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‘Matar una cucaracha’ de Claudia Amengual

Claudia AmegualYo decidí no matarla. Sé que fue un acto consciente como buscar un poema en un libro cualquiera o elegir las mejores manzanas en la feria. Me detuve a pensar unos segundos y decidí que no. Y hasta creo que sentí un leve orgullo al vencer el reflejo natural de aplastarla. Un tipo racional, un tipo con dominio de sus reacciones, mi cerebro domesticando los instintos. Todo eso pasó por mi mente con la velocidad necesaria para que el orgullo naciera inesperado y me hiciera sentir mejor persona. “Mañana es lunes” pensé y ni siquiera la perspectiva de volver a mi oficina parda, sin ventanas ni sombras; ni siquiera el presente asfixiante de la tarde de domingo, nada pudo con aquella sensación fresca de sentirme un hombre capaz de tomar decisiones.

Estaba picando las cebollas cuando la vi deslizarse desde la puerta del baño y entrar a la cocina pegadita a la pared, donde ella sabía que era más difícil plantarle encima el zapato. Lo sabía porque las cucarachas tienen una memoria que les viene desde la eternidad; por eso resisten tanto, porque aprenden de las otras y saben que no hay que exponerse en lugares demasiado abiertos donde un pisotón es el fin. Y se quedó quietita mientras yo machacaba las cebollas hasta deshacerlas en una pasta blancuzca, bastante asquerosa. La hubiera matado, pero tenía los ojos cargados de lágrimas y un ardor que no me dejaba ver más allá de la tabla de picar. Y fue ese tiempo mínimo, mientras el llanto sin tristeza me lavaba los jugos de la cebolla, fue ese tiempo que me permitió pensar si tenía sentido matarla.

Era mi primera vez y estrenaba sensaciones cruzadas de piedad y de omnipotencia. La cucaracha se quedó esperando y yo puse la cebolla en una sartén. Prendí el extractor de aire, pero lo apagué. El ruido se interponía en esa curiosa paz que había alcanzado. A nadie iba a molestarle el olor a cebollas y yo podía estar a gusto con el crepitar del aceite hirviendo y mi nueva condición de buena persona. Me puse a pelar las papas con un ojo puesto en la cucaracha que apenas movía las antenas y esperaba. “Si se mueve… si se mueve”, pensaba, “si viene hacia mí, la mato”. Pero no se movía, seguía junto a la pared, muy cerca de la puerta y yo pelaba las papas con un arte que aprendí Allá y que da envidia porque la cáscara sale finita, como un papel transparente.

Si habré aplastado cucarachas en estos cincuenta y tres años. Y siempre para sofocar el grito de alguna mujer. Primero era mi madre, después Gloria, después mis dos hijas. Solo la nieta no grita. Le gustan las cucarachas y a veces juega con ellas. Se las mete en la boca, como si fueran dátiles y todos corren desesperados y la obligan a escupir, pero yo creo que una cucaracha es menos peligrosa que un dátil, porque las cucarachas no tienen carozo. Los dátiles, sí. Mi nieta come cucarachas. Mi nieta… Si casi no me dejan verla. Gloria me la trae a veces, a escondidas. Me la trae para que nos vayamos conociendo. Debe de andar por el año, un poco menos quizá, ya perdí la cuenta. Aquí se pierden todas las cuentas y todos los partidos, todo se pierde aquí adentro. Mi casa ya no es mi casa, es una cocina en la que preparo una tortilla. Y una cucaracha que me mira. Me mira y espera.
Corto las papas en dados perfectamente iguales y se van a freír al aceite con las cebollas. Bajo la intensidad de la llama. Siempre es mejor cocinar a fuego lento. La cucaracha se ha movido unos centímetros, pero su mirada sigue clavada en mí. Empiezo a inquietarme. Junto las cáscaras y tiro todo a la basura. Guardo un trozo de pan en la alacena. Apenas me descuide, va a trepar a la mesada para andar entre la comida. Pienso si no será mejor matarla de una buena vez. Si cayera en la tortilla y alguien la encontrara, no me dejarían cocinar nunca más. Como tampoco me dejan estar con mi nieta. Todo porque come cucarachas y ellos creen que yo se las doy, pero no es cierto, ella las busca y se las lleva a la boca. Yo nada más la miro. Y ella me mira.

