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‘Cruzan la plaza’ de Mónica Lavín

monica-lavinPero ahora el tiempo corrió más pronto, / adelgazando sus últimas horas. (Viaje a la semilla, de Alejo Carpentier)

Un hombre y una mujer cruzan la plaza. Van tomados de la mano. Es de noche en una ciudad ajena, hace sólo unos instantes que las manos se encontraron, y así el andar uno al lado del otro, pareciera un proceder familiar. Apenas se conocen, dos días hay en su haber, y es tan dulce y desesperado ese cruzar la plaza tomados de la mano que es de pronto esperanza como final. ¿Qué hay en esa toma que se repite una y otra vez? Entran a la plaza como a un ruedo; caminan altivos, las manos entrelazadas, orgullosos de poseerse en ese espacio anónimo y solitario de la ciudad. Y aunque sólo se estrujan las manos, la posesión de los más callados anhelos ha quedado atrapada entre sus palmas, soltarse es impensable, soltarse es comenzar la despedida. Un hombre y una mujer con abrigo cruzan la plaza: poderosa estampa que destapa futuros inciertos y abismos no invocados.

En la discoteca las sillas están puestas sobre las mesas, alguien barre y la música ha cesado. Los últimos habitantes del bar se levantan de las mesas donde una música se ha encargado de dar a la pareja la posibilidad del abrazo. Ella puede recargarse en el hombro y sentir el calor tibio de su mejilla, él la puede tomar por la cintura mientras la otra mano se anuda con firmeza con la de ella, las bocas audaces, sedientas se separan y vuelven a su deseo palpitante, al pudor sometido, a la duda del encuentro. Regresan a la mesa donde comienzan los primeros acordes de una música suave.

Se sientan en el taxi donde sus manos sobre el sillón apenas rozan los dedos, es el inicio de la complicidad. Al llegar al bar se unen al resto que no sospecha que suben por la escalera donde ella lo ha esperado y él la ha alcanzado. Bailan un ritmo latino y ella le explica cómo moverse, beben hasta volver al restaurante donde a los postres siguen la carne y el paté de salmón. Caminan uno al lado del otro, platican, él la presenta a otras personas pronunciado su nombre con precisión. Ella lo mira y se acerca. Hola. Él finge no darse cuenta cuando ella entra y se sigue de largo, ella siente un salto en el corazón cuando descubre que allí está. Toma el elevador y en el cuarto se cepilla el pelo muchas veces, se pone perfume, se quita el vestido y lo cuelga, guarda las medias negras en un cajón; se despinta el carmín y la raya del ojo, por último, el maquillaje. Se da un duchazo. Guarda en su piel la algarabía del encuentro, se sume en el ritual de la espera.

El día es tan largo, ha dormido muy poco, la noche ha sido ocupada por la presencia de un hombre intrigante y abrazable. Es de madrugada cuando sube al tren, él duerme ajeno. Ella se mira en el espejo, tiene una brizna blanca en los labios, le preocupa no saber desde cuando la trae allí colocada y que él no se haya atrevido a quitársela. Él viene por el pasillo, con el deseo de no alejarse muy rápido, no vaya a ser que el beso se le caiga entre las vías. La mujer sale de su dormitorio con el deseo de que él vuelva sobre sus pasos. En el pasillo él le da un beso tímido junto a los labios y le dice que espera con ansias volverla a ver. Caminan juntos por el pasillo que los hace contonearse suavemente. Ella quiere que la detenga, él no sabe lo que ella quiere, pero siguen hasta el salón fumador y hablan de lo que hacen, del mundo, están solos y eso les agrada. Se acercan a la barra y beben coñac, platican con otras personas, pero se miran de cuando en cuando, se escuchan como si los demás no existieran. Se van al carro comedor a cenar y cada cual está por su lado. Ella lo busca con la mirada, no puede ser muy obvia, nadie lo es después de cruzar una plaza de la mano al cobijo de la noche. Lo busca con la mirada como la noche siguiente cuando tocan esa música y algunos bailan, lo busca pidiendo el encuentro de los ojos. Tan sólo una hora después están en la misma mesa cada cual diciendo su nombre y su procedencia, añorando ya la caminata en la plaza dos días antes, con el silencio de sus manos aferradas.

Cruzan la plaza y llegan al lobby de un hermoso hotel y él la acompaña a su habitación. Ella deja que él la acompañe. Las manos siguen atadas entre alfombras y números del elevador. El corazón late con prisa. Pasan besos, pasan frases y los deseos los sofoca el reloj y la despedida. Ella piensa que fue bueno compartir la misma mesa, él dice que se hubieran encontrado de cualquier manera. Las manos se desatan y la tristeza se instala mientras él cruza la plaza de nuevo y ella lo mira desde la ventana de la habitación.

