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Sospechoso este ‘tsunami de fuego’ en Chile

incendio_noche_portezueloAristarco insiste en que es, como dice Bombo Fica en algunos de sus chistes, ‘sospechoso’ este episodio de los incendios por doquier. Dice que hay manos criminales, y sobre todo una intencionalidad de poner en aprietos a la presidente Michelle Bachelet. Hay un grupo de personas empeñadas en desprestigiar al gobierno. Y varios medios de comunicación les hacen eco. Me cuenta que hay páginas web, con noticias estacionadas desde hace varios meses, afirmando que la economía chilena va a colapsar, afirmando que este ha sido el peor gobierno de la historia de Chile, diciendo que todo está mal. Aristarco cree que estas personas y estas afirmaciones son conspirativas. Buscan infligir daño. Esas personas son las verdaderas responsables de si la situación chilena empeora. Porque lanzan ideas falsas, como lo hacía Joseph Goebbels, y los medios de comunicación cómplices las repiten con tal obsesión que se convierten en verdades. Esta ola de incendios no puede ser espontánea, ¡500 mil hectáreas!, insiste Aristarco. Aquí no se cumple la fórmula de los 30 grados de temperatura, 30 kilómetros por hora de viento y 30 grados de humedad del aire. Aquí hay manos criminales, hay una intencionalidad, hay un concierto para delinquir y un propósito: desprestigiar al gobierno de una mujer. Es una conspiración misógina, cruel y sanguinaria, que no mira sino intereses egoístas. Nada les importa destruir, como lo han hecho, ¡más de 500 mil hectáreas! de bosques y pastizales. “Déjame y digiero todo eso”, fue lo único que se me ocurrió decirle a Aristarco.

La película ‘Los 33’

Los 33Estaba en mora de decir que me gustó la película ‘Los 33’. Hay que verla. Un drama dirigido por la mexicana Patricia Riggen, que narra los hechos ocurridos en agosto del 2010, cuando 33 mineros, por la irresponsabilidad de los empresarios de la mina ‘San José’, estuvieron enterrados 69 días a 700 metros bajo tierra.
Es una película bien contada, hecha con recursos adecuados en cuanto a efectos especiales y locaciones, que hay que ver. Cuenta entre su elenco a reconocidos actores hollywoodenses, como Antonio Banderas, Gabriel Byrne y Lou Diamond Phillips, y del cine francés y brasileño como Juliette Binoche y Rodrigo Santoro.
Una excelente película. Y no me refiero a la fidelidad de la narración con relación a la Historia, y tampoco a que cada vez que aparece el presidente, encarnado por el actor Bob Gunton, haya una risita burlona entre el público. O cuando éste saca el papel en el que, con magnífica sintaxis, los mineros atrapados informaban: “Estamos bien en el refugio los 33”. Por cierto que no lo saca sino una vez, en una escena que no dura más de 10 segundos; es decir, no fue “el papelito politiquero del presidente Sebastián Piñera”, sino el papel utilitario de la película que cuenta una historia real de manera eficiente.
Pero lo que más me gustó fueron las dos frases al final de la película. Una, denuncia que los empresarios de la mina ‘San José’ no han sido encauzados ‘criminalmente’ (que es la palabra gringa para hablar de ‘penalmente’) De esto no se volvió a hablar, de la impunidad con que actuaron (¿y todavía actúan hoy?) los ‘empresarios’ irresponsables de la mina ‘San José’. La película lo recuerda.
Y la otra frase es otro recordatorio: el gobierno no hizo, y no ha hecho, nada por los 33 mineros. No los pensionó. No los protegió, más que con un par de anteojos oscuros para cuando salieran a la luz del día, y un par de terapias con psicólogo, para las que debían viajar a Santiago cada vez.
Esas dos denuncias que hace la película merecen todo mi respeto. El resto de la cinta tiene algunas adaptaciones, necesarias para encajar una historia con futuro comercial. Pero la película es entretenida, rápida, dramática y con toques de humor. Excelente, me pareció.

