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Impuestos; municipios; Ezzati; Edwards

Cuatro breves comentarios sobre las desgracias que tenemos que vivir en el actual sistema de cosas. Todas, referidas al mundo al revés en el que estamos.

SII. La primera tiene que ver con el extraño, sospechoso modo de actuar del Servicio de SIIImpuestos Internos (SII). Un organismo autónomo que va al garete. Investiga delitos tributarios cuando se le da la gana, y no lo hace cuando no se le da la gana. Se querella contra Juan Pueblo de Curicó por una falta de 13 millones de pesos, pero deja de querellarse contra los señorones (y señoronas) que falsifican boletas por 300 millones de pesos. Un servicio de impuestos que aplaza las investigaciones hasta que prescriben, para favorecer a personas cercanas al poder, como el señor Carlos Ominami. Perdona a los poderosos, y se ensaña contra los desposeídos o quienes tienen menos fortuna.

Municipios. Parece increíble que un boliche de Talca pague más impuestos que una municipiosmultitienda de Cencosud. Pero es verdad. Hay que creerlo. Porque en este mundo al revés que nos quieren hacer pasar por ‘el mundo feliz’, ocurren desfachateces como esta. Resulta que los parlamentarios, que legislan en favor de los poderosos, dispusieron en una ley que las grandes firmas comerciales solo paguen un impuesto: donde está la casa matriz. De este modo, el boliche de Talca paga 60.000 (sesenta mil) pesos de impuesto al municipio, por poner un caso, y Cencosud solo 3.000 (tres mil) pesos. Es obvio que las grandes firmas tienen que pagar impuesto en cada municipio donde se instala. Es obvio. Y pagar el impuesto proporcional a su tamaño. Porque los municipios están urgidos de recursos, por eso también tienen que pagar los centros deportivos, las iglesias, los centros educativos… Es decir, todos los establecimientos que generen lucro.

Asesinos. No contento con encubrir a los pederastas, ahora sale el cura Ricardo Ezzati a obispo-ezzatidefender a los asesinos, a los torturadores y responsables de muchas muertes de gente inocente, que están recluidos en Punta Peuco. Alega el defensor de pederastas que “hay que dejar libres a los ancianitos”. No, no son ancianitos, son asesinos y torturadores, gente mala, que envejeció. No son viejitos, no, son asesinos y torturadores que envejecieron, que es distinto. Y no satisfecho con encubrir los delitos sexuales de sus subordinados, como los delitos del pederasta Fernando Karadima, el cura Ezzati no encontró una mejor causa, que la más alejada de las enseñadas por Jesucristo.

Murió. El señor Agustín Edwards murió. Lo hizo tarde, a los 89 años. Y lo hizo edwardsimpunemente. Como su socio, el traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, murió longevo e impunemente. Ninguno pagó sus crímenes. Murieron, como quiere el cura Ezatti para los criminales de Punta Peuco, en sus casas, gozando de los cuidados que ellos no otorgaron a sus víctimas. Cuando se afirma que el señor Agustín Edwards fue una mala persona, es porque los archivos de la central de inteligencia de los Estados Unidos, CIA, así lo certifican. Fue instigador del alevoso golpe militar contra la democracia, que dejó un reguero de muertos y otro tanto de gente afectada psicológicamente. Actuó contra la democracia, contra un presidente elegido democráticamente. Gústenos o no nos guste ese presidente, como no nos gustó que un día ganara Sebastián Piñera, ese presidente había sido elegido por la gente, en unas elecciones impolutas. Murió, impunemente, Agustín Edwards.

 

AFP mentirosas; Punta Peuco; Beatriz Sánchez

no-afpAFP mentirosas. Por favor, no se dejen engañar por el canto de sirenas de las AFP, que salieron ahora a decir que “mire lo que se perdieron” los que pasaron sus ahorros a los fondos D y E, porque el fondo A ganó, en un solo mes, un millón de pesos. ¡Cantos de sirenas! No les crean. Si ellos mismos promocionan ese fondo A, y el B, como “de largo plazo”. Así que hay una contradicción en sus tontos argumentos. Si en un mes ganaron un millón de pesos, en 15 o 18 años, que es la proyección de las propias AFP, ese millón se va a esfumar. Como ya se ha esfumado para los pensionados que tienen mesadas miserables, con el argumento de que “el mercado” así lo quiso.

De modo que el señor Larraín (¡otro Larraín!) de las AFP no debe mentir, no debe salir con sus cantos de sirena, porque no le creemos.

A ellos, a los dueños de las AFP les interesa que la gente tenga la plata en los fondos A y B, que son los que trabajan intensivamente las acciones y otros papeles volátiles, y de donde ellos sacan sus utilidades (que no traspasan a los ahorradores)

En el 2015 ganaron casi 900 millones de dólares, pero las pensiones promediaron escasamente los 200 mil pesos.

Hoy (no “en esta jornada”, como dicen los periodistas “intelectuales”), hoy, vi la grabación de un energúmeno que se inventó el Canal 13, amenazando a quienes digan que las personas deben cambiar sus ahorros (que son del trabajo de toda la vida) a los fondos de las AFP más seguros o conservadores: los fondos D y E.

