Archivo de la categoría: Lenguas

‘Mucho, mucho tiempo’ de R. A. Lafferty

R._A._LaffertyNo termina con uno… comienza con un gemido.

Un amanecer que es una línea divisoria… Incandescencia para la que todas las luces posteriores son como velas… Calor para el que el calor de todos los soles posteriores no es más que una cerilla quemada. Las Polaridades que crean la tensión para siempre.

Y en el medio de todo hubo un gemido, la primera sacudida que indicaba que el tiempo había empezado.

Los dos Desafíos eran más altos que el radio del espacio que estaba naciendo, y una débil criatura, Boshel, se encontraba en medio, demasiado acobardada como para aceptar ningún desafío.

-¡Eh! ¿Hasta cuándo vais a estar fuera? -gruñó Boshel.

El Acontecimiento Creativo era la Revuelta, que partió el Vacío en dos. Las dos partes se formaron oponiendo Naciones de Luz dividida sobre el escarpado abismo. Dos Campeones estaban frente a frente, con una amargura que nunca ha pasado: Michael, envuelto en fuego blanco…, y Helel, hinchado con un resplandor negro y púrpura. Y sus seguidores con ellos. Esto se ha alegorizado como Aceptación y Rechazo, y como Dios y Diablo; pero al principio hubo la Polaridad con la que se sostiene el Universo.

Entre ellos, como un pigmeo, se encontraba Boshel, solo, lleno de una duda gimiente.

-Si vas a venir con nosotros, saca el metal primordial -rugió Helel como una crujiente tormenta, mientras se dirigía a sus seguidores, hecho una furia, para formar un nuevo núcleo.

-¡Eh, vosotros! ¿Vais a volver antes de la noche? -musitó Boshel.

-¡Oh! ¡Vete al infierno! -rugió Michael.

-Cuidado con ese pequeño juramento -observó Helel-. Todavía no hay fuego suficiente para incendiar un edificio.

Las dos grandes multitudes se separaron, y Boshel se quedó solo en el vacío. Aún estaba allí cuando se produjo una segunda y pequeña sacudida y el tiempo comenzó de veras, reventando la vaina y convirtiéndola en un chorro de chispas que viajaron y crecieron. El seguía estando allí cuando las chispas adquirieron forma y movimiento; y continuó estando allí cuando la vida comenzó a aparecer en las pequeñas manchas de hollín desprendidas de las chispas. Permaneció allí durante mucho, mucho tiempo.

-¿Qué vamos a hacer con esa pequeña sabandija? -le preguntó un subordinado a Michael-. No podemos dejarle ahí, ensuciando el paisaje para siempre.

-Iré a preguntarlo -dijo Michael.

Y así lo hizo. Pero a Michael se le dijo que la responsabilidad era suya; que Boshel tendría que ser castigado por su indecisión; y que dependía de Michael seleccionar el castigo adecuado y comprobar que éste se llevara a cabo.

-¿Sabes que hizo tartamudear el tiempo al principio? -le dijo Michael al subordinado-. Colocó un elemento de azar que lo afectó todo. Por eso tiene que tratarse de un castigo que tenga algo que ver con el tiempo.

-¿Tienes alguna idea? -preguntó el subordinado.

-Ya pensaré en algo -dijo Michael.

Bastante después de aquello, Michael estaba hojeando un libro una tarde, en una biblioteca de Los Ángeles.

-Aquí dice -entonó Michael- que si seis monos fueran colocados ante seis máquinas de escribir y mecanografiaran durante un espacio de tiempo suficiente, mecanografiarían con exactitud todas las palabras de Shakespeare. El tiempo es algo de lo que disponemos a montones. Intentémoslo, Kitabel, y veamos cuánto tiempo tarda.

-¿Qué es un mono, Michael?

-No lo sé.

-¿Qué es una máquina de escribir?

-No lo sé.

-¿Qué es Shakespeare, Mike?

-Todo el mundo puede hacer preguntas, Kitabel. Reúne todas esas cosas y empecemos de una vez con el proyecto.

-Parece que va a tratarse de un proyecto muy largo. ¿Quién lo supervisará?

-Boshel. Es natural que sea él. Le enseñará a ser paciente y a tener sentido del orden, e imprimirá sobre él la majestuosidad del tiempo. Es exactamente la clase de castigo que he estado buscando.

Reunieron las cosas y se volvieron hacia Boshel.

-En cuanto el proyecto esté terminado, Bosh, habrá pasado tu período de espera. Entonces te podrás unir al grupo y disfrutar con el resto de nosotros.

-Bueno, eso es mejor que permanecer aquí, sin hacer nada -observó Boshel-. El asunto podría ir más rápido si pudiera educar a los monos y hacer que lo copiaran todo.
-No, el mecanografiado tiene que hacerse al azar, Bosh. Fuiste tú quien introdujiste el factor azar en el universo. Así es que, ahora, sufre las consecuencias.

-¿Tiene que corresponder la copia con alguna edición en particular?

-Con la edición “Blackstone Readers” de 1937. Y estos volúmenes que tengo aquí servirán perfectamente -contestó Michael-. He tenido una charla con los monos y están dispuestos a aplicarse a la tarea. Me ha costado ochenta mil años conseguir que pudieran hablar, pero eso no representa nada cuando hablamos de tiempo.

-¡Vaya! ¿Acaso hablamos alguna vez de tiempo? -protestó Boshel.

-He hecho un trato con los monos. Serán inmunes a la fatiga y al aburrimiento. Pero a ti no puedo prometerte lo mismo.

-Bueno, Michael, como esto puede durar bastante, me pregunto si no podría tener alguna especie de reloj para ir comprobando qué tal de rápidas van saliendo las cosas.
Así es que Michael le hizo un reloj. Era un cubo de piedra de un parsec de arista.

-No tienes que darle cuerda, Bosh. No tienes que hacerle nada -le explicó Michael-. Un pequeño pájaro llegará cada milenio y afilará su pico en esta piedra. Podrás contar el paso del tiempo por la disminución de la piedra. Es un buen reloj, y sólo tiene una parte móvil, que es el pájaro. No te garantizo que hayas podido terminar todo el proyecto cuando haya desaparecido la piedra, pero al menos podrás saber el tiempo que ha pasado.

-Es mejor que nada -dijo Boshel-, pero esto va a ser una pesadez. Creo que ese concepto del tiempo es algo medieval.

-Así soy yo -dijo Michael-. Sin embargo, te diré lo que puedo hacer, Bosh. Te puedo encadenar a esa piedra y hacer que otro gran pájaro se lance sobre ti en picado y te arranque trozos de hígado. Eso mismo estaba escrito en otro libro, en aquella biblioteca.
-Me haces morir de risa, Mike. No será necesario. Pasaré el rato de algún modo.

