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‘La La Land’ y el ‘piedrazo’ de Tironi

la_la_landHomenaje. Fuimos a ver ‘La La Land’ (foto), ‘La ciudad de los sueños’ o ‘La ciudad de las estrellas’ por el antecedente de haberse ganado 7 premios ‘Globo de Oro’ (¡la película más premiada en la historia de este premio!): mejor película, mejor comedia o musical, mejor director, mejor actor y mejor actriz de comedia o musical, mejor guion, mejor banda sonora y mejor canción original.

Fuimos a ver ‘La La Land’ por el antecedente de haberse ganado los premios Bafta (Academia de Cine y Televisión británica) a la mejor película, mejor actriz, mejor director, mejor música original y mejor dirección de fotografía.

Fuimos a ver ‘La La Land’ porque tiene 14 nominaciones a los premios Óscar (de la Academia de Artes de Estados Unidos) que se entregarán el 26 de febrero.

Si no hubiéramos sabido nada de premios, hubiéramos dicho que era “un bonito homenaje a los musicales del cine en Hollywood”. Nada más. Pero como sabíamos de su boato, nos pareció “muy inferior a los musicales del cine de Hollywood a los que rinde homenaje”. Inclusive, recordamos que ‘Brillantina’ nos pareció mejor. Y ‘La novicia rebelde’ y ‘Cantando bajo la lluvia’.

‘Piedrazo’. Hace un mes, o algo más, el señor Eugenio Tironi (foto) escribió una columna en Entrevista a Eugenio TironiEl Mercurio que, sin avergonzarse, tituló ‘El piedrazo’. ¿Cómo es posible que una persona que posa de intelectual no sepa el idioma en el que escribe? ¡’Piedrazo’ no existe en el idioma español! No es un ‘chilenismo’, ¡no!, sino un barbarismo. Se dice ‘Pedrada’, pe-dra-da, PE-DRA-DA, para significar la “acción de arrojar con impulso una piedra”, o para decir que se observó un “golpe que se da con la piedra tirada”.

Pe-dra-da, porque ‘piedrazo’ no existe. Y, por favor, tomen nota ‘periodistas’ de radio y televisión, y presentadores de televisión. Y también ‘editores’ y ‘directores’ de radio, televisión y prensa escrita. Superemos la ignorancia, porque tenemos la responsabilidad social de ser ejemplo para la audiencia. Y un buen ejemplo, no uno malo. Entonces, con ese malestar idiomático revolviéndome el estómago, ¡como una pedrada en el ojo!, leí de mala gana el artículo que trataba de cómo arrodillarse ante un poderoso, en este caso Andrónico Luksic. Exalta el señor Tironi, como si fuera el buen pelele, “la conducta de Luksic… (que) escapa totalmente del patrón de lo que se espera de un personaje poderoso, como no hay duda lo es”. Y así, el resto del artículo es frivolidad, como casi todo lo del señor Tironi.

‘Fiesta de disfraces’ de Woody Allen

woody-allen2Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fui de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce.

Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.

Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados. Me entró un miedo tremendo…

De pronto recordé que unos amigos celebraban una fiesta de disfraces. Iré allí, me dije. Llevaré el alce y me desprenderé de él en la fiesta. Ya no sería responsabilidad mía. Así que me dirigí a la casa de la fiesta y llamé a la puerta. El alce estaba tranquilo a mi lado. Cuando el anfitrión abrió lo saludé: “Hola, ya conoces a los Solomon”. Entramos. El alce se incorporó a la fiesta. Le fue muy bien. Ligó y todo. Otro tipo se pasó hora y media tratando de venderle un seguro.

