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‘La pata de mono’ de W.W. Jacobs

w.w-jacobs-La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.

-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.

-Mate -contestó el hijo.

-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.

-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.

-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.

-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.

-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?

-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.

-Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?

-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.

-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.

-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.

-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

  1. II) A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.

-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.

-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.

-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

-Lo siento… -empezó el otro.

-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.

-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.

-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III)   En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.

-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

-La quiero. ¿No la has destruido?

-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

-¿Pensaste en qué? -preguntó.

-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.

-¿No fue bastante?

-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

-Dios mío, estás loca.

-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

-Fue una coincidencia.

-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

-¿Qué es eso? -gritó la mujer.

-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.

-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

W.W. Jacobs (foto)

‘En la peluquería’ de Hebe Uhart

hebe uhardLa peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo) Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

-Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”) Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.

Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora)

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

-Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostumbrada a cualquier cosa y corta.

Yo salgo contenta.

Hebe Uhart (foto)

‘El dormitorio más triste y solo de Ayotzinapa’

marcela turati(Por Marcela Turati) Todos los días a Bernardo le insisten para que se mude de dormitorio, pero él no escucha. Cuando en esta escuela-internado cae la noche él extiende su cobija roja sobre unos cartones y se acuesta en soledad, rodeado de ausentes, añorante de este cuarto lleno de amigos: Eran ocho y se disputaban cada centímetro del piso, jugaban a hacerse los descuidados y pisarse los pies.

Sus compañeros Julio César, Jonás, Cristian Alfonso, Israel Jacinto, Eduardo y Miguel Ángel no están aquí, sólo están sus pertenencias, sólo están sus retratos exhibidos entre los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que fueron desaparecidos el 26 de septiembre, cuando a los policías de Iguala se les metió el diablo en la piel y se exhibieron como criminales al servicio del narcotráfico.

“Yo soy el único aquí. Uno se fue a su casa, su mamá vino por sus cosas, los otros seis están desaparecidos”, dice Bernardo, delgadito, larguirucho, amable. A su alrededor, recargados sobre las paredes pelonas, están los maletines, la ropa, los zapatos y recuerdos que cuida hasta que regresen sus dueños.

Al cuarto día de que sus compañeros no volvían, Bernardo se dio a la tarea de acomodar el lugar. Dobló y apiló los cartones que sirven de cama, hizo lo mismo con los sarapes y cobijas de colores.

Acomodó en un rincón los tenis rotos, todos de tela, ninguno de marca; los huaraches en forma de equis que llevan los campesinos; los zapatos formales comprados con sacrificios por los futuros maestros. Todo está rociado con moronas de pintura blanca que saltan del techo carcomido por la humedad y que hace pensar que las pertenencias son de algún maistro-pintor.

Un costal blanco, como los que contienen semillas está erguido contra la pared atiborrado de ropa. Este tiene el rótulo de “Correos de México”.

“Esta era la maleta de Eduardo”, explica este joven nahuatlaca, cuidador de recuerdos. Encima del costal-maleta está recargada una chamarra vieja, herencia de alguna generación anterior de esta normal rural que tapaba a su dueño del frío.

Afuera de un maletín deportivo asoma el vaso de plástico con el cepillo de dientes y la pasta que usaba Julio César. Al fondo una placa metálica que lleva su nombre: “Julio César López Patolzi”.

Entre la ropa sobresale la primera hoja de su cuaderno a rayas, donde con lápiz y letra fina Julio César escribió el primer día de clases: “Pues yo ingresé a esta Normal con el simple echo que mis padres son de escasos recursos campesinos y mis habilidades es ser responsable también en la academia, trato de poner mucha atención a los maestros para poder sobre salir adelante”.

Más allá, se ve un vaso de plástico que lleva adentro una cuchara, un cuchillo, un tenedor, porque hasta eso tenían que traer los estudiantes de casa. Una bolsa de detergente Foca. Un folder con los certificados de estudio de José Eduardo Bartolo Tlatempa, indígena, como dejan ver sus apellidos; indígena como la mayoría de los alumnos de esta escuela donde el requisito para entrar es no tener dinero, pero tener ganas de ir a contracorriente del destino de los pobres hasta alcanzar ser alguien.

“Yo mismo acomodé esta semana. Cuando salieron a la actividad no les dio tiempo de arreglar, yo mismo me puse a arreglar”, explica Bernardo tenso pero sonriente. Un par de escobas permanecen de pie en un rincón.

Con el brazo señala que junto a la pared más cercana a la puerta de bordes roídos dormían cuatro: Julio César, Cristian Alfonso, Cristian (“ése está en su casa; su mamá se llevó sus cosas”), y allá Jonás.

