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‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

El cuento y el oficio de escribir

untitledHay una enormidad de conceptos sobre el oficio de escribir. Van los siguientes de escritores que han sabido destacarse en el exigente género del cuento. Son archiconocidas las palabras de Julio Cortázar del cuento como un round que se gana por nocaut, mientras la novela por puntos. También graficó el cuento como una esfera, y anotó que “el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica”.

Juan Rulfo, ese genio mexicano de ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’, en sus muy escasas declaraciones dijo del oficio de escritor: “Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. (…) Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta”.

No hay necesidad de introducir al enorme Jorge Luis Borges. Baste reproducir su percepción del oficio: “Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. (…) Es necesario que el escritor que escribe una fábula ‘por fantástica que sea’ crea, por el momento, en la realidad de la fábula”.

Por último, el premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez, tiene sobre el oficio de escribir una bien clara concepción: “Si uno quiere ser escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ese sabía lo que decía. Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes”.

‘Mala puntería’ de Rodolfo Calderón Vivar

rodolfo-calderon-vivarEl día está soleado y calienta, a las diez de la mañana, los corredores de la Alameda de Santa Rosa. Junto a la estación de tren se divisa la tienda de campaña polvorienta en donde los hombres del quinto regimiento de caballería se acomiden a poner orden en la larga hilera de indios con calzón de manta que aguardan un lugar en las listas para irse de soldados. Un capitán de figura malhecha, con cara prieta y panza rebosante, ordena a gritos que nadie altere la fila, que respeten el orden, que no sean hijos de la chingada.

El paso de Anastacio es cansino. Joaquín, el muchacho, lo espera en lo alto de los rieles. Susurran los eucaliptos del parque y las risas de los sardos acompasan la rutinaria quietud de un pueblo yerto. Acaso una mujer, cubierta con un rebozo gris, se asoma por la puerta de uno de los vagones del tren, agarrada de los tubos oxidados de la barandilla que resguarda la escalinata de metal. Otras mujeres están adentro del vagón. Son las soldaderas. Ellas ya están listas desde muy temprano. Sus manos ajadas y prestas repartieron el desayuno preparado en fogones calientacomales que armaron en los bordes de la Alameda. Son las que primero se suben al tren con sus hijos, junto con comales, trasterío de cocina y trapos amarrados en cajas maltrechas. Ellas son siempre la retaguardia, las que primero suben al tren, pero las últimas en esperar, al pie de los vagones, el retorno de sus maridos después de una batalla. Las que logran ver de nuevo a su marido, se desprenden de la fila, corriendo, para alcanzarlo. Las que ya no ven a su hombre, o alguien les avisa que su viejo se quedó allá en el campo de batalla, se derrumban, de rodillas, un rato, emitiendo un quejido lastimero que cala el aire.

Todo el convoy de fierro está a la espera de que los nuevos miembros del regimiento suban con los otros soldados, en el techo del tren, mientras los caballos se apretujan dentro de los vagones.

-Tu nombre, hijo’e puta -dice el capitán regordete.

-Joaquín Mendoza -contesta el muchacho. Atrás de él, su viejo padre apretuja el sombrero de palma y ve el desparpajo del militar que se rasca un cachete mal rasurado. Tiene ojos de temazate, piensa el viejo. El lenguaje brusco del gordo no le incomoda porque éste tiene una sonrisa tolerante. Atrás de una mesa de pino, otro soldado aguarda para escribir o no el nombre del nuevo alistado. Pocos son rechazados. No hay de otra. El general Guadalupe Sánchez tiene que llevar muchos hombres a México para justificar el por qué es la mera ley en el estado de Veracruz. No importa que muchos de los nuevos no sepan montar, ya aprenderán en los primeros corrales de las garitas de la capital, donde van a acampar al otro día.

-Tás muy joven, mijo. Pero ya qué. ¿Qué edad tienes, cabrón?

-Catorce años. Pero se hacer de todo. Trabajé en los telares -le contesta, sin mencionar que trabajó ahí hasta que descubrieron que se robaba unas camisas, ocultadas bajo su chaqueta, para su mala suerte. Ni mencionó que le habían dado 30 días encierro, de ida y vuelta, en la cárcel del pueblo. Estaba desempleado, con necesidad de conseguir dinero para seguir viviendo junto con su padre. Alguien le dijo que los de la leva pagaban con oro. A cambio, tenía que irse a la revolución.