Una pareja cruza la plaza, se poseen las manos un instante y en ese instante el mundo es todo suyo, y en ese instante el mundo se ha detenido, sólo por ese instante, sólo por ellos que cruzan la plaza de la mano.

Mónica Lavín (foto)

 

‘Bolaño sobrevaluado y devaluado’ de Aguilera G.

mt-aguilera-garramunoAlguien tiene que decirlo. Lo voy a decir yo, que ya tengo la costumbre kamikaze de tirar la piedra y mostrar la cara, y lo tengo que decir aunque me excomulguen en Anagrama, aunque nunca me den los premios Herralde, Rómulo Gallegos, Alfaguara, Planeta -ya saben que el Nobel nunca lo voy a aceptar-, aunque pierda la posibilidad de entrar en los grupos de elogios mutuos y promoción y repartición de premios de Vilas-Mata, Sergio Pitol, Jorge Edwards, Juan Villoro, Jorge Herralde, aunque me odien todos los chilenos del mundo (menos el autor de Malorum)

Alguien tiene que decirlo: Los detectives salvajes, del “genio de la literatura contemporánea Roberto Bolaño”, es una de las novelas más mediocres, aburridoras, monótonas, intrascendentes, libres de personajes o situaciones memorables. Es una novela sin raíces, sin espíritu, sin trama, sin tensión: cien o más personajes hablan en primera persona -todos de manera semejante-, hablan, hablan, cuentan aventuras sosas, olvidables, en ocasiones estúpidas.

Muchos de ellos se echan a llorar sin razón y buscan a una mujer de apellido Tinajero (nunca me enteré bien quién era pues abandoné la novela en la página 300 y juro que no terminaría las 600 del volumen de Anagrama ni bajo pena de decapitación). Bolaño ofrece un mundo sin sentido y sin color: escenas tras escenas sosas se van en una antología de bobadas más dignas de lástima y llanto que un niño atropellado. Las voces son todas monótonas. Un solo personaje rescato: el alemán medio tonto llamado Heimito. Esta, dizque novela, es una avalancha interminable de naderías.

Ya lo dije una vez: o el mundo está imbécil al exaltar a este monumento al ocio improductivo, al promover a este atentado contra la naturaleza y al ofender al dichoso y escaso tiempo dichoso de lectura… o el imbécil soy yo. Que lo juzgue el lector.

Pensar que Bolaño pudo escribir algo valioso -dicen que su novela 2006 o 2666 es… Aquí se suspende la frase y se incluye un comentario del blog “El Sentenciero”… Después se reanuda mi frase… Marco Tulio, hola. No soy lo que pueda llamarse un “fan” de Roberto Bolaño (es que estos términos son los que se usan con él, es parte de una moda y de una forma de hablar), aunque he leído Los detectives y tres libros más de él. De todo ese material, lo único que realmente me ha parecido bueno, es un cuentario que se llama “Llamadas telefónicas”. El resto no es que sea deplorable, pero apenas pasa de curioso, de divertimento. Claro, en ciertos círculos de escritores, hablar mal de Bolaño puede significar el linchamiento público.
…una obra maestra …(¡ojala!)- es algo que no puedo entender.

Estoy anonadado y estupefacto y demolido: Anagrama, que ha publicado tantas obras de valor, ahora exalta a esta almita de Dios (vi a Bolaño en un video: sí, es un inocente, un ingenuo, muy culto, sí, pero con unas ideas resobadas y con unos aires de grandeza que oculta (ocultaba) tras una fachada de timidez y modestia. Es el típico escritor del post-boom: convencido que el mundo comienza con sus propias obras. Para él García Márquez es una especie de maestro orfebre, na má. No dudo que como persona y como amigo Bolaño haya sido maravilloso: como escritor no es de los míos.

Es un frenólito disfrazado de frenáptero. Mis 19 (ya no son 19 sino entre 50 y 119. Nota actualizada el 11 de septiembre de 2010) lectores me entienden. Con ellos me basta. Aunque 800 millones de moscas estén de acuerdo en que comer mierda es algo maravilloso, uno no tiene por qué estar de acuerdo. Han comenzado a llegar mensajes de adhesión a estas opiniones, no dudo que comenzarán a llegar insultos. Los espero con ansiedad para agregarlos a mi Colección de estímulos a la Creación Literaria que atesoro con cariño…

Marco Tulio Aguilera Garramuño (foto)

‘El hombre que amaba a los perros’ de Padura

leonardo-padura‘El hombre que amaba a los perros’ es una novela del cubano Leonardo Padura (foto), que narra las vidas que colisionaron el 21 de agosto de 1940: la del ucraniano León Trotski y la del catalán Ramón Mercader, quien astilló el cráneo del bolchevique con un piolet, que descargó con furia a nombre de un socialismo inspirado por José Stalin, amo todopoderoso de la entonces Unión Soviética.