La cucaracha se mueve hacia mí. Me pongo en guardia. Se detiene y yo pienso que está presionándome demasiado, que pone a prueba mis nervios. No voy a descontrolarme esta vez. Mañana es lunes y vuelvo a la oficina, y hoy es domingo de tarde, la peor hora de cualquier vida, hoy es domingo y todos duermen la siesta. Y yo aquí, batiendo cinco huevos hasta que logro una espuma amarillenta y la largo encima de lo otro, revuelvo un poco, bajo todavía más el fuego. Me quedo un rato mirando cómo va coagulándose el líquido alrededor de las papas y las cebollas.

¡Olvidé la sal! ¡La sal! Todos van a darse cuenta en la cena. Olvidé la sal y ahora ya es tarde para agregarla. Y volverán a decirme que no sirvo para nada, que ni una mísera tortilla soy capaz de hacer. Volverán, como todos los días, como cada día desde hace un tiempo, me dirán que soy un inútil, y alguien sugerirá que debo volver Allá, que nunca debieron traerme. Y Gloria dirá que aquí estoy mejor, que cualquiera olvida un puñado de sal, que no es para tanto. Pero los demás insistirán hasta que Gloria se tape los oídos como la última vez y grite que la dejen en paz, que ella me cuida, que mi lugar es junto a ella. Y yo trataré de abrazarla, pero mis manos estarán duras, paralizadas por el miedo y me quedaré quieto mirando mientras los otros gritan, mis hijas, mis yernos, y Gloria llora y dice que la dejen en paz, que nos dejen en paz, que se vayan a vivir a otro lado, que ella me cuida. Y yo quiero decirle que no se preocupe porque yo cuido de ella.

Pero no puedo, estoy muerto de miedo parado junto a la pared con los músculos inertes. Sé que es ahora cuando debo dar vuelta la tortilla. Sé que un minuto más y empezará a quemarse y se pegará al fondo y se habrá estropeado la cena. Y dirán que no es solo la sal, que tampoco sirvo para dar vuelta una maldita tortilla, que para nada sirvo, que tendría que volver Allá. Pero yo no quiero. Yo quiero que sea domingo y que mañana sea lunes y yo vuelva a mi oficina parda sin ventanas ni sombras, la misma oficina de los últimos treinta años. Y que Gloria cebe mate para los dos y comamos galletas con queso. Que busquemos un tango en la radio y yo la invite a bailar, la tome por la cintura y ella se deje llevar. Que se ponga colorada si las nenas entran y yo le diga que no importa, que ya están grandecitas, que entienden, que pronto buscarán novio y se irán a otra parte. Y Gloria, apretada contra mi pecho, me dirá cuánto me quiere y cerrará los ojos mientras bailamos.

La cucaracha siente mi miedo y avanza. Sabe que estoy paralizado y viene hacia mí. Parece levantar una pata y señalarme. Me ha visto. Ahora estoy seguro. Me ha visto y avanza. El olor a quemado es leve pero yo sé que es cuestión de segundos para que todo se eche a perder. Y todos me dirán inútil, se agarrarán la cabeza, me gritarán, le gritarán a la pobre Gloria. “¡Déjenla tranquila!” les digo, pero nadie me escucha. Solo me permiten este espacio blanco de la cocina. Y hoy ni siquiera eso. Quemé la comida. Tienen razón, no sirvo.

Todo por esa cucaracha, esa maldita cucaracha, asquerosa cucaracha que me mira. Me mira y se acerca y juraría que algo dice, pero no, no estoy loco. Viene hacia mí; tendría que haberla matado apenas la vi asomar sus antenas repugnantes. Viene hacia mí, me huele y, ahora sí, ahora sí, estoy seguro, algo dice, son sonidos, algo dice… y avanza. La tortilla ya es un franco despojo de papas carbonizadas y el humo empieza a ganar mi aire. Y ellos no tardarán en venir y me dirán que soy el mismo inútil de siempre. Que no soy capaz de hacer una tortilla. Ni de matar una cucaracha. Levanto mi pie y lo dejo caer con violencia. Le aplasto la cabeza contra el piso frío de la cocina. Grita. Chilla y se retuerce y yo vuelvo a descargar mi pie con furia. Una y otra vez. Agita las antenas, las patas, las inmundas patas, chilla demasiado. Muevo mi pie sobre su cabeza hasta que veo un líquido viscoso que me ensucia las suelas. El humo es negro y huele muy mal. Pronto vendrán todos, pero ya no me dirán que no puedo matar una cucaracha. Pronto vendrán todos al oír los gritos desesperados de esta cucaracha maldita que me ha hecho quemar la comida. Pronto vendrán todos a insultarme, a decirme que estoy loco, que nunca debí salir de Allá. Y verán a la cucaracha que se resiste a morir, que ahora es una masa viscosa de pelos y sangre, una mancha desfigurada sobre el suelo de la cocina, unas patas agitándose apenas, unas manitos, ¡Dios mío!, unas manitos…

