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Un 11 de septiembre en que se perdió el decoro

salvador allendeHoy se cumple un año más de un sueño frustrado. El sueño de una sociedad más justa, inclusiva y democrática. Sueño que fue atacado de manera aleve con tanques de guerra, aviones de combate y soldados y marinos blandiendo fusiles.
Hoy se cumple un año más del asalto delictivo a La Moneda, perpetrado en 1973 por un grupo de alevosos militares que pisotearon el orden constitucional del país, y emprendieron una era de terror con asesinatos, desapariciones y torturas. Una era en que el sistema estatal fue puesto al servicio de la barbarie, las masacres y la impunidad, en un prolongado acto de lesa humanidad que duró 17 años.
Hoy se cumple un año más en que una cuerda de facinerosos irrumpió en La Moneda, produciendo la muerte del presidente constitucional de Chile, el socialista Salvador Allende (foto). Con sus mentes calenturientas y la consigna de ser los redentores del país, los militares de esa época se movilizaron como los títeres pusilánimes que fueron de un grupo de civiles privilegiados que, coludidos, empezaron a saquear el Estado y enriquecerse hasta el límite actual de sus empresas y bancos.
Hoy es un día para rendir tributo a todos aquellos héroes ciudadanos que soñaron con un país más justo y una riqueza redistribuida más equitativamente, y fueron desaparecidos y asesinados. Héroes de un sueño de justicia social que sigue vigente, que mantiene su calidad de amenaza para los privilegiados que se han enriquecido hasta la saciedad, muchas veces de manera ilícita, pero que quieren más. Una amenaza para ese grupo oligárquico que detenta los bienes y servicios elaborados con sudor del pueblo. Grupo de enfermos de codicia que ocupan el Congreso y la Bolsa de Santiago, y detentan las grandes empresas, los bancos y las universidades y colegios. Grupo oligárquico sediento siempre de sangre y de dinero.

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Pensiones de miseria por el “mercado libre”

claudio-bonillaEl sistema pensional chileno está en manos de empresas privadas, cuyos ejecutivos lucran y viven en los barrios exclusivos del nororiente de Santiago a costa de la misera de los trabajadores que fueron conminados a entregar sus ahorros a estas organizaciones perversas, cuyos primeros “beneficiarios” han obtenido pensiones para morirse de hambre.
Me remito a unas pocas observaciones que hizo el profesor asociado de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, Claudio Bonilla (foto), quien define, para empezar, “el sistema de pensiones chileno en el que la capitalización individual determina el fondo acumulado y, consecuentemente, el monto de la pensión”. (¿El creador fue el señor José Piñera?)
Había otro, antes que este, el de reparto, que durante la dictadura se argumentó que “dada la evolución demográfica se tornaba financieramente insostenible para el Estado”.
Así, los privados son los que determinan el futuro de las personas, su bienestar y su condición social, no el Estado, al que con las teorías de la dictadura se le ha restado toda presencia y capacidad de acción, reduciéndolo a proporciones alucinantemente ínfimas. (Dicen los ricachones que “el mercado es sabio”)
En 1981 se produjo el cambio del sistema de reparto a cargo del Estado (como debe ser), al de “capitalización individual” (empresas de los ricachones para su lucro).
Dice el profesor Claudio Bonilla en un texto de El Mercurio: “Para los trabajadores que venían del sistema antiguo, el Estado les calculó un bono de reconocimiento que también estaba dañado, pues este cálculo se basaba solo en la renta imponible, produciéndoles de esta forma un doble daño previsional a sus empleados. El bono de reconocimiento incorporó una tasa de interés del 4%, la mitad de la que habrían obtenido esos mismos fondos si hubieran estado en las AFP desde 1981”.
“El problema de la subcotización fue resuelto con dos leyes, una de 1987 y otra de 1993. Sin embargo, el daño que se produjo hasta antes de las leyes nunca fue resuelto”.
Puso de ejemplo el profesor Bonilla que si hay dos “empleados públicos en idéntica condición de años cotizados por una misma renta, el que se cambió al sistema de capitalización individual obtiene una pensión considerablemente inferior, producto del daño que le infirió el Estado a sus ahorros para jubilarse”.
“En un estudio reciente para cuantificar el daño previsional, y basándome en una muestra de más de 25.000 empleados públicos, he calculado el factor de subcotización para ellos, y separándolos por quintil de ingresos para poder determinar el daño previsional promedio por quintil y por años de daño (un trabajador pudo ser dañado desde 1 hasta 12 años)”.
“Si bien no podemos saber el número exacto de dañados previsionales ni tampoco cuál es el perfil de cada uno de ellos, sí podemos decir que los montos pueden llegar a ser bastante considerables”.
“Por ejemplo, en el caso extremo de un individuo que fue dañado por 12 años y que recibió un bono de reconocimiento subvalorado, en promedio tiene un daño previsional de UF 1.784”.
“Si es del primer quintil, su perjuicio es por UF 680; pero si pertenece al quinto quintil, su daño asciende hasta las UF 5.073”.
“Esos montos equivalen a una pensión mensual adicional de $ 86.000 y $ 643.000, respectivamente”.
“Este daño previsional es responsabilidad del Estado y, como tal, este debiera estar disponible a analizar vías de compensarlo. Las medidas paliativas tomadas hasta ahora, como el bono laboral por $58.000 mensuales, son insuficientes”.
¿Cuándo la “derecha” o la “izquierda” en el Congreso o en el goberno se ocupará de estas situaciones, que son la realidad de las personas, en lugar de ocuparse de idioteces como citar a un ministro para ver si está haciendo lo que dejó hecho el señor Sebastián Piñera cuando fue presidente, o no.
O sobre las babosadas y mentiras del señor Sebastián Piñera y un grupo de idiotas diciendo que “lo dejen opinar”, que “la verdad duele”, que “el gobierno debe oir” esas sandeces, que “la democracia está en peligro” porque no le prestan atención al señor Piñera…
Los políticos son personas dedicadas a inventar un mundo ficticio con el cual engatuzar al pueblo, a fin de que éste pueblo se olvide de su realidad, de sus auténticas necesidades, y se llene de odios por asuntos irreales e irrelevantes inventados por esos sórdidos políticos. Y allí encuentra la gente su propia horca.