Durante los primeros días de clases en el cuarto que llaman Sección G dormía también El Chilango, Julio César Mondragón, el joven mexiquense desaparecido con los demás el día 26, y quien tres días después fue encontrado en Iguala asesinado: el torso lleno de moretones y desollado: sin ojos, sin piel, sin cara. Llevaba la misma playera roja con la que se presentó el primer día de clases, la misma que circula en Internet donde se le ve cargando a su bebé recién nacida, y acurrucado junto a su esposa.

“El Chilango se cambió de aquí porque éramos varios y no había cupo -dice-. A veces se tiraba a un lado de mí, luego se pasó al lado (al otro cuarto), estuvo un tiempo, luego que iba a buscar dónde dormir, le dije que si no (encontraba) regresaba y se pasó a la panadería”.

Quien diga que en las normales rurales donde se forman los maestros más pobres de México viven entre lujos debería asomarse a este cuarto con el rótulo número 4; sección G, como le dicen ellos. Encontrará que la puerta no sella, el aire se mete siempre por el techo. Los muebles son tres cajas clavadas en las paredes a manera de casillero: un huacal de madera, las otras dos de plástico.

Las paredes están acicaladas de pintura blanca que la humedad carcome. No hay adornos. No dio tiempo de colocar ninguno. Sólo queda un letrero a lápiz que alguien dejó en el que se lee: 2 de octubre. Los jóvenes viajaron a Iguala (a poco más de una hora de camino) era recabar fondos (“botear”) para acudir a la manifestación anual por la masacre estudiantil de Tlatelolco en el Distrito Federal y traer para ese fin tres camiones de pasajeros. (En el patio de la escuela una treintena de autobuses con líneas comerciales están estacionados, sus choferes esperan que los releven)

Como Bernardo estaba inscrito en el Club Banda de Guerra y se quedó limpiando los instrumentos, no acudió a Iguala como el resto de los alumnos de primer año, los llamados pelones, pues por tradición escolar son rapados todos los alumnos de recién ingreso a esta Normal. Bernardo también está pelado, los cabellos que crecen se sostienen de pie como si fueran de cepillo.

“Yo me quedé a esperar a los compañeros en la puerta. Los esperé. Vi que no llegaban”, dice ahora sentado sobre el piso, junto al arrumbadero de zapatos.

Esa noche en la Normal se recibió la noticia de que a los pelones los habían reprimido, la policía los había rodeado y detenido. La información fluyó como gotera, había un herido, no, ya estaba muerto, y el muerto era un pelón.

La incertidumbre se paseó entre todos dejando la pregunta de quién sería.

“Les marcábamos a todos. Sólo le entró la llamada a Israel Jacinto, dijo que estaban dentro del autobús, que los tenían rodeados policías, que tenían gas lacrimógeno. Le dijimos que rompiera los vidrios no se vayan a ahogar. Pidió que lo fuéramos a traer, le dijimos que ya había salido una Urban por ellos. (La llamada) duró cinco minutos, se escuchaban gritando los demás, también él. Se escuchaban los ruidos de las patrullas. Hasta que se colgó”.

Hasta después supo que todos los pasajeros del autobús de Israel Jacinto fueron obligados a subir a patrullas de la policía municipal. Todos fueron desaparecidos.

Esa noche Bernardo intentó ir a rescatar a sus compañeros, pero no alcanzó cupo en las camionetas que salieron con refuerzos (algunos de los estudiantes que acudieron al rescate tampoco regresaron, quedaron muertos, otros siguen hospitalizados)

Pasó la noche en vela con todos, resguardando la escuela; a él le tocó cuidar por los corrales. Entre todos checaban por feiz e internet las noticias, el muerto ya no era uno, eran dos, luego tres. Tres de la Normal, pero otros tres que no eran normalistas, pero fueron confundidos con ellos.

“Empezaron a pasar las imágenes, yo no sabía nada, pero dijeron que a un chavo le hicieron bien feo, le quitaron el rostro. Ahí reconocí a El Chilango porque usaba la playera del primer día de clases. La última vez que lo vieron fue cuando los subieron a las patrullas”. Lo dice como si nada, el miedo se asoma en la mirada.

Saca su celular y muestra el video que le tomaron el 21 de agosto, día de su cumpleaños. Se ve que a Bernardo lo agarran por sorpresa y lo tiraron a un pozo con agua. Mira con cariño la escena y dice: “Ahí está El Chilango, es el último que llega (y sí, se ve un muchacho menos flaco que el resto, que ayuda al resto a tirarlo al río); el que lo grabó desde arriba es Miguel Ángel”.

Ya no tiene la fotografía del 8 de agosto cuando los mayores los ‘pelaron’ con rasuradora, se quedó en un celular que le robaron. Pero sí tiene los recuerdos, y de esos echa mano.