Me regresó a la segunda mitad de los setenta, cuando buscábamos en los predios de la Universidad Nacional de Palmira, en cuerpo y alma, la Utopía de un mundo en el cual el bienestar social debería ser la razón de ser de las naciones. Recuerdo las horas que fatigamos sobre textos de marxismo, creando en nosotros la pretendida superestructura de lo que sería una Colombia sin dolor.

Reviví en la lejanía del recuerdo la distancia que creábamos con los trotskistas, influenciados también nosotros, como Ramón Mercader, por las mentiras del stalinismo y sus animadores, que seguían vivas después de 30 años del alevoso crimen de León Trotski. Nos enredábamos con las denominaciones marxista, trotskista, moirista, leninista, comunistas, etcétera. Todos teníamos el mismo sueño, pero éramos distintos bajo el Estatuto de Seguridad.

Algunos sabíamos que Stalin era un tipo notoriamente corto de inteligencia, pero marrullero y abundante en trapisondas, componendas, traiciones y ejercicio brutal del poder, al punto de barrer de la faz de la tierra a miles de los bolcheviques que coronaron la toma del poder guiados por Trotski y Lenin. Los mató a todos. Los mandó a matar, o hizo que fueran condenados por una justicia de bolsillo a penas de muerte, en juicios prefabricados, ridículos y terroríficos al mismo tiempo, y se guardó su envidia y encono mayores para el brillantísimo León Trotski, a quien degradó, sacó del Partido, expulsó de la Unión Soviética y le quitó la ciudadanía, para después arreglárselas a fin de que no le dieran asilo en ninguna parte de Europa. Finalmente, México le abrió las puertas, de la vida y de la muerte, al exiliado León Trotski.

Varios años de adiestramiento tuvo el catalán Ramón Mercader, fanático del socialismo soviético de Stalin, y el 21 de agosto de 1940 rompió el cráneo, con un pico de escalador, del lúcido creador del Ejército Rojo, para entonces guarecido en una casa de Coyoacán, en Ciudad de México.

Ese día colisionaron los destinos del ucraniano y el catalán: el primero, incólume hasta hoy en la dimensión de su obra, práctica y textual, y el segundo convertido en un cascarón de olvido humano, quien, poco a poco, descubre que fue usado sin pudores por el mediocre secretario general del Partido, José Stalin, y que su acto criminal no tenía nada qué ver con el socialismo, ni con el hombre nuevo o con el nuevo orden social sobre el planeta.

Leonardo Padura logra elaborar la novela con belleza en el lenguaje, sin adjetivaciones, con suspenso en la narración y rigor histórico en la vida de los protagonistas, que van emergiendo, de cuerpo entero, a lo largo de las 765 páginas (Tusquets editores, colección Maxi, 2011) y que esta reseña no logra: León Trotski, Ramón Mercader, José Stalin, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Frida Kalo, Natalia Sedova, Caridad del Río, Sylvia Angeloff, André Breton, Nahum Eitingon, Cuba, Jaime López, Iván Cárdenas Maturell, y quien termina la narración desde La Habana: Daniel Fonseca Ledesma.

El poeta Elkin Restrepo acotó que es “una gran novela y, entre otros, detrás de la historia del asesino de Trotsky, el manual de como ejercer el poder absoluto y acabar con el opositor y la oposición. El mismo de ayer y hoy”.

Más que apasionante, es una obra de suspenso tallada sobre el material de la historia, que resulta reveladora en cada página sobre lo que ocurrió con uno de los grandes hombres de la Utopía humana que se frustró, y sobre las verdaderas complicidades que le permitieron a Adolf Hitler y Francisco Franco elevarse arteramente a sitiales de usurpación.

Es una novela apasionada y apasionante. Leánla. Los colmará.

‘Mala puntería’ de Rodolfo Calderón Vivar

rodolfo-calderon-vivarEl día está soleado y calienta, a las diez de la mañana, los corredores de la Alameda de Santa Rosa. Junto a la estación de tren se divisa la tienda de campaña polvorienta en donde los hombres del quinto regimiento de caballería se acomiden a poner orden en la larga hilera de indios con calzón de manta que aguardan un lugar en las listas para irse de soldados. Un capitán de figura malhecha, con cara prieta y panza rebosante, ordena a gritos que nadie altere la fila, que respeten el orden, que no sean hijos de la chingada.

