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‘La última batalla del hidalgo’ de Enrique Patiño

enrique-patinoEstaba enfermo. Tenía las manos resquebrajadas y opacas como las tierras de su infancia. Cuando no tosía, que era casi todo el día, gesticulaba con ademanes volátiles y repetitivos, como aspas en el viento. Sus ojos permanecían derrotados, perdidos en un punto ciego. La única otra vez que había vivido un desasosiego similar al de ahora fue cuando se quedó esperando que le llegara el correo para irse a América. Jamás obtuvo el aval. Esta vez el tormento era mucho peor y el mal, definitivo.

Sus facciones se habían tornado puntiagudas debido a la enfermedad y su cuerpo había adquirido la delgadez de una lanza en las extremidades, pero se había hinchado en el centro a causa de una horrorosa hidropesía provocada por una diabetes. El pecho le pesaba para respirar, y más cuando tosía; era como si tuviera una adarga encima, decía. Nadie le prestaba atención esos últimos días de abril de 1616. Lo habían dejado solo a merced del desgaste y de su suerte. Incluso el cura Martínez lo había dado por muerto casi una semana antes y le había aplicado ya los santos óleos. Salvo su esposa, nadie se le acercaba: aún en ese estado parecía peligrosa y excesiva su locura. El doctor había ido un mes atrás y había salido azuzado por los gritos excesivos del enfermo, que lo tildó de impostor y de querer robarle su alma.

Cerca de su lecho no había más que sábanas viejas y sudorosas, un candil endeble, una pluma que había quedado sin tinta desde cuando le escribió al Conde de Lemos para pedirle una última ayuda, una silla, su ropa en un perchero y un recipiente de barro con agua quieta. Sabía ya que lo enterrarían en cualquier fosa común del Convento de las Trinitarias de Madrid y que moriría sin ver a su hijastra Isabel.

El 22 de abril se resignó a que ya no podría seguir batallando. Tomó uno de los ejemplares de la primera parte de su libro que reposaban junto a la cama, lo abrió con dificultad y buscó con afán hasta que por fin halló la página.

Repasó, en silencio primero, y luego en un susurro, los pasajes del hidalgo que combatía un ejército de molinos. Leyó pasajes de ese caballero que embestía con fiereza a los energúmenos del viento. Estaba escrito. O sea que todo aquello sí era cierto.

Sudaba. Las fiebres habían alcanzado un punto sin retorno. Gimió por un dolor súbito en el vientre y por la estrechez de los pulmones. Sintió el primer embate de la muerte. Su hidalgo, su héroe, el loco, continuaba luchando en las hojas, y él lo sabía aunque no lo leyera más. Él lo podía salvar, pensó.

Cerró las páginas y se aferró el pecho. Preso por el delirio, don Miguel comenzó a recitar en un susurro un pasaje del libro maldito que no le había traído mayor fama: Yace aquí el hidalgo fuerte / que a tanto extremo llegó / de valiente, que se advierte /  que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte”.

“Me pesan esta enjalme y esta adarga que me han puesto sobre el pecho”, susurró, y se dejó poseer una vez más por su personaje real, el que estaba escrito, el auténtico Miguel. Lo dejó ser en medio de los zarpazos de su memoria. Invadido por las fiebres, recorrió las amarillentas praderas de las provincias centrales y le dio alas para que embistiera con furia a la terrible cordura.

Cervantes, en su último rapto de lucidez, gritó “a por ellos” y por unos segundos no fue él mismo, fue el otro, el verdadero, levantado en vilo por los molinos y el viento.

Enrique Patiño (foto) (© Texto protegido por Derechos de Autor, y publicado con autorización)

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‘La modestia’ de Enrique Vila-Matas

enrique vila-matasLlevo muchos años ejerciendo de espía casual en el autobús de la línea 24 que sube por la calle Mayor de Gracia, en Barcelona. Tengo en casa un archivo de gestos, frases y conversaciones escuchadas a través del tiempo en ese trayecto de autobús, y hasta creo que podría escribir una novela tan infinita como aquella que quería hacer Joe Gould sobre Nueva York, pues he robado y registrado todo tipo de frases sueltas, conversaciones extrañas, disparatadas situaciones.

Un modesto delincuente, por cierto, parece haberse enamorado últimamente de esta línea de autobús. Le llaman –ya es muy conocido entre algunos pasajeros– el ladrón del 24. En cuanto sube al autobús, aquellos pasajeros que le conocen advierten a gritos a los incautos: “¡Cuidado, cuidado, que entró el ladrón del 24!”

La escena es siempre conmovedora y tiene grandeza y hasta algo de épica popular, y a mí me recuerda, salvando todas las diferencias, una película que vi de niño en la que la gente de los barrios bajos se movilizaba para estrechar el cerco de un asesino de niñas. Al ladrón del 24 le han detenido unas quinientas veces ya, pero siempre queda en libertad y regresa al autobús, donde es muy famoso. No parece interesarle una línea distinta, ni otro autobús. Le debe de encantar –como a mí me pasa– sentirse un habitual de esa línea, o tal vez le apasiona simplemente repetirse… Se parece en algo a mí: los dos robamos en esa línea de autobús. Claro que él roba carteras y yo me limito a capturar frases, rostros, gestos…

Tengo reunidas en mi archivo frases de todo tipo oídas, a través del tiempo, en este autobús que me conduce desde hace años del trabajo a casa, y viceversa. Obviamente, hay algunas frases que son mejores trofeos de caza que otras. Una de ellas es la que le oí decir en cierta ocasión a una mujer que iba sentada detrás de mí en la parte trasera del autobús: “Del inglés y del francés me acuerdo, pero el swahili lo he olvidado por completo”. Me pareció una frase muy sofisticada para decirla en la línea 24. Al volverme, vi que eran dos monjas las que viajaban detrás de mí. Las dos habrían vivido en Africa y eso seguramente lo explicaba todo, pero la frase sigue pareciéndome bastante sofisticada.

En otra ocasión, también memorable, un joven le dijo de pronto a otro, cuando ya iban a bajar, en voz muy alta, muy enfadado, y todo el autobús se enteró: “Que sea la última vez que te lo digo: mi madre es mi madre. Y tu madre es tu madre. ¿Queda claro? ¿Me has entendido?” Parecía muy grave el problema entre los dos. Me quedaron ganas de bajarme con ellos y averiguar cuál era el drama.

Recuerdo muy especialmente, entre otras muchas frases oídas y anotadas: “Le regalé unas magnolias y no me lo perdonó nunca”. Y esta otra: “La felicidad está en el martirio”. Y ésta “Si ganas dinero antes de los cuarenta años, estás perdido”.

Todas están anotadas, con la correspondiente fecha. Tengo un dossier que tumba de espaldas, una información grandiosa sobre el mundo del autobús de la línea 24.

Un día escuché a una mujer contarle a su marido que la luna no es lo que pensamos: “No es un satélite natural de la tierra, sino un inmenso planetoide hueco, diseñado por alguna civilización técnicamente muy avanzada, y colocado en órbita alrededor de la tierra hace muchos siglos”. Anoté cuidadosamente todo esto y también lo que le dijo el marido, que tenía cara de idiota (y también esto lo anoté, me refiero a lo de la cara de imbécil): “La luna es la luna y basta”.

Bonita frase la del idiota, algunas veces la digo, me gusta decirla:

–La luna es la luna y basta.

Nadie sabe por qué digo eso, nadie sabe que procede de mis escuchas de autobús. La vida en el 24 forma parte de mi archivo más íntimo. Hasta el día de hoy siempre tuve la impresión de que todo lo que ocurría en esa línea me concernía directamente.

El archivo –como mi vida– se ha ido haciendo grande y complejo. Y no es extraño, porque hubo siempre, en ambos campos –autobús y vida–, una gran cantidad de cosas para anotar. Hubo tantos gestos, personas, tantas frases… Sin embargo, hace una semana iba concentrado en mis pensamientos y no espiaba nada. Hay muchos días, sobre todo últimamente, en los que, no sé por qué, pero descanso de todo esto. Me olvido de que soy un ladrón de frases de autobús. El lunes pasado era uno de esos días. Pero de pronto pasó algo bien imprevisto. Me encontraba de pie en el asfixiante autobús repleto, iba apoyado distraídamente en una de las barras de la plataforma central, cuando una mujer que hablaba por su móvil dijo detrás de mí:

–Voy a bajarme ahora, en la estación de Fontana. Tengo treinta años, pero no sé si los aparento. No soy ni guapa ni fea. Llevo un abrigo gris. Bueno, nos vemos. Hasta ahora.

Viajaba de espaldas a mí, de modo que no le podía ver la cara, a menos que diera dos pasos (imposibles) para ponerme delante de ella, o hiciera un gesto muy forzado con la cabeza pero que, con tanta gente alrededor, habría quedado poco natural. Aquel “no soy ni guapa ni fea” me llegó al alma. Era una frase que había oído mil veces, pero que ahora escuchaba con intensidad diferente. Me dejó completamente preocupado. ¿Se puede realmente ser algo intermedio? ¿Qué podía haber ocurrido en la vida de aquella mujer para que se valorara ella tan poco a sí misma y no tuviera problemas en formularlo en voz alta? ¿Le gustaba ser modesta? ¿Lo era simplemente y no había que darle más vueltas a todo aquello? ¿O tal vez no era nadie y ni siquiera llegaba a modesta? Me pareció desazonante que alguien se resignara a tanta grisura. Vista de espaldas, era bajita, vestía totalmente de gris y hasta la negra cabellera parecía que se le estuviera volviendo gris, llevaba una bolsa de Zara que habría resultado un dato para identificarse más útil que aquel “no soy ni guapa ni fea”.

Me planteé seguirla cuando se bajara en Fontana y ver con quién se encontraba, entrar de lleno en el comienzo de una novela real. Pero estaba yo llegando demasiado tarde a casa y no tenía tiempo para seguirla por ahí. Por otra parte, jamás en mi vida había seguido a alguien por la calle y no me veía para nada haciéndolo. Tu espacio es el del autobús, pensé. Y eso me ayudó a reprimir mi idea de bajarme.

Pensé también en el libro sobre Gérard de Nerval que estaba leyendo y me vino a la memoria una cita conmovedora: “Yo no he visto jamás a mi madre. Sus retratos se perdieron o fueron robados. Sé solamente que se parecía a un grabado de la época, un grabado de la escuela de Prud’hon o de Fragonard y que podía titularse La Modestia”.

