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‘El boxeador polaco’ de Eduardo Halfon

Eduardo-Halfon69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.

No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso –con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba– escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.

Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.

Verdes y misteriosos hasta hace poco.

A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.

Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.

Fue en Auschwitz.

Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.

Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.

Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.

Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito.

Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me lo habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fuerza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze.

Estaba él como alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta.

Estuve en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre del treinta y nueve.

Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó.

En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes, tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüenza de la raza.

Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de Łódź y de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen.

Amainó un poco la lluvia y de las entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada.

Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Trescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos. Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: Yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo. Bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda.

Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda, y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa.

¿Por qué usted, Oitze?, le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado?

Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya.

Como si se pudiese decir lo indecible.

Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. Yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix, con una varilla de madera o tal vez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me decía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Y un día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado de limpiar mi bloque. Así nomás.

Se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza.

No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un par de veces, lo escupió hacia un lado y, como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas.

Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano, se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Nivea y le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto.

Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas.

Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas y, adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante.

Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro.

Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo.

Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza del lagerleiter o tal vez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó, y yo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Sólo la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. Pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz.

En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky.

Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casi no había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. Y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish.

Encendí mi cigarro.

Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama, sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando, me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita), para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que, a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz.

Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky.

Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira a rezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto. Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.

Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Tal vez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío de Łódź. Los dos éramos judíos de Łódź, pero yo de la calle Zeromskiego, cerca del mercado Zelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeador de Łódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes lo mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado.

Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas, Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio?

Mi abuelo se rió aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que él llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía él, lo habían traicionado.

Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció.

Una vez más, me quedé viendo el número de mi abuelo, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme el rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.

Eduardo Halfon (foto)

 

‘Matar una cucaracha’ de Claudia Amengual

Claudia AmegualYo decidí no matarla. Sé que fue un acto consciente como buscar un poema en un libro cualquiera o elegir las mejores manzanas en la feria. Me detuve a pensar unos segundos y decidí que no. Y hasta creo que sentí un leve orgullo al vencer el reflejo natural de aplastarla. Un tipo racional, un tipo con dominio de sus reacciones, mi cerebro domesticando los instintos. Todo eso pasó por mi mente con la velocidad necesaria para que el orgullo naciera inesperado y me hiciera sentir mejor persona. “Mañana es lunes” pensé y ni siquiera la perspectiva de volver a mi oficina parda, sin ventanas ni sombras; ni siquiera el presente asfixiante de la tarde de domingo, nada pudo con aquella sensación fresca de sentirme un hombre capaz de tomar decisiones.

Estaba picando las cebollas cuando la vi deslizarse desde la puerta del baño y entrar a la cocina pegadita a la pared, donde ella sabía que era más difícil plantarle encima el zapato. Lo sabía porque las cucarachas tienen una memoria que les viene desde la eternidad; por eso resisten tanto, porque aprenden de las otras y saben que no hay que exponerse en lugares demasiado abiertos donde un pisotón es el fin. Y se quedó quietita mientras yo machacaba las cebollas hasta deshacerlas en una pasta blancuzca, bastante asquerosa. La hubiera matado, pero tenía los ojos cargados de lágrimas y un ardor que no me dejaba ver más allá de la tabla de picar. Y fue ese tiempo mínimo, mientras el llanto sin tristeza me lavaba los jugos de la cebolla, fue ese tiempo que me permitió pensar si tenía sentido matarla.

Era mi primera vez y estrenaba sensaciones cruzadas de piedad y de omnipotencia. La cucaracha se quedó esperando y yo puse la cebolla en una sartén. Prendí el extractor de aire, pero lo apagué. El ruido se interponía en esa curiosa paz que había alcanzado. A nadie iba a molestarle el olor a cebollas y yo podía estar a gusto con el crepitar del aceite hirviendo y mi nueva condición de buena persona. Me puse a pelar las papas con un ojo puesto en la cucaracha que apenas movía las antenas y esperaba. “Si se mueve… si se mueve”, pensaba, “si viene hacia mí, la mato”. Pero no se movía, seguía junto a la pared, muy cerca de la puerta y yo pelaba las papas con un arte que aprendí Allá y que da envidia porque la cáscara sale finita, como un papel transparente.

