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‘Tres versiones de Judas’ de Jorge Luis Borges

(There seemed a certainity in degradation.

T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom, ciii)

En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exonerado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo veinte y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emili Schering; se llama Der heimliche Heiland.)

Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun en Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serían ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las “pruebas”. ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?

La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1857). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos tolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.

Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesús; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo 22 del Evangelio de San Lucas.

Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, “que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer”, no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer1. Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: El que se gloria, gloríese en el Señor (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres2.

Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och Judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio3. Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53: 2-3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.

En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?

Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.

Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.

Jorge Luis Borges (foto)


1. Borelius interroga con burla: ¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Por qué no a renunciar a renunciar?

2. Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud “era una casi impiedad”. El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las últimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos.

3. Maurice Abramowicz observa: “Jésus, d’aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d’une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu’une villégiature”. Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík).

‘Mudanza’ de Santiago Craig

Pensamos que ahora todo iba a andar mejor. Por eso nos mudamos. Cerca, a quince cuadras de casa, sin cambiar de barrio. Nos fuimos a una calle arbolada, detrás de la estación. Una casa más grande. Arriba tenía una terraza la casa nueva, una veleta de metal con un gallo que apuntaba siempre al mismo lado. Tenía un tanque negro de agua que a la tarde proyectaba en el suelo una sombra de robot. Le decíamos “casa” a la otra, a la anterior. Tardamos unos meses en dejar de decirle a esta “la casa nueva”.

Veníamos de vivir quince años en un departamento sin sol y nos fascinaron el cielo, el aire, las ventanas anchas. El techo anaranjado que no se acababa nunca y que era un espacio nuevo y enorme para jugar. Nos vimos corriendo los cuatro con baldes y mangueras; sentimos la mediasombra en el patio interno tamizando el paso del aire fresco. Nos deslumbró una vida que imaginamos ahí, una vida posible. No pensamos en la instalación eléctrica, los problemas de humedad, el calor pegajoso, las puertas hinchadas. Teníamos ganas de no estar más allá, en nuestra casa, de irnos a otra parte, hacer otras cosas. Por eso la elegimos.

Cuando trajeron los canastos a casa, a la casa vieja, había una línea rosa en el cielo. Yo había bajado para ayudar a los de la mudadora, pero me dijeron que no, que no hacía falta. Me quedé parado y los vi descargar, apilar, subir, bajar, desapilar. El que más se movía era bajito y tenía tatuada la provincia de Buenos Aires en el gemelo de la pierna derecha. Me pidió un cigarrillo y, como me quedaba uno, lo compartimos. Me habló del cielo, dijo que estaba lindo, pero que iba a llover. Yo le conté que ahí, encima de las plazas, siempre se veían a la tarde esos colores. Son parecidos, dijo, el celeste y el rosa. Me dijo también que teníamos muchas cosas, que era una mudanza grande. Le hablé del aparador, de los sillones, de la mesa de la cocina. “Lo peor de todo son las cosas más chicas”, dijo. “Los juguetes, los discos, los libros”. Me dijo que no se terminaban nunca, que se reproducían. Me dijo que ojalá nos mudáramos a una casa grande, para que entrara todo. Hablamos un rato más de otras cosas. Del barrio, del calor, de la Copa Libertadores. Cuando terminamos el cigarrillo, siguió en lo suyo.

A la noche, en la cama, acorralados por los canastos y las cajas, planeamos con Mercedes los pasos a seguir. Le dije, como si fuera mi idea, como si se me hubiera ocurrido en el momento, que lo difícil iba a ser embalar las cosas más chicas y que eso era lo primero que teníamos que hacer. Dije “los libros”, dije “los discos”, dije “los juguetes”. Le conté que el chico de la mudadora me había preguntado si habíamos leído todos los libros. “¿Y qué le dijiste?” “Le dije que algunos sí y que otros no”. Los libros ahora estaban en cajas. En setenta y dos cajas. La única luz en el cuarto era la tele, el único sonido. Era blanca la luz, era intensa. Falsa. Daban Family Guy y Peter, el papá, corría desnudo en una base militar, dos soldados lo tiraban al suelo y le pegaban con sus palos. Nosotros no estábamos mirando, pero veíamos igual. Mercedes me acariciaba el pecho distraída; yo, las piernas.

“¿Cuántos libros habremos leído entre los dos?”

Sin nada el departamento era otra cosa. Una cosa fácil, sonsa. Todas las ventanas abiertas, la luz expuesta de las bombitas colgando en el techo, un olor neutro, mineral. Estaba limpio. Callado. Iba a vivir otra gente ahí en unos días: desconocidos. Así como estaba, era el lugar ideal para otra gente.

Fui el último en salir y revisé todo. Había quedado un zapato en un placard, un aplique de luz, la mitad de un espejo. Había un muñeco de Matute, el policía de Don Gato, tirado junto al bidet. Guardé todo en una bolsa de supermercado y me lo llevé. Una bolsa verde. Antes de irme, además, saqué de la puerta una estampita de San Cayetano. No sabía quién la había puesto ahí. Mi mamá, probablemente. Hace esas cosas. Cree. Yo no quería dejarles nada vivo a los que venían, nada con historia, nada nuestro. Salí, cerré con llave y apoyé la mano en la puerta gris. La acaricié porque estaba solo, porque quería hacer eso, porque había vivido ahí y ahora me iba.

No sabíamos nombrar las cosas nuevas. Le decíamos “pasillo” al palier, “comedor” al living. Los chicos querían salir al patio y salían, pero nos decían: “Vamos al balcón”. Abrimos las cajas, vaciamos los canastos. Hicimos montañas de basura. No sabíamos por dónde empezar.

Nos habíamos pasado cuatro horas viendo cómo subían los muebles y las cajas. Las escaleras cambiaban todo el tiempo. A veces eran más largas, otras más cortas. Los mudadores las transitaban tranquilos. Estábamos admirados.

Aunque la casa nueva era más grande que la anterior, las cosas no entraban. Mercedes llenaba bolsas de residuos con juguetes, revistas, adornos. Porquerías que nos había parecido bien mudar, pero que ahora veíamos absurdas. Yo me escapaba a la ferretería, al supermercado, al lavadero. A cualquier lugar en el que no hubiera polvo y cartón y cinta de embalar y esa luz blanca, sólida, constante que entraba por la ventana. Hablaba un rato de más con las cajeras, con el ferretero. Tardaba. Cuando volvía, callado, sin nada para decir, taladraba la pared y agregaba agujeros, colgaba ménsulas. Mercedes limpiaba y el polvo volvía a aparecer a sus espaldas. El polvo tenía sombra, aura, cola, como los cometas. Pero Mercedes limpiaba igual. Trataba de estar contenta, cada vez que levantaba la vista del suelo me guiñaba un ojo, sonreía.

Para dormir cerrábamos todo con llave, con pestillo. Los dos apretábamos las manos, las mandíbulas. Charlábamos en voz muy baja.

“Estamos respirando polvo. ¿Esto les hará mal a los chicos?”

A los nenes les gustaba el patio. Se formaba una sombra pareja, corría un aire. El piso era de baldosas grandes y cuadradas. Armaban ahí una casita con el ténder y las sábanas. Simón entraba agachándose apenas y Mina lo esperaba adentro. Jugaban a vender y comprar juguetes, a cambiarle los pañales a un bebé de plástico. Se peleaban por los broches. Los dos querían tener los rojos, los verdes, los amarillos. Mercedes y yo íbamos de un lado al otro moviendo cajas, atornillando, deshaciendo envoltorios. La casa nueva era larga. Los ambientes estaban dispuestos de la calle hacia el fondo. La casa nueva se metía para adentro. Sin decirnos nada, la dividimos en dos, como hacían los nenes con el ténder. De la cocina hacia la calle era una, de la cocina hacia el patio era otra. La cocina era el centro de la casa. No era exacta la división, no era geométrica, pero resultaba natural.

Hacia la calle estaban el living, los baños, las habitaciones. Hacia el patio, el lavadero, el cuarto de las herramientas, el estudio, las escaleras circulares que llevaban a la terraza. Los nenes le decían “tienda” a su casita. Tienda por negocio y por el modo en que llaman a las carpas en los dibujos animados. Por repetir lo que veían en la tele, también cantaban una canción que decía “hogar dulce hogar, mi casa es mi lugar…”. Como hacía calor, andaban todo el tiempo en cuero, descalzos, con sus bombachas de Minnie, sus calzoncillos de Spiderman. Bailaban. Nosotros les decíamos que no tenían que andar así, que en la casa había polvo, que había arañas. Ellos se metían entre las sábanas o se buscaban sus rinconcitos. A veces, estaban un rato perdidos, se escondían en algún hueco y nosotros jugábamos a encontrarlos.

Durante las primeras semanas, nos costaba descansar. Mercedes me dijo una noche que le daba miedo tener miedo. Miedo a la casa. Yo le dije que era por los ruidos nuevos, por la falta de costumbre. Enumeré todas las medidas de seguridad que nos protegían. Le dije que estábamos cubiertos. Ella me dijo que el miedo era a otra cosa. Le dije que las otras cosas no existían, pero no estaba pensando en eso. Me parecía que la cama era más grande en la casa nueva; que ella estaba más lejos. La abracé y ella me apoyó la cabeza en mi pecho. Abrazarla era incómodo, aunque la cama era la misma y nosotros también.