Pensiones de miseria por el “mercado libre”

claudio-bonillaEl sistema pensional chileno está en manos de empresas privadas, cuyos ejecutivos lucran y viven en los barrios exclusivos del nororiente de Santiago a costa de la misera de los trabajadores que fueron conminados a entregar sus ahorros a estas organizaciones perversas, cuyos primeros “beneficiarios” han obtenido pensiones para morirse de hambre.
Me remito a unas pocas observaciones que hizo el profesor asociado de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, Claudio Bonilla (foto), quien define, para empezar, “el sistema de pensiones chileno en el que la capitalización individual determina el fondo acumulado y, consecuentemente, el monto de la pensión”. (¿El creador fue el señor José Piñera?)
Había otro, antes que este, el de reparto, que durante la dictadura se argumentó que “dada la evolución demográfica se tornaba financieramente insostenible para el Estado”.
Así, los privados son los que determinan el futuro de las personas, su bienestar y su condición social, no el Estado, al que con las teorías de la dictadura se le ha restado toda presencia y capacidad de acción, reduciéndolo a proporciones alucinantemente ínfimas. (Dicen los ricachones que “el mercado es sabio”)
En 1981 se produjo el cambio del sistema de reparto a cargo del Estado (como debe ser), al de “capitalización individual” (empresas de los ricachones para su lucro).
Dice el profesor Claudio Bonilla en un texto de El Mercurio: “Para los trabajadores que venían del sistema antiguo, el Estado les calculó un bono de reconocimiento que también estaba dañado, pues este cálculo se basaba solo en la renta imponible, produciéndoles de esta forma un doble daño previsional a sus empleados. El bono de reconocimiento incorporó una tasa de interés del 4%, la mitad de la que habrían obtenido esos mismos fondos si hubieran estado en las AFP desde 1981”.
“El problema de la subcotización fue resuelto con dos leyes, una de 1987 y otra de 1993. Sin embargo, el daño que se produjo hasta antes de las leyes nunca fue resuelto”.
Puso de ejemplo el profesor Bonilla que si hay dos “empleados públicos en idéntica condición de años cotizados por una misma renta, el que se cambió al sistema de capitalización individual obtiene una pensión considerablemente inferior, producto del daño que le infirió el Estado a sus ahorros para jubilarse”.
“En un estudio reciente para cuantificar el daño previsional, y basándome en una muestra de más de 25.000 empleados públicos, he calculado el factor de subcotización para ellos, y separándolos por quintil de ingresos para poder determinar el daño previsional promedio por quintil y por años de daño (un trabajador pudo ser dañado desde 1 hasta 12 años)”.
“Si bien no podemos saber el número exacto de dañados previsionales ni tampoco cuál es el perfil de cada uno de ellos, sí podemos decir que los montos pueden llegar a ser bastante considerables”.
“Por ejemplo, en el caso extremo de un individuo que fue dañado por 12 años y que recibió un bono de reconocimiento subvalorado, en promedio tiene un daño previsional de UF 1.784”.
“Si es del primer quintil, su perjuicio es por UF 680; pero si pertenece al quinto quintil, su daño asciende hasta las UF 5.073”.
“Esos montos equivalen a una pensión mensual adicional de $ 86.000 y $ 643.000, respectivamente”.
“Este daño previsional es responsabilidad del Estado y, como tal, este debiera estar disponible a analizar vías de compensarlo. Las medidas paliativas tomadas hasta ahora, como el bono laboral por $58.000 mensuales, son insuficientes”.
¿Cuándo la “derecha” o la “izquierda” en el Congreso o en el goberno se ocupará de estas situaciones, que son la realidad de las personas, en lugar de ocuparse de idioteces como citar a un ministro para ver si está haciendo lo que dejó hecho el señor Sebastián Piñera cuando fue presidente, o no.
O sobre las babosadas y mentiras del señor Sebastián Piñera y un grupo de idiotas diciendo que “lo dejen opinar”, que “la verdad duele”, que “el gobierno debe oir” esas sandeces, que “la democracia está en peligro” porque no le prestan atención al señor Piñera…
Los políticos son personas dedicadas a inventar un mundo ficticio con el cual engatuzar al pueblo, a fin de que éste pueblo se olvide de su realidad, de sus auténticas necesidades, y se llene de odios por asuntos irreales e irrelevantes inventados por esos sórdidos políticos. Y allí encuentra la gente su propia horca.

