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‘El silencio de los malditos’ de Carlos Pinto

ScanHubo un tiempo en que su programa ‘Mea culpa’ era insignia de sintonía. Cualquier otro programa que se le enfrentara, en el mismo horario y otro canal era, literalmente, barrido. Alguien dijo que su programa era un transatlántico, para significar su enorme peso específico y su trascendencia. ‘Mea culpa’ son historias de criminales, bien contadas en la televisión. Excelentemente contadas. Con toda la carga emocional que pueda tener un suspenso y una trama de los archivos policiales.

‘Mea culpa’ es una creación de Carlos Pinto, que duró muchos años flameando. Por eso, cuando anunciaron que había escrito una novela, me interesé. Sabía que se trata de dos lenguajes muy distintos: el de la televisión y el de la literatura, pero quise tener un concepto de primera mano, comprando su obra.

La tituló ‘El silencio de los malditos’ (ilustración) inmediatamente lo hace decir a uno, o pensar, en la expresión “el silencio de los inocentes”. Y esta expresión es el título de la película de Jonathan Demme, en la que actúan Jodie Foster, Scott Glenn y Anthony Hopkins. Ya es un clásico del cine de terror. Cuenta la historia de un brillante psiquiatra, llamado Hannibal Lecter, quien es, también, un asesino en serie. Y un caníbal.

Así que el título ‘El silencio de los malditos’ no parece afortunado.

Bajo el título se indica que es una “novela inspirada en hechos reales”, lo cual, a la novela, como género, le importa bien poco. Es tendencia de los últimos años apoyar la ficción en hechos reales, presentes o históricos, pero la novela, por definición, es ficción. Idealmente, una ficción metafórica de la realidad.

De modo que estamos frente a las 384 páginas del libro publicado por el grupo editorial Penguin Random House, en las que un periodista narra ciertos eventos que le fueron narrados por un asesino de ocasión.

La historia, pues, puede ser una cualquiera de su magnífico programa de televisión ‘Mea culpa’. Y está narrada en un lenguaje, y con unos recursos estilísticos que, para decirlo francamente, no alcanzan a ser considerados de nivel literario. Pareciera que el libro fue publicado por quien es Carlos Pinto, en pos de los réditos que, legítimamente, siempre busca Random House.

El genial Carlos Pinto, autor de episodios memorables de ‘Mea culpa’, es apenas un principiante en las artes literarias. Su preponderancia sigue siendo televisiva, audiovisual, antes que en la narrativa literaria; lo cual, ni siquiera se intuye.

 

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Richard Ford; Thomas Wolfe; Manuel Puig

richard ford‘De mujeres con hombres’ de Richard Ford: Más que la necesidad de una historia intrincada y una sorpresa al final de la misma, lo que hay en los textos de Richard Ford ‘De mujeres con hombres’ (Anagrama, 245 páginas) es un clima narrativo que simula muy bien la realidad. Se trata de tres historias en un mismo tono, fluidamente poético o poéticamente fluido, con argumentos asociados. La primera, ‘El mujeriego’, pone al protagonista en la disyuntiva de avanzar en la nueva relación que traba con una mujer o mantenerse en la propia con su esposa. La segunda, ‘Celos’, pone al joven protagonista a preguntarse la clase de relación que pudo tener su padre con su tía, con quien viaja a casa de su madre separada y en el trayecto presencian, a metros, la fuerza letal de las autoridades contra un delincuente. La tercera, ‘Occidentales’, es la de un escritor que viaja a París a conocer a sus editores y traductora, y lo hace con su amante, y en ese lapso está bajo la duda de lo que será su futuro que, al final, no es con ella. Narradas con delicadeza, son historias que lo hacen a uno partícipe de su intimidad. Dramas, como los de uno. Los de cualquiera. Dramas que no requieren tramas aparatosas, rebuscadas. Pero resultan envolventes a consecuencia de la pluma diestra, en apariencia simple, de Richard Ford.

‘El niño perdido’ de Thomas Wolfe: No confundir Thomas Wolf con Tom Wolfe, aunque thomas wolfeambos son estadounidenses. Tom Wolfe murió hace pocos días, era escritor y uno de los padres del ‘Nuevo Periodismo’, se llamaba Thomas Kennerly Wolfe Junior, y había nacido en Richmond. El otro Thomas Wolfe, del que quiero decir algo, es Thomas Clayton Wolfe, de Asheville, Thomas Wolfe (foto), que murió en 1938 y William Faulkner consideraba el mejor de su generación. Hablo de Thomas Wolfe a propósito de la lectura de ‘El niño perdido y otros relatos’, traducción de Óscar Luis Molina, Tajamar Editores, 179 páginas, donde casi descubre uno el origen de varios pasajes de Faulkner. En los textos de Thomas Wolfe están los desposeídos, la vida elemental, la observación de un narrador que no puede más que convertir en poesía las pequeñas cosas de su entorno. Y evaluar. “Sí, nosotros somos sospechosos, enemigos del orden y la moral pública, desvergonzados participantes de una infamia abierta e indecente, y nuestros vecinos nos contemplan con la estremecida reprensión de sus ojos desconfiados mientras a fuer de maridos amantes golpean a sus mujeres, se rebanan la garganta con orgullo cívico y prosiguen, como los respetables ciudadanos que son, con su honesto esfuerzo de asalto, asesinato y latrocinio”. Y además de esto fáctico, también están los intangibles, el contenido de los libros, “esta orgía terrible de libros no me produjo consuelo, paz ni sabiduría ni en la mente ni en el corazón. En cambio, con su alimento aumentaron la furia y la desesperación, creció el hambre con la comida que comía”. Metáforas del desamparo, el retorno, la ausencia. Segmentos de narración como si se tratara de una cámara que se aproxima a “el fuego que golpetea y crepita como un látigo, y un humo acre hace arder los ojos; en los campos segados las llamas, cual pequeñas víboras, calcinan los bordes rugosos de los rastrojos como una hilera de langostas. El fuego clava un aguijón memorioso en el corazón de los hombres”. Personajes que viven lo suyo: “supe que nunca más podría convertir mi vida en vida propia”, pero nada de lo que yo diga se compara con el propio placer del texto que invito a leer.

‘Boquitas pintadas’ de Manuel Puig: Los chilenos Horacio Simunovic Díaz y Daniela Manuel PuigOróstegui Iribarren, en un trabajo para la Escuela de Pedagogía Castellana, de la Universidad Católica del Maule, que titularon ‘El proceso de canonización de Manuel Puig en el contexto de la narrativa Latinoamericana finisecular: sistema y cambio literarios’, recuerdan a Ariel Schettini, quien cuenta que en 1968, el jurado del concurso de novela de la revista ‘Primera Plana’ se dividió entre Severo Sarduy (que defendía a ‘Boquitas Pintadas’ como la ganadora) y Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti que la desestimaban. En nombre del jurado, Onetti diría que la voz del escritor estaba tan fundida con la de sus personajes que se corría el riesgo que el escritor tuviera el mismo registro verbal de sus personajes. Después, Puig comentó el episodio: “Juan Carlos Onetti no quiso darme el premio porque dijo que yo copiaba a tal punto la cultura popular que no se podía saber cómo era realmente mi verdadera escritura”. Pues bien, comienzo por decir que el título insinúa más de lo que trae el texto; es juguetón, femenino, casi de fiesta. Y lo que se cuenta es una historia de amor alrededor de un muerto, que quizás lo fue mediante homicidio, y es, si se quiere, una historia triste. Pero sobre todo, una historia de gente común. No hay un submundo, una ‘cultura’ que acote el universo narrado. Las protagonistas tienen una vida de clase media. El narrador apela al género epistolar para desarrollar buena parte del texto, y otra parte narra como si se tratara de un registro de observación, o un informe de actividades. No es un texto con metáforas memorables, pero sí con una escritura coloquial, efectiva. La historia se mueve sin tropiezos, hasta su desenlace. Aunque me gustó, e invito a su lectura, queda fuera de mis mayores preferencias. Y me pareció desafortunada la carátula de esta edición, rosada, un poco escolar y anacrónica.