Boshel hizo que los monos se pusieran a trabajar. Estaban condicionados para pulsar las teclas de las máquinas de escribir al azar. Al cabo de un corto período de tiempo (según cuentan el tiempo las Grandes Criaturas), los monos ya habían producido palabras enteras de Shakespeare: “Permitir” (let), que se encuentra en la escena dos del primer acto de Ricardo III; “Ir” (go), que está en la escena dos del acto segundo de Julio César; y “Ser” (be), que aparece en la primera escena y acto de La tempestad. Boshel se sentía muy animado.

Al cabo de algún tiempo, uno de los monos produjo dos palabras de Shakespeare, una detrás de la otra. Para entonces, el mundo hogar de Shakespeare (que era también el mundo donde se encontraba aquella biblioteca de Los Ángeles donde naciera tan gran idea) ya había desaparecido desde hacía tiempo.

Al cabo de otro tiempo, los monos habían llegado ya a escribir frases enteras. Para entonces, ya había transcurrido bastante tiempo.

El problema con aquel pequeño pájaro era que su pico no parecía necesitar estar muy afilado cuando llegaba una vez cada mil años, Boshel descubrió que Michael le había jugado una mala pasada de serafín y había estado alimentando al pájaro con natillas blandas. El pájaro daba dos o tres ligeros picotazos a la piedra, y después se marchaba para no volver hasta al cabo de otros mil años. Sin embargo, al cabo de no más de mil visitas, ya se notaba un inconfundible arañazo en la piedra. Era una señal esperanzadora.

Boshel comenzó a comprender que la cosa se podía hacer. Finalmente, uno de los monos -y no precisamente el más brillante- produjo una frase completa: “¿Qué dices tú, tirano?” Y en ese mismo instante sucedió otra cosa. Fue algo sorprendente para Boshel, pues era la primera vez que lo veía. Pero lo tendría que ver miles de millones de veces antes de terminar.

Una mancha de polvo cósmico, situada en las regiones más alejadas del espacio, se encontró con otra mancha. Esto no tendría que haber sido nada raro; siempre había manchas que se encontraban con otras. Pero este caso fue diferente. Cada mancha -en la dirección opuesta-, había sido la más alejada de todo el cosmos. Ya no podía alejarse más que a aquella distancia. La mancha (un numerosísimo conglomerado de mundos habitados) miró a la otra mancha con ojos e instrumentos y vio sus propios ojos e instrumentos devolviéndole su misma imagen. Lo que veía la mancha era a sí misma. La esfera cósmica tetradimensional había quedado completada. La primera mancha se había encontrado a sí misma, saliendo de la otra dirección, y el espacio quedó transvertido.

Después, todo él se derrumbó. Las estrellas desaparecieron una tras otra y miríada tras miríada. ¡Holocaustos de caída! Todos los orbes oscurecidos cayeron en el vacío, que estaba al fondo. En el vacío no quedó nada, excepto una vaina cerrada y unas cuantas cosas más, fuera de contexto, como Michael y sus asociados, y Boshel y sus monos.

Boshel se sintió incómodo por un momento. Se había acostumbrado al aspecto del universo en expansión. Pero no tenía por qué sentirse incómodo. Todo empezó de nuevo.
Pasaron silenciosamente unos cuantos miles de millones de siglos. Una vez más, la vaina explotó formando un chorro de chispas que viajaron y crecieron. Adquirieron forma y movimiento y la vida volvió a aparecer sobre los abismos arrojados por aquellas chispas.

Y esto ocurrió una y otra vez. Cada ciclo parecía condenadamente largo mientras estaba sucediendo; pero, mirándolo retrospectivamente, los ciclos eran solamente como una luz parpadeante que se encendiera y se apagara. Y, en la Larga Retrospección, eran como un alternador de alta frecuencia, que producía un increíble número de tales ciclos por cada instante y continuaba por eras. Pero Boshel estaba empezando a aburrirse. No había otra palabra con la que poder expresarlo.
Cuando sólo se habían completado unos pocos miles de millones de ciclos cósmicos, había una hendidura tan grande en la piedra-roca, que se podía meter un caballo dentro. El pequeño pájaro ya había hecho innumerables viajes para afilar su pico. Y, para entonces, Pithekos Pete, el más rápido de los monos, ya había escrito por casualidad La tempestad, perfecta y completa. Todos se estrecharon las manos, ángel y monos. Por el momento, era algo positivo.

Pero el momento no duró mucho. Pete, en lugar de seguir mecanografiando furiosamente, al azar, para producir el resto de las obras, escribió su propia versión mejorada de La tempestad. Boshel estaba furioso.

-¡Pero si es mejor, Bosh! -protestó Pete-. Y tengo algunas ideas sobre el arte teatral que realmente lo elevarán.

-¡Claro que es mejor! Pero no queremos nada mejor. Sólo queremos tener lo mismo. ¿Es que no os dais cuenta de que estamos elaborando un problema de probabilidades? ¡Oh, cabezas de chorlito!

-Déjame tener ese maldito libro durante un mes, Bosh, y te copiaré todo lo que hay ahí al pie de la letra, y habremos terminado -sugirió Pithekos Pete.

-¡Las reglas, cabezas vacías, las reglas! -rugió Boshel-. Tenemos que guiarnos por las reglas. Sabéis que eso no está permitido y, además, sería descubierto. Por mucho que me duela decirlo, tengo razones para sospechar que uno de mis propios monos y asociados aquí presentes es un informador. Nunca conseguiríamos hacerlo.
Después de este breve malentendido, las cosas fueron mejor. Los monos se aplicaron a cumplir con su tarea. Y al cabo de un número de ciclos, expresados por nueve seguido de ceros suficientes para extenderse alrededor del universo hasta un período justo anterior a su colapso (el radio y la circunferencia de la esfera final son, evidentemente, lo mismo), quedó preparada por fin la primera versión completa.
Era errónea, desde luego, y tuvo que ser rechazada. Pero había en ella menos de treinta mil errores; eso presagiaba grandes cosas y un triunfo final.

Más tarde (¡pero podía ser aún más tarde!) llegaron a acercarse bastante. Cuando la hendidura de la piedra-reloj podía contener ya un sistema solar de tamaño medio, consiguieron una versión en la que sólo había cinco errores.

-Llegará -dijo Boshel-. Llegará con el tiempo. Y el tiempo es lo único de lo que disponemos en gran cantidad.

Tarde -mucho, mucho más tarde-, pareció que ya disponían de una copia perfecta y, para entonces, el pájaro ya había desgarrado casi la quinta parte de la masa de la gran piedra, todo ello con sus visitas milenarias.

