnan -respóndele aprisa.

-Ay, Huni, seguro eso les dices a todas.

Niega con la cabeza, muéstrate divertido, pero entonces ve cómo se acerca y te aclara: ella no es una cualquiera. Esto sí quiere que lo entiendas bien. Tú lo entiendes. Ella se relaja entonces, vuelve a su posición original y te explica: Su abuela era multimillonaria, nacida en Nueva York, sus padres se la trajeron en un barco con una nana y una vaca suiza. Después perdieron todo, no te dice bien por qué. Da una calada a su cigarro y añade: su papá no era rico, pero sí muy guapo y muy bohemio. Jugaba fútbol, se asoleaba.

-Era muy seductor -suspira.

-Con lazón -respondes- y ella no pregunta con razón qué, sino que da un último trago a su coca.

-¿Sabes qué, Huni? -te dice de pronto, apuntándote con un dedo-. Ojalá esa boca dijera lo que verdaderamente piensas, algún día.

En los operativos es tierna, te acaricia la mano debajo del mostrador donde guardas la escuadra calibre veintidós por si sus compañeros o el abogado quieren pasarse de listos. En la oficina es formal y atenta, te contesta el celular aunque esté ocupada. Habla con el agente aduanal, te busca la manera de que puedas introducir el producto. Y sobre todo: te avisa. Te da los pitazos siempre. Entre ella y tú hay un acuerdo: sólo se llevan lo peor de la mercancía incautada en los operativos. El treinta por ciento. Tú sabes que ellos la venderán después y que nadie les dirá “pinches chinos transas”, aun así los miras llevarse las cosas y sonríes. Sonríes y aguardas.

En las prácticas de tiro es la mejor.

-¿Cómo le haces?-, le preguntas.

No bebe. No fuma. Bueno, sólo a veces. Un poquito. Le gustan los chocolates.

Después de cuatro operativos, un cateo mayor y dos idas al cine te acuestas con ella. Te parece el número adecuado de salidas. La llevas a tu casa.

-¡Pero si esto es un palacio! -exclama encantada al ver la cochera verde de mosaico, la cama con dosel, el barecito frente a la cama donde tienes todo tipo de licores.

Tú respondes:

-Y tú, la leina.

-Ay, Huni -te dice.

La abrazas. Es tan joven. Nueva como un embarque de bolsos de plástico recién manufacturados. Llena de promesas.

Hacen el amor y entonces ella acomoda un par de almohadas en la cabecera, se sienta cómodamente en la cama, te pide que le pases los chocolates y tras llevarse un arlequín de limón a la boca te dice:

-¿Sabes qué, Huni? En el fondo eres un romántico. Si el comandante me preguntara: “¿quién es ese chino que siempre anda haciendo negocios chuecos?”, yo le diría: un romántico.

Entrechoca las copas de champaña. Di:

-¡Salud!

Abrázala apasionadamente. Bésala. Dile que sus pies son un par de peces dorados.

Cuando ella se quede tendida boca abajo, desnuda y exhausta, ve a la estancia, pon esa música que tanto te gusta, de cinco notas, y recorre con el dedo su espalda. Ella se da vuelta. Te dice el nombre de su marido. Se llama Rolando García. Antes era el director del departamento de licencias y permisos, ahora es comandante de la PGR. Cuando te pregunte: “¿Qué piensas?”, no digas: “lárgate de una vez” ni “pinche puta”. Tómala suavemente de una nalga y di:

-Depende. ¿Clees que nos dalía un pelmiso, tu malido?

Ella finge una sonrisa.

-Es que no quiero que te sientas mal por esto – dice.

Brinca de la cama, da una patada de Tae Bo. Sonríe.

Di:

-Huni es un chico duro.

Cruza los brazos.

En los siguientes encuentros, ella pone cara de preocupación.

-¿Por qué no me dices lo que sientes? -te pregunta.

Te mira profundo a los ojos.

