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Los Larraín; nepotismo; DC; encubridores y Paula

felipe larrainUn Larraín. Increíblemente, el ministro de Hacienda, Felipe Larraín (foto), de quien se espera que sea un hombre frío de números, resultó ser un politiquero de miedo. En el primer gobierno del presidente Sebastián Piñera fue uno de los más pendencieros, hasta el último minuto, y en este segundo mandato fue el primero que empezó la camorra acusando al gobierno de la presidente Michelle Bachelet de haber dejado un déficit de 4.000 millones de dólares. Cacareó con esto hasta más no poder, hasta que el ministro de Hacienda saliente Nicolás Eyzaguirre le cerró la boca. Sin embargo, Larraín había empollado un huevo perverso: viajó a una reunión de amigos ex alumnos de la Universidad de Harvad ¡con dinero de los contribuyentes chilenos! Ni se puso colorado, el cínico ministro de Hacienda. Para excusarse, dijo que la invitación se la habían hecho en calidad de ministro hacía nueve meses. ¿Cómo sabían, hace nueve meses, que iba a ser ministro? ¡Mentiroso! Ministro Felipe Larraín, mentiroso y camorrero. ¡Politiquero!

Otro Larraín. El otro Larraín, el ministro de Justicia, Hernán Larraín (foto), lo primero que hernan larraindijo después de posesionarse fue que los jueces en Chile son todos de izquierda. Con esta declaración ¿qué imparcialidad en el ejercicio de sus funciones se puede esperar? Creo que está impedido. Es un ministro prejuiciado con sus gobernados, y esto le impide pensar claramente. Otro ministro, otro Larraín, sin autoridad para ejercer.

Nepotismo. A los casos de nepotismo, en apenas unos días de gobierno, se le está la monedaqueriendo bajar el perfil con argucias de lenguaje, como están acostumbrados a burlar las responsabilidades judiciales en casos de negociados. El argumento para desvirtuar el nepotismo consiste en decir que nombrar familiares no importa, si la persona tiene las competencias para ejercer el cargo. ¡No! El nepotismo es nepotismo, punto. El nepotismo es la preferencia de los funcionarios públicos de dar empleo a familiares o amigos. Punto. Si tiene las competencias es otro asunto. Primero lo primero, y lo primero hay que ver es si se verifica nepotismo, y si ocurre, hay que eliminar esa condición. Si no hay nepotismo, se verán entonces las competencias del candidato para el puesto. Y como no puede ser nombrado, en tanto se cae en nepotismo, sus competencias realmente importan cinco. (Iba a decir, mecánicamente, que importa un huevo, pero un huevo tiene infinitamente muchas más cualidades benéficas que un caso de nepotismo)

Todavía la DC. Hace varios años, seis o siete, dijimos en este blog que la Democracia democracia_cristianaCristiana (logo) era un partido que jugaba al bluf. Primero fue dentro de la Concertación y después dentro de Nueva Mayoría. Se plantaba con gran dignidad para reclamar por todo. Casi querían darle órdenes a la presidente Michelle Bachelet en su primer gobierno. Y en su bluf, en el que supuestamente tenían una base electoral importante y por eso debían ser tomados en cuenta para todo, casi se convirtieron en opositores, de peores consecuencias que los derechistas partidos Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional. El más enconado fue siempre Ignacio Walker. ¡Y los de la Concertación y Nueva Mayoría cayeron en el bluf! Hace ese tiempo que dijimos que debían salirse de esas alianzas políticas (o debían echarlos, que fue lo que en realidad dijimos) y mostrar sus cartas. Ocasión que tuvieron en las elecciones presidenciales pasadas. Y ahí, quedaron reducidos a lo que son: un grupúsculo de origen fascista, que no es amenaza para nadie más que para ellos mismos. Y amenazan extinguirse.

Encubridores. Parece que los hechos muestran, cada día con mayor nitidez, no solo a errazuriznosotros, sino al mismísimo papa Francisco, la farsa que tenían montada los curas Francisco Javier Errázuriz (foto) y Ricardo Ezzati. Posaban de angelicales ante el papa, y no son más que encubridores de pedofilia, violación y pederastia. Errázuriz viajó a última hora a la reunión programada con el papa, y Ezzati seguirá mintiendo con que jamás se enteró de lo que ocurría en los pasillos de los colegios y seminarios y capillas y centros vacacionales de la curia. En lo personal, les creo a James Hamilton, Fernando Batlle, José Andrés Murillo y Juan Carlos Cruz (víctimas sexuales de la curia) cuando dicen que, hace muchos años, ellos denunciaron ante los curas Errázuriz y Ezzati los abusos del cura Fernando Karadima, y estos curas engavetaron los papeles, ayudados, también se supo, por otro cura, Juan Barros, el perla. Toda una camarilla eclesiástica de encubrimiento de violaciones sexuales a menores de edad, de pedofilia y pederastia. Qué asco de “guías espirituales” tenía la iglesia católica en Chile. (Los llamamos “curas”, porque no tienen la dignidad de obispos que les otorgó el Vaticano)

Paula. Leí que se acababa la revista Paula. No era asiduo suyo, pero siempre es triste que se acabe un medio de comunicación. La pluralidad en la oferta editorial es alimento para el país.

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‘Muxes de Juchitán’ de Martín Caparrós

Martín-CaparrósAmaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar a sus muñecas, y todavía no conocía su nombre.

Son las cinco del alba y el sol apenas quiere, pero las calles del mercado ya están llenas de señoras imponentes: ochenta, cien kilos de carne en cuerpos breves. Las señoras son rotundas como mundos, las piernas zambas, piel cobriza, los ojos grandes negros, sus caras achatadas. Vienen de enaguas anchas y chalecos bordados; detrás van hombrecitos que empujan carretillas repletas de frutas y verduras. Las señoras les gritan órdenes en un idioma que no entiendo: los van arreando hacia sus puestos. Los hombrecitos sudan bajo el peso de los productos y los gritos.

