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‘El desentierro de angelita’ de Mariana Enríquez

MARIANA-ENRIQUEZ-ESCRITORAA mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento -el techo de su casa era de chapa-, y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.

Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha, pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.

Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.

Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.

Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.

-¿Eso fue acá, abuela?

-No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!

-Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.

-Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.

-¿Y acá llora la nena?

-Cuando llueve, nomás.

Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.

Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de tormenta.

La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla -porque en ese momento no sabía que era muda-. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.

Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.

Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.

Le pregunté si era mi tía abuela Angelita -como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico-; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.

Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.

Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.

Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas -mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar- lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.

Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el Sur -de eso me di cuenta, era siempre para el Sur- mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.

Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.

La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.

Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.

Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos -la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha-. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.

Mariana Enríquez (foto)

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‘McOndo: el fantasma abolido’ de Mario Jursich

mario jursich duránEs muy significativo que, 20 años atrás, la publicación de McOndo haya desatado un alud de críticas negativas. La mayoría de comentaristas, sobre todo en Chile, se tomó el prólogo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez a la tremenda y en consecuencia lo leyó como si fuera un manifiesto político-cultural, cuando en realidad tenía mucho de ópera bufa y desplante juvenil. Fuguet, Sergio Gómez y los otros 15 autores fueron acusados no solo de ser unos burguesitos frívolos de clase media (o “ni siquiera alta”, como dijo, con mal disimulada irritación, un crítico argentino), sino de estar completamente enajenados por la cultura gringa. Así, de manera cambiante y según la filiación ideológica del comentarista de turno, McOndo era presentado como “una celebración del neoliberalismo que a mediados de los noventa triunfaba en América Latina” o como “un proyecto machista que solo incluía a hombres” o –conclusión final absolutamente previsible– como “un reflejo de esa juventud consumista apenas interesada en encarar nuestros gravísimos problemas”.

Si se trataba de quitarles autoridad, hubiera sido más eficaz contrastar el prólogo del libro con lo que en efecto, no en la fantasía, pasaba en ese entonces en la literatura. El hecho de que un editor de Iowa les hubiera rechazado unos cuentos, alegando que “bien podían haber sido escritos por cualquier autor del Primer Mundo”, era la prueba fehaciente, inequívoca, para los prologuistas de McOndo de que tanto los escritores como las editoriales y el público a este y el otro lado del Atlántico seguían encadenados al grillete del realismo mágico. “No es posible aceptar… que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles”, proclamaban enardecidos. “En McOndo hay McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”, remachaban, como si nadie lo hubiera advertido nunca.

Estos comentarios, evaluados a la distancia de dos décadas, producen una especie de lástima. Fuguet y Gómez simplemente parecían haber leído mal la literatura latinoamericana (o no haberla leído en absoluto). Para empezar, pasaban por alto que el mismo año de publicación de Cien años de soledad, en 1967, ya estaban en librerías La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti; La región más transparente (1958), de Carlos Fuentes, y Rayuela (1963), de Julio Cortázar, tres libros de referencia donde no hay realismo mágico y donde las ciudades son un nítido contrapunto a ese campo y a esa vida rural que en opinión de ellos acaparaban las letras latinoamericanas.

Otro tanto puede decirse de sus quejas respecto a la falta de atención a la cultura popular y a la televisión. “¿Y lo bastardo, lo híbrido?”, preguntaban de manera retórica, convencidos de que no habría respuesta a sus interrogaciones. “Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanas como el candombe o el vallenato”. Pues bien: 20 años atrás, en 1976, ya Manuel Puig y Luis Rafael Sánchez le habían dado carta de ciudadanía a todo ese universo en El beso de la mujer araña y en La guaracha del Macho Camacho. Visto en perspectiva, el libro de Luis Rafael Sánchez hasta parecía anticipar los ruegos de Fuguet y Gómez por una narrativa donde se viera “nuestro país McOndo sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas… tv-cable y barriadas”, toda vez que elegía un descomunal atasco de tráfico en San Juan para hacer una gozosa reflexión en torno a la caótica modernidad del Caribe.

