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‘El halcón’ de Giovanni Boccaccio

boccaccio_giovanniHace ya tiempo vivía en Florencia un joven llamado Federico Alberighi, hijo de micer Felipe Alberighi, con el que ningún otro doncel de la nobleza toscana podía rivalizar en porte gentil y cortesía. El cual, como suele ocurrir con los jóvenes de su edad y condición, se enamoró de una noble dama llamada Juana, que por esos tiempos era tenida por una de las mujeres más hermosas y amables de Florencia. Todo lo que Federico podía hacer para conquistar el amor de ella, lo hizo; en fiestas, en torneos, en magníficos regalos gastó sus recursos sin moderación; pero Juana, que no era menos honesta que bella, no se dio por enterada de tales agasajos ni prestó por eso mayor atención a quien los hacía. Continuó Federico gastando su fortuna sin conseguir nada, hasta el punto de que pronto las riquezas escasearon y él se volvió pobre, sin otro bien que una pequeña alquería cuyas rentas apenas si le alcanzaban para vivir, y un espléndido halcón que era el único legado de sus fastos pasados; por lo cual, más enamorado que nunca y viendo que ya no podía desempeñar dignamente el papel de ciudadano de Florencia, fuese a Campi, donde se hallaba su alquería.

Allí, sin pedir nada a nadie, se entretenía cazando pájaros con su halcón, y soportaba su indigencia del mejor modo posible. Sucedió un día, entonces, cuando Federico ya tocaba la pobreza más extrema, que el marido de monna Juana enfermó y viéndose en trance de morir, hizo testamento; riquísimo como era, nombró heredero suyo a su hijo, ya grandecito, dejando constancia, además, que su bienamada esposa se convertiría, a su vez, en heredera, si el muchacho muriese sin dejar descendencia. Ya viuda monna Juana se retiró al campo durante el verano, como era costumbre, a una propiedad muy cercana a la de Federico, por lo cual sucedió que el muchacho trabó amistad con Federico; y no tardó en jugar con los perros y pájaros de éste; y como veía a menudo volar el halcón de Federico, se prendó del ave, y le entraron deseos de poseerla, aunque no se atreviese a pedírsela a su nuevo amigo debido a la estimación que éste le demostraba.
Tanto inquietó al muchacho que terminó por enfermarse, con lo cual su madre quedó muy preocupada, pues no lo tenía más que a él, y se pasaba el día rondando en torno a su cama; sin alcanzar a confortarlo, no cesaba de preguntarle qué era lo que le causaba su mal, y le rogaba que le dijese cuál era el objeto o cosa que deseaba, que ella se lo procuraría de cualquier manera. El muchacho, luego de haber oído repetidas veces esos ofrecimientos, dijo:

“Querida mamá, si usted consigue para mí el halcón de Federico, creo que podré curar en seguida”. La dama en cuanto hubo oído esto, comenzó a reflexionar sobre la actitud que habría de tomar. Sabía que Federico la había amado por mucho tiempo, sin que ella le hiciese la menor concesión; por eso, se decía:
“¿Cómo podré pedirle ese halcón que, si me atengo a lo oído, es el mejor de cuantos volaron jamás, y que, por lo demás, es su único sostén? ¿Y cómo podré yo privar a ese caballero del único motivo de gozo que le queda en el mundo?” Y así quedó muy perpleja, con la convicción de que lo obtendría si llegaba a pedirlo; y como no sabía qué decir ni decidir, nada le contestó al hijo. Finalmente, el amor maternal triunfó de todas sus vacilaciones, y terminó por prometer al muchacho, que no había cesado de insistir en que el halcón habría de ser su único medio de curación que ella misma iría a buscarle el pájaro diciendo: “Hijo mío, tranquilízate y piensa solo en recobrar la salud, pues te prometo que lo primero que haré mañana es ir yo misma a buscar el halcón y a traértelo”. Con lo cual el niño se alegró y mostró inmediatamente señales de restablecimiento.

