Archivo de la categoría: Delincuentes

‘El silencio de los malditos’ de Carlos Pinto

ScanHubo un tiempo en que su programa ‘Mea culpa’ era insignia de sintonía. Cualquier otro programa que se le enfrentara, en el mismo horario y otro canal era, literalmente, barrido. Alguien dijo que su programa era un transatlántico, para significar su enorme peso específico y su trascendencia. ‘Mea culpa’ son historias de criminales, bien contadas en la televisión. Excelentemente contadas. Con toda la carga emocional que pueda tener un suspenso y una trama de los archivos policiales.

‘Mea culpa’ es una creación de Carlos Pinto, que duró muchos años flameando. Por eso, cuando anunciaron que había escrito una novela, me interesé. Sabía que se trata de dos lenguajes muy distintos: el de la televisión y el de la literatura, pero quise tener un concepto de primera mano, comprando su obra.

La tituló ‘El silencio de los malditos’ (ilustración) inmediatamente lo hace decir a uno, o pensar, en la expresión “el silencio de los inocentes”. Y esta expresión es el título de la película de Jonathan Demme, en la que actúan Jodie Foster, Scott Glenn y Anthony Hopkins. Ya es un clásico del cine de terror. Cuenta la historia de un brillante psiquiatra, llamado Hannibal Lecter, quien es, también, un asesino en serie. Y un caníbal.

Así que el título ‘El silencio de los malditos’ no parece afortunado.

Bajo el título se indica que es una “novela inspirada en hechos reales”, lo cual, a la novela, como género, le importa bien poco. Es tendencia de los últimos años apoyar la ficción en hechos reales, presentes o históricos, pero la novela, por definición, es ficción. Idealmente, una ficción metafórica de la realidad.

De modo que estamos frente a las 384 páginas del libro publicado por el grupo editorial Penguin Random House, en las que un periodista narra ciertos eventos que le fueron narrados por un asesino de ocasión.

La historia, pues, puede ser una cualquiera de su magnífico programa de televisión ‘Mea culpa’. Y está narrada en un lenguaje, y con unos recursos estilísticos que, para decirlo francamente, no alcanzan a ser considerados de nivel literario. Pareciera que el libro fue publicado por quien es Carlos Pinto, en pos de los réditos que, legítimamente, siempre busca Random House.

El genial Carlos Pinto, autor de episodios memorables de ‘Mea culpa’, es apenas un principiante en las artes literarias. Su preponderancia sigue siendo televisiva, audiovisual, antes que en la narrativa literaria; lo cual, ni siquiera se intuye.

 

Anuncios

Sobre Kast; Bravo; Cavallo; y Efelbein

kastKast. Se les está pasando la mano a los de la Unión Demócrata Independiente, Udi, que quieren convertir en héroe a José Antonio Kast, porque en Iquique un grupo de desadaptados antifascistas lo atacó. Le pegaron por fascista. Pero no es más que un caso aislado. Sin embargo, han querido convertirlo en un hecho de Estado. Ayer en la mañana, el canal de la Udi, Tvn, lo presentó como el mártir San Sebastián. Un abogado, Gonzalo Müller, elaboró una teoría irresponsable: hay un plan desestabilizador del Estado, que se manifestó en un grupo que, de manera preconcebida, impidió la libre expresión y agredió a José Antonio Kast, quien “representa” al ciudadano común de Chile y, en consecuencia, “debe prestársele mayor atención a las universidades”. Qué significa eso, ¿militalizarlas? Una exposición tan alucinada, como el ideario de José Antonio Kast. Que respiren profundo los de la Udi. Lo que ocurrió fue que un grupo de desadaptado antifascistas agredió, fuera de la universidad, a un fascista llamado José Antonio Kast. Eso fue. No representa ni significa nada más. Es ridículo considerar ese bochorno como un acto de desestabilización del Estado, como lo hizo el abogado irresponsable Müller, con cara de trascendental. Y ridículo pedir que el Parlamento se pronuncie, mediante una declaración, condenando el hecho y exaltando la persona de Kast. ¿En serio, usar el Congreso para condenar una agresión personal, condenable eso sí, sin más propósito que el que pueda tener una pelea de borrachos? El Parlamento de Chile no está para esas estupideces. En mucho se parecen la política y la farándula, a veces. Como esta vez.

