Archivo de la categoría: Concurso

‘Trato hecho’ de Ignacio Ferrando Pérez

ignacio ferrando perez(Con este relato el español Ignacio Ferrando Pérez ganó en 2007 el premio Juan Rulfo de cuento)

Cuando Brooks entró en la celda el otro ya estaba allí. Sentado al fondo en el jergón cabeceaba hacia delante y hacia atrás, maldiciendo y murmurando algo que solo él entendía o quería entender, ignorándole por completo. Los guardias habían registrado a Brooks de arriba abajo y le habían ordenado que se quitase la corbata y los cordones, más vale prevenir, le habían dicho, nunca se sabe. Menos mal que Matteotti era un abogado competente y conocía bien al alcaide y sabía cómo agradarle, cómo convencerle. Solo de este modo había conseguido que al menos le dejaran conservar el traje, la pitillera y lo puesto, que hicieran la vista gorda. Brooks colgó su chaqueta sobre la litera vacía y se desabotonó parte de la camisa. Hacía calor allí dentro. La puerta de la celda se cerró a su espalda con un golpe seco, dejándoles por primera vez a solas. Su compañero de celda seguía sin levantar la cabeza, muy amistoso no parece, se dijo Brooks. Así que se olvidó de él y apoyó la bolsa en la cama y se dedicó unos segundos a observar la celda. No era tan fea como se la habían pintado o como él mismo la había imaginado. Una cama a cada lado, un lavabo de aluminio al centro, un espejo para el aseo diario y a dos metros del suelo, casi inalcanzable, una ventanita embarrotada que proyectaba un rectángulo de luz exterior. Brooks dudó un instante. Luego se levantó hacia el recluso con la mano tendida, me llamo John Brooks, le dijo, me parece que estaremos una temporadita juntos. No quiso ser gracioso ni familiar, tampoco parecerlo. El otro apenas si separó la vista unos centímetros de su antebrazo para mirarle de soslayo, con ese desinterés con que los veteranos desprecian a los recién llegados, a los que todavía no saben. Menos mal, pensó Brooks, que sólo serán dos meses, tres como mucho.

Matteotti era un abogado lento pero honesto y competente y la recusación llevaba sus trámites y sus papeleos, le había dicho. Cuando la tarde anterior el juez leyó la sentencia y él escuchó su nombre y su condena lenta, muy lentamente, en los labios del letrado, Matteotti le susurró al oído, no se preocupe, es normal, cuando la gente se cabrea y hay periodistas pasan estas cosas, un escarmiento, una fianza y listo, saldrá sin problemas en unas semanas, casi mucho mejor. A pesar de ello, cuando salieron de la sala, Brooks se enfadó mucho con su abogado y aunque Sonia estaba delante, le insultó y le llamó ‘pusilánime’, cómo es posible, le preguntó, cómo es posible después de todo el dinero que te he aflojado, eres un jodido pusilánime. En el fondo Brooks solo necesitaba desahogarse y Matteotti lo supo de inmediato, al fin y al cabo, era una reacción normal, tranquilícese, le dijo, sólo serán tres meses y la ley es la ley. Dentro de la celda olía a cerrado, a retrete y tierra removida. Brooks fue a sentarse y escuchó el crujido de los muelles y dos o tres espirales clavándosele en el cuerpo. El otro recluso pareció despertar del letargo y le miró fijo a los ojos. Brooks aprovechó para repetir su nombre y preguntarle por qué estaba allí dentro, cuál era su delito. No le importaba lo más mínimo, la verdad, pero sabía que era un modo como otro cualquiera de romper el hielo, la frontera de silencio que separa a los desconocidos. El otro, sin embargo, no le respondió. Brooks nunca había tenido problemas para relacionarse con los demás, al menos con los demás que no estuvieran locos. A veces solo era una cuestión de tiempo, de granjearse poco a poco su amistad, pero al final, estaba demostrado, era un hombre que caía bien, que conseguía acercase a quien se proponía e inspiraba cierta confianza. Quizá por eso los del comité de la empresa no tardaron en nombrarle administrador y tuvo acceso a las nóminas de la fábrica y a las cuentas del banco. La honestidad, claro, siempre se da por sentada de antemano. Pero caer, siempre había caído bien. El truco estaba en ponerse en la piel del otro, en saber cuáles eran exactamente sus preocupaciones. Brooks había comprobado en la fábrica que cualquier hombre es feliz hablando de sus problemas, vertiendo todo su estiércol y su mierda en el otro. Y lo que menos importa, se decía, es si tu interlocutor te escucha o si lo que le cuentas le importa un pimiento. El hombre está muy solo y Brooks se limitaba a trabajar con la soledad de los demás, a conformarla y aprovecharse de sus desventajas, estaba muy por encima. Para romper el silencio e intimar con su nuevo compañero, Brooks empezó a hablar como si le conociera de toda la vida, vaya lugar este ¿verdad?, cosas triviales, ese olor a cañería resulta inaguantable, deberíamos quejarnos. Y al rato, cuando ya no esperaba nada y se había cansado de ponerse en la piel de otro y decir tontería tras tontería, su nuevo compañero respondió:

–Por asesinato, estoy aquí encerrado por asesinar a mi mujer.

Brooks se sintió impresionado. Se incorporó apenas, apoyado en el codo, sorprendido por la confesión. Nunca había conocido a un asesino. Ni siquiera había estado cerca de alguno. Y la verdad, ahora que lo estaba, no le gustaba la sensación. Porque alguien que asesina a su mujer solo puede ser un hombre débil, pensó, alguien incapaz de sobreponerse a sus instintos más primitivos. Y lo que es peor, un tipo que ha matado una vez, puede hacerlo más. Brooks llevaba años aprendiendo a dominar su ira, a no caer en la tentación de discutir con Sonia cuando ella le provocaba o cuando algún empleado se quejaba por el recuento de las horas extras. Brooks se jactaba con cierta ironía de ser solo un animal en el retrete y entre las piernas de una mujer, y ahí, decía, no me queda más remedio. No hacía falta que aquel desgraciado se lo contara. Sin conocer los detalles estaba casi seguro de lo que podía haber pasado –un regreso inesperado a casa, dos bultos apenas moviéndose bajo la colcha, un ataque de cólera y un arma de fuego inoportuna demasiado cerca, demasiado a mano–. Casi le pareció ridículo preguntarle por qué lo había hecho o cómo había sucedido o cualquiera de esas cosas que se preguntan los presos que se jactan, como si fueran condecoraciones, de cada uno de sus delitos. De hecho, Brooks se descubrió pensando que no deseaba saber y que averiguarlo no le traería nada bueno. Él jamás hubiera matado a Sonia, aunque la encontrase con otro, aunque hiciera lo que hiciera. Porque Sonia tenía sus cosas pero nunca, jamás, hubiera merecido morir por algo tan absurdo como la propia debilidad, como el instinto que uno es incapaz de reprimir. Miró al preso y se avergonzó de pensar en ella de ese modo.

Al cerrar los ojos, como intentando apartar esos pensamientos de él, la vio así por primera vez. Fue un segundo, una instantánea que luego desapareció. Lo suficientemente breve como para que viera el cuerpo desnudo de Sonia entre las sábanas, cubierto completamente de sangre, como si un proyectil le hubiera explotado desde dentro y sus vísceras se hubieran derramado sobre el vientre como una flor roja hacia los costados y la cintura. Abrió los ojos y los abrió bien y el otro ya estaba allí, observándole fijamente, a pocos centímetros.

–Bonita chaqueta –le dijo.

Brooks dudó un segundo antes de responder. Se la había comprado Sonia la semana pasada para el juicio. Había sido fácil porque a Brooks solo le gustaban las chaquetas de un color, gris como marengo sin llegar a serlo, con las listas finas, terminadas en los bajos, marca Sheridans, con las costuras trabadas y los bolsillos del interior bien amplios. Eran bastante caras, pero desde que le habían nombrado administrador en la fábrica, el dinero era lo de menos. Sonia había elegido la talla y el envoltorio y se la había regalado cuando todavía pensaban que Brooks, a pesar de todo, se libraría. Le había sonreído al darle el paquete, como siempre, tocándole la mano al hacerlo. Pero a pesar de ello su sonrisa ya no era igual, ya no era la misma. A Brooks no le costaba ver las diferencias. Ninguno de los dos era el mismo desde aquella conversación hace tres meses, antes de que empezaran las investigaciones y las auditorias. Ella le llamó para decirle que por fin no tendría el hijo, que había cambiado de opinión, que prefería abortar y que al final iba a ser lo mejor, ‘tienes razón, no estamos preparados todavía’. Él estaba en ese momento en el aeropuerto y a través de la cristalera, un boeing 747 con muchas ventanas y una gran raya roja sobre el fuselaje, despegaba el morro del suelo y se elevaba de la pista y él, por fin, se sintió aliviado, sin la responsabilidad de aquel embarazo y trató de calmarla, de hacerle ver que en el fondo, era lo mejor, que ya tendrían hijos más adelante, que ya habría una oportunidad para todo. No es que yo no quiera tenerlo, le respondió, es que no es el momento, ahora soy el administrador y no voy a tener la cabeza para atenderte como mereces. Trató de ser un poco como ella y decirse a sí mismo lo que le hubiera gustado escuchar y Sonia no se enfadó, ni se puso histérica, ni le insultó como siempre, solo colgó el auricular y el boeing se perdió en la esquina de la cristalera y desde aquel día, cada mes, por cualquier motivo, le compraba una de sus chaquetas en Sheridans y las colgaba en el armario entre las otras grises, totalmente idénticas, con las costuras también bien trabadas.