Es importante añadir que ya en los años sesenta, mientras la literatura se abría en multitud de direcciones, Carlos Monsiváis y otros autores estaban escribiendo crónicas de enorme aliento sobre ídolos populares o haciendo perspicaces conjeturas sobre la identificación del público con lo que veía en las pantallas de los cines o los televisores. (Una de las principales carencias de McOndo es, justamente, que ignora la multifacética riqueza del periodismo, de la nota cinematográfica o del ensayo en aquellos tiempos inventivos).

A mí me gustaría radicalizar estas críticas: en 1996, a excepción de algunos epígonos sin importancia, ni siquiera el mismo Gabriel García Márquez estaba interesado en el realismo mágico. Sus libros de la época, desde Crónica de una muerte anunciada (1981) hasta Del amor y otros demonios (1994), ya habían dejado atrás el estilo hiperbólico y barroco de Cien años de soledad, sustituyéndolo por una prosa más contenida, donde a menudo refulgían las antiguas enseñanzas de Hemingway. Más aún: en lo que puede considerarse una sabrosa ironía, a mediados de los ochenta García Márquez había publicado su “libro chileno” –Las aventuras de Miguel Littin clandestino en Chile–, en el cual, si se lo hubieran propuesto, Fuguet y Gómez habrían podido encontrar mucho de lo que reclamaban para su propia escritura.

No me resisto, llegado a este punto, a comentar una segunda y acaso más filosa ironía. Con ánimo provocador, los prologuistas de McOndo decían que “si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”. Da risa pensar que también en esa encrucijada el “arcángel san Gabriel” se les adelantó por lo menos década y media. Desde 1981, García Márquez se había dejado seducir por el logo de la manzana, siendo tal vez uno de los primeros, si no el primer autor latinoamericano, en cambiar su viejo instrumento de trabajo por un computador. “Jobs le había recomendado directamente el equipo –recordó Roberto González, pocos días después de que muriera el nobel colombiano–. García Márquez usaba todavía su pesada máquina de escribir y él le dijo que tuviera mejor un Mac en cada país. Entonces, yo fui quien se lo mostró a Gabo en una feria. Se compró uno para México, otro para Cartagena y uno más para Barcelona”. Lo dicho: aunque intentaran reducirlo a un cliché, ese García Márquez era más complejo –más inesperado– de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.

En realidad, el malestar de Fuguet y Gómez tenía un origen muy preciso. Primero en 1982, y luego en 1989, la literatura de su país natal había producido dos best sellers mayúsculos, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, y El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Ambos libros, sin la menor duda, abusaban de los peores tópicos del realismo mágico, pero el hecho de que el público los acogiera no permite inferir que entonces el realismo mágico era la única oferta disponible en el catálogo de las editoriales. En este sentido, Fuguet y Gómez cometían un error clásico, que es confundir la literatura con el mercado. Para decirlo de manera sintética, aunque la literatura obedece parcialmente al mercado, no se agota en el mercado. O, dicho de otra forma, la literatura, que toma cuerpo gracias al mercado, precede y excede al mercado. Todos sabemos que la circunstancia de que un libro se venda poco –o solo alcance un puñado de lectores– no significa nada en cuanto a su calidad e influencia.

No sé si por desconocimiento o por mala fe, Fuguet y Gómez callaban que al lado de La casa de los espíritus estaba Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia, y que flanqueando a El viejo que leía novelas de amor aparecían Glosa (1986), de Juan José Saer, y Cuando me hice monja (1993), de César Aira. Ninguno de esos libros, con caminos narrativos totalmente diferentes a los del realismo mágico, logró ventas extraordinarias, pero desde un comienzo fueron saludados como hitos de la nueva narrativa latinoamericana y rápidamente traducidos al francés y al inglés. Así pues el dictum de Fuguet y Gómez, según el cual la industria editorial “desechaba” a quienes “poseían el estigma de carecer de realismo mágico”, se demostraba palmariamente falso. Al enfilar baterías contra el realismo mágico, Fuguet y Gómez en realidad estaban cayendo en la antigua falacia del hombre de paja, que consiste en caricaturizar unos argumentos (o una situación) en aras de facilitar un ataque crítico. No combatían a García Márquez; en verdad, combatían una imitación falsa y vulnerable de su literatura (el “hombre y la mujer de paja” representados en Isabel Allende y Luis Sepúlveda) a fin de dar la ilusión de llevárselo por delante. Finalmente, es fácil dar la apariencia de triunfo en una discusión intelectual cuando se escogen adversarios débiles.