-Voy tú, voy tú. Aquí no hacemos telas para señoritas. Pero si te apuras, ya estarás destripando villistas. ¡Apúntalo, Gatica!  Luego, muchachito, vete al cabuz del tren. Ahí te van a dar uniforme y cachucha… ¡El que sigue!

Su nombre queda registrado en la lista. Voltea entonces a ver a su padre, quien con su rostro viejo, casi sin arrugas, no podía ocultar, cierta desazón. Se ve pequeño y contrasta con los muchachos de la fila.

-¿Y tú qué, viejo? -espeta el capitán mofletudo.

-Yo también quiero irme con ustedes -Anastacio Mendoza  tiene casi ochenta años, es un indio de la sierra  oaxaqueña, que dos años antes bajó con su parentela, diez hijos y sin mujer, para encontrar trabajo en Santa Rosa, donde la fábrica de telas, engullía y vomitaban diariamente a cientos de obreros, en turnos cíclicos marcados por el silbato de entrada y salida de sus tres turnos.

-Mis huevos, viejito. ¿A poco sabes lo que es la guerra? Te veo medio pendejo.

-Se disparar muy bien, señor. Tengo buena puntería.

-Sí, pero no. Hazte un lado, viejito. No chupes la sangre.

-Es que tengo que ir. Quiero acompañar a mi muchacho -lo señala y el capitán ve al jovenzuelo que aún no camina en busca de su uniforme. Está a la espera de acepten a su padre. El gordo se conduele un poco y le hace al taimado.

-Está bien, está bien. A ver, Quiñones. Dale un máuser al viejo y que nos pruebe su   buena puntería.

El soldado entrega su máuser a Anastacio Mendoza y como lo ve titubear un poco se le acerca y le dice: “¿De veras sabes usar el rifle, abuelo?”

“Bueno, tiraba yo con mosquetón, pero no se parece a éste”, contesta y entonces Quiñones se lo prepara jalando el cerrojo.

El capitán Anaya, avispado y burlón, observa la maña de su soldado para ayudar al anciano. Lo deja hacer. Joaquín ve como su padre ya está en posición. Era cazador allá en Ixtepec, a un lado de Huajapan de León, y traía uno o dos conejos por semana, que se fueron escaseando al paso de los años que se le cargaron en la espalda. Entonces el hambre también entró por la puerta del jacal donde vivían y la primera en morir fue su madre. No tenían más que tortillas duras y resecas que colgaban en lo alto del fogón y que él, junto con otro de sus hermanos, se robaban a escondidas, por las noches, para calmar la ansiedad de sus barrigas. Anastacio Mendoza tuvo diez hijos, ocho hombres y dos mujeres, las mayores. Una vez muerta Filomena, su esposa, emprendió la caminata con todos ellos rumbo a Santa Rosa, cruzando veredas y barrancas cubiertas de musgo y bosques anieblados. Pidieron limosna y comida en las rancherías del camino y tres días después, desde lo alto del cerro de Necoxtla, pudieron contemplar la paulatina visión extendida del pueblo de Santa Rosa. Era el año 1911 y supo que había una revolución, porque en los siguientes años siete de sus hijos se desperdigaron, unos con los zapatistas, otros con los obregonistas, para no verlos jamás. Quedó Joaquín, el más chico porque las dos muchachas, Eleuteria y Rosalía, también se fueron con soldados.

-Apúntale a esa piedra, viejito -señala el capitán mientras con un chiflido y un ademán avisa a   un lechero montado en burro, para que se quite de enfrente, junto al paredón oriental de la estación del ferrocarril, pues está justo a un lado de la piedra indicada.

El sonido del disparo es como un trueno reventado muy cerca de los oídos de los hombres de la fila de alistamiento. Ellos ven como Anastacio recibe el impulso de la patada del máuser que lo tira de espaldas. Joaquín corre a levantarlo. La carcajada es casi generalizada. El capitán, sin reírse, se acerca a ellos. Levanta el máuser y contempla la piedra intacta, allá a lo lejos.