¿Era aquella mujer, toda vestida de gris, como la madre de Nerval? Pero ¿podía yo saber cómo era la madre de Nerval si ni siquiera éste lo sabía? Podía, en cualquier caso, tratar de ver cómo era la mujer que había hablado por el móvil. Sentía mucha curiosidad por ver si realmente no era ni guapa ni fea. Espere pacientemente para al menos verle la cara. Cuando el autobús se detuvo en Fontana, la mujer se volvió bruscamente hacia mí y comenzó a abrirse paso hacia la salida. La vi en un perfecto primer plano. Un rostro de ojos rasgados y verdes, muy bello, castigado por la tristeza y la modestia, y diría que por la desesperación. De pronto, nuevamente me llegó la tentación de descender del autobús e ir tras ella, averiguar con quién había quedado.

Descendió del autobús allí en Fontana y me quedé temiendo que en la calle Mayor de Gracia su belleza se actualizara a cada instante, según el aspecto del rostro de los otros. Me di entonces cuenta de que hasta me sentía algo celoso de ella. Era una mujer gris, de una modestia cautivadora. Me quedé allí como un imbécil, dentro del autobús, viendo cómo, ya en la calle, se perdía entre la multitud que caminaba Mayor de Gracia arriba. Aún me quedó tiempo, mientras el autobús arrancaba, para ver cómo se iba cruzando con todo tipo de transeúntes y posiblemente les ofrecía a cada uno su mejor imagen.

Enrique Vila-Matas (foto)

 

‘Trato hecho’ de Ignacio Ferrando Pérez

ignacio ferrando perez(Con este relato el español Ignacio Ferrando Pérez ganó en 2007 el premio Juan Rulfo de cuento)

Cuando Brooks entró en la celda el otro ya estaba allí. Sentado al fondo en el jergón cabeceaba hacia delante y hacia atrás, maldiciendo y murmurando algo que solo él entendía o quería entender, ignorándole por completo. Los guardias habían registrado a Brooks de arriba abajo y le habían ordenado que se quitase la corbata y los cordones, más vale prevenir, le habían dicho, nunca se sabe. Menos mal que Matteotti era un abogado competente y conocía bien al alcaide y sabía cómo agradarle, cómo convencerle. Solo de este modo había conseguido que al menos le dejaran conservar el traje, la pitillera y lo puesto, que hicieran la vista gorda. Brooks colgó su chaqueta sobre la litera vacía y se desabotonó parte de la camisa. Hacía calor allí dentro. La puerta de la celda se cerró a su espalda con un golpe seco, dejándoles por primera vez a solas. Su compañero de celda seguía sin levantar la cabeza, muy amistoso no parece, se dijo Brooks. Así que se olvidó de él y apoyó la bolsa en la cama y se dedicó unos segundos a observar la celda. No era tan fea como se la habían pintado o como él mismo la había imaginado. Una cama a cada lado, un lavabo de aluminio al centro, un espejo para el aseo diario y a dos metros del suelo, casi inalcanzable, una ventanita embarrotada que proyectaba un rectángulo de luz exterior. Brooks dudó un instante. Luego se levantó hacia el recluso con la mano tendida, me llamo John Brooks, le dijo, me parece que estaremos una temporadita juntos. No quiso ser gracioso ni familiar, tampoco parecerlo. El otro apenas si separó la vista unos centímetros de su antebrazo para mirarle de soslayo, con ese desinterés con que los veteranos desprecian a los recién llegados, a los que todavía no saben. Menos mal, pensó Brooks, que sólo serán dos meses, tres como mucho.

Matteotti era un abogado lento pero honesto y competente y la recusación llevaba sus trámites y sus papeleos, le había dicho. Cuando la tarde anterior el juez leyó la sentencia y él escuchó su nombre y su condena lenta, muy lentamente, en los labios del letrado, Matteotti le susurró al oído, no se preocupe, es normal, cuando la gente se cabrea y hay periodistas pasan estas cosas, un escarmiento, una fianza y listo, saldrá sin problemas en unas semanas, casi mucho mejor. A pesar de ello, cuando salieron de la sala, Brooks se enfadó mucho con su abogado y aunque Sonia estaba delante, le insultó y le llamó ‘pusilánime’, cómo es posible, le preguntó, cómo es posible después de todo el dinero que te he aflojado, eres un jodido pusilánime. En el fondo Brooks solo necesitaba desahogarse y Matteotti lo supo de inmediato, al fin y al cabo, era una reacción normal, tranquilícese, le dijo, sólo serán tres meses y la ley es la ley. Dentro de la celda olía a cerrado, a retrete y tierra removida. Brooks fue a sentarse y escuchó el crujido de los muelles y dos o tres espirales clavándosele en el cuerpo. El otro recluso pareció despertar del letargo y le miró fijo a los ojos. Brooks aprovechó para repetir su nombre y preguntarle por qué estaba allí dentro, cuál era su delito. No le importaba lo más mínimo, la verdad, pero sabía que era un modo como otro cualquiera de romper el hielo, la frontera de silencio que separa a los desconocidos. El otro, sin embargo, no le respondió. Brooks nunca había tenido problemas para relacionarse con los demás, al menos con los demás que no estuvieran locos. A veces solo era una cuestión de tiempo, de granjearse poco a poco su amistad, pero al final, estaba demostrado, era un hombre que caía bien, que conseguía acercase a quien se proponía e inspiraba cierta confianza. Quizá por eso los del comité de la empresa no tardaron en nombrarle administrador y tuvo acceso a las nóminas de la fábrica y a las cuentas del banco. La honestidad, claro, siempre se da por sentada de antemano. Pero caer, siempre había caído bien. El truco estaba en ponerse en la piel del otro, en saber cuáles eran exactamente sus preocupaciones. Brooks había comprobado en la fábrica que cualquier hombre es feliz hablando de sus problemas, vertiendo todo su estiércol y su mierda en el otro. Y lo que menos importa, se decía, es si tu interlocutor te escucha o si lo que le cuentas le importa un pimiento. El hombre está muy solo y Brooks se limitaba a trabajar con la soledad de los demás, a conformarla y aprovecharse de sus desventajas, estaba muy por encima. Para romper el silencio e intimar con su nuevo compañero, Brooks empezó a hablar como si le conociera de toda la vida, vaya lugar este ¿verdad?, cosas triviales, ese olor a cañería resulta inaguantable, deberíamos quejarnos. Y al rato, cuando ya no esperaba nada y se había cansado de ponerse en la piel de otro y decir tontería tras tontería, su nuevo compañero respondió:

–Por asesinato, estoy aquí encerrado por asesinar a mi mujer.

Brooks se sintió impresionado. Se incorporó apenas, apoyado en el codo, sorprendido por la confesión. Nunca había conocido a un asesino. Ni siquiera había estado cerca de alguno. Y la verdad, ahora que lo estaba, no le gustaba la sensación. Porque alguien que asesina a su mujer solo puede ser un hombre débil, pensó, alguien incapaz de sobreponerse a sus instintos más primitivos. Y lo que es peor, un tipo que ha matado una vez, puede hacerlo más. Brooks llevaba años aprendiendo a dominar su ira, a no caer en la tentación de discutir con Sonia cuando ella le provocaba o cuando algún empleado se quejaba por el recuento de las horas extras. Brooks se jactaba con cierta ironía de ser solo un animal en el retrete y entre las piernas de una mujer, y ahí, decía, no me queda más remedio. No hacía falta que aquel desgraciado se lo contara. Sin conocer los detalles estaba casi seguro de lo que podía haber pasado –un regreso inesperado a casa, dos bultos apenas moviéndose bajo la colcha, un ataque de cólera y un arma de fuego inoportuna demasiado cerca, demasiado a mano–. Casi le pareció ridículo preguntarle por qué lo había hecho o cómo había sucedido o cualquiera de esas cosas que se preguntan los presos que se jactan, como si fueran condecoraciones, de cada uno de sus delitos. De hecho, Brooks se descubrió pensando que no deseaba saber y que averiguarlo no le traería nada bueno. Él jamás hubiera matado a Sonia, aunque la encontrase con otro, aunque hiciera lo que hiciera. Porque Sonia tenía sus cosas pero nunca, jamás, hubiera merecido morir por algo tan absurdo como la propia debilidad, como el instinto que uno es incapaz de reprimir. Miró al preso y se avergonzó de pensar en ella de ese modo.

Al cerrar los ojos, como intentando apartar esos pensamientos de él, la vio así por primera vez. Fue un segundo, una instantánea que luego desapareció. Lo suficientemente breve como para que viera el cuerpo desnudo de Sonia entre las sábanas, cubierto completamente de sangre, como si un proyectil le hubiera explotado desde dentro y sus vísceras se hubieran derramado sobre el vientre como una flor roja hacia los costados y la cintura. Abrió los ojos y los abrió bien y el otro ya estaba allí, observándole fijamente, a pocos centímetros.

–Bonita chaqueta –le dijo.

Brooks dudó un segundo antes de responder. Se la había comprado Sonia la semana pasada para el juicio. Había sido fácil porque a Brooks solo le gustaban las chaquetas de un color, gris como marengo sin llegar a serlo, con las listas finas, terminadas en los bajos, marca Sheridans, con las costuras trabadas y los bolsillos del interior bien amplios. Eran bastante caras, pero desde que le habían nombrado administrador en la fábrica, el dinero era lo de menos. Sonia había elegido la talla y el envoltorio y se la había regalado cuando todavía pensaban que Brooks, a pesar de todo, se libraría. Le había sonreído al darle el paquete, como siempre, tocándole la mano al hacerlo. Pero a pesar de ello su sonrisa ya no era igual, ya no era la misma. A Brooks no le costaba ver las diferencias. Ninguno de los dos era el mismo desde aquella conversación hace tres meses, antes de que empezaran las investigaciones y las auditorias. Ella le llamó para decirle que por fin no tendría el hijo, que había cambiado de opinión, que prefería abortar y que al final iba a ser lo mejor, ‘tienes razón, no estamos preparados todavía’. Él estaba en ese momento en el aeropuerto y a través de la cristalera, un boeing 747 con muchas ventanas y una gran raya roja sobre el fuselaje, despegaba el morro del suelo y se elevaba de la pista y él, por fin, se sintió aliviado, sin la responsabilidad de aquel embarazo y trató de calmarla, de hacerle ver que en el fondo, era lo mejor, que ya tendrían hijos más adelante, que ya habría una oportunidad para todo. No es que yo no quiera tenerlo, le respondió, es que no es el momento, ahora soy el administrador y no voy a tener la cabeza para atenderte como mereces. Trató de ser un poco como ella y decirse a sí mismo lo que le hubiera gustado escuchar y Sonia no se enfadó, ni se puso histérica, ni le insultó como siempre, solo colgó el auricular y el boeing se perdió en la esquina de la cristalera y desde aquel día, cada mes, por cualquier motivo, le compraba una de sus chaquetas en Sheridans y las colgaba en el armario entre las otras grises, totalmente idénticas, con las costuras también bien trabadas.

