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‘El budín esponjoso’ de Hebe Uhart

Heber uhartYo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.

La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además, no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.

-Ni en sueños -me dijo.

La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan, pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:

-Puedo hacerla en el galpón?

-Sí -me dijo mi mamá.

Podía hacerlo en el galpón con un calentador.

En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).

Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.

Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.

Como ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.

Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.

Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.

-Ah, ya sé -pensé-, con un palo largo.

Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.

-¡Qué manía -dijo- de mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.

Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.

-A lo mejor todavía sube -me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.

Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en si mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.

Mi mamá dijo:

-Es lógico, yo ya suponía.

Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.

Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

Hebe Uhart (foto de Alejandro López)

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‘Nadar de noche’ de Juan Forn

juan fornEra demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras.
Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y su hijita con ese murmullo ensordecedor.
Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.
Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.
Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no Iba a pisar Buenos Aires en todo el mes.
Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.
Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo Efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.
Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.
Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:
– ¿Se puede pasar?
-Sí, claro. Por supuesto.
El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado.
Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:
-Dame el impermeable, si querés ¿Te traigo algo para tomar?
El padre negó con la cabeza. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.
-No, no así está bien. Va a llover en cualquier momento-dijo-. Qué maravilla. ¿De día es así, también?
-Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.
Marisa, y la beba. Debés tener un montón de cosas para contarme, ¿no?
Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.
-Sí, claro-dijo-. Supongo que sí.
-Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la Beba. Esas cosas.
A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.
-Voy a servirme un whisky ¿Seguro que no querés?
-No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.
-No es mía-dijo él antes de entrar. La casa, quiero decir.
Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y de golpe sintió que todavía no se habían tocado.
-Yo creí-dijo, desde ese lugar-que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.
La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.
-Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.
Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.
-Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. -Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones nomás. —
O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.
El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.
-A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.
Él lo miró sin entender.
-Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo, muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.
– ¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?
El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.
-Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente, de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.
Hizo una pausa.
Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría ningún valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más sencillo, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.
Hizo otra pausa.
-También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provocará esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?
Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que ahora era, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.
-Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?
-No.
Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.
-Y ahora qué sabés-atinó a decir.
-Nada-contestó el padre.
Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.
-Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?
No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa insólita belicosidad. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.
-Es cierto-dijo-. Perdón.
Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo:

-De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.
El padre soltó una risita.
-Ya me parecía.
Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y su risita volvió a oírse.
-Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.
-Los grillos-dijo él-. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.
Después de decir estas palabras dudó ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.
-Bueno-dijo el padre con voz muy suave.
A lo nuestro.
– ¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
-Como quieras. Pero ya sabes cómo es eso: una vez que te enteras, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
-Sí, ya sé-dijo él. Y preguntó, con voz insegura: – ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?
-Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
-Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento-dijo él.
El padre no contestó.
– ¿Importa algo estar juntos, allá?
El padre no contestó.
– ¿Y cómo es? -Dijo él.
El padre desvío los ojos y miró la pileta. -Como nadar de noche-dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. -Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.
Él tomo de un trago el whisky que le quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago.
Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.
– ¿Algo más? -Dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.
-Por dónde querés que empiece-dijo.
-Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.
Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

Juan Forn (foto)

 

‘En la peluquería’ de Hebe Uhart

hebe uhardLa peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo) Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

-Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”) Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.

Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora)

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

-Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostumbrada a cualquier cosa y corta.

Yo salgo contenta.

Hebe Uhart (foto)

‘Una artista’ de Ema Wolf

Ema wolfTengo que contar lo que pasa con mi abuela Eugenia.

Mi abuela Eugenia ama las artes. Todas las artes. Cualquiera.

El año pasado descubrió que podía pintar y eso la puso muy contenta. Se fabricó un caballete. Compró telas, pinceles y pomos de óleo.

Decidió que lo mejor era empezar pintando fruta, como habían hecho todos los artistas célebres. A eso se le llama “naturaleza muerta”. Consiste en poner unas cuantas frutas dentro de una frutera y pintarlas de modo que salgan lo más parecidas posible.

Cuando llegó el otoño juntó manzanas y peras de la quinta. Las acomodó en la frutera, puso la frutera sobre la mesa del comedor y pintó.

Le festejamos mucho el cuadro. Ella se entusiasmó.

El invierno lo pasó pintando cítricos. No dejó una naranja, un pomelo, una mandarina, ni un quinoto sin pintar.

A fines de octubre ya había pintado todo lo que se podía cosechar en casa. La fruta variaba con el correr de los meses; la frutera era siempre la misma.

Colgó las telas de su pieza y organizó visitas de parientes para admirarlas.

Llegó noviembre, que es el mes de los nísperos.

En casa no hay nísperos. El único que los tiene es don Cosme, que vive al lado.

