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Loa a la chispeza de Gary Medel para vestirse

gary-medel-matrimonio-1Impecable. El traje a la medida. El forro níveo de la chaqueta se convierte en solapa. Son dos flechas que bajan del cielo sobre el pecho negro. El borde de los bolsillos del ambo, también blanco, tanto como los botones de las mangas. ¡Qué elegancia, por Dios! Complementada, eso sí, con un chaleco negro con botones blancos, sobre una camisa azabache, sin corbata, ni lazo corbatín, o pajarita. El primer botón de la camisa abierto, relajadamente. Los zapatos, también negros, mitad acharolados. Muy refinado, Garyto, como el que más. Tal era el atuendo para su matrimonio civil. ¡Un traje con chispeza! Pero me cuentan que en ‘Maldita moda’, el programa de Chilevisión que vive criticando a Martín Cárcamo y Rafael Araneda porque “no son jugados”, porque “se mantienen en una zona de confort” con sus atuendos, se escandalizaron con la chaqueta vanguardista de nuestro zaguero central. Se escandalizaron porque Gary se la jugó. ¡No saben lo que dicen! O dicen las cosas para posar de que saben, pero en la realidad no tienen sentido estético. ¡Garyto, compadre, nunca es tarde para decir que tu chispeza en el vestir te hace tan grande fuera de la cancha, de lo que ya eres dentro de ella! Y tu esposa, como la musa que es para ti.

Álvaro Saieh y Marcelo Calderón ¿evaden al fisco?

alvaro saiehCuando leo noticias, como la que comento, me da escalofríos. Saber que hay personas que madrugan (con toda seguridad, porque son ansiosos) en sus bonitas mansiones, para ir a sus amplias y asépticas oficinas del barrio alto, en autos silenciosos de alta gama, ¡para inventar trampas, para encontrar la manera de evadir los impuestos o ganarse el próximo negocio!
Esto es lo que parece que hacen ciertos multimillonarios, ser ‘inteligentes’ en los negocios, como el señor Julio Ponce en el llamado Caso Cascadas. Se cree que armó una telaraña de operaciones con las acciones de sus empresas para ocupar el cuarto puesto de los más ricos de Chile (que ser rico de esa manera no tiene ninguna gracia, y obviamente no merece ninguna admiración de nadie), después de los Lucksic, los Angelini y los Solari.
Digo lo de madrugar a inventar trampas, porque eso es lo que parece siempre con estas personas, que esquizofrénicamente pueden manejar en sus cabezas decenas de empresas, una reales y otras de papel, para hacerse más ricos. Son glotones del dinero. Codiciosos de corazón.
Ahora resulta que el señor Álvaro Saieh (foto), tiene más problemas, además de los de incumplimiento de sus pagos bancarios. Ahora, cuentas pendientes con el Servicio de Impuestos Internos (SII) en la operación de compra de acciones de las tiendas Ripley y Johnson’s, y la venta de las mismas en el lapso de un año. Al parecer, tejió una telaraña de compras y ventas, para inflar el precio de las acciones y ganarse en ese año la nada despreciable suma de… ¡$300 millones de dólares! Trescientos millones de dólares.
Con la operación de compra, y la telaraña de compraventas de esas acciones, que armó el señor Saieh, el SII cree que está evadiendo al fisco el pago de… ¡US$35 millones! Treinta y cinco millones de dólares.
Lo cierto es que en la venta de esas acciones, por parte del señor Marcelo Calderón (foto), éste también habría evadido el pago de ¡US$22 millones! Marcelo-CalderonVeintidós millones de dólares.
Así es que se hacen millonarios. Y por eso digo nuevamente que no merecen admiración. Porque, en últimas, roban al fisco, y el fisco es el dinero de todos los ciudadanos. Es decir, nos roban a todos.
Creo que si la ley fuera justa, y la evasión se prueba, merecen… ¿la cárcel? Pero eso no va a ocurrir, seguramente, porque ese mismo dinero les sirve para contratar abogados, y además los delitos económicos no tienen esa clase de castigo. Al menos en la realidad. Piensa uno en la colusión de las farmacias para defraudar a sus clientes, y no pasó nada. Es posible, en cambio, que los autores mañana aparezcan en las tapas de las revistas, mostrando su opulencia.
Por eso hablo de que madrugan para ‘idear’ cómo le hacen el quite a la ley, para ser, codiciosamente, mas millonarios de lo que ya son.
Por parte del señor Álvaro Saieh, se supone que las siguientes fueron las movidas que hizo. Copio la confirmación que trae El Mostrador:
“En la memoria de 2009 de Ripley –presidida desde abril de 2009 por el ex presidente de Sofofa y ex director del SII en Dictadura, Felipe Lamarca–, se informaba que, luego de comprar las acciones de (Marcelo) Calderón en el retailer, Saieh realizó una ‘reorganización’ de las acciones en sus sociedades, con lo cual su participación en Ripley quedó de la siguiente forma: las aseguradoras CorpVida (5%) y CorpSeguros (5%), el FIP RCC (5%), Inversiones Heracles Ltda. (3,05%) y el FIP Omega (1,95%).
“Al revisarlas, el SII detecta que la ‘reorganización’ hecha por el grupo Saieh con papeles de Ripley y que describía en su memoria esta última compañía, no fue más que la reventa de las acciones desde el FIP RCC a las sociedades señaladas anteriormente.
“Detecta el SII que al menos tres de estas ‘reventas’ se hacen el mismo día en que fueron adquiridos originalmente los papeles de Ripley. Así, el 24 de agosto, luego de comprar un 5% de Ripley (a $ 250 por acción), el FIP RCC lo revende a CorpVida en $ 355 por papel, pese a que ese día está a $ 384 en el mercado.
“Luego, el 28 de septiembre de ese año, tras adquirir un segundo paquete de 5% de Ripley, revende un porcentaje al FIP Omega a $ 394 (mismo precio en que se transaba la acción ese día). Finalmente, el 25 de noviembre, luego de adquirir otro paquete de acciones, lo revende a CorpSeguros a $ 379, por debajo del valor de ese día en la bolsa.
“Otras tres reventas se realizarían el 23 de diciembre de 2009 a Inversiones Heracles (ligada a Saieh), y a Celfin Capital y la corredora de CorpBanca, éstas dos últimas el 5 de julio de 2010 y el 5 de octubre de ese mismo año.
Según el SII, estas operaciones posteriores al ingreso a Ripley generaron un “mayor valor” de $ 63.500 millones.
“Pero la cadena no termina ahí. Según el Servicio, en operaciones realizadas en diciembre de 2009 y octubre de 2010, el FIP RCC recompra 59 millones de acciones y 37 millones de acciones de Ripley al FIP Omega. En el segundo caso, RCC lo hace mediante una permuta con 2.216 millones de acciones de CorpBanca (adquiridas por CorpGroup Interhold, sociedad aguas arriba de Saieh).
“Finalmente, en diciembre de 2009, la sociedad de Saieh, Inversiones Heracles, compra a RCC 59 millones de acciones de Ripley en bolsa y, en octubre de 2010, termina vendiéndolas a Celfin Capital (ahora BTG)”.
¿Ven a lo que me refiero? En todo caso, hay que esperar qué dictamina, definitivamente, el Servicio de Impuestos Internos, SII, en una u otra dirección. Eso también lo informaremos en este blog.

