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‘La aventura de Tse-i-La’ de Villiers de L’Isle Adam

Villiers de L_Isle Adam(La Esfinge: «Adivina o te devoro».)

Al Norte de Tonkín existe, internándose tres leguas, la provincia de Kouang-Si, de ríos auríferos, y cuya grandeza se extiende hasta las fronteras de los principados centrales del Imperio de Enmedio, desparramando sus ciudades en la vasta extensión de la selva.

En esta región, la serena doctrina de Laotsé no ha extinguido aún la violenta credulidad hacia los Poussah, especie de genios populares de la China. Gracias al fanatismo de los bonzos (monjes budistas) de la comarca, la superstición china, aun en las clases elevadas, fermenta con más vigor que en los estados más próximos a Pekín, y difiere de las creencias de los manchúes en cuanto admite las intervenciones directas de los dioses en los asuntos del país

El penúltimo virrey de esta inmensa dependencia imperial fue el gobernador Tche-Tang, que dejó la memoria de un déspota sagaz, avaro y feroz. Véase a qué ingenioso secreto aquel príncipe, escapando a mil venganzas, debió vivir y morir en paz en medio del odio de su pueblo, al que desafió hasta el fin, sin pena ni peligro, ahogando en sangre el más ligero descontento.

Una vez -quizá ocurriese esto unos diez años antes de su muerte- un mediodía estival, cuyo ardor hacia arder los estanques y rajaba las hojas de los árboles, arrojando destellos de fuego sobre los altos tejados de los quioscos, Tche-Tang, sentado en una de las salas más frescas de su palacio, sobre un trono negro incrustado de flores de nácar y embutido de oro puro, y reclinado con languidez, se acariciaba la barba con su mano derecha, mientras que la izquierda se posaba sobre el cetro tendido en sus rodillas.

Detrás la estatua colosal de Fo, el dios inescrutable dominaba su trono. Sobre las gradas de la escalinata vigilaban sus guardias cubiertos con armaduras de cuero negro, con la lanza, el arco o la larga hacha en el puño. A su derecha, de pie, su verdugo favorito lo abanicaba.

Las miradas de Tche-Tang erraban sobre la multitud de mandarines, de príncipes de su familia y sobre los grandes oficiales de su corte.

Todas aquellas frentes eran impenetrables. El rey se sentía odiado, rodeado de asesinos, y consideraba, lleno de mil sospechas indecisas, cada uno de los grupos donde se hablaba en voz baja. No sabiendo a quién exterminar, se extrañaba a cada momento de vivir aún y reflexionaba taciturno y amenazador.

Se abrió una puerta, dando paso a un oficial que conducía, de la mano, a un joven desconocido, de grandes ojos azules y de bella fisonomía. El adolescente vestía túnica de seda escarlata, recogida con un cinturón de oro.

Se prosternó delante de Tche-Tang, bajo la mirada del virrey.

-Hijo del Cielo -dijo el oficial-, este joven ha declarado no ser más que un oscuro ciudadano de esta población y llamarse Tse-i-la. Sin embargo, despreciando los tormentos y la muerte, él ofrece probar que trae para ti una misión de los Poussah inmortales.

-Habla -dijo Tche-Tang.

Tse-i-la se levantó.

-Señor -dijo con reposada voz-, sé lo que me espera si no estoy acertado en mis palabras. Anoche durante un terrible sueño, los Poussah me favorecieron con su visita, haciéndome dueño de un secreto que espantaría a los mortales entendimientos. Si te dignas a escucharme, reconocerás que no es de humano origen, porque sólo con oírlo despertará en tu ser un nuevo sentido. Su virtud te comunicará al momento el don misterioso de leer, con los ojos cerrados y en el espacio que media entre la pupila y los párpados, los nombres, en caracteres de sangre, de todos aquellos que pueden conspirar contra tu trono o tu vida, en el momento preciso en que sus espíritus conciban tal designio. Estarás, pues, al abrigo, para siempre, de toda funesta sorpresa y envejecerás apaciblemente en el uso de tu autoridad. Yo, Tse-i-la, juro aquí por Fo, cuya imagen proyecta su sombra sobre nosotros, que el mágico poder de este secreto es tal como te digo.

Ante un discurso tan extraño hubo en la asamblea un estremecimiento seguido de un silencio sepulcral. Una vaga angustia conmovió la cotidiana impasibilidad de los rostros.

Todos examinaron al desconocido, que, sin temblar, testimoniaba así que era el depositario del mensaje divino de que se decía portador. Muchos se esforzaron en vano por sonreír, pero no osaban mirarse, palideciendo de la seguridad dada por Tse-i-la. Tche-Tang observó aquel malestar denunciador.

En fin, uno de los príncipes, sin duda para disimular su inquietud, exclamó:

-¿A qué escuchar los disparates de un insensato borracho de opio?

Los mandarines añadieron algo animados:

-¡Los Poussah sólo inspiran a los viejos bonzos del desierto!

Y uno de los ministros:

-Debe someterse previamente a nuestro examen el secreto de que ese joven se cree depositario, antes de ser sometido a la alta sabiduría del rey.

Replicando irritadísimo uno de los oficiales:

-Además de que es posible que no sea más que uno de esos cuyo puñal espera el momento en que el rey esté distraído para clavarse en su corazón.

-Que se le encierre -gritaron todos.

Tche-Tang extendió sobre Tse-i-la su cetro de oro, donde brillaban caracteres sagrados:

-Continúa -dijo impasible.

Tse-i-la repuso entonces, agitando un pequeño abanico de varillaje de ébano y refrescando con él sus mejillas:

-Si algún tormento fuese suficiente a persuadir a Tse-i-la de traicionar su secreto, revelándolo a otro que no fuese el rey, los Poussah, que escuchan invisibles, no me hubiesen escogido por intérprete. ¡Oh príncipes, no! Yo no he fumado opio, no tengo nada de loco, no llevo armas. Únicamente escuchen lo que añado. Si afronto la muerte lenta, es porque un secreto como el mío vale, si es cierto, una recompensa digna de él. Tú solo, ¡oh rey!, juzgarás, pues, en tu equidad, si merece el premio que te pido. Si, repentinamente, al oír las palabras que lo anuncien, sientes dentro de ti, bajo tus ojos cerrados, el don de esa virtud viviente y su prodigio, habiéndome hecho noble los dioses y habiéndome inspirado con su soplo de luz, me concederás la mano de Li-tien-Se, tu radiante hija, la insignia principal de los mandarines y cincuenta mil liangs de oro.

Al principiar aquellas palabras “liangs de oro”, un imperceptible tinte rosa subió a las mejillas de Tse-i-la, que procuró ocultar aproximándose el abanico al rostro.

La exorbitante recompensa reclamada provocó la sonrisa de los cortesanos y apretó el corazón sombrío del rey, donde se agitaban el orgullo y la avaricia. Una cruel sonrisa pasó por sus labios mirando al joven, que añadió con intrepidez:

-Espero de ti, Señor, el real juramento, por Fo, el dios implacable que se venga de los perjuros, que tú aceptas, según mi secreto te parezca positivo o quimérico, concederme la recompensa pedida o la muerte que te plazca.

Tche-Tang se levantó y dijo:

-¡Lo juro! ¡Sígueme!

Algunos momentos después, bajo bóvedas que una lámpara suspendida sobre su hermosa cabeza alumbraba, Tse-i-la, amarrado con finos cordeles a un poste, miraba en silencio al rey Tche-Tang, cuya alta estatura aparecía en la sombra a tres pasos de él. El rey estaba de pie, arrimado a la puerta de hierro de la caverna; su mano derecha se apoyaba sobre la frente de un dragón de metal cuyo ojo único parecía observar a Tse-i-la. El traje verde de Tche-Tang resplandecía; su collar de piedras preciosas relampagueaba; sólo su cabeza, rebasando el disco de la lámpara, permanecía en las sombras.

Bajo el espesor de la tierra nadie podía oírlos.

-Te escucho -dijo Tche-Tang.

