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‘Cordero asado’ de Roald Dahl

Roald Dahl(Roald Dahl escribió ‘Los gremlins’, ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, ‘James y el melocotón gigante’, ‘Matilda’, ‘Las brujas’ y ‘Relatos de lo inesperado’. Este cuento lo adaptó Alfred Hitchcock al cine)

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel -estaba en el sexto mes del embarazo- había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

-¡Hola, querido! -dijo ella.

-¡Hola! -contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir -como siente un bañista al calor del sol- la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

-¿Cansado, querido?

-Sí -respondió él-, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

-Yo te lo serviré -dijo ella, levantándose.

-Siéntate -dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

-Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? -Le observó mientras él bebía el whisky-. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día -dijo ella.

Él no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

-Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

-No -dijo él.

-Si estás demasiado cansado para comer fuera -continuó ella-, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

-Bueno -agregó ella-, te sacaré queso y unas galletas.

-No quiero -dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

-Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

-No me apetece -dijo él.

-¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

-Siéntate -dijo él-, siéntate sólo un momento. -Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada-. Vamos -dijo él-, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

-Tengo algo que decirte.

-¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

Él se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

-Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo -dijo-, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

-Eso es todo -añadió-, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

-Prepararé la cena -dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

-Por el amor de Dios -dijo él al oírla, sin volverse-, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

“Bien -se dijo a sí misma-, ya lo has matado”.

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte ¿y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

-Hola, Sam -dijo en voz alta. La voz sonaba rara también-. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

-Hola, Sam -dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

-¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

-Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

-Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche -le dijo-. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

-¿Quiere carne, señora Maloney?

-No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

-¡Oh!

-No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

-Personalmente -dijo el tendero-, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

-¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

-¿Nada más? -El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía-. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

-Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

-¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

-Magnífico -dijo ella-, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

-Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

“Eso es -se dijo a sí misma-, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir”.

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

-¡Patrick! -llamó-, ¿dónde estás, querido? -Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

-¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

-¿Quién habla?

-La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

-¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

-Creo que sí -gimió ella-. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

-Iremos en seguida -dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida -en realidad conocía a casi todos los del distrito- y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

-¿Está muerto? -preguntó ella.

-Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno -allí estaba, asándose- y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

-¿A qué tienda ha ido usted? -preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

“…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…”

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

-No -dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

-Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? -preguntó Jack Nooan.

-No -dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

-Es la vieja historia -dijo él-, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

-¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? -le preguntó-. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

-No tenemos jarrones de metal -dijo ella.

-¿Y un atizador?

-No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

-Jack -dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado-, ¿me quiere servir una bebida?

-Sí, claro. ¿Quiere whisky?

-Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

-¿Por qué no se sirve usted otro? -dijo ella-; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

-Bueno -contestó él-, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

-Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

-¡Dios mío! -gritó ella-. ¡Es verdad!

-¿Quiere que vaya a apagarlo?

-¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

-Jack Nooan -dijo.

-¿Sí?

-¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

-Si está en nuestras manos, señora Maloney…

-Bien -dijo ella-. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

-Ni pensarlo -dijo el sargento Nooan.

-Por favor -pidió ella-, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

-¿Quieres más, Charlie?

-No, será mejor que no lo acabemos.

-Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

-Bueno, dame un poco más.

-Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick -decía uno de ellos-, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

-Por eso debería ser fácil de encontrar.

-Eso es lo que a mí me parece.

-Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

-Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

-Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Roal Dhal (foto)

‘El narrador de cuentos’ de Saki

Hector Hugh Munro-SakiEra una tarde calurosa y el vagón del ferrocarril, como era de suponer, estaba sofocante y la próxima parada era Templecombe, casi una hora después. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña más pequeña aún y un niño también pequeño. Una tía de los chiquillos ocupaba un asiento en una esquina, y en el sitio opuesto estaba sentado un solterón que no formaba parte de ese grupo. Pero las niñas pequeñas y el niño pequeño decididamente ocupaban la totalidad del compartimiento. Tanto la tía como los niños eran conversadores, de una manera limitada y persistente que recordaba las atenciones de una mosca doméstica que se niega a ser desalentada. Casi todas las frases de la tía parecían comenzar con las palabras “No lo hagas” y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con “¿Por qué?”. El solterón no decía nada en voz alta.