Al día siguiente la señora, acompañada sólo por otra mujer, se dirigió, como si pasease, hacia la casita de Federico, a quien hizo llamar a su llegada. En aquel momento el joven, como no era día para salir de caza con el halcón, se encontraba en su jardín haciendo algunos trabajos menudos; y, en cuanto oyó que monna Juana llamaba a su puerta, se asombró de ello, y corrió entusiasmado hacia la entrada, donde estaba la dama; la cual, viéndolo venir, lo saludó de modo muy gracioso y femenino, luego de que él le hubiese dirigido una respetuosa reverencia, y tras las cortesías de rigor, le dijo: “Señor Federico, he venido a resarcirte de los perjuicios que has tenido por mi causa, debido a que me amaste más probablemente, de lo necesario; por lo cual la recompensa que te ofrezco es que nos invites, a esta dama que me acompaña y a mí, a comer contigo”. A lo cual Federico respondió humildemente: “No recuerdo, señora, haber sufrido daño alguno por vuestra culpa; por el contrario, creo que, si en cierta oportunidad hice cosas de mérito, ello lo debo al amor que supisteis despertar en mí; y, por cierto, la gracia que me hacéis al venir me es tan cara que no la cambiaría por todos los bienes que, pobre ahora, he perdido”. Y mientras esto decía, la hizo entrar a su casa, y la condujo hasta el jardín, y como no encontrara a otra persona que la jardinera para hacerle compañía, le dijo: “Noble señora, os dejo con esta mujer, esposa de un trabajador que es de mi confianza, en tanto voy a poner la mesa”. Federico, pese a lo extremo de su pobreza, nunca como aquel día había lamentado haber dilapidado sus riquezas, y no poder agasajar dignamente a la mujer amada. Rabiaba ahora contra sí mismo, maldecía su fortuna y, ya completamente fuera de sí, recorría todos los cuartos en busca de algún dinero u objeto para empeñar, sin hallar nada en ninguna parte. Como ya la hora de comer se acercaba, y su deseo de honrar a la dama querida era grande, sin que se le pasase por las mentes pedir alguna cosa a su jardinero, fijó de pronto sus miradas en el apreciado halcón, que descansaba en su jaula; y como no le quedaba otra alternativa, lo tomó, lo sopesó y, encontrándolo carnoso, dedujo que sería adecuada merienda para una dama como la que allí esperaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, le retorció el cuello, lo desplumó y rápidamente lo puso a asar; y puesta la mesa con blanquísimos manteles, que aún conservaba, volvió con alegre expresión al jardín, donde la dama lo esperaba, y la invitó a que pasara al comedor junto con su compañera. A lo cual se levantaron las dos señoras, entraron en la casa y se sentaron en la mesa, y sin saber qué comían y mientras Federico las servía diligentemente, se almorzaron el excelente halcón. Concluido el ágape, y mientras se entretenían en amable charla, a la dama le pareció que había llegado el momento de explicar el verdadero motivo de su venida, y habló así: “Federico, si recuerdas tu vida pretérita y mi honestidad, a la que tal vez consideraste crueldad y dureza, indudablemente te maravillarás al enterarte del propósito que me trae aquí; pero si tuvieras hijos, o los hubieses tenido alguna vez, y supieras hasta donde llega el amor paternal, estoy segura que sabrías excusarme. Y así como tú no los tienes, yo tengo uno, y no puedo eludir las leyes comunes entre las madres; todo lo cual me obliga, aun contra mi voluntad y violentándome mucho, pedirte un don que sé te es íntimamente caro, porque la naturaleza no te ha dejado ningún otro consuelo; y ese don es tu halcón dilecto, del que mi hijo se ha encaprichado de tal manera, que si no se lo llevo la enfermedad que sufre puede agravarse hasta quitarle la vida. Y por esto te ruego, no por tu amistad, que jamás la he merecido, sino por tu noble y cortés carácter, que hace que sobresalgas entre los demás hombres, que me des el halcón, para que yo pueda conservar la vida de mi hijo, y te quede eternamente agradecida”. Federico, al escuchar el pedido y dándose cuenta de que no lo podía satisfacer puesto que acababan de comerse el halcón, se echó a llorar antes de poder articular palabra. La dama creyó primero que este llanto obedecía a la pena que causaría al caballero el desprenderse del halcón, y estuvo tentada de retirar su pedido; pero en seguida se contuvo y esperó, después del llanto, la respuesta de Federico. El cual le habló de esta manera: “Señora, sabe Dios que desde que en vos puse mi amor los hechos de mi fortuna me han sido adversos en todos los órdenes; sin embargo, todas mis penurias pasadas son leves comparadas con las que atravieso ahora, cuando me visitáis en mi humilde casita -sin que nunca me hayáis visitado antes, en mis ricas mansiones- y me pedís un menudo don, que no puedo concederos de ninguna manera, por el motivo que sigue: en cuanto escuché que queríais almorzar en mi casa, y teniendo en cuenta vuestra excelencia y vuestra nobleza, estimé que sería digno y conveniente que os agasajara, de acuerdo con mis posibilidades, de la mejor manera y por encima de lo que uno hace con los huéspedes comunes. Por ello, recordé que poseía el halcón que ahora me solicitáis, y juzgué que era para vos alimento adecuado; y en el almuerzo lo habéis comido, convenientemente asado, y yo supuse haberle dado el mejor de los usos posibles; pero ahora veo que lo deseabais en otra forma, y siento un dolor inexpresable por no tenerlo ya, y creo que nunca la paz volverá a mí”. Y cuando terminó de decir esto, mandó traer las plumas, las garras y el pico del ave, para demostrar que no mentía. La señora, que lo veía y escuchaba todo, le reconvino primero por la ocurrencia de haberle servido en la mesa un ave tan valiosa; pero en lo interior de sí misma le agradeció su generosidad y grandeza de alma, que la pobreza no había conseguido desterrar; después, desparecidas ya las esperanzas de poseer el halcón, y acordándose de la enfermedad de su hijo, resolvió volver a su casa. El hijo, sea porque la noticia de que nunca tendría el halcón agravase su estado, sea porque la propia enfermedad no tuviese cura, no pudo sobrevivir mucho tiempo y, días más tarde, con gran dolor de su madre, dejó este mundo. La señora, luego de mucho tiempo de lágrimas y amargura, recibió de sus hermanos el consejo de volver a casarse, pues era riquísima y todavía joven; y aunque no pareciese ella misma en disposición de hacerlo, pensó en Federico, en su valor y en su última magnificencia, la de haber dado muerte a un halcón tan preciado para honrarla, y terminó por decir a sus hermanos: “Con mucho gusto quedaría viuda, si esto os agradase; pero si estimáis que debo casarme por cierto que no tomaré otro marido que no sea Federico Alberighi”. Ante lo cual los hermanos, burlándose de ella, le respondieron: “¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes querer a un hombre que nada tiene?” “Lo sé, hermanos míos”, repuso ella, “es así como decís; pero antes bien quiero a un hombre carente de riquezas, que a unas riquezas sin hombre”. Los hermanos, al oírla, y conociendo como conocían a Federico, por más pobre que éste fuese, consintieron en dársela por esposa, junto con todas las riquezas que el primer marido le había dejado; y Federico, que así se convertía por fin en marido de la mujer que amaba, y en poder de una fortuna tan grande como la que las desventuras le habían quitado, vivió con alegría, esposo feliz y administrador más prudente, hasta el fin de sus días.

