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‘La tarea’ de Alejandra Jaramillo

alejandra jaramilloFrancia camina de un lado a otro de la ventana, siempre asomándose, mirando hacia afuera. Le queda una noche más en Santa Marta y aun no logra cumplir con la tarea que le puso el Mamo para curarse. Se asoma. Lo ve. El indigente está sentado al otro lado de la calle, en el solar de una casa abandonada. La casa, ya ha tenido tiempo de observarla, tiene todas las ventanas y las puertas tapiadas con maderas y latas. Afuera cartones y una hoguera que prenden y apagan en las noches. Hoy no están los otros dos compañeros de cambuche. Ha escogido a este por ser el más bajito, el más repugnante. Va a la cocina del apartamento, un espacio pequeño que le ha servido de guarida por una semana. En esos días ha hecho todos los baños, la dieta y las meditaciones que le mandó el Mamo. Aunque se lo prohibieron, pone a preparar un café. Hoy lo necesita.

Aunque Francia está convencida de que no está enferma, se siente tan cansada de los efectos de su sexualidad, de los giros que ha venido teniendo en los últimos años. Por eso ha decido hacer todo el tratamiento que el Mamo le propuso para curarse de su hipersexualidad. Baños de mandrágora, malva y perejil, cambiar la dieta, no usar estimulantes de ningún tipo, ni café ni alcohol, ni bebidas negras. Hacer mentalizaciones, varias horas diarias mirando una vela. Los días en que estuvo en el resguardo, el Mamo la encerró en una maloka. Francia se sentía absurda, encerrada en ese espacio, durmiendo en la tierra pelada con unas cobijas y nada más. Pero el esfuerzo valía la pena, pensaba en esos días, quería acabar con su sufrimiento. Varias veces vinieron mujeres a limpiarle el cuerpo, a hacerle cantos. El Mamo entraba una vez por día y la bañaba en humo de tabaco. Además le dejó ambile, para que cada vez que se sintiera muy necesitada comiera un poco y se sentara a hacer la meditación frente a la vela ˗vela blanca siempre, para que no mueva nada˗, repetía el Mamo. Por una rendija de la maloka Francia alcanzaba a ver pasar a los jóvenes indígenas, sus cuerpos de piel oscura, esa firmeza. No le parecían bellos pero si atractivos. Una sola vez intentó escapar de la Maloka, pero cuando asomó la cabeza un indígena le preguntó, con un acento casi inentendible, qué necesitaba. Ahí entendió que el Mamo le tenía guardia permanente y que no tenía como salir de allí. Una de las veces que el Mamo la visitó le dijo que debía llegar hasta lo más hondo de su vergüenza, llevar su sexualidad al lugar más oscuro posible.

Francia le había contado al Mamo toda su historia, toda su vida. Detalle por detalle de una vida vivida para el sexo. Todas las decepciones, y las tristezas. Todo ese caudal de recuerdos que ella nunca podrá unir con su sexualidad como si realmente tuviera una enfermedad.

Se sirve el café y regresa a la ventana. El calor de la mañana aumenta. Francia no puede salir del apartamento hasta no terminar su tarea. Ha decidido que su vergüenza llegará al máximo si se acuesta con un indigente. Se imagina bañándose en el mar. Le gustó la Bahía, que queda a pocas cuadras del apartamento este que le ayudó a conseguir una compañera de trabajo. Recuerda la mañana en que una señora se acercó a entregarle un volante. “Estética vaginal láser”. Ya para qué, pensó en ese momento, para qué reconstruir lo que no debe ser usado. Mañana debe regresar a Bogotá y allá nunca haría algo semejante. Se imagina en su apartamento en Bogotá, un indigente entrando y luego montándole guardia todos los días hasta enloquecerla. Alcanza a imaginar, en ese tumulto de ideas que es su mente, que se enamoraría del indigente, y lo necesitaría. Cómo haría con los porteros, cómo con sus hijas. Ahí sí que todos la verían como una loca.

En la calle el sol hace brillar todas las cosas. Le parece que el sol cerca del mar es tan fuerte que las casas, los techos, las personas, los carros se inundan de luz y terminan irradiando todo como estrellas. Le tiemblan las piernas. Francia se pregunta desde cuándo le da miedo abordar a un desconocido. Ella que es experta en eso, ella que sabe que con pocas palabras ha logrado llevarse a la cama muchos hombres en su vida. Suda. Es el calor, piensa. Abre la ventana. Tiene miedo de que el hombre la mire. Deja por fin que la brisa la refresque. ¿Un grito? ¿Un silbido? O ¿simplemente lo llama con la mano? ¿Cómo hacer? Cierra la ventana, mejor aguantar calor que sentir que está unida al mismo aire de ese hombre. Prefiere sentirse parte de un mundo diferente. De hecho el día que decidió acostarse con un indigente aún estaba en la Sierra y no recordó haber visto ninguno en Santa Marta. Cómo haría, en Bogotá no podría hacer esa tarea. Al regresar al apartamento, después del viaje a la Sierra, se dio cuenta de que Santa Marta estaba llena de personas por las calles y que ella no las había visto al llegar. Ahora quisiera eso, no ser parte del mismo aire, no compartir nada con ese hombre. Lo invitará a subir. Ya le había comprado ropa. Hacía cuatro días tenía en una silla de la sala el atuendo que le entregaría a ese hombre para que la poseyera, una vez bañado y alimentado. ¿Y si el hombre entra y no acepta bañarse, si la coge de inmediato, si la burla en medio de ese olor que Francia puede imaginar, de ese basurero andante que son esos seres humanos? Va al cuarto. Sobre la mesa de noche tiene toda su ropa tirada, una prenda sobre la otra. Se ha cambiado varias veces durante esa mañana. ¿Provocativa? ¿Recatada? ¿Disimulada? ¿Cómo debe estar para recibir a ese hombre? ¿Cómo no dar mensajes equívocos? Se cambia de ropa. Una falda blanca y una camiseta roja. No tiene nada de ropa que no sea ceñida al cuerpo. Francia es una mujer mayor, ya ha pasado los cincuenta. Su cuerpo, desde hace rato ha empezado a fallarle. La piel suelta, los senos caídos, la barriga estriada –desde que nacieron las hijas-. Pero ella sigue pensando que sólo puede seducir con esa ropa que evidencia sus tetas grandes y sus caderas prominentes, aunque se vea como una morcilla, como le dicen sus hijas. Se mira al espejo. Busca aretes rojos, se pasa un cepillo por el pelo, ahora que lo lleva corto todo se facilita, se pinta los labios con el colorete más rojo que tiene. Le da rabia ver que le suda la nariz, que unas gotitas de sudor burbujean en su cara. Las seca con la brocha del polvo para la cara. ¿Cómo serán las manos de ese hombre? ¿Qué brutalidad va a encontrar en el encuentro con el indigente? ¿Desde cuándo tanto miedo? Se pregunta una vez más. Se moja la cara con agua, se borra el colorete. Llora. Vienen a su mente las innumerables veces que se encontró con maltratadores, las innumerables veces que sintió placer con ellos. Vuelve a la habitación. Un jean y una camisa rosada. Cambia de aretes y se pone un colorete oscuro. Se recuesta en la cama, respira, quiere controlar el corazón. Se toma el café, ya frío, de un sorbo larguísimo. Minutos después se queda dormida. El cuerpo no le aguantaba más. Pasó toda la noche despierta, caminando frente a la ventana tratando de decidirse a invitar al indigente a seguir.