Primero dijo ese sujeto que se inventó el Canal 13, que nadie puede hablar de las AFP si no es experto en economía, y segundo, dijo que podía tener consecuencias penales el hecho de exhortar a la gente a cambiarse a los fondos D y E.

¡Para no creer!

Damos por descartada la primera amenaza, porque semejante imbecilidad no resiste ningún comentario. Es tanto como si dijera que nadie puede comprar pan si no es panadero. ¡Qué idiota!

Y sobre el segundo punto, el energúmeno inventado por el Canal 13 dijo esta mañana, hoy, que “en Estados Unidos penalizaban esas conductas”. ¿En Estado Unidos penalizan las recomendaciones de los asesores financieros, o la voluntad de la gente de poner su dinero donde quiere? ¡Mentiroso!

¿A quién quiere engañar ese sujeto que se inventaron en Canal 13?

Quizás se refirió a la penalización que hay por exhortar a “retiros masivos de dinero” de bancos o entidades financieras. Eso se llama “pánico económico”, pero eso es otra cosa.

En Chile nadie está diciendo que la gente retire sus ahorros de las AFP, sino que se cambien de fondo. Pero parece que algo tan sencillo no lo entiende el personaje que se inventó el Canal 13.

Valga reiterar el llamado del movimiento ‘No+AFP’, que apoyamos enteramente: ¡Todos los chilenos deben sacar sus ahorros de los fondos A, B y C y ponerlos en los fondos D y E!

Hay que hacerlo ahora mismo. Pasen la voz.

Por una sencilla razón, a pesar del energúmeno que inventó el Canal 13: son fondos de una más baja rentabilidad, es cierto, pero más seguros en el largo plazo, que los fondos A y B.

¡Fuera ese idiota que se inventó el Canal 13!, que no solamente obliga a que la gente tenga sus ahorros en las AFP (porque no hay alternativa, excepto la que gozan los de las fuerzas armadas, que no se comen el cuento de las AFP y tienen unas excelentes pensiones, que promedian los 700 mil pesos), sino que, además, nos obliga a tener los ahorros en los fondos A, B y C. Y este intento de extrema coerción se llama… ¡fascismo!

Punta Peuco. Decir solamente que resulta macabro el show que se han inventado los Punta-Peuco2pinochetistas sobre las indulgencias para los presos enfermos de Punta Peuco. Se rasgan las vestiduras y gritan que es parte de los derechos humanos dejar libres a esos presos enfermos. Obviamente nos oponemos a que salgan esos presos. Y decir que no son “viejitos enfermos que están presos”. “Abuelitos”. No. No son viejitos ni abuelitos, sino asesinos, criminales, torturadores que se volvieron viejos. Son asesinos, torturadores y criminales que deben estar tras las rejas. Eso es todo. Lo demás es intentar tergiversar algo tan sagrado, como los derechos humanos. Pero los derechos humanos obran para las personas de bien.

Beatriz Sánchez. Simplemente saludar la presencia de Beatriz Sánchez, una periodista beatriz-870x480que ha hecho honor a la profesión, y ahora se presenta como opción electoral del Frente Amplio en las próximas elecciones presidenciales. Saludamos su presencia porque eso le hace bien a la Democracia. Algunos podrán burlarse diciendo que solo es “un testimonio” o “una aprendiz” o “alguien sin experiencia” que no merece atención. ¡Cínicos! Ni los testimoniales, ni los aprendices de política, ni los sin experiencia, son responsables de las pensiones miserables de las AFP, de la educación y la salud caras, de las desigualdades sociales y económicas. De modo que la presencia de Beatriz Sánchez, como una opción presidencial sensata, es bienvenida.

 

Canal 13 desinforma; Selección del ‘bautizazo’

canal 13 logoDesinformación. Quienes vieron ayer temprano (“ayer”, no ‘la jornada anterior’, como ridículamente dicen los ‘periodistas’ actualmente) las noticias del Canal 13, asistieron a un acto de manipulación informativa. Plantearon el tema de ‘la marcha contra las AFP’, o la marcha ‘No + AFP’, pero en lugar de invitar al coordinador o a un vocero de la marcha, invitaron a un directivo de las AFP, a quien le hicieron las preguntas más bobaliconas posibles. El tipo se lució vomitando su conocida verborrea: que las AFP son una maravilla, que las AFP son lo mejor en la vida de los trabajadores, que las AFP son empresas sacrificadas para dar la mejor pensión posible, que, al contrario, antes que acabarlas, lo que los trabajadores tienen que hacer es aumentar la cotización, y, de paso, el gobierno debe aumentarles la edad de jubilación. ¡Qué cinismo! Todos sabemos que las AFP son empresas de lucro empresarial, en las que unos cuantos del ‘directorio’ se vuelven ricos. Tienen sueldos millonarios, y bonos multimillonarios, a costa del espinazo roto de los trabajadores, quienes, al final, obtienen unas pensiones de miseria. Hay que agradecerle, una vez más, al señor Ricardo Lagos Escobar, que apuñaló a los trabajadores autorizando a las AFP a deducir, de las utilidades de los cotizantes, las pérdidas generadas por mala administración de las AFP. (¡Qué nefasto ha sido este señor Ricardo Lagos Escobar!) Así que, eso que vieron ayer en el Canal 13 (no “la jornada anterior”, como dicen los ‘periodistas’ mediocres) es un típico caso de desinformación. Pusieron un título y hablaron, exactamente, de lo contrario, en un claro intento de desprestigiar la marcha, minimizarla, desconocer su valor. El título era ‘la marcha contra las AFP’, y el invitado era ¡uno de los señorones de las AFP! Como si se dijera que van a hablar del joven que fue golpeado y malherido, e invitan a hablar de eso a quienes lo golpearon y enviaron a la clínica malherido. Caso de desinformación, o mala fe, en el Canal 13.