Giovanni Boccaccio (foto)

 

Para conocer de Nezahualcóyotl prehispánico

NezahualcóyotlNació el 28 de abril o el 4 de febrero –según la fuente– en Texcoco, en 1402, y murió ahí mismo en 1472. Nació llamándose Acolmiztli –felino fuerte–, siendo monarca de la ciudad-estado Tetzcuco, del México antiguo, pero pasada la adolescencia decidió optar por Nezahualcóyotlcoyote que ayuna– (dibujo). Era hijo de Ixtlilxócohitl –flor oscura–, sexto señor chichimeca, y de la princesa Matlalcihuatzin, hija del segundo señor de Tenochtitlan, el tlatoani Huitzihuitl. Llegó a ser señor de Texcoco, recuperando el reino que habían arrebatado a su padre los españoles de la conquista. Mostró sus dotes de arquitecto, en Tetzcuco y Tenochtitlan. Estadista y estratega militar. Se dice que mató, por su mano, a 12 reyes, incluyendo a Maxtla; estuvo en 30 batallas; nombró generales a 43 de sus hijos, y al cuadragésimo cuarto lo mandó matar, por soberbio y belicoso. Castigó los delitos con rigor, “especialmente a las personas de calidad y que habían de dar ejemplo a las demás”. Se conservan unas 30 composiciones poéticas suyas, en los manuscritos de cantares prehispánicos. El billete de cien pesos mexicanos, está dedicado a su memoria: incluye su efigie y una fracción de uno de sus poemas: “Amo el canto del zenzontle, pájaro de las cuatrocientas voces. Amo el color del jade, y el enervante perfume de las flores, pero lo que más amo es a mi hermano, el hombre”. Varios de sus versos están plasmados en los muros del Museo Nacional de Antropología, en Ciudad de México. He aquí, cinco de sus composiciones:

Yo lo pregunto     Yo Nezahualcóyotl lo pregunto: / ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? / Nada es para siempre en la tierra: / sólo un poco aquí. / Aunque sea de jade se quiebra, / aunque sea de oro se rompe, / aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. / No para siempre en la tierra: /sólo un poco aquí.

Estoy embriagado     Estoy embriagado, lloro, me aflijo, / pienso, digo, / en mi interior lo encuentro: / si yo nunca muriera, / si nunca desapareciera. / Allá donde no hay muerte, / allá donde ella es conquista, / que allá vaya yo… / Si yo nunca muriera, / si yo nunca desapareciera.