La despierta un griterío. Oye muchas voces y sólo alcanza a diferenciar la voz de un hombre que grita “no se vaya cabrón, no se vuele”. Se levantó y se asomó a la ventana. Tiene la respiración muy agitada. Sus miedos unidos a los gritos le causaron una agitación inconsciente que se aumentó cuando al asomarse vio en la calle una mujer tirada en el piso, una moto sobre el cuerpo de la mujer y al indigente como principal acompañante de lo que desde donde Francia estaba observando, era una muerta. Sería él quien gritó, será su voz la que Francia escuchó, se pregunta. Se decide a bajar. Debe invitarlo. El sol está empezando a caer y esta es la última oportunidad que le queda. Si ese hombre se va a caminar por la ciudad cómo va a hacer para encontrarlo. Coge las llaves del apartamento y baja. Al llegar al primer piso le alegra que en ese edificio no haya portero. Se ríe de recordar que cuando llegó ese pequeño detalle le pareció muy molesto. Odia el miedo que le producen los edificios sin portero, y que este fuera uno de esos la angustió mucho. Pero hoy le parece lo mejor. Nadie va a ser testigo de que ella sube a un pordiosero a su apartamento. Es un edificio de tan pocos apartamentos que casi nunca se encuentra a los vecinos en las escaleras. Que así sea, se dijo y salió a la calle. El hombre aún seguía ahí. En ese momento se oyó la sirena de una ambulancia. Alguien se encargaría de la joven que yacía en el piso.

Francia se casó virgen a los diez y nueve años. Creció en una familia muy conservadora. Un padre trabajador público y una madre ama de casa que dedicaba su tiempo a cuidar a las niñas. No conoció el sexo hasta que se acostó con su marido. Desde entonces la voracidad sexual de Francia fue en aumento hasta llevar a su joven esposo a la desesperación. José, su marido, empezó la relación muy enamorado de Francia, de esa muchacha casera y de buena familia. Le gustaba ese ambiente sano que se respiraba en la casa familiar de ella. Por eso esperaba de su mujer una sexualidad sosegada. Sin tachas. Pero el aumento del deseo sexual en Francia se fue revelando como un gran problema para él. No podía creer que esa misma niña tranquila y discreta que había conocido en su noviazgo, pudiera desplegar tanta vitalidad sexual y como hombre empezó a sentirse en duda. Empezó por pensar que lo había engañado y que no era virgen, luego pensó que ella lo estaba traicionando con alguien más. De cualquier manera su virilidad se veía en juego con su mujer. ˗Francia, ¿qué te pasa? ˗le decía cuando ella en la noche se acercaba a tocarle el pecho o bajaba directamente a su sexo˗ ¿no puedes descansar?

Francia por su parte tenía poca información sobre la sexualidad. En su casa de ese tema no se hablaba, más allá del comentario constante de su padre de que un hombre que no quiere casarse con una mujer sólo quiere hacerle daño. Por demás ella no había tenido ninguna curiosidad con el sexo. Sin embargo, una vez conoció el sexo con su marido se despertó en ella ese animal silencioso que la habitaba y la fue llevando a una experimentación no apta para un hombre como José.  Después de nueve meses de matrimonio José estaba agotado y desenamorado de Francia. ˗Te voy a devolver a tu casa, estás enferma Francia, esto no lo soporta nadie.

Pero preciso en ese momento Francia apareció embarazada y él sintió que esa nueva condición de su mujer les traería calma. Hasta cierto punto fue así. Francia le cogió un fastidio tremendo a José y durante esos meses no quiso tener relaciones sexuales con él. José lo interpretó como un buen desenlace de ese fervoroso inicio sexual de su mujer, le pareció que todo encajaba perfectamente y se relajó. Pero no era así, Francia estaba estudiando enfermería en esos días del primer embarazo y su estado la dotó de una extraña libertad. Durante esos meses se hizo amante de un médico, profesor de salud familiar, que no dudó un instante en aprovechar las insinuaciones de la alumna. Después de nacida la primera hija, en pocos meses Francia volvió a quedar embarazada, y este nuevo embarazo lo aderezó con un par de amantes más. Era una madre de familia que estudiaba y en esos tiempos libres encontraba las maneras de desatar la fuerza de su sexualidad, que más que arrolladora era el centro de su vida. José vivía tranquilo, por varios años no fue notorio para él lo que estaba sucediendo en la intimidad de la vida de su mujer.

Francia se sienta en el sillón de la sala. La brisa del mar entra por la ventana. El hombre está en la ducha. Le entregó la ropa y una toalla. Cuando el hombre fue a cerrar la puerta ella la empujó y él de inmediato desistió de cerrarla. Había una regla tácita en este encuentro: ella ponía las reglas. Se ha servido un poco del café frío que encontró en la olla. Siente un temblor en todo el cuerpo, como si todos sus órganos se hubiesen vuelto de gelatina. Oye el sonido del agua. Percibe cada movimiento del cuerpo de ese hombre en la ducha. Se decide. Entra en el baño. El olor de la ropa que el hombre se ha quitado la asquea. Un olor putrefacto que en pocos minutos habrá inundado todo el apartamento. Va a la cocina, recoge una bolsa negra de basura – ese detalle también lo había planeado-, regresa al baño y mete toda la ropa en la bolsa. El hombre está parado de espaldas, con la cabeza pegada a la pared, dejando que el agua corra por su cuerpo. Ella no necesita que se relaje, no necesita que ese hombre se reconcilie con el agua, ni ninguna mejoría en ese hombre, sólo necesita limpieza. Coge el jabón y mete las manos. El hombre se voltea asustado y la mira. Francia ha perdido el miedo. Lo empieza a enjabonar. Lo baña con odio, como si fuera un hijo necio que nunca quisiera bañarse. El hombre tiene una erección. Francia respira agitada, siente el olor a orines recalcitrantes que emana ese miembro. Coge la esponja de baño que ha traído de Bogotá y lo estrega. Quisiera tirarlo al piso y limpiarlo como si fuera una cartera o unos zapatos embarrados. Deja caer la esponja y sale del baño. Aturdida. Escupe el sabor a café que le queda en la boca en el lavaplatos. Trasboca. El hombre sigue en la ducha. Francia se lava las manos con rabia. Se frota la cara con las manos mojadas. Piensa en el Mamo, en sus palabras. En esa paz con que le dijo que sólo así se curaría. El sonido del agua continúa. Basta, piensa, que no gaste más agua. Le pega un grito que le sale más amigable de lo que pensó que iba a salir y le pide que termine ya.

Francia tiene un plato con la cena guardado en la nevera desde hace cuatro días. Lo tiene cubierto con una bolsa para que no se dañe. Carne, arroz, papa, plátano. Todo en abundancia. Mientras el hombre se viste, o eso imagina ella, calienta la comida en el microondas. Acomoda el plato en la mesa, le sirve un vaso de jugo. Sigue sintiendo ese temblor en las piernas. Ahora sabe que ese hombre podría robarla, hacerle cualquier daño que quiera. Abre el cajón y mira el cuchillo de cocina. Quiere tenerlo cerca, por si acaso, pero entonces calcula que si el hombre se da cuenta aumenta el peligro. Coge todo lo que le parece un arma y lo esconde debajo de la nevera. Se imagina haciendo este gesto es su apartamento. Imposible, tantos implementos de cocina que necesitaría esconder. Agradece, con una mirada rápida hacia el cielo, que no esté en Bogotá.

