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‘El silencio de los malditos’ de Carlos Pinto

ScanHubo un tiempo en que su programa ‘Mea culpa’ era insignia de sintonía. Cualquier otro programa que se le enfrentara, en el mismo horario y otro canal era, literalmente, barrido. Alguien dijo que su programa era un transatlántico, para significar su enorme peso específico y su trascendencia. ‘Mea culpa’ son historias de criminales, bien contadas en la televisión. Excelentemente contadas. Con toda la carga emocional que pueda tener un suspenso y una trama de los archivos policiales.

‘Mea culpa’ es una creación de Carlos Pinto, que duró muchos años flameando. Por eso, cuando anunciaron que había escrito una novela, me interesé. Sabía que se trata de dos lenguajes muy distintos: el de la televisión y el de la literatura, pero quise tener un concepto de primera mano, comprando su obra.

La tituló ‘El silencio de los malditos’ (ilustración) inmediatamente lo hace decir a uno, o pensar, en la expresión “el silencio de los inocentes”. Y esta expresión es el título de la película de Jonathan Demme, en la que actúan Jodie Foster, Scott Glenn y Anthony Hopkins. Ya es un clásico del cine de terror. Cuenta la historia de un brillante psiquiatra, llamado Hannibal Lecter, quien es, también, un asesino en serie. Y un caníbal.

Así que el título ‘El silencio de los malditos’ no parece afortunado.

Bajo el título se indica que es una “novela inspirada en hechos reales”, lo cual, a la novela, como género, le importa bien poco. Es tendencia de los últimos años apoyar la ficción en hechos reales, presentes o históricos, pero la novela, por definición, es ficción. Idealmente, una ficción metafórica de la realidad.

De modo que estamos frente a las 384 páginas del libro publicado por el grupo editorial Penguin Random House, en las que un periodista narra ciertos eventos que le fueron narrados por un asesino de ocasión.

La historia, pues, puede ser una cualquiera de su magnífico programa de televisión ‘Mea culpa’. Y está narrada en un lenguaje, y con unos recursos estilísticos que, para decirlo francamente, no alcanzan a ser considerados de nivel literario. Pareciera que el libro fue publicado por quien es Carlos Pinto, en pos de los réditos que, legítimamente, siempre busca Random House.

El genial Carlos Pinto, autor de episodios memorables de ‘Mea culpa’, es apenas un principiante en las artes literarias. Su preponderancia sigue siendo televisiva, audiovisual, antes que en la narrativa literaria; lo cual, ni siquiera se intuye.

 

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Barros, Papa, Trump, Rojo, Nocturnos, JC

catedral-de-osorno¿Emérito? Aunque un amigo me trata de ignorante porque digo que a Juan Barros, obispo de Osorno (foto catedral), lo ascendieron a la categoría de “emérito”, me jura que no. Emérito, en la RAE es: “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”, y “profesor que sigue dando clases después de la jubilación, en reconocimiento a sus méritos”. Le digo que cuáles son los “buenos servicios” de Barros para “disfrutar un premio”, si lo que hizo fue encubrir la pederastia y pedofilia que ocurría en la parroquia de El Bosco y en el entorno del delincuente Fernando Karadima. (Y no sabemos a ciencia cierta si Barros también sea pederasta) De igual manera, por qué “reconocimiento a sus méritos”, si sus méritos fueron encubrir la pederastia y pedofilia en la parroquia El Bosque o el entorno de Fernando Karadima. Me dice que ese es lenguaje de la curia, que no tiene nada qué ver con la RAE. ¿Qué? ¿También corrompen el idioma, para encubrir sus delitos? Para los curas y el Vaticano, alguien que encubre la pederastia y pedofilia puede ser “emérito”, y entonces la pederastia y la pedofilia no es un delito sino un pecado solamente.

¿Encubrimiento papal? Ahora se dice que la salida de Juan Barros de la diócesis de vaticanoOsorno lo deja con todos “los honores”, porque el papa le aceptó su renuncia protocolaria, pero no lo destituyó por encubridor de pederastia y pedofilia. Salió limpio de polvo y paja, como se dice, aunque en su caso puede también hablarse de una expresión literal. El papa, entonces, desde el Vaticano (foto), a mi modo de ver es, nuevamente, un encubridor de Juan Barros. Hace 3 años lo encubrió diciendo que las denuncias en contra de Barros era de gente “tonta” influenciada por “la zurda”. Que Osorno “no entendía los designios de Dios”, dijo el papa. Y cuando estuvo aquí en Chile, regañó a un periodista que le preguntó por Barros, diciendo que “no había una sola prueba en contra” de Barros. Como me lo temía, el papa montó una escenografía, con “enviados especiales” y reuniones, para mofarse de las víctimas. Y el primer paso, en su tinglado, fue darle salida a Juan Barros “sin condenarlo por su proceder”. Simplemente le aceptó una carta de “renuncia protocolar”. El papa le está haciendo trampa a la feligresía de Osorno, y de Chile, y a este ritmo, se va a ir al infierno.

Trump. Dígase lo que quiera, pero lo que no pudieron sus antecesores, lo logró Donald Trump: frenar a Corea del Norte. Puede que no nos guste el jopo, la gomina que usa, o la forma poco ortodoxa de enfrentársele a Kim Jong-Un, pero lo logró, sin degradar las cualidades de Estados Unidos como potencia mundial.

Rojo. La nueva versión del programa Rojo, del canal oficial Tvn, la está animando Álvaro alvaro escobarEscobar (foto). El fondo del programa es el mismo del Rojo anterior: visibilizar el talento de jóvenes en el canto y el baile. Jóvenes que quedaron de un cedazo previo. En nada hace recordar el Rojo anterior que animó Rafael Araneda. Y, con todo respeto, creo que lo hace mejor Álvaro Escobar. Esa voz nasal de Rafael Araneda, y el “misterio” o “suspenso” que le ponía a ciertos pasajes del programa resultaba patético. Además, Escobar se siente menos acartonado, más cercano. Parece humano, en comparación con “el tío conductor”. Y este sería un comentario: no le digan “tío conductor” a Álvaro Escobar. Ese mote se usó con Rafael Araneda, y el Rojo actual en nada quiere calcar lo que fue el Rojo del pasado.

Nocturnos. Hablando de nuevos programas en la tele, hay que mencionar los programas lanocheesnuestra“La noche es nuestra”, de Chilevisión (foto 1), y “Sigamos de largo” de Canal 13 (foto 2). Espacios de entretenimiento, al final de la programación de esos canales de televisión abierta. ‘La noche es nuestra’ es conducido por Felipe Vidal, Pamela Díaz y Jean Philippe Cretton. Es, simplemente, una sala de casa, o departamento, donde se sientan los conductores con los invitados, sin ningún propósito (me refiero a que no pretende “la noticia”, ni “revelar un secreto” de la vida de los invitados, como se acostumbra en los programas de entrevista) Es pasarla bien, solamente. Me agrada. En cuanto a ‘Sigamos de largo’, está entre la simple entretención y la entrevista. Encuentro que, a diferencia de los tres animadores de ‘La noche es nuestra’, que son livianos, sin pretensión de nada, los tres sigamos-de-largoanimadores de ‘Sigamos de largo’ (Marcelo Comparini, Sergio Lagos y Marco Silva) son muchos. Pesan. Y el programa queda desbalanceado. Casi pesan más los animadores que los invitados. Esto se ha aliviado un poco, con el reemplazo que Javiera Contador está haciendo de Marcelo Comparini (merecedor de toda admiración por su creatividad a lo largo de su carrera, y su inteligencia) mientras está fuera de Santiago, según han dicho allí mismo. ‘Sigamos de largo’ me agrada, sin embargo no está del todo ajustado, como sí lo está ‘La noche es nuestra’, con relación al propósito.

Otra vez JC. Ya que estamos en farándula, decir por último que Julio César Rodríguez jc rodriguezmintió en el programa ‘La noche es nuestra’, del canal en que él trabaja, donde dijo que las quejas por su morbosidad y manoseo de mujeres durante la animación de Viña del Mar 2018, se redujo “a un simple meme”, que “lo pilló” en un gesto. No. No es así. Hay 3 o 4 horas, horas de videos, en las que se ve su manoseo y sus miradas morbosas a todas (sin excepción) las mujeres que entrevistó. Como se anotó acá, cambiaba de mano el micrófono para poder cogerlas por la cintura. A todas. Ahí están los videos. No fue un meme. Que no mienta. La calentura de JC Rodríguez llega al punto de hacer desnudo el programa que tiene en la cadena radial demócrata cristiana Bio Bio (foto).

‘Creo que te inventé…’ de Claudia Apablaza

claudia apablazaIré a Benidorm esta vez. Ordeno mi bolso, salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas lindas. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces; imagino que, por lo demás, en ese entonces no existía lo que hoy se llama el gran sueño americano o el enorme y patético sueño del pibe.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles, cuadros pintados para estimular, seguramente, el patético sueño del pibe y olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento era un joven muy guapo, que ya hubiese querido yo raptármelo y llevármelo al baño. Sentí que lo amaba, quería besarlo allí y luego dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos; luego venir a visitarlo cada tanto, tal vez una vez al mes, y decirle que me fuera fiel por siempre. Pero no, no me interesa, debe ser un turista más dedicado a agarrarse a chicas lindas y bronceadas de estas ciudades europeas.