Cruzando la calle había un bar, y por eso a la noche se escuchaban conversaciones y risas. No era raro que uno de los dos se despertara y encontrara al otro despierto. A cualquier hora. Escuchando lo que decían los que estaban en el bar. Con los ojos chiquitos, pero abiertos, nos pedíamos descansar. Nos decíamos uno al otro que tratáramos de dormir, que estaba todo bien. Que el lío era afuera.

Por ese insomnio andábamos solos de noche. Descalzos. Nosotros dos, pero también los chicos. Íbamos al baño, a servirnos un vaso de agua en la cocina. No encontrábamos cómo prender la luz, nos sorprendían los muebles.

Una madrugada, me encontré con Mina en el pasillo. Estaba sentada en el piso, abrazando a su conejo celeste. Cecilio. Me dijo que no había sabido volver, que no había podido encontrarnos. Me dijo que en la casa nueva se perdía.

No era tan grande la casa, era distinta, por eso nos parecía desolada. Estábamos desorientados todavía. Era cuestión de acomodarnos.

Cuando cada uno fue encontrando su lugar, yo empecé a estar más que nada en el estudio. Colgué algunos cuadros con fotos en blanco y negro, armé a mi gusto la biblioteca, el escritorio. Llené los dos cajones de madera con mis lápices y mis papeles. Cosas que había llevado de lo de mis padres a mi departamento de soltero, después a mi casa anterior y ahora a esta. La mudanza me había hecho pensar en las cosas que arrastraba conmigo. Las cosas que elegía. En un sobre blanco, guardaba unas treinta estampitas de comunión. En cada una había un nombre en letras doradas, celestes, azules: mis compañeros de cuarto grado. Dibujos de angelitos y pesebres, hostias iluminadas, palomas blancas. También guardaba cartas de novias de la adolescencia, envoltorios de chocolates, fotos carnet. Guardaba una medalla de tercer puesto.

Había una ventana alta en el estudio. Apuntaba al oeste y el sol que entraba a la tarde era tibio, menos agobiante que el de la cocina y el comedor. Ahí pasaba el tiempo trabajando y escuchaba poco los ruidos de la casa. De vez en cuando, me aburría y cruzaba el pasillo, la cocina, el living. Buscaba a los chicos en su habitación, a Mercedes donde fuera que estuviese, para preguntarles si estaba todo bien, para besarlos. Siempre encontraba un detalle distinto en mis recorridos. Una grieta, una mancha de humedad, un relieve ondulante en el marco de una puerta. A los chicos los veía casi siempre separados, dibujando, haciendo filas de bloques y autitos. A veces me pedían que les contara cuentos. Como me distraía mirando los recuerdos que encontraba en los cajones, siempre tenía algo para decir. Les hablaba de mis compañeros de primaria, de cómo nos habíamos robado una vez un conejo de una veterinaria y lo habíamos adoptado. Le habíamos dado tanto de comer que el bicho se había muerto indigestado. Golosinas le dábamos. Cuando se murió, lo enterramos en un baldío, al lado de la casa de Juan Manuel, enfrente de la cancha de Excursionistas. Pusimos una lata de dulce de membrillo como lápida y en el dorso escribimos su nombre: Palmito. Porque era blanco, en un punto, tubular, impávido, lo habíamos llamado así. También les contaba de los juguetes que venían con los chocolates Jack, del olor a tabaco de pipa que tenía mi abuelo en los dedos, de un premio que una vez me habían dado en la plaza de un pueblo, lejos, cerca de una estación de tren. Me distraía en las anécdotas y ellos se iban. Me quedaba hablando solo, escuchando el eco de mi voz contando siempre lo mismo. Después, volvía al estudio. Cruzaba el living, la cocina, el pasillo y me sentaba a estar ahí hasta bastante después de que el sol tibio se fuera.

Mercedes se había obsesionado con las arañas. Estaban en el techo sobre todo, en lugares fáciles de ver, difíciles de alcanzar. No tenían carne las arañas, eran como flores de alambre. Ella decía que las arañas picaban por maldad a la gente nueva. No sabía de dónde había sacado la idea, pero estaba convencida. Decía que las arañas tenían una especie de olfato, de sensor que detectaba lo nuevo y lo agredía. Que así marcaban su territorio. Yo lo que podía ver era que las arañas estaban lejos, que más bien nos evitaban. Había una en la habitación, al lado de la lámpara del techo. Cuando nos íbamos a dormir, la veíamos. Estaba quieta siempre, pero cada noche estaba quieta en un lugar distinto. Mercedes decía que la araña nos estaba midiendo, que se movía hacia los costados, que tejía su tela con malicia. Yo, todas las noches, le decía que al día siguiente iba a comprar un plumero para matarla. Me acostaba boca arriba y medía la distancia entre la cama y el techo, entre la araña y nosotros. A medida que pasaban los días, me parecía que la araña estaba cada vez más lejos. Cuando salía de casa, me olvidaba de la araña, del techo, del plumero. Hacía mis cosas. Estaba en el mundo. Y no pensaba en la araña hasta la noche.

Afuera de casa estaba lo mismo. Cuando cerraba la doble puerta de vidrio con la llave chata, grande, incómoda, cuando saludaba a los vecinos desconocidos, cuando arrastraba a los chicos por la vereda, peleando un poco siempre, apurándolos. El mismo aire frío con el que empieza el otoño desde que nací, y también antes, pero sobre todo desde que nací, desde que me acuerdo de mi nariz resistiéndose todavía, inquieta, húmeda, a dejar que se fuera el verano, que se hicieran más cortos, más parecidos los días. Lo mismo. No había afuera nada indicando que ya no estábamos en casa, que ya no veníamos del mismo lugar, ni mis hijos ni yo, contando de dónde había salido ese cansancio distinto, esos ojos chinos, las palabras que tardaban en llegar de la intención al sonido, que se alargaban en una vocal bovina interminable y que no se decían nunca. En el trabajo, descontaban mi estrés por la mudanza, me asumían algo más distraído, agotado, pero no me decían: ¿Cómo es vivir ahora en un lugar nuevo? ¿Cómo es haber visto que todo lo que tenés se puede embalar con sábanas, con canastos, con cajas? ¿Qué te impresiona de los techos desconocidos, de los zócalos amurados a medias, de no reconocer ningún olor, ningún pliegue habitual en la luz que entibia las persianas? No había cambiado nada para nadie. Y yo quería decir cosas que sonaban ridículas. Que, aunque afuera todo seguía igual, adentro de casa todo cambiaba. Quería preguntarles si no les había pasado a ellos, mirar mucho tiempo una araña, la misma araña, y pensar que a lo mejor ella era la dueña de algo que uno estaba usando sin permiso, sin saber: una habitación, el aire, el mundo.

Yo siempre me concentré en las piernas de Mercedes. De ella fue lo primero que vi. Largas, blancas, triangulares. Las piernas de Mercedes estaban, para mí, antes que Mercedes. Lo demás vino después. Su manera de hablar, sus ojos redondos, su risa. Todo lo que somos ahora.

Cuando podía, en los pocos ratos en los que nos cruzábamos y estábamos solos, o con los chicos distraídos en sus cosas, le acariciaba las piernas. Era una forma doméstica de mantra o meditación. Aunque no sé qué es un mantra, la verdad. No con certeza. Lo que quiero decir es que pasar la palma de la mano por sus piernas, distraído, me sacaba un poco de mí, me alejaba hacia arriba, me calmaba. En la cocina, mientras cenábamos, pero sobre todo en la cama, con ella dormida y exhausta y yo mirando cualquier cosa que dieran en la tele. Eso extrañaba. Desde que estábamos en la casa nueva, acariciar las piernas de Mercedes como un perro enano, un conejito tibio. Esa tranquilidad.

En la casa nueva el aire vibraba, había polillas siempre en alguna parte. Hablábamos poco o no hablábamos más. Cuando estiraba el brazo sus piernas no estaban, había siempre otra cosa.

Tenía partes Mercedes. Sus piernas, su espalda, sus caderas. Yo podía separarla en esas partes. Desagregarla. La casa nueva también había sido primero el piso sucio, los techos altos, la luz extraña del baño, los ruidos a la noche, las arañas. Así también la iba conociendo.

De a poco, a veces, esas partes se juntaban, empezaban a armar ese lugar al que volvía todas las noches. Con el sol apenas resistiendo todavía, a eso de las seis, seis y media, le mandaba mensajes a Mercedes desde el teléfono. “Extraño tus piernas”, le escribía. Ella me contestaba con corazones rojos dibujados, con caras amarillas sonrientes. Pero cuando llegaba a casa, a la casa nueva, sin olor, sin luz familiar, sin conversaciones susurradas, se iba disipando el romanticismo. Yo le hablaba de mí a Mercedes, de mis asuntos laborales, desde el palier, mientras ella resolvía en la cocina qué hacer con el humo, las frituras, el calor. No me escuchaba y yo dejaba de hablar, porque así estaba bien. Desde alguna parte siempre se oía la voz de los chicos peleando. Lo que yo no decía era que, mientras me movía, en la casa, en la oficina, en el banco, en las boletas y los arreglos y las cuentas, sentía que empujaba una piedra cuadrada.