Ringo Star, Ronnie Wood y el narco Carlos Lehder

Carlos LehderTrae la revista digital Las2orillas una corta crónica sobre una pequeña historia de Ringo Star y Ronnie Wood con uno de los más grandes narcotraficantes del funesto ‘Cartel de Medellín’: Carlos Lehder, capturado en Colombia y extraditado a Estados Unidos en 1987, donde fue sentenciado a 135 años de prisión. La pena al parecer se redujo a 35 años, que actualmente cumple en ese país.
Aunque trae un dato un poco exagerado sobre la permanencia de los rockeros en la propiedad del narcotraficante en Cayo Norman, una isla que compró para quitarse de encima la intermediación de los narcotraficantes estadounidenses y ponerla al servicio del Cartel de Medellín para hacer llover toneladas y toneladas de cocaína sobre Florida, Estados Unidos, la historia está refrendada en el libro que de su vida publicó Wood, el guitarrista de los Rolling Stone.
Titulada ‘El día que un Beatle y un Rolling Stone fueron secuestrados por Carlos Lehder’, la crónica la firma Iván Gallo
. JSA
A principios de 1978 los narcotraficantes colombianos estaban hastiados de tener que vérselas con intermediarios gringos para meter las toneladas de coca que distribuían en Los Estados Unidos. El negocio era rentable pero podía ser mejor. Por eso, cuando a Carlos Lehder (foto) se le ocurre la grandiosa idea de comprar Cayo Norman (foto aérea), una pequeña isla de Bahamas compuesta de unos cuantos cientos de acres de tierra ubicada a unos cuantos kilómetros de las costas de la Florida, y desde allí iniciar el vendaval de cocaína que caería sobre territorio norteamericano en los siguientes cuatro años, la historia del narcotráfico cambiaría para siempre.
Desde ese momento Lehder y sus compinches eran tratados como reyes en las islas y no había un solo dirigente o militar local que no cayo normanrecibiera algo de su acostumbrada generosidad. El dinero del narcotráfico permeó la economía local y allí ‘El Loco’ (Carlos Ledher) no sólo estableció un emporio económico que catapultaría al Cartel de Medellín como la organización criminal más rica del mundo, sino que desde Cayo Norman el quindiano armaría las rumbas más estrafalarias que el Caribe haya podido recordar.
Contrario a los gustos musicales que podían tener (Gonzalo) Rodríguez Gacha, quien disfrutada del corrido y la ranchera, o Pablo Escobar quien se derretía por las baladas de El Puma y Camilo Sesto, Lehder era un amante del rock y esa fascinación le hizo conocer de frente a rutilantes estrellas del género mientras fue el rey de Cayo Norman. Con algunas de ellas, aprovechando el gusto que tenían por la noche y las drogas, llegó a ser su amigo.
Tony Sánchez, antiguo dealer, chofer, guardaespaldas y parcero (amigo) de Keith Richards, afirma que era común ver en plena gira a narcos colombianos acercándose a los Rolling Stones, regalándoles miles de dólares en cocaína. Mick Jagger, siempre cuidadoso de su imagen, se mantuvo siempre al margen, pero Ron Wood, el guitarrista que reemplazaría desde 1974 a Mick Taylor en la banda, llevado por su adicción al juego, la rumba y la droga, intimó más de lo que debía con el muchacho de Armenia (Lehder).
Era diciembre de 1979 y Roonie vivía el fin de una larga temporada en París con Josephine, la blonda y voluptuosa muchacha con la que se casaría un par de años después. Se acababa la década y Francia empezaba a ponerse helada. El rocker y su chica querían ver playa, palmeras y sol.
En una fiesta parisina se encontraron con Lehder. Conversaron un rato y éste, al escuchar que los tortolitos buscaban un lugar tranquilo y cálido para seguir disfrutando de las mieles del amor, les sugirió que el mejor sitio para ser feliz era la mansión que él tenía en Cayo Norman. Los ojos desorbitados de Lehder, adicto a los CS o “Cigarrillos Sucios” unos largos, gordos y explosivos baretos de marihuana mezclados con heroína, se brotaron aún más al pensar en las posibilidades rumberas que implicaría tener a un Rolling Stone en su casa. Sin esperar la respuesta de sus invitados “Decidió que nos íbamos con él y no creo que tuviéramos mucha más opción” escribe el propio Wood en su autobiografía y prosigue: “No fue tanto una invitación como una orden. Era un tipo muy dominante”. Para tranquilizarlos un poco los llevó a un rincón de la fiesta y abrazando con fuerza a un embaladísimo Ringo Starr les dijo que él también se iba de juerga a “La casita de Bahamas”.
Al otro día, sin haber dormido, arrancaron para el Caribe. En todo el trayecto Lehder, a quien Ron Wood se refiere todo el tiempo con el alias de “Víctor”, no paró de decir incoherencias y de fumarse, uno tras otro, sus cigarrillos sucios. Siempre hablaba muy alto y su lenguaje era una rara mezcla de vulgaridades dichas en español e inglés. En el avión no venía Ringo, al preguntarle Wood al narco por qué no estaba el beatle, este le dio una cariñosa cachetada en la cara y le dijo que no se preocupara porque el baterista “Ya se encontraba en camino”.
Aterrizaron en la pista de kilómetro y medio que “Víctor” había mandado construir en Cayo Norman. Los acomodaron en un majestuoso Bungalow y a las pocas horas apareció Ringo quien, según palabras del guitarrista “Venía cabreado”. Pero la tensión se disiparía cuando Lehder los llevó a conocer el modernísimo estudio de grabación que había construido para que “Artistas de la talla de ustedes toquen para mi” y diciendo esto prácticamente los músicos entendieron que más que una invitación era una orden del narco.
Pasaron días enteros tocando en la sala de grabación para el capo. Este sólo atinaba a sonreír y a viajar en su nube opiácea. Muchachos entre 15 y los 18 años, deambulaban semidesnudos por la mansión mientras las paredes de estas retumbaban por los riffs salvajes de Ron Wood. (Carlos Ledher era homosexual y siempre anduvo rodeado de jovencitos a su disposición. Esta característica de Ledher se muestra en la telenovela –vista en Chile– ‘Pablo Escobar: El patrón del mal’)
De noche salían a ver las estrellas y a entregarse a las paletadas de coca. Había una habitación cuyas paredes y pisos estaban tapiadas de cocaína “Era como la cueva de Aladino” recuerda Wood.
En la noche el rey de Cayo Norman se encerraba con su corte de ángeles en una casa que quedaba al otro lado de la isla. A los músicos solo los veía como personal que se ocupaba única y exclusivamente de tocar sus instrumentos. La situación duró cerca de un mes y a mediados de enero de 1980, Lehder, acosado por sus socios del Cartel de Medellín que le pedían más compromiso con la causa y menos rumba, decide liberar a los ingleses.
Para el Stone y el Beatle su estancia en la isla, siendo invitados del capo colombiano, sólo es un mal recuerdo “tocábamos tanto que en esos días compuse una canción llamada Tiger Balm… no hace mucho que Ringo y yo estuvimos recordando los días en que fuimos rehenes de aquel tipo, intercambiando rayas por riff, y golpecitos de tarjeta por golpes de batería”.