El paso de Anastacio es cansino. Joaquín, el muchacho, lo espera en lo alto de los rieles. Susurran los eucaliptos del parque y las risas de los sardos acompasan la rutinaria quietud de un pueblo yerto. Acaso una mujer, cubierta con un rebozo gris, se asoma por la puerta de uno de los vagones del tren, agarrada de los tubos oxidados de la barandilla que resguarda la escalinata de metal. Otras mujeres están adentro del vagón. Son las soldaderas. Ellas ya están listas desde muy temprano. Sus manos ajadas y prestas repartieron el desayuno preparado en fogones calientacomales que armaron en los bordes de la Alameda. Son las que primero se suben al tren con sus hijos, junto con comales, trasterío de cocina y trapos amarrados en cajas maltrechas. Ellas son siempre la retaguardia, las que primero suben al tren, pero las últimas en esperar, al pie de los vagones, el retorno de sus maridos después de una batalla. Las que logran ver de nuevo a su marido, se desprenden de la fila, corriendo, para alcanzarlo. Las que ya no ven a su hombre, o alguien les avisa que su viejo se quedó allá en el campo de batalla, se derrumban, de rodillas, un rato, emitiendo un quejido lastimero que cala el aire.

Todo el convoy de fierro está a la espera de que los nuevos miembros del regimiento suban con los otros soldados, en el techo del tren, mientras los caballos se apretujan dentro de los vagones.

-Tu nombre, hijo’e puta -dice el capitán regordete.

-Joaquín Mendoza -contesta el muchacho. Atrás de él, su viejo padre apretuja el sombrero de palma y ve el desparpajo del militar que se rasca un cachete mal rasurado. Tiene ojos de temazate, piensa el viejo. El lenguaje brusco del gordo no le incomoda porque éste tiene una sonrisa tolerante. Atrás de una mesa de pino, otro soldado aguarda para escribir o no el nombre del nuevo alistado. Pocos son rechazados. No hay de otra. El general Guadalupe Sánchez tiene que llevar muchos hombres a México para justificar el por qué es la mera ley en el estado de Veracruz. No importa que muchos de los nuevos no sepan montar, ya aprenderán en los primeros corrales de las garitas de la capital, donde van a acampar al otro día.

-Tás muy joven, mijo. Pero ya qué. ¿Qué edad tienes, cabrón?

-Catorce años. Pero se hacer de todo. Trabajé en los telares -le contesta, sin mencionar que trabajó ahí hasta que descubrieron que se robaba unas camisas, ocultadas bajo su chaqueta, para su mala suerte. Ni mencionó que le habían dado 30 días encierro, de ida y vuelta, en la cárcel del pueblo. Estaba desempleado, con necesidad de conseguir dinero para seguir viviendo junto con su padre. Alguien le dijo que los de la leva pagaban con oro. A cambio, tenía que irse a la revolución.

-Voy tú, voy tú. Aquí no hacemos telas para señoritas. Pero si te apuras, ya estarás destripando villistas. ¡Apúntalo, Gatica!  Luego, muchachito, vete al cabuz del tren. Ahí te van a dar uniforme y cachucha… ¡El que sigue!

Su nombre queda registrado en la lista. Voltea entonces a ver a su padre, quien con su rostro viejo, casi sin arrugas, no podía ocultar, cierta desazón. Se ve pequeño y contrasta con los muchachos de la fila.

-¿Y tú qué, viejo? -espeta el capitán mofletudo.

-Yo también quiero irme con ustedes -Anastacio Mendoza  tiene casi ochenta años, es un indio de la sierra  oaxaqueña, que dos años antes bajó con su parentela, diez hijos y sin mujer, para encontrar trabajo en Santa Rosa, donde la fábrica de telas, engullía y vomitaban diariamente a cientos de obreros, en turnos cíclicos marcados por el silbato de entrada y salida de sus tres turnos.

-Mis huevos, viejito. ¿A poco sabes lo que es la guerra? Te veo medio pendejo.

-Se disparar muy bien, señor. Tengo buena puntería.

-Sí, pero no. Hazte un lado, viejito. No chupes la sangre.

-Es que tengo que ir. Quiero acompañar a mi muchacho -lo señala y el capitán ve al jovenzuelo que aún no camina en busca de su uniforme. Está a la espera de acepten a su padre. El gordo se conduele un poco y le hace al taimado.

-Está bien, está bien. A ver, Quiñones. Dale un máuser al viejo y que nos pruebe su   buena puntería.

El soldado entrega su máuser a Anastacio Mendoza y como lo ve titubear un poco se le acerca y le dice: “¿De veras sabes usar el rifle, abuelo?”

“Bueno, tiraba yo con mosquetón, pero no se parece a éste”, contesta y entonces Quiñones se lo prepara jalando el cerrojo.