Si habré aplastado cucarachas en estos cincuenta y tres años. Y siempre para sofocar el grito de alguna mujer. Primero era mi madre, después Gloria, después mis dos hijas. Solo la nieta no grita. Le gustan las cucarachas y a veces juega con ellas. Se las mete en la boca, como si fueran dátiles y todos corren desesperados y la obligan a escupir, pero yo creo que una cucaracha es menos peligrosa que un dátil, porque las cucarachas no tienen carozo. Los dátiles, sí. Mi nieta come cucarachas. Mi nieta… Si casi no me dejan verla. Gloria me la trae a veces, a escondidas. Me la trae para que nos vayamos conociendo. Debe de andar por el año, un poco menos quizá, ya perdí la cuenta. Aquí se pierden todas las cuentas y todos los partidos, todo se pierde aquí adentro. Mi casa ya no es mi casa, es una cocina en la que preparo una tortilla. Y una cucaracha que me mira. Me mira y espera.
Corto las papas en dados perfectamente iguales y se van a freír al aceite con las cebollas. Bajo la intensidad de la llama. Siempre es mejor cocinar a fuego lento. La cucaracha se ha movido unos centímetros, pero su mirada sigue clavada en mí. Empiezo a inquietarme. Junto las cáscaras y tiro todo a la basura. Guardo un trozo de pan en la alacena. Apenas me descuide, va a trepar a la mesada para andar entre la comida. Pienso si no será mejor matarla de una buena vez. Si cayera en la tortilla y alguien la encontrara, no me dejarían cocinar nunca más. Como tampoco me dejan estar con mi nieta. Todo porque come cucarachas y ellos creen que yo se las doy, pero no es cierto, ella las busca y se las lleva a la boca. Yo nada más la miro. Y ella me mira.

La cucaracha se mueve hacia mí. Me pongo en guardia. Se detiene y yo pienso que está presionándome demasiado, que pone a prueba mis nervios. No voy a descontrolarme esta vez. Mañana es lunes y vuelvo a la oficina, y hoy es domingo de tarde, la peor hora de cualquier vida, hoy es domingo y todos duermen la siesta. Y yo aquí, batiendo cinco huevos hasta que logro una espuma amarillenta y la largo encima de lo otro, revuelvo un poco, bajo todavía más el fuego. Me quedo un rato mirando cómo va coagulándose el líquido alrededor de las papas y las cebollas.

¡Olvidé la sal! ¡La sal! Todos van a darse cuenta en la cena. Olvidé la sal y ahora ya es tarde para agregarla. Y volverán a decirme que no sirvo para nada, que ni una mísera tortilla soy capaz de hacer. Volverán, como todos los días, como cada día desde hace un tiempo, me dirán que soy un inútil, y alguien sugerirá que debo volver Allá, que nunca debieron traerme. Y Gloria dirá que aquí estoy mejor, que cualquiera olvida un puñado de sal, que no es para tanto. Pero los demás insistirán hasta que Gloria se tape los oídos como la última vez y grite que la dejen en paz, que ella me cuida, que mi lugar es junto a ella. Y yo trataré de abrazarla, pero mis manos estarán duras, paralizadas por el miedo y me quedaré quieto mirando mientras los otros gritan, mis hijas, mis yernos, y Gloria llora y dice que la dejen en paz, que nos dejen en paz, que se vayan a vivir a otro lado, que ella me cuida. Y yo quiero decirle que no se preocupe porque yo cuido de ella.