-Pa’su mecha. Ni le pasaste cerquita. Creo que no te vas con nosotros. Te vas a estar cayendo en cada tiro. Estás muy viejo -dijo el capitán tocando el hombro de Anastacio, ahora sentado, junto a su hijo que le extiende la mano para que se incorpore lentamente. Tiene el corazón apretujado y un ardor de vergüenza en las mejillas.

-Yo quería ir contigo, Joaquín, pero no se pudo -le dice al muchacho mientras busca su sombrero.

-Vuelvo en un año, apá.

El viejo se quedó sentado en uno los sillones del corredor de la estación. Pasaron dos horas. Vio encaramarse a los soldados en el techo de los vagones. Después una escolta de oficiales se cuadró frente a un hombre erguido y distante, que supuso era el general Guadalupe Sánchez, que pasó muy cerca de él, y por uno segundos volteó a verlo, con ojos de tigrillo viejo. El general y su comitiva de oficiales subieron al único vagón de pasajeros del tren. Un jalón de metales encadenados que se extendió en toda la fila de carros, precedió al acompasado bufido de la máquina que se llevaba al último hijo que le quedaba. Alzó su mano para despedirse de un puñado de soldados morenos, sin distinguir si su hijo iba en esa bola. No veía ya lo suficiente para diferenciar, a la distancia, los rostros de la gente. Por eso había fallado, pensó. El ferrocarril fue emitiendo varios silbatazos lastimeros que cobijaron lentamente al pueblo. Después, solo quedó un eco que iba y venía del ruido del avance de las ruedas sobre los rieles. Anastacio Mendoza permaneció ahí otro rato; era mediodía, de todas maneras a nadie le importaba si se iba o se quedaba en el sillón de la estación. Cuando se levantó y caminó hacia la alameda, tampoco tenían rumbo fijo sus pasos.

Rodolfo Calderón Vivar (foto)

 

‘Ulises’ de James Joyce (fragmento (1))

