Archivo de la categoría: Editores

‘El galán imperfecto’ de Rafael Gumucio

el galán imperfectoLeí ‘El galán imperfecto’ de Rafael Gumucio (47 años) y me pareció que no es una buena novela, pero tampoco mala. Divertida, por momentos. Lírica en otros fragmentos, casi. El quid se puede inferir así: “Eso es lo que no quiero, doctor, hacerme hombre. Ni mujer tampoco, ni niño, ni homosexual. Sobre todo, es eso lo que no quiero, doctor, ser sexual, colgar de mí mismo, tener algo que empujar hasta disolverme”.

Pudo haber tenido otro título, inclusive. Como ‘Perder el prepucio’, o ‘La vida después del prepucio’ o algo así. Porque lo que cuenta es más que un hombre apuesto, y más que un don Juan, en el sentido corriente.

Déjenme lamentar que le hayan puesto una tapa tan básica, nada elaborada, sacada de una web de imágenes: Getty Images. Lamentable, porque el libro no merece ser tratado como un trabajo final de la secundaria, y lamentable por tratarse de una edición de las dimensiones que proyecta Random House. Qué pobreza conceptual.

Dicho eso, debo ser sincero: la novela arranca un tanto envarada, pero cobra vuelo con el correr de las páginas. Son 209 en total. Y siendo sincero, como ya anoté, hay fragmentos de excelente factura. Usa bien los diálogos, con parrafadas que hacen recordar a Woody Allen parlanchín e incoherente, que fluyen sin traumatismos.

El foco de la historia, de algo físico y pueril, desenfoca, o deriva, en lucubraciones existenciales y amorosas. Pero todo el libro tiene en cada momento un toque de humor, gratamente.

“-Te quiero -adivino que quiere oír, es lo que quisiera oír yo al menos si la tuviera tan acuartelada en mi propia cama.

-No me digas eso. Por favor, no me digas eso. No hay nada que me caliente menos que un huevón que dice todo el rato te quiero.

-No te quiero, entonces.

-Eso me calienta menos todavía. Eso es malo para mí. ¿A estas alturas del partido cómo me voy a acostar con alguien que no me quiere nada?”

Las peripecias de Antonio son en muchos casos, ya dije, un chiste. Y un drama, también. Valentina le reclama: “Esa herida que dejas de puro delicado, hijo de puta, esa herida que eres, esa que soy”, es, como muchas, una frase afortunada. Tamara tiene también lo suyo.

La afirmación hecha al comienzo sobre la novela solo retoma un juicio de valor que hace Antonio frente a su doctor: “Leí una novela entera de un judío de Nueva York que echaba de menos fatalmente su prepucio. No me acuerdo del título ahora. Son de esos libros de moda de los que todos hablan quince minutos y todos olvidan por toda la eternidad. No era buena la novela, pero tampoco mala. Se supone que era divertida, aunque en el fondo me pareció trágica y eso que no sabía que iba a terminar hablando de eso con usted en la Clínica Alemana”.

‘El galán imperfecto’ es una rareza, también, porque suelen salir libros todo el tiempo, de dramas y dramones, cosas tristes, frustrantes. Se agradece que Rafael Gumucio le ponga al suyo humor.

 

Anuncios

39 autores virtuosos menores de 40 años

libroUn jurado conformado por Darío Jaramillo, Leila Guerriero y Carmen Boullosa escogió, entre más de 200 escritores de Latinoamérica, a 39 autores menores de 40 años que trascienden la geografía y hacen buena literatura. Y ofrecen seguir haciéndola a futuro.

De Chile seleccionaron a: Gonzalo Eltesch (‘Colección particular’), Diego Zúñiga (‘Niños héroes’), Eduardo Plaza (‘Hienas’) y Juan Pablo Roncone (‘Hermano ciervo’).

Los otros autores seleccionados por el jurados como los 39 imprescindibles de Latinoamérica, son:

Por Colombia: Giuseppe Caputo, Juan Cárdenas, Juan Esteban Constaín, Daniel Ferreira, Felipe Restrepo Pombo y Cristian Romero.