-¿Huni, por qué no me muestras tus sentimientos?

Mira la camisa que se le desabotonó. Mira sus pechos.

Cuando vivías con tus padres creías que amante significaba una prenda de vestir masculina, algo para lucir cuando uno sale a pasear, como unas mancuernillas Giorgio Armani. Ahora sabes que una amante puede ser cualquier cosa menos unas mancuernillas. No puedes mostrar las muñecas y decir:

-Qué tal. Soy Huni. Esta es mi amante.

Es como tener la copia sin saber que no es el original.

Es como pagar una copia a precio de original constantemente.

Desde que sabes que está casada, no enfrentas el negocio igual. No miras a tu socio de la misma forma. Cuando se te ocurre algo y ella te contesta el teléfono, no puedes decirle: “¡Hola! ¿cómo puedo legistlal la malca Hunday?”, ni la oyes decir con el mismo ánimo: “¡Pero Huni!, ¿cómo vas a registrar una marca que ya existe?” No te ríes igual, no puedes contestarle:

-Existe, pelo no aquí.

Cuando sales a comer y tu socio te pide que le cuentes sobre la mujer ésa que estaba buenísima no le dices “Aaay”, como si fuera algo espantoso y trágico, ni “no quiero hablar de eso”. Dices:

-No tiene nada de especial -y te encoges de hombros.

-¿Cómo que no? -responde él y te mira sorprendido.

Dile con naturalidad:

-No es como un pal de mancuelnillas Almani.

-Uy, quién te entiende -dice, y de ahí en adelante guarda silencio hasta que regresan al despacho.

Es como recibir la mercancía dañada.

Es como haber sido timado por un chino.

Esa noche en que sabes que tendrá que irse dentro de dos horas, cuando te acaricia y te habla al oído, descubres que tu boca se mueve, de pronto, como por voluntad propia. Ella ha estado haciendo la culebra alrededor de tu cuerpo, te ha pasado los dedos entre el pelo asombrada de que sea tan negro y tan grueso. Luego se ha recostado sobre ti, sobre tu espalda. A medio lengüeteo, mientras intenta completar un círculo alrededor de tu oreja, cuando te susurra algo, te sorprendes diciéndole:

-Oye, no eles mi leina ni yo soy Huni, tu ley. Sólo soy tu amante.

Algunas veces van a cenar, después del trabajo. Ella vive en la colonia Crédito Constructor y no tiene casa propia ni crédito para construirla, según dice. Prefiere que no te acerques a su casa. Fuera de la PGR camina un par de cuadras para llegar a donde la recoges en tu Nissan arreglado, tú también estás arreglado. Traes tu traje rojo vino, el pelo negro recién cortado, lacio y de raya en medio, como una pequeña fuente, rapado de la mitad de la cabeza hacia abajo. Traes tus falsos zapatos Salvatore Ferragamo, tu Rolex Oyster Perpetual que es una copia idéntica. Ella viene con una camisa de flores y un pantalón café bastante brilloso. Tienes ganas de decirle:

-¿Y tu malido? ¿Qué, no te mantiene?

Te das cuenta de que quieres decirlo porque albergas una intención bien clara, una esperanza. La esperanza de que él se haya esfumado de pronto. Ella es tan blanca, tan abultada de pechos. Tan cariñosa. Se siente tan feliz de estar contigo y dormir en tu casa ese día en que él tiene guardia hasta el día siguiente. Cuando llega al auto te bajas y le abres la puerta. Ella siente algo en el asiento, levanta el trasero y saca un perfume copia Paloma Picasso. Un regalo. La llevas a un lugar especial, adornado con linternas de papel y peces nadando en peceras. Traen varias fuentes de comida y el mesero levanta la tapa sin hacer ningún gesto.

Bueno, ¿y cómo fue que te casaste con ése? quieres empezar, y en lugar de eso ella es quien te pregunta:

-Bueno, y cómo fue que te hiciste fayuquero.