-Señor -dijo Tse-i-la-, yo soy un discípulo del maravilloso poeta Li-tai-pe. Los dioses me han concedido en inteligencia tanto como a ti te han concedido en poder, y me han regalado la pobreza para que ella engrandezca mis pensamientos. Yo les agradecía diariamente tantos favores y vivía apaciblemente, sin ambiciones, sin deseos, cuando una tarde, sobre la terraza elevada de tu palacio, en la parte alta de los jardines, el ambiente plateado por los rayos de la luna, vi a tu hija Li-tien-Se, cuyos pies besaban las flores de los árboles copudos, perdiéndose con las brisas de la noche. Después de aquella noche, mi pincel no ha vuelto a trazar una sola línea, ¡y siento que ella también piensa en este rayo de amor en que me abraso!… Harto de languidecer, prefiriendo la muerte más espantosa al suplicio de vivir sin ella, he querido por un rasgo heroico, de una sutilidad casi divina, elevarme, ¡oh rey!, hasta tu hija.

Tche-Tang, por un movimiento de impaciencia, sin duda, apoyó su pulgar sobre el ojo del dragón. Las dos hojas de una puerta se abrieron sin ruido, dejando ver el interior de una caverna próxima.

Tres hombres con traje de cuero estaban al lado de un brasero donde enrojecían hierros de tortura. De la bóveda pendía una fuerte cuerda de seda, bajo la cual brillaba una caja de acero, redonda, con una abertura circular en medio.

Aquello era el aparato de la muerte terrible. Después de atroces quemaduras, la víctima era suspendida en el aire, atado un brazo a aquel cordel de seda, en tanto que el pulgar de la otra mano era amarrado por detrás al pulgar del pie opuesto. Se ajustaba entonces la caja de acero en la cabeza de la víctima, y, cuando descansaba sobre los hombros, se metían dentro dos ratas hambrientas. El verdugo imprimía un movimiento de balance a todo aquel horrible conjunto y luego se retiraba dejando al reo entre las tinieblas para volver al siguiente día.

Ante tal espectáculo, cuyo horror de ordinario impresionaba aun a los más resueltos:

-¡Olvidas -dijo fríamente Tse-i-la- que nadie, excepto tú, debes escucharme!

Las puertas se cerraron.

-¿Tu secreto? -gruñó Tche-Tang.

-Mi secreto, ¡tirano!, es que mi muerte precederá a la tuya esta noche -dijo Tse-i-la con el rayo del genio en los ojos-. ¿Mi muerte? ¿Pero no comprendes que es lo único que esperan allá arriba los que aguardan temblando tu regreso? ¿No significará ella que mis promesas han sido falsas? ¡Qué alegría no sentirán, riendo silenciosamente en el fondo de sus corazones de tu credulidad burlada!… ¡Y ésa será la señal de tu perdición!… Seguros de la impunidad, furiosos por la angustia pasada, ¿cómo delante de ti, que te habrás empequeñecido por la esperanza abortada, vacilará aún su odio? Llama a tus verdugos: seré vengado. Pero conozco que estás ya casi convencido de que al hacerme morir tu vida será sólo cuestión de horas; y que tus hijos, degollados, según la costumbre, te seguirán, y que Li-tien-Se, tu hija, flor de delicias, será también víctima de tus asesinos. ¡Ah! ¡Si fueses un príncipe profundo! Supongamos que de pronto, al contrario, regresas, con la frente como agravada por la misteriosa clarividencia predicha, rodeado de tus guardias, la mano sobre mi espalda, a la sala de tu trono, y que allí, habiéndome tú mismo revestido de la túnica de los príncipes, y enviado a llamar a Li-tien-Se, tu hija y mi alma, luego de habernos prometido, ordenas a tu tesorero que me cuente, de una manera oficial, los cincuenta mil liangs de oro. ¡Ah! Entonces yo te juro, que, a semejante vista, todos esos cortesanos cuyos puñales en la sombra han salido a medias de la vaina contra ti, caerán desfallecidos y prosternados, y que en el porvenir nadie osará admitir en su espíritu un mal pensamiento contra ti. ¡Así, pues, medita! Todo el mundo sabe que eres razonable y clarividente en los consejos de estado; no será, pues, creíble que una vana quimera haya sido suficiente para transfigurar, en algunos instantes, la desagradable expresión de tu cara, que debe aparecer victoriosa y tranquila!… ¡Cómo! ¡Tú, tan cruel, me dejas vivir! ¡Se conoce tu soberbia, y me dejas vivir! ¡Se conoce tu avaricia, y me prodigas tu oro! ¡Se conoce tu orgullo paternal, y me das tu hija por una palabra, a mí, desconocido transeúnte! ¿Qué duda podría subsistir ante todo esto? ¿Y en qué quieres tú que consista el valor de mi secreto, inspirado por nuestros seculares genios, sino en la absoluta creencia de que lo posees?… Únicamente se trataba de crear ese secreto, y eso lo he hecho yo. El resto depende de ti. Yo he cumplido mi palabra. Además, haberte exigido la dignidad principal y el oro, que yo desprecio, no ha sido más que para aumentar el precio, y por consiguiente, dejar imaginar por esa munificencia arrancada a tu famosa sordidez la espantosa importancia de mi imaginario secreto.

“Rey Tche-Tang: yo, Tse-i-la, atado por tu orden a este poste, exalto, ante la muerte terrible, la gloria del augusto Li-tai-pe, mi maestro de los pensamientos de luz, y te declaro que la sabiduría habla por mí. ¡Volvamos, te repito, con la frente alta y radiante! ¡Prodiga hoy los indultos en acción de gracias al cielo! ¡Luego promete ser inexorable en lo por venir! Ordena que se celebren fiestas luminosas en honor del divino Fo, que me ha inspirado esta sublime astucia. Yo, mañana, habré desaparecido. Iré a vivir con la elegida de mi corazón a cualquier provincia lejana y feliz, gracias a los liangs de oro. El botón diamantino de los mandarines, que habré recibido de tu munificencia, con tantos transportes de orgullo, no será jamás usado por mí, porque tengo otras ambiciones; yo creo solamente en los pensamientos armoniosos y profundos que sobreviven a los príncipes y a los reinos; siendo rey en el imperio inmortal, no ambiciono ser príncipe en los de ustedes. ¿Has comprendido que los dioses me han dado la firmeza de corazón y una inteligencia tan grande, por lo menos, como la de cualquiera de tus cortesanos? Puedo, pues, mejor que uno de ellos, llevar la alegría a los ojos de una joven. Pregunta a Li-tien-Se, ¡mi sueño! Estoy seguro de que, al mirarse en mis ojos, ella te lo dirá. En cuanto a ti, cubierto por una protectora superstición, reinarás, y, si abres tu corazón a la justicia, conseguirás que el temor se convierta en aprecio hacia tu trono afirmado. ¡Ese es el secreto de los reyes dignos de serlo! No tengo otro que facilitarte. ¡Pesa, escoge y falla! He dicho.

Tse-i-la calló.

Tche-Tang, inmóvil, pareció meditar algunos momentos. Su enorme sombra se prolongaba, truncándose sobre la puerta de hierro. De repente, fue hacia el joven y, poniéndole ambas manos sobre los hombros, lo miró fijamente, en el fondo de los ojos, como presa de mil sentimientos indefinibles.

Después, tirando del sable, cortó las cuerdas que sujetaban a Tse-i-la y echándole el regio collar sobre las espaldas:

-¡Sígueme! -le dijo.

Subió los escalones de la cueva y apoyó su mano sobre la puerta de la luz y la libertad. Tse-i-la, a quien el triunfo de su amor y de su repentina fortuna habían desvanecido bastante, contempló el regio presente.

-¡Cómo! ¡Este collar también! -murmuró-. ¿Por qué, pues, te calumnian? ¡Esto es mucho más de lo prometido! ¿Qué quiere pagar el rey con este collar?

-¡Tus injurias! -contestó desdeñosamente Tche-Tang, abriendo la puerta frente a los rayos del sol.

Villiers de L’Isle Adam (foto)

‘La confesión’ de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant(Este cuento, ‘La confesión’, de Guy de Maupassant, se menciona en el cuento precedente de Isaak Bábel titulado ‘Guy de Maupassant’. JSA)

Todo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: “¡Era un modelo de honradez!”

Modelo de honradez lo había sido en todos los actos apreciables de su vida, en sus palabras, en su ejemplo, en su actitud, en su comportamiento, en sus negocios, en el corte de su barba y la forma de sus sombreros. Jamás había dicho una palabra que no encerrara un ejemplo, jamás había dado una limosna sin acompañarla con un consejo, jamás había tendido la mano sin que pareciera una especie de bendición.