Herta Müller, poética al campo de concentración

Tapa libro Herta MüllerEste es un libro que se lee como de cuentos, aunque su autora lo escribió como novela. La idea original era la de escribir la novela de la vida de Oskar Pastior, un alemán que había estado en los ‘campos de trabajo’ rusos, tras la caída del nazismo; “él contaba y yo anotaba”. Novela que sería escrita en primera persona del plural, “nosotros”, pero a la muerte de Pastior en el 2006 decidió despedirse del pronombre y terminó usando la primera persona singular. A mi juicio, lo que escribió son unos cuentos hermosos, desgarradores, lúcidos.

El libro se titula ‘Todo lo que tengo lo llevo conmigo’ (tapa), y la autora es Herta Müller. El libro es toda una experiencia humana y literaria. Lepold Auberg es el narrador, y el texto fluye en forma de autobiografía, o de diario. Los títulos de los 64 capítulos traslucen esta percepción: Sobre hacer la maleta, Las mujeres de la cal, Sobre las personas severas, Sobre la pala del corazón, Sobre el ángel del hambre, La bufanda de seda burdeos, En el espacio en blanco bajo la línea, Tengo un plan, Cuadernos rayados, La ligereza del heno, Soy todavía el piano, Sobre los tesoros, Cada turno es una obra de arte…

La lucidez con que está escrito el libro (llamémoslo ‘libro’ para no categorizar novela o cuentos) remonta la metáfora elemental, el facilismo y revela una enorme capacidad de observación y el empleo de mucho tiempo de reflexión sobre el material literario. En este sentido, es un libro honesto, con 268 páginas de la colección ‘Punto de lectura’ de Ediciones Santillana, de impecable escritura.

Así describe, en uno de los capítulos, la situación general: “El campo de concentración es un mundo práctico. Uno no puede permitirse sentir vergüenza u horror. Se actúa con una indiferencia estable, quizás con acobardada satisfacción. Esta no tiene nada qué ver con la alegría por el mal ajeno. Creo que cuanto más disminuye el temor a los muertos, más apego se tiene a la vida. Más aumenta la disponibilidad para cualquier mentira. Uno se convence de que los ausentes han sido trasladados a otro campo. Lo que sabes no vale, crees lo contrario. Igual que el tribunal del pan, la recolección solo conoce el presente, pero no actúa con violencia. Transcurre de manera objetiva y tranquila”.

Y un par de párrafos adelante: “Trudi añade a esta canción que durante todo el invierno los muertos permanecen unas cuantas noches apilados y cubiertos con la nieve que se amontona en el patio trasero hasta que se endurecen lo suficiente. Que los enterradores son unos haraganes, que se limitan a partir los cadáveres en trozos para no tener que cavar una tumba, sino un simple agujero”.

El narrador establece instancias, limbos posibles en un lugar como ese, tales como el tribunal del pan, la pala del corazón, el crimen del pan o el ángel del hambre, solo con el propósito de hacer soportable su suerte. Son estados del alma, pero hacen referencia a situaciones cotidianas, y pueriles, como son casi todas las cosas en un campo de concentración. A este tipo de escenarios, descrito bajo el título de ‘Del pan propio al pan de mejilla’, me refiero: “Por la noche, delante de la sopa de col, se intercambia pan, porque el pan propio parece siempre más pequeño que el ajeno. Y a los demás les sucede lo mismo.