Stiglitz: Economía, legislación y fármacos

stiglizEl Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz, insiste en la necesidad de cambiar el paradigma social, y legislativo, de la rentabilidad económica por la rentabilidad social, en la industria farmacéutica. Los incentivos oficiales muchas veces no sirven para que los precios se moderen. Aunque se sabe que un medicamento que se vende en $1000, probablemente tuvo un costo de producción de apenas $50 o $100 pesos. El asunto no es meramente “científico”, sino del modelo económico en que está montada la sociedad (estadounidense o chilena, es igual) JSA
Cada año mueren millones de personas por enfermedades que se pueden prevenir y tratar, sobre todo en los países pobres.
En muchos casos se pueden producir a gran escala medicamentos baratos para salvar vidas, pero sus precios de venta impiden que los compren las personas que los necesitan. Además, hay muchos que mueren porque no hay curas o vacunas, debido a que se dedican muy pocos recursos y talento de investigación del mundo para tratar las enfermedades de los sectores pobres.
Esta situación representa un fracaso de la economía y la legislación, que se tiene que corregir urgentemente.
La buena noticia es que ahora hay nuevas oportunidades de cambio, sobre todo mediante esfuerzos internacionales, encabezados por la Organización Mundial de la Salud, que empezarían a modificar el régimen ineficaz de propiedad intelectual que obstaculiza el desarrollo y la disponibilidad de medicamentos asequibles.
Hay dos problemas principales que ahora están limitando el acceso a los medicamentos. Uno de ellos es que son muy caros; o, más bien, que el precio asignado es demasiado alto, aunque el costo para producirlos sea tan sólo una fracción de ese precio.
Segundo, el desarrollo de medicamentos está orientado a obtener el máximo beneficio económico, no social, lo que sesga los esfuerzos dirigidos a desarrollar aquellos que son esenciales para el bienestar de la humanidad.
Como los pobres disponen de poco dinero para gastar, las compañías de medicamentos, bajo las disposiciones actuales, tienen muy pocos incentivos para realizar investigaciones sobre las enfermedades que padecen los pobres.
Esta situación no tiene que prevalecer. Las compañías de medicamentos sostienen que los precios elevados son necesarios para financiar la investigación y el desarrollo.
Con todo, en los Estados Unidos, y en gran parte del mundo, los precios de los medicamentos siguen siendo exorbitantes y la propagación del conocimiento es extremadamente limitada. Ello se debe a que hemos creado un sistema de patentes que ofrece a los innovadores un monopolio temporal sobre su creación, lo que los incentiva a acaparar sus conocimientos para no beneficiar a sus competidores.
Si bien este sistema ofrece incentivos para determinados tipos de investigación, porque hace rentable la innovación, también permite a las compañías de medicamentos aumentar los precios, y los incentivos no corresponden necesariamente a los beneficios sociales.
El sistema de patentes incluso puede tener efectos perjudiciales sobre la innovación, porque mientras que el insumo más importante en cualquier investigación es el uso de ideas anteriores, el sistema de patentes incentiva el secreto.
Los precios elevados y la investigación sesgada se pueden solucionar si se sustituye el modelo actual con un sistema de recompensa respaldado por el Gobierno. Con un sistema de premios se recompensan los nuevos conocimientos que aportan los innovadores, pero no retienen el monopolio de su uso.
De esa forma, el poder de los mercados competitivos puede garantizar que un medicamento nuevo se ofrecerá al precio más bajo posible, no a un precio inflado monopolizado.
El informe Research and Development to Meet Health Needs in Developing Countries (Investigación y desarrollo para atender las necesidades de salud en los países en desarrollo) recomienda un enfoque amplio que incluya contribuciones financieras obligatorias de los gobiernos para la investigación de las necesidades de salud en los países en desarrollo, la coordinación internacional para definir las prioridades en los servicios de salud y su aplicación y un observatorio global que se encargue de detectar dónde hay más carencias por atender.
Reformar nuestro sistema de innovación no es sólo una cuestión de economía. En muchos casos es un asunto de vida o muerte.
Por ende, es esencial desvincular los incentivos para las actividades de investigación, y desarrollo de los precios de los medicamentos, y promover un mayor intercambio de los conocimientos científicos.
Joseph E. Stiglitz (foto)