Yo tengo una teoría de uso casero, ajena al libro propiamente dicho, que tal vez explique las numerosas distorsiones de óptica en McOndo. Es bien sabido que tanto Fuguet como Gómez asistieron a los talleres que José Donoso dictó entre 1985 y 1991 en la capital chilena. De allí, de esos workshops conflictivos y retadores, nació el germen de las dos antologías con que irrumpieron ruidosamente en la vida literaria de su país. Creo adivinar que Donoso les transmitió a Fuguet y Gómez su desaforado resentimiento contra Gabriel García Márquez y, de manera indirecta, contra el realismo mágico, que él interpretaba como la causa de que nunca se le hubiera reconocido como un gran autor. Ese asunto, que puede rastrearse con facilidad en la Historia personal del boom (1978) y en la espeluznante memoria de su hija adoptiva Pilar –Correr el tupido velo (2010)–, me exime de multiplicar detalles en extremo penosos. Baste recordar que El jardín de al lado (1981) ofrece una mirada satírica –y rebosante de esa “enorme y lícita envidia” que le gustaba pregonar a Donoso– a propósito de la relación entre Núria Monclús (Carmen Balcells), la “bruja de las finanzas, la catalana pesetera y avara”, y su “escritor favorito”, “el insolentemente célebre” Marcelo Chiriboga (Gabriel García Márquez). En este sentido, se podría decir que McOndo es la venganza infantil, postrera, por interpuestas personas, del escritor chileno contra el nobel colombiano. Sobra decir que se trata de una venganza inoficiosa, pues la antología no tuvo el menor efecto en la reputación de un autor que no necesita de ningún tipo de valedores. García Márquez –¿lo dudarán Fuguet y Gómez?– sigue siendo un nombre ineludible en la narrativa de lengua española.

*

Por supuesto, todo lo dicho hasta aquí tiene un punto de injusticia. En McOndo participan 17 autores y no parece lícito, o al menos equilibrado, proyectar sobre los cuentos unas opiniones vertidas por los antologistas en el prólogo. Como acá no dispongo de espacio para comentarlos de manera individual, me limitaré a pasar por alto las numerosas inconsistencias del libro (no incluye a ninguna mujer ni a ningún escritor del Caribe; no es propiamente una antología de los escritores que agrupa, sino un volumen de textos pedidos ex profeso; no fue el producto de una investigación a carta cabal sino más bien el junte azaroso de lo que sugerían amigos o conocidos), y lo haré, entre otras razones, porque Fuguet y Gómez reconocen esas debilidades. Mi argumento provisorio para explicar por qué el libro ha envejecido de manera tan vertiginosa es que se trata de una antología de autores interesados sobre todo en la novela, para los cuales el cuento, aunque los hubieran escrito, era una forma secundaria; un, digamos, paso obligatorio antes de encarar lo que de verdad valía la pena. No me extraña que, leídos con 20 años de distancia, sobresalgan los relatos de quienes en el momento de la publicación ya tenían a sus espaldas un pasado como cuentistas: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Gustavo Escanlar y sí –todo hay que decirlo–: Alberto Fuguet.

A estas alturas sería necio desconocer que la antología debe su éxito a que tenía un nombre magnífico –fue lo que se dice “un hallazgo afortunado”–. Me temo sin embargo que ese acierto publicitario es en parte la causa de su actual fracaso, el motivo por el cual nadie considera a McOndo un volumen decisivo o cuando menos un importante documento generacional. (Edmundo Paz Soldán, uno de los autores seleccionados, escribió hace un tiempo que era una “malhadada antología”). McOndo reúne a escritores que estaban escribiendo antes de que la editorial Mondadori lanzara el libro, que seguían escribiendo durante su lanzamiento y que siguen haciéndolo hasta la fecha, a menudo –o casi siempre– a contramano de la estética promulgada por Fuguet y Sergio Gómez. Para decirlo en términos publicitarios: perduró la marca, pero caducó la mercancía.