“Íbamos a escoger a El Chilango como jefe de grupo, él sí quería pero como es de México a lo mejor lo iban a tratar mal, por eso quiso quedarse de apoyo. Casi no le gustaba echar relajo, era serio, reservado. Lo íbamos a elegir porque le gustaba participar en las clases. Él estuvo en Tenería, le preguntamos pero no nos quiso decir, creo que lo expulsaron. Fue a hacer pruebas en Tiripetío, Michoacán, no dijo por qué lo expulsaron, y vino aquí”.

Bernardo apenas regresa de tres días de descanso en El Durazno, su pueblo, ubicado en el municipio de Tixtla de donde eran oriundos cuatro de sus colegas y que es zona de nahuatlacas.

En casa su mamá le pidió que abandonara la Normal, que ya no regresara, a lo que él le contestó: “Ahí me quiero quedar para saber de mis compañeros”. Además, sigue con la idea de ser maestro.

-¿Por qué quieres ser maestro?

-Diría mi compañero Chilango… todavía recuerdo sus palabras -y sonríe, cómplice-: ‘para compartirle mis ideas a los niños’.

-¿Cómo cuáles ideas?

Ya no responde. Se tapa el rostro, se queda pasmado. La tristeza le corta el habla y llora silencioso, no con el estruendo de los que vienen de la ciudad, llora como campesino. Parece un niño arrinconado. Y cómo no si el dolor es gigante para este joven, apenas pasada la mayoría de edad, que pretende ser un adulto, que carga sobre su cuerpo flaco el pesado recuerdo de siete amigos y como una patada en el alma el descubrimiento de la raíz de este país podrido.

“Sólo quiero que aparezcan”, se enjuga las lágrimas.

Cuando se repone, como encarrerado comienza a desgranar recuerdos, como si tuviera urgencia de hablar de todos, de nombrarlos, de recordarlos para traerlos de vuelta.

“Era muy unida la sección. Éramos muy unidos. Nunca nos separábamos cuando salíamos a trabajar al módulo o comprar cosas nos cooperábamos. Si salía actividad íbamos juntos. Yo llegaba primero, yo nunca entraba, no abría la puerta, los esperaba afuera a que llegaran todos y nos fuéramos al comedor todos juntos”.

Vuelve la sonrisa cuando aparece en el cuarto a Eduardo, ‘Boby’, a quien le gustaba bailar breidans, ponía una canción y comenzaba a articular patadas. A Cristian Alfonso gustoso de estudiar danza desde niño. A Israel fingiéndose el descuidado en las noches, pues cada vez que se levantaba por algo, pisaba los pies de quienes estaban acostados; sus víctimas lo regañaban, los demás se reían. Jonás haciendo relajo como aquella vez que se quedó dormido de pie en clase e hizo carcajear a todos. “Era bien de la costa, no podía pronunciar el 128 y decía ‘Baisa’”.

Habla también sobre su rutina escolar, sobre las actividades ‘de lucha’ que tenían, la ordeña, de sacar diésel, de botear, hasta que se atora: “El 26 entramos a las nueve cuarenta, ya no me acuerdo a qué materia fuimos. Tenía el horario pero anda desaparecido el que lo tenía. Se lo iba a pedir”.

Sabe que sus otros compañeros de primero están preocupados por él, pues el G es el único cuarto donde quedó uno solo -en otros cuando menos quedaron dos o tres-. Cuando lo invitan a mudarse de sección él les dice lo que ahora repite: “que no, que estoy bien, que aquí quiero estar con ellos”.

Alguna noche ha soñado que están juntos en el convivio que tenían planeado para ese fin de semana.

Un estudiante se mudó por unos días a su sección para acompañarlo y a veces lo regañaba con un ‘no te agüites, cabrón, van a aparecer, piensa positivo’. Un día de plano se pusieron a orar más o menos con estas palabras que Bernardo repite: “Que el señor los proteja a cada uno de nuestra sección, que les de fuerza, les cuide y los traiga bien, acá van a regresar y acá vamos a estar esperándolos”.

Pasado el llanto, lustrados los recuerdos, revisitados los amigos, retomados los espacios vacíos, Bernardo se sincera: “Hay momentos que me quiero ir de ver a las familias, cómo están sus rostros, cómo están llorando, uno se desilusiona. Me siento triste y solo, me siento mal, soy el único que se quedó aquí. Yo siempre decía: ‘si salimos todos, volvemos todos’”.

Esa rutina de esperarlos en la puerta, de no entrar hasta que lleguen todos; esa promesa del ‘si salimos todos volvemos todos’ es lo que hacer que Bernardo cada tanto reacomode las pertenencias de sus amigos, barra el piso y cultive la esperanza del reencuentro hasta llegar la noche, cuando regresa al cuarto más solo y triste de Ayotzinapa, y tiende su cobija roja, y duerme siempre en vela para darles la bienvenida al momento en que reaparezcan.