Tal vez hubiese sido bueno conseguir su dirección y escribirle poemas de amor baratos y cursis y enviárselos por correo postal. Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia. Cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en España, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

Independiente de todo aquello, dibujo a mi compañero de asiento. Al lado del dibujo pongo un poema de amor, e imagino que se lo daré a cualquier hombre que vea en la calle, para así no quedarme con ese deseo espantoso de lo no correspondido; deseo espantoso y asqueroso. Doloroso y triste si pienso nuevamente en el suicidio de Sylvia.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me agrada, pero a ratos se me vuelve espantoso. Sale un olor a patata frita. Me dan arcadas. Bebo un poco de agua. Me pongo mis gafas oscuras y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un turista español, a un turista que me dejó prendada de un estúpido y mal llevado mal de amores.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme del turista español ése. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo y más horrible a la vez, tal vez me podría encontrar aquí con mi turista; junto con visitar donde vivieron Sylvia y Ted, aunque de paso tenga que sentir el asqueroso olor a patata y a baba.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mí turista. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No quiero volver a pensar en el turista perverso que ha destruido un año de mi vida, no quiero, no quiero; y a eso vine, eso, a eso vine, a buscarlo y a olvidarlo. A buscarlo y a olvidarlo en este pueblo perdido del Mediterráneo. Qué idiota.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal por eso del turista, me siento arruinada por eso del turista, me siento un desastre, una bolsa desechable y plástica, de esas verdes del Bon Preu.

Era un turista que conocí en un paseo a lo más alto de Barcelona, una vez que agarré el tren y el autobús y ese teleférico que te lleva a lo más alto de la ciudad. Ahí estaba, estaba sentado a los pies de la iglesia, era guapo, muy guapo. Primero conversamos, hablamos, discutimos, huimos, bebimos, bajamos en el teleférico, luego el bus, el tren, mi casa, cenamos, follamos y a dormir.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, buscar chicos aburridos por el día, tomar cubatas, irme de cena con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y mujeres, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que él me enseñó en la cama, todo lo que yo le enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números para calificarlos.

Me levanto rápidamente del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, con un chico como mi estúpido hombre que vine a olvidar en este paseo. Paseo esta ciudad que dicen apta para olvidar a amores locos y sin sentido, pero yo no sé, no sé si lo olvidaré, lo veo difícil, extremadamente difícil, pero lo intentaré y lo seguiré buscando por las callejuelas de esta ciudad espantosa.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi turista. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: ¡Se fueron! Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: “Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…”.

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaba mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un turista que se las da de escritor de renombre.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo uno de ellos, no deberíamos parecer ni por un segundo a nada, es también la forma de olvidarlo, de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡plaf!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, no quiero ser confundida. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera. T de Turista, T de tarados, T de tontera, T de Ted.

Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicas en tanga se pasean y chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi turista estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad, la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado, yo no, yo no me siento así, yo odio a esta ciudad y a ese hombre, a esa especie de payaso que me llevó a lo más alto de Barcelona, luego a mi cama y luego desapareció, se hizo una bola de humo.

Me detengo frente a la calle de Ortuño, recuerdo que hay un escritor mexicano que también lleva ese apellido, lo intentaré leer, tal vez encuentre en él las claves para entender a Ted, para olvidar al turista y para olvidarme de una vez de los sufrimientos de Sylvia. Sigo caminando y me detengo frente a la supuesta casa en que pasaron su luna de miel Ted y Sylvia.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres llegan acá con el cabello teñido y una especie de camiseta que se les ve el ombligo. Todas van igual en la costa mediterránea. En fin, no sé para qué intentan estar bronceadas y mostrar el ombligo, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada, jamás intentaría mostrar mi ombligo. No es problema mayor eso. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidar en ese gesto a mi affaire desesperado, el abandono que vino luego de ello. Vine a matarlo desde el fondo, a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, ya que era igual a mi turista. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi turista, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos a ambos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,

T de turista.

T de Tonto,

de tontera,

t de turbio,

t de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos turistas me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al turista el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta pensar que llegará ese día en que podré decir: ¡basta ya de representaciones! ¡Quiero algo real ya!

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa a buscarse unos turistas para traerlos a casa, tal vez viven algunas chicas de ombligos afuera que buscan a chicos y se los traerán para pasar la tarde y beber cubatas. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro, parece que es una casa y no vive nadie en ella, ¿aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, no hay nadie, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado al turista una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o dispararle como lo hizo la Bombal y María Carolina Geel, por lo que me ha ido haciendo estos meses, un cierto delirio, una persecución que no lleva a nada, sólo a intentar transformarse en un ídolo de lolitas jóvenes, tal como Ted, sé que Ted buscaba a eso, pero yo no quisiera suicidarme como Sylvia, ¿aló?, camino e inspecciono el lugar. T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el turista ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si el turista apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto siete veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregarle a mi agente la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir, esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, parece que son turistas, qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Terminaré mi novela. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, para así olvidar al turista que me escribe insistentemente unos correos que no entiendo, ese hombre que dividió mi cabeza entre mundo posible y mundo olvidado, o entre mundo posible y mundo ficcionado.

No sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, alterada, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Lo del mundo posible y del mundo ficcionado me tiene un poco alterada. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, el miedo. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo al turista. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado, entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé reunirla, ¿aló?, he venido acá a intentar hacer esa reunión, pero no sé si me resulta, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga! Tal vez debería intentar olvidarte de una vez, pero para eso tuve que venir a este sitio en que ellos estuvieron. Tal vez recién así comience de lleno el maldito proceso del olvido.

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. Cuánto extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. En fin. De todas formas, extrañar no es lo mismo que querer estar. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades. Extraño, quiero estar en Barcelona.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; como el turista, como a mi jefa, o llamadas telefónicas para ganar algo de dinero, reuniones fallidas; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, mis dolores reales, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño que cargo, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar al gran simulacro, a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía, sí es un algo real, sí es, sí lo es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar. Me canso. Me tiro al suelo. Saco mi cuaderno.

Esta ciudad es horrible. Siento nuevamente asco. Es ahora el balneario más parecido a California de USA. Antes era un pueblecillo rural en que dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez, apunto en mi cuaderno, del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo de este grupete de turistas que se han entrometido en este mi espacio sagrado, fuera de ese mundo apestado de hombres que logran la fusión entre necesidad y satisfacción de ella de forma instantánea. ¡Es terrible haber perdido todo referente e identidad!

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. Ahora bien, la excepción a esto, es mi padre. Ni más ni menos. Mi padre es el hombre más noble del universo, pero, al ser médico, tiene completamente satisfecha su necesidad de comer y amar. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma espantosa la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito turista de turista, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo, algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Hace tiempo que tengo llaves de tu casa. Abro. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Creo que te inventé en mi mente. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Creo que te inventé en mi mente. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita mujer. Horrible mujer. Desgraciada mujer. La odio. La aborrezco. Incluso cuando follábamos me daban deseos de matarla. Siempre se creyó escritora. Siempre escritora y maldita. Yo intentaba ponerla en su sitio. En su espacio. En su lugar. Mujer que odiaba este país. ¿Por qué? Porque era una maldita inmigrante, una maldita extranjera.

Claudia Apablaza (foto) (Título completo ‘Creo que te inventé en mi mente’)

‘Historia de un computador’ de Alejandro Zambra

alejandro zambraFue comprado el 15 de marzo del año 2000, en cuatrocientos ochenta mil pesos, pagaderos en doce cheques que Max llenó con impaciencia, como si obedeciera a un impulso y no a una decisión responsable. Trató de acomodar las cajas en el maletero de un taxi, pero no había espacio suficiente, por lo que hubo que usar pitillas y hasta un aparatoso pulpo para asegurar la carga. Vivía en el centro de Santiago, a diez cuadras de la multitienda, en un departamento oscuro y estrecho de dos ambientes. Arrinconó como pudo la pesada cpu bajo la mesa del comedor y tendió los cables de forma más o menos armónica. Desde entonces el teclado, el monitor, el mouse y los parlantes compartieron mesa con peligrosas tazas de café y ceniceros vaciados sólo de tarde en tarde.

Al comienzo Max ocupaba únicamente el procesador de texto y la verdad es que no demasiado: ni siquiera llenaba los renglones, pues escribía breves líneas que él llamaba versos libres. Los versos libres crecían de dos en dos, aunque era frecuente que Max los borrara y comenzara de nuevo. Se valía, simultáneamente, de un cuaderno y de una pluma que al primer descuido regó de tinta el sector inferior derecho del teclado. Además de esa mancha, el teclado debió soportar una persistente lluvia de cenizas. Max casi nunca alcanzaba el plato que usaba para fumar, y fumaba mucho mientras escribía, o más bien escribía poco mientras fumaba mucho, pues su velocidad como fumador era notablemente mayor que su velocidad como escritor. Años más tarde la acumulación de mugre causaría la pérdida de la vocal a y de la consonante t, lo que naturalmente condujo, tras varios días de caos, al reemplazo del teclado. Pero eso sucedió después, y lo mejor será respetar, de ahora en adelante, la secuencia de los hechos.

La llegada del invierno aumentó considerablemente el uso del computador. Incluso a veces, a falta de una estufa, Max evadía el frío acariciando, de rodillas, la cpu, cuyo leve rugido muy pronto constituyó un sonido hogareño, que tendía a encontrarse y a confundirse con la ronquera del refrigerador y con las voces y bocinas que llegaban desde afuera. Max ya no usaba solamente el procesador de texto: con torpeza y constancia había descubierto programas muy sencillos que permitían resultados para él asombrosos, como la grabación de voces –mediante un escuálido micrófono que, en un comienzo, había desatendido– o la programación de rebuscadas sesiones de música. Seguía, en todo caso, con las líneas a medias de sus poemas, que nunca imprimía, tal vez porque nunca los consideraba terminados.