El obediente Lionel Messi y su autismo Asperger

lionel messiEl siguiente artículo, escrito por el periodista argentino Ernesto Morales bajo el título anotado, revela aspectos médicos y profesionales de la vida del que es considerado “el mejor jugador del mundo”. Lo encuentro digno de lectura. Quizás a otros, como a mí, explique ciertos hechos y eventos que ocurren más allá de la disposición y cualidades de Lionel Messi. Y, por lo mismo, ya no podamos ver a Messi como hasta ahora, siendo un ser especial. Debo anotar, eso sí, una inconsistencia: el médico austriaco Asperger murió en 1980, y Messi nació en 1987. Cuando lean el artículo entenderán mejor esta observación. Sin embargo, también debo decir que en el conjunto del texto ese dato se puede obviar, y sigue siendo un texto esclarecedor. JSA

La única vez que vi a Lionel Messi (foto) en persona, delante de mí, dos cosas me llamaron poderosamente la atención. Primero: era mucho más frágil de lo que imaginaba. Exceptuando sus piernas, desde luego, todo en él me recordaba a un niño. Si su estatura es 8 centímetros más baja que la mía, su torso es la mitad de estrecho que el de un adulto promedio, como si se tratara de un adolescente cuyo tórax no se terminó de desarrollar. Segundo: Lionel Messi no disfrutaba aquel espectáculo de luces y flashes y autógrafos pedidos y cámaras de televisión con reporteros que, como yo, intentaban obtener una reveladora entrevista suya. Recuerdo haber pensado: este chico, solo quería jugar. Y lo han traído de la mano a esto. Era el año 2012, acababa de ganar su tercer Balón de Oro, y estaba en Miami como parte de esa gira esperpéntica llamada “Messi & Friends”, organizada por la fundación que lleva su nombre, donde se desarrollaban partidos entre dos equipos-frankenstein, armados a como diera lugar con jugadores estelares, para exhibición y recaudaciones benéficas. La lectura del marketing podría ser esta: “El mejor jugador del mundo dedica sus vacaciones a jugar fútbol para recaudar dinero con fines benéficos”. La lectura un poco más profunda sería otra: “Un chico que solo quería jugar al fútbol, debe cumplir también en sus vacaciones con obligaciones, sin descanso, porque la maquinaria de dinero, de publicidad, exige fundaciones como la suya, benéficas, para paliar los impuestos millonarios a sus ingresos”.