Uno de esos mastodontes con los que los esclavos de otros tiempos construían templos y pirámides. Como los esclavos, yo sabía la piedra, pero no la pirámide. Yo sabía la mecánica, la repetía, pero no sabía el plan. Deambulaba pensando en las piernas de Mercedes y cuando llegaba a la cama, a la noche, Mercedes estaba ya lejos. No la podía tocar. Me adormecía, y cada parte de ella, cada parte de la casa me quedaban lejos.

El ruido de los chicos se parecía a un queso. Yo me lo imaginaba así y escribía en la luz blanca de la computadora, con el cursor titilante, que el ruido de los chicos era amarillo, blando, con agujeros. Llegaba de otra parte el ruido de los chicos. Yo estaba siempre sentado, siempre con una picazón alérgica en los párpados. Terminando algo que había dejado por la mitad, buscando lo que necesitaba en Internet, escribiendo. Quería morder el ruido de los chicos, comerlo entre dos panes y metérmelo adentro. Los veía poco. Habían elegido sus rincones en la casa, sus huecos, y, cuando llegó el invierno, casi no nos cruzábamos. Tampoco veía mucho a Mercedes. A veces me mandaba un mensaje, o me llamaba desde donde estuviera. Me decía: “Vení”. Yo le decía que en un rato, pero me costaba remontar el camino hasta ella y, muchas noches, me acostaba en el sillón y ahí me dormía.

Acostado, enumeraba todas las cosas que todavía faltaba arreglar en la casa nueva. Los zócalos, las persianas, las cerraduras. Se me mezclaban esas preocupaciones con los recuerdos del día y con esa mezcla se me hacían los sueños. La ventana del estudio tenía marcos de madera y no la podía abrir porque se habían hinchado. En la ventana, cuando llovía, las gotas rebotaban fuerte. Mezclado con el ruido de los chicos, el ruido de la lluvia sonaba un  poco extraterrestre. Y llovía mucho. Siempre. Entonces, soñaba con las personas que en el subte acarician los altares de las vírgenes y se quedan ahí parados, apoyando las manos en los pies de yeso, mirándolas a los ojos o con la vista baja, clavada en el piso grasiento. Me acercaba a ellos en el sueño, sin pudor, porque sabía que no era cierto lo que pasaba, que estaba dormido y no ahí con ellos, y los escuchaba susurrar con voz de lluvia, con voz marciana, que por favor les hiciera crecer madera en los huecos de la pared, que les tapiara las ventanas rotas, que les soldara los picaportes. Me daba compasión su fe, un calorcito en el pecho. Me ponía a rezar también. Pedía con ellos. Me despertaba sobresaltado y, entre el sueño y la vigilia, suponía ciertos los milagros. Volvía al monitor, al cursor titilante y escribía acerca de las cosas que soñaba, los agujeros de aire en el ruido de los chicos, las vírgenes de yeso. Atravesaba los pasillos, el comedor, el living, los baños. Pasaba al costado de las escaleras circulares, rompía con el canto de la mano las telas de las arañas y después me soplaba en las palmas, me acariciaba el pecho para calentarme. Llegaba al pasillo, a veces, otras al sillón, a la habitación de los chicos, incluso, de vez en cuando, a mi cama. Todos estaban dormidos siempre y al rato de cerrar los ojos era otra vez de día.

Una casa nueva enseña a medir el entusiasmo. Nada de lo que uno enchufa anda, nada de lo que uno amura se sostiene. Siempre hay un centímetro de más en lo que uno hace, un centímetro de menos. Los estantes se tuercen, la cinta se despega, las lamparitas explotan cada dos días y nunca es sólida la señal de internet. Por eso, cuando empezó la primavera y el piso estaba limpio, todas las cajas vacías, las persianas puestas, el olor a madera y a café ya asentado, dejamos de hacer cosas. La casa iba a ser así, al menos por un tiempo; estaba lista.

En esa casa terminada, desplegábamos nuestros días como un mantel en el pasto. Cada cual los suyos: salir temprano, casi de noche, volver por la tarde o a la hora de la cena, quedarse. Haciendo lo que había que hacer, nos fuimos acostumbrando a vivir ahí hasta olvidarnos de la novedad. Nos veíamos poco, nos encontrábamos. Algunos días en el baño grande, otros en la cocina. Cuando estábamos juntos, no nos decíamos casi nada. Hablábamos, sí, pero sin saber de qué. Aceptábamos que cada uno estuviera en su lugar, con sus asuntos. Desde el estudio yo veía crecer el pasillo, estirarse como un bostezo hasta el lavadero, la cocina, el living, los dormitorios. Pasaban las siluetas de los chicos y de Mercedes flameando un rato y desaparecían igual que los espejos de agua en las autopistas. Los miraba pasar y les gritaba que tuvieran cuidado con las arañas, que no corrieran, que no se molestaran, que midieran las distancias, los bordes. Decía lo que dicen los padres. Cada vez más fuerte y, a mi pesar, con sorpresa, cada vez con menos convicción. Sabía que no me escuchaban y que, además, lo que pudiera gritar no era tampoco importante. La casa se tragaba lo que les decía, sus pasos, el poco tiempo que pasábamos juntos. Mercedes decía sus frases de mamá también, se quejaba de lo mismo, ponía los mismos asuntos simples por las nubes. Yo la escuchaba como se escucha el agua en las cañerías. Pronto los dos íbamos a cumplir cuarenta años.

Pensábamos que todo iba a andar mejor, y era cierto. En la casa nueva, de algún modo, las cosas funcionaban. No era la idea que teníamos, el plano que nos habíamos dibujado en los manteles de papel de los bares, en los cuadernitos escolares cuando hacíamos listas. Corrimos, sí, alguna que otra vez en la terraza, tirándonos baldes con agua cuando llegó el verano, nos acostamos de espaldas en el piso anaranjado a ver el cielo. Tuvimos más espacio todos con la mudanza, pudimos respirar mejor, tuvimos más aire. Aunque estuvieron en el invierno el frío y la lluvia y en el verano volvió el calor agobiante. Un vaho de humedad que desteñía la casa, la escurría en búsqueda de bordes frescos. Las cosas funcionaban porque sabíamos que nunca íbamos a conocer la casa entera, terminada. La casa era ese lugar y ahí estábamos. Los nenes en el patio vendiéndose broches entre las sábanas y nosotros dos cada uno en algún lado. Yo, en el estudio; Mercedes, en el cuarto viendo tejer en el techo su tela a las arañas. No las matamos nunca, las dejamos. Tampoco terminamos de tapar todos los agujeros, de envolver con cinta todos los cables. Nos quedamos así. Nos seguimos despertando de noche. Por los ruidos o por cualquier otra cosa. Y caminamos. Caminamos. En la oscuridad. Y donde ya no dimos más, nos acurrucamos a descansar. Así, aprendimos a habitar esos espacios de la casa nueva. Perdidos y sin pensar ya en dónde habíamos estado antes. No nos decíamos nada, pero los cuatro sabíamos que todas las mañanas la casa cambiaba, todas las tardes, todas las noches. Que algunos días era más grande, otras más alta; que algunas madrugadas era una autopista el pasillo, el baño un estadio. Nos tocábamos el pelo cuando nos veíamos, nos hacíamos muecas, nos reprochábamos ausencias, nos contábamos algo que nos había pasado afuera esa tarde, hacía unos días. Peleábamos por pelear, nos dábamos besos. Casi no hablábamos ya de la casa. Muy de vez en cuando, los chicos nos decían que a la noche el piso estaba frío y las paredes quemaban.

Santiago Craig (foto)

‘La nena’ de Ricardo Piglia

Los dos primeros hijos del matrimonio hicieron una vida normal, con las dificultades que significa en un pueblo chico tener una hermana como ella. La nena (Laura) había nacido sana y recién al tiempo empezaron a notar signos extraños. Su sistema de alucinaciones fue objeto de un complicado informe aparecido en una revista científica, pero mucho antes su padre ya lo había descifrado. Yves Fonagy lo había llamado “extravagancias de la referencia”. En esos casos, muy poco frecuentes, el paciente imagina que todo lo que sucede a su alrededor es una proyección de su personalidad. Excluye de su experiencia a las personas reales, porque se considera muchísimo más inteligente que los demás. El mundo era una extensión de sí misma y su cuerpo se desplazaba y se reproducía. La preocupaban continuamente las maquinarias, sobre todo las bombitas eléctricas. Las veía como palabras, cada vez que se encendían alguien empezaba a hablar. Consideraba entonces la oscuridad una forma del pensamiento silencioso. Una tarde de verano (a los cinco años) se fijó en un ventilador eléctrico que giraba sobre un armario. Consideró que era un objeto vivo, de la especie de las hembras.