–Qué suerte tiene usted de tener una esposa que le regala chaquetas así… Yo maté a la mía.

–Ya me lo dijo antes –respondió Brooks, casi molesto.

–¿No quiere saber por qué? Todos quieren saber por qué.

– Haremos una cosa… si no me lo explica yo le regalo esta chaqueta.

No estaba de humor. El juicio había sido agotador y las vistas de las semanas anteriores habían sido muy duras. Para bien o para mal, habían terminado las sesiones, el silencio de los trabajadores en las primeras filas, sus miradas, las contestaciones ambiguas, las evasivas y los periodistas con sus cámaras y sus micrófonos a la salida. Y siempre, siempre, la misma pregunta, ¿son ciertos los cargos de malversación?, ¿qué sucedió según usted con las nóminas? Solo ha sido un malentendido, respondía él, ya se aclarará, ya se hará justicia. Pero sobre todo estaba contento porque se habían acabado los silencios de Sonia cada vez que regresaban juntos a casa y cerraban la puerta. Matteotti le había recomendado que evitara las declaraciones, que fuera breve, tampoco a ella le conviene saber demasiado, decía. Y él cumplía su promesa, no quería verla involucrada. A ella no. Solo una tarde había cedido a la tentación, solo una vez había sentido algo parecido al vértigo. Sonia y él estaban solos en casa y de repente, sin saber por qué, él había levantado la cabeza del diario y le había dicho, Sonia, tengo miedo, no estoy bien. Ella le había observado con distancia, como si no hablara en serio, y luego se había acercado y le había tocado el dorso de la mano, ya verás cómo no pasa nada, dijo, nunca pasa nada.

–Trato hecho –dijo el preso tendiéndole la mano–. No le cuento como me la cargué y usted me la da.

Al apretarla, Brooks la sintió fuerte y callosa. Él no quería ser menos y parecer débil y por eso, a pesar del dolor, apretó más y más y le miró a la cara, no te tengo miedo, qué te crees, no me asustas. El otro, sin embargo, le soltó la mano, se acercó a su cama y cogió la chaqueta de Sheridans. Se la puso. La verdad, pensó Brooks, es que no le sentaba nada mal, casi casi, pensó, tenían la misma talla y aunque sus brazos eran ligeramente más largos y sobresalían un poco más de la manga, la chaqueta le venía bastante bien. Brooks no pudo evitar sonreír cuando le vio alejarse hacia el espejo del lavadero y primero de perfil y luego de frente, contonearse como aquellos malditos auditores del comité, seguro, pensó, seguro que no son más de tres meses.

La convivencia con el asesino, durante la siguiente semana, fue buena, muy correcta y respetuosa. Se llamaba Saumels o Salumel o algo que empezaba así y desde el primer minuto el ejecutivo advirtió hacia él una especie de sentimiento de admiración, de respeto, como esos exploradores que son secuestrados en mitad de la selva por una tribu caníbal y que, sin comerlo ni beberlo, quizá por su parecido físico, acaban convertidos en ídolos aclamados.

–A mí me hubiera gustado ser como usted, tener dinero, trabajar en bolsa y no hacer demasiado…

Brooks no quiso sacarle de su error porque para Saumels o como se llamara, los banqueros y los administradores eran hombres que disponían del dinero de los demás a su antojo personal.

–Me gusta su peinado –le decía a veces–. Siempre he querido usar gomina y peinarme hacia atrás, un día me tiene que decir cómo…

A veces, la verdad, se ponía muy pesado. Brooks, entonces, no le hacía ni caso.

–Debe ser increíble conducir uno de esos cochazos, adelantar cuando te venga en gana…Y los trajes. Como me gustaría llevar trajes como los suyos toda la vida. Y vaya mujer, esas mujeres solo se van con los tipo como usted.

Durante la primera semana, el recluso no se había quitado la chaqueta como si pensara que Brooks podía echarse atrás y romper el trato para intentar recuperarla. Pero Brooks sabía que, mientras el asesino llevara su chaqueta, podía considerarle su amigo y dormir tranquilo, sin miedo a no despertar. Además, gracias a la chaqueta de Sheridans, se había ahorrado la crónica de la muerte de su mujer, un trato es un trato, le había repetido. Y sí, era un regalo de Sonia y todo lo demás, pero no estaba dispuesto a pagar un precio tan elevado. Al menos no durante los tres meses que tuviera que vivir confinado tan cerca de él. A veces, el preso se ponía delante del espejo, se apoyaba en la pileta y se peinaba hacia atrás, con agua, como Brooks había hecho cada mañana durante cinco años. Después, le veía caminar forzado, como un modelo de pasarela, moviendo los brazos con rapidez y a grandes zancadas.

– Así no –decía Brooks– estás demasiado tenso.

Y él relajaba el gesto del rostro y en un momento parecía caminar con seguridad y aplomo. Le gustaba hablar como él hablaba, pronunciar con el mismo acento que marcaba el golpe en las vocales, separando con claridad cada una de las sílabas, juntado las manos. Su voz, claro, sonaba impostada, poco natural, pero a veces, pensaba Brooks con los ojos cerrados, era remotamente parecida a la suya.

Durante la primera semana todo esto fue un juego casi divertido. Él repetía sus gestos y cada una de sus palabras como esos loros incapaces y Brooks corregía los defectos, así no, si quieres ser un ejecutivo, tendrás que levantar la barbilla, siempre mirando al frente, siempre desde arriba. Saumels se movía con una pretendida elegancia por la celda y se peinaba hacia atrás, como un broker de imitación, poco creíble. Incluso jugaron varias partidas de póquer y él le ganó el reloj, su pantalón nuevo –también de Sheridans, también a listas grises– y el jueves, y eso ya fue el colmo, le ganó la pitillera de plata.

Vestido así, la verdad, era casi su reflejo. Brooks se cansó de aquel simulacro, de aquella broma que había dejado de serlo hacía días y permanecía tumbado en la cama, indiferente, mirando el techo o la ventana sin hacer caso de sus monerías, necesitamos más ‘ingresos’, decía marcando la e, separando cada una de las sílabas. Cada mañana, y era disciplinado en esto, se ponía frente al espejo y hacía muecas o se ponía de lado y seguía con sus ejercicios de imitación. A veces

exageraba y parecía patético, pero en general, cada día, se movía y hablaba más como el propio Brooks. Hubo un momento, mientras le observaba hacer gansadas frente al espejo, en que le hubiera gustado estrangularle, levantarse a media noche y matarle con lentitud como él debía haber hecho con la fulana de su mujer, enseñarle que él nunca, por más que se empeñara, sería Brooks, qué él solo era un asesino vulgar y corriente, que ser como Brooks era ser algo más. Y la paradoja de este sentimiento –enfrentar la brutalidad con la brutalidad– le hizo reírse un poco de sí mismo, tampoco es para tanto, solo es un chiflado. Hasta que después de un mes de reclusión, un buen día, golpearon la puerta y escucharon la voz del celador:

–Brooks, tienes visita –le dijo.

Y supo que por fin era Sonia, que por fin había superado la vergüenza y venía a verle. Ella sí era algo real, algo real de verdad, parte de su mundo exterior, lejos de aquella maldita celda y lejos de la imitación continua de aquel loco. Cuando llegara al locutorio le pediría una de sus sonrisas, aunque fuera fingida, qué más da, aunque no tuviera ningún valor, tocaría su mano otra vez unos segundos y sentiría la temperatura de su piel siempre unos grados por encima, te he echado tanto de menos, y se arrepentiría un poco, no demasiado, de lo que había ocurrido en aquella conversación en el aeropuerto y le diría, le propondría que quizá tampoco era tan mala idea, tener hijos, me refiero y que cuando saliera de allí, y ya no quedaba mucho, podían intentarlo de nuevo. Y cuando se levantó de la cama decidido, Saumels o Salumel o como se llamara aquel chiflado, se acercó y le empujó contra la pared con fuerza. Brooks cayó de nuevo al somier sin comprender y se hizo daño en el codo y cuando la puerta se abrió y él le estaba preguntando qué demonios te pasa a ti ahora, aquel tipo salió con su chaqueta, sus pantalones, su peinado y su mismo modo de caminar.

Fueron unos segundos, poco más, una vacilación suficiente para que el tipo saliera y la puerta se cerrara detrás con su estridencia herrumbrosa. Entonces Brooks se levantó y corrió hasta la puerta, golpeó con los puños y estuvo gritando, repitiendo su nombre y advirtiendo a los guardias que había habido un malentendido, que aquel tipo era un impostor y que él era el verdadero Brooks, el único, que lo que pasaba es que él llevaba su chaqueta y todo lo demás y Sonia, que esperaba en el locutorio, podría atestiguar lo que él decía. Pero solo escuchó voces al otro lado, pasos alejándose por el corredor y los gritos de los otro presos burlándose, yo soy Shirley MacLaine, ¿y tú?, pues yo Abraham Lincoln…

Resbaló por la puerta y se quedó sentado en el suelo esperando a que de un momento a otro, Saumels y el guardia regresaran. Lo lamentamos, le dirían, pero este tipo nos confundió con su chaqueta y su modo de andar, disculpe, creímos que… Pero pasaron los minutos y no vino nadie, pasó casi media hora y tampoco vino nadie y en ese tiempo lo único que cambió fue la tonalidad azul del rectángulo distante en la ventana. Quizá refresque un poco esta tarde, pensó. Pudo imaginar a Sonia frente al recluso, imaginó su sorpresa cuando se encontraran juntos, sí, es cierto que se parecían, pero él no era así, él no tenía la frente tan amplia, ni era tan vulgar, ni jamás había asesinado a nadie y menos a su mujer. Ella notaría la diferencia, claro, cómo no notarla después de cinco años de convivencia.

