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‘El dormitorio más triste y solo de Ayotzinapa’

marcela turati(Por Marcela Turati) Todos los días a Bernardo le insisten para que se mude de dormitorio, pero él no escucha. Cuando en esta escuela-internado cae la noche él extiende su cobija roja sobre unos cartones y se acuesta en soledad, rodeado de ausentes, añorante de este cuarto lleno de amigos: Eran ocho y se disputaban cada centímetro del piso, jugaban a hacerse los descuidados y pisarse los pies.

Sus compañeros Julio César, Jonás, Cristian Alfonso, Israel Jacinto, Eduardo y Miguel Ángel no están aquí, sólo están sus pertenencias, sólo están sus retratos exhibidos entre los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que fueron desaparecidos el 26 de septiembre, cuando a los policías de Iguala se les metió el diablo en la piel y se exhibieron como criminales al servicio del narcotráfico.

“Yo soy el único aquí. Uno se fue a su casa, su mamá vino por sus cosas, los otros seis están desaparecidos”, dice Bernardo, delgadito, larguirucho, amable. A su alrededor, recargados sobre las paredes pelonas, están los maletines, la ropa, los zapatos y recuerdos que cuida hasta que regresen sus dueños.

Al cuarto día de que sus compañeros no volvían, Bernardo se dio a la tarea de acomodar el lugar. Dobló y apiló los cartones que sirven de cama, hizo lo mismo con los sarapes y cobijas de colores.

Acomodó en un rincón los tenis rotos, todos de tela, ninguno de marca; los huaraches en forma de equis que llevan los campesinos; los zapatos formales comprados con sacrificios por los futuros maestros. Todo está rociado con moronas de pintura blanca que saltan del techo carcomido por la humedad y que hace pensar que las pertenencias son de algún maistro-pintor.

Un costal blanco, como los que contienen semillas está erguido contra la pared atiborrado de ropa. Este tiene el rótulo de “Correos de México”.

“Esta era la maleta de Eduardo”, explica este joven nahuatlaca, cuidador de recuerdos. Encima del costal-maleta está recargada una chamarra vieja, herencia de alguna generación anterior de esta normal rural que tapaba a su dueño del frío.

Afuera de un maletín deportivo asoma el vaso de plástico con el cepillo de dientes y la pasta que usaba Julio César. Al fondo una placa metálica que lleva su nombre: “Julio César López Patolzi”.

Entre la ropa sobresale la primera hoja de su cuaderno a rayas, donde con lápiz y letra fina Julio César escribió el primer día de clases: “Pues yo ingresé a esta Normal con el simple echo que mis padres son de escasos recursos campesinos y mis habilidades es ser responsable también en la academia, trato de poner mucha atención a los maestros para poder sobre salir adelante”.

Más allá, se ve un vaso de plástico que lleva adentro una cuchara, un cuchillo, un tenedor, porque hasta eso tenían que traer los estudiantes de casa. Una bolsa de detergente Foca. Un folder con los certificados de estudio de José Eduardo Bartolo Tlatempa, indígena, como dejan ver sus apellidos; indígena como la mayoría de los alumnos de esta escuela donde el requisito para entrar es no tener dinero, pero tener ganas de ir a contracorriente del destino de los pobres hasta alcanzar ser alguien.

“Yo mismo acomodé esta semana. Cuando salieron a la actividad no les dio tiempo de arreglar, yo mismo me puse a arreglar”, explica Bernardo tenso pero sonriente. Un par de escobas permanecen de pie en un rincón.

Con el brazo señala que junto a la pared más cercana a la puerta de bordes roídos dormían cuatro: Julio César, Cristian Alfonso, Cristian (“ése está en su casa; su mamá se llevó sus cosas”), y allá Jonás.

Durante los primeros días de clases en el cuarto que llaman Sección G dormía también El Chilango, Julio César Mondragón, el joven mexiquense desaparecido con los demás el día 26, y quien tres días después fue encontrado en Iguala asesinado: el torso lleno de moretones y desollado: sin ojos, sin piel, sin cara. Llevaba la misma playera roja con la que se presentó el primer día de clases, la misma que circula en Internet donde se le ve cargando a su bebé recién nacida, y acurrucado junto a su esposa.

“El Chilango se cambió de aquí porque éramos varios y no había cupo -dice-. A veces se tiraba a un lado de mí, luego se pasó al lado (al otro cuarto), estuvo un tiempo, luego que iba a buscar dónde dormir, le dije que si no (encontraba) regresaba y se pasó a la panadería”.

Quien diga que en las normales rurales donde se forman los maestros más pobres de México viven entre lujos debería asomarse a este cuarto con el rótulo número 4; sección G, como le dicen ellos. Encontrará que la puerta no sella, el aire se mete siempre por el techo. Los muebles son tres cajas clavadas en las paredes a manera de casillero: un huacal de madera, las otras dos de plástico.

Las paredes están acicaladas de pintura blanca que la humedad carcome. No hay adornos. No dio tiempo de colocar ninguno. Sólo queda un letrero a lápiz que alguien dejó en el que se lee: 2 de octubre. Los jóvenes viajaron a Iguala (a poco más de una hora de camino) era recabar fondos (“botear”) para acudir a la manifestación anual por la masacre estudiantil de Tlatelolco en el Distrito Federal y traer para ese fin tres camiones de pasajeros. (En el patio de la escuela una treintena de autobuses con líneas comerciales están estacionados, sus choferes esperan que los releven)

Como Bernardo estaba inscrito en el Club Banda de Guerra y se quedó limpiando los instrumentos, no acudió a Iguala como el resto de los alumnos de primer año, los llamados pelones, pues por tradición escolar son rapados todos los alumnos de recién ingreso a esta Normal. Bernardo también está pelado, los cabellos que crecen se sostienen de pie como si fueran de cepillo.

