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‘El profesor suplente’ de Julio Ramón Ribeyro

Julio_Ramón_RibeyroHacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.

-¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad… eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio… No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta… ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!

Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.

Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.

-Todo esto no me sorprende -dijo al fin-. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.

A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.

-No te olvides de poner la tarjeta en la puerta -recomendó Matías antes de partir-. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.

Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.

En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar -el reloj del Municipio acababa de dar las once- cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.

Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.

Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.

Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición -que le recordó a los jurados de su infancia- fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.

A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.

-Por favor -decía- ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando.

Matías se volvió, rojo de ira.

-¡Yo soy cobrador! -contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.

Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.

-¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

-¡Magnífico!… ¡Todo ha sido magnífico! -balbuceó Matías-. ¡Me aplaudieron! -pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

Julio Ramón Ribeyro (foto)

 

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‘La aventura de Tse-i-La’ de Villiers de L’Isle Adam

Villiers de L_Isle Adam(La Esfinge: «Adivina o te devoro».)

Al Norte de Tonkín existe, internándose tres leguas, la provincia de Kouang-Si, de ríos auríferos, y cuya grandeza se extiende hasta las fronteras de los principados centrales del Imperio de Enmedio, desparramando sus ciudades en la vasta extensión de la selva.

En esta región, la serena doctrina de Laotsé no ha extinguido aún la violenta credulidad hacia los Poussah, especie de genios populares de la China. Gracias al fanatismo de los bonzos (monjes budistas) de la comarca, la superstición china, aun en las clases elevadas, fermenta con más vigor que en los estados más próximos a Pekín, y difiere de las creencias de los manchúes en cuanto admite las intervenciones directas de los dioses en los asuntos del país

El penúltimo virrey de esta inmensa dependencia imperial fue el gobernador Tche-Tang, que dejó la memoria de un déspota sagaz, avaro y feroz. Véase a qué ingenioso secreto aquel príncipe, escapando a mil venganzas, debió vivir y morir en paz en medio del odio de su pueblo, al que desafió hasta el fin, sin pena ni peligro, ahogando en sangre el más ligero descontento.

Una vez -quizá ocurriese esto unos diez años antes de su muerte- un mediodía estival, cuyo ardor hacia arder los estanques y rajaba las hojas de los árboles, arrojando destellos de fuego sobre los altos tejados de los quioscos, Tche-Tang, sentado en una de las salas más frescas de su palacio, sobre un trono negro incrustado de flores de nácar y embutido de oro puro, y reclinado con languidez, se acariciaba la barba con su mano derecha, mientras que la izquierda se posaba sobre el cetro tendido en sus rodillas.

Detrás la estatua colosal de Fo, el dios inescrutable dominaba su trono. Sobre las gradas de la escalinata vigilaban sus guardias cubiertos con armaduras de cuero negro, con la lanza, el arco o la larga hacha en el puño. A su derecha, de pie, su verdugo favorito lo abanicaba.

Las miradas de Tche-Tang erraban sobre la multitud de mandarines, de príncipes de su familia y sobre los grandes oficiales de su corte.

Todas aquellas frentes eran impenetrables. El rey se sentía odiado, rodeado de asesinos, y consideraba, lleno de mil sospechas indecisas, cada uno de los grupos donde se hablaba en voz baja. No sabiendo a quién exterminar, se extrañaba a cada momento de vivir aún y reflexionaba taciturno y amenazador.

Se abrió una puerta, dando paso a un oficial que conducía, de la mano, a un joven desconocido, de grandes ojos azules y de bella fisonomía. El adolescente vestía túnica de seda escarlata, recogida con un cinturón de oro.

Se prosternó delante de Tche-Tang, bajo la mirada del virrey.

-Hijo del Cielo -dijo el oficial-, este joven ha declarado no ser más que un oscuro ciudadano de esta población y llamarse Tse-i-la. Sin embargo, despreciando los tormentos y la muerte, él ofrece probar que trae para ti una misión de los Poussah inmortales.

-Habla -dijo Tche-Tang.

Tse-i-la se levantó.

-Señor -dijo con reposada voz-, sé lo que me espera si no estoy acertado en mis palabras. Anoche durante un terrible sueño, los Poussah me favorecieron con su visita, haciéndome dueño de un secreto que espantaría a los mortales entendimientos. Si te dignas a escucharme, reconocerás que no es de humano origen, porque sólo con oírlo despertará en tu ser un nuevo sentido. Su virtud te comunicará al momento el don misterioso de leer, con los ojos cerrados y en el espacio que media entre la pupila y los párpados, los nombres, en caracteres de sangre, de todos aquellos que pueden conspirar contra tu trono o tu vida, en el momento preciso en que sus espíritus conciban tal designio. Estarás, pues, al abrigo, para siempre, de toda funesta sorpresa y envejecerás apaciblemente en el uso de tu autoridad. Yo, Tse-i-la, juro aquí por Fo, cuya imagen proyecta su sombra sobre nosotros, que el mágico poder de este secreto es tal como te digo.

Ante un discurso tan extraño hubo en la asamblea un estremecimiento seguido de un silencio sepulcral. Una vaga angustia conmovió la cotidiana impasibilidad de los rostros.

Todos examinaron al desconocido, que, sin temblar, testimoniaba así que era el depositario del mensaje divino de que se decía portador. Muchos se esforzaron en vano por sonreír, pero no osaban mirarse, palideciendo de la seguridad dada por Tse-i-la. Tche-Tang observó aquel malestar denunciador.