En las conversaciones con el Mamo hubo algunas historias de su vida que resonaron más de la cuenta. Quizá que la alcanzaron a avergonzar un poco más de lo que ella misma se imagina. Su matrimonio se acabó cuando José descubrió que Francia tenía un amante, sólo descubrió uno. Era la época en que ella aún no se desbordaba por completo en su necesidad de sexo y podía espaciar en sus días los diversos encuentros que mantenía. José la vio salir de unas residencias en Chapinero. No había caso. Estaba parado en una esquina en la carrera trece y ella salía con un hombre de un lugar evidente. Lo vio. El la miró. Ella se detuvo, se despidió del hombre con un beso ligero en la mejilla y salió a caminar hacia donde estaba José pero ya no lo encontró. Caminó por horas en esas calles y a la hora en que las niñas debían llegar del colegio fue a casa. Encontró dos maletas en la portería y un portero impertinente que le decía que ella no podía subir al apartamento, era la orden del señor. Aunque esta era la primera vez que José la encontraba ya habían sucedido otras situaciones dudosas que lo tenían cansado de Francia.

En unas vacaciones, meses antes de la separación, fueron a Melgar a un hotel con piscina. Esos días de vacaciones eran terribles para Francia porque quedaba sometida a largos días sin sexo. El contacto con José se había cortado, él por alguna razón prefería estar lejos de ella. Su mujer despedía un aire aterrorizador para él, un aliento a sexo que no podía dominar y por ello le pareció mejor mantenerse al margen de ese cuerpo. Una mañana José le avisó que iría a Girardot a buscar avena y mantecadas para las onces. Las niñas querían quedarse en la piscina. Francia las acompañó, se metió al agua y jugó con ellas mientras iba tratando de imaginarse cuál hombre de los que iban apareciendo podría ser. Las niñas que a esa altura tenían tres y dos años se quedaron jugando en la piscina para niños. Ella se sentó en una silla de asolearse junto al hombre solitario, que desde hacía días observaba. Las niñas chapoteando en el agua. Ninguna sabía nadar. Los baños quedaban bajando una escalera, como si estuvieran casi debajo de la piscina. El hombre bajó al baño, Francia lo siguió. Se metió con él en un baño minúsculo, mojado por todos lados y logró por fin descansar de tantos días de ansiedad. Cuando regresó a la piscina había un revuelo que recayó en ella. ¿Cómo las deja solas? Le gritaron, las niñas estaban sentadas en dos sillas, y varias personas las acompañaban. Francia no quiso preguntar. Se imaginó la escena una y mil veces, alguna persona viendo a una de sus hijas ahogándose, la niña defendiéndose del agua o dejándose llevar y ella mientras tanto logrando el placer que le justificaba la vida.

˗Esta mañana mi hermanita se ahogó ˗dijo la niña mayor cuando el papá se bajó del carro. José corrió al cuarto a buscar a Francia.

˗Qué le pasó a la niña ˗preguntó al llegar, iba imaginando lo peor.

˗Nada, está durmiendo la siesta.

˗Pero la niña dice que se ahogó.

˗No, sólo se hundió en el agua ˗dijo Francia tratando de salir del paso, cuando llegó la niña mayor.

˗Pero tú no estabas, mamá.

˗No mi amor, estaba en el baño, me fui solo un minuto.

José sabía que algo sucedía con su mujer aunque evitaba buscar, no tomaba la decisión de separarse porque no quería dejar a sus hijas solas, además, pese a todas sus sospechas le parecía una buena mamá. Las mantenía bien arregladas y las alimentaba juiciosamente cuando estaba en casa. El resto del tiempo la muchacha estaba bien instruida para cuidarlas, y todo gracias a Francia. Pero sus dudas crecieron y por eso terminó siguiéndola hasta que la encontró saliendo de las residencias. Después de que se separaron, meses después de no dejar que Francia viera a sus hijas, fue tal la desolación que José sintió en las niñas, que aceptó que se quedaran con Francia, en el apartamento que había conseguido, un par de noches en la semana. Al comienzo Francia lograba controlar su deseo y esas noches no salía a cazar, se quedaba en casa cuidando a las niñas. Aprovechando todo el tiempo que no habían tenido para estar juntas. Pero la fuerza de su pulsión era tan grande que varias noches las dejó durmiendo y se fue a la calle. Las niñas parecían no notarlo, y cuando una noche la niña mayor se despertó y no la encontró guardó silencio. El padre no supo nada de eso. Pero lo grave fue cuando los trasnochos hicieron que perdiera el empleo y se quedó sin dinero, hasta el punto de que no tenía plata ni para pagar una residencia barata en sus cacerías y terminó trayendo hombres desconocidos a su apartamento, aun con las niñas ahí. Ella se metía en el baño o en la cocina, pero no siempre fue posible contener la fuerza de esos hombres que conseguía, y una noche una de las niñas se despertó y la vio ahí, al lado de ellas con un hombre que más que amarla la estaba matando. Desde ese día volvió a perder a sus hijas y sólo de adultas han vuelto a acercarse a ella.

Francia, en la última conversación con el Mamo le dijo que quería disculparse. ˗¿Con tus hijas? -le preguntó el Mamo, sorprendido de que estuviera por fin aceptando su situación.

˗No, con la vida porque nunca debí tenerlas. Yo no era una mujer para hijos, ni para marido, ni para nada de lo que la sociedad cree que uno debe hacer, esa no era mi vida.

La lista de situaciones espeluznantes que su sexualidad había desatado era inmensa, pero Francia las veía simplemente como los efectos secundarios de haberse visto obligada a vivir la vida que no le correspondía. Ella no podía ver sus actos como irresponsabilidades, eran la consecuencia lógica del destino verdadero de su vida, el sexo. El Mamo por su parte, los veía como lo que son, los hechos, nada es malo ni bueno, le había dicho, pero sabía también que ella necesitaba salir de esa vida, curarse.

El hombre se sienta en la mesa. Le escurre agua del pelo, si es que a esos mechones mugrientos se les puede llamar así, piensa Francia. La ropa limpia no ha cambiado su fisionomía. No era la mugre lo que marcaba a ese hombre, pensó Francia, es la vida y eso no se borra con nada. Pensó en ella misma. ¿Qué estaría pensando ese hombre? ¿Cómo la vería? ¿Tendré yo marcas tan fuertes como las suyas? Verlo comer la horroriza. El hombre no come como un cerdo, como ella habría pensado. Sabe comer decentemente. Pero algo en sus movimientos muestran un apetito voraz, como si ese ser fuera capaz de comerse el mundo entero en pocos segundos. Francia sigue sintiendo miedo. Asco. Los dientes del hombre, que aparecen cada vez que se lleva un bocado a la boca, le dan escalofrío. Francia quisiera sacarlo de su casa, decirle que se vaya, que él no pertenece al mismo mundo de ella. Piensa en los cuchillos. Imagina la sangre brotando del cuello del hombre. Sería capaz, sería capaz de solucionar este momento de esa manera. ¿Y la tarea?