–Güero, cómprame unos huevos de tortuga, un tamalito.

El mercado se arma: con el sol aparecen pirámides de piñas como sandías, mucho mango, plátanos ignotos, tomates, aguacates, hierbas brujas, guayabas y papayas, chiles en montaña, relojes de tres dólares, tortillas, más tortillas, pollos muertos, vivos, huevos, la cabeza de una vaca que ya no la precisa, perros muy flacos, ratas como perros, iguanas retorciéndose, trozos de venado, flores interminables, camisetas con la cara de Guevara, toneladas de cedés piratas, pulpos ensortijados, lisas, bagres, cangrejos moribundos, muy poco pez espada y las nubes de moscas. Músicas varias se mezclan en el aire, y las cotorras.

–¿Qué va a llevar, blanco?

–A usted, señora.

Y la desdentada empieza a gritar el güero me lleva, el güero me lleva, y arrecian las carcajadas. El mercado de Juchitán tiene más de dos mil puestos y en casi todos hay mujeres: tienen que ser capaces de espantar bichos, charlar en zapoteco, ofrecer sus productos, abanicarse y carcajearse al mismo tiempo todo el tiempo. El mercado es el centro de la vida económica de Juchitán y por eso, entre otras cosas, muchos dijeron que aquí regía el matriarcado.

–¿Por qué decimos que hay matriarcado acá? Porque las mujeres predominan, siempre tienen la última palabra. Acá la que manda es la mamá, mi amigo. Y después la señora.

Me dirá después un sesentón, cerveza en la cantina. En la economía tradicional de Juchitán los hombres salen a laborar los campos o a pescar, y las mujeres transforman esos productos y los venden. Las mujeres manejan el dinero, la casa, la organización de las fiestas y la educación de los hijos, pero la política, la cultura y las decisiones básicas son privilegio de los hombres.

–Eso del matriarcado es un invento de los investigadores que vienen unos días y se quedan con la primera imagen. Aquí, dicen, el hombre es un huevón y su mujer lo mantiene.

Dice el padre Francisco Hererro o cura Paco, párroco de la iglesia de San Vicente Ferrer, patrono de Juchitán.

–Pero el hombre se levanta muy temprano porque a las doce del día ya está el sol incandescente y no se puede. Entonces, cuando llegan los antropólogos ven al hombre dormido y dicen ah, es una sociedad matriarcal. No, ésta es una sociedad muy comercial y la mujer es la que vende, todo el día; pero el hombre ha trabajado la noche, la madrugada.

–Pero entonces no se cruzan nunca…

–Sí, para eso no se necesita horario, pues. Yo conozco la vida íntima, secreta, de las familias y te puedo decir que allí tampoco existe el matriarcado.

No existe, pero el papel de las mujeres es mucho más lucido que en el resto de México.

–Aquí somos valoradas por todo lo que hacemos. Aquí es valioso tener hijos, manejar un hogar, ganar nuestro dinero: sentimos el apoyo de la comunidad y eso nos permite vivir con mucha felicidad y con mucha seguridad.

Dirá Marta, mujer juchiteca. Y se les nota, incluso, en su manera de llevar el cuerpo: orgullosas, potentes, el mentón bien alzado, el hombre –si hay hombre– un paso atrás.

Juchitán es un lugar seco, difícil. Cuentan que cuando Dios le ordenó a San Vicente que hiciera un pueblo para los zapotecos, el santo bajó a la tierra y encontró un paraje encantador, con agua, verde, tierra fértil. Pero dijo que no: aquí los hombres van a ser perezosos. Entonces siguió buscando y encontró el sitio donde está Juchitán: éste es el lugar que hará a sus hijos valientes, trabajadores, bravos, dijo San Vicente, y lo fundó.

Ahora Juchitán es una ciudad ni grande ni chica, ni rica ni pobre, ni linda ni fea, en el Istmo de Tehuantepec, al sur de México: el sitio donde el continente se estrecha y deja, entre Pacífico y Atlántico, sólo doscientos kilómetros de tierra. El Istmo siempre ha sido tierra de paso y de comercio: un espacio abierto donde muy variados forasteros se fueron asentando sobre la base de la cultura zapoteca. Y su tradición económica de siglos le permitió mantener una economía tradicional: en Juchitán la mayoría de la población vive de su producción o su comercio, no del sueldo en una fábrica: la penetración de las grandes empresas y del mercado globalizado es mucho menor que en el resto del país.

–Acá no vivimos para trabajar. Acá trabajamos para vivir, no más.

Me dice una señorona en el mercado. Alrededor, Juchitán es un pueblo de siglos que no ha guardado rastros de su historia, que ha crecido de golpe. En menos de veinte años, Juchitán pasó de pueblo polvoriento campesino a ciudad de trópico caótico, y ahora son cien mil habitantes en un damero de calles asfaltadas, casas bajas, flamboyanes naranjas, buganvillas moradas; hay colores pastel en las paredes, jeeps brutales y carros de caballos. Hay pobreza pero no miseria, y cierto saber vivir de la tierra caliente. Algunos negocios tienen guardias armados con winchester “pajera”; muchos no.

Juchitán es un pueblo bravío: aquí se levantaron pronto contra los españoles, aquí desafiaron a las tropas francesas de Maximiliano y a los soldados mexicanos de Porfirio Díaz. Aquí, en 1981, la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo –la COCEI– ganó unas elecciones municipales y la convirtió en la primera ciudad de México gobernada por la izquierda indigenista y campesina. Juchitán se hizo famosa en esos días.

Amaranta siguió jugando con muñecas, vestidos, comiditas, hasta que descubrió unos juegos que le gustaban más. Tenía ocho o nueve años cuando las escondidas se convirtieron en su momento favorito: a los chicos vecinos les gustaba eclipsarse con ella y allí, detrás de una tapia o una mata, se toqueteaban, se frotaban. Amaranta tenía un poco de miedo pero apostaba a esos placeres nuevos:

–Así crecí hasta los once, doce años, y a los trece ya tomé mi decisión, que por suerte tuvo el apoyo de mi papá y de mi mamá.