Mario Jursich Durán (foto) (Publicado en Revista Arcadía)

Nota: Los autores incluidos en McOndo son: Andrés Caicedo, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco, Giannina Braschi, Pedro Juan Gutiérrez, Mario Mendoza, Leonardo Valencia, Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, Jaime Bayly, Naief Yeyha, Juan Forn, Santiago Gamboa, Rodrigo Soto, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Antonio Domínguez, Jordi Soler, Gustavo Escanlar, Martín Casariego Córdoba, Marlon Ocampo y, obviamente, Sergo Gómez y Alberto Fuguet.

Umberto Eco (q.e.p.d.): consejos de escritura

umberto ecoComo un homenaje al semiólogo, filósofo y novelista italiano Umberto Eco (foto), muerto ayer en Milán a los 84 años, retomo el texto que entregó a la revista L’Espresso sobre algunos consejos a la hora de escribir, basándose en el periodista estadounidense del ‘New York Times Magazine’, etimólogo y escritor de textos presidenciales William Safire Lewis (1929–2009)

Lo de Eco está en el blog ‘Etimologías’ (Explicaciones mitológicas para cotidianas expresiones), donde se propone “la traducción y la adaptación de aquellos vocablos que son intraducibles por la diferencia de idioma (señalados con una “a” al final)”

Consejo de enorme utilidad:

1) Evitad las aliteraciones, aunque alivien a las leves levas (a).

2) No hay que evitar el subjuntivo, es más, es importante que se usa cuando es necesario.

3) Evita las frases hechas, están más vistas que el tebeo (a).

4) Exprésate de forma acorde a la claridad y en modo que se perciba correctamente la idea que puebla tu intelecto (a).

5) No uses siglas comerciales & abreviaciones, etc.

6) Recuerda (siempre) que el paréntesis (incluso cuando parece indispensable) interrumpe el hilo de lo que se dice.

7) Atención a no empacharte… de puntos suspensivos.

8) Usa la menor cantidad posible de comillas: no es “fino”.

9) No generalices nunca.

10) Las palabras extranjeras no dan para nada un bon ton.

11) Sé parco con las citas. Decía con razón Emerson: “Odio las citas. Dime sólo lo que sabes tú”.

12) Las comparaciones son como las frases hechas.

13) No seas redundante; no repitas dos veces lo mismo; repetir es superfluo (por redundancia se entiende la explicación inútil de algo que el lector ya ha entendido)

14) Sólo los gilipollas usan palabras vulgares.

15) Sé siempre más o menos específico.

16) No hagas frases de una sola palabra. Elimínalas.

17) Huye de las metáforas demasiado osadas: son plumas sobre la piel de una serpiente.

18) Pon, las comas, en su sitio.

19) Distingue entre la función del punto y coma y la de los dos puntos: aunque no siempre es fácil.

20) No uses metáforas incongruentes aunque te parezca que están cantadas: son como un cisne que descarrila.

21) ¿De verdad que hace falta utilizar preguntas retóricas?

22) Sé conciso, trata de condensar tus pensamientos en el menor número de palabras posible, evitando frases largas – o interrumpidas por incisos que inevitablemente confunden al lector poco atento- para que lo que dices no contribuya a esa contaminación de la información que es seguramente (sobre todo cuando inútilmente lleno de precisaciones inútiles, o al menos no indispensables) una de las tragedias de este tiempo nuestro dominado por el poder de los medios de comunicación.

23) Las tildes no tienen que ser ni incorréctas ní inutiles, porque el que lo hace, se equívoca (a).

24) No se apostrofa un’artículo indeterminado antes del sustantivo masculino (inadaptable al español, donde no hay apóstrofes en los artículos).

25) ¡No seas enfático! ¡Sé parco con las exclamaciones!

26) Ni siquiera los peores fans de los barbarismos pluralizan los nombres extranjeros (en italiano las palabras extranjeras permanecen invariadas en el plural, como fan, bar, pub…).

27) Escribe correctamente los nombres extranjeros como Beaudelaire, Roosewelt, Niezsche y similares.

28) Nombra directamente los autores y los personajes de los que hablas. Es lo que hacía el escritor lombardo más importante del siglo XIX, el autor de “5 de mayo”.

29) Al inicio del texto usa la captatio benevolentiae para conquistar al lector (aunque a lo mejor sois tan estúpidos de no entender nada de lo que estoy diciendo)

30) Cuida con mimo la hortografia (a).

31) No pongas demasiados puntos y aparte.