Los últimos años le habían traído a Francia el impedimento más verdadero a su sexualidad. Se había ido convirtiendo en una mujer mayor, jamona, con una gordura que no lograba bajar con nada. Dietas, ejercicios. Era como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla a mitad de camino. Porque su apetito sexual le hacía sentir que podría estar activa por años, pero el cuerpo empezaba a flaquear. En especial, lo más difícil, no lograba conquistar a los hombres. Esa era su tragedia. Ahora no podía saciarse porque el alimento se le escurría entre las manos. Por eso decidió buscar ayuda. Necesitaba calmar el deseo, salir de esa cárcel de abandono y necesidad en que la estaba sumiendo la imposibilidad de consumar lo único que la salvaba de la vida misma. No había caso, en esta época la juventud se había impuesto como el único territorio del gozo y ella estaba quedando por fuera de esos parajes que antes le daban sentido a su vida. Francia pasaba días, semanas, en estados tremendos de depresión después de salir a la calle y regresar manivacía. Las hijas acompañando tanta tristeza. Las hijas sabiendo que lo mismo que las alejó de su madre en la infancia podría alejarlas en la adultez si la tristeza la llevara a cometer una locura. “Busca ayuda mamá, busca ayuda”.

Francia siente un huracán en el pecho. Las piernas siguen temblando. Se siente anclada en la silla, no para de mirar a ese hombre comer. Una vez termina toda la comida y se toma el jugo Francia se levanta. En otra oportunidad se habría ido hasta el espejo, habría querido mirar su cara y su cuerpo antes de entrar en la faena sexual. Esta vez no puede, ¿no le interesa? Debe vencer el miedo, el asco, la perturbación. Ve en el rostro de ese hombre los gestos del Mamo, la firmeza con que le habló cada vez que se vieron, la seguridad de que a partir de este momento empezaría a curarse.

-Debes encontrar una actividad cuando regreses a Bogotá. Haz ejercicio, baila, pinta. Llena la vida de otra cosa.

El hombre no la mira, tiene una mirada al vacío que Francia no sabe cómo franquear. Se decide. Lo toma de la mano y lo arrastra, con una dulzura inesperada, hasta la habitación. Ya se ha hecho de noche. En el cuarto entra el resplandor de las lámparas de la calle. Puede verlo perfectamente. Lo lleva al lado de la cama. Él la sigue sin resistencias. Francia le suelta la mano, abre la ventana de la habitación y una vez más la brisa, ahora la de la noche, entra a refrescarla. Quiere que ese aire se lleve los olores, que la salve de los aromas pútridos que expele el cuerpo de ese hombre. Regresa al lado del indigente. Se para muy cerca, frente a él. El hombre parece una estatua, no hay ningún movimiento, Francia no percibe ninguna excitación en él. Le toma las manos nuevamente y las lleva a su cuerpo. Lo guía como si creyera que ese hombre nunca ha tocado una mujer. El como una marioneta. Le lleva las manos a sus senos. Piensa en sus dientes, en esa boca inmunda, en las uñas que aun después del baño están llenas de mugre viejo. Deja una mano en los senos. El hombre los palpa, empieza a moverse. Ella siente el asco revolverse con el deseo. Le pasan escalofríos por el cuerpo, una excitación conocida, pero esta vez colmada de fastidio. Siente rabia con su cuerpo, con su vida, con ese deseo de salvarse de lo más deseado. Le baja la otra mano y la mete entre su ropa, la hunde en su sexo. Las uñas sucias, y esos dedos penetrando su vulva, su vagina. El hombre respira más rápido. Se contonea. Ella siente crecer el calor en su sexo, en su cuerpo. Los dientes, la suciedad imborrable. Su sexo se crece, se derrama en fluidos, se extiende. Tantos días, tantas horas, tantos minutos. El silencio de su cuerpo termina, las corrientes eléctricas la recorren. No puede entregarse, debe entregarse. Quisiera un beso, una boca que la pueda lamer. ¿Qué hará este hombre ahora? Está excitado, mueve las manos y ella se sorprende de la agilidad con que la va seduciendo. Le acerca la cara al cuello. Francia siente nauseas unidas a las vibraciones del sexo, de su clítoris deseoso. Quiere quedarse en esa vibración, quiere apartarlo de un golpe, sacarlo de la habitación y se agarra de su mano, lo ayuda, quiere llegar, quiere sentir el remolino de dicha. El hombre le busca el rostro, quiere besarla. Se pega a su cuerpo sin sacar la mano de sus calzones. La abraza con la otra mano, le coge la cabeza, el pelo corto. Ella se retuerce. Tanto tiempo sin nada. Quiere vomitar, quiere verse en el espejo. La explosión se acerca. El hombre jadeante y ella también. El indigente busca su boca, ella voltea la cara y jadea, gime, este hombre la volverá al orgasmo. No puede ser. No puede sentir placer en este estado de putrefacción, siente que puede llegar, ya lo sabe. El hombre saca la mano. La aparta de su cuerpo. La mira a los ojos, ella no le sostiene la mirada. Baja las manos, lo suelta. Espera a que él se quite la ropa que con tanto miedo ella compró para él. Esa ropa que le queda un poco holgada, que le luce después de tanta suciedad. El hombre la empuja suavemente. Da dos pasos atrás. La mira. Francia le estira las manos, se sienta en la cama, lo espera. Quiere quitarle la ropa, acabar con esta escena. Piensa en sus hijas, en la vida, en la cura. El hombre da un paso más hacia atrás. Se voltea y sale con movimientos rápidos. Francia oye las pisadas, la bolsa de la ropa sucia que el hombre recoge y el golpe seco de la puerta al cerrarse a su paso.

Alejandra Jaramillo (foto)

 

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‘Talpa’ de Juan Rulfo

juan-rulfoNatalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.

Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos –dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte–, entonces no lloró.

Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna lágrima.

Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.

Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.

La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.

Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.

Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.

Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás.

“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos días.

Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.

Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.

Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.

Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo”, dizque eso le dijo.

Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para sepultarlo. Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.

Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no da ninguna sombra.

Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.

Luego los días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a despertar el sol, el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.

Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.

En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.

Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:

“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.

Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso le decía Natalia.

Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.

Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.

Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.

Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que amaneciera.

Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.

Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.

Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.

Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.

A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.

Pero no le valió. Se murió de todos modos.

“… Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios…”

Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.

Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.

Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.

Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.

Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire.

Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

Juan Rulfo (foto)

 

Sobre ser escritor, de Abelardo Castillo

abelardo_castillo-2019El escritor argentino Abelardo Castillo (foto) tiene también su credo literario. Sus recomendaciones a la hora de escribir y lo que él considera es el resultado del trabajo de escribir. La palabra trabajo es adecuada en cuanto esa novela o cuento que muchos dicen “tener en la cabeza” jamás se materializa, porque hacerlo implica trabajo, sentarse varias horas al día, todos los días, para convertir eso que “tiene en la cabeza” en un texto literario. Como sea, los apuntes del gran escritor argentino los retoma Marco Urdapilleta en su blog. Son estos:

1) Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

2) Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

3) Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

4) Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

5) Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal, son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

6) No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

7) Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

8) En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin pensar en esto.

9) No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

10) No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

11) No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

12) Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

13) No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

14) Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo.

15) Nunca pidas que te presten un libro. Los buenos libros se compran o se roban.

16) No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.