La nena del aire, con el alma enjaulada. Laura dijo que vivía “ahí”, y levantó la mano para mostrar el techo. “Ahí”, dijo, y movía la cabeza de izquierda a derecha. La madre apagó el ventilador. En ese momento empezó a tener dificultades con el lenguaje. Perdió la capacidad de usar correctamente los pronombres personales y al tiempo casi dejó de usarlos y después escondió en el recuerdo las palabras que conocía. Solo emitía un pequeño cloqueo y abría y cerraba los ojos. La madre separó a los chicos de la hermana por temor al contagio, cosas de los pueblos, la locura no se puede contagiar y la nena no era loca. Lo cierto es que mandaron a los dos hermanos internos a un colegio de curas en Del Valle y la familia se recluyó en el caserón de Bolívar. El padre enseñaba matemáticas en el colegio nacional y era un músico frustrado. La madre era maestra y había llegado a directora de escuela, pero decidió jubilarse para cuidar a su hija. No querían internarla. La llevaban dos veces por mes a un instituto en La Plata y seguían las indicaciones del doctor Arana, que la sometía a una cura eléctrica. Le explicó que la nena vivía en un vacío emocional extremo. Por eso el lenguaje de Laura poco a poco se iba volviendo abstracto y despersonalizado. Al principio nombraba correctamente la comida; decía “manteca”, “azúcar”, “agua”, pero después empezó a referirse a los alimentos en grupos desconectados de su carácter nutritivo. El azúcar pasó a ser “arena blanca”, la manteca, “barro suave”, el agua, “aire húmedo”. Era claro que al trastocar los nombres y al abandonar los pronombres personales estaba creando un lenguaje que convenía a su experiencia emocional. Lejos de no saber cómo usar las palabras correctamente, se veía ahí una decisión espontánea de crear un lenguaje funcional a su experiencia del mundo. El doctor Arana no estuvo de acuerdo, pero el padre partió de esa comprobación y decidió entrar en el mundo verbal de su hija. Ella era una máquina lógica conectada a una interfase equivocada. La niña funcionaba según el modelo del ventilador; un eje fijo de rotación era su esquema sintáctico, al hablar movía la cabeza y hacía sentir el viento de sus pensamientos inarticulados. La decisión de enseñarle a usar el lenguaje suponía explicarle el modo de almacenar las palabras. Se le perdían como moléculas en el aire cálido y su memoria era la brisa que agitaba las cortinas blancas en la sala de una casa vacía. Había que lograr llevar ese velero al aire quieto. El padre abandonó la clínica del doctor Arana y comenzó a tratar a la niña con un profesor de canto. Necesitaba incorporarle una secuencia temporal y pensó que la música era un modelo abstracto del orden del mundo. Cantaba arias de Mozart en alemán, con madame Silenzky, una pianista polaca que dirigía el coro de la iglesia luterana en Carhué. La nena, sentada en una banqueta, aullaba siguiendo el ritmo y madame Silenzky estaba aterrorizada, porque pensaba que la chica era un monstruo. Tenía doce años y era gorda y bella como una madonna, pero sus ojos parecían de vidrio y cloqueaba antes de cantar. Era un híbrido, la nena, para madame Silenzky, una muñeca de goma pluma, una máquina humana, sin sentimientos y sin esperanzas. Cantaba a los gritos y desafinaba, pero empezó a ser capaz de seguir una línea melódica. El padre estaba tratando de incorporarle una memoria temporal, una forma vacía, hecha de secuencias rítmicas y de modulaciones. La nena carecía de sintaxis (carecía de la noción misma de sintaxis). Vivía en un universo húmedo, para ella el tiempo era una sábana recién lavada a la que se retuerce en el centro. Se ha reservado un territorio propio, decía su padre, del que quiere ahuyentar toda experiencia. Todo lo nuevo, cualquier acontecimiento no vivido y aún por vivir, se le aparece como una amenaza y un sufrimiento y se le transforma en terror. El presente petrificado, la monstruosa y viscosa detención, la nada cronológica solo puede ser alterada por la música. No es una experiencia, es la forma pura de la vida, no tiene contenido, no la puede asustar, decía su padre, y madame Silenzky (aterrorizada) agitaba su cabecita gris y relajaba sus manos sobre las teclas antes de empezar con una cantata de Haydn. Cuando por fin logró que la nena entrara en una secuencia temporal, la madre se enfermó y hubo que internarla. La nena asociaba la desaparición de su madre (que murió a los dos meses) con un lied de Schubert. Cantaba la música como quien llora a un muerto y recuerda el pasado perdido. Entonces el padre se apoyó en la sintaxis musical de su hija y comenzó a trabajar con el léxico. La nena carecía de referencias, era como enseñarle una lengua extranjera a un muerto. (Como enseñarle una lengua muerta a un extranjero). Decidió empezar a contarle relatos breves. La nena estaba inmóvil, cerca de la luz, en la galería que daba al patio. El padre se sentaba en un sillón y le narraba una historia igual que si estuviera cantando. Esperaba que las frases entraran en la memoria de su hija como bloques de sentido. Por eso eligió contarle siempre la misma historia y variar las versiones. De ese modo, el argumento era un modelo único del mundo y las frases se convertían en modulaciones de una experiencia posible. El relato era sencillo. En su Chronicle of the Kings of England (siglo XII), William de Malmesbury refiere la historia de un joven y potentado noble romano que acaba de casarse. Tras los festejos de la celebración, el joven y sus amigos salen a jugar a las bochas en el jardín. En el transcurso del juego, el joven pone su anillo de casado, porque teme perderlo, en el dedo apenas abierto de una estatua de bronce que está junto al cerco del fondo. Al volver a buscarlo, se encuentra con que el dedo de la estatua está cerrado y que no puede sacar el anillo. Sin decirle nada a nadie, vuelve al anochecer con antorchas y criados y descubre que la estatua ha desaparecido. Le esconde la verdad a la recién casada y, al meterse en la cama esa noche, advierte que algo se interpone entre los dos, algo denso y nebuloso que les impide abrazarse. Paralizado de terror, oye una voz que susurra en su oído:

–Abrázame, hoy te uniste conmigo en matrimonio. Soy Venus y me has entregado el anillo del amor.

La nena, la primera vez, pareció haberse dormido. Estaban al fresco, frente al jardín del fondo. No parecía haber cambios, a la noche se arrastró hacia la pieza y se acurrucó en la oscuridad con su cloqueo de siempre. Al día siguiente, a la misma hora, el padre la sentó en la galería y le contó otra versión de la historia. La primera variante de importancia había aparecido unos veinte años después, en una recopilación alemana de mediados del siglo XII de fábulas y leyendas conocidas con el nombre de Kaiserchronik. Según esta versión, la estatua en cuyo dedo el joven coloca su anillo es una figura de la Virgen María y no de Venus. Cuando trata de unirse con la recién casada, la Madre de Dios se interpone castamente entre los cónyuges, suscitando la pasión mística del joven. Tras abandonar a su mujer, el joven se hace monje y entrega el resto de su vida al servicio de Nuestra Señora. En un cuadro anónimo del siglo XII, se ve a la Virgen María con el anillo en el anular izquierdo y una enigmática sonrisa en los labios.

Todos los días, al caer la tarde, el padre le contaba la misma historia en sus múltiples versiones. La nena que cloqueaba era la anti-Sherezade que en la noche recibía, de su padre, el relato del anillo contado una y mil veces. Al año la nena ya sonríe, porque sabe cómo sigue la historia y a veces se mira la mano y mueve los dedos, como si ella fuera la estatua. Una tarde, cuando el padre la sienta en el sillón de la galería, la nena empieza a contar ella misma el relato. Mira el jardín y, con un murmullo suave, da por primera vez su versión de los hechos. “Mouvo miró la noche. Donde había estado su cara apareció otra, la de Kenia. De nuevo la extraña risa. De pronto Mouvo estuvo en un costado de la casa y Kenia en el jardín y los círculos sensorios del anillo eran muy tristes”, dijo. A partir de ahí, con el repertorio de palabras que había aprendido y con la estructura circular de la historia, fue construyendo un lenguaje, una serie ininterrumpida de frases que le permitieron comunicarse con su padre. Durante los meses siguientes fue ella la que contó la historia, todas las tardes, en la galería que daba al patio del fondo. Llegó a ser capaz de repetir palabra por palabra la versión de Henry James, quizá porque ese relato, “The Last of the Valerii”, era el último de la serie. (La acción se ha trasladado a la Roma del Risorgimento, en donde una joven y rica heredera americana, en uno de esos típicos enlaces jamesianos, contrae matrimonio con un noble italiano de distinguida alcurnia, pero venido a menos. Una tarde unos obreros que realizan excavaciones en los jardines de la villa desentierran una estatua de Juno, el signor conte siente una extraña fascinación ante esa obra maestra del mejor período de la escultura griega. Traslada la estatua a un invernadero abandonado y la oculta celosamente de la vista de todos. En los días siguientes transfiere gran parte de la pasión que siente por su bella mujer a la estatua de mármol y pasa cada vez más tiempo en el salón de vidrio. Al final la contessa, para liberar a su marido del hechizo, arranca el anillo que adorna el anular de la diosa y lo entierra en los fondos del jardín. Entonces la felicidad vuelve a su vida). Una llovizna suave caía en el patio y el padre se hamacaba en el sillón. Esa tarde por primera vez la nena se fue de la historia, como quien cruza una puerta salió del círculo cerrado del relato y le pidió a su padre que comprara un anillo (anello) de oro para ella. Estaba ahí, canturreando y cloqueando, una máquina triste, musical. Tenía dieciséis años, era pálida y soñadora como una estatua griega. Tenía la fijeza de los ángeles.