Nueva arremetida retrógrada contra Yerko

yerko-810x540Excelente la primera rutina de Yerko Puchento en su inicio de temporada 2018. Quizás no hubiera sido necesario pintarse la cara de negro y ponerse una peluca encrespada para hablar de la migración de haitianos hacia Chile. El atuendo característico de Yerko Puchento hubiese bastado. Eso sería lo único a comentar. Sin embargo, al día siguiente, como si se hubieran puesto de acuerdo, salieron El Mercurio y La Tercera a descalificar a nuestro admirado humorista. Lo consideraron ‘irrespetuoso’ por una broma que hizo a la actriz transgénero Daniela Vega. La talla no me pareció tan terrible como la quisieron hacer ver. Y como si hubiese intocables. En sus páginas web, esos diarios dejaron ‘colgada’ la ‘noticia’ de crítica durante varios días, sin explicación alguna. También escuché a Sergio ‘Checho’ Hirane, como una comadre histérica, despotricar por la retrógrada Radio Agricultura contra Yerko Puchento. Él, que dice ser ‘humorista’, pelaba como vieja copuchenta la rutina de su colega. ‘Checho’ Hirane, el admirador del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, que se viste de militar los días patrios, este seudo analista político que estila veneno, seudo periodista que inventa crisis y desastres donde no los hay, seudo humorista que tuvo un late en un canal de cable que no duró más de 3 programas, babeaba contra Yerko Puchento, pidiendo su cabeza. Dijo que cómo permitía Andrónico Luksic, el dueño del Canal 13, que Yerko Puchento hiciera bromas ‘tan pesadas’. Tal vez no ha notado el seudo humorista ‘Checho’ Hirane que Luksic es más liberal que él, más moderno que él, menos cartucho que él. Con las babas chorreando, que se oye que las chupa para que no caigan sobre la mesa del locutorio, y que hace un ruido como si aspirara hasta las muelas, tan desagradables manías para los oyentes, clamaba, en actitud por completo histérica, que debían sancionar y sacar del aire a Yerko Puchento. O sea, tres medios con nostalgia de dictadura, El Mercurio, La Tercera y Radio Agricultura (la emisora por la que habla irresponsablemente ‘Checho’ Hirane), en picada contra Yerko Puchento. Quieren que Yerko sea una especie de monja o cura de buenos modales, desfigurándolo. No es así Yerko Puchento. Él es cínico, es cruel, es ácido, es de humor negro. Pero, sobre todo, Yerko Puchento es de crítica social. Y esto es lo que los conservadores, los retrógrados como ‘Checho’ Hirane, no soportan. Amparándose en una crítica de forma, lo que quieren es callar su voz de protesta. Ellos se quedaron en el pasado, en más de un sentido. Quieren que todos seamos unos amargados como ellos. Que el país viva amordazado. Y les arde en aquella parte, que un humorista de verdad tenga la más alta sintonía, sea el más admirado y más inteligente que ellos. Dejen de rebuznar.

‘Miriam’ de Truman Capote

TrumanCapoteDesde hacía varios años Mrs. H. T. Miller vivía sola en un agradable apartamento (dos habitaciones y una cocina pequeña) de un viejo edificio de piedra recién rehabilitado, cerca del río Este. Era viuda: el seguro de Mr. H. T. Miller le garantizaba una cantidad razonable. Le interesaban pocas cosas, no tenía amigos dignos de mención y rara vez se aventuraba más allá del colmado de la esquina. Los otros habitantes del edificio parecían no reparar en ella: sus ropas eran anodinas; sus facciones, simples, discretas; no usaba maquillaje; llevaba el pelo gris acerado corto y ondulado sin mayor esmero, y en su último cumpleaños había cumplido sesenta y uno. Sus actividades rara vez eran espontáneas: mantenía inmaculados los dos cuartos, fumaba algún cigarrillo de vez en cuando, cocinaba ella misma y cuidaba del canario.

Entonces conoció a Miriam. Nevaba aquella noche. Después de secar los platos de la cena, hojeó un periódico vespertino y dio con el anuncio de una película en un cine de barrio. El título sonaba bien. Le costó trabajo ponerse su abrigo de castor, se anudó las botas impermeables y salió del apartamento. Dejó una luz encendida en el vestíbulo: nada le molestaba tanto como la sensación de oscuridad. La nieve era fina, caía con suavidad, se disolvía en el pavimento. El viento del río sólo dejaba sentir su filo en las esquinas. Mrs. Miller se apresuró, abstraída, la cabeza inclinada, como un topo que cavara un camino ciego. Se detuvo en una farmacia y compró una caja de pastillas de menta.

Había bastante cola frente a la taquilla; se puso al final. Tendrían que esperar un poco (gruñó una voz cansada). Mrs. Miller hurgó en su bolso de cuero hasta que reunió el importe exacto de la entrada. La cola parecía que iba para largo; miró a su alrededor, buscando algo que la distrajera; de repente descubrió a una niña bajo el borde de la marquesina.

Su pelo era el más largo y extraño que había visto jamás: de un blanco plateado, como el de un albino; le caía hasta la cintura en franjas sueltas y uniformes. Era delgada, frágil. Su postura -los pulgares en los bolsillos de un abrigo de terciopelo ciruela hecho a medida- tenía una elegancia natural, peculiar. Sintió una curiosa emoción, y cuando sus miradas se cruzaron, sonrió afectuosamente.

La niña se le acercó:

-¿Podría hacerme un favor?

-Con mucho gusto, si está en mi mano -dijo Mrs. Miller.

-Oh, es bastante sencillo. Sólo quiero que me compre una entrada; si no, no me dejarán entrar. Tome. Tengo el dinero. Y le tendió graciosamente dos monedas de diez centavos y una de cinco.

Entraron juntas en el cine. Una acomodadora las llevó al vestíbulo; faltaban veinte minutos para que terminara la película.

-Me siento como una auténtica delincuente -dijo Mrs. Miller en tono alegre; se sentó-. Quiero decir que esto es ilegal, ¿no? Espero no haber hecho nada malo. ¿Tu madre sabe que estás aquí, amor? Lo sabe, ¿no?

La niña guardó silencio. Se desabrochó el abrigo y lo dobló sobre su regazo. Llevaba un cursi vestidito azul oscuro; una cadena de oro pendía de su cuello; sus dedos, sensibles, como los de un músico, jugaban con ella. Al examinarla con mayor atención, Mrs. Miller decidió que su verdadero rasgo distintivo no era el pelo, sino los ojos: color avellana, firmes, nada infantiles, tan grandes que parecían consumirle el rostro.