En fin, uno de los príncipes, sin duda para disimular su inquietud, exclamó:

-¿A qué escuchar los disparates de un insensato borracho de opio?

Los mandarines añadieron algo animados:

-¡Los Poussah sólo inspiran a los viejos bonzos del desierto!

Y uno de los ministros:

-Debe someterse previamente a nuestro examen el secreto de que ese joven se cree depositario, antes de ser sometido a la alta sabiduría del rey.

Replicando irritadísimo uno de los oficiales:

-Además de que es posible que no sea más que uno de esos cuyo puñal espera el momento en que el rey esté distraído para clavarse en su corazón.

-Que se le encierre -gritaron todos.

Tche-Tang extendió sobre Tse-i-la su cetro de oro, donde brillaban caracteres sagrados:

-Continúa -dijo impasible.

Tse-i-la repuso entonces, agitando un pequeño abanico de varillaje de ébano y refrescando con él sus mejillas:

-Si algún tormento fuese suficiente a persuadir a Tse-i-la de traicionar su secreto, revelándolo a otro que no fuese el rey, los Poussah, que escuchan invisibles, no me hubiesen escogido por intérprete. ¡Oh príncipes, no! Yo no he fumado opio, no tengo nada de loco, no llevo armas. Únicamente escuchen lo que añado. Si afronto la muerte lenta, es porque un secreto como el mío vale, si es cierto, una recompensa digna de él. Tú solo, ¡oh rey!, juzgarás, pues, en tu equidad, si merece el premio que te pido. Si, repentinamente, al oír las palabras que lo anuncien, sientes dentro de ti, bajo tus ojos cerrados, el don de esa virtud viviente y su prodigio, habiéndome hecho noble los dioses y habiéndome inspirado con su soplo de luz, me concederás la mano de Li-tien-Se, tu radiante hija, la insignia principal de los mandarines y cincuenta mil liangs de oro.

Al principiar aquellas palabras “liangs de oro”, un imperceptible tinte rosa subió a las mejillas de Tse-i-la, que procuró ocultar aproximándose el abanico al rostro.

La exorbitante recompensa reclamada provocó la sonrisa de los cortesanos y apretó el corazón sombrío del rey, donde se agitaban el orgullo y la avaricia. Una cruel sonrisa pasó por sus labios mirando al joven, que añadió con intrepidez:

-Espero de ti, Señor, el real juramento, por Fo, el dios implacable que se venga de los perjuros, que tú aceptas, según mi secreto te parezca positivo o quimérico, concederme la recompensa pedida o la muerte que te plazca.

Tche-Tang se levantó y dijo:

-¡Lo juro! ¡Sígueme!

Algunos momentos después, bajo bóvedas que una lámpara suspendida sobre su hermosa cabeza alumbraba, Tse-i-la, amarrado con finos cordeles a un poste, miraba en silencio al rey Tche-Tang, cuya alta estatura aparecía en la sombra a tres pasos de él. El rey estaba de pie, arrimado a la puerta de hierro de la caverna; su mano derecha se apoyaba sobre la frente de un dragón de metal cuyo ojo único parecía observar a Tse-i-la. El traje verde de Tche-Tang resplandecía; su collar de piedras preciosas relampagueaba; sólo su cabeza, rebasando el disco de la lámpara, permanecía en las sombras.

Bajo el espesor de la tierra nadie podía oírlos.

-Te escucho -dijo Tche-Tang.

-Señor -dijo Tse-i-la-, yo soy un discípulo del maravilloso poeta Li-tai-pe. Los dioses me han concedido en inteligencia tanto como a ti te han concedido en poder, y me han regalado la pobreza para que ella engrandezca mis pensamientos. Yo les agradecía diariamente tantos favores y vivía apaciblemente, sin ambiciones, sin deseos, cuando una tarde, sobre la terraza elevada de tu palacio, en la parte alta de los jardines, el ambiente plateado por los rayos de la luna, vi a tu hija Li-tien-Se, cuyos pies besaban las flores de los árboles copudos, perdiéndose con las brisas de la noche. Después de aquella noche, mi pincel no ha vuelto a trazar una sola línea, ¡y siento que ella también piensa en este rayo de amor en que me abraso!… Harto de languidecer, prefiriendo la muerte más espantosa al suplicio de vivir sin ella, he querido por un rasgo heroico, de una sutilidad casi divina, elevarme, ¡oh rey!, hasta tu hija.

Tche-Tang, por un movimiento de impaciencia, sin duda, apoyó su pulgar sobre el ojo del dragón. Las dos hojas de una puerta se abrieron sin ruido, dejando ver el interior de una caverna próxima.

Tres hombres con traje de cuero estaban al lado de un brasero donde enrojecían hierros de tortura. De la bóveda pendía una fuerte cuerda de seda, bajo la cual brillaba una caja de acero, redonda, con una abertura circular en medio.

Aquello era el aparato de la muerte terrible. Después de atroces quemaduras, la víctima era suspendida en el aire, atado un brazo a aquel cordel de seda, en tanto que el pulgar de la otra mano era amarrado por detrás al pulgar del pie opuesto. Se ajustaba entonces la caja de acero en la cabeza de la víctima, y, cuando descansaba sobre los hombros, se metían dentro dos ratas hambrientas. El verdugo imprimía un movimiento de balance a todo aquel horrible conjunto y luego se retiraba dejando al reo entre las tinieblas para volver al siguiente día.

Ante tal espectáculo, cuyo horror de ordinario impresionaba aun a los más resueltos:

-¡Olvidas -dijo fríamente Tse-i-la- que nadie, excepto tú, debes escucharme!

Las puertas se cerraron.