El capitán Anaya, avispado y burlón, observa la maña de su soldado para ayudar al anciano. Lo deja hacer. Joaquín ve como su padre ya está en posición. Era cazador allá en Ixtepec, a un lado de Huajapan de León, y traía uno o dos conejos por semana, que se fueron escaseando al paso de los años que se le cargaron en la espalda. Entonces el hambre también entró por la puerta del jacal donde vivían y la primera en morir fue su madre. No tenían más que tortillas duras y resecas que colgaban en lo alto del fogón y que él, junto con otro de sus hermanos, se robaban a escondidas, por las noches, para calmar la ansiedad de sus barrigas. Anastacio Mendoza tuvo diez hijos, ocho hombres y dos mujeres, las mayores. Una vez muerta Filomena, su esposa, emprendió la caminata con todos ellos rumbo a Santa Rosa, cruzando veredas y barrancas cubiertas de musgo y bosques anieblados. Pidieron limosna y comida en las rancherías del camino y tres días después, desde lo alto del cerro de Necoxtla, pudieron contemplar la paulatina visión extendida del pueblo de Santa Rosa. Era el año 1911 y supo que había una revolución, porque en los siguientes años siete de sus hijos se desperdigaron, unos con los zapatistas, otros con los obregonistas, para no verlos jamás. Quedó Joaquín, el más chico porque las dos muchachas, Eleuteria y Rosalía, también se fueron con soldados.

-Apúntale a esa piedra, viejito -señala el capitán mientras con un chiflido y un ademán avisa a   un lechero montado en burro, para que se quite de enfrente, junto al paredón oriental de la estación del ferrocarril, pues está justo a un lado de la piedra indicada.

El sonido del disparo es como un trueno reventado muy cerca de los oídos de los hombres de la fila de alistamiento. Ellos ven como Anastacio recibe el impulso de la patada del máuser que lo tira de espaldas. Joaquín corre a levantarlo. La carcajada es casi generalizada. El capitán, sin reírse, se acerca a ellos. Levanta el máuser y contempla la piedra intacta, allá a lo lejos.

-Pa’su mecha. Ni le pasaste cerquita. Creo que no te vas con nosotros. Te vas a estar cayendo en cada tiro. Estás muy viejo -dijo el capitán tocando el hombro de Anastacio, ahora sentado, junto a su hijo que le extiende la mano para que se incorpore lentamente. Tiene el corazón apretujado y un ardor de vergüenza en las mejillas.

-Yo quería ir contigo, Joaquín, pero no se pudo -le dice al muchacho mientras busca su sombrero.

-Vuelvo en un año, apá.

El viejo se quedó sentado en uno los sillones del corredor de la estación. Pasaron dos horas. Vio encaramarse a los soldados en el techo de los vagones. Después una escolta de oficiales se cuadró frente a un hombre erguido y distante, que supuso era el general Guadalupe Sánchez, que pasó muy cerca de él, y por uno segundos volteó a verlo, con ojos de tigrillo viejo. El general y su comitiva de oficiales subieron al único vagón de pasajeros del tren. Un jalón de metales encadenados que se extendió en toda la fila de carros, precedió al acompasado bufido de la máquina que se llevaba al último hijo que le quedaba. Alzó su mano para despedirse de un puñado de soldados morenos, sin distinguir si su hijo iba en esa bola. No veía ya lo suficiente para diferenciar, a la distancia, los rostros de la gente. Por eso había fallado, pensó. El ferrocarril fue emitiendo varios silbatazos lastimeros que cobijaron lentamente al pueblo. Después, solo quedó un eco que iba y venía del ruido del avance de las ruedas sobre los rieles. Anastacio Mendoza permaneció ahí otro rato; era mediodía, de todas maneras a nadie le importaba si se iba o se quedaba en el sillón de la estación. Cuando se levantó y caminó hacia la alameda, tampoco tenían rumbo fijo sus pasos.

Rodolfo Calderón Vivar (foto)

 

‘El Cañas’ de Óscar Martínez Molina

oscar-martinez-molina(Para mi padre, Antonio Martínez Gutiérrez y su gusto por el box)

Yo Estaba atento al desarrollo de la pelea. El Cañas, “cañitas”, como le decíamos los de su esquina, dominaba ampliamente con su fina técnica de defensa y ataque. Un brillo extraño en mis ojos. Mis pensamientos volaban ya a lugares distantes y exóticos.
El Cañas caminando hacia delante. La pierna de atrás bien apoyada al piso. La guardia ahora de izquierda, ligeramente descuidada. Ansiaba concluir aquello con un sólo golpe. Corría el minuto dos del round doce, el último por el campeonato mundial de peso gallo. El escenario pletórico, el Caesar Palace. La gran oportunidad de su vida, de nuestra vida. Entonces quien sabe de dónde, Wilson -Darrel Wilson-, sacó un volado de derecha que como relámpago, se estrelló en la mandíbula del Cañas.
En cuanto vi la sequedad del golpe -la cabeza del Cañas impactada hacia atrás, y las gotas de sudor volando desde su ralo cabello-, salté desde la esquina. La mirada del Cañas perdida entre los reflectores. Sosteniendo su cuello extraigo de su mandíbula tetanizada el protector bucal, después, con mi dedo saco su lengua que, flácida ha caído hacia atrás obstaculizando la ventilación. Me asomo después a su mirada, las pupilas inmensamente dilatadas…