Las pocas mujeres que durante esos meses visitaron el departamento se iban antes del amanecer, sin siquiera ducharse o tomar desayuno y en general no regresaban. Pero de pronto hubo una que sí se quedó a dormir y luego también a desayunar. Llamémosla Claudia. Una mañana, al salir de la ducha, Claudia se detuvo ante la pantalla apagada, buscando arrugas incipientes u otras marcas o manchas esquivas. Era bella, sin duda: la cara morena, los labios ni delgados ni muy gruesos, el cuello fino, los ojos verdes y oscuros. El pelo le llegaba hasta los hombros mojados: las puntas parecían numerosos alfileres clavados en los huesos. Su cuerpo cabía dos o tres veces en una toalla inmensa que ella misma había llevado a casa de Max. Semanas más tarde Claudia llevó también un espejo para el baño, pero igualmente conservó la costumbre de mirarse en la pantalla, a pesar de lo difícil que era encontrar, en el reflejo, información suficiente.

Después de tirar toda la mañana, Max solía quedarse dormido. A Claudia le costaba dormir con luz de día, de manera que iba al computador y jugaba veloces solitarios o cautelosos buscaminas o partidas de ajedrez en nivel intermedio. Ya casi al anochecer él despertaba y se quedaba a su lado, aconsejando la jugada siguiente o simplemente acariciando el pelo y la espalda de la jugadora desnuda. Con la mano derecha Claudia atenazaba el mouse, pero dejaba caer una sonrisa que autorizaba, que pedía más caricias. Tal vez jugaba mejor cuando él la acompañaba. Al terminar la partida se sentaba encima de Max para empezar un polvo lento y largo. Las extrañas luces del protector de pantalla dibujaban líneas inconstantes en los hombros, en la espalda, en las nalgas y en los casi perfectos muslos de Claudia.

A veces hacían sitio en la mesa para tomar, decía ella, un desayuno como la gente. El teclado y el monitor pasaban al suelo, expuestos a los pisotones y al impacto de minúsculos restos de pan, pero sumando y restando la presencia de Claudia favorecía al computador: no era ella una maniática del aseo, pero cada tanto lo limpiaba con líquido para vidrios y paños de cocina. El comportamiento de la máquina era, por cierto, ejemplar. No le exigían mucho, ni siquiera se conectaban a internet, pero hay computadores que fallan a la menor provocación. Durante ese tiempo la verdad es que Windows siempre se inició correctamente.

El 30 de diciembre de 2001, a casi dos años de su adquisición, el computador fue embalado y trasladado a un departamento un poco más grande en la comuna de Ñuñoa. El entorno era ahora bastante más decoroso, pues le asignaron una habitación individual y habilitaron un escritorio gracias a una antigua puerta y dos caballetes medio cojos pero eficaces. Fue aquella, si cabe la expresión, una época dorada, en especial por el renovado interés de Claudia, que de los solitarios y las interminables partidas de ajedrez pasó a actividades más sofisticadas. Conectó una cámara digital, por ejemplo, que contenía decenas de fotos de un viaje reciente. En esas imágenes Claudia posaba con el mar de fondo o en el interior de una habitación de madera. Un sombrero mexicano y un inmenso crucifijo caían contra la única almohada de una cama sin respaldo, muy estrecha, flanqueada por dos veladores atiborrados de botellas de cerveza y conchas que cumplían la función de ceniceros. Claudia aparecía seria o conteniendo apenas la risa, con escasa o ninguna ropa, fumando hierba, bebiendo, tapándose los pechos o enseñándolos con tímida malicia. Había también algunas fotos que mostraban únicamente el roquerío o el oleaje o el sol apagándose en el horizonte, como si el fotógrafo hubiera intentado postales en vez de recuerdos. Sólo en dos fotos aparecía Max. Sólo en una salían ambos, abrazados, sonriendo con el típico fondo de un restaurante costero.

Pasó días ordenando esas imágenes: renombraba los archivos con frases tal vez demasiado largas, que solían terminar en signos de exclamación o puntos suspensivos, y enseguida las agrupaba en varias carpetas, como si correspondieran a viajes distintos.

Ahora Max y Claudia vivían juntos, pero no siempre coincidían: él trabajaba de noche y ella vendía seguros y también estudiaba una especie de postítulo o posgrado o diplomado o quizás el último año de alguna eterna licenciatura. Volvía a casa cuando Max se disponía a partir y el poco tiempo en común lo destinaban a tirar, aunque a veces solamente reían frente a las tazas de café. Antes de acostarse Claudia lo llamaba al trabajo y hablaban largo, pues al parecer el trabajo de Max consistía, justamente, en hablar por teléfono, o en esperar urgentes y remotas llamadas telefónicas que nunca llegaban. Tu verdadero trabajo es hablar por teléfono conmigo, le dijo Claudia una noche, con el auricular apenas equilibrado en el hombro derecho. Luego rió con una especie de resuello, como si quisiera toser y la tos no saliera o se entrelazara con la risa.

Al igual que Max, ella prefería escribir a mano y traspasar más tarde sus trabajos al computador. Eran documentos largos, con frecuentes errores de transcripción y tipografías femeninas o juveniles. Los documentos abarcaban temas diversos relacionados con gestión cultural o políticas públicas o bosques nativos o algo así. Se le hizo necesario investigar por internet, y ése fue el gran cambio de aquel tiempo, primero a través del teléfono y pronto, para liberar la línea y permitir las a menudo atosigantes llamadas de Max, mediante una conexión exclusiva. Hasta ahí ninguno de los dos se había familiarizado con el email, al que inmediatamente se hicieron adictos. Max también contrajo la adicción a la pornografía, lo que provocó algunas discusiones que terminaban en polvos furiosos y muy buenos, tal vez inspirados en las escenas que él presenciaba al llegar del trabajo, especialmente cuando Claudia no podía esperarlo. Rápidamente Max descubrió estrategias para evitar, en la medida de lo posible, registrarse en los sitios, pero a veces olvidaba borrar el historial, que Claudia revisaba religiosamente, aunque sería excesivo atribuir mayor importancia a las discusiones sobre pornografía, que al fin y al cabo conducían a esos polvos inolvidables que Claudia enfrentaba con desenfado, acaso imitando a las estrellas cuyas proezas ella también, de vez en cuando, sintonizaba.

Fue por entonces cuando perdieron la vocal a y la consonante t. Ingenuamente creyeron que el nuevo teclado –más moderno y sensible– solucionaría las dificultades que desde hacía un tiempo anunciaban un descalabro mayor. La tragedia ocurrió un lluvioso sábado que pasaron reparando o intentando reparar, con más voluntad que método, el sistema. El domingo Max prefirió llamar a un amigo que estudiaba ingeniería: al finalizar la tarde dos botellas de pisco y cinco latas de cocacola dominaban el escritorio, pero todavía nadie estaba borracho, más bien parecían frustrados por la difícil reparación, que el amigo de Max atribuía a algo muy raro, algo nunca antes visto. Quizás sí estaban borrachos, en realidad, o al menos lo estaba el amigo de Max, porque de pronto, en una desgraciada maniobra, borró el disco. Perdieron todo, pero desde ahora funcionará mejor, dijo el hombre como si nada, con una frialdad y una valentía dignas de un médico que acaba de amputar una pierna. Fue culpa tuya, saco de huevas, le respondió Claudia, como si en efecto le hubieran cortado, por pura negligencia, una pierna o tal vez las dos. Max guardó silencio y la abrazó paternalmente. El amigo dio un último y larguísimo sorbo a su piscola y se fue.

A Claudia le costó asimilar la pérdida, pero consiguió a un técnico de verdad, que cambió el sistema operativo y creó perfiles diferenciados para ella y para Max, e incluso una cuenta simbólica, a petición de Claudia, para Sebastián, el postergado hijo de Max. Sebastián vivía en Temuco y Claudia no lo conocía. El propio Max no veía al niño desde hacía dos años y no siempre cumplía con la pensión alimenticia. La remota existencia de Sebastián era, naturalmente, el punto negro o el punto ciego de la relación de Claudia y Max. Era mejor no tocar el tema, que igualmente surgía de vez en cuando, y causaba culpa y una autocompasión a la que más temprano que tarde Claudia prefería sumarse.

Entretanto los padres de Claudia les prestaron dinero para comprar una asombrosa multifuncional que imprimía, escaneaba y hasta sacaba fotocopias. Con renovada pasión, Claudia se abocó a digitalizar extensos álbumes familiares, en sesiones bastante tediosas pero para ella divertidísimas, pues más que registrar el pasado se proponía modificarlo: distorsionaba los rostros de parientes antipáticos, borraba a algunos personajes secundarios e incluía a otros inverosímiles convidados, en montajes no muy buenos pero capaces de arrancar las risas de sus primas, que recibían los archivos por email, y las carcajadas de sus padres, a quienes Claudia llevaba, en plan de travesura, impresiones bastante aceptables.

Así pasó un año entero.

Ahora Max tenía turnos de mañana, por lo que en teoría estaban más tiempo juntos, pero buena parte de ese tiempo lo perdían disputándose el computador. Él reclamaba que ya no podía escribir cuando le venía la inspiración, lo que era falso, porque para sus perpetuos borradores de poemas seguía usando los viejos cuadernos. Había adoptado la costumbre, en cambio, de escribir largos emails a gente a la que no veía desde hacía años y ahora extrañaba mucho. Algunas de esas personas vivían cerca o no demasiado lejos y Max también tenía sus números de teléfono, pero prefería escribirles cartas –eran cartas más que emails, porque él aún no comprendía el género: escribía mensajes largos que sus destinatarios rara vez contestaban. Les daba pereza igualar el estilo o la gravedad de las cartas de Max.