Dieron las doce de la noche y empezaron a repartir los premios a los mejores disfraces. El primer premio fue para los Berkowitz, un matrimonio disfrazado de alce. El alce quedó segundo. ¡Eso le sentó fatal! El alce y los Berkowitz cruzaron sus astas en la sala de estar y quedaron todos inconscientes. Yo me dije: Ésta es la mía. Me llevé al alce, lo até sobre el parachoques y salí rápidamente hacia el bosque. Pero… me había llevado a los Berkowitz. Así que estaba conduciendo con una pareja de judíos en el parachoques. Y en el estado de Nueva York hay una ley que los martes, los jueves y muy especialmente los sábados…

A la mañana siguiente, los Berkowitz despertaron en medio del bosque disfrazados de alce. Al señor Berkowitz lo cazaron, lo disecaron y lo colocaron como trofeo en el Jockey club de Nueva York. Pero les salió el tiro por la culata, porque es un club en donde no se admiten judíos.

Regreso solo a casa. Son las dos de la madrugada y la oscuridad es total. En la mitad del vestíbulo de mi edificio me encuentro con un hombre de Neanderthal. Con el arco superciliar y los nudillos velludos. Creo que aprendió a andar erguido aquella misma mañana. Había acudido a mi domicilio en busca del secreto del fuego. Un morador de los árboles a las dos de la mañana en mi vestíbulo.

Me quité el reloj y lo hice pendular ante sus ojos: los objetos brillantes los apaciguan. Se lo comió. Se me acercó y comenzó un zapateado sobre mi tráquea. Rápidamente, recurrí a un viejo truco de los indios navajos que consiste en suplicar y chillar.

Woody Allen (foto)

Osorio, Valdebenito, Meruane y Moreno

Gabriel OsorioOsorio. Histórico el triunfo de la película del director Gabriel Osorio (foto), ‘Historia de un oso’, en los premios Óscar de Hollywood como mejor Cortometraje Animado. “Estamos felices. Queremos darle las gracias a la Academia, a nuestras familias y a todos en Chile, quienes confiaron en nuestro trabajo”, dijo Osorio, y añadió: “Quiero dedicar el premio a mi abuelo, quien inspiró esta historia. Y a todas las personas que sufrieron en el exilio. Que esto nunca más vuelva a ocurrir”. La película estuvo producida por Patricio Escala, quien remató en el teatro Dolby con un “Gracias a todos. ¡Viva Chile!”.

Valdebenito. Con Natalia Valdebenito (foto) el humor en el Festival de Viña del Mar quedó Natalia-Valdebenitoen otro nivel. Primero porque se trató de una historia bien contado, de la vida de una mujer; y segundo, porque se trató de una mujer, justamente. Una mujer, no la que contó la historia, Natalia Valdebenito, sino porque puso al descubierto la intimidad emocional y argumentativa de la mujer, sin feminismos fáciles. Quedo a otro nivel, porque mostró de una manera fresca y natural una (aunque la palabreja no me gusta mucho) ‘rutina’ bien hilvanada. Creo que con Natalia Valdebenito quedó claro que los “cuenta-chistes” quedaron para otros escenarios, y quedaron como un género menor, o subgénero, en el mundo del humorismo.

Meruane. El segundo fracaso que sufre Ricardo Meruane (foto) en la Quinta Vergara, ricardo meruanedurante el Festival de Viña del Mar, nos habla de un estilo de humor pasado de moda. Ya no sirve ser un “cuenta-chistes”, sobre todo, en su caso, después de actuaciones como las de Rodrigo González, Edo Caroe y Natalia Valdebenito. ¿Cómo sale al escenario un Meruane anacrónico, con chistes viejos, mal contados, sin brillo? ¿Cómo no tiene pudor, y abandona el escenario cuando lo pifian por más de diez minutos? Pero lo más increíble es oír a algunos animadores de matinal, culpando a Rafael Araneda y Carolina de Morás, los animadores, porque le ofrecieron una segunda oportunidad a Meruane, después de una primera lluvia de pifias. Meruane pidió volver al escenario, y fracaso nuevamente. Pero cuando después lo entrevistaron, no tuvo una palabra de autocrítica. ¡Cero autocrítica! ¡Culpó al público, dizque porque no entendió su humor! Qué tan cínico y cara de palo el señor Ricardo Meruane. ¡Y anunció que se volvería a presentar, si lo dejan! Meruane fue por el dinero, sin tener vergüenza ni honradez consigo mismo, porque al fin y al cabo su carrera como ‘humorista’ ya terminó.

