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‘Anunciación’ de Elia Barceló

elia-barceloHabía estado nerviosa toda la mañana. Una sensación de inminencia que no la había dejado reírse con los chistes de Queco ni disfrutar del combinado que preparó Vera. Sus invitados lo habían convertido en tema a la hora del aperitivo, los estados de ansiedad, las premoniciones, podría ser que hoy va a ser decisivo en tu vida, había dicho Jon. ¡Decisivo! Un día más en un largo verano de baños de sol, paseos en lancha y siestas interminables.

Había cerrado los ojos al sol de mediodía, estirándose en la hamaca, registrando la húmeda frialdad del vaso en la mano, el tejido del bikini blanco ciñéndole el cuerpo, el rumor de las olas, el peso de aquel día imposiblemente azul que acabaría horas después en la noche perfumada, junto a la piscina, terciopelo con estrellas, como siempre. Su vida. La vida que había elegido. Una vida inmóvil y feliz.

Al principio creyó que se trataba de un sueño. La hora era adecuada, también el lugar. El sopor que se le había insinuado durante la comida se había ido haciendo cada vez más fuerte hasta no dejarla siquiera terminar el postre. Se había excusado en un murmullo, acogido por murmullos similares y, en lugar de meterse en su habitación, en un impulso, se había encaminado a la que daba al jardín, al pabellón de huéspedes de confianza. Se había dejado caer con un suspiro en la cama blanca en la que el mosquitero, al recoger los rayos de sol que entraban por el calado de la persiana, fingía una lluvia de monedas de oro, vibrantes de luz, sobre su cuerpo desnudo en el calor de la siesta. Cerró los ojos con agradecimiento infinito sintiendo cómo su conciencia empezaba a girar, a flotar, a alejarse como una cometa al viento mientras, al mismo tiempo, sus sentidos registraban el paisaje de cigarras enloquecidas por el calor de la siesta, el olor a polvo y a pinares que subía desde el camino del mar, las motas de oro que la brisa ocasional hacía danzar sobre su cabeza. Lejos, más lejos, el rumor de las olas, la frescura blanca del algodón contra su piel, el Paraíso alcanzado, el deslizarse a una oscuridad líquida, sedosa, fresca.

Y entonces, de repente, en algún lugar entre las motas de oro y el fragor de las cigarras, su presencia. Una presencia de fuego líquido, una presencia de águila y de tigre, esplendorosa y feroz, flotando en el contacto de la sábana, en las espumas lejanas del mar de las cuatro, poderosa como un toro, fría como una virgen, mineral.

La sombra luminosa cayó sobre su cama crucificándola de anhelo, devorándola para la eternidad y, en un fogonazo, doloroso como un estilete dibujando sus pechos sudorosos, supo. Supo qué era, qué le anunciaba, qué le pedía.

Supo y gritó por dentro.

Supo y el conocimiento la aterrorizó.

Supo y cerró su mente.

Tenía mucho tiempo. Podía tardar todo el primer día de la eternidad en elegir su respuesta. Ni una hoja de adelfa se agitaría en la brisa hasta que decidiera, ni un ala de gaviota batiría contra la inmóvil espuma del mar.

El silencio era perfecto, un coágulo cristalino encerrando a la presencia y a su presa, su sierva, su elegida.

Habría querido llorar, arrancarse los ojos con las uñas, arrastrarse de hinojos por el suelo de piedra, gritar a tí me entrego, abandonarse, morir, abrir su alma.

No pudo hacerlo.

No quiso hacerlo.

En la perfecta quietud de la tarde perpleja sonó un non serviam. Inmenso, violento, sublime.

El hilo se rompió. Cayó la luz sobre su cuerpo como una lluvia oscura dejándola enlodada y supo que acababa de elegir. Ella, que siempre había sido criatura de luz, sería desde ahora alimaña nocturna. La presencia tocó su corazón con un filo de plata hasta que se encogió sobre sí mismo y se hizo duro, diminuto y vacío. Y luego bebió su sangre.

Cuando la luna llegó hasta el borde de la piscina y empezó a cruzarla de estrías de mercurio helado, ella se levantó de la cama, abrió la mosquitera de donde había huido la luz y, con sus nuevos ojos de hielo, contempló el mundo nocturno. Su destino.

Orientándose por la luz de las velas y el murmullo de conversación se dirigió al cenador del jardín donde debían de estar sus invitados. Habían pasado muchas horas. Tenía hambre.