Al menos, no cuando no hace falta.

32) No uses nunca el pluralis maiestatis. Estamos seguros de que causa una pésima impresión.

33) No confundas la causa con el efecto: estarías en un error y entonces te habrías equivocado.

34) No caigas en la tentación de los arcaísmos, hápax legomena u otros lexemas inusitados, ni tampoco deep structures enraizadas que, por mucho que te parezcan epifanías de la diferencia gramatológica derridiana e invitaciones a la deriva deconstructiva pueden exceder las competencias cognitivas del destinatario.

35) No tienes que ser prolijo, pero tampoco decir menos de lo que.

36) Una frase completa tiene que tener.

 

‘Premio Spiwak’ de novela Ciudad de Cali

Premio Spiwak-Ciudad de CaliLa ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali para las artes del Pacífico Americano‘, con el anhelo de hacer de la Ciudad de Cali un centro de diálogo e intercambio cultural con los artistas y escritores nacionales y de la cuenca del Pacífico Americano, a través de la creación de premios altamente significativos para las artes y las letras de los países que conforman esta área del continente, convoca al ‘Premio de Novela del Pacífico Americano en Español’, 2016.

1) Podrán optar al ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del acífico Americano en Español’, novelas de escritores nacidos o residentes en los últimos 5 años en cualquiera de los países que conforman la cuenca del Pacífico Americano: Canadá, EE.UU, México, Guatemala, Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Las novelas, de tema libre, deben ser inéditas, escritas en español, sin que hayan sido premiadas o galardonadas anteriormente en ningún otro concurso o certamen literario. El autor de la obra garantizará la autoría y originalidad de la novela presentada al Premio, así como manifestará que no es copia ni modificación de ninguna otra ajena, y que no corresponde a un autor fallecido.

2) Cada autor podrá presentar una sola obra, que tendrá una extensión mínima de 150 páginas, tamaño carta en Arial o Times New Roman, 12 puntos, a espacio y medio.

3) La cuantía del Premio será de 50.000 dólares, suma considerada como cesión de los derechos de edición de la obra. El ganador se compromete a suscribir el contrato de cesión con la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ en exclusiva, de los derechos de edición en formato digital para la difusión gratuita en la página Web de la Fundación o en otro portal con el que la Fundación Spiwak haya establecido un acuerdo, y en formato impreso con ‘Siglo XXI Editores’ que goza de un amplio reconocimiento y prestigio Internacional. La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ con ‘Siglo XXI Editores’ editarán de común acuerdo la primera edición. Los Derechos de Autor de la obra le pertenecerán a la Fundación durante dos años después de la publicación de la primera edición. Para otras ediciones, después de cumplidos los términos, cualquier negociación será directa, ejerciendo su derecho de preferencia entre el escritor y la Editorial.

4) El Premio será otorgado por un jurado internacional de cinco (5) miembros, configurado por reconocidos escritores cuyos nombres se darán a conocer con suficiente anticipación. La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ conformará un equipo de pre-lectores calificados que con antelación contribuyan a seleccionar las obras objeto de evaluación. Las deliberaciones del jurado serán secretas y sus decisiones se adoptarán por mayoría. Sin perjuicio del contenido del fallo definitivo del concurso. La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ no se hace responsable de las opiniones manifestadas por el jurado o por cualquiera de sus miembros, antes o después de la emisión de aquél, en relación con las obras presentadas.

5) En ningún caso el ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del Pacífico Americano en Español’, 2016, podrá ser repartido entre dos o más novelas. El Premio será concedido íntegro a una sola obra y no podrá ser declarado desierto.

6) En un sobre se presentará una copia de la novela en papel Bond, tamaño carta, debidamente anillada o foliada. La obra deberá estar titulada y firmada con pseudónimo y dentro del mismo sobre se debe incluir un una copia digital (CD) exacta al original impreso.

7) El nombre del autor, documento nacional de identidad o pasaporte y su domicilio, teléfonos y correo electrónico, deberán presentarse en sobre aparte, debidamente sellado y distinguido con el nombre de la obra y el pseudónimo.

8) En todos los casos deberá ser incluido en ese sobre aparte, una declaración firmada por el autor en la que conste cada una de las siguientes exigencias:

Manifestación rotunda del carácter original e inédito en todo el mundo de la obra que se presenta, así como que no es copia ni modificación, total o parcial, de ninguna otra obra propia o ajena.