Por Cuba: Carlos Manuel Álvarez. Por República Dominicana: Frank Báez. Por Brasil: Natalia Borges Polesso y Mariana Torres.

Por Ecuador: Mauro Javier Cárdenas y Mónica Ojeda. Por Perú: María José Caro, Juan Manuel Robles y Claudia Ulloa Donoso.

Por Argentina: Martín Felipe Castagnet, Lola Copacabana, Diego Erlan, Mauro Libertella, Samanta Schweblin y Luciana Sousa.

Por Bolivia: Liliana Colanzi. Por Costa Rica: Carlos Fonseca. Por Uruguay: Damián González Bertolino y Valentín Trujillo. Por Puerto Rico: Sergio Gutiérrez Negrón.

Por México: Gabriela Jauregui, Laia Jufresa, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Emiliano Monge, Eduardo Rabasa, y Daniel Saldaña París.

Por Guatemala: Alan Mills, y por Venezuela Jesús Miguel Soto.

‘Por las azoteas’ de Julio Ramón Ribeyro

julio-ramon-ribeyroA los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.

En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.

A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logré pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.

Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.

Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.

En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.

Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.

-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.

Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.

-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa… ¡Este calor!

-¿Quién eres tú? -le pregunté.

-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.

-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.

-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.

-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.

-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.

Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.

-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.

-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: “Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz”.

Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.

-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: “Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’”.

Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.

-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?

-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.

Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.

Al día siguiente regresé.

-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.

En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.

-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.

-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.

-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.

-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.

-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.

-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.

El hombre quedo mirándome sin entenderme.

-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.

Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.

-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.

A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.

A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:

-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.

O decía:

-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.

Otro día me dijo:

-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.

A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.

Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.

-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!

Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.

-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?

Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.

Cuando me retiraba, el hombre me dijo:

-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.

El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.

-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.

Al día siguiente me entregó un libro:

-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo…, de este largo verano.

Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado “el hombre de la perezosa”. Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.

-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.

Esa noche mi papá me dijo:

-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.

Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.

Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.

Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.

Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.

Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.

Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

Julio Ramón Ribeyro (foto)

Las intenciones de ‘Qué pasa’ con Bachelet

querellaHan movido cielo y tierra los señores de ‘Qué pasa’ (grupo Copesa) para desprestigiar el reclamo de la presidente de Chile, Michelle Bachelet, calumniada e injuriada por esa revista, en relación con vincularla al oscuro negocio en el que está comprometido su hijo, el guatón traspirado de los aros picantes, Sebastián Dávalos, y la esposa de éste (nuera de la presidenta) Primero, ‘Qué pasa’ retiró la publicación de la web, y dijo que “hubo desprolijidad” y que el artículo injurioso “no cumplía con los estándares editoriales internos”. La primera pregunta es: entonces, ¿por qué se publicó?

La presidenta entabló una demanda judicial (facsímil), con pedido de 3 años de cárcel y 6 millones de pesos para Juan Pablo Larraín, director de ‘Qué pasa’ (que fue nombrado director de ‘La Tercera’, periódico del mismo grupo Copesa); Francisco Aravena, editor general; María José Tapia y Rodrigo Vergara (que es, también, editor periodístico de Radio Cooperativa)

Saltó de inmediato el gerente del grupo Copesa, Álvaro Caviedes, a decir que la presidenta estaba coartando la “libertad de prensa” y la “libertad de expresión” o la “libertad de opinión”. Pregunto: si un diario publica que la hija del señor Caviedes es una prostituta, o su esposa la amante del vecino, o que él, el señor Caviedes es delincuente y violador, ¿eso es “libertad de prensa”, “libertad de expresión” o “libertad de opinión”? ¿O eso es injuria y calumnia?

Ahora, los señores de ‘Qué pasa’ y de Copesa no saben a quién poner a desacreditar la demanda judicial de la presidenta. Pusieron a políticos amigos y a “doctores” en comunicación, y ayer a la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, la que dijo que había una “intención de amedrentar” por parte de la presidenta, al molestarse judicialmente por la calumnia e injuria de los señores Larraín, Aravena, Tapia y Vergara contra ella.