Ricardo Piglia (foto)

‘Torito’ de Julio Cortázar

(A la memoria de don Jacinto Cúcaro, que en las clases de pedagogía del normal “Mariano Acosta”, allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez)

Que le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés que yo me desespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas… Y es así, ñato. Más largas que esperanza’e pobre. Fijáte que yo a la noche casi no la conozco, y venir a encontrarla ahora… Siempre a la cama temprano, a las nueve o a las diez. El patrón me decía: “Pibe, andáte al sobre, mañana hay que meterle duro y parejo”. Una noche que me le escapaba era una casualidad. El patrón… Y ahora todo el tiempo así, mirando el techo. Ahí tenés otra cosa que no sé hacer, mirar p’arriba. Todos dijeron que me hubiera convenido, que hice la gran macana de levantarme a los dos segundos, cabrero como la gran flauta. Tienen razón, si me quedo hasta los ocho no me agarra tan mal el rubio.

Y bueno, es así. Pa peor la tos. Después te vienen con el jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita, el trabajo que le doy. Ni mear solo puedo. Es buena la hermanita, me da leche caliente y me cuenta cosas. Quién te iba a decir, pibe. El patrón me llamaba siempre pibe. Dale áperca, pibe. A la cocina, pibe. Cuando pelié con el negro en Nueva York el patrón andaba preocupado. Yo lo juné en el hotel antes de salir. “Lo fajás en seis rounds, pibe”, pero fumaba como loco. El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o algo así. Duro de pelar, che. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a vuelta. Áperca, pibe, metele áperca. Tenía razón el trompa. Al tercero se me vino abajo como un trapo. Amarillo, el negro Flores, creo, algo así. Mirá como uno se ensarta, al principio me pareció que el rubio iba a ser más fácil. Lo que es la confianza, ñato. Me barajó de una piña que te la debo. Me agarró en frío el maula. Pobre patrón, no quería creer. Con qué bronca me levanté. Ni sentía las piernas, me lo quería comer ahí nomás. Mala suerte, pibe. Todo el mundo cobra al final. La noche del Tani, te acordás pobre Tani, qué biaba. Se veía que el Tani estaba de vuelta. Guapo el indio, me sacudía con todo, dale que va, arriba, abajo. No me hacía nada, pobre Tani. Y eso que cuando lo fui a saludar al rincón me dolía bastante la cara, al fin y al cabo me arrimó una buena leñada. Pobre Tani, vos sabés que me miró, yo le puse el guante en la cabeza y me reía de contento, no me quería reír, te imaginás que no era de él, pobre pibe. Me miró apenas, pero me hizo no sé qué. Todos me agarraban, pibe lindo, pibe macho, ah criollo, y el Tani quieto entre los de él, más chatos que cinco e’queso. Pobre Tani. Por qué me acuerdo de él, decime un poco. A lo mejor yo lo miré así al rubio esa noche. Qué sé yo, para acordarme estaba. Qué biaba, hermano. Ahora no vas a andar disimulando. Te fajó y se acabó. Lo malo que yo no quería creer. Estaba acostado en el hotel, y el patrón fumaba y fumaba, casi no había luz. Me acuerdo que hacía calor. Después me pusieron hielo, fijáte un poco yo con hielo. El trompa no decía nada, lo malo que no decía nada. Te juro que tenía ganas de llorar, como cuando ella… Pero para qué te vas a hacer mala sangre. Si llego a estar solo, te juro que moqueo. “Mala pata, patrón”, le dije. Qué más le iba a decir. Él dale que dale al tabaco. Fue suerte dormirme. Como ahora, cada vez que agarro el sueño me saco la lotería. De día tenés la radio que trajo la hermanita, la radio que… Parece mentira, ñato. Bueno, te oís unos tanguitos y las transmisiones de los teatros. ¿Te gusta Canaro a vos? A mí Fresedo, che, y Pedro Maffia. Si los habré visto en el ringside, me iban a ver todas las veces. Podés pensar en eso, y se te acortan las horas. Pero a la noche qué lata, viejo. Ni la radio, ni la hermanita, y en una de esas te agarra la tos, y dale que dale, y por ahí uno de otra cama se rechifla y te pega un grito. Pensar que antes… Fijáte que ahora me cabreo más que antes. En los diarios salía que de pibe los peleaba a los carreros en la Quema. Puras macanas, che, nunca me agarré a trompadas en la calle. Una o dos veces, y no por mi culpa, te juro. Me podés creer. Cosas que pasan, estás con la barra, caen otros y en una de esas se arma. No me gustaba, pero cuando me metí la primera vez me di cuenta que era lindo. Claro, cómo no va a ser lindo si el que cobraba era el otro. De pibe yo peleaba de zurda, no sabés lo que me gustaba fajar de zurda. Mi vieja se descompuso la primera vez que me vio pelearme con uno que tenía como treinta años. Se creía que me iba a matar, pobre vieja. Cuando el tipo se vino al suelo no lo podía creer. Te voy a decir que yo tampoco, creéme que las primeras veces me parecía cosa de suerte. Hasta que el amigo del trompa me fue a ver al club y me dijo que había que seguir. Te acordás de esos tiempos, pibe. Qué pestos. Había cada pesado que te la voglio dire. “Vos metele nomás”, decía el amigo del patrón. Después hablaba de profesionales, del Parque Romano, de River. Yo qué sabía, si nunca tenía cincuenta guitas para ir a ver nada. También la noche que me dio veinte pesos, qué alegrón. Fue con Tala, o con aquel flaco zurdo, ya ni me acuerdo. Lo saqué en dos vueltas, ni me tocó. Vos sabés que siempre mezquiné la cara. Si me llego a sospechar lo del rubio. Vos creés que tenés la pera de fierro, y en eso te la hacen sonar de una piña. Qué fierro ni que ocho cuartos. Veinte pesos, pibe, imagínate un poco. Le di cinco a la vieja, te juro que de compadre, pa mostrarle. La pobre me quería poner agua de azahar en la muñeca resentida. Cosas de la vieja, pobre. Si te fijás, fue la única que tenía esas atenciones, porque la otra… Ahí tenés, apenas pienso en la otra, ya estoy de vuelta en Nueva York. De Lanús casi no me acuerdo, se me borra todo. Un vestido a cuadritos, sí, ahora veo, y el zaguán de Don Furcio, y también las mateadas. Cómo me tenían en esa casa, los pibes se juntaban a mirarme por la reja, y ella siempre pegando algún recorte de Crítica o de Última Hora en el álbum que había empezado, o me mostraba las fotos del Gráfico. ¿Vos nunca te viste en foto? Te hace impresión la primera vez, vos pensás pero ése soy yo, con esa cara. Después te das cuenta que la foto es linda, casi siempre sos vos que estás fajando, o al final con el brazo levantado. Yo venía con mi Graham Paige, imaginate, me empilchaba para ir a verla, y el barrio se alborotaba. Era lindo matear en el patio, y todos me preguntaban qué sé yo cuánta cosa. Yo a veces no podía creer que era cierto, de noche antes de dormirme me decía que estaba soñando. Cuando le compré el terreno a la vieja, qué barullo que hacían todos. El trompa era el único que se quedaba tranquilo. “Hacés bien, pibe”, decía, y dale al tabaco. Me parece estarlo viendo la primera vez, en el club de la calle Lima. No, era en Chacabuco, esperá que no me acuerdo, pero si era en Lima, infeliz, no te acordás del vestuario todo de verde, con más mugre… Esa noche el entrenador me presentó al patrón, resultaba que eran amigos, cuando me dijo el nombre casi me agarro de las sogas, apenas lo vi que me miraba yo pensé: “Vino para verme pelear”, y cuando el entrenador me lo presentó me quería morir. Él no me había dicho nunca nada, de puro rana, pero hizo bien, así yo iba subiendo despacio, sin engolosinarme. Como el pobre zurdito, que lo llevaron a River en un año, y en dos meses se vino abajo que daba miedo. En ese entonces no era macana, pibe. Te venía cada tano de Italia, cada gallego que te daba miedo, y no te digo nada de los rubios. Claro que a veces la gozabas, como la vez del príncipe. Eso fue un plato, te juro, el príncipe en el ringside y el patrón que me dice en el camarín: “No te andés con vueltas, no te vayas a dejar vistear que para eso los yonis son una luz”, y te acordás que decían que era el campeón de Inglaterra, o qué sé yo qué cosa. Pobre rubio, lindo pibe. Me daba no sé qué cuando nos saludamos, el tipo chamuyó una cosa que andá a entenderle, y parecía que te iba a salir a pelear con galera. El patrón no te vayas a creer que estaba muy tranquilo, te puedo decir que él nunca se daba cuenta de cómo yo lo palpitaba. Pobre trompa, se creía que no me daba cuenta. Che, y el príncipe ahí abajo, eso fue grande, a la primera finta que me hace el rubio le largo la derecha en gancho y se la meto justo justo. Te juro que me quedé frío cuando lo vi patas arriba. Qué manera de dormir, pobre tipo. Esa vez no me dio gusto ganar, más lindo hubiera sido una linda agarrada, cuatro o cinco vueltas como con el Tani o con el yoni aquél, Herman se llamaba, uno que venía con un auto colorado y una pinta bárbara. Cobró, pero fue lindo. Qué leñada, mama mía. No quería aflojar y tenía más mañas que… Ahora que para mañas el Brujo, che. De donde me lo fueron a sacar a ése. Era uruguayo, sabés, ya estaba acabado pero era peor que los otros, se te pegaba como sanguijuela y andá sacátelo de encima. Meta forcejeo, y el tipo con el guante por los ojos, pucha me daba una bronca. Al final lo fajé feo, me dejó un claro y le entré con unas ganas. Muñeco al suelo, pibe. Muñeco al suelo fastrás… Vos sabés que me habían hecho un tango y todo. Todavía me acuerdo un cacho, de Mataderos al centro, y del centro a Nueva York… Me lo cantaban por todos lados, en los asados, por la radio. Era lindo oírse en la radio, che, la vieja me escuchaba todas las peleas. Y vos sabés que ella también me escuchaba, un día me dijo que me había conocido por la radio, porque el hermano puso la pelea con uno de los tanos… ¿Vos te acordás de los tanos? Yo no sé de dónde los iba a sacar el trompa, me los traía fresquitos de Italia, y se armaban unas leñadas en River. Hasta me hizo pelear con dos hermanos, con el primero fue colosal, al cuarto round se pone a llover, ñato, y nosotros con ganas de seguirla porque el tanito era de ley y nos fajábamos que era un contento, y en eso empezamos a refalar y dale al suelo yo, y al suelo él… Era una pantomima, hermano… La suspendieron, que macana. A la otra vez el tano cobró por las dos, y el patrón me puso con el hermano, y otro pesto… Qué tiempos, pibe, aquí sí era lindo pelear, con toda la barra que venía, te acordás de los carteles y las bocinas de auto, che, qué lío que armaban en la popular… Una vez leí que el boxeador no oye nada cuando está peleando, qué macana, pibe. Claro que oye, vos te creés que yo no oía distinto entre los gringos, menos mal que lo tenía al trompa en el rincón, áperca, pibe, dale áperca. Y en el hotel, y los cafés, qué cosa tan rara, che, no te hallabas ahí. Después el gimnasio, con esos tipos que te hablaban y no les pescabas ni medio. Meta señas, pibe, como los mudos. Menos mal que estaba ella y el patrón para chamuyar, y podíamos matear en el hotel y de cuando en cuando caía un criollo y dale con los autógrafos, y a ver si me lo fajás bien a ese gringo pa que aprendan cómo somos los argentinos. No hablaban más que del campeonato, qué le vas a hacer, me tenían fe, che, y me daban unas ganas de salir atropellando y no parar hasta el campeón. Pero lo mismo pensaba todo el tiempo en Buenos Aires, y el patrón ponía los discos de Carlitos y los de Pedro Maffia, y el tango que me hicieron, yo no sé si sabés que me habían hecho un tango. Como a Legui, igualito. Y una vez me acuerdo que fuimos con ella y el patrón a una playa, todo el día en el agua, fue macanudo. No te creas que podía divertirme mucho, siempre con el entrenamiento y la comida cuidada, y nada que hacerle, el trompa no me sacaba los ojos. “Ya te vas a dar el gusto, pibe”, me decía el trompa. Me acuerdo cuando la pelea con Mocoroa, esa fue pelea. Vos sabés que dos meses antes ya lo tenía al patrón dale que esa izquierda va mal, que no te dejés entrar así, y me cambiaba los sparrings y meta salto a la soga y bife jugoso… Menos mal que me dejaba matear un poco, pero siempre me quedaba con sed de verde. Y vuelta a empezar todos los días, tené cuidado con la derecha, la tirás muy abierta, mirá que el coso no es macana. Te creés que yo no lo sabía, más de una vez lo fui a ver y me gustaba el pibe, no se achicaba nunca, y un estilo, che. Vos sabés lo que es el estilo, estás ahí y cuando hay que hacer una cosa vas y la hacés sobre el pucho, no como esos que la empiezan a zapallazo limpio, dale que va, arriba abajo los tres minutos. Una vez en El Gráfico un coso escribió que yo no tenía estilo. Me dio una bronca, te juro. No te voy a decir que yo era como Rayito, eso era para ir a verlo, pibe, y Mocoroa lo mismo. Yo qué te voy a decir, al rato de empezar ya veía todo colorado y le metía nomás, pero no te vas a creer que no me daba cuenta, solamente que me salía y si me salía bien para qué te vas a afligir. Vos ves cómo fue con Rayito, está bien que no lo saqué pero lo pude. Y a Mocoroa igual, qué querés. Flor de leñada, viejo, se me agachaba hasta el suelo y de abajo me zampaba cada piña que te la debo. Y yo meta a la cara, te juro que a la mitad ya estábamos con bronca y dale nomás. Esa vez no sentí nada, el patrón me agarraba la cabeza y decía pibe no te abrás tanto, dale abajo, pibe, guarda la derecha. Yo le oía todo pero después salíamos y meta biaba los dos, y hasta el final que no podíamos más, fue algo grande. Vos sabés que esa noche después de la pelea nos juntamos en un bodegón, estaba toda la barra y fue lindo verlo al pibe que se reía, y me dijo qué fenómeno, che, cómo fajás, y yo le dije te gané pero para mí que la empatamos, y todos brindaban y era un lío que no te puedo contar… Lástima esta tos, te agarra descuidado y te dobla. Y bueno, ahora hay que cuidarse, mucha leche y estar quieto, qué le vas a hacer. Una cosa que me duele es que no te dejan levantar, a las cinco estoy despierto y meta mirar p’arriba. Pensás y pensás, y siempre lo malo, claro. Y los sueños igual, la otra noche, estaba peleando de nuevo con Peralta. Por qué justo tengo que venir a embocarla en esa pelea, pensá lo que fue, pibe, mejor no acordarse. Vos sabés lo que es toda la barra ahí, todo de nuevo como antes, no como en Nueva York, con los gringos… Y la barra del ringside, toda la hinchada, y unas ganas de ganar para que vieran que… Otra que ganar, si no me salía nada, y vos sabés cómo pegaba Víctor. Ya sé, ya sé, yo le ganaba con una mano, pero a la vuelta era distinto. No tenía ánimo, che, el patrón menos todavía, qué te vas a entrenar bien si estás triste. Y bueno, yo aquí era el campeón y él me desafió, tenía derecho. No le voy a disparar, no te parece. El patrón pensaba que le podía ganar por puntos, no te abrás mucho y no te cansés de entrada, mirá que aquél te va a boxear todo el tiempo. Y claro, se me iba para todos lados, y después que yo no estaba bien, con la barra ahí y todo te juro que tenía un cansancio en el cuerpo… Como modorra, entendés, no te puedo explicar. A la mitad de la pelea la empecé a pasar mal, después no me acuerdo mucho. Mejor no acordarse, no te parece. Son cosas que para qué. Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo. Como cuando el príncipe, qué plato. Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche dale que dale.

