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‘Mujer de pie’ de Yasutaka Tsutsui

Yasutaka TsutsuiMe quedé levantado toda la noche y al fin terminé un cuento de cuarenta páginas. Era una obra trivial, de entretenimiento, incapaz de hacer bien o mal.
“En esta época uno no puede escribir cuentos que hagan bien o mal; es inevitable”, me dije mientras aseguraba el manuscrito con un clip y lo metía en un sobre.
En cuanto a si hay en mí materia prima para escribir cuentos que puedan hacer bien o mal, hago todo lo posible por no pensar en eso. Si me pusiera a pensar en eso, tal vez quisiera intentarlo.
El sol de la mañana me hirió los ojos cuando me puse los zuecos de madera y abandoné la casa con el sobre. Como aún faltaba un tiempo para que llegara el primer camión postal, dirigí mis pasos hacia el parque. Por la mañana no vienen niños a este parque, un simple cuadrado de ochenta metros en medio de un barrio residencial apiñado. Aquí se está tranquilo. Así que siempre incluyo el parque en mi caminata matutina. Hoy día hasta el escaso verde suministrado por diez o doce árboles es invalorable en la megalópolis.
Tendría que haber traído un poco de pan, pensé. Mi perrogajo favorito se alza cerca del banco del parque. Es un perrogajo afectuoso de piel color ante, bastante grande por tratarse de un perro mestizo.
El camión de fertilizante líquido acababa de pasar cuando llegué al parque; el suelo estaba húmedo y había un tenue olor a cloro. El caballero mayor a quien veía a menudo estaba sentado en el banco cercano al perrogajo, alimentando el poste color ante, con lo que parecía carne picada. Por lo común los perrogajos tienen un apetito excelente. Tal vez el fertilizante líquido, absorbido por las raíces bien hundidas en el suelo y que sube a través de las patas, deja algo que desear.
Comen cualquier cosa que uno les dé.
-¿Le trajo algo? Hoy salí apurado. Olvidé traer mi pan -le dije al hombre mayor.
Se volvió hacia mí con ojos amables y una suave sonrisa.
-Ah, ¿a usted también le gusta este muchacho?
-Sí -contesté, sentándome junto a él-. Se parece como una gota de agua a un perro que yo tenía.
El perrogajo alzó hacia mí una mirada de ojos grandes, negros, y meneó la cola.
-En realidad, yo también tenía un perro parecido a este muchacho -dijo el hombre, rascando el pelo del cuello del perrogajo-. Lo convirtieron en perrogajo a los tres años. ¿No lo ha visto? Entre la lencería y la tienda de artículos de cine, sobre la costanera. ¿No vio allí un perrogajo que se parece a este muchacho?
Asentí con un movimiento de cabeza, agregando:
-¿Así que ése era suyo?
-Sí, era nuestro favorito. Se llamaba Hachi. Ahora está vegetalizado por completo. Un hermoso perrárbol.
-Ahora que lo dice, se parece mucho a este muchacho. Tal vez provenían de la misma raza.
-¿Y su perro? -preguntó el hombre mayor-. ¿Dónde está plantado?
-Nuestro perro se llamaba Buff -contesté, sacudiendo la cabeza-. Lo plantaron junto a la entrada del cementerio que está a las afueras de la ciudad. Pobrecito, murió apenas lo plantaron. Los camiones de fertilizante no van por allí con mucha frecuencia, y quedaba tan lejos que yo no podía llevarle de comer todos los días. Tal vez lo plantaron mal. Murió antes de convertirse en árbol.
-¿Lo arrancaron entonces?
-No. Por suerte en esa zona no importa demasiado que huela o no, así que lo dejaron allí y se secó. Ahora es un esquelegajo. Me enteré de que es un material espléndido para las clases de ciencias de la escuela primaria cercana.
-Qué maravilla.
El hombre mayor acarició la cabeza del perrogajo.
-Me pregunto cómo llamaban a este muchacho antes de que se convirtiera en perrogajo.
-Prohibido llamar a un perrogajo por su nombre original -dije-. ¿No es una ley extraña?
El hombre me miró con ojos penetrantes, después contestó con tono casual:
-¿Acaso no se limitaron a extender a los perros las leyes que tenían que ver con las personas? Por eso pierden el nombre cuando se transforman en perrogajos -asintió mientras rascaba la mandíbula del perrogajo-. No sólo los nombres antiguos: uno tampoco puede darles un nombre nuevo. Porque no hay nombres propios para las plantas.
Caramba, por supuesto, pensé.
Miró mi sobre, que tenía las palabras MANUSCRITO ADJUNTO.
-Disculpe -dijo-. ¿Usted es escritor?
Me sentí un poco embarazado.
-Bueno, sí. Hago algunas cositas triviales.
Después de mirarme con atención, el hombre siguió acariciando la cabeza del perrogajo.
-Yo también acostumbraba escribir algo.
Logré reprimir una sonrisa.
-¿Cuántos años hace que dejé de escribir? Parecen muchos.
Miré el perfil del hombre. Ahora que él lo decía, era un rostro que me parecía haber visto antes en alguna parte. Empecé a preguntarle el nombre, vacilé, y me quedé en silencio.
El hombre mayor dijo bruscamente:
-El mundo se ha vuelto difícil para escribir.
Bajé los ojos, avergonzado de mí mismo, que aún seguía escribiendo en semejante mundo.
El hombre se disculpó confundido ante mi repentina depresión.
-Fue grosero de mi parte. No lo estoy criticando a usted. Soy yo quien tendría que sentirse avergonzado.
-No -le dije, después de mirar con rapidez a nuestro alrededor-. No puedo dejar de escribir, porque no tengo el valor necesario. ¡Dejar de escribir! Caramba, después de todo, ese sería un gesto contra la sociedad.
El hombre mayor siguió acariciando al perrogajo. Después de una larga pausa habló:
-Es doloroso dejar de escribir de pronto. Ahora que hemos llegado a esto, creo que me sentiría mejor si hubiese seguido escribiendo temerariamente crítica social, y me hubiesen arrestado. Incluso hay momentos en que creo eso. Pero sólo era un diletante, nunca conocí la pobreza, perseguía sueños de tranquilidad. Deseaba llevar una vida cómoda. Como persona de gran dignidad, no podía soportar verme expuesto a los ojos del mundo, ridiculizado. Así que dejé de escribir. Una historia lamentable.
Sonrió y sacudió la cabeza.
-No, no, no hablemos de eso. Nunca se sabe quién puede estar oyendo, incluso aquí, en la calle.
Cambié de tema.
-¿Vive cerca?
-¿Conoce el salón de belleza de la calle principal? Pase por allí. Me llamo Hiyama -hizo un movimiento de cabeza hacia mí-. Venga a visitarme alguna vez. Estoy casado, pero…
-Muchísimas gracias.
Le di mi nombre.
No recordaba a ningún escritor llamado Hiyama. Sin duda escribía con seudónimo. No tenía intenciones de visitar su casa. Estamos en un mundo en que incluso dos o tres escritores que se reúnen son considerados asamblea ilegal.
-Es hora de que pase el camión postal.
Miré mi reloj pulsera mientras me paraba.
-Temo que es mejor que me vaya -dije.
Volvió hacia mí una triste cara sonriente y se inclinó. Después de acariciar un poco la cabeza del perrogajo. Abandoné el parque.
Desemboqué en la calle principal, pero sólo había una cantidad ridícula de coches que pasaban; los peatones eran pocos. Junto a la acera estaba plantado un gatárbol, de treinta o cuarenta centímetros de altura.
A veces doy con un gatogajo que acaba de ser plantado y aún no se ha convertido en gatárbol. Los gatogajos nuevos me miran la cara y maúllan o gimen, pero aquellos cuyas cuatro patas plantadas en el suelo se han vegetalizado, con los rostros verdosos rígidamente inmóviles y los ojos bien cerrados, sólo mueven las orejas de vez en cuando. Después están los gatogajos a quienes les brotan ramas del cuerpo y puñados de hojas. La mente de estos parece estar vegetalizada por completo: ni siquiera mueven las orejas. Aun cuando pueda distinguirse un rostro de gato, sería mejor llamarlos gatárboles.
Tal vez sea mejor convertir a los perros en perrogajos, pensé. Cuando se les termina la comida, se vuelven malos y hasta atacan a la gente. ¿Pero por qué tienen que convertir a los gatos en gatogajos? ¿Hay demasiados gatos perdidos? ¿Para mejorar la condición alimenticia, aunque sea un poco? O tal vez para reverdecer la ciudad…
Cerca del hospital enorme que se encuentra en la esquina donde se intersectan las autopistas hay dos hombrárboles, y junto a estos árboles un hombregajo. Este hombregajo viste uniforme de cartero, y no se puede distinguir hasta qué punto se le han vegetalizado las piernas, por los pantalones. Tiene treinta y cinco o treinta y seis años, es alto, un poco encorvado de hombros.
Me acerqué a él y le tendí mi sobre, como siempre.
-Por certificado, entrega especial, por favor.
El hombregajo, asintiendo en silencio, aceptó el sobre y sacó estampillas y un formulario de correo certificado de su bolsillo.
Me di vuelta con rapidez después de pagar el franqueo. No había nadie más a la vista. Decidí tratar de hablarle. Siempre le llevo el correo cada tres días, y aún no había tenido oportunidad de hablar con él con cierta calma.
-¿Qué hizo? -le pregunté en voz baja.
El hombregajo me miró sorprendido. Después, una vez que recorrió la zona con los ojos, contestó con expresión amarga:
-Decir cosas innecesarias no me hará ningún bien. Se supone que ni siquiera tengo que contestar.
-Lo sé -dije, mirándolo a los ojos. Cuando vio que no me iba, suspiró hondo.
-Sólo dije que la paga es baja. Lo que es más, me oyó el patrón. Porque la paga de un cartero es realmente baja. -Con expresión sombría, sacudió la mandíbula hacia los dos hombrárboles que estaban juntos a él-. A estos tipos les pasó lo mismo. Sólo por dejar escapar algunas quejas acerca de la paga baja. ¿Los conoce? -me preguntó.
Señalé a uno de los hombrárboles.
-Recuerdo a éste, porque le entregué una gran cantidad de correspondencia. Al otro no lo conozco. Ya era un hombrárbol cuando me mudé aquí.
-Ese era mi amigo -dijo.
-¿El otro no era encargado, o jefe de sección?
Asintió.
-Correcto. Era encargado.
-¿No tiene usted hambre, o frío?
-No se siente demasiado -contestó, aún inexpresivo. Cualquiera que es convertido en hombregajo pronto se vuelve inexpresivo-. Incluso creo que ya me parezco bastante a una planta. No sólo en cómo siento las cosas, sino también en el modo en que pienso. Al principio era triste, pero ahora no importa. Solía tener mucha hambre, pero dicen que la vegetalización se desarrolla más rápido cuando uno no come.
Me miró con ojos opacos. Era probable que esperase convertirse pronto en hombrárbol.
-Dicen que a la gente con ideas radicales les hacen una lobotomía antes de convertirlos en hombregajos, pero tampoco me hicieron eso. No había pasado un mes desde que me plantaron aquí y ya no me sentía furioso.
Le dio un vistazo a mi reloj pulsera.
-Bueno, ahora será mejor que se vaya. Casi es la hora de llegada del camión postal.
-Si -pero aún no podía irme, y vacilé, inquieto.
-Oiga -dijo el hombregajo-. ¿Por casualidad algún conocido suyo fue convertido hace poco en hombregajo?
Herido en lo más hondo, lo miré a la cara por un momento, después asentí lentamente.