“Antes del intercambio se produce en el cerebro un momento de vértigo, e inmediatamente después del cambio, otro de duda. Después del cambio, en la mano del otro, el pan del que acabo de deshacerme es más grande que el que yo poseía. Y lo que he recibido se ha encogido en mi mano. Qué deprisa se vuelve el otro, tiene mayor vista que yo, ha salido ganando. Tengo que volver a cambiar. Pero al otro le sucede lo mismo, cree que he salido ganando yo y se dispone a efectuar un segundo cambio. Y el pan se encoge de nuevo en mi mano. Me busco a un tercero y cambio. Otros comen ya. Si el hambre lo soporta un rato más, llegará el cuarto truque, el quinto. Y cuando ya no se pueda remediar se produce el cambio de regreso. Entonces vuelvo a tener mi propio pan”.

Obviamente el pan es un elemento central en el campo de trabajo ruso de la posguerra. “Hoy creo que Fenja repartía las tres variedades de pan que yo conocía entonces. La primera era el pan cotidiano de Siebenbürgen, el del Dios evangélico, ácido, hecho desde siempre con el sudor de su frente. La segunda era el pan integral pardo de las espigas doradas de Hitler, el del Reich alemán. Y la tercera era la ración de jleb en la balanza rusa. Creo que el ángel del hambre conocía esa trinidad del pan, y la aprovechaba”.

Oskar Pastior, que en el libro es Lepold Auberg, no era un nazi, y casi ninguno de los que estaban allí. Pero pertenecían a esa nación prepotente con ínfulas del gran patrón del mundo, y ahora las personas, los alemanes corrientes, debían poner su cuota de sangre en la reconstrucción de Rusia victoriosa. Este es el ámbito que respira el libro.

La minuciosidad con que Herta Müller narra las cosas, la presencia de los piojos o la maleta de las pocas pertenencias, está llena de poesía. Se refiere a momentos que saltan de la simplicidad a las razones de la vida, como cuando Leopold regresa a casa: “Había olvidado comer con cuchillo y tenedor. No solo se me contraían las manos, también tenía problemas con la deglución. Yo sabía lo que era pasar hambre, y sabía así mismo como se estira o devora la comida cuando por fin se dispone de ella. Ya no sabía cuánto tiempo había que masticar y cuándo tenía que tragar para comer con educación. Mi padre se sentaba frente a mí, y el tablero de la mesa me parecía medio mundo. Él me miraba con los ojos entrecerrados y ocultaba su compasión. En el parpadeo resplandecía entonces todo su espanto, como la piel de cuarzo rosa de su labio interior. La abuela era la que más consideración mostraba conmigo, sin demasiadas alharacas. Seguramente preparaba las sopas espesas para que yo no me torturase con el cuchillo y el tenedor”.

En medio del desgarro, que se narra siempre como resultado de la comprensión y la reflexión previa, surgen expresiones hermosas que no pude dejar de subrayar. Algunas son: “…enseñé a mi nostalgia a mantener los ojos secos”, “de qué vas a avergonzarte cuando careces de cuerpo”, “por qué de noche quiero tener derecho a mi desgracia”, “no quisimos reconocernos por nuestro propio bien”, “cerró los ojos, y las tapas de sus ojos eran de papel”, “su sonrisa era una acechanza”…

Sin embargo, la potencia de la narración de aquel mundo de miseria humana está lejos de permitir que el texto sea meloso, quejumbroso u oxímoron. La narración es pausada, puede disolverse en el detalle y parecer fría, pero es una mina de metáforas y poesía. Resulta ser una experiencia su lectura. Los remates de cada cuento o capítulo surgen casi siempre de manera magistral. No en vano obtuvo el Nobel de Literatura en el 2009. Me quedo con la reseña de la contratapa, del Frankfurter Allgemeine Zeitung: “Una conmovedora obra que consigue, con un lenguaje de enorme sensibilidad, traer luz a los tiempos oscuros”.