Moreno. Estaba Aristarco molesto con el triunfo de Nicole Moreno (foto), conocida nicole morenoinicialmente como ‘Luli’, como la reina del Festival de Viña 2016. Me preguntó si sabía quién era el personaje que estaba detrás de ella, moviendo hilos de alto nivel en el Canal 13 y entre periodistas, e impulsándola a alturas inconcebibles. Recordó Aristarco que esta mujer ha estado metida en enredos de secuestro, abducción de extraterrestres, ha sido compradora compulsiva de departamentos (con un pequeño sueldo de un reality) y ha estado enredada con tipos raros de la noche santiaguina. ¿De cuándo acá, Chile se merece un personaje de tan poca monta?, me preguntó. Levanté los hombros, y contesté que seguramente eso es lo que nos merecemos.

García Márquez visto por Pier Paolo Pasolini

Pier Paolo PasoliniEl 22 de julio de 1973 escribió el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini (foto) en la revista ‘Tempo’ un texto titulado “Gabriel García Márquez: un escritor indigno”, en el que analiza la lectura de la novela ‘Cien años de soledad’. La traducción al español es de Roberto Raschella. Helo aquí:
Parece ser un lugar común considerar “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez (libro recientemente editado), como una obra maestra. Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados –a veces con espléndida maestría– por un guionista: tienen todos los “tics” demagógicos destinados al éxito espectacular.
El autor –mucho más inteligente que sus críticos– parece saberlo muy bien: “No se le había ocurrido hasta entonces –dice él en la única consideración metalingüística de su novela– pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente…” Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, como para dar un ejemplo, Borges (o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si “Cien Años de Soledad” recuerda un poco al “Gattopardo” aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).
Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo “género” o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guion cinematográfico, y también el denominado “tratamiento”. En el guion y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente lingüísticas, que en realidad “quieren” ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guion o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal provisionalidad (esa voluntad de la estructura de ser “otra estructura”) forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.
Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura –como es el caso de este libro–. Literatura indigna. ¿Por qué?
El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la “transformación” de la estructura lingüística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario “idiota, semianalfabeto y despreciable”, tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente “captatio benevolantiae” que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.
La colaboración del autor con el lector–productor, tiene por lo tanto los caracteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas.
Tal esfuerzo por simplificar, por reducir, por desdramatizar, por hacerlo todo comunicable y sin problemas reales, termina volviéndose una atroz forma de adulación del patrón: así, y para decirlo con sus propias palabras, el guionista, aun despreciando al patrón, y hasta por el hecho de verse obligado por él a un comportamiento miserable, se hace “rufián” a la par suya.
Pero ningún hombre es apriorísticamente tal como el guionista supone que es el productor: ningún hombre es apriorísticamente inferior a nosotros mismos. Y la primera regla moral de un autor consiste en considerar como su igual al lector: y si luego él identifica a ese lector como un productor, también dicho productor no puede sino ser considerado como su igual. Actuar de modo contrario a esta primera y elemental regla moral vuelve a un autor indigno de su profesión.