Julio Cortázar (foto)

Crítica al ‘decálogo’ de Horacio Quiroga

El título del texto es, en realidad: “Crítica (refutación) al ‘Decálogo del perfecto cuentista’”. Y anoto el epílogo de Silvina Bullrich (foto) como prólogo, porque creo que es más apropiado. El ejercicio de Silvina Bullrich es el de dudar y repensar. De aquí provienen la lectura y las reflexiones sobre el decálogo de Horacio Quiroga. Tal epílogo, que elevo a la categoría de prólogo, es este: “A veces pienso que Quiroga miró demasiado la naturaleza y a fuerza de observar víboras, cocodrilos, invasiones de hormigas, esteros, selvas y tembladerales perdió la noción de grandeza infinita dentro de su infinita pequeñez que es el hombre. Pero no debemos confundir al Quiroga cuentista con el autor relativamente feliz de este Decálogo donde, pese a mi actitud crítica, encuentro dos o tres consejos indispensables para todo cuentista. Aunque a decir verdad en materia de consejo literario no ha sido superado el de Rainer María Rilke en Carta a un Joven Poeta: “Si puedes vivir sin escribir, no escribas”. No se presta a discusión el hecho de que sólo una necesidad ineludible puede mantener preso a un hombre (empleo esta palabra genéricamente) buscando en sí mismo ideas huidizas que asoman apenas, torpemente, en su cerebro, e imprimirlas sobre un papel, signos de un alfabeto acaso indescifrable para quienes vendrán después de nosotros”.

He aquí las refutaciones a cada uno de los mandamientos del Horacio Quiroga:

1) “Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov- como en Dios mismo”. Cabe preguntarse hasta qué altura de la vida o de la obra supone Quiroga que debemos aceptar influencias extrañas y cuándo tenemos derechos a sentirnos maestros a nuestra vez, aunque sólo sea maestros de nosotros mismos. Ningún artista puede aceptar este consejo sin rebelarse un poco, pues su mayor ambición es volar con sus propias alas. Por otra parte ¿en qué maestro creyó Quiroga? Tengo la impresión de que en varios. Pues si bien sus cuentos misioneros acusan alguna influencia de Kipling o de Poe, en otros, como en “Los Perseguidos”, por ejemplo, vemos asomar a Maupassant, pero no al perfecto cuentista de “Bola de Sebo”, respetuoso del tiempo del lector, resuelto a captarse su simpatía y a despertar su emoción al mismo tiempo que su sorpresa, sino al de sus cuentos menores como “A Caballo”, “La Cama”, “El Loco”, etc.