De repente debía ganar más dinero para que le quitaran menos de su dinero. Y del dinero de su padre. Y del dinero que le generan Adidas, y Head & Shoulders y Doritos y la retahíla de transnacionales que pagan por su imagen. Y Leo Messi, cuando empezó todo esto, con cinco añitos, solo quería jugar al fútbol. Esa linda y sobrecogedora palabra: jugar.

Cuando Lionel Messi me firmó el tenis que guardo en una vitrina de mi casa, apenas me miró, aquella tarde en los vestuarios del Sun Life Stadium. No miraba a nadie. No podía. Sus pupilas no tenían forma de fijarse en ningún punto concreto: tenía cien flashes encima, ocho cámaras de televisión, y un cordón de guardaespaldas liderado por su tío que no por ser su tío tenía la complexión del sobrino. Es bajo como él, pero es un pequeño Neandertal con brazos de orangután. Tengo el recuerdo grabado en la memoria con espantosa fijación: aquel chico, tres años menor que yo, literalmente no podía dar un paso con libertad. Su cara era una forma de la angustia sobrellevada.

En los vestuarios del stadium de Miami conversaban y se cambiaban esa tarde, con total naturalidad, futbolistas de élite como Radamel Falcao, Didier Drogba, Fabio Cannavaro y Diego Forlán. Ellos podían, aunque fuera a trompicones, tener una vida normal. Se tomaban un par de fotos, hablaban entre ellos, socializaban incluso con nosotros los periodistas. Lionel Messi no. Adidas exigía, como parte de los acuerdos contractuales de esta gira benéfica, seguridad personalizada a toda hora y en todo sitio. Y a toda hora y en todo sitio incluía también las duchas. Messi no podía bañarse y cambiarse en el mismo vestuario que el resto.

Y todo esto había empezado en un barriecito de Rosario, Argentina, veinte años atrás, con un chiquillo que solo quería jugar al fútbol.

Messi no nació normal. Además de la deficiencia hormonal que le obligó a mudarse a Barcelona en su infancia para recibir tratamiento durante años, nació con una forma leve de autismo descubierta por el psiquiatra y pediatra austríaco Hans Asperger.

Cuando en este 2014 Messi dijo que no sabía nada de sus cuentas bancarias y deudas con Hacienda, que todo eso lo llevaba su padre, difícilmente no estuviera diciendo la verdad. No solo porque su genio es para el fútbol, no para la economía y la mercadotecnia, sino porque él solo ponía las piernas. Su síndrome de Asperger da para una concentración extraordinaria en un asunto (en su caso el fútbol), y para nada más. Los cerebros que controlan los hilos de su nombre y su marca y su cotización, empiezan en su padre y terminan, quién sabe, en una red de abogados y firmas donde cada cual saca su apetitosa tajada.

A Messi, su padre le decía: “Tú juega al fútbol. Déjame el resto a mí”. El chico al que ni la escuela, ni otros deportes, ni la televisión ni los viajes le interesaban, el rosarino pequeñito de 10 años, al que solo le interesaba inyectarse los muslos para poder jugar al fútbol, de repente se descubrió debiéndole 35 millones de euros a Hacienda.

Cuando Lionel ganó su primer Balón de Oro, en 2009, el escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que a Messi deslumbraba verlo porque no había dejado de jugar como un chiquilín de barrio. Era verdad. Así jugaba Lionel. Y así no juega ya. Por el camino, en esa línea que debía ser recta entre un deportista fascinantemente talentoso y el deporte que solo quiere practicar, han entrado a jugar otras demasiadas variables que en nada son poéticas ni ingenuas como la palabra jugar.

De repente Messi se vió con un peso sobre sus hombros: ser el sustituto de Maradona. Él no lo pidió. El solo pidió jugar al fútbol. Pero su país y nosotros, los hinchas, le otorgamos esa empresa como quien envuelve el mapa del tesoro en la piel de un animal, y lo pone en manos de un héroe que debe partir.

De repente se vio, además, como una industria de hacer euros. Lo mismo Lionel-andres-messi-dolce-gabbanaposando en calzoncillos, que vistiendo los carnavalescos trajes de Dolce & Gabbanna (foto), que lavándose la cabeza con champú que de seguro ni usa. Pero eso le decían sus asesores, sus familiares, sus abogados, que debía hacer. Un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer. Messi terminó siendo como todos quisieron que fuera.

Y después vinieron los Balones de Oro. No importaba que él solo balbuceara una y otra vez que solo quería jugar al fútbol. Nada de eso. Tenía que ser la estrella del circo. Tenía que exhibirse como el principal gladiador del coliseo romano. Uno tras otro los Balones de Oro que la FIFA le arrebató a una revista francesa, madre de la iniciativa. Toma. Ahí los tienes. Eres el mejor del mundo. No nos basta con tu juego hermoso, divertido, de fantasía. No es suficiente con que hagas más bello este deporte todavía. Tienes que ser nuestra cabeza de turco. Nuestro fantoche. Algo que vender, porque te van a comprar: eres demasiado bueno.

¿Porque él los quería? No, casi de seguro: porque nosotros los queríamos. Nosotros, los consumidores adictos al fútbol. Los que exigimos cada vez más torneos, aunque los futbolistas tengan cada vez menos piernas. Y nosotros pagamos por eso. Pagamos por camisetas, por membresías de clubes, entradas a stadiums, juegos de Playstation, posters. Nosotros pagamos, la industria pone luces, cámaras y acción; los futbolistas, llámense Messi, o Cristiano, que pongan sus muslos y sonrían.

Y uno termina preguntándose si aquel chico se acordará, entre tanta vorágine y tanta podredumbre, de que él solo quería jugar al fútbol. Como otros queríamos ganarnos la vida escribiendo, otros bailando, y otros pintando cuadros. Divertirnos, solo eso.