Dirá mucho después. Aquel día su madre cumplía años y Amaranta se presentó en la fiesta con pendientes y un vestido floreado, tan de señorita. Algunos fingieron una sorpresa inverosímil. Su mamá la abrazó; su padre, profesor de escuela, le dijo que respetaba su decisión pero que lo único que le pedía era que no terminara borracha en las cantinas:

–Jorge, hijo, por favor piensa en tus hermanos, en la familia. Sólo te pido que respetes nuestros valores. Y el resto, vive como debes.

Amaranta se había convertido, por fin, abiertamente, en un “muxe”. Pero seguía sin saber su nombre.

Muxe es una palabra zapoteca que quiere decir homosexual pero quiere decir mucho más que homosexual. Los muxes de Juchitán disfrutan desde siempre de una aceptación social que viene de la cultura indígena. Y se “visten” –de mujeres– y circulan por las calles como las demás señoras, sin que nadie los señale con el dedo. Pero, sobre todo: según la tradición, los muxes travestidos son chicas de su casa. Si los travestis occidentales suelen transformarse en hipermujeres hipersexuales, los muxes son hiperhogareñas:

–Los muxes de Juchitán nos caracterizamos por ser gente muy trabajadora, muy unidos a la familia, sobre todo a la mamá. Muy con la idea de trabajar para el bienestar de los padres. Nosotros somos los últimos que nos quedamos en la casa con los papás cuando ya están viejitos, porque los hermanos y hermanas se casan, hacen su vida aparte pero nosotros, como no nos casamos, siempre nos quedamos. Por eso a las mamás no les disgusta tener un hijo muxe. Y siempre hemos hecho esos trabajos de coser, bordar, cocinar, limpiar, hacer adornos para fiestas: todos los trabajos de mujer.

Dice Felina, que alguna vez se llamó Ángel. Felina tiene 33 años y una tienda –“Estética y creaciones Felina”– donde corta el pelo y vende ropa. La tienda tiene paredes verdes, maniquíes desnudos, sillones para esperar, una mesita con revistas de cotilleo, la tele con culebrón constante y un ordenador conectado a internet; Felina tiene una falda corta con su larga raja, sus piernas afeitadas más o menos, las uñas carmesí. Su historia es parecida a las demás: un descubrimiento temprano, un período ambiguo y, hacia los doce o trece, la asunción de que su cuerpo estaba equivocado. La tradición juchiteca insiste en que un muxe no se hace –nace– y que no hay forma de ir en contra del destino.

–Los muxes sólo nos juntamos con hombres, no con otra persona igual. En otros lugares ves que la pareja son dos homosexuales. Acá en cambio los muxes buscan hombres para ser su pareja.

–¿Se ven más como mujeres?

–Sí, nos sentimos más mujeres. Pero yo no quiero ocupar el lugar de la mujer ni el del hombre. Yo me siento bien como soy, diferente: en el medio, ni acá ni allá, y asumir la responsabilidad que me corresponde como ser diferente.

Cuando cumplió catorce, Amaranta se llamaba Nayeli –“te quiero” en zapoteca– y consiguió que sus padres la mandaran a estudiar inglés y teatro a Veracruz. Allí leyó su primer libro “de literatura”: se llamaba Cien años de soledad y un personaje la impactó: era, por supuesto, Amaranta Buendía.

–A partir de ahí decidí que ése sería mi nombre, y empecé a pensar cómo construir su identidad, cómo podía ser su vida, mi vida. Tradicionalmente los muxes en Juchitán trabajamos en los quehaceres de la casa. Yo, sin menospreciar todo esto, me pregunté por qué tenía que cumplir esos roles.

Amaranta mueve su mano derecha sin parar y conversa con soltura de torrente, eligiendo palabras:

–Entonces pensé que quería estar en la boca de la gente, del público, y empecé a trabajar en un show travesti que se llamaba New Les Femmes.

Durante un par de años las cuatro “New Les Femmes” recorrieron el país imitando a actrices y cantantes. Amaranta se lo tomó en serio: estudiaba cada gesto, cada movimiento, y era muy buena haciendo a Paloma San Basilio y Rocío Durcal. Era una vida y le gustaba –y podría haberle durado muchos años.

En Juchitán no se ven extranjeros: no hay turismo ni razones para que lo haya. Suele hacer un calor imposible, pero estos días sopla un viento sin mengua: aire corriendo entre los dos océanos. El viento refresca pero pega a los cuerpos los vestidos, levanta arena, provoca más chillidos de los pájaros. Los juchitecas se desasosiegan con el viento.

–¿Qué está buscando por acá?

En una calle del centro hay un local con su cartel: Neuróticos Anónimos. Adentro, reunidos, seis hombres y mujeres se cuentan sus historias; más tarde ese señor me explicará que lo hacen para

dejar de sufrir, “porque el ser humano sufre mucho los celos, la ira, la cólera, la soberbia, la lujuria”. Después ese señor –cuarenta años, modelo Pedro Infante– me contará la historia de uno que vino durante muchos meses para olvidar a un muxe:

–El pobre hombre ya estaba casado, quería formar una familia, pero extrañaba al muxe, lo veía, la esposa se enteraba y le daba coraje. Y si no, igual a él le resultaba muy doloroso no poder dejarlo.

Sabía que tenía que dejarlo pero no podía, lo tenía como embrujado.

De pronto me pareció evidente que ese hombre era él.

–¿Y se curó?

Le pregunté, manteniendo la ficción del otro.

–No, yo no creo que se cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.

Me dijo, con la sonrisa triste. Felina me había contado que una de las “funciones sociales” tradicionales de los muxes era la iniciación sexual de los jóvenes juchitecas. Aquí la virginidad de las novias era un valor fundamental y los jóvenes juchitecas siguen respetando más a las novias que no se acuestan con ellos, y entonces los servicios de un muxe son el mejor recurso disponible.