Quiso imaginar a Sonia, saber si llevaba uno de sus vestidos estampados, con los brazos al aire. Seguro que había estado en la peluquería y se había hecho algo nuevo para él, para levantarle el ánimo, pensé que te gustaría la sorpresa. Y luego, sin venir a cuento, se pondría seria y diría, de verdad, sé que tenía que haber venido antes. Brooks respiró profundamente con los ojos cerrados e imaginó su espalda y su piel, imaginó otras cosas, su mano por ejemplo, su mano ligeramente abierta y cada uno de los dedos, el índice, el pulgar y la oquedad sin nombre que se formaba allí. En su imaginación, fue subiendo por el brazo, la muñeca poco a poco, explorando la piel camino de los pechos. Y fue en el antebrazo, antes de llegar al hombro, donde apareció la primera mancha de sangre, un pequeño archipiélago de púrpura. Dio dos pasos hacia atrás y la vio otra vez completa y desnuda –la mano colgando por fuera del somier y las sábanas drapeando sobre su sexo– reventada por dentro y cubierta de sangre, igual que en aquella imagen que le perseguía desde que llegó a la celda. Ella no, se dijo, ella está viva. Era la mujer del fulano la que había muerto así, con el vientre vacío y roto, quizá, no se sabe. Abrió los ojos. Los abrió de par en par como si la visión de la celda pudiera borrar toda aquella sangre y el cuerpo inmolado de Sonia. Justo entonces escuchó el sonido de la cerradura y la puerta abriéndose a su espalda. El guardia dijo: aparta, tenemos que pasar. Era Saumels que regresaba con una extraña sonrisa en los labios. Cuando la puerta se cerró detrás, Brooks preguntó:

–¿Por qué lo ha hecho?

Pero Saumels se quitó la chaqueta con tranquilidad, como si pudiera arrugarse y la colgó en la percha, al lado de su cama. Luego se tumbó a hojear una de sus revistas eróticas. En ese momento Brooks, sin saber por qué, se levantó y se acercó hasta su chaqueta. Era suya y él había roto el pacto, él había roto todos los pactos, él estaba loco y los locos no respetan nada. Intentó cogerla, pero el brazo de él, más rápido y fuerte, se lo impidió.

–Trato hecho, ¿recuerda? Y yo todavía no le he contado cómo me cargue a mi mujer.

Brooks tragó saliva y volvió a su cama, humillado. Estuvieron así un buen rato, en silencio, espiándose los movimientos sin mirarse. Al rato, Brooks escuchó su voz.

–¿Cómo se le ocurre? –y una pausa–. Sonia quería ese crío. No debió pedirle eso, no debió dejarle hacerlo. El trabajo nunca es una excusa, nunca es lo primero.

–Usted qué sabrá –atajó Brooks– no es de su incumbencia.

Saumels abrió el tríptico que había en la parte central de la revista y lo desplegó ante la luz de la ventana. Era una muchacha exuberante, rubia, de grandes pechos y muslos interminables, muy, muy diferente a Sonia.

–Oiga –dijo Brooks– ¿le dijo algo para mí?

Pero Saumels giró apenas la cabeza un segundo, le sonrió e inmediatamente volvió a su revista, miss abril, se leía justo al pie. Y eso le recordó a Brooks que ya hacía más de dos meses que estaba aquí y que ya quedaba menos, muy poco. Brooks se repetía a cada hora que ya estaba bien, que su sentencia sería revocada y que el juez impondría una  fianza razonable. Saldré libre, pensaba, y solo entonces ajustaré cuentas con Sonia, le preguntaré por qué tardó tanto en venir y por qué no puso una queja cuando vio a aquel tarado sentado delante. ¿Te parece gracioso, verdad?, le gritaría, ¿piensas que lo he pasado en grande con él? La relación con Saumels se volvió extraña, más remansada, como si ambos supieran que la agresión y la violencia no iban a conducir a ninguna parte. Aún así, su compañero de celda seguía sin perder detalle de cada uno de sus gestos. Brooks veía cómo se fijaba cada vez que decía algo, acércame la jarra, por ejemplo, o pásame esa revista o vete al diablo. Él lo copiaba todo. Le observaba en silencio mientras hacía su gimnasia o caminaba hacia la ventaba y estiraba el brazo hacia los barrotes. Brooks, claro, había pedido una entrevista con el alcaide. Era conocido de Matteotti y seguro que contaba con su favor. Pero ni siquiera los guardias, el día que se lo comentó, le habían tomado demasiado en serio. Esas cosas se notan. Del alcalde, desde entonces, tampoco había tenido noticias. Las cosas siguieron igual hasta que un día, hace unas semanas, a Brooks se le ocurrió algo, algo realmente ingenioso. Si aquel loco tenía que copiar a alguien, que no fuera a él, que fuera a otro. ¿Qué haría entonces?, sin modelo, ¿a quién se parecería? Por eso Brooks empezó a hablar y a comportarse de otro modo, gangueando, confundiendo las dos erres con una sola, soldando una palabra con la siguiente, fingiendo un acento casi rural, muy parecido al que recordaba de Saumels al principio. Empezó a andar por la celda esquinado, con las piernas casi juntas y moviendo las manos todo el rato, nervioso, como si tuviera prisa por llegar a algún lado. Saumels o como se llamara se dio cuenta de inmediato de su estrategia y simplemente le reía gracia y le observaba en silencio como a su bufón particular. Y luego, después de unos minutos, volvía a su espejo y a peinarse e iniciar su desfile militar, casi arrogante, entre la puerta y el lavadero. Lo cierto, pensó Brooks haciendo un chiste, es que formaban una pareja insólita, ambos fingiendo ser quien no eran, justo el otro o muy parecido al otro.

A los tres meses vino a verle Matteotti y cuando el guardia llamó a la puerta y dijo Brooks, tu abogado está aquí, él miró a Saumels y su mirada profunda y dura, lo dijo todo. Pero Brooks ya no le tenía miedo, ¿por qué iba a tenérselo? Y cuando la puerta se abrió él empezó a gritar desde la cama y a decir que Matteotti era su abogado y que aquel tipo solo era un burdo imitador, que la chaqueta Sheridans no era suya y varias cosas más, hasta que el guardia se acercó hasta él, levantó la porra y le dijo, como te muevas otra vez, igual te mato a golpes. Él se quedó quieto, sin saber qué hacer, con el brazo por delante y la mirada en el suelo. Al cerrarse la puerta Brooks pensó que daba igual que no le creyeran. Imaginó que Matteotti traía buenas noticias y que el juez había aceptado la fianza y que el calvario, por fin, había terminado. Matteotti no se la iba a jugar y seguro que reconocía a aquel tipo y pedía de inmediato que trajeran al verdadero Brooks. Y él hablaría con Sonia, le pediría perdón, se lo suplicaría si hacía falta y le contaría todo lo que le había pasado en la celda con aquel imitador y ambos reirían juntos frente a una botella de vino blanco y un plato de crawfish. En la sobremesa quizá harían el amor, con el rumor lejos del mar, buscando otra vez aquel hijo con el que empezó todo, tendrían su oportunidad, por qué no, siempre existe la redención, la última posibilidad. Y cuando cerraba los ojos y la imaginaba en aquella habitación, con las cortinas preñadas por el viento, siempre aparecía aquel cuerpo desangrándose entre las sábanas, con el vientre abierto y vacío y la mano de Sonia cayendo exánime sobre el borde de la cama, siempre igual, siempre como una penitencia cuyo delito Brooks no recordaba haber cometido. Y cuando Saumels regresó de la visita y el guardia le dijo aparta, comprendió lo que iba a pasar. Lo supo.

Y lo comprendió paso por paso. Lo que iba a suceder es que aquel tipo saldría en su lugar y haría con Sonia lo mismo que había hecho con su mujer, la reventaría por dentro con un cuchillo, con el sadismo de los animales vengativos y carniceros, de los que siempre envidiaron y quisieron ser y nunca fueron. Irían juntos a casa y cuando subieran al dormitorio, él la mataría con uno de los cuchillos de cocina, le rajaría el vientre varias veces y dejaría que se desangrara sobre aquella cama. Lo supo entonces. Saumel, como un lamento, le dijo.

–El juez ha desestimado.

Brooks estuvo todo el día dándole vueltas a lo de Sonia. Cada vez que cerraba los párpados la veía desangrándose entre las sábanas, con los pechos cubiertos de sangre y aquel tipo al pie de la cama, con el cuchillo todavía goteando en la mano. Esa noche, en medio del insomnio, se le ocurrió la única solución posible, el único modo de salvar la situación. Sí, iba a matarle, solo quedaba esa solución, evitar que saliera a toda costa e hiciera aquello con Sonia. Estuvo pensando en el mejor modo de hacerlo, en la manera de borrar las huellas del crimen y fingir que lo de aquel loco había sido un suicidio. Al fin y al cabo, Brooks era un tipo inteligente, un estratega. Durante la noche observó a Saumels durmiendo profundamente, la chaqueta al lado, apenas iluminado el rostro por la luz azulada que descendía por la ventana. Desde la esquina, Brooks se reía de él. Por fin aquel loco tendría lo que se había estado buscando. Le asfixiaría poco a poco –aunque le hubiera gustado una muerte menos caritativa, obligarle, por ejemplo, a beberse el contenido del retrete, cortarle uno a uno los dedos de la mano y cosas así, que le resarcieran lentamente de lo que había pasado los últimos tres meses– y después haría una soga trenzando las sábanas y subido en la banqueta la colgaría del cable de la luz y arrastraría su cuerpo y se entretendría en ajustar el nudo corredizo y con esfuerzo, porque el tipo pesaba una barbaridad, el cuerpo se iría elevando poco a poco hasta que la punta de los pies apenas quedara a unos centímetros sobre el suelo. Y entonces, al alba, nada más despertar, Brooks empezaría a gritar, llamando a los guardias, gritando que aquel loco se había suicidado, que se había colgado con una sábana y que él ya lo veía venir pero que nadie, en aquel lugar, le había hecho caso, ya os lo advertí. Todo volvería entonces a su cauce normal. Él se pondría su chaqueta de Sheridans, con las costuras ya reventadas y las listas gastadas en las solapas y saldría de la celda a hablar con Matteotti y pedirle explicaciones. Dijiste unas semanas y ya va para tres meses, qué está pasando con mi dinero, ¿por qué me engañas? Le pediría, esta vez por favor, que hablara con Sonia, dile que venga a verme, por lo menos haz eso por mí, tengo que decirle algo muy, muy importante.