‘Al cumplir los 80’ de Oliver Sacks

Oliver_SacksAnoche soñé con el mercurio: enormes y relucientes glóbulos de azogue que subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño fue un recordatorio de que muy pronto los años que iba a cumplir también serían 80.

Desde que era un niño, cuando conocí los números atómicos, para mí los elementos de la tabla periódica y los cumpleaños han estado entrelazados. A los 11 años podía decir: “soy sodio” (elemento 11), y cuando tuve 79 años, fui oro.

Hace unos años, cuando le di a un amigo una botella de mercurio por su 80º cumpleaños (una botella especial que no podía tener fugas ni romperse) me miró de una forma peculiar, pero más adelante me envió una carta encantadora en la que bromeaba: “tomo un poquito todas las mañanas, por salud”.

¡80 años! Casi no me lo creo. Muchas veces tengo la sensación de que la vida está a punto de empezar, para en seguida darme cuenta de que casi ha terminado. Mi madre era la decimosexta de 18 niños; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y casi el más joven del vasto número de primos de su lado de su familia. Siempre fui el más joven de mi clase en el instituto. He mantenido esta sensación de ser siempre el más joven, aunque ahora mismo ya soy prácticamente la persona más vieja que conozco.

A los 41 años pensé que me moriría: tuve una mala caída y me rompí una pierna haciendo a solas montañismo. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y empecé a descender la montaña torpemente, ayudándome solo de los brazos. En las largas horas que siguieron me asaltaron los recuerdos, tanto los buenos como los malos. La mayoría surgían de la gratitud: gratitud por lo que me habían dado otros, y también gratitud por haber sido capaz de devolver algo (el año anterior se había publicado Despertares).

A los 80 años, con un puñado de problemas médicos y quirúrgicos, aunque ninguno de ellos vaya a incapacitarme, me siento contento de estar vivo: “¡Me alegro de no estar muerto!”. Es una frase que se me escapa cuando hace un día perfecto. (Esto lo cuento como contraste a una anécdota que me contó un amigo. Paseando por París con Samuel Beckett durante una perfecta mañana de primavera, le dijo: “¿Un día como este no hace que le alegre estar vivo?” A lo que Beckett respondió: “Yo no diría tanto”)

Me siento agradecido por haber experimentado muchas cosas –algunas maravillosas, otras horribles– y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas y lectores, y por disfrutar de mantener lo que Nathaniel Hawthorne llamaba “relaciones con el mundo”.

Siento haber perdido (y seguir perdiendo) tanto tiempo; siento ser tan angustiosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; siento no hablar más idiomas que mi lengua materna, y no haber viajado ni haber experimentado otras culturas más ampliamente.