Las New Les Femmes habían quedado en encontrarse, tras tres meses de vacaciones, en un pueblo de Chiapas donde habían cerrado un buen contrato. Amaranta llegó un día antes de la cita y esperó y esperó. Al otro día empezó a hacer llamadas: así se enteró de que dos de sus amigas habían muerto de sida y la tercera estaba postrada por la enfermedad. Hasta ese momento Amaranta no le había hecho mucho caso al VIH, y ni siquiera se cuidaba.

–¿Cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tan drásticamente, tan de pronto? Ellas estaban tan vivas, tenían tanto camino por delante No te voy a decir que me sentía culpable, pero sí con un compromiso moral enorme de hacer algo.

Fue su camino de Damasco. Muerta de miedo, Amaranta se hizo los análisis. Cuando le dijeron que se había salvado, se contactó con un grupo que llevaba dos años trabajando sobre el sida en el Istmo: Gunaxhii Guendanabani –Ama la Vida– era una pequeña organización de mujeres juchitecas que la aceptaron como una más. Entonces Amaranta organizó a sus amigas para hacer campañas de prevención. Los muxes fueron muy importantes para convencer a los más jóvenes de la necesidad del sexo protegido.

–El tema del VIH viene a abrir la caja de Pandora y ahí aparece todo: las elecciones sexuales, la autoestima, el contexto cultural, la inserción social, la salud, la economía, los derechos humanos, la política incluso.

Amaranta se especializó en el tema, consiguió becas, trabajó en Juchitán, en el resto de México y en países centroamericanos, dio cursos, talleres, estudió, organizó charlas, marchas, obras de teatro. Después Amaranta se incorporó a un partido político nuevo, México Posible, que venía de la confluencia de grupos feministas, ecologistas, indigenistas y de derechos humanos. Era una verdadera militante.

En la cantina suena un fandango tehuano y sólo hay hombres. Afuera el calor es criminal; aquí adentro, cervezas. En las paredes hay papagayos pintados que beben coronitas y en un rincón la tele grande como el otro mundo repite un gol horrible. Bajo el techo de palma hay un ventilador que vuela lento.

–Venga, güero, tómese una cerveza.

Una mesa con cinco cuarentones está repleta de botellas vacías y me siento con ellos. Al cabo de un rato les pregunto por los muxes y hay varias carcajadas:

–No, para qué, si acá cada cual tiene su mujercita.

–Sus mujercitas, buey.

Corrige otro. Un tercero los mira con ojitos achinados de cerveza:

–A ver quién de ustedes no se ha chingado nunca un muxe. A ver quién es el maricón que nunca se ha chingado un muxe.

Desafía, y hay sonrisas cómplices.

–¡Por los muxes!

Grita uno, y todos brindan…brindamos.

La invitación estaba impresa en una hoja de papel común: “Los señores Antonio Sánchez Aquino y Gimena Gómez Castillo tienen el honor de invitar a usted y a su apreciable familia al 25 aniversario de la señorita María Rosa Mística que se llevará a cabo en”. La fiesta fue la semana pasada; ayer, cuando me la encontré en la calle vendiendo quesos que prepara con su madre, la señorita María Rosa Mística parecía, dicho sea con todos los respetos, un hombre feo retacón y muy ancho metido adentro de una falda interminable que me dijo que ahorita no podía charlar pero quizás mañana.

–A las doce en el bar Jardín, ¿te parece?

Dijo, pero me dio el número de su celular “por si no llego”. Y ahora la estoy llamando porque ya lleva una hora de retraso; no, sí, ahorita voy. Supuse que se estaba dando aires –un supuesto truco femenino–. Al rato, Mística llega con Pilar –“una vecina”– y me cuenta que vienen del velorio de un primo que se murió de sida anoche:

–Pobre Raúl, le daba tanta pena, no quería decirle a nadie qué tenía, no quería que su madre se enterara. Si acá todos la queríamos Pero creía que la iban a rechazar y decía que era un virus de perro, un dolor de cabeza, escondía los análisis. Y se dejó morir de vergüenza.

Dice Mística, triste, transfigurada: ahora es una reina zapoteca altiva, inmensa. El cura Paco me había dicho que aquí todavía no ha penetrado el modelo griego de belleza: que las mujeres para ser bellas tienen que ser frondosas, carnosas, bebedoras, bailonas. “Moza, moza, la mujer entre más gorda más hermosa”, me dijo que se dice. Así que Mística debe ser una especie de Angelina Jolly: un cuerpo desmedido, tacos, enaguas anchas y un huipil rojo fuego con bordados de oro. El lápiz le ha dibujado labios muy improbables, un corazón en llamas.

–Yo también estoy enferma. Pero no por eso voy a dejarme morir, ¿no? Yo estoy peleando, a puritos vergazos. Ahorita me cuido mucho y cuido a las personas con las que tengo relaciones: la gente no tiene la culpa de que yo me haya enfermado. Yo no soy así, vengativa. Ahorita ando con un muchacho de 16 años; a mí me gustan mucho los niños y, la verdad, pues me siento bien con él pero también me siento mal porque es muy niño para mí.

Declara su vecina. Pilar es un muxe pasado por la aculturación moderna: hace unos años se fue a vivir a la ciudad de México y consiguió trabajo en la cocina de un restorán chino.

–Y también trabajo a la noche, cuando salgo y no me siento cansada, si necesito unos pesos voy por Insurgentes, por la Zona Rosa y me busco unos hombres. A mí me gusta eso, me siento muy mujer, más que mujer. A mí lo único que me falta es ésta.

Dice y se aprieta con la mano la entrepierna. Pilar va de pantalones ajustados y una blusa escotada que deja ver el nacimiento de sus tetas de saldo.

–Te sobra, se diría.