No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi abuela aquel día fatal de primavera. Siempre la tuvimos por una persona seria. Pero debe ser cierto que cuando el arte se le mete a alguien adentro, es capaz de hacer cosas que nadie imaginó.

Aquel día mi abuela se coló en el terreno de don Cosme por un agujero de la ligustrina y fue derecho al árbol de los nísperos.

Lo vi todo. Espantoso.

El vecino la pescó justo cuando se descolgaba de una rama baja con el delantal anudado lleno de nísperos suyos.

Me acuerdo de los ojos desafiantes de mi abuela y de sus zapatillas de lana balanceándose a ras del suelo. Don Cosme la miraba petrificado, apoyado el cuerpo en el rastrillo para no derrumbarse. Así estuvieron un rato.

Rojo de vergüenza ajena, don Cosme se metió por fin en el edificio de su casa y mi abuela volvió a la nuestra por el agujero, ofendida porque la habían descubierto.

Rápidamente se puso a pintar los nísperos. Pintó sólo un puñado y completó la frutera con unos cuantos carozos brillantes.

Yo pensé que la cosa quedaba ahí y que nadie más se enteraría.

Pero al día siguiente el vecino mandó llamar a mi papá.

Le contó lo que había hecho mi abuela. Le dijo que la vigilara, que nunca la había creído capaz de portarse así y que era un mal ejemplo para nosotros.

Mi papá volvió furioso. La retó.

A ella el reto le entró por una oreja y le salió por la otra. Estaba cada vez más indignada con el vecino: antes porque pensaba que no era de caballeros pescar a una dama en un momento así; ahora por alcahuete.

Mi papá la obligó a regalarle a don Cosme el cuadro de sus nísperos; al menos eso. Ella obedeció de mala gana. El vecino no supo si agradecerlo o qué.

Desde ese día mi abuela le tomó el gusto al asunto y empezó a visitar otras quintas de la manzana. Siempre con motivo de su arte, se dedicó a levantar fruta madura, bien elegida. Todo a la luz del día, sin esconderse ni ocultar siquiera las huellas de sus zapatillas.

En eso está ahora mi abuela.

Los vecinos se quejan a gritos. Por ellos, ya hubieran guardado todos sus árboles en los dormitorios.

Notamos que cada vez es más lo que se lleva y menos lo que pone en la frutera. Pero sigue pintando.

Van mal las cosas. Debo decir que está completamente sublevada.

La sorprendieron trepada a las medianeras eligiendo fruta con prismáticos, huyendo por debajo de los alambrados y arrojando granadas, que son duras, para retrasar a sus perseguidores. Mi papá tiene pesadillas en las que mi abuela capitanea una banda de forajidos.

Estamos a mediados de enero.

Ella sabe bien que en febrero maduran los higos y no se va a perder el pintar una naturaleza muerta con higos; especialmente esos de cáscara oscura, muy dulces, que crecen en la casa del fondo. Se prepara, creo, para dar el gran golpe.

Armó un artefacto ingenioso para cortar los higos altos: una vara con una tijera en la punta accionada por un piolín y una pequeña red abajo. También consiguió una escalera alta porque la medianera del fondo no es alta. Se la pidió prestada al dueño de los higos; el hombre está horrorizado.

Hay que evitar a toda costa que llegue a febrero con esos planes.

Estamos tratando de convencerla de que pinte otras cosas. El mar, por ejemplo, que no molesta a nadie. El problema es que donde vivo no hay mar.

Ella dice que cuando acabe con la fruta va a seguir con los animales.

Eso puede ser peor. No me animo a contárselo a mi papá, pero la encontré dibujando los planos de los gallineros del barrio.

Ema Wolf (foto)

‘Comunión’ de Marcos Crotto

MARCOSCROTTO(Con este cuento, Marcos Crotto ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en el 2011)

Caminaba entre las tumbas. No había más de veinte, adornadas con flores y cintitas. Una huerta de cruces perdida en la cordillera recibiendo los colores del cielo. Dejó la mochila sobre una lápida y en la pantalla de su cámara digital congeló una cruz de madera armada con dos troncos y un Cristo tallado en la corteza. Me gustaría que me enterraran en un lugar así, dijo. La piel blanca que la musculosa dejaba libre se le había puesto algo rosa en esos días. Le sacó fotos a un pajarito amarillo que movía la cabeza encima de una lápida y a un abejorro que se metía una y otra vez en la trompeta de una flor que se abrazaba a una cruz de hierro. Se sentó en una piedra y prendió un porro. Es como si los propios muertos, después de recorrer toda la tierra, hubiesen decidido entrar allí, dijo, en este lugar apartado de los hombres, y dormir para siempre en la roca de colores tan cerca del cielo. Christophe, que la esperaba apoyado contra la puerta del Mitsubishi, de brazos cruzados, oculto detrás de sus anteojos negros, le contestó que ya estaba fumada y le pidió que se apurara, quería llegar antes que se hiciese de noche.