-¿Tu secreto? -gruñó Tche-Tang.

-Mi secreto, ¡tirano!, es que mi muerte precederá a la tuya esta noche -dijo Tse-i-la con el rayo del genio en los ojos-. ¿Mi muerte? ¿Pero no comprendes que es lo único que esperan allá arriba los que aguardan temblando tu regreso? ¿No significará ella que mis promesas han sido falsas? ¡Qué alegría no sentirán, riendo silenciosamente en el fondo de sus corazones de tu credulidad burlada!… ¡Y ésa será la señal de tu perdición!… Seguros de la impunidad, furiosos por la angustia pasada, ¿cómo delante de ti, que te habrás empequeñecido por la esperanza abortada, vacilará aún su odio? Llama a tus verdugos: seré vengado. Pero conozco que estás ya casi convencido de que al hacerme morir tu vida será sólo cuestión de horas; y que tus hijos, degollados, según la costumbre, te seguirán, y que Li-tien-Se, tu hija, flor de delicias, será también víctima de tus asesinos. ¡Ah! ¡Si fueses un príncipe profundo! Supongamos que de pronto, al contrario, regresas, con la frente como agravada por la misteriosa clarividencia predicha, rodeado de tus guardias, la mano sobre mi espalda, a la sala de tu trono, y que allí, habiéndome tú mismo revestido de la túnica de los príncipes, y enviado a llamar a Li-tien-Se, tu hija y mi alma, luego de habernos prometido, ordenas a tu tesorero que me cuente, de una manera oficial, los cincuenta mil liangs de oro. ¡Ah! Entonces yo te juro, que, a semejante vista, todos esos cortesanos cuyos puñales en la sombra han salido a medias de la vaina contra ti, caerán desfallecidos y prosternados, y que en el porvenir nadie osará admitir en su espíritu un mal pensamiento contra ti. ¡Así, pues, medita! Todo el mundo sabe que eres razonable y clarividente en los consejos de estado; no será, pues, creíble que una vana quimera haya sido suficiente para transfigurar, en algunos instantes, la desagradable expresión de tu cara, que debe aparecer victoriosa y tranquila!… ¡Cómo! ¡Tú, tan cruel, me dejas vivir! ¡Se conoce tu soberbia, y me dejas vivir! ¡Se conoce tu avaricia, y me prodigas tu oro! ¡Se conoce tu orgullo paternal, y me das tu hija por una palabra, a mí, desconocido transeúnte! ¿Qué duda podría subsistir ante todo esto? ¿Y en qué quieres tú que consista el valor de mi secreto, inspirado por nuestros seculares genios, sino en la absoluta creencia de que lo posees?… Únicamente se trataba de crear ese secreto, y eso lo he hecho yo. El resto depende de ti. Yo he cumplido mi palabra. Además, haberte exigido la dignidad principal y el oro, que yo desprecio, no ha sido más que para aumentar el precio, y por consiguiente, dejar imaginar por esa munificencia arrancada a tu famosa sordidez la espantosa importancia de mi imaginario secreto.

“Rey Tche-Tang: yo, Tse-i-la, atado por tu orden a este poste, exalto, ante la muerte terrible, la gloria del augusto Li-tai-pe, mi maestro de los pensamientos de luz, y te declaro que la sabiduría habla por mí. ¡Volvamos, te repito, con la frente alta y radiante! ¡Prodiga hoy los indultos en acción de gracias al cielo! ¡Luego promete ser inexorable en lo por venir! Ordena que se celebren fiestas luminosas en honor del divino Fo, que me ha inspirado esta sublime astucia. Yo, mañana, habré desaparecido. Iré a vivir con la elegida de mi corazón a cualquier provincia lejana y feliz, gracias a los liangs de oro. El botón diamantino de los mandarines, que habré recibido de tu munificencia, con tantos transportes de orgullo, no será jamás usado por mí, porque tengo otras ambiciones; yo creo solamente en los pensamientos armoniosos y profundos que sobreviven a los príncipes y a los reinos; siendo rey en el imperio inmortal, no ambiciono ser príncipe en los de ustedes. ¿Has comprendido que los dioses me han dado la firmeza de corazón y una inteligencia tan grande, por lo menos, como la de cualquiera de tus cortesanos? Puedo, pues, mejor que uno de ellos, llevar la alegría a los ojos de una joven. Pregunta a Li-tien-Se, ¡mi sueño! Estoy seguro de que, al mirarse en mis ojos, ella te lo dirá. En cuanto a ti, cubierto por una protectora superstición, reinarás, y, si abres tu corazón a la justicia, conseguirás que el temor se convierta en aprecio hacia tu trono afirmado. ¡Ese es el secreto de los reyes dignos de serlo! No tengo otro que facilitarte. ¡Pesa, escoge y falla! He dicho.

Tse-i-la calló.

Tche-Tang, inmóvil, pareció meditar algunos momentos. Su enorme sombra se prolongaba, truncándose sobre la puerta de hierro. De repente, fue hacia el joven y, poniéndole ambas manos sobre los hombros, lo miró fijamente, en el fondo de los ojos, como presa de mil sentimientos indefinibles.

Después, tirando del sable, cortó las cuerdas que sujetaban a Tse-i-la y echándole el regio collar sobre las espaldas:

-¡Sígueme! -le dijo.

Subió los escalones de la cueva y apoyó su mano sobre la puerta de la luz y la libertad. Tse-i-la, a quien el triunfo de su amor y de su repentina fortuna habían desvanecido bastante, contempló el regio presente.