Es decir, estamos en el mundo al revés. Yo te escupo, pero tú eres el culpable por avisarle a la policía. Porque ni siquiera la presidenta ha actuado, como pudo haberlo hecho alguien que sorprende al lanza en la calle y lo detiene y golpea, sino que ha acudido a la justicia, que es el cauce democrático normal para saldar este tipo de disputas.

Pero al parecer a estos soñores no les gusta la democracia, sino para llenarse los bolsillos de dinero, pero no para respetar la honra, el buen nombre, la intimidad y el valor humano de las personas (así sea Presidente de la República, vendedora callejera o cajero de banco) Porque estos señores vienen de apoyar y medrar de una etapa tan oscura, triste y sucia como la dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet.

Lo normal es que la justicia actúe. Si eso que hicieron Vergara, Tapia, Aravena y Larraín no es injuria y calumnia, así lo dirán los tribunales de justicia, y si lo es, que esas personas asuman las consecuencias de su absoluta irresponsabilidad.

Por lo pronto, en otro acto de soberbia, el señor Álvaro Caviedes ha dicho: “No estamos dispuestos a retractarnos por el contenido” de la publicación, tanto en papel impreso como en la web de ‘Qué pasa’. ¿Qué intenciones, pues, movieron a ‘Qué pasa’, entonces, para publicar algo “desprolijo”, que “no cumplía con los estándares editoriales” de la revista, y que afecta, con nombre y apellido, a la Presidente de Chile, Michelle Bachelet? ¿Hay una conspiración?

De las grandes pequeñas cosas de la tele

tele2Me enteré que Aristarco está viendo más televisión y lo hace a su manera. La interpela. Busca parecidos. Escucha con atención y cree que buena parte de lo que allí ocurre es ficción. A Mauricio Bustamante lo encuentra idéntico a Pedro Picapiedra, y a Soledad Onetto a la cara de una serpiente. Si ve a Raquel Argandoña en cualquier sitio, confirma la decadencia de la tele, de los periodistas que la buscan y de la vida social chilena. No se pierde los viajes de Francisco Saavedra en ‘Lugares que hablan’, y encuentra detestables a Oriana Marzoli y Aylén Milla, en ‘Volverías con tu ex’; cree que están de psiquiatra, porque no de otra manera se explica el bullying, obsesivo y desquiciado, contra Gala (Galadriel Caldirola) A Marco Ferri, en tanto, lo halla hipócrita, falto de testosterona y barbilindo. Dice que ojalá ganen Joaquín Méndez y Camila Recabarren. Y encuentra decepcionante que más políticos suenen como beneficiarios de la empresa del exyerno del abominable y sanguinario dictadorzuelo Augusto Pinochet, SQM del señorón Julio Ponce. Ahí están, en la duda, Sergio Bitar, Samuel Donoso, Guido Girardi (tan raro) y Carolina Tohá. ¿Yo? No, nunca, ni directa o indirectamente he pedido ni recibido dinero de SQM para mi campaña política o para mi partido; eso es lo que dicen todos. Como lo decía, una y otra vez, cínicamente, el ultraderechista pinochetista Jovino Novoa, quien jamás abrió la boca para contestar las preguntas del fiscal (por recomendación de su abogado), pero al final admitió que era un delincuente (aunque el saliente fiscal Sabas Chahuán lo haya absuelto, diciendo que ‘había colaborado con la justicia’) ¿Se sabe cuál es el rating de Rafael Araneda en el matinal de Chilevisión? No, no lo sé, le digo a Aristarco, y él me dice: apostaría a que no ha aportado un solo punto de rating. ¡No pasa nada con Rafael Araneda! Él, solo sirve para programa empaquetados, libreteados, predichos, como el Festival de Viña del Mar, o los de concurso. Y ahora resulta que todos los matinales le copiaron al de Mega, eso de poner a 14 o 18 personas a animarlo. Todos sentados ante una mesa larga. Eso mismo hizo Tvn, Chilevisión y Canal 13. En ‘Bienvenidos’, pusieron a los mismos 13 animadores, pero sentados en un sofá largo. Por último, Aristarco se volvió a quejar de los periodistas idiotas que eliminaron las palabras ‘hoy’ y ‘ayer’, que son determinantes, categóricas, y las convirtieron en un chorro de babas con eso de ‘esta jornada’ y ‘la última jornada’. ¿Eso, qué es? Que vuelvan a la educación básica, dice, molesto. Tan molesto, como con el tal ‘al interior de’. ¿Al interior de? Basta con decir ‘en’, y se dice lo mismo. Está en el banco, o está en el auto, y no ‘al interior del banco’ o ‘al interior del auto’. ¿Dónde están los editores para que corrijan eso? ¿Dónde están los directores para que corrijan eso? ¡Periodistas atorrantes! ¡Cómo maltratan el idioma!