Selección. La Selección de Fútbol es el mismo grupito del ‘bautizazo’ del 2011. El ‘bautizazo’, seleccion-chilena-logo-9C29A41C68-seeklogo.compara quienes no lo saben, fue un acto de indisciplina en el que se reveló la inclinación alcohólica de varios seleccionados: Arturo Vidal, Gonzalo ‘El asqueroso’ Jara, Jorge Valdivia, Carlos Carmona y Jean Beausejour, entre los principales. A duras penas, y después de muchos reclamos, llamaron a nuevos integrantes. A Esteban Paredes, por ejemplo, quien hace varios años debió estar ahí jugando, pero ese grupito, con mentalidad de mafia, no lo permitía. Porque siguen siendo esos mismos del bautizazo los seleccionados de hoy. Ellos son los que mandan. Cuando quieren jugar juegan, sea cualquiera el técnico. Y ahora que hoy enfrentan a Venezuela no pueden ir dándoselas de ‘bicampeones’. Venezuela, así esté de último, también tiene hambre del Mundial de Rusia. Al fin y al cabo, Venezuela y Chile son del mismo grupo de repechaje. Si gana Venezuela, sigue con vida. Si pierde, todo terminó. Exactamente la misma situación en la que está la Selección del bautizazo.

Partidos minoritarios; milicos; codicia

logosRefichaje de minorías. Resulta increíble la abrumadora minoría que son los partidos políticos en Chile. Su militancia suma, apenas, 158.228 almas, de acuerdo con el reporte del Servicio Electoral, Servel. La cifra fue posible conocerla, por la obligación de los partidos de ‘refichar’ sus inscripciones, o ‘recontar’ sus militantes. En un país de ¿dieciocho millones de habitantes? (no lo sabemos, porque el censo del presidente Sebastián Piñera fue un fiasco imperdonable), que once (11) partidos reporten una militancia de apenas 158.228, ¿no es, más o menos, ridículo para una democracia? Son partidos por completo débiles. Endebles. Casi inexistentes. Ninguno puede mirar por encima del hombro a otro, como lo hace la Democracia Cristiana con sus socios de la Nueva Mayoría, o como lo hace la Unión Demócrata Independiente con su socio Renovación Nacional. Todos, sumados son, vergonzosamente, el 0,88% de la población. De acuerdo con Servel, los registros de sus militantes son los siguientes:

Partido Socialista 26.017 fichados

Partido Progresista 19.517

Evolución Política 19.337

Democracia Cristiana 15.093 (1.403 por revisarse)

Partido Regionalista Independiente 17.558

Unión Patriótica 15.927

Partido Comunista 11.919 (4.633 por revisarse)

Renovación Nacional 9.780

Unión Demócrata Independiente 8.425 (1.511 por revisarse)

Partido Por la Democracia 7.460 (2.226 por revisarse)

Partido Radical Socialdemócrata 7.195

Los milicos. Una vez más, las fuerzas armadas (militares, armada, aviación y policía) viven LOGO FFAAen otro mundo. No solo porque tienen un poco distorsionada su misión nacional, sino porque la justicia para ellos corre de otra manera. Hoy día, en medio de los escándalos por robos al erario que surgen aquí y allá, resulta que los delitos de los militares (digámoslo así, en forma genérica, ‘los milicos’) prescriben con otros tiempos. Se supo, a raíz del robo de varios miles de millones de pesos en Carabineros, que cuando el país creía que, individualizando a esos delincuentes que actuaban camuflados con el uniforme policial, deteniéndolos y poniéndolos a órdenes de la justicia, habría sanción ejemplar. Pero no. Resulta que, para todo el mundo en Chile, los delitos económicos prescriben en 4 años, pero para los militares en 6 meses. ¡Seis meses! Roban en enero y, si no los pillan, en agosto ya no pueden acusarlos de robo. Así es la cosa. Acaso ¿todavía vivimos bajo la égida de los milicos? O esto es una democracia, también para aplicar la justicia. ¡Qué vergüenza estas gabelas para quienes delinquen con un uniforme de las fuerzas armadas puesto!

Codicia. Ridículamente sobreabundante ha sido el cubrimiento periodístico de la codicia3extradición desde Rumania, y la llegada a Santiago, del delincuente Rafael Garay. Sí, estafó (pero judicialmente falta que se lo prueben) más de 2.000 millones de pesos, pero no ha sido tratado como un delincuente, sino como un rock star. ¡Todos los canales ‘abrieron transmisión’, ininterrumpida, para informar de la llegada y traslado ante la justicia del delincuente! Para semejante acontecimiento, basta con un informe de 5 minutos (y es mucho), cada cierto tiempo.