Ya de nuevo en el auto, Virginie miró las fotos en la pantalla de su notebook. Le gustó una especialmente: se veía una tumba armada con ladrillos y una reja de lanzas en las que se entrelazaban flores azules y jarrones de cerámica; detrás de la tumba crecían yuyos verdes que contrastaban con los colores de las flores; más abajo, jirones de nubes deambulaban entre los pliegos de los cerros, de modo que el cementerio estaba arriba de la nube; al fondo resurgía una montaña vertical, el cielo y la tierra se confundían en esa imagen. La puso como protector de pantalla, reemplazando a su casa de Bordeaux en una mañana fría pero de sol.

El GPS adherido al parabrisas indicaba la existencia de arroyos, lechos secos, minados por piedras blancas que parecían osamentas de peces. Por algo el pueblo al que iban se llamaba Aguas Secas. Las paredes de la montaña doblaban con el camino. Naranjas, verdes, turquesas, amarillas, rojas. La montaña, dijo Virginie, era la paleta inmensa de un pintor que prepara los colores y que después no la toca porque advierte que la paleta es el cuadro. Sólo colores. Ese paisaje era lo mismo. La fuerza de los colores aislados de la materia. Él le preguntó si pensaba que encontrarían el cuadro en Aguas Secas. Ella se encogió de hombros y miró un rato la foto del cementerio, cerró la notebook, se reclinó contra la ventanilla, tal vez podía dormir. Christophe puso el disco de Ravel. De a gotas caía la fuerza del piano. Es una música lenta pero que no deja de avanzar, es mágica, dijo Virginie, descalza y apoyando los pies contra el parabrisas. Christophe le preguntó si la había tocado en algún concierto. Sí, dijo Virginie, me volví loca estudiándola, encima con Ravel hay que contar una historia desde las sensaciones, escuchá esta parte, ¿ves?, las notas imitan las campanadas que velan a un ahorcado, se repiten las campanas y se repite el miedo a la muerte, que va creciendo. No es una música, es una atmósfera que toca una música.

El camino ya parecía un serrucho, el disco empezó a saltar, las notas se repetían o volvían atrás. Mejor apagarlo y abrir la ventanilla. No sé por qué dejé el piano, dijo Virginie. Ya vas a volver, dijo él. Sí, no sé. Entró el aire de la montaña y el errático ruido del motor que ya empezaba a sufrir el esfuerzo de la altura. Pasaron dos o tres cementerios más, el paisaje se secaba, pocas plantas, cada vez más rocas, la tierra desnuda y naranja, las montañas parecían jarrones de arcilla.

Llegaron a Aguas Secas. La poca gente que caminaba por la calle de piedra era vieja, con los rostros curtidos por el sol. Vestían ropas de colores alegres algo erosionados por el uso. Delante del auto una señora arreaba a sus cabras y en la vereda una nena en bicicleta los miraba con un dedo metido en la nariz. Virginie le mostró la cámara, como preguntándole si le podía sacar una foto; la nena pedaleó calle arriba.

Bajaron del auto. Las casas eran blancas, todas parecidas. Ya casi no quedaba nada de pueblo cuando vieron, al final de una curva, una pared grande de roca medio negra, un balcón arrodillado hacia un precipicio. Arriba de la roca había un cura, sentado, mirando las montañas, y alrededor del cura parecía estar concentrado todo el pueblo, en distintos niveles. Algunos sentados sobre piedras, otros de pie, algunos con los ojos cerrados, otros mirando al cura. A veces los miraban, como si no entendieran qué hacían dos turistas en ese lugar. Virginie recordó esa escena de Ben Hur en la que Cristo predica en el monte. Una viejita arrugada lloraba. Virginie le sacó una foto. Después se acercó un poco más al cura y también le sacó una foto. Era rubio, de barba, flaco, parecía más un conquistador que un cura. Perdieron el tiempo de cuánto duró esa oración, al atardecer. Al final, el cura se puso de pie y caminó por un caminito bien marcado. Todos lo siguieron: la vieja que lloraba, un tipo encima de un burro, la nena de la bicicleta. Dos o tres señoras cantaban, no muy afinadas. Llegaron de nuevo al pueblo por un caminito que ascendía y descendía entre arbustos espinosos y duros. La capilla era blanca como las casas y con un campanario exageradamente alto, le pareció a Virginie. Alguien empezó a sonar las campanas y el sonido rodó cerros abajo con una avalancha de ecos.