‘Premio Spiwak’ de novela Ciudad de Cali

Premio Spiwak-Ciudad de CaliLa ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali para las artes del Pacífico Americano‘, con el anhelo de hacer de la Ciudad de Cali un centro de diálogo e intercambio cultural con los artistas y escritores nacionales y de la cuenca del Pacífico Americano, a través de la creación de premios altamente significativos para las artes y las letras de los países que conforman esta área del continente, convoca al ‘Premio de Novela del Pacífico Americano en Español’, 2016.

1) Podrán optar al ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del acífico Americano en Español’, novelas de escritores nacidos o residentes en los últimos 5 años en cualquiera de los países que conforman la cuenca del Pacífico Americano: Canadá, EE.UU, México, Guatemala, Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Las novelas, de tema libre, deben ser inéditas, escritas en español, sin que hayan sido premiadas o galardonadas anteriormente en ningún otro concurso o certamen literario. El autor de la obra garantizará la autoría y originalidad de la novela presentada al Premio, así como manifestará que no es copia ni modificación de ninguna otra ajena, y que no corresponde a un autor fallecido.

2) Cada autor podrá presentar una sola obra, que tendrá una extensión mínima de 150 páginas, tamaño carta en Arial o Times New Roman, 12 puntos, a espacio y medio.

3) La cuantía del Premio será de 50.000 dólares, suma considerada como cesión de los derechos de edición de la obra. El ganador se compromete a suscribir el contrato de cesión con la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ en exclusiva, de los derechos de edición en formato digital para la difusión gratuita en la página Web de la Fundación o en otro portal con el que la Fundación Spiwak haya establecido un acuerdo, y en formato impreso con ‘Siglo XXI Editores’ que goza de un amplio reconocimiento y prestigio Internacional. La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ con ‘Siglo XXI Editores’ editarán de común acuerdo la primera edición. Los Derechos de Autor de la obra le pertenecerán a la Fundación durante dos años después de la publicación de la primera edición. Para otras ediciones, después de cumplidos los términos, cualquier negociación será directa, ejerciendo su derecho de preferencia entre el escritor y la Editorial.

4) El Premio será otorgado por un jurado internacional de cinco (5) miembros, configurado por reconocidos escritores cuyos nombres se darán a conocer con suficiente anticipación. La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ conformará un equipo de pre-lectores calificados que con antelación contribuyan a seleccionar las obras objeto de evaluación. Las deliberaciones del jurado serán secretas y sus decisiones se adoptarán por mayoría. Sin perjuicio del contenido del fallo definitivo del concurso. La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ no se hace responsable de las opiniones manifestadas por el jurado o por cualquiera de sus miembros, antes o después de la emisión de aquél, en relación con las obras presentadas.

5) En ningún caso el ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del Pacífico Americano en Español’, 2016, podrá ser repartido entre dos o más novelas. El Premio será concedido íntegro a una sola obra y no podrá ser declarado desierto.

6) En un sobre se presentará una copia de la novela en papel Bond, tamaño carta, debidamente anillada o foliada. La obra deberá estar titulada y firmada con pseudónimo y dentro del mismo sobre se debe incluir un una copia digital (CD) exacta al original impreso.