El primer gran enemigo de la FIFA, casualidad macabra, es el hombre cuya Historia ha atormentado al rosarino Messi, sin ninguno de los dos quererlo. Es un atorrante incontenible, un comunista vomitivo y futbolista sin comparación posible, llamado Diego Armando Maradona.

Maradona se ganó la animosidad de la FIFA por hacer algo impensable, digamos: denunciar a los cuatro vientos que esa banda de rufianes que había organizado al fútbol alrededor de cuatro letras, se comportaba como una mafia sonriente con todo el poder del mundo, sin oposición o control posible.

Muchos se preguntan, de no haber sido Maradona el enemigo declarado de la FIFA si su carrera habría sido truncada de forma tan escandalosa por aquel positivo a la endorfina, en 1994. No era el primero, no sería el último en dar alterado en un test de doping. Con Maradona, el bocón, el bastardo, no hubo atenuante posible. La FIFA sonreía.

Hoy, rebelarse contra la FIFA es prácticamente imposible si quieres patear balones de manera profesional. El organismo tiene impunidad para, por ejemplo, no pagar impuestos y derogar leyes vigentes en los países donde celebra sus torneos si estas afectan sus intereses económicos. Y está dirigida por un señor mayor llamado Joseph Blatter desde hace 16 años. Blatter es solo 10 años más joven que Fidel Castro, y para mí, oriundo de un país donde las entronizaciones del poder han sido cosa de más de medio siglo, me aterra cualquier mandato demasiado extenso. Más, si el organismo dirigido se autodefine como sin fines de lucro y tiene fondos de reserva en bancos suizos (la casa natal de Blatter) por mil millones de dólares.

Y esa es la organización que decide las vidas de chicos como Lionel, como James, como Suárez, como Cristiano. Jóvenes de entre 20 y 28 años que comenzaron viendo el fútbol no como un empleo, no como una forma de hacer dinero, no como mira un lobo de Wall Street los indicadores del Dow Jones: apenas niños que querían divertirse jugando al fútbol.

Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recoger su segundo Balón de Oro, no tienen falla: eran lágrimas de presión. Lágrimas de tensión acumulada. De miedos impuestos por una industria donde todos, sus seguidores y detractores, le exigimos cada vez más, cada vez mejor, cada vez más espectacular. El colmo de lo grotesco: Cristiano Ronaldo debió jugar la final de la Champions League con una orden comercial en su cabeza: “Si marcas un gol, te quitas la camisa, vas hacia el corner, y gritas y sacas músculos, lo más fuertemente que puedas”. ¡Filmaban una película sobre él! ¡Había que lanzar más carne al hambre del espectáculo!

Cristiano, como Messi, solo quería en un principio jugar al fútbol. Hoy, ambos, son los gladiadores que ganan millones despedazándose en medio del coliseo, mientras nosotros decidimos, en las gradas, si con un pulgar arriba o un pulgar abajo, se les perdonan o si se les salvan sus vidas. Nosotros los hemos puesto a pelear entre sí. Probablemente sin nosotros, sin la industria que nos satisface el morbo de la rivalidad malsana, ellos serían amigos o poco menos.

Admitámoslo: esto es grotesco. Esto es una mierda.

Alguien depositó en las neuronas de Lionel Messi una responsabilidad: tienes que ser el mejor de todos los tiempos. No basta con que juegues maravilloso. Tienes que ganar el Mundial, de lo contrario, no serás el mejor de todos los tiempos. Así llegó este chico a Brasil. No como quien viene a una fiesta, lo que debería ser. No como se va a competir con dedicación, pero con disfrute. No. A él se le exigía golear, correr, y ganar.

Se lo exigía Adidas. Se lo exigía el contrato de mejor pagado del mundo que firmó con Barcelona. Se lo exigía su mercantil padre. Se lo exigía la separatista Catalunya. Se lo exigía una Argentina donde ni siquiera tuvieron a bien ponerle inyecciones de crecimiento cuando chico. Se lo exigía una legión de detractores que, crueles como somos los hinchas futboleros, emplea adjetivos mordaces y destructivos, adjetivos que vendrían bien a asesinos seriales o dictadores de pueblos, no a jóvenes que corren detrás de un balón. Se lo exigía yo. Sí: también se lo exigía yo mientras veía hoy el partido con mi hijo de seis meses sobre mis piernas.

Messi ha fallado. Messi miraba al cielo en el momento de mandar ese tiro libre a las nubes. El mismo que otras veces se clavó en la red, hoy fue a parar al cielo de Río a donde doscientos mil argentinos ponían sus rezos para que el equipo no se fuera así, sin más. Y Messi era el culpable. Era culpable de no estar ya a su mejor y más rutilante nivel, y, oh pecado, era culpable de no ser ya el mejor de la Historia.

De repente lo recordé caminando delante de mí, dos años atrás, firmándome aquel zapato con las pupilas dilatadas por tanto bullicio y luces alrededor de él. Recordé su cara de angustia, de quien quiere desaparecer y tumbarse en el sofá a ser un tipo simplemente normal: la misma cara con la que recogió, en el sopor de la máxima humillación, el último premio que todavía hoy le tenía la FIFA listo, contra toda lógica y toda comprensión.

Yo vi a Messi esta tarde y de repente sentí lástima por él, y por la tragedia silenciosa que es toda esta profesionalización, esta industria de circo, descarnada, indolente, donde tantos futbolistas se han suicidado y a otros tantos les ha explotado en la cancha el corazón; esta industria donde se coronan a héroes y se desguazan a derrotados; esta cultura despiadada donde miles de periodistas como yo escribirán hoy sus crónicas de la derrota y con un dedo señalarán, señalaremos, todos a Lionel Andrés, un muchachito de un metro sesenta y nueve centímetros, medio autista y medio genio, que no pidió ser el mejor de nada, que no soñaba con Balones de Oro ni cláusulas de 250 millones en Barcelona, y al que solo, en realidad, le interesaba poder divertirse un poco jugando al fútbol.