“Estoy esperando a que lleguen -dice-. Por ese motivo no me he ido. Yo sé que si yo estaría desaparecido, ellos harían lo mismo”.

Marcela Turati (foto)

 

‘La aventura de Tse-i-La’ de Villiers de L’Isle Adam

Villiers de L_Isle Adam(La Esfinge: «Adivina o te devoro».)

Al Norte de Tonkín existe, internándose tres leguas, la provincia de Kouang-Si, de ríos auríferos, y cuya grandeza se extiende hasta las fronteras de los principados centrales del Imperio de Enmedio, desparramando sus ciudades en la vasta extensión de la selva.

En esta región, la serena doctrina de Laotsé no ha extinguido aún la violenta credulidad hacia los Poussah, especie de genios populares de la China. Gracias al fanatismo de los bonzos (monjes budistas) de la comarca, la superstición china, aun en las clases elevadas, fermenta con más vigor que en los estados más próximos a Pekín, y difiere de las creencias de los manchúes en cuanto admite las intervenciones directas de los dioses en los asuntos del país

El penúltimo virrey de esta inmensa dependencia imperial fue el gobernador Tche-Tang, que dejó la memoria de un déspota sagaz, avaro y feroz. Véase a qué ingenioso secreto aquel príncipe, escapando a mil venganzas, debió vivir y morir en paz en medio del odio de su pueblo, al que desafió hasta el fin, sin pena ni peligro, ahogando en sangre el más ligero descontento.

Una vez -quizá ocurriese esto unos diez años antes de su muerte- un mediodía estival, cuyo ardor hacia arder los estanques y rajaba las hojas de los árboles, arrojando destellos de fuego sobre los altos tejados de los quioscos, Tche-Tang, sentado en una de las salas más frescas de su palacio, sobre un trono negro incrustado de flores de nácar y embutido de oro puro, y reclinado con languidez, se acariciaba la barba con su mano derecha, mientras que la izquierda se posaba sobre el cetro tendido en sus rodillas.

Detrás la estatua colosal de Fo, el dios inescrutable dominaba su trono. Sobre las gradas de la escalinata vigilaban sus guardias cubiertos con armaduras de cuero negro, con la lanza, el arco o la larga hacha en el puño. A su derecha, de pie, su verdugo favorito lo abanicaba.

Las miradas de Tche-Tang erraban sobre la multitud de mandarines, de príncipes de su familia y sobre los grandes oficiales de su corte.

Todas aquellas frentes eran impenetrables. El rey se sentía odiado, rodeado de asesinos, y consideraba, lleno de mil sospechas indecisas, cada uno de los grupos donde se hablaba en voz baja. No sabiendo a quién exterminar, se extrañaba a cada momento de vivir aún y reflexionaba taciturno y amenazador.

Se abrió una puerta, dando paso a un oficial que conducía, de la mano, a un joven desconocido, de grandes ojos azules y de bella fisonomía. El adolescente vestía túnica de seda escarlata, recogida con un cinturón de oro.

Se prosternó delante de Tche-Tang, bajo la mirada del virrey.

-Hijo del Cielo -dijo el oficial-, este joven ha declarado no ser más que un oscuro ciudadano de esta población y llamarse Tse-i-la. Sin embargo, despreciando los tormentos y la muerte, él ofrece probar que trae para ti una misión de los Poussah inmortales.

-Habla -dijo Tche-Tang.

Tse-i-la se levantó.

-Señor -dijo con reposada voz-, sé lo que me espera si no estoy acertado en mis palabras. Anoche durante un terrible sueño, los Poussah me favorecieron con su visita, haciéndome dueño de un secreto que espantaría a los mortales entendimientos. Si te dignas a escucharme, reconocerás que no es de humano origen, porque sólo con oírlo despertará en tu ser un nuevo sentido. Su virtud te comunicará al momento el don misterioso de leer, con los ojos cerrados y en el espacio que media entre la pupila y los párpados, los nombres, en caracteres de sangre, de todos aquellos que pueden conspirar contra tu trono o tu vida, en el momento preciso en que sus espíritus conciban tal designio. Estarás, pues, al abrigo, para siempre, de toda funesta sorpresa y envejecerás apaciblemente en el uso de tu autoridad. Yo, Tse-i-la, juro aquí por Fo, cuya imagen proyecta su sombra sobre nosotros, que el mágico poder de este secreto es tal como te digo.

Ante un discurso tan extraño hubo en la asamblea un estremecimiento seguido de un silencio sepulcral. Una vaga angustia conmovió la cotidiana impasibilidad de los rostros.