Bravo. Algunos quieren poner en menos a Claudio Bravo, porque declinó estar en la claudio-bravoSelección de Fútbol. Se marginó porque es consecuente con su idea de que el alcohol carcome al equipo, desde los tiempos del ‘bautizazo’ gerenciado por Jorge Valdivia (que tanto le costó al entonces rey de los asados, Claudio Borghi, un técnico sin don de mando) Admiramos la decisión de Bravo. Tipos con carácter hacen falta en la Selección, en la política, en la administración pública y en muchas otras partes. Fue triste ver a Alexis Sánchez decir que “Claudio tiene las puertas abiertas en la Selección”, como si hubiera cometido una falta y se la estuvieran perdonando. Al contrario, otros han cometido una, dos y tres faltas, y siguen tan tranquilos, con cierto cinismo, dentro de la Selección.

Cavallo. Nunca es tarde para expresar que las circunstancias le jugaron una mala jenny-cavallo-002-1pasada a la humorista Jenny Cavallo en el recientemente pasado Festival de Viña del Mar. Muy cerca del final de su rutina, algo le ocurrió, en la salud, a un espectador en la galería, y se formó un remolino de gente y gritos de auxilio, que muchos interpretaron como abucheos a la humorista. El hecho modificó los ánimos del público, que hasta ese momento eran por completo favorables a la buena presentación de Jenny Cavallo. Al final, ganó solo la Gaviota de Plata, mientras todos los demás humoristas del Festival se llevaron esa y la Gaviota de Oro. Hay que decir, aunque sea tarde, que Jenny Cavallo también mereció y ganó la de Oro, pero las circunstancias le jugaron en contra.

Pasapalabra. De admirar el trabajo de Julián Efelbein en Chilevisión, con el programa elfenbeinde los domingos en la noche llamado ‘Pasapalabra’. Sin un peso de presupuesto, por lo que se ve, y sin despliegue de tecnologías (con apenas una cortina musical y una con voz en off) Julián Efelbein se las arregla para darle vida a ese programa. En situaciones de carencia y dificultad es que se puede medir a las personas por la actitud. Y la mejor manera de medir al animador en este caso, es que hace un trabajo inmejorable. Un programa de concurso, enteramente familiar, casero, agradable. Ojalá le lluevan a Pasapalabra auspiciadores que quieran patrocinar un espacio de sano esparcimiento.

 

UdeC, Pizzi, Zaldívar, Codelco, La colombiana

arco-udec-768x405Pizzi. Absurdo que el director técnico de una Selección Nacional de fútbol ande de país en país detrás de sus subalternos. ¿Qué tiene que hablar el señor Juan Antonio Pizzi con Claudio Bravo, Arturo Vidal y Alexis Sánchez, que no pueda hacerlo por teléfono, wasap, Skype, teleconferencia? ¿Viajó a Inglaterra, España y Alemania a tratar asuntos de Estado? Si quería pasear y gastar en euros ¿por qué no lo dijo, abiertamente? Siempre tan blandengue, sin carácter, falto de pantalones.

Zaldívar. Este personaje es la decadencia. Hablo de Andrés Zaldívar, el pequeño monstruo de la Democracia Cristiana que, como su partido, es melifluo y serpenteante. Alguien en no fiar. Para honor de su partido, se niega entregar a la justicia la información de las que pudieran ser las más inútiles y costosas asesorías que jamás hayan sido pagadas en el Senado de la república. ¿Cómo así que las asesorías son secreto de Estado y la justicia no las puede conocer? ¿Qué le pasa a este señor? Otro, junto con Pizzi, con ínfulas de grandes hombres y solo son mediocres con cargo.