Mrs. Miller le ofreció una pastilla de menta:

-¿Cómo te llamas?

-Miriam -dijo, como si, de un modo extraño, repitiera una información conocida.

-¡Vaya, qué curioso!, yo también me llamo Miriam. Y no es precisamente un nombre común. ¡No me digas que tu apellido es Miller!

-Sólo Miriam.

-¿No te parece curioso?

-Medianamente. -Miriam presionó la pastilla con su lengua.

Mrs. Miller se ruborizó. Se sentía incómoda; cambió de conversación.

-Tienes un vocabulario extenso para ser tan pequeña.

-¿Sí?

-Pues sí. -Cambió de tema precipitadamente-. ¿Te gustan las películas?

-No sé -dijo Miriam-, no había venido nunca.

El vestíbulo se empezó a llenar de mujeres. Las bombas del noticiario explotaron a lo lejos. Mrs. Miller se levantó, presionando el bolso bajo su brazo.

-Más vale que me apresure a encontrar asiento -dijo-. Encantada de haberte conocido.

Miriam asintió apenas.

Nevó toda la semana. Las ruedas y los pies pasaban silenciosos sobre la calle; la vida era como un negocio secreto que perduraba bajo un velo tenue pero impenetrable. En aquella caída sosegada no había cielo ni tierra, sólo nieve que giraba al viento, congelando los cristales de las ventanas, enfriando los cuartos, mitigando, amortiguando la ciudad. Había que tener una luz encendida a todas horas. Mrs. Miller perdió la cuenta de los días: imposible distinguir el viernes del sábado; el domingo fue al colmado: cerrado, por supuesto.

Esa noche hizo huevos revueltos y un tazón de sopa de tomate. Luego, tras ponerse una bata de franela y desmaquillarse la cara, se acostó y se calentó con una bolsa de agua caliente bajo los pies. Leía el Times cuando sonó el timbre. Seguramente se trataba de un error; quienquiera que fuese enseguida se iría. Pero el timbre sonó y sonó hasta convertirse en un zumbido insistente. Miró el reloj: poco más de las once. No era posible; siempre se dormía a las diez. Le costó trabajo salir de la cama; atravesó la sala con premura, descalza.

-Ya voy, ¡paciencia!

El cerrojo se había trabado, trató de moverlo a uno y otro lado, el timbre no paraba.

-¡Basta! -gritó.

El pasador cedió. Abrió la puerta unos centímetros.

-Por el amor de Dios, ¿qué…?

-Hola -dijo Miriam.

-Oh…, vaya, hola. -Mrs. Miller dio unos pasos inseguros en el recibidor-. Si eres aquella niña.

-Pensé que no iba a abrir nunca, pero no he soltado el botón. Sabía que estaba en casa. ¿No se alegra de verme?

No supo qué decir. Vio que Miriam llevaba el mismo abrigo de terciopelo ciruela y una boina del mismo color. Su cabello blanco había sido peinado en dos trenzas brillantes con enormes moños blancos en las puntas.

-Ya que me he esperado tanto, al menos déjeme entrar -dijo.

-Es tardísimo…

Miriam la miró inexpresivamente:

-¿Y eso qué importa? Déjeme entrar. Hace frío aquí fuera y llevo un vestido de seda. -Con un gracioso ademán hizo a un lado a Mrs. Miller y entró en el apartamento.

Dejó su abrigo y su boina en una silla. Era verdad que llevaba un vestido de seda. De seda blanca. Seda blanca en febrero. Mangas largas y una falda hermosamente plisada que producía un susurro mientras ella se paseaba por la habitación.

-Me gusta este sitio -dijo-, me gusta la alfombra, mi color favorito es el azul. -Tocó una rosa de papel en el florero de la mesa de centro-: Imitación -comentó con voz lánguida-, qué triste. ¿Verdad que son tristes las imitaciones? -Se sentó en el sofá, extendiendo su falda con delicadeza.

-¿Qué quieres? -preguntó Mrs. Miller.

-Siéntese -dijo Miriam-, me pone nerviosa ver a la gente de pie. Se dejó caer en un taburete.

-¿Qué quieres? -repitió.

-¿Sabe?, creo que no se alegra de verme.

Por segunda vez carecía de respuesta; su mano se movió en un vago ademán. Miriam rió y se arrellanó sobre una pila de cojines lustrosos. Mrs. Miller advirtió que la niña no era tan pálida como recordaba; sus mejillas estaban encendidas.

-¿Cómo has sabido dónde vivía?

Miriam frunció el entrecejo.

-Eso es lo de menos. ¿Cuál es su nombre?, ¿cuál es el mío?

-Pero si no estoy en la guía telefónica.

-Ah. ¿No podemos hablar de otra cosa?

-Tu madre debe de estar loca para dejar que una niña como tú vaya por ahí a cualquier hora de la noche, y con esa ropa tan ridícula. Le debe faltar un tornillo.

Miriam se levantó y fue a un rincón donde colgaba de una cadena una jaula encapuchada. Atisbo bajo la cubierta.

-Es un canario -dijo-. ¿Puedo despertarlo? Me gustaría oírlo cantar.

-Deja en paz a Tommy -contestó ansiosa-. No te atrevas a despertarlo.

-De acuerdo -dijo Miriam-, aunque no veo por qué no puedo oírlo cantar. -Y luego-: ¿Tiene algo de comer? ¡Me muero de hambre! Aunque sólo sea pan con mermelada y un vaso de leche.

-Mira -Mrs. Miller se levantó del taburete-, mira, si te hago un buen bocadillo, ¿te portarás bien y te irás corriendo a casa? Seguro que es más de medianoche.

-Está nevando -le echó en cara Miriam-. Hace frío y está oscuro.

Mrs. Miller trató de controlar su voz:

-No puedo cambiar el clima. Si te preparo algo de comer, prométeme que te irás.

Miriam se frotó una trenza contra la mejilla. Sus ojos estaban pensativos, como si sopesaran la propuesta. Se volvió hacia la jaula.

-Muy bien -dijo-. Lo prometo.

¿Cuántos años tiene? ¿Diez? ¿Once? En la cocina, Mrs. Miller abrió un frasco de mermelada de fresa y cortó cuatro rebanadas de pan. Sirvió un vaso de leche y se detuvo a encender un cigarrillo. ¿Y por qué ha venido? Su mano tembló al sostener la cerilla, fascinada, hasta que se quemó el dedo. El canario cantaba. Cantaba como lo hacía por la mañana y a ninguna otra hora.

-¿Miriam? -gritó-, Miriam, te he dicho que no molestes a Tommy.

No hubo respuesta. Volvió a llamarla; sólo escuchó al canario. Inhaló el humo y descubrió que había encendido el filtro… Atención, tenía que dominarse.

Entró la comida en una bandeja y la colocó en la mesa de centro. La jaula aún tenía puesta la capucha. Y Tommy cantaba. Tuvo una sensación extraña. No había nadie en el cuarto. Atravesó el gabinete que daba a su dormitorio; se detuvo en la puerta a tomar aliento.

-¿Qué haces? -preguntó.