 

‘Decálogo del escritor’ según Onetti

juan carlos onettiNadie tiene la verdad revelada en materia literaria. Entre otras cosas, porque la sustancia con la que trabaja la literatura es maleable, y quien la trabaja también. Muchas veces se escribe para reflexionar sobre un tema: se comienza con una idea preconcebida y se termina pensando otra, cuando se termina el texto. De modo que nadie enseña a nadie. Cada cual encontrará su camino. Lo único que queda es intentar unos consejos, de acuerdo con la experiencia personal. Y saber qué piensan los buenos escritores sobre el oficio, resulta en todos los casos iluminador. El gran narrador uruguayo Juan Carlos Onetti (foto) sucumbió al deseo de compartir lo que, a su juicio, es el decálogo del escritor; “decálogo”, aunque sean once las recomendaciones. Aquí están:

1) No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

2) No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Este solo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

3) No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

4) No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

5) No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

6) No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

7) No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.

8) No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

9) No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

10) Mientan siempre.

11) No olviden que Hemingway escribió: “Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer”.

‘La última batalla del hidalgo’ de Enrique Patiño

enrique-patinoEstaba enfermo. Tenía las manos resquebrajadas y opacas como las tierras de su infancia. Cuando no tosía, que era casi todo el día, gesticulaba con ademanes volátiles y repetitivos, como aspas en el viento. Sus ojos permanecían derrotados, perdidos en un punto ciego. La única otra vez que había vivido un desasosiego similar al de ahora fue cuando se quedó esperando que le llegara el correo para irse a América. Jamás obtuvo el aval. Esta vez el tormento era mucho peor y el mal, definitivo.

Sus facciones se habían tornado puntiagudas debido a la enfermedad y su cuerpo había adquirido la delgadez de una lanza en las extremidades, pero se había hinchado en el centro a causa de una horrorosa hidropesía provocada por una diabetes. El pecho le pesaba para respirar, y más cuando tosía; era como si tuviera una adarga encima, decía. Nadie le prestaba atención esos últimos días de abril de 1616. Lo habían dejado solo a merced del desgaste y de su suerte. Incluso el cura Martínez lo había dado por muerto casi una semana antes y le había aplicado ya los santos óleos. Salvo su esposa, nadie se le acercaba: aún en ese estado parecía peligrosa y excesiva su locura. El doctor había ido un mes atrás y había salido azuzado por los gritos excesivos del enfermo, que lo tildó de impostor y de querer robarle su alma.

Cerca de su lecho no había más que sábanas viejas y sudorosas, un candil endeble, una pluma que había quedado sin tinta desde cuando le escribió al Conde de Lemos para pedirle una última ayuda, una silla, su ropa en un perchero y un recipiente de barro con agua quieta. Sabía ya que lo enterrarían en cualquier fosa común del Convento de las Trinitarias de Madrid y que moriría sin ver a su hijastra Isabel.

El 22 de abril se resignó a que ya no podría seguir batallando. Tomó uno de los ejemplares de la primera parte de su libro que reposaban junto a la cama, lo abrió con dificultad y buscó con afán hasta que por fin halló la página.

Repasó, en silencio primero, y luego en un susurro, los pasajes del hidalgo que combatía un ejército de molinos. Leyó pasajes de ese caballero que embestía con fiereza a los energúmenos del viento. Estaba escrito. O sea que todo aquello sí era cierto.

Sudaba. Las fiebres habían alcanzado un punto sin retorno. Gimió por un dolor súbito en el vientre y por la estrechez de los pulmones. Sintió el primer embate de la muerte. Su hidalgo, su héroe, el loco, continuaba luchando en las hojas, y él lo sabía aunque no lo leyera más. Él lo podía salvar, pensó.

Cerró las páginas y se aferró el pecho. Preso por el delirio, don Miguel comenzó a recitar en un susurro un pasaje del libro maldito que no le había traído mayor fama: Yace aquí el hidalgo fuerte / que a tanto extremo llegó / de valiente, que se advierte /  que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte”.

“Me pesan esta enjalme y esta adarga que me han puesto sobre el pecho”, susurró, y se dejó poseer una vez más por su personaje real, el que estaba escrito, el auténtico Miguel. Lo dejó ser en medio de los zarpazos de su memoria. Invadido por las fiebres, recorrió las amarillentas praderas de las provincias centrales y le dio alas para que embistiera con furia a la terrible cordura.

Cervantes, en su último rapto de lucidez, gritó “a por ellos” y por unos segundos no fue él mismo, fue el otro, el verdadero, levantado en vilo por los molinos y el viento.

Enrique Patiño (foto) (© Texto protegido por Derechos de Autor, y publicado con autorización)

‘Ninfolepsia’ de William Faulkner

william_faulknerPronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.

Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.

Pero allá estaba la ciudad. Por encima de los muros grises había ramas de manzano un día dulces y floridas y hoy todavía verdes; los establos y las casas eran colmenas de donde habían huido las abejas de la luz del sol. Desde allí, el Palacio de justicia era un sueño soñado por Tucídides: uno no llegaba a ver que las pálidas columnas jónicas estaban accidentalmente manchadas de tabaco. Y del taller del herrero llegaba un acompasado tañido de yunque y martillo, como una llamada a vísperas.

Privado de movimiento, su cuerpo sintió la sangre, que se apaciguaba por momentos, sintió la tarde, que fluía y se iba como agua; sus ojos vieron la sombra de la aguja de la iglesia, como un prodigio en medio de aquella tierra. Miró el polvo que se derramaba de sus zapatos invertidos. Sus pies estaban veteados y mugrientos por el polvo; apaciguado, agradeció la humedad placentera y caliente de sus zapatos.

El sol era la boca roja y descendente de un horno; su sombra, que él creía perdida, se agazapaba a sus pies como un perro que trata de esconderse. El sol estaba en los árboles, goteando de hoja en hoja; el sol era como una pequeña llama de plata que se moviera entre los árboles. Oh, era algo vivo, pensó al mirar una luz dorada entre los pinos oscuros: una pequeña llama que, habiendo perdido de algún modo su vela, anduviera buscándola.

Cómo supo a aquella distancia que era una mujer o una chica, no habría podido decirlo, pero lo sabía; y durante un tiempo miró con curiosidad vacía los movimientos sin objeto de la figura. La figura se detuvo, recibió el último fulgor del rojo sol en un plano delgado y dorado que, retornando el movimiento, desapareció.

En el curso de un nítido instante hubo una vieja y aguda belleza detrás de sus ojos. Luego, sus un día limpios instintos, groseros después, lo hicieron ponerse bruscamente en movimiento. Saltó una cerca ante la mirada contemplativa y fija del ganado y corrió torpemente hacia los bosques a través de un campo de maíz recolectado. Viejos y blandos surcos se deslizaban bajo sus zancadas, haciendo que sus rodillas martilleantes entrechocaran, y quebradizos tallos de maíz obstaculizaban su veloz marcha con sensual y estática indiferencia.

Alcanzó los bosques después de saltar otra cerca, y se detuvo un instante y el oeste transmutó alquímicamente el plomizo polvo que lo cubría, dorando las puntas de su barba sin afeitar. Los árboles, los troncos de arces y hayas eran franjas gemelas de oro rojo y de lavanda erguidas en la tierra, y las ramas extendidas conferían al ocaso colores indecibles; eran como manos de avaro derramando a regañadientes monedas doradas de crepúsculo. Los pinos eran mitad hierro, mitad bronce; esculpidos en símbolo de quietud eterna, derramaban también oro sobre la hierba rala, que lo hacía correr de árbol en árbol como fuego que se extiende, para apagarse luego en la sombra de los pinos. Sobre una rama oscilante, un pájaro lo miró brevemente, cantó y se alejó volando.