Codelco. Cuando le reclaman a Codelco por el pago de bonos de 400, 500 o 600 millones de pesos, responde que “es legal”. Que esos bonos están reglamentados en los estatutos de la empresa. Porque en Codelco no funciona la ética, el principio de honestidad, las buenas prácticas y la economía de los procesos. Todo puede reducirse a su mínima expresión para los trabajadores, menos la fuente de enriquecimiento de los ejecutivos. Porque esos bonos multimillonarios no son para los obreros, sino para los señorones de Las Condes. Pero como están en los reglamentos, son “legales”. ¡Cambien los reglamentos, pues! La congresista Yamna Provoste afirma que el ítem de “misceláneos” de Codelco (o sea, la plata de caja menor, casi), ¡es “igual al presupuesto de funcionamiento de la Contraloría”!

U. de Conce. Ahora resulta que los docentes de letras y periodismo de la Universidad de Concepción (foto) son ¡acosadores sexuales de sus alumnas! Están acusados de hacerlo los profesores de planta Tito Matamala y Andrés Latini. Y también los profesores de tiempo parcial Ángelo Isidro Benvenuto y Adrián Pineda Polanco; además del exalumno, Michael A.H.P. La universidad decidió no darles más horas laborales a Benvenuto y Pineda (prescindió de ellos), mientras espera que Matamala y Latini regresen del goce de licencias médicas. ¿Por qué no acosan a sus hermanas? ¿O a sus mamás?

La colombiana. Quiero destacar la presencia de nuevos rostros, o menos conocidos con anterioridad, en la teleserie de Telemundo que transmite Tvn, ‘La colombiana’. Muy del momento y del tejido social los temas de la xenofobia, la vida de barrio, el efecto en los hijos de la separación de los padres, los derechos de la madre y del padre, la honestidad, los celos enfermizos, la ética médica, entre otros. Y quiero subrayar la magnífica actuación de todos los participantes; para mi gusto, excelente Óscar Hernández, María José Illanes y Juan José Suárez. Pero eso no me exime de nombrar a todo el excelente elenco: Felipe Braun, Elizabeth Minotta, María José Illanes, María Fernanda Martínez, Florencia López, Delfina Guzmán, Óscar Hernández, Diego Ruiz, Daniela Estay, Lucas Mosquera, Jorge Arecheta, César Sepúlveda, Alejandra Fosalba, Emilia Noguera, Santiago Tupper, Eyal Meyer, Carmina Riego, Josefina Fiebelkorn, Juan José Suárez, Shlomit Baytelman, Luz Valdivieso, Sebastián Arrigorriaga, Felipe Morales, Andrea Freund, Gonzalo Vivanco y Álvaro Pacull. Ojalá no haya omitido a ningún actor o actriz. De ellas, decir que son hermosas todas. Y los guionistas fabulosos: Jaime Morales, Sandra Arriagada, Iván Salas-Moya y Jimena Oto.

11 de septiembre: aniversario de crimen

fotos_bombardeoEs como si no hubiera pasado el tiempo y una amenaza militarista se cerniera sobre Chile: una carta, a propósito de nada, de unos señores que fueron, y ya no son, comandantes de las distintas fuerzas armadas.

Carta que es un desafío a la justicia, porque dice que se han abierto causas penales “muy difíciles de probar”; claro, porque hubo, y hay todavía, un pacto de silencio de quienes auspiciaron el alevoso golpe militar del 11 de septiembre de 1973, y la siguiente generación de uniformados que admiraron esa “proeza” contra la democracia, y son los sujetos que ahora firman la carta a El Mercurio (diario que promovió el golpe, por cierto)

Carta que considera que los delitos de lesa humanidad o contra los derechos humanos deben ser sancionados con penas ‘benignas’. Creen que los más execrables de los delitos por el derecho internacional, son ‘delitos menores’.

Carta que considera a los criminales, los torturadores y asesinos “personas ancianas”, y no lo que son: asesinos y torturadores que envejecieron y están pagando sus delitos de miseria.

Y carta que, por último, insinúa algo que no termina de decir: que hay “actores activos y pasivos” del alevoso golpe militar contra la Democracia, que ellos llaman “la tragedia”. ¿Por qué no dicen, por lo saben, quiénes son los ‘activos’ y los ‘pasivos’? Sería una magnífica colaboración con la Justicia.