Elia Barceló (foto)

‘McOndo: el fantasma abolido’ de Mario Jursich

mario jursich duránEs muy significativo que, 20 años atrás, la publicación de McOndo haya desatado un alud de críticas negativas. La mayoría de comentaristas, sobre todo en Chile, se tomó el prólogo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez a la tremenda y en consecuencia lo leyó como si fuera un manifiesto político-cultural, cuando en realidad tenía mucho de ópera bufa y desplante juvenil. Fuguet, Sergio Gómez y los otros 15 autores fueron acusados no solo de ser unos burguesitos frívolos de clase media (o “ni siquiera alta”, como dijo, con mal disimulada irritación, un crítico argentino), sino de estar completamente enajenados por la cultura gringa. Así, de manera cambiante y según la filiación ideológica del comentarista de turno, McOndo era presentado como “una celebración del neoliberalismo que a mediados de los noventa triunfaba en América Latina” o como “un proyecto machista que solo incluía a hombres” o –conclusión final absolutamente previsible– como “un reflejo de esa juventud consumista apenas interesada en encarar nuestros gravísimos problemas”.

Si se trataba de quitarles autoridad, hubiera sido más eficaz contrastar el prólogo del libro con lo que en efecto, no en la fantasía, pasaba en ese entonces en la literatura. El hecho de que un editor de Iowa les hubiera rechazado unos cuentos, alegando que “bien podían haber sido escritos por cualquier autor del Primer Mundo”, era la prueba fehaciente, inequívoca, para los prologuistas de McOndo de que tanto los escritores como las editoriales y el público a este y el otro lado del Atlántico seguían encadenados al grillete del realismo mágico. “No es posible aceptar… que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles”, proclamaban enardecidos. “En McOndo hay McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”, remachaban, como si nadie lo hubiera advertido nunca.

Estos comentarios, evaluados a la distancia de dos décadas, producen una especie de lástima. Fuguet y Gómez simplemente parecían haber leído mal la literatura latinoamericana (o no haberla leído en absoluto). Para empezar, pasaban por alto que el mismo año de publicación de Cien años de soledad, en 1967, ya estaban en librerías La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti; La región más transparente (1958), de Carlos Fuentes, y Rayuela (1963), de Julio Cortázar, tres libros de referencia donde no hay realismo mágico y donde las ciudades son un nítido contrapunto a ese campo y a esa vida rural que en opinión de ellos acaparaban las letras latinoamericanas.

Otro tanto puede decirse de sus quejas respecto a la falta de atención a la cultura popular y a la televisión. “¿Y lo bastardo, lo híbrido?”, preguntaban de manera retórica, convencidos de que no habría respuesta a sus interrogaciones. “Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanas como el candombe o el vallenato”. Pues bien: 20 años atrás, en 1976, ya Manuel Puig y Luis Rafael Sánchez le habían dado carta de ciudadanía a todo ese universo en El beso de la mujer araña y en La guaracha del Macho Camacho. Visto en perspectiva, el libro de Luis Rafael Sánchez hasta parecía anticipar los ruegos de Fuguet y Gómez por una narrativa donde se viera “nuestro país McOndo sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas… tv-cable y barriadas”, toda vez que elegía un descomunal atasco de tráfico en San Juan para hacer una gozosa reflexión en torno a la caótica modernidad del Caribe.

Es importante añadir que ya en los años sesenta, mientras la literatura se abría en multitud de direcciones, Carlos Monsiváis y otros autores estaban escribiendo crónicas de enorme aliento sobre ídolos populares o haciendo perspicaces conjeturas sobre la identificación del público con lo que veía en las pantallas de los cines o los televisores. (Una de las principales carencias de McOndo es, justamente, que ignora la multifacética riqueza del periodismo, de la nota cinematográfica o del ensayo en aquellos tiempos inventivos).

A mí me gustaría radicalizar estas críticas: en 1996, a excepción de algunos epígonos sin importancia, ni siquiera el mismo Gabriel García Márquez estaba interesado en el realismo mágico. Sus libros de la época, desde Crónica de una muerte anunciada (1981) hasta Del amor y otros demonios (1994), ya habían dejado atrás el estilo hiperbólico y barroco de Cien años de soledad, sustituyéndolo por una prosa más contenida, donde a menudo refulgían las antiguas enseñanzas de Hemingway. Más aún: en lo que puede considerarse una sabrosa ironía, a mediados de los ochenta García Márquez había publicado su “libro chileno” –Las aventuras de Miguel Littin clandestino en Chile–, en el cual, si se lo hubieran propuesto, Fuguet y Gómez habrían podido encontrar mucho de lo que reclamaban para su propia escritura.