Claudia Amengual (foto)

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La ‘dieta’ de los futbolistas de alto rendimiento

antonio escribanoTrae hoy El País un interesante artículo (escrito con el corazón contrito por la derrota ante Chile) del nutricionista de la Selección de España, el doctor Antonio Escribano (foto). Su rango es, exactamente, “responsable de la Unidad de Nutrición, Metabolismo y Composición Corporal de la Real Federación Española de Fútbol”. Y es, además, miembro de la Comisión de Nutrición y Hábitos Saludables del Comité Olímpico.

Resulta interesante, pues, saber qué comen, qué dietas hacen, cómo se preparan los jugadores de alto rendimiento, como son los futbolistas de clubes europeos o selecciones nacionales. Es, también, aplicable a los jugadores de La Roja, por supuesto.

En primer lugar, no imaginé que en un partido de 90 minutos, los jugadores que, en promedio, corren entre 10 y 14 kilómetros, y sudan como caballos, ¡tan solo queman 1.000 calorías! Este dato me pareció alucinante.

Dice el doctor Escribano: “La duración del esfuerzo es de unos 55-60 minutos reales, de juego, y la intensidad del mismo es variable. Su capacidad aeróbica se sitúa en una media del 75-80% del VO2 máxima” (este relación es la cantidad máxima de oxígeno que un organismo puede metabolizar por unidad de tiempo)”

La comida es la bencina (la gasolina). “Lo que se come interviene en el combustible muscular, y si los músculos no tienen glucógeno (azúcares que conforman su reserva de energía) ni se repone tras cada entrenamiento o partido, no se podrá llevar a cabo una actividad física consistente”, dice el doctor.

“Es como la gasolina de un coche, que aquí tiene su origen en la alimentación y en los hidratos de carbono, que forman parte de todos los menús de todos los futbolistas”.

Sin embargo, el doctor Escribano mantiene en secreto el menú de la Selección de España. Pero dice que la base de su alimentación está en los hidratos de absorción compleja (como las pastas, el arroz, las patatas o las legumbres), y de absorción rápida (como las frutas y las verduras).

Recomendación número uno del doctor Escribano (que considero adecuada, no solo para futbolistas o deportistas en general, sino para todas las personas): hay que huir del alcohol, de las bebidas azucaradas y las gaseosas; de las grasas saturadas, de los embutidos, de los dulces y todo tipo de pastelería, confitería y panadería.

¡Qué suplicio! Pero, en el fondo, se trata de eliminar una mala costumbre de comer ‘comida chatarra’, nada más. En Chile habría que decir, derechamente: huir de los completos cargados de mayonesa, de los churros embutidos de manjar y de las sopaipillas que son harina y están fritas. Para comenzar.

¿Por qué, si son cosas tan sabrosas? Porque “no aportan nada aprovechable, desde el punto de vista del rendimiento nutricional deportivo”. O la vida sana, añadiría.

Revela el médico español: “Durante los entrenamientos, el deportista debe beber frecuentemente, de forma aproximada cada 20 minutos y entre 20 y 30 centilitros de agua. Es muy importante que el jugador no tenga nunca sensación de sed y que una vez acabado, tanto el entrenamiento como el partido, reponga la cantidad de líquido perdida”.

En tanto el fútbol (lo cual yo ignoraba) es uno de los deportes que presentan una mayor exigencia metabólica al organismo, “solo se permite jugar un partido cada 72 horas”. De esto deben tomar nota los torneos.

Además, los futbolistas deben comer, entre cuatro o cinco horas antes de cada partido, y es recomendable que mantengan su peso óptimo de competencia todo el año, evitando adelgazar o hacer dietas.

“Todos comen lo mismo (el grandulón Gerard Piqué, o el petiso David Silva), la única diferencia está en la cantidad”, concluye el doctor Antonio Escribano.