Los bancos de madera rechinaban a medida que los ocupaban. Virginie no sabía que el olor denso era guano de murciélago. Se hizo una fila para comulgar. Todavía había luz. Comulgaban y después se arrodillaban en los bancos o rezaban de pie, mirando al piso o al Cristo demasiado lastimado que colgaba del techo. Ellos, por respeto, también lo miraban, tratando de incorporarse a esa oración comunitaria, aunque casi al mismo tiempo advirtieron el cuadro, detrás del Cristo, en la pared del altar.

Virginie caminó por los laterales y se acercó lo más que pudo sin ser indiscreta. Le temblaron las piernas. Le sacó fotos al Cristo, como para disimular, y después al cuadro. La comunión de los pastores estaba en una capilla anclada en las montañas, a más de diez mil kilómetros de donde había sido pintado quinientos años atrás.

Los fieles se perdieron en los cerros. Las puertas de las capillas quedaron abiertas. El cura había desaparecido detrás del altar con la viejita que le hacía de ayudante. Pudieron acercarse más al cuadro. Tendría unos dos metros de largo por uno y medio de alto. A pesar del polvo y de la mugre acumulada se adivinaban figuras de hombres y de mujeres que languidecían en la cima de un cerro. Había granjeros, una vieja con un telar, un burro, un pastor con sus cabras, alguien que podía ser un sacerdote. Otros cerros continuaban en distintos planos, secos, como cubiertos de un manto de cuero de toro. Gris y negra la tierra. En cambio, el cielo regalaba colores alegres que se encendían unos a otros. Los hombres y las mujeres del cuadro levitaban con esas pinceladas características del pintor. Como algunos pájaros de montaña, esas figuras ya eran más del cielo que de la tierra.

El cura salteó churrascos con cebollas y les ofreció el vino dulce que usaba para la misa. Ellos quisieron comer poco, tal vez para mostrarse civilizados, pero el aire de la altura y el humo de la marihuana les había inflado el hambre y limpiaron los platos. Les parecía increíble que el cura hablara tan bien francés. El cura les comentó que su abuela había nacido en Francia, ella le había enseñado. No se interesó demasiado por la vida de ellos ni tampoco quería hablar de él. Apenas comió unos bocados de cebolla con pan. Al final de la cena, Christophe le pidió si les podía mostrar de nuevo la capilla. La recorrieron, cada uno sosteniendo un candelabro con velas encendidas. Cuando llegaron al cuadro, Christophe fingió sorpresa, dijo que era lindo y que le gustaría comprarlo. El cura contestó que todo lo que estaba allí pertenecía a la comunidad de los cerros. Virginie comentó que le encantaría llevarse el cuadro así recordaba su viaje por esa parte del mundo, era tan lindo ese lugar, y el cuadro mostraba muy bien todo eso, seguramente lo había pintado alguien de la zona, dijo acercando una vela a la tela. Se iluminaron los ojos del burro y de un pastor. El cura sonrió y explicó de nuevo que el cuadro pertenecía a la comunidad. Hablaba lento y siempre como si mirara un poco más allá de aquello que enfocaba. No le importaron los tres mil dólares que ofreció Virginie. Christophe dijo que tal vez podían pagar hasta diez mil, aunque el cuadro ni tenía firma, seguro que era de un pintor desconocido, y estaba arruinado de humedad, dijo ella, y de polvo, dijo él, pero igual subían la oferta, la gente de esa zona era demasiado pobre. El cura los miró y dijo que la comunidad apreciaba ese cuadro, no estaba en su poder venderlo, eso dependía de Dios. ¿Y cómo hablamos con Él?, preguntó Christophe, riéndose.

El cura entró en el cuarto pegado a la sacristía. Preparó dos camas para ellos y después lo vieron tirarse entre unos perros flacos. ¿Por qué no duerme en una cama?, le preguntó Virginie. Así le ofrezco el sacrificio a Dios, dijo, ya acostado sobre el suelo. También les dijo que se despedía ahora de ellos, en unas horas, en plena noche, saldría en burro hacia los cerros, había casas arriba, estaría unos días administrando sacramentos.

Virginie se acostó en una cama y Christophe salió a fumar tabaco. Miró el brillo rabioso del cielo, enmarcado por las cumbres. Entonces le pareció que el cuadro estaba bien en ese lugar: un pueblo levitando entre la potencia de las montañas y las riquezas brillantes que esperan del otro lado de la noche.

Los murciélagos revoleteaban alrededor del campanario, cazando insectos.