–Qué suerte tiene usted de tener una esposa que le regala chaquetas así… Yo maté a la mía.

–Ya me lo dijo antes –respondió Brooks, casi molesto.

–¿No quiere saber por qué? Todos quieren saber por qué.

– Haremos una cosa… si no me lo explica yo le regalo esta chaqueta.

No estaba de humor. El juicio había sido agotador y las vistas de las semanas anteriores habían sido muy duras. Para bien o para mal, habían terminado las sesiones, el silencio de los trabajadores en las primeras filas, sus miradas, las contestaciones ambiguas, las evasivas y los periodistas con sus cámaras y sus micrófonos a la salida. Y siempre, siempre, la misma pregunta, ¿son ciertos los cargos de malversación?, ¿qué sucedió según usted con las nóminas? Solo ha sido un malentendido, respondía él, ya se aclarará, ya se hará justicia. Pero sobre todo estaba contento porque se habían acabado los silencios de Sonia cada vez que regresaban juntos a casa y cerraban la puerta. Matteotti le había recomendado que evitara las declaraciones, que fuera breve, tampoco a ella le conviene saber demasiado, decía. Y él cumplía su promesa, no quería verla involucrada. A ella no. Solo una tarde había cedido a la tentación, solo una vez había sentido algo parecido al vértigo. Sonia y él estaban solos en casa y de repente, sin saber por qué, él había levantado la cabeza del diario y le había dicho, Sonia, tengo miedo, no estoy bien. Ella le había observado con distancia, como si no hablara en serio, y luego se había acercado y le había tocado el dorso de la mano, ya verás cómo no pasa nada, dijo, nunca pasa nada.

–Trato hecho –dijo el preso tendiéndole la mano–. No le cuento como me la cargué y usted me la da.

Al apretarla, Brooks la sintió fuerte y callosa. Él no quería ser menos y parecer débil y por eso, a pesar del dolor, apretó más y más y le miró a la cara, no te tengo miedo, qué te crees, no me asustas. El otro, sin embargo, le soltó la mano, se acercó a su cama y cogió la chaqueta de Sheridans. Se la puso. La verdad, pensó Brooks, es que no le sentaba nada mal, casi casi, pensó, tenían la misma talla y aunque sus brazos eran ligeramente más largos y sobresalían un poco más de la manga, la chaqueta le venía bastante bien. Brooks no pudo evitar sonreír cuando le vio alejarse hacia el espejo del lavadero y primero de perfil y luego de frente, contonearse como aquellos malditos auditores del comité, seguro, pensó, seguro que no son más de tres meses.

La convivencia con el asesino, durante la siguiente semana, fue buena, muy correcta y respetuosa. Se llamaba Saumels o Salumel o algo que empezaba así y desde el primer minuto el ejecutivo advirtió hacia él una especie de sentimiento de admiración, de respeto, como esos exploradores que son secuestrados en mitad de la selva por una tribu caníbal y que, sin comerlo ni beberlo, quizá por su parecido físico, acaban convertidos en ídolos aclamados.

–A mí me hubiera gustado ser como usted, tener dinero, trabajar en bolsa y no hacer demasiado…

Brooks no quiso sacarle de su error porque para Saumels o como se llamara, los banqueros y los administradores eran hombres que disponían del dinero de los demás a su antojo personal.

–Me gusta su peinado –le decía a veces–. Siempre he querido usar gomina y peinarme hacia atrás, un día me tiene que decir cómo…

A veces, la verdad, se ponía muy pesado. Brooks, entonces, no le hacía ni caso.

–Debe ser increíble conducir uno de esos cochazos, adelantar cuando te venga en gana…Y los trajes. Como me gustaría llevar trajes como los suyos toda la vida. Y vaya mujer, esas mujeres solo se van con los tipo como usted.

Durante la primera semana, el recluso no se había quitado la chaqueta como si pensara que Brooks podía echarse atrás y romper el trato para intentar recuperarla. Pero Brooks sabía que, mientras el asesino llevara su chaqueta, podía considerarle su amigo y dormir tranquilo, sin miedo a no despertar. Además, gracias a la chaqueta de Sheridans, se había ahorrado la crónica de la muerte de su mujer, un trato es un trato, le había repetido. Y sí, era un regalo de Sonia y todo lo demás, pero no estaba dispuesto a pagar un precio tan elevado. Al menos no durante los tres meses que tuviera que vivir confinado tan cerca de él. A veces, el preso se ponía delante del espejo, se apoyaba en la pileta y se peinaba hacia atrás, con agua, como Brooks había hecho cada mañana durante cinco años. Después, le veía caminar forzado, como un modelo de pasarela, moviendo los brazos con rapidez y a grandes zancadas.

– Así no –decía Brooks– estás demasiado tenso.

Y él relajaba el gesto del rostro y en un momento parecía caminar con seguridad y aplomo. Le gustaba hablar como él hablaba, pronunciar con el mismo acento que marcaba el golpe en las vocales, separando con claridad cada una de las sílabas, juntado las manos. Su voz, claro, sonaba impostada, poco natural, pero a veces, pensaba Brooks con los ojos cerrados, era remotamente parecida a la suya.

Durante la primera semana todo esto fue un juego casi divertido. Él repetía sus gestos y cada una de sus palabras como esos loros incapaces y Brooks corregía los defectos, así no, si quieres ser un ejecutivo, tendrás que levantar la barbilla, siempre mirando al frente, siempre desde arriba. Saumels se movía con una pretendida elegancia por la celda y se peinaba hacia atrás, como un broker de imitación, poco creíble. Incluso jugaron varias partidas de póquer y él le ganó el reloj, su pantalón nuevo –también de Sheridans, también a listas grises– y el jueves, y eso ya fue el colmo, le ganó la pitillera de plata.

Vestido así, la verdad, era casi su reflejo. Brooks se cansó de aquel simulacro, de aquella broma que había dejado de serlo hacía días y permanecía tumbado en la cama, indiferente, mirando el techo o la ventana sin hacer caso de sus monerías, necesitamos más ‘ingresos’, decía marcando la e, separando cada una de las sílabas. Cada mañana, y era disciplinado en esto, se ponía frente al espejo y hacía muecas o se ponía de lado y seguía con sus ejercicios de imitación. A veces

exageraba y parecía patético, pero en general, cada día, se movía y hablaba más como el propio Brooks. Hubo un momento, mientras le observaba hacer gansadas frente al espejo, en que le hubiera gustado estrangularle, levantarse a media noche y matarle con lentitud como él debía haber hecho con la fulana de su mujer, enseñarle que él nunca, por más que se empeñara, sería Brooks, qué él solo era un asesino vulgar y corriente, que ser como Brooks era ser algo más. Y la paradoja de este sentimiento –enfrentar la brutalidad con la brutalidad– le hizo reírse un poco de sí mismo, tampoco es para tanto, solo es un chiflado. Hasta que después de un mes de reclusión, un buen día, golpearon la puerta y escucharon la voz del celador:

–Brooks, tienes visita –le dijo.

Y supo que por fin era Sonia, que por fin había superado la vergüenza y venía a verle. Ella sí era algo real, algo real de verdad, parte de su mundo exterior, lejos de aquella maldita celda y lejos de la imitación continua de aquel loco. Cuando llegara al locutorio le pediría una de sus sonrisas, aunque fuera fingida, qué más da, aunque no tuviera ningún valor, tocaría su mano otra vez unos segundos y sentiría la temperatura de su piel siempre unos grados por encima, te he echado tanto de menos, y se arrepentiría un poco, no demasiado, de lo que había ocurrido en aquella conversación en el aeropuerto y le diría, le propondría que quizá tampoco era tan mala idea, tener hijos, me refiero y que cuando saliera de allí, y ya no quedaba mucho, podían intentarlo de nuevo. Y cuando se levantó de la cama decidido, Saumels o Salumel o como se llamara aquel chiflado, se acercó y le empujó contra la pared con fuerza. Brooks cayó de nuevo al somier sin comprender y se hizo daño en el codo y cuando la puerta se abrió y él le estaba preguntando qué demonios te pasa a ti ahora, aquel tipo salió con su chaqueta, sus pantalones, su peinado y su mismo modo de caminar.

Fueron unos segundos, poco más, una vacilación suficiente para que el tipo saliera y la puerta se cerrara detrás con su estridencia herrumbrosa. Entonces Brooks se levantó y corrió hasta la puerta, golpeó con los puños y estuvo gritando, repitiendo su nombre y advirtiendo a los guardias que había habido un malentendido, que aquel tipo era un impostor y que él era el verdadero Brooks, el único, que lo que pasaba es que él llevaba su chaqueta y todo lo demás y Sonia, que esperaba en el locutorio, podría atestiguar lo que él decía. Pero solo escuchó voces al otro lado, pasos alejándose por el corredor y los gritos de los otro presos burlándose, yo soy Shirley MacLaine, ¿y tú?, pues yo Abraham Lincoln…

Resbaló por la puerta y se quedó sentado en el suelo esperando a que de un momento a otro, Saumels y el guardia regresaran. Lo lamentamos, le dirían, pero este tipo nos confundió con su chaqueta y su modo de andar, disculpe, creímos que… Pero pasaron los minutos y no vino nadie, pasó casi media hora y tampoco vino nadie y en ese tiempo lo único que cambió fue la tonalidad azul del rectángulo distante en la ventana. Quizá refresque un poco esta tarde, pensó. Pudo imaginar a Sonia frente al recluso, imaginó su sorpresa cuando se encontraran juntos, sí, es cierto que se parecían, pero él no era así, él no tenía la frente tan amplia, ni era tan vulgar, ni jamás había asesinado a nadie y menos a su mujer. Ella notaría la diferencia, claro, cómo no notarla después de cinco años de convivencia.