Ante la verde catedral de árboles se quedó quieto unos instantes, vacío como una oveja, percibiendo cómo el día moribundo se iba del mundo como agua de una bañera o de un cuenco rajado; y oyó al día repetir lentas plegarias en la nave verde. Luego volvió a moverse hacia adelante, lentamente, como si esperara que fuera a surgir ante él un sacerdote para detenerlo y descifrar su alma.

Pero nada sucedió. El día fue lentamente muriendo sin un ruido en torno a él, y la gravedad lo condujo colina abajo entre apacibles sendas de árboles. Pronto lo envolvió la sombra violeta de la colina. No había sol allí, aunque las copas de los árboles seguían siendo como maleza bañada en oro, y los troncos de los árboles de la cima eran como una verja listada más allá de la cual la tarde se consumía lentamente. Y él se detuvo de nuevo, y sintió el miedo.

Recordó fragmentos del día: los tragos de agua fresca de una jarra, mientras otro esperaba su turno, el trigo rompiéndose ante la hoja de la segadora mientras los caballos de tiro hacían fuerza contra la collera, los caballos que soñaban con avena en un establo dulce por el amoníaco y el olor de los arneses sudorosos, los mirlos que sesgaban el aire sobre el trigo como trozos de papel quemado. Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo.
Porque había algo que ni siquiera el deseo del cuerpo de una mujer tenía en cuenta. O que, al utilizar tal instinto con el propósito de apartarlo de los caminos de la seguridad, en donde otras gentes de su género comían y dormían, lo había traicionado. «Si la encuentro, estoy a salvo», pensó, sin saber si lo que quería era la cópula o compañía. Allí no había nada para él: las colinas, que descendían en ambos lados, que se aproximaban, que sin embargo se hallaban separadas por un pequeño arroyo.

El agua discurría parda bajo alisos y sauces, sin luz, y parecía inhóspito y oscura. Como la mano del mundo, como una línea en la palma de la mano del mundo, una arruga insignificante. “¡Sin embargo podía ahogarse en ella!”, pensó con terror, mientras miraba revolotear sobre ella a los mosquitos, mientras miraba los árboles calmos e indiferentes como dioses y el remoto cielo, que era como un sedoso paño mortuorio que ocultara su disolución repulsiva.

Había pensado que los árboles eran una cantidad determinada de madera, pero aquéllos tan silenciosos eran más que eso. La madera había servido para hacer casas que lo protegían, la madera había alimentado el fuego que lo calentaba, le había dado calor para cocinar su comida; la madera había servido para hacer barcos que surcaban las aguas de la tierra. Pero no estos árboles. Estos lo miraban fija e impersonalmente, tomándose una venganza lenta. El ocaso era un fuego que ningún combustible había alimentado jamás; el agua emitía un murmullo en un oscuro y siniestro sueño. Ninguna embarcación surcaría estas aguas. Y sobre todo ello se cernía algún dios a cuyas compulsiones él debía responder mucho después aún de que sus más cómodas creencias se hubieran gastado como una prenda de uso diario.

Y ese dios ni lo reconocía ni lo ignoraba: ese dios parecía no tener conciencia de su entidad, salvo para considerarlo un intruso en un lugar donde nada tenía que hacer. Se agachó, sintió la tierra áspera y cálida contra sus rodillas y sus palmas; y, arrodillándose, esperó una brusca y horrenda aniquilación.

Nada sucedió, y abrió los ojos. Por encima de la cumbre de la colina, entre los troncos de los árboles, vio una única estrella. Fue como si allá a lo lejos hubiera visto un hombre. Era algo familiar, algo demasiado remoto para preocuparse por lo que él hiciera. Así que se levantó y, con la estrella a su espalda, empezó a caminar en dirección a la ciudad. Allí estaba el arroyo que había de cruzar. La demora al buscar un vado engendró de nuevo en él el miedo. Pero lo apartó mediante un acto de voluntad, pensando en la comida y en su esperanza de encontrar una mujer.

Apartó de sí aquella sensación de inminente disgusto y cólera de un Ser a quien había ofendido. Pero seguía en torno, suspendida sobre él como unas alas niveladas. Su miedo primero había desaparecido, pero pronto se encontró a sí mismo corriendo. Habría deseado convertir la carrera en paso, siquiera para probarse la firmeza de su integridad integral, pero sus piernas se negaban a detener su carrera. Allí, en el crepúsculo evasivo, había un tronco que hacía de puente en el arroyo. ¡Camina sobre él! ¡Camina sobre él!, le dijo su sentido común. Pero sus piernas le impelieron a tomarlo a la carrera.

La corteza podrida se escurrió bajo sus pies y se desprendió y cayó sobre el oscuro y susurrante arroyo. Fue como si él, aún en la orilla, hubiera resbalado y se debatiera por, mantener el equilibrio mientras maldecía su cuerpo torpe. Vas a morir, dijo a su cuerpo, y volvió a sentir en torno aquella inminente Presencia, una vez que su concentración mental se vio vencida por la gravedad. Durante un fragmento detenido de tiempo sintió, a través de la vista, sin mediación del intelecto el agua oscura a la espera, el tronco engañoso, los troncos de los árboles latiendo y respirando y las ramas como una invocación a un dios oscuro y oculto; luego los árboles y el cielo exaltado de estrellas describieron un arco ante sus ojos. En su caída estaba la muerte, y una risa triste y burlona. Murió una y otra vez, pero su cuerpo se negaba a morir. Entonces lo aprehendió el agua.

Entonces lo aprehendió el agua. Pero era algo más que agua. El agua se deslizó oscuramente entre su cuerpo y el mono de trabajo y la camisa, y él sintió que su pelo se escapaba hacia atrás húmedamente. Pero sintió que un muslo sobresaltado se escurría bajo su mano como una serpiente, sintió una pierna veloz entre oscuras burbujas; y, hundiéndose ya, la punta de un pecho le raspó la espalda. En medio de una conmoción de agua agitada vio la muerte como una mujer ahogada y rutilante y a la espera, vio un cuerpo brillante y atormentado por el agua; y sus pulmones vomitaron agua y tragaron aire húmedo.

Agua turbada golpeaba contra su boca, tratando de entrar en ella, y la luz del día aprisionada bajo el arroyo saltó de nuevo sobre la superficie en forma de ondas. Relucientes planos de luz incidían y quebraban la superficie, y se alejaban de él; y, pisoteando agua, sintiendo los zapatos empapados y el pesado mono de trabajo, sintiendo pegado a la cara el pelo, vio cómo ella, chorreando, ascendía oscilante por la orilla.

El avanzó agitando el agua, persiguiéndola. Nunca parecía alcanzar la orilla opuesta. Sus ropas, pesadamente empapadas, se pegaban a él como sirenas importunas, como mujeres; vio el agua quebrada de su empeño coronada de estrellas. Al fin se vio a la sombra de los sauces, y sintió bajo su mano la tierra húmeda y resbaladiza. Aquí y allá, raíces y ramas. Se incorporó mientras el agua chorreando de la ropa, mientras sentía que la ropa se volvía primero liviana y pesada luego. Sus zapatos avanzaban aplastándose blandamente y su indumentaria anodina y adherida a la piel obstaculizaba pesadamente su carrera. Podía ver cómo su cuerpo, fantasmal en el crepúsculo sin luna, ascendía por la colina. Y él corrió, maldiciendo, con el agua chorreándole del pelo, con el lamento húmedo de ropas y zapatos, maldiciendo su suerte y su destino. Creyó desenvolverse mejor sin los zapatos, y, mientras seguía mirando la apagada llama de la mujer corriendo, se los quitó y prosiguió la marcha en pos de ella. La ropa mojada le pesaba como plomo; jadeaba cuando alcanzó la cima de la colina. Y allí estaba ella, en un campo de trigo, bajo la ascendente luna llena del equinoccio de otoño, como un barco en un mar de plata.