james-joyceEl señor Stephen, algo afectado pero con mucha gracia, le dijo que no era tal cosa y que tenía despachos del Gran Hurgacolas del Emperador agradeciéndole la hospitalidad y enviándole acá al doctor Rinderpest, el más renombrado cazavacas de toda la Moscovia, con algún que otro bolo de medicina para coger al toro por los cuernos. Vamos, vamos, dice el señor Vincent, hablemos claro. Se encontrará en los cuernos de un dilema si se enreda con un toro que sea irlandés, dice. Irlandés de nombre e irlandés de naturaleza, dice el señor Stephen, y pasó la cerveza dando la vuelta. Un toro inglés en una tienda de porcelana inglesa. Os entiendo, dice el señor Dixon. Es el mismo toro que envió a nuestra isla el ganadero Nicholas, el mejor criador de ganado de todos ellos, con un anillo de esmeralda en la nariz. Cierto es eso, dice el señor Vincent al otro lado de la mesa, y ciertos son los toros, dice, jamás ha estercolado en el trébol un toro más gordo y solemne. Abundancia de cuernos tenía, pelo dorado y un dulce aliento humeante saliéndole por las narices, tanto que las mujeres de nuestra isla, abandonando criadillas y morcillas, le siguieron, decorando con guirnaldas de margaritas su taurinidad. Y qué importa, dice el señor Dixon, pero si antes que pasar acá el granjero Nicholas que era eunuco le hizo castrar adecuadamente por un colegio de doctores que no valían más que él. Así que vamos allá, dice, y has todo lo que te diga mi primo hermano Lord Harry y recibe la bendición de un ganadero, y con eso le palmeó rotundamente el trasero. Pero la palmada y la bendición le dieron buena parte, dice el señor Vincent, pues para compensar le enseñó un truco que valía por dos de los otros de tal modo que doncella, esposa, abadesa o viuda afirman hasta el día de hoy que en cualquier momento prefieren susurrarle a la oreja en lo oscuro de un establo o recibir un lametón en la nuca de su larga y santa lengua antes que yacer con el más hermoso y gallardo joven violador en los cuatro campos de toda Irlanda. Otro entonces tomó la palabra. Y le adornaron, dice, con camisa de encajes y enaguas con cola y cinturón y puños de encaje y le cortaron el pelo de la frente y le frotaron todo por encima con aceite de espermaceti y le construyeron establos para él en todos los recodos del camino con un pesebre de oro en cada uno lleno del mejor heno del mercado de modo que pudiera sestear y estercolar a gusto de su corazón. Para entonces el padre de los fieles (pues así le llamaban) se había puesto tan pesado que apenas podía caminar hasta el prado. Para remediar lo cual nuestras astutas damas y damiselas le traían su forraje en el regazo de los delantales y tan pronto como tenía la barriga llena él se enderezaba en sus cuartos traseros para enseñar un misterio a sus señoritas y mugir y resoplar en lenguaje taurino y todas detrás de él. Sí, dice otro, y tan mimado estaba que no consentía que creciera en la tierra nada sino verde hierba para él mismo (pues ese era el único color de su gusto) y en una colina en medio de esta isla había un letrero con un aviso impreso diciendo: Por orden de Lord Harry viva lo verde del valle. Y, dice el señor Dixon, si olfateaba alguna vez un cuatrero en Roscommon o en las soledades de Connemara o un ganadero en Sligo que estuviera sembrando ni un puñado de mostaza ni una bolsa de nabo silvestre, corría hecho una furia por medio país desarraigando con los cuernos cuanto estuviera plantado y todo ellos por orden de Lord Harry. Hubo entre ellos mala sangre al principio, dice el señor Vincent, y Lord Harry mandó al diablo al granjero Nicholas y le llamó viejo patrón de burdel que tenía siete putas en casa y voy a tomar yo cartas en sus asuntos, dice. Le voy a hacer oler infierno a ese animal, dice, con la ayuda de la buena verga que me dejó mi padre. Pero una tarde, dice el señor Dixon, cuando Lord Harry estaba limpiándose la real pelambre para ir a cenar después de ganar un regata (tenía remos de pala para él pero la primera regla de la carrera era que los demás tenían que remar con horcas) descubrió en sí mismo una prodigiosa semejanza con un toro y sacando un librillo bien sobado que guardaba en la despensa, halló con toda certidumbre que él era descendiente por la mano izquierda del famoso toro campeón de los romanos, Bos Bovum, lo que en buen latín macarrónico, quiere decir el amo del cotarro. Después de eso, dice el señor Vincent, Lord Harry metió la cabeza en un bebedero de vacas en presencia de todos sus cortesanos y al sacarla otra vez les dijo su nuevo nombre. Luego, con el agua corriéndole por encima, se puso un viejo blusón y una falda que pertenecieron a su abuela, y se compró una gramática de la lengua de los toros para estudiar, pero nunca pudo aprender una palabra de ella salvo el pronombre de primera persona que copió en letras grandes y se lo aprendió de memoria, y siempre que salía de paseo de llenaba los bolsillos de tiza para escribirlo en donde se le antojara, en el costado de una piedra o en la mesa de una casa de té o una bala de algodón  o un flotador de corcho. En una palabra, él y el toro de Irlanda pronto fueron tan íntimos amigos como un culo y una camisa. Lo fueron, dice el señor Stephen, y el final fue que los hombres de la isla, viendo que no había remedio, puesto que las ingratas mujeres eran todas de la misma opinión, construyeron una balsa de salvamento, se embarcaron a bordo ellos mismos con todos sus hatos de bienes muebles, pusieron los mástiles erectos, prepararon las vergas, tomaron la caña, se tiraron allá, tendieron todo trapo al viento, dieron cara entre viento y marea, izaron anclas, pusieron rumbo a babor, ondearon el pabellón de la calavera y los huesos, lanzaron tres veces tres hurras, largaron la bolina, se echaron a su gabarra y se hicieron a la mar para redescubrir América. Esa fue la ocasión, dice el señor Vincent, en que un contramaestre compuso aquella balanceante canción:

El Papa Pedro se orina en la cama.

Un hombre es hombre a pesar de todo.

James Joyce (foto)

‘La escritura de Dios’ de Jorge Luis Borges

jorge-luis-borgesLa cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche –entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?– soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: “No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente”.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: “Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños”. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren) El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Jorge Luis Borges (foto)

 

‘Sin querer’ de León Tolstoi

tolstoiVolvió a las seis de la mañana y, según costumbre, pasó al cuarto de aseo; pero, en lugar de desnudarse, se sentó o, mejor dicho, se dejó caer en una butaca… Poniendo las manos en las rodillas, permaneció en esa actitud cinco, diez minutos, quizás una hora. No hubiera podido decirlo.