Pero, además, vale anotar que, de alguna manera, lo están juzgando por la misma motivación que tuvieron sus víctimas. Me explico: sí, estafó. Lo hizo motivado por la codicia. Pero también por codicia fueron timadas sus víctimas. Él les prometió un cerro de plata en corto tiempo, y los codiciosos acudieron como abejas a la miel. Sí, son víctimas, pero subyace en ellos una intencionalidad torcida: la codicia. Su deseo, su apetito ansioso y excesivo por tener dinero fácil los llevó a entregarle al delincuente, codicioso como ellos, altas sumas de dinero que, tontamente, creyeron que el delincuente les iba a duplicar, a triplicar, a cuadruplicar, en cuestión de semanas. Y tuvieron su merecido.

‘La necesidad de ser hijo’ de Andrea Jeftanovic

andrea_jeftanovicCómo me iba a servir de tales platos distantes / esas cosas, cuando habráse quebrado el propio hogar, / cuando no asoma ni madre a los labios. / Cómo iba yo a almorzar nonada. (César Vallejo)

Nací entre frases de pésame, “ya todo se arreglará”, “van a salir adelante”, “un hijo siempre es una bendición”, “todo ocurre por algo”. Yo me pregunto: ¿Por qué no te pajeaste al lado? ¿O terminaste afuera? ¿Qué hacía un pendejo en uniforme escolar recibiendo a su hijo en el hospital? ¿Y una cabra chica a quien casi se le desgarra el útero por hacerse la grande? ¿No había una farmacia cerca? ¿No escucharon nunca el cuento de la semillita? ¿No podían tomarse la temperatura y enterarse del día de ovulación? Perros calientes; y les caí yo de regalo inesperado para siempre. Nací parado, a punto de asfixiarme, amenazando con rajarle las entrañas a mi mamá, obligando a una cesárea de urgencia que nos salvó la vida a los dos. Después, como si fuésemos tres hermanos, compartimos la misma habitación, incluso la misma cama. En ese tiempo, ¿quién lloraba más, ustedes o yo? No los dejaba dormir con mis berridos. Mi papá dio sus pruebas globales en vacaciones, mi mamá rindió exámenes libres el año siguiente. A ninguno le fue bien en la prueba de ingreso a la universidad.

Pero ustedes no eran un par de adolescentes cualquiera, ustedes querían hacer la revolución, entonces yo era un doble obstáculo, para vivir su juventud y para hacer política. Nací escuchando música de la nueva trova, rock de los setenta, cultivando el oído con tanta melodía distorsionada. Las primeras palabras que aprendí fueron: valores, ideología, partido, pueblo. Todas palabras que imaginaba que mis padres pronunciaban en mayúsculas.

El verano siguiente papá se fue al sur por una reunión de las juventudes del partido, no supimos nada de él durante tres meses. Un vecino comenzó a rondar a mamá. Traía libros, escribían pancartas, iban a reuniones clandestinas -a las que yo también asistía con mi cuaderno para colorear. Una mañana la vino a buscar con un pañuelo que le tapaba la boca, lo llevaba tan mal puesto que, más que una estrategia de clandestinidad, me parecía un vulgar juego de seducción. Esa noche se quedó a dormir. A través del tabique de la habitación sentí los gemidos y las risas de dos personas que se gustan. En una artimaña evidente, regresó al día siguiente con un regalo para mí, una pista de autos que hacía bastante ruido. Yo pensaba que un tren hubiese sido mejor, con sus pitos intermitentes y sus ruedas sinuosas. Cuando regresó papá, hubo una fuerte discusión de la que se enteraron todos los vecinos, eran lanzadas como boomerangs las grandes palabras de siempre: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. No sé si en ese orden, pero sí con esa frecuencia: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. Yo dibujaba una estrella con cinco puntas y hacía marcas en cada repetición.

Las reuniones clandestinas terminaban en tragos y parejas durmiendo en la alfombra de la sala de estar. Una vez, un padrastro con quien me había encariñado se apareció en la casa, pero con barba, peluca y acento uruguayo. Yo lo miraba de reojo, lo evocaba roncando en la cama de mamá, mientras ahora lo escuchaba haciéndose el estratega de alguna operación comando. De ahí en adelante, comenzamos a ser la familia cromosoma 21: dos madres, tres padres, cinco abuelos, tíos multiplicados por doquier. Viví en varias casas, en pensiones transitorias, en apartamentos abandonados.

Cuando le preguntaban a mamá por qué no había estudiado, carraspeaba y me indicaba con el labio inferior. Era un gesto tan feo que ni siquiera puedo imitarlo. Era un poco injusta la acusación, si ellos se arriesgaron, poco tenía yo que ver con eso. Con el tiempo he comprendido que simplemente primero estaba el hombre que amabas de turno, luego la causa política y, por último, yo.