Pero esa noche no pasó nada. Ni la siguiente. Ni a la semana. Brooks se dio cuenta de que hasta para ser un asesino hacía falta valor y que el valor, muchas veces, es esquivo y cambiante, como un mal viento. Hubo otras visitas de Sonia y de Matteotti, por supuesto. Incluso Brooks, que llevaba el recuento, se percató de que en las últimas semanas, Sonia venía con más frecuencia. Eso le cabreó, porque Brooks no encontraba ningún motivo y los motivos que le salían al paso, eran difíciles de creer. Cuando Saumels volvía de verla, como un adolescente, traía aquella estúpida sonrisa dibujada en el rostro.

–Vamos a tener un niño –le dijo un día– cuando salga de aquí lo tendremos…

Brooks le hubiera matado en aquel mismo momento pero se limitó a cubrirse con la almohada, a ponerse de costado y a intentar no escuchar los planes que aquel tipo hacía con su mujer, iremos a Albany, decía, ella siempre ha querido ir a Albany, ¿lo sabías? Claro que lo sabía, cómo no iba a saberlo. Un día de estos me tienes que contar por qué le gusta tanto Albany y la música de violín, claro, antes de que me suelten. Matteotti dice que ya queda poco, que tenga paciencia, que en nada estaré en la calle y que la fábrica, por fin, vuelve a funcionar con normalidad. Y uno de aquellos días, demasiado parecido a los anteriores, se preguntó por qué esperar más, cuando en la celda cada día, cada hora, es idéntica e igual en oportunidades a la que vendrá mañana. Y esa noche, por fin, esperó a que él se durmiera para comprobar las sábanas y la estabilidad de la banqueta y cuando Saumels o Salumel o quien quiera que fuese respiraba profundamente, Brooks se levantó de la cama y con la almohada en la mano, fue hacia él. Cuando estaba ya muy cerca de Saumels reparó en el espejo del lavadero y en su propio reflejo. Se vio con la almohada en la manos y una expresión de náufrago que le costó reconocer, los ojos abiertos y enrojecidos, la barba abandonada, la ropa triste y remendada de los presos, se vio a sí mismo como probablemente había sido alguna vez Saumels, no hacía tanto, y se odió por haberse convertido en eso y odió su vida de aquellos cinco meses y odió más todavía a aquel hombre que le había usurpado todo, que en el fondo solo quería estar a solas con Sonia para matarla y que le había convertido en esto. Quizá pensó que sería incapaz. Que en el fondo solo era un cobarde, que odiaba los instintos porque la única justicia tiene mucho que ver con ellos, con lo visceral y lo instantáneo, con la furia y el odio. Cerró los ojos y de inmediato apareció el cuerpo desangrándose de Sonia entre las sábanas. Fue lo último, lo hago por ti, pensó, para demostrarte algo. Y mientras por el vientre de Sonia chorreaba toda aquella sangre, Brooks puso la almohada sobre su rostro y apretó fuerte. Sintió apenas el movimiento al otro lado y después de unos segundos, justo debajo de la almohada, escuchó con claridad una carcajada, una risa hueca, amortiguada por el relleno. ¿Se estaba riendo?, ¿de qué se reía aquel loco? Y Brooks apretó más y más fuerte y vio su reflejo en el espejo otra vez y no le preocupó ver en él a un asesino. Justo en ese momento, un brazo salido de entre las sábanas le agarró por el antebrazo y clavó fuerte sus dedos en la carne. No tardó en sentir como la fuerza le iba desapareciendo de las muñecas.

–La maté porque se fue con otro –dijo saliendo de debajo de la almohada– a mi mujer.Tenía dentro un hijo de otro.

Brooks sintió sus dedos clavados en el antebrazo, como la sangre hormigueando sobre la piel. Dio un paso hacia atrás y Saumels se levantó, extendió los brazos y tomó aire como hacía cada mañana, antes de las flexiones. Luego se agachó justo delante y cogió la sábana que estaba en el suelo. Brooks pensó que iba a matarle, que le estrangularía y que por lo menos, todo terminaría de algún modo para él. Pero simplemente le miró a la cara, pegó dos tirones fuertes del cable y mostró una de sus sonrisas de suficiencia, sin volumen. Luego volvió a su cama y desde allí le dijo:

–Pero ahora estamos en deuda… así que, a pesar de todo, no te devolveré tu chaqueta.

Al día siguiente, por la mañana, llegó el guardia y llamó a la puerta. Dijo Brooks, por fin buenas noticias, te vas de aquí. Pero Brooks permaneció sentado, tocándose el antebrazo mientras Saumels o como se llamara aquel individuo se acababa de ajustar la chaqueta y se acicalaba frente al espejo. Luego cogió su chaqueta y con la espalda recta y el paso relajado, tal y como él le había enseñado, salió de la celda. Ni siquiera le dijo adiós o que vaya bien o que te pudras. Brooks gritó su nombre, Saumels o Salumel o como quiera que te llames y él, simplemente, buscando la complicidad del guardia, se dio la vuelta y le dijo, te lo he dicho mil veces, Brooks, me llamo Brooks. Luego cerraron la puerta de la celda y todo quedó en medio de un silencio profundo. Brooks todavía tuvo tiempo de auparse en la banqueta y asomar apenas por la ventana para ver el plymouth verde de Sonia aparcado en frente y a ella con los brazos abiertos, como si él llegara de lejos y a Matteotti estrechando afablemente su mano, congratulándose por el trabajo bien hecho. Brooks intentó gritar a través de los barrotes, no vayáis a casa, no lo hagáis, pero su voz, apenas ya convertida en gemido, se perdió en el

tumulto del patio y cuando aquel hombre que fingía ser él entró en el coche y arrancaron hasta convertirse en un punto más de la comarcal, él bajó de la banqueta y se sentó en la cama, hundiendo la cabeza entre las manos y moviéndose apenas hacia delante y hacia atrás, qué voy a hacer ahora. Y en ese momento, desde el corredor, oyó unos pasos. Venían de lejos pero cada vez estaban más y más cerca. Y cuando se abrió la puerta de la celda, vio a un hombre bien vestido, bien peinado, con un traje gris y camisa blanca, que le observaba con curiosidad, qué calor hace aquí, le dijo, no sé cómo puede aguantar. Y luego la puerta se cerró otra vez, a su espalda, con una dureza lapidaria que no se abre de noche ni de día.

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego que alterna muertes y resurrecciones de una imagen a otra vive ciego. Claman el viento, el sol y el mar del viaje. Yo devoro mis propios corazones y juego con los ojos del paisaje. Junio me dio la voz, la silenciosa música de callar un sentimiento. Junio se lleva ahora como el viento y el alma inútilmente fue gozosa. Al año de morir todos los días los frutos de mi voz dijeron tanto y tan calladamente, que unos días vivieron a la sombra de aquel canto. (Aquí la voz se quiebra y el espanto de tanta soledad llena los días.)

Hoy hace un año, Junio, que nos viste, desconocidos, juntos, un instante. Llévame a ese momento de diamante que tú en un año has vuelto perla triste. Álzame hasta la nube que ya existe, líbrame de las nubes, adelante. Haz que la nube sea el buen instante que hoy cumple un año, Junio, que me diste. Yo pasaré la noche junto al cielo para escoger la nube, la primera nube que salga del sueño, del cielo, del mar, del pensamiento, de la hora, de la única hora que me espera ¡Nube de mis palabras, protectora! bien vestido, bien peinado, con un traje gris y camisa blanca, que le observaba con curiosidad, qué calor hace aquí, le dijo, no sé cómo puede aguantar. Y luego la puerta se cerró otra vez, a su espalda, con una dureza lapidaria.

Ignacio Ferrando Pérez (foto)

 

‘En Semana Santa’ de Emilia Pardo Bazán

A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las escaleras del cadalso. Y criminales eran -aunque criminales triunfantes y coronados por el ciego Destino- Conrado y Preciosa. El que, después de largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto, impregnado de olores a medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla, que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante era el esposo de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que, de común acuerdo, le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre a Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades de anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho a la gratitud y al respeto más tierno y grave…, ya que otros sentimientos vehementes no pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente…, después de advertir a Preciosa que quedaba instituida su única heredera, y que, si no sentía repugnancia por Conrado, a quien él miraba como hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse a la terminación del luto.

Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca, y apoyando sus manos ya frías, en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera que recobró ánimos y, reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese picaduras de víbora, se retiró al fondo de la alcoba y, dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez a la cabecera del lecho.

-Conrado, mira: soy yo quien te lo ruega en este momento solemne… No dejes desamparada a Preciosa… Que sea tu mujer, y quiérela y trátala…, como la quise yo… Siquiera por el día en que estamos…, dame palabra.

Y Conrado, balbuciendo, solo pudo barbotar:

-La doy, la doy…

Lució una chispa de contento en las apagadas pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que precedía a la estancia mortuoria… El sacerdote, que salía, le tocó suavemente en el hombro.

-No se aflija usted -dijo en tono afectuoso, confundiendo con un gran dolor aquel acceso de remordimiento agudo-. Las virtudes de este señor le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la misericordia de Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!…

Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos de Conrado; pero ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del moribundo!: “El día en que estamos…” ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer memoria, reflexionar… Recordó de pronto; un relámpago hirió su imaginación fuertemente. El día era el Viernes Santo.

Pocos instantes después de haberse retirado discretamente el sacerdote, que prometió volver a velar el cuerpo, acercóse Preciosa a Conrado de puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento que hizo al verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; a Conrado le infundía horror desde que la muerte había penetrado allí… Adivinaba el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir, aspiraba a disipar aquella nube de tristeza, aquella alteración de la conciencia impura. “Si esta noche vela el cadáver, se preocupará más; se grabará doblemente en su espíritu esta impresión terrible…” Una idea acudió a la mente de Preciosa, fértil en expedientes, atrevida, como hembra apasionada, y resuelta a lograr su antojo.