No me resisto, llegado a este punto, a comentar una segunda y acaso más filosa ironía. Con ánimo provocador, los prologuistas de McOndo decían que “si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”. Da risa pensar que también en esa encrucijada el “arcángel san Gabriel” se les adelantó por lo menos década y media. Desde 1981, García Márquez se había dejado seducir por el logo de la manzana, siendo tal vez uno de los primeros, si no el primer autor latinoamericano, en cambiar su viejo instrumento de trabajo por un computador. “Jobs le había recomendado directamente el equipo –recordó Roberto González, pocos días después de que muriera el nobel colombiano–. García Márquez usaba todavía su pesada máquina de escribir y él le dijo que tuviera mejor un Mac en cada país. Entonces, yo fui quien se lo mostró a Gabo en una feria. Se compró uno para México, otro para Cartagena y uno más para Barcelona”. Lo dicho: aunque intentaran reducirlo a un cliché, ese García Márquez era más complejo –más inesperado– de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.

En realidad, el malestar de Fuguet y Gómez tenía un origen muy preciso. Primero en 1982, y luego en 1989, la literatura de su país natal había producido dos best sellers mayúsculos, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, y El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Ambos libros, sin la menor duda, abusaban de los peores tópicos del realismo mágico, pero el hecho de que el público los acogiera no permite inferir que entonces el realismo mágico era la única oferta disponible en el catálogo de las editoriales. En este sentido, Fuguet y Gómez cometían un error clásico, que es confundir la literatura con el mercado. Para decirlo de manera sintética, aunque la literatura obedece parcialmente al mercado, no se agota en el mercado. O, dicho de otra forma, la literatura, que toma cuerpo gracias al mercado, precede y excede al mercado. Todos sabemos que la circunstancia de que un libro se venda poco –o solo alcance un puñado de lectores– no significa nada en cuanto a su calidad e influencia.

No sé si por desconocimiento o por mala fe, Fuguet y Gómez callaban que al lado de La casa de los espíritus estaba Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia, y que flanqueando a El viejo que leía novelas de amor aparecían Glosa (1986), de Juan José Saer, y Cuando me hice monja (1993), de César Aira. Ninguno de esos libros, con caminos narrativos totalmente diferentes a los del realismo mágico, logró ventas extraordinarias, pero desde un comienzo fueron saludados como hitos de la nueva narrativa latinoamericana y rápidamente traducidos al francés y al inglés. Así pues el dictum de Fuguet y Gómez, según el cual la industria editorial “desechaba” a quienes “poseían el estigma de carecer de realismo mágico”, se demostraba palmariamente falso. Al enfilar baterías contra el realismo mágico, Fuguet y Gómez en realidad estaban cayendo en la antigua falacia del hombre de paja, que consiste en caricaturizar unos argumentos (o una situación) en aras de facilitar un ataque crítico. No combatían a García Márquez; en verdad, combatían una imitación falsa y vulnerable de su literatura (el “hombre y la mujer de paja” representados en Isabel Allende y Luis Sepúlveda) a fin de dar la ilusión de llevárselo por delante. Finalmente, es fácil dar la apariencia de triunfo en una discusión intelectual cuando se escogen adversarios débiles.

Yo tengo una teoría de uso casero, ajena al libro propiamente dicho, que tal vez explique las numerosas distorsiones de óptica en McOndo. Es bien sabido que tanto Fuguet como Gómez asistieron a los talleres que José Donoso dictó entre 1985 y 1991 en la capital chilena. De allí, de esos workshops conflictivos y retadores, nació el germen de las dos antologías con que irrumpieron ruidosamente en la vida literaria de su país. Creo adivinar que Donoso les transmitió a Fuguet y Gómez su desaforado resentimiento contra Gabriel García Márquez y, de manera indirecta, contra el realismo mágico, que él interpretaba como la causa de que nunca se le hubiera reconocido como un gran autor. Ese asunto, que puede rastrearse con facilidad en la Historia personal del boom (1978) y en la espeluznante memoria de su hija adoptiva Pilar –Correr el tupido velo (2010)–, me exime de multiplicar detalles en extremo penosos. Baste recordar que El jardín de al lado (1981) ofrece una mirada satírica –y rebosante de esa “enorme y lícita envidia” que le gustaba pregonar a Donoso– a propósito de la relación entre Núria Monclús (Carmen Balcells), la “bruja de las finanzas, la catalana pesetera y avara”, y su “escritor favorito”, “el insolentemente célebre” Marcelo Chiriboga (Gabriel García Márquez). En este sentido, se podría decir que McOndo es la venganza infantil, postrera, por interpuestas personas, del escritor chileno contra el nobel colombiano. Sobra decir que se trata de una venganza inoficiosa, pues la antología no tuvo el menor efecto en la reputación de un autor que no necesita de ningún tipo de valedores. García Márquez –¿lo dudarán Fuguet y Gómez?– sigue siendo un nombre ineludible en la narrativa de lengua española.