Raquel Argandoña, Piñera, Andrade y Julio Ponce

raquel argandoñaRaquel Argandoña. Qué bueno que Raquel Argandoña (foto) se va del ‘Buenos días a todos’, el matinal del canal oficial Tvn, de acuerdo con versiones de colegas periodistas de la farándula. Ningún aporte hace al programa de televisión. Como no hizo ninguno cuando fue contratada por una millonada de plata por el Canal 13, hace unos pocos años. Duró contados meses, porque se dieron cuenta que su imagen era negativa, y su trabajo no contribuía a enriquecer los contenidos. Simplemente hace presencia, ahí sentada, creyendo que con eso basta. O con agredir a los periodistas, sin que nadie le proteste. Me cuenta Aristarco que Raquel Argandoña era en su tiempo (tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet) una suerte de Cote López, Daniela Aranguiz, Valentina Roth y Roxana Muñoz, todas juntas, condensadas en ella. Qué bueno que limpien la pantalla de Tvn de personajes que no añaden contenido a los programas. Programas del “canal de todos”, como dice ser Tvn. Este canal debe ser un aporte al país. ¿Tvn es estatal, o es privado, o no chicha ni limoná? Debería respetar más a la audiencia a la que se dice representar (pero, obviamente, no es así)

­–Sebastián Piñera. Con un 50% de aprobación sale el presidente Sebastián sebastián piñeraPiñera. Es una cifra que no se compara con el 80% que tuvo Michelle Bachelet cuando terminó su primer mandato. Pero no es tampoco una cifra lamentable. Porque hubo momentos de su gobierno en que su aceptación popular, en las encuestas, era deplorable. ¿Le servirá ese 50% para basar la idea de otra candidatura y, eventualmente, otra presidencia después del segundo mandato de Michelle Bachelet, que comienza en 7 días? Tal vez. Porque no es como dice el presidente del Partido Socialista, el señor Oswaldo Andrade, que ese porcentaje de popularidad del presidente Piñera es como para que “la derecha” nunca vuelva al gobierno. Eso del señor Andrade es terrorismo ideológico. Porque él, como socialista, debe entender el significado de la Democracia. La democracia no excluye, como los extremistas de “izquierda” o de “derecha” lo hacen. Los argumentos de un político serio, y “socialista”, deberían tener otro sustento que este tipo de consignas incendiarias, propias de agitador callejero. (El gran fracaso del señor Piñera fue su “plan” contra la inseguridad)

Julio Ponce. Probablemente con dineros del llamado “Caso cascadas” (compra julio poncey venta planeada de acciones de empresas de él mismo, algunas de papel, para valorizarlas) el accionista mayoritario de SQM, Julio Ponce (ex yerno del dictador Augusto Pinochet, de cuyo período proviene, al parecer, su primera fortuna), apareció en la última lista de la revista Forbes sobre las personas más ricas del mundo. Aparece con una fortuna personal de 2.300 millones de dólares. Otros chilenos con igual o menor fortuna que Julio Ponce (foto) son: Álvaro Saieh Bendeck, Roberto Angelini Rossi, Luis Enrique Yarur y Patricia Angelini Rossi. ¿Cuánto más durará don Julio Ponce, ahora que está siendo investigado por la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS) por su participación en esas operaciones con visos fraudulentos, “Caso cascadas”, cuando la investigación concluya? (Figuran también en el ranking la viuda de Andrónico Luksic, Iris Fontbona, con 15.500 millones de dólares; el dueño de Cencosud, Horst Paulmann, con 4.700 millones dólares; María Luisa Solari Falabella con 2.600 millones de dólares; Bernardo, Eliodoro y Patricia Matte, dueños o socios de CMPC, Colbún, HidroAysén, Bice, Entel, y Puertos y Logística, aparecen con una fortuna de 2.500 millones de dólares; y el presidente Sebastián Piñera con 2.400 millones de dólares)

Con la alfombra roja empieza el Festival de Viña

Alfombra rojaCada cosa en su lugar y el festival de Viña del Mar tiene el suyo en Chile. Este se llama en realidad Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, pero de internacional no queda sino algunos cantantes “invitados”, y de canción solamente una competencia que era la médula del festival, pues escogía “la canción” ganadora, a la manera de San Remo o la OTI, pero esta parte se convirtió en un evento sin brillo, arrinconado dentro festival. Y el festival lo conforman esos cantantes “invitados” (lo pongo en comillas porque son contratados por sumas fabulosas) y un humorista (o dúo o grupo de humoristas) cada una de las noches.

Dicho de manera corta: el festival ya no es el festival. Pero, aun así, sigue siendo el evento del año en Chile. Ahora se televisa, y entonces tiene más peso este formato en comparación con el viejo festival que se llevaba a cabo en el escenario de la Quinta de Vergara, casi a puerta cerrada. Y la puesta en escena para televisión exige la mayor parafernalia posible. Darle el mayor boato (y algo más), para tener a la audiencia pegada a las pantallas. Este año, el festival es “propiedad” de Chilevisión, que ya anunció 5 horas de transmisión, desde las 19:30 de hoy.

Lo que ocupará esas cinco horas es el desfile por la alfombra roja, un tapete de viña1150 metros de largo. Usualmente, cada cual viene con cada cosa. Hombres y mujeres, o mujeres y hombres se preocupan por lucirse. En la foto de arriba, para dar una idea, de izquierda a derecha, Francisca García-Huidobro (animadora), Tonka Tomicic (animadora) y Antonela Ríos (actriz y animadora). A algunos les sale el tiro por la culata, porque realmente muestran un pésimo gusto para vestirse (y lucirse). Después lo veremos. Uno llega a pensar si no se trata de un campeonato del mal gusto. Lo increíble es que un canal le gaste tanto tiempo a tener en antena algo así. Pero es parte de nuestra idiosincrasia. Esto es Chile.