Nada odiaba más que la palabra misión, significaba que mi padre o mi madre estarían fuera bastante tiempo. Ante mi resistencia y llantos, repetían la frase mágica: “órdenes del Partido”, “órdenes del partido” decía yo, con minúscula. La frasecita aquella era la respuesta a todo: cambios de casa repentinos, ausencias, separaciones familiares, intercambio de parejas. Tiempo después, entre los muebles procedentes de alguna mudanza, leí la noticia de un atentado fallido y los nombres de las personas capturadas, comprendí, una tarde bochornosa, que mi padre estaba encarcelado en un cuarto angosto con el sol dando oblicuamente contra los cacharros. Creo que me desmayé mientras los niños sudaban en el espejismo de la canícula de las cuatro de la tarde. Nunca me atreví a verlo en prisión. Todos llegaban tras las visitas moviendo la cabeza, comentando lo delgado que estaba. Prefería mantener la imagen del hombre nervioso, que fumaba cigarros haciendo un arco con la mano en la frente. Tenía una foto de papá debajo de la almohada, y le hablaba en voz baja todas las noches.

Cuando salió libre se quedó en casa. Lo noté más suave en el trato con nosotros, los gestos, el tono de voz. “¿Qué pasa entre tú y mamá?”, pregunté. Los dos se encogieron de hombros, ensayaban frases sin decir nada con sentido. Imagino que debe de ser difícil que un hijo te mire con tanto desacierto esperando la respuesta de dos padres desorientados. Ella se asomó al pasillo, hizo café, me indicó un espacio en el sofá. Me contó que lo estaban intentando otra vez. “¿Qué cosa?”, dije. “El estar juntos, ¿no te alegra?”. Pero como era de esperar, la felicidad fue muy frágil. Un día mamá llegó solemne para anunciar: “Me voy un año a la Unión Soviética. A tu padre lo envían a Rumanía, es peligroso que siga acá, lo van a tomar preso de nuevo. Te quedarás con Marta, estarás bien con ella”. La miré fijo sin entender qué sucedía en mi interior, cuando conté el segundo doce salí dando un portazo.
Jamás viajé con ustedes. Ya en mi época circulaban varios mitos relacionados con los hijos de los militantes. El fantasma de la operación Peter Pan arruinaba todos los deseos de mi madre de ir con ella. Decían que, en Cuba, la cia había echado a correr el rumor de que el régimen se apropiaría de los niños. Cientos de padres atemorizados enviaron a sus pequeños en aviones a hogares y orfanatos estadounidenses. Los testimonios fueron dramáticos, años de separación, niños que crecieron solos, abusos, chicos con ataques de pánico, identidades confusas. La otra historia era la de los hijos de los montoneros argentinos que pasaron su primera infancia en una guardería infantil en La Habana. Familias con muchos niños y pocos adultos, lo que no dejaba de tener algo de paraíso de juegos y libertades.

Pasé mis catorce años coleccionando billetes de rublos con letras en cirílico, estampillas con el rostro de Lenin, todo esto en la habitación de la amiga de mamá que me acogió en su casa. Ustedes viajaban por todo el bloque socialista y me enviaban postales. Mi padre se reunió con el Josip Broz Tito o Mariscal Tito, recibí un sobre con el sello Socijalistička Federativna Republika Jugoslavija y un billete de veinte dinares. Me hice coleccionista de billetes y estampillas por desesperación. Salía al camino del cartero con la respiración contenida, no alcanzaba a tocar el timbre y yo tendía la mano para recibir los sobres extranjeros con tres sellos y dos timbres de egreso e ingreso. Cada vez conocía más nombres, ciudades, países que localizaba en un mapamundi colgado en la pared. Cortaba la estampilla, la ponía en agua hasta soltar el pegamento y la incluía en un álbum de hojas de cartón y pliegos de papel diamante, intercalados.

Mientras picaba unas zanahorias para la cena, le pregunté a Marta cuál era su rol en el partido. “Cuidar a los niños de los camaradas que están en misión es cuidar la organización”, me respondió mientras tarareaba una canción de Silvio. Marta tenía una hija de diecisiete años, Lili. La contemplaba sin poder disimular mi fascinación por sus pestañas largas, sus piernas firmes. Ella, más concienciada, traía información y me decía: “Te voy a hablar con la verdad”. Le pregunté por su papá, me indicó una imagen fotocopiada en la pared: el rostro borroso de un hombre con una frase al pie: “¿Dónde están?”. Conocía la pancarta y no dije nada. De venganza, ella me reveló que yo era un “hijo del toque de queda”, lo que no me causó mucha gracia. También me enteré de qué pasaba con los niños cuando su familia era secuestrada: los enviaban fuera de Chile, a unas casas colectivas en Suecia o en Francia. Supe lo de los campos de detención en la ciudad y a las afueras, de las cartas de petición de asilo en las embajadas, me sabía el nombre de cada una de las víctimas de la Caravana de la Muerte. Fui la mascota de esas dos mujeres, me alimentaron, me abrigaron, intentaron construirme una vida normal.