2) “Cree que tu arte es una cima inaccesible, no sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo”. Este segundo mandamiento no se presta a mayores comentarios, pues es una redundancia del primero, aunque menos admisible. Nadie escribiría una línea si no pensara que tiene algo que decir distinto (y sin duda superior) de sus maestros. Toda persona con personalidad se siente singular, cuanto más aquel que tiene vocación creadora. Por fuerte que sea el mandato interior de escribir, creo que todos terminaríamos por dominarlo si no supusiéramos que una página, una frase, puede aportar algo al panorama cultural del mundo, de nuestro país o de nuestra aldea.

3) “Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia”. Temo que este tercer mandamiento contradiga a los demás aunque al mismo tiempo los resume y los justifica. Aceptar la frase de Bufón, con una aligera variante, ya es señalar un rumbo acertado a los jóvenes cuentistas a quienes se dirige.

4) “Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón”. ¿Es acaso el triunfo lo más importante en una obra literaria? ¿No conocemos fracasos más gloriosos que muchos éxitos y no suele el escritor avergonzarse un poco de la popularidad cuando ésta se convierte (resultado inevitable) en un manoseo de su obra? Personalmente me gusta más la estrofa de Almafuerte “Pero yo también creo que la derrota –merece sus laureles y arcos triunfales– cualquier dolor que sea siempre rebota –sobre el alma futura de los mortales”. La vida de Quiroga fue toda entera una derrota y por eso su obra cobró fuerza y perdura. Y ahora llegamos al quinto mandamiento, el único verdaderamente esencial a mi modo de ver para guiar a un joven cuentista:

5) No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. El factor sorpresivo del final suele ser el gran acierto de muchos cuentistas, entre los nuestros: Borges o Dalmiro Sáenz. Podríamos decir que los cuentos más perfectos son los que conducen al lector, en medio de una confortable desorientación, hacia el final previsto por el autor. Y he aquí, tal vez, la diferencia fundamental entre la técnica del cuento y la de la novela. El cuento no puede dejar el final librado al azar, por el contrario depende casi totalmente de él. La novela puede permitirse infinitas libertades, la de tener un desenlace equívoco, la de no tener ninguno, o dejarlo al gusto del lector e incluso la de ir tejiendo su final como el destino, ciegamente, al azar de su construcción. No me refiero por supuesto a la novela policial. Pero sigamos con el decálogo del perfecto cuentista.

6) “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: ‘desde el río soplaba un viento frío’, no hay en lengua humana (en lengua castellana habrá querido decir) más palabras que las apuntadas para expresarlas. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes”. Quizá sea éste el más caprichoso y el más discutible de los mandamientos, pues no se tergiversaría mucho la realidad buscada poniendo “helado” en vez de frío y evitando así una rima que puede no molestar a Quiroga pero sí al lector, y acaso a los críticos. No me parece un exceso de severidad recomendar a los jóvenes que eviten este tipo de consonancias; no olvidemos que el hombre busca por su naturaleza el camino más fácil o que es preferible darle reglas rígidas aunque las tergiverse sin cometer pecados mortales, que darle leyes elásticas que son a la larga las culpables de los estilos desgreñados.

7) “No adjetives sin necesidad. Inútil serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él sólo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”. El consejo es sano pero no infalible, hay estilos que descansan en gran parte sobre los adjetivos. El adjetivo imprevisto y contradictorio de Borges; el adjetivo casi siempre más fuerte que el sustantivo de la obra Mallea, el adjetivo humilde y exacto de Maupassant y el que ayuda en Poe a la obra de terror. Pues, ¿qué quiere decir exactamente la expresión: sin necesidad? La necesidad de adjetivar es privativa de cada escritor; sería como querer reglamentar la necesidad de usar dos adjetivos en vez de uno o hasta de determinar la necesidad de escribir en sí misma. Por otra parte, los consejos son más fáciles de dar que de seguir. Tomo al azar un cuento de Quiroga, “La Llama”, y leo un párrafo: “Berenice tuvo al día siguiente uno de sus extraños ataques y ante mis serios temores por esa sensibilidad profundamente enfermiza, la madre sacudió la cabeza”. En tres fases hay al menos dos adjetivos suprimibles: hubiéramos comprendido lo mismo, puesto que ya estábamos al tanto, que los ataques eran extraños sin agregar el adjetivo y que los temores eran serios.

8) “Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea”. Esta última frase sorprende en un escritor tan auténtico como Quiroga y debilita el consejo importante, quizá el más importante del Decálogo. Pues nadie puede discutir que no sea un acierto llevar el personaje y la anécdota firmemente hasta el final. Así el cuento es, en cierto modo más perfecto que la novela, pues no admite licencias. Por supuesto que estas recetas hacen del cuento un oficio más o menos fácil o difícil de aprender y que la misma libertad de la novela (como toda libertad), aumenta sus responsabilidades y obliga a buscar incesantemente un cauce que también incesantemente se pierde. Es más difícil perderse en un largo camino que en un camino corto.

9) “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”. No creo que quepa la discusión alrededor de este noveno mandamiento. Por otra parte es casi inhumano escribir bajo una real y reciente emoción. En esto la novela y el cuento se asemejan. Quizá sólo la poesía, la romántica, no la actual, pueda ser una excepción.

10) “No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”. Hoy parece sorprendente que alguien pueda pensar en sus amigos al escribir: el mundo es tan vasto y el escritor tan aislado, sus miras tan lejanas en el tiempo y en el espacio, que no creemos encontrar ninguna valla que nos impida seguir este consejo inseguro. A lo largo de este Decálogo la palabra ingenuo ha acudido varias veces a mi mente y varias veces la he rechazado, pues la obra y la vida de Quiroga nada tienen de candorosas, son recias y brutalmente humanas, como lo es su muerte y lo son las muertes que jalonan su paso por la tierra. Pero hay que resignarse a admitir que un cierto candor se filtra en su Decálogo. Quizá sea imposible querer encerrar al hombre en diez mandamientos sin sentir la imposibilidad (léase ingenuidad) de lograrlo. El hombre, cuentista o no, desborda los límites de las teorías rígidas.

‘La otra vida’ de Edgardo Cozarinsky

(‘Johnson anheló toda su vida ver un fantasma, pero no lo consiguió, aunque bajó a las criptas de las iglesias y golpeó los ataúdes. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres’. Carlyle: Sartor Resartus, III, 8)

Pocos minutos después de ser atropellado por un Peugeot 3008, que prosiguió sin detenerse hacia la avenida Almirante Brown, Antonio Graziani se incorporó en medio de la calzada desierta de Paseo Colón y cruzó hacia Parque Lezama. No dudó siquiera un instante de que estaba muerto, pero esta certeza no le impidió respirar hondamente el aire ya fresco, esa brisa que alivia el calor a fines de una noche de diciembre. Aún no eran las 5 y ya empezaba a clarear con la primera, tímida luz del día.

No le llamó la atención la ausencia de heridas visibles, de todo dolor. Se sacudió someramente el polvo adherido a la ropa, pasó sin detenerse ante la iglesia ortodoxa de la calle Brasil, que tanto lo intrigaba en su infancia, y echó una mirada rápida a las persianas bajas del restaurante que en años recientes había frecuentado. Se dirigía al bar Británico, confiado en que estaría abierto, como solía, las veinticuatro horas. No se equivocaba. Dos mesas solamente estaban ocupadas y en una de ellas reconoció a Gustavo Trench, un amigo muerto dos años atrás.

–Antonio… No sabía… –Trench se mostró auténticamente sorprendido–. ¿Desde cuándo?

–Hace unos minutos. Me atropelló un auto cuando cruzaba Paseo Colón.

Una mujer sin edad salió de atrás de la barra y se acercó a ellos. Sus ojos se hundían en una intrincada red de arrugas, el maquillaje de colores vivos parecía señalar el lugar que habían ocupado rasgos ya vencidos, el pelo se elevaba en una rígida composición color caoba. Sin una palabra, interrogó con la mirada a Antonio. Este señaló lo que bebía su amigo. La miró alejarse: le había parecido curiosamente ausente bajo la efusión de maquillaje y tintura, ahora le parecía casi transparente. Trench percibió su extrañeza.

–Ya pronto se va a borrar –informó–. Hace casi tres años que murió.

La mujer volvió con un vaso de fernet. Antonio bebió un trago, otro, y se quedó mirando el líquido oscuro donde flotaban dos cubitos de hielo; no dijo una palabra, pero Trench, de nuevo, creyó necesario explicar.

–Sí, tiene el mismo gusto. ¿Qué esperabas? –Tras un momento de silencio, continuó–. Vas a encontrar todo igual. Pero a los que no vas a encontrar es a los que todavía no cruzaron la línea. Solamente nos vas a ver a nosotros, en los mismos lugares, con la misma cara y la misma voz. A los otros no los vas a ver ni vas a poder comunicarte con ellos.

Antonio no respondió. Se sentía perplejo, menos por la existencia nueva que le iban descubriendo que por su falta de asombro, más aún: por su serena aceptación de lo que, minutos antes, lo hubiera llenado de miedo. Se quedó mirando a la mujer del bar, que parecía hacer unas cuentas en un cuaderno de tapas duras y cada tanto llevaba a la boca un lápiz para mojar la punta con saliva.