Dejaba dos hijos: un varón y una hembra; el hijo era diputado provincial, y la hija, casada con un notario, el señor Poirel de la Voulte, una de las más encopetadas damas de Véziers. Se mostraban inconsolables por la muerte de su padre, pues lo amaban sinceramente.

En cuanto terminó la ceremonia, regresaron a la casa del difunto y, encerrándose los tres, el hijo, la hija y el yerno, abrieron el testamento que debían conocer ellos solos, y sólo después de que el ataúd hubiera recibido tierra. Una anotación en el sobre indicaba esta voluntad.

Fue el señor Poirel de la Voulte quien rompió el sobre, en su calidad de notario habituado a estas operaciones, y, ajustándose las gafas en la nariz, leyó, con su voz apagada, habituada a detallar los contratos:

Hijos míos, queridos hijos, no podría dormir tranquilo el sueño eterno si no les hiciera, desde el otro lado de la tumba, una confesión, la confesión de un crimen cuyos remordimientos han desgarrado mi vida. Sí, he cometido un crimen, un crimen espantoso, abominable.

Tenía yo entonces veintiséis años y hacía mis primeras armas en el foro, en París, llevando la vida de los jóvenes de provincias que van a parar, sin relaciones, sin amigos, sin parientes, a esa ciudad.

Tuve una amante. Mucha gente se indigna ante esa mera palabra, “una amante”, pero hay seres que no pueden vivir solos. Yo soy de esos. La soledad me llena de una terrible angustia, la soledad en el hogar, junto a la chimenea, por la noche. Me parece entonces que estoy solo en la tierra, espantosamente solo, pero rodeado por vagos peligros, por cosas desconocidas y terribles; y el tabique que me separa de mi vecino, de un vecino al cual no conozco, me aleja de él tanto como de las estrellas que vislumbro desde mi ventana. Me invade una especie de fiebre, una fiebre de impaciencia y de temor; y el silencio de las paredes me asusta. ¡Es tan profundo y triste ese silencio de la habitación donde uno vive solo! No se trata solamente de un silencio en torno al alma, y cuando un mueble cruje, uno se estremece, hasta lo hondo del corazón, pues no espera el menor ruido en ese tétrico albergue. Cuántas veces, nervioso, atemorizado por esa inmovilidad muda, no me habré puesto a hablar, a pronunciar palabras, sin orden ni concierto, para hacer ruido. Mi voz entonces me parecía tan extraña que también me daba miedo. ¿Hay algo más espantoso que hablar solo en una casa vacía? La voz parece de otro, una voz desconocida, que habla sin motivo, con nadie, en el aire vacío, sin ningún oído que la escuche, pues ya se sabe, antes de que se escapen en la soledad del piso, las palabras que van a salir de la boca. Y cuando resuenan lúgubremente en el silencio, ya sólo parecen un eco, el eco singular de palabras pronunciadas muy bajito por el pensamiento.

Tuve una amante, una joven como todas esas jóvenes que viven en París de un oficio insuficiente para alimentarlas. Era dulce, buena, sencilla; sus padres vivían en Poissy. Ella iba a pasar unos días en su casa de vez en cuando.

Durante un año viví bastante tranquilo con ella, decidido a abandonarla cuando encontrase una señorita que me agradara lo bastante para casarme. Le dejaría a la otra una pequeña renta, puesto que está admitido, en nuestra sociedad, que el amor de una mujer debe pagarse, con dinero cuando es pobre, con regalos cuando es rica.

Pero he aquí que un día me anunció que estaba encinta. Quedé aterrado y percibí en un segundo todo el desastre de mi existencia. Se me presentó la cadena que arrastraría hasta mi muerte, por todas partes, en mi futura familia, en mi vejez, siempre: cadena de la mujer ligada a mi vida por el niño, cadena del niño que habría que criar, vigilar, proteger, al mismo tiempo que me ocultaba de él y lo ocultaba al mundo. Mi espíritu quedó trastornado con la noticia; y un confuso deseo, que no formulé, pero que sentía en mi corazón, a punto de mostrarse, como esa gente escondida detrás de las cortinas esperando a que le digan que aparezca, ¡un deseo criminal vagó por lo más hondo de mi pensamiento!

-¿Y si ocurriera un accidente? ¡Hay tantos de esos pequeños seres que mueren antes de nacer!

¡Oh! Yo no deseaba la muerte de mi amante. ¡Pobre chica, la quería mucho! Pero deseaba, quizás, la muerte del otro, antes de haberlo visto.

Nació. Tuve una familia en mi apartamiento de soltero, una falsa familia con un hijo, una cosa horrible. Se parecía a todos los niños. Yo no lo quería. Los padres, ya saben, sólo aman más adelante. No tienen la ternura instintiva y violenta de las madres; es preciso que el cariño se despierte poco a poco, que su espíritu vaya cobrando afecto mediante los lazos que se anudan cada día entre los seres que viven juntos.

Transcurrió un año más; yo huía ahora de mi casa, demasiado pequeña, donde tropezaba a cada paso con pañales, con mantillas, con calcetines del tamaño de guantes, con mil cosas de todas clases dejadas en un mueble, sobre el brazo de un sillón, en todas partes. Huía sobre todo para no oírlo gritar, pues gritaba a cada momento: cuando lo mudaban, cuando lo lavaban, cuando lo tocaban, cuando lo acostaban, cuando lo levantaban, sin cesar.

Había entablado algunas amistades y encontré en un salón a la que sería madre de ustedes. Me enamoré y el deseo de casarme con ella despertó en mí. La cortejé; la pedí en matrimonio; me la concedieron. Y me encontré cogido en una trampa: Casarme, teniendo un hijo, con aquella joven a la que adoraba. O bien decir la verdad y renunciar a ella, a la felicidad, al futuro, a todo, pues sus padres, personas rígidas y escrupulosas, no me la hubieran entregado, de haberlo sabido.

Pasé un horrible mes de angustias, de torturas morales; un mes en el que me obsesionaron mil ideas espantosas; y sentía crecer en mi interior el odio contra mi hijo, contra aquel pedacito de carne viva y chillona que obstaculizaba mi camino, cortaba mi vida, me condenaba a una existencia en la que no podía esperar nada, sin todas esas vagas esperanzas que constituyen el encanto de la juventud. Pero he aquí que la madre de mi compañera cayó enferma, y me quedé solo con el niño.

Estábamos en diciembre, hacía un frío terrible. ¡Qué noche! Mi amante acababa de marcharse. Yo había cenado solo en mi angosta sala y entré despacito en la habitación donde el pequeño dormía.

Me senté en un sillón al amor de la lumbre. El viento soplaba, hacía crujir los cristales, un viento seco de helada, y yo veía, a través de la ventana, brillar las estrellas con esa luz aguda que tienen en las noches gélidas.

Entonces, la obsesión que me perseguía desde hacía un mes penetró de nuevo en mi cabeza. Mientras yo seguía inmóvil, descendía sobre mí, entraba en mí y me consumía. Me consumía como consumen las ideas fijas, como los cánceres deben consumir las carnes. Estaba allí, en mi cabeza, en mi corazón, en mi cuerpo entero, me parecía; y me devoraba, como hubiera hecho un animal. Yo quería expulsarla, rechazarla, abrir mi pensamiento a otras cosas, a esperanzas nuevas, como se abre una ventana al viento fresco de la mañana para expulsar el aire viciado de la noche; pero no podía, ni siquiera un segundo, hacerla salir de mi cerebro. No sé cómo expresar esta tortura. Me roía el alma; y yo sentía con un espantoso dolor, un verdadero dolor físico y moral, cada una de sus dentelladas.

¡Mi existencia estaba acabada! ¿Cómo saldría de esta situación? ¿Cómo retroceder, y cómo confesar? Y yo amaba a la que iba a convertirse en madre de ustedes con una pasión loca, que el insuperable obstáculo exasperaba aún más.

Una cólera terrible crecía dentro de mí, me oprimía la garganta, una cólera que rozaba con la locura… ¡con la locura! ¡Sí, estaba loco aquella noche!