Mi primera experiencia fue con Lili. Aún tengo la escena en la retina, buscando explosivos en la bodega del patio trasero para terminar desnudándonos a tirones. Nos unía una biografía atípica, con la inocencia propia de la niñez, pero atravesada por la decisión de nuestros padres de empuñar las armas. Le pregunté si tenía algún recuerdo de su padre, “ninguno”, me respondió con rabia, mientras me pasaba una estaca. Hicimos una carpa arrimada a una pared de la bodega, juntamos palos, cachivaches y armamos nuestro hogar. Aquél era un lugar aparte, con leyes propias. Un lugar donde no entraban las miradas de los padres ni la de las madres. Cuando Lili me desnudaba iba notando las pelusas bajo mis axilas y una línea larga y estrecha de pelos castaños que me descendía por la barriga hasta abajo. A veces yo tenía un olor ácido que ya era de adulto. Me daba una especie de lección sobre palabras obscenas. Me conseguía revistas pornográficas y libros, me exigía que aprendiera de memoria algún poema del Siglo de Oro, que luego le susurraba al oído. Lili tenía un calendario en el que marcaba un día con un círculo y los siguientes cinco con una elipse. Esos días nos tocábamos con la adrenalina de lo prohibido, hacíamos maniobras al filo y me apartaba cuando yo pasaba la frontera. Siempre sentí que lo hizo como una misión más, pero con la dedicación de una disciplinada militante, mi aprendizaje amoroso estaba en sus manos.

Conformábamos una organización, como todo lo de ese tiempo; ella era la jefa, yo el subordinado. Reñíamos contra los malos, que eran los militares, en función de los buenos, que eran nuestros padres. Después, nos abocábamos a las lecciones del deseo: cómo presionar la mano en el lugar secreto, oprimir el botón con movimientos circulares como si fuera el joystick de un Atari, dejar el dedo en esta posición, contener la brusquedad, saber esperar, reconocer la apropiada humedad, dar besos con lengua sin rozar los dientes, buscar aquel intenso espasmo con los ojos cerrados en un prado.

Marta no preguntaba, ni siquiera creo que sospechara del tenor de nuestra convivencia, me veía como un niño de catorce años, y a su hija como una mujer de diecinueve. Además siempre estaba ocupada, atendiendo visitas, tecleando documentos. La recuerdo sentada en el suelo, con la máquina de escribir Olivetti sobre las piernas y los cigarrillos a mano, hablando con extranjeros, diplomáticos o intelectuales, en dos o tres idiomas distintos, de los que transitaba de uno a otro con una mínima torsión en los labios. Debo reconocer que en algún punto me conmovía ese ambiente de solidaridad y urgencia. Había ilusión en ese desfile de manos que apretaban documentos con firmeza y salían por la puerta principal. Más de algún visitante preguntaba si yo era “hijo de”. Marta asentía, me lanzaban una ojeada solemne, yo sentía una mezcla de autocompasión y orgullo.

De regreso de su largo viaje ruso, que duró casi cuatro años, mamá venía casada con el vecino. Había cambiado su forma de vestir, usaba un gorro de piel y pañuelos de seda. No sabía si recibirla con un frío beso o abalanzarme sobre esta mujer tan bella. Fue difícil tener que simular ser una familia con un hombre que siempre me cayó mal. Yo, en ese entonces, era un temprano adolescente y sabía que cuando me sentaba en la mesa no me veían a mí, sino a mi padre. Su genética dominante hacía presente a un progenitor que brillaba por su ausencia. Sé que mi extremo parecido físico, unos gestos insospechadamente heredados, despertaban cierto rechazo. Pinchaba la comida con el tenedor y me la llevaba a la boca, con la cabeza hundida en el plato para evitar miradas ambivalentes. Así me blindaba de los que imaginaba eran sus pensamientos internos: “Ahí está el hombre que la dejó embarazada, el que nunca envía dinero, el que nunca se sabe dónde está”. El joven revolucionario se había convertido en un ordenado funcionario de alguna ong ecologista en Estados Unidos, que continuamente quedaba cesante entre proyecto y proyecto o entre asesoría y asesoría. Yo no existo o existo para nadie, me disuelvo entre los trastos, soy una cosa en un rincón, a veces me descubren en la sala arreglando antiguos juguetes. Mi madre y su nuevo marido siempre cenaban con vodka, tras el primer vaso se confundían y hablaban de precios en rublos, cantaban en ruso, y para el segundo vaso confundían escudos con rublos entre risas contagiosas. Sabía que era momento de caminar a mi habitación y dormir con los audífonos puestos. Me dedicaba a escuchar canciones “sin mensaje”, toda esa música que mamá definía con cierto desprecio.

Cumplía unos meses viviendo con ellos cuando ocurrió el atentado a Pinochet, era un domingo, tomábamos once, un extra del noticiero 60 minutos nos sobresaltó. En la mañana había traído mis cosas, almorzamos juntos, y ahora seguíamos con la once en un esfuerzo por retomar cierta cotidianidad que fue interrumpida con expresiones de espanto y decepción. El vecino, nunca fue mi padrastro, insultaba a los responsables por la mala puntería. Mamá estudiaba cuál debería ser la reacción adecuada frente a su hijo, escondía su felicidad, su culposa felicidad. Se le escapó un “por fin le pasa algo a ese conchesumadre”. Yo seguía concentrado en la marraqueta con mortadela. El vecino se daba vueltas lanzando frases iracundas: “tantos años adiestrándose, para qué”, “huevones flojos, poco profesionales, seguro que usaron granadas caseras”. Mamá cambió el tono, “no es la vía, ahora habrá más represión”. Otro domingo gris, varios escoltas muertos, los ojos de hurón del nieto de Pinochet con unas magulladuras por las esquirlas de vidrio. En la noche se pronunciaban una y otra vez las palabras: guerrilla, Nicaragua, subversivos. No sé por qué sentía gran angustia y fui a ver a Lili, ella estaba también consternada, nos encerramos en la habitación, tuvimos sexo, no hubo tiempo ni cabeza para pensar en precauciones. Sólo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. No miramos el calendario, necesitábamos protegernos del futuro.