Aseveración expresa de la titularidad exclusiva del autor sobre todos los derechos de la obra y que la misma se encuentra libre de cargas o limitaciones a los derechos de explotación.

Afirmación explícita de que la obra presentada al Premio no ha sido enviada a ningún otro concurso que esté pendiente de resolución en el momento de la presentación de la obra al Premio.

Declaración positiva de la aceptación por el autor de todas y cada una de las condiciones establecidas en las presentes bases.

Fecha de la comunicación y firma original.

9) El autor de la obra presentada al Premio se obliga a mantener totalmente indemne a la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ por cuantos daños y/o perjuicios pudiera ésta sufrir como consecuencia de la inexactitud o falta de veracidad de cualquiera de las manifestaciones indicadas anteriormente y realizadas por el autor en el momento de la presentación de la obra.

10) El plazo de admisión de las obras termina el 30 de marzo de 2016. Los dos sobres que contienen los originales y los datos legales del escritor deben ser enviados en un solo paquete a nombre de la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ a la dirección: Avenida 6 D Norte N°. 36N–18 con la indicación: ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del Pacífico americano en Español, 2016’. La Fundación admitirá aquellos documentos de los que posea constancia en el correo de que fueron enviados en la fecha.

11) Ninguno de los originales presentados al Premio dentro del plazo y en la forma debida podrá ser retirado antes de hacerse público el fallo del jurado.

12) La presentación al Premio implica para el concursante la aceptación íntegra e incondicional de estas bases, así como el consentimiento irrevocable del autor a la divulgación de la obra presentada en caso de resultar premiada.

13) La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ no mantendrá correspondencia ni comunicación alguna con los autores que se presentan al Premio ni facilitará información sobre la clasificación y valoración de las obras.

14) El fallo del jurado del ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali’ se hará público el día 9 de agosto de 2016, fallo que será inapelable. El premio se otorgará durante la segunda quincena de noviembre, en el marco de un importante evento cultural que tendrá lugar en la Ciudad de Cali.

15) Los textos de las obras que no resulten ganadoras no serán devueltos, estos serán destruidos en presencia de Notario Público.

16) El autor galardonado con el ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali’, se obliga a suscribir el contrato de edición, de cesión de los derechos de utilización comercial sobre la obra premiada, y demás documentos que sean precisos para formalizar oportunamente dichas cesiones. De igual modo se compromete a asistir a la ceremonia de entrega del galardón en las fechas establecidas; para tal efecto la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ situará los tiquetes aéreos y correrá con los gastos de hospedaje y alimentación en la Ciudad de Cali.

17) La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ y ‘Siglo XXI Editores’ efectuarán la edición de la novela galardonada con un primer tiraje de 2.000 ejemplares para hacerlo público en el evento donde se entregará el premio. El ganador se compromete con la editorial a participar en la promoción del libro en certámenes que para tal efecto ésta programe. Las ediciones sucesivas que sigan a la primera se efectuarán con las tiradas que libremente decida el editor en convenio con el autor.

18) El acuerdo acerca de la modalidad en que deba efectuarse cada una de las sucesivas ediciones y el sistema de distribución comercial corresponderá única y exclusivamente al editor.

19) El autor recibirá 50 ejemplares de la obra publicada y no devengará por ningún concepto otra cantidad distinta que la percibida como premio, que tendrá, a efectos del contrato, el carácter de pago de sus derechos de propiedad intelectual.

20) La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ y ‘Siglo XXI Editores’ se reservan el derecho de obtener la cesión para la contratación en cualquier modalidad de las obras que, presentadas al Premio y no siendo galardonadas, pudieran interesarle, siempre que comunique al autor correspondiente dicha decisión en el plazo máximo de noventa (90) días hábiles a contar desde la fecha en que se haga público el fallo del ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del Pacífico Americano en Español’, 2016.

21) Ningún Miembro del equipo organizador ni miembro del jurado o quien forme parte del grupo de pre-lectores podrá presentar obras de su autoría al Premio.