-¡No lo hagas, Cyril, no lo hagas! -exclamó la tía cuando el niño pequeño comenzó a aporrear los almohadones del asiento, produciendo una nube de polvo con cada golpe.

-Ven a mirar por la ventanilla -agregó.

El sobrinito se acercó a regañadientes a la ventanilla.

-¿Por qué están sacando esas ovejas de la pradera? -preguntó.

-Supongo que las están conduciendo a otra pradera en la que habrá más pasto -dijo la tía débilmente.

-Pero hay mucho más pasto en esa pradera -protestó el niño-, lo único que hay es pasto. Tía, hay mucho pasto en ese campo.

-Quizás el pasto del otro campo sea mejor -sugirió ilusoriamente la tía.

-¿Por qué es mejor? -fue la rauda e inevitable pregunta.

-¡Oh! ¡Miren esas vacas! -exclamó la tía. En casi todos los campos a lo largo de la vía férrea había vacas o novillos, pero la mujer habló como si les estuviese mostrando una rareza.

-¿Por qué es mejor el pasto del otro campo? -persistió Cyril.

El ceño fruncido del solterón estaba comenzando a tomar mal cariz. La tía decidió para sus adentros de que se trataba de un hombre duro y antipático. Le fue completamente imposible llegar a una decisión satisfactoria con respecto al paso del otro campo.

La niña más pequeña cambió de tema comenzando a recitar “En el camino a Mandalay”. Lo único que sabía era el primer verso, pero puso su limitado conocimiento al servicio de la mejor interpretación. Repetía el verso una y otra vez con una voz soñadora pero muy audible; el solterón tuvo la sensación de que alguien habría apostado a que ella no sería capaz de repetir ese verso dos mil veces en voz alta sin detenerse. Quienquiera que hubiese realizado esa apuesta corría serio peligro de perderla.

-Vengan para acá a escuchar un cuento -dijo la tía después de que el solterón la hubo mirado dos veces a ella y una al pasillo del tren.

Los niños se acercaron con indiferencia al rincón ocupado por la tía. Evidentemente, en opinión de los tres su reputación como narradora de cuentos dejaba mucho que desear.

En voz baja y confidencial, interrumpida frecuentemente por fuertes y petulantes preguntas de sus oyentes, la mujer comenzó a contar una historia poco movida y con una deplorable carencia de interés, referente a una pequeña niña que era buena y se hacía amiga de todo el mundo gracias a su bondad y que finalmente era rescatada del ataque de un toro furioso por una serie de personas que admiraban sus cualidades morales.

-¿Y si ella no hubiese sido buena no la habrían salvado? -quiso saber la mayor de las niñas pequeñas. Era exactamente la misma pregunta que el solterón hubiera querido formular.

-Bueno, sí -admitió la tía débilmente-, pero no creo que habrían corrido en su ayuda con tanta rapidez si no la hubiesen admirado tanto.

-Es la historia más estúpida que he oído en mi vida -dijo con total convicción la mayor de las niñas pequeñas.

-Era tan estúpida que yo dejé de escuchar después de las primeras frases -dijo Cyril.

La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había comenzado una murmurada repetición de su verso favorito.

-Usted no parece ser una narradora de cuentos muy exitosa -dijo repentinamente el solterón desde su rincón.

La tía se puso de inmediato a la defensiva ante ese ataque inesperado.

-Es muy difícil contar cuentos que los niños puedan entender y apreciar -dijo tiesamente.

-No estoy de acuerdo con usted -contestó el solterón.

-A lo mejor a usted le gustaría contarles un cuento -fue la réplica mordaz de la tía.

-Cuéntenos un cuento -rogó la mayor de las niñas pequeñas.

-Había una vez -comenzó diciendo el solterón-, una niña pequeña llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.