-¡Cómo! ¡Este collar también! -murmuró-. ¿Por qué, pues, te calumnian? ¡Esto es mucho más de lo prometido! ¿Qué quiere pagar el rey con este collar?

-¡Tus injurias! -contestó desdeñosamente Tche-Tang, abriendo la puerta frente a los rayos del sol.

Villiers de L’Isle Adam (foto)

‘Un cuento muy corto’ de Ernest Hemingway

Ernest HemingwayEn las últimas horas de una tarde calurosa lo llevaron a la azotea desde donde podía dominar toda la ciudad de Padua. Las chimeneas se perfilaban sobre el cielo. La noche tardó poco en llegar y entonces aparecieron los proyectores. Los otros bajaron al balcón, llevándose las botellas. Hasta donde estaban Luz y llegaba el bullicio. Luz se sentó en la cama. Estaba fresca y lozana en la noche cálida.

Luz cumplió el servicio nocturno durante tres meses y todos estaban contentos. Ella lo preparó para la operación, y aquel día le dijo en tono de broma: “Si no se porta bien le pondré un enema”. Después vino el anestésico y él no pudo decir disparates en aquel difícil momento. Cuando empezó a utilizar las muletas, solía tomar las temperaturas para que Luz no tuviera que levantarse de la cama. Había pocos pacientes y todos estaban enterados. Todos querían a Luz. Mientras regresaba por los pasillos, pensó en Luz, acostada en su cama.

Antes de que él volviera al frente, los dos fueron a rezar al Duomo. Estaba oscuro y en silencio, y había otras personas orando. Querían casarse, pero no había tiempo suficiente para las amonestaciones y ninguno de los dos tenía la partida de nacimiento. Vivían, en realidad, como marido y mujer, pero deseaban que todos lo supieran para no correr el riesgo de perder esa condición.

Luz le escribió muchas cartas que él recibió después del armisticio. Un día le llegaron al frente quince cartas juntas, y las leyó de cabo a rabo después de clasificarlas por fechas. Le hablaba del hospital y de cuánto lo quería. Le decía que no podía vivir sin él y que, por la noche,  lo echaba mucho de menos.

Después del armisticio acordaron que él volviera a su país para conseguir un empleo que les permitiera casarse. Luz no regresaría hasta que él tuviera un buen trabajo, y entonces se encontrarían en Nueva York. No iba a beber más, por supuesto, y no necesitaría ver a sus amigos ni a nadie en los Estados Unidos. Solamente obtener el empleo y casarse. En el tren que los condujo de Padua a Milán tuvieron una disputa porque la mujer no estaba dispuesta a volver en seguida. Se despidieron con un beso en la estación de Milán, pero el altercado no había concluido. Para él fue muy desagradable decirse adiós de esta forma.

Volvió a América en un barco que zarpó de Génova. Luz regresó a Pordonone, en donde se inauguraba un nuevo hospital. El lugar era solitario y lluvioso, y en la ciudad se hallaba acuartelado un batallón de arditi. Aquel invierno de tanta lluvia y barro, el comandante del batallón hizo el amor con Luz. Era la primera vez que ella conocía a un italiano. Por fin escribió a los Estados Unidos diciendo que lo suyo solamente había sido una chiquillada. Que lo sentía y que se daba cuenta de que probablemente él no podría comprenderlo, pero que quizá algún día la perdonaría y le agradecería aquello, y que esperaba casarse en la primavera siguiente. Que seguía queriéndole, pero que ahora comprendía que lo suyo solamente había sido una cosa de chicos. Que confiaba en que se abriera camino en la vida y que tenía plena confianza en él. Que estaba segura de que así era mejor para los dos.

El comandante no se casó con ella ni en la primavera siguiente ni nunca. Luz no recibió respuesta a la carta que envió a Chicago. Poco tiempo después él contrajo una gonorrea por culpa de una vendedora de la sección de pasamanería de un almacén con la que hizo el amor en un taxi, paseando por Lincoln Park.

Ernest Hemingway (foto)

‘Desquite’ de José Saramago

josé saramagoEl muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe, flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil. El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una palabra que no se oyó. El río fluía, lento.
El muchacho subió la ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera temblaba.
La casa era baja, achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el pausado brotar del sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos, sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.
Corrió hacia el patio, pero no pasó del umbral de la puerta. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo. Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad. Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta. Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja, suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre.
El muchacho volvió al interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja. Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba.
El muchacho se quedó quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la primera, con los ojos redondos bajo las arcadas salientes, parecía estar esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían. Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio, vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua el relámpago azul.
El muchacho se quitó la camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después, con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría. Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.
El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.
José Saramago (foto)