GGM cuenta odisea de ‘Cien años de soledad’

g.g.m.A principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Ángel, en la Ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien años de soledad. Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:

–Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

–Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con la que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias, pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio, que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales, que sólo usamos para la boda y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron –sin los anillos– un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia, porque siempre ha desconfiado del destino.

–Lo único que falta ahora –dijo– es que la novela sea mala.

La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todas mis esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los cuales había percibido muy poco más que nada. Salvo por La mala hora, que obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana, y me alcanzaron para el nacimiento de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y para comprar nuestro primer automóvil.

Vivíamos en una casa de clase media en las lomas de San Ángel Inn, propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen jardín para jugar mientras no fueron a la escuela. Yo había sido coordinador general de las revistas Sucesos y La familia, donde cumplí por un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años. Carlos Fuentes y yo habíamos adaptado para el cine El Gallo de Oro, una historia original de Juan Rulfo que filmó Roberto Gavaldón. También con Carlos Fuentes había trabajado en la versión final de Pedro Páramo, para el director Carlos Velo. Había escrito el guión de Tiempo de morir, el primer largo metraje de Arturo Ripstein, y el de Presagio, con Luis Alcoriza. En las pocas horas que me sobraban hacía una buena variedad de tareas ocasionales -textos de publicidad, comerciales de televisión, alguna letra de canciones- que me daban suficiente para vivir sin prisas pero no para seguir escribiendo cuentos y novelas.

Sin embargo, desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y arrasador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

–Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un solo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo.

En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir con mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir.

No lo dudé, porque Mercedes -más que nunca- se hizo cargo de todo cuando acabamos de fatigar a los amigos. Logró créditos sin esperanzas con la tendera del barrio y el carnicero de la esquina. Desde las primeras angustias habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestra primera incursión al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto de la sección las examinó con un rigor de cirujano, pesó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas de un collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:

–¡Esto es puro vidrio!

Nunca tuvimos humor ni tiempo para averiguar cuándo fue que las piedras preciosas originales fueron sustituidas por culos de botellas, porque el toro negro de la miseria nos embestía por todos lados. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la semana. Ésta era quizás una de mis razones para no usar papel carbón.

Problemas simples como ése llegaron a ser tan apremiantes que no tuvimos ánimos para eludir la solución final: empeñar el automóvil recién comprado, sin sospechar que el remedio sería más grave que la enfermedad, porque aliviamos las deudas atrasadas, pero a la hora de pagar los intereses mensuales nos quedamos colgados del abismo. Por fortuna, nuestro amigo Carlos Medina, de vieja y buena data, se empeñó en pagarlos por nosotros, y no sólo los de un mes, sino de varios más, hasta que logramos rescatar el automóvil. Hace sólo unos años supimos que también él había tenido que empeñar uno de los suyos para pagar los intereses del nuestro.

Los mejores amigos se turnaban en grupos para visitarnos cada noche. Aparecían como por azar, y con pretextos de revistas y libros nos llevaban canastas de mercado que parecían casuales. Carmen y Álvaro Mutis, los más asiduos, me daban cuerda para que les contara el capítulo en curso de la novela. Yo me las arreglaba para inventarles versiones de emergencia, por mi superstición de que contar lo que estaba escribiendo espantaba a los duendes.

Carlos Fuentes, a pesar de su terror de volar en aquellos años, iba y venía por medio mundo. Sus regresos eran una fiesta perpetua para conversar de nuestros libros en curso como si fueran uno solo. María Luisa Elío, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo, paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas, desde sus primeras visitas, para dedicarles el libro. Además, muy pronto me di cuenta de que las reacciones y el entusiasmo de todos me iluminaban los desfiladeros de mi novela real.

Mercedes no volvió a hablarme de sus martingalas de créditos hasta marzo de 1966 –un año después de empezado el libro–, cuando debíamos tres meses de alquiler. Estaba hablando por teléfono con el dueño de la casa, como lo hacía con frecuencia para alentarlo en sus esperas, y de pronto tapó la bocina con la mano para preguntarme cuándo esperaba terminar el libro.

Por el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me faltaban seis meses. Mercedes hizo entonces sus cuentas astrales, y le dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor de la voz:

–Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.

–Perdone, señora –le dijo el propietario asombrado–. ¿Se da cuenta de que entonces será una suma enorme?

–Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible–, pero entonces lo tendremos todo resuelto. Esté tranquilo.

Al buen licenciado, uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: ‘Muy bien, señora, con su palabra me basta’. Y sacó sus cuentas mortales:

–La espero el siete de septiembre.

Se equivocó: no fue el siete, sino el cuatro, con el primer cheque inesperado que recibimos por los derechos de la primera edición.

Los meses restantes los vivimos en pleno delirio. El grupo de mis amigos más cercanos, que conocían bien la situación, nos visitaban con más frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo. Luis Alcoriza y su esposa austriaca, Janet Riesenfeld Dunning, no eran visitadores frecuentes, pero armaban en su casa pachangas históricas, con sus amigos sabios y las muchachas más bellas del cine. Muchas veces eran pretextos simples para vernos. Él era el único español que podía hacer fuera de España una paella igual a las de Valencia, y ella era capaz de mantenernos en vilo con sus artes de bailarina clásica. Los García Riera, locos del cine, nos arrastraban a su casa en la noche de los domingos y nos infundían la demencia feliz para afrontar la semana siguiente.