22) Para cualquier duda, discrepancia, reclamación o cuestión que pueda suscitarse con ocasión de la interpretación y ejecución de las presentes bases, las partes renuncian al foro propio que pudiera corresponderles y acuerdan someter el conflicto planteado a la jurisdicción de los Juzgados y Tribunales de la ciudad de Cali (Colombia).

Antes de triunfar rechazaron a estos 10 escritores

Scott FitzgeraldDentro de esos pequeños inventarios sobre determinadas cosas, encontré este sobre los grandes autores a quienes alguna vez les rechazaron sus obras, hoy consideradas magistrales. La lista incluye a plumas tan conocidas como la de Agatha Christie, Stephen King y la misma J. K. Rowling, a quien su Harry Potter le fue rechazado antes de la acogida mundial que hoy tiene. Estos son:
1) A Scott Fitzgerald (foto) un editor le dijo: “Tendrías un libro decente si prescindieras del personaje de Gatsby”, después de leer el manuscrito de ‘El gran Gatsby’.
2) ‘Las crónicas de Narnia’ y ‘Cartas del diablo a su sobrino’ de C. S. Lewis, fueron textos rechazados muchas veces (no sé si exageran, pero dicen que fueron rechazados 800 veces)
3) Cuando hoy sus libros tienen ventas que superan los 4.000 millones de ejemplares en todo el mundo, de sus 79 libros, Agatha Christie pasó cuatro años suplicándole a cuanto editor había para que le aceptara un manuscrito. Sus ventas se equiparan actualmente a las de las obras de William Shakespeare.
4) El editor de ‘El espía que surgió del frío’, de John le Carré, le envió a un compañero el libro inédito con la siguiente nota: “Te presento a le Carré. No tiene ningún futuro”.
5) La editorial que leyó ‘El diario de Ana Frank’, opinó: “Esta chica no tiene una percepción ni sentimiento especial que eleve este libro por encima del nivel de la curiosidad”.
6) La sátira de George Orwell sobre la corrupción política de su tiempo, ‘Rebelión en la granja’, fue rechazada con este comentario: “Es imposible vender historias de animales en Estados Unidos”.
7) Las obras de Stephen King tuvieron muchos rechazos, pero él no se rendía. Escribía otro libro y lo presentaba de nuevo, y obtenía un nuevo rechazo. Por fin, con ‘Carrie’, tuvo suerte, aunque uno de los editores que también la rechazó, dijo: “No estamos interesados en ciencia ficción que tenga que ver con utopías negativas. No venden”.
8) El autor de ‘El libro de la selva’, Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura en 1907, fue rechazado por el San Francisco Examiner con esta nota: “Lo siento, Sr. Kipling, pero sencillamente no sabe usted usar el inglés”.
9) J. K. Rowling envió el manuscrito de ‘Harry Potter y la piedra filosofal’ a 12 editoriales. Finalmente, la hija de ocho años del presidente de ediciones Bloomsbury, convenció a su padre para que lo editara. El resto es historia.
10) Finalmente, Marcel Proust fue objeto de rechazo. Su obra ‘En busca del tiempo perdido’ mereció el siguiente comentario de una editorial: “Mi querido amigo, puede que esté muerto de cuello para arriba, pero aun así no veo por qué un tío puede necesitar 30 páginas para describir cómo cambia de postura en la cama antes de dormir”.
La enseñanza, vistos los hechos, es que no siempre se trata de falta de talento del autor, sino falta de talento del editor. Si tú obtienes un ‘No’ por respuesta de un editor, persevera.