-Mi esposa, para ser precisos.
-Aja, su esposa, ¿eh? -Por unos instantes me miró con el mayor interés-. Me preguntaba si no se trataba de algo así. De otro modo nadie se molesta en hablarme. ¿Qué hizo entonces, su esposa?
-Se quejó de que los precios eran altos en una reunión de amas de casa. Si eso hubiera sido todo, perfecto, pero además criticó al gobierno. Estoy empezando a tener éxito como escritor, y creo que la ansiedad de ella por ser la esposa de ese escritor hizo que lo dijera. Una de las mujeres la delató. La plantaron sobre el costado izquierdo del camino mirando desde la estación hacia el ayuntamiento, cerca de la ferretería.
-Ah, en ese lugar -cerró los ojos un poco, como recordando el aspecto de los edificios y los negocios de la zona-. Es una calle bastante tranquila. Mejor así, ¿verdad? -Abrió los ojos y me miró, inquisitivo-. No va a ir a verla, ¿no? Es mejor no verla con mucha frecuencia. Tanto para ella como para usted. Así los dos pueden olvidar más pronto.
-Sí, lo sé.
Dejé caer la cabeza.
-¿Su esposa? -preguntó, con un matiz comprensivo en la voz-. ¿Alguien le ha hecho algo?
-No. Hasta ahora nada. Sólo está allí, de pie, pero aun así…
-Eh -el hombregajo que hacía las veces de buzón alzó la mandíbula para llamarme la atención-. Llegó. El camión postal. Mejor que se vaya.
-Tiene razón.
Di unos pasos tropezantes, como empujado por su voz. Luego me detuve y me di vuelta.
-¿Quiere que haga algo por usted?
Logró arrancar una sonrisa a sus mejillas y sacudió la cabeza.
El camión rojo del correo se detuvo junto a él. Seguí mi camino, más allá del hospital.
Pensé en ir a mi librería favorita y entré en una calle de negocios atestados. Se suponía que mi libro saldría en cualquier momento, pero ese tipo de cosas ya no me hace feliz en lo más mínimo.
Un poco antes de la librería, sobre la misma acera, hay una pequeña heladería barata, y a la orilla de la calle, frente a ella, se encuentra un hombregajo a punto de convertirse en hombrárbol. Es un varón joven, al que plantaron hace ya un año. El rostro ha adquirido un tinte marrón matizado de verde, y tiene los ojos cerrados con fuerza. Con la larga espalda un poco doblada, está levemente inclinado hacia adelante. Las piernas, el torso y los brazos, visibles a través de las ropas reducidas a harapos por la exposición al viento y la lluvia, ya están vegetalizados, y aquí y allá brotan ramas. Se ven hojas tiernas en los extremos de los brazos, alzados por encima de los hombros como alas batientes. El cuerpo, que se ha convertido en árbol, e incluso el rostro, ya no se mueve en absoluto. El corazón se ha hundido en el tranquilo mundo de las plantas.
Imaginé el día en que mi esposa llegaría a ese estado, y una vez más se me retorció el corazón de dolor, tratando de olvidar. Era la angustia de tratar de olvidar.
Si en la esquina de esta heladería doblo y sigo derecho, pensé, puedo ir hasta donde está mi esposa, de pie, puedo encontrarme con mi esposa. Puedo ver a mi esposa. Pero no es conveniente ir, me dije. No hay modo de saber quién podría verte; si la mujer que la delató te interrogara, te verías realmente en problemas. Me detuve ante la heladería y me asomé calle abajo. El movimiento de peatones era el de siempre. Perfecto. Cualquiera lo pasará por alto si sólo te detienes y hablas un poco. Si sólo intercambias una o dos palabras. Desafiando a mi propia voz que gritaba “¡No vayas!” avancé vivamente por la calle.
Con el rostro pálido, mi esposa estaba de pie al borde de la acera, frente a la ferretería. Sus piernas no habían cambiado, y sólo daba la impresión de que los pies se hubieran enterrado en el suelo hasta los tobillos. Inexpresiva, como esforzándose por no ver nada, por no sentir nada, miraba fijamente hacia adelante. Comparadas con cómo se las veía dos días antes, sus mejillas parecían un poco huecas. Dos obreros que pasaban la señalaron, hicieron una broma vulgar, y siguieron su camino, con risotadas estruendosas. Me acerqué a ella y alcé la voz.
-¡Michiko! -le grité al oído.
Mi esposa me miró, y la sangre le invadió las mejillas. Se pasó una mano por el cabello enredado.
-¿Viniste otra vez? No tendrías que hacerlo, en serio.
La empleada de la ferretería, que vigilaba el negocio, me vio. Con aire de fingida indiferencia, apartó los ojos y se retiró al fondo del local. Lleno de gratitud por su consideración, me acerqué unos pasos más a Michiko y la enfrenté.
-¿Te vas acostumbrando?
Reunió todas para lograr una sonrisa en el rostro endurecido.
-Mmmm. Estoy acostumbrada.
-Anoche llovió un poco.
Mirándome aún con ojos amplios, oscuros, asintió levemente.
-Por favor no te preocupes. Apenas si siento algo.
-Cuando pienso en ti no puedo dormir -dejé caer la cabeza-. Siempre estás de pie, afuera. Cuando pienso en eso, me resulta imposible dormir. Anoche hasta pensé en traerte un paraguas.
-Por favor, no hagas nada de eso -mi esposa frunció apenas el entrecejo-. Sería terrible que hicieras algo así.
Un camión grande pasó detrás de mí. El polvo blanco cubrió el cabello y los hombros de mi esposa con un tenue velo, pero a ella no pareció molestarle.
-En realidad estar de pie no es tan desagradable -habló con deliberada despreocupación, esforzándose por impedir que yo me preocupara.