“El siete de corazones”, se dijo, representándose el desagradable hocico de su contrincante, que, a pesar de ser inmutable, había dejado traslucir satisfacción en el momento de ganar.

–¡Diablos! –exclamó.

Se oyó un ruido tras de la puerta. Y apareció su esposa, una hermosa mujer, de cabellos negros, muy enérgica, con gorrito de noche, chambra con encajes y zapatillas de pana verde.

–¿Qué te pasa? –dijo, tranquilamente; pero, al ver su rostro, repitió–: ¿Qué te pasa, Misha? ¿Qué te pasa?

–Estoy perdido.

–¿Has jugado?

–Sí.

–¿Y qué?

–¿Qué? –repitió él, con expresión iracunda–. ¡Que estoy perdido!

Y lanzó un sollozo, procurando contener las lágrimas.

–¿Cuántas veces te he pedido, cuántas veces te he suplicado que no jugaras?

Sentía lástima por él; pero también se compadecía de sí misma, al pensar que pasaría penalidades, así como por no haber dormido en toda la noche, atormentada, esperándolo. “Ya son las seis”, pensó, echando una ojeada al reloj que estaba encima de la mesa.

–¡Infame! ¿Cuánto has perdido?

–¡Todo! Todo lo mío y lo que tenía del Tesoro. ¡Castígame! Haz lo que quieras. Estoy perdido –se cubrió el rostro con las manos–. Eso es lo único que sé.

–¡Misha! ¡Misha! Escúchame. Apiádate de mí. También soy un ser humano. Me he pasado toda la noche sin dormir. Estuve esperándote, estuve sufriendo; y he aquí la recompensa. Dime, al menos, la cantidad que has perdido.

–Es tan elevada, que no puedo pagarla; nadie podría hacerlo. He perdido dieciséis mil rublos. Debería huir, pero, ¿cómo?

Miró a su mujer; y, cosa que no podía esperar, ésta lo atrajo hacia sí. “¡Qué hermosa es!”, pensó, cogiéndola de la mano; pero ella lo rechazó.

–Misha, habla en debida forma. ¿Cómo has podido hacer eso?

–Esperaba recuperarme –sacó la pitillera y empezó a fumar con avidez–. Desde luego, soy un canalla. No te merezco. Abandóname. Perdóname, por última vez. Me marcharé. Desapareceré, Katia. No he podido evitarlo; me ha sido imposible. Estaba como en sueños; fue sin querer… –frunció el ceño–. ¿Qué hacer? Estoy perdido. Perdóname.

Quiso abrazarla, pero ella se apartó en actitud enojada.

–¡Oh! Son dignos de compasión los hombres. Cuando las cosas van bien, se envalentonan; pero en cuanto algo no marcha, ya están sumidos en la desesperación y no sirven para nada –se sentó al otro lado del tocador–. Cuéntamelo todo, por orden.

El marido obedeció. Dijo que cuando iba a llevar el dinero al banco, se había encontrado con Nekrasov. Éste le propuso que fuera a su casa, a jugar una partida. Así lo hicieron; perdió todo el dinero; y en aquel momento estaba decidido a poner fin a su vida. A pesar de sus afirmaciones, la esposa comprendió que no había decidido nada: estaba desesperado sencillamente. Escuchó su relato hasta el final y dijo:

–Todo esto es una estupidez, una infamia. ¿Cómo has podido perder el dinero sin querer? Es absurdo.

–Ríñeme y haz lo que quieras conmigo.

–No pretendo reñirte; lo que quisiera es salvarte, como lo he hecho siempre, por muy vil y lamentable que aparezcas ante mis ojos.

–Sigue, sigue; poco falta ya…

–Me parece que por desesperado que estés, es cruel por tu parte atormentarme de este modo. Estoy enferma. Hoy he tenido que volver a tomar… Y de pronto me llegas con esta sorpresa. Por si fuera poco, esa actitud de impotencia… Me preguntas qué debes hacer. Pues muy sencillo. Son las seis. Ve inmediatamente a casa de Frim y cuéntaselo todo.

–¿Acaso se va a apiadar de mí? No se le puede contar eso.