“Yo me quedé a esperar a los compañeros en la puerta. Los esperé. Vi que no llegaban”, dice ahora sentado sobre el piso, junto al arrumbadero de zapatos.

Esa noche en la Normal se recibió la noticia de que a los pelones los habían reprimido, la policía los había rodeado y detenido. La información fluyó como gotera, había un herido, no, ya estaba muerto, y el muerto era un pelón.

La incertidumbre se paseó entre todos dejando la pregunta de quién sería.

“Les marcábamos a todos. Sólo le entró la llamada a Israel Jacinto, dijo que estaban dentro del autobús, que los tenían rodeados policías, que tenían gas lacrimógeno. Le dijimos que rompiera los vidrios no se vayan a ahogar. Pidió que lo fuéramos a traer, le dijimos que ya había salido una Urban por ellos. (La llamada) duró cinco minutos, se escuchaban gritando los demás, también él. Se escuchaban los ruidos de las patrullas. Hasta que se colgó”.

Hasta después supo que todos los pasajeros del autobús de Israel Jacinto fueron obligados a subir a patrullas de la policía municipal. Todos fueron desaparecidos.

Esa noche Bernardo intentó ir a rescatar a sus compañeros, pero no alcanzó cupo en las camionetas que salieron con refuerzos (algunos de los estudiantes que acudieron al rescate tampoco regresaron, quedaron muertos, otros siguen hospitalizados)

Pasó la noche en vela con todos, resguardando la escuela; a él le tocó cuidar por los corrales. Entre todos checaban por feiz e internet las noticias, el muerto ya no era uno, eran dos, luego tres. Tres de la Normal, pero otros tres que no eran normalistas, pero fueron confundidos con ellos.

“Empezaron a pasar las imágenes, yo no sabía nada, pero dijeron que a un chavo le hicieron bien feo, le quitaron el rostro. Ahí reconocí a El Chilango porque usaba la playera del primer día de clases. La última vez que lo vieron fue cuando los subieron a las patrullas”. Lo dice como si nada, el miedo se asoma en la mirada.

Saca su celular y muestra el video que le tomaron el 21 de agosto, día de su cumpleaños. Se ve que a Bernardo lo agarran por sorpresa y lo tiraron a un pozo con agua. Mira con cariño la escena y dice: “Ahí está El Chilango, es el último que llega (y sí, se ve un muchacho menos flaco que el resto, que ayuda al resto a tirarlo al río); el que lo grabó desde arriba es Miguel Ángel”.

Ya no tiene la fotografía del 8 de agosto cuando los mayores los ‘pelaron’ con rasuradora, se quedó en un celular que le robaron. Pero sí tiene los recuerdos, y de esos echa mano.

“Íbamos a escoger a El Chilango como jefe de grupo, él sí quería pero como es de México a lo mejor lo iban a tratar mal, por eso quiso quedarse de apoyo. Casi no le gustaba echar relajo, era serio, reservado. Lo íbamos a elegir porque le gustaba participar en las clases. Él estuvo en Tenería, le preguntamos pero no nos quiso decir, creo que lo expulsaron. Fue a hacer pruebas en Tiripetío, Michoacán, no dijo por qué lo expulsaron, y vino aquí”.

Bernardo apenas regresa de tres días de descanso en El Durazno, su pueblo, ubicado en el municipio de Tixtla de donde eran oriundos cuatro de sus colegas y que es zona de nahuatlacas.

En casa su mamá le pidió que abandonara la Normal, que ya no regresara, a lo que él le contestó: “Ahí me quiero quedar para saber de mis compañeros”. Además, sigue con la idea de ser maestro.

-¿Por qué quieres ser maestro?

-Diría mi compañero Chilango… todavía recuerdo sus palabras -y sonríe, cómplice-: ‘para compartirle mis ideas a los niños’.

-¿Cómo cuáles ideas?

Ya no responde. Se tapa el rostro, se queda pasmado. La tristeza le corta el habla y llora silencioso, no con el estruendo de los que vienen de la ciudad, llora como campesino. Parece un niño arrinconado. Y cómo no si el dolor es gigante para este joven, apenas pasada la mayoría de edad, que pretende ser un adulto, que carga sobre su cuerpo flaco el pesado recuerdo de siete amigos y como una patada en el alma el descubrimiento de la raíz de este país podrido.

“Sólo quiero que aparezcan”, se enjuga las lágrimas.

Cuando se repone, como encarrerado comienza a desgranar recuerdos, como si tuviera urgencia de hablar de todos, de nombrarlos, de recordarlos para traerlos de vuelta.

“Era muy unida la sección. Éramos muy unidos. Nunca nos separábamos cuando salíamos a trabajar al módulo o comprar cosas nos cooperábamos. Si salía actividad íbamos juntos. Yo llegaba primero, yo nunca entraba, no abría la puerta, los esperaba afuera a que llegaran todos y nos fuéramos al comedor todos juntos”.

Vuelve la sonrisa cuando aparece en el cuarto a Eduardo, ‘Boby’, a quien le gustaba bailar breidans, ponía una canción y comenzaba a articular patadas. A Cristian Alfonso gustoso de estudiar danza desde niño. A Israel fingiéndose el descuidado en las noches, pues cada vez que se levantaba por algo, pisaba los pies de quienes estaban acostados; sus víctimas lo regañaban, los demás se reían. Jonás haciendo relajo como aquella vez que se quedó dormido de pie en clase e hizo carcajear a todos. “Era bien de la costa, no podía pronunciar el 128 y decía ‘Baisa’”.

Habla también sobre su rutina escolar, sobre las actividades ‘de lucha’ que tenían, la ordeña, de sacar diésel, de botear, hasta que se atora: “El 26 entramos a las nueve cuarenta, ya no me acuerdo a qué materia fuimos. Tenía el horario pero anda desaparecido el que lo tenía. Se lo iba a pedir”.