Miriam la miró; sus ojos tenían un brillo inusual. Estaba de pie junto al buró, y tenía delante un joyero abierto. Examinó a Mrs. Miller unos segundos, hasta que sus miradas se encontraron, y sonrió.

-Aquí no hay nada de valor -dijo-, pero me gusta esto. -Su mano sostenía un camafeo-. Es precioso.

-¿Y si lo dejas en su sitio…? -De pronto sintió que necesitaba ayuda. Se apoyó en el marco de la puerta. La cabeza le pesaba de un modo insoportable; sentía la presión rítmica de sus latidos. La luz de la lámpara parecía a punto de desfallecer.

-Por favor, niña…, es un regalo de mi marido…

-Pero es hermoso y lo quiero yo -dijo Miriam-. Démelo.

Se incorporó, esforzándose en formular una frase que de algún modo pusiera el broche a salvo; entonces se dio cuenta de algo en lo que no había reparado desde hacía mucho: no tenía a quien recurrir, estaba sola. Este hecho, simple y enfático, la aturdió completamente; sin embargo, en esa habitación de la silenciosa ciudad nevada había algo que no podía ignorar ni (lo supo con alarmante claridad) resistir.

Miriam comió vorazmente; cuando se terminó el pan con mermelada y la leche, sus dedos se movieron sobre el plato como telarañas en busca de migajas. El camafeo refulgía en su blusa, el rubio perfil parecía un falso reflejo de quien lo llevaba.

-Estaba buenísimo -asintió-, ahora sólo faltaría un pastel de almendra o de cereza. Los dulces son deliciosos, ¿no cree?

Mrs. Miller se mantenía en precario equilibrio sobre el taburete, fumando un cigarrillo. La red del pelo se le había ido ladeando y le asomaban mechones hirsutos. Tenía los ojos estúpidamente concentrados en nada; las mejillas con manchas rojas, como si una violenta bofetada le hubiera dejado marcas perdurables.

-¿No hay dulce, un pastel?

Mrs. Miller sacudió el cigarrillo; la ceniza cayó en la alfombra. Ladeó la cabeza levemente, tratando de enfocar sus ojos.

—Has prometido que te irías si te daba de comer —dijo.

—¿En serio? ¿Eso he dicho?

—Fue una promesa, estoy cansada y no me encuentro nada bien.

—No se altere —dijo Miriam—. Es broma.

Cogió su abrigo, lo dobló sobre su brazo y se colocó la boina frente al espejo. Finalmente se inclinó muy cerca de Mrs. Miller y murmuró:

—Déme un beso de buenas noches.

—Por favor…, prefiero no hacerlo.

Miriam alzó un hombro y arqueó un ceja:

—Como guste. —Fue directamente a la mesa de centro, tomó el florero que tenía unas rosas de papel, lo llevó a donde la dura superficie del piso yacía al descubierto y lo dejó caer. Ella pisoteó el ramo después que el cristal reventara en todas direcciones. Luego, muy despacio, se dirigió a la puerta. Antes de cerrarla se volvió hacia Mrs. Miller con una mirada llena de curiosidad y estudiada inocencia.

Mrs. Miller pasó el día siguiente en cama. Se levantó una vez para dar de comer al canario y tomar una taza de té. Se tomó la temperatura: aunque no tenía fiebre, sus sueños respondían a una agitación febril, a una sensación de desequilibrio, presente incluso cuando miraba el techo con los ojos muy abiertos. Un sueño se colaba entre los otros como el esquivo y misterioso tema de una compleja sinfonía; le traía escenas de precisa nitidez que parecían trazadas por una mano de intensidad virtuosa: una niña pequeña, vestida de novia y ataviada con una guirnalda, encabezaba una procesión, una hilera gris que descendía por una montaña; había un silencio inusual hasta que una mujer preguntaba desde atrás: “¿Adónde nos lleva?” “Nadie lo sabe”, respondía un viejo que caminaba delante. “Pero ¿verdad que es hermosa?”, intervenía un tercero. “¿Acaso no es como una flor congelada…, tan blanca y deslumbrante?” El martes por la mañana ya se encontraba mejor. El sol se colaba por las persianas en haces incisivos, arrojando una luz que desbarataba sus nocivas fantasías. Abrió la ventana y descubrió un día de deshielo, templado como en primavera; una hilera de nubes limpias, nuevas, se arrugaba contra el inmenso azul de un cielo fuera de temporada, y más allá de la línea de azoteas podía ver el río, el humo de las chimeneas de los remolcadores que se curvaba en un viento tibio. Un enorme camión plateado cepillaba la nieve amontonada en la calle; el aire propagaba el ronroneo del motor. Después de arreglar el apartamento fue al colmado, hizo efectivo un cheque y siguió hacia Schrafft’s, donde desayunó y conversó alegremente con la camarera. Ah, era un día maravilloso —casi como un día festivo—, hubiera sido una tontería regresar a casa. Tomó un autobús que iba por la Avenida Lexington hasta la calle Ochenta y seis. Había decidido ir de compras. No tenía idea de lo que quería o necesitaba; caminó sin rumbo fijo, atenta sólo a la gente que pasaba; se fijó en que iban con prisa y tensos, hasta que se sumió en una incómoda sensación de aislamiento.

Aguardaba en la esquina de la Tercera Avenida cuando le vio. Era viejo, patizambo, iba agobiado por una carga de paquetes a reventar. Llevaba un desleído abrigo color café y una gorra de cuadros. De repente se dio cuenta de que intercambiaban una sonrisa: nada amistoso, sólo dos fríos destellos de reconocimiento. Sin embargo, estaba segura de no haberlo visto antes.

El hombre estaba junto a una columna del tren elevado. Cuando atravesó la calle, él se volvió y la siguió. Se le acercó bastante; de reojo, ella veía su reflejo vacilante en los escaparates. Luego, a mitad de una manzana, se detuvo y lo encaró. También él se detuvo, irguió la cabeza, sonriendo. ¿Qué podía decirle? ¿Qué podía hacer allí, a plena luz del día, en la calle Ochenta y seis? Era inútil; aceleró el paso, despreciando su propia identidad. La Segunda Avenida se ha vuelto una calle deprimente, hecha de restos y sobras, parte asfalto, parte adoquines, parte cemento; su atmósfera de abandono es permanente. Caminó cinco manzanas sin encontrar a nadie, seguida por el incesante crujido de las pisadas en la nieve. Cuando llegó a una floristería el sonido seguía a su lado. Se apresuró a entrar. Le miró a través de la puerta de cristal: el hombre siguió de largo, sin aminorar el paso, la mirada fija hacia el frente, pero hizo algo extraño y revelador: se alzó la gorra.

—¿Seis de las blancas, dice? —preguntó la florista.

—Sí —dijo ella—, rosas blancas.

De ahí fue a una cristalería y escogió un florero, presunto sustituto del que había roto Miriam, aunque el precio era desmedido y el florero mismo (pensó) de una vulgaridad grotesca. Sin embargo, había iniciado una serie de adquisiciones inexplicables, como quien obedece a un plan trazado de antemano, del que no tiene el menor conocimiento ni control.

Compró una bolsa de cerezas escarchadas, y en una confitería llamada Knickerbocker se gastó cuarenta centavos en seis pastelillos de almendra.