Quiso imaginar a Sonia, saber si llevaba uno de sus vestidos estampados, con los brazos al aire. Seguro que había estado en la peluquería y se había hecho algo nuevo para él, para levantarle el ánimo, pensé que te gustaría la sorpresa. Y luego, sin venir a cuento, se pondría seria y diría, de verdad, sé que tenía que haber venido antes. Brooks respiró profundamente con los ojos cerrados e imaginó su espalda y su piel, imaginó otras cosas, su mano por ejemplo, su mano ligeramente abierta y cada uno de los dedos, el índice, el pulgar y la oquedad sin nombre que se formaba allí. En su imaginación, fue subiendo por el brazo, la muñeca poco a poco, explorando la piel camino de los pechos. Y fue en el antebrazo, antes de llegar al hombro, donde apareció la primera mancha de sangre, un pequeño archipiélago de púrpura. Dio dos pasos hacia atrás y la vio otra vez completa y desnuda –la mano colgando por fuera del somier y las sábanas drapeando sobre su sexo– reventada por dentro y cubierta de sangre, igual que en aquella imagen que le perseguía desde que llegó a la celda. Ella no, se dijo, ella está viva. Era la mujer del fulano la que había muerto así, con el vientre vacío y roto, quizá, no se sabe. Abrió los ojos. Los abrió de par en par como si la visión de la celda pudiera borrar toda aquella sangre y el cuerpo inmolado de Sonia. Justo entonces escuchó el sonido de la cerradura y la puerta abriéndose a su espalda. El guardia dijo: aparta, tenemos que pasar. Era Saumels que regresaba con una extraña sonrisa en los labios. Cuando la puerta se cerró detrás, Brooks preguntó:

–¿Por qué lo ha hecho?

Pero Saumels se quitó la chaqueta con tranquilidad, como si pudiera arrugarse y la colgó en la percha, al lado de su cama. Luego se tumbó a hojear una de sus revistas eróticas. En ese momento Brooks, sin saber por qué, se levantó y se acercó hasta su chaqueta. Era suya y él había roto el pacto, él había roto todos los pactos, él estaba loco y los locos no respetan nada. Intentó cogerla, pero el brazo de él, más rápido y fuerte, se lo impidió.

–Trato hecho, ¿recuerda? Y yo todavía no le he contado cómo me cargue a mi mujer.

Brooks tragó saliva y volvió a su cama, humillado. Estuvieron así un buen rato, en silencio, espiándose los movimientos sin mirarse. Al rato, Brooks escuchó su voz.

–¿Cómo se le ocurre? –y una pausa–. Sonia quería ese crío. No debió pedirle eso, no debió dejarle hacerlo. El trabajo nunca es una excusa, nunca es lo primero.

–Usted qué sabrá –atajó Brooks– no es de su incumbencia.

Saumels abrió el tríptico que había en la parte central de la revista y lo desplegó ante la luz de la ventana. Era una muchacha exuberante, rubia, de grandes pechos y muslos interminables, muy, muy diferente a Sonia.

–Oiga –dijo Brooks– ¿le dijo algo para mí?

Pero Saumels giró apenas la cabeza un segundo, le sonrió e inmediatamente volvió a su revista, miss abril, se leía justo al pie. Y eso le recordó a Brooks que ya hacía más de dos meses que estaba aquí y que ya quedaba menos, muy poco. Brooks se repetía a cada hora que ya estaba bien, que su sentencia sería revocada y que el juez impondría una  fianza razonable. Saldré libre, pensaba, y solo entonces ajustaré cuentas con Sonia, le preguntaré por qué tardó tanto en venir y por qué no puso una queja cuando vio a aquel tarado sentado delante. ¿Te parece gracioso, verdad?, le gritaría, ¿piensas que lo he pasado en grande con él? La relación con Saumels se volvió extraña, más remansada, como si ambos supieran que la agresión y la violencia no iban a conducir a ninguna parte. Aún así, su compañero de celda seguía sin perder detalle de cada uno de sus gestos. Brooks veía cómo se fijaba cada vez que decía algo, acércame la jarra, por ejemplo, o pásame esa revista o vete al diablo. Él lo copiaba todo. Le observaba en silencio mientras hacía su gimnasia o caminaba hacia la ventaba y estiraba el brazo hacia los barrotes. Brooks, claro, había pedido una entrevista con el alcaide. Era conocido de Matteotti y seguro que contaba con su favor. Pero ni siquiera los guardias, el día que se lo comentó, le habían tomado demasiado en serio. Esas cosas se notan. Del alcalde, desde entonces, tampoco había tenido noticias. Las cosas siguieron igual hasta que un día, hace unas semanas, a Brooks se le ocurrió algo, algo realmente ingenioso. Si aquel loco tenía que copiar a alguien, que no fuera a él, que fuera a otro. ¿Qué haría entonces?, sin modelo, ¿a quién se parecería? Por eso Brooks empezó a hablar y a comportarse de otro modo, gangueando, confundiendo las dos erres con una sola, soldando una palabra con la siguiente, fingiendo un acento casi rural, muy parecido al que recordaba de Saumels al principio. Empezó a andar por la celda esquinado, con las piernas casi juntas y moviendo las manos todo el rato, nervioso, como si tuviera prisa por llegar a algún lado. Saumels o como se llamara se dio cuenta de inmediato de su estrategia y simplemente le reía gracia y le observaba en silencio como a su bufón particular. Y luego, después de unos minutos, volvía a su espejo y a peinarse e iniciar su desfile militar, casi arrogante, entre la puerta y el lavadero. Lo cierto, pensó Brooks haciendo un chiste, es que formaban una pareja insólita, ambos fingiendo ser quien no eran, justo el otro o muy parecido al otro.

A los tres meses vino a verle Matteotti y cuando el guardia llamó a la puerta y dijo Brooks, tu abogado está aquí, él miró a Saumels y su mirada profunda y dura, lo dijo todo. Pero Brooks ya no le tenía miedo, ¿por qué iba a tenérselo? Y cuando la puerta se abrió él empezó a gritar desde la cama y a decir que Matteotti era su abogado y que aquel tipo solo era un burdo imitador, que la chaqueta Sheridans no era suya y varias cosas más, hasta que el guardia se acercó hasta él, levantó la porra y le dijo, como te muevas otra vez, igual te mato a golpes. Él se quedó quieto, sin saber qué hacer, con el brazo por delante y la mirada en el suelo. Al cerrarse la puerta Brooks pensó que daba igual que no le creyeran. Imaginó que Matteotti traía buenas noticias y que el juez había aceptado la fianza y que el calvario, por fin, había terminado. Matteotti no se la iba a jugar y seguro que reconocía a aquel tipo y pedía de inmediato que trajeran al verdadero Brooks. Y él hablaría con Sonia, le pediría perdón, se lo suplicaría si hacía falta y le contaría todo lo que le había pasado en la celda con aquel imitador y ambos reirían juntos frente a una botella de vino blanco y un plato de crawfish. En la sobremesa quizá harían el amor, con el rumor lejos del mar, buscando otra vez aquel hijo con el que empezó todo, tendrían su oportunidad, por qué no, siempre existe la redención, la última posibilidad. Y cuando cerraba los ojos y la imaginaba en aquella habitación, con las cortinas preñadas por el viento, siempre aparecía aquel cuerpo desangrándose entre las sábanas, con el vientre abierto y vacío y la mano de Sonia cayendo exánime sobre el borde de la cama, siempre igual, siempre como una penitencia cuyo delito Brooks no recordaba haber cometido. Y cuando Saumels regresó de la visita y el guardia le dijo aparta, comprendió lo que iba a pasar. Lo supo.

Y lo comprendió paso por paso. Lo que iba a suceder es que aquel tipo saldría en su lugar y haría con Sonia lo mismo que había hecho con su mujer, la reventaría por dentro con un cuchillo, con el sadismo de los animales vengativos y carniceros, de los que siempre envidiaron y quisieron ser y nunca fueron. Irían juntos a casa y cuando subieran al dormitorio, él la mataría con uno de los cuchillos de cocina, le rajaría el vientre varias veces y dejaría que se desangrara sobre aquella cama. Lo supo entonces. Saumel, como un lamento, le dijo.

–El juez ha desestimado.