El interés que se había despertado en los niños inmediatamente comenzó a debilitarse; todos los cuentos eran espantosamente parecidos, sea quien fuere quien los contase.

-Hacía todo lo que indicaban, siempre decía la verdad, no se ensuciaba la ropa, comía los budines de leche igual que si fuesen tartas de dulce, aprendía perfectamente sus lecciones, y era sumamente amable.

-¿Era hermosa? -preguntó la mayor de las niñas pequeñas.

-No tan hermosa como ustedes, pero era espantosamente buena.

Se produjo una reacción favorable hacia la historia; el uso de la palabra “espantosa” en conexión con la bondad constituía una novedad llena de promesas. Parecía introducir en el cuento un hálito de verdad que brillaba por su ausencia en las historias de la tía sobre la vida infantil.

-Era tan buena -continuó el solterón- que ganó varias medallas a la bondad y siempre las llevaba prendidas al vestido. Tenía una medalla por su obediencia, otra por su puntualidad y una tercera por su buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal, y tintineaban la una contra la otra cuando la niña caminaba. Ningún otro niño de la ciudad, tenía tres medallas, de manera que todo el mundo sabía que ella debía ser una niña extraordinariamente buena.

-Espantosamente buena -citó Cyril.

-Todo el mundo hablaba sobre la bondad de la niña, de modo que el príncipe del país se enteró y dijo que ya que ella era tan buena, le permitiría caminar una vez por semana por su parque, que quedaba justo en las afueras de la ciudad. Se trataba de un parque hermoso al que no se permitía entrar a los niños jamás, de modo que fue un gran honor para Bertha que le permitieran ir.

-¿Había ovejas en el parque? -preguntó Cyril.

-No -dijo el solterón-, no había ovejas.

-¿Por qué no había ovejas? -fue la inevitable pregunta que surgió de esa respuesta.

La tía se permitió esbozar una sonrisa que prácticamente era una mueca burlona.

-No había ovejas en el parque -dijo el solterón-, porque la madre del príncipe había soñado una vez que su hijo sería matado por una oveja o bien por un reloj que se le caería en la cabeza. Por ese motivo el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes en el palacio.

La tía tuvo que reprimir una exclamación admirativa.

-¿Y al príncipe lo mató una oveja o un reloj? -preguntó Cyril.

-Todavía está vivo, de modo que no podemos saber si el sueño se convertirá en realidad -dijo despreocupadamente el solterón-. De todos modos, no había ovejas en el parque, pero había muchos chanchitos corriendo por todas partes.

-¿Y de qué color eran?

-Negros con caras blancas, blancos con manchas negras, todos negros, grises con manchas blancas, y algunos eran todos blancos.

El narrador de cuentos hizo una pausa para permitir que la idea total de los tesoros del parque penetrara en la imaginación de los niños; entonces continuó.

-A Bertha le dio pena que no hubiera flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del bondadoso príncipe, y estaba decidida a cumplir su promesa de manera que, por supuesto, se sintió tonta al descubrir que no había flores para arrancar.

-¿Por qué no había flores?

-Porque los chanchitos se las habían comido a todas -dijo rápidamente el solterón-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no era posible tener chanchitos y flores a la vez, de modo que él decidió tener chanchitos en lugar de flores.

Se produjo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe; tanta gente había decidido lo contrario…

Había una cantidad de otras cosas maravillosas en el parque: estanques con peces dorados y azules y verdes, y árboles con hermosas cotorras que decían cosas inteligentes en cualquier momento, y pájaros que canturreaban todas las melodías populares del momento. Bertha se paseaba de aquí para allá y se divertía inmensamente y pensó: “Si yo no hubiera sido tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este hermoso parque y gozar de todo lo que se puede ver en él” y, mientras caminaba, sus tres medallas tintineaban una contra la otra recordándole lo buena que era. Justo en ese momento un enorme lobo comenzó a merodear por el parque para ver si podía apresar un chanchito gordo para la cena.

-¿De qué color era el lobo? -preguntaron los niños, cuyo interés se había intensificado inmediatamente.