Mi padre vino a mi graduación de cuarto medio, por fin le quitaban la letra L del pasaporte y entraba por Policía Internacional más viejo, con la típica gordura gruesa de los gringos, ropa de buena calidad pero de otra época. En la cena posterior a todos los discursos y formalidades por fin tuve a mis padres juntos después de años. Les pedí que guardaran silencio, que no me interrumpieran. Es mi turno, me toca hablar a mí, los he escuchado por años.

Les diré, a su juventud la confundió la revolución. Primero, los trajines de la emergencia diaria. Vivir entre bombas, hombres repartidos entre los escondites, metrallas nocturnas, estado de sitio, toque de queda. Luego los amaños y la nueva escasez, los libros quemados, el despojo de las pertenencias, el escondite en la callejuela. Pero saben, ustedes llegaron tarde a la revolución, veinte años después, insistiendo tozudamente en algo que no resultó, porque la naturaleza humana es imperfecta. ¿Hubo alguna vez igualdad entre los ciudadanos de un mismo país? ¿Hubo en todas las personas la misma fuerza y convicción de trabajar para los demás?
A la distancia, creo que se les mezcló la efervescencia de la juventud y la revolución hormonal, porque los camaradas eran también pareja, los grandes amores duraban, como mucho, unas semanas y ya había alguien nuevo para proyectar la misma revolución, pero con mayor intensidad. Ahora sospecho de su valentía, creo que corrieron riesgos innecesarios, encontraron una forma de canalizar la adrenalina juvenil, pusieron en la “causa” sus problemas personales, su inestabilidad emocional. Se creyeron los mesías del futuro, portando armas, vistiendo camuflados, hablando siempre del futuro en primera persona del plural. Jugaron a la guerra, pero con los soldados de plomo del damero familiar. No, no me miren así. Sí, confieso que hay algo de admiración, ¿pero por qué no vieron en mí a un soldado para sus tropas? El saldo para ustedes no fue tan malo, aprendieron idiomas, estudiaron posgrados con becas de organizaciones internacionales, ganaron prestancia internacional. Mi existencia resultó irreconciliable con sus metas políticas. Son un ejemplo para los demás; para mí, unos egoístas. Vengo de un largo trayecto de abandonos, no soy el único en el mundo, lo sé, no lo presumo, pero no me puedo liberar de mis sentimientos. De mis deseos de contar con ustedes cuando no estaban. Hay una enorme necesidad de ser hijo. Pero nadie se quedó conmigo como primera prioridad. Entiendo, ustedes creen que hicieron lo que debieron: llegar hasta las últimas consecuencias. No los quiero juzgar por tener motivaciones distintas. Pero me parece que ambos pecaron de soberbia, arrojo, falso heroísmo. Pobres diablos, son un cóctel de todo eso. Hubo un esplendor de bocas engreídas con consignas trasnochadas, de recelos infinitos de cómo se debe vivir. Debieron haber dado un paso al costado y dejar pasar la fila de muertos, ¿qué se iba a lograr con sus tímidos esfuerzos? En fin, cada quien tiene su mentira vital, sin la cual la inexistencia diaria y acostumbrada se desmoronaría; la de ustedes consistía en simulacros de valentía, de lucha colectiva. Cómo nos van cobrando a todos el alquiler del mundo que habitamos.

El tiempo que siguió no me dio tregua. Mi padre regresó a Estados Unidos, mi madre tuvo un accidente vascular que la dejo hemipléjica y con daño cerebral severo. Me sentaba junto a ella y contemplábamos el horizonte. Yo hablaba y hablaba. Tengo una sospecha de un mundo mejor. Alejémonos de la cocina. Distanciémonos de los vasos, las cucharas, tus fotos de jovencita guerrillera en el refrigerador. No, busquemos los boletos de bus, los mapas, las maletas con ruedas, los manifiestos, los afiches del Che Guevara. Mírame sin parpadear. Lili me telefoneó con un “parece que, ven urgente”. En menos de una hora estaba en su casa, en la que por cuatro años viví años tan especiales. Me esperaba con un kit comprado en la farmacia. Me dio un beso desabrido y entró al baño. Sentado en la cama despliego el instructivo del test, dice que mide la presencia de una hormona en la orina llamada Gonadotrofina Coriónica Humana o de subunidad hcg. Los cinco minutos de espera se me hacen infinitos. Pienso en mi infancia, en las postales, en Socijalistička Federativna Republika Jugoslavija, en los “¿dónde están?”, en la marraqueta con mortadela, en las estampillas de Stalin, en la carpa del amor, en la máquina de escribir Olivetti. Lili viene hacia mí con la tira marcada con un signo positivo en rojo entre dos orificios, a mí que no me gustan las sumas ni las restas. Y claro, una metralla de recriminaciones: ¿Por qué no me pajeé al lado? ¿O terminé afuera? ¿Por qué sigo siendo un perro caliente? Pienso en la enorme necesidad de ser hijo antes de ser padre. Siento una gran arcada y no sé en qué ideología disfrazar mi desgano de ser padre.