Percibí un cambio sutil en las expresiones y el modo de hablar de mi esposa respecto a dos días antes. Parecía como si sus palabras hubiesen perdido algo de delicadeza, y como si el alcance de sus emociones se hubiese empobrecido hasta cierto punto. Observarla así, desde afuera, ver como se vuelve poco a poco inexpresiva, es aún más desolador por haberla conocido como era antes: las respuestas agudas, su alegre vivacidad, las expresiones ricas, plenas.
-Esa gente -le pregunté, señalando con los ojos hacia la ferretería-, ¿se portan bien contigo?
-Bueno, sí. Tienen buen corazón. Sólo una vez me dijeron que les pidiera cualquier cosa que necesitara. Pero aún no han hecho nada por mí.
-¿No tienes hambre?
Sacudió la cabeza.
-Es mejor no comer.
Eso es. Incapaz de soportar ser una mujergajo, esperaba convertirse en mujerárbol aunque fuera un solo día antes.
-Así que por favor no me traigas nada de comer. -Clavó los ojos en mí-. Por favor olvídame. Estoy segura de que incluso sin hacer ningún esfuerzo en especial, voy a olvidarte. Me alegra que hayas venido a verme, pero después la tristeza dura mucho más. Para los dos.
-Tienes razón, desde luego, pero… -Despreciando a ese ser que no podía hacer nada por su propia esposa, dejé caer otra vez la cabeza-. Pero no te olvidaré -hice un movimiento afirmativo con la cabeza. Llegaron las lágrimas-. No olvidaré. Nunca.
Cuando alcé la cabeza y la miré otra vez, ella tenía clavados en mí ojos que habían perdido algo de su brillo, con todo el rostro resplandeciendo en una sonrisa tenue como una imagen tallada de Buda. Era la primera vez que la veía sonreír así.
Sentí que estaba teniendo una pesadilla. No, me dijo, ésta ya no es tu esposa.
El traje que llevaba puesto cuando la arrestaron se había ensuciado y arrugado terriblemente. Pero como es lógico no me permitirían llevarle ropa para cambiarse. Mis ojos captaron una mancha oscura que tenía en la falda.
-¿Eso es sangre? ¿Qué pasó?
-Oh, esto -habló temblorosa, bajando los ojos hacia la falda, confundida-. Anoche dos borrachos me hicieron una broma.
-¡Bastardos! -sentí una rabia feroz ante la inhumanidad de los borrachos. Si la hubiera expresado ante ellos, habrían dicho que, dado que mi esposa ya no era humana, no importaba lo que ellos hicieran.
-¡No pueden hacer ese tipo de cosa! ¡Es contra la ley!
-Es cierto. Pero no puedo reclamar.
Y como es lógico yo tampoco podía ir a la policía y reclamar. Me considerarían aún más una persona problemática.
-Te verán -dijo mi esposa con ansiedad-. Te lo ruego, no te entregues.
-No te preocupes -le sonreí, autodespreciándome-. Me falta valor para eso.
-¡Bastardos! Qué es lo que… -me mordí el labio. El corazón me dolía casi hasta romperse-. ¿Sangró mucho?
-Mmmm, un poco.
-¿Duele?
-Ya no duele.
Michiko, que había sido antes tan orgullosa, ahora sólo dejaba ver un poco de tristeza en la cara. La forma en que había cambiado me sacudió. Un grupo de muchachos y muchachas, que nos compararon penetrantemente a mí y a mi esposa, pasaron detrás de mí.
-Ahora debes irte.
-Cuando seas una mujerárbol -dije al separarnos-, pediré que te trasplanten a nuestro jardín.
-¿Puedes conseguirlo?
-Tendría que ser capaz de conseguirlo -asentí con energía-. Tendría que ser capaz.
-Me gustaría mucho que lo lograras -dijo mi esposa, inexpresivamente.
-Bueno, hasta la próxima.
-Me sentiría mejor si no regresaras -dijo ella en un murmullo, con los ojos bajos.
-Lo sé. Esa es mi intención. Pero es probable que venga, de todos modos.
Nos quedamos unos minutos en silencio.
Después mi esposa habló bruscamente.
-Adiós.
-Ummm.
Empecé a caminar.
Cuando miré hacia atrás al llegar a la esquina, Michiko me seguía con la mirada, aun sonriendo como un Buda tallado.
Con un corazón que parecía a punto de partirse en dos, caminé. De pronto advertí que había llegado frente a la estación. Sin querer, había regresado a mi trayecto de costumbre.
Frente a la estación hay una pequeña cafetería a la que siempre voy, llamada Punch. Entré y me senté en un reservado de un rincón. Pedí café, lo tomé amargo. Hasta entonces siempre lo había bebido con azúcar. El sabor áspero del café sin azúcar, sin crema, me atravesó el cuerpo, y lo saboreé con masoquismo. De ahora en adelante lo beberé siempre amargo. Eso fue lo que resolví.
En el apartado vecino tres estudiantes hablaban sobre un crítico que acababan de arrestar y a quien habían convertido en un hombregajo.
-Oí que lo plantaron en plena avenida Ginza.
-Le gustaba el campo. Siempre vivió en el campo. Por eso lo ubicaron en un lugar como ése.
-Parece que le hicieron una lobotomía.
-Y los estudiantes que trataron de recurrir a la fuerza en la Asamblea, protestando por el arresto… los arrestaron a todos y también los convertirán en hombregajos.
-¿No eran casi treinta? ¿Dónde los plantarán a todos?
-Dicen que los plantarán frente a su propia universidad, a ambos lados de una calle llamada Camino de los Estudiantes.
-Ahora tendrán que cambiarle el nombre. Ponerle Avenida de la Violencia, o algo así.
Los tres dejaron escapar risitas.
-Eh, no hablemos más de eso. Puede oírnos alguien.
Se callaron los tres.
Cuando abandoné la cafetería y enfilé hacia casa, me di cuenta de que ya empezaba a sentirme yo mismo como un hombregajo. Canturreando para mis adentros las palabras de una canción popular, seguí mi camino.
Soy un hombregajo al costado del camino. Tú también eres una mujergajo. Qué diablos importa, nosotros dos, en este mundo. Hierbas secas que nunca florecen.
Yasutaka Tsutsui (foto)