Aunque el cura ya había partido con el burro, ellos caminaban en silencio, casi en puntas de pie, como si la capilla fuera un museo minado de alarmas. Virginie colocó la tela enrollada dentro de un tubo de aluminio. Fueron hacia el Mitsubishi, lo empujaron y saltaron a los asientos cuando el auto tomó velocidad por el efecto de la pendiente. Christophe prendió el motor, aceleró, pero las piedras golpeaban la panza del auto. Había que tranquilizarse o romperían el cárter de aceite. Apenas se veía el camino que despertaban los faros y que se hundía y resurgía entre piedras. Menos mal que tenían el GPS. De los matorrales saltaban tucuras de lado a lado, atravesando la luz de los faros. No hablaban. A veces, Virginie miraba para atrás y tocaba el cilindro que contenía la tela que ella había desprendido del marco con su navaja. En doce horas, tal vez diez, llegarían a Chile cruzando por el Paso de Jama. Tenían documentos diplomáticos, nadie molestaría. Virginie bajó la ventanilla. Le sorprendió el aire húmedo, enseguida se largó a llover, gotas que estallaban en el parabrisas, aisladas unas de otras. Después ya fue una lluvia pareja, vertical y monótona, interrumpida por algún trueno que vibraba en las montañas.

Los limpiaparabrisas apartaban el agua con su coreografía. Llovía con calma, una lluvia mansa que no golpeaba la tierra sino que la bañaba.

Los sobresaltó el primer arroyo. Donde ayer había un lecho resquebrajado ahora pasaba una cuerda de agua marrón. Christophe metió las ruedas de a poco, el agua rascó la panza del auto, las ruedas volvieron a apoyar el peso del Mitsubishi sobre la tierra.

Ahora llovía fuerte, cascadas de agua que bajaban con viento y peso. Christophe tenía que esquivar las piedras que se habían desprendido de las paredes de roca. A veces Virginie tenía que bajarse para correrlas. Se embarraba las manos y la cara. Por momentos no se veía nada, sólo la lluvia casi encima, empañada por los faros. El agua también caía de las paredes de la montaña. Ese paisaje quieto y silencioso de la tarde anterior ahora era un gigante que movía sus aguas, sus rocas, sus ruidos.

El Mitsubishi se les quedó en medio de uno de los arroyos. Los faros casi que se hundieron en un pozo, iluminaron el agua desde abajo, como un submarino, el motor se apagó después de toser. Las ruedas sirvieron más de flotadores que de apoyo y el auto empezó a girar empujado por las olas hacia la cascada que rugía al costado del camino. Christophe ayudó a Virginie a subirse al techo del auto y de ahí, colgada de las hojas de una cortadera, pisó tierra firme. Christophe agarró el cilindro y estiró el brazo. Ella tuvo que meterse un poco en el arroyo y alcanzar uno de los extremos. Él también se colgó de las cortaderas para llegar a la tierra. En el cilindro se juntaron las sangres de los dos, las lavó la lluvia.

Se refugiaron debajo de una piedra que salía de la pared. Desde allí vieron cómo la corriente bajaba cada vez más rápido y más gorda. El agua negra pasaba por encima del capó y acercaba el auto a la pendiente. Oscuro, el auto parecía una roca que divide el cauce de un río.

La luna resplandeció en las rejas de lanza y en algunas cruces de hierro. El cementerio estaba ahí nomás. Se sentaron en uno de los banquitos de piedra. Christophe se tiró a dormir, Virginie le pidió que no se durmiera y le preguntó qué harían con todo ese lío. Ni bien el cura volviera de su paseo le subirían la oferta, una muy buena oferta, le harían entender que el cuadro tenía que estar en un museo y que el gobierno francés podría ayudar con donaciones a la comunidad. Tengo frío, dijo Virginie. Habían perdido todas sus cosas. Mañana, cuando baje el agua, las rescatamos del auto, dijo Christophe.

La luz todavía era azul y no dejaba ver más que sombras de arbustos o rocas no muy lejos. Desde arriba de los cerros se soltaba un cielo turquesa y rosa. Divisaron al Mitsubishi en un desbarranco, cuarenta metros abajo del camino. Apenas se veían las gomas y una puerta entreabierta. Lo demás eran plantas y barro que se le habían pegado como una barba. Imposible bajar hasta ahí, se podían romper una pierna y ahí sí que la cosa sería brava.

No sabían qué hacer, si caminar, si quedarse ahí. Salió el sol y al rato apareció un hombre a caballo y un chico, seguramente el hijo, encima de un burro. No se pudieron entender. El chico los ayudó a subirse al burro, uno pegado al otro. El hombre iba adelante con su caballo y el chico caminaba y los arrastraba con el bozal. No hablaban. Dejaron el camino de autos y se metieron en una huella marcada por animales. Volvían para el pueblo. Ristras de nubes aparecían desde las montañas, como si la tierra las pariera, y al rato todo el cielo estaba atravesado de largas franjas de nubes grises, parecido a un campo recién arado. Una aventura esto de rastrear arte, dijo Christophe y Virginie se rió. No tengas miedo, le dijo Christophe. Adelante, el hombre guiaba al caballo con silbidos.