Pero no puedo, estoy muerto de miedo parado junto a la pared con los músculos inertes. Sé que es ahora cuando debo dar vuelta la tortilla. Sé que un minuto más y empezará a quemarse y se pegará al fondo y se habrá estropeado la cena. Y dirán que no es solo la sal, que tampoco sirvo para dar vuelta una maldita tortilla, que para nada sirvo, que tendría que volver Allá. Pero yo no quiero. Yo quiero que sea domingo y que mañana sea lunes y yo vuelva a mi oficina parda sin ventanas ni sombras, la misma oficina de los últimos treinta años. Y que Gloria cebe mate para los dos y comamos galletas con queso. Que busquemos un tango en la radio y yo la invite a bailar, la tome por la cintura y ella se deje llevar. Que se ponga colorada si las nenas entran y yo le diga que no importa, que ya están grandecitas, que entienden, que pronto buscarán novio y se irán a otra parte. Y Gloria, apretada contra mi pecho, me dirá cuánto me quiere y cerrará los ojos mientras bailamos.

La cucaracha siente mi miedo y avanza. Sabe que estoy paralizado y viene hacia mí. Parece levantar una pata y señalarme. Me ha visto. Ahora estoy seguro. Me ha visto y avanza. El olor a quemado es leve pero yo sé que es cuestión de segundos para que todo se eche a perder. Y todos me dirán inútil, se agarrarán la cabeza, me gritarán, le gritarán a la pobre Gloria. “¡Déjenla tranquila!” les digo, pero nadie me escucha. Solo me permiten este espacio blanco de la cocina. Y hoy ni siquiera eso. Quemé la comida. Tienen razón, no sirvo.

Todo por esa cucaracha, esa maldita cucaracha, asquerosa cucaracha que me mira. Me mira y se acerca y juraría que algo dice, pero no, no estoy loco. Viene hacia mí; tendría que haberla matado apenas la vi asomar sus antenas repugnantes. Viene hacia mí, me huele y, ahora sí, ahora sí, estoy seguro, algo dice, son sonidos, algo dice… y avanza. La tortilla ya es un franco despojo de papas carbonizadas y el humo empieza a ganar mi aire. Y ellos no tardarán en venir y me dirán que soy el mismo inútil de siempre. Que no soy capaz de hacer una tortilla. Ni de matar una cucaracha. Levanto mi pie y lo dejo caer con violencia. Le aplasto la cabeza contra el piso frío de la cocina. Grita. Chilla y se retuerce y yo vuelvo a descargar mi pie con furia. Una y otra vez. Agita las antenas, las patas, las inmundas patas, chilla demasiado. Muevo mi pie sobre su cabeza hasta que veo un líquido viscoso que me ensucia las suelas. El humo es negro y huele muy mal. Pronto vendrán todos, pero ya no me dirán que no puedo matar una cucaracha. Pronto vendrán todos al oír los gritos desesperados de esta cucaracha maldita que me ha hecho quemar la comida. Pronto vendrán todos a insultarme, a decirme que estoy loco, que nunca debí salir de Allá. Y verán a la cucaracha que se resiste a morir, que ahora es una masa viscosa de pelos y sangre, una mancha desfigurada sobre el suelo de la cocina, unas patas agitándose apenas, unas manitos, ¡Dios mío!, unas manitos…

Claudia Amengual (foto)

El cuento y el oficio de escribir

untitledHay una enormidad de conceptos sobre el oficio de escribir. Van los siguientes de escritores que han sabido destacarse en el exigente género del cuento. Son archiconocidas las palabras de Julio Cortázar del cuento como un round que se gana por nocaut, mientras la novela por puntos. También graficó el cuento como una esfera, y anotó que “el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica”.

Juan Rulfo, ese genio mexicano de ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’, en sus muy escasas declaraciones dijo del oficio de escritor: “Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. (…) Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta”.

No hay necesidad de introducir al enorme Jorge Luis Borges. Baste reproducir su percepción del oficio: “Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. (…) Es necesario que el escritor que escribe una fábula ‘por fantástica que sea’ crea, por el momento, en la realidad de la fábula”.