Solamente él     Solamente él, / el Dador de la Vida. / Vana sabiduría tenía yo, / ¿Acaso alguien no lo sabía? / ¿Acaso alguien? / No tenía yo contento al lado de la gente. / Realidades preciosas hacer llover, / de ti proviene tu felicidad, / ¡Dador de la vida! / Olorosas flores, flores preciosas, / con ansia yo las deseaba, / vana sabiduría tenía yo…

¿A dónde iremos?     ¿ A dónde iremos / donde la muerte no existe? / Mas, ¿por esto viviré llorando? / Que tu corazón se enderece: / Aquí nadie vivirá por siempre. / Aun los príncipes a morir vinieron, / los bultos funerarios se queman. / Que tu corazón se enderece: / aquí nadie vivirá para siempre.

Un recuerdo que dejo     ¿Con qué he de irme? / ¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra? / ¿Cómo ha de actuar mi corazón? / ¿Acaso en vano venimos a vivir, / a brotar sobre la tierra? / Dejemos al menos flores / Dejemos al menos canto.

6 fábulas chinas rescatas por Wilfredo Carrizales

wilfredo carrizales1De la cultura oriental las sutilezas con que suelen contar sus historias. Hay cierto encanto contenido en la simpleza de sus textos. Algo que en occidente nos cuesta, por ser más amantes de lo recargado, la rimbombancia. Refiere el sinólogo venezolano Wilfredo Carrizales (foto), quien ha recogido diferentes historia y en particular fábulas, que “el término chino “yu yan” (literalmente “palabras que implican”), que sirve para designar a las fábulas, proviene de los capítulos “Yu Yan” y “Tian Xia” de Zhuang Zi. Su principal significado es usar algo aparentemente sin relación con otra cosa, con el objeto de exponer uno sus propias ideas. Los famosos traductores de finales de la dinastía Qing, Lin Shu y Yan Qu, produjeron la versión china de las Fábulas de Esopo y ésta fue publicada en 1902 bajo el título de Yi Suo Yu Yan. Desde ese tiempo, la mayor parte de los chinos han considerado yu yan y fábula como exactamente iguales. De hecho, hay un traslapo en sus significados: la palabra fábula puede abarcar yu yan, cuentos de hadas y mitos; yu yan puede referirse a fábulas, parábolas y alegorías. Las fábulas de cada sistema cultural tienen sus propios y distintivos estilos y, lo que es más importante, dan cuerpo a su propio ethos cultural”. Las siguientes son fábulas chinas rescatas por Carrizales:

Traer una vara de bambú e ingresar a la ciudad    En el estado de Lu había un hombre que traía en su mano una larga vara de bambú para entrar en la ciudad. Al principio la aferró horizontalmente y no pudo entrar por la puerta de la ciudad; después la tomó verticalmente y tampoco pudo entrar. No había manera.

Un rato más tarde vino un anciano y dijo: “Yo no soy un sabio, pero he visto muchos asuntos. ¿Por qué no partes la vara por la mitad y así entras?”.

Así lo hizo el hombre.

La serpiente del estanque seco    El estanque se secó y la serpiente se iba a marchar. Una serpiente pequeña le dijo a la grande: “Cuando tú te marches yo te seguiré. Los hombres al ver el movimiento de las serpientes, seguramente te matarán. Mejor sería que me llevases en el lomo. Los hombres creerán inevitablemente que yo soy un dios”.

Entonces la gran serpiente cargó a la pequeña. Atravesaron el camino público. Los hombres se ocultaban al verlas y decían: “¡Es un dios!”.

El señor She amaba los dragones    El señor She Zigao amaba los dragones. En el cinturón de sus trajes pintaba dragones y en sus vasijas para beber y en los cuartos y habitaciones grababa diseños de dragones.

Entonces el dragón del cielo oyó la noticia y descendió. Metió su cabeza por la ventana para atisbar y su cola se arrastró hasta la sala principal de la casa. El señor She al verlo giró su cuerpo y escapó con su alma en vilo, pálido y sin poderse dominar.

El señor She no amaba los dragones; amaba a lo que se parecía a los dragones.

El pájaro de nueve cabezas contiende por alimento    En la montaña Boyao había un pájaro. Tenía un cuerpo y nueve cabezas. Cuando una cabeza obtenía alimento todas las ocho cabezas restantes luchaban. Con los picos abiertos contendían mutuamente por el alimento. La sangre chorreaba y las plumas volaban. El alimento aún no había sido tragado y las nueve cabezas sufrían daño. Un pájaro marino vio esto y riéndose dijo: “¿Por qué no reflexionas? Alimento para nueve bocas. ¿Después no va a un mismo estómago? ¿Por qué pelear?”.