Llegó el verano y también llegó Sebastián, tras meses de delicadas gestiones. Fueron ambos a buscarlo a Temuco, en pesados viajes en bus que gracias a ella resultaron llevaderos. El niño tenía ya siete años y hablaba poco, en especial si quien le dirigía la palabra era su padre. De los intensos paseos al centro, al zoológico y a Fantasilandia, derivaron a las calurosas tardes puertas adentro, en que Seba aprovechaba su perfil de usuario para estar en Messenger sin restricciones. Demostró, de paso, sus sorprendentes conocimientos sobre computadores: con precisión y algo de tedio los orientó en la elección de un nuevo antivirus y hasta les advirtió sobre la necesidad de desfragmentar el disco periódicamente.

Claudia y Sebastián se hicieron, por así decirlo, amigos. A ella le parecía un niño inteligente y solitario, un niño valioso, decía. Él opinaba solamente que Claudia era linda. Fueron, de nuevo juntos, a devolverlo a Temuco, y el viaje fue alegre y hubo promesas de reencuentro y regalos y risas. Pero el trayecto de vuelta fue sombrío y agotador.

La vida entró en el marasmo que a su manera ambos intuían. Quizás molesto por las forzadas conclusiones que Claudia deslizaba sobre la relación con Sebastián (“lo recuperaste pero ahora debes conservarlo”, “volverás a perderlo si no cuidas el vínculo”) o tal vez simplemente aburrido de ella, Max empezó a faltar a las obligaciones mínimas. No disimulaba su molestia pero tampoco explicaba su estado de ánimo. Las continuas preguntas de Claudia las respondía ahora con desgano o con duros monosílabos.

Una noche llegó borracho y se durmió sin siquiera saludarla. Ella no sabía qué hacer. No entendía. Fue a la cama, lo abrazó. Intentó dormir a su lado, pero no pudo.

Prendió el computador y en un impulso decisivo eligió el perfil de Max. Probó, sin éxito, una clave: max. Usó mayúsculas, usó minúsculas, y nada. Su segundo intento fue con el nombre charles y el apellido baudelaire, que era el poeta preferido de Max, y más tarde probó con tindersticks y con los prisioneros, que eran los grupos musicales favoritos de Max, y después con laetitia casta y con mónica bellucci, y luego con marihuana, que era la droga o más bien el ansiolítico preferido por ambos. No nos queda marihuana, pensó, a propósito, y ya no fumo tabaco, pero ahora voy a fumar, ahora voy a fumar mucho, dijo Claudia en voz alta, casi gritando, como si pretendiera despertar a Max.

Fumó con ansiedad un cigarro, cinco cigarros de Max. Sentía una angustia nueva, que crecía y decrecía a un ritmo impreciso. Pensó demasiado la jugada obvia y al fin acertó: escribió claudia y el sistema respondió al instante. Tampoco fue difícil adivinar la contraseña del correo, que entrelazaba absurdamente sus nombres. Agradeció y también maldijo el comportamiento previsible de Max: no quería leer, pero ya estaba ahí, ante el temido registro de mensajes enviados.

Siguió fumando y hasta descorchó un vino antes de revisar, con culposo rigor, el correo de Max. Sabía que ya no habría vuelta atrás. Sabía que leería cada mensaje. Sabía que leería hasta encontrar lo que andaba buscando.

Se fue a dormir de madrugada, ebria de vino y de rabia. Despertó a mediatarde: con poca energía caminó hasta el computador –hasta la pieza de al lado, pero a ella le pareció que había todo un camino, que debía sortear varios obstáculos para llegar a esa pieza– y en lugar de encenderlo contempló el resplandor del sol en la pantalla. Cerró las persianas, miró el reflejo hasta dar con los bordes de su cuerpo, y soltó lágrimas largas que bajaban hasta el cuello y se perdían por el surco entre sus pechos. Se quitó el sostén, miró sus pezones inquietos, el vientre parejo y suave, las rodillas, los dedos fijos en el suelo helado. Con el sostén enjugó las lágrimas y lo restregó lentamente contra la pantalla. Pacientemente. Limpió muy bien la superficie.

Al día siguiente se marchó y sólo volvió el domingo para recoger su ropa y la multifuncional.

Como activando un misterioso mecanismo de protesta, el computador volvió a fallar. Voy a regalarlo, no me importa lo que haya dentro, le dijo Max a su amigo ingeniero, que le ofreció comprarlo por una cifra ridícula. Por último regálamelo a mí, huevón, agregó, sacando cuentas alegres. Ni cagando, respondió Max. El amigo reformateó de malas ganas el disco duro.

El viernes por la noche partió rumbo a Temuco. Tuvo que pagar el asiento contiguo para transportar el computador, que viajaba en ventana y Max en pasillo. No pudo dormir, no pudo leer, no pudo escribir durante el viaje. Las luces de la carretera se quedaban en su rostro, como llamándolo, como invitándolo, como culpándolo de algo, de todo.

La maletera del taxi esta vez era adecuada, pero Max no se orientaba en Temuco y no había anotado la dirección. Deambularon largo rato hasta dar con un camino que creía recordar. Llegó a las diez de la mañana, en calidad de zombi. Al verlo Sebastián le preguntó, de inmediato, por Claudia, como si la sorpresa no fuera la insólita presencia de su padre sino la ausencia de la novia de su padre. No pudo venir, respondió Max, ensayando los preparativos para un abrazo que no sabía cómo dar. ¿Terminaron? No, no terminamos. No pudo venir, eso es todo. La gente grande trabaja, ¿sabes?

El niño agradeció el regalo con énfasis, con genuina cortesía. La madre de Sebastián recibió a Max amablemente y le dijo que podía quedarse en el sofá. Pero no quería quedarse. Probó un poco del amargo mate que la mujer le ofrecía y partió a la estación para alcanzar el bus de las doce y treinta. Estoy muy ocupado, tengo mucho trabajo, dijo antes de subir al mismo taxi que lo había traído. Revolvió el pelo de Sebastián con falsa familiaridad y le dio un beso.

Una vez solo, Sebastián instaló el computador y comprobó lo que ya sospechaba: que era notablemente inferior, desde todo punto de vista, al que ya tenía. Se rieron mucho con el marido de su madre, después del almuerzo. Luego ambos hicieron espacio en el sótano para guardar el computador, que sigue ahí desde hace años, a la espera, como se dice, de tiempos mejores.

Alejandro Zambra (foto)

‘La epidemia de Traiguén’ de Alejandra Costamagna

alejandra costamagnaLa muchacha, dicen, es muy pero muy loca. Se llama Victoria Melis y ha llegado a Japón como llegan los desaconsejados, los que andan un poco perdidos: siguiendo a un hombre. Él, Santiago Bueno, es oriundo de Traiguén y está en Kamakura por negocios. Es un experto en pollos y lo que hace en Kamakura es persuadir a su cartera de potenciales clientes para que compren pollos de altísima calidad. Pollos de exportación, que no son alimentados con pescado ni inflados con hormonas y que tienen una muerte no digamos dulce pero en ningún caso estresante. Hay una epidemia local, sin embargo, una epidemia que afecta sólo a los pollos de Traiguén y que cada cierto tiempo amenaza las negociaciones de las empresas avícolas. Santiago Bueno, gerente de Pollos Traiguén Ltda., debe tomar las mayores precauciones acerca de este punto. Cuando los pollos son contagiados se debilitan, enflaquecen, se ponen muy feos. Es como si de golpe se vieran afectados por una depresión crónica. Ese es el único síntoma. Y un día cualquiera caen muertos.

Pero el episodio de Victoria y Bueno comienza antes. Cinco o seis meses antes. La muchacha tiene entonces diecinueve años y unos ojos muy grandes y separados. Parece que sus orejas fueran unos remolinos que se los van a chupar. Que se van a chupar sus ojos. Victoria es secretaria, pero hasta entonces no ha ejercido su oficio. En realidad, nunca ha ejercido ningún oficio rentable. La herencia de sus padres, muertos en un accidente ferroviario, le permite vivir con ciertas comodidades. Pero hace unos días ha visto un aviso en el diario y ha llamado por teléfono para preguntar por el puesto de secretaria. Sin mayores trámites, ha conseguido un empleo en Pollos Traiguén Ltda. Hoy, lunes 23 de marzo, es su primer día de trabajo. Al salir de su departamento, esta mañana, ha tropezado con un coche doble de bebés y se ha torcido un pie. Guaguas, guaguas, no tienen otra cosa que hacer las guaguas, ha pensado mientras la madre de las criaturas ofrecía sus disculpas e intentaba aplacar el llanto replicado de sus gemelos. Cojeando y malhumorada ha llegado al trabajo. Y allí está ahora, con el pie resentido y una emoción vertiginosa. Es algo instantáneo: Victoria ve a Santiago Bueno y queda prendada, se diría que enceguecida por aquel hombre de voz áspera, que sólo fuma tabaco negro. Victoria es una mujer de emociones violentas y fugaces. Dicen que es muy pero muy loca, pero también se podría decir que es fatalmente enamoradiza y punto.