Por último, el premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez, tiene sobre el oficio de escribir una bien clara concepción: “Si uno quiere ser escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ese sabía lo que decía. Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes”.

John Steinbeck sobre la escritura

john-steinbeckLa siguiente carta de ese enorme escritor que es John Steibenck, a quien fuera su profesora de ‘escritura creativa’ en la Universidad de Stanford, Edith Mirrielees. Hace referencia a los asuntos que debe enfrentar un escritor para lograr su obra.

“8 de marzo de 1962 / Querida Edith Mirrielees: Estoy encantado de que tu obra Story Writing se publique en rústica. Alcanzará a una audiencia mayor, y eso es bueno. Puede que no enseñe al lector a escribir una buena historia, pero sin duda le ayudará a reconocer una cuando la lea.

Aunque debe hacer mil años desde que me sentaba en su clase en Stanford, recuerdo la experiencia muy claramente. Tenía un brillo en los ojos y una mente frondosa y estaba preparado para absorber de usted la fórmula secreta para escribir buenas historias cortas, grandes historias cortas, incluso.

Usted mató esa ilusión muy rápidamente. La única manera de escribir una buena historia corta, dijo, es escribir una buena historia corta. Sólo después de que haya sido escrita puede ser diseccionada para ver cómo fue hecha. Es un género de lo más difícil, nos dijo, y la prueba reside en qué pocas grandes historias cortas hay en el mundo.

La regla básica que nos dio fue simple y descorazonadora. Una historia, para ser efectiva, debe transmitir algo de escritor a lector, y el poder de esa ofrenda es la medida de su excelencia. Aparte de eso, dijo, no hay reglas. Una historia puede ser sobre cualquier cosa y puede utilizar cualquier medio y técnica mientras sea efectiva.

Como subtítulo a esta regla mantenía que era necesario para el escritor saber lo que quería decir, en definitiva, saber de qué estaba hablando. Como ejercicio nos hacía reducir la esencia de la historia a una frase, sólo entonces nos permitía agrandarla a tres o seis o diez mil palabras.

Así que ahí estaba la fórmula mágica, el ingrediente secreto. Con nada más que eso nos enviaba por el sendero, desolado y solitario, del escritor. Y debimos presentarle algunas historias abismalmente malas. Si yo había esperado entonces ser descubierto en toda mi excelencia, las notas que puso a mis esfuerzos me desilusionaron rápidamente. Y si me sentí injustamente criticado, los juicios de los editores durante muchos años estuvieron de su parte, no de la mía.

Me parecía injusto. Podía leer una buena historia y podía incluso saber cómo se había hecho, gracias a sus enseñanzas. ¿Por qué entonces no podía hacerlo por mí mismo? Bueno, no podía, y quizá es porque no hay dos historias que se parezcan. A lo largo de los años he escrito muchas buenas historias y todavía no sé cómo hacerlo excepto escribiendo una y probando suerte.

Si hay una magia en escribir historias, y estoy convencido de que la hay, nadie ha sido capaz de reducirla a una receta que se pueda pasar de una persona a otra. La fórmula parece residir solamente en la urgencia dolorosa del escritor por transmitir algo importante al lector. Si el escritor tiene esa urgencia, puede que algunas veces, pero de ninguna manera todas, encuentre la manera de hacerlo.

No es muy difícil juzgar una historia después de que haya sido escrita, pero tras tantos años, comenzar una historia todavía me produce un miedo mortal. Iré aún más lejos y diré que si un escritor no está asustado, entonces es felizmente ignorante de la majestuosidad, tentadora y remota, del medio.

Me pregunto si recuerda el último consejo que me dio. Fue durante la exuberancia de los ricos y frenéticos veinte y yo salía al mundo a intentar ser un escritor.

Me dijo: “Va a llevarte mucho tiempo y no tienes dinero. Quizá sería mejor si pudieras ir a Europa”.