Levantas los hombros.

-Como se hace uno cualquiel cosa.

-Ay, Huni, eres tan… no sé, misterioso.

Ella se sirve bastante comida, te pide que le pases la salsa de soya, que le alcances el platón de más allá. Entonces, te revela:

-En cambio a mí mi marido fue quien me metió en esto. Fui a pedirle trabajo sin conocerlo, me dijo qué sabes hacer y le dije: nada.

Tú sonríes.

-¿Y sabes qué hizo? Me puso de su secretaria. Pero la verdad, no daba una. Entonces me dijo: qué quieres hacer. Y me puso a expedir permisos. Yo veía la documentación, le daba una revisada por encimita a los papeles y ponía el sello. Todo muy derecho.

Ella bebe un sorbo de té verde, suspira.

-Aquí en la judicial no es como la gente cree -te dice- ya no.

Tú fumas y la escuchas.

-Luego me aburrí de estar sentada poniendo sellos y le dije a Rolando: pónme en otra cosa porque aquí ya me aburrí. Qué quieres hacer, me dijo, y yo le contesté muy seria: mira, yo soy una persona muy entrona. La verdad. Y muy activa. Así que mejor ponme en algo más acorde a mi naturaleza. Y ahí fue donde entré al área judicial. Tomé todos los cursos que te puedas imaginar, de defensa personal, de caló. Bueno, de qué no tomé yo cursos. Hasta la fecha, sigo haciendo mis prácticas de tiro. Yo puedo desarmar a cualquier cabrón, hay partes vulnerables del cuerpo.

Tú sonríes.

-Ay Huni, no ésas -te explica- …aunque la verdad no sé si son ésas en las que estás pensando. Nunca sé lo que piensas, la verdad.

De pronto, toma tu brazo bruscamente, le da vuelta. Aparece tu muñeca sin mancuernillas.

-Aquí -te señala y te oprime la vena. Sientes un dolor insoportable-. A ver, trata de zafarte -dice.

Ese día está encargada de sorprender a unos introductores de pastillas Viagra y cigarros Marlboro hechos con tabaco y fibra de vidrio. Tú acomodas en algunas farmacias los monitores de los videojuegos que te enviaron armados en un contenedor. Más tarde la recoges cerca del aeropuerto.

-Tengo una pena muy grande, Huni -te dice, sombría-. Mi hermano está en el hospital, y van dos meses que no he pagado la mensualidad de la camioneta. Tengo semanas con la despensa vacía.

Luego, cuando están en tu casa, añade:

-En la policía no se gana tanto como crees. Es demasiado riesgo.

Quieres preguntar:

-Pol qué no te sales.

Pero en lugar de eso la miras impertérrito.

-Ay Huni, ya sé lo que estás pensando. Que por qué no me salgo, ¿verdad? Pero dime, a ver: y quién me va a dar trabajo. Quién me va a aceptar a mí con mis antecedentes, y en dónde. Desde aquí puedo estar más o menos protegida, pero no creas. Hay mucha gente que quiere matarme.

-¿Y tu malido? -preguntas.

Su marido es muy recto, muy organizado. Y la ha ayudado mucho.

Tú das otra calada a tu cigarro, asientes.

Luego de llevarla hasta su casa con una caja de falsos perfumes Dolce & Gabanna que le regalaste y dos bolsas de lona llenas de monedas (en los videojuegos te pagan con morralla) te subes a tu Nissan. Oyes el golpe de la puerta que se cierra, el ruido de la llave, después nada, los ruidos típicos de la ciudad, los autos y los microbuses, un chofer de taxi que te grita: “¡pinche chale, muévete!”

Enciende el motor y pregúntate quién eres. Quién es el pinche chale.

-¡Huni Li! -dice tu padre cuando por fin tomas el teléfono-. ¿Qué rayos te pasa?

Te pide pormenores del negocio de pago con mujeres que tanto han planeado, te pregunta cómo van las cosas.