En la última hora había vuelto a hacer frío; las nubes ensombrecían el sol como lentes borrosas y el cielo se teñía con la osamenta de una penumbra anticipada; una bruma húmeda se mezcló con la brisa; las voces de los últimos niños que corrían sobre la nieve sucia amontonada en la calle sonaban solitarias y desanimadas. Pronto cayó el primer copo. Cuando Mrs. Miller llegó al edificio de piedra, la nieve caía como una cortina y las huellas de las pisadas se desvanecían nada más impresas.

Las rosas blancas quedaron muy decorativas en el florero. Las cerezas escarchadas brillaban en un plato de cerámica. Los pastelillos de almendra, espolvoreados de azúcar, aguardaban una mano. El canario aleteaba en su columpio y picoteaba una barra de alpiste. A las cinco en punto sonó el timbre. Sabía quién era. Recorrió el apartamento arrastrando el dobladillo de su bata.

—¿Eres tú? —preguntó.

—Claro. —La palabra resonó aguda desde el vestíbulo—. Abra la puerta.

—Vete —dijo Mrs. Miller.

—Dése prisa, por favor…, que traigo un paquete pesado.

—Vete.

Regresó a la salita, encendió un cigarrillo, se sentó y escuchó el timbre con toda calma: una y otra y otra vez.

—Más vale que te vayas, no tengo la menor intención de dejarte entrar.

Al poco rato el timbre dejó de sonar. Mrs. Miller permaneció inmóvil unos diez minutos. Luego, al no oír sonido alguno, pensó que Miriam se habría ido. Caminó de puntillas; abrió un poquito la puerta. Miriam estaba apoyada en una caja de cartón, acunando una bonita muñeca francesa entre sus brazos.

—Creí que ya no vendría —dijo de mal humor—. Tome, ayúdeme a meter esto, pesa muchísimo.

Más que a una fascinación sucumbió a una curiosa pasividad. Entró la caja y Miriam la muñeca. Miriam se arrellanó en el sofá; no se molestó en quitarse el abrigo ni la boina; miró distraídamente a Mrs. Miller, quien dejó caer la caja y se detuvo, vacilante, tratando de recuperar el aliento.

—Gracias —dijo Miriam. A la luz del día parecía agotada y afligida; su pelo, menos luminoso. La muñeca a la que hacía mimos tenía una exquisita peluca empolvada, sus estúpidos ojos de cristal buscaban consuelo en los de Miriam—. Tengo una sorpresa —continuó—. Busque en la caja.

Mrs. Miller se arrodilló, destapó el paquete y sacó otra muñeca, luego un vestido azul, seguramente el que Miriam llevaba aquella primera noche en el cine; sobre el resto dijo:

—Sólo hay ropa, ¿por qué?

—Porque he venido a vivir con usted —dijo Miriam, doblando el rabillo de una cereza—. ¡Qué amable, me ha comprado cerezas!

—¡Eso no puede ser! Vete, por el amor de Dios, ¡vete y déjame en paz!

—¿… y las rosas y los pastelillos de almendra? ¡Qué generosa, de verdad!

¿Sabe? Las cerezas están deliciosas. El último lugar donde viví era la casa de un viejo tremendamente pobre; jamás teníamos cosas buenas de comer. Creo que aquí seré feliz. —Hizo una pausa para estrechar a su muñeca—. Bueno, dígame dónde puedo poner mis cosas…

La cara de Mrs. Miller se disolvió en una máscara de arrugas rojizas; empezó a llorar: un llanto artificial, sin lágrimas, como si, no habiendo llorado en mucho tiempo, hubiera olvidado cómo se hacía. Retrocedió cautelosamente. Siguiendo el contorno de la pared hasta sentir la puerta.

Atravesó el vestíbulo y corrió escaleras abajo hasta un descansillo. Golpeó frenéticamente la puerta del primer apartamento a su alcance. Le abrió un pelirrojo de baja estatura. Entró haciéndolo a un lado.

—Oiga, ¿qué coño es esto?

—¿Pasa algo, amor? —Una mujer joven salió de la cocina, secándose las manos. Mrs. Miller se dirigió a ella:

—Escúchenme —gritó—, me avergüenza comportarme de este modo, pero…, bueno, soy Mrs. Miller y vivo arriba y… —Se cubrió la cara con las manos—.

Resulta tan absurdo… La mujer la condujo a una silla mientras el hombre, nervioso, revolvía las monedas en su bolsillo.

—¿Y bien?

—Vivo arriba. Una niña ha venido a verme, creo que le tengo miedo. No quiere irse y yo no puedo…, va a hacer algo horrible. Ya me ha robado un camafeo, pero está a punto de hacer algo peor, ¡algo horrible!

—¿Es pariente suya? —preguntó el hombre.

Mrs. Miller negó con la cabeza:

—No sé quién es. Se llama Miriam, pero en realidad no la conozco.

—Tiene que calmarse, guapa —le dijo la mujer, dándole golpecitos en el brazo—. Harry se encargará de la niña. Date prisa, amor.

Ella dijo:

—La puerta está abierta: es el 5 A.

El hombre salió, la mujer trajo una toalla y le humedeció la cara.

—Es usted muy amable —dijo—. Lamento comportarme como una tonta, pero esa niña perversa…

—Claro, guapa —la consoló la mujer—. Más vale tomárselo con calma.

Mrs. Miller apoyó la cabeza en la curva de su brazo; estaba tan quieta que parecía dormida. La mujer puso la radio: un piano y una voz rasposa llenaron el silencio. La mujer zapateó con excelente ritmo:

—Tal vez deberíamos subir nosotras también —dijo.

—No quiero volver a verla. No quiero ir a ningún sitio del que ella pueda estar cerca.

—Vamos, vamos, ¿sabe qué debería haber hecho? Llamar a la policía.

Precisamente entonces oyeron al hombre en las escaleras. Entró a zancadas, rascándose la nuca con el ceño fruncido.

—Ahí no hay nadie —dijo, sinceramente embarazado—. Debe haberse largado.

—Eres un imbécil, Harry —exclamó la mujer—. Hemos estado aquí todo el tiempo y habríamos visto… —Se detuvo de golpe; la mirada del hombre era penetrante.

—He buscado por todas partes —dijo—, y la verdad es que no hay nadie. Nadie. ¿Entendido?

—Dígame —Mrs. Miller se incorporó—, dígame, ¿ha visto una caja grande?, ¿o una muñeca?

—No. No, señora.

La mujer, como si pronunciara un veredicto, dijo:

—Bueno, para haber pegado ese alarido…

Mrs. Miller entró despacito en su apartamento y se detuvo en medio de la salita. No, en cierto modo no había cambiado: las rosas, los pastelillos y las cerezas estaban en su sitio. Pero era una habitación vacía, más vacía que un espacio sin muebles ni familiares, inerte e inanimado como un salón fúnebre. El sofá emergía frente a ella con una extrañeza nueva: su vacuidad tenía un significado que hubiera sido menos agudo y terrible de haber estado Miriam allí hecha un ovillo. Fijó la mirada en el lugar donde recordaba haber dejado la caja. Por un momento, el taburete giró angustiosamente. Se asomó a la ventana; no había duda: el río era
real, la nieve caía. Pero a fin de cuentas uno nunca podía ser testigo infalible: Miriam, allí de un modo tan vivo, y, sin embargo, ¿dónde estaba? ¿Dónde, dónde? Como en sueños, se hundió en una silla. El cuarto perdía sus contornos; estaba oscuro y no había manera de impedir que se hiciera más oscuro; no podía alzar la mano para encender una lámpara.