Historiador Pinto: ‘Araucanía, errores sin corregir’

jorge Pinto historiadorEn los últimos días se ha agudizado el conflicto de algunas comunidades mapuches con el Estado por la acción de grupos aislados descolgados de las organizaciones mapuche que han reivindicado sus demandas en los últimos años. Lamentable es la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay, tan deplorable como la de Alex Lemun, Matías Catrileo, Jaime Mendoza Collio y el sargento Hugo Albornoz. Es penoso también que comuneros mapuches tengan que realizar huelgas de hambre para que la justicia agilice los procesos que se les sigue y les conceda el trato que les corresponde en derecho. Tengo la certeza que todos han sido víctimas de errores que no cometieron y que hoy día paga toda la comunidad regional, afectada por la situación que se vive en la Araucanía.

La raíz del problema está en los errores que cometió el Estado a lo largo de más de 150 años. Primero por la violencia con que actuó cuando invadió las tierras indígenas en el siglo XIX, cuestionada por personeros de la misma época; en segundo lugar, por su incapacidad para contener los atropellos e injusticias que se cometieron cuando ya había conseguido reducir al pueblo mapuche; luego, por haber ocultado una historia, que los mapuches no han olvidado, y, por último, por las políticas centralistas que tanto han perjudicado a las regiones.

El Estado fracasó. Su propósito de instalar en la zona a pequeños y medianos propietarios se desplomó. Se pensó que las tierras comunales y las que entregó a ocupantes nacionales y extranjeros eran suficientes. Sin embargo, ya instalado en la región mostró su incapacidad para contener la voracidad de algunos hombres de fortuna que acumularon tierras de modo fraudulento, engañando a comuneros mapuches y a numerosos pequeños propietarios. En medio de estos abusos se constituyó la gran propiedad que empobreció a buena parte de la población y a la región en general.

Más tarde el mismo Estado acentuó políticas centralistas que provocaron más pobreza de la región. Puesta la agricultura al servicio del modelo industrializador a partir de los años 40 del siglo XX, nuestra agricultura, ganadería y actividad forestal decayeron, afectando dramáticamente a las comunidades indígenas. Empezó el éxodo mapuche hacia Temuco, Concepción, Santiago y Valparaíso con ello una conciencia más cabal del daño que había provocado el Estado.

Desde entonces poco se ha hecho para corregir estos errores. El pueblo mapuche y la región en su conjunto han bregado insistentemente por avanzar en la solución de sus problemas, agudizadas por la presencia de las forestales que, a la larga, extraen las riquezas de la zona y acumulan miseria en la zona. Sin embargo, poco se ha avanzado y en este momento estamos pagando las consecuencias de estos errores.
Es cierto que el conflicto Estado-Pueblo Mapuche es de una enorme complejidad y que son muchos los factores que lo han ido agudizando; pero hoy, en medio del dolor que provocan las muertes de Alex, Matías, Jaime, Hugo, el matrimonio Luchsinger-Mackay y la situación de los presos mapuches, hemos llegado a un punto en que definitivamente debemos tomar conciencia que es una situación que no se puede prolongar. Los llamados al diálogo se hacen más fuertes y la voluntad de amplios sectores por aquietar los ánimos y construir juntos un destino común, aceptando la diversidad tan enriquecedora de la región, se expresa en cada rincón de esta vieja Frontera. Con dolor de estos días, se abren también esperanzas.

Jorge Pinto Rodríguez (foto)

‘Paseo de oficina’, más drama que comedia

Después de sus éxitos jocosos ‘Radio Corazón’ y ‘Grado 3’, Roberto Artiagoitía, ‘Rumpy’, nos ofrece ‘Paseo de oficina’ (afiche), una película de 90 minutos, con las actuaciones de Luis Gnecco, Gastón Pauls, Manuela Oyarzún, Daniel Alcaíno, Fernando Godoy, María José Bello y Paloma Moreno. Mi primera sensación es que no se trata de una comedia, propiamente dicha. Tiene mucho de drama.