‘Oficio de contar’ de Antonio Muñoz Molina

antonio muñoz molinaContar historias y escucharlas no es un lujo intelectual al que se entreguen unas cuantas personas con poco sentido práctico: es una fatalidad genética de la especie. Desde que empieza a tener un cierto dominio del idioma un niño no para de preguntar y de inventar y de exigir que le cuenten y de marearle la cabeza con relatos a quien ande cerca. Queremos algunas veces que nos digan la verdad y otras que nos mientan, y con el mismo empeño miramos a alguien a los ojos y le contamos lo que hemos guardado en secreto durante mucho tiempo, y también miramos con fijeza o apartamos ligeramente la mirada para improvisar una mentira. Contamos con palabras y contamos por señas cuando las palabras nos faltan o cuando creemos que ocultamos algo y nuestros gestos o nuestra entonación nos traicionan. Miramos por casualidad una película o una serie de televisión y aunque no tengamos ningún interés si tardamos unos segundos más en pulsar el mando a distancia ya nos quedamos atrapados por una historia, no porque sea buena o mala, sino porque es una historia, porque nos propone una intriga y nos tienta con el cebo infalible de una solución. Contamos en voz alta y contamos por escrito, y algunos cuentan dibujando imágenes o tomando fotos o haciendo películas, o más primitivamente aún, más despojadamente, arañando un nombre en un tronco de un árbol, en el muro de un templo egipcio, en la pared de una celda, imprimiendo una mano abierta en la arcilla húmeda de una cueva paleolítica o en una de esas losas de cemento de las que están hechas las aceras de Nueva York.
Para que no quedara constancia escrita de los poemas que podían mandarlo a prisión Osip Mandelstam los componía enteros en su cabeza y se los recitaba a su mujer para que ella los aprendiera de memoria. La métrica y la rima facilitan una escritura solo mental. Cuando se iba quedando ciego Borges compuso poemas mucho más medidos y rimados que los de su juventud. En vez de aquellas hojas rayadas de cuaderno escolar en las que escribía con una letra de una pequeñez inverosímil, con una pulcritud de ejercicio caligráfico y de miniatura, Borges ensayaba versos en voz alta y medía las sílabas golpeando suavemente con las yemas de sus dedos blancos de ciego. A Emil Nolde, que se sentía tan cercano a los nazis y sin embargo fue incluido por ellos en la etiqueta infamante del arte degenerado, le prohibieron exponer, y también comprar lienzos, pinceles y óleos: lo que hizo fue pintar acuarelas en láminas de cartulina del tamaño de postales, y la pobreza de medios y la limitación del espacio agregaron una fuerza más concentrada a sus visiones sombrías de horizontes marinos y playas abandonadas. Matisse hizo sus prodigiosos collages cuando la penuria de los años de la ocupación lo dejó sin otros materiales.
Estamos tan hechos para contar historias que en cuanto nos dormimos lo primero que hacemos es empezar a segregarlas. El yo no es una figura sólida y estable sino un relato en marcha que la mente está contándose siempre a sí misma, una tentativa permanente por otorgar coherencia y continuidad al laberinto simultáneo de las operaciones cerebrales y a la multiplicación alucinante de los estímulos de los sentidos. El juego infantil del cuéntame un cuento recuento que nunca se acabe con pan y pimiento es la traslación poética y rítmica de esa narración incesante. En un solo vagón de metro, entre las conversaciones de la gente y las divagaciones de los solitarios de mirada perdida y las historias de los que se sumergen en un libro, hay más novelas posibles que en toda una biblioteca.
Los sordos hablan tumultuosamente con las manos. Las historias que no les llegan por los ojos los ciegos las urden con el tacto, el olfato, el oído. El que ha perdido el uso del habla por un accidente o un ataque lo recupera poco a poco, palabra por palabra, como el que aprende a caminar de nuevo, con el mismo empeño sin desánimo.
No callamos ni debajo del agua. No callaríamos ni bajo la tierra. Al cineasta iraní Jafar Panahi lo condenaron en 2009 a seis años de cárcel, a no dirigir películas y a no salir del país durante veinte años. Con la condena en suspenso lo forzaron a quedarse encerrado en su casa, con la amenaza constante de volver a prisión. Cuando lo condenaron, Panahi acababa de someter a la censura un guión sobre la vida de una chica que quiere ir a la universidad a estudiar arte, pero a la que sus padres encierran porque son muy religiosos y les ofenden esas aspiraciones. El permiso de rodaje fue negado. Jafar Panahi no iba a hacer esa película ni ninguna otra. Tenía prohibido salir de su casa. Tenía que quedarse aguardando las noticias probablemente fatídicas que le traerían los abogados.
Entonces decidió hacer una película sobre su mismo encierro, sobre la mordaza que le impedía salir de casa y del país y hacer películas. Sobre la mesa del desayuno puso una cámara digital. Se filmó a sí mismo desayunando y mirando por el balcón hacia la calle que no podía pisar y hablando por teléfono con la abogada que lo mantenía al tanto de sus negras perspectivas penales. Vino a verlo otro amigo cineasta, Mojtaba Mirtahmasb, y le pidió que fuera él quien manejara la cámara. También filmó con la cámara de su iPhone. Filmó a una iguana que anda por su casa con lentitudes de criatura prehistórica y al portero que llama a la puerta para recoger la basura, y a una vecina que quiere dejarle un rato su perro mientras ella sale. Como no podía hacer su película leyó el guion delante de la cámara, se lo contó a su amigo, puso cintas adhesivas en el salón de su casa para delimitar los espacios de las habitaciones en las que vivía encerrada la protagonista de su historia. Describe lo que se vería en cada uno de los planos que no puede rodar: una ventana que da a un callejón, una mujer anciana que se acerca caminando despacio, un hombre joven que la ayuda y que parece que está enamorado de la chica encerrada, pero que tal vez es un agente de la policía secreta… En un momento dado el cineasta deja caer el guion sobre sus rodillas y hace un gesto de capitulación. Entre decir una película y hacerla hay un abismo irreparable.
En las ventanas va atardeciendo, anochece. El amigo se va y la cámara que manejaba queda en marcha sobre la mesa de la cocina. De la calle vienen los ruidos del tráfico y los de los fuegos artificiales de una fiesta de fin de año. Lo que estamos viendo se titula Esto no es una película: no es una broma intelectual, sino un hecho. La última imagen es la calle a oscuras que el cineasta no puede atreverse a pisar. No hay música, casi no hay créditos. El material filmado salió de contrabando de Irán. Proscrito, encerrado, silenciado, de un modo o de otro Jafar Panahi seguirá dedicado al oficio y al vicio de contar.
Antonio Muñoz Molina (foto)