Trench se sentía obligado a guiar los primeros pasos del amigo en territorio incógnito.

–Como te dije: tres años.

–¿Y después?

–No sé. Los que saben ya no pueden contar.

***

Había amanecido. Los amigos salieron a la calle. La brisa de fin de la noche no se había extinguido del todo con la salida del sol, aún agitaba levemente los follajes del parque y parecía invitarlos a una pausa. Se sentaron en un banco y permanecieron en silencio.

Así que es esto, pensó Antonio. Vio pasar a un chico que hacía rebotar una pelota contra las baldosas de la vereda y se quedó mirándolo alejarse, acostumbrándose a la idea de que tampoco él estaba vivo. Más tarde esa extrañeza se fue gastando, se diluyó en una contemplación ociosa: observaba a una señora de cuya bolsa del mercado asomaban puerros y apios, a un hombre de traje y corbata que detuvo un taxi y subió a él. Sentía una confusa solidaridad con todos ellos, pero también ese sentimiento lo fue perdiendo a medida que el día se afianzaba.

Trench había vuelto a hablar y Antonio escuchaba, ya sin demasiada atención, sus explicaciones. La verdad es que no le importaba nada de lo que oía. Lo único que se había instalado en su atención, y desplazaba toda otra cosa, era el plazo de tres años que se abría ante él como duración de esta nueva vida, residuo engañoso de la anterior. Si no podría ver ni relacionarse con quienes aún vivían ¿con quiénes se encontraría? ¿Quiénes habían muerto en los tres años anteriores? Ese límite le despertaba cierta curiosidad y también anunciaba súbitamente una libertad inesperada: lo eximía de proyectos y economías, le prometía una exploración, que se le aparecía rica en sorpresas, de la ciudad donde había vivido, ahora habitada por tantas existencias en suspenso, como la suya. Las precisiones y advertencias que Trench encadenaba, escuchando satisfecho sus propias palabras, le aburrían como esas novelas de ciencia ficción que creen necesario acumular detalles técnicos sobre cómo se articulan realidades paralelas en un mismo tiempo y espacio. Antonio había aceptado inmediatamente el carácter de la existencia que lo esperaba, del mismo modo en que había dado por sentada, sin patetismo, su nueva condición.

Una hora más tarde, ya visible el sol, el agobio de fin de año pesando sobre la ciudad, estaba apostado ante la puerta del edificio de departamentos de la calle Chacabuco donde había vivido hasta el día anterior. ¿Seguiría viviendo allí en su nueva existencia? No vio, por supuesto, al portero, que a esa hora debía estar baldeando la vereda; en cambio vio aparecer a la viuda del segundo piso: la habían encontrado sin vida varios días después de notar que ya no salía a la hora habitual, devota como era de la misa de 8, la misma a la que sin duda se dirigía ahora, fiel, en su nueva existencia.

Subió al décimo piso. La llave del departamento abrió sin problemas la puerta; previsiblemente, según Trench le había explicado, no pudo ver a su mujer ni a sus dos hijos, que deberían estar desayunando, ellos sin duda indiferentes, ella almacenando rencor ante esta nueva ausencia del marido. Pronto recibirían la noticia, deberían reconocer el cadáver en la morgue, celebrar alguna ceremonia fúnebre. Él, afortunadamente, no podría verla ni verlos. Prefirió no quedarse en ese espacio que de pronto sintió ajeno, un resumen de todo lo que, de un instante a otro, sin habérselo propuesto, había descartado de su vida. De todo lo que durante tres años no iba a pesarle. Tomó un libro al azar, cuentos de un autor ruso, y salió cuidando de no hacer ruido, aunque recordó que su familia no podría oírlo.

No estaba cansado a pesar de no haber dormido. Caminó hacia el centro de la ciudad, sin prestar ya atención a los transeúntes que pasaban a su lado, sin que estos tampoco se interesasen en él. Se detuvo en la esquina de 25 de Mayo y Sarmiento, ante un edificio cuyos pilares y bajorrelieves tenían la solidez sin alarde de tiempos pasados; a un lado de la entrada, en una placa de metal, estaba grabado el perfil de un hombre de cuyo gorro surgían alas: Mercurio.

Entró en ese espacio desconocido y se internó entre columnas de mármol y techos altos. Cantidad de hombres afiebrados y vociferantes, otros mudos y ensimismados, seguían las alzas y bajas en la cotización de acciones, las fluctuaciones en el cambio de divisas. Observó ese espectáculo como si se tratase de una representación teatral, hasta entender que efectivamente se trataba de una ficción. Esa agitación era vana: ni los valores ni las transacciones que la motivaban tenían lugar en un espacio real, y por real Antonio ya había empezado a entender el mundo de los vivos. Esos hombres obedecían a una disciplina, se entregaban al entusiasmo y la angustia de su existencia anterior. Acaso no pudiesen renunciar a los que habían sido sus gestos cotidianos y preferían ignorar que estaban discutiendo por valores que habían perecido en una catástrofe bursátil reciente, valores no menos muertos que ellos.

La verdad es que todo el espectáculo de la vida cotidiana que iba descubriendo le parecía contaminado de irrealidad, sobre todo porque sus actores respetaban la conducta que había tenido sentido en su existencia anterior: empleados bancarios que comían de pie un sándwich en un bar atestado, personas de toda edad, silenciosas, absortas ante la pantalla de una PC en un locutorio, individuos de mirada esquiva que entregaban al transeúnte volantes de publicidad de algún «salón de masaje tailandés». Perplejo, impaciente, buscó refugio en el aire acondicionado de un cine; previsiblemente, no vio boletero ni acomodador, y en la sala sólo unas pocas butacas ocupadas. El film, aunque incluía actores, era de animación, con efectos virtuales que buscaban asombrar, asustar, hacer reír. Al poco rato Antonio ya dormía.

Era de noche cuando volvió a la calle. Caminó sin rumbo, y cuando advirtió que sus pasos lo llevaban hacia la estación Retiro prefirió evitar el espectáculo de la multitud que sin duda seguía deambulando como todas las noches en el hall central, ahora a la espera de un tren posiblemente menos lleno que los tomados en su vida anterior, si es que no buscaban matar una hora o dos en una sociabilidad anónima. Eligió subir por la pendiente de la calle Juncal y se detuvo al llegar a la esquina de un palacio. Un vaho acre, como el residuo de una mezcla de alcoholes, se alzaba de la vereda. Inclinada ante las rejas de hierro forjado, una chica vomitaba. Parecía no tener más de doce años.

Más adelante, en una cuadra poco iluminada, oyó gemidos que provenían de un zaguán. Se detuvo a una distancia que estimó prudente y la luz amarillenta del alumbrado público le permitió distinguir a la previsible pareja. La mujer se había bajado apenas unos centímetros el short blanco y respondía a la agitación del hombre con movimientos espasmódicos; de pronto, una mancha roja brotó entre sus piernas, su gemido se hizo más parecido al llanto, el hombre renovó su excitación y alcanzó casi inmediatamente el alivio de la descarga final.

Por la calzada avanzaba un grupo de cartoneros empujando una carretilla con el botín de la noche; pasaron sin detenerse ante el episodio que había distraído a Antonio. Ellos también prosiguen con su vida anterior, pensó, ya desinteresado del zaguán. Por qué yo no, se preguntó; acaso, como a cualquier recién llegado, todo me parece nuevo, aún no se me ha convertido en espectáculo cotidiano.

En ese momento se sintió cansado. Fue una sensación bienvenida. No iba a volver al departamento de la calle Chacabuco, donde podría dormir sin ser molestado por esa familia que ya no podía ver ni podía verlo, pero el hecho de saberlos allí, presentes en una existencia para él inaccesible, los convertía en fantasmas. Se rio al pensar que, si pudieran intuir su presencia, para ellos sería él el fantasma. Caminó unas cuadras más, llegó a una plaza cuyas rejas no estaban cerradas con candado, eligió el banco más lejano de la calle y se acostó.

***

En el sueño lo esperaban, lejos de toda alucinación, dos percepciones que hubiese supuesto contradictorias: por un lado, la sensibilidad de su cuerpo a la rígida madera que, aunque no le impedía dormir, exigía a sus huesos frecuentes cambios de posición para que el sueño se instalara; por otro, el mismo sueño, donde vinieron a su encuentro muchos seres que aún no habían cruzado la línea, aquellos que en la vigilia ya no podía ver ni oír. Fue así como durante un par de horas creyó retomar la vida cotidiana que ya no podía ser suya.

Al despertar tuvo un breve momento de desazón al recordar su nuevo estado, pero muy pronto lo ganó la curiosidad que ya la noche anterior había guiado sus pasos. El día, sin embargo, lo decepcionó: las multitudes que cruzaba en la calle no ofrecían a la mirada ninguna diferencia con las que el día anterior había observado; tenía que repetirse un «están muertos», cada vez menos urgente, para intentar desentrañar en actitudes sin misterio un matiz que las distinguiese del más banal paisaje conocido. Y ningún hallazgo recompensaba su busca. El sol castigaba las veredas estrechas del centro