Siento que debería estar intentado completar mi vida, signifique lo que signifique eso de “completar una vida”. Algunos de mis pacientes, con 90 o 100 años, entonan el nunc dimittis –“He tenido una vida plena, y ahora estoy listo para irme” –. Para algunos de ellos, esto significa irse al cielo, y siempre es el cielo y no el infierno, aunque tanto a Samuel Johnson como a Boswell les estremecía la idea de ir al infierno, y se enfurecían con Hume, que no creía en tales cosas. Yo no tengo ninguna fe en (ni deseo de) una existencia posmortem, más allá de la que tendré en los recuerdos de mis amigos, y en la esperanza de que algunos de mis libros sigan “hablando” con la gente después de mi muerte.

El poeta W. H. Auden decía a menudo que pensaba vivir hasta los 80 y luego “marcharse con viento fresco” (vivió solo hasta los 67). Aunque han pasado 49 años desde su muerte, yo sueño a menudo con él, de la misma manera que sueño con Luria, y con mis padres y con antiguos pacientes. Todos se fueron hace ya mucho tiempo, pero los quise y fueron importantes en mi vida.

A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.

Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.

Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental.

Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban.

Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60.

No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.

Oliver Sacks (foto) (Traducción de Eva Cruz)

Douglas Tompkins, un extraño filántropo en Chile

Tompkins2No hay nada más terrible y alucinante que la ignorancia. Cuando se ignora algo se refuerzan nuestros errores para no caer al vacío. Le tememos a decir “no lo sé”, o “no conozco eso”. En su lugar, elaboramos argumentos peregrinos o lanzamos temerarias afirmaciones. Casi con agresividad. O con agresividad, derechamente. Lo digo por la cantidad de versiones que se hicieron circular, irresponsablemente, cuando llegó Douglas Tompkins (foto) a Chile. La ignorancia es atrevida, me enseñó mi papá.

Se trataba de un multimillonario gringo que llegaba comprando tierras, muchas tierras en el sur. La ignorancia, malévola, dijo que él era una ‘cabeza de playa’ de una horda de gente rara que buscaba dónde esconderse, cuando comenzara el fin del mundo o la tercera guerra general.

Hasta el ex presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, mismo que “repatrió” de Londres al dictador Augusto Pinochet para “juzgarlo” en “su patria”, lanzó una andanada contra el gringo raro que, además, se atrevía a opinar que unir el extremo sur con el resto del país era más fácil a tramos de mar y tierra, que “por el interior” del territorio continental. Dicho de paso: hoy ya están unidas esas dos partes, mediante barcazas.

Lo cierto es que con la fortuna obtenida con su firma The North Face, el señor Tompkins adquirió cerca de 500 mil hectáreas (o 5.000 kilómetros cuadrados, que es un barbaridad) en el sur, donde Chile todavía es una zona virgen, un pulmón planetario. Pero aún hoy levantan la mano algunas personas para acusarlo de… ¡cualquier cosa!

Una y otra vez Douglas Tompkins ha tenido que desmentir esas versiones alucinadas, y actuar con cautela, abriendo las puertas de sus predios al escrutinio público, para acallar a los ignorantes irresponsables. Pero estos volvieron a levantar la voz, ya no porque “ese gringo se estaba comprando el país”, sino porque ¡“ese gringo” está regalándole a Chile las tierras que había comprado con su fortuna!

El asunto es que Chile no tiene ninguna tradición de filantropía. Ninguna. Acá los empresarios y millonarios chilenos son cada día más voraces, más agresivos, más avaros, más lujuriosos con sus riquezas. Pecan de gula. Desconocen los sentimientos de la compasión, de la fraternidad, de la generosidad. Entre más rapaces sean, más importantes.

¡Y viene un gringo a comprar tierras para después regalarlas! ¡Ese tipo es sospechoso!

Acá no existe la idea del cuidado del medio ambiente. Es mejor derribar árboles y volverlos dólares. Es mejor inundar cuencas y volverlas hidroeléctricas para generar muchos kilovatios que se volverán dólares. No hay sentido medioambientalista. No. Eso es de hippies, de gente rara, sospechosa.

En Chile hay “cero misantropía”. Algunos escarceos son mal vistos, como los de Leonardo Farkas, un minero multimillonario que sigue bajo sospecha porque regala muchos millones de pesos para rehabilitar niños de la Teletón, o apoya deportistas sin pedir nada a cambio. Los demás ricachones lo miran con recelo, como un estorbo. Lo miran como alguien que hace ver mal el dinero.