Perder el hacha y sospechar del vecino    Un hombre perdió un hacha. Sospechó que el hijo de su vecino la había robado. Vio el aspecto del hijo de su vecino al caminar: se parecía al de un ladrón de hachas. El aspecto de su rostro se asemejaba al de un ladrón de hachas. Sus palabras eran las de un ladrón de hachas. Sus movimientos y actitud eran los de un ladrón de hachas.

Poco tiempo después, al sacar agua de una acequia encontró el hacha perdida.

Al cabo de algunos días, él vio al hijo de su vecino. Sus movimientos y actitud no se parecían a los de un ladrón de hachas.

El dinero del que murió ahogado    Los naturales de Yongzhou1 son hábiles en nadar. Un día los ríos crecieron repentina y bruscamente. Cinco o seis personas se montaron a una pequeña barca para cruzar el río Xiang.2 En medio del río la barca se partió. Esas personas se lanzaron al agua para nadar. Entre ellas una, aunque nadaba con denuedo, lo hacía muy lento.

Sus compañeros le dijeron: “Normalmente tú nadas muy bien, ¿hoy por qué te rezagas?”.

Él respondió: “En mi cintura enrollé mil monedas; son muy pesadas. Por eso me retraso”.

Los compañeros dijeron: “¿Por qué no las arrojas?”.

Él no respondió; sólo movió la cabeza. Transcurrido un momento nadaba más lento aun.

Las personas que ya habían cruzado el río se pararon en la ribera. Le gritaron: “¡Tú eres muy tonto! ¡Muy ofuscado! Incluso la vida, no puedes protegerla, ¿aun quieres qué fortuna?”. Él de nuevo movió la cabeza, entonces murió ahogado.

Con Juan Gossaín, al rescate del verbo “poner”

La siguiente es la ponencia titulada “De gallinas y verbos”, del entonces director de Radiosucesos RCN y miembro correspondiente de la Academia Colombianade la Lengua, Juan Gossaín (foto), presentada en el Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena de Indias, que comparto plenamente, y en la que pone sobre la mesa una atropello idiomático del que no escapa Chile, donde los colegas prácticamente han dado por inexistente el verbo poner, para darle paso a la desagradable expresión colocar, como legítima sustituta. He aquí su ponencia, o coloquencia:

“Aunque este diálogo haya sido convocado con el título de ‘Periodismo y literatura’, yo no vengo a hablar aquí de literatura ni de periodismo. Vengo con el único propósito de defender la vida de un verbo en peligro. Habiéndome declarado su abogado de oficio, sin que nadie me haya delegado representación alguna, pido el amparo de este tribunal supremo del lenguaje, el Congreso de la Lengua, para que se proteja la vida de mi cliente, el verbo poner, uno de los más antiguos y útiles de nuestro idioma, atacado con alevosía y a mansalva por el verbo colocar, que lo está extinguiendo sin remedio, como ocurre con ciertas aves, el aire puro y numerosas especies vegetales.

“Las primeras noticias sobre la aparición del verbo poner en la lengua castellana aparecen registradas en la gramática de Nebrija, en 1492, pero no fue posible encontrar rastros suyos antes de esa fecha. Quinientos años después, los colombianos, que se vanaglorian de hablar el español más castizo del mundo, decretaron la ejecución sumaria del verbo poner porque les parece vulgar, indigno de la gente decente, casi obsceno, como si fuera una palabrota. La tragedia empezó el día en que alguna señora remilgada, con ínfulas culteranas, se atrevió a repetir un proverbio catalán del siglo diecinueve: sólo las gallinas ponen.

Desde entonces, y con la fuerza demoledora de una sentencia bíblica, el desdichado aforismo inició su carrera de éxitos hasta extenderse a velocidades supersónicas por todo el cuerpo de la sociedad, de una manera espontánea y expansiva, con la misma resonancia de una bomba de terroristas y con resultados similares.

La plaga está adquiriendo unas proporciones tan apocalípticas que un amable caballero de la ciudad de Cali acaba de enviarme de regalo una totuma de dulce de leche, que en su región bautizaron con el nombre de “manjar blanco” –demostración de que también florece la poesía en los diabéticos territorios de las golosinas– pero advirtiéndome, eso sí, que lo guarde en la nevera “para que no se coloque rancio”.

Los estragos de semejante terremoto son incontables entre la franja lunática del lenguaje. Y, tal como suele suceder con las enfermedades ponzoñosas, la “colocaderitis” rompió ya las fronteras colombianas y está haciendo metástasis en la anatomía completa del idioma, desde la América Española hasta los micrófonos de la propia España.