El arroz con manteca de Jorge Luis Borges

El texto que sigue es de Alejandro Maglione (foto), gastrónomo que revela, al menos para mí, la preferencia del genial escritor argentino por el arroz sobre las carnes, las frutas y los quesos. Devela a un Borges joven, en bares y barrios en pos del verbo de Macedonio Fernández, y la manera de asumir su relación con amigos y mujeres. Con el título de “Jorge Luis Borges, la gastronomía y alguna atrocidad. Un breve recorrido por los lazos que ligan al escritor con la cocina porteña”, Alejandro Maglione nos ofrece este manjar, que publicó Brando:

Esto que sigue es una charla con Miroslav Scheuba, uno de esos personajes que tenemos en Buenos Aires, y que seguramente merecería que le prestáramos más atención. Miro es un poeta y cocinero, como se define a sí mismo, pero puedo dar fe que sus calidades humanas e intelectuales van mucho más allá. La cuestión es que a mí me interesó el tema de la relación de Borges con la gastronomía,y de inmediato comprendí que mi investigación pasaba por extraer los conocimientos de Miro sobre el tema. No me equivoqué.

Le pregunté a Miro cuándo comenzó a informarse de Jorge Luis Borges (foto) y sus preferencias por lugares gastronómicos, y me dijo: “Ricardo Bada, periodista amigo que vive y trabaja en Alemania, me ha preguntado si existió el restaurante Maxim, en Buenos Aires, donde solía ir a comer Borges. En efecto, el lugar existió, si mal no recuerdo, estaba en Paraguay 663. Aunque estaba pintado de rojo, era un lugar serio y bastante callado. Si bien hace mucho tiempo que este Maxim desapareció, le ha surgido un pariente que aprovechando marca y fama se ha instalado en la calle Borges al 1700 de Palermo; fonda que hace poco fue asaltada”.

Le hago notar que por el color del lugar y por la época en que estamos hablando, sería de concurrencia variopinta. Scheuba mostró su manejo del tema: “Vale la pena recordar que Borges en su primera juventud se aventuraba en los bares y cafetines del suburbio, donde vio y trató a los ilustres cuchilleros,evocados años más tarde en sus célebres milongas”. Y agrega: “El escritor se hizo cliente de los bares del Once: La Perla, El Rubíy otros joyas de la zona, porque por allí andaba Macedonio Fernández dictando cátedra de metafísica e inteligencia”.

Efectivamente, la presencia de Macedonio Fernández en la vida de Borges es notable y repleta de anécdotas divertidas. Sin embargo, Miro recuerda más lugares y compañías en el quehacer gastronómico de Borges: “En esa década del 20, con motivo de la segunda época de la Revista Proa, Borges en compañía de Ricardo Güiraldes, Alfredo Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz, se encontraba los viernes en El tropezón, Callao 299, para dar cuenta de un puchero magistral. De ese cocido pantagruélico para dos personas, podían comer tranquilamente seis”.

Avanzamos en el tiempo: “En la década del 30, la movida se deslizó hacia los restaurantes de la Avenida de Mayo. Borges junto a otros poetas asistía a las cenas ofrecidas a Federico García Lorca, a Pablo Neruda y a otros escritores iberoamericanos de fuste. En los años 50 Borges fue regresando a los bares y restaurantes de su barrio y se hizo habitué de la confitería Saint James,que estaba en la esquina de la avenida Córdoba y Maipú, donde ahora hay un banco”.

“Ese distinguido lugar también era visitado por Arturo Jauretche y sus secuaces, como en esa oportunidad que el autor de ‘El medio pelo en la sociedad argentina’rodeado con sus amigos, se da cuenta de que en otra mesa está Borges sin compañía alguna. El mozo se le acerca al autor de ‘Historia Universal de la Infamia’y le comunica lo siguiente: ‘Dice el doctor Jauretche que tendría sumo interés en que usted fuera a sentarse a su mesa’,a lo que Borges le responde: ‘Dígale al doctor Jauretche que el interés no es recíproco’. Era evidente que la política había separado a los amigos; Jauretche tenía una muy buena opinión del peronismo que Borges con cierta razón no compartía para nada. Borges trabajaba en una biblioteca pública y Perón, como por ley no podía despedirlo, ordenó que fuera designado inspector de ferias y mercados, en el rubro de aves y conejos”.