-Ya casi -le dices-. Tengo el teleno casi listo.

Él te recrimina. Le explicas que no es tan sencillo, aquí no es tan natural pagar con

mujeres, exportarlas menos. Lo oyes desquiciarse, hacerte las cuentas de lo que le debes, lo que cada pariente tuyo pagó allá para que te vinieras. Imaginas su rostro colorado, los aspavientos que hace con los brazos y manos mientras habla y escupe. Te pone otra vez de ejemplo al ciudadano chino Wu Yon Lin, que por dos mil cuatrocientos pesos mexicanos obtuvo el monopolio de uso de la virgen de Guadalupe. ¡Si se pudo comerciar con la única mujer que era intocable en ese país por qué no se va a poder con las otras! Tú le explicas que su razonamiento es correcto pero en la realidad tiene sus dificultades, él grita de nuevo y cuando le aseguras que harás lo que sea por enviar a la primera de las chicas oyes cómo la voz se le dulcifica y crees ver sus ojos chispeantes y las comisuras en la frente marcadas a causa de las cejas levantadas hacia arriba. Lo oyes repetir lo ricos que serán… hacerte las cuentas… Ya debes estar a punto de enviar el dinero para que el ciudadano Fo Weng Tai consiga el pasaje de la primera muchacha de ojos redondos… aunque no sea virgen…

Ese día le has dicho a tu socio que haga el recorrido de las farmacias por ver si hay alguna solicitud de monitores extra que puedan estar necesitando los dueños a causa de las vacaciones. A ella le has hablado por teléfono y la has pasado a recoger sin haber sido muy claro en tu explicación de por qué tenía que ser a esa hora. La llevas a un lugar que desconoce. Cuando se abre por fin la puerta del departamento, la haces pasar al saloncito en forma de ele repleto de papeles y mercancía con severos defectos que te encargas de disimular haciendo un trabajo fino, de vestidor de pulgas. Es “tu despacho”. La invitas a sentarse cómodamente en el sillón de velour, le ofreces la copa de licor imitación charteuse que les das a tus clientes. Ella prefiere agua.

Cuando vuelves de la pequeña cocina con el vaso en la mano te la encuentras observando minuciosamente los objetos que tienes ahí, revisando cada rincón, como un perro que olisquea un bulto con droga. Muéstrate solícito, jadeando entre disculpas. No tenías agua embotellada y tuviste que esperar a que saliera limpia la del grifo. Ella toma el vaso.

-Ya estamos aquí -le dices, con una sonrisa forzada.

Quieres decirle que estás dispuesto a lo que sea por ella, que has decidido dar el paso final. Quieres que te acompañe de viaje. Pero ella ha tenido la mente puesta todo el tiempo en otra cosa.

-¿Sabes? Estoy pensando en decirle a Rolando de lo nuestro -te dice.

Esto te hiela la sangre por un momento. Ella serpentea, es un dragón alrededor de tu cuerpo.

-¿Te digo lo que le pienso decir? Le diré: amor mío hay alguien que nos divide. Huni. Por él pude pagar los abonos de mi camioneta, ayudar a mi hermano. Y ahora, fíjate, ¡quiere regalarme un departamento! -y señala con los brazos abiertos tu despacho.

Muéstrate escéptico. Dile que tu despacho es muy poco. Que tú le regalarás mucho más. En tu país tienes grandes propiedades.

-Pero tu país está lejísimos, Huni -se queja.

Se te acerca y hace un puchero, insiste en lo que va a decirle a su marido, se pone melosa, te acaricia la oreja y acercándote los pechos te dice: “Oye, Huni. Has de tener tus guardaditos, ¿verdad? A ver, dime cuánto tienes”. Tú le explicas que no tienes guardaditos, sólo tu trabajo. Quieres ponerte de acuerdo en algo más espectacular, más grande: un viaje. Pero ella no quiere hablar de viajes ese día. El lugar la ha puesto ardiente, no sabe por qué, te dice, y empieza a desvestirse. Luego insiste en lo que va a decirle a su marido: “Cariño, creo que tengo que contarte algo. Estoy enamorada de Huni”. Eso le dirá, te dice.