7) El nombre del autor, documento nacional de identidad o pasaporte y su domicilio, teléfonos y correo electrónico, deberán presentarse en sobre aparte, debidamente sellado y distinguido con el nombre de la obra y el pseudónimo.

8) En todos los casos deberá ser incluido en ese sobre aparte, una declaración firmada por el autor en la que conste cada una de las siguientes exigencias:

Manifestación rotunda del carácter original e inédito en todo el mundo de la obra que se presenta, así como que no es copia ni modificación, total o parcial, de ninguna otra obra propia o ajena.

Aseveración expresa de la titularidad exclusiva del autor sobre todos los derechos de la obra y que la misma se encuentra libre de cargas o limitaciones a los derechos de explotación.

Afirmación explícita de que la obra presentada al Premio no ha sido enviada a ningún otro concurso que esté pendiente de resolución en el momento de la presentación de la obra al Premio.

Declaración positiva de la aceptación por el autor de todas y cada una de las condiciones establecidas en las presentes bases.

Fecha de la comunicación y firma original.

9) El autor de la obra presentada al Premio se obliga a mantener totalmente indemne a la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ por cuantos daños y/o perjuicios pudiera ésta sufrir como consecuencia de la inexactitud o falta de veracidad de cualquiera de las manifestaciones indicadas anteriormente y realizadas por el autor en el momento de la presentación de la obra.

10) El plazo de admisión de las obras termina el 30 de marzo de 2016. Los dos sobres que contienen los originales y los datos legales del escritor deben ser enviados en un solo paquete a nombre de la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ a la dirección: Avenida 6 D Norte N°. 36N–18 con la indicación: ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del Pacífico americano en Español, 2016’. La Fundación admitirá aquellos documentos de los que posea constancia en el correo de que fueron enviados en la fecha.

11) Ninguno de los originales presentados al Premio dentro del plazo y en la forma debida podrá ser retirado antes de hacerse público el fallo del jurado.

12) La presentación al Premio implica para el concursante la aceptación íntegra e incondicional de estas bases, así como el consentimiento irrevocable del autor a la divulgación de la obra presentada en caso de resultar premiada.

13) La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ no mantendrá correspondencia ni comunicación alguna con los autores que se presentan al Premio ni facilitará información sobre la clasificación y valoración de las obras.

14) El fallo del jurado del ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali’ se hará público el día 9 de agosto de 2016, fallo que será inapelable. El premio se otorgará durante la segunda quincena de noviembre, en el marco de un importante evento cultural que tendrá lugar en la Ciudad de Cali.

15) Los textos de las obras que no resulten ganadoras no serán devueltos, estos serán destruidos en presencia de Notario Público.

16) El autor galardonado con el ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali’, se obliga a suscribir el contrato de edición, de cesión de los derechos de utilización comercial sobre la obra premiada, y demás documentos que sean precisos para formalizar oportunamente dichas cesiones. De igual modo se compromete a asistir a la ceremonia de entrega del galardón en las fechas establecidas; para tal efecto la ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ situará los tiquetes aéreos y correrá con los gastos de hospedaje y alimentación en la Ciudad de Cali.

17) La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ y ‘Siglo XXI Editores’ efectuarán la edición de la novela galardonada con un primer tiraje de 2.000 ejemplares para hacerlo público en el evento donde se entregará el premio. El ganador se compromete con la editorial a participar en la promoción del libro en certámenes que para tal efecto ésta programe. Las ediciones sucesivas que sigan a la primera se efectuarán con las tiradas que libremente decida el editor en convenio con el autor.

18) El acuerdo acerca de la modalidad en que deba efectuarse cada una de las sucesivas ediciones y el sistema de distribución comercial corresponderá única y exclusivamente al editor.

19) El autor recibirá 50 ejemplares de la obra publicada y no devengará por ningún concepto otra cantidad distinta que la percibida como premio, que tendrá, a efectos del contrato, el carácter de pago de sus derechos de propiedad intelectual.