‘Parra 100’, la muestra de los 100 de Nicanor

nicanor parra1El 5 de septiembre próximo Nicanor Parra (foto) cumple 100 años de vida. Nicanor es el mayor de una familia de genios: Roberto, Hilda, Violeta, Lautaro y Eduardo (Lalo). Y les sobrevive a todos.
Roberto compuso ‘La negra Ester’ (que inmortalizó en el teatro Andrés Pérez con un musical que forma parte de la esencia humana de los chilenos), Violeta creó un sinfín de canciones (entre ellas, ‘Gracias a la vida’, un himno de la humanidad), mientras Hilda, Lautaro y Lalo fueron enaltecidos folcloristas de culto.
Nicanor se hizo Físico en Brown y después intentó Cosmólogo en Oxford, y fue profesor de escuela de Matemáticas y de Mecánica Avanzada y Física en la Universidad de Chile. Lo de poeta, larvado, surge de epifanía en Inglaterra, y al minuto siguiente solo quiso pensar poesía, vivir poesía, transpirar poesía.
Muchos premios y reconocimientos ha tenido: Premio Municipal de Santiago (dos veces), Premio Nacional de Literatura en 1969, Premio Luis Oyarzún, Premio Iberoamericano Reina Sofía de Poesía, Premio Bicentenario de Chile, Premio Miguel de Cervantes y Premio Iberoamericano de Poesía ‘Pablo Neruda’, entre otros.
Admiró a Gabriela Mistral y a Pablo Neruda, y luego los subvirtió con su antipoesía en sus antipoemas. Instaló así la nueva poesía, la nueva literatura. No se siente de izquierda ni de derecha: Nicanor, es. (Ironizó: “Izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas”)
Se enamoró varias veces y varias veces se casó. Un desamor de estos le hizo escribir ‘El hombre imaginario’. Y el amor por su hermana lo hizo lanzar su ‘Defensa de Violeta’, desde uno de los balcones de La Moneda.
En estos días el Centro Gabriela Mistral (GAM) tiene en Santiago una muestra visual biográfica auditiva de su obra. La muestra está dividida en segmentos, de acuerdo con su vida, por lo que hay videos inéditos de su cotidiana soledad, está su voz que puede oírse en unos teléfonos que cuelgan del cielorraso, y hay muchas fotos que desconocíamos, que ilustran momentos de vida.
Puede ser, con Nicanor: Antes me parecía todo bien / ahora todo me parece mal / un teléfono viejo de campanilla / bastaba para hacerme el sujeto más feliz de la creación / un sillón de madera –cualquier cosa / los domingos por la mañana / me iba al mercado persa / y regresaba con un reloj de pared / –es decir con la caja del reloj– / y las correspondientes telarañas / o con una victrola desvencijada / a mi cabañisima de La Reina / donde me esperaba el Chamaco / y su señora madre de aquel entonces / eran días felices / o por lo menos noches sin dolor.
Muchos piden cada vez el Premio Nobel para él, de Literatura, pero él sueña con un Premio Nobel, en realidad, de Lectura: El Premio Nobel de Lectura / me lo debieran dar a mí / que soy el lector ideal / y leo todo lo que pillo: / leo los nombres de las calles / y los letreros luminosos / y las murallas de los baños / y las nuevas listas de precios / y las noticias policiales / y los pronósticos del Derby / y las patentes de los autos / para un sujeto como yo / la palabra es algo sagrado / señores miembros del jurado / qué ganaría con mentirles / soy un lector empedernido / me leo todo –no me salto / ni los avisos económicos / claro que ahora / leo poco / no dispongo de mucho tiempo / pero caramba que he leído / por eso pido que me den / el Premio Nóbel de Lectura / a la brevedad imposible.
Grande Nicanor, grande Parra. Nunca digas nunca, dijo. Cien años de existencia son un enorme poema. El que pierde gana.

‘Un domingo vagabundo’ de Lina María Pérez

lina maria perezFue una de esas noches de conciencia intermitente. Las pesadillas le dieron la razón al doctor Froliano. Había advertido que mis sueños escabrosos me estaban llevando a extremos insospechados. Me incorporé de la cama con trabajo y prometí una vez más ponerme a dieta. Y qué se va a hacer, la vanidad moderada no hace daño. Me sentí pesado y con cortos circuitos en todo mi cuerpo. Cosas de la edad y de las palabras serias con las que me define Froliano. Me bañé despacio para terminar de aclarar mis pensamientos y desentumirme. Llevé un tazón de té al estudio y me puse a hojear los periódicos. Quería un domingo vagabundo.

No había ruidos ni movimientos, pero tuve la sensación de no estar solo. Un tenue olor a pantano me alertó. Giré los ojos en todas direcciones. Se me atoró el aire. En el sofá del fondo había un bulto. ¿Un muerto? No. Un espasmo sutil salía de esa cosa. Yo no soñaba, de eso estaba seguro. Si algún trastorno mental me hacía imaginar seres extraños, qué astuta y marrullera es la imaginación para crear algo tan real. Algo real que respira y que huele a pantano.

Me levanté con cautela. Calculé cada uno de mis movimientos. Me desplacé sin quitarle los ojos de encima. No sentí temor. La cosa seguía en la misma posición, y fuera lo que fuera, en cuanto a tamaño, podía tener la mitad de mi cuerpo. No parecía una fiera en reposo dispuesta a sacar garras para atacarme. Por algún signo que salía de ese fardo intuí a un ser inofensivo. Me acerqué unos pasos. Pude verlo mejor. Aunque estaba tapado con una manta, percibí formas raras. Era un tangente, de eso no tenía duda. Recordé la publicidad sobre el circo de visita en la ciudad. Su principal atracción era la de exhibir esos bichos repudiables. Claro, todos disimulan la morbosa curiosidad que suscitan encerrados en sus jaulas. Los tangentes son feos, monótonos y predecibles. Por fortuna cada vez son más escasos. Se les ha venido exterminando porque dicen que arrasan con todo, que son brutos, violentos y demasiado primitivos. Se asustan con los espejos, le temen a sus sombras y actúan sin control cuando llueve. Todavía hay quienes estudian sus comportamientos torpes y su incapacidad para asociarse entre sí. Cuando no pueden sobrellevar sus miedos se suicidan. Bueno, eso habla bien de esos seres repugnantes. Su carne es apetecida por paladares exóticos y caros, aunque tiene un humor amargo. Tangente a las finas hierbas es un plato que sólo se sirve en establecimientos de cinco estrellas. Esa criatura debió escapar, se refugió en mi casa y se quedó dormida.