“¿Por qué?” Pregunté.

“Porque en Europa la pobreza es una desgracia, pero en América es una vergüenza. Me pregunto si podrás soportar o no la vergüenza de ser pobre”.

No fue mucho después que llegó la depresión. Entonces todo el mundo fue pobre y eso ya no fue más una vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarlo o no. Pero sí tenía razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho, muchísimo tiempo. Y todavía estoy en ello y nunca se ha vuelto más fácil. Usted me dijo que no lo haría.

John Steinbeck” (foto)

 

‘La oveja negra’ de Ítalo Calvino

italo-calvinoÉrase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.

Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.

Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.

Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.

Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.

Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.

En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robar a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hundiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía, de modo que se volvían pobres.

Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.

Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.

De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo ladrones.

Honrado sólo había aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

Ítalo Calvino (foto)

‘Por las azoteas’ de Julio Ramón Ribeyro

julio-ramon-ribeyroA los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.

En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.

A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logré pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.

Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.

Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.

En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.

Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.

-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.

Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.

-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa… ¡Este calor!

-¿Quién eres tú? -le pregunté.

-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.

-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.

-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.

-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.

-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.

Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.

-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.

-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: “Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz”.

Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.

-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: “Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’”.

Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.

-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?

-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.

Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.

Al día siguiente regresé.

-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.

En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.

-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.

-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.

-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.

-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.

-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.

-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.

El hombre quedo mirándome sin entenderme.

-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.

Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.

-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.

A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.

A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:

-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.

O decía:

-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.

Otro día me dijo:

-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.

A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.

Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.

-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!

Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.

-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?

Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.

Cuando me retiraba, el hombre me dijo:

-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.

El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.

-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.

Al día siguiente me entregó un libro:

-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo…, de este largo verano.

Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado “el hombre de la perezosa”. Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.

-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.

Esa noche mi papá me dijo:

-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.

Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.

Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.

Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.

Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.

Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.

Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

Julio Ramón Ribeyro (foto)

A Hemingway también le costaba escribir

Ernest-HemingwayDe los muchos ‘decálogos’, este es el de Ernest Hemingway (foto). Son consejos desde su vivencia como escritor. Es posible que altere el orden en que los escribió, si los escribió, o en que los dijo o dictó. Para quienes están interesados en las costuras de la literatura es una lectura necesaria.

1) Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés (español) vigoroso. Sé positivo, no negativo.

2) Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.

3) Seriedad absoluta en lo que se escribe, es una de las dos necesidades categóricas. La otra, por desgracia, es el talento.

4) Por el amor de cristo, escribe y no te preocupes por lo que los muchachos dirán, ni de si será una pieza magistral o qué.

5) Cuando un escritor escribe una novela, debería crear a gente viva; personas, no personajes.

6) A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.

7) Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

8) Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.

9) Las personas de una novela, no los personajes construidos con habilidad, deben ser proyectadas desde la experiencia asimilada del escritor, desde su conocimiento, desde su cabeza, desde su corazón y desde todo lo suyo.

10) Quería escribir como Cezanne pintaba. Cezanne empezaba con todos los trucos. Después destruía todo y empezaba de verdad.

11) Evita lo monumental. Rehúye lo épico. El individuo que puede pintar cuadros enormes muy buenos, puede pintar cuadros pequeños muy buenos.

12) Mi tentación siempre es escribir demasiado. Lo mantengo bajo control para no tener que cortar paja y reescribir. Los individuos que piensan que son genios porque nunca han aprendido a decir no a una máquina de escribir, son un fenómeno común.

13) El don más esencial para un buen escritor es un detector de mierda interno, a prueba de choques. Es el radar del escritor y todos los grandes lo han tenido.

14) Un escritor de nuestro tiempo tiene que escribir lo que no ha sido escrito antes o superar a los escritores muertos en lo que hicieron. La única manera en que puede decir cómo va, es compitiendo con los hombres muertos… Pero la lectura de todos los buenos escritores podría desanimarlo. Entonces debe ser desanimado.