La muchacha se presenta: Hola, vengo por el aviso. ¿Qué aviso? El del puesto de secretaria, nosotros hablamos el viernes, ¿se acuerda? Ah, sí, señorita Véliz, viene un poco retrasada usted. Soy Melis, señor, no Véliz. Melis; muy bien, señorita Melis, ése es su escritorio. En la carpeta tiene la agenda de hoy; hasta luego. Y más puntualidad, ¿okey? Victoria ejecuta sus obligaciones de hoy, llama a veinticuatro clientes, atiende treinta y nueve llamados, se desconcentra pensando en lo atractivo que es Santiago Bueno, toma un café con cuatro cucharadas de azúcar, sigue la agenda de hoy, llama a ocho clientes (uno de ellos le habla en inglés: ella corta de inmediato), piensa en los malditos bebés del coche, en todos los malditos bebés, intenta imaginarse como madre, se ríe de la estúpida ocurrencia, sigue con la agenda, recibe un llamado en inglés, Hello, excuse me, it is a mistake, mister, desconecta el teléfono, oye la risa de Santiago Bueno al otro lado del muro, se desconcentra pensando en él, no puede pensar en otra cosa la muy enamoradiza, se acerca al muro y lo oye toser, lo imagina, imagina esa boca que tose, fantasea, se obsesiona con el gerente de Pollos Traiguén, puede verlo tosiendo para ella, sacudiéndose con el carraspeo, salpicándola con su tos elástica, mirándola como se mira lo que está a punto de ser devorado, tan perturbada la muchacha. A eso de las siete, cuando el hombre sale de su oficina, Victoria ya tiene el beso listo en la boca. Están solos en la sala de recepción de la empresa. El hombre se sorprende, pero también se deja besar. Es una tarde soleada de otoño en Santiago de Chile, y el empresario y la secretaria pasan las siguientes horas en un motel de la calle República.

Al final de la jornada (es decir, al final de la diestra demostración sexual de la muchacha, que ha incluido perritos, paraguayas y felatios) el hombre fuma un cigarrillo negro y habla con voz áspera. Victoria lo escucha en silencio, muy atenta, porque no hay nada que le excite más que oír a un hombre hablando de sí mismo. “Yo entro en el hotel de Montevideo y en la recepción un tipo me aborda”, recuerda Bueno en voz alta. “Claramente me ha confundido con otro, y entonces me pregunta si conozco a Santiago Bueno. Por bromear, no sé, yo le digo que no, que no lo conozco. Entonces el tipo se pone a hablarme de Santiago Bueno, de mí, ¿te fijas?, durante veinte minutos. Lo simpático, oye, es que el tipo no admiraba mis pollos: me admiraba a mí, ¿comprendes qué extraordinario?” La muchacha, que no comprende qué tiene eso de simpático ni de extraordinario, va a besarlo otra vez. Pero él interrumpe el movimiento con una mueca de disgusto y sigue hablando sobre el tipo que una tarde en Montevideo le habló de Santiago Bueno a él, precisamente a él, ¿comprendes qué cosa más perturbadora? Fuera de sus palabras y de un par de quejidos gozosos que cada cierto rato se filtran a través de los muros, la habitación de la calle República es un sitio muy silencioso. A Victoria le parece un templo. Antes de desocupar la habitación, Santiago Bueno le habla al oído. Límamelo bien, le dice. Victoria no puede contener la emoción y procede con esmero: como una ramera a sueldo. Por su mente, sin embargo, se cruza la imagen de un pichón de loro.

La mujer supone que a partir de entonces todo será felicidad. Pero está muy equivocada. La escena de República se repite seis o siete veces, y una mañana en que han caído muertos cinco pollos en Traiguén –cinco pollos gordos, carnosos, de las mejores aves de la zona– Santiago llama a Victoria a su oficina y la despide de la empresa. Está despedida, le dice. ¿Por qué?, pregunta ella. Porque sí, argumenta él. Esa no es una razón, reclama ella. Aunque su voz no suena todavía como un reclamo, porque hasta ese momento la muchacha piensa que es una broma, que el amante le está tomando el pelo. No tengo por qué darle razones, abre camino el gerente. Recién ahí Victoria cae. Y ahora le rogaría…, murmura él. No alcanza a terminar la frase cuando la mujer ya está encima de él. ¿Y ahora me tratas de usted, Chago? ¿Y ahora me echas? Pero, ¿qué te ha pasado? No me ha pasado nada, señorita Melis. Usted no es lo que necesita la empresa, eso es todo. ¿Me haría el favor de cerrar la puerta por fuera? ¡Qué puerta ni qué nada!, exclama la mujer, fuera de sí. Pero el hombre sella su boca con un manotón y le dice algo al oído. Debe ser algo muy duro porque la muchacha sólo atina a decir, a murmurar apenas: “Eres un concha de tu madre”. Y se va.

La verdad es que Santiago nunca estuvo enamorado de Victoria. La verdad de la verdad es que Santiago nunca estuvo enamorado de nadie. La muchacha retira sus cosas –un florero, la foto de su abuelo materno, un par de artículos de escritorio: nada de vida o muerte– y no vuelve más a la oficina. Una semana después se acerca al teléfono, que no ha querido mirar siquiera, y disca el número de Pollos Traiguén. Pollos Traiguén Limitada, good morning, escucha entonces: es una voz femenina, como aflautada. Dame con Chago, ordena Victoria. La nueva secretaria posiblemente piensa que se trata de la mujer del jefe, de otro modo no se explica que comunique el llamado al gerente de la empresa así, sin aviso y en español. Tiene una llamada en la línea uno, don Santiago, anuncia. El hombre apenas ha dicho aló cuando oye el reclamo destemplado de Victoria al otro lado de la línea: ¿tú pretendes que te olvide así como así?, empieza, intentando controlar una rabia muy afilada. Olvídeme si quiere, pero no me llame más. Ah, qué fácil, reclama la muchacha. O sea que se acabó y calabaza, calabaza, intenta ser irónica. Veo que ha entendido, responde secamente él. De eso ni hablar, ataca ella. Las cosas no se acaban así, reclama. Lo lamento, insiste Santiago. Y ahora, si me permite…, balbucea. ¡Al menos tutéame, pues!, pierde la paciencia la mujer. Y entre los saltos propios de un llanto quejoso va soltando frases dramáticas, escuchadas quizás en alguna comedia. Frases como: nada puede reemplazarte. O peor aún: toda yo soy tuya. Santiago Bueno mueve la cabeza con el gesto flemático de los padres frente a una payasada de su crío. Acerca la boca al auricular y responde con calma: cállate, pendeja, no sigas diciendo huevadas. Corta, y en ese instante se eleva en la habitación una carcajada ronca, jactanciosa: un sonido semejante al descorche de una botella guardada hace demasiado rato.

Poco después de esa llamada, Victoria se entera de que Pollos Traiguén Ltda. abrirá una sede en Kamakura y que su gerente se trasladará a Japón. La muchacha herida –y dicen que muy, pero muy loca– ha coleccionado todos los objetos que marcaron los dos últimos meses de su vida y, al enterarse del viaje, no lo piensa más. Esa misma noche abre las fauces de una maleta café oscuro heredada de su abuelo y la llena con lo que encuentra a mano. Facturas de la empresa avícola, colillas de cigarros negros, boletas del motel de calle República, una corbata olvidada por Santiago en la oficina, varios lápices secos, un Bic azul en buen estado, un carné vencido de metro, cuentas de teléfono, de agua y de luz, reclamos para Cartas al Director, un sacapuntas, una cucharita de café para enroscarse las pestañas o comer yogur, recortes de noticias agrícolas de un diario de la Séptima Región, su licencia de conducir y un cenicero de cerámica picado en una esquina. Cuando termina de empacar, siente que camina con la brújula chueca. Es como si hubiera estado conversando con todas las edades que tuvo durante los últimos meses. Pero Victoria tiene entonces diecinueve años y está dispuesta a seguir a Santiago Bueno al mismísimo Japón.

Eso es exactamente lo que hace. Victoria Melis está ahora con su maleta café en la calle Yuigahama, en Kamakura, muy cerca de la Capilla del Calvario. Justo al frente suyo un cartel anuncia: 自動車お祓所. Victoria saca su diccionario básico de español-japonés / japonés-español y, tras un arduo ejercicio de traducción, logra resolver el misterio: “Aquí se ofrece el servicio de purificar vehículos nuevos”, dice el cartel. Entonces se le ocurre que saber o no japonés da lo mismo. La muchacha ha venido a Kamakura con el dato de una agencia de empleos para extranjeros, y tiene suerte. El primer día es contratada como cuidadora de niños en casa de una argentina llamada Elsa Aránguiz. La mujer es viuda, ha estado esperando a una criada que hable español por más de seis meses, y Victoria Melis le parece un ángel caído del cielo. O quizás sólo un alivio, pero eso ya es bastante en Japón, con un paupérrimo dominio de la lengua local, un crío de ocho meses (Faustino júnior), una viudez reciente (un infarto de Faustino padre y adiós) y una rutina que responde más a la inercia generalizada que a un proyecto sólido de vida. Desde el primer minuto, al salir de la agencia de empleos, las mujeres entablan una especie de amistad. ¿Por qué estás acá?, pregunta Elsa Aránguiz con el bebé en brazos. Porque mi abuelo nació acá, miente Victoria, y recoge la muñeca de porcelana que ha caído al suelo. ¿Dónde la compró?, pregunta, cambiando de tema. ¿Qué cosa? La muñeca. Ah, la muñeca es de Nara, responde la argentina. ¿Bonito Nara? Muy bonito, divino. ¿Quiere que le tenga al niño?, se ofrece Victoria con gentileza. No, no todavía…, responde la patrona. Y no heredaste ni un rasgo oriental, qué suerte la tuya. ¿No le parezco japonesa?, se atreve a insinuar Victoria. Ahora que lo decís, puede ser, miente esta vez la argentina. O quizás sólo quiere entibiar el ambiente, asentar el vínculo en la amabilidad. A Elsa le simpatiza sobremanera la muchacha; la ve como a una sobrina. O incluso como a una hija. ¿Te gustan los chicos?, indaga. Los adoro, señora Elsa. Decime Elsa a secas, por favor. Elsa a secas, repite Victoria. Ambas se ríen.