Le dice Mística, zumbona.

–Sí, me falta, me sobra. Pensé en operarme pero no puedo, son como cuarenta mil pesos, es mucho dinero.

Cuarenta mil pesos son cuatro mil dólares y Pilar cobra doscientos o trescientos pesos por servicio. Mística transpira y se seca con cuidado de no correrse el maquillaje. A Mística no le gusta la idea de trabajar de prostituta:

–No, le temo mucho. Me da miedo enamorarme perdidamente de alguien, me da miedo la violencia de los hombres. Yo me divierto en las fiestas y en la conga, cuando ando tomada ligo mucho.

Tradicionalmente los muxes juchitecas no se prostituyen: no lo necesitan porque no existe la marginación que les impide otra salida. Pero algunas han empezado a hacerlo.

–Ni tampoco quiero operarme. Yo soy feliz así. Tengo más libertad que una mujer, puedo hacer lo que quiero. Y también tengo mi marido que me quiere y me busca

Dice Mística. Su novio tiene 18 años y es estudiante: ya llevan, dice, orgullosa, más de seis meses juntos.

En septiembre del 2002, Amaranta había encontrado un hombre que por fin consiguió cautivarla: era un técnico en refrigeración que atendía grandes hoteles en Huatulco, un pueblo turístico sobre el Pacífico, a tres horas al norte de aquí.

–Era un chavo muy lindo y me pidió que me quedara con él, que estaba solo, que me necesitaba, y nos instalamos juntos. Era una relación de equidad, pagábamos todo a la par, estábamos haciendo algo juntos.

Amaranta se sentía enamorada y decidió que quería bajar su participación política para apostar a “crear una familia”. Pero una noche de octubre se tomó un autobús hacia Oaxaca para asistir a un acto; el autobús volcó y el brazo izquierdo de Amaranta quedó demasiado roto como para poder reconstruirlo: se lo amputaron a la altura del hombro.

–Yo no sé si creer en el destino o no, pero sí creo en las circunstancias, que las cosas se dan cuando tienen que darse. Era un momento de definición y con el accidente tuve que preguntarme: Amaranta dónde estás parada, adónde va tu vida.

Su novio no estuvo a la altura, y Amaranta se dio cuenta de que lo que más le importaba era su familia, sus compañeros y compañeras, su partido. Entonces trató de no dejarse abatir por ese brazo ausente, retomó su militancia con más ganas y, cuando le ofrecieron una candidatura a diputada federal –el segundo puesto de la lista nacional–, la aceptó sin dudar. Empezó a recorrer el país buscando apoyos, hablando en público, agitando, organizando: su figura se estaba haciendo popular y tenía buenas chances de aprovechar el descrédito de los políticos tradicionales y su propia novedad para convertirse en la primera diputada travestida del país y –muy probablemente– del mundo.

El padre Paco lleva bigotes y no está de acuerdo. El cura quiere ser tolerante y a veces le sale: dice que la homosexualidad no es natural pero que en las sociedades indígenas, como son más maduras, cada quien es aceptado como es. Pero que ahora, en Juchitán, hay gente que deja de aceptar a algunos homosexuales porque se están “occidentalizando”.

–¿Qué significa occidentalizarse en este caso?

–Pues, por ejemplo meterse en la vida política, como se ha metido ahora Amaranta. A mí me preocupa, veo otros intereses que están jugando con ella o con él no, con ella, pues. Porque el homosexual de aquí es el que vive normalmente, no le interesa trascender, ser figura, sino que vive en la mentalidad indígena del mundo. Mientras no rompan el modo de vida local, siguen siendo aceptados
–¿Tú has roto con esa tradición de los muxes?

Le preguntaré otro día a Amaranta.

–La apuesta no es dejar de hacer pasteles o de bordar o de hacer fiestas, para nada; la apuesta es fortalecer desde estos espacios públicos eso que siempre hemos hecho.

Amaranta Gómez Regalado es muy mujer. Más de una vez, charlando con ella, me olvido de que su documento dice Jorge.

Hay estruendo de cuervos y bocinas y no se sabe quién imita a quién. En el medio del Zócalo –la plaza central de Juchitán–, junto al quiosco donde a veces toca la banda o la marimba, una panda de skaters hace sus morisquetas sobre ruedas. Las piruetas les fallan casi siempre. Una mujer montaña con faldas de colores, enaguas y rebozo se cruza en el camino y casi provoca el accidente. Llevan pantalones raperos y gorras de los Gigantes de San Francisco o los Yankees de Nueva York, y uno me dirá que lo que más quiere en la vida es pasar la frontera, pero que ahora con la guerra quién sabe:

–No vaya a ser que te metan en su army y te manden al frente.

Entonces le pregunto por los muxes y le brillan los ojos: no sé si es sorna, orgullo o sólo un buen recuerdo.

–¿Tú has venido por eso?

No puedo decirle que no; tampoco vale la pena explicarle que no es lo que él supone. Se huele el mango, los plátanos maduros, pescado seco, la harina de maíz y las gardenias. Más allá, una sábana pintada y colgada de dos árboles anuncia que “la Secretaría de la Defensa Nacional te invita a ingresar a sus filas en el arma de Infantería. Te ofrecemos alojamiento, alimentación, seguro médico, seguro de vida”; dos soldaditos magros esperan candidatos. Los lustrabotas se aburren y transpiran. Por la calle pasa el coche con altavoz que lee las noticias: “Siete días tuvieron encerradas a parturienta y sus gemelas por no pagar la cuenta” Dos mujeronas van agarradas de la mano y una le tienta a otra con la mano una pequeña parte de la grupa:

–¡Mira lo que te pierdes!