Echó a correr tras ella. El surco de su marcha hacía saltar plata en el trigo, bajo la insensible luna; plata que se alejaba de él en ondas y se apagaba y volvía a ser el oro intocado y sin brillo del grano erguido. Ella estaba ya lejos, y la perturbación de su paso por el trigo se esfumaba siempre antes de que él llegara. Más allá de la onda que el paso de la mujer levantaba en arco a ambos lados, él vio cómo su cuerpo se internaba en una franja boscosa, como la llama de una cerilla; luego ya no la vio más.

Sin dejar de correr, cruzó el trigo dormido sobre la tierra lunar, y se adentró entre los árboles, fatigado ya. Pero ella había desaparecido, y él, en una oleada recurrente de desesperación, se echó a tierra boca abajo. “¡Pero yo la toqué!”, pensó sumido en una auténtica agonía de decepción, sintiendo la tierra a través de sus ropas húmedas, sintiendo las pequeñas ramas bajo los brazos y la cara.

La luna seguís ascendiendo, la luna navegaba como un barco cargado y grueso ante un alisio azur, mirándole con rotunda complacencia. Y él se retorció pensando en el cuerpo de ella bajo su cuerpo, en el oscuro bosque, en el ocaso y en el camino polvoriento, que deseó no haber dejado. ¡Pero yo la toqué!, se repitió, tratando de levantar sobre tal certeza una consumación incontrovertible. Sí, su muslo veloz y asustado y la punta de su seno; pero el recordar que ella había huido de él impulsivamente le resultaba más insufrible que nunca. No te hubiera hecho ningún daño, gimió, no te hubiera hecho daño en absoluto.

Sus músculos laxos, vaciados, sintieron un rumor de trabajo pasado y de trabajo futuro, compulsiones de horca y grano. La luna lo apaciguaba, examinando detenidamente su pelo húmedo, experimentando con sombras; y él, al pensar en el día siguiente, se levantó. Aquella perturbadora Presencia se había alejado, y la oscuridad y las sombras ya sólo se mofaban de él. La luz de la luna se deslizó a lo largo de una cerca de alambre, y él supo que allí estaba el camino.
Sintió cómo a su paso se agitaba el polvo, vio el maíz de plata en los campos, los árboles oscuros como tinta derramada. Pensó en cómo había sido ella cual movedizo mercurio, en cómo había huido de él cual moneda echada al aire; pero pronto se hicieron visibles las luces de la ciudad; el reloj del Palacio de justicia y una luminosidad sugerente de calles; era, pese a su pequeñez, como una tierra encantada. Pronto quedó en el olvido la mujer, y él pensó sólo en un cuerpo relajado en una cama triste, y en el despertar y en el hambre y en el trabajo.

El largo y monótono camino se extendía ante él bajo la luna. Ahora su sombra iba a su espalda, como un perro tras su amo, y más allá de ella quedaba un día de sudor y de trabajo. Y ante él esperaba el sueño y la ocasional comida y otra vez el trabajo; y acaso una chica, cual fúnebre música, vestida de calicó frente al calor. Al día siguiente su sombra siniestra volvería a describir un círculo en torno a él, pero el día siguiente quedaba aún muy lejos.

La luna navegaba cada vez más alto: pronto se deslizaría por la colina del cielo, recuperando con creces la plata que hubo prestado a árbol y trigo y colina y ondulada y monótona tierra fecunda. Abajo, un establo tomó un perfil de plata de la luna, un silo se convirtió en un sueño soñado en Grecia, los manzanos lanzaron plata como fontanas gesticulantes. La ciudad, planos de luz de luna; las luces del Palacio de justicia, fútiles ante la luna.

Tras él, trabajo; ante él, trabajo; en torno, todas las viejas desesperanzas del aliento y del tiempo. Las estrellas eran como flores hechas añicos que flotaban en agua oscura y que engullían el oeste; el polvo seguía pegado a sus pies aún húmedos, y descendió lentamente por la colina.

William Faulkner (foto)

‘El crimen del tío Bonifacio’ de Maupassant

guy de maupassantAquel día, repasando la correspondencia el peatón Bonifacio, al salir de correos, alegróse al calcular que su caminata sería más corta que de costumbre. A su cargo estaba toda la extensa campiña de Vireville, y al volver a su casa muchas noches llevaba recorridos más de 40 kilómetros.

Aquel día, por ventura, el reparto era fácil; y sin apresuramientos, podría estar en su casa, descansado, a las tres de la tarde.

Saliendo por el camino de Seunemare, comenzó su correría, en pleno junio, el mes verde y florido, el mes los campos.

El peatón, con su blusa azul y su quepis negro galoneado de rojo, atravesaba por veredas angostas los campos de verduras, de avena o de trigo, asomando menos de medio cuerpo sobre las mieses; su cabeza parecía flotar en el mar de espigas que una brisa ligera ondulaba.

Entrando por las puertas de las corralizas, generalmente sombreadas por dos filas de cipreses, saludaba por su nombre a cada campesino: “Buenos días, señor Chicot”, y le alargaba su periódico, Le Petit Normand. El campesino se limpiaba la mano en el reverso de los pantalones, cogía el papel y se lo guardaba en el bolsillo, para leerlo tranquilamente después de comer, a medio día. El perro, atado a un manzano junto a un tonel que le servía de caseta, ladraba furiosamente haciendo esfuerzos para desasirse; y el peatón, sin volver la cabeza, emprendía su camino en apostura marcial, sujetando con el brazo izquierdo la cartera y balanceando el derecho al compás de sus largas zancadas.

Distribuía los periódicos y las cartas en el caserío de Seunemare, y luego, a través de los campos, le llevaba el correo al recaudador, que vivía en una casita aislada.

El nuevo recaudador, Chapatis, era recién casado y se había establecido allí ocho días antes.

Recibía un diario de Paris, y el peatón Bonifacio, cuando no tenía mucha prisa, daba un vistazo al impreso, antes de entregarlo al suscriptor.

Así, pues, como nada le apresuraba, sacó el periódico de la bolsa, y quitándole con cuidado la faja, lo desdobló para leerlo sin dejar de andar. La primera plana le interesaba poco; la política le dejaba frío; pasaba por encima los asuntos de Bolsa y Administración, pero las noticias y sucesos le apasionaban.

Había muchos de sensación aquel día. De tal modo le conmovió un crimen cometido en la barca de un guardia campestre, que se detuvo en un campo de trébol para saborear los detalles de su lectura. Eran horrorosos. Un leñador, pasando muy de mañana por delante de la barraca, reparó en varias manchas de sangre que había junto a la puerta, como si le hubiera sangrado a uno la nariz. “El guarda habrá matado algún conejo esta noche”, pensó; pero acercándose, observó que la cerradura estaba forzada.