Cerró los ojos y sintió un impulso ascendente, como un buzo que emergiera de profundidades más oscuras, más verdes. En momentos de terror o de enorme tensión sobrevienen instantes de espera; la mente aguarda una revelación mientras la calma teje su madeja sobre el pensamiento; es como un sueño, o como un trance sobrenatural, un remanso en el que se atiende a la fuerza del razonamiento
tranquilo: bueno, ¿y qué si no había conocido nunca a una niña llamada Miriam? ¿Se había asustado como una estúpida en la calle? A fin de cuentas, igual que todo lo demás, eso tampoco importaba. Miriam la había despojado de su identidad, pero ahora recobraba a la persona que vivía en ese cuarto, que se hacía su propia comida, que tenía un canario, alguien en quien creer y confiar: Mrs. H. T. Miller.

En medio de esa sensación de contento, se percató de un doble sonido: el cajón del buró que se abría y se cerraba. Le parecía estar escuchándolo con mucho retraso: abrirse, cerrarse. Luego, a este ruido áspero le siguió un susurro tenue, delicado; el vestido de seda se aproximaba más y más, se volvía tan intenso que hasta las paredes vibraban. El cuarto cedía bajo una ola de murmullos. Mrs.
Miller se puso rígida, y abrió los ojos ante una mirada hueca y fija:

—Hola —dijo Miriam.

Truman Capote (foto) ((Traducción de Juan Villoro)

‘Elogio al plato de arroz con huevo’ de Domínguez

Oscar-Dominguez-GiraldoEs plato de soltero, de separado, de echado de la casa, de vago, de bien y de mal casado, de ocupado, de enemigo personal de la comida de muchos trinchetes, de facilista, de sujeto escaso de equipaje en materia gastronómica. De perezoso, de informal, de cómodo, de no me jodan con comidas fusión. Porque el matrimonio de arroz con huevo es el mejor casado de cereal con proteína, un nutriente perfecto.

Me gusta porque se puede “maridar” con vino, chocolate, café, agua; porque se deja acompañar de arepa o pan, y se le puede vaciar un frasco de salsa de tomate y sabe mejor. Porque se puede comer con cuchara o tenedor, porque la yema del huevo que queda esparcida en el plato se puede recoger con la arepa (ojalá con el pan); mejor todavía, con el dedo.

Porque no tenés que ponerte a lavar harta loza, porque quita el hambre, no engorda, no enflaquece, porque el arroz es del carajo, así sea solo, frío o caliente. Porque la exigente fauna de los dietistas no tiene nada contra el arroz con huevo. Porque se puede comer frito, “arroz a caballo”, o revuelto con el huevo, porque es el plato colombiano más popular.

Porque nadie le ha hecho un poema, porque se puede mezclar: una vez comés arroz con huevo, otra vez huevo con arroz; porque pueden ser dos los huevos.

Porque estéticamente esa mezcla se ve bien sobre el plato, porque está listo en par patadas, porque es barato (hasta Bill Gates lo puede comer), porque uno lo aprende a preparar sin haber ido a la universidad. Es plato de analfabetas culinarios. También el Papa lo puede preparar en la claustrofobia de su celibato.

Me gusta porque la gente se nos burla en la cara cuando confesamos que nos gusta ese plato, porque sin arroz no hay paraíso. Porque no enferma, antes te alivia de alguna maluquera. Porque cuando estamos enfermos o de mal comer, allí está la solución, porque es un plato que no lo inventó nadie: lo inventamos cada vez que lo preparamos. Porque nunca sabe igual.

Porque no lo deja a uno lleno, ni lo pone directo. Porque sabe igual de sabroso a cualquier hora del día, pero sobre todo en la noche, pues nos vamos a roncar sin hambre y con el buche ligero.

Óscar Domínguez (foto)

‘Carta a un joven escritor’ de Arturo Pérez-Reverte

arturo-perez-revertePues sí, joven colega. Chico o chica. Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas.

Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. No te doy nombres, pero basta con que mires alrededor, tanta joven promesa de hace unos años convertida en triste presente. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso. No fue el mío, desde luego, ni es el de casi nadie.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace y no te encuentra trabajando. Y recuerda un principio básico: un buen escritor, si tiene talento, tenga éxito o no lo tenga, es aquél que se muestra a sí mismo en su obra. Un mal escritor es el que muestra a todos aquellos escritores que le gustaría ser, y no puede.

Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas. Leer te mantiene afiladas las herramientas, lúcida la mirada, fértil la mente. Y a tu edad es más que una necesidad básica; es un requisito. Durante toda su vida, hasta el final, un escritor necesita a sus maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas, por supuesto, tiene excusa para ignorar.

Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa-  y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 500 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio.

Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.

La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía.

Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.

Y sobre todo, recuerda cuál es la clave maestra de todo: un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Lo demás son cuentos chinos. Si no tienes nada que contar o si no sabes cómo hacerlo, dedícate a otra cosa. Te ahorrarás perder el tiempo y hacérnoslo perder a los lectores. Al fin y al cabo, escribir no es obligatorio. Nadie te fuerza a ello.

Suerte, amigo mío. Tanta como merezcas. Y te mando un abrazo.

Arturo Pérez-Reverte (foto)

‘Mucho, mucho tiempo’ de R. A. Lafferty

R._A._LaffertyNo termina con uno… comienza con un gemido.

Un amanecer que es una línea divisoria… Incandescencia para la que todas las luces posteriores son como velas… Calor para el que el calor de todos los soles posteriores no es más que una cerilla quemada. Las Polaridades que crean la tensión para siempre.

Y en el medio de todo hubo un gemido, la primera sacudida que indicaba que el tiempo había empezado.

Los dos Desafíos eran más altos que el radio del espacio que estaba naciendo, y una débil criatura, Boshel, se encontraba en medio, demasiado acobardada como para aceptar ningún desafío.

-¡Eh! ¿Hasta cuándo vais a estar fuera? -gruñó Boshel.

El Acontecimiento Creativo era la Revuelta, que partió el Vacío en dos. Las dos partes se formaron oponiendo Naciones de Luz dividida sobre el escarpado abismo. Dos Campeones estaban frente a frente, con una amargura que nunca ha pasado: Michael, envuelto en fuego blanco…, y Helel, hinchado con un resplandor negro y púrpura. Y sus seguidores con ellos. Esto se ha alegorizado como Aceptación y Rechazo, y como Dios y Diablo; pero al principio hubo la Polaridad con la que se sostiene el Universo.

Entre ellos, como un pigmeo, se encontraba Boshel, solo, lleno de una duda gimiente.

-Si vas a venir con nosotros, saca el metal primordial -rugió Helel como una crujiente tormenta, mientras se dirigía a sus seguidores, hecho una furia, para formar un nuevo núcleo.

-¡Eh, vosotros! ¿Vais a volver antes de la noche? -musitó Boshel.

-¡Oh! ¡Vete al infierno! -rugió Michael.