La película ‘Los 33’

Los 33Estaba en mora de decir que me gustó la película ‘Los 33’. Hay que verla. Un drama dirigido por la mexicana Patricia Riggen, que narra los hechos ocurridos en agosto del 2010, cuando 33 mineros, por la irresponsabilidad de los empresarios de la mina ‘San José’, estuvieron enterrados 69 días a 700 metros bajo tierra.
Es una película bien contada, hecha con recursos adecuados en cuanto a efectos especiales y locaciones, que hay que ver. Cuenta entre su elenco a reconocidos actores hollywoodenses, como Antonio Banderas, Gabriel Byrne y Lou Diamond Phillips, y del cine francés y brasileño como Juliette Binoche y Rodrigo Santoro.
Una excelente película. Y no me refiero a la fidelidad de la narración con relación a la Historia, y tampoco a que cada vez que aparece el presidente, encarnado por el actor Bob Gunton, haya una risita burlona entre el público. O cuando éste saca el papel en el que, con magnífica sintaxis, los mineros atrapados informaban: “Estamos bien en el refugio los 33”. Por cierto que no lo saca sino una vez, en una escena que no dura más de 10 segundos; es decir, no fue “el papelito politiquero del presidente Sebastián Piñera”, sino el papel utilitario de la película que cuenta una historia real de manera eficiente.
Pero lo que más me gustó fueron las dos frases al final de la película. Una, denuncia que los empresarios de la mina ‘San José’ no han sido encauzados ‘criminalmente’ (que es la palabra gringa para hablar de ‘penalmente’) De esto no se volvió a hablar, de la impunidad con que actuaron (¿y todavía actúan hoy?) los ‘empresarios’ irresponsables de la mina ‘San José’. La película lo recuerda.
Y la otra frase es otro recordatorio: el gobierno no hizo, y no ha hecho, nada por los 33 mineros. No los pensionó. No los protegió, más que con un par de anteojos oscuros para cuando salieran a la luz del día, y un par de terapias con psicólogo, para las que debían viajar a Santiago cada vez.
Esas dos denuncias que hace la película merecen todo mi respeto. El resto de la cinta tiene algunas adaptaciones, necesarias para encajar una historia con futuro comercial. Pero la película es entretenida, rápida, dramática y con toques de humor. Excelente, me pareció.