Entonces corrió asustado para avisar al alcalde del pueblo, el cual se acompañó del alguacil y del maestro. Los cuatro, llegando a la barraca, encontraron al guarda degollado junto a la chimenea, a su mujer estrangulada en la cama, y una criatura de seis años que tenían, ahogada entre los colchones.

El peatón Bonifacio se impresionó de tal manera, pensando en aquel espantoso crimen cuyas terribles circunstancias imaginaba, que sintió un temblor en las piernas, y dijo en alta voz:

-¡Cristo! ¡Hay en el mundo personas muy canallas!

Luego volvió a meter el periódico en la fajilla y avanzó con la cabeza llena de visiones criminales.

En seguida llegó a la casa del recaudador Chapatis, y abriendo la reja del jardinillo, se acercó a la puerta.

Las habitaciones estaban todas en el piso bajo. El peatón subió los dos escalones de piedra, y echando mano al picaporte, se convenció de que la puerta estaba cerrada. Tampoco estaban abiertos los postigos de las ventanas, y esta le hizo suponer que nadie había salido aún de la casa.

Esta idea le intranquilizó, porque Chapatis, desde el primer día se levantaba temprano. Bonifacio sacó su reloj. Eran las siete y media; llegaba una hora más pronto que de costumbre. Sin embargo, extrañó que no se hubieran levantado los habitantes de aquella casa.

Anduvo en torno con muchas precauciones y sin hacer ningún ruido, como si temiera; nada encontró de particular, a no ser unas huellas de pisadas en un cuadro de fresas.

De pronto quedó inmóvil, petrificado por una terrible angustia, delante de una ventana. Oía gemidos apagados.

Decidiéndose, acercóse más, pasando por encima de unos tomillos, y aplicó una oreja a los cristales. No había duda; eran gemidos, y percibía después claramente suspiros dolorosos, un estertor, un rozamiento de lucha brazo a brazo. Los gemidos aumentaban, se repetían, se acentuaban más; ya eran gritos agudos.

Entonces Bonifacio, seguro de que allí se cometía un crimen, corrió desesperadamente, atravesando el jardín, lanzándose a través de la llanura, a través de las mieses, corrió cuanto pudo hasta llegar extenuado, palpitante, frenético, a la casa-cuartel de los gendarmes.

El sargento Malautour arreglaba una silla rota, clavándole algunas puntas con un martillo. El gendarme Bautier sostenía el mueble averiado y ponía la punta en el sitio donde hacía falta, esperando el martillazo del sargento, que algunas veces le daba en los dedos.

En cuanto los vio, el peatón, gritó:

-¡Corriendo! ¡Asesinan al recaudador! ¡Corriendo! ¡Corriendo!

Los dos hombres interrumpieron su trabajo y levantaron la cabeza, mostrando en sus rostros la expresión de personas que se ven de pronto molestadas.

Bonifacio, creyéndolos más sorprendidos que apresurados, insistió:

-¡De prisa! ¡Los ladrones aún están allí! ¡He oído los ayes de las víctimas! ¡Aún es tiempo!
El sargento, dejando el martillo, preguntó:

-¿Quién te ha comunicado el suceso?

El peatón repuso:

-Iba a llevar el periódico y dos cartas, cuando reparé que todo estaba cerrado y que el recaudador no había salido aún. Dando la vuelta a la casa para cerciorarme bien, oí gemidos, como si ahogaran o degollaran a una persona. Corriendo vine a dar aviso. Aún es tiempo.

El sargento preguntó:

-¿Y tú no has procurado auxiliar a la víctima?

-Temí que fueran pocas mis fuerzas.

Entonces el sargento, convencido, añadió:

-Voy a vestirme y armarme.

Y entró en la casa-cuartel seguido por el gendarme, que llevaba la silla, el martillo y los clavos.

Pronto salieron, y los tres se encaminaron hacia el lugar del crimen a paso de carga.

Ya cerca de la casa, tomaron precauciones; el sargento empuñó su revólver, y entrando en el jardín sigilosamente, llegaron a la puerta. No había el menor indicio de que los criminales hubiesen huido; todo estaba cerrado aún.

-¡Ya los tenemos! —insinuó el sargento en voz baja.

El peatón, emocionado, los hizo aproximar a la ventana donde se oían los gemidos.

-Allí es.

Y el sargento se adelantó solo, aplicando a los cristales una oreja. Los otros dos aguardaron, dispuestos a todo, con la vista clavada en él.

Y estuvo inmóvil, escuchando; se había quitado el tricornio, que tenía en la mano izquierda.

¿Qué oía? Su rostro impasible no revelaba nada; pero, de pronto, sus bigotes se erizaron, sus mejillas se contrajeron como para contener la risa, y abandonando su espionaje se acercó a los dos hombres, que le miraban asombrados.

Luego les indicó que le siguieran, andando de puntillas, y , acercándose a la fachada principal, dijo al peatón que metiese por debajo de la puerta el periódico y las cartas.

El peatón, asombrado, ejecutó dócilmente lo que le ordenaban.

-Y ahora, volvámonos tranquilamente -añadió.

Cuando estuvieron en la carretera, encarándose con Bonifacio, con expresión burlona, con un gesto malicioso y los ojos brillantes de alegría exclamó:

-¡La cosa tiene gracia!

-¿Qué? Juro haber oído sollozos y estertores de angustia. ¿Qué pasa?

Pero el sargento soltó el trapo, riéndose a carcajadas. Reía sofocándose, con las dos manos en el vientre; reía con toda su alma, gesticulando, llorando, sonándose. Y los otros dos le miraban con asombro.

Y como la risa no le permitía hablar, ni dejaba de reír, para dar a entender lo que sucedía en casa del recaudador recién casado y recién establecido, hizo un movimiento popular y canalla.

Tampoco le comprendieron y lo repitió varias veces, designando con la cabeza la casa cerrada.

El gendarme comprendió, al fin, riéndose, como su jefe, a todo trapo.

El peatón estaba como estúpido entre aquellos dos hombres, que se retorcían de risa.
Cuando el sargento pudo hablar, dando una palmada en el vientre de Bonifacio, dijo:

-¡Bromista! ¡No me olvidaré nunca del crimen de Bonifacio!

El peatón, abriendo los ojos desmesuradamente, repetía:

-¡Juro haber oído sollozos y estertores de angustia!

El sargento, ante aquella cómica gravedad, soltó de nuevo el trapo, y el gendarme se sentó en la cuneta para reír más a gusto.

-¡Ah! Juras haber oído sollozos… Y, cuando asesinas a tu mujer, ¿no solloza?

-¿Mi mujer?…

Estuvo reflexionando, y luego prosiguió:

-Sí; cuando le zurro la badana, grita; pero son otros gritos. ¿Acaso zurraba el recaudador a la suya?

Entonces el sargento, delirante ya de alegría ruidosa, le hizo girar como un muñeco, y le dijo al oído algunas palabras, que acabaron de sorprender a Bonifacio.

El cual, pensativo, murmuró:

-No… así nunca… La mía no dice nada… Yo no hubiera supuesto jamás que… Será posible… Pero me pareció que ahogaban a uno…

Y, confuso, avergonzado, prosiguió su camino por las veredas, atravesando las mieses, mientras el sargento y el gendarme dejaban de reír algún momento para lanzarle, a gritos, bromas de cuartel, en tanto que se alejaba su quepís negro, galoneado de rojo, sobre aquel mar de doradas espigas.

Guy de Maupassant (foto)