Al principio las mujeres pasan el día entero hablando en español. El idioma local es de una dificultad suprema, una cosa infinitamente estresante, y eso acerca cada vez más al par de sudamericanas. Elsa le enseña a Victoria a manejar su Suzuki, que es como cualquier auto japonés exportado a Chile. Victoria es muy hábil como conductora y, mientras maneja (a la tercera lección, pongamos), sin desviarse de la ruta señalada por Elsa, le habla de sus padres muertos en un accidente ferroviario, de su falso abuelo japonés, de sus estudios de secretariado y de la idea de viajar a Japón para conocer a sus ancestros orientales. No le habla de Santiago Bueno, de los pollos de Traiguén ni de su aflicción amorosa. Elsa, sentada en el asiento del copiloto con el niño en brazos, le habla muy detalladamente de su llegada a Oriente, del empeño de Faustino por instalar una empresa de turismo en Kamakura, del parto natural de Faustino júnior (en el agua, sin anestesia y en posición vertical la madre), de la muerte repentina de Faustino padre, de la dificultad emocional de regresar a la Argentina, del extraño carácter del bebé. ¿Extraño por qué?, pregunta Victoria. Yo lo veo muy normal, yo ya quisiera uno así. ¿Querés un bebé? No, pero si lo tuviera, digo. ¿Qué tiene de extraño, dígame usted?, insiste la muchacha, doblando hábilmente hacia la derecha desde la pista izquierda de la calle Sakanoshita. Nada, nada, es muy tranquilo nomás. Y, sí, la mujer tiene razón. Es cosa de mirarlo. Tranquilo es poco decir: cualquiera diría que aquella criatura contemplativa se eterniza en una dimensión zen.

De este modo transcurren las primeras semanas. Cuando Elsa sale de compras o duerme o no está a la vista, Victoria aprovecha de revisar diarios o ver televisión en busca de alguna milagrosa señal, un rastro cualquiera de Santiago Bueno y sus pollos en Kamakura. Es obvio que fracasa en su empeño: es muy poco probable que el hombre aparezca así, como quien publicita refrigeradores ecológicos, frente a una pantalla o en algún folleto del periódico. Y, aunque apareciera, Victoria se pregunta si sería capaz de distinguirlo entre tanto ideograma japonés. A veces la muchacha despierta con recuerdos muy frescos: la oficina de pollos en Santiago, el motel de calle República, las carcajadas secas del hombre bebiendo pisco sour y hablando de sí mismo, los pedidos de último minuto y su crónico afán (el de ella). Entonces le dan ganas de salir a la calle e interrogar a la gente. ¿Conoce usted, señora, a Santiago Bueno? ¿Lo ha visto por acá? ¿Ha comido un pollo del sur de Chile? Pero se aguanta, se controla. Y con el control va perdiendo el entusiasmo y la vitalidad iniciales.

Elsa Aránguiz comienza a notar rara a la muchacha. Te veo decaída, le dice, como medio apagada. Y, sin esperar respuesta, atribuye su comportamiento a la dificultad idiomática y la inscribe en un curso de japonés. Pero antes toma una decisión: en esta casa no se habla más español, dictamina. De otro modo jamás vamos a aprender. Y tenés que salir a la calle, Vicky, el idioma no se aprende entre cuatro paredes. Pero yo…, murmura Victoria. Pero nada, niña, estoy tratando de ayudarte. Y así se hace: contrata a una maestra particular que viene a casa dos veces por semana, y desde aquel día los diálogos en español se limitan al mínimo. La muchacha estudia las lecciones, cuida a Faustino, lo sube al Suzuki, lo lleva a la costa, a Enoshima, al templo de Hachiman, sigue estudiando y abanicándose en el parque, mira al niño quieto como estatua, vuelve a las lecciones y se aburre soberanamente bajo el sol de Kamakura. Si al menos hablaras, guagua…, increpa a Faustino. Me voy a volver loca, loca. Dime algo, mocoso, le ruega. Pero el mocoso, muy zen, respira, duerme, se deja estar en su coche japonés.

La muchacha comprende que su regreso a Chile es inminente. Pero el viaje no puede haber sido en vano, piensa. Entonces decide escribir una carta a Santiago Bueno y hacérsela llegar a través de algún periódico local o de un servicio de rastreo o, quizás, de la embajada de Chile. O mucho mejor: a través de la Agencia Nacional de Policía de Japón. Una tarde, sentada con Faustino en un banquito frente al templo, estudiando las mismas lecciones de japonés básico de hace dos semanas, saca de su cartera una libretita y un lápiz Bic. Comienza a escribir la carta. Me has sacado, me has saqueado todo el tiempo, escribe. Y eso es lo único que se le ocurre. Por un minuto tiene la idea de escribir en japonés, pero la verdad es que sólo ha aprendido una frase romántica, y ya la olvidó. Era algo así como eres todo para mí. O todo lo tuyo está en mí. Y aunque recordara la frase exacta en japonés, sería un disparate decirle eso porque él es todo para ella, sí, pero todo también puede ser el horror. La muchacha deja el lápiz con la punta desnuda sobre el papel, esperando la sagrada inspiración en su lengua natal. Inútil: ninguna letra acude en su ayuda. Dame una idea, guagua, le habla al niño. Pero el niño, siempre zen, nada.

Victoria vuelve al auto con el crío dormido y lo deposita en su sillita japonesa. En ese momento, cuando se ha abrochado el cinturón de seguridad y está prendiendo el motor del Suzuki, ocurre lo inesperado. El milagro, podría pensarse, porque en ese preciso minuto Victoria ve la figura de Santiago Bueno frente a ella. El hombre ha salido de una casa de té y ahora cruza la calle, emitiendo una carcajada ronca, y camina sin apuro hacia el próximo semáforo. No está solo: lo acompaña una mujer que Victoria supone japonesa. Una geisha, piensa (aunque no sabe si las geishas existen todavía). Esto es mucho para la muchacha. Me has sacado, me has saqueado, repite en su cabeza perdida mientras improvisa un estacionamiento veloz, apaga o prende o pone en punto muerto las luces del auto, baja como una bala, da un portazo y corre detrás de la pareja. Sigilosamente, los sigue una cuadra completa. Los ve doblar por una callecita de baldosas nacaradas, bamboleándose juntos al caminar, abrazando él a la japonesa por la cintura. Y al fondo de la callecita los divisa entrar en un edificio con un letrero de neón en japonés y en inglés: Yashiro Hotel. Ahí se pierden de vista. Victoria se acerca a la puerta del recinto y espera. No sabe bien qué hacer. No atina a nada. Se apoya en un farol de madera y así, muy quieta, intenta imaginar lo que ocurre al interior de cada habitación del hotel. De golpe, por la ventana del tercer piso, a la izquierda, ve aparecer la silueta de una mujer. Es ella, claro que es ella. Victoria podría jurar que es la misma japonesa que acompañaba a Santiago. Un hombre, un hombre que ahora sí es cien por ciento Santiago Bueno, se acerca a la mujer oriental y cierra abruptamente la cortina.

Victoria mantiene la vista fija en la ventana iluminada. Pero se diría que sus ojos están un poco ciegos. Están, más bien, en el pasado. De repente las imágenes se le atropellan, como ocurre, dicen, minutos antes de morir. La mujer no sabe si es rabia, tristeza o preludios de muerte lo que la invade. En su mente aparece el hotel de calle República. Santiago en el hotel de calle República. Lo ve de espaldas, frente a ella, arriba de ella, adentro. Lo oye hablar, oye sus carcajadas ásperas. Santiago debe estar contándole a la geisha o a la puta japonesa la historia del tipo en el hotel de Montevideo, el tipo que hablaba de Santiago Bueno, que le hablaba a él, precisamente a él, de él mismo, ¿comprendes qué extraordinario, qué simpático? Santiago debe estar amasando en este instante esos pechos de muñeca amarilla, de muñeca de porcelana. Límamelo, japonesa. Límamelo, se retuerce la muchacha enamoradiza sobre las baldosas nacaradas de la calle. Durante las cuatro horas de espera la luz ambarina de la ventana no pierde su brillo. La muchacha, en cambio, parece apagarse en su llama. No hay nada que hacer: nadie va a salir en los próximos minutos de aquel cuarto de hotel oriental.

Victoria desanda la ruta con paso lento. Su cabeza está en cero. Ni en español ni en japonés ni en jerigonzo: en cero. Sólo al llegar al Suzuki parece recuperar su capacidad de razonar. Y lo que piensa es una obertura de lo que ocurre a continuación. Recién entonces recuerda que ha dejado al bebé adentro del automóvil. La muchacha abre con prisa y lo ve: la cara de Faustino júnior no exhibe a esta hora de la tarde la expresión zen de siempre. El niño está pálido. Más que pálido: blanco, inmóvil, tieso. La mujer cae en la cuenta del horno en que se ha convertido el Suzuki con la calefacción al máximo. No sabe cómo puede haber ocurrido. No lo puede creer, no puede ser cierto. La muchacha comprende horrorizada lo que ha hecho y regresa corriendo al hotel Yashiro, dejando atrás el cuerpito blanco y zen de Faustino júnior.