Sabe que sus otros compañeros de primero están preocupados por él, pues el G es el único cuarto donde quedó uno solo -en otros cuando menos quedaron dos o tres-. Cuando lo invitan a mudarse de sección él les dice lo que ahora repite: “que no, que estoy bien, que aquí quiero estar con ellos”.

Alguna noche ha soñado que están juntos en el convivio que tenían planeado para ese fin de semana.

Un estudiante se mudó por unos días a su sección para acompañarlo y a veces lo regañaba con un ‘no te agüites, cabrón, van a aparecer, piensa positivo’. Un día de plano se pusieron a orar más o menos con estas palabras que Bernardo repite: “Que el señor los proteja a cada uno de nuestra sección, que les de fuerza, les cuide y los traiga bien, acá van a regresar y acá vamos a estar esperándolos”.

Pasado el llanto, lustrados los recuerdos, revisitados los amigos, retomados los espacios vacíos, Bernardo se sincera: “Hay momentos que me quiero ir de ver a las familias, cómo están sus rostros, cómo están llorando, uno se desilusiona. Me siento triste y solo, me siento mal, soy el único que se quedó aquí. Yo siempre decía: ‘si salimos todos, volvemos todos’”.

Esa rutina de esperarlos en la puerta, de no entrar hasta que lleguen todos; esa promesa del ‘si salimos todos volvemos todos’ es lo que hacer que Bernardo cada tanto reacomode las pertenencias de sus amigos, barra el piso y cultive la esperanza del reencuentro hasta llegar la noche, cuando regresa al cuarto más solo y triste de Ayotzinapa, y tiende su cobija roja, y duerme siempre en vela para darles la bienvenida al momento en que reaparezcan.

“Estoy esperando a que lleguen -dice-. Por ese motivo no me he ido. Yo sé que si yo estaría desaparecido, ellos harían lo mismo”.

Marcela Turati (foto)

 

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‘La herencia para mis hijos’ de Alberto Salcedo

alberto-salcedo-ramosHace poco fui con mis hijos a un restaurante caribeño donde sonaba la canción La plata, del juglar Calixto Ochoa.

El mundo pelea si dejo una herencia / si entierro un tesoro no lo gozo yo / se apodera el diablo de aquella riqueza / y entonces no voy a la gloria de Dios

Enseguida comenzamos a conversar sobre herencias. Mis hijos se declararon partidarios de que, como en la canción, todo el que se esfuerce gaste en vida hasta el último céntimo. Yo les concedí la razón.

-El humorista Armando Chulak repetía que eso de “pasó a mejor vida” no se debe decir del finado sino del heredero.

Mis hijos rieron.

-Por cuenta mía nadie va a pasar a mejor vida.

A continuación dije que me tiene sin cuidado hacer el inventario de lo que dejaré. Solo quiero que, cuando muera, me encuentren pulcro, pues, como decía el poeta Gonzalo Arango, un cadáver de uñas sucias se vería muy feo.

De todos modos, algo les dejaré como herencia. Para empezar, el radio portátil de cinco bandas. Quiero que lo cuiden mucho, no por su valor material sino por lo que significa para mí: en ese radio mi madre oía canciones de Pedro Infante.

El mesero, un barranquillero chismoso que siempre nos atiende en ese restaurante, metió la cuchara sin ningún pudor:

-No vale la pena sacrificarse en busca de bienes que al final van a disfrutar otros. Mejor siga escribiendo. Pero compre el Baloto. Usted tiene cara de que puede ganárselo.
Respondí que nunca he esperado ningún favor de la suerte y que tampoco invito a mis fiestas a los loteros. No sueño con acumular más dinero del que necesito ni con asegurarles el sustento a cuatro generaciones. En este punto miré a mis hijos y agregué que si la muerte me avisa cuando venga por mí, seguramente haré una última visita al banco para asegurarme de que mi modesta cuenta de ahorros quede vacía.
-¿Cómo era aquella cosa que nos decías cuando estábamos chiquitos? -preguntó Oriana.
-Que mi herencia para ustedes será una casa en el aire como la de Escalona, pero de tres pisos, cinco mil cabezas de saltamontes y una hectárea de hojas de cadillo.

Ambos sonrieron.

Seguí haciendo el listado: dos bolsitas de maní salado, un reloj de bolsillo, mis libros, mis discos, la hamaca sanjacintera que me regaló mi compadre Alfonso Hamburger. Lo más importante de todo fue haberles enseñado a asumir sus responsabilidades. Entonces recordé una frase de mi abuelo: “Al hijo hay que educarlo en la casa para que no salga a matar a nadie en la calle”.

-¿Qué más herencia que la vida, papi? -preguntó Mario con aire trascendental.

Respondí que esa tampoco es la gracia: cualquiera engendra. Hace unos años mi colega argentino Matías Maciel me escribió un correo emocionado para contarme que acababa de convertirse en padre. Aún guardo la respuesta que le envié: “Un hijo es una criatura por la que uno es capaz de ofrecerles el pecho a todas las balas del mundo y morir cagado de la risa”.

En este punto añadí con aire triunfal que por ellos soy capaz de dar la vida, y que eso también quisiera dejarlo consignado en el testamento.

Los dos me dieron un beso. Fue Mario quien soltó la conclusión que estaba esperando:

-No joda, papi, te sobraste. ¡Tremenda herencia!

Alberto Salcedo Ramos (foto)

 

‘Borges y el otro’ de Isabella Portilla

Isabella Portilla - copiaBorges solía regalarle su ropa vieja a un mendigo que leía a Borges. Cuando el mendigo iba a su casa en los inviernos, nunca traspasaba el antejardín. Se limitaba a tocar el timbre y Borges salía hasta la calle a entregarle unos trapos gastados y a cruzar con él un par de palabras, al tiempo que buscaba en sus bolsillos unas cuantas monedas.