El propio Michael leyó la versión y no pudo encontrar ningún error. Pero no era definitivo, desde luego, porque Michael era un lector impaciente y apresurado. Se necesitaron tres lecturas para verificarlo, pero las esperanzas nunca fueron tan altas. Transcurrió la segunda lectura, llevada a cabo por un ángel mucho más cuidadoso, y que se pronunció diciendo que era una versión perfecta, letra por letra. Pero el lector había terminado su lectura a últimas horas de la noche y podía haber mostrado cierta falta de cuidado al final.

Y pasó la tercera lectura, que comprendió las treinta y siete obras, y todos los poemas al final. Esta última lectura fue realizada por Kitabel, el propio ángel escribiente, que fue nombrado para llevarla a cabo. Estaba a punto de firmar el certificado, cuando se detuvo.

-Hay algo que parece atascado en mi mente -dijo, y sacudió la cabeza para intentar despejarse-. Hay algo como un eco que no está del todo correcto. No quisiera cometer una equivocación.

Había escrito “Kitab…”, pero no había terminado aún la firma.

-No podré dormir esta noche si no pienso en ello -se quejó-. Si había algo, no estaba en las obras de teatro. Sé que estaban perfectas. Debe de tratarse de algo que había en los poemas… algo situado bastante cerca del final…, alguna disonancia. O bien la propia edición original tenía algún fallo, alguna línea escrita mal a propósito, o bien se trata de un error en la transcripción que mi ojo ha pasado por alto, pero que recuerda mi oído. Reconozco que, cuando ya me encontraba hacia el final, me sentía un poco adormilado.

-¡Oh! ¡Por todos los mundos que han sido hechos, firma! -rogó Boshel.

-Si has esperado todo este tiempo, no te morirás por esperar un poco más, Bosh.

-No creas, Kit. Estoy a punto de estallar. Te lo aseguro.

Pero Kitabel volvió a la copia y lo encontró…, era un verso en El Fénix y la Tortuga:

Desde esta sesión queda vedada

Toda ave de ala tirana,

Salvo el águila, pluma soberana:

Mantened esta norma observada.

Eso era lo que decía el libro. Y lo que Pithekos Pete había escrito era casi lo mismo, pero no exactamente lo mismo:

Desde esta sesión queda vedada

Toda ave de ala tiranna,

Salvo el águila, pluma soberanna:

Maldita máquinna, la n está atascada.

Y si no han visto nunca llorar a un ángel, las palabras no podrán describir el espectáculo que dio Boshel.

Esta misma noche siguen mecanografiando, al azar, porque aquella última copia, tan cercana a la victoria, se produjo hace poco menos de un millón de miles de millones de ciclos. Y sólo hace un momento -al principio del presente ciclo-, uno de los monos consiguió escribir de un tirón, y por casualidad, no menos de nueve palabras completas de Shakespeare.

Aún hay esperanza. Y, a estas alturas, el pájaro ya ha socavado aproximadamente la mitad de la masa de la roca.

R.A. Lafferty (foto)

 

Anuncios

‘El halcón’ de Giovanni Boccaccio

boccaccio_giovanniHace ya tiempo vivía en Florencia un joven llamado Federico Alberighi, hijo de micer Felipe Alberighi, con el que ningún otro doncel de la nobleza toscana podía rivalizar en porte gentil y cortesía. El cual, como suele ocurrir con los jóvenes de su edad y condición, se enamoró de una noble dama llamada Juana, que por esos tiempos era tenida por una de las mujeres más hermosas y amables de Florencia. Todo lo que Federico podía hacer para conquistar el amor de ella, lo hizo; en fiestas, en torneos, en magníficos regalos gastó sus recursos sin moderación; pero Juana, que no era menos honesta que bella, no se dio por enterada de tales agasajos ni prestó por eso mayor atención a quien los hacía. Continuó Federico gastando su fortuna sin conseguir nada, hasta el punto de que pronto las riquezas escasearon y él se volvió pobre, sin otro bien que una pequeña alquería cuyas rentas apenas si le alcanzaban para vivir, y un espléndido halcón que era el único legado de sus fastos pasados; por lo cual, más enamorado que nunca y viendo que ya no podía desempeñar dignamente el papel de ciudadano de Florencia, fuese a Campi, donde se hallaba su alquería.

Allí, sin pedir nada a nadie, se entretenía cazando pájaros con su halcón, y soportaba su indigencia del mejor modo posible. Sucedió un día, entonces, cuando Federico ya tocaba la pobreza más extrema, que el marido de monna Juana enfermó y viéndose en trance de morir, hizo testamento; riquísimo como era, nombró heredero suyo a su hijo, ya grandecito, dejando constancia, además, que su bienamada esposa se convertiría, a su vez, en heredera, si el muchacho muriese sin dejar descendencia. Ya viuda monna Juana se retiró al campo durante el verano, como era costumbre, a una propiedad muy cercana a la de Federico, por lo cual sucedió que el muchacho trabó amistad con Federico; y no tardó en jugar con los perros y pájaros de éste; y como veía a menudo volar el halcón de Federico, se prendó del ave, y le entraron deseos de poseerla, aunque no se atreviese a pedírsela a su nuevo amigo debido a la estimación que éste le demostraba.
Tanto inquietó al muchacho que terminó por enfermarse, con lo cual su madre quedó muy preocupada, pues no lo tenía más que a él, y se pasaba el día rondando en torno a su cama; sin alcanzar a confortarlo, no cesaba de preguntarle qué era lo que le causaba su mal, y le rogaba que le dijese cuál era el objeto o cosa que deseaba, que ella se lo procuraría de cualquier manera. El muchacho, luego de haber oído repetidas veces esos ofrecimientos, dijo:

“Querida mamá, si usted consigue para mí el halcón de Federico, creo que podré curar en seguida”. La dama en cuanto hubo oído esto, comenzó a reflexionar sobre la actitud que habría de tomar. Sabía que Federico la había amado por mucho tiempo, sin que ella le hiciese la menor concesión; por eso, se decía:
“¿Cómo podré pedirle ese halcón que, si me atengo a lo oído, es el mejor de cuantos volaron jamás, y que, por lo demás, es su único sostén? ¿Y cómo podré yo privar a ese caballero del único motivo de gozo que le queda en el mundo?” Y así quedó muy perpleja, con la convicción de que lo obtendría si llegaba a pedirlo; y como no sabía qué decir ni decidir, nada le contestó al hijo. Finalmente, el amor maternal triunfó de todas sus vacilaciones, y terminó por prometer al muchacho, que no había cesado de insistir en que el halcón habría de ser su único medio de curación que ella misma iría a buscarle el pájaro diciendo: “Hijo mío, tranquilízate y piensa solo en recobrar la salud, pues te prometo que lo primero que haré mañana es ir yo misma a buscar el halcón y a traértelo”. Con lo cual el niño se alegró y mostró inmediatamente señales de restablecimiento.