Me paré a un lado para sorprender al tangente cuando despertara. Por si acaso, tomé un fierro de la chimenea, aunque más que peligroso, lo vi inofensivo, hasta cobarde. Siguió quieto un buen rato. De pronto se movió y la cobija cayó al suelo. Era un cuerpo deforme, estrambótico y chocante. Nunca había tenido la oportunidad de ver a un tangente así de cerca. Se acomodó para continuar dormido, o eso me pareció. Sentí asco y rabia; al fin y al cabo ese esperpento estaba violando mi territorio y ni cuenta se daba. Caminé hacia el otro lado para verlo mejor: era una criatura horrible, con varios tentáculos que salían de un tambor. Otras cosas imprecisas había en su cuerpo. Aún no lograba descifrar cuál era el derecho y el revés, el arriba o el abajo.

Aseguré las puertas y las ventanas; no iba a dejarlo escapar. Aún no sabía si reptaba, caminaba o volaba. En algún momento tenía que despertar. Volví a mi escritorio. Lo contemplé con paciencia preparando mi reacción. Pasaron más de dos horas y el bulto empezó a dar señales de vida. Se incorporó como pudo, de modo que lo que yo creía que era la parte inferior, quedó sostenida sobre el tambor en el asiento del sofá. Movió los tentáculos y la lógica de su truculenta anatomía empezó a tener sentido. No puedo explicar cómo, pero percibí que estableció contacto conmigo. El extraño ser soltó un resoplido y por uno de sus orificios bramó unos sonidos que yo no comprendía. Subió y bajó los tentáculos en convulsiones que interpreté desesperadas. El esperpento empezó a moverse de un lado a otro y se refugió como un ovillo en un rincón. Gemía y seguía lanzando ruidos. Algún instinto le hizo saber que estaba perdido, de modo que el monstruo se fue calmando en una derrota resignada. Me acerqué despacio sin mostrarme amenazante. El engendro se apretó contra el rincón y sus soplidos se fueron haciendo más intensos.

Tuve la tentación de tocarlo para ver su reacción. No tenía por qué temerle, al fin y al cabo yo dominaba la situación. Era una criatura insignificante en su fealdad. Un adefesio al que todavía no lograba percibirle del todo sus formas. No iba a hacerle daño. Sólo tenía curiosidad de examinar un tangente, tomarle fotos o hacerle un video, qué sé yo, divertirme un poco a costa de él. Ya vería después qué haría con ese fenómeno.

Aspiré despacio para superar los escrúpulos. Estiré un brazo y de un zarpazo lo atrapé. Se resistió, intentó zafarse, volvió a quejarse con aullidos desesperados. Me deleité en ese forcejeo en el que mi superioridad venció sus escasas defensas. Cuando creí tenerlo dominado, sacó alientos y me atacó inútilmente con sus tentáculos. De uno de sus orificios lanzó un chorro de baba inmunda y me asusté al pensar que pudiera ser venenosa. El tangente se soltó de la trinca en la que yo lo apretaba contra mi cuerpo. Como un resorte brincó buscando refugio y luego se arrastró por el piso. En un intento por ponerse a salvo se encaramó sobre un armario y se arrebujó con gemidos y temblores.

Sentí punzadas de hambre. El esperpento estaba fuera de mi alcance y yo no tenía ganas de forzar mi cuerpo; necesitaba pensar. Salí con cuidado. Cerré la puerta con doble llave. Me serví algo de comer y encendí la televisión. El noticiero reportó la desaparición de algunos tangentes y recomendó poner espejos en las puertas de las casas para espantarlos. Me recosté esperando el alivio de una siesta. Quería reparar la mala noche, pero tenía mil ideas sobre qué hacer con el tangente. Se me ocurrió llamar a Froliano. Quería mostrarle que ese ser despreciable encerrado en el estudio no era una alucinación. Pensé también en amarrarlo y negociarlo con la academia de medicina o con algún zootécnico que hiciera un trabajo de taxidermia para la posteridad. Tenía otra opción: pedir una recompensa al dueño del circo, o venderlo a uno de los restaurantes de la Zona T. Conservar el tangente y domesticarlo podía ser buena idea. Una mejor: engordarlo para un banquete y presumir ante los asesores de la empresa. No tenía afán. Sólo curiosidad por ese ser grotesco, tan ajeno a mí, que había alterado mi domingo vagabundo.

Me asomé por el ojo de la cerradura. Mi cuerpo se estranguló en una posición incómoda. Sí, lo de la dieta se imponía con urgencia. Tanto peso es un agobio. Sólo pude ver un ángulo limitado y en él todo parecía tranquilo. Di dos vueltas a la llave y abrí la puerta. Giré los ojos para abarcar todo el estudio. El tangente debía estar escondido. No oí ruidos. Percibí su olor áspero. De pronto empezaron a caer sobre mi cuerpo libros y objetos, y si bien no me hicieron daño, me sorprendieron. Un zarpazo que vino de atrás me impidió recuperar el aplomo. Tenía pegado al tangente como un enorme gusarapo del que salían resoplidos desesperados. Después de todo, no son tan brutos como dicen. Éste, al menos, intentó dominarme quizá para demostrar que no se dejaría vencer. Parecía ingenua su pretensión de someter a un grundio a mordiscos, arañazos y golpes con la insignificancia de su tamaño.