Le grita a un hombre flaco que las mira. A un costado, bajo un toldo para el sol espantoso, se desarrolla el “Maratón microfónico y de estilistas” organizado por Gunaxhii Guendanabani: una docena de peluqueras muxes y mujeres tijeretean cabezas por la causa mientras una señora lee consejos “para vivir una sexualidad plena, responsable y placentera”. Una chica de quince embarazada, vestidito de frutas, se acerca de la mano de su mamá imponente. Colegialas distribuyen cintas rojas y Amaranta saluda, da aliento, contesta a unas mujeres que se interesan por su candidatura o por su brazo ausente. Lleva un colgante de obsidianas sobre la blusa de batik violeta y la pollera larga muy floreada, la cara firme, la frente despejada y los ojos, sobre todo los ojos. Se la ve tan a gusto, tan llena de energía:

–¿Y cómo te resulta esto de haberte transformado en un personaje público?
–Pues mira, no he tenido tiempo de preguntármelo todavía. Por un lado era lo que yo quería, lo había soñado, imaginado.

–Pero si ganas te va a resultar mucho más difícil conseguir un novio.

Amaranta se retira el pelo de la cara, coqueta, con mohines:

–Sí, se vuelve más complicado, pero el problema es más de fondo: si a los hombres les cuesta mucho trabajo estar con una mujer más inteligente que ellos, ¡pues imagínate lo que les puede costar estar con un muxe mucho más inteligente que ellos! ¡Ay, mamacita, qué difícil va a ser!

Dice, y nos da la carcajada.

Amaranta Gómez Regalado y su partido, México Posible, fueron derrotados. El resultado de las elecciones fue una sorpresa incluso para los analistas, que les auguraban mucho más que los 244.000 votos que consiguieron en todo el país. Según dijeron, el principal problema fue el crecimiento de la abstención electoral y las enormes sumas que gastaron en propaganda los tres partidos principales. Amaranta se deprimió un poco, trató de disimularlo y ahora dice que va a seguir adelante pese a todo.

Martín Caparrós (foto)

 

Nueva arremetida retrógrada contra Yerko

yerko-810x540Excelente la primera rutina de Yerko Puchento en su inicio de temporada 2018. Quizás no hubiera sido necesario pintarse la cara de negro y ponerse una peluca encrespada para hablar de la migración de haitianos hacia Chile. El atuendo característico de Yerko Puchento hubiese bastado. Eso sería lo único a comentar. Sin embargo, al día siguiente, como si se hubieran puesto de acuerdo, salieron El Mercurio y La Tercera a descalificar a nuestro admirado humorista. Lo consideraron ‘irrespetuoso’ por una broma que hizo a la actriz transgénero Daniela Vega. La talla no me pareció tan terrible como la quisieron hacer ver. Y como si hubiese intocables. En sus páginas web, esos diarios dejaron ‘colgada’ la ‘noticia’ de crítica durante varios días, sin explicación alguna. También escuché a Sergio ‘Checho’ Hirane, como una comadre histérica, despotricar por la retrógrada Radio Agricultura contra Yerko Puchento. Él, que dice ser ‘humorista’, pelaba como vieja copuchenta la rutina de su colega. ‘Checho’ Hirane, el admirador del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, que se viste de militar los días patrios, este seudo analista político que estila veneno, seudo periodista que inventa crisis y desastres donde no los hay, seudo humorista que tuvo un late en un canal de cable que no duró más de 3 programas, babeaba contra Yerko Puchento, pidiendo su cabeza. Dijo que cómo permitía Andrónico Luksic, el dueño del Canal 13, que Yerko Puchento hiciera bromas ‘tan pesadas’. Tal vez no ha notado el seudo humorista ‘Checho’ Hirane que Luksic es más liberal que él, más moderno que él, menos cartucho que él. Con las babas chorreando, que se oye que las chupa para que no caigan sobre la mesa del locutorio, y que hace un ruido como si aspirara hasta las muelas, tan desagradables manías para los oyentes, clamaba, en actitud por completo histérica, que debían sancionar y sacar del aire a Yerko Puchento. O sea, tres medios con nostalgia de dictadura, El Mercurio, La Tercera y Radio Agricultura (la emisora por la que habla irresponsablemente ‘Checho’ Hirane), en picada contra Yerko Puchento. Quieren que Yerko sea una especie de monja o cura de buenos modales, desfigurándolo. No es así Yerko Puchento. Él es cínico, es cruel, es ácido, es de humor negro. Pero, sobre todo, Yerko Puchento es de crítica social. Y esto es lo que los conservadores, los retrógrados como ‘Checho’ Hirane, no soportan. Amparándose en una crítica de forma, lo que quieren es callar su voz de protesta. Ellos se quedaron en el pasado, en más de un sentido. Quieren que todos seamos unos amargados como ellos. Que el país viva amordazado. Y les arde en aquella parte, que un humorista de verdad tenga la más alta sintonía, sea el más admirado y más inteligente que ellos. Dejen de rebuznar.

‘La madre de Ernesto’ de Abelardo Castillo

Abelardo-CastilloSi Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.

Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.

–¡No!
–Sí. Una mujer.

–¿De dónde la trajo?

Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:

–¿Por dónde anda Ernesto?

En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar emanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:

–¿Qué tiene que ver Ernesto?

Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.

–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?

Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.

–Atorranta, ¿no?

Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.

–Si no fuera la madre…

No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.

Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.

–Pero es la madre.

–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.

–Y se los come.

–Claro que se los come. ¿Y entonces?

–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.

Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:

–Se acuerdan cómo era.

Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.

–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.

Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.

–No digas porquerías, querés -me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.

–No se lo deben de haber prestado.

–A lo mejor se echó atrás.

Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.

–¿Cómo será ahora?

–Quién… ¿la tipa?

Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.

–Esto es una asquerosidad, che.

–Tenés miedo –dije yo.

–Miedo no; otra cosa.

Me encogí de hombros:

–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.

–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.

Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.

Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos: Preguntó:

–¿Y si nos echa?

Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.

–Es Julio –dijimos a dúo.

El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.

–Se la robé a mi viejo.

Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.

–Fumaba, ¿te acordás?

Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?

–Diez minutos.

Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.

–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.