Brooks estuvo todo el día dándole vueltas a lo de Sonia. Cada vez que cerraba los párpados la veía desangrándose entre las sábanas, con los pechos cubiertos de sangre y aquel tipo al pie de la cama, con el cuchillo todavía goteando en la mano. Esa noche, en medio del insomnio, se le ocurrió la única solución posible, el único modo de salvar la situación. Sí, iba a matarle, solo quedaba esa solución, evitar que saliera a toda costa e hiciera aquello con Sonia. Estuvo pensando en el mejor modo de hacerlo, en la manera de borrar las huellas del crimen y fingir que lo de aquel loco había sido un suicidio. Al fin y al cabo, Brooks era un tipo inteligente, un estratega. Durante la noche observó a Saumels durmiendo profundamente, la chaqueta al lado, apenas iluminado el rostro por la luz azulada que descendía por la ventana. Desde la esquina, Brooks se reía de él. Por fin aquel loco tendría lo que se había estado buscando. Le asfixiaría poco a poco –aunque le hubiera gustado una muerte menos caritativa, obligarle, por ejemplo, a beberse el contenido del retrete, cortarle uno a uno los dedos de la mano y cosas así, que le resarcieran lentamente de lo que había pasado los últimos tres meses– y después haría una soga trenzando las sábanas y subido en la banqueta la colgaría del cable de la luz y arrastraría su cuerpo y se entretendría en ajustar el nudo corredizo y con esfuerzo, porque el tipo pesaba una barbaridad, el cuerpo se iría elevando poco a poco hasta que la punta de los pies apenas quedara a unos centímetros sobre el suelo. Y entonces, al alba, nada más despertar, Brooks empezaría a gritar, llamando a los guardias, gritando que aquel loco se había suicidado, que se había colgado con una sábana y que él ya lo veía venir pero que nadie, en aquel lugar, le había hecho caso, ya os lo advertí. Todo volvería entonces a su cauce normal. Él se pondría su chaqueta de Sheridans, con las costuras ya reventadas y las listas gastadas en las solapas y saldría de la celda a hablar con Matteotti y pedirle explicaciones. Dijiste unas semanas y ya va para tres meses, qué está pasando con mi dinero, ¿por qué me engañas? Le pediría, esta vez por favor, que hablara con Sonia, dile que venga a verme, por lo menos haz eso por mí, tengo que decirle algo muy, muy importante.

Pero esa noche no pasó nada. Ni la siguiente. Ni a la semana. Brooks se dio cuenta de que hasta para ser un asesino hacía falta valor y que el valor, muchas veces, es esquivo y cambiante, como un mal viento. Hubo otras visitas de Sonia y de Matteotti, por supuesto. Incluso Brooks, que llevaba el recuento, se percató de que en las últimas semanas, Sonia venía con más frecuencia. Eso le cabreó, porque Brooks no encontraba ningún motivo y los motivos que le salían al paso, eran difíciles de creer. Cuando Saumels volvía de verla, como un adolescente, traía aquella estúpida sonrisa dibujada en el rostro.

–Vamos a tener un niño –le dijo un día– cuando salga de aquí lo tendremos…

Brooks le hubiera matado en aquel mismo momento pero se limitó a cubrirse con la almohada, a ponerse de costado y a intentar no escuchar los planes que aquel tipo hacía con su mujer, iremos a Albany, decía, ella siempre ha querido ir a Albany, ¿lo sabías? Claro que lo sabía, cómo no iba a saberlo. Un día de estos me tienes que contar por qué le gusta tanto Albany y la música de violín, claro, antes de que me suelten. Matteotti dice que ya queda poco, que tenga paciencia, que en nada estaré en la calle y que la fábrica, por fin, vuelve a funcionar con normalidad. Y uno de aquellos días, demasiado parecido a los anteriores, se preguntó por qué esperar más, cuando en la celda cada día, cada hora, es idéntica e igual en oportunidades a la que vendrá mañana. Y esa noche, por fin, esperó a que él se durmiera para comprobar las sábanas y la estabilidad de la banqueta y cuando Saumels o Salumel o quien quiera que fuese respiraba profundamente, Brooks se levantó de la cama y con la almohada en la mano, fue hacia él. Cuando estaba ya muy cerca de Saumels reparó en el espejo del lavadero y en su propio reflejo. Se vio con la almohada en la manos y una expresión de náufrago que le costó reconocer, los ojos abiertos y enrojecidos, la barba abandonada, la ropa triste y remendada de los presos, se vio a sí mismo como probablemente había sido alguna vez Saumels, no hacía tanto, y se odió por haberse convertido en eso y odió su vida de aquellos cinco meses y odió más todavía a aquel hombre que le había usurpado todo, que en el fondo solo quería estar a solas con Sonia para matarla y que le había convertido en esto. Quizá pensó que sería incapaz. Que en el fondo solo era un cobarde, que odiaba los instintos porque la única justicia tiene mucho que ver con ellos, con lo visceral y lo instantáneo, con la furia y el odio. Cerró los ojos y de inmediato apareció el cuerpo desangrándose de Sonia entre las sábanas. Fue lo último, lo hago por ti, pensó, para demostrarte algo. Y mientras por el vientre de Sonia chorreaba toda aquella sangre, Brooks puso la almohada sobre su rostro y apretó fuerte. Sintió apenas el movimiento al otro lado y después de unos segundos, justo debajo de la almohada, escuchó con claridad una carcajada, una risa hueca, amortiguada por el relleno. ¿Se estaba riendo?, ¿de qué se reía aquel loco? Y Brooks apretó más y más fuerte y vio su reflejo en el espejo otra vez y no le preocupó ver en él a un asesino. Justo en ese momento, un brazo salido de entre las sábanas le agarró por el antebrazo y clavó fuerte sus dedos en la carne. No tardó en sentir como la fuerza le iba desapareciendo de las muñecas.

–La maté porque se fue con otro –dijo saliendo de debajo de la almohada– a mi mujer.Tenía dentro un hijo de otro.

Brooks sintió sus dedos clavados en el antebrazo, como la sangre hormigueando sobre la piel. Dio un paso hacia atrás y Saumels se levantó, extendió los brazos y tomó aire como hacía cada mañana, antes de las flexiones. Luego se agachó justo delante y cogió la sábana que estaba en el suelo. Brooks pensó que iba a matarle, que le estrangularía y que por lo menos, todo terminaría de algún modo para él. Pero simplemente le miró a la cara, pegó dos tirones fuertes del cable y mostró una de sus sonrisas de suficiencia, sin volumen. Luego volvió a su cama y desde allí le dijo:

–Pero ahora estamos en deuda… así que, a pesar de todo, no te devolveré tu chaqueta.

Al día siguiente, por la mañana, llegó el guardia y llamó a la puerta. Dijo Brooks, por fin buenas noticias, te vas de aquí. Pero Brooks permaneció sentado, tocándose el antebrazo mientras Saumels o como se llamara aquel individuo se acababa de ajustar la chaqueta y se acicalaba frente al espejo. Luego cogió su chaqueta y con la espalda recta y el paso relajado, tal y como él le había enseñado, salió de la celda. Ni siquiera le dijo adiós o que vaya bien o que te pudras. Brooks gritó su nombre, Saumels o Salumel o como quiera que te llames y él, simplemente, buscando la complicidad del guardia, se dio la vuelta y le dijo, te lo he dicho mil veces, Brooks, me llamo Brooks. Luego cerraron la puerta de la celda y todo quedó en medio de un silencio profundo. Brooks todavía tuvo tiempo de auparse en la banqueta y asomar apenas por la ventana para ver el plymouth verde de Sonia aparcado en frente y a ella con los brazos abiertos, como si él llegara de lejos y a Matteotti estrechando afablemente su mano, congratulándose por el trabajo bien hecho. Brooks intentó gritar a través de los barrotes, no vayáis a casa, no lo hagáis, pero su voz, apenas ya convertida en gemido, se perdió en el

tumulto del patio y cuando aquel hombre que fingía ser él entró en el coche y arrancaron hasta convertirse en un punto más de la comarcal, él bajó de la banqueta y se sentó en la cama, hundiendo la cabeza entre las manos y moviéndose apenas hacia delante y hacia atrás, qué voy a hacer ahora. Y en ese momento, desde el corredor, oyó unos pasos. Venían de lejos pero cada vez estaban más y más cerca. Y cuando se abrió la puerta de la celda, vio a un hombre bien vestido, bien peinado, con un traje gris y camisa blanca, que le observaba con curiosidad, qué calor hace aquí, le dijo, no sé cómo puede aguantar. Y luego la puerta se cerró otra vez, a su espalda, con una dureza lapidaria que no se abre de noche ni de día.

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego que alterna muertes y resurrecciones de una imagen a otra vive ciego. Claman el viento, el sol y el mar del viaje. Yo devoro mis propios corazones y juego con los ojos del paisaje. Junio me dio la voz, la silenciosa música de callar un sentimiento. Junio se lleva ahora como el viento y el alma inútilmente fue gozosa. Al año de morir todos los días los frutos de mi voz dijeron tanto y tan calladamente, que unos días vivieron a la sombra de aquel canto. (Aquí la voz se quiebra y el espanto de tanta soledad llena los días.)

Hoy hace un año, Junio, que nos viste, desconocidos, juntos, un instante. Llévame a ese momento de diamante que tú en un año has vuelto perla triste. Álzame hasta la nube que ya existe, líbrame de las nubes, adelante. Haz que la nube sea el buen instante que hoy cumple un año, Junio, que me diste. Yo pasaré la noche junto al cielo para escoger la nube, la primera nube que salga del sueño, del cielo, del mar, del pensamiento, de la hora, de la única hora que me espera ¡Nube de mis palabras, protectora! bien vestido, bien peinado, con un traje gris y camisa blanca, que le observaba con curiosidad, qué calor hace aquí, le dijo, no sé cómo puede aguantar. Y luego la puerta se cerró otra vez, a su espalda, con una dureza lapidaria.