¿Acaso es una amenaza esta carta? ¿Siguen con mando sobre la tropa estos señores, o no? ¿Se han organizado para adelantar alguna acción deplorable, miserable y alevosa como el golpe militar de 1973? ¿Qué vocería y protagonismo buscan estos señorones, y para qué, y por qué?

Dice El Mercurio: “Acusan “falta del debido proceso” en la apertura de causas “muy difíciles de probar”, con “penas cada día más altas o condenas muchas veces solo por presunciones”. Según ellos, también existe “ensañamiento para mantener presos a personas ancianas”, y se quejan de que “otros actores activos y pasivos de la tragedia” no asuman responsabilidades”.

El mando militar, en democracia desde 1990, debería rechazar este tipo de pronunciamientos. Rechazarlo con fuerza. Porque mete ruido en la transcurrir de la sociedad en paz, y amenaza la potestad del mando militar actual.

Esta cínica carta sin destino la firmaron los ciudadanos (porque no son militares ni nada) Óscar Izurieta, Juan Manuel Fuente-Alba, Jorge Arancibia, Miguel Vergara, Rodolfo Codina, Edmundo González, Enrique Larrañaga, Fernando Rojas, Patricio Ríos, Osvaldo Sarabia, Ricardo Ortega, Jorge Rojas, Fernando Cordero, Manuel Ugarte, Eduardo Gordon y Gustavo González.

Los criminales ‘aristócratas’ de Punta Peuco

peucoEn esta cárcel fueron confinados los militares y agentes del Estado responsables de violaciones de derechos humanos durante la dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet. Su denominación oficial es ‘Centro de detención preventiva y cumplimiento penitenciario especial Punta Peuco’.
Lo creó Eduardo Frei Ruiz-Tagle. El decreto que debía firmar el entonces ministro de Obras Públicas, Ricardo Lagos Escobar, lo firmó en realidad Soledad Alvear, ministra de Justicia. Lagos Escobar no firmó porque se opuso a esa decisión, y renunció al ministerio. Sin embargo, el presidente Frei no le aceptó la renuncia.
Pero si Lagos Escobar se opuso a un régimen especial para los delincuentes violadores de los derechos humanos durante la dictadura, en el 2004, siendo presidente, creó el ‘Centro de cumplimiento penitenciario Cordillera’. Algunos delincuentes (asesinos, torturadores, etcétera) fueron llevados allá “para descongestionar Punta Peuco”.

En septiembre del 2013, la cárcel Cordillera, que funcionaba con el eufemismo de “centro de cumplimiento penitenciario”, la cerró el entonces presidente Sebastián Piñera, y devolvió a los criminales a Punta Peuco, otra prisión con la denominación eufemística de “centro de detención preventiva y cumplimiento penitenciario especial”.

Muchas veces se ha denunciado que en Punta Peuco los presos viven unas vacaciones permanentes: no tienen celdas sino departamentos, comen de menú, y se movilizan dentro de su perímetro a libertad. Punta Peuco es un hotel, prácticamente. Pero ¿acaso no son presos? ¿Acaso no son criminales? ¿Acaso no cometieron delitos y, por ende, son delincuentes?

¿Por qué ese trato especial con quienes torturaron, mataron, masacraron y desaparecieron detenidos opositores a la dictadura?

Los delincuentes son delincuentes. Punto. Así se vistan de traje inglés y perfumen con clavel en la solapa, o lleven en su antebrazo carteras de marca. Los criminales son criminales, así lloren y mientan y nieguen los hechos.

Porque estos hombres no son “abuelitos enfermitos”, como algunos pretenden hacerlos ver, con quienes hay que tener toda consideración.

No. Son torturadores, criminales, delincuentes que se pusieron viejos, solamente.

Que merecen el castigo que tienen, y merecen cumplirlo en una cárcel normal, como todos los demás ciudadanos que delinquen.

No es posible que, a estas alturas de la vida, Chile tenga criminales y delincuentes de primera clase, de segunda clase y de tercera clase.

Todos los delincuentes y los criminales deben estar en la misma cárcel, bajo el mismo régimen alimenticio, de visitas, de descanso y disciplinario. ¡No más criminales y delincuentes privilegiados! Aristocráticos.