Entró en la estancia mortuoria, y sobre el mueble incrustado, frente a la cama buscó, entre otros frascos, el que contenía poderoso narcótico. Una gota calmaba y amodorraba, dos adormecían; tres o cuatro producían ya el sueño largo, invencible, muy duradero, semiletal… Al poco rato, Preciosa se acercó a Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza de tila.

-Bebe, estás nervioso.

Conrado bebió por máquina; apuró la calmante infusión… Cuando empezó a notar cierta pesadez incontrastable, le guió Preciosa a su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de raso y almohadillado de encaje; cubrióle con rico pañuelo de Manila, le abrigó con edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la nuca. “Duerme, duerme -pensó-, y no despiertes hasta que esté fuera de casa ‘el otro’”.

Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño de plomo que le había postrado y se restregaba los párpados, notando que el sitio en que se encontraba no era el elegante dormitorio de su tentadora Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas, sobre la cual caía a plomo un sol ardoroso y esplendente, como de primavera en un país cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una ciudad que le parecía conocer mucho. ¿Dónde había visto él aquellas puntiagudas torres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto fortificado, aquellas casas cónicas, aquel monumental templo, aquellas puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios y bueyes guiados por hombres de atezado cutis?

La vestimenta de estos hombres también se le figuró a Conrado, aunque extraña, “vista” alguna vez, no en la realidad, sino en esculturas o cuadros como que era la indumentaria hebraica de la gente humilde en tiempo de Augusto -la “chituna” o túnica ceñida, el tallith o manto, el “sudaz” que rodea las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje y los pies descalzos, o metidos en gastadas sandalias de cuero-. Conrado pensó oír una voz persuasiva, salida quizá de lo íntimo de su ser que murmuraba misteriosamente:

-“Esa ciudad es Jerusalén”.

¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró, Jerusalén no era para él un lugar exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño, por el Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con Jerusalén. En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. Lo único que sintió fue inmensa alegría…, imaginó volver de un largo destierro.

Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la atención de Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que defendían a ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales de Jericó e higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de violeta. Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de a pie, y se mantenían inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios, cuyas lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la escena, erizando el cerro, se erguían tres cruces negras, sobre las cuales parecían estatuas de pórfido rosa, desde lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados…

Conrado entonces tampoco se asombró; tampoco se creyó juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no a un drama, a la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple crucifixión y, sobre todo, una de las cruces la llevaba él dentro desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos… ¡Qué felicidad poseer de nuevo la visión -clara, concreta, firme, indubitable- de “la Cruz”, no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, ¡el madero al punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino, y lo empapa la sangre redentora! Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol… Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema hora.

Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre. Como sucede en sueños, a cada obstáculo que Conrado lograba vencer, surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas, que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y, por último, los soldados a caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería infiltrarse, llegar hasta la Cruz central, más alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza, exclamase: “Todo se acabó”. Una angustia profunda se apoderada de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección a la cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.

Sus ojos divisaron entonces a una Mujer abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin reparar que la Mujer estaba casi desvanecida de congoja, fijándose sólo en que a aquella Mujer “también la conocía”, gritó con esfuerzo:

–¡María, María de Nazaret!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta tu Hijo.

Y María de Nazaret, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin embargo, pensó con gozo: “¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!”

Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:

–¡Jesús, Jesús, no me abandones!

Y, ¡oh, asombro!, una voz dulce empapada en lágrimas, respondió, desde arriba:

-Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?

Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho: Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la tierra se estremecía, convulsa; a las plantas de Conrado se abrió una grieta horrible, casi un abismo…, y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el polvo y las rocas descarnadas…

Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando el instante de estrechar entre sus brazos al durmiente.

Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse exacta cuenta de lo que le sucedía…

Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y a paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió a la antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió a la calle… Una brisa suave acarició sus sienes.

Era la mañana del Domingo de Resurrección.

Emilia Pardo Bazán (foto)

‘Aeropuerto de Funchal’ de Martínez de Pisón

ignacio martínez de pisónLa última noticia que tuvo de Frank fue una postal enviada desde Madeira. De eso hacía cuatro años, y en realidad aquella postal no parecía que le estuviera destinada. Con una firma ilegible y un texto anodino (muchos saludos y recuerdos, alguna pregunta del tipo ¿qué tal vosotros?), la dirección que figuraba en su mitad derecha era la suya, la de Elena, pero los destinatarios no eran ni ella ni Carlos, su marido, sino una familia apellidada Pajarito. Había sido precisamente Carlos quien, de vuelta del despacho, la había sacado del buzón, y mientras se la enseñaba no había podido evitar un comentario chistoso: “¿Cómo puede ser que alguien se apellide Pajarito? Yo en su caso me lo cambiaría por Pajarraco: impone más respeto”. Ella contuvo por un instante la respiración y pensó en Frank. Pajarito, parajito mío. Ése era el apelativo cariñoso que Frank solía dedicarle en la intimidad, y Elena estuvo segura de que su antiguo amante había recurrido a esa clave privada para hacerle saber que en aquella lejana isla portuguesa seguía pensando en ella.

Pero desde entonces habían pasado cuatro años, y ahora Carlos y Elena estaban en un Airbus 319 de la compañía portuguesa Tap que se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Funchal. La idea del viaje había sido de él. Hacía mucho tiempo que no viajaban solos, y dos días antes Carlos había aparecido por la tienda de antigüedades de ella agitando como un abanico los billetes de avión: “Ya puedes ir haciendo la maleta. Nos vamos”. Había visto el anuncio en el escaparate de una agencia de viajes y no había podido resistirse a la tentación de hacer una locura. Ésas fueron sus palabras, hacer una locura, y Elena hubo de reconocer que también ella lo necesitaba, que la estimulaba la simple perspectiva de romper con la rutina y olvidarse por unos días de clientes y compromisos. Sólo al llegar al aeropuerto de Lisboa, donde debían conectar con el vuelo a la isla, había sentido una primera punzada de decepción: el suyo era el típico viaje organizado, y el resto del grupo estaba formado por matrimonios de jubilados y señoras mayores con aspecto de viudas. Tal detalle acaso habría resultado trivial si el suyo no hubiera sido, como de hecho era, un matrimonio ciertamente descompensado. Ella, con cuarenta años recién cumplidos, se consideraba aún una mujer joven y bonita, y los catorce años y dos meses que Carlos le llevaba le acercaban de forma irremediable a todos esos compañeros de viaje, que parecían no tener otra cosa de qué hablar que no fueran médicos, operaciones y achaques de la edad.

En el autobús que les recogió en el aeropuerto le pareció evidente que el trato que aquellos hombres y mujeres les dispensaban no era igualitario. Se dirigían a Carlos con una rara familiaridad, como si desde el principio hubieran dado por supuesta su integración en el grupo, y reservaban para ella una gentileza algo distante y cautelosa. Luego, en el vestíbulo del hotel (el Carlton, uno de los mejores de la isla), uno de esos carcamales se le acercó para comentarle con un guiño cómplice que la última noche estaba prevista una fiesta con karaoke, y lo que hasta entonces había sido sólo fastidio dejó paso a una poderosa sensación de disgusto. ¡Una treintena de viejos emborrachándose y dando gritos ante un micrófono! ¿A eso era a lo que Carlos llamaba hacer una locura?

En la habitación, ya a solas, mantuvieron una breve discusión. “No seas tan seca, mujer. Hemos venido a pasarlo bien”, le dijo él, y ella ni siquiera se molestó en disimular su irritación: “¿De veras crees que con gente como ésa es posible pasarlo bien?” Carlos, acostumbrado a sus arranques de mal humor, esperó pacientemente a que se desahogara, y al final dijo: “No hace falta que vayamos con ellos a todas partes”.

Y es verdad que al día siguiente sólo coincidieron con los demás a la hora del desayuno, algo casi inevitable, y a la de la cena. El resto del tiempo lo pasaron solos. Visitaron la catedral, el puerto, la plaza del Ayuntamiento, un par de museos de escaso interés, tres o cuatro palacios recientemente restaurados. Pasearon entre los árboles exóticos de un parque, cada uno de ellos con un cartelito que indicaba su país de procedencia, y también por los jardines del que debía de ser el palacio del Gobernador, con vistosas fuentes, bustos de próceres locales y miradores que se asomaban al Atlántico. Recorrieron asimismo las calles del centro de la ciudad, entre las tiendas de ropa y de souvenirs, entre las cafeterías con terraza y los restaurantes para turistas, y Elena, silenciosa, no podía dejar de pensar en Frank, que cuatro años antes había tenido que pasar por esos mismos lugares y que quizá se había detenido ante los mismos escaparates y había admirado esos mismos árboles de tronco inmenso y frutos como salchichas.

De vez en cuando la asaltaba la misma fantasía, la fantasía de que Frank seguía en la isla y le salía al paso en uno de esos jardines o una de esas calles. Frank, el viajero impenitente que sólo leía a Bruce Chatwin, el joven eterno que vivía como si el futuro no existiera, el vitalista que no obedecía más que a sus impulsos, el aventurero sin hogar y sin familia… Frank. ¿Alguna vez alguien así se habría instalado en una isla como Madeira, especie de inmenso geriátrico enclavado en mitad del Atlántico? Era absurdo, y Elena lo sabía. Lo más probable era que Frank, músico de profesión, hubiera llegado a aquel sitio con alguna de las orquestas que ocasionalmente le contrataban y que su estancia allí no hubiera superado las dos o tres semanas, quizá ni siquiera eso. ¿Dónde estaría ahora? ¿En qué rincón del planeta? Estuviera donde estuviera, hacía tiempo que debía de haberse olvidado de aquella isla y del contacto que desde allí había tratado de establecer con su ex amante a través de una postal en clave. Para Elena, en cambio, los nombres de Frank y Madeira habían quedado definitivamente asociados desde entonces, y el simple hecho de encontrarse en ese lugar avivaba una inequívoca sensación de proximidad con respecto a él. ¿Cómo habría sido el reencuentro? ¿Qué saludos habrían intercambiado? ¿Se habrían dicho “hola, pajarita”, “hola, pajarito”, como en aquella época? Resultaba agradable dejarse llevar por esas ensoñaciones, y lo único malo era que éstas se desvanecían al menor contacto con la realidad. Una realidad que en aquellos momentos se materializaba en la persona de Carlos, ese intruso en sus fantasías, ese visitante inoportuno. Volvió de repente la vista hacia él y se descubrió odiándole, odiándole con todas sus fuerzas, y el suyo no era un odio momentáneo o circunstancial sino un odio que hundía sus raíces en lo más profundo de sí misma, en cierta mañana de hace más de cuatro años en que tuvo que elegir entre la estabilidad sin pasión y la felicidad sin futuro.