-Cuidado con ese pequeño juramento -observó Helel-. Todavía no hay fuego suficiente para incendiar un edificio.

Las dos grandes multitudes se separaron, y Boshel se quedó solo en el vacío. Aún estaba allí cuando se produjo una segunda y pequeña sacudida y el tiempo comenzó de veras, reventando la vaina y convirtiéndola en un chorro de chispas que viajaron y crecieron. El seguía estando allí cuando las chispas adquirieron forma y movimiento; y continuó estando allí cuando la vida comenzó a aparecer en las pequeñas manchas de hollín desprendidas de las chispas. Permaneció allí durante mucho, mucho tiempo.

-¿Qué vamos a hacer con esa pequeña sabandija? -le preguntó un subordinado a Michael-. No podemos dejarle ahí, ensuciando el paisaje para siempre.

-Iré a preguntarlo -dijo Michael.

Y así lo hizo. Pero a Michael se le dijo que la responsabilidad era suya; que Boshel tendría que ser castigado por su indecisión; y que dependía de Michael seleccionar el castigo adecuado y comprobar que éste se llevara a cabo.

-¿Sabes que hizo tartamudear el tiempo al principio? -le dijo Michael al subordinado-. Colocó un elemento de azar que lo afectó todo. Por eso tiene que tratarse de un castigo que tenga algo que ver con el tiempo.

-¿Tienes alguna idea? -preguntó el subordinado.

-Ya pensaré en algo -dijo Michael.

Bastante después de aquello, Michael estaba hojeando un libro una tarde, en una biblioteca de Los Ángeles.

-Aquí dice -entonó Michael- que si seis monos fueran colocados ante seis máquinas de escribir y mecanografiaran durante un espacio de tiempo suficiente, mecanografiarían con exactitud todas las palabras de Shakespeare. El tiempo es algo de lo que disponemos a montones. Intentémoslo, Kitabel, y veamos cuánto tiempo tarda.

-¿Qué es un mono, Michael?

-No lo sé.

-¿Qué es una máquina de escribir?

-No lo sé.

-¿Qué es Shakespeare, Mike?

-Todo el mundo puede hacer preguntas, Kitabel. Reúne todas esas cosas y empecemos de una vez con el proyecto.

-Parece que va a tratarse de un proyecto muy largo. ¿Quién lo supervisará?

-Boshel. Es natural que sea él. Le enseñará a ser paciente y a tener sentido del orden, e imprimirá sobre él la majestuosidad del tiempo. Es exactamente la clase de castigo que he estado buscando.

Reunieron las cosas y se volvieron hacia Boshel.

-En cuanto el proyecto esté terminado, Bosh, habrá pasado tu período de espera. Entonces te podrás unir al grupo y disfrutar con el resto de nosotros.

-Bueno, eso es mejor que permanecer aquí, sin hacer nada -observó Boshel-. El asunto podría ir más rápido si pudiera educar a los monos y hacer que lo copiaran todo.
-No, el mecanografiado tiene que hacerse al azar, Bosh. Fuiste tú quien introdujiste el factor azar en el universo. Así es que, ahora, sufre las consecuencias.

-¿Tiene que corresponder la copia con alguna edición en particular?

-Con la edición “Blackstone Readers” de 1937. Y estos volúmenes que tengo aquí servirán perfectamente -contestó Michael-. He tenido una charla con los monos y están dispuestos a aplicarse a la tarea. Me ha costado ochenta mil años conseguir que pudieran hablar, pero eso no representa nada cuando hablamos de tiempo.

-¡Vaya! ¿Acaso hablamos alguna vez de tiempo? -protestó Boshel.

-He hecho un trato con los monos. Serán inmunes a la fatiga y al aburrimiento. Pero a ti no puedo prometerte lo mismo.

-Bueno, Michael, como esto puede durar bastante, me pregunto si no podría tener alguna especie de reloj para ir comprobando qué tal de rápidas van saliendo las cosas.
Así es que Michael le hizo un reloj. Era un cubo de piedra de un parsec de arista.

-No tienes que darle cuerda, Bosh. No tienes que hacerle nada -le explicó Michael-. Un pequeño pájaro llegará cada milenio y afilará su pico en esta piedra. Podrás contar el paso del tiempo por la disminución de la piedra. Es un buen reloj, y sólo tiene una parte móvil, que es el pájaro. No te garantizo que hayas podido terminar todo el proyecto cuando haya desaparecido la piedra, pero al menos podrás saber el tiempo que ha pasado.

-Es mejor que nada -dijo Boshel-, pero esto va a ser una pesadez. Creo que ese concepto del tiempo es algo medieval.

-Así soy yo -dijo Michael-. Sin embargo, te diré lo que puedo hacer, Bosh. Te puedo encadenar a esa piedra y hacer que otro gran pájaro se lance sobre ti en picado y te arranque trozos de hígado. Eso mismo estaba escrito en otro libro, en aquella biblioteca.
-Me haces morir de risa, Mike. No será necesario. Pasaré el rato de algún modo.

Boshel hizo que los monos se pusieran a trabajar. Estaban condicionados para pulsar las teclas de las máquinas de escribir al azar. Al cabo de un corto período de tiempo (según cuentan el tiempo las Grandes Criaturas), los monos ya habían producido palabras enteras de Shakespeare: “Permitir” (let), que se encuentra en la escena dos del primer acto de Ricardo III; “Ir” (go), que está en la escena dos del acto segundo de Julio César; y “Ser” (be), que aparece en la primera escena y acto de La tempestad. Boshel se sentía muy animado.

Al cabo de algún tiempo, uno de los monos produjo dos palabras de Shakespeare, una detrás de la otra. Para entonces, el mundo hogar de Shakespeare (que era también el mundo donde se encontraba aquella biblioteca de Los Ángeles donde naciera tan gran idea) ya había desaparecido desde hacía tiempo.

Al cabo de otro tiempo, los monos habían llegado ya a escribir frases enteras. Para entonces, ya había transcurrido bastante tiempo.

El problema con aquel pequeño pájaro era que su pico no parecía necesitar estar muy afilado cuando llegaba una vez cada mil años, Boshel descubrió que Michael le había jugado una mala pasada de serafín y había estado alimentando al pájaro con natillas blandas. El pájaro daba dos o tres ligeros picotazos a la piedra, y después se marchaba para no volver hasta al cabo de otros mil años. Sin embargo, al cabo de no más de mil visitas, ya se notaba un inconfundible arañazo en la piedra. Era una señal esperanzadora.

Boshel comenzó a comprender que la cosa se podía hacer. Finalmente, uno de los monos -y no precisamente el más brillante- produjo una frase completa: “¿Qué dices tú, tirano?” Y en ese mismo instante sucedió otra cosa. Fue algo sorprendente para Boshel, pues era la primera vez que lo veía. Pero lo tendría que ver miles de millones de veces antes de terminar.

Una mancha de polvo cósmico, situada en las regiones más alejadas del espacio, se encontró con otra mancha. Esto no tendría que haber sido nada raro; siempre había manchas que se encontraban con otras. Pero este caso fue diferente. Cada mancha -en la dirección opuesta-, había sido la más alejada de todo el cosmos. Ya no podía alejarse más que a aquella distancia. La mancha (un numerosísimo conglomerado de mundos habitados) miró a la otra mancha con ojos e instrumentos y vio sus propios ojos e instrumentos devolviéndole su misma imagen. Lo que veía la mancha era a sí misma. La esfera cósmica tetradimensional había quedado completada. La primera mancha se había encontrado a sí misma, saliendo de la otra dirección, y el espacio quedó transvertido.