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De las mentirosas encuestas políticas

encuestasLas encuestas, de las que tanto alarde hacen los noticieros de radio y televisión, y la prensa escrita, tienen encima un enorme signo de interrogación. Las firmas encuestadoras se volvieron, curiosa o dudosamente, ‘líderes de opinión’. En este sentido, conducen a la opinión pública. Salen y dicen que, para estos tiempos preelectorales, tal o cual candidato va encabezando el listado de preferencias ‘de la gente’. Dan puntuaciones, como para que nadie dude. Y, poco a poco, posicionan a ‘su’ candidato. En el caso actual, ‘su’ candidato es Sebastián Piñera.

Previamente, han manipulado el puntaje de sus competidores: primero era, el más ‘peligroso’, Alejandro Guiller. Después pusieron a Beatriz Sánchez a competir en segunda vuelta con Piñera. Después borraron a Carolina Goic y pusieron por encima a Marco Enríquez-Ominami (M-EO). Unos días más tarde surgió José Antonio Kast y también lo pusieron por encima de Carolina Goic. Una semana después Alejandro Guiller sobrepasó a Beatriz Sánchez, Carolina Goic a José Antonio Kast, Kast a M-EO.

Todo, en concordancia con ciertos hechos: la recolección de firmas de los candidatos, el debate por la radio, etcétera.

Jugaron las encuestas, todo el tiempo, con ‘los segundos’, pero posicionaron desde el primer momento a Sebastián Piñera, el de ellos. Las encuestas del Centro de Estudios Públicos (CEP) son del grupo Matte; el mismo de la colusión del papel higiénico. Pero, curiosamente, todo el mundo las califica como ‘las más serias’; obvio, porque ellos mismos han hecho marketing para ser vistos como ‘los más serios’, cuando son igualmente manipuladores y mentirosos.

Con las encuestas Adimark ocurre otro tanto. En realidad, las empresas encuestadoras sirven para sondeos de prueba de productos industriales, y cosas así. En estos casos, son silenciosas, no se propalan, ¿para qué?

Las peligrosamente tendenciosas son las ‘encuestas políticas’. Que siembran ideas en la mente de las personas, en la dirección que los encuestadores, o, más exactamente, sus dueños o manipuladores, quieran. Y ahí está el veneno.

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

El cuento y el oficio de escribir

untitledHay una enormidad de conceptos sobre el oficio de escribir. Van los siguientes de escritores que han sabido destacarse en el exigente género del cuento. Son archiconocidas las palabras de Julio Cortázar del cuento como un round que se gana por nocaut, mientras la novela por puntos. También graficó el cuento como una esfera, y anotó que “el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica”.

Juan Rulfo, ese genio mexicano de ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’, en sus muy escasas declaraciones dijo del oficio de escritor: “Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. (…) Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta”.

No hay necesidad de introducir al enorme Jorge Luis Borges. Baste reproducir su percepción del oficio: “Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. (…) Es necesario que el escritor que escribe una fábula ‘por fantástica que sea’ crea, por el momento, en la realidad de la fábula”.