–¡Qué tonto eres! ¿Acaso te aconsejo que digas al director del banco que perdiste en el juego el dinero que te confió…? Le vas a decir que ibas a la estación de Nikolaievsky… ¡No, no! Es mejor que vayas a la policía, ahora mismo. ¡No! Ahora mismo, no. Irás a las diez y vas a decir que cuando ibas por el callejón Nechioesky te asaltaron los bandidos, uno con barba y el otro un verdadero chiquillo; iban armados de un revólver y te arrebataron el dinero. Después irás a casa de Frim, para contarle lo mismo.

–Sí, pero… –encendió un cigarrillo–. Se pueden enterar por Nekrasov.

–Iré a verlo, le hablaré y lo arreglaré todo.

Misha se tranquilizó; y, hacia las ocho de la mañana se durmió con un sueño profundo. Su mujer fue a despertarlo a las diez.

* * *

Esto había ocurrido por la mañana en el piso de arriba. En el de abajo, habitado por la familia Ostrovsky, sucedía lo siguiente, a las seis de la tarde.

Habían acabado de comer. La princesa Ostrovskaya, joven madre, llamó al lacayo, que acababa de pasar en torno a la mesa, sirviendo tarta; pidió un plato, y después de servir una ración, se volvió hacia sus hijos. El mayor, llamado Voka, tenía siete años, y la pequeña, Tania, cuatro años y medio. Ambos eran muy hermosos; Voka tenía un aspecto sano, grave y serio, y su encantadora sonrisa dejaba al descubierto sus dientes disparejos; Tania, con sus ojos negros, era una criatura vivaracha, llena de energía, charlatana, divertida, siempre alegre y cariñosa con todo el mundo.

–Niños, ¿cuál de los dos va a llevar la tarta a la niania?

–Yo –exclamó Voka.

–Yo, yo, yo –gritó Tania, saltando de la silla.

–La llevará el que lo ha dicho primero –intervino el padre, que solía mimar a Tania y por eso se alegraba de toda ocasión que le permitiera demostrar su imparcialidad–. Tania, esta vez tienes que ceder.

–No me importa. Voka, coge la tarta, anda. Por ti lo hago con gusto.

Los niños solían dar las gracias después de comer. Todos esperaron a Voka mientras tomaban el café. Pero éste tardaba en volver.

–Tania, corre a ver qué le pasa a tu hermano.

Al saltar de la silla, Tania enganchó una cuchara, que cayó al suelo. Se apresuró a recogerla y la puso en el borde de la mesa, pero la cuchara volvió a caer; la recogió de nuevo y, echándose a reír, corrió con sus piernecitas gordezuelas, enfundadas en las medias. Salió al pasillo y se dirigió a la habitación de los niños, contigua a la de la niñera. Iba a entrar en ella, cuando de pronto oyó unos sollozos. Volvió la cabeza. Voka, de pie junto a su cama, miraba un caballo de juguete, llorando amargamente, con el plato vacío en las manos.

–¿Qué te pasa? ¿Dónde está la tarta?

–Me… me… la he comido sin querer. ¡No iré, no iré…! Tania…, de veras que ha sido sin querer. Sólo quise probarla; pero luego me la comí toda.

–¿Qué haremos?

–Ha sido sin querer…

Tania se quedó pensativa. Voka seguía llorando, desconsoladamente. De pronto, la cara de la niña se tornó resplandeciente.

–Voka, no llores; ve a decir a la niania que te has comido la tarta sin querer y pídele perdón. Mañana le daremos nuestra ración. La niania es buena.

Voka dejó de llorar y se enjugó las lágrimas con las palmas de las manos.

–¿Cómo se lo voy a decir? –balbuceó, con voz temblorosa.

–Vamos juntos.

Los niños fueron a ver a la niñera; y volvieron al comedor, felices y contentos. También se sintieron felices y contentos la niania y los padres cuando ésta les contó, emocionada y divertida, lo que habían hecho los pequeños.

