Archivo de la categoría: Editoriales

‘Carta a un joven escritor’ de Arturo Pérez-Reverte

arturo-perez-revertePues sí, joven colega. Chico o chica. Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas.

Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. No te doy nombres, pero basta con que mires alrededor, tanta joven promesa de hace unos años convertida en triste presente. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso. No fue el mío, desde luego, ni es el de casi nadie.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace y no te encuentra trabajando. Y recuerda un principio básico: un buen escritor, si tiene talento, tenga éxito o no lo tenga, es aquél que se muestra a sí mismo en su obra. Un mal escritor es el que muestra a todos aquellos escritores que le gustaría ser, y no puede.

Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas. Leer te mantiene afiladas las herramientas, lúcida la mirada, fértil la mente. Y a tu edad es más que una necesidad básica; es un requisito. Durante toda su vida, hasta el final, un escritor necesita a sus maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas, por supuesto, tiene excusa para ignorar.

Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa-  y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 500 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio.

Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.

La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía.

Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.

Y sobre todo, recuerda cuál es la clave maestra de todo: un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Lo demás son cuentos chinos. Si no tienes nada que contar o si no sabes cómo hacerlo, dedícate a otra cosa. Te ahorrarás perder el tiempo y hacérnoslo perder a los lectores. Al fin y al cabo, escribir no es obligatorio. Nadie te fuerza a ello.

Suerte, amigo mío. Tanta como merezcas. Y te mando un abrazo.

Arturo Pérez-Reverte (foto)

Anuncios

‘El galán imperfecto’ de Rafael Gumucio

el galán imperfectoLeí ‘El galán imperfecto’ de Rafael Gumucio (47 años) y me pareció que no es una buena novela, pero tampoco mala. Divertida, por momentos. Lírica en otros fragmentos, casi. El quid se puede inferir así: “Eso es lo que no quiero, doctor, hacerme hombre. Ni mujer tampoco, ni niño, ni homosexual. Sobre todo, es eso lo que no quiero, doctor, ser sexual, colgar de mí mismo, tener algo que empujar hasta disolverme”.

Pudo haber tenido otro título, inclusive. Como ‘Perder el prepucio’, o ‘La vida después del prepucio’ o algo así. Porque lo que cuenta es más que un hombre apuesto, y más que un don Juan, en el sentido corriente.

Déjenme lamentar que le hayan puesto una tapa tan básica, nada elaborada, sacada de una web de imágenes: Getty Images. Lamentable, porque el libro no merece ser tratado como un trabajo final de la secundaria, y lamentable por tratarse de una edición de las dimensiones que proyecta Random House. Qué pobreza conceptual.

Dicho eso, debo ser sincero: la novela arranca un tanto envarada, pero cobra vuelo con el correr de las páginas. Son 209 en total. Y siendo sincero, como ya anoté, hay fragmentos de excelente factura. Usa bien los diálogos, con parrafadas que hacen recordar a Woody Allen parlanchín e incoherente, que fluyen sin traumatismos.

El foco de la historia, de algo físico y pueril, desenfoca, o deriva, en lucubraciones existenciales y amorosas. Pero todo el libro tiene en cada momento un toque de humor, gratamente.

“-Te quiero -adivino que quiere oír, es lo que quisiera oír yo al menos si la tuviera tan acuartelada en mi propia cama.

-No me digas eso. Por favor, no me digas eso. No hay nada que me caliente menos que un huevón que dice todo el rato te quiero.

-No te quiero, entonces.

-Eso me calienta menos todavía. Eso es malo para mí. ¿A estas alturas del partido cómo me voy a acostar con alguien que no me quiere nada?”

Las peripecias de Antonio son en muchos casos, ya dije, un chiste. Y un drama, también. Valentina le reclama: “Esa herida que dejas de puro delicado, hijo de puta, esa herida que eres, esa que soy”, es, como muchas, una frase afortunada. Tamara tiene también lo suyo.