*

Por supuesto, todo lo dicho hasta aquí tiene un punto de injusticia. En McOndo participan 17 autores y no parece lícito, o al menos equilibrado, proyectar sobre los cuentos unas opiniones vertidas por los antologistas en el prólogo. Como acá no dispongo de espacio para comentarlos de manera individual, me limitaré a pasar por alto las numerosas inconsistencias del libro (no incluye a ninguna mujer ni a ningún escritor del Caribe; no es propiamente una antología de los escritores que agrupa, sino un volumen de textos pedidos ex profeso; no fue el producto de una investigación a carta cabal sino más bien el junte azaroso de lo que sugerían amigos o conocidos), y lo haré, entre otras razones, porque Fuguet y Gómez reconocen esas debilidades. Mi argumento provisorio para explicar por qué el libro ha envejecido de manera tan vertiginosa es que se trata de una antología de autores interesados sobre todo en la novela, para los cuales el cuento, aunque los hubieran escrito, era una forma secundaria; un, digamos, paso obligatorio antes de encarar lo que de verdad valía la pena. No me extraña que, leídos con 20 años de distancia, sobresalgan los relatos de quienes en el momento de la publicación ya tenían a sus espaldas un pasado como cuentistas: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Gustavo Escanlar y sí –todo hay que decirlo–: Alberto Fuguet.

A estas alturas sería necio desconocer que la antología debe su éxito a que tenía un nombre magnífico –fue lo que se dice “un hallazgo afortunado”–. Me temo sin embargo que ese acierto publicitario es en parte la causa de su actual fracaso, el motivo por el cual nadie considera a McOndo un volumen decisivo o cuando menos un importante documento generacional. (Edmundo Paz Soldán, uno de los autores seleccionados, escribió hace un tiempo que era una “malhadada antología”). McOndo reúne a escritores que estaban escribiendo antes de que la editorial Mondadori lanzara el libro, que seguían escribiendo durante su lanzamiento y que siguen haciéndolo hasta la fecha, a menudo –o casi siempre– a contramano de la estética promulgada por Fuguet y Sergio Gómez. Para decirlo en términos publicitarios: perduró la marca, pero caducó la mercancía.

Mario Jursich Durán (foto) (Publicado en Revista Arcadía)

Nota: Los autores incluidos en McOndo son: Andrés Caicedo, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco, Giannina Braschi, Pedro Juan Gutiérrez, Mario Mendoza, Leonardo Valencia, Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, Jaime Bayly, Naief Yeyha, Juan Forn, Santiago Gamboa, Rodrigo Soto, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Antonio Domínguez, Jordi Soler, Gustavo Escanlar, Martín Casariego Córdoba, Marlon Ocampo y, obviamente, Sergo Gómez y Alberto Fuguet.

‘Jesucristo en Fornos’ de Julio Burell y Cuéllar

Julio_Burell y CuéllarBajaba hasta la calle, como catarata de la orgía, el estruendo de aquella dorada locura que allá en lo alto, en el confortable rincón del restaurant a la moda, se anegaba en champagne y se ahitaba de besos, de trufas y de ostras.

–¡Que la Peri dé cuatro pataítas sobre la mesa!… Que Lucy baile con Gorito Sardona el pas a quatre –gritaban como energúmenos los jóvenes alegres.

Y mientras Polito estampaba con sus labios borrachos un cómico beso sobre la frente de Matilde, y mientras Malibrán pasaba su brazo por el talle de Susana, la voz del viejo Cisneros dejóse oír formidable y terrible.

–Hijos míos –exclamó, adoptando actitudes tribunicias–, sois unos sinvergüenzas, no valéis para nada; viejo y todo, estoy seguro de que estas nobles damas me encuentran más guapo y más fuerte que a vosotros…

Un aplauso formidable, un ¡hurra! entusiasta respondió a las palabras del sátiro… Y Cisneros continuó:

–Si no fuerais gente que pierde la cabeza con cuatro copas de champagne; si supierais respetar a las señoras y honrar con una compostura decorosa mis canas venerables, os invitaría.