Después de aceptarle la limosna a Borges, el mendigo se alejaba y Borges descubría que aquel hombre se amparaba del frío con el sobretodo que él solía ponerse  años atrás. También llevaba puestos unos pantalones plisados que, a pesar de las arrugas, conservaban una elegante caída. Al bajar la mirada, Borges notaba que los viejos zapatos que él daba por inservibles le calzaban perfectamente a ese hombre que de repente se perdía entre los árboles.

Mientras entraba a su casa, Borges lamentaba la suerte del indigente: el mendigo había sido un bibliotecario que fue a parar a la calle a causa de sus desventuras. Por fuera, alguien podría pensar que aquel mendigo era el mismo Borges, porque las vibraciones de esos trapos viejos que alguna vez fueron el refugio de un cuerpo borgiano ahora eran refugio de otro cuerpo: de otro que leía a Borges.

Aunque vivía lejos, el mendigo trabajaba de lunes a viernes en la puerta de una iglesia de Palermo. En una ocasión, Borges se detuvo a contemplarlo. El mendigo estaba sentado en unas escaleras leyendo El Aleph. Entonces Borges notó que el pordiosero no sólo llevaba la corbata marrón que tanto le gustaba en una época, sino que además, vestía un traje que Leonor, su madre, le había comprado en Italia. Al ver su ropa puesta en el cuerpo del mendigo, Borges entendió, como Spinoza, que todas las cosas quieren perseverar en su ser.

El mendigo parecía estar tan absorto en la lectura  que no escuchaba el ruido de las monedas que los visitantes de la iglesia le depositaban en la caja situada justo a su izquierda. Al tiempo Borges se había sentado en una banca del parque a recordar algunas sensaciones pasadas que no podían despegarse de él.

El bolsillo roto de la chaqueta que llevaba puesta el mendigo le recordó la ordinariez de su primera esposa. El cuello bien doblado, pero raído, le trajo memorias de los cuidados de Epifanía, su empleada doméstica. Algunas noches de insomnio aparecieron bajo la franelilla amarillenta que se alcanzaba a ver y en las suelas de los zapatos, se adivinaron los pasos en los que Borges se reconoció.

El mendigo también se reconoció en el escritor cuando, sin levantar los ojos de las páginas del libro, sintió que Borges lo miraba al frente del templo. Entonces dibujó en su rostro una sonrisa amplia mientras sus ojos recorrían un pasaje de uno de los cuentos de Borges: “De alguna manera, toda persona que lee un verso de William Shakespeare es William Shakespeare”.

Isabella Portilla (foto)