El niño dormía. Me levanté y lo miré dormir. Era él, aquel aborto, aquella larva, aquella nadería lo que me condenaba a una infelicidad sin remedio. Dormía con la boca abierta, enterrado bajo las mantas, en una cuna, junto a mi cama, ¡donde yo no podría dormir!

¿Cómo realicé lo que hice? ¿Acaso lo sé? ¿Qué fuerza me empujó, qué maléfico poder me poseyó? ¡Oh! La tentación del crimen me llegó sin que la sintiera anunciarse. Recuerdo solamente que el corazón me latía espantosamente. Latía con tanta fuerza que lo oía como se oyen unos martillazos detrás de los tabiques. ¡Sólo recuerdo eso! ¡Mi corazón latía! En mi cabeza había una extraña confusión, un tumulto, un desorden de toda razón, de toda sangre fría. Estaba en una de esas horas de pavor y de alucinación en las que el hombre ya no tiene conciencia de sus actos ni rige su voluntad.

Levanté suavemente las mantas que tapaban el cuerpo de mi hijo; las eché a los pies de la cuna, y lo vi, desnudo. No se despertó. Entonces me dirigí a la ventana, despacio, muy despacito, y la abrí. Un soplo de aire helado entró como un asesino, tan frío que retrocedí ante él; y las dos velas palpitaron. Y me quedé de pie junto a la ventana, sin atreverme a darme la vuelta, como para no ver lo que ocurría a las espaldas, y sintiendo sin cesar deslizarse sobre mi frente, sobre mis mejillas, sobre mis manos, el aire mortal que seguía entrando. Esto duró mucho tiempo.

No pensaba en nada, no reflexionaba en nada. De repente una tosecita hizo que un horrible escalofrío me recorriera de pies a cabeza, un escalofrío que siento aún en este momento, en la raíz de los cabellos. Y con un movimiento asustado cerré bruscamente las dos hojas de la ventana, y después, volviéndome, corrí hacia la cuna. Él seguía durmiendo, con la boca abierta, completamente desnudo. Toqué sus piernas; estaban heladas, y las tapé.

Mi corazón de pronto se enterneció, se rompió, se llenó de piedad, de ternura, de amor hacia aquel pobre inocente que había querido matar. Besé un buen rato sus finos cabellos; y después volví a sentarme ante el fuego. Pensaba con estupor, con horror, en lo que había hecho, preguntándome de dónde provienen esas tormentas del alma en las que el hombre pierde toda noción de las cosas, toda autoridad sobre sí mismo, y actúa con una especie de enloquecida embriaguez, sin saber lo que hace, sin saber a dónde va, como un barco en un huracán.

El niño tosió una vez más, y me sentí desgarrado hasta el fondo del alma. ¿Y si se muriese? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué sería de mí?

Me levanté para ir a mirarlo; y, con una vela en la mano, me incliné sobre él. Al verlo respirar con tranquilidad, me serené; pero tosió por tercera vez; y sentí tal sacudida, hice tal movimiento de retroceso, como cuando estamos trastornados ante la vista de algo horroroso, que dejé caer la vela.

Al ponerme en pie tras haberla recogido, me di cuenta de que tenía las sienes bañadas en sudor, ese sudor caliente y helado al mismo tiempo que producen las angustias del alma, como si algo del espantoso sufrimiento moral de esa tortura inefable que es, en efecto, ardiente como el fuego y fría como el hielo, transpirase a través de los huesos y de la piel del cráneo.

Y me quedé hasta que se hizo de día inclinado sobre mi hijo, calmándome cuando estaba un buen rato tranquilo, y traspasado por abominables dolores cuando una débil tos salía de su boca. Se despertó con los ojos rojos, la garganta obstruida, un aire doliente. Cuando entró mi asistenta, la envié en seguida a buscar un médico. Llegó al cabo de una hora, y pronunció, tras haber examinado al niño:

-¿No habrá cogido frío?

Me puse a temblar como tiemblan las personas muy viejas, y balbucí:

-No, no creo.

Después pregunté:

-¿Qué tiene? ¿Es algo grave?

Respondió:

-Aún no lo sé. Volveré esta tarde.

Volvió por la tarde. Mi hijo había pasado casi todo el día en una modorra invencible, tosiendo de vez en cuando. Por la noche se declaró una pleuresía. Y la cosa duró diez días. No puedo expresar lo que sufrí durante esas interminables horas que separan la mañana de la noche y la noche de la mañana.

Murió.

Y desde… desde ese momento, no he pasado una hora, no, ni una sola hora, sin que el recuerdo atroz, punzante, ese recuerdo que roe, que parece retorcer el espíritu al desgarrarlo, no se agitase en mí como un animal furioso encerrado en el fondo de mi alma.

¡Oh! ¡Si hubiera podido volverme loco!…

El señor Poirel de la Voulte se sacó las gafas con un movimiento que le era familiar cuando había acabado la lectura de un contrato; y los tres herederos del muerto se miraron, sin decir una palabra, pálidos, inmóviles.

Al cabo de un minuto, el notario prosiguió:

-Hay que destruir esto.

Los otros dos bajaron la cabeza en señal de asentimiento. Él encendió una vela, separó cuidadosamente las páginas que contenían la peligrosa confesión de las páginas que contenían las disposiciones sobre el dinero, después las acercó a la llama y las arrojó a la chimenea.

Y contemplaron cómo se consumían las hojas blancas. Pronto no formaron sino una especie de montoncitos negros. Y como se veían aún algunas letras que se dibujaban en blanco, la hija, con la punta del pie, aplastó a golpecitos la ligera costra del papel chamuscado, mezclándola con las cenizas viejas.

Después se quedaron aún los tres algún tiempo mirando aquello, como si temieran que el secreto quemado escapase por la chimenea.

Guy de Maupassant (foto)

 

‘Wood’stown’ de Alphonse Daudet

Alphonse_Daudet_El emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo.

Entonces, rodeada por colinas boscosas, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto magnífico, establecido en la desembocadura del Río Rojo, a sólo cuatro millas del mar.

En cuanto el gobierno de Washington acordó la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron a la obra; pero nunca habréis visto un bosque parecido. Anclado al suelo con todas las lianas, con todas las raíces, cuando talaban por un lado, renacía por el otro rejuveneciendo de sus heridas, en las que cada golpe de hacha hacía brotar botones verdes. Las calles, las plazas de la ciudad, apenas trazadas, ya estaban invadidas por la vegetación. Las murallas crecían con menos rapidez que los árboles, que, en cuanto se erguían, se desmoronaban bajo el esfuerzo de raíces siempre vivas.

Para terminar con esas resistencias en que se enmohecía el hierro de las hachas, tuvieron que recurrir al fuego. Día y noche una humareda sofocante llenaba el espesor de los matorrales, en tanto que los grandes árboles de arriba ardían como cirios. El bosque intentaba luchar aun demorando el incendio con oleadas de savia y con la frescura sin aire de su follaje apretado. Por fin, llegó el invierno. La nieve se abatió como una segunda muerte sobre los inmensos terrenos cubiertos de troncos ennegrecidos, de raíces consumidas. Ya se podía construir.

Muy pronto una ciudad inmensa, toda de madera como Chicago, se extendió en las riberas del Río Rojo, con sus largas calles alineadas, numeradas, abriéndose alrededor de las plazas, la Bolsa, los mercados, las iglesias, las escuelas y todo un despliegue marítimo de galpones, aduanas, muelles, tinglados, astilleros para la construcción de los barcos. La ciudad de madera, Wood’stown –como se la llamó– fue rápidamente poblada por los pioneros de las ciudades nuevas. Una actividad febril circulaba en todos los barrios; pero, sobre las colinas de los alrededores, dominando las calles repletas de gente y el puerto lleno de barcos, una masa sombría y amenazadora se instaló en semicírculo. Era el bosque que miraba.

Miraba aquella ciudad insolente que había ocupado su lugar en las riberas del río, y tres millas de árboles gigantescos. Toda Wood’stown estaba hecha con su vida misma. Los altos mástiles que se balanceaban en el puerto, aquellos innumerables tejados inclinados los unos hacia los otros, hasta la última cabaña del barrio más alejado, todo se lo debían, tanto los instrumentos de trabajo como los muebles, teniendo sólo en cuenta el largo de sus ramas. Por esto, ¡qué rencor terrible guardaba contra esta ciudad de ladrones!