El tercer día estaba programada una subida a la iglesia de Santa María do Monte, y Carlos, razonable como siempre, dijo que no tenía sentido que fueran por su cuenta, dado que todos aquellos gastos estaban incluidos y que, de todas formas, era lo único de Funchal que les quedaba por ver. “Nos los estaríamos encontrando sin parar”, comentó en alusión a sus compañeros de viaje.

El autobús les esperaba ante la estatua de la emperatriz Sissí, con la que varios de aquellos viejos, infatigables, insistían en hacerse fotos, y, después de un recorrido por calles ya conocidas de la ciudad, les dejó en la cola del teleférico. Cada una de las cabinas tenía capacidad para seis personas. A ellos les tocó compartirla con cuatro señoras del grupo. Una de ellas, la más parlanchina, se pasó un buen rato diciendo que Carlos era igualito, pero igualito, a un hermano suyo que acababa de casarse por tercera vez. Carlos se sintió o fingió sentirse halagado por la comparación y, mientras la mujer contaba la historia de su hermano, que había empezado de la nada y ahora tenía una planta de galvanizados que daba trabajo a más de treinta personas, Elena buscó alivio en la vista aérea de los tejados de la ciudad.

Unos cuantos minutos de conversación y la certeza de poseer algo en común, aunque sea algo tan frágil como eso, una supuesta semejanza física con quién sabe quién, pueden en determinadas circunstancias bastar para improvisar breves alianzas. Eso es lo que, a ojos de Elena, ocurrió entre su marido y esas señoras, que, una vez concluido el trayecto en funicular, parecían haberse vuelto inseparables. Visitaron juntos el Jardín Botánico, y juntos compraron bordados en la Quinta do Monte y se fotografiaron en las escaleras de la iglesia, y en realidad Elena no estaba segura de preferir la compañía única de su marido. El grupo sólo se deshizo cuando llegó la hora de montarse en los llamados carros do monte, y eso porque en cada uno de aquellos pintorescos vehículos no cabían más de dos pasajeros. La guía turística, citando a Hemingway, lo había anunciado como la parte más excitante de la excursión: una bajada de cuatro kilómetros metidos en unos grandes cestos de mimbre, una especie de trineos sin patines que se deslizaban por una carretera empinada y sinuosa. La fila de carros aguardaba a los turistas al pie de las escaleras de la iglesia. Cuando les llegó el turno a ellos, Elena observó la gastada tapicería del asiento y se colocó junto a su marido. Aquello inspiraba cualquier cosa menos seguridad. El descenso se inició cuando los dos carreiros, unos hombres de aspecto desnutrido, con camisa y pantalón blancos y sombreros de paja, empujaron su carro cuesta abajo. Apenas unos segundos después habían alcanzado ya una velocidad considerable. Los carreiros iban detrás, subidos al estribo, y en las curvas más cerradas y los cruces de carreteras saltaban a la calzada y giraban o frenaban tirando de una cuerda que llevaban enrollada en la muñeca. De vez en cuando paraban y con unos trapos deshilachados engrasaban los bajos del carro, y entonces los escasos automóviles que les seguían aprovechaban para adelantarles. Elena no sintió el peligro hasta que llegaron al cruce y por el lado izquierdo apareció la motocicleta. Uno de los carreiros saltó a destiempo y sólo consiguió frenar cuando ya ellos dos habían empezado a gritar: “¡Cuidado!” El incidente al final quedó en nada, el carro dando una vuelta completa sobre su propio eje, la moto derrapando interminablemente en su intento por esquivarles, pero Elena se llevó un buen susto y, con la voz entrecortada, dominada aún por la excitación, se volvió hacia su marido y no pudo evitar exclamar: “¡No lo aguanto más! ¡Tenemos que separarnos!” Carlos la miró sin decir nada. El motorista siguió su camino y ellos reanudaron el descenso. Cuando por fin bajaron del carro, él dijo: “Estabas nerviosa”. Y ella repitió: “Tenemos que separarnos”.

Pasaron el resto del día en el hotel. Carlos se mostraba esquivo, taciturno. Tampoco Elena tenía muchas ganas de hablar. Cenaron en la misma mesa que las mujeres del teleférico. Luego volvieron a la habitación, y Carlos dijo nada más: “No puedes hacerme esto. Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría”. Ella no contestó. Había dicho lo que había dicho sin pensar, pero ahora le parecía que esas palabras fortuitas habían revelado sus deseos más profundos y genuinos. “Dime que no me vas a abandonar”, insistió él, “dímelo”. Elena bajó la cabeza y se metió en el cuarto de baño.

El día siguiente era el último, antes del viaje de vuelta. Estaba previsto que visitaran un pequeño puerto pesquero llamado Calheta y que cruzaran la isla por Paúl da Serra y que recorrieran el norte de la isla, con paradas en la antigua capital, Sao Vicente, y otros pueblos de interés turístico. Elena, sin embargo, dijo que no se encontraba bien y que prefería quedarse a descansar en el hotel. Carlos no insistió. Le dedicó un vago gesto de despedida y salió de la habitación.

Permaneció acostada hasta más tarde de las diez. Bajó a la cafetería cuando ya había concluido el horario de desayunos, pero no le importó. Salió del hotel en busca de una terraza donde tomar un café y se descubrió recorriendo las mismas calles, los mismos jardines y parques que dos días antes, pero ahora a solas, sin su marido. Podía pues entregarse libremente a sus fantasías y evocaciones, y con una sonrisa en los labios recordó la noche en que Frank y ella se conocieron, en el hotel en que se celebraba la fiesta de clausura del Salón de Anticuarios. Frank era uno de los músicos de la orquesta, y Elena no pudo apartar la vista de él desde que coincidieron en las puertas giratorias de la entrada. Lo demás fue sencillo, una copa juntos, el mismo taxi, el intercambio de números de teléfono, y mientras se despedían ella tuvo la rara certeza de que ya no podría renunciar a él. De que pensaría en Frank a la mañana siguiente, y seguiría pensando en él a la otra y a la otra. Sí, lo suyo por Frank había sido auténtica pasión, un sentimiento que no recordaba desde hacía muchos años y para el que creía haber quedado inhabilitada con el paso del tiempo. ¿Volvería a experimentar lo mismo si ahora se reencontraran? La figura de su marido había desaparecido hasta de su imaginación. Elena se veía a sí misma como una mujer separada, libre, y de golpe se preguntó qué pasos habría de dar para localizar a Frank. ¿Mantendría contacto con aquel amigo suyo, el dueño del bar en el que solían citarse? Y aquellos músicos con los que habían estado en alguna ocasión, ¿tendrían alguna idea de su paradero? Se imaginaba otra vez entre los fuertes brazos de Frank, y en su interior volvía a percibir la misma zozobra placentera que la había atenazado la noche de su primer encuentro íntimo.

Comió en el restaurante del hotel y después del postre aceptó probar la copita de puncha que el camarero le ofreció. Las primeras noticias llegaron algo más tarde: uno de los turistas del grupo se había despeñado por uno de los barrancos del interior de la isla. Aún no se sabía si era hombre o mujer ni si estaba muerto o sólo herido, pero ella recordó las palabras de su marido (“Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría”.) y empezó a temer que se tratara de él, de Carlos. El gerente del hotel hizo varias llamadas telefónicas, y poco a poco los temores de Elena se fueron confirmando. Sí, era un hombre. Y, sí, parecía ser que había muerto. “¡Carlos!”, exclamó, llevándose las manos a la cara.

El gerente intentó tranquilizarla y le dijo que tal vez hubiera un error y que, en todo caso, la identidad del accidentado seguía siendo un misterio. Elena negó con la cabeza y dijo: “Es mi marido. Estoy segura”. Ignoraba cómo podían ser los montes y paisajes de esa parte de Madeira y, sin embargo, la imagen de Carlos alejándose del autobús y de los otros turistas y arrojándose a un precipicio como quien salta a una piscina se le representaba con la nitidez de una película que en ese momento estuviera proyectándose ante sus ojos. “Será mejor que suba a su habitación. La mantendré informada”, dijo el gerente con expresión afligida, pero ella prefirió no moverse de allí, de aquel despacho al que la policía se había comprometido a llamar en cuanto dispusiera de nuevas noticias. “Agua, necesito beber agua”, pidió poco después.

El hombre la dejó un momento a solas y Elena prorrumpió en un llanto desesperado, incontenible. ¡Con lo que se habían querido, y ahora él estaba muerto! Recordó su sonrisa amplia y su mirada serena. Recordó también la voz temblorosa y casi infantil con la que, quince años atrás, cuando ella era todavía una jovencita y él ya un hombre hecho y derecho, le había declarado su amor. Los recuerdos se agolpaban, y eran siempre recuerdos de sus años de dicha y plenitud, de la época en la que ninguno de los dos podía concebir la vida sin el otro. El brevísimo noviazgo, el viaje a Egipto, el arreglo de la casa que ambos habían considerado definitiva, los veranos en aquel hotelito mallorquín que disponía de una playa casi privada… Muerto Carlos, era como si todos aquellos recuerdos en los que él aparecía dejaran de ser recuerdos para convertirse en pura invención, como si ese tiempo feliz nunca hubiera llegado a existir. ¿Y Frank? No había vuelto a pensar en él desde las primeras noticias sobre lo ocurrido y, cuando lo hizo, ya nada era lo mismo. Ahora el intruso en sus sentimientos, el visitante inoportuno, era él, su ex amante. Qué injusta había sido al comparar a su marido con la intangible figura de Frank, un ser que pertenecía más al orden del deseo que al de la realidad, criatura más idealizada que ideal, sin otro tamaño que el de sus propias fantasías, y por eso mismo rival poco menos que imbatible para Carlos. ¡Ay, qué culpable se sentía por haberse dejado arrullar por tan tramposas ensoñaciones! “¿Quiere otro vaso de agua?”, le preguntaba de vez en cuando el gerente, respetuoso siempre de su dolor de viuda.