Ringo Star, Ronnie Wood y el narco Carlos Lehder

Carlos LehderTrae la revista digital Las2orillas una corta crónica sobre una pequeña historia de Ringo Star y Ronnie Wood con uno de los más grandes narcotraficantes del funesto ‘Cartel de Medellín’: Carlos Lehder, capturado en Colombia y extraditado a Estados Unidos en 1987, donde fue sentenciado a 135 años de prisión. La pena al parecer se redujo a 35 años, que actualmente cumple en ese país.
Aunque trae un dato un poco exagerado sobre la permanencia de los rockeros en la propiedad del narcotraficante en Cayo Norman, una isla que compró para quitarse de encima la intermediación de los narcotraficantes estadounidenses y ponerla al servicio del Cartel de Medellín para hacer llover toneladas y toneladas de cocaína sobre Florida, Estados Unidos, la historia está refrendada en el libro que de su vida publicó Wood, el guitarrista de los Rolling Stone.
Titulada ‘El día que un Beatle y un Rolling Stone fueron secuestrados por Carlos Lehder’, la crónica la firma Iván Gallo
. JSA
A principios de 1978 los narcotraficantes colombianos estaban hastiados de tener que vérselas con intermediarios gringos para meter las toneladas de coca que distribuían en Los Estados Unidos. El negocio era rentable pero podía ser mejor. Por eso, cuando a Carlos Lehder (foto) se le ocurre la grandiosa idea de comprar Cayo Norman (foto aérea), una pequeña isla de Bahamas compuesta de unos cuantos cientos de acres de tierra ubicada a unos cuantos kilómetros de las costas de la Florida, y desde allí iniciar el vendaval de cocaína que caería sobre territorio norteamericano en los siguientes cuatro años, la historia del narcotráfico cambiaría para siempre.
Desde ese momento Lehder y sus compinches eran tratados como reyes en las islas y no había un solo dirigente o militar local que no cayo normanrecibiera algo de su acostumbrada generosidad. El dinero del narcotráfico permeó la economía local y allí ‘El Loco’ (Carlos Ledher) no sólo estableció un emporio económico que catapultaría al Cartel de Medellín como la organización criminal más rica del mundo, sino que desde Cayo Norman el quindiano armaría las rumbas más estrafalarias que el Caribe haya podido recordar.
Contrario a los gustos musicales que podían tener (Gonzalo) Rodríguez Gacha, quien disfrutada del corrido y la ranchera, o Pablo Escobar quien se derretía por las baladas de El Puma y Camilo Sesto, Lehder era un amante del rock y esa fascinación le hizo conocer de frente a rutilantes estrellas del género mientras fue el rey de Cayo Norman. Con algunas de ellas, aprovechando el gusto que tenían por la noche y las drogas, llegó a ser su amigo.
Tony Sánchez, antiguo dealer, chofer, guardaespaldas y parcero (amigo) de Keith Richards, afirma que era común ver en plena gira a narcos colombianos acercándose a los Rolling Stones, regalándoles miles de dólares en cocaína. Mick Jagger, siempre cuidadoso de su imagen, se mantuvo siempre al margen, pero Ron Wood, el guitarrista que reemplazaría desde 1974 a Mick Taylor en la banda, llevado por su adicción al juego, la rumba y la droga, intimó más de lo que debía con el muchacho de Armenia (Lehder).
Era diciembre de 1979 y Roonie vivía el fin de una larga temporada en París con Josephine, la blonda y voluptuosa muchacha con la que se casaría un par de años después. Se acababa la década y Francia empezaba a ponerse helada. El rocker y su chica querían ver playa, palmeras y sol.
En una fiesta parisina se encontraron con Lehder. Conversaron un rato y éste, al escuchar que los tortolitos buscaban un lugar tranquilo y cálido para seguir disfrutando de las mieles del amor, les sugirió que el mejor sitio para ser feliz era la mansión que él tenía en Cayo Norman. Los ojos desorbitados de Lehder, adicto a los CS o “Cigarrillos Sucios” unos largos, gordos y explosivos baretos de marihuana mezclados con heroína, se brotaron aún más al pensar en las posibilidades rumberas que implicaría tener a un Rolling Stone en su casa. Sin esperar la respuesta de sus invitados “Decidió que nos íbamos con él y no creo que tuviéramos mucha más opción” escribe el propio Wood en su autobiografía y prosigue: “No fue tanto una invitación como una orden. Era un tipo muy dominante”. Para tranquilizarlos un poco los llevó a un rincón de la fiesta y abrazando con fuerza a un embaladísimo Ringo Starr les dijo que él también se iba de juerga a “La casita de Bahamas”.
Al otro día, sin haber dormido, arrancaron para el Caribe. En todo el trayecto Lehder, a quien Ron Wood se refiere todo el tiempo con el alias de “Víctor”, no paró de decir incoherencias y de fumarse, uno tras otro, sus cigarrillos sucios. Siempre hablaba muy alto y su lenguaje era una rara mezcla de vulgaridades dichas en español e inglés. En el avión no venía Ringo, al preguntarle Wood al narco por qué no estaba el beatle, este le dio una cariñosa cachetada en la cara y le dijo que no se preocupara porque el baterista “Ya se encontraba en camino”.
Aterrizaron en la pista de kilómetro y medio que “Víctor” había mandado construir en Cayo Norman. Los acomodaron en un majestuoso Bungalow y a las pocas horas apareció Ringo quien, según palabras del guitarrista “Venía cabreado”. Pero la tensión se disiparía cuando Lehder los llevó a conocer el modernísimo estudio de grabación que había construido para que “Artistas de la talla de ustedes toquen para mi” y diciendo esto prácticamente los músicos entendieron que más que una invitación era una orden del narco.
Pasaron días enteros tocando en la sala de grabación para el capo. Este sólo atinaba a sonreír y a viajar en su nube opiácea. Muchachos entre 15 y los 18 años, deambulaban semidesnudos por la mansión mientras las paredes de estas retumbaban por los riffs salvajes de Ron Wood. (Carlos Ledher era homosexual y siempre anduvo rodeado de jovencitos a su disposición. Esta característica de Ledher se muestra en la telenovela –vista en Chile– ‘Pablo Escobar: El patrón del mal’)
De noche salían a ver las estrellas y a entregarse a las paletadas de coca. Había una habitación cuyas paredes y pisos estaban tapiadas de cocaína “Era como la cueva de Aladino” recuerda Wood.
En la noche el rey de Cayo Norman se encerraba con su corte de ángeles en una casa que quedaba al otro lado de la isla. A los músicos solo los veía como personal que se ocupaba única y exclusivamente de tocar sus instrumentos. La situación duró cerca de un mes y a mediados de enero de 1980, Lehder, acosado por sus socios del Cartel de Medellín que le pedían más compromiso con la causa y menos rumba, decide liberar a los ingleses.
Para el Stone y el Beatle su estancia en la isla, siendo invitados del capo colombiano, sólo es un mal recuerdo “tocábamos tanto que en esos días compuse una canción llamada Tiger Balm… no hace mucho que Ringo y yo estuvimos recordando los días en que fuimos rehenes de aquel tipo, intercambiando rayas por riff, y golpecitos de tarjeta por golpes de batería”.

Mala persona no es buen periodista: Kapuscinski

??????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????Nació en Pinsk, Polonia, en 1932, y murió en Varsovia en el 2007. Estudió Historia, pero se dedicó al Periodismo. Escribió para el Time, The New York Times, La Jornada, Frankfurter Allgemeine Zeituq y El País (de España), además de muchos libros. Sobrevivió a doce enfrentamientos armados, de los que informó desde el frente. Al final, dijo sobre la guerra que “es una derrota para la humanidad porque, además de poner en tela de juicio la bondad y la inteligencia, manifiesta el fracaso del ser humano: su incapacidad de entenderse con otros, de ponerse en su piel”. Sobrevivió, también, a cuatro condenas a muerte, y en el 2003 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicaciones y Humanidades, por “su preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo”. Estoy hablando de Ryszard Kapuscinski (foto), de quien me permito compartir 10 reflexiones que hizo sobre el Periodismo. (La frase que más me gusta de Kapuscinski es esta: “Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. Y esto, uno lo nota cuando los escucha, cuando los lee y cuando los ve.) Van, pues, las enseñanzas de un maestro auténtico, con la esperanza de que sean leídas por colegas nuevos, honestos y empeñosos, que consideren el Periodismo una razón de ser, y no una fuente de riqueza, como ocurre con frecuencia hoy.

1) “Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje (premio que se otorga en Berlín), y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto”.

2) El periodista del XXI “se diferencia del siglo XX en el sentido técnico. Antes el periodista, cuando se iba a una guerra, tenía libertad para moverse. Dependía mucho de su talento, de su validez. Ahora, como tenemos teléfonos móviles o Internet, el jefe de redacción sabe mucho más lo que está pasando. El periodista destacado en un lugar sabe lo que ve, mientras que el jefe, que está en Madrid o Roma, tiene la información de varias fuentes. Al final, el periodista, en vez de llevar a cabo sus investigaciones, se dedica a confirmar lo que el jefe le pide desde la redacción. El sentido del trabajo ha cambiado mucho.