Andrea Jeftanovic (foto)

3 mujeres y 2 hombres, Mega y Luis Enrique

mon-laferteLo mejor. Me pregunta Aristarco, extemporáneamente, por lo mejor del Festival de Viña 2017. Le dije que, en general, me había gustado la programación y el cambiante back ground luminoso del escenario, saber que el vestido de la animadora no era tema nacional en los canales de televisión y la buena disposición del ‘monstruo’ con todo el mundo. Ya no es ‘monstruo’, sino gatito nomás. Y, en particular, me gustaron las presentaciones de 3 mujeres y 2 hombres. Las mujeres son: Olivia Newton John, Isabel Pantoja y Mon Laferte (foto). Los hombres son: Juan Pablo López y Fabricio Copano.

Líder. El canal Mega (logo) sigue siendo, en febrero, líder en sintonía nacional con 8,5 puntos megaoficialde rating. Le siguen: Chilevisión con 7,3; Canal 13 con 5,5; Tvn con 5,0 y La Red con 0,9 puntos de rating. En cuando a los matinales, Mega también lidera la franja con 5,9 puntos de rating, frente a Canal 13, en segundo lugar, con 5,6 puntos, Chilevisión con 5,1 puntos, Tvn con 3,7 puntos y La Red con 1,0 punto.

Cambios. El canal Mega también fue pionero en el empleo de un grupo enorme de panelistas en su matinal ‘Mucho gusto’. Lo comentamos acá, sin poder definir qué tan bueno era tener tanta gente, variopinta, durante tanto tiempo en pantalla. Muchas de esas personas sin ton ni son. Haciendo bulto, nomás. Pues bien, se habla de un recorte de personal en el matinal. Salen Karen Bejarano, cero aportes, y también Manú González, de quien se esperaba más. Fuentes de La Red afirman que también será eliminado el abogado Daniel Stingo. La salida de estas personas ocurrirá mañana viernes.

Luis Enrique. Otro que sale es el técnico del Barcelona, Luis Enrique Martínez García (foto), RUEDA DE PRENSA DE LUIS ENRIQUEque conocemos como Luis Enrique simplemente, que fue jugador de mitad de cancha y delantero del Real Sporting de Gijón, Real Madrid y el propio Barcelona. De ingrata recordación por su actitud displicente para con el portero chileno Claudio Bravo, quien sufrió con él un enorme desgaste sicológico y profesional. Se rumora, con mayor insistencia, que su reemplazo será el argentino Jorge Sampaoli.

Cierto humor en la Quinta Vergara: ‘Chiqui’ Aguayo

chiquiSolo quiero referirme a dos elementos de reflexión, a propósito de la actuación de la comediante Daniela ‘Chiqui’ Aguayo (foto) en la Quinta Vergara, en el Festival de Viña del Mar 2017. Solo mencionarlos, porque es difícil comentar cuando, en su defensa, se apela al sexismo.

Si se considera que fue vulgar su rutina de humor, se contraataca diciendo que es “un comentario machista”, porque, obvio, ella es mujer. Y también se contraataca diciendo que “en mi casa hablamos así”. O, “¿quién en Chile no habla a los chuchazos?”

Se contraataca diciendo: cuántos humoristas han estado en Viña que han dicho chuchadas, pero nadie les dice nada “porque son hombres”. Entonces, ¿qué más decir? Se cierra toda opción. Se descalifica el comentario.

O sea, una vez anulado el comentario con aquellas declaraciones, el resultado, tácito, es el de que la humorista resultó genial. Y no creo que sea así. ‘Chiqui’ Aguayo ni siquiera es la mejor del programa ‘Minas al poder’, un humorístico del canal Chilevisión, protagonizado por mujeres, más un hombre adulto vestido de mujer y un joven travestido.

Esa defensa, entonces, y esa previsible conclusión, no son verdad. Todo es un truco de ideas. Y así, es muy difícil comentar sobre una rutina que puede considerarse vulgar, en un escenario específico como el Festival de Viña, televisado para hispanohablantes.

Sin embargo, decir que sea hombre o mujer, si se apela a la vulgaridad, al chuchazo, a la facilidad del chiste obvio, hay que señalarlo, aunque no le guste al(la) comediante.

Y decir también que, después de tanto esfuerzo de muchos comediantes y libretistas en los últimos años, por conseguir una narrativa con efectos humorísticos, situaciones escénicas chistosas, discursos graciosos y gracejos, sin apelar a la palabra o el gesto vulgar, es triste que asistamos a este retroceso. Volver a la chabacanería.

¿El humor puede (¿debe?) avanzar hacia modos menos básicos para ganar una carcajada, o una sonrisa?

Referido lo anterior, en segundo lugar, preguntarse también ¿qué tanto ha cambiado el público, el “monstruo”? Porque, al fin y al cabo, rió a mandíbula batiente en algunos pasajes de la rutina de Daniela ‘Chiqui’ Aguayo.

Es decir, había en esa risa una aceptación, una aprobación de lo que estaba diciendo la comediante, una aceptación del lenguaje en que estaba dicho esa clase de humor. Es más: le otorgó las gaviotas de plata y oro.

Aparentemente, este público ya no es un “monstruo”. Es más permisivo. O más comprensivo. O más compasivo. Un gatito nomás.