Lo conocí en el deportivo Nader, el mismo que está en la calle de Regina, en el corazón de la ciudad de México. Yo acudía diariamente después de mis consultas en el Hospital de Jesús, a escasas cuadras de allí. Mi rutina era la misma. Veinte minutos de bicicleta, veinte de caminadora, después a jalar un poco con las pesas. La mesa de rodillos, los vibradores para los pies, los treinta minutos de vapor alternando por cada diez, un chapuzón de agua helada. El masaje con el turco. El reposo en los camerinos que allí te rentan. El güisqui como a eso de las ocho de la noche, acompañado desde luego, de alguna damita que a escondidas te hacia llegar el camarero. Siempre distinta por aquello de que en la variedad está el gusto. A la salida pasaba por el gimnasio de boxeo, me asomaba de vez en cuando al escuchar los gritos acalorados de managers y seconds.

jab, jab, jab, izquierda, izquierda.

agáchate, mantén la guardia arriba, más arriba, más arriba.

si será pendejo, a este luego, luego se lo chingan.

Aquella noche los gritos se oían distintos

-El rolling Cañitas, muy bien con ese Rolling

-camina hacia delante, baja un poco tu guardia,

-¡el jab con la derecha!, el jab Cañas, repite el jab con la derecha y prepara el gancho al hígado.

-sal de su distancia, utiliza las piernas, muévete de costado, que no te alcance

–el bending cañas, la cintura con el bending

Y allí estaba el Cañas, espigado y flaco, las piernas y los brazos largos, el apodo ni mandado hacer. El rostro cubierto por la careta. La boca con el posicionador bucal ligeramente salido, abultando sus labios. El calzoncillo azul y los guantes rojos. La respiración fatigosa y el sudor a mares por su cara y por el dorso. A partir de aquella noche mi rutina incluía también las sesiones de entrenamiento del Cañas, extendiéndose hasta las diez y media, u once de la noche. Entre round y round, los güisquitos para mí, y las cervezas para los seconds.

En aquellos tiempos llevaba ya algunas peleas de relleno. Diez o doce, -no recuerdo-. Todas ganadas por decisión. A mí me conocían por el Doc. Y desde luego, poco a poco me hicieron participar de aquellos encuentros. Colocaba el vendaje. Revisaba las cejas, sobre todo los rosetones que aparecían en los parpados y en los pómulos. Hasta que un día me llegó la invitación. Fue por la pelea veinte o veinticinco. Ya más en serio. Iba en preestelar a ocho asaltos. Yo mismo cooperé con unos pesos, para poder hacernos de una bata de satín púrpura con cinturón, y para las zapatillas que después de la pelea tuvimos que vender por las ampollas que le hicieron al Cañas, de lo chicas que le quedaron y que por pura pena no nos dijo nada. Aquella mi primera intervención formal fue una delicia verlo. Espigado, caminando con elegancia sobre el ring. Soltando jab tras jab, campaneando la cabeza del adversario, y rematando con el upperkot de derecha si estaba de zurdo, o con el gancho al hígado si se cambiaba a la diestra. Su ambición de siempre, terminarlo con un sólo golpe. En ese afán, en ocasiones descuidaba la guardia con tal de lanzar el volado que diera en el mentón del contrincante. Y la recomendación del manager.

lo tuyo es la técnica Cañitas, olvídate del punch, y del knockout. Le decía el profesor Hernández, al que muy pocos se atrevían a decirle “cuyo”

eso déjaselo al lacandón Anaya, o al pipino Cuevas, que no tienen más recurso que la pegada. Agregaba el profesor, animándolo.

Y entonces, el Cañas recapacitaba y volvía de nuevo con la fineza de su boxeo a esperar poco a poco cada tres minutos del round hasta que llegara la última campanada, y brincar feliz cuando el veredicto le favorecía.

Doc –me confesó un día-. Por más que me empeño el punch no llega. Sólo se llena mi mente cuando veo los moretones en los pómulos, o cuando logro ver una ceja partida o un parpado que poco a poco se va cerrando, o cuando se encorvan una y otra vez con mi gancho al hígado.

Aquella era la frustración del Cañitas, no poder concluir una pelea con un sólo madrazo.
Al terminar la pelea nos encerrábamos en la “ciudad de los espejos”, la cantina a escasas cuadras del gimnasio, y dábamos rienda suelta a todas las limitaciones que el Cañas se imponía las últimas semanas de su preparación. Brindábamos una y otra vez por la buena pelea del Cañas.

Al campeonato nacional, y luego al mundial mi Cañitas, y levantaba mi vaso de güisqui. Siempre un “chivas” con dos hielos y agua sin gas, como debe ser. Las putitas que en confianza iban y venían de uno a otro lado, enseñando más que el chamorro, mucho más.