3) “Me gustaría que mis libros sirvieran para que los lectores del siglo XXI comprendieran lo que ha sido el nacimiento del Tercer Mundo, la llegada al poder y la soberanía de sociedades míseras, rurales e iletradas, un fenómeno sin precedentes que va a cambiar la mentalidad y el modo de vivir en todos los países”.

4) “Antes, los periodistas eran un grupo muy reducido, se les valoraba. Ahora el mundo de los medios de comunicación ha cambiado radicalmente. La revolución tecnológica ha creado una nueva clase de periodista. En Estados Unidos les llaman media worker. Los periodistas al estilo clásico son ahora una minoría. La mayoría no sabe ni escribir, en sentido profesional, claro. Este tipo de periodistas no tiene problemas éticos ni profesionales, ya no se hace preguntas. Antes, ser periodista era una manera de vivir, una profesión para toda la vida, una razón para vivir, una identidad. Ahora la mayoría de estos media workers cambian constantemente de trabajo; durante un tiempo hacen de periodistas, luego trabajan en otro oficio, luego en una emisora de radio… No se identifican con su profesión”.

5) “El verdadero periodismo es intencional… Se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. El deber de un periodista es informar, informar de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro. Las guerras siempre empiezan mucho antes de que se oiga el primer disparo, comienza con un cambio del vocabulario en los medios. En los Balcanes se pudo ver claramente cómo se estaba cocinando el conflicto”.

6) “Esta es una profesión muy exigente. Todas lo son, pero la nuestra de manera particular. El motivo es que nosotros convivimos con ella veinticuatro horas al día. No podemos cerrar nuestra oficina a las cuatro de la tarde y ocuparnos de otras actividades. Éste es un trabajo que ocupa toda nuestra vida, no hay otro modo de ejercitarlo. O, al menos, de hacerlo de un modo perfecto”.

7) “Hay profesiones para las que, normalmente, se va a la universidad, se obtiene un diploma y ahí se acaba el estudio. Durante el resto de la vida se debe, simplemente, administrar lo que se ha aprendido. En el Periodismo, en cambio, la actualización y el estudio constantes son la conditio sine qua non. Nuestro trabajo consiste en investigar y describir el mundo contemporáneo, que está en un cambio continuo, profundo, dinámico y revolucionario. Día tras día, tenemos que estar pendientes de todo esto y en condiciones de prever el futuro. Por eso es necesario estudiar y aprender constantemente”.

8) “Podemos encontrar muchos periodistas jóvenes llenos de frustraciones, porque trabajan mucho por un salario muy bajo, luego pierden su empleo y a lo mejor no consiguen encontrar otro. Todo esto forma parte de nuestra profesión. Por tanto, tened paciencia y trabajad. Nuestros lectores, oyentes, telespectadores son personas muy justas, que reconocen enseguida la calidad de nuestro trabajo y, con la misma rapidez, empiezan a asociarla con nuestro nombre; saben que de ese nombre van a recibir un buen producto. Ése es el momento en que se convierte uno en un Periodista estable. No será nuestro director quien lo decida, sino nuestros lectores”.

9) “Una de las cosas que resulta fundamental entender es que, en la mayor parte de los casos, la gente sobre la que vamos a escribir la conocemos durante un brevísimo periodo de su vida y de la nuestra. A veces vemos a alguien durante cinco o diez minutos, estamos viajando a otra parte y a esa persona no volveremos a verla nunca más. Por tanto, el secreto de la cuestión está en la cantidad de cosas que estas personas son capaces de decirnos en un tiempo tan breve. El problema es que las personas, en un primer contacto, son generalmente muy calladas, no tienen ganas de hablar. Es una experiencia que todos compartimos: es necesario cierto tiempo para adaptarse al otro. ¡Pero esos escasos minutos a veces son los únicos que tenemos para hablar con una persona! Para un periodista, si esos minutos transcurren en silencio o generan una comunicación insatisfactoria, el encuentro es un fracaso. El éxito depende entonces de situaciones que están fuera de nuestro control, casi de “accidentes”.

10) “Creo que para ejercer el Periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina “empatía”. Mediante la empatía, se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás”.

El periodista no es el protagonista: Gay Talese

gay taleseSobre un texto de Marta Orrantia, del 16 de abril del 2012, decir que Gay Talese (foto) comenzó como reportero de The New York Times hasta convertirse en el mejor cronista de los Estados Unidos, aún hoy. Ha pasado de ser un redactor raso a escribir libros que son best-sellers. El trabajo de Talese ha sido el fruto de una labor disciplinada y obsesiva. Para que tomen nota los periodistas con inclinaciones de cronistas, destaco de él las siguientes recomendaciones, dos de las cuales son, sistemáticamente, violentadas por los periodistas chilenos, y están numeradas como la 9 y la 10:

1- Empiece temprano    Aunque Gay Talese nunca fue el mejor alumno en la clase del idioma inglés, desde joven colaboró con el periódico del colegio y con el Atlantic City Daily, un diario de su ciudad, donde cubría temas estudiantiles. En la universidad en la que estudió Periodismo tenía una columna en el semanario del campus, llamada “Gayzing”, donde mezclaba humor con adulaciones.

2- Ojos abiertos, oídos atentos    De niño Gay Talese gustaba escuchar las conversaciones de su madre en la boutique y de su padre en la sastrería. Cuando tenía dieciséis años entró a la tienda un cliente nuevo, Garet Garrett, que trabajaba en la mesa editorial de The New York Times. El joven Talese lo escuchaba hablar con su padre sobre Aldoph Ochs, el dueño del periódico. Las notas que tomó no solo le sirvieron para hacer un informe para el colegio, sino que esas anotaciones fueron la semilla para el exitoso libro The Kingdom and the Power, publicado en 1969, que habla del todopoderoso Ochs.

3- No tergiverse los hechos, pero dé rienda suelta a la imaginación    Gay Talese siempre sostuvo que la escritura de noticias puede ser literaria, y al mismo tiempo veraz. Aún hoy dice que no modifica los hechos, pero añade detalles de ambiente y descripciones de los personajes, para que el lector sienta que narra una saga, y no se limita a escribir una noticia.