Uno reconoce las situaciones propias de un paseo con los de la oficina. La película busca un realismo que por momentos es inquietante, sin que deje de ser graciosa. Graciosa, pero no hilarante, de carcajadas.

Varios de los personajes tienen algo de estereotipo, casi caricaturesco, como el viejo sindicalista y el chupamedias (al estilo de Evaristo Espina, ‘Espinita’ de ‘Jappening con ja’). Pero tratándose de una comedia no molestan, en realidad. Y más allá de lo divertidas que puedan ser las escenas, está el leitmotiv dramático del argumento: todos los que están en el paseo, que se supone un espacio de recreación, liberalidad e integración, van a ser despedidos el lunes siguiente. Son corderos, que van al matadero.

Comparto la calificación que dio de la película uno de sus protagonistas, el argentino Gastón Pauls, quien encarna al alto ejecutivo de la empresa: “No es una comedia liviana, es inteligente, porque lo que te está contando es un drama”. Y no puedo ser tan drástico, tan lapidario, como Claudio Abarca, quien comentó: “Una película tibia, débil, tímida en su incorrección. En algo, sí, la coherencia es absoluta: su estética es tan pobre como su guión. Los paseantes bien pudieron quedarse en la oficina”.

En lo que soy absolutamente enfático es en el hecho de que hay cine en Chile. Se está haciendo un cine que suma y forma parte del gran acervo nacional. Vayan a verla, pasen un rato agradable, y evalúen su propia percepción.

‘No’, la película del plebiscito de 1988 en Chile

La película está hecha con la pátina del tiempo, lo que le adjudica mayor realismo y le permite intercalar videos reales de la época. Escuché una crítica según la cual la película abordaba el proceso de rechazo al dictador Augusto Pinochet como si se hubiera tratado de una campaña publicitaria. Y que le faltaba hablar de los hechos del momento. Yo encuentro que esa es, en cambio, una virtud de la película “No“, porque como dice su personaje principal, René Saavedra: “Denuncias, denuncias, ya no más denuncias, seamos creativos”. La película sí logra reflejar, in crescendo, el clima de terror que el dictador y sus epígonos, civiles y militares, habían logrado instalar impunemente en el país agobiado. Asistimos a una mayoría de edad del cine, que puede, narrando un drama, no restarse a la ironía: el dictador Pinochet diciendo, cínicamente, que “este, no es territorio para dar golpes”, porque se sospechaba de un autogolpe, un segundo golpe. Pero el sentido del humor no resta a la atmósfera asfixiante, envilecida e impune, que sofocaba a Chile en los tres largos lustros de la dictadura. La coyuntura del plebiscito no la resolvió la campaña publicitaria del “No”, es verdad. Pero la película no es un documento de la coyuntura global del plebiscito de 1988, sino de uno de sus aspectos, el relacionado con el oficio publicitario de cineastas, como los que hacen la película. Oficio que conocen bien, y cuyo hito lo ubican en un momento histórico. No es necesario hacer un documento socio-político de la historia total del plebiscito. La arista que desentraña es ya un enorme aporte al acercamiento de las personas, contemporáneas o no, con un hecho que, como el plebiscito, marcó la historia y el cambio de rumbo de las cosas en el país. Quiero reseñar todos los créditos: Dirección de Pablo Larraín (foto). Guión de Pedro Peirano. Actuaciones, excelentes todas, de Gael García, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Diego Muñoz, Néstor Cantillana, Luis Gnecco, Manuela Oyarzún, Marcial Tagle y Jaime Vadell. Producción de Pablo Cruz, Daniel Marc Dreifuss, Gael García, Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín y Diego Luna. Montajistas: Andrea Chignoli y Catalina Marín Duarte. Fue bueno verla.