‘Una llamada por cobrar desde el infierno’ de EAR

emilio alberto

Cuando me dirigía a la casa campestre en la que me quedé de encontrar con mis socios, me sonó el celular. Lo miré, terminaba en 999 y, por supuesto, lo reconocí de inmediato. Era una llamada de CAREMOMIA. Su nombre lo tenía identificado, era el jefe.

Me costaba admitirlo, pero era cierto que el maldito me intimidaba. Le contesté de inmediato para que no notara mi desgano. Era para insistirme en que llegara puntual a nuestra cita, que ya me estaba esperando, y para decirme que COCOLISO no iría con nosotros, que más tarde lo recogeríamos al regresar a la ciudad.

Cada vez que me llamaba, al ver su número, no dejaba de pensar que 999 al revés era 666 y un cortocircuito de mi cerebro me hacía pensar que eso podía ser un signo nefasto y maligno de su pésimo talante.

La reunión sería solo entre él y yo, cosa que no me gustaba en absoluto.

Le tenía agüero a estar de nuevo en la finca, y, he de reconocerlo, me atemorizaba quedarme solo con él. El hombre me enfrentaba a todos mis miedos y debilidades; me costaba trabajo hasta sostenerle la mirada, aunque me esforzaba por disimularlo, muchas veces sin estar seguro de haberlo conseguido.

Pocos como CAREMOMIA condensaban en un solo sujeto tanta maldad, tanta desfachatez, tanta falta de moral. Para mí, estaba enrazado en demonio, no se detenía ante nada, no se asustaba, no se rendía, parecía tener un pacto con el mismísimo Satanás.

Y lo que me chocaba era volver de nuevo a aquella casa, sabiendo todo lo que había pasado allá.

Me explico. Hago parte de una banda, CAREMOMIA es el jefe desde que CHECHO se mató en un extraño accidente de tránsito en el cual su auto perdió los frenos bajando por la vía a Las Palmas. Era un carro nuevo. En el tercer trabajo que me tocó, las cosas pasaron a mayores, lo que iba a ser una simple extorsión a un mafioso retirado que posaba de empresario decente, terminó en un secuestro de varias semanas, con el tipo retenido, amordazado y a veces sedado en el sótano de la casa campestre que habíamos alquilado y que teníamos como centro de operaciones. Como no cedía, lo obligaron a cavar su propia tumba en la parte de atrás. Fue una negociación difícil, por poco no se termina, y cuando alcancé a temer que todo se iba a ir al carajo y mis socios habían decidido acabar allí mismo con el fulano y servirlo como alimento de los gusanos, se logró cerrar un trato por una cantidad un poco menor, pero que finalmente llenaba las expectativas.

En lo personal, toda esa situación fue muy desgastante y era claro que extralimitaba mis capacidades y mis condiciones de rufián principiante. Aunque tenga que posar de rudo y mantener una apariencia, por obvias razones, debo reconocer que no me llegué a sentir cómodo nunca, en ninguno de los trabajos en los que me he visto envuelto.

Mi arribo al bajo mundo es un asunto circunstancial. Por ciertos aspectos que no viene al caso mencionar, en los últimos años todo me fue llevando a una espiral que sin darme cuenta desembocó en el ámbito del crimen. No lo planeé de esa manera, pero tampoco ofrecí ningún tipo de resistencia para evitarlo. Una especie de fascinación me llevó a ser el miembro más joven del combo, luego de la muerte de mi madre, que ocurrió al poco tiempo de terminar mi servicio militar, lleno de maltratos y humillaciones. Mis hermanos se abrieron con lo que pudieron, me dejaron al garete amparados en lo que calificaron una actitud autodestructiva de mi parte, me imagino que basados en mi gusto por la marihuana y el tequila, y en pocas semanas me encontraba sin casa, sin familia, sin trabajo y con la que había sido mi novia de varios años preñada de otro y viviendo en un pueblo de la costa con un policía que trabajó un tiempo en el comando de mi barrio. Ni una nota de despedida o de disculpa, lo cierto fue que me tocó defenderme como pude con mis cuernos de antílope desempleado y sin opciones, más preocupado por sobrevivir que por estar dedicado a los lamentos o la autocompasión, sin tener un hombro en el cual desahogarme.