4- Busque temas    Proponga temas a los editores. Primero está la idea, luego habrá a quién vendérsela o, en el peor de los casos, servirá para un libro o de cultura general. Cada quien tiene unos temas, y Talese no busca reportajes de poderosos, ganadores, famosos. Casi siempre está interesado en quienes olvida el mundo: el atleta mediocre, el chef fracasado, aquellos que pueden contar la historia desde el punto de vista que nadie ve.

5- Vea la imagen completa    Muchos periodistas se limitan a reportear el día a día, a cubrir una noticia, sin preocuparse por ver en qué contexto se produce. Es necesario ser un lector incansable y obsesivo. La lectura debe comprender noticias mínimas, que nadie toma en cuenta (Talese descubrió la historia de Lorena Bobbit –la que le cortó el pene a su marido– en una nota científica), hasta las novelas y libros de historia.

6- Adquiera una rutina de escritura    Cualquier rutina que funcione es válida. La de Talese es así: a las ocho de la mañana está sentado en su escritorio, con una bandeja de muffins y un termo de café caliente. Escribe durante cuatro horas, y a las 12 va a una cafetería cercana y almuerza algo ligero, seguido por un partido de tenis con sus amigos. A las cuatro regresa a su oficina y lee lo que escribió en la mañana, y se dedica a corregirlo. Gay Talese casi siempre usa una Olivetti vieja, porque no le gustan los computadores.

7- Sea meticuloso    “Escribo una frase muchas veces. Cuando siento que quedó bien, paso a la siguiente. Y luego a la siguiente, hasta que haya completado un párrafo. Después sigo el mismo proceso con varios párrafos hasta completar unas tres o cuatro páginas en papel amarillo a rayas. Cuando he hecho esto, las paso a limpio en mi máquina de escribir, y vuelvo a leerlas. Si encuentro un error de escritura, paso a limpio la página de nuevo. Y si en el camino se me ocurren otras ideas, vuelvo a escribirla”, cuenta. Cuando trabajaba en The New York Times, salía de su oficina y esperaba en un kiosco que llegara la primera edición nocturna del periódico, para ver cómo había salido su nota. Si los editores le habían cambiado mucho, llamaba para pelear con el encargado y le leía su texto original. Cuando no ganaba, prefería pedirle que quitara la firma a ese texto que, pensaba él, no era de su autoría.

8- Investigue    Según Gay Talese, la investigación es más o menos el cincuenta por ciento del trabajo periodístico. De cada idea que se le ocurre lleva una carpeta con toda la información que pueda recoger: notas, recortes de prensa, monólogos interiores, trozos de novelas, documentos oficiales, fotografías, entrevistas, en fin. Talese es capaz de viajar al otro lado del mundo para seguir una pista, y tal vez no lo lleve a ningún lugar. Puede durar meses buscando una entrevista, con un personaje que no le diga nada nuevo. Nada de eso importa. Lo que realmente interesa es el resultado.

9- Aprenda a entrevistar    Cuando Talese llega a una entrevista ya conoce el tema, lo ha investigado, y muchas veces los entrevistados no dicen nada nuevo, pero él se hace una idea de cómo son en persona, de cuál es el ambiente que los rodea, y así las descripciones son más acertadas. Una vez empiezan a hablar, Talese toma nota atenta de lo que dicen, no solo para indicarles que están “on the record” sino para mostrar un respeto por sus palabras, aunque no estén diciendo nada interesante. Cuando el entrevistado se ciñe a un libreto preestablecido, Talese interrumpe la charla para hacer una pregunta que no tiene nada que ver con el tema. Algo que los deje fuera de base, que los descoloque tanto que los entrevistados no sepan cómo contestar, y así terminan casi siempre diciendo la verdad. Esa es la única ocasión en la que se permite el lujo de interrumpirlos. Dice, sin embargo, que cuando un personaje titubea, trastabilla y no sabe cómo responder algo, el entrevistador debe mantener silencio. Son esas dudas las que le dicen al periodista mucho más que las certezas.

10- El periodista nunca es protagonista    El periodista es un observador y un escucha de lo que ocurre. “Los periodistas vivimos vicariamente a través de nuestros entrevistados. Somos sus voceros”, dice Talese. Añade que fue entrenado para dejar a un lado sus sentimientos, y aún más, para no ser el personaje de ninguna de sus historias. “Soy un fastidioso exponente de la no ficción, o sea, un reportero que no quiere cambiar nombres, que no quiere hacer personajes compuestos de personas que ha conocido en la vida. Existe un conflicto de interés entre mi oficio como escritor, y yo, como sujeto de mi historia”. (Las cursivas negritas son mías, JSA)

Así esté escrito en un zapato: Leila Guerriero

Leila-GuerreiroLeila Guerriero (foto) –sí, Guerriero, no Guerrero– es una de las(los) grandes cronistas de Latinoamérica en este momento. Es argentina. Y es buena la respuesta que le dio a Alejandra Costamagna de por qué no estudió Periodismo: “Porque nunca pensé en ser periodista hasta que lo fui y ya no quise ser otra cosa. Desde que empecé a escribir y hasta mis 20 ó 21 quise ser escritora de ficción. Pero de pronto, enfrentada con la realidad, supuse que ganarse la vida con esa actividad sería más o menos imposible. Mis padres me alentaban pero temían que me echara sobre los hombros un futuro de miseria. Y yo era pusilánime: quería escribir pero no quería ser tan pobre. Cuando terminé el colegio secundario tenía una confusión importante. Me gustaba escribir, pero también me gustaba la astronomía, tenía enorme facilidad para las matemáticas, me fascinaban los estudios orientales, las religiones comparadas, la etnología, la antropología, y quería ser Indiana Jones, llevar una vida viajera, mundana, sin ataduras, ser profesora de ruso, estrella de rock y hasta espía internacional. Todo esto es literal. Una psicóloga muy buena me hizo un test vocacional. El resultado fue obvio: letras y periodismo”. Sin exagerar, ella es una Indiana Jones que escribe como los dioses.