Al día siguiente la señora, acompañada sólo por otra mujer, se dirigió, como si pasease, hacia la casita de Federico, a quien hizo llamar a su llegada. En aquel momento el joven, como no era día para salir de caza con el halcón, se encontraba en su jardín haciendo algunos trabajos menudos; y, en cuanto oyó que monna Juana llamaba a su puerta, se asombró de ello, y corrió entusiasmado hacia la entrada, donde estaba la dama; la cual, viéndolo venir, lo saludó de modo muy gracioso y femenino, luego de que él le hubiese dirigido una respetuosa reverencia, y tras las cortesías de rigor, le dijo: “Señor Federico, he venido a resarcirte de los perjuicios que has tenido por mi causa, debido a que me amaste más probablemente, de lo necesario; por lo cual la recompensa que te ofrezco es que nos invites, a esta dama que me acompaña y a mí, a comer contigo”. A lo cual Federico respondió humildemente: “No recuerdo, señora, haber sufrido daño alguno por vuestra culpa; por el contrario, creo que, si en cierta oportunidad hice cosas de mérito, ello lo debo al amor que supisteis despertar en mí; y, por cierto, la gracia que me hacéis al venir me es tan cara que no la cambiaría por todos los bienes que, pobre ahora, he perdido”. Y mientras esto decía, la hizo entrar a su casa, y la condujo hasta el jardín, y como no encontrara a otra persona que la jardinera para hacerle compañía, le dijo: “Noble señora, os dejo con esta mujer, esposa de un trabajador que es de mi confianza, en tanto voy a poner la mesa”. Federico, pese a lo extremo de su pobreza, nunca como aquel día había lamentado haber dilapidado sus riquezas, y no poder agasajar dignamente a la mujer amada. Rabiaba ahora contra sí mismo, maldecía su fortuna y, ya completamente fuera de sí, recorría todos los cuartos en busca de algún dinero u objeto para empeñar, sin hallar nada en ninguna parte. Como ya la hora de comer se acercaba, y su deseo de honrar a la dama querida era grande, sin que se le pasase por las mentes pedir alguna cosa a su jardinero, fijó de pronto sus miradas en el apreciado halcón, que descansaba en su jaula; y como no le quedaba otra alternativa, lo tomó, lo sopesó y, encontrándolo carnoso, dedujo que sería adecuada merienda para una dama como la que allí esperaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, le retorció el cuello, lo desplumó y rápidamente lo puso a asar; y puesta la mesa con blanquísimos manteles, que aún conservaba, volvió con alegre expresión al jardín, donde la dama lo esperaba, y la invitó a que pasara al comedor junto con su compañera. A lo cual se levantaron las dos señoras, entraron en la casa y se sentaron en la mesa, y sin saber qué comían y mientras Federico las servía diligentemente, se almorzaron el excelente halcón. Concluido el ágape, y mientras se entretenían en amable charla, a la dama le pareció que había llegado el momento de explicar el verdadero motivo de su venida, y habló así: “Federico, si recuerdas tu vida pretérita y mi honestidad, a la que tal vez consideraste crueldad y dureza, indudablemente te maravillarás al enterarte del propósito que me trae aquí; pero si tuvieras hijos, o los hubieses tenido alguna vez, y supieras hasta donde llega el amor paternal, estoy segura que sabrías excusarme. Y así como tú no los tienes, yo tengo uno, y no puedo eludir las leyes comunes entre las madres; todo lo cual me obliga, aun contra mi voluntad y violentándome mucho, pedirte un don que sé te es íntimamente caro, porque la naturaleza no te ha dejado ningún otro consuelo; y ese don es tu halcón dilecto, del que mi hijo se ha encaprichado de tal manera, que si no se lo llevo la enfermedad que sufre puede agravarse hasta quitarle la vida. Y por esto te ruego, no por tu amistad, que jamás la he merecido, sino por tu noble y cortés carácter, que hace que sobresalgas entre los demás hombres, que me des el halcón, para que yo pueda conservar la vida de mi hijo, y te quede eternamente agradecida”. Federico, al escuchar el pedido y dándose cuenta de que no lo podía satisfacer puesto que acababan de comerse el halcón, se echó a llorar antes de poder articular palabra. La dama creyó primero que este llanto obedecía a la pena que causaría al caballero el desprenderse del halcón, y estuvo tentada de retirar su pedido; pero en seguida se contuvo y esperó, después del llanto, la respuesta de Federico. El cual le habló de esta manera: “Señora, sabe Dios que desde que en vos puse mi amor los hechos de mi fortuna me han sido adversos en todos los órdenes; sin embargo, todas mis penurias pasadas son leves comparadas con las que atravieso ahora, cuando me visitáis en mi humilde casita -sin que nunca me hayáis visitado antes, en mis ricas mansiones- y me pedís un menudo don, que no puedo concederos de ninguna manera, por el motivo que sigue: en cuanto escuché que queríais almorzar en mi casa, y teniendo en cuenta vuestra excelencia y vuestra nobleza, estimé que sería digno y conveniente que os agasajara, de acuerdo con mis posibilidades, de la mejor manera y por encima de lo que uno hace con los huéspedes comunes. Por ello, recordé que poseía el halcón que ahora me solicitáis, y juzgué que era para vos alimento adecuado; y en el almuerzo lo habéis comido, convenientemente asado, y yo supuse haberle dado el mejor de los usos posibles; pero ahora veo que lo deseabais en otra forma, y siento un dolor inexpresable por no tenerlo ya, y creo que nunca la paz volverá a mí”. Y cuando terminó de decir esto, mandó traer las plumas, las garras y el pico del ave, para demostrar que no mentía. La señora, que lo veía y escuchaba todo, le reconvino primero por la ocurrencia de haberle servido en la mesa un ave tan valiosa; pero en lo interior de sí misma le agradeció su generosidad y grandeza de alma, que la pobreza no había conseguido desterrar; después, desparecidas ya las esperanzas de poseer el halcón, y acordándose de la enfermedad de su hijo, resolvió volver a su casa. El hijo, sea porque la noticia de que nunca tendría el halcón agravase su estado, sea porque la propia enfermedad no tuviese cura, no pudo sobrevivir mucho tiempo y, días más tarde, con gran dolor de su madre, dejó este mundo. La señora, luego de mucho tiempo de lágrimas y amargura, recibió de sus hermanos el consejo de volver a casarse, pues era riquísima y todavía joven; y aunque no pareciese ella misma en disposición de hacerlo, pensó en Federico, en su valor y en su última magnificencia, la de haber dado muerte a un halcón tan preciado para honrarla, y terminó por decir a sus hermanos: “Con mucho gusto quedaría viuda, si esto os agradase; pero si estimáis que debo casarme por cierto que no tomaré otro marido que no sea Federico Alberighi”. Ante lo cual los hermanos, burlándose de ella, le respondieron: “¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes querer a un hombre que nada tiene?” “Lo sé, hermanos míos”, repuso ella, “es así como decís; pero antes bien quiero a un hombre carente de riquezas, que a unas riquezas sin hombre”. Los hermanos, al oírla, y conociendo como conocían a Federico, por más pobre que éste fuese, consintieron en dársela por esposa, junto con todas las riquezas que el primer marido le había dejado; y Federico, que así se convertía por fin en marido de la mujer que amaba, y en poder de una fortuna tan grande como la que las desventuras le habían quitado, vivió con alegría, esposo feliz y administrador más prudente, hasta el fin de sus días.