Después, todo él se derrumbó. Las estrellas desaparecieron una tras otra y miríada tras miríada. ¡Holocaustos de caída! Todos los orbes oscurecidos cayeron en el vacío, que estaba al fondo. En el vacío no quedó nada, excepto una vaina cerrada y unas cuantas cosas más, fuera de contexto, como Michael y sus asociados, y Boshel y sus monos.

Boshel se sintió incómodo por un momento. Se había acostumbrado al aspecto del universo en expansión. Pero no tenía por qué sentirse incómodo. Todo empezó de nuevo.
Pasaron silenciosamente unos cuantos miles de millones de siglos. Una vez más, la vaina explotó formando un chorro de chispas que viajaron y crecieron. Adquirieron forma y movimiento y la vida volvió a aparecer sobre los abismos arrojados por aquellas chispas.

Y esto ocurrió una y otra vez. Cada ciclo parecía condenadamente largo mientras estaba sucediendo; pero, mirándolo retrospectivamente, los ciclos eran solamente como una luz parpadeante que se encendiera y se apagara. Y, en la Larga Retrospección, eran como un alternador de alta frecuencia, que producía un increíble número de tales ciclos por cada instante y continuaba por eras. Pero Boshel estaba empezando a aburrirse. No había otra palabra con la que poder expresarlo.
Cuando sólo se habían completado unos pocos miles de millones de ciclos cósmicos, había una hendidura tan grande en la piedra-roca, que se podía meter un caballo dentro. El pequeño pájaro ya había hecho innumerables viajes para afilar su pico. Y, para entonces, Pithekos Pete, el más rápido de los monos, ya había escrito por casualidad La tempestad, perfecta y completa. Todos se estrecharon las manos, ángel y monos. Por el momento, era algo positivo.

Pero el momento no duró mucho. Pete, en lugar de seguir mecanografiando furiosamente, al azar, para producir el resto de las obras, escribió su propia versión mejorada de La tempestad. Boshel estaba furioso.

-¡Pero si es mejor, Bosh! -protestó Pete-. Y tengo algunas ideas sobre el arte teatral que realmente lo elevarán.

-¡Claro que es mejor! Pero no queremos nada mejor. Sólo queremos tener lo mismo. ¿Es que no os dais cuenta de que estamos elaborando un problema de probabilidades? ¡Oh, cabezas de chorlito!

-Déjame tener ese maldito libro durante un mes, Bosh, y te copiaré todo lo que hay ahí al pie de la letra, y habremos terminado -sugirió Pithekos Pete.

-¡Las reglas, cabezas vacías, las reglas! -rugió Boshel-. Tenemos que guiarnos por las reglas. Sabéis que eso no está permitido y, además, sería descubierto. Por mucho que me duela decirlo, tengo razones para sospechar que uno de mis propios monos y asociados aquí presentes es un informador. Nunca conseguiríamos hacerlo.
Después de este breve malentendido, las cosas fueron mejor. Los monos se aplicaron a cumplir con su tarea. Y al cabo de un número de ciclos, expresados por nueve seguido de ceros suficientes para extenderse alrededor del universo hasta un período justo anterior a su colapso (el radio y la circunferencia de la esfera final son, evidentemente, lo mismo), quedó preparada por fin la primera versión completa.
Era errónea, desde luego, y tuvo que ser rechazada. Pero había en ella menos de treinta mil errores; eso presagiaba grandes cosas y un triunfo final.

Más tarde (¡pero podía ser aún más tarde!) llegaron a acercarse bastante. Cuando la hendidura de la piedra-reloj podía contener ya un sistema solar de tamaño medio, consiguieron una versión en la que sólo había cinco errores.

-Llegará -dijo Boshel-. Llegará con el tiempo. Y el tiempo es lo único de lo que disponemos en gran cantidad.

Tarde -mucho, mucho más tarde-, pareció que ya disponían de una copia perfecta y, para entonces, el pájaro ya había desgarrado casi la quinta parte de la masa de la gran piedra, todo ello con sus visitas milenarias.

El propio Michael leyó la versión y no pudo encontrar ningún error. Pero no era definitivo, desde luego, porque Michael era un lector impaciente y apresurado. Se necesitaron tres lecturas para verificarlo, pero las esperanzas nunca fueron tan altas. Transcurrió la segunda lectura, llevada a cabo por un ángel mucho más cuidadoso, y que se pronunció diciendo que era una versión perfecta, letra por letra. Pero el lector había terminado su lectura a últimas horas de la noche y podía haber mostrado cierta falta de cuidado al final.

Y pasó la tercera lectura, que comprendió las treinta y siete obras, y todos los poemas al final. Esta última lectura fue realizada por Kitabel, el propio ángel escribiente, que fue nombrado para llevarla a cabo. Estaba a punto de firmar el certificado, cuando se detuvo.

-Hay algo que parece atascado en mi mente -dijo, y sacudió la cabeza para intentar despejarse-. Hay algo como un eco que no está del todo correcto. No quisiera cometer una equivocación.

Había escrito “Kitab…”, pero no había terminado aún la firma.

-No podré dormir esta noche si no pienso en ello -se quejó-. Si había algo, no estaba en las obras de teatro. Sé que estaban perfectas. Debe de tratarse de algo que había en los poemas… algo situado bastante cerca del final…, alguna disonancia. O bien la propia edición original tenía algún fallo, alguna línea escrita mal a propósito, o bien se trata de un error en la transcripción que mi ojo ha pasado por alto, pero que recuerda mi oído. Reconozco que, cuando ya me encontraba hacia el final, me sentía un poco adormilado.

-¡Oh! ¡Por todos los mundos que han sido hechos, firma! -rogó Boshel.

-Si has esperado todo este tiempo, no te morirás por esperar un poco más, Bosh.

-No creas, Kit. Estoy a punto de estallar. Te lo aseguro.

Pero Kitabel volvió a la copia y lo encontró…, era un verso en El Fénix y la Tortuga:

Desde esta sesión queda vedada

Toda ave de ala tirana,

Salvo el águila, pluma soberana:

Mantened esta norma observada.

Eso era lo que decía el libro. Y lo que Pithekos Pete había escrito era casi lo mismo, pero no exactamente lo mismo:

Desde esta sesión queda vedada

Toda ave de ala tiranna,

Salvo el águila, pluma soberanna:

Maldita máquinna, la n está atascada.

Y si no han visto nunca llorar a un ángel, las palabras no podrán describir el espectáculo que dio Boshel.

Esta misma noche siguen mecanografiando, al azar, porque aquella última copia, tan cercana a la victoria, se produjo hace poco menos de un millón de miles de millones de ciclos. Y sólo hace un momento -al principio del presente ciclo-, uno de los monos consiguió escribir de un tirón, y por casualidad, no menos de nueve palabras completas de Shakespeare.

Aún hay esperanza. Y, a estas alturas, el pájaro ya ha socavado aproximadamente la mitad de la masa de la roca.

R.A. Lafferty (foto)