Yo mismo, al hacer las afirmaciones anotadas, puedo caer bajo sospecha, porque ¿a quién se le ocurre defender el medio ambiente, la fauna, los recursos naturales que le pertenecen a todos y cada uno de los chilenos?

Como sea, Douglas Tompkins ya hizo una primera devolución de tierras: 38.780 hectáreas para la formación del Parque Nacional Yendegaia. Y anunció que tiene otras 450 mil hectáreas para entregar al Estado chileno. Con una sola condición: el Estado jamás podrá usar esas tierras para desarrollos económicos, o expropiarlas para esos fines. Deben ser santuarios naturales, perpetuamente.

El pasado enero, las periodistas Paula Comandari y Rosario Zanetta le hicieron una entrevista para la revista ‘Qué pasa’, y en ella Tompkins anuncia el fin de la restauración del parque Pumalín, que fue afectado durante el primer gobierno de Michelle Bachelet.

¿Eso quiere decir que la donación de Pumalín se podría concretar en este gobierno de Bachelet?     Pienso que sí. Esperamos tener una buena recepción por parte de la presidenta. Para eso necesitamos poner todo en orden y hacer el mismo proceso que llevamos a cabo con la administración Piñera. Nosotros tenemos el corazón puesto en el Parque Pumalín, pero siempre nuestra meta fue entregarlo porque sabemos que es un parque de calidad muy alta.

¿Pero nunca se ha reunido con Michelle Bachelet?     No, nunca.

Una de sus luchas más emblemáticas ha sido contra la construcción de HidroAysén. ¿Existe algún tipo de viabilidad para ese proyecto?     El problema con HidroAysén es que el concepto es el equivocado: estamos represando ríos en el sur de Chile para mandar toda la energía al norte, cuando en el norte hay abundancia de energía solar. Hay que desarrollar la energía cerca del usuario y así no sería necesario poner líneas de alta tensión.

¿Qué expectativas tiene sobre HidroAysén (que la presidenta ha considerado “inviable”)?     Obviamente en el movimiento ambiental y en Patagonia sin Represas están bien conscientes de estas tendencias. Los asesores (de la presidenta) son gente razonable y van a escuchar buenos argumentos, van a buscar alternativas, porque hay otras alternativas.

Usted ha hecho esfuerzos de conservación en Chile y en Argentina. ¿Cuáles son las diferencias en cómo se hace esto acá y allá?     Tanto Chile como Argentina (…) tienen buenas redes de parques nacionales. Argentina está mejor organizado. Tiene una mejor administración. Ahí a Chile le falta.

¿En qué, por ejemplo?     Chile tiene a la Conaf, que es una agencia público-privada, formada en otros tiempos. Las administraciones de Lagos, Bachelet y Piñera no han cumplido la idea de formar una administración de parques bajo el Ministerio de Medio Ambiente. En Argentina, por un siglo, han tenido una administración bien formada y ha funcionado bastante bien.

¿Cree que la institucionalidad medioambiental no ha funcionado bien en Chile?     No todavía. Está en formación. A ver si en esta nueva administración de Bachelet se pueda formar la nueva Conaf, como en todos los países del mundo.

Usted se opone a la construcción de la Carretera Austral por el interior…     No estoy en contra de la carretera. Estoy en contra de hacerla ahora y por el interior. Eso es demasiado caro. Para mí, la mejor idea es la de la ruta costera, porque es más barata, más inmediata y mucho más rápida.

¿Por qué cree que hay gente que promociona esa ruta interior?     Los promotores de los caminos al interior han convencido a una masa de personas de que es la mejor opción. Ellos quedarían como los tontos del pueblo si ahora dicen “me equivoqué, prefiero la ruta de la costa”. Es la porfía humana. No creo que esto tenga que ver con intereses personales, pero hay una masa de gente mal informada que piensa que la ruta entre Chaitén y Puerto Montt tiene que pasar sólo por vía terrestre.

El cambio climático es un gran tema, pero la gente pobre está más preocupada de tener un hospital cerca…     Hemos escuchado esto por años. Por eso hay que volver a la primera pregunta y ésa es, si es factible tener este boom económico en un planeta muerto.