Por último, el premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez, tiene sobre el oficio de escribir una bien clara concepción: “Si uno quiere ser escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ese sabía lo que decía. Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes”.

‘Mala puntería’ de Rodolfo Calderón Vivar

rodolfo-calderon-vivarEl día está soleado y calienta, a las diez de la mañana, los corredores de la Alameda de Santa Rosa. Junto a la estación de tren se divisa la tienda de campaña polvorienta en donde los hombres del quinto regimiento de caballería se acomiden a poner orden en la larga hilera de indios con calzón de manta que aguardan un lugar en las listas para irse de soldados. Un capitán de figura malhecha, con cara prieta y panza rebosante, ordena a gritos que nadie altere la fila, que respeten el orden, que no sean hijos de la chingada.

El paso de Anastacio es cansino. Joaquín, el muchacho, lo espera en lo alto de los rieles. Susurran los eucaliptos del parque y las risas de los sardos acompasan la rutinaria quietud de un pueblo yerto. Acaso una mujer, cubierta con un rebozo gris, se asoma por la puerta de uno de los vagones del tren, agarrada de los tubos oxidados de la barandilla que resguarda la escalinata de metal. Otras mujeres están adentro del vagón. Son las soldaderas. Ellas ya están listas desde muy temprano. Sus manos ajadas y prestas repartieron el desayuno preparado en fogones calientacomales que armaron en los bordes de la Alameda. Son las que primero se suben al tren con sus hijos, junto con comales, trasterío de cocina y trapos amarrados en cajas maltrechas. Ellas son siempre la retaguardia, las que primero suben al tren, pero las últimas en esperar, al pie de los vagones, el retorno de sus maridos después de una batalla. Las que logran ver de nuevo a su marido, se desprenden de la fila, corriendo, para alcanzarlo. Las que ya no ven a su hombre, o alguien les avisa que su viejo se quedó allá en el campo de batalla, se derrumban, de rodillas, un rato, emitiendo un quejido lastimero que cala el aire.

Todo el convoy de fierro está a la espera de que los nuevos miembros del regimiento suban con los otros soldados, en el techo del tren, mientras los caballos se apretujan dentro de los vagones.

-Tu nombre, hijo’e puta -dice el capitán regordete.

-Joaquín Mendoza -contesta el muchacho. Atrás de él, su viejo padre apretuja el sombrero de palma y ve el desparpajo del militar que se rasca un cachete mal rasurado. Tiene ojos de temazate, piensa el viejo. El lenguaje brusco del gordo no le incomoda porque éste tiene una sonrisa tolerante. Atrás de una mesa de pino, otro soldado aguarda para escribir o no el nombre del nuevo alistado. Pocos son rechazados. No hay de otra. El general Guadalupe Sánchez tiene que llevar muchos hombres a México para justificar el por qué es la mera ley en el estado de Veracruz. No importa que muchos de los nuevos no sepan montar, ya aprenderán en los primeros corrales de las garitas de la capital, donde van a acampar al otro día.

-Tás muy joven, mijo. Pero ya qué. ¿Qué edad tienes, cabrón?

-Catorce años. Pero se hacer de todo. Trabajé en los telares -le contesta, sin mencionar que trabajó ahí hasta que descubrieron que se robaba unas camisas, ocultadas bajo su chaqueta, para su mala suerte. Ni mencionó que le habían dado 30 días encierro, de ida y vuelta, en la cárcel del pueblo. Estaba desempleado, con necesidad de conseguir dinero para seguir viviendo junto con su padre. Alguien le dijo que los de la leva pagaban con oro. A cambio, tenía que irse a la revolución.

-Voy tú, voy tú. Aquí no hacemos telas para señoritas. Pero si te apuras, ya estarás destripando villistas. ¡Apúntalo, Gatica!  Luego, muchachito, vete al cabuz del tren. Ahí te van a dar uniforme y cachucha… ¡El que sigue!

Su nombre queda registrado en la lista. Voltea entonces a ver a su padre, quien con su rostro viejo, casi sin arrugas, no podía ocultar, cierta desazón. Se ve pequeño y contrasta con los muchachos de la fila.

-¿Y tú qué, viejo? -espeta el capitán mofletudo.

-Yo también quiero irme con ustedes -Anastacio Mendoza  tiene casi ochenta años, es un indio de la sierra  oaxaqueña, que dos años antes bajó con su parentela, diez hijos y sin mujer, para encontrar trabajo en Santa Rosa, donde la fábrica de telas, engullía y vomitaban diariamente a cientos de obreros, en turnos cíclicos marcados por el silbato de entrada y salida de sus tres turnos.

-Mis huevos, viejito. ¿A poco sabes lo que es la guerra? Te veo medio pendejo.

-Se disparar muy bien, señor. Tengo buena puntería.

-Sí, pero no. Hazte un lado, viejito. No chupes la sangre.

-Es que tengo que ir. Quiero acompañar a mi muchacho -lo señala y el capitán ve al jovenzuelo que aún no camina en busca de su uniforme. Está a la espera de acepten a su padre. El gordo se conduele un poco y le hace al taimado.

-Está bien, está bien. A ver, Quiñones. Dale un máuser al viejo y que nos pruebe su   buena puntería.