Llegaron al pueblo. Los cascos del caballo y del burro sonaban en el empedrado. Apareció la nena con la bici, otra nena con una muñeca que le colgaba de la mano, tres chicos jugaban al fútbol. Los miraron pasar y después siguieron jugando. Se bajaron del burro en la puerta de la capilla. Una viejita arrugada como una nuez se acercó a Virginie con la mano estirada, ella le dio la mano, pero la viejita no quería saludarla, quería el tubo de aluminio. La viejita sacó la tela de adentro y desenrolló ahí mismo los colores alegres del cielo y los grises en las montañas. Afuera del cuadro era al revés. La tierra de colores y el cielo gris. Christophe se lamentó de no saber mejor español, no podía dar explicaciones por lo del cuadro ni hablar de otras cosas, como de fútbol, el cinco del Paris Saint Germain era argentino. Vamos a buscar un teléfono, dijo Virginie.

En el pueblo no tenían mucho que hacer. No había teléfonos, no había autos y tampoco señales del cura. Se sentaron en una vereda. Por lo menos sus ropas ya estaban casi secas. Sonó la campana de la capilla.

-C’est un si bémol.

Sonó de nuevo, y otra vez, y otra vez, y así siguió, y a medida que sonaba hombres y mujeres bajaban de los cerros cargando sus palas, lazos, machetes y demás instrumentos de trabajo. Se reunían frente a una placita, donde se quedaban medios quietos, como pintados. Virginie buscó a la nena de la bicicleta, ya no había chicos en la calle. Miró a la comunidad de los cerros, ahora se movía, ahora avanzaba hacia ellos dos.

Desde arriba del campanario se veían los colores superpuestos de la montaña, y, más abajo, las tumbas blancas de un cementerio.

Marcos Crotto (foto)

‘Un hombre sin suerte’ de Samanta Schweblin

samanta-schweblin-5El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

–Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

–¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.

–Vamos, vamos –dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía a hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

–Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuánto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

–¿Qué tal? –preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

–Bien –dije.

–¿Estás esperando a alguien?

Lo pensé. Y me di cuenta de que no estaba esperando a nadie, o al menos, que no es lo que quería estar haciendo en ese momento. Así que negué y él dijo:

–¿Y por qué estás sentada en la sala de espera?

No sabía que estaba sentada en una sala de espera y me di cuenta de que era una gran contradicción. El abrió un pequeño bolso que tenía sobre las rodillas. Revolvió un poco, sin apuro. Después sacó de una billetera un papelito rosado.

–Acá está –dijo–, sabía que lo tenía en algún lado.

El papelito tenía el número 92.

–Vale por un helado, yo te invito –dijo.

Dije que no. No hay que aceptar cosas de extraños.

–Pero es gratis –dijo él–, me lo gané.

–No.

Miré al frente y nos quedamos en silencio.

–Como quieras –dijo él al final, sin enojarse.

Sacó del bolso una revista y se puso a llenar un crucigrama. La puerta del consultorio volvió a abrirse y escuché a papá decir “no voy acceder a semejante estupidez”. Me acuerdo porque ése es el punto final de papá para casi cualquier discusión, pero el hombre no pareció escucharlos.

–Es mi cumpleaños –dije.

“Es mi cumpleaños” repetí para mí misma, “¿qué debería hacer?”. El dejó el lápiz marcando un casillero y me miró con sorpresa. Asentí sin mirarlo, consciente de tener otra vez su atención.

–Pero… –dijo y cerró la revista–, es que a veces me cuesta mucho entender a las mujeres. Si es tu cumpleaños, ¿por qué estás en una sala de espera?

Era un hombre observador. Me enderecé otra vez en mi asiento y vi que, aun así, apenas le llegaba a los hombros. Él sonrió y yo me acomodé el pelo. Y entonces dije:

–No tengo bombacha.

No sé por qué lo dije. Es que era mi cumpleaños y yo estaba sin bombacha, y era algo en lo que no podía dejar de pensar. Él todavía estaba mirándome. Quizá se había asustado, u ofendido, y me di cuenta de que, aunque no era mi intención, había algo grosero en lo que acababa de decir.

–Pero es tu cumpleaños –dijo él.

Asentí.

–No es justo. Uno no puede andar sin bombacha el día de su cumpleaños.

–Ya sé –dije, y lo dije con mucha seguridad, porque acababa de descubrir la injusticia a la que todo el show de Abi me había llevado.

Él se quedó un momento sin decir nada. Luego miró hacia los ventanales que daban al estacionamiento.

–Yo sé dónde conseguir una bombacha –dijo.

–¿Dónde?

–Problema solucionado –guardó sus cosas y se incorporó.