La novela estaba entonces tan avanzada que me daba el lujo de seguir enriqueciendo el argumento falso que improvisaba en las visitas de los amigos. Muchas veces escuché recitados por otros a los que nunca se los había contado, y me sorprendía de la velocidad con que crecían y se ramificaban de boca en boca.

A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de una esquina el final de la novela. No usaba papel carbón y no existían las fotocopiadoras de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos mil cuartillas. Fue un manjar de dioses para Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, una de las buenas mecanógrafas de Manuel Barbachano Ponce en su castillo de Drácula para poetas y cineastas en la colonia Cuauhtémoc. En sus horas libres de varios años, Pera había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellas, La región más transparente, de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de las películas de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final de la novela, era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. No sólo aceptó el borrador por la curiosidad de leerlo, sino también que le pagara enseguida lo que pudiera y el resto cuando me pagaran los primeros derechos de autor.

Pera copiaba un capítulo semanal mientras yo corregía el siguiente con toda clase de enmiendas, con tintas de distintos colores para evitar confusiones, y no por el propósito simple de hacerla más corta, sino de llevarla a su mayor grado de densidad. Hasta el punto de que quedó reducida casi a la mitad del original.

Años después, Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la única copia del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenagal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa con una plancha de ropa.

Mi mayor emoción de esos días fue un sábado en que no tuve listas las correcciones del siguiente capítulo, y llamé a Pera para decirle que se lo llevaba el lunes. Al cabo de un largo titubeo se atrevió a preguntarme si Aureliano Buendía se acostaría al fin con Remedios Moscote. Cuando le contesté que sí, soltó un suspiro de alivio.

–Bendito sea Dios –exclamó–; si no me lo hubiera dicho, no habría podido dormir hasta el lunes.

Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de Paco Porrúa, -de quien nunca había oído hablar- en la que me solicitaba para la Editorial Sudamericana los derechos de mis libros, que conocía muy bien en sus primeras ediciones. Se me partió el corazón, porque todos estaban en distintas editoriales con contratos a largo plazo, y no sería fácil liberarlos. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle a Paco que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin compromisos, de la que en pocos días podía enviarle la primera copia terminada.

Paco Porrúa lo aceptó por telegrama, y a vuelta de correo me mandó un cheque de quinientos dólares como anticipo. Justo para los nueve meses de alquiler que nos habíamos comprometido a pagar por esos días y no encontrábamos cómo, por un mal cálculo mío para terminar la novela.

De todos modos, la limpia transcripción de Pera con tres copias en papel carbón estuvo lista en dos o tres semanas más. Álvaro Mutis fue el primer lector de la copia definitiva, aun antes de mandarla a la imprenta. Desapareció dos días, y al tercero me llamó con una de sus furias cordiales, al descubrir que mi novela no era en realidad la que yo contaba para entretener a los amigos y que él repetía encantado a los suyos.

–¡Usted me ha hecho quedar como un trapo, carajo! –me gritó–. Este libro no tiene nada que ver con el que nos contaba.

Luego, muerto de risa, me dijo:

–Menos mal que éste es mucho mejor.

No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo ni cómo se me ocurrió. Con ninguno de los amigos de entonces ni en ningún libro de tantos he podido precisarlo. Ni aun en el de mi hermano Eligio Gabriel, el más autorizado e intenso de cuantos se han publicado sobre el tema. Por fortuna, no ha de faltar algún historiador imaginativo que se encargue de inventarlo.

La copia que leyó Álvaro Mutis fue la que mandamos en dos partes por correo, y otra fue el respaldo que él mismo llevó poco después en uno de sus viajes a Buenos Aires. La tercera circuló en México entre los amigos que nos acompañaron en las duras. La cuarta fue la que mandé a Barranquilla para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la novela: Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda, cuya hija Patricia la guarda todavía como un tesoro.

Cuando recibimos el primer ejemplar del libro impreso, en junio de 1967, Mercedes y yo rompimos el original acribillado que Pera utilizó para las copias. No se nos ocurrió pensar ni mucho menos que podía ser el más apreciable de todos, con el capítulo tercero apenas legible por la lluvia y por los hierros de aplanchar. Mi decisión no fue nada inocente ni modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta. Sin embargo, en alguna parte del mundo puede haber otras copias, y en especial las dos enviadas a la Editorial Sudamericana para la primera edición. Siempre pensé que Paco Porrúa -con todo su derecho- las había guardado como reliquia. Pero él lo ha negado, y su palabra es de oro.

Cuando la editorial me mandó la primera copia de las pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas: Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero que es la única verdadera: ‘del amigo que más los quiere en este mundo’. Junto a la firma escribí la fecha: 1967. La mención sobre la firma repetida y las comillas en la frase final se debían a una dedicatoria anterior que había firmado en un libro para los Alcoriza. Veintiocho años después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en la sala, hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica:

–¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo!

Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de dieciocho años antes: Confirmado, 1985. Y volví a firmar como la primera vez: Gabo. Ése es el documento de 180 folios, con 1.026 correcciones de mi puño y letra, que será puesto en pública subasta el 21 de septiembre de este año en la Feria del Libro de Barcelona, sin participación ni beneficio alguno de mi parte.

Que no haya dudas de que es una operación legítima. Lo que ha desconcertado a algunos es por qué las galeradas originales estaban en mi poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo la lista de las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que el mamotreto se perdiera en la vuelta.

Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después, reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos, el más fiel de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron su heredero legítimo por disposición testamentaria. Lo único que me parece injusto de esta historia a la vez inverosímil y memorable es que Luis y Janet vivieran sus últimos años con cientos de miles de dólares guardados a salvo del tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en este mundo.

Gabriel García Márquez (foto) (Tomado de Arquitrave)