Giovanni Boccaccio (foto)

 

Para conocer de Nezahualcóyotl prehispánico

NezahualcóyotlNació el 28 de abril o el 4 de febrero –según la fuente– en Texcoco, en 1402, y murió ahí mismo en 1472. Nació llamándose Acolmiztli –felino fuerte–, siendo monarca de la ciudad-estado Tetzcuco, del México antiguo, pero pasada la adolescencia decidió optar por Nezahualcóyotlcoyote que ayuna– (dibujo). Era hijo de Ixtlilxócohitl –flor oscura–, sexto señor chichimeca, y de la princesa Matlalcihuatzin, hija del segundo señor de Tenochtitlan, el tlatoani Huitzihuitl. Llegó a ser señor de Texcoco, recuperando el reino que habían arrebatado a su padre los españoles de la conquista. Mostró sus dotes de arquitecto, en Tetzcuco y Tenochtitlan. Estadista y estratega militar. Se dice que mató, por su mano, a 12 reyes, incluyendo a Maxtla; estuvo en 30 batallas; nombró generales a 43 de sus hijos, y al cuadragésimo cuarto lo mandó matar, por soberbio y belicoso. Castigó los delitos con rigor, “especialmente a las personas de calidad y que habían de dar ejemplo a las demás”. Se conservan unas 30 composiciones poéticas suyas, en los manuscritos de cantares prehispánicos. El billete de cien pesos mexicanos, está dedicado a su memoria: incluye su efigie y una fracción de uno de sus poemas: “Amo el canto del zenzontle, pájaro de las cuatrocientas voces. Amo el color del jade, y el enervante perfume de las flores, pero lo que más amo es a mi hermano, el hombre”. Varios de sus versos están plasmados en los muros del Museo Nacional de Antropología, en Ciudad de México. He aquí, cinco de sus composiciones:

Yo lo pregunto     Yo Nezahualcóyotl lo pregunto: / ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? / Nada es para siempre en la tierra: / sólo un poco aquí. / Aunque sea de jade se quiebra, / aunque sea de oro se rompe, / aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. / No para siempre en la tierra: /sólo un poco aquí.

Estoy embriagado     Estoy embriagado, lloro, me aflijo, / pienso, digo, / en mi interior lo encuentro: / si yo nunca muriera, / si nunca desapareciera. / Allá donde no hay muerte, / allá donde ella es conquista, / que allá vaya yo… / Si yo nunca muriera, / si yo nunca desapareciera.

Solamente él     Solamente él, / el Dador de la Vida. / Vana sabiduría tenía yo, / ¿Acaso alguien no lo sabía? / ¿Acaso alguien? / No tenía yo contento al lado de la gente. / Realidades preciosas hacer llover, / de ti proviene tu felicidad, / ¡Dador de la vida! / Olorosas flores, flores preciosas, / con ansia yo las deseaba, / vana sabiduría tenía yo…

¿A dónde iremos?     ¿ A dónde iremos / donde la muerte no existe? / Mas, ¿por esto viviré llorando? / Que tu corazón se enderece: / Aquí nadie vivirá por siempre. / Aun los príncipes a morir vinieron, / los bultos funerarios se queman. / Que tu corazón se enderece: / aquí nadie vivirá para siempre.

Un recuerdo que dejo     ¿Con qué he de irme? / ¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra? / ¿Cómo ha de actuar mi corazón? / ¿Acaso en vano venimos a vivir, / a brotar sobre la tierra? / Dejemos al menos flores / Dejemos al menos canto.

6 fábulas chinas rescatas por Wilfredo Carrizales

wilfredo carrizales1De la cultura oriental las sutilezas con que suelen contar sus historias. Hay cierto encanto contenido en la simpleza de sus textos. Algo que en occidente nos cuesta, por ser más amantes de lo recargado, la rimbombancia. Refiere el sinólogo venezolano Wilfredo Carrizales (foto), quien ha recogido diferentes historia y en particular fábulas, que “el término chino “yu yan” (literalmente “palabras que implican”), que sirve para designar a las fábulas, proviene de los capítulos “Yu Yan” y “Tian Xia” de Zhuang Zi. Su principal significado es usar algo aparentemente sin relación con otra cosa, con el objeto de exponer uno sus propias ideas. Los famosos traductores de finales de la dinastía Qing, Lin Shu y Yan Qu, produjeron la versión china de las Fábulas de Esopo y ésta fue publicada en 1902 bajo el título de Yi Suo Yu Yan. Desde ese tiempo, la mayor parte de los chinos han considerado yu yan y fábula como exactamente iguales. De hecho, hay un traslapo en sus significados: la palabra fábula puede abarcar yu yan, cuentos de hadas y mitos; yu yan puede referirse a fábulas, parábolas y alegorías. Las fábulas de cada sistema cultural tienen sus propios y distintivos estilos y, lo que es más importante, dan cuerpo a su propio ethos cultural”. Las siguientes son fábulas chinas rescatas por Carrizales:

Traer una vara de bambú e ingresar a la ciudad    En el estado de Lu había un hombre que traía en su mano una larga vara de bambú para entrar en la ciudad. Al principio la aferró horizontalmente y no pudo entrar por la puerta de la ciudad; después la tomó verticalmente y tampoco pudo entrar. No había manera.

Un rato más tarde vino un anciano y dijo: “Yo no soy un sabio, pero he visto muchos asuntos. ¿Por qué no partes la vara por la mitad y así entras?”.

Así lo hizo el hombre.