Ignacio Ferrando Pérez (foto)

 

Anuncios

‘Silencio de neón’ de Lina María Pérez

lina-maria-perez-gaviria-3(Con este cuento ganó una de las diez categorías literarias del Concurso Internacional de Cuentos ‘Juan Rulfo’, el llamado Premio Semana Negra, en el año 2000)

Nos cubre un ala tenebrosa y dulce; es una sombra -amor-, una celada… Amanda Berenguer

La excesiva sonrisa del hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos en completa quietud. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no. Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo planeado.

Apagó el auto y se rindió ante la ofensiva altanera y forzosa del cartel.

Decidió desafiar al hombre que desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía, se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de Fabricio Marroquín. Continúe usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera, no, gracias, yo no fumo; y mire Usted, esta caótica ciudad, nada tiene en común con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa de bobo no logra conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque, ¿quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla 24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía Marlboro.

-No me prestas atención, Fabricio -rezongó Adelaida-. Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera en San Pedro.

Fabricio había estado escuchándola aburrido hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y retornó a su propio paisaje desolado.

Enfrentó a la mujer; con ella había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se había llenado de coraje, pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su cometido y se le trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.

La primera respuesta de Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio, el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera, pero su temple no se desmoronó.

Después de unos minutos sin fin, repitió en un eco tardío: -Un divorcio civilizado…

-Adelaida, esto no es fácil para mí… Las cosas se dieron a pesar de… -La pradera y el cielo azul del anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. El temple de su esposa lo desarmó.

Hubiera preferido calmar su llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es esa clase de mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.

-Esas cosas suceden-. El tono era evidentemente cínico pero mesurado.

-No hay lugar para rencores ni recriminaciones-. A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes; le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al cabo los matrimonios cumplen sus ciclos-. Se impuso de nuevo el silencio. Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era así. De una pieza, sin sentimentalismos.

Se sintió indefenso ante la reacción de su mujer pero ya había pasado lo peor, pronto estaría liberado de sus aprehensiones, y con Adelaida en San Pedro, la disolución de su vínculo tomaría un curso legal rutinario.

Reanudó la marcha del auto dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.

De regreso a su casa desde el aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No experimentó contrariedad sino alivio.

Podía reflexionar, desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días. Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johnny Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, amarla sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de incertidumbres y certezas, deleites y temores. Aunque pareciera una boba de pasarela, ella sí comprendería que había sido educado para un compromiso matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones, la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.

Había transcurrido más de una hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella su inteligencia, su agudeza y una mesura inalterable para solucionarlo todo. No tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de lo cual él se había sentido orgulloso.

-No olvides cerrar la calefacción y cuidar las plantas-. Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah! dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos momentos resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta-. Y le reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky. Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave. Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía prisionero, dulcemente prisionero.

-Por fin nos deshicimos de ella-. Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta. Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. Haremos el amor como salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida en San Pedro-. Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo blanco que él rechazó.

Fabricio dejó sin probar su pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y a su vez fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.

Meliana se sumía lentamente en su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos. Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su amodorrado cuerpo en posición fetal.

Fabricio la observó arrobado y le pareció conveniente aplazar el sexo.

Desde su primer encuentro, cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rutinas cuando consumía cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas… la prima sosa ya no estorbará… San Pedro es una ciudad para exilados… Mientras Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.

-No la quiero aquí por muy prima tuya-. Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada. -No parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.

-Es sólo por unos días. Cuando termine el documental regresará a Camino del Mar. Se harán buenos amigos y un pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien- insistió Adelaida.

Esa noche, de aquel martes, de aquel abril, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba profundamente cautivado por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y monógamo.

-El documental está casi terminado-. Meliana le hablaba a Fabricio clavándole los ojos. -Sólo falta reunir material con entrevistas de consumidores callejeros de droga. Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos; me refiero, para aquellos que constituye un flagelo-. Sus palabras quemantes lo devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la fidelidad se vinieron abajo.

Adelaida era una mujer a la que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza. Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones. Sin embargo era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus impulsos.

Al día siguiente de su llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se dejó llevar por un apacible sopor.

-Te creí abanderada de la lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace algunos años experimenté la coca pero no me atrapó-. Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a las piernas de una mujer que no era Adelaida, sobre el piso de alfombra de su propia sala y metido en una piel que no parecía la de él. Lo asustaba el sortilegio que emanaba del vigor de Meliana y de los efectos de la droga; poco a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.

-Abanderada de nada que no me produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas con las que te pones la máscara de marido modelo de la prima Adelaida-. Sus palabras desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su razonable estabilidad matrimonial.

Y entonces comenzó el caos. Lo que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un sentimiento delicioso y a la vez tormentoso, desmesurado, dentro del cual, y durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura. Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres se vino abajo. Regresaba a la casa a los pocos minutos de salir para encontrarse con Meliana, o acudía a citas a las horas menos posibles y en lugares a los que nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la deriva.

Fabricio Marroquín ejercía de penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Los apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida le generaban una incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos mujeres.

Meliana lo conminaba a dejar a su esposa. Lo atemorizaban sus fluctuantes estados de ánimo. Los efectos de la droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de Adelaida. Su marido se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba y no reaccionaba. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a San Pedro, él enfrentaría los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.

-No nos esconderemos más y no tendrás que recurrir a eso… se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y los problemas para obtenerla…

-Ni lo uno ni lo otro. Eso es para los pobres diablos. Mi trabajo me brinda los contactos en el momento y la cantidad necesarios…

Todo en ella era desmesurado, imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la extremada cautela con la que actuaba frente a Adelaida. Debía ser a sus ojos, el marido corriente sin dejar notar la perturbación de la presencia de Meliana.

La estadía de la joven se prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. ¿Acaso simulaba Adelaida no haber descubierto el engaño? ¿Preparaba una venganza? ¿Quizás Meliana, en medio de su pertinaz obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo del tiempo terminaría abandonándolo? Las dudas que lo atormentaban cedían al ver la capacidad de Meliana de simular ante Adelaida y la manera como las dos mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas en un diálogo impetuoso de cuerpos. Así confirmaba la evidencia de su mutuo sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.

Fabricio estaba en medio de dos mujeres decididas de las que se podía esperar cualquier cosa. Optó por la salida de Meliana de la casa. Adelaida lo aceptó sin insistir e hizo prometer a su prima que vendría a visitarlos a menudo. Al contrario de lo que supuso, Meliana arreció su terca idea de retirar a Adelaida de en medio. Fabricio, a los ojos de ella, mostraba una actitud apocada y lo creía incapaz de romper con su mujer.

Volvió a la realidad cuando se felicitó porque había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a Meliana pálida y completamente desgonzada en su sueño narcotizado. La vio dócil e indefensa en una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo sosegado que vislumbraba para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado estaba en San Pedro y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo entonaría y daría tiempo a que Meliana se recuperara del trance.

Pidió una copa de brandy en El Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso para cuando Meliana despertara.

Imaginó su reacción desparpajada y feliz al contarle que el rompimiento con Adelaida había resultado más fácil de lo que pensaron. Se proponía una lucha sutil contra la dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una clínica de toxicología. La estabilidad y el sosiego que preveía para sus relaciones le darían las razones a ella para aceptar someterse al tratamiento. Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobre todo, la euforia con la que desplegaba sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención aún indefinible.

Con el alivio quemante del brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación de la cena espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio camino del aeropuerto al día siguiente.

La conducta de Meliana también lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino y no estimulado por los narcóticos.

Para Fabricio fue una señal inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio, y esto exaltaba el ánimo de Meliana. Estaba resplandeciente. Muy solícita se obstinó en ayudar a empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el alcánzame la vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de San Pedro de Adelaida.

Con la cálida sensación relajante del brandy recordó una cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.

-Es una especie de maleficio con el cual el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del agravio y sin ningún límite para procurar el mayor mal… Es una forma de legitimar la perversidad…

-Entonces brindemos por el maleficio y por el aire saludable de San Pedro! -le interrumpió Meliana con una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Estaban pasados de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con Meliana.

Camino a casa se dejó llevar por una grata sensación de serenidad que lo llenó de voluptuosidad y lo dispuso para el deleite del amor de Meliana.

Fabricio apuró el paso en un estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor del hombre Marlboro y de la mujer del Johnny Walker, sus asiduos interlocutores nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar intimidar. Les dio la espalda, apuró sus pasos y empuñó las llaves de la puerta.

La autopsia de Meliana certificó muerte por sobredosis. Fabricio confundido y con un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron de allí el cadáver de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió, sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.

-Habla el comisario Gamboa de la ciudad de San Pedro -la voz es fría e imperiosa-. Su esposa, Adelaida de Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de estupefacientes… ¿Me escucha, señor Marroquín? -Le escucho -responde con dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de su mujer.

-Cinco kilos de cocaína pura entre su equipaje… -el énfasis morboso no da lugar a dudas-. Según las normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos reglamentarios.

-Fabricio… -la voz de Adelaida suena apagada pero resuelta-. Lo supe desde un principio. Era difícil no notarlo. Se salieron con la suya. Una artimaña perversa pero impecable… los felicito. Meliana se dio su maña para empacar mi equipaje… De acuerdo con el abogado, son alrededor de diez años…

-Meliana ya no está -dice Fabricio más para sí mismo con el dolor de pronunciar su nombre-. Durante la noche murió de sobredosis….