Por aquella época se apareció por allí la “Esmeralda”, chula como ella sola. Jovencita tal vez de escasos diecinueve. Cuerpazo, pero sobre todo la cara, guapa como ella sola, oriunda de Veracruz, del puerto. En cuanto la vi pensé sólo en una cosa. Pero de tonta ni un pelo, se agarró luego al Cañas, y no se le despegó ni tantito así. Buenas peleas y buena plata, los arrumacos día y noche, allí mismo en el gimnasio después de cada asalto con el Cañas empapado de sudor, Esmeralda subía al cuadrilátero untándose y dándose a desear.

Para la pelea por el campeonato nacional la consigna fue tajante, nada de desmadres ni desfiguros. Nada de arrumacos. Concentración total, y sin decir ni agua va, todos en bola nos largamos a Toluca. Altura es lo que necesita el Cañas, altura y sobre todo menos desmadre. Seis semanas de rutinas. Trote por la mañana, diez o quince kilómetros. Sombras. Pera. Cuerda, mucha cuerda y cero nalgas. La ansiedad se le notaba en la cara, y aguantó estoicamente. Madera de campeón, toda la que quieran. A las dos semanas me asomé yo solo por el Nader, apenas llegar y me aborda Esmeralda, el interrogatorio casual primero, tenaz después, yo ni una palabra.

Dígame Doc, ¿dónde entrena? y prometo portarme bien, y no decir nada.

Y yo como una tumba

Dígame Doc, y prometo recompensarlo como usted quiera.

No le dije ni una sola palabra, terco ella y más terco yo.

Mientras ella se vestía, un remordimiento y un temor iban invadiendo mi conciencia. ¡Vaya hembra!

Cuando volví al campamento lo primero en preguntarme el Cañas,

-¿no vio a la Esmeralda Doc?

Y Yo, les repito, como una tumba, no le dije ni una sola palabra

…sostengo su cabeza entre mis manos. Han retirado ya, la luz intensa que cegaba mis ojos. El cuyo se aferra a mi brazo. El como yo no puede creerlo. Así es de cabrona la vida, o tan mierda como sólo ella puede serlo.

Se nos fue el Cañitas, y con él las ilusiones de toda una vida. Pego mi oído sobre su pecho, el corazón lentamente se apaga, le susurro entonces al oído.

-Cañitas, Cañitas, abre los ojos que la Esmeralda te mira.

Óscar Martínez Molina (foto)

‘Bolita, por favor’ de Agustín Cadena

agustin_cadenaGloria era la niña gorda del barrio. Tenía 14 años y no era alta, pero pesaba más que su papá, que sí era alto. No era una gorda bonita como otras que hay por el mundo; la hacía fea el sentir que por ser gorda era fea. Y había creado un círculo vicioso porque, entre más se sentía así, menos la miraban los muchachos y entonces más se sentía así. Los niños vagos del barrio habían descubierto esto y disfrutaban mortificándola. -¡Bolita, por favor! -le gritaban cuando iba pasando.

Y las niñas bonitas la miraban de arriba abajo sintiéndose superiores, o bien le daban palmaditas compasivas en el hombro diciéndole que la belleza se lleva por dentro o cosas así de sobadas, que a Gloria no la hacían sentir mejor.

Una noche, cuando ya estaba dormida, la despertó un ruidito en su ventana. Como si alguien rasguñara. Respirando trabajosamente -su gordura le impedía respirar de otra manera- se levantó a ver. ¡Y cuál no sería su sorpresa! Del otro lado del vidrio, recargada contra los barrotes, se encontraba una rosa roja en botón, tan bella que sus pétalos parecían vivos, y en ellos brillaban gotas de humedad como diminutas estrellas. El tallo descansaba en un sobre de papel azul.

Gloria abrió la ventana y rápidamente -es decir, tan rápido como se lo permitía su gordura-, tomó la rosa y el sobre. Dentro de éste encontró una carta que decía:
Todos los días te miro pasar, pero no me atrevo a hablarte. Esta rosa podrá decirte mejor que yo lo que siento por ti.

A Gloria se le fue el sueño de la emoción. En su insomnio, se revolvía en la cama -bañada en sudor como suelen estar los gordos dentro de sus pijamas- haciéndose mil fantasías sobre el autor de la carta. Porque con todo y lo bella que era la rosa, la carta le había gustado más. Se quedó dormida soñando, soñando, soñando.

A pesar de la desvelada, en la mañana despertó fresca como una col. Y durante el día aguantó las bromas de los niños y la simpatía falsa de sus amigas con la actitud del mendigo que se sabe dueño de un tesoro. Pero no quiso contarle a nadie lo que le había pasado por miedo a que todo resultara ser un sueño.

Esa noche se quedó dormida sin dificultad, roncando plácidamente como suelen roncar los gordos. Y otra vez la despertaron en la madrugada rasguñando en su ventana y otra vez encontró una rosa, aunque sin sobre. Parecía ser que el enamorado secreto ya había dicho lo que tenía que decir y, ciertamente, dejaba a las rosas la tarea de expresar sus sentimientos.