–¡Qué castigo ni castigo!

Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.

–¿Y si nos hace echar?

–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:

–Llevalos arriba.

La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:

–A ver si nos sacan una muela.

Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.

–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:

–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!

Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.

Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio pregunto:

–¿Quién pasa?

Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.

–Qué sé yo. Cualquiera.

Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.

–¿Bueno?

Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.

–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.

Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.

Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Abelardo Castillo (foto)

Tres triunfadores; Selección de Chile; Moulian

frente amplioTriunfadores. Los grandes triunfadores de las pasadas elecciones presidenciales en Chile fueron: el Frente Amplio, Beatriz Sánchez y José Antonio Kast. Todos irrumpieron en el escenario político y, en poco tiempo, se posicionaron. 1) El Frente Amplio (logo) aparece como una fuerza nueva en la vieja política de Chile. Nuevos líderes frente a los viejos líderes. Tiene la ocasión de crecer durante el gobierno de Sebastián Piñera, como oposición. Y ahí se juega la vida, si quiere ser alternativa de poder (o al menos de gobierno) al finalizar el mandato de Piñera. 2) Beatriz Sánchez dijo desde un principio que no sería una candidatura testimonial, sino para quedarse. Y cumplió. Las encuestas, siempre amañadas por quien las hace o las manda a hacer, sin excepción ignoraban su presencia, ¡no existía en sus conteos!, pero fue la tercera fuerza, a escasos votos del segundo, durante la primera ronda electoral. Todavía esas empresas de encuestas no han dado una explicación satisfactoria de su proceder. De su irrespeto. Ya lo hemos dicho varias veces, y no nos importa repetirlo: Cep, Adimark y las demás firmas, son una farsa. Se vuelven serias cuando tienen que medir productos, por ejemplo: jabones de baño o papillas para niños, porque de eso dependen sus ingresos; pero son un circo, al mejor postor, cuando se trata de mediciones ‘políticas’. 3) Derechista de mano dura, José Antonio Kast pasó, de la noche a la mañana, de desconocido completo a conocidísimo. Un fascista especial, en el sentido de su buen humor. Porque los fascistas son amargados, trascendentales, idiotas. Sus propuestas, como candidato de la ultraderecha, fueron coherentes con ese retroceso propuesto. No perdió el norte de sus ideas cavernarias, ni la compostura de su persona. Un tipo repudiable, por supuesto, en cuanto a su ideario, pero se le abona su sinceridad, tan distinta a la de los demócratas cristianos, que posan de progresistas y, solapadamente, actúan siempre como verdaderos fascistas.

Selección. Una vez más, algo sobre la Selección de Fútbol: tienen que empezar a armar Seleccionla nueva selección ya mismo. Estamos retrasados. Quedan cuatro años para formar (crear y disponer en la cancha) el nuevo equipo que aspire a ganar el Mundial de Catar en el 2022. Ya se tiene el pilar: Claudio Bravo. A partir de ahí, crear la nueva Selección. Porque no nos digan que ¿otra vez? estará Jorge Valdivia, Arturo Vidal, Gonzalo ‘El asqueroso’ Jara, Charles Aránguiz, Matías Fernández, ‘et al’. Y estamos en mora de tener un técnico, ojalá chileno. Ya dejemos de ser necesitados. Nada de argentinos. No por bronca con los compadres, sino porque Chile ya es mayor de edad y puede tener su propio técnico mundialista. Así que con un nuevo técnico, uno chileno, una nueva Selección, una distinta, completamente, a la actual, y estaremos listos para un papel trascendental en el Mundial Catar 2022.

Moulian. Qué extraño que Vasco Moulian (foto), panelista de ‘Primer Plano’, programa vasco mouliande Chilevisión, esté denigrando de ‘Chile secreto’, realizado por Jorge Baradit, programa de Chilevisión. ¿Hay un francotirador dentro de Chilevisión? ¿O se trata, solamente, de una ‘estrategia’ para publicitar esos dos programas? Si es esto último, ¡fome! Palabra esta que empleó Moulian para describir ‘Chile secreto’, el excelente programa cultural que hace el escritor Jorge Baradit. Claro, dentro de su proverbial “sabiduría”, Moulian no explicó por qué el programa de Baradit es bueno, pero “fome”. Lo cierto es que pareció una bufonada. Y de mala calidad, como todo lo de Moulian.

 

 

Valdivia; Selección; Encuestas; Piñera 1 y 2

Logo-FederacionChilenaDeFutbolValdivia. Me perdí el momento en que Jorge Valdivia pasó de ser el borrachito del bautizazo, que atacó maleteramente a Claudio Borghi (el tonto que le alcahueteaba sus borracheras en la Selección), a ser “el intelectual del fútbol” en que aparentemente se convirtió. En qué momento se volvió personaje, él, que culpa a los árbitros cuando pierde Colo Colo, y con pedantería habla de la grandeza de Colo Colo cuando gana el equipo. ¿Cuándo pasó de ser un tipo sin estado físico (por el alcohol) a ser analista de la Selección de Chile, y considerar la táctica y estrategia, y la condición humana y profesional de Juan Antonio Pizzi como algo deplorable? No supe cuando pasó de última opción a imprescindible. ¿Será obra de la payola? Me parece tan tonto que elogien un pasesito que haga Jorge Valdivia en un partido, como algo decisivo en el fútbol chileno. ¡Si su trabajo es hacer pases! Como si exaltáramos, hasta la gloria eterna, cada vez que un goleador hace un gol. ¡Su trabajo es ese, meter goles! No me digan que estará en la próxima Selección del mundial de 2022. ¿Será tan fuerte la payola, para que lo incluyan? ¿Tendrá estado físico para llegar allá dentro de cuatro largos años?