La afirmación hecha al comienzo sobre la novela solo retoma un juicio de valor que hace Antonio frente a su doctor: “Leí una novela entera de un judío de Nueva York que echaba de menos fatalmente su prepucio. No me acuerdo del título ahora. Son de esos libros de moda de los que todos hablan quince minutos y todos olvidan por toda la eternidad. No era buena la novela, pero tampoco mala. Se supone que era divertida, aunque en el fondo me pareció trágica y eso que no sabía que iba a terminar hablando de eso con usted en la Clínica Alemana”.

‘El galán imperfecto’ es una rareza, también, porque suelen salir libros todo el tiempo, de dramas y dramones, cosas tristes, frustrantes. Se agradece que Rafael Gumucio le ponga al suyo humor.

 

39 autores virtuosos menores de 40 años

libroUn jurado conformado por Darío Jaramillo, Leila Guerriero y Carmen Boullosa escogió, entre más de 200 escritores de Latinoamérica, a 39 autores menores de 40 años que trascienden la geografía y hacen buena literatura. Y ofrecen seguir haciéndola a futuro.

De Chile seleccionaron a: Gonzalo Eltesch (‘Colección particular’), Diego Zúñiga (‘Niños héroes’), Eduardo Plaza (‘Hienas’) y Juan Pablo Roncone (‘Hermano ciervo’).

Los otros autores seleccionados por el jurados como los 39 imprescindibles de Latinoamérica, son:

Por Colombia: Giuseppe Caputo, Juan Cárdenas, Juan Esteban Constaín, Daniel Ferreira, Felipe Restrepo Pombo y Cristian Romero.

Por Cuba: Carlos Manuel Álvarez. Por República Dominicana: Frank Báez. Por Brasil: Natalia Borges Polesso y Mariana Torres.

Por Ecuador: Mauro Javier Cárdenas y Mónica Ojeda. Por Perú: María José Caro, Juan Manuel Robles y Claudia Ulloa Donoso.

Por Argentina: Martín Felipe Castagnet, Lola Copacabana, Diego Erlan, Mauro Libertella, Samanta Schweblin y Luciana Sousa.

Por Bolivia: Liliana Colanzi. Por Costa Rica: Carlos Fonseca. Por Uruguay: Damián González Bertolino y Valentín Trujillo. Por Puerto Rico: Sergio Gutiérrez Negrón.

Por México: Gabriela Jauregui, Laia Jufresa, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Emiliano Monge, Eduardo Rabasa, y Daniel Saldaña París.

Por Guatemala: Alan Mills, y por Venezuela Jesús Miguel Soto.

Las intenciones de ‘Qué pasa’ con Bachelet

querellaHan movido cielo y tierra los señores de ‘Qué pasa’ (grupo Copesa) para desprestigiar el reclamo de la presidente de Chile, Michelle Bachelet, calumniada e injuriada por esa revista, en relación con vincularla al oscuro negocio en el que está comprometido su hijo, el guatón traspirado de los aros picantes, Sebastián Dávalos, y la esposa de éste (nuera de la presidenta) Primero, ‘Qué pasa’ retiró la publicación de la web, y dijo que “hubo desprolijidad” y que el artículo injurioso “no cumplía con los estándares editoriales internos”. La primera pregunta es: entonces, ¿por qué se publicó?

La presidenta entabló una demanda judicial (facsímil), con pedido de 3 años de cárcel y 6 millones de pesos para Juan Pablo Larraín, director de ‘Qué pasa’ (que fue nombrado director de ‘La Tercera’, periódico del mismo grupo Copesa); Francisco Aravena, editor general; María José Tapia y Rodrigo Vergara (que es, también, editor periodístico de Radio Cooperativa)

Saltó de inmediato el gerente del grupo Copesa, Álvaro Caviedes, a decir que la presidenta estaba coartando la “libertad de prensa” y la “libertad de expresión” o la “libertad de opinión”. Pregunto: si un diario publica que la hija del señor Caviedes es una prostituta, o su esposa la amante del vecino, o que él, el señor Caviedes es delincuente y violador, ¿eso es “libertad de prensa”, “libertad de expresión” o “libertad de opinión”? ¿O eso es injuria y calumnia?

Ahora, los señores de ‘Qué pasa’ y de Copesa no saben a quién poner a desacreditar la demanda judicial de la presidenta. Pusieron a políticos amigos y a “doctores” en comunicación, y ayer a la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, la que dijo que había una “intención de amedrentar” por parte de la presidenta, al molestarse judicialmente por la calumnia e injuria de los señores Larraín, Aravena, Tapia y Vergara contra ella.