La serpiente del estanque seco    El estanque se secó y la serpiente se iba a marchar. Una serpiente pequeña le dijo a la grande: “Cuando tú te marches yo te seguiré. Los hombres al ver el movimiento de las serpientes, seguramente te matarán. Mejor sería que me llevases en el lomo. Los hombres creerán inevitablemente que yo soy un dios”.

Entonces la gran serpiente cargó a la pequeña. Atravesaron el camino público. Los hombres se ocultaban al verlas y decían: “¡Es un dios!”.

El señor She amaba los dragones    El señor She Zigao amaba los dragones. En el cinturón de sus trajes pintaba dragones y en sus vasijas para beber y en los cuartos y habitaciones grababa diseños de dragones.

Entonces el dragón del cielo oyó la noticia y descendió. Metió su cabeza por la ventana para atisbar y su cola se arrastró hasta la sala principal de la casa. El señor She al verlo giró su cuerpo y escapó con su alma en vilo, pálido y sin poderse dominar.

El señor She no amaba los dragones; amaba a lo que se parecía a los dragones.

El pájaro de nueve cabezas contiende por alimento    En la montaña Boyao había un pájaro. Tenía un cuerpo y nueve cabezas. Cuando una cabeza obtenía alimento todas las ocho cabezas restantes luchaban. Con los picos abiertos contendían mutuamente por el alimento. La sangre chorreaba y las plumas volaban. El alimento aún no había sido tragado y las nueve cabezas sufrían daño. Un pájaro marino vio esto y riéndose dijo: “¿Por qué no reflexionas? Alimento para nueve bocas. ¿Después no va a un mismo estómago? ¿Por qué pelear?”.

Perder el hacha y sospechar del vecino    Un hombre perdió un hacha. Sospechó que el hijo de su vecino la había robado. Vio el aspecto del hijo de su vecino al caminar: se parecía al de un ladrón de hachas. El aspecto de su rostro se asemejaba al de un ladrón de hachas. Sus palabras eran las de un ladrón de hachas. Sus movimientos y actitud eran los de un ladrón de hachas.

Poco tiempo después, al sacar agua de una acequia encontró el hacha perdida.

Al cabo de algunos días, él vio al hijo de su vecino. Sus movimientos y actitud no se parecían a los de un ladrón de hachas.

El dinero del que murió ahogado    Los naturales de Yongzhou1 son hábiles en nadar. Un día los ríos crecieron repentina y bruscamente. Cinco o seis personas se montaron a una pequeña barca para cruzar el río Xiang.2 En medio del río la barca se partió. Esas personas se lanzaron al agua para nadar. Entre ellas una, aunque nadaba con denuedo, lo hacía muy lento.

Sus compañeros le dijeron: “Normalmente tú nadas muy bien, ¿hoy por qué te rezagas?”.

Él respondió: “En mi cintura enrollé mil monedas; son muy pesadas. Por eso me retraso”.

Los compañeros dijeron: “¿Por qué no las arrojas?”.

Él no respondió; sólo movió la cabeza. Transcurrido un momento nadaba más lento aun.

Las personas que ya habían cruzado el río se pararon en la ribera. Le gritaron: “¡Tú eres muy tonto! ¡Muy ofuscado! Incluso la vida, no puedes protegerla, ¿aun quieres qué fortuna?”. Él de nuevo movió la cabeza, entonces murió ahogado.

Con Juan Gossaín, al rescate del verbo “poner”

La siguiente es la ponencia titulada “De gallinas y verbos”, del entonces director de Radiosucesos RCN y miembro correspondiente de la Academia Colombianade la Lengua, Juan Gossaín (foto), presentada en el Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena de Indias, que comparto plenamente, y en la que pone sobre la mesa una atropello idiomático del que no escapa Chile, donde los colegas prácticamente han dado por inexistente el verbo poner, para darle paso a la desagradable expresión colocar, como legítima sustituta. He aquí su ponencia, o coloquencia:

“Aunque este diálogo haya sido convocado con el título de ‘Periodismo y literatura’, yo no vengo a hablar aquí de literatura ni de periodismo. Vengo con el único propósito de defender la vida de un verbo en peligro. Habiéndome declarado su abogado de oficio, sin que nadie me haya delegado representación alguna, pido el amparo de este tribunal supremo del lenguaje, el Congreso de la Lengua, para que se proteja la vida de mi cliente, el verbo poner, uno de los más antiguos y útiles de nuestro idioma, atacado con alevosía y a mansalva por el verbo colocar, que lo está extinguiendo sin remedio, como ocurre con ciertas aves, el aire puro y numerosas especies vegetales.

“Las primeras noticias sobre la aparición del verbo poner en la lengua castellana aparecen registradas en la gramática de Nebrija, en 1492, pero no fue posible encontrar rastros suyos antes de esa fecha. Quinientos años después, los colombianos, que se vanaglorian de hablar el español más castizo del mundo, decretaron la ejecución sumaria del verbo poner porque les parece vulgar, indigno de la gente decente, casi obsceno, como si fuera una palabrota. La tragedia empezó el día en que alguna señora remilgada, con ínfulas culteranas, se atrevió a repetir un proverbio catalán del siglo diecinueve: sólo las gallinas ponen.

Desde entonces, y con la fuerza demoledora de una sentencia bíblica, el desdichado aforismo inició su carrera de éxitos hasta extenderse a velocidades supersónicas por todo el cuerpo de la sociedad, de una manera espontánea y expansiva, con la misma resonancia de una bomba de terroristas y con resultados similares.

La plaga está adquiriendo unas proporciones tan apocalípticas que un amable caballero de la ciudad de Cali acaba de enviarme de regalo una totuma de dulce de leche, que en su región bautizaron con el nombre de “manjar blanco” –demostración de que también florece la poesía en los diabéticos territorios de las golosinas– pero advirtiéndome, eso sí, que lo guarde en la nevera “para que no se coloque rancio”.

Los estragos de semejante terremoto son incontables entre la franja lunática del lenguaje. Y, tal como suele suceder con las enfermedades ponzoñosas, la “colocaderitis” rompió ya las fronteras colombianas y está haciendo metástasis en la anatomía completa del idioma, desde la América Española hasta los micrófonos de la propia España.

Un periodista de Radio Nacional, en Madrid, recordaba a sus oyentes que los automovilistas infractores “tienen plazo hasta julio para colocarse al día con el pago de las multas de tránsito”.

Mucho me temo que los poetas, buenos y malos, deben prepararse para contemplar, a la hora azul del crepúsculo, una coloca de sol. Reconozco que yo mismo, acoquinado por las presiones de tanto esnobista que anda suelto, tuve vacilaciones para decidir si presentaba ante esta tertulia una ponencia o una coloquencia.