León Tolstoi (foto)

Umberto Eco (q.e.p.d.): consejos de escritura

umberto ecoComo un homenaje al semiólogo, filósofo y novelista italiano Umberto Eco (foto), muerto ayer en Milán a los 84 años, retomo el texto que entregó a la revista L’Espresso sobre algunos consejos a la hora de escribir, basándose en el periodista estadounidense del ‘New York Times Magazine’, etimólogo y escritor de textos presidenciales William Safire Lewis (1929–2009)

Lo de Eco está en el blog ‘Etimologías’ (Explicaciones mitológicas para cotidianas expresiones), donde se propone “la traducción y la adaptación de aquellos vocablos que son intraducibles por la diferencia de idioma (señalados con una “a” al final)”

Consejo de enorme utilidad:

1) Evitad las aliteraciones, aunque alivien a las leves levas (a).

2) No hay que evitar el subjuntivo, es más, es importante que se usa cuando es necesario.

3) Evita las frases hechas, están más vistas que el tebeo (a).

4) Exprésate de forma acorde a la claridad y en modo que se perciba correctamente la idea que puebla tu intelecto (a).

5) No uses siglas comerciales & abreviaciones, etc.

6) Recuerda (siempre) que el paréntesis (incluso cuando parece indispensable) interrumpe el hilo de lo que se dice.

7) Atención a no empacharte… de puntos suspensivos.

8) Usa la menor cantidad posible de comillas: no es “fino”.

9) No generalices nunca.

10) Las palabras extranjeras no dan para nada un bon ton.

11) Sé parco con las citas. Decía con razón Emerson: “Odio las citas. Dime sólo lo que sabes tú”.

12) Las comparaciones son como las frases hechas.

13) No seas redundante; no repitas dos veces lo mismo; repetir es superfluo (por redundancia se entiende la explicación inútil de algo que el lector ya ha entendido)

14) Sólo los gilipollas usan palabras vulgares.

15) Sé siempre más o menos específico.

16) No hagas frases de una sola palabra. Elimínalas.

17) Huye de las metáforas demasiado osadas: son plumas sobre la piel de una serpiente.

18) Pon, las comas, en su sitio.

19) Distingue entre la función del punto y coma y la de los dos puntos: aunque no siempre es fácil.

20) No uses metáforas incongruentes aunque te parezca que están cantadas: son como un cisne que descarrila.

21) ¿De verdad que hace falta utilizar preguntas retóricas?

22) Sé conciso, trata de condensar tus pensamientos en el menor número de palabras posible, evitando frases largas – o interrumpidas por incisos que inevitablemente confunden al lector poco atento- para que lo que dices no contribuya a esa contaminación de la información que es seguramente (sobre todo cuando inútilmente lleno de precisaciones inútiles, o al menos no indispensables) una de las tragedias de este tiempo nuestro dominado por el poder de los medios de comunicación.

23) Las tildes no tienen que ser ni incorréctas ní inutiles, porque el que lo hace, se equívoca (a).

24) No se apostrofa un’artículo indeterminado antes del sustantivo masculino (inadaptable al español, donde no hay apóstrofes en los artículos).

25) ¡No seas enfático! ¡Sé parco con las exclamaciones!

26) Ni siquiera los peores fans de los barbarismos pluralizan los nombres extranjeros (en italiano las palabras extranjeras permanecen invariadas en el plural, como fan, bar, pub…).

27) Escribe correctamente los nombres extranjeros como Beaudelaire, Roosewelt, Niezsche y similares.

28) Nombra directamente los autores y los personajes de los que hablas. Es lo que hacía el escritor lombardo más importante del siglo XIX, el autor de “5 de mayo”.

29) Al inicio del texto usa la captatio benevolentiae para conquistar al lector (aunque a lo mejor sois tan estúpidos de no entender nada de lo que estoy diciendo)

30) Cuida con mimo la hortografia (a).

31) No pongas demasiados puntos y aparte.

Al menos, no cuando no hace falta.

32) No uses nunca el pluralis maiestatis. Estamos seguros de que causa una pésima impresión.

33) No confundas la causa con el efecto: estarías en un error y entonces te habrías equivocado.

34) No caigas en la tentación de los arcaísmos, hápax legomena u otros lexemas inusitados, ni tampoco deep structures enraizadas que, por mucho que te parezcan epifanías de la diferencia gramatológica derridiana e invitaciones a la deriva deconstructiva pueden exceder las competencias cognitivas del destinatario.

35) No tienes que ser prolijo, pero tampoco decir menos de lo que.

36) Una frase completa tiene que tener.