Es decir, estamos en el mundo al revés. Yo te escupo, pero tú eres el culpable por avisarle a la policía. Porque ni siquiera la presidenta ha actuado, como pudo haberlo hecho alguien que sorprende al lanza en la calle y lo detiene y golpea, sino que ha acudido a la justicia, que es el cauce democrático normal para saldar este tipo de disputas.

Pero al parecer a estos soñores no les gusta la democracia, sino para llenarse los bolsillos de dinero, pero no para respetar la honra, el buen nombre, la intimidad y el valor humano de las personas (así sea Presidente de la República, vendedora callejera o cajero de banco) Porque estos señores vienen de apoyar y medrar de una etapa tan oscura, triste y sucia como la dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet.

Lo normal es que la justicia actúe. Si eso que hicieron Vergara, Tapia, Aravena y Larraín no es injuria y calumnia, así lo dirán los tribunales de justicia, y si lo es, que esas personas asuman las consecuencias de su absoluta irresponsabilidad.

Por lo pronto, en otro acto de soberbia, el señor Álvaro Caviedes ha dicho: “No estamos dispuestos a retractarnos por el contenido” de la publicación, tanto en papel impreso como en la web de ‘Qué pasa’. ¿Qué intenciones, pues, movieron a ‘Qué pasa’, entonces, para publicar algo “desprolijo”, que “no cumplía con los estándares editoriales” de la revista, y que afecta, con nombre y apellido, a la Presidente de Chile, Michelle Bachelet? ¿Hay una conspiración?

Antes de triunfar rechazaron a estos 10 escritores

Scott FitzgeraldDentro de esos pequeños inventarios sobre determinadas cosas, encontré este sobre los grandes autores a quienes alguna vez les rechazaron sus obras, hoy consideradas magistrales. La lista incluye a plumas tan conocidas como la de Agatha Christie, Stephen King y la misma J. K. Rowling, a quien su Harry Potter le fue rechazado antes de la acogida mundial que hoy tiene. Estos son:
1) A Scott Fitzgerald (foto) un editor le dijo: “Tendrías un libro decente si prescindieras del personaje de Gatsby”, después de leer el manuscrito de ‘El gran Gatsby’.
2) ‘Las crónicas de Narnia’ y ‘Cartas del diablo a su sobrino’ de C. S. Lewis, fueron textos rechazados muchas veces (no sé si exageran, pero dicen que fueron rechazados 800 veces)
3) Cuando hoy sus libros tienen ventas que superan los 4.000 millones de ejemplares en todo el mundo, de sus 79 libros, Agatha Christie pasó cuatro años suplicándole a cuanto editor había para que le aceptara un manuscrito. Sus ventas se equiparan actualmente a las de las obras de William Shakespeare.
4) El editor de ‘El espía que surgió del frío’, de John le Carré, le envió a un compañero el libro inédito con la siguiente nota: “Te presento a le Carré. No tiene ningún futuro”.
5) La editorial que leyó ‘El diario de Ana Frank’, opinó: “Esta chica no tiene una percepción ni sentimiento especial que eleve este libro por encima del nivel de la curiosidad”.
6) La sátira de George Orwell sobre la corrupción política de su tiempo, ‘Rebelión en la granja’, fue rechazada con este comentario: “Es imposible vender historias de animales en Estados Unidos”.
7) Las obras de Stephen King tuvieron muchos rechazos, pero él no se rendía. Escribía otro libro y lo presentaba de nuevo, y obtenía un nuevo rechazo. Por fin, con ‘Carrie’, tuvo suerte, aunque uno de los editores que también la rechazó, dijo: “No estamos interesados en ciencia ficción que tenga que ver con utopías negativas. No venden”.
8) El autor de ‘El libro de la selva’, Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura en 1907, fue rechazado por el San Francisco Examiner con esta nota: “Lo siento, Sr. Kipling, pero sencillamente no sabe usted usar el inglés”.
9) J. K. Rowling envió el manuscrito de ‘Harry Potter y la piedra filosofal’ a 12 editoriales. Finalmente, la hija de ocho años del presidente de ediciones Bloomsbury, convenció a su padre para que lo editara. El resto es historia.
10) Finalmente, Marcel Proust fue objeto de rechazo. Su obra ‘En busca del tiempo perdido’ mereció el siguiente comentario de una editorial: “Mi querido amigo, puede que esté muerto de cuello para arriba, pero aun así no veo por qué un tío puede necesitar 30 páginas para describir cómo cambia de postura en la cama antes de dormir”.
La enseñanza, vistos los hechos, es que no siempre se trata de falta de talento del autor, sino falta de talento del editor. Si tú obtienes un ‘No’ por respuesta de un editor, persevera.