Todos examinaron al desconocido, que, sin temblar, testimoniaba así que era el depositario del mensaje divino de que se decía portador. Muchos se esforzaron en vano por sonreír, pero no osaban mirarse, palideciendo de la seguridad dada por Tse-i-la. Tche-Tang observó aquel malestar denunciador.

En fin, uno de los príncipes, sin duda para disimular su inquietud, exclamó:

-¿A qué escuchar los disparates de un insensato borracho de opio?

Los mandarines añadieron algo animados:

-¡Los Poussah sólo inspiran a los viejos bonzos del desierto!

Y uno de los ministros:

-Debe someterse previamente a nuestro examen el secreto de que ese joven se cree depositario, antes de ser sometido a la alta sabiduría del rey.

Replicando irritadísimo uno de los oficiales:

-Además de que es posible que no sea más que uno de esos cuyo puñal espera el momento en que el rey esté distraído para clavarse en su corazón.

-Que se le encierre -gritaron todos.

Tche-Tang extendió sobre Tse-i-la su cetro de oro, donde brillaban caracteres sagrados:

-Continúa -dijo impasible.

Tse-i-la repuso entonces, agitando un pequeño abanico de varillaje de ébano y refrescando con él sus mejillas:

-Si algún tormento fuese suficiente a persuadir a Tse-i-la de traicionar su secreto, revelándolo a otro que no fuese el rey, los Poussah, que escuchan invisibles, no me hubiesen escogido por intérprete. ¡Oh príncipes, no! Yo no he fumado opio, no tengo nada de loco, no llevo armas. Únicamente escuchen lo que añado. Si afronto la muerte lenta, es porque un secreto como el mío vale, si es cierto, una recompensa digna de él. Tú solo, ¡oh rey!, juzgarás, pues, en tu equidad, si merece el premio que te pido. Si, repentinamente, al oír las palabras que lo anuncien, sientes dentro de ti, bajo tus ojos cerrados, el don de esa virtud viviente y su prodigio, habiéndome hecho noble los dioses y habiéndome inspirado con su soplo de luz, me concederás la mano de Li-tien-Se, tu radiante hija, la insignia principal de los mandarines y cincuenta mil liangs de oro.

Al principiar aquellas palabras “liangs de oro”, un imperceptible tinte rosa subió a las mejillas de Tse-i-la, que procuró ocultar aproximándose el abanico al rostro.

La exorbitante recompensa reclamada provocó la sonrisa de los cortesanos y apretó el corazón sombrío del rey, donde se agitaban el orgullo y la avaricia. Una cruel sonrisa pasó por sus labios mirando al joven, que añadió con intrepidez:

-Espero de ti, Señor, el real juramento, por Fo, el dios implacable que se venga de los perjuros, que tú aceptas, según mi secreto te parezca positivo o quimérico, concederme la recompensa pedida o la muerte que te plazca.

Tche-Tang se levantó y dijo:

-¡Lo juro! ¡Sígueme!

Algunos momentos después, bajo bóvedas que una lámpara suspendida sobre su hermosa cabeza alumbraba, Tse-i-la, amarrado con finos cordeles a un poste, miraba en silencio al rey Tche-Tang, cuya alta estatura aparecía en la sombra a tres pasos de él. El rey estaba de pie, arrimado a la puerta de hierro de la caverna; su mano derecha se apoyaba sobre la frente de un dragón de metal cuyo ojo único parecía observar a Tse-i-la. El traje verde de Tche-Tang resplandecía; su collar de piedras preciosas relampagueaba; sólo su cabeza, rebasando el disco de la lámpara, permanecía en las sombras.

Bajo el espesor de la tierra nadie podía oírlos.

-Te escucho -dijo Tche-Tang.

-Señor -dijo Tse-i-la-, yo soy un discípulo del maravilloso poeta Li-tai-pe. Los dioses me han concedido en inteligencia tanto como a ti te han concedido en poder, y me han regalado la pobreza para que ella engrandezca mis pensamientos. Yo les agradecía diariamente tantos favores y vivía apaciblemente, sin ambiciones, sin deseos, cuando una tarde, sobre la terraza elevada de tu palacio, en la parte alta de los jardines, el ambiente plateado por los rayos de la luna, vi a tu hija Li-tien-Se, cuyos pies besaban las flores de los árboles copudos, perdiéndose con las brisas de la noche. Después de aquella noche, mi pincel no ha vuelto a trazar una sola línea, ¡y siento que ella también piensa en este rayo de amor en que me abraso!… Harto de languidecer, prefiriendo la muerte más espantosa al suplicio de vivir sin ella, he querido por un rasgo heroico, de una sutilidad casi divina, elevarme, ¡oh rey!, hasta tu hija.