Entra sin mirar a nadie, sube los tres pisos por la escalera de mármol y llega hasta la habitación de la ventana iluminada en tonos ambarinos. Me has sacado, me has saqueado, se dice como en un rezo mientras golpea la puerta y espera muy firme, en posición de alerta. Alguien abre (la furia la ha cegado y no le permite ver si es ella o él) y la muchacha irrumpe en la pieza. Santiago Bueno la mira desconcertado. Victoria quiere matarlo, está vuelta loca. Kanoyo wa kichigai, dirán luego en Kamakura: muy, pero muy loca. Sin embargo, la japonesa no es un pajarito nuevo y se anticipa a los hechos: con una violencia inesperada, se lanza sobre la muchacha y la derriba. Victoria intenta defenderse, pero de alguna parte la japonesa saca un cuchillo y se lo entierra a la chilena en el estómago. La muchacha se desploma como un pato recién cazado. Como un pollo afectado por la epidemia de Traiguén. Es fea la escena: corre sangre en ese cuarto de hotel japonés. No sabemos si la mujer que ahora toma un quimono y comienza a vestirse ha querido o no matarla, pero el hecho es que Victoria no se mueve. Santiago Bueno se acerca al cuerpo sangrante, lo sacude, le grita algo. Luego se dirige a la japonesa, acaso una prostituta muy precavida y no una geisha cualquiera. Le dice pero qué chucha hiciste. Kimi wa hitogoroshi desu, le dice. Watashi wa hitogoroshi desu, corrobora la japonesa, con el cuchillito caliente en las manos. Sus palabras suenan afónicas, la cuerda de un koto desgarrada en medio de un concierto. Santiago, cosa extraña, se echa a llorar como un crío sobre el hombro de la japonesa.

Crimen pasional en el Yashiro Hotel. Así corren los hechos por la ciudad. Pero la noticia que acapara los titulares de la tarde es la del bebé muerto por asfixia en el interior de un vehículo. Y es curioso, porque, por algún error de reporteo, por mala información o simple errata, la prensa atribuye maternidad a Melis Victoria, inmigrante de nacionalidad chilena, sobre el bebé de diez meses muerto en un vehículo Suzuki azul del año 2000, en una solitaria calle de Kamakura, Japón.

Alejandra Costamagna (foto)

Los Larraín; nepotismo; DC; encubridores y Paula

felipe larrainUn Larraín. Increíblemente, el ministro de Hacienda, Felipe Larraín (foto), de quien se espera que sea un hombre frío de números, resultó ser un politiquero de miedo. En el primer gobierno del presidente Sebastián Piñera fue uno de los más pendencieros, hasta el último minuto, y en este segundo mandato fue el primero que empezó la camorra acusando al gobierno de la presidente Michelle Bachelet de haber dejado un déficit de 4.000 millones de dólares. Cacareó con esto hasta más no poder, hasta que el ministro de Hacienda saliente Nicolás Eyzaguirre le cerró la boca. Sin embargo, Larraín había empollado un huevo perverso: viajó a una reunión de amigos ex alumnos de la Universidad de Harvad ¡con dinero de los contribuyentes chilenos! Ni se puso colorado, el cínico ministro de Hacienda. Para excusarse, dijo que la invitación se la habían hecho en calidad de ministro hacía nueve meses. ¿Cómo sabían, hace nueve meses, que iba a ser ministro? ¡Mentiroso! Ministro Felipe Larraín, mentiroso y camorrero. ¡Politiquero!

Otro Larraín. El otro Larraín, el ministro de Justicia, Hernán Larraín (foto), lo primero que hernan larraindijo después de posesionarse fue que los jueces en Chile son todos de izquierda. Con esta declaración ¿qué imparcialidad en el ejercicio de sus funciones se puede esperar? Creo que está impedido. Es un ministro prejuiciado con sus gobernados, y esto le impide pensar claramente. Otro ministro, otro Larraín, sin autoridad para ejercer.

Nepotismo. A los casos de nepotismo, en apenas unos días de gobierno, se le está la monedaqueriendo bajar el perfil con argucias de lenguaje, como están acostumbrados a burlar las responsabilidades judiciales en casos de negociados. El argumento para desvirtuar el nepotismo consiste en decir que nombrar familiares no importa, si la persona tiene las competencias para ejercer el cargo. ¡No! El nepotismo es nepotismo, punto. El nepotismo es la preferencia de los funcionarios públicos de dar empleo a familiares o amigos. Punto. Si tiene las competencias es otro asunto. Primero lo primero, y lo primero hay que ver es si se verifica nepotismo, y si ocurre, hay que eliminar esa condición. Si no hay nepotismo, se verán entonces las competencias del candidato para el puesto. Y como no puede ser nombrado, en tanto se cae en nepotismo, sus competencias realmente importan cinco. (Iba a decir, mecánicamente, que importa un huevo, pero un huevo tiene infinitamente muchas más cualidades benéficas que un caso de nepotismo)

Todavía la DC. Hace varios años, seis o siete, dijimos en este blog que la Democracia democracia_cristianaCristiana (logo) era un partido que jugaba al bluf. Primero fue dentro de la Concertación y después dentro de Nueva Mayoría. Se plantaba con gran dignidad para reclamar por todo. Casi querían darle órdenes a la presidente Michelle Bachelet en su primer gobierno. Y en su bluf, en el que supuestamente tenían una base electoral importante y por eso debían ser tomados en cuenta para todo, casi se convirtieron en opositores, de peores consecuencias que los derechistas partidos Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional. El más enconado fue siempre Ignacio Walker. ¡Y los de la Concertación y Nueva Mayoría cayeron en el bluf! Hace ese tiempo que dijimos que debían salirse de esas alianzas políticas (o debían echarlos, que fue lo que en realidad dijimos) y mostrar sus cartas. Ocasión que tuvieron en las elecciones presidenciales pasadas. Y ahí, quedaron reducidos a lo que son: un grupúsculo de origen fascista, que no es amenaza para nadie más que para ellos mismos. Y amenazan extinguirse.

Encubridores. Parece que los hechos muestran, cada día con mayor nitidez, no solo a errazuriznosotros, sino al mismísimo papa Francisco, la farsa que tenían montada los curas Francisco Javier Errázuriz (foto) y Ricardo Ezzati. Posaban de angelicales ante el papa, y no son más que encubridores de pedofilia, violación y pederastia. Errázuriz viajó a última hora a la reunión programada con el papa, y Ezzati seguirá mintiendo con que jamás se enteró de lo que ocurría en los pasillos de los colegios y seminarios y capillas y centros vacacionales de la curia. En lo personal, les creo a James Hamilton, Fernando Batlle, José Andrés Murillo y Juan Carlos Cruz (víctimas sexuales de la curia) cuando dicen que, hace muchos años, ellos denunciaron ante los curas Errázuriz y Ezzati los abusos del cura Fernando Karadima, y estos curas engavetaron los papeles, ayudados, también se supo, por otro cura, Juan Barros, el perla. Toda una camarilla eclesiástica de encubrimiento de violaciones sexuales a menores de edad, de pedofilia y pederastia. Qué asco de “guías espirituales” tenía la iglesia católica en Chile. (Los llamamos “curas”, porque no tienen la dignidad de obispos que les otorgó el Vaticano)

Paula. Leí que se acababa la revista Paula. No era asiduo suyo, pero siempre es triste que se acabe un medio de comunicación. La pluralidad en la oferta editorial es alimento para el país.

‘Cruzar la calle’ de Diego Muñoz Valenzuela

diego muñoz valenzuelaMe encanta visitar a Roberto cuando está internado. Es un maldito bastardo loquísimo, pero me gusta ir a verlo. Lo pasamos fantástico. Yo siempre le llevo un par de botellas de fuerte bien ocultas debajo del abrigo. Los enfermeros jamás se han atrevido a revisarme. Tal vez no lo hagan por mi aspecto de ejecutivo exitoso, de terno oscuro y corbata impecable. O simplemente porque saben de mi amistad con el subdirector del hospital, el Negro Méndez, que está más loco que las arañas. Nadie imagina cómo pudo terminar Medicina. Estaba total, absolutamente chalado. Quizás por eso se especializó en psiquiatría. Además, esos enfermeros tienen tal aspecto de corruptos que estoy seguro de que soltándoles unos pesos me dejarían entrar con una bomba de hidrógeno y un ejército de prostitutas.

Roberto es de los que va a internarse por sus propios pies y por su propia voluntad. Cuando siente que algo anda mal en su sesera, hace la maleta y cruza la calle. Vive justo enfrente del manicomio desde muy pequeño. Suele contarme terribles historias de maníacos criminales que cruzaban el patio de su casa en plena tarde de domingo balando, con un enorme cuchillo carnicero sangrante entre las manos. “Tipos que se fugaban después de alguna atrocidad indescriptible”, dice con el rostro más serio del mundo. “Yo estaba acostumbrado, igual que mis padres. El problema eran las visitas. Con el tiempo nadie se atrevió a venir a la casa”. Todas estas cosas te las cuenta con la naturalidad del que las estuviera viendo ahora mismo, con una certeza de noticiario de televisión que a veces logra despertarme dudas.

A mí siempre me han gustado los locos, desde que era muy chico. Sobre todo los predicadores locos, como ése que salta todo el día con la Biblia en la mano. “Sécase la yerba. Cáese la flor…” anuncia y amenaza con los ojos azules y llameantes del autorretrato de Van Gogh enloquecido mientras salta incansable en una esquina del centro como si estuviese viendo el mundo pecador derrumbarse ante su vista incendiada. Una vez yo dije que quería ser como ese predicador cuando grande. Mi padre enfureció, se puso rojísimo para aullarme qué ideas estúpidas eran ésas, “¡como si para locos no bastara con mi suegro en la familia!”. Y ahí mismo se agarraron con la mamá. Tuve que irme al patio hasta que pasó la ventolera. No sé por qué mi mamá se enfureció tanto. Todos sabíamos que el abuelo estaba tan chiflado como un piño de cabras. Y un piño bastante considerable. Cada vez que venía a la casa nos agarraba a los chicos para sus conferencias sobre viajes astrales y congresos mixtos de espíritus y extraterrestres. Nosotros le avivábamos la cueca como podíamos. El viejo era bastante normal si no le mencionabas ovnis, incas o aparecidos. Pero bastaba pronunciar la palabra mágica y el show comenzaba ahí mismo. Era bastante divertido. Mi hermana mayor era experta en provocarlo, pero requería un poco de estímulo.