Siguiendo la enseñanza aristotélica, según la cual toda acción produce una reacción, estamos a punto de cumplir cinco años de haber creado la Congregación de Defensa del Verbo Poner, que inventamos en un noticiero de radio. No tiene sede ni sello, ni levanta actas de sus sesiones porque no se reúne nunca ni sus integrantes se conocen entre sí. Pero ahí estamos, incansables, dedicados a velar armas al pie de la cama de hospital de nuestro amigo moribundo.

La acogida a esa imaginaria fundación ha sido estimulante y reanimadora. Uno de sus cofrades, el profesor Álvaro Enrique Treviño, que ejerce funciones académicas entre los estudiantes pobres de Cartagena de Indias, ciudad avezada en el arte de rechazar a cuanto pirata asome sus naves en el horizonte, trátese de corsarios ingleses o de vocablos intrusos, se tomó el trabajo de rastrear el asunto en las páginas de “Cien años de soledad”, nada menos, obra maestra a la que este Congreso rinde tributo en sus cuarenta años.

Treviño encontró en la novela de García Márquez ciento sesenta y siete formas diferentes del verbo poner y sólo ocho variedades de colocar, apropiadas todas ellas, naturalmente, sin atropellarse a codazos, según el empleo correcto en cada caso.

A su turno, el ingeniero José Enrique Rizo Pombo, que en nuestra cofradía tiene a cargo la comisión de asuntos lexicográficos, también hipotética, está preparando la primera edición del novedoso “Diccionario de sustituciones del verbo poner”.

Sugiere, a guisa de ejemplo, que en lo sucesivo usemos antecolocar en vez de anteponer; que los músicos digan comcolocar música en lugar de componerla; que en las argucias de los dialécticos no se vuelva a hablar de contraponer argumentos, sino de contracolocarlos, y que admitamos aunque sea a regañadientes que ocolocar es la nueva forma de oponer ideas y razones.

No quiero ni pensar, para mayor abundamiento, en lo que pasará el día que una señorita pacata y distinguida exclame, con el refinamiento que exigen materias tan delicadas, que el baño está hecho para que el organismo pueda decolocar las escorias naturales.

La verdad desoladora es que estamos perdiendo esta nueva batalla de Guadalete contra los impíos y los paganos. El verbo poner ha ido desapareciendo del habla cotidiana y del lenguaje escrito, ya sea en la prensa o en los libros, desterrado, en efecto, al territorio infame del gallinero. A este paso, muy pronto no será más que un anacronismo reservado a gramáticos casposos, una estantigua, una sombra del pasado, una fantasmagoría.

Sin embargo, nuestra venganza perpetua contra aquel aforismo malvado tendrá lugar el día en que una campesina de los Andes anuncie con sonoro cacareo que su gallina “acaba de colocar un huevo”. La hecatombe definitiva sobrevendrá cuando ya ni las gallinas pongan. Entonces habremos recorrido la parábola completa, el óvalo que se cierra, la emboscada que se atrapa a sí misma y el alacrán que se muerde su propia cola.

Invocamos la ayuda autorizada de cada uno de ustedes a fin de preservar la supervivencia del verbo amenazado, en sus cátedras magistrales, en sus libros, en sus conferencias, en las columnas que escriban para la prensa, o en la simple conversación de cada día, pregonándolo de boca en boca, como un bostezo.

Yo sé bien que esta es una propuesta pequeña y modesta, casi insignificante, ante un Congreso que se dispone –o se discoloca– a estudiar asuntos tan serios y trascendentales como la diversidad del español, o sus relaciones con las ciencias y las tecnologías modernas. Formulo esa modesta petición de ayuda en mi carácter de creador de la mencionada Congregación Imaginaria de Defensa del Verbo Poner. A ella he dedicado los mejores años de mi vida y no encuentro nada que la justifique más. Anuncio, en consecuencia, que Don Quijote cabalga de nuevo”.

Estos son los cuentos ganadores de la X versión

Los ganadores de la versión anterior, la décima, de Santiago en 100 palabras, fueron los cuentos que transcribo a continuación. Los pongo aquí para que ustedes se hagan una idea del tipo de material premiado la vez pasada. En esa ocasión llegaron 44.784 cuentos al concurso. Bastantes. Veremos cuál será el comportamiento de la presente versión, la décima primera (versión XI, ¿undécima?). El concurso de la X versión lo ganó Begoña Ugalde, de 26 años, residente en la comuna Providencia, con el cuento titulado “Nada”:

Se encuentran todos los lunes. Nunca se saludan en la superficie. Son imágenes difusas las que tienen el uno del otro porque el agua les empaña los lentes. Al principio nadan muy rápido, con ansiedad. Luego lo hacen al mismo tiempo, más pausadamente, como ahogándose y riéndose a la vez. Ella sale primero de la piscina. Se tapa con la toalla apenas sube la escalera metálica. Él espera algunos minutos. Flotando boca arriba, mira las nubes a través del techo de vidrio. En sus camarines se duchan cantando para sacarse el olor a cloro que les queda en la piel.

El segundo lugar lo obtuvo Pedro Mora, de 26 años, residente en la comuna deLa Florida, con el cuento “Bostezo”:

Sentado en el metro, sólo me bastó cerrar los ojos por una fracción de segundo para hacer que todos desaparecieran.

El tercer lugar lo ganó Kristin Meyborg, de 30 años, residente en la comuna de Ñuñoa, con el cuento “27/2”:

Fue la noche del terremoto. Como siempre, habían compartido un cigarro. Luego él se levantó de la cama y buscó la ropa dispersada por el suelo. Se estaba vistiendo cuando empezó a temblar. Momentos después quedaron en una oscuridad absoluta, abrazados junto al marco de la puerta, mientras la tierra todavía oscilaba suavemente como un barco sobre el mar. Ella, aún desnuda, se dejó deslizar hacia el suelo hasta quedar sentada junto a sus pies, sin soltar sus brazos. “Quédate, por favor”, le dijo. Y, por primera vez, él se quedó.

El premio del público lo obtuvo Daniel Carrasco Ruiz-Tagle, de 35 años, residente en la comuna de Vitacura, con el cuento “Un día más”:

Me levanto y camino sigilosamente hacia tu dormitorio. No quiero despertarte. Abro tu puerta. Te veo, te huelo, te tapo y te beso. Micro y metro. Empujones y oficina. Pantalla. Mails. Órdenes y apuro. Café y pienso en ti. Teléfono. Teléfono. Teléfono. Hot-dog y trámite. Papeles. Miradas. Me rasco la cabeza. Reunión. Un pucho. Reunión y galletas. Un chiste, un amigo y el reloj.