Un periodista de Radio Nacional, en Madrid, recordaba a sus oyentes que los automovilistas infractores “tienen plazo hasta julio para colocarse al día con el pago de las multas de tránsito”.

Mucho me temo que los poetas, buenos y malos, deben prepararse para contemplar, a la hora azul del crepúsculo, una coloca de sol. Reconozco que yo mismo, acoquinado por las presiones de tanto esnobista que anda suelto, tuve vacilaciones para decidir si presentaba ante esta tertulia una ponencia o una coloquencia.

Siguiendo la enseñanza aristotélica, según la cual toda acción produce una reacción, estamos a punto de cumplir cinco años de haber creado la Congregación de Defensa del Verbo Poner, que inventamos en un noticiero de radio. No tiene sede ni sello, ni levanta actas de sus sesiones porque no se reúne nunca ni sus integrantes se conocen entre sí. Pero ahí estamos, incansables, dedicados a velar armas al pie de la cama de hospital de nuestro amigo moribundo.

La acogida a esa imaginaria fundación ha sido estimulante y reanimadora. Uno de sus cofrades, el profesor Álvaro Enrique Treviño, que ejerce funciones académicas entre los estudiantes pobres de Cartagena de Indias, ciudad avezada en el arte de rechazar a cuanto pirata asome sus naves en el horizonte, trátese de corsarios ingleses o de vocablos intrusos, se tomó el trabajo de rastrear el asunto en las páginas de “Cien años de soledad”, nada menos, obra maestra a la que este Congreso rinde tributo en sus cuarenta años.

Treviño encontró en la novela de García Márquez ciento sesenta y siete formas diferentes del verbo poner y sólo ocho variedades de colocar, apropiadas todas ellas, naturalmente, sin atropellarse a codazos, según el empleo correcto en cada caso.

A su turno, el ingeniero José Enrique Rizo Pombo, que en nuestra cofradía tiene a cargo la comisión de asuntos lexicográficos, también hipotética, está preparando la primera edición del novedoso “Diccionario de sustituciones del verbo poner”.

Sugiere, a guisa de ejemplo, que en lo sucesivo usemos antecolocar en vez de anteponer; que los músicos digan comcolocar música en lugar de componerla; que en las argucias de los dialécticos no se vuelva a hablar de contraponer argumentos, sino de contracolocarlos, y que admitamos aunque sea a regañadientes que ocolocar es la nueva forma de oponer ideas y razones.

No quiero ni pensar, para mayor abundamiento, en lo que pasará el día que una señorita pacata y distinguida exclame, con el refinamiento que exigen materias tan delicadas, que el baño está hecho para que el organismo pueda decolocar las escorias naturales.

La verdad desoladora es que estamos perdiendo esta nueva batalla de Guadalete contra los impíos y los paganos. El verbo poner ha ido desapareciendo del habla cotidiana y del lenguaje escrito, ya sea en la prensa o en los libros, desterrado, en efecto, al territorio infame del gallinero. A este paso, muy pronto no será más que un anacronismo reservado a gramáticos casposos, una estantigua, una sombra del pasado, una fantasmagoría.

Sin embargo, nuestra venganza perpetua contra aquel aforismo malvado tendrá lugar el día en que una campesina de los Andes anuncie con sonoro cacareo que su gallina “acaba de colocar un huevo”. La hecatombe definitiva sobrevendrá cuando ya ni las gallinas pongan. Entonces habremos recorrido la parábola completa, el óvalo que se cierra, la emboscada que se atrapa a sí misma y el alacrán que se muerde su propia cola.

Invocamos la ayuda autorizada de cada uno de ustedes a fin de preservar la supervivencia del verbo amenazado, en sus cátedras magistrales, en sus libros, en sus conferencias, en las columnas que escriban para la prensa, o en la simple conversación de cada día, pregonándolo de boca en boca, como un bostezo.

Yo sé bien que esta es una propuesta pequeña y modesta, casi insignificante, ante un Congreso que se dispone –o se discoloca– a estudiar asuntos tan serios y trascendentales como la diversidad del español, o sus relaciones con las ciencias y las tecnologías modernas. Formulo esa modesta petición de ayuda en mi carácter de creador de la mencionada Congregación Imaginaria de Defensa del Verbo Poner. A ella he dedicado los mejores años de mi vida y no encuentro nada que la justifique más. Anuncio, en consecuencia, que Don Quijote cabalga de nuevo”.