Usted ha recibido varios reconocimientos a nivel internacional, pero en Chile tiene grandes detractores. ¿Le afecta que en Chile genere desconfianza?     No, tengo cuero de chancho. Hace 20 años tuvimos mucha oposición a nuestras iniciativas: mucha gente no nos creyó que donaríamos los terrenos. Eso era entendible, porque en Chile no hay tradición de filantropía. No culpo al pueblo chileno por no haber entendido esto, porque era algo novedoso. Hoy, en cambio, los empresarios y algunos políticos me han hecho una figura pública, un personaje. Hoy, para bien o para mal, soy un referente.

Más allá de lo donado en Yendegaia, ¿cuántas hectáreas tiene todavía en Chile?     Tenemos alrededor de 450.000 hectáreas en Chile y unas 200.000 en Argentina.

¿Cuánto ha pagado por esas tierras?     En los últimos 20 años hemos invertido en total más de US$ 300 millones entre Chile y Argentina.

Y de esas 450.000 hectáreas, ¿cuántas piensa donar?     Tenemos 450.000 hectáreas para entregar. Estamos trabajando en distintos proyectos. Yo no sé cuántos años más me quedan, por eso estamos pensando terminar nuestro plan de parques nacionales en la próxima década.

O sea que en 10 años más, dirá “misión cumplida”…     ¡Ésa es la idea!

Arcis, o la ‘cultura de la izquierda’

sabrovskyEl profesor –doctor en Filosofía– de la Universidad Diego Portales, Eduardo Sabrovsky (foto), evaluó en un artículo cuyo título hace referencia al “fracaso de una universidad comprometida”, la situación de la universidad Arcis, cuyo control lo tenía, hasta hace poco, el Partido Comunista a través de una inmobiliaria que hacía parte del ‘negocio’ educativo. Sabrovsky recalca que Arcis no fue un negocio como lo son otras universidades, puesto que al final no hubo utilidades para el Partido Comunista. Superado lo estrictamente económico, valga decir que nada tiene de malo que el Partido Comunista participe de negocios legales, y lucre con ellos. No con la educación, por cierto, ahora que acaba de suscribir un pacto electoral con la llamada Nueva Mayoría (coalición de izquierdas) que incluye la ‘gratuidad’ en la educación. Lo que me llama la atención de la lectura del artículo es el punto por el cual Arcis fracasa como institución “comprometida”. ¿Por qué no pudo el Partido Comunista consolidar un modelo educativo, libertario y liberador? Dice Sabrovsky: “No es su carácter ideológico lo que lleva a U. Arcis al fracaso. ¿Qué es entonces? Aventuro una hipótesis: lo que fracasa es una cultura que la izquierda, por complejas razones, ha hecho suya en las últimas décadas”. Y ya en la médula del asunto, o sea, en la mismísima médula de la “cultura de la izquierda”, afirma: “Llevada al terreno universitario, esta cultura no acepta horarios, plazos, calificaciones; tampoco diferencias basadas en el saber, en el esfuerzo”. ¿Será posible? Entonces, lo que dibuja Sabrovsky es un mundo imposible de “profesores (que) terminan haciendo que como que enseñan –U. Arcis es una de las que peor paga a sus profesores taxi; y allí hay casi solamente profesores taxi–. A la vez, los estudiantes, que, con contadísimas excepciones, jamás llegan a la hora a clase, hacen como que estudian. Por eso, entre otras cosas, esta cultura no quiere liceos públicos de élite: igualdad ahora –igualitarismo pequeño-burgués, como alguna vez se decía– y punto”. ¿Leí mal? ¿Acaso hay una “cultura” de vagos, que es asimilable a la “cultura de la izquierda”? ¿No supe leer? ¿Leo y no entiendo? Háganlo ustedes, por favor, para ver si entienden mejor.

Le preguntaron a Mahatma Gandhi

gandhi3Le preguntaron a Mahatma Gandhi (foto) cuáles eran los factores que destruían al ser humano. Él respondió:

“La política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad.

La vida me ha enseñado que la gente es amable, si yo soy amable; que las personas están tristes, si estoy triste; que todos me quieren, si yo los quiero; que todos son malos, si yo los odio; que hay caras sonrientes, si les sonrío; que hay caras amargas, si estoy amargado; que el mundo está feliz, si yo soy feliz; que la gente se enoja, si yo estoy enojado; que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

La vida es como un espejo: Si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa. La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará ante mí.

El que quiera ser amado, que ame”.

Feliz Navidad y Año Nuevo 2013 – 2014