–¡Viva Cisneros!

–¡Viva el amigo de la juventud y de los placeres honestos! –gritó el distinguido concurso. Y el reverdecido sileno acabó la frase diciendo:

–Os invitaría a vaciar una copa de manzanilla en casa de la Peri y a ganaros honradamente unos cuantos luises a un bacarrat tournant.

La última palabra determinó un verdadero delirio. El pobre Cisneros era abrazado, estrujado, besado… Malibrán, dejando el talle de Matilde, corrió al piano y tocó el himno de Boulanger.

La Peri, tomando el brazo de Cisneros, hizo ademán de adelantarse a la puerta y con una graciosa reverencia dijo en tono de gran duquesa:

–Señoras y señores: espero a ustedes con mi real esposo en nuestros augustos salones.

Chocaban las copas, chocaban los cuerpos, el piano arrojaba un vértigo de salvajes ruidos… De pronto, la Peri se separó de Cisneros y lanzó un grito horrible.

–¡Federico!… ¡Federico!

Nadie había visto entrar a aquel hombre; la puerta no se había entreabierto siquiera…

El asombro fue general. Cesaron en su vértigo los cuerpos, calló el endiablado piano… Circuló por el aire de bacanal una corriente de miedo… Sólo la Peri se atrevió a acercarse al recién llegado:

–¡Federico, Federico mío! Háblame, sácame de esta pesadilla… Yo amortajé tu pobre cuerpo, yo besé tu cara, cien y cien veces, para darte calor; yo insulté a la muerte cuando te metieron en la caja; yo cubrí tu sepulcro de flores… No eras nada mío, y eras la única luz de mi alma; te llamaba la gente “perdido” y sólo yo, la Peri, la pública, sabía que el corazón no te cabía en el pecho, y que eras bueno y leal y noble… La noche de tu suicidio creí volverme loca… No te mataste tú, te mató el mundo, el mundo que aquí se emborracha con la Peri diciéndole que baile, y después hace mil reverencias a Currita llamándola virtuosa; el mundo que hallaba infame tu cariño y el mío te llamaba tonto porque no explotabas a Augusta.

El desconocido tendió la mano a la mujerzuela…

–¡Te equivocas! –le dijo–, no soy Viera, no soy tu Federico; mira esta mano atarazada, mira este costado sangriento; deslumbra tus ojos el místico nimbo que sobre mi frente resplandece. Soy la voz de todos los dolores, el eco de todos los torrentes, la sombra protectora de todo lo que cae, la última esperanza de todo lo que va muriendo… Soy también el amor que redime, soy la humildad que persona, la mansedumbre que no se cansa, la llama que conforta y no quema… Soy el que nunca muere, el que nunca pasa, el que se alegró en Galilea y sudó sangre en Jerusalén… El que perdonó a la adúltera, el que curó al leproso, el que confundió al fariseo, el que templó su sed en el cántaro de la Samaritana.

Julio Burell y Cuéllar (foto)

 

‘El hurto’ de Francisco Pi y Margall

Francisco Pi y Margall–¿Qué ocurre?

–Acaban de robarme una boquilla de ámbar que tenía sobre la mesa.

–¿Conoces al ladrón?

–Debió de ser uno que me refirió hace poco la mar de las desventuras y terminó por pedirme una limosna.

–¿Se la diste?

–No; no me inspiran lastima hombres que pordiosean pudiendo vivir de su trabajo.
–¿Sabes que lo tiene?

–Se quejó de no haber encontrado hace tiempo en que emplear sus fuerzas. ¿Vas a creerle?

–¿Por qué no? Están llenas las calles de jornaleros que huelgan.

–Los malos.

–Y los buenos. La crisis es grande. No se edifica y sobran millones de brazos.

–La crisis no autoriza al hurto.

–No lo autoriza, pero exige de la sociedad que socorra al que muere de hambre. Se estremece la tierra y vienen a ruina casas y pueblos; saltan de sus márgenes los ríos e inundan los valles. Suena al punto un clamoreo general por que se corra en ayuda de los que padecieron por la inundación o el terremoto. ¿Por qué ha de permanecer muda la sociedad ante los dolores de los que sufren, en apagados hogares y míseros tugurios, las consecuencias de crisis que no provocaron?

–Tratas en vano de disculpar al hurto; consentirlo ya es un crimen. No puede blasonar de cultura la nación donde la confianza falta y la propiedad peligra.

–¿Qué harás entonces con tu presunto hurtador?

–No haré; hice, mande que lo detuvieran y lo llevaran a tribunales.