Luego alguien anunció que el autobús acababa de llegar, y Elena se encontró de golpe en el vestíbulo, viendo entrar turistas de ojos llorosos y expresión descompuesta. Una de las señoras del teleférico se echó en sus brazos y ahogó un sollozo. “Ha sido horrible”, repetía, “horrible”. Por encima del hombro de aquella mujer vio aparecer la figura de Carlos. Llevaba una gorra con el dibujo de un pez espada, y la nariz, como siempre que le daba el sol, se le había empezado a pelar. Se saludaron con un beso en la mejilla y Carlos dijo: “Con lo simpático que era ese hombre… No paraba de hacer planes para el karaoke de esta noche”. Elena asintió muy despacio y, mientras lo hacía, notó cómo un rencor antiguo renacía en su interior, renovado, intacto.

Ignacio Martínez de Pisón (foto)

 

‘Una casa para siempre’ de Enrique Vila-Matas

vila_matasDe mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en la casa de Barcelona, dos días después de que yo naciera.

El crimen fue todo un misterio que creí dar por resuelto el día en que cumplí veinte años, y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos, estaba aproximándose al momento en que enmudecería radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba importante que yo supiera.

-Incluso las palabras nos abandonan -recuerdo que dijo-, y con eso está dicho todo, pero antes debes saber que tu madre murió porque yo así lo dispuse.

Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados los primeros instantes de perplejidad, comencé a dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que el mundo se hundía a mis pies y que atrás quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las escenas de alegría y plenitud que me había hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.

Pero aquel día de aniversario, en Port de la Selva, se fugó de esa herencia todo instinto de ternura y tan sólo conocí el pavor, el terror infinito de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el sorprendente relato de un crimen cuyo origen más remoto, dijo él, debía situarse en los primeros días de abril de 1945, un año antes de que yo naciera, cuando sintiéndose él todavía joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió una carta a una joven ampurdanesa que había conocido casualmente en Figueras y que le había parecido que reunía todas las condiciones para hacerle feliz, pues no sólo era pobre y huérfana, lo que a él le facilitaba las cosas, ya que podía protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica, sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía el labio inferior más sensual del universo y, sobre todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir, que poseía un gran sentido de la subordinación al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores infiernos conyugales, valoraba muy especialmente.

Había que tener en cuenta que su primera esposa, por ejemplo, le había mutilado, en un insólito ataque de furia, una oreja. Mi padre había sido tan desdichado en sus anteriores matrimonios que a nadie debe sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer, quisiera que ésta fuera dulce y servil.

Mi madre reunía esas condiciones, y él sabía que una simple carta, cuidadosamente redactada, podría parla. Y así fue. La carta era tan apasionada y estaba tan hábilmente escrita que mi madre no tardó en sentarse en Barcelona. En el centro de un laberinto de callejuelas del Barrio Gótico llamó a la puerta del, y ennegrecido palacio de mi padre, quien al parecer no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un maletín azul que dejó caer sobre la alfombra al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana, preguntaba si podía pasar.

-Que aquel día llovía en Barcelona -me dijo padre desde su lecho de muerte-, es algo que nunca pude olvidar, porque cuando la vi cruzar el umbral me pareció que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí dominado por el impulso erótico más intenso de mi vida.

Ese impulso parecía no tener ya límites cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar la tirana, una danza medieval española en desuso. Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre, ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó encantada y hasta la extenuación, acabando rendida en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier duda, le ordenó cariñosamente que se casara cuanto antes con él.

Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado por esa suprema cursilería que acompaña a ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que, tal como había imaginado, acostarse con ella era como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio inferior y sus cantos, eran frágiles como los de un pájaro.

-Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia barcelonesa, te engendramos -me dijo de repente mi padre con los ojos muy desorbitados.

Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo, precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué a dárselo, pero al amenazar con no proseguir su relato, por pura precaución ante el posible cumplimiento de la amenaza, fui casi corriendo a la cocina y, procurando que tía Consuelo no lo viera, llené de vodka dos vasos. Hoy sé que todas mis precauciones eran absurdas porque en aquellos momentos tía Consuelo sólo vivía para alimentar su intriga ante un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera; sólo vivía para ese cuadro, y muy probablemente esa obsesión le distraía de otra: la constante angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto a él, en aquellos momentos sólo vivía para alimentar la ilusión de su relato.

Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar que el viaje de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió la primera anomalía en la conducta de su dulce y servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba confundiendo esas dos ciudades con París y Londres, pero preferí no interrumpirle cuando oí que me decía que la anomalía de mi madre no era exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar manía. A ella le gustaba coleccionar panes.

En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las panaderías se convirtió en un extraño deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles, pues no estaban destinados a ser devorados sino más bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba la colección de mi madre. Muy pronto, él protestó y preguntó con notable crispación a qué obedecía aquella rara adoración al pan.

-Algo tiene que comer la tropa -respondió escuetamente mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente a un loco.

-Pero Diana, ¿qué clase de broma es ésta? -balbuceó desconcertado mi padre.

-Me parece que eres tú quien está bromeando con esas preguntas tan absurdas -contestó ella con cierto aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora mirada de los miopes.

Siete días, según mi padre, estuvieron en Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era hora avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndose a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquéllas iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.

Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando, entre copas de champán rosado y a la luz de la luna, en la terraza de la habitación del hotel. Pero horas después mi padre despertó en mitad de la noche cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre era sonámbula y estaba bailando frenéticas tiranas sobre el sofá. Trató de no perder la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos motivos de alarma se añadieron a los anteriores. De repente mi madre, hablando dormida, se giró hacia él y le dijo algo que, a todas luces, sonó como una tajante e implacable orden:

-A formar.

Mi padre aún no había salido de su asombro cuando oyó:

-Media vuelta. Rompan filas.

No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar que su mujer, en sueños, le engañaba con un regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar que en el transcurso de las últimas horas ella había bailado tiranas y se había comportado como un general perturbado al que sólo parecía interesarle dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ése no era un gran consuelo, pues si bien en las noches cairotas que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo, lo cierto es que fueron en aumento y, de forma cada vez más enérgica, las órdenes.

-Y el toque de Diana -me dijo mi padre- comenzó a convertirse en un auténtico calvario, pues cada día, minutos antes de despertarse, los resoplidos que seguían a los ronquidos de tu madre parecían imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.

¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy consciente de lo que estaba narrando y, además, resultaba impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte, mantenía íntegro su habitual sentido del humor. ¿Inventaba? Tal vez y, por ello, probé a mirarle con ojos incrédulos, pero no pareció nada afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.

Contó que cuando ella despertaba volvía a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando, cerca de una panadería o simplemente paseando por la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos pasos de tirana frente a los soldados.

Más de una vez mi padre se sintió tentado de encarar directamente el problema hablando con ella y diciéndole por ejemplo:

-Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres sonámbula y, además de bailar tiranas sobre los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo de instrucción militar.

No le dijo nada porque temió que si hablaba con ella de todo eso tal vez fuera perjudicial y lo único que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo oculto de su carácter: ciertas dotes de mando. Pero, un día, paseando en camello junto a las pirámides, mi padre cometió el error de sugerirle el argumento de un relato breve que había proyectado escribir:

-Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido, me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las historias felices, no tendría demasiado interés de no ser porque ella, todas las noches, se transforma, en sueños, en un militar.

Aún no había acabado la frase cuando mi madre pidió que la bajaran del camello y, tras lanzarle una mirada de desafío, le ordenó que llevara la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó aterrado porque comprendió que, a partir de aquel momento, no sólo estaba condenado a cargar con la pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría orden tras orden.

En el viaje de regreso a Barcelona mi madre mandaba ya con tal autoridad que él acabó confundiéndola con un general de la Legión Extranjera, y lo más curioso fue que ella pareció, desde el primer momento, identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó como ausente y dijo que se sentía perdida en un universo adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros para templar el pastís y el ajenjo y narguilés para el kif, escudriñando el horizonte del desierto desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.

Y a su llegada a Barcelona, ya instalados en el viejo palacio del Barrio Gótico, los amigos que fueron a visitarles se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como un hombre, con el cigarrillo humeante y pendiente de la comisura de los labios, y verle a él con las facciones embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada, medio ciego por el sol del desierto y convertido en un viejo legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.

-Tu madre era un general -concluyó mi padre-, y no tuve más remedio que ganar la batalla contratando a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre confié en que, el día en que te confesara el crimen, tú sabrías comprenderme.

Lo único que yo, a esas alturas del relato, comprendía perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable en quien está al borde de la muerte, estaba inventando sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni la proximidad de la muerte le retraía de su gusto por inventar historias. Y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente:

-Sin duda me confunde usted con otro. Yo no soy su hijo. Y en cuanto a tía Consuelo no es más que un personaje inventado por mí.

Me miró con cierta desazón hasta que por fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.

Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

Enrique Vila-Matas (foto)

 

‘Carta a un joven escritor’ de Arturo Pérez-Reverte

arturo-perez-revertePues sí, joven colega. Chico o chica. Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas.

Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. No te doy nombres, pero basta con que mires alrededor, tanta joven promesa de hace unos años convertida en triste presente. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso. No fue el mío, desde luego, ni es el de casi nadie.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace y no te encuentra trabajando. Y recuerda un principio básico: un buen escritor, si tiene talento, tenga éxito o no lo tenga, es aquél que se muestra a sí mismo en su obra. Un mal escritor es el que muestra a todos aquellos escritores que le gustaría ser, y no puede.

Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas. Leer te mantiene afiladas las herramientas, lúcida la mirada, fértil la mente. Y a tu edad es más que una necesidad básica; es un requisito. Durante toda su vida, hasta el final, un escritor necesita a sus maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas, por supuesto, tiene excusa para ignorar.

Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa-  y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 500 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio.

Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.

La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía.

Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.

Y sobre todo, recuerda cuál es la clave maestra de todo: un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Lo demás son cuentos chinos. Si no tienes nada que contar o si no sabes cómo hacerlo, dedícate a otra cosa. Te ahorrarás perder el tiempo y hacérnoslo perder a los lectores. Al fin y al cabo, escribir no es obligatorio. Nadie te fuerza a ello.

Suerte, amigo mío. Tanta como merezcas. Y te mando un abrazo.

Arturo Pérez-Reverte (foto)