Patrick Modiano y ‘La hierba de las noches’

patrick modianoNo te dejes engañar. Puede uno tener la sensación de cierto desmaño en la sintaxis de Patrick Modiano (foto), pero en realidad la redacción opera como una serpiente que te envuelve paulatinamente para, en cualquier momento, asfixiarte. O picarte de veneno de muerte. En ‘La hierba de las noches’ (editorial Anagrama, octubre 2014, traducción de María Teresa Gallego Urrutia) la historia se mueve inestable en el tiempo y el espacio. De pronto está uno en una París de antes, de la que no queda nada. Los protagonistas van por calles que han cambiado su entorno, y entran a locales que ya no existen, porque fueron demolidos. Son puertas en el tiempo que sustentan la trama hacia adelante y hacia atrás, bastante coherentemente. De esto es de lo que hablo:
“Al cabo de un rato, el taxista me dijo:
–¿Está seguro de que va a venir esa persona?
Le pedí que me esperase un momento y me bajé del taxi. Al llegar delante de la puerta cochera, me llamó la atención, a la derecha, el teclado para el código del portero automático. En aquellos tiempos no existía. Pulsé con el índice, al azar, cuatro números y la letra D. La puerta siguió cerrada. Me volví a subir al taxi.
–Se le ha olvidado el código, ¿eh? –me dijo el taxista–. ¿Seguimos esperando a la persona esa?
–No.
A veces, en los sueños, sé el código y no necesito empujar la puerta cochera. En cuanto pulso con el índice la letra D la puerta se abre automáticamente y se vuelve a cerrar cuando entro”.
La novela escarba los tiempos de la ocupación nazi, los tiempos de la resistencia, los sentimientos de viejos torturadores y de jóvenes que exploraban por entonces la vida, o confirmaban que nada había más allá de distinto a lo previsible.
“–Si me hubiera metido en un asunto feo, te lo diría…
Esa frase aún sigo oyéndola de noche, en las horas de insomnio. La apunté en la libreta negra. Debía de sospechar algo, pese a todo, un presentimiento incorrecto ya que la puse por escrito así, tal y como lo hice. ¿Por qué no me dijo nada? ¿O por qué me lo dijo sólo con medias palabras, una noche, cuando salíamos de la estación de Lyon? Sobre la marcha, no me fijé demasiado. A lo mejor no quería asustarme, pero, en tal caso, es que no me conocía bien”.
Sin duda que el más reciente Nobel de Literatura lo merecía. El texto que comento tiene una densidad que, sin embargo, no obstaculiza sino que lo hace a uno avanzar. Porque Modiano también apela al recurso del suspenso, propio de la novela policíaca. Invito a leer esta novela.