–¡Por una boquilla de ámbar! ¿Y si resulta inocente?

–No a mí, sino al tribunal corresponde averiguarlo.

–¿Y te crees hombre de conciencia? Reflexiona sobre el mal que hiciste. Has llevado la perturbación, la zozobra y la amargura al seno de la familia. Has impreso en la frente del acusado y de sus hijos una mancha indeleble. Puso el Dios de la Biblia un signo en Caín para que no lo matasen; pone la justicia un signo peor en los que caen bajo su férula. Será inútil que se los manumita; los nublará eternamente la sospecha y los apartará de los otros hombres. ¡Ay de él y de él y de los suyos si por falta de fiador entra en la cárcel! Mantenía él la lumbre del hogar, bien trabajando, bien pordioseando; deberán ahora los hijos ir mendigando para su padre y recibirán en no pocas puertas ultrajes por dadivas. Quisiste castigar al que supones ladrón y sin saberlo ni quererlo descargaste la mano en seres que ningún mal te hicieron.

–¿Debo, pues, consentir que me roben?

–Te diré lo que Cristo respecto a la mujer adúltera: castiga al que te robo si te consideras exento de pecado.

–¡Cómo! ¡Cómo!

–Ves la paja en el ojo ajeno y no la viga en el tuyo.

–¿Me llamas ladrón?

–Ejerciste un tiempo la abogacía. ¿Estás seguro de haber proporcionado siempre tus derechos a tu trabajo? Eres hoy labrador: ¿vendes los frutos de tu labranza por lo que cuestan?

–¡Me ofendes! Nada tomé ni tomo contra la voluntad de su dueño.

–Lo tomaste ayer aprovechándote de la ignorancia de tus clientes y lo tomas hoy aprovechándote de la necesidad de tus compradores, como ese desdichado tomó la boquilla de ámbar aprovechándose de tu descuido.

–No castiga ni limita ley alguna los hechos de que me acusas.

–Tienes razón: la ley no castiga al que hurta sino al que hurta o defrauda sin arte.

–Eres atrabiliario como ninguno.

–Quién a tu juicio, podrá decirse exento de pecado?

–Nadie; lo impide la actual organización económica. Para los hurtadores sin arte bastan los presidios; para los hurtadores con arte, no basta el mundo.

Francisco Pi y Margall (foto)