20) La ‘Fundación Premio Spiwak Ciudad de Cali’ y ‘Siglo XXI Editores’ se reservan el derecho de obtener la cesión para la contratación en cualquier modalidad de las obras que, presentadas al Premio y no siendo galardonadas, pudieran interesarle, siempre que comunique al autor correspondiente dicha decisión en el plazo máximo de noventa (90) días hábiles a contar desde la fecha en que se haga público el fallo del ‘Premio Spiwak Ciudad de Cali de Novela del Pacífico Americano en Español’, 2016.

21) Ningún Miembro del equipo organizador ni miembro del jurado o quien forme parte del grupo de pre-lectores podrá presentar obras de su autoría al Premio.

22) Para cualquier duda, discrepancia, reclamación o cuestión que pueda suscitarse con ocasión de la interpretación y ejecución de las presentes bases, las partes renuncian al foro propio que pudiera corresponderles y acuerdan someter el conflicto planteado a la jurisdicción de los Juzgados y Tribunales de la ciudad de Cali (Colombia).

Antes de triunfar rechazaron a estos 10 escritores

Scott FitzgeraldDentro de esos pequeños inventarios sobre determinadas cosas, encontré este sobre los grandes autores a quienes alguna vez les rechazaron sus obras, hoy consideradas magistrales. La lista incluye a plumas tan conocidas como la de Agatha Christie, Stephen King y la misma J. K. Rowling, a quien su Harry Potter le fue rechazado antes de la acogida mundial que hoy tiene. Estos son:
1) A Scott Fitzgerald (foto) un editor le dijo: “Tendrías un libro decente si prescindieras del personaje de Gatsby”, después de leer el manuscrito de ‘El gran Gatsby’.
2) ‘Las crónicas de Narnia’ y ‘Cartas del diablo a su sobrino’ de C. S. Lewis, fueron textos rechazados muchas veces (no sé si exageran, pero dicen que fueron rechazados 800 veces)
3) Cuando hoy sus libros tienen ventas que superan los 4.000 millones de ejemplares en todo el mundo, de sus 79 libros, Agatha Christie pasó cuatro años suplicándole a cuanto editor había para que le aceptara un manuscrito. Sus ventas se equiparan actualmente a las de las obras de William Shakespeare.
4) El editor de ‘El espía que surgió del frío’, de John le Carré, le envió a un compañero el libro inédito con la siguiente nota: “Te presento a le Carré. No tiene ningún futuro”.
5) La editorial que leyó ‘El diario de Ana Frank’, opinó: “Esta chica no tiene una percepción ni sentimiento especial que eleve este libro por encima del nivel de la curiosidad”.
6) La sátira de George Orwell sobre la corrupción política de su tiempo, ‘Rebelión en la granja’, fue rechazada con este comentario: “Es imposible vender historias de animales en Estados Unidos”.
7) Las obras de Stephen King tuvieron muchos rechazos, pero él no se rendía. Escribía otro libro y lo presentaba de nuevo, y obtenía un nuevo rechazo. Por fin, con ‘Carrie’, tuvo suerte, aunque uno de los editores que también la rechazó, dijo: “No estamos interesados en ciencia ficción que tenga que ver con utopías negativas. No venden”.
8) El autor de ‘El libro de la selva’, Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura en 1907, fue rechazado por el San Francisco Examiner con esta nota: “Lo siento, Sr. Kipling, pero sencillamente no sabe usted usar el inglés”.
9) J. K. Rowling envió el manuscrito de ‘Harry Potter y la piedra filosofal’ a 12 editoriales. Finalmente, la hija de ocho años del presidente de ediciones Bloomsbury, convenció a su padre para que lo editara. El resto es historia.
10) Finalmente, Marcel Proust fue objeto de rechazo. Su obra ‘En busca del tiempo perdido’ mereció el siguiente comentario de una editorial: “Mi querido amigo, puede que esté muerto de cuello para arriba, pero aun así no veo por qué un tío puede necesitar 30 páginas para describir cómo cambia de postura en la cama antes de dormir”.
La enseñanza, vistos los hechos, es que no siempre se trata de falta de talento del autor, sino falta de talento del editor. Si tú obtienes un ‘No’ por respuesta de un editor, persevera.