El soldado entrega su máuser a Anastacio Mendoza y como lo ve titubear un poco se le acerca y le dice: “¿De veras sabes usar el rifle, abuelo?”

“Bueno, tiraba yo con mosquetón, pero no se parece a éste”, contesta y entonces Quiñones se lo prepara jalando el cerrojo.

El capitán Anaya, avispado y burlón, observa la maña de su soldado para ayudar al anciano. Lo deja hacer. Joaquín ve como su padre ya está en posición. Era cazador allá en Ixtepec, a un lado de Huajapan de León, y traía uno o dos conejos por semana, que se fueron escaseando al paso de los años que se le cargaron en la espalda. Entonces el hambre también entró por la puerta del jacal donde vivían y la primera en morir fue su madre. No tenían más que tortillas duras y resecas que colgaban en lo alto del fogón y que él, junto con otro de sus hermanos, se robaban a escondidas, por las noches, para calmar la ansiedad de sus barrigas. Anastacio Mendoza tuvo diez hijos, ocho hombres y dos mujeres, las mayores. Una vez muerta Filomena, su esposa, emprendió la caminata con todos ellos rumbo a Santa Rosa, cruzando veredas y barrancas cubiertas de musgo y bosques anieblados. Pidieron limosna y comida en las rancherías del camino y tres días después, desde lo alto del cerro de Necoxtla, pudieron contemplar la paulatina visión extendida del pueblo de Santa Rosa. Era el año 1911 y supo que había una revolución, porque en los siguientes años siete de sus hijos se desperdigaron, unos con los zapatistas, otros con los obregonistas, para no verlos jamás. Quedó Joaquín, el más chico porque las dos muchachas, Eleuteria y Rosalía, también se fueron con soldados.

-Apúntale a esa piedra, viejito -señala el capitán mientras con un chiflido y un ademán avisa a   un lechero montado en burro, para que se quite de enfrente, junto al paredón oriental de la estación del ferrocarril, pues está justo a un lado de la piedra indicada.

El sonido del disparo es como un trueno reventado muy cerca de los oídos de los hombres de la fila de alistamiento. Ellos ven como Anastacio recibe el impulso de la patada del máuser que lo tira de espaldas. Joaquín corre a levantarlo. La carcajada es casi generalizada. El capitán, sin reírse, se acerca a ellos. Levanta el máuser y contempla la piedra intacta, allá a lo lejos.

-Pa’su mecha. Ni le pasaste cerquita. Creo que no te vas con nosotros. Te vas a estar cayendo en cada tiro. Estás muy viejo -dijo el capitán tocando el hombro de Anastacio, ahora sentado, junto a su hijo que le extiende la mano para que se incorpore lentamente. Tiene el corazón apretujado y un ardor de vergüenza en las mejillas.

-Yo quería ir contigo, Joaquín, pero no se pudo -le dice al muchacho mientras busca su sombrero.

-Vuelvo en un año, apá.

El viejo se quedó sentado en uno los sillones del corredor de la estación. Pasaron dos horas. Vio encaramarse a los soldados en el techo de los vagones. Después una escolta de oficiales se cuadró frente a un hombre erguido y distante, que supuso era el general Guadalupe Sánchez, que pasó muy cerca de él, y por uno segundos volteó a verlo, con ojos de tigrillo viejo. El general y su comitiva de oficiales subieron al único vagón de pasajeros del tren. Un jalón de metales encadenados que se extendió en toda la fila de carros, precedió al acompasado bufido de la máquina que se llevaba al último hijo que le quedaba. Alzó su mano para despedirse de un puñado de soldados morenos, sin distinguir si su hijo iba en esa bola. No veía ya lo suficiente para diferenciar, a la distancia, los rostros de la gente. Por eso había fallado, pensó. El ferrocarril fue emitiendo varios silbatazos lastimeros que cobijaron lentamente al pueblo. Después, solo quedó un eco que iba y venía del ruido del avance de las ruedas sobre los rieles. Anastacio Mendoza permaneció ahí otro rato; era mediodía, de todas maneras a nadie le importaba si se iba o se quedaba en el sillón de la estación. Cuando se levantó y caminó hacia la alameda, tampoco tenían rumbo fijo sus pasos.

Rodolfo Calderón Vivar (foto)

 

‘Ulises’ de James Joyce (fragmento (1))