‘Matrimonios’ de Julio Camba

Julio_CambaEstaban frente a frente, recostados en sendas butacas, al pie del balcón medio entornado. Caía la tarde con serenidad augusta. La habitación iba llenándose de sombras y el silencio de los dos cónyuges se hacía más hostil a medida que las sombras avanzaban. Imponíase una explicación. –¿De manera –dijo él– que yo soy uno de tantos? Ella calló. –Contesta. Ella permaneció callada, con el mismo silencio inquietante de las sombras que la envolvían. De pronto se irguió en un arranque de soberbia. –Sí… Recorrió la habitación, pisoteando el suelo, como si quisiera aplastar algo contra él. –Sí… –volvió a decir–. Eres uno de tantos. Nada más que uno de tantos. Y cerrando el balcón tornó a sentarse en la butaca, serena, decidida, como aguardando la respuesta del esposo. –Pero… tú estás loca, hija mía, irremisiblemente loca –exclamó él. Ella soltó una carcajada y cambió de postura. En la sombra, el marido sólo veía la fosforescencia de sus ojos, aquella extraña fosforescencia que le hacía temblar. Así estuvieron un rato, esperando ella, esperando también él. Por fin, él se decidió; arrastró su butaca hasta unirla a la de su esposa; agarró a ésta por las muñecas y exclamó: –Yo soy tu marido ¿sabes? Tu marido. Ella volvió a reírse, con risa nerviosa que explotó en el silencio como una protesta. –¿Y qué? La indignación del hombre llegó a su grado máximo. –¿Y qué? Que yo soy tu amo; entiéndelo bien, ¡tu amo! Que tú eres mía, sólo mía, y que no puedes entregarte a otro. Lo que vienes haciendo desde que nos casamos te cubriría la cara de vergüenza si fueras una mujer honrada. Ella respondió tranquila: –No lo soy. –¿No lo eres? –No lo soy. Y luego con ira, repuso: –Tú tienes la culpa. Se levantó, sentándose inmediatamente. Estaba furiosa como una gata encerrada. –Tú tienes la culpa. Yo no te quería a ti. Quería a otro que no era rico, y creo que si fuera rico no lo querría tanto. Lo quería tal como era, pobre y defectuoso. Tal vez lo quería por defectuoso y por pobre, que el amor se siente y no se razona. Mi cuerpo y mi alma le hubieran dado al comprender que esto pudiera alegrar un solo instante de su vida. Mi cuerpo limpio, de todo amor carnal. Mi alma, que ningún deseo había maculado. Tú me compraste, halagando, con tus riquezas, el egoísmo de los que mandaban en mí. Nos casamos. La primera noche gocé contigo la satisfacción de todos mis anhelos. Pero yo no te veía a ti en aquellos instantes. Lo veía a él. Su recuerdo era lo que espiritualizaba el placer carnal que yo sentía, impidiéndome desfallecer de náuseas entre tus brazos. Después… Él acercó sus labios a los de ella, como si quisiera absorber sus palabras antes que las pronunciase. –¿Después…? –Después me diste asco, amigo mío, igual que antes, igual que ahora… –¡Infame! –gritó él. –Es inútil que grites. No me harán efecto las injurias que me puedas dirigir. Además, el momento no es a propósito para declamaciones teatrales. Y luego ¡te pones tan ridículo cuando te irritas!… Tu indignación es altamente cómica, amigo mío; es una indignación como la del asno apaleado. Él se apretaba los puños, iracundo. Ella siguió: –Me diste asco y sentí vergüenza de mi debilidad. Ya que no podía unirme con mi hombre, entreguéme a todos los hombres que tuve a mi lado. Así conseguí dignificarme en cierto modo ante mí misma. El gozar libremente, aunque no fuese gozar verdadero amor, indemnizábame del gozar obligado contigo que se me había impuesto. He ahí la clave del enigma. ¿Te satisface? El levantó un puño amenazante. En seguida se dejó caer sobre la butaca, oprimiendo la cabeza entre las manos. –¡Mi nombre –sollozaba–. ¡Mi nombre manchado así, por una mujer indigna!… –¿Tu nombre? Pobre nombre el tuyo, cuya limpieza depende de mí. Todos sois iguales. Cifráis vuestra honradez en la honradez de vuestras mujeres. Bien se conoce que la honradez es una palabra huera, hecha por vosotros a vuestro antojo. Callaron. De la calle subían murmullos alegres, que hacían pensar en una humanidad feliz. Y el murmullo de felicidad que emergía de la calle indignaba a aquel pobre hombre, incapaz de sentir más placer que el suyo. Con voz ronca murmuró de improviso: –¡Pobre de mí! Ella sonrió. –¡Pobre de ti! Has bebido el placer en todas las copas. Te has ido con todas las mujeres que te han gustado. Y me reprochas a mí por haber hecho lo mismo con los hombres que más me placieron. Si no fueras un imbécil, te diría que eres un canalla. Sonó el timbre de la habitación. Abrióse la puerta y apareció un lacayo: –¡Señoritos!… El señor Fernández. –¡Ah! ¿Está ahí Fernández? Que pase –dijo el marido. Y encendió la luz. –Conque solitos ¿eh? ¡Pero que deliciosa la vida de ustedes! –dijo Fernández cuando hubo entrado–. –No muy opulenta; pero por lo menos, no somos como esos matrimonios que se tiran a todas horas los trastos a la cabeza. –Lo mismo digo yo –replicó Fernández, un burgués de redondeado abdomen. Y para sus adentros: –Si estos supieran…

Julio Camba (foto)

 

‘El tilo’ de Luis Mateo Díez

luis-mateo-diezUn hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.

Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie.

Hay un forastero que le quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo.

Las prisas del que las tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar que espere.

El hombre daba vueltas alrededor de un tilo muy grande que había en la entrada del pueblo. Cuando volvió el niño y le dijo lo que le había comentado el Viejo Arcino, estaba muy nervioso.

Es poco el tiempo que queda, musitó contrariado, una docena más de vueltas al árbol y termina el plazo.

El niño le miraba aturdido, el hombre le acarició la cabeza: lo que menos vale de la edad de un hombre es la infancia, dijo, porque es lo que primero acaba. Luego viene la juventud, siguió diciendo mientras volvía a dar vueltas, y nada hay más vano que las ilusiones que en ella se fraguan. El hombre maduro empieza a sospechar que al hacerse más sabio, más se acerca a la muerte, entendiendo que la muerte sabe más que nadie y siempre sale ganando. De la vejez nada puedo decir que no se sepa.

El Viejo Arcino llegó cuando el hombre estaba a punto de dar la docena de vueltas.