Estos son los cuentos ganadores de la X versión

Los ganadores de la versión anterior, la décima, de Santiago en 100 palabras, fueron los cuentos que transcribo a continuación. Los pongo aquí para que ustedes se hagan una idea del tipo de material premiado la vez pasada. En esa ocasión llegaron 44.784 cuentos al concurso. Bastantes. Veremos cuál será el comportamiento de la presente versión, la décima primera (versión XI, ¿undécima?). El concurso de la X versión lo ganó Begoña Ugalde, de 26 años, residente en la comuna Providencia, con el cuento titulado “Nada”:

Se encuentran todos los lunes. Nunca se saludan en la superficie. Son imágenes difusas las que tienen el uno del otro porque el agua les empaña los lentes. Al principio nadan muy rápido, con ansiedad. Luego lo hacen al mismo tiempo, más pausadamente, como ahogándose y riéndose a la vez. Ella sale primero de la piscina. Se tapa con la toalla apenas sube la escalera metálica. Él espera algunos minutos. Flotando boca arriba, mira las nubes a través del techo de vidrio. En sus camarines se duchan cantando para sacarse el olor a cloro que les queda en la piel.

El segundo lugar lo obtuvo Pedro Mora, de 26 años, residente en la comuna deLa Florida, con el cuento “Bostezo”:

Sentado en el metro, sólo me bastó cerrar los ojos por una fracción de segundo para hacer que todos desaparecieran.

El tercer lugar lo ganó Kristin Meyborg, de 30 años, residente en la comuna de Ñuñoa, con el cuento “27/2”:

Fue la noche del terremoto. Como siempre, habían compartido un cigarro. Luego él se levantó de la cama y buscó la ropa dispersada por el suelo. Se estaba vistiendo cuando empezó a temblar. Momentos después quedaron en una oscuridad absoluta, abrazados junto al marco de la puerta, mientras la tierra todavía oscilaba suavemente como un barco sobre el mar. Ella, aún desnuda, se dejó deslizar hacia el suelo hasta quedar sentada junto a sus pies, sin soltar sus brazos. “Quédate, por favor”, le dijo. Y, por primera vez, él se quedó.

El premio del público lo obtuvo Daniel Carrasco Ruiz-Tagle, de 35 años, residente en la comuna de Vitacura, con el cuento “Un día más”:

Me levanto y camino sigilosamente hacia tu dormitorio. No quiero despertarte. Abro tu puerta. Te veo, te huelo, te tapo y te beso. Micro y metro. Empujones y oficina. Pantalla. Mails. Órdenes y apuro. Café y pienso en ti. Teléfono. Teléfono. Teléfono. Hot-dog y trámite. Papeles. Miradas. Me rasco la cabeza. Reunión. Un pucho. Reunión y galletas. Un chiste, un amigo y el reloj.

Apagar equipo. Metro y micro. Empujones y casa. Camino sigilosamente hacia tu dormitorio. No quiero despertarte. Abro tu puerta. Te veo, te huelo, te tapo y te beso. Mañana será otro día.

El premio al talento joven lo ganó Ignacio Carrasco, de 17 años, residente en la comuna de Lo Espejo, con el cuento “El ocaso de los sueños” (ilustración de Alberto Montt):

Es posible leer la inscripción en una placa metálica ubicada en el balancín dela Plaza Inésde Suárez en Providencia: “Juego apto para niños de máximo 12 años”. Humberto, a sus 72, hace caso omiso de este aviso. Cierra los ojos y se balancea. Sueña con algún día salir proyectado por los aires, escapando del mundo que lo envejece año a año.

Del origen mapuche de las palabras chilenas

Hay palabras que usamos con frecuencia y no sabemos su proveniencia ni su significado. Es lo que ocurre con las palabras de origen mapuche, muchas de las cuales se usan en Chile diariamente, especialmente porque denominan sitios geográficos y pueblos o ciudades. Por ejemplo, Yumbel (nombre de comuna de la antigua VIII Región), que significa “Barro pantanoso” y Vitacura (comuna o barrio de Santiago; barrio alto de Santiago), “Piedra grande”. Hay otras, como Yapa, que en otro países es equivalente a “Ñapa”, que en significa “Lo que se da sin obligación, que se regala”.

Me puse a ver el diccionario Mapuche, o más exactamente Mapudungun, y despejé las dudas sobre muchas palabras  de uso frecuente, como “Cahuín”, que es de uso muy común en Chile, y equivale a “Chisme” o “Habladuría”, mientras en mapudungun es “Reunión, fiesta, borrachera”.

Hay otras palabras que son muy usadas porque con ellas fueron “bautizadas” muchas calles y avenidas en casi todas las ciudades de Chile, como “Lautaro”, que era el nombre de un “lonco” (rango de prevalencia en la jerarquía social mapuche, que significa “Cabeza”) y significa “Ave de rapiña”. “Lincoyán” fue otro líder indígena, y significa “Formar un ejército”. Creo que no hay casco urbano en Chile que no tenga una calle llamada “Caupolicán”, otro lonco importante en tiempo de “la conquista de Chile”, que signifca “Pedernal pulido”.