“De vuelta a los tres restaurantes preferidos por J. L. B. por los años 60 y 70,el primero era Cantina Norteque estaba en la calle Marcelo T. de Alvear 786. Esta cantina de barrio, que también ha desaparecido, ofrecía comida casera y bifes a caballo (con dos huevos fritos), churrasco que venía acompañado de una guarnición militar de papas fritas. El tercer lugar y que sigue estando en Maipú 963, casi al frente de la casa del escritor, es el restaurante del Gran Hotel Dorá, lugar especializado en mariscos y pescados; este era el más “finoli” de los tres. En este restaurante Borges tenía una mesa fija y como el escritor podía ir a almorzar, tomar el té o a cenar, la mesa de Borges era respetada a rajatabla”.

Es curioso que no pocos cocineros famosos, ayer el Gato Dumas, hoy Ferrán Adriá, tienen en el arroz con huevos fritos uno de sus platos favoritos. ¿Cuál era el de Borges? Miro me lo contó así: “En cuanto al tímido Maxim, el escritor pedía ‘lo de siempre’: arroz con manteca y queso rallado, y agua sin gas.Sé de buena fuente, que a la “Cantina Norte”invitaba a sus colaboradoras y/o amigas de toda la vida, como Margarita Guerrero, Betina Edelberg, Esther Zemboraín de Torres Duggan, María Esther Vázquez, Alicia Jurado y también a María Kodama”.

“En cierta ocasión en Cantina Norte, Borges estuvo cenando con la señora Justa Dose de Zemboraín, estanciera, millonaria, admiradora de sus relatos y quien, en esa cantina, le ofreció dar en su casa una magnífica fiesta de casamiento a su famoso amigo, que esa semana había pasado por el Registro Civil con Elsa Astete Millán, una novia en su juventud”.

La memoria de Miroslav aporta un remate genial al episodio: “Hay una anécdota con Elsa Astete que no podemos dejar pasar de largo, quien al escuchar que su marido le daba la noticia de la fiesta que organizaría Justa Dose con la crême de la crêmede la aristocracia ganadera, le hace una escena: ‘¿Qué me voy a poner para la ocasión? ¡Yo no tengo ropa para esa fiesta!’Borges la calmó en el acto cuando le dijo, ‘No te hagás problemas, voy solo, total… nadie se va a dar cuenta.’”

Lógicamente, recuerdo yo, fue un matrimonio que no duró demasiado.

“Al Gran Hotel Dorá, J.L.B. llegaba con sus relaciones habituales como María o Alfonso, los dueños de la librería La Ciudad, que estaba al lado, en la Galería del Este, y también invitaba a ciertas visitas ilustres que desde el extranjero venían a saludarlo, como el grabador mexicano José Luis Cuevas, que por pedido de Borges terminó exponiendo sus obras en el hotel, o como Jean d’ Ormesson, que vino desde Francia para entrevistarlo para Le Monde. En esa onda periodística, también llevó a cierto periodista de Le Figaro, y cuando estaban en la mesa le dijo al mozo quien era su invitado, y de paso, le informó que Le Figaro no era un diario para peluqueros”.

Miro no oculta su entusiasmo por el tema, y desearía pasarse horas revolviendo en su memoria. Pienso que la empatía le viene al estar hablando en definitiva de un colega. Solo que este colega no era cocinero, ni pareciera que haya sido un gran gourmet, como lo muestra la historia final que Scheuba le escuchó contar a María Kodama: “Borges y ella, mientras estaban en París, fueron invitados a cenar al verdadero Maxim’s, y Borges, solamente Borges, pudo haber pedido ‘lo de siempre’: arroz con manteca. El maître no lograba entusiasmar al autor de El Aleph con ninguno de los platos y manjares del restaurante de la Belle Époque”.

Y así terminó la cosa: “El rechazaba cualquier intento de foie gras, de grenouilles, de escargots,de ostras gratinadas, de perdices, codornices o de faisanes trufados, ya que el escritor insistía con su arroz con manteca. Al final el maître se rindió ante la evidencia porque Borges lo desafió: ‘¡Muy bien, ya que estamos en Francia, vamos a probar y a comprobar cómo preparan el mejor arroz con manteca en el Maxim’s de Paris!'”. En síntesis: ¡una atrocidad! Pero una atrocidad borgeana, al fin y al cabo.

Reconozco que esta historia del arroz con manteca en semejante templo de la gastronomía mundial me sobrepasó, y no obstante mis ganas de seguir abusándome de la memoria de Miroslav, di por terminada la charla, o quizás como en los cines de mi niñez, deba poner “continuará”. Es que Borges tenía esa capacidad para “hacer” amigos, por lo que se permitía deslizar en sus poemas comentarios de este tipo: “Olvidadizo de que ya lo era, quise también ser argentino”.