¿Se puede saber lo que usted desea, y cuál es la razón de tanta prisa?…, le requirió.

Soy Mortal, dijo el hombre, apoyándose exhausto en el tronco del tilo.

Todos los somos, dijo el Viejo Arcino. Mortal no es un nombre, Mortal es una condición.

¿Y aun así, aunque de una condición se trate, sería usted capaz de abrazarme?…, inquirió el hombre.

Prefiero besar a ese niño que darle un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo como alma en pena.

Se abrazaron bajo el tilo.

Mortal de muerte y mortandad, musitó el hombre al oído del Viejo Arcino. El que no lo entiende de esta manera lleva las de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay más plazo, la edad está reñida con la eternidad.

¿Tanta prisa tenías…? inquirió el Viejo, sintiendo que la vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que el hombre apenas podía sujetarlo.

No te quejes que son pocos los que viven tanto.

No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste, y de ver asustado a ese pobre niño…

Luis Mateo Díez (foto)

 

‘Plaza de España’ de Arturo Barea

Arturo_BareaExiste en Madrid una plaza de España y en la plaza un monumento a don Quijote. Don Quijote sobre Rocinante y Sancho sobre Rucio, se encuentran delante de un obelisco que remata la bola del mundo. Don Quijote y Sancho dan cara a la Casa de Campo; al paseo de San Vicente por cuya cuesta un día de noviembre de 1936 subieron los moros y los tanques alemanes. No remataron la cuesta y tuvieron que retroceder hasta la Casa de Campo, donde hoy está el frente.

La plaza de España con la estatua de don Quijote y la de Sancho es hoy zona de guerra de Madrid.

¿Qué me importa que seas de bronce, tú, y lo sea tu escudero y lo sean su burro y tu caballo? Plasmó en ti, un genio, la raza mía. Te dio vida de ficción tan viva y tan fuerte que te convertiste en realidad. Te conocen en el mundo a través de todos los mares y vas tan unido al nombre de mi Patria que te fundieron en bronce, porque en la plaza de España, en Madrid, sólo tú debías estar. Tú y Sancho, tu escudero.

Nunca mejor que hoy estás aquí. Fíjate: solo. La plaza de España está desierta. Los “follones y los malandrines” tiran tantas bombas que te has quedado aquí, solo en la plaza de España. Solo, no, con Sancho. Os han puesto unos sacos terreros a los pies. Tú no los precisas. A Sancho le sirven de consuelo, pero piensa más en que tu recia figura que se interpone entre él y el frente le servirá de protección. Has extendido una mano que ha contenido al invasor frente a ti, en la cuesta de San Vicente y sigues enhiesto y sereno de cara a la lucha.

Quien te colocó aquí y así no supo lo que hacía. Pero hoy se ve claro. Frente a ti está la invasión y tu mano diestra alzada para el golpe. Detrás de ti se eleva un obelisco que remata el globo terráqueo. Entre el mundo y los bárbaros, interpones tu figura y la de Sancho.

Sancho, amigo; no te enfades. Eres socarrón y cómodo. Llevas las alforjas repletas y la bota llena. Te gusta sestear con Aldonza. Detrás del Loco Sublime, marchas regruñendo contra sus aventuras bélicas. Tienes miedo. Pero no le abandonas. Vas detrás del ideal. Por encima de tus sueños de lucro, de tus herencias, de ínsulas Baratarias, el Caballero de la Triste Figura es tu Dios y le sigues, y le curas, y le ayudas. Apaleado, apedreado, escarnecido por rústicos y por señores, Sancho, le sigues, le ayudas y le curas. Cuando muere Alonso Quijano, todos, hasta él mismo, reconocen su locura. Menos tú. Porque para ti nunca fue loco. Fue sublime. Sobre Rocinante triste, con orejas gachas, va don Quijote a conquistar rutas y desfacer entuertos. Alza su mano y detiene las hordas. Detrás, Rucio levanta sus orejas filosóficas y marcha lentamente. Sancho encima contempla tranquilo Castilla.

Y las cuatro sombras de bronce, síntesis de España, se yerguen con la bola del mundo detrás, amparada por ellos. Avanzan sin miedo y sin tacha de frente al invasor. Aquí en la plaza de España, regada de obuses se han quedado solos. Don Quijote y Sancho Panza.  Yo he venido esta tarde a hablar con ellos. Estoy en la plaza de España. Detrás tengo la bola de mundo que confía en mí, español, mezcla de Quijote y Sancho.

¡Y me siento de bronce!

Arturo Barea (foto)