Mientras duró el invierno, no se notó nada. Los habitantes de Wood’stown oían a veces un crujido sordo en sus techumbres y en sus muebles. De vez en cuando una muralla se rajaba, un mostrador de tienda se partía con estruendo. Pero la madera nueva padece estos accidentes, y nadie les daba importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera –una primavera súbita, violenta, tan rica de savia que se sentía bajo la tierra como el rumor de las fuentes–, el suelo comenzó a agitarse, levantado por fuerzas invisibles y activas. En cada casa, los muebles, las paredes se hincharon, y se vieron en los tablones del piso largas elevaciones como ante el paso de un topo. Ni puertas, ni ventanas, ni nada funcionaba. “Es la humedad –decían los habitantes–, con el calor pasará”.

De pronto, el día posterior al de una gran tempestad que provenía del mar y que trajo el verano con sus relámpagos ardientes y su lluvia tibia, la ciudad lanzó, al despertar, un grito de estupor. Los techos rojos de los monumentos públicos, las campanas de las iglesias, los tablones de las casas y hasta la madera de las camas, todo estaba empapado de una tinta verde, delgada como una capa de moho, leve como un encaje. De cerca se veía una cantidad de brotes microscópicos, de donde ya surgía el enroscamiento de las hojas. Esta rareza divirtió sin inquietar más; pero, antes de la noche, ramitas verdes se abrieron por todas partes sobre los muebles, sobre las murallas. Las ramas crecían a ojos vistas; si uno las sostenía un momento en la mano, se las sentía crecer y agitarse como alas.

Al día siguiente todas las viviendas parecían invernaderos. Las lianas invadían las rampas de las escaleras. En las calles estrechas, las ramas se enlazaban de un techo al otro, poniendo por encima de la ruidosa ciudad la sombra de avenidas arboladas. Esto se volvió inquietante. Mientras los sabios reunidos discutían sobre este caso de vegetación extraordinaria, la muchedumbre salía afuera para ver los diferentes aspectos del milagro. Los gritos de sorpresa, el rumor sorprendido de todo aquel pueblo inactivo, daba solemnidad al extraño acontecimiento. De pronto alguien gritó: “¡Mirad el bosque!”, y percibieron, con terror, que desde hacía dos días el semicírculo verde se había acercado mucho. El bosque parecía descender hacia la ciudad. Toda una vanguardia de espinos y de lianas se extendía hasta las primeras casas de los suburbios.

Entonces Wood’stown empezó a comprender y a sentir miedo. Evidentemente el bosque venía a reconquistar su lugar junto al río; sus árboles, abatidos, dispersos, transformados, se liberaban para adelantarlo. ¿Cómo resistir la invasión? Con el fuego se corría el riesgo de incendiar la ciudad entera. ¿Y qué podían las hachas contra esta savia sin cesar renaciente, esas raíces monstruosas que atacaban por debajo del suelo, esos millares de semillas volantes que germinaban al quebrarse y hacían brotar un árbol en donde quiera que cayeran?

Sin embargo, todos se pusieron bravamente a luchar con guadañas, rastrillos, hachas: se hizo una inmensa tala de árboles. Pero fue en vano. De hora en hora la confusión de los bosques vírgenes, en donde el entrelazamiento de las lianas creaba formas gigantescas, invadía las calles de Wood’stown. Ya irrumpían los insectos y los reptiles. Había nidos en todos los rincones, golpes de alas y masas de pequeños picos agresivos. En una noche los graneros de la ciudad fueron totalmente vaciados por las nidadas nuevas. Después, como una ironía en medio del desastre, mariposas de todos los tamaños y colores volaban sobre las viñas florecidas, y las abejas previsoras, buscando abrigo seguro en los huecos de los árboles tan rápidamente crecidos, instalaban sus colmenas como una demostración de permanencia.

Vagamente, en el tambaleo rumoroso del follaje, se oían sordos golpes de hacha; pero al cuarto día se reconoció que todo trabajo era imposible. La hierba crecía demasiado alta, demasiado espesa. Lianas trepadoras se enroscaban en los brazos de los leñadores y agarrotaban sus movimientos. Además, las casas se volvieron inhabitables; los muebles, cargados de hojas, habían perdido la forma. Los techos se hundieron perforados por las lanzas de las yucas, los largos espinos de la caoba; y, en lugar de techumbres, se instaló la cúpula inmensa de las catalpas. Era el fin. Había que huir.

A través del apretujamiento de plantas y de ramas que avanzaba cada vez más, los habitantes de Wood’stown, espantados, se precipitaron hacia el río, arrastrando en su huida lo que podían de sus riquezas y objetos preciosos. ¡Pero cuántas dificultades para llegar al borde del agua! Ya no quedaban muelles. Nada más que juncos gigantescos. Los astilleros marítimos, en donde se guardaban las maderas para la construcción, habían dejado lugar a bosques de pinos; y en el puerto, lleno de flores, los barcos nuevos parecían islotes de verdor. Por suerte se encontraban allí algunas fragatas blindadas en las que se refugió la muchedumbre y desde donde pudieron ver cómo el viejo bosque se unía victorioso con el bosque joven.

Poco a poco los árboles confundieron sus copas y bajo el cielo azul, resplandeciente de sol, la enorme masa de follaje se extendió desde el borde del río hasta el lejano horizonte. Ni rastro quedó de la ciudad, ni tejados, ni muros. A veces, se oía un ruido sordo de algo que se desmoronaba, último eco de las ruinas, o cómo el golpe de hacha de un leñador enfurecido retumbaba en las profundidades del follaje. Sólo el silencio vibrante, rumoroso, zumbante, nubes de mariposas blancas que giraban sobre la ribera desierta y, lejos, hacia alta mar, un barco que huía, con tres grandes árboles verdes erguidos en medio de sus velas, y que llevaba a los últimos emigrantes de lo que fue Wood’stown…

Alphonse Daudet (foto)

‘Sobre idiotas, velos e imanes’ de Pérez-Reverte

Arturo Pérez-ReverteVaya por Dios. Compruebo que hay algunos idiotas –a ellos iba dedicado aquel artículo– a los que no gustó que dijera, hace cuatro semanas, que lo del Islam radical es la tercera guerra mundial: una guerra que a los europeos no nos resulta ajena, aunque parezca que pilla lejos, y que estamos perdiendo precisamente por idiotas; por los complejos que impiden considerar el problema y oponerle cuanto legítima y democráticamente sirve para oponerse en esta clase de cosas.

La principal idiotez es creer que hablaba de una guerra de cristianos contra musulmanes. Porque se trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico. De ayudar a quienes están lejos del fanatismo sincero de un yihadista majara o del fanatismo fingido de un oportunista. Porque, como todas las religiones extremas trajinadas por curas, sacerdotes, hechiceros, imanes o lo que se tercie, el Islam se nutre del chantaje social. De un complicado sistema de vigilancia, miedo, delaciones y acoso a cuantos se aparten de la ortodoxia. En ese sentido, no hay diferencia entre el obispo español que hace setenta años proponía meter en la cárcel a las mujeres y hombres que bailasen agarrados, y el imán radical que, desde su mezquita, exige las penas sociales o físicas correspondientes para quien transgreda la ley musulmana. Para quien no viva como un creyente.

Por eso es importante no transigir en ciertos detalles, que tienen apariencia banal pero que son importantes. La forma en que el Islam radical impone su ley es la coacción: qué dirán de uno en la calle, el barrio, la mezquita donde el cura señala y ordena mano dura para la mujer, recato en las hijas, desprecio hacia el homosexual, etcétera. Detalles menores unos, más graves otros, que constituyen el conjunto de comportamientos por los que un ciudadano será aprobado por la comunidad que ese cura controla. En busca de beneplácito social, la mayor parte de los ciudadanos transigen, se pliegan, aceptan someterse a actitudes y ritos en los que no creen, pero que permiten sobrevivir en un entorno que de otro modo sería hostil. Y así, en torno a las mezquitas proliferan las barbas, los velos, las hipócritas pasas –ese morado en la frente, de golpear fuerte el suelo al rezar–, como en la España de la Inquisición proliferaban las costumbres pías, el rezo del rosario en público, la delación del hereje y las comuniones semanales o diarias.