Castro, Auster, Lawrence y Eltit

oscar castroSin la pretensión de crítico por oficio sino simplemente como el lector corriente que soy, comparto algunas reseñas que, insisto, contienen mi percepción de textos que disfruto con variado resultado final. El primer libro que debo destacar con toda fuerza y consciencia es ‘Llampo de sangre’, de Óscar Castro (foto), muerto tempranamente a los 37 años en Santiago. Para algunos se tratará de un autor ‘de antes’, pero con mucho expone una potencia narrativa admirable, que despliega en esta novela relacionada con la vida de mineros. Ímpetu narrativo que hace imposible ubicarla en el ‘costumbrismo’, o en el ‘criollismo’, como lo hacen algunos. Porque sencillamente la novela rebasa esos calificativos. Hay una suerte de suspenso que nos lleva a un final imprevisto, en medio de paisajes resecos, agrestes, embrujados. Personajes bien definidos, autónomos, que evolucionan en una danza narrativa sin excesos ni defectos, con justicia de genio en la modulación de la obra que, me parece, se instala en la actualidad ganándoles con suficiente grandeza a narradores de hoy. Una novela medular en la narrativa chilena. Una novela llena de metáforas –ebullen en cada página, la siguiente tan contundente como la precedente–, que están lejos de ser florituras y, antes bien, siguen plasmadas al servicio de la historia. No hay engolamiento, ni actitud presumida en ese volcán de frases sorprendentes, bien hechas, imaginativas y eficazmente descriptivas. Merece quizás un ensayo que rebase esta reseña. Escritor que se precie de tal debe pasar por el fuego sagrado de este texto de Óscar Castro, quien también hizo poesías, de las buenas, algunas de las cuales fueron musicalizadas, como ‘Oración para que no me olvides’ (http://youtu.be/vj8UYZTJjpE).
Una mujer partió a caballo’, en una edición rústica de Editorial Tiempo Presente Limitada, DH Lawrencecontiene también ‘La media blanca’, dos textos de D.H. Lawrence (foto), autor inglés fallecido a los 45 años en Francia. El primero tiene una contundencia que, nuevamente, la provoca el lenguaje resaltado de símiles y metáforas que se compadecen perfectamente con los temas. En el primer caso es la liberación de la mujer del yugo matrimonial y su extraña aventura en una comunidad indígena, en la que habría de conocer la dimensión cósmica del ara sacrificial. En el segundo, un texto lleno de pasión que trenza los sentimientos de él y los de ella de manera natural, que porfían truncados.
Diario de invierno’ es un libro testimonial, autobiográfico, de Paul Auster (foto), escritor paul austerestadounidense de 67 años. Es una historia sin sobresaltos, normal, de alguien que se abre camino en la vida, y lo recuerda después de manera casi cronológica. Vuelven a estar esos pasajes que tanto gustan a Paul Auster en los que plasma la mano del azar –la sublime coincidencia o el milagro en lo cotidiano–. El interés de lector común está en poder conocer “algo más” de la vida diaria de un escritor renombrado. Sin apocopar la riqueza del texto en su misma simplicidad, me quedé pensando al final si una editorial en Chile publicaría este libro, en caso de que el autor no fuera conocido. Un N.N., como yo. Me atrevo a decir que no, jamás, porque parece que nos estamos acostumbrando a la truculencia, lo sanamente retorcido, las historias imposibles, en cuanto a la ficción. Y las editoriales están optando hoy por argumentos de historia patria o de denuncia, temas de no ficción. Mi percepción no resta importancia a ‘Diario de invierno’, sino que no lo resalta como una lectura impostergable.
Fuerzas especiales’ de la escritora chilena Diamela Eltit (foto), de 65 años, premiada en la categoría Narrativa diamela eltitcon el premio ‘Altazor 2014’. Narra un espacio de tiempo determinado de la protagonista sin nombre, que vive en un barrio de bloques habitacionales hostigados por la presencia de ‘los pacos’ y ‘los tiras’. El habla popular, tejida con el florecimiento de metáforas y reflexiones existenciales, fluye a lo largo de sus 165 páginas, con facilidad. Hay una destreza increíble en el manejo del lenguaje, que resulta notable. La historia, finalmente parece un congelado de la misma escena, en la que algo ocurre pero no se sabe exactamente qué, y eso mismo crea una tensión, carente de causa y posibilidades. En la edición de Seix Barral se dice: “Diamela Eltit da vida a un nuevo entramado discursivo –contemporáneo y contingente– donde los vínculos familiares, las relaciones de poder, el cuerpo, el lugar de la mujer y los mecanismos de asedio adquieren nuevos e iluminadores matices”. Quedé con la sensación de haber leído un largo cuento cuya atmósfera, densa e inmóvil, propone que algo sucede, sin precisarse qué –aunque pueda intuirse–. El final, surgido sin suficientes hilos consecuenciales, me hizo recordar el de una película colombiana titulada ‘La estrategia del caracol’. Todo es solo mi percepción.