Gloria volvió a perder el sueño durante horas. Horas que se pasó contemplando las dos rosas que iluminaban la oscuridad de su habitación como dos lámparas de mágica luz.

Para la quinta noche ya estaba tan emocionada que no pudo guardarse más el secreto. Les contó a sus amigas. Ellas la escucharon pensando que se había inventado toda esa historia y sonriendo venenosamente, y cuando terminó de hablar, la más astuta le dijo:

-Yo quiero ver tus rosas. ¿Por qué no las traes a la escuela?

-¿Cómo crees? -le respondió Gloria-. Se maltratarían. Además, a la primera ya se le están cayendo los pétalos.

-Entonces invítame a tu casa a verlas -le respondió su amiga, que en realidad quería forzar a Gloria a reconocer que había inventado esa historia. Gloria se dio cuenta de que esa era su intención y le respondió con un tono de dignidad herida.

­-Vamos hoy mismo, si quieres.

Ver las rosas no dejó satisfechas a las niñas.

-De seguro las compró ella misma -dijeron a sus espaldas, y siguieron sin creerle.

Como si el enamorado secreto supiera lo que estaba pasando, cambió de estrategia. Una noche, en lugar de una rosa, le dejó a Gloria el más bello poema de amor que se pudiera imaginar.

-Lo ha de haber copiado de algún libro -dijeron sus amigas.

Pero poco a poco fueron quedándose sin argumentos, conforme aparecían en la ventana cosas más y más valiosas: un libro muy bonito lleno de grabados, una medalla antigua, una perla, un vestido de princesa turca, una caja de maderas preciosas, una urna de alabastro… ninguna persona del barrio podría comprar esas cosas aunque tuviera el dinero. Como quiera que fuese, poco a poco el desprecio dio lugar a la envidia. ¿Cómo era posible que alguien que podía hacer esos regalos se hubiese fijado en esa gorda acomplejada? Con toda la intención de amargarle a Gloria su felicidad, esas niñas empezaron a sembrarle dudas:

-¿No se te hace raro que siga ocultándose?

-Ha de estar horrible.

-Ha de ser jorobado.

-Albino.

-Enano.

-Para mí que no es un muchacho sino un viejo cochino. Si no, ¿cómo es que tiene tanto dinero?

Gloria no podía contestar nada porque, cada vez que intentaba sorprender a su enamorado, se quedaba dormida. Así que su única reacción era ponerse a bufar como un toro bravo, con la correspondiente mirada, mientras su cara se ponía roja, roja, y el sudor hacía que sus cabellos se le pegaran a las sienes.

El siguiente fin de semana decidió pasarse el día durmiendo para no tener sueño en la noche y, después de cenar, se tomó tres tazas de café y subió a su cuarto con una potente lámpara de pilas.

Y en efecto, no durmió. Sudando y respirando con dificultad dentro de su enorme pijama, se quedó atenta a cualquier ruido. Sus ojillos, dos redondos botones hundidos en su cara de algodón de azúcar, se mantuvieron brillando inmóviles en la oscuridad de la recámara, mientras sus manos invertebradas y húmedas se estrujaban una a la otra con los nervios de la espera.

Finalmente, después de la medianoche, la luz de la luna proyectó una sombra sobre el alféizar de la ventana. Gloria se puso de pie con una agilidad sorprendente para su peso y, antes siquiera de que el visitante pudiera depositar el regalo que llevaba, encendió la lámpara y le echó la luz a la cara. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! Se quedó paralizada, pasmada, anonadada y patidifusa.

En lugar del príncipe azul que esperaba, Gloria se encontró con un niño… que tenía las… sienes… escurriendo de sudor… ¡GORDO! Su indignación no tuvo límites: ¿cómo se atrevía un gordo a enamorarse de ella? Abrió la ventana y, bañándolo de insultos, le aventó todas sus rosas -ya secas- y sus estúpidos regalos.

Y al día siguiente, cuando volvió a ver a sus amigas, les dijo llorando que todo lo del enamorado secreto había sido una mentira suya, que la inventó sólo para tener algo que contar, y que los supuestos regalos los había tomado prestados de un tío suyo. Soportó con estoicismo las sonrisas de satisfacción y las palmadas compasivas, soportó que los muchachos groseros le gritaran “¡Bolita, por favor!”, pensando que cualquier cosa era menos horrible que la cruda verdad.

Agustín Cadena (foto)

 

‘La jaula de la tía Enedina’ de Adela Fernández

adela-fernandezDesde que tenía ocho años me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.

Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.

Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.

Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.

La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto… ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.

A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un canario que por más empeño que puse no podía regalarle.

Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.

Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.

Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.

Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.

Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.

Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…

Adela Fernández (foto)