Tche-Tang, por un movimiento de impaciencia, sin duda, apoyó su pulgar sobre el ojo del dragón. Las dos hojas de una puerta se abrieron sin ruido, dejando ver el interior de una caverna próxima.

Tres hombres con traje de cuero estaban al lado de un brasero donde enrojecían hierros de tortura. De la bóveda pendía una fuerte cuerda de seda, bajo la cual brillaba una caja de acero, redonda, con una abertura circular en medio.

Aquello era el aparato de la muerte terrible. Después de atroces quemaduras, la víctima era suspendida en el aire, atado un brazo a aquel cordel de seda, en tanto que el pulgar de la otra mano era amarrado por detrás al pulgar del pie opuesto. Se ajustaba entonces la caja de acero en la cabeza de la víctima, y, cuando descansaba sobre los hombros, se metían dentro dos ratas hambrientas. El verdugo imprimía un movimiento de balance a todo aquel horrible conjunto y luego se retiraba dejando al reo entre las tinieblas para volver al siguiente día.

Ante tal espectáculo, cuyo horror de ordinario impresionaba aun a los más resueltos:

-¡Olvidas -dijo fríamente Tse-i-la- que nadie, excepto tú, debes escucharme!

Las puertas se cerraron.

-¿Tu secreto? -gruñó Tche-Tang.

-Mi secreto, ¡tirano!, es que mi muerte precederá a la tuya esta noche -dijo Tse-i-la con el rayo del genio en los ojos-. ¿Mi muerte? ¿Pero no comprendes que es lo único que esperan allá arriba los que aguardan temblando tu regreso? ¿No significará ella que mis promesas han sido falsas? ¡Qué alegría no sentirán, riendo silenciosamente en el fondo de sus corazones de tu credulidad burlada!… ¡Y ésa será la señal de tu perdición!… Seguros de la impunidad, furiosos por la angustia pasada, ¿cómo delante de ti, que te habrás empequeñecido por la esperanza abortada, vacilará aún su odio? Llama a tus verdugos: seré vengado. Pero conozco que estás ya casi convencido de que al hacerme morir tu vida será sólo cuestión de horas; y que tus hijos, degollados, según la costumbre, te seguirán, y que Li-tien-Se, tu hija, flor de delicias, será también víctima de tus asesinos. ¡Ah! ¡Si fueses un príncipe profundo! Supongamos que de pronto, al contrario, regresas, con la frente como agravada por la misteriosa clarividencia predicha, rodeado de tus guardias, la mano sobre mi espalda, a la sala de tu trono, y que allí, habiéndome tú mismo revestido de la túnica de los príncipes, y enviado a llamar a Li-tien-Se, tu hija y mi alma, luego de habernos prometido, ordenas a tu tesorero que me cuente, de una manera oficial, los cincuenta mil liangs de oro. ¡Ah! Entonces yo te juro, que, a semejante vista, todos esos cortesanos cuyos puñales en la sombra han salido a medias de la vaina contra ti, caerán desfallecidos y prosternados, y que en el porvenir nadie osará admitir en su espíritu un mal pensamiento contra ti. ¡Así, pues, medita! Todo el mundo sabe que eres razonable y clarividente en los consejos de estado; no será, pues, creíble que una vana quimera haya sido suficiente para transfigurar, en algunos instantes, la desagradable expresión de tu cara, que debe aparecer victoriosa y tranquila!… ¡Cómo! ¡Tú, tan cruel, me dejas vivir! ¡Se conoce tu soberbia, y me dejas vivir! ¡Se conoce tu avaricia, y me prodigas tu oro! ¡Se conoce tu orgullo paternal, y me das tu hija por una palabra, a mí, desconocido transeúnte! ¿Qué duda podría subsistir ante todo esto? ¿Y en qué quieres tú que consista el valor de mi secreto, inspirado por nuestros seculares genios, sino en la absoluta creencia de que lo posees?… Únicamente se trataba de crear ese secreto, y eso lo he hecho yo. El resto depende de ti. Yo he cumplido mi palabra. Además, haberte exigido la dignidad principal y el oro, que yo desprecio, no ha sido más que para aumentar el precio, y por consiguiente, dejar imaginar por esa munificencia arrancada a tu famosa sordidez la espantosa importancia de mi imaginario secreto.