-Y qué halás después, le preguntas.

Ella te mira con atención por un momento. Luego, suelta una carcajada.

-Nada -dice-. Rolando nunca me creería que estoy enamorada de un chino.

Durante mucho tiempo has pensado qué es lo que podrías hacer. Y ahora sabes que todo puede solucionarse con una llamada telefónica. La haces, informas y esperas. En este país el tipo de cosas que requieren una gran planeación en el tuyo se arreglan un buen día, sin que nadie tenga que contratar a nadie ni apretar un gatillo. Lo sabes cuando te encuentras a tu socio fuera de sí, juntando las pocas cosas que tenía en el despacho.

-Ahora sí. ¡Nos jodimos! -te dice en cuanto te ve entrar.

Te muestra el periódico donde salió la noticia: El comandante Rolando García Cueto, hallado en tratos con las mafias coreanas, acusado formalmente de cohecho.

-¡Y todo por una denuncia anónima!…

Di:

-Oh oh oh

-Sí, por un bocón. Mira, Huni, no hay nada qué hacer -insiste- Sin madrina no se puede seguir en este negocio.

Muéstrate apesadumbrado, asiente. Déjalo que se lleve los lentes Oakley falsos, sus cosas de una vez. Acepta su renuncia. Dale una pequeña gratificación sólo si es necesario.

Míralo irse. Despídete.

-Me cae que no te entiendo, Huni -óyelo decir- ¿Sabes? A ratos hasta pienso que te dio gusto que agarraran al comandante ése. Ustedes los chinos son como marcianos.

Vuelve a sonreír.

Extiéndele la mano.

Y entonces, ocúpate de lo que tanto has querido. Una vez que no existe el obstáculo del marido sabes qué debes hacer. Primero llámala. Dile que tú cuidarás de ella ahora que está sola. Háblale del viaje.

-Huni, hay algo que no entiendes -te dice.

-¿Que no podlemos hacel negocio? -preguntas.

-No, Huni, no es eso.

Se toma todo el tiempo del mundo para explicártelo: de su marido se separó hace tiempo; no es su marido con quien vive. Es alguien más.

-Quién -preguntas.

Te dice el nombre: Comandante Dalia Margarita Taboada.

-Era la segunda de a bordo. Sólo la muerte o la cárcel podían hacer que la promovieran al puesto de Rolando.

Óyela suspirar.

-A mí los hombres me han herido mucho, Huni.

Ella jamás viviría con un hombre.

Quédate atónito.

Un día, luego de mucho tiempo, cuando te hable para informarse del próximo operativo y te pregunte cómo estás, responde:

-Bien.

Cuando insista en preguntar:

-¿Estás seguro, Huni?

Acuérdate del viejo koán: “El que siempre habla de lo que siente muchas veces dice lo que no siente”. No dudes en repetir tu respuesta.

Rosa Beltrán (foto)

‘¡Sea por Dios y venga más!’ de Laura Esquivel

laura esquivelToda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole. Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasa es que nadie lo comprende. Si de vez en cuando me pegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porque fuera mala persona. Él siempre me quiso. A su manera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de que no. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, era porque me quería.

Él no tenía ninguna necesidad de habérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escondidas, pero dice que le dio miedo que yo me enterará por ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él no soportaba la idea de perderme porque yo era la única que lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa, pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan la bola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ninguno! No, si el único honesto es mi Apolonio. El único que me cuida. El único que se preocupa por mí. Con esto del sida, es bien peligroso que los maridos anden de cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas decidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta. Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad. ¡Eso es amor y no chingaderas! ¡Pero ellas qué van a saber!