-Sobredosis? -Adelaida, descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan-. De vainilla y curare, Fabricio. Un veneno sabio. No deja huellas. Se mimetiza con la coca, con la vainilla, con el vino…, con la sangre… -su voz triunfante y depravada añade:- El maleficio, recuerdas?… es el castigo… hay daños que no tienen perdón…

Fabricio se cobija con la manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

‘Combatir al pecado’ de Fernando Jiménez

Fernando(Este cuento de Fernando de Jesús Jiménez Delgado ganó el Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico ‘Amparo Dávila’, en el 2015, en México. Fernando Jiménez es psicólogo clínico de la Universidad Autónoma de Querétaro, músico, panadero y toca la jarana en ‘Son de abajo’. Lector de José Agustín, Jorge Ibargüengoitia y Woody Allen. Dice que su mayor influencia es la de Bob Esponja. El jurado que lo premió estuvo integrado por Cristina Rivera Garza, Ramón Córdoba, Alberto Chimal, Bernardo Fernández y Daniela Tarazona. JSA)

Supe que sería un día raro cuando un testigo de Jehová me ofreció una mamada. Caminaba por la avenida Fray Tomás cuando lo encontré. Parecía un loco, tenía la bragueta abierta y un moño rojo. Su traje era azul, sucio pero planchado. Los carros parecían avispas, como si la calle fuera un panal golpeado. El tipo estaba recargado en un señalamiento que prometía una catedral a la derecha. Había mucha gente y su soledad cimbraba. Regalaba libros de esos que dicen que las tormentas vienen de la sodomía. Pasé a un costado sin mirarlo, olía a limpiador económico.

-Buenas tardes, señor. ¿Gusta que se la chupe? -di la vuelta extrañado y negué de inmediato.

Detrás de mí, una señora que escuchó me miró horrorizada.

-Muchas gracias, llevo prisa. Que tenga buen día —contesté por diplomacia.

No podía aceptar su mamada pero aplaudí su voluntad por servir a la comunidad. No son tiempos de andar regalando nada a nadie, mucho menos mamadas. Pensé en la vida de ese hombre. No debe ser fácil existir con un dios tan demandante. Yo soy católico en temporada alta, nada más: Navidad, el mundial de futbol, Día de la Virgen, Semana Santa, etcétera. Los testigos de Jehová deben reclutar inocentes, vestirse como idiotas y trabajar en domingo. No es poco. En fin, cada quien sus catedrales. Cualquier cosa es mejor que ser ateo; suena aburridísimo. Los ateos no tienen ostias gratis ni iglesias bonitas donde puedan verles las piernas a sus vecinas. No tienen música sacra ni villancicos, y éstos son mi parte favorita de la Navidad. No podría elegir uno en particular, todos son asombrosos. Rodolfo el reno, El niño del tambor, Los peces en el río, y otros más, me hacen desear haber nacido en un pesebre. Además, crecer sin un bautizo es mera burocracia, es como ir a tu graduación sin emborracharte. Piensen en las bodas, sin toda la parafernalia sería como darse de alta en Hacienda.

Pasé a la tienda a comprar un refresco. El doctor me los prohibió, pero era domingo. Me atendió una vieja extremadamente vieja, parecía que moriría en cuestión de segundos. Usaba un camisón de satín rosa, tan viejo como ella. Del cuello le colgaban más de cinco escapularios y estaba tan maquillada como una drag queen. Le mostré la bebida que me llevaría y lanzó un quejido gutural que no revelaba la cifra. Saqué el dinero cuando pasó la mano por encima del mostrador. Su palma entera temblaba, hacía un esfuerzo titánico por suspenderse frente a mí. Con una moneda de diez pesos lista, dudé. Sentí que esa mano se rompería si depositaba el pago bruscamente. Además, por el temblor, temí errar y tirar el dinero. Sus piernas no aguantarían inclinarse a tomar la moneda. Dejé el refresco, un billete de veinte y salí corriendo. Eso habría hecho Cristo, pensé en ese momento. Eran muchos escapularios, pero no la juzgo, si fuera a morir sería capaz hasta de disfrazarme del Papa y aprenderme el credo.

Seguí mi camino: era domingo y eso se hace los domingos. Llegué a la plaza principal, frente a la iglesia de San Bartolomé. Un tipo hablaba al micrófono. No era un mal espectáculo, había muchas palomas y un globero. Un grupo de niños destruía burbujas con aplausos mientras el vendedor cambiaba monedas por botellas. Me invadió un olor a elote que venía de un puesto cercano; pensé en comprar alguno, pero me conformé con el aroma. Decidí sentarme en una banca blanca, oxidada pero funcional. El metal estaba caliente, el sol cumplía su trabajo. Empezaba a relajarme cuando llegó una tipa y gritó:

-¿Me das un abrazo? -dijo antes de abalanzarse sobre mí sin esperar respuesta-. Funciona mejor si me ayudas a abrazarte.

Decidí callar y esperar a que se fuera. No tardó más de tres segundos.

Son un fastidio esas personas neocristianas que creen que Dios sonríe cada vez que ellas lo hacen. La señora, gorda de caderas y alegría, se retiró callada, ocultando su molestia. Un niño me vendió un mazapán. Lo compré mitad por compasión, mitad por antojo: balance positivo, a mi ver.

Desde la banca, el discurso al micrófono se volvió inteligible: Jesús nos sigue esperando, nos sigue perdonando. Hay gente que cree que es pobre, pero no es pobreza de dinero, es pobreza de espíritu. ¡Jesús puede volverlos ricos! Es una riqueza distinta que vuelve pobre al demonio. El demonio nos habla, nos dice “roba”, “mastúrbate”, “masturba a tu vecino”: perdonen mis palabras, Dios sabe que doy un ejemplo. Vivir en gracia es hablar con Dios, combatir al pecado. El pecado quiere derrotarnos, quiere llenarnos de pornografía, de abortos…

¿De dónde salen estos predicadores? Independientemente de sus creencias, gritar en una plaza siempre será una locura. Era un hombre pequeño, no debía medir más de 1.60. Estaba vestido de blanco y tenía una Biblia azul bajo el brazo. Parecía un niño manoteando; nadie le hacía caso. Hablaba de un tsunami y de Adán y Eva, estaba haciendo el ridículo. La señora de los abrazos hablaba con un grupo, personas igual de tristes que ella. “Disfruta la vida”, decía su playera, como si todo se tratara de un puto abrazo. No me malinterpreten: es la verdad.

…cada clavo le rompió los huesos. Perdió tanta sangre que titubeó, pero siguió estoico, dueño de ese espíritu que tanta falta nos hace. Nosotros permitimos que los homosexuales se besen, como en Sodoma; permitimos que la gente se divorcie como si fuera un juego; dejamos que nuestros hijos vean caricaturas violentas, que escuchen narcocorridos…

“Me encanta Dios”, dijo un poeta. Pero creo que no es para tanto. Si al creador o a su hijo les molestaran esos asuntos, ya hubieran exterminado a todos los transgresores. Es decir, yo odio a los funcionarios públicos y si tuviera poderes les hubiera derretido los genitales, mínimo. Dios no odia a las personas homosexuales: las respeta o no le importan.

Unos niños comenzaron a pelear. No vi el motivo. Cuando volteé ya estaban trenzados y la gente comenzaba a rodearlos. “¡Déjalo, cabrón!”, gritó una señora desde atrás: era la misma que me abrazó. Dio unos pasos, tomó a su hijo de la mano y se retiró maldiciendo entre dientes a los testigos y a la vida misma. ¿Lo ven? De eso hablo. Por más que nos guste vivir y los pájaros y las mariposas y la comida rápida, la vida es una perra.

…sólo Jesús puede ayudarnos, sólo él puede sanarnos las heridas de la soberbia y la lujuria. ¿Quién si no él puede abrirnos los ojos? Los problemas económicos son problemas de fe. Hay familias que se mueren de hambre, que no encuentran trabajo, que tienen problemas con sus hijos y dicen que no saben por qué. ¿En verdad no saben? La respuesta es Jesús, siempre la ha sido. Los pecadores se lamentan…

Un grupo de monjas pasó a un costado de mí. Algunas miraron al señor del micrófono molestas. Eran unas siete, caminaban como hormigas, enfiladas sin permitirse mayores distracciones. Las religiosas se detuvieron a comprar un helado en la esquina.

Una de ellas, a todas luces la más gorda, devoraba su barquillo con una técnica claramente felativa. El día transcurría extraño. Decidí levantarme y dar unos pasos. Involuntariamente me acerqué al predicador y encontré todo un show: el hombre le hablaba a tres personas, dos policías y un drogadicto. Supe que era drogadicto porque trataba de inhalar el polvo de la banqueta. Uno de los uniformados lloraba mientras que el adicto parecía no enterarse de nada. El tercero miraba al orador con atención científica, anotando en una pequeña libreta.

…el pecado vive en las computadoras que transmiten sexo y violencia las veinticuatro horas. Nuestros hijos no saben, por supuesto que no. Son pequeños, no saben diferenciar lo bueno de lo malo. Pero nosotros los grandes sí, el pecado vendrá por nosotros y nos arrancará del Cielo. ¿Ustedes creen que a Dios le gusta…

Madonna ha cambiado tres veces de religión. Fue judía, cristiana y musulmana: la triple alianza. No sé si verdaderamente cambiaría de religión, no es como cambiarse los calcetines. No me vean así, no es moralismo ni nada. Uno no puede pasar de no desear a la mujer de su prójimo a cortarle la mano a los ladrones. Un primo se volvió rastafari: no entiendo lo que dice, pero está drogado todo el tiempo. Sostiene que si se legalizara la marihuana todos seríamos libres, quizá sea cierto.