Laura Quinceno la entrevistó para Kienyke, a propósito de su libro (el de Leila) Plano americano, impreso por la Editorial Diego Portales. ¿Cuál es la idea del libro?Plano americano es una antología de 21 perfiles escritos por mí, en Los malditos no había ningún texto escrito por mí. Plano americano es una antología propia, con textos propios, son historias de gente dedicada a la cultura en Iberoamérica. Hay perfiles de fotógrafos, pintores, escritores. La idea en realidad no fue mía, fue de Matías Rivas, director de la Editorial Diego Portales, la misma editorial donde salieron Los malditos. Yo estaba trabajando en Los malditos y él me dijo: Leila, yo estaba pensando y tienes un montón de trabajo dedicado a los perfiles de escritores, de pintores, ¿no te parece que ameritaría hacer un libro con eso? Y a mí me pareció bien, después hice una antología sobre Alan Pauls. Así que terminados esos dos libros, yo ya tenía una idea en la cabeza que me parecía que podrían entrar en la antología y así fue”.

¿Por qué el título: Plano Americano? “El plano americano es un plano de cine, que surgió con los westerns; era el plano que hacía el director donde se veían las charreteras con los revólveres de los cowboys. Era un plano intermedio, ni tan intrusivo como un primer plano, ni tan abierto como un plano general. Y como este libro contiene perfiles, siento que lo que puede prometerle un perfil a un lector es eso, un plano americano”.

¿Cuál es su metodología, el paso a paso para elaborar un perfil? “El libro tiene tres perfiles de gente que se había muerto hace ya mucho tiempo, como Roberto Arlt, Pedro Henríquez Ureña e Idea Villariño. La metodología es muy distinta cuando haces un perfil de una persona que está viva. Cuando un personaje está muerto, la única labor que queda es la de hablar con su familia, si es que hay, a veces puede ser complicado o puede que no dependa de la familia, en general no he tenido problemas. El otro día Alberto Salcedo Ramos decía que él por ejemplo prefiere entrevistar a toda la gente que ha conocido a esa persona, los testimonios corales antes de llegar al protagonista; yo hago al revés: primero investigo, estudio, pero no hablo con nadie de su entorno, primero hablo con esa persona, después lo rodeo con una serie de testimonios de gente que lo conoció, que lo conoce, que tiene una amistad o que tiene algún motivo para estar en conflicto, porque también es interesante, y a partir de eso, voy viendo la leyenda que cuenta la persona y después pongo en diálogo su leyenda con distintas cámaras y testimonios”.

¿Cuál de estos perfiles fue difícil de construir desde la investigación hasta la escritura? “Recuerdo por ejemplo uno con Guillermo Kuitca, el cual no fue difícil en su investigación porque él me abrió su casa, su taller y su vida, pero también hubo una empatía muy fuerte con su forma de trabajo, con su forma de ver la vida. Entonces a la hora de escribir eso se convierte en algo muy complicado, porque tenés que transformar el perfil en una pieza de lectura posible y sentís que traicionas una especie de confianza. Con Pedro Henríquez Ureña, por ejemplo, fue muy complicado escribir sobre él, porque se murió en el año 42, pertenece a otro tipo de generación; y tan sólo la escritura del perfil de Roberto Arlt me llevó un mes.

¿Cómo han cambiado los diarios digitales y las páginas web al periodismo escrito? “Creo que para el periodismo hay más cambios evidentes en el campo de las “noticias calientes” y no siempre para bien. Yo siento que se ha precarizado mucho el oficio del periodista en busca de la urgencia y en busca de la rapidez, que muchos periodistas han tenido que aceptar o han aceptado. Esa idea de ser máquinas para recorrer la ciudad con una cámara en la frente ha terminado con otro oficio tremendamente maravilloso y noble que es el oficio de los fotógrafos. Si hay un oficio que ha salido vulnerado de toda esta historia, me parece a mí, son los fotógrafos. Me contaba la vez pasada un fotógrafo de guerra muy conocido que él iba por ejemplo al conflicto en Siria, y de los viejos fotógrafos que lo cubrían se encontraba sólo con uno, todos los demás iban con teléfonos. Qué en el mundo de la imagen eso haya retrocedido me parece grave y me parece que lo mismo ha pasado con el oficio de mucha gente que escribe; si ves los staff de los diarios han sido reducidos, eso me parece una vulneración del oficio del periodista y termina en la vulneración de la calidad. Los diarios tanto digitales como en papel o los que manejan los dos formatos, en mi opinión, han perdido esa idea de hacer material de lectura para la gente que lee, que se quiere informar y que quiere encontrar la información, no sólo la descripción simple y llana, algo más que eso. Otra cosa que yo creo que está complicada, es que cualquier persona puede tener algo para decir desde el punto de vista periodístico, yo creo que eso no es así. El periodismo ciudadano que se ve mucho en la televisión, e incluso en los diarios, se apoya en material e información que manda la gente. La gente que está en un lugar increíble, tomando una foto increíble, es sólo gente que está en el lugar correcto en el momento justo; vos no podés decirle a esa señora que es periodista. Es súper importante el aporte de las personas, e incluso en casos complicados donde se descubre gracias al aporte ciudadano, una verdad que quiere ocultarse, pero detrás de ellos tienen que haber profesionales verificando esa información. El periodismo que a mí más me gusta es el que me interpela, me incomoda y me pone en duda, ese es el periodismo que vale la pena tener. Si bien no soy una investigadora de los formatos, para mí la palabra escrita siempre va a ser la palabra escrita, escrita en la web, escrita en un zapato, o escrita en un diario”.