Motivos y justificaciones aparte, lo cierto fue que resulté en una banda, sin ser lo suficientemente malvado para sobrellevar el día a día, apenas conteniendo la náusea, llorando en las noches, mal llevando el miedo visceral que me producían nuestros actos o la policía misma, o  el temor a caer en prisión, o la mirada de las víctimas, o el resto de escrúpulos que me quedaba taladrándome en el interior, pero sobre todo, la presencia insufrible de CAREMOMIA dominando todo el espacio, todo mi terror y la inseguridad y la paranoia que me producía.

Y por fuera, llevando una fachada, una mascarada, una postura. Me sentía cada vez peor.

Llegué a entender que así no podía continuar, estaba en juego hasta mi cordura, sin tener en cuenta la libertad o los asuntos que tenían que ver con mi conciencia, o lo que me quedaba de ella.

Decidí que me iba a sobreponer a mi falta de carácter y que, en cuanto pudiera, me iba a largar de allí, sin decir nada, por supuesto; estaba seguro de que mis compañeros no iban a aceptarlo, sabía mucho de ellos y no se iban a exponer a que me detuvieran, corriendo el riesgo de ser delatados o capturados. No, lo tenía que hacer a mi manera, sin levantar sospechas y era mejor evadirme sin ponerme a averiguar en qué plan andaban. La sutileza y la paciencia no eran las virtudes más notorias de CAREMOMIA y mis dulces amigos.

Al llegar en el carro en el que me ordenaron recoger una caja con “la remesa”, vi que el sujeto ya estaba allí, mal encarado como siempre, fumando uno de esos asquerosos cigarrillos sin filtro que había aprendido a detestar.

Al bajarme, me di cuenta de inmediato que más me valía no haber venido.

Ni me saludó. Me la montó de una, me dijo de todo, que yo era un incompetente, que me había demorado mucho, que se me veía por encima lo gallina que era, que no tenía agallas, que me venía observando desde hacía unos días y era evidente que mi miedo los iba a poner en peligro, que tenía más cara de acólito o de florista amariconado que de bandido, que me tenía en la mira, que al primer resbalón me metía un tiro y doscientos oprobios más que me saturaron la cabeza.

Me ordenó que sacara la talega que yo había recogido en ese basurero del Jardín Botánico, la del rescate, y lo llevara al patio de atrás, allí donde estaba el hueco aún sin tapar.

En ese punto, yo ya estaba empanicado. El tipo me iba matar allí mismo, estaba seguro de eso y yo ni siquiera tenía un arma para defenderme.  Las arterias de la sien me pulsaban como para reventarse cuando saqué del maletero lo que me ordenó. Se hizo a unos pocos metros, a mi espalda y de reojo me di cuenta de que tenía su mano en el bolsillo de la chaqueta, en donde casi con certeza tenía la pistola. El desgraciado pretendía matarme allí mismo y dejarme desparramado en la fosa, ni siquiera tendría que hacer mucho esfuerzo para deshacerse de mi cadáver. No me dijo nada, pero con seguridad era lo que estaba planeando. Esa agresividad y esos regaños iban mucho más allá de una reconvención y encubrían la decisión de sacarme del medio y librarse de un potencial problema. Y además se quedaba con mi parte. Yo también había aprendido mis cositas y ya tenía el olfato agudo y una especie de sexto sentido sensible por todo lo que había vivido al lado de semejantes pillos.

Por primera vez en mucho tiempo no me detuve a pensar en qué sería lo más conveniente y aproveché que estaba empezando a oscurecer, giré mi cuerpo de una, grité con todas mis fuerzas y agarré un recatón que estaba recostado junto a la pared. En ese instante, CAREMOMIA se asustó, como que no esperaba mi reacción; le tiré encima el fardo y de inmediato le clavé el instrumento en el cuello. En ese momento ni temblé ni tuve dudas, eso llegaría unos minutos más tarde.