El más siniestro símbolo de ese Islam opresor es el velo de la mujer, el hiyab, por no hablar ya del niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre el cuerpo. Por lo que significa de desprecio y coacción social: si una mujer no acepta los códigos, ella y toda su familia quedan marcados por el oprobio. No son buenos musulmanes. Y ese contagio perverso y oportunista –fanatismos sinceros aparte, que siempre los hay– extiende como una mancha de aceite el uso del velo y de lo que haga falta, con el resultado de que, en Europa, barrios enteros de población musulmana donde eran normales la cara maquillada y los vaqueros se ven ahora llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez de arbitrar medidas inteligentes para proteger a esa población musulmana del fanatismo y la coacción, lo que hace es ser cómplice, condenándola a la sumisión sin alternativa. Tolerando usos que denigran la condición femenina y ofenden la razón, como el disparate de que una mujer pueda entrar con el rostro oculto en hospitales, escuelas y edificios oficiales –en Francia, Holanda e Italia ya está prohibido–, que un hospital acceda a que sea una mujer doctor y no un hombre quien atienda a una musulmana, o que un imán radical aconseje maltratos a las mujeres o predique la yihad sin que en el acto sea puesto en un avión y devuelto a su país de origen. Por lo menos.

Y así van las cosas. Demasiada transigencia social, demasiados paños calientes, demasiados complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo. Con lo fácil que sería decir desde el principio: sea bien venido porque lo necesitamos a usted y a su familia, con su trabajo y su fuerza demográfica. Todos somos futuro juntos. Pero escuche: aquí pasamos siglos luchando por la dignidad del ser humano, pagándolo muy caro. Y eso significa que usted juega según nuestras reglas, vive de modo compatible con nuestros usos, o se atiene a las consecuencias. Y las consecuencias son la ley en todo su rigor o la sala de embarque del aeropuerto. En ese sentido, no estaría de más recordar lo que aquel gobernador británico en la India dijo a quienes querían seguir quemando viudas en la pira del marido difunto: “Háganlo, puesto que son sus costumbres. Yo levantaré un patíbulo junto a cada pira, y en él ahorcaré a quienes quemen a esas mujeres. Así ustedes conservarán sus costumbres y nosotros las nuestras”.

Arturo Pérez-Reverte (foto)

Qué es, cómo funciona y qué busca ‘Isis’

Bataclán (París)Breve reseña de cómo se origina, cómo funciona y qué busca Isis, o el Estado Islámico (EI), el grupo terrorista yihadista suní, autoproclamado califato, asentado en Irak y Siria, que el pasado viernes 13 de noviembre perpetró un asalto armado en distintos puntos de París, Francia, dejando 127 muertos y 250 heridos. La mayor masacre la cometió en el salón de fiestas ‘Bataclán’ (foto)
Pinche aquí: Estado Islámico