Apagar equipo. Metro y micro. Empujones y casa. Camino sigilosamente hacia tu dormitorio. No quiero despertarte. Abro tu puerta. Te veo, te huelo, te tapo y te beso. Mañana será otro día.

El premio al talento joven lo ganó Ignacio Carrasco, de 17 años, residente en la comuna de Lo Espejo, con el cuento “El ocaso de los sueños” (ilustración de Alberto Montt):

Es posible leer la inscripción en una placa metálica ubicada en el balancín dela Plaza Inésde Suárez en Providencia: “Juego apto para niños de máximo 12 años”. Humberto, a sus 72, hace caso omiso de este aviso. Cierra los ojos y se balancea. Sueña con algún día salir proyectado por los aires, escapando del mundo que lo envejece año a año.

Del origen mapuche de las palabras chilenas

Hay palabras que usamos con frecuencia y no sabemos su proveniencia ni su significado. Es lo que ocurre con las palabras de origen mapuche, muchas de las cuales se usan en Chile diariamente, especialmente porque denominan sitios geográficos y pueblos o ciudades. Por ejemplo, Yumbel (nombre de comuna de la antigua VIII Región), que significa “Barro pantanoso” y Vitacura (comuna o barrio de Santiago; barrio alto de Santiago), “Piedra grande”. Hay otras, como Yapa, que en otro países es equivalente a “Ñapa”, que en significa “Lo que se da sin obligación, que se regala”.

Me puse a ver el diccionario Mapuche, o más exactamente Mapudungun, y despejé las dudas sobre muchas palabras  de uso frecuente, como “Cahuín”, que es de uso muy común en Chile, y equivale a “Chisme” o “Habladuría”, mientras en mapudungun es “Reunión, fiesta, borrachera”.

Hay otras palabras que son muy usadas porque con ellas fueron “bautizadas” muchas calles y avenidas en casi todas las ciudades de Chile, como “Lautaro”, que era el nombre de un “lonco” (rango de prevalencia en la jerarquía social mapuche, que significa “Cabeza”) y significa “Ave de rapiña”. “Lincoyán” fue otro líder indígena, y significa “Formar un ejército”. Creo que no hay casco urbano en Chile que no tenga una calle llamada “Caupolicán”, otro lonco importante en tiempo de “la conquista de Chile”, que signifca “Pedernal pulido”.

“Concón” es el nombre de un balneario, cerca de Viña del Mar, que significa “Lugar de búhos” (creo que ya no quedan en esa zona, si los hubo un día). Angol es otra ciudad, y significa “Subida a gatas”, Arauco significa “Agua gredosa” y es una provincia importante de la Región del Bío Bío (otros escribimos Biobío), en tanto Bío Bío es “Canto del pajarito fío fío”.

Es común hallar nombre de ciudades o poblados o regiones que se repiten, justamente como Bío Bío. Así, tenemos Colocolo, “Gato montés”; el propio Concón que ya reseñé; Lleulleu que es “Completamente derretido”; Rere, “Pajaro carpintero”; Trapa Trapa, “Lugar de paz”; y Llaillai (o Llay-Llay) “Mucho viento”.

En Antuco ocurrió una tragedia, y significa “Agua del sol” (o “Agua del indio”), y también en la ciudad de Chaitén ocurrió otra, que lleva el mismo nombre del volcán donde se ubica, y significa “Colado con chaihues” (y Chaihue significa “Canastillo usado para colar”).

Mirando el diccionario me enteré que Mapocho, nombre del emblemático río que atraviesa a Santiago, equivale a “Mapuche”, y significa “Gente de la tierra”. Hay un barrio en Santiago llamado Ñuñoa, que significa “Abundante en ñuños” (y Ñuño significa “Planta iridácea”), y otro barrio (además de una avenida) en Concepción, llamado Paicaví, que significa “Junta de paz”.

Es muy famoso el Festival de Olmué, que le quiere competir en importancia al Festival de Viña del Mar; Olmué significa “Paraje de olmos”. Talcahuano, el puerto que fue dañado seriamente por el tsunami del 27 de febrero del 2010, significa “Trueno de cielo”. Dichato, otra caleta de pescadores afectada por el tsunami, significa “Desnudo” pero en el sentido de “Desmalezado”. Y el famoso Elqui, significa “Lo heredado”; es famoso porque es un valle árido, mineral, donde el esfuerzo del chileno ha estado haciendo brotar vegetación abundante: Valle del Elqui, donde nació Lucila Godoy o Gabriela Mistral.

Anoto a continuación unas cuantas palabras más, mapuches todas, con su correspondiente significado, muchas de las cuales han convertido en marca de productos o empresas:

Aconcagua: Lugar de gavillas

Aliwen: Árbol de grandes dimensiones

Batuco: Agua de la totora.

Buin: Lugar a gusto.

Caburga: Lugar escarbado.

Cauquenes: Patos cauquenes

Cobquecura: Piedra de pan

Coelemu: Bosque de las lechuzas

Colbún: Limpiar un terreno

Colchagua: Donde abundan los renacuajos

Copiulemu: Bosque con copihues

Coyhaique: Grandes juntas o parlamentos

Curanilahue: Vado pedregoso

Curepto: Vendaval

Curicó: Agua oscura

Chacabuco: Agua del chacai

Charquicán: Guiso con charqui. Revoltijo

Chiguayante: Día nublado

Chillán: Zorro-aguilucho

Chiloé: Isla de las gaviotas

Chimbarongo: Cabeza torcida

Huelén: Con desgracias, maldito

Iloca: Comer carne

Itata: Pastoreo abundante

Laraquete: Barbilla abultada

Lonquimay: Monte tupido

Loncomilla: Oro del jefe

Macul: Juramento, promesa

Maipo (Maipú): Tierra cultivada

Malloa: Lugar de greda blanca

Maule: Lluvioso

Melipilla: Cuatro volcanes

Ñipa: Arbolillo

Ñuble: Lugar obstruido

Paine: Color celeste, azul

Panguipulli: Cerro de los pumas

Pichilemu: Bosque pequeño

Pilpil: Enredadera

Pirque: Trapos

Polpaico: Agua ensuciada

Pudahuel: En la laguna

Pucón: Entrada a la cordillera

Pumanque: Los cóndores

Quilicura: Piedra colorada

Rancagua: Lugar de pencas

Ranco: Lago con oleaje (o “Arroyo de las apuestas”)

Ranquil: Carrizo

Renca: Pencas (o “Plantas”)

Talagante: Lazo del hechicero

Talca: Trueno

Tarapacá: Pampa blanca

Traiguén: Canto del agua

Temuco: Agua del temo

Tirúa: Emplanada

Tucapel: Apoderarse por la fuerza de algo

Vichuquén: Rabo (o “Lugar muy aislado”)