-Tenía todo el cuerpo color barro, con una lengua negra y ojos de un gris pálido que brillaban con indescriptible ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se divisaba a gran distancia. Bertha vio al lobo que se acercaba a ella y comenzó a desear que nunca le hubieran permitido ir al parque. Corrió tan rápido como pudo, y el lobo la persiguió con enormes saltos. Consiguió llegar hasta el matorral de mirtos y se escondió en el más tupido de los arbustos. El lobo comenzó a husmear entre las ramas con su negra lengua colgando de la boca y sus pálidos ojos grises brillantes de furia. Bertha estaba terriblemente asustada y pensó: “Si yo no hubiese sido tan extraordinariamente buena, en este momento estaría sana y salva en la ciudad”. Sin embargo, el perfume de los mirtos era tan fuerte que el lobo no podía descubrir por el olfato el lugar donde Bertha se escondía, y los arbustos eran tan tupidos que podía haber buscado en ellos durante largo tiempo sin llegar a descubrirla, de manera que pensó que lo mejor que podía hacer era alejarse y, en cambio, buscar un chanchito. Bertha temblaba como una hoja al ver que el lobo la rondaba y husmeaba tan cerca de ella, y a causa de sus temblores la medalla de la obediencia tintineó contra las medallas de la buena conducta y de la puntualidad. El lobo estaba a punto de alejarse cuando oyó el sonido de los metales que se entrechocaban y entonces se detuvo a escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba muy cerca del lugar en que se encontraba. Se lanzó hacia el arbusto a toda velocidad, los pálidos ojos grises brillando ferozmente y con expresión de triunfo, y arrastró a Bertha fuera de los arbustos para devorarla hasta el último bocado. Todo lo que quedó de la niña fueron sus zapatos, algunos trozos de ropa y las tres medallas que había ganado con su bondad.

-¿Y no mató a ninguno de los chanchitos?

-No, escaparon todos.

-El cuento empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas pequeñas- pero tuvo un final hermoso.

-Es el cuento más hermoso que he oído en mi vida -dijo Cyril.

La tía disentía con esas opiniones.

-¡Es un cuento de lo más impropio para niños pequeños! Usted ha minado el efecto de años de cuidadas enseñanzas.

-De todos modos -dijo el solterón-, conseguí que se quedaran quietos durante diez minutos, que es más que lo que usted fue capaz de hacer.

-¡Pobre mujer! -pensó el solterón mientras caminaba por el andén de la estación de Templecombe- ¡Durante los próximos seis meses más o menos, esos niños la van a mortificar en público, exigiéndole que les cuente un cuento impropio!

Saki (foto)

‘Brember’ de Dylan Thomas (no Bob Dylan)

dylan thomasLas sombras descendieron suavemente por las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Vio el perfil oscurecido de la balaustrada reflejarse en el espejo, el arco del candelabro que proyecta­ba la luz. Pero eso era todo. Las sombras se alargaban más hacia la puerta. Luego se perdían en la oscuridad del suelo y del techo. Rebuscó en los bolsillos por ver si encontraba un fósforo y por fin encendió la candela que llevaba en la mano. Sujetando la llama diminuta en alto, por encima de la cabeza, giró el picaporte y entró en la habitación. Olía a polvo y a madera vieja. Le resultó curioso ser tan sensible a ese olor, y cómo desató su imaginación. Las viejas damas bordando sus encajes a la luz de la luna, sus dedos pálidos y flacos, veloces sobre los brocados, sus mejillas sin edad, pero con el tinte de las mejillas de una niña. A eso le recordaba la habitación desde los tiempos en que por primera vez entró en ella de puntillas y contempló aterrado las ventanas que se abrían a la extensión de césped grisáceo, a los árboles que se alzaban detrás. Si no, le recordaba a cuando, de niño, se sentaba ante el clavicordio y tocaba las teclas polvorientas con tal levedad que nadie alcanzaba a oír las notas emitidas, temeroso y sin embargo embelesado al oír que la música ascendía tenue en el aire. Siempre era triste. Detectaba la tristeza desolada bajo la fuga más liviana; a medida que sus manos pulsaban las notas, las lágrimas le asomaban a los ojos, un gran anhelo de algo que había conocido y había olvidado, algo que había amado y había perdido.