‘¡Sin trabajo!’ de Émile Zola

emile-zolaI – Por la mañana, cuando los obreros llegan al taller, encuéntranlo frío, como obscurecido con la tristeza que se desprende de una ruina. En el fondo de la sala principal, la máquina está silenciosa, con sus brazos delgados, sus ruedas inmóviles; y ella cuyo soplo y movimiento animan habitualmente toda la casa, con los latidos de su corazón de gigante e incansable en la faena, agrega al conjunto una melancolía más. El amo baja de su despacho y con aire de tristeza dice a sus obreros: –Hijos míos, hoy no hay trabajo… Ya no vienen pedidos, de todas partes recibo contraórdenes, voy a quedarme con las existencias entre las manos. Este mes de Diciembre, con el cual contaba, este mes que otros años es de tanto trabajo, amenaza arruinar las casas más fuertes… Es preciso suspenderlo todo. Y al ver que los obreros se miran unos a otros, con el espanto que les imbuye la idea de volver a casa, con el miedo del hambre que les amenaza para el día siguiente, añade en voz más baja: –No soy egoísta, no, lo juro… Mi situación es tan terrible, más terrible tal vez que la vuestra. En ocho días he perdido cincuenta mil pesetas. Hoy paro el trabajo para no ahondar más la sima; ni siquiera tengo los primeros cinco céntimos de la suma que necesito para mis vencimientos del 15… Ya lo veis, os hablo como un amigo, nada os oculto. Tal vez mañana mismo vengan a embargarme. No es nuestra la culpa, ¡no es cierto! Hemos luchado hasta última hora. Hubiera querido ayudaros a pasar días de apuro; pero todo ha acabado, estoy hundido; no tengo ya ni un pedazo de pan para partirlo. Después les tiende la mano. Los obreros se la estrechan silenciosamente. Y durante algunos minutos permanecen allí, mirando sus herramientas inútiles, con los puños cerrados. Otros días, desde el amanecer, las limas cantaban, los martillos marcaban el ritmo; y todo aquello parece que duerme ya en el polvo de la quiebra. Son veinte, son treinta familias que no tendrán qué comer la semana próxima. Algunas mujeres que trabajan en la fábrica sienten las lágrimas humedecerles los ojos. Los hombres quieren aparecer más resueltos. Se hacen los valientes, diciendo que la gente no se muere de hambre en París. Luego, cuando el amo los deja y le ven alejarse, encorvado en ocho días, abrumado tal vez por un desastre de mayores proporciones que las confesadas por él, van saliendo uno por uno, ahogados por la angustia, con el corazón oprimido, como si salieran del cuarto de un muerto. El muerto es el trabajo, es la máquina grande que permanece muda y cuyo esqueleto se destaca siniestro en la sombra.
II – El obrero está fuera de su casa, en la calle, en medio del arroyo. Ha paseado las aceras durante ocho días sin encontrar trabajo. De puerta en puerta ha ido ofreciendo sus brazos, sus manos, ofreciéndose él en cuerpo y alma para cualquier faena, para la más repugnante, la más dura, la más nociva. Y todas las puertas se han cerrado. Entonces se ofreció a trabajar por la mitad del jornal; pero las puertas permanecieron cerradas. Aunque trabajase de balde no le podría admitir. Es la paralización del trabajo, la terrible paralización que toca a muerto para los que habitan en las buhardillas. El pánico ha parado las industrias, y el dinero, cobarde, se ha escondido. Al cabo de ocho días todo ha concluido. El obrero ha hecho una tentativa suprema y ahora vuelve con paso tardo, con las manos vacías, abrumado de miseria. La lluvia cae; aquella tarde París, inundado de barro, aparece fúnebre. El hombre va andando, recibiendo el chaparrón sin sentirlo, no oyendo más que su hambre y deteniéndose para llegar menos pronto. Inclínase sobre el parapeto del Sena: el río, cuyo caudal ha aumentado, corre con un rumor prolongado; la espuma blanca se desgarra en salpicaduras en uno de los tramos del puente. Inclinase más, la colosal riada pasa debajo de él lanzándole un llamamiento furioso. Después, piensa que sería una cobardía y se va. La lluvia ha cesado. El gas flamea en los escaparates de las joyerías. Si rompiese un cristal, tomaría pan para algunos años con abrir y cerrar la mano. Las cocinas de los restaurants se encienden; y detrás de las cortinas de muselina blanca, ve gentes que comen. Apresura el paso, vuelve a subir a los barrios expuestos, encontrando en el camino las asadurías y pastelerías del todo París comilón, que se exhibe a las horas del hambre. Como la mujer y la pequeña lloraban por la mañana, les ofreció llevarles pan por la tarde. No se ha atrevido a decirles que había mentido, antes de que anocheciese. Al ir andando, pregúntase como entrará y qué les contestará para que tengan paciencia. Sin embargo, no pueden permanecer más tiempo sin comer. El probaría aún, pero la mujer y la pequeña son muy débiles. Un momento se le ocurre pedir limosna; pero cuando una señora o un caballero pasan a su lado y él intenta alargar la mano, su brazo se paraliza y la voz se ahoga en su garganta. Entonces permanece plantado en la acera, mientras los transeúntes adinerados le vuelven la espalda, creyéndolo borracho, al ver su feroz semblante de hambriento.
III – La mujer del obrero ha bajado a la puerta de la calle, dejando arriba a la niña dormida. La mujer es muy delgada; lleva un vestido de percal. El viento helado de la calle la hace tiritar. Ya no le queda nada en casa: todo lo llevó al Montepío. Ocho días sin trabajo bastan para vaciar una casa. La víspera vendió a un trapero el último puñado de lana de su colchón: el colchón se fue así; ahora no queda más que la tela. Allá arriba la colgó delante de la ventana, para impedir que entre el aire porque la niña tose mucho. Sin decir nada a su marido, ella también ha buscado por su parte. Pero la falta de trabajo ha alcanzado con más dureza a las mujeres que a los hombres. En la meseta de su cuarto oye a unas desgraciadas que lloran durante la noche. Encontró una de pie en el rincón de una calle, otra ha muerto; otra ha desaparecido. Afortunadamente, ella tiene un buen hombre, un marido que no bebe. Vivirían sin apuros si la falta de trabajo no les hubiese despojado de todo. Ha agotado el crédito: debe al panadero, al especiero, a la frutera y ya ni siquiera se atreve a pasar delante de las tiendas. Por la tarde fue a casa de su hermana a pedirle una peseta prestada, pero allí encontró también tal miseria, que se echó a llorar, sin decir nada, y las dos, su hermana y ella, estuvieron llorando mucho tiempo. Luego, al marcharse, la ofreció llevarle un pedazo de pan si su marido volvía con algo. El marido no vuelve. La lluvia cae; la mujer se refugia en la puerta; grandes gotas de agua caen a sus pies; un polvillo de agua atraviesa su falda. A ratos se impacienta, se echa fuera a pesar de la lluvia, va hasta el final de la calle para ver si ve a lo lejos al que espera. Y cuando vuelve, toda mojada, pasa la mano por sus cabellos para escurrir el agua; aun cobra paciencia, sacudida por cortos escalofríos de fiebre. Los transeúntes al ir y venir la codean y la pobre mujer se encoje cuanto puede para no molestar a nadie. Los hombres la miran frente a frente y a ratos siente alientos calientes que la rozan el cuello. Todo el París sospechoso, la calle con su lodo, sus claridades crudas y el rodar de los coches, parecen querer cogerla y arrojarla al arroyo. Tiene hambre, pertenece a todo el mundo. Enfrente hay un panadero, y la pobre mujer piensa en la pequeña que duerme arriba. Después, cuando al fin el marido aparece, rozando como un miserable las paredes de las casas, se precipita a su encuentro, y le mira ansiosamente. –¿Qué hay? –dice balbuceando. En vez de contestar, el obrero baja la cabeza. Entonces, la mujer sube la primera, pálida como una muerta.
IV – Arriba la pequeña no duerme. Se ha despertado, y está pensando en frente de un cabo de vela que se extingue en un extremo de la mesa. Y no se sabe qué pensamiento terrible y doloroso pasa sobre la faz de aquella chicuela de siete años, con rasgos serios y marchitos de mujer hecha. Está sentada sobre el borde del cofre que le sirve de cama. Sus pies desnudos tiemblan de frío, sus manos de muñeca enfermiza aprietan contra el pecho los trapos con que se cubre. Siente allí una quemadura, un fuego que quisiera apagar. Está pensando. Nunca ha tenido juguetes. No puede ir a la escuela porque no tiene zapatos. Recuerda que cuando era más pequeña su madre la llevaba a tomar el sol. Pero aquello está lejos. Fue preciso mudar de habitación, y desde aquella época le parece que un frío sopló dentro de su casa. Desde entonces nunca ha estado contenta; siempre ha tenido hambre. Es una cosa profunda en la cual penetra sin poder comprenderla. Pues qué, ¿todo el mundo tiene hambre? Ha procurado, sin embargo, acostumbrarse a eso, pero no ha podido. Piensa que es demasiado pequeña y que es preciso ser grande para saber. La madre sabe, sin duda, esa cosa que se oculta a los niños. Si se atreviese, preguntaría quien nos trae así al mundo para que se tenga hambre. ¡Luego, en su casa todo es tan feo! Mira la ventana, donde el viento sacude la tela del colchón, las paredes desnudas, los muebles rotos, toda aquella vergüenza de buhardilla, que la falta de trabajo ensucia con su desesperación. Imagina haber soñado con habitaciones bien calientes, en las que había cosas que relucían; cierra los ojos para volverlas a ver, y a través de sus párpados adelgazados, la llama de la vela se convierte en un gran resplandor de oro, en el que desearía entrar. Pero el viento sopla y por la ventana llega una corriente fuerte de aire que la produce un acceso de tos. La niña tiene los ojos llenos de lágrimas. Antes tenía miedo cuando la dejaban sola; ahora no sabe, lo mismo le da. Como no se ha comido desde la víspera, cree que su madre ha bajado a buscar pan. Entonces esta idea la divierte. Cortará su pan en pedazos pequeñitos, los irá cogiendo despacio, uno por uno. Jugará con su pan. La madre ha vuelto, el padre ha cerrado la puerta. La niña les mira las manos a los dos, muy sorprendida. Y como nada dicen, al cabo de un momento la pequeña repite con tono de canturria: –Tengo hambre, tengo hambre. El padre, en un rincón, se ha cogido la cabeza entre sus puños; allí permanece abrumado, sacudidas las espaldas por desgarradores y silenciosos gemidos. La madre, conteniendo sus lágrimas, acuesta la pequeña. La tapa con todos los andrajos que hay en la casa; le dice que sea buena, que duerma. Pero la niña, a la que el frío hace dar diente con diente y que siente el fuego de su pecho quemarla con más fuerza, se hace atrevida. Se cuelga del cuello de su madre y muy quedito: –Dí, mamá –le pregunta–, ¿pero por qué tenemos hambre?
Émile Zola (foto)