Quedó allí tirado, como un pollo, muerto de una, no alcanzó ni a chapalear.  A esos bravos también les sale el que los pone en su sitio, eso les pasa por estar mirando la gente por encima del hombro, no se dan cuenta cuándo les va a salir de improviso el gallito más arrecho que ellos.

Cuando se me pasó el impacto de los sucesos tan imprevistos, retomé la sangre fría y traté de pensar con calma en lo que debía hacer a continuación. De entrada debía recuperar el arma de su bolsillo. Primera sorpresa, no la llevaba consigo. Miré bien, pero no la pude encontrar, no se había caído con la sacudida, la debería haber escondido en alguna otra parte. Su celular sí lo recogí del suelo, estaba sucio de pantano. Se lo metí en el pantalón. Lo arrastré hasta la fosa; no sabía lo difícil que era arrastrar un cuerpo, pero finalmente lo conseguí. Lo deposité allí, cogí el recatón, lo lavé en la canilla y lo puse junto al cuerpo, busqué una pala y lo tapé con el morro de tierra que estaba a un lado desde hacía varios días. Luego me devolví a tratar de dejar todo en orden, encubrir o limpiar rastros de sangre, apagar luces, cerrar puertas y escaparme lo más rápido de allí.

Nunca me había gustado le energía de esa casa y no era la hora de quedarme allí para que cualquiera me descubriera. Yo no sabía si los otros de la banda estaban encompinchados con él para eliminarme, pero no me iba a quedar para averiguarlo.

Cogí el talego con la plata, la escondí debajo del asiento por si me requisaban en un retén, me monté al carro y en cuanto pude me largué de allí, buscando la carretera para Bogotá; era claro que no tenía nada que me hiciera regresar a Medellín.

Luego de dos horas sin novedades, había pasado dos peajes y un puesto de control del ejército sin ningún percance qué lamentar. Tenía gasolina y dinero, no tenía ni hambre ni sed ni ganas de orinar o necesidad de estirar las piernas; decidí que no iba parar en ningún lado hasta llegar a la capital, faltaba ya menos de la mitad del camino, todo me había salido derecho. Era la oportunidad de volver a empezar, tenía juventud y me había quedado con la tula; sentí por primera vez en muchos meses que la suerte había estado de mi lado. Ya era hora.

En ese momento sonó el celular. Pensé que casi fijo era alguno de los muchachos que ya me estarían extrañando y, al no tener noticias mías y menos de CAREMOMIA, estarían inquietos sin saber en qué habían parado las cosas. Sentí como un alivio, no pude contener el impulso de reírme y puse más volumen al equipo de sonido que reproducía un disco de éxitos del gran Héctor Lavoe.

Luego volvió a sonar una segunda y una tercera vez. Me reí una vez más de la intensidad y la suficiencia de mis compañeros bandidos. Creían ser siempre los más astutos, los más arrogantes, los poseedores de la verdad revelada y los dueños de la última palabra. Esta vez se iban a tener que tragar sus aspavientos, CAREMOMIA en primer lugar, ardiendo en la caldera más caliente del infierno.

Al llegar a un peaje, unos camiones detenidos me obligaron a parar y a ponerme en la fila, detrás de ellos. Iba a estar quieto unos minutos. No había fumado en todo el día. Aproveché a bajarme del carro y prendí un baretico que tenía olvidado en el bolsillo. No había policías por ningún lado, todo se veía despejado.  El celular volvió a sonar, lo había dejado encima del tablero junto al volante. Di una bocanada profunda y sentí cómo el humo llenaba mis pulmones y un delicioso mareo me nublaba un poco la vista y me ponía a caminar blandito, como en una nube.

Me devolví dos pasos, agarré el teléfono, que ya había dejado de sonar. Lo prendí para ver quién era el que me estaba marcando. La pantalla mostraba cuatro llamadas perdidas de un número que al derecho terminaba en 999 y al revés tenía la diabólica cifra de 666, encima un nombre anotado, CAREMOMIA. El humo en la cabeza no me dejó ver muy claro todo y volví a mirar la luz verde de la pantalla que refulgía en la noche: cuatro llamadas perdidas, un 666 que me evocaba al demonio y el nombre de CAREMOMIA anotado.