Empecé a quitármelo de encima. Primero le hice una tenaza con mis dos palpos superiores, luego desplegué los artejos para arrancármelo. Con la trompa lo aparté, lo elevé por encima de mis macrocéfalos y lo neutralicé con un corrientazo de mis antenas dípteras. Le clavé aguijones, lo cegué con uno de mis fotósforos y mis lenguas flechudas taladraron su cuerpo. El tangente seguía emitiendo alaridos, que logré aplacar poniéndole un tapón con uno de mis opérculos. Desde el centro de mi caparazón desplegué la esfingosina, una de mis mejores armas, y de ella le lancé un haz de fibras pulposas que envolvió su cuerpo. Lo atenacé con mis quelíceros y el bicho quedó inmóvil. Ya completamente derrotado, el tangente mostró una resignación mansa. Lo puse sobre el escritorio, lo amarré de sus cuatro tentáculos y lo examiné con mis oviscaptos por todos lados intentando superar mis escrúpulos. Me fijé en la pelambre larga que cuelga de la protuberancia ovalada. Me llamaron la atención los dos orificios que abre y cierra para exprimir el líquido transparente que brota de ellos sin parar. Una especie de tabique con dos huecos pequeños a lado y lado separa las dos mitades de esa superficie rara. El orificio inferior es el que repite sonidos y aullidos mezclados con fonéticas irracionales: “Déjeme-en-paz-se-lo-suplico”. ¡Vaya uno a saber las incongruencias de su lenguaje aturullado!

Hice un inocente experimento. Le puse un espejo al frente y no soportó el terror de su imagen horripilante. Me burlé con una cadena de carcajadas y gorjeos que lo asustaron más. Cuando por fin se desvaneció deglutí un par de aspirinas para evitar el dolor de mis tres macrocéfalos que empezaba a anunciarse con puntos verdes en los miriápodos y picadas en las carúnculas. Pasé el resto de mi domingo vagabundo estudiando al tangente. Jugué a desentrañar su esencia de acuerdo con la definición de la enciclopedia virtual:

Tangente. (De jerga ancestral: tan= así; gente= ser yo) Sust. neutro para aludir a cualquier ser tangencial, sea macho o hembra. Decadente animal mamífero dotado de razón, memoria y lenguaje conscientes, a pesar de lo cual es considerado un ser inferior en la escala evolutiva. Las escuelas filosóficas positivistas definen al tangente como producto de la naturaleza de origen incierto que se encuentra en estado de auto extinción. En épocas remotas se le conocía como perteneciente al género “humano”, término que cayó en desuso. Su materia corpórea está compuesta por una cabeza unida a un tronco del cual penden cuatro apéndices largos, dos superiores que le sirven de brazos, y dos inferiores que usa para trasladarse. En cuanto a su sexo, cada uno tiene características exteriores particulares según el número de cromosomas en su estructura genética. Sobre su comportamiento, tolerancia e integridad ética se han dado diversas teorías irreconciliables. Las posiciones materialistas consideran al tangente como fruto superior de la naturaleza que procesa mecanismos internos con un complejo órgano: el cerebro. Sobre la evidencia física de éste, se concluye que es una masa gris dividida en dos hemisferios unidos por un cuerpo calloso y resulta insostenible la atribución de funciones superiores. Las posturas idealistas han sobreestimado la potencialidad de este bulto cuyo peso apenas sobrepasa un kilo. La Academia ha respaldado estas teorías con casos plenamente documentados del SGE –Síndrome Generalizado de Estupidez– padecido por los tangentes. A su vez, escuelas antipragmáticas consideran que los tangentes poseen un elemento esencial: el alma, sin que hayan logrado aportar evidencias contundentes de su existencia. Las nuevas ciencias comparativistas han retomado los estudios sobre los tangentes con el fin de obtener luces en torno a un posible vínculo con los grundios. Según las estadísticas, los códigos morales individuales y sociales de los tangentes chocan con sus conductas en función de la ambición por obtener poder económico. Ésta ha sido establecida por los estudiosos como una de las razones principales de su exterminio. La literatura científica ha documentado comportamientos casi generales en ellos relacionados con las atrofias de los sentimientos y de las emociones. Las teorías psicologistas han concluido que los tangentes aman hasta la locura y odian hasta la demencia. Resulta difícil caracterizar la disfunción de la especie tangencial para relacionarse entre sí y para proteger y conservar sus entornos. Casos aislados y excepcionales de tangentes que han logrado funcionar dentro de cierta coherencia individual y social no permiten reivindicar el género.

Algunos observadores todavía se interesan en los vestigios de los tangentes. Pretenden estandarizarlos y establecer diferencias y semejanzas entre los tangentes y los grundios. En la página web de la Revue de Grundiologie del año 2732 se recoge una bibliografía exhaustiva que rastrea los orígenes tempranos del género grundiano en función del desarrollo de ramas laterales de especies arcaicas como la de los tangentes.

El tangente seguía sobre el escritorio mientras yo consultaba los dibujos en la pantalla. Había algo en ese engendro que me suscitaba misterio y a la vez un morbo repugnante. Entonces entendí que yo tenía delante un tangente del género hembra y que se distinguía del macho por las dos esferas erguidas a la altura de su tronco y por ese triángulo peludo y feo que sobresalía en el eje central y contrastaba con el cuero pálido del resto de su cuerpo.