Bueno, tengo que reconocer que al principio a mí también me costó trabajo entenderlo. Es más, por primera vez le dije que no. Adela, la hija de mi comadre era mucho más joven que yo y me daba mucho miedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Pero mi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, que Adela realmente no le importaba. Lo que pasaba, era que necesitaba aprovechar sus últimos años de macho activo porque luego ya no iba a tener chance. Yo le pregunté que porque no lo aprovechaba conmigo, y él me explicó hasta que lo entendí, que no podía, que ese era uno de los problemas de los hombres que las mujeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigo no tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a la hora que quisiera. Lo que le hacía falta era confirmar que podía conquistar a muchachitas. Si no lo hacía, se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, ya ni a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó.

Le dije que está bien, que aceptaba que tuviera su amante. Entonces me llevo a Adela para que hablará con ella, porque Adelita, que me conocía desde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mi propia boca que yo le daba permiso de ser la amante de Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarse con él. Lo único que quería era ayudar en nuestro matrimonio y que era preferible que Apolonio anduviera con ella y no con otra cualquiera que sí tuviera interés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos y me parece que hasta la bendije. La verdad, yo estaba más que agradecida porque ella también se estaba sacrificando por mí.

Adela, con su juventud, bien podría casarse y tener hijos y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la amante de planta de Apolonio, nomás por buena gente.

Bueno, el caso es que el día que vino, hablamos un buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios, los días de visita, etc. Se supone que con esto yo debería de estar muy tranquila. Todo había quedado bajo control. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentos y felices. Pero no sé por qué yo andaba triste.

Cuando sabía que Apolonio estaba con Adela no podía dormir. Toda la noche me la pasaba imaginando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesitaba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabía y punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada. Lo peor era que tenía que hacerme la dormida pues no quería mortificar a mi Apo.

Él no se merecía eso. Así me lo hizo ver un día en que llegó y me encontró despierta. Se puso furioso. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejaba gozar en paz, que él no podía darme más pruebas de su amor y yo en pago me dedicaba e espiarlo, a atormentarlo con mis ojos llorosos, y mis miedos de que nunca fuera a regresar. ¿Qué acaso alguna vez me había faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seis de la mañana, pero siempre regresaba.

Yo no tenía por qué preocuparme. Debería estar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no lo estaba! Es más, me empecé a enfermar de los colerones que me encajaba el canijo Apolonio. Daba mucho coraje ver que le compraba a Adela cosas que a mí nunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a mí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de mi cumpleaños cuando cantó Celia Cruz y yo le supliqué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se me empezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó, el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron, la piel se me mancho y ahí fue cuando la Chole me dijo que el mejor remedio en esos casos era poner en un litro de tequila un puño de té de boldo compuesto y tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldo recoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda ni perezosa fui al estanquillo de la esquina, le compré a Don Pedro una botella de tequila y la preparé con su boldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionó muy bien.

No sólo me sentía aliviada por dentro, sino bien alegre y feliz, como hacía muchos días no me sentía. Con el paso del tiempo, los efectos del remedio me fueron mejorando. Apolonio, al verme sonriente y tranquila, empezó a salir cada vez más con Adela y yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba, fuera en ayunas o no, para que no me hiciera daño la bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueron cada vez más necesarias. Si al principio una botella de tequila me duraba un mes, llegó el momento en que me duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que no tenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tan bien, que hasta llegué a pensar que el tequila con boldo era casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando, animando, sanando, reconfortando y calentado todo mi cuerpo, haciéndolo sentir viva, viva, ¡viva!

El día en que Don Pedro me dijo que ya no me podía fiar ni una botella más creí que me iba a morir. Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila. Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadeció de mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al fin que siempre me había traído ganas el condenado. Yo la mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo también estaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fue que Apolonio nos encontró dando rienda suelta a las ganas.

Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahora vive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Y todo por culpa de la pinche Chole y sus remedios!

Laura Esquivel (foto)