A Roberto no lo conocí por loco. Lo vi tocar maravillosamente el saxo una noche de club de jazz. Cuando terminó lo invité a la mesa y echamos unos tragos. Muy rápido me di cuenta que algo andaba malísimo dentro de su cráneo. Loco como un jabalí con sobredosis de heroína, pero así de simpático. Uno advertía ipso facto que sus ojos miraban a otro mundo bastante mejor que el nuestro. Yo creo que los ataques le bajaban cuando se daba cuenta que en realidad vivimos en esa selva que llamamos civilización. Tipos reptando por entre el lodo nauseabundo de viejas gárgolas protectoras de las artes con sus apergaminadas garras cubiertas de anillos que valen tu presupuesto de varios años. Sesiones de tecito para admirar las horripilantes creaciones de damas demasiado estiradas por la cirugía estética. Tipejos capaces de vender a su madre por una beca de arte en los States. En medio de todo esto se mueve Roberto, sin contaminarse. Jamás toma un bastardo peso ni pide un favor de nadie. A lo más te pide una cajetilla de cigarrillos cuando anda en la última miseria. Ni siquiera un par de monedas para la micro.

He aprendido a conocerlo bien. Ya sé cuando está a punto de cruzar la calle. Es cuando ves lucidez en sus ojos escondidos detrás de unos lentes gruesos como poto de botella donde puedes ver el miserable reflejo del mundo. Es cuando te mira con el rostro vencido y te dice “ya he tenido bastante de esta mierda, estoy harto, harto, harto”. Se queda mirándote con cara de “y tú, que piensas”. ¿Qué le voy a decir yo desde mi aspecto de pequeño burgués próspero? Lo invito a tomar café, le compro cigarrillos y charlamos hasta tarde, acaso es fin de semana. Después me cuenta que puteó al jefe de prensa del canal donde estaba grabando un programa, que le dijo varias verdades al subdirector de la revista donde escribía sobre jazz, que acusó de miserable al dueño del restorán donde cantaba por las noches.

Cuando parto al manicomio, repleto mis bolsillos de cigarrillos, chocolates y botellas de fuerte. ¿Sabes lo que les gusta el chocolate a los tipos con una teja corrida? Los enloquece. Llévales chocolates alguna vez a los chalados y vas a hacerlos completamente felices. Van a adorarte como si fueses el propio Osiris. Te vas a convertir en una especie de divinidad de los locos. Se alborotarán sólo con percibir tu aroma al poner un pie dentro del manicomio.

La última vez les llevé pisco de 45 grados, de ese amarillo que quema la garganta, y tres o cuatro barras de chocolate con nueces o almendras, no me acuerdo. A mí no me gusta el chocolate. El pisco sí, bastante más de lo conveniente. Los orates me estaban esperando en la puerta del patio. Me recibieron con vítores y llamados a Roberto. “¡Llegó el Gerente! ¡Llegó el Gerente!” gritaban como enajenados. Nadie les saca de la agujereada cabeza que soy el Gerente de la Ford o de la Cocacola por lo menos. No entienden que soy un tipejo más de esos que ofician de engranajes bien vestidos. Pues me levantaron en andas para llevarme a uno de los patios interiores donde estaba Roberto sentado en una silla de playa, a pleno sol, releyendo El Club de los Parricidas de Ambrose Bierce. En el estrado me esperaba de pie Fidel Castro, vestido de riguroso uniforme verde oliva y gorra de combate. Comenzó uno de sus improvisados discursos de bienvenida, donde hablaba más de licores que de revoluciones, más de rameras que de imperialismo, y más de sexo que de rectificaciones al socialismo.

Roberto se puso de pie para abrazarme y recibirme en “este santuario de lucidez, donde reside toda la esperanza del universo”. “Bienvenido al territorio libre” me dijo Fidel indagando mi abrigo con mirada de rayos X, con los ojos dilatados por una sed milenaria e insaciable. Cuando saqué el licor desde las catacumbas de mi abrigo de business man hubo un delirante estallido de júbilo que debe haberse escuchado claramente en la China. Ninguno de los enfermeros se dio por aludido. Seguro que veían un match de box, una película pornográfica, un partido de fútbol lo más cerca posible de una garrafa de vino barato de la peor especie.

Esos fulanos tienen tanto gusto como una rana ebria, me ha dicho más de una vez Descartes en medio de sus sesiones de análisis filosófico. “Cojo, luego existo” es su máxima preferida. Es un tipo de temer. Le dicen Descartes por esa proposición apócrifa. Más bien es una mezcla de Sartre, Marcuse y Ché Guevara capaz de inquietar a una locomotora con sus teorías. Yo sé como se llama, que era profesor de filosofía en el Pedagógico. Lo veía husmeando en los cuasi clandestinos recitales de jazz a fines de los setenta. No hablaba con nadie. Se decía que había quedado chalado con la tortura. Fumaba incansablemente, como si cumpliera una penitencia. “Lo peor es que no veo alternativa” me dice a veces “veo todo tan corrupto, tan contaminado como un callejón sin salida y sinceramente prefiero estar aquí adentro que revolcarme en la mierda, sabes”. Yo tal vez lo mire en silencio, con los ojos asustados. O quizás parezca indiferente, pétreo, distante. No sé. Pero a veces se me hace un nudo en la garganta al escucharlo. Juro que es cierto. Pareciera que llevase todo el dolor del mundo ahí dentro de su cerebro bullente de ideas. “Cuando no puedo más le pido a Roberto que toque el saxo un rato. Es increíble. Todos los milagros me parecen posibles entonces. El saxo es como una luz en las tinieblas. Y vuelvo a creer, aunque sea por un instante”. Me mira desde el abismo de su alma para confesarme lo terrible que es la ausencia de Roberto, pero no dice nada. Y es fácil imaginarlo aullando y arañando las paredes de un mundo demasiado erizado de espinas.

Roberto, Descartes y yo brindamos con unos vasos de plástico que Fidel sacó de un escondrijo. Todos se unieron a nuestro brindis en un coro terrorífico en tanto devoraban pedazos de chocolate y abrían paquetes de cigarrillos como dementes. Sandokán propuso otro brindis por sus feroces tigrecillos. Nureyev danzaba rebosante de gracia en medio de la trifulca de enajenados que no podía escuchar la maravillosa música que lleva siempre dentro. Proudhon preparaba una enjundiosa bomba mezclando nuestro pisco con quizás qué licores misteriosos sacados del barretín de Fidel. Hicimos un segundo brindis en pleno crescendo de la batahola. Y los enfermeros, nada, no se oye padre. Nureyev saltó peligrosamente cerca de la bandeja donde Sandokán ofrecía las bombas preparadas por el satisfecho anarquista mesando sus barbas a buena distancia. El Tigre de la Malasia rugió un par de insultos que el bailarín tomó a beneficio de inventario mientras le arrebataba un par de tragos que bajó sin demora por su garganta para continuar su danza.

Recién en ese momento lo vi, solo y silencioso en una esquina. Apenas saltaba con la Biblia sujeta por sus maravillosas y enormes manos de boxeador bondadoso. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y apenas podía escucharse la voz que asomaba débilmente entre los labios secos y partidos. Pude ver que su mirada estaba llena de girasoles amarillos, de soles furiosos y de grandes estrellas refulgentes, de miserias, de amores frustrados, de miedos, de hombres cavando en las tinieblas, de dioses lejanos y crueles. No he podido sacarme su imagen desde entonces. Me acerqué a él. Le pregunté por qué no venía con nosotros. Los demás guardaban silencio, como si presenciaran algo sagrado. Van Gogh susurraba palabras secretas e incomprensibles. Yo le pregunté cuándo había llegado por ahí, pero no dijo nada que pudiera comprender. Estaba hermoso y loco, con los ojos llenos de fuego y de agua. Igual que ese maravilloso autorretrato suyo. Lo abracé y pude sentir su corazón latiendo como el de un pajarillo atrapado entre tus dedos. Tiritaba entero. Era en ese instante el ser más frágil del universo. Yo pensé que podía deshacerse entre mis brazos y tuve miedo de hacerle daño. Apenas me atreví a besarlo en la mejilla hirsuta de barbas rojizas. Ahí fue que levantó su dedo y me señaló algo que estaba a mi espalda, algo maravilloso que yo no podía ver.

Cuando me di la vuelta encontré a Roberto a punto de soplar su saxo. No volaba una mosca en el patio. El sonido salió limpio, puro, tierno, rebelde, trémulo, bello, terrible, furioso, relampagueante, lleno de amor. Esa música tenía un sabor a divinidad y a demonio que parecía inundarlo todo con su sabor agridulce, con su verdad indescifrable, con su respuesta enigmática. Hay quienes esperan toda una noche a que Roberto se ponga a tocar así el saxo un par de minutos. Pero esa tarde él tocó sin descanso para nosotros. No hubo comerciales, ni tragos ni silencios. Sólo la música de lágrima y viento que parecía surgir más desde uno mismo que del instrumento destellando con los reflejos llameantes de un cuadro de Van Gogh.

No he ido de nuevo a ver a Roberto. Cada mañana, cuando me afeito, veo la cabellera rojiza de Van Gogh mirándome desde el espejo en llamas. Cuando trato de concentrarme escucho la música de saxo viniendo de muy adentro, de una zona en penumbras que apenas me atrevo a vislumbrar. Entonces pienso cada vez con más fuerza en esa idea que me obsesiona. Cruzar la calle. Hacia los girasoles amarillos, hacia las locas mezclas de licores, hacia una danza silenciosa, hacia las certezas y las dudas que me aterran. Hacia ese gigantesco imán o girasol o música que me estremece. Eso. Cruzar la calle.

Diego Muñoz Valenzuela (foto)