Yo quería darle otra chupada al porrito, pero solo en ese momento caí en cuenta de que se me había resbalado de los dedos. Adelante, los camiones empezaban a reanudar la marcha. El carro de atrás ya estaba comenzando a pitar con desespero.

© Emilio Alberto Restrepo (foto)

 

Codelco; Blanco; Sofofa; Transantiago; Monga

javiera blanco1- Escuchando al señor Óscar Landerretche, presidente del directorio de Codelco, hablando sobre la compañía, parece que todo allí es perfecto. No hay contratos truchos, ni hechos a familiares; no hay bonos de 500 millones de pesos que puedan considerados exagerados, todo es transparente, y los cargos se llenan por méritos. Como quien dice, la Contraloría General está desvariando cuando dice que en Codelco faltarían US$ 4.500 millones (¡!), que no aparecen en las Memorias de la minera. También dijo el señor Óscar Landerretche que, justamente por ser tan probo, él y su directorio, fue víctima de un atentado contra su vida, con una carta-bomba. Todo eso está bien, pero: ¿dónde está el dinero que falta?, y acaso ¿le parece ético un bono de 500 millones de pesos, así sea “legal” y acorde con “las políticas” de la empresa, para que lo gaste la empresa de los chilenos en una sola persona? Hay una línea divisoria entre la verdad y el cinismo.

2- No nos extraña que la señora Javiera Blanco (foto), una de las peores funcionarias que ha tenido Chile en toda su historia, que fue de fracaso en fracaso donde quiera que la puso la presidenta Michelle Bachelet, y cada fracaso la presidenta lo premió, promocionándola a cargos cada vez más altos, hasta que instaló su mediocridad en el Consejo de Defensa del Estado (¡!); no nos extraña, pues, que ahora esté metida en un caso de sobresueldos, como lo informa El Mostrador, en planillas al parecer incautadas en Carabineros.

3- La alcaldía de Santiago está aplicando la misma lógica que aplicó el presidente Nicolás Maduro contra su opositor Leopoldo López: Maduro responsabilizó a López por los muertos, heridos y daños durante una manifestación suya. Esta alcaldía está responsabilizando a los directivos del ‘centro de alumnos’ por los destrozos ocasionados en el Liceo Teresa Prats durante una toma estudiantil. Y no solo culpa a los alumnos directivos, sino a los padres de estos. No estoy seguro de esa lógica.

4- Vi al señor Bernardo Larraín Matte, de la dinastía Matte (la misma de la colusión del papel higiénico y beneficiaria de subsidios durante la dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, para montar su imperio forestal), hablar como nuevo presidente de Sofofa (Sociedad de Fomento Fabril). Todo lo que dijo del país se resume en la palabra ‘crecimiento’. Pero no habló de cómo la Sofofa va a impulsar ese crecimiento del país. Dijo que “los empresarios están ávidos de hacer inversiones”, y ¿por qué no las hacen? Dijo que “los empresarios lamentan que se creen trabajos por cuenta propia” porque son de mala calidad, y ¿por qué no crean empleos de buena calidad? Dijo que se necesitaba más dinamismo productivo, y ¿por qué no lo realizan, no lo demuestran? Nos pareció que habló pompas de jabón. Repitió las mismas tontas afirmaciones de “los empresarios” haciendo una pretendida “oposición al gobierno”. No dijo nada. Bla, bla, bla.

5- Está bien que el gobierno se preocupe por la evasión en el pago de los pasajes de Transantiago. Y está bien que el gobierno subsidie parcialmente el transporte público que prestan los privados. Pero no está bien que subsidie a los grandes empresarios y sobre todo a los bancos, que son quienes manejan el Transantiago, y no a los usuarios. El gobierno anda preocupado porque los empresarios recauden los pasajes, pero no que los usuarios tengan un transporte más oportuno, cumplidor de los horarios, menos costoso y con rutas más extensas. Parece que lo que compete al usuario, al gobierno no le importa tanto, como la parte del recaudo y el subsidio para los bancos y las grandes empresas.