“Rey Tche-Tang: yo, Tse-i-la, atado por tu orden a este poste, exalto, ante la muerte terrible, la gloria del augusto Li-tai-pe, mi maestro de los pensamientos de luz, y te declaro que la sabiduría habla por mí. ¡Volvamos, te repito, con la frente alta y radiante! ¡Prodiga hoy los indultos en acción de gracias al cielo! ¡Luego promete ser inexorable en lo por venir! Ordena que se celebren fiestas luminosas en honor del divino Fo, que me ha inspirado esta sublime astucia. Yo, mañana, habré desaparecido. Iré a vivir con la elegida de mi corazón a cualquier provincia lejana y feliz, gracias a los liangs de oro. El botón diamantino de los mandarines, que habré recibido de tu munificencia, con tantos transportes de orgullo, no será jamás usado por mí, porque tengo otras ambiciones; yo creo solamente en los pensamientos armoniosos y profundos que sobreviven a los príncipes y a los reinos; siendo rey en el imperio inmortal, no ambiciono ser príncipe en los de ustedes. ¿Has comprendido que los dioses me han dado la firmeza de corazón y una inteligencia tan grande, por lo menos, como la de cualquiera de tus cortesanos? Puedo, pues, mejor que uno de ellos, llevar la alegría a los ojos de una joven. Pregunta a Li-tien-Se, ¡mi sueño! Estoy seguro de que, al mirarse en mis ojos, ella te lo dirá. En cuanto a ti, cubierto por una protectora superstición, reinarás, y, si abres tu corazón a la justicia, conseguirás que el temor se convierta en aprecio hacia tu trono afirmado. ¡Ese es el secreto de los reyes dignos de serlo! No tengo otro que facilitarte. ¡Pesa, escoge y falla! He dicho.

Tse-i-la calló.

Tche-Tang, inmóvil, pareció meditar algunos momentos. Su enorme sombra se prolongaba, truncándose sobre la puerta de hierro. De repente, fue hacia el joven y, poniéndole ambas manos sobre los hombros, lo miró fijamente, en el fondo de los ojos, como presa de mil sentimientos indefinibles.

Después, tirando del sable, cortó las cuerdas que sujetaban a Tse-i-la y echándole el regio collar sobre las espaldas:

-¡Sígueme! -le dijo.

Subió los escalones de la cueva y apoyó su mano sobre la puerta de la luz y la libertad. Tse-i-la, a quien el triunfo de su amor y de su repentina fortuna habían desvanecido bastante, contempló el regio presente.

-¡Cómo! ¡Este collar también! -murmuró-. ¿Por qué, pues, te calumnian? ¡Esto es mucho más de lo prometido! ¿Qué quiere pagar el rey con este collar?

-¡Tus injurias! -contestó desdeñosamente Tche-Tang, abriendo la puerta frente a los rayos del sol.

Villiers de L’Isle Adam (foto)

Loa a la chispeza de Gary Medel para vestirse

gary-medel-matrimonio-1Impecable. El traje a la medida. El forro níveo de la chaqueta se convierte en solapa. Son dos flechas que bajan del cielo sobre el pecho negro. El borde de los bolsillos del ambo, también blanco, tanto como los botones de las mangas. ¡Qué elegancia, por Dios! Complementada, eso sí, con un chaleco negro con botones blancos, sobre una camisa azabache, sin corbata, ni lazo corbatín, o pajarita. El primer botón de la camisa abierto, relajadamente. Los zapatos, también negros, mitad acharolados. Muy refinado, Garyto, como el que más. Tal era el atuendo para su matrimonio civil. ¡Un traje con chispeza! Pero me cuentan que en ‘Maldita moda’, el programa de Chilevisión que vive criticando a Martín Cárcamo y Rafael Araneda porque “no son jugados”, porque “se mantienen en una zona de confort” con sus atuendos, se escandalizaron con la chaqueta vanguardista de nuestro zaguero central. Se escandalizaron porque Gary se la jugó. ¡No saben lo que dicen! O dicen las cosas para posar de que saben, pero en la realidad no tienen sentido estético. ¡Garyto, compadre, nunca es tarde para decir que tu chispeza en el vestir te hace tan grande fuera de la cancha, de lo que ya eres dentro de ella! Y tu esposa, como la musa que es para ti.

Cierto humor en la Quinta Vergara: ‘Chiqui’ Aguayo

chiquiSolo quiero referirme a dos elementos de reflexión, a propósito de la actuación de la comediante Daniela ‘Chiqui’ Aguayo (foto) en la Quinta Vergara, en el Festival de Viña del Mar 2017. Solo mencionarlos, porque es difícil comentar cuando, en su defensa, se apela al sexismo.

Si se considera que fue vulgar su rutina de humor, se contraataca diciendo que es “un comentario machista”, porque, obvio, ella es mujer. Y también se contraataca diciendo que “en mi casa hablamos así”. O, “¿quién en Chile no habla a los chuchazos?”

Se contraataca diciendo: cuántos humoristas han estado en Viña que han dicho chuchadas, pero nadie les dice nada “porque son hombres”. Entonces, ¿qué más decir? Se cierra toda opción. Se descalifica el comentario.