‘Los fuegos fatuos’ de George Sand

george sandLos flambeaux, flambettes o flamboires, también llamados fuegos fatuos, son esos meteoros azulados que todo el mundo ha encontrado por la noche o ha visto danzar sobre la superficie inmóvil de las aguas pantanosas. Se dice que esos meteoros son inertes por sí mismos, pero la menor brisa los agita y toman aspecto de movimiento que divierte o inquieta la imaginación según ésta esté predispuesta a la tristeza o a la poesía.
Para los campesinos son almas en pena que les piden oraciones, o almas perversas que los arrastran en una carrera desesperada y los llevan, después de mil rodeos insidiosos, a lo más profundo del pantano o del río. Como al lupeux o al trasgo, se les oye reír cada vez más claramente a medida que se adueñan de su víctima y la ven aproximarse al desenlace funesto e inevitable. Las creencias varían mucho respecto a la naturaleza o la intención más o menos perversa de los fuegos fatuos. Algunos se contentan con perderte y, para lograr su fin, no les importa adoptar diversos aspectos.
Se cuenta que un pastor que había aprendido a hacer que le fueran favorables, los hacía ir y venir a su antojo. Bajo su protección todo marchaba bien para él. Sus animales disfrutaban y por lo que a él respecta, no estaba nunca enfermo, dormía y comía bien en verano como en invierno. No obstante, lo vieron de repente ponerse delgado, macilento y melancólico. Cuando le preguntaron acerca de la causa de su desazón, contó lo siguiente:
Una noche que se encontraba en su cabaña con ruedas, cerca de su redil, fue despertado por un gran resplandor y por grandes golpes sobre el techo de su habitáculo.
–¿Qué ocurre? –dijo, muy sorprendido de que sus perros no le hubieran advertido.
Pero antes de que hubiera logrado levantarse, pues se sentía pesado y como asfixiado, vio ante él a una mujer tan pequeña, tan pequeña, y tan menuda, y tan vieja, que se asustó pues ninguna mujer viva podía tener semejante tamaño y semejante edad. Estaba cubierta por sus largos cabellos canosos que la tapaban por completo y sólo dejaban salir su pequeña cabeza arrugada y sus pequeños pies resecos.
–Vamos muchacho, ven conmigo; ha llegado la hora –le dijo.
–¿La hora de qué? –preguntó el pastor desconcertado.
–La hora de casarnos –respondió–. ¿No me has prometido matrimonio?
–¡Oh! ¡Oh! ¡No creo! Sobre todo porque no la conozco en absoluto y porque la veo por primera vez en mi vida.
–Estás mintiendo, mi apuesto pastor. Me has visto bajo un aspecto luminoso. ¿No reconoces a Flambette, la madre de los fuegos fatuos de la pradera? ¿Y no me has jurado, a cambio de los grandes servicios que te he hecho, que harías lo primero que viniera a pedirte?
–Sí, tiene razón, señora Flambette; yo no soy hombre que incumpla su palabra, pero juré eso con la condición de que no se me pidiera nada que fuera contrario a mi fe de cristiano ni a los intereses de mi alma.
–¡Ah, pues! ¿Vengo acaso a engatusarte como una aventurera? ¿No vengo decentemente revestida con mi cabellera de plata fina y adornada como una novia? Quiero llevarte a la misa de medianoche, y nada es más saludable para el alma de un vivo que el matrimonio con una bella muerta como yo. Vamos, ¿vienes? No tengo tiempo que perder charlando.
Hizo ademán de llevarse al pastor fuera de su redil, pero éste retrocedió, aterrorizado, diciendo:
–Nada de eso, mi buena señora, es demasiado honor para un pobre hombre como yo y además prometí a san Ludre, mi patrón, permanecer soltero toda mi vida.
El nombre del santo, mezclado con el rechazo del pastor, puso a la anciana furiosa. Comenzó a saltar rugiendo como una tormenta y a hacer remolinear su cabellera que, al levantarse, dejó ver su cuerpo negro y peludo. El pobre Ludre (así se llamaba el pastor) retrocedió horrorizado al ver que era el cuerpo de una cabra, con la cabeza, los pies y las manos de una mujer decrépita.
–¡Vuelve al diablo, fea bruja! –exclamó– reniego de ti y te conjuro en nombre del…
Iba a hacer la señal de la Cruz, pero se detuvo considerando que era inútil pues sólo con el gesto de su mano, la diablesa había desaparecido y no quedaba de ella nada más que una pequeña llama azul que flotaba por fuera del redil.
–Muy bien –dijo el pastor– haga tantos fuegos fatuos como quiera, me da igual, me burlo de sus luces y de sus payasadas.
Tras lo cual, quiso volver a acostarse; pero he aquí que sus perros, que hasta ese momento habían permanecido como encantados, se acercaron a él gruñendo y enseñando los dientes como si quisieran devorarlo, lo que lo puso airado contra ellos y, cogiendo su cayado ferrado, les pegó como merecían por su mala vigilancia y su pésimo humor.
Los perros se acostaron a sus pies temblando y llorando. Habríase dicho que lamentaban lo que el espíritu perverso les había obligado a hacer. Viéndolos tan calmados y sumisos, Ludre se disponía a dormir de nuevo cuando los vio levantarse como bestias furiosas y lanzarse sobre el rebaño.
Había doscientas ovejas que, presas de miedo y de vértigo, saltaron por encima del cercado del redil y huyeron por los campos como si se hubieran transformado en ciervas, mientras que los perros, rabiosos como lobos, las perseguían mordiéndoles en las patas y arrancándoles la lana que volaba formando nubes blancas sobre los matorrales.
El pastor, muy preocupado, no se tomó el tiempo necesario para volver a ponerse los zapatos y la chaqueta que se había quitado por el calor. Se puso a correr tras su rebaño, jurando detrás de sus perros que no le prestaban atención y corrían cada vez más, ladrando como los perros de caza que han levantado la liebre, y espantando al rebaño asustado.
Tanto corrieron ovejas, perros y pastor, que el pobre Ludre hizo al menos doce leguas alrededor de la charca de los fuegos fatuos, sin poder alcanzar su rebaño ni detener sus perros, a los que habría matado de buena gana si hubiera podido alcanzarlos.
Por fin, cuando amaneció, se quedó muy sorprendido al ver que las ovejas que él creía perseguir no eran sino pequeñas mujeres blancas, largas y menudas, que corrían como el viento y que no parecían cansarse más de lo que lo hace el viento. Por lo que respecta a los perros, los vio transformados en dos gruesos cuervos que volaban de rama en rama graznando.
Convencido entonces de que había caído en un aquelarre, volvió derrengado y triste a su redil, donde se sorprendió mucho de encontrar su rebaño durmiendo bajo la vigilancia de los perros, que se acercaron a él para acariciarlo.
Se dejó caer en su cama y durmió como un tronco. Pero, a la mañana siguiente, cuando salió el sol, contó sus animales y encontró que faltaba una oveja, que no pudo encontrar por más que buscó.
Por la tarde, un leñador que trabajaba cerca de la charca de los fuegos fatuos le trajo sobre su asno la pobre oveja ahogada, preguntándole cómo cuidaba las ovejas y aconsejándole que no durmiera tanto si quería conservar su buena fama de pastor y la confianza de sus patrones.
El pobre Ludre se preocupó mucho por un asunto del que no comprendía nada y que, por desgracia para él, se repitió, aunque de otra manera, a la noche siguiente.
Esta vez soñó que una vieja cabra, con grandes cuernos de plata, le hablaba a sus ovejas y que éstas la seguían galopando y saltando como cabritos alrededor de la charca. Imaginó que sus perros se cambiaban en pastores y él mismo en un macho cabrío al que estos pastores golpeaban y obligaban a correr.
Como la víspera, se detuvo al amanecer, reconoció las figuras blancas que ya lo habían engañado, regresó, lo encontró todo tranquilo en su redil, se durmió por el gran cansancio, se levantó tarde, contó sus ovejas y encontró que faltaba una.
Esta vez corrió hacia la charca y encontró al animal que se estaba ahogando. La sacó del agua, pero era demasiado tarde y ya no era buena sino para ser despellejada.
Estos desagradables hechos duraban ya ocho días. Faltaban ocho cabezas en el rebaño y Ludre, bien porque corriera dormido como un sonámbulo, bien porque soñara en medio de la fiebre que tenía las piernas en movimiento y el espíritu afligido, lo cierto es que se sentía muy fatigado y tan enfermo que creí que se iba a morir.
–Mi pobre amigo –le dijo un viejo pastor muy sabio al que él le contaba sus cuitas–, tienes que casarte con la vieja o renunciar a tu oficio. Conozco a esa cabra de cabellos plateados por haberla visto cortejar a uno de nuestros amigos, al que hizo morir de fiebre y pena. Por eso no he querido nunca tratar con las flambettes aunque me hicieran numerosas insinuaciones y de que las viera danzar como bellas jovencitas alrededor de mi redil.
–¿Y no sabría usted darme algún remedio para librarme de ellas? –le dijo Ludre abrumado.
–He oído decir –respondió el viejo– que aquel que pudiera cortarle la barba a esa maldita cabra la gobernaría a su antojo; pero se corre un gran riesgo porque si se le deja, aunque sólo sea un pelo, recupera toda su fuerza y te retuerce el cuello.
–¡Caramba!, yo mismo lo intentaré –dijo Ludre– pues lo mismo da morir en ese empeño que ir languideciendo poco a poco como hago yo.
La noche siguiente, vio a la vieja con figura de fuego fatuo acercarse a su cabaña y le dijo:
–Ven aquí, bella entre las bellas, y casémonos de inmediato.
Cómo fue la boda, no se supo jamás; pero, hacia medianoche, cuando la bruja estaba bien dormida, Ludre cogió las tijeras de esquilar las ovejas y, de un solo golpe le cortó tan bien la barba, que el elfo tenía el mentón desnudo, y él se puso muy contento al ver que era rosado y blanco como el de una jovencita. Entonces, se le ocurrió la idea de esquilar toda la cabra, su esposa, pensando que tal vez perdiera su fealdad y su taima al mismo tiempo que el pelo.
Como seguía durmiendo, o haciendo como que dormía, no le costó mucho esfuerzo hacer todo el esquilo. Pero, una vez que concluyó, se dio cuenta de que había esquilado su cayado y que estaba solo, acostado junto a su bastón de serbal.
Se levantó muy inquieto por lo que pudiera significar esta nueva diablura y lo primero que hizo fue recontar sus animales, que resultaron ser doscientas, como si ninguna se hubiera ahogado.
Entonces, se apresuró a quemar todo el pelo de la cabra y a darle gracias al bueno de san Ludre, que no permitió nunca más a los fuegos fatuos que lo atormentaran.
George Sand (foto) (Traducción de Esperanza Cobos Castro)