Dudé en levantarme. Justamente por no tener bombacha, pero también porque no sabía si él estaba diciendo la verdad. Miró hacia la mesa de entrada y saludó con una mano a las asistentes.

–Ya mismo volvemos –dijo, y me señaló–, es su cumpleaños –y yo pensé “por dios y la virgen María, que no diga nada de la bombacha”, pero no lo dijo: abrió la puerta, me guiñó un ojo, y yo supe que podía confiar en él.

Salimos al estacionamiento. De pie yo apenas pasaba su cintura. El coche de papá seguía junto a las ambulancias, un policía le daba vueltas alrededor, molesto. Me quedé mirándolo y él nos vio alejarnos. El aire me envolvió las piernas y subió acampanando mi Jumper, tuve que caminar sosteniéndolo, con las piernas bien juntas.

–Mi dios y la virgen María –dijo él cuando se volvió para ver si lo seguía y me vio luchando con mi uniforme–, es mejor que vayamos rodeando la pared.

–No digas “mi dios y la virgen María” –dije, porque eso era algo de mamá, y no me gustó cómo lo dijo él.

–Ok, darling –dijo.

–Quiero saber a dónde vamos.

–Te estás poniendo muy quisquillosa.

Y no dijimos nada más. Cruzamos la avenida y entramos a un shopping. Era un shopping bastante feo, no creo que mamá lo conociera. Caminamos hasta el fondo, hacia una gran tienda de ropa, una realmente gigante que tampoco creo que mamá conociera. Antes de entrar él dijo “no te pierdas” y me dio la mano, que era fría pero muy suave. Saludó a las cajeras con el mismo gesto que hizo a las asistentes a la salida del hospital, pero no vi que nadie le respondiera. Avanzamos entre los pasillos de ropa. Además de vestidos, pantalones y remeras había también ropa de trabajo. Cascos, jardineros amarillos como los de los basureros, guardapolvos de señoras de limpieza, botas de plástico y hasta algunas herramientas. Me pregunté si él compraría su ropa acá y si usaría alguna de esas cosas y entonces también me pregunté cómo se llamaría.

–Es acá –dijo.

Estábamos rodeados de mesadas de ropa interior masculina y femenina. Si estiraba la mano podía tocar un gran contenedor de bombachas gigantes, más grandes de las que yo podría haber visto alguna vez, y a solo tres pesos cada una. Con una de esas bombachas podían hacerse tres para alguien de mi tamaño.

–Esas no –dijo él–, acá –y me llevó un poco más allá, a una sección de bombachas más pequeñas–. Mira todas las bombachas que hay. ¿Cuál será la elegida my lady?

Miré un poco. Casi todas eran rosas o blancas. Señalé una blanca, una de las pocas que había sin moño.

–Esta –dije–. Pero no tengo dinero.

Se acercó un poco y me dijo al oído:

–Eso no hace falta.

–¿Sos el dueño de la tienda?

–No. Es tu cumpleaños.

Sonreí.

–Pero hay que buscar mejor. Estar seguros.

–Ok Darling –dije.

–No digas “Ok Darling” –dijo él– que me pongo quisquilloso –y me imitó sosteniéndome la pollera en la playa de estacionamiento.

Me hizo reír. Y cuando terminó de hacerse el gracioso dejó frente a mí sus dos puños cerrados y así se quedó hasta que entendí y toqué el derecho. Lo abrió y estaba vacío.

–Todavía podés elegir el otro.

Toqué el otro. Tardé en entender que era una bombacha porque nunca había visto una negra. Y era para chicas, porque tenía corazones blancos, tan chiquitos que parecían lunares, y la cara de Kitty al frente, en donde suele estar ese moño que ni a mamá ni a mí nos gusta.

–Hay que probarla –dijo.

Apoyé la bombacha en mi pecho. El me dio otra vez la mano y fuimos hasta los probadores femeninos, que parecían estar vacíos. Nos asomamos. Él dijo que no sabía si podría entrar. Que tendría que hacerlo sola. Me di cuenta de que era lógico porque, a no ser que sea alguien muy conocido, no está bien que te vean en bombacha. Pero me daba miedo entrar sola al probador, entrar sola o algo peor: salir y no encontrar a nadie.

–¿Cómo te llamás? –pregunté.

–Eso no puedo decírtelo.

–¿Por qué?

Él se agachó. Así quedaba casi a mi altura, quizá yo unos centímetros más alta.

–Porque estoy ojeado.

–¿Ojeado? ¿Qué es estar ojeado?

–Una mujer que me odia dijo que la próxima vez que yo diga mi nombre me voy a morir.

Pensé que podía ser otra broma, pero lo dijo todo muy serio.

–Podrías escribírmelo.

–¿Escribirlo?