“Concón” es el nombre de un balneario, cerca de Viña del Mar, que significa “Lugar de búhos” (creo que ya no quedan en esa zona, si los hubo un día). Angol es otra ciudad, y significa “Subida a gatas”, Arauco significa “Agua gredosa” y es una provincia importante de la Región del Bío Bío (otros escribimos Biobío), en tanto Bío Bío es “Canto del pajarito fío fío”.

Es común hallar nombre de ciudades o poblados o regiones que se repiten, justamente como Bío Bío. Así, tenemos Colocolo, “Gato montés”; el propio Concón que ya reseñé; Lleulleu que es “Completamente derretido”; Rere, “Pajaro carpintero”; Trapa Trapa, “Lugar de paz”; y Llaillai (o Llay-Llay) “Mucho viento”.

En Antuco ocurrió una tragedia, y significa “Agua del sol” (o “Agua del indio”), y también en la ciudad de Chaitén ocurrió otra, que lleva el mismo nombre del volcán donde se ubica, y significa “Colado con chaihues” (y Chaihue significa “Canastillo usado para colar”).

Mirando el diccionario me enteré que Mapocho, nombre del emblemático río que atraviesa a Santiago, equivale a “Mapuche”, y significa “Gente de la tierra”. Hay un barrio en Santiago llamado Ñuñoa, que significa “Abundante en ñuños” (y Ñuño significa “Planta iridácea”), y otro barrio (además de una avenida) en Concepción, llamado Paicaví, que significa “Junta de paz”.

Es muy famoso el Festival de Olmué, que le quiere competir en importancia al Festival de Viña del Mar; Olmué significa “Paraje de olmos”. Talcahuano, el puerto que fue dañado seriamente por el tsunami del 27 de febrero del 2010, significa “Trueno de cielo”. Dichato, otra caleta de pescadores afectada por el tsunami, significa “Desnudo” pero en el sentido de “Desmalezado”. Y el famoso Elqui, significa “Lo heredado”; es famoso porque es un valle árido, mineral, donde el esfuerzo del chileno ha estado haciendo brotar vegetación abundante: Valle del Elqui, donde nació Lucila Godoy o Gabriela Mistral.

Anoto a continuación unas cuantas palabras más, mapuches todas, con su correspondiente significado, muchas de las cuales han convertido en marca de productos o empresas:

Aconcagua: Lugar de gavillas

Aliwen: Árbol de grandes dimensiones

Batuco: Agua de la totora.

Buin: Lugar a gusto.

Caburga: Lugar escarbado.

Cauquenes: Patos cauquenes

Cobquecura: Piedra de pan

Coelemu: Bosque de las lechuzas

Colbún: Limpiar un terreno

Colchagua: Donde abundan los renacuajos

Copiulemu: Bosque con copihues

Coyhaique: Grandes juntas o parlamentos

Curanilahue: Vado pedregoso

Curepto: Vendaval

Curicó: Agua oscura

Chacabuco: Agua del chacai

Charquicán: Guiso con charqui. Revoltijo

Chiguayante: Día nublado

Chillán: Zorro-aguilucho

Chiloé: Isla de las gaviotas

Chimbarongo: Cabeza torcida

Huelén: Con desgracias, maldito

Iloca: Comer carne

Itata: Pastoreo abundante

Laraquete: Barbilla abultada

Lonquimay: Monte tupido

Loncomilla: Oro del jefe

Macul: Juramento, promesa

Maipo (Maipú): Tierra cultivada

Malloa: Lugar de greda blanca

Maule: Lluvioso

Melipilla: Cuatro volcanes

Ñipa: Arbolillo

Ñuble: Lugar obstruido

Paine: Color celeste, azul

Panguipulli: Cerro de los pumas

Pichilemu: Bosque pequeño

Pilpil: Enredadera

Pirque: Trapos

Polpaico: Agua ensuciada

Pudahuel: En la laguna

Pucón: Entrada a la cordillera

Pumanque: Los cóndores

Quilicura: Piedra colorada

Rancagua: Lugar de pencas

Ranco: Lago con oleaje (o “Arroyo de las apuestas”)

Ranquil: Carrizo

Renca: Pencas (o “Plantas”)

Talagante: Lazo del hechicero

Talca: Trueno

Tarapacá: Pampa blanca

Traiguén: Canto del agua

Temuco: Agua del temo

Tirúa: Emplanada

Tucapel: Apoderarse por la fuerza de algo

Vichuquén: Rabo (o “Lugar muy aislado”)