Los 10 mandamientos de todo amante de los libros

libros1) Día de lluvia y lectura, no hay plan mejor: La gente suele caer en un estado de inmensa tristeza cuando llueve ¿qué se puede hacer en un día tan gris? Las calles están mojadas, apenas hay actividad y el mundo se vuelve lento, el ánimo de todos decae… ¡Menos el tuyo! Porque pocas cosas pueden ser tan reconfortantes como una manta, un libro y un tazón de chocolate.
2) El dinero gastado en libros es una buena inversión: Hay quien lo gasta en salir los fines de semana, en comprar unos buenos auriculares para el móvil o en unos preciosos zapatos. De ahí que en ocasiones, cuando les comentes a alguno de tus familiares o amigos lo que sueles gastar en libros, te miren con una mueca de asombro. ¿Y qué importa? No hay mejor inversión que esa que hacemos regularmente en libros, en sagas… Son monumentos personales en nuestras habitaciones que adoraremos como tótems.
3) Los libros no pesan en el bolso o la maleta: Cada mañana coges el metro o el autobús y no dudas en meter en tu bolso ese enorme libro que ha escrito tu autor favorito, el resto de pasajeros te miran con asombro pero, ¿qué importa? El trayecto se hace mucho más corto y además, puedes escapar del mundanal bullicio ordinario gracias a ese capítulo que tienes a medias.
4) Leerás todo lo que haga tu escritor favorito, y lo defenderás por encima de todas las cosas: Puede que tu autor favorito no haya acertado en sus últimas obras, no obstante, eso no significa que vayas a dejar de leerlo o que oses alzar una crítica en su contra. Sabes que muchos de sus libros te han hecho pasar instantes inolvidables que quedarán para siempre en el arcón de tu memoria, su mente ha creado personajes y escenarios que te han hecho soñar y sentirte libre, e incluso enamorarte. ¿Cómo odiarlo entonces?
5) El mejor olor del mundo: la fragancia de los libros: Los libros huelen a magia, a tiempo contenido destilado en mil sueños, en mil mundos imposibles. Cada página es un universo de palabras que te gusta acariciar y oler… No importa que el libro sea viejo o nuevo, eres un adicto a la lectura y ese olor forma ya parte de ti.
6) Llorarás la muerte de cada personaje: Después de terminar ese libro o ese capítulo, te sorprendes a ti mismo/a con esas lágrimas que no dejan de rodar como piedras por tus mejillas. ¿Qué vas a hacer ahora con tu vida? ¿Cómo vas volver a la vida normal sabiendo que ese personaje ha muerto?
7) Odiarás de por vida a aquel que no te devolvió el libro que le prestaste: A todos nos ha ocurrido. Le prestas ese libro tan querido a un amigo repitiéndole una y otra vez que lo cuide, y que te lo devuelva cuanto antes. Sin embargo, pasan los días, las semanas y los meses… Y el libro ya nunca vuelve a ti. Y ahí… termina para siempre esa amistad.
8) Desconfiarás de la gente que no tiene libros en casa: Visitas la casa de un amigo o un familiar. Miras por todos los lados y no los ves… Te enseñan las habitaciones, la terraza, el salón y todas las paredes están desnudas, las estanterías vacías, las mesillas desoladas… ¡No tienen ni un sólo libro!
9) La película nunca será como el libro: Nadie podrá convencerte, nadie va a ser capaz de decir en voz alta ante ti, que esa película es mucho mejor que el libro. ¡Jamás!
10) Un fin de semana de lectura intensa, no es un fin de semana perdido: ¿Cuántos fines de semana has dicho que “no” a esos amigos porque simplemente, te apetecía más quedarte en casa leyendo ese libro? Pocas personas llegan a entender esta elección a menos que seas un gran amante de los libros, porque en ocasiones, no hay mejor refugio y mayor aventura, que dejar que las horas se sucedan las unas a las otras mientras leemos.
(Tomado de la página de la librería mexicana ‘Braulios’)

Escuchar a Umberto Eco

umberto ecoEl filósofo, semiótico y escritor italiano Umberto Eco ofrece algunas recomendaciones para quienes deciden escribir, quienes ya han escrito algo y quienes quieren seguir escribiendo. Más que sobre el acto mismo del dominio del idioma, Eco enfoca sus sugerencias sobre el escritor como persona, que es el punto de confluencia de la vanidad humana, el narcisismo, la egolatría y el solipsismo. Muchas veces, o casi siempre, estas son las invitaciones que valen la pena. Porque el escritor, o quien escribe, es el vector de lo mejor y lo peor que pueda haber en su humanidad. Esto es:
–No creas que eres un ‘artista’.
–No te tomes demasiado en serio. Esto es, no dejes que tu ego te nuble.
–No pienses que estás inspirado: no creas que todo es inspiración. También es trabajo.
–No entiende a los escritores que publican un libro cada año. Pierdes el encanto de preparar la historia.
–No puedes convertirte en un general sin haber sido antes soldado: ve paso a paso.
–No pretendas ganar el premio Nobel de forma inmediata. Eso acaba con cualquier carrera literaria.