Eso fue unos cuantos años antes, y ahora se le impuso la misma sensación de irrealidad y de anhelo cuando encendió las largas velas del clavicordio con su candela y vio, al extenderse la luz, que las paredes se cerraban a su alrededor y que las pesadas sillas le quitaban espacio. Las teclas estaban tan polvorientas como siempre. Las frotó levemente con la manga y dejó vagar los dedos unos instantes por encima del teclado. Qué frágiles eran aquellos sonidos. Qué curiosas melodías formaban, qué tristes y, sin embargo, qué perfectas. Por un instante pensó que había oído un ruido de pasos infantiles al otro lado de la puerta, pasos que corrían por el pasillo, hacia las tinieblas. Pero habían desaparecido. A la fuerza tuvo que suponer que nunca llegaron a oírse. Oyó una nota sostenida de risas que enseguida desapareció. Mientras tocaba, le pareció oír el ruido suave, el susurro más bien de una falda de seda arrastrada por el suelo. Dio más volumen a su música y, cuando volvió a suavizarla, no quedó nada.

Por más que se esforzase no pudo analizar las razones que le habían llevado hasta la casa. Le aterraba, pero no era capaz de alejarse de ella. Fuera, por el camino, había sentido el súbito deseo de desgarrar el velo de los años y remontarse a todo lo que la vieja casa significaba, el atardecer, las voces matizadas por los pasillos, el clavicordio, las escaleras que interminablemente ascendían hacia las tinieblas, el millar de detalles de las habitaciones, el miedo suave e insinuante que le miraba desde los rincones, y que nunca desaparecía. Había caminado por la avenida hasta la puerta principal. La cabeza del león que representaba la aldaba le sonrió al llegar. La levantó y golpeó la madera. No contestó nadie. Volvió a llamar otra vez, y otra, pero la casa permaneció en silencio. Empujó la puerta con el hombro y se abrió. Recorrió de puntillas los pasillos, miró las habitaciones, tocó los objetos que le eran familiares. No había cambiado nada. Y fue entonces, cuando la noche salió por las ventanas emplomadas, que cerró la puerta de la sala de música a sus espaldas. Le colmó una gran sensación de alivio. El anhelo que siempre había permanecido en lo más recóndito de su mente se cumplió de pronto, halló lo que había perdido, recordó lo que tenía olvidado. Aquel era el final de su viaje.

Por un momento, las velas brillaron con mayor intensidad. Pudo ver mejor toda la estancia. Se puso en pie, la atravesó y recogió un libro polvoriento que estaba sobre la mesa. La casa solariega de Brember. Se lo llevó a la luz. Todas las páginas le resultaban conocidas, allí estaba la familia generación tras generación, hombres más dados al pensamiento que a la acción, visionarios todos que vieron el mundo desde las nubes de sus propios sueños. Fue pasando las páginas hasta llegar a la última: George Henry Brember, el último del linaje, falleció…

Contempló su propio nombre y cerró el libro.

Dylan Thomas (foto)