O sea, una vez anulado el comentario con aquellas declaraciones, el resultado, tácito, es el de que la humorista resultó genial. Y no creo que sea así. ‘Chiqui’ Aguayo ni siquiera es la mejor del programa ‘Minas al poder’, un humorístico del canal Chilevisión, protagonizado por mujeres, más un hombre adulto vestido de mujer y un joven travestido.

Esa defensa, entonces, y esa previsible conclusión, no son verdad. Todo es un truco de ideas. Y así, es muy difícil comentar sobre una rutina que puede considerarse vulgar, en un escenario específico como el Festival de Viña, televisado para hispanohablantes.

Sin embargo, decir que sea hombre o mujer, si se apela a la vulgaridad, al chuchazo, a la facilidad del chiste obvio, hay que señalarlo, aunque no le guste al(la) comediante.

Y decir también que, después de tanto esfuerzo de muchos comediantes y libretistas en los últimos años, por conseguir una narrativa con efectos humorísticos, situaciones escénicas chistosas, discursos graciosos y gracejos, sin apelar a la palabra o el gesto vulgar, es triste que asistamos a este retroceso. Volver a la chabacanería.

¿El humor puede (¿debe?) avanzar hacia modos menos básicos para ganar una carcajada, o una sonrisa?

Referido lo anterior, en segundo lugar, preguntarse también ¿qué tanto ha cambiado el público, el “monstruo”? Porque, al fin y al cabo, rió a mandíbula batiente en algunos pasajes de la rutina de Daniela ‘Chiqui’ Aguayo.

Es decir, había en esa risa una aceptación, una aprobación de lo que estaba diciendo la comediante, una aceptación del lenguaje en que estaba dicho esa clase de humor. Es más: le otorgó las gaviotas de plata y oro.

Aparentemente, este público ya no es un “monstruo”. Es más permisivo. O más comprensivo. O más compasivo. Un gatito nomás.

Consejos que Charles Bukowski no escribió

charles-bukowski1Encontré estos 5 consejos para escritores que Charles Bukowski (foto) nunca escribió, graciosos e ilustrativos, que hablan del autor y en los que subyace el espíritu de fortaleza que debe animar a quien escribe:

1- Toma papel y lápiz -debe ser lápiz pues el bolígrafo es una creación abominable de la industria capitalista: estandarte de oficinistas y burócratas. El lápiz, en cambio, es el crucifijo del artista-. Escribe un par de garabatos sin sentido. Muerde el lápiz, degusta la madera empapada en sudor. Da buena cuenta del lápiz. Borra los garabatos y ráscate la cabeza con la mano izquierda mientras, con la derecha, te acaricias el mentón. Destruye la hoja y tírala al cubo de la basura.

2- Levántate y busca una cerveza. Bebe como si no hubiera un mañana. Repite la acción hasta que la mesa de trabajo sea un bosque de botellas vacías. Prueba mezclando con algo de whiskey, sin hielo. No mezcles con refrescos ni comas mucho. Olvídate de tu madre y de tu padre; de tus amigos y de las películas; de las canciones y de las mujeres. Olvida tu teléfono, eres un monje medieval, un ermitaño, un náufrago aferrado a la única balsa capaz de salvarlo todo: la botella.

3- Ya en estado de embriaguez, folla con la página en blanco. Abre sus delicadas piernas y penetra su virginal blancura. Córrete sin miramientos, sin contemplaciones. Nada de cursilerías. Nada de cariñitos. Expulsa todo y a dormir. Nada de abrazos: ya has follado y debes retirarte, mañana será otro día, la vida es así, muñeca.

4- La resaca y la euforia que vienen después de follar una página en blanco son difíciles de lidiar. El deseo de publicar, similar a las ganas de vomitar, se apodera de ti. Los temores y los nubarrones iniciales se difuminan: eres un jodido escritor y nada podrá detener tu marcha triunfal. Muchos logran vomitar en alguna editorial de mala muerte. Debes evitar a toda costa vomitar. Debes beber y beber. Embriagarte hasta perder la razón. Follar algunas páginas en blanco cada noche sin pensar mucho en las consecuencias, sin pensar en lo que vendrá después. Cuando estás encima de la página, montándola con los ojos en blanco y el rostro desencajado, no debes pensar.

5- A los tres días, con un harén de páginas manchadas en un cajón, te pones a editar. Es masturbación en estado puro. Masturbación madura, sin fantasías adolescentes. Lees lo tuyo y lo mejoras. Un tachón aquí, una anotación allá. Quizás destruyas unas cuantas. No importa, es otro tipo de orgasmo: el placer de la corrección.