‘Tracking’ de Gonzalo Frías

gonzalo fríasOcupado en otros textos tenía aplazado hablar de ‘Tracking’ de Gonzalo Frías. Publicado por ‘Vía X ediciones’, es un libro que rompe los esquemas de la reciente oferta editorial. Sin ser parte del establecimiento literario de los escritores chilenos, Gonzalo Frías ha encontrado un tono íntimo para narrar la vida de un muchacho rodeado de cine. Es él, ese muchacho. Un libro crudamente honesto.
‘Tracking’ (:rastreo) habla de su madre, de su padre, de su abuelo, de su amigo Ricardo Balboa, de don Anselmo –el zapatero que alquilaba películas–, de su abuela y de la muerte. En ese orden.
Sin los manierismos a que nos tienen acostumbrados los escritores ‘consagrados’ de Chile, este texto de Gonzalo Frías es limpio, sin aspavientos, sincero. Eso es: sincero, cualidad que reclamaba Marcelo Lillo a los escritores de Santiago, en una vieja entrevista que debe andar por ahí.
El libro de Frías es una gran reflexión sobre el pasado. Sobre el entorno en que se crece, la gente que se conoce, los padres que nos tocó en suerte y la muerte.
Al final del primer capítulo, escribí mi apunte: “Difícil relación con la mamá. Duro. Texto adolorido”. Dijo Gonzalo Frías: “Yo podría haber maquillado la historia de mi mamá, dejándome a mí como una inocente paloma, siendo la víctima-niño que vivió y sufrió mucho en todo este proceso. No poh, yo fui un concha de su madre como son muchos niños que son muy crueles, y yo no podía obviar eso. Para mí eso es parte de lo que forma la historia, es la verdad la historia”.
En el del padre escribí “Poético”, en el del abuelo no puse nada porque nada vale poner, de lo grato que es. Tampoco puse nada donde habla del amigo, aunque haya subrayados. El texto de don Anselmo es una golosina, y el de la abuela lo encontré “un bonito tributo”. Y al final, escribí “Excelente libro”.
Gonzalo Frías es hijo de Gustavo Frías, un novelista (‘El inquisidor’ y ‘Tres nombres para Catalina Catrala’) y guionista de íconos como ‘Julio comienza en Julio’, ‘Sussi’, ‘Caluga y menta’ y ‘Amnesia’, y de Magdalena Aguirre, profesora de filosofía del colegio La Maisonne, de quien Gonzalo también dice que “mi mamá es Bambi”.
Dice que “mi papá es El Imperio Contraataca; mi mejor amigo es ET; mi abuelo es Los Goonies; mi abuela son miles de películas que se llevó el Alzheimer, pero entre ellas una que recordó hasta el final: “Breve Encuentro”. El libro ‘Tracking’ es mi familia y las películas con que los recuerdo”.
Hay en este texto de Frías una frescura y una limpieza envidiables. Me gustaron pasajes como: …“creo que si Darth Vader le hubiera dicho a Luke: ‘soy tu papá’ y no ‘soy tu padre’, todo habría cambiado en esa version alternative de El Imperio Contratac que es nuestra vida”. O como: “A mi abuela le preguntaba cada tarde qué película quería ver y siempre respondía: ‘Una que no se trate de mucho. De hecho, mientras menos historia tenga, mejor. Que no haya nada que me llame demasiado la atención… Una que no tenga que recordar’”
O como este: “El atardecer es misterioso. Es como el párpado del mundo cerrándose para soñar. Hay un resto de realidad y un comienzo de ensueño. Es la hora amortiguada aquí en el Litoral. Los pájaros tienen su último recreo de la tarde, los Pescadores empiezan a recoger las redes, sus embarcaciones vuelven a la orilla. Van quedando apenas estrías rojizas de luz en los techos y los ventanales del pueblo. En este momento, una música y diálogos de película empiezan a flotar en nuestra casa. Son mis recuerdos”.
No sé si Gonzalo Frías vuelva a escribir. Porque este no parece el libro de un escritor de oficio, sino una necesidad personal que pudo saciar, y de la mejor manera. Pero si lo hace, debe saber que ha puesto un punto alto de exigencia a su propio estilo. Ojalá que lo haga. Me gustaría leer más textos de él y como el de él.