El sol perdió intensidad cuando sonaron las campanas. Miré la iglesia y un padre regordete me hacía señas desde la puerta, gritaba y movía su brazo señalándome un camino que quería que siguiera. No entendí palabra alguna. El bullicio se esfumaba como si alguien le bajara el volumen al día. Sentí cómo los vapores de los antojitos abandonaron mi nariz. De pronto, el tipo del micrófono cambió notoriamente de tono, exaltándose y gritando con horror.

¡Es él! El tiempo de los pecadores está por acabar. El mal les cobrará la factura, no habrá perdón para los ciegos, para los callados, para los corazones tibios. Jesucristo les abrió el corazón, pero le cerraron la puerta. El tiempo terminó. ¡Aquí está, es el Pecado! Ustedes creen que bromeaba. ¡Mírenlo! ¿No lo reconocen? Cristo lo advirtió…

Sentí una fuerza tremenda apretarme el pecho y la cabeza, como si el cielo entero me apachurrara. Estaba desconcertado. Todo se había detenido: las palomas parecían disecadas, las campanas quedaron mudas, el sacerdote era una estatua. El tipo del micrófono seguía hablando. Alcé la vista: la plaza entera estaba quieta. Las personas parecían haberse congelado. Los pájaros no aleteaban, quedaron suspendidos en el aire como focos o alguna clase de escenografía barata. Mi entorno era como un tablero de ajedrez, como una maqueta en tamaño real. Sin darme cuenta caminé hacia el orador, aferrándome a mi cuerpo en un autoabrazo. Toqué al policía que lloraba, pero era como un muñeco, no sentí su respiración.

-¿Tú me escuchas, debilucho? ¡No estorbes! Voy a enfrentarme al Pecado -dijo el predicador mientras sacaba un bate de béisbol detrás de una bocina.

-¿Qué es esto? -respondí como el idiota que soy. Me estaba cagando de miedo.

-Todos los domingos viene el Pecado a combatir con nosotros: los hombres de Dios.

-¿Yo soy un hombre de Dios?

-¡Uy, sí, pendejo! Seguro has hecho mucho por serlo. ¡No!, eres un error en el software de Dios, nada más. Sólo escóndete. Puedo manejarlo.

-Te oías más amable hace rato.

-Yo no escribí nada de eso…, sólo me aprendí el guión. Además, ¿qué te importa? Lárgate o te vas a morir. El Pecado llegará en cualquier momento.

-¿Viene el Pecado? ¿Qué vas a hacer?

-Todos los domingos rezo aquí como idiota -dijo señalando el lugar donde estaba parado-, es para debilitarlo. Yo también quisiera estar de huevón como tú, pero alguien debe enfrentarlo. Por más cabrón que sea el Pecado, nadie soporta dos batazos en la jeta.

-¿Por qué nadie se mueve? ¿Cuánto durará esto? ¿Te puedo ayudar en algo?

-¡Deja de preguntar, cabrón! -me gritó el predicador mientras ondeaba el bate de un lado a otro como si esperara que una bola cayera del mismísimo cielo-. Me estás distrayendo. ¡Hazte a un lado! Ya viene.

-Corrí de inmediato al árbol más cercano, como si los pinches árboles fueran a refugiarme de algo tan… ¿cómo decirlo?, ¿bíblico? Cerré los ojos mientras mi corazón golpeteaba al resto de mis órganos. Me toqué el pecho buscando algún crucifijo, pero sólo me topé con una baratija china que compré quién sabe cuándo. Lamenté no tener los escapularios de la señora de la tienda. Hasta pensé en la mamada del testigo de Jehová, no sé, pudo funcionar.

Una bocina estalló: había iniciado.

El Pecado era terrible, no hay otra palabra que lo describa. Desde que dio el primer paso supe que no vería algo más horroroso. Era una bestia mitad animal mitad transexual. En la mano derecha empuñaba un dildo y en la izquierda un feto que gritaba la palabra sexo de manera mecánica. La mitad humana estaba llena de tatuajes y perforaciones. Usaba una falda de piel negra, además de una camiseta de Cannibal Corpse. El Pecado parecía arrastrarse y dejaba condones a su paso. Tenía cuernos, eran de alambre, se los quitó para limpiarse el sudor. El hombre del micrófono rezaba cada vez más fuerte, hasta que el Pecado le lanzó un Xbox que aterrizó en su boca. La mitad animal era un misterio: su cuerpo parecía de oso pero con menos pelaje, una especie de yeti con alopecia. Donde deberían estar sus genitales había una grabadora que tocaba villancicos al revés. Supe que eran villancicos porque soy un experto en el género. Al hombre del micrófono lo estaba vapuleando la bestia. Empecé a rezar el padrenuestro, pero no surtía efecto. De pronto supe también que el Pecado había desarrollado anticuerpos contra los rezos usuales. Digo “deprontosupe” por-que de-pronto-supe, fue como si alguien insertara la información en mi disco duro. A estas alturas no dudé en que fuera Dios. Digo, un predicador se estaba agarrando a golpes con una bestia infernal: recibir tips del creador no era absurdo. Así me enteré de que el Pecado se alimenta de orgasmos y horas frente a videojuegos violentos. Cada vez que un hombre penetra a otro el Pecado aumenta su masa muscular. También me enteré de que está relleno de marihuana y entrena masturbándose y haciendo pole dance. Come dos horas después de haberse llenado y dedica cinco horas diarias a navegar en YouPorn. Dios o algún ángel, o aquello que me estuviera ayudando, quería que hiciera algo. Cerré los ojos y comencé a rezar con mayor intensidad y convicción, pero no parecía funcionar. Levanté la mirada, la bestia estaba asfixiando al predicador con una revista pornográfica. Tomé el bate que estaba a un par de metros de mí y corrí a darle un golpe en la espalda. La bestia soltó al predicador y lanzó una patada que me proyectó en contra de uno de los carros estacionados junto a la plaza. Quise tomar el cuchillo de una señora que vendía gorditas. Imposible, parecía estar pegado a su mano y pesar una tonelada. Noté que, gracias a mí, el predicador había ganado terreno y golpeaba al Pecado con el bate que solté mientras volaba. El valiente religioso se había arrancado la camisa y usaba el arma con una destreza profesional. El Pecado comenzó a gemir como si copularan dos adolescentes. El predicador retrocedió, volvió a tomar la Biblia y se la pegó al pecho. El Pecado se arrancó la camiseta y dejó asomar una teta tan satánica como perfecta. De ella salían disparadas latas de cerveza que hirieron al predicador. La bestia reía. Se detuvo y giró su seno como un engrane. Volvieron los gemidos adolescentes y del pezón salieron varios libros electrificados que inmovilizaron al predicador. Eran copias del Manifiesto comunista, supe de pronto. El Pecado tomó el bate y le propinó un golpe en la nuca al predicador. El sonido adelantó que el valiente había muerto. El predicador quedó con la cabeza partida, no pude ni mirarlo. Recordé al sacerdote en la puerta de la iglesia, y entonces entendí que había dicho la palabra villancico. Nada había sido al azar, Dios me eligió por mi talento navideño. Cerré los ojos, uní las palmas del modo más virgenístico posible y comencé a cantar El niño del tambor, por mucho, mi canción predilecta. Me subí la playera y simulé un tambor palmeando mi panza desnuda. Cada palabra parecía quemar al Pecado, era como si conjurara los hechizos más dolorosos. Cuando pronuncié los últimos versos, el demonio comenzó a lanzar rayos gay de color arcoíris que apestaban a semen. Uno de los rayos alcanzó mi brazo y lo hizo sangrar, pero sabía que estaba a punto de vencerlo. Una luz surcó el cielo, como cuando va a pasar algo celestial, y aterrizó en el bate que voló hasta mi mano. Lo levanté como demandaba el dramatismo de la escena y mi arma se transformó en una espada de fuego. La empuñé como supuse que sería correcto y grité mientras corría hacia el Pecado, visiblemente debilitado por el villancico. Le corté el cuello sin problemas. Entre la sangre de la bestia habían tangas, dildos y algunos clítoris que se movían como insectos agonizantes. La bestia estaba muerta.

Regresó el sol a la plaza, en un parpadeo la vida volvió a inyectarse en los árboles, en los globos. Las campanas volvieron a escucharse. Miré al sacerdote que me sonreía satisfecho. Los niños corrían de nuevo, perseguían palomas, aplastaban burbujas. No había más huella de la pelea que el cuerpo del predicador con el torso expuesto. El periódico dijo que fue víctima de un infarto. Sólo yo sabía el resto de la historia. Lo enterraron con su Biblia, dicen que nunca la soltaba. Me repuse de las heridas. El rayo gay me dejó algunas secuelas: tengo erecciones cuando escucho a Frank Sinatra, nada grave. A veces sueño que estoy en un video porno, es todo. Me quedé con el bate y un condón de recuerdo. Así es como comencé a predicar.