‘Nido de avispas’ de Agatha Christie

agatha christieJohn Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire. Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
–¡Qué alegría! –exclamó Harrison–. ¡Si es monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
–¡Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: “Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme”. Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
–¡Me siento encantado –aseguró Harrison sinceramente–. Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
–Gracias –repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre–. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no –su voz se hizo plañidera mientras le servían–. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor.
–¿Qué le trae a este tranquilo lugar? –preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón–. ¿Es un viaje de placer?
–No, mon ami; negocios.
–¿Negocios? ¿En este apartado rincón? –Poirot asintió gravemente.
–Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.
Harrison se rió.
–Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar.
–Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas.
Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia.
–¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave?
–Uno de los más graves delitos.
–¿Acaso un …?
–Asesinato –completó Poirot.
Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular:
–No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí.
–No –dijo Poirot–. No es posible que lo sepa.
–¿Quién es?
–De momento, nadie.
–¿Qué?
–Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado.
–Veamos, eso suena a tontería.
–En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
Harrison lo miró incrédulo.
–¿Habla usted en serio, monsieur Poirot?
–Sí, hablo en serio.
–¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo:
–A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
–¿Usted y yo?
–Usted y yo. Necesitaré su cooperación.
–¿Esa es la razón de su visita?
Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud.
–Vine, monsieur Harrison, porque… me agrada usted –y con voz más despreocupada añadió–: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye?
El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo:
–Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido.
–¡Ah! –exclamó Poirot–. ¿Y cómo piensa hacerlo?
–Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío.
–Hay otro sistema, ¿no? –preguntó Poirott–. Por ejemplo, cianuro de potasio.
Harrison alzó la vista sorprendido.
–¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas.
Poirot asintió.
–Sí; es un veneno mortal –guardó silencio un minuto y repitió–: Un veneno mortal.
–Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? –se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio.
–¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo?
–¡Segurísimo. ¿Por qué?
–Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton.
Harrison enarcó las cejas.
–¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin.
Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar:
–¿Le gusta Langton?
La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
–¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme?
–Mera divagación –repuso Poirot–. ¿Y usted es de su gusto?
Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta.
–¿Puede decirme si usted es de su gusto?
–¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento.
–Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
Harrison asintió con la cabeza.
–Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado?
–Se equivoca, monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio.
–¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra “sorprendente” y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido.
–No lo comprendo, monsieur Poirot.
La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder:
–Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado.
–¿Odio? –Harrison sacudió la cabeza y se rió.
–Los ingleses son muy estúpidos –dijo Poirot–. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
–Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton –exclamó Harrison–. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
–¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
–La vida de una mosca no es asunto mío –repuso Poirot plácidamente–. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas.
Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.
–¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas?
–Langton jamás…
–¿A qué hora? –lo atajó.
–A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás…
–¡Estos ingleses! –volvió a interrumpirlo Poirot.
Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro.
–No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve.
Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra:
–Sé lo que va a decirme: “Langton jamás…”, etcétera. ¡Me aburre su “Langton jamás”! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses!
No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez.
–Unos tres cuartos de hora –murmuró–. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa.
Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto.
Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad.
Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
–¡Ah…! ¡Oh…! Buenas noches.
–Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
El joven lo miró inquisitivo.
–Ignoro a qué se refiere –dijo.
–¿Ha destruido ya el nido de avispas?
–No.
–¡Oh! –exclamó Poirot como si sufriera un desencanto–. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
–He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo.
–Me traen asuntos profesionales.
–Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme.
Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido.
–Dice que encontraré a Harrison en la terraza –murmuró Poirot–. ¡Veamos!
Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot.
–¡Ah, mon ami! –exclamó éste–. ¿Cómo se encuentra?
Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió:
–¿Qué ha dicho?
–Le he preguntado cómo se encuentra.
–Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no?
–¿No siente ningún malestar? Eso es bueno.
–¿Malestar? ¿Por qué?
–Por el carbonato sódico.
Harrison alzó la cabeza.
–¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?
Poirot se excusó.
–Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos.
–¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso?
Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños.
–Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana.
Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados.
–Es muy peligroso –murmuró– llevarlos sueltos.
Curiosamente y sin precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado.
Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
–Una muerte muy rápida –dijo.
Harrison pareció encontrar su voz.
–¿Qué sabe usted?
–Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario.
–Siga.
–Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Moolly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor.
–Siga.
–Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no?
–Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo.
–Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo.
–Siga –apremió Harrison.
–No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado.
–¿Por qué vino? –gritó Harrison–. ¡Ojalá no hubiera venido!
–Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia.
–¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir!
–No –la voz de Poirot sonó claramente aguda–. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan.
Harrison gimió al repetir:
–¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido!
–Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese?
Tras una larga pausa, Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
–Fue una suerte que viniera usted.
Agatha Christie (foto)