No hay razón para conservarlo. Terminaría siendo un estorbo. Lo pondré en el congelador y prepararé un suculento tangente a las finas hierbas para descrestar a Froliano. La dieta puede esperar.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

‘Alheña y azúmbar’ de Jaime Jaramillo Escobar

jaime jaramillo escobarSe dio a conocer con el seudónimo ‘X-504’, cuando apareció en Colombia un movimiento juvenil, irreverente y contestatario, que influyó en los años sesenta en el curso de la literatura nacional. Se llamó Nadaísmo, sí, de Nada. Detrás de ese nombre de meteorito o de polvo sideral estuvo siempre un antioqueño (‘paisas’, les dicen a los de esa región) que rebasó los linderos del tiempo y de la parroquia: Jaime Jaramillo Escobar (foto). Hoy es considerado como una de las voces robustas de la poética, según algunos, de Latinoamérica. JSA

“¡Ya no más –por favor– las aburridas descripciones de semillas tropicales!” (Gabriel Jaime Franco)

La digestión de la pulpa de coco demora cuarenta días y cuarenta noches. / Ni mucho, ni poco. / Al plátano hartón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco. / Si se ha comido banano y se ha tomado ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco. / La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; / si la tragas, allá tú. / La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. / Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha. / La pepita de la granada no es como la de la granadilla. / La pepita de la guayaba no es como la de la granada. / Y la pepita de la papaya no es como la de la guayaba. / Es como la de la papayuela, pero más dulce. / Si es más dulce es más sabrosa, si es más sabrosa es más cara. / Para que no sea más cara no compre papaya ni compre nada. / La pepita de la guanábana es como la de la chirimoya. Y ambas son como la de la calabaza. Cuando a uno le dan calabazas no le dan chirimoya ni le dan papaya. / Las pepitas de la guama se usan para hacer zarcillos, / quiero decir que se utilizan como pendientes, / o mejor dicho lo que quiero decir es que los chicos se las cuelgan en las orejas.

Trae el corozo una nuez, trae la nuez una almendra, / pero la almendra de la nuez no es como la nuez del corozo. / Si no se entiende que no se entienda. / La ciruela se lava, pero no se pela; el madroño se pela pero no se lava. / Para saber si una fruta se lava o se pela hay que consultar el diccionario. / El diccionario tiene la palabra. Pero si no la tiene será que le falta una página. / La pulpa de la algarroba se ataruga y se atraganta. / Si tomas agua se forma una pasta y se te pega en la garganta. / Con la garganta atragantada tratas de ver si resuellas o si no resuellas nada. / Si no resuellas mortus est.

El icaco es una fruta especial para diabéticos: no tiene azúcar, / ni tiene harina, ni tiene icaco ni nada. / El que come patilla oxidada seguro estira la pata. / Para no correr el riesgo es mejor comer sandía. La sandía es una fruta sandia. / El tamarindo es la fruta que más me gusta porque es de negros y de tierra caliente. / Qué sería de los blancos cuando van a tierra caliente si los negros no les sirvieran refrescos de tamarindo. / Con el sabor áspero del tamarindo se forman bolas ácidas recubiertas de azúcar que sirven para vender en las calles de Cartagena y se hace una miel espesa de tamarindo para lamer sobre hojas de plátano. / También se hacen sorbetes para el arzobispo y además el árbol de tamarindo produce una sombra verde y fresca para construir un banquito y sentarse alrededor del tronco. / El tamarindo es un tronco de árbol copudo completamente lleno de tamarindos. Sólo los negros lo pueden coger porque no es fruta de blancos. / Si los blancos tuvieran tamarindo entonces los negros serían blancos. Pero no puede ser.

Hay muchas frutas que son de negros. Dios les dio a los negros la tierra caliente y las frutas porque Dios tiene predilección por los negros, eso es evidente.

A los blancos los puso en tierras frías para que se resfríen, / pero ellos inventaron la aspirina y las cobijas de lana. / El níspero y el mamey son frutas de negros. Y el zapote también. / Pero lo que pasa es que a los blancos siempre les ha gustado comerse / la comida de los negros. Y la música de los negros. / Y los bailes de los negros. Y las negras de los negros.

Sigamos: mi negra se emperejila, se emperespeja, se aliña, / con alhucema y albahaca, con cidrón y toronjil, / con lavanda, con canela, con loción y con anís. / Mi negra tiene un meneo que no cabe por la calle, / mueve el tacón y la punta del zapato y ese baile / derrama tantas fragancias que no caben en el aire.

Mi negra es alta y esbelta, muy lucida y bien plantada, / su cuello es tan largo que anda su cabeza por el aire. / El donaire de mi negra no cabe en ninguna parte. / Mi negra tiene ojos blancos, dientes blancos, calzones blancos, / calzones en diminutivo, calzoncitos, prendas íntimas… / Yo no sé qué tienen de íntimas si las anda mostrando por todos lados.

Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda, / no como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, / aunque sea un concepto. Mi negra no tiene conceptos, ella nació y se crió desnuda, / y por lo tanto no se puede vestir completamente porque mientras más se viste / más desnuda queda.

Mi negra se aceita el codo, se pule el pelo, acicala, / se emperimbomba, se tiñe, se sahúma, se apercala, / se va de rumba y regresa cuando está la noche alta. / Yo no sufro por mi negra. ¡Cómo me alegra mirarla! / Mi negra camina en versos de cuatro o cinco tonadas, / su habla es un canto largo, con las palabras cortadas.

Mi negra es dulce por fuera. Por dentro yo no sé nada. / Por dentro mi negra tiene alguna cosa guardada. / Agüita de manzanilla, / tisana de ron y eneldo, / la raíz del limoncillo / y un manojito de espliego.

El aire huele a linaza / con astillas de canela. / Con alheña y con azúmbar / viene pintada mi negra. / Pintada no es la palabra, / viene más azul que negra, / como esculpida en el aire / durísimo de la piedra!