Fernando Jiménez (foto)

 

Chileno finalista en concurso de Cuento

enrique-silva-rodriguezLos jurados del XI Concurso Internacional de Cuento ‘Ciudad de Pupiales’ 2016, los escritores Marco Tulio Aguilera Garramuño, Daniel Ferreira y Carlos Bastidas Padilla, “por decisión dividida” optaron un ganador y 8 finalistas, además de un premio especial para un cuentista nariñense, de la siguiente manera:

GANADOR:

-Luis Fernando Lezama Bárcenas, de Argentina, con el cuento ‘Bañar al bebé

FINALISTAS:

-Abel Guelmes Roblejo, de Cuba, con ‘Como nace una rosa’

-Deyvi Stevenn Gutierrez Serna Deyvi Steven Gutiérrez Serna, de Colombia, con ‘La fila’

Enrique Silva Rodríguez (foto), de Chile, con ‘El tipo gris

-Juan Pablo Goñi Capurro, de Argentina, con ‘La traición de las prendas olvidadas’

-Francisco Javier Vega Pérez, de Colombia, con ‘Pequeños detalles’

-Patricia Elizabeth Maglio, de Argentina, con ‘Seven Veils’

-Diego Fernando Clavijo Gutiérrez, de Colombia, con ‘Caballero’

-Horacio Roberto Fernández, de Argentina, con ‘El resto del año’

MEDALLA AL MÉRITO ‘GUILLERMO EDMUNDO CHAVES’: Mejor cuento de Nariño:

-Francisco Delgado Montero, de Pasto, con ‘La puerta’

El concurso, cuyas bases publique aquí, al que llegaron 1.552 cuentos de varios países, fue patrocinado por el Ministerio de Cultura de Colombia, la Gobernación de Nariño, la Alcaldía de Pupiales y varios medios de comunicación.

Premio ‘Aptur’ de fotografía: Arturo Yuseff Rivers

logoFueron premiados los ganadores del Tercer Concurso de Fotografía de la Asociación de Periodistas de Turismo de Chile (Aptur). Esta vez, la temática del concurso fue el lema de la Organización Mundial de Turismo, OMT, “Turismo para todos, promover la accesibilidad universal”. El concurso de Aptur contó con el patrocinio del Servicio Nacional de Turismo (Sernatur), Hoteleros de Chile y el Comité de Turismo de la Cámara Nacional de Comercio (CNC)

PRIMER PUESTO, la foto “Navegación mágica inclusiva, Hornopirén, sur de Chile”, captada por ARTURO YUSEFF RIVERS, de Santiago. Ganó dos pasajes Santiago-Punta Cana-Santiago, premio donado por la línea área LAW, Latin American Wings.

1-arturo-yuseffSEGUNDO PUESTO lo obtuvo MACARENA CAVADA ROCUANT, de Santiago, con la foto “Surf inclusivo, Pichilemu”, quien se adjudicó una estadía de dos noches para dos personas, en el Nothofagus Hotel, Huilo Huilo, en temporada baja.

2-macarena-cavada

TERCER PUESTO lo ganó PAMELA SILVA GRILLE, de Ñuñoa (Santiago), por la foto “Isidora y su andador de nieve, Portillo”, quien obtuvo dos noches de alojamiento para dos personas en el Hotel Patagónico de Puerto Varas, patrocinio de trivago.com

3-pamela-silva

Javiera Flores; Krassnoff: Ricardo Lagos Escobar

javiera-floresJaviera Flores. Aunque no ganó el concurso The Voice su cantante preferido, Gonzalo Sorich, Aristarco quedó contento con el triunfo de Javiera Flores (foto). El programa del Canal 13 mostró a una Javiera Flores sin altibajos, siempre firme, superándose a sí misma. Le llamó la atención a Aristarco la confesión que hizo ella: cuando cantó la primera vez en el concurso sintió que lo hizo ‘con otra voz’ a la que ella creía tener. Curioso, pero comprensible, si se considera que los cambios, en las personas y la sociedad, se producen a saltos, no imperceptiblemente. Y otra cosa: que Javiera Flores, cuando tuvo que escoger a qué grupo integrarse, dijo: “Ana Torroja”, ‘pero no sé por qué lo hice’. Eso reveló. ¿Habla esto, acaso, del azar que no es tan azaroso, y parece más bien algo predeterminado, superior a la razón humana? Porque, además, Javiera Flores fue ‘desechada’ por Luis Fonci, quien, al parecer, era el ‘más educado’ de los coach, en cuanto a que estudió música y composición en el Conservatorio. ¡Y la chica pasó de ser “desechada” a ser “triunfadora”! La recomendación final que hace Aristarco es la misma: que canten en español. Hay muchas canciones hermosas en español. Es cuestión de ver la producción musical de España, de Italia con cantantes en español, de México, de Argentina, de Brasil, etcétera. O que empiecen a componer.

Miguel Krassnoff. Si al torturador y asesino Miguel Krassnoff, que está condenado a casi 400 congresocopiaaños de cárcel por delito graves de lesa humanidad y contra los derechos humanos, sale a las calles, como es la petición de su abogado y la conformidad que dio la justicia en primera instancia, entonces no debería extrañarnos que muchachos asaltantes que asesinan a sus víctimas y destruyen autos robados y semáforos y mobiliario urbano, se vayan para sus casas después de la audiencia de formalización de cargos. El Congreso (foto) tiene trabajo que hacer en materia judicial, y no lo hace por estar politiqueando. Y la gente cree que el problema es de la policía o de los jueces.

Ricardo Lagos Escobar. Qué mal sería volver a elegir al expresidente Ricardo Lagos Escobar lagos-ricardo-644x362(foto) para suceder a Michelle Bachelet. Es de lo más retrógrado. Su administración se distinguió, además de mostrar un genio de los mil demonios, por favorecer, como el que más, a la aristocracia chilena. “Los multifondos, la creación de la Ley de Acreditación, el CAE, el fortalecimiento de la Ley Antiterrorista en la zona de las forestales y el millonario préstamo de BancoEstado al grupo Luksic, figuran entre las iniciativas impulsadas durante la administración del ex Presidente”, recuerda ‘El Mostrador’. Yo añadiría la despenalización para los delitos económicos. Una persona de este talante, pues, no se diferencia en nada del otro candidato: Sebastián Piñera, éste sí, abiertamente defensor de los aristócratas, porque es uno de ellos.

Concurso de Cuento

fundación ggmEstá pronto a cerrarse el XI Concurso Internacional de Cuento ‘Ciudad de Pupiales’ 2016. Todo aquel que tenga un texto listo, o sepa de alguien que lo tenga, las siguientes bases del concurso le van a interesar:

La Fundación ‘Gabriel García Márquez’, en concertación con el Ministerio de Cultura de Colombia y con el apoyo de la gobernación de Nariño y la Alcaldía Municipal de Pupiales, convoca el XI Concurso Internacional de Cuento “Ciudad de Pupiales”, 2016, que estará regido por los siguientes parámetros:

1) Pueden participar los escritores colombianos o extranjeros mayores de 15 años, con excepción de los ganadores y finalistas de la edición anterior, con un solo cuento de temática libre escrito en lengua española, máximo 3 páginas, tamaño carta, interlineado de 1,5, fuente de 12 puntos.

2) Se establece un premio de seis millones de pesos y el Diploma de Honor “Gabriel García Márquez”, para el primer puesto. Diploma de Honor “Guillermo Edmundo Chaves” para el mejor cuento escrito por un autor nacido en el Departamento de Nariño. Nueve trabajos más serán seleccionados como finalistas.

3) Las obras deben ser remitidas mediante archivo de Word y firmadas con seudónimo a la siguiente dirección electrónica: fundaciongabrielgarciamarquez@gmail.com, antes del 15 de agosto del año 2016. En el mismo correo se agregará un segundo archivo, también de Word, con los datos personales: Nombre, seudónimo, fecha de nacimiento, número documento de identidad, dirección, teléfono, correo electrónico y otros aspectos que el autor considere convenientes. Se solicita no agregar ninguna imagen al cuento ni a los datos personales. Para realizar el envío escriba en asunto: PARA CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTO.

4) La organización garantiza la lectura de todas las obras remitidas al evento; en relación con las opiniones emitidas por los miembros del jurado calificador, periodistas o participantes, mantiene absoluta independencia.

5) El jurado calificador queda integrado por los escritores Marco Tulio Aguilera Garramuño, Daniel Ferreira y Carlos Bastidas Padilla. Al jurado lo apoyan instituciones y personalidades de las letras con el fin de facilitar el trabajo de lectura y selección de textos finalistas. (El ganador obtendrá 6 millones de pesos colombianos y el diploma que lo acredita)

6) La ceremonia de premiación tendrán lugar en Pupiales, Nariño, el día 14 de Octubre del año 2016. Dicho resultado se comunicará personalmente a los escritores galardonados y se difundirá por diferentes medios de comunicación.

7) El veredicto se conocerá mediante un video publicado en los canales regionales de televisión, en la cuenta de la Fundación ‘Gabriel García Márquez’ en YouTube, en las web  www.albeiroarciniegas.co

y http://fundaciongabo.wix.com//fundaciongabo, y en las distintas redes sociales, con el fin de que cuenten con una amplia difusión en Colombia y el exterior.

8) La participación en el concurso es una manifestación expresa de aceptación de los diferentes puntos que rigen la convocatoria. La organización no mantiene correspondencia con los participantes. El premio no será declarado desierto.