Selección. Que dejen ya de quejarse por lo que ocurrió (o lo que no ocurrió) con el mundial 2018 de fútbol: Chile no estará ahí. Ahora es cuando hay que empezar a armar la nueva Selección. Una sin Valdivia, sin Beausejour, sin Gonzalo ‘El asqueroso’ Jara, y sin el resto de borrachitos que conocemos. Habría que partir con uno, solamente, de los actuales: Claudio Bravo. Único tipo serio, con estatura de Selección Nacional. Al resto hay que cambiarlos a todos. Y para conformar la nueva Selección que Chile necesita hay que empezar ya. Quizás baste el tiempo para tenerla a tono, cuando sea el momento, ya que hay en Chile unos 200 futbolistas profesionales, de los cuales sería imposible que no se puedan escoger 12 o 20 que sirvan para representar el país. Olvidarnos ahora mismo de los ‘cracks’ de hoy, que no lo serán (y esto es garantizado) dentro de 4 años. Estamos demorados para hacerlo. Hay que empezar ya.

Encuestas. Por enésima vez, decir aquí que las encuestas políticas son una manera sutil de manipular la mente de las personas, para sembrarles ideas que les sean útiles a quienes hoy detentan el poder. Las encuestas de la pasada campaña daban como ganador al derechista Sebastián Piñera, con más de un 50% de los votos. ¡Mentira! A duras penas llegó al 36,64 %. Las encuestas dijeron que Beatriz Sánchez no existía. Mentira, porque sacó el 20,27 % de los votos (1.300.000) Y dijeron que Carolina Goic iría a segunda vuelta, con Piñera, y sacó el 5,88 % de los votos. Las encuestas son una manera sutil de manipular las mentes de los ciudadanos. Son una ficción. Entidades repudiables como el Centro de Estudios Públicos (Cep), financiado por personas repudiables que tienen conductas delictivas como los Matte (coludidos en el vergonzoso caso del papel higiénico), el Cep reproduce lo que los Matte (y los demás de esa élite mandada a recoger) quieren. No más encuestas. Eso es para tontos. Pero ¿cuándo dejarán los medios de comunicación de prestarles atención? Nunca, porque los medios de comunicación son propiedad de los mismos de esa élite de Matte, mandada a recoger.

Piñera 1. El cinismo se personificó en Sebastián Piñera. El suyo fue un gobierno pésimo, piñeracon un Censo nacional que fue un robo, obras civiles como el puente Cau Cau que fueron un robo, y muchas otras falencias que se haría largo enumerar. Pero de todo lo malo, mencionar que el país creció durante su gobierno, solamente el 4%, en comparación con los últimos 15 años de crecimiento superior. De modo que es puro cinismo cuando dice que él hará crecer a Chile. Es cinismo cuando dice que “vamos a aumentar la gratuidad en la educación”, porque a renglón seguido añade: “siempre y cuando el crecimiento económico nos acompañe”. Nada de lo que diga este señor podrá tomarse en serio. Miente, como El Mercurio. Hay un repudio general por su pasado y por su actual verborrea mentirosa.

Piñera 2. No puede dejarse pasar por alto la acusación del candidato Sebastián Piñera, según la cual en la primera vuelta electoral hubo votos marcados en favor de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. Yo creo que esto merece una investigación penal. Merece, inclusive, suspender las elecciones hasta que el asunto lo aclaren las autoridades electorales y penales. Aplazar la fecha de las próximas elecciones hasta que se establezca de manera fehaciente si el señor Piñera miente, o no. Si miente, no debería poder seguir en carrera electoral, y, en cambio, ir a la cárcel por difamación y calumnia y menosprecio a las instituciones chilenas (traición) Una acusación tan grave no puede dejarse pasar por alto. Y menos excusarse con que no debió haber dicho eso, y como si nada hubiera ocurrido.

 

Encuestas políticas; Primarias; TVN

CEPEncuestas. Por enésima vez: las encuestas son una farsa. La más reputada de Chile la hace una entidad que depende del Grupo Matte, el mismo grupo económico que protagonizó la vergonzosa colusión del papel higiénico (y le importó un carajo) Misma entidad que dirige un ex ministro de Educación, a quien echaron por incompetente. Me refiero a la encuesta del Centro de Estudios Públicos, CEP. Hace varios meses el CEP viene bombardeando a la gente a través de los todos los medios de comunicación (cuya propiedad son de la misma cuerda ideológica), para machacar que Sebastián Piñera será el próximo presidente. No son encuestas, sino derechamente publicidad. Las encuestas sirven para que las empresas midan la aceptación de uno de sus productos, o sus servicios, nada más. En lo político, como la encuesta CEP, son una farsa. Los candidatos deberían exigir que no los manoseen para ese montaje publicitario en favor de Sebastián Piñera. Máxime ahora, en que el CEP los descalificó a todos y declaró que Piñera ganará en la primera vuelta, tratando de desmoralizarlos. Goebbels en su salsa.

Primarias. Buena idea la de Alejandro Guillier: tomar la elección presidencial, en su primera vuelta, como unas primarias de la izquierda política para saber detrás de cuál candidato de deben alinear para aplastar al candidato de la derecha política Sebastián Piñera. ¿Por qué Marco Enríquez-Ominami, MEO, insiste en que Guillier diga expresamente que “lo va a apoyar”, en caso de que sea él, MEO, el ganador de la izquierda? ¿Qué parte de la propuesta no entendió MEO?

TVN. El cáncer del que padece TVN se llama ambigüedad: para unas cosas es del Estado, y para otras es empresa privada. Tiene que salir del closet. Definir que es una empresa privada, como los demás canales de televisión, y punto. Eso sí, dejaría de ser el botín burocrático que es ahora. El Congreso no debería refrendar esa ambigüedad. ¿Se acabará TVN si el Congreso no le da la plata que pide? No creo, pero quedaría parado en su realidad. Porque esa doble faz que luce actualmente es tóxica. ¿Para qué inyectarle recursos a un canal que no cumple la función social para la cual fue creado? ¿Para qué darle plata a un refugio de politiqueros en su directorio, y de burócratas en el resto de sus dependencias?