–Si lo escribieras no sería decirlo, sería escribirlo. Y si sé tu nombre puedo llamarte y no me daría tanto miedo entrar sola al probador.

–Pero no estamos seguros. ¿Y si para esa mujer escribir es también decir? ¿Si con decir ella se refirió a dar a entender, a informar mi nombre del modo que sea?

–¿Y cómo se enteraría?

–La gente no confía en mí y soy el hombre con menos suerte del mundo.

–Eso no es verdad, eso no hay manera de saberlo.

–Yo sé lo que te digo.

Miramos juntos la bombacha, en mis manos. Pensé en que mis padres podrían estar terminando.

–Pero es mi cumpleaños –dije.

Y quizá si lo hice a propósito, pero así lo sentí en ese momento: los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces él me abrazó, fue un movimiento muy rápido, cruzó sus brazos a mis espaldas y me apretó tan fuerte que mi cara quedó un momento hundida en su pecho. Después me soltó, sacó su revista y su lápiz, escribió algo en el margen derecho de la tapa, lo arrancó y lo dobló tres veces antes de dármelo.

–No lo leas –dijo, se incorporó y me empujó suavemente hacia los cambiadores.

Dejé pasar cuatro vestidores vacíos, siguiendo el pasillo, y antes de juntar valor y meterme en el quinto guardé el papel en el bolsillo de mi jumper, me volví para verlo y nos sonreímos.

Me probé la bombacha. Era perfecta. Me levanté el jumper para ver bien cómo me quedaba. Era tan pero tan perfecta. Me quedaba increíblemente bien, papá nunca me la pediría para revolearla detrás de las ambulancias e incluso si lo hiciera, no me daría tanta vergüenza que mis compañeros la vieran. Mirá qué bombacha tiene esta piba, pensarían, qué bombacha tan perfecta. Me di cuenta de que ya no podía sacármela. Y me di cuenta de algo más, y es que la prenda no tenía alarma. Tenía una pequeña marquita en el lugar donde suelen ir las alarmas, pero no tenía ninguna alarma. Me quedé un momento más mirándome al espejo, y después no aguanté más y saqué el papelito, lo abrí y lo leí.

Cuando salí del probador él no estaba donde nos habíamos despedido, pero sí un poco más allá, junto a los trajes de baño. Me miró, y cuando vio que no tenía la bombacha a la vista me guiñó un ojo y fui yo la que lo tomé de la mano. Esta vez me sostuvo más fuerte, a mí me pareció bien y caminamos hacia la salida. Confiaba en que él sabía lo que hacía. En que un hombre ojeado y con la peor suerte del mundo sabía cómo hacer esas cosas. Cruzamos la línea de cajas por la entrada principal. Uno de los guardias de seguridad nos miró acomodándose el cinto. Para él mi hombre sin nombre sería papá, y me sentí orgullosa. Pasamos los sensores de la salida, hacia el shopping, y seguimos avanzando en silencio, todo el pasillo, hasta la avenida. Entonces vi a Abi, sola, en medio del estacionamiento. Y vi a mamá más cerca, de este lado de la avenida, mirando hacia todos lados. Papá también venía hacia acá desde el estacionamiento. Seguía a paso rápido al policía que antes miraba su coche y en cambio ahora señalaba hacia nosotros. Pasó todo muy rápido. Cuando papá nos vio gritó mi nombre y unos segundos después el policía y dos más que no sé de dónde salieron ya estaban sobre nosotros. El me soltó pero dejé unos segundos mi mano suspendida hacia él. Lo rodearon y lo empujaron de mala manera. Le preguntaron qué estaba haciendo, le preguntaron su nombre, pero él no respondió. Mamá me abrazó y me revisó de arriba a abajo. Tenía mi bombacha blanca enganchada en la mano derecha. Entonces, quizá tanteándome, se dio cuenta de que llevaba otra bombacha. Me levantó el Jumper en un solo movimiento: fue algo tan brusco y grosero, delante de todos, que yo tuve que dar unos pasos hacia atrás para no caerme. El me miró, yo lo miré. Cuando mamá vio la bombacha negra gritó “hijo de puta, hijo de puta”, y papá se tiró sobre él y trató de golpearlo. Mientras los guardias los separaban yo busqué el papel en mi Jumper, me lo puse en la boca y, mientras me lo tragaba, repetí en silencio su nombre, varias veces, para no olvidármelo nunca.

Samanta Schweblin (foto) (Con este cuento la argentina Samanta Shweblin ganó el premio ‘Juan Rulfo’ en el 2012)

‘Visión de reojo’ de Luisa Valenzuela

Luisa ValenzuelaLa verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

Luisa Valenzuela (foto) (De la antología hecha por Lauro Zabala ‘Relatos Vertiginosos’ de editorial Alfaguara)