james-joyceEl señor Stephen, algo afectado pero con mucha gracia, le dijo que no era tal cosa y que tenía despachos del Gran Hurgacolas del Emperador agradeciéndole la hospitalidad y enviándole acá al doctor Rinderpest, el más renombrado cazavacas de toda la Moscovia, con algún que otro bolo de medicina para coger al toro por los cuernos. Vamos, vamos, dice el señor Vincent, hablemos claro. Se encontrará en los cuernos de un dilema si se enreda con un toro que sea irlandés, dice. Irlandés de nombre e irlandés de naturaleza, dice el señor Stephen, y pasó la cerveza dando la vuelta. Un toro inglés en una tienda de porcelana inglesa. Os entiendo, dice el señor Dixon. Es el mismo toro que envió a nuestra isla el ganadero Nicholas, el mejor criador de ganado de todos ellos, con un anillo de esmeralda en la nariz. Cierto es eso, dice el señor Vincent al otro lado de la mesa, y ciertos son los toros, dice, jamás ha estercolado en el trébol un toro más gordo y solemne. Abundancia de cuernos tenía, pelo dorado y un dulce aliento humeante saliéndole por las narices, tanto que las mujeres de nuestra isla, abandonando criadillas y morcillas, le siguieron, decorando con guirnaldas de margaritas su taurinidad. Y qué importa, dice el señor Dixon, pero si antes que pasar acá el granjero Nicholas que era eunuco le hizo castrar adecuadamente por un colegio de doctores que no valían más que él. Así que vamos allá, dice, y has todo lo que te diga mi primo hermano Lord Harry y recibe la bendición de un ganadero, y con eso le palmeó rotundamente el trasero. Pero la palmada y la bendición le dieron buena parte, dice el señor Vincent, pues para compensar le enseñó un truco que valía por dos de los otros de tal modo que doncella, esposa, abadesa o viuda afirman hasta el día de hoy que en cualquier momento prefieren susurrarle a la oreja en lo oscuro de un establo o recibir un lametón en la nuca de su larga y santa lengua antes que yacer con el más hermoso y gallardo joven violador en los cuatro campos de toda Irlanda. Otro entonces tomó la palabra. Y le adornaron, dice, con camisa de encajes y enaguas con cola y cinturón y puños de encaje y le cortaron el pelo de la frente y le frotaron todo por encima con aceite de espermaceti y le construyeron establos para él en todos los recodos del camino con un pesebre de oro en cada uno lleno del mejor heno del mercado de modo que pudiera sestear y estercolar a gusto de su corazón. Para entonces el padre de los fieles (pues así le llamaban) se había puesto tan pesado que apenas podía caminar hasta el prado. Para remediar lo cual nuestras astutas damas y damiselas le traían su forraje en el regazo de los delantales y tan pronto como tenía la barriga llena él se enderezaba en sus cuartos traseros para enseñar un misterio a sus señoritas y mugir y resoplar en lenguaje taurino y todas detrás de él. Sí, dice otro, y tan mimado estaba que no consentía que creciera en la tierra nada sino verde hierba para él mismo (pues ese era el único color de su gusto) y en una colina en medio de esta isla había un letrero con un aviso impreso diciendo: Por orden de Lord Harry viva lo verde del valle. Y, dice el señor Dixon, si olfateaba alguna vez un cuatrero en Roscommon o en las soledades de Connemara o un ganadero en Sligo que estuviera sembrando ni un puñado de mostaza ni una bolsa de nabo silvestre, corría hecho una furia por medio país desarraigando con los cuernos cuanto estuviera plantado y todo ellos por orden de Lord Harry. Hubo entre ellos mala sangre al principio, dice el señor Vincent, y Lord Harry mandó al diablo al granjero Nicholas y le llamó viejo patrón de burdel que tenía siete putas en casa y voy a tomar yo cartas en sus asuntos, dice. Le voy a hacer oler infierno a ese animal, dice, con la ayuda de la buena verga que me dejó mi padre. Pero una tarde, dice el señor Dixon, cuando Lord Harry estaba limpiándose la real pelambre para ir a cenar después de ganar un regata (tenía remos de pala para él pero la primera regla de la carrera era que los demás tenían que remar con horcas) descubrió en sí mismo una prodigiosa semejanza con un toro y sacando un librillo bien sobado que guardaba en la despensa, halló con toda certidumbre que él era descendiente por la mano izquierda del famoso toro campeón de los romanos, Bos Bovum, lo que en buen latín macarrónico, quiere decir el amo del cotarro. Después de eso, dice el señor Vincent, Lord Harry metió la cabeza en un bebedero de vacas en presencia de todos sus cortesanos y al sacarla otra vez les dijo su nuevo nombre. Luego, con el agua corriéndole por encima, se puso un viejo blusón y una falda que pertenecieron a su abuela, y se compró una gramática de la lengua de los toros para estudiar, pero nunca pudo aprender una palabra de ella salvo el pronombre de primera persona que copió en letras grandes y se lo aprendió de memoria, y siempre que salía de paseo de llenaba los bolsillos de tiza para escribirlo en donde se le antojara, en el costado de una piedra o en la mesa de una casa de té o una bala de algodón  o un flotador de corcho. En una palabra, él y el toro de Irlanda pronto fueron tan íntimos amigos como un culo y una camisa. Lo fueron, dice el señor Stephen, y el final fue que los hombres de la isla, viendo que no había remedio, puesto que las ingratas mujeres eran todas de la misma opinión, construyeron una balsa de salvamento, se embarcaron a bordo ellos mismos con todos sus hatos de bienes muebles, pusieron los mástiles erectos, prepararon las vergas, tomaron la caña, se tiraron allá, tendieron todo trapo al viento, dieron cara entre viento y marea, izaron anclas, pusieron rumbo a babor, ondearon el pabellón de la calavera y los huesos, lanzaron tres veces tres hurras, largaron la bolina, se echaron a su gabarra y se hicieron a la mar para redescubrir América. Esa fue la ocasión, dice el señor Vincent, en que un contramaestre compuso aquella balanceante canción:

El Papa Pedro se orina en la cama.

Un hombre es hombre a pesar de todo.

James Joyce (foto)

‘La escritura de Dios’ de Jorge Luis Borges

jorge-luis-borgesLa cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche –entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?– soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: “No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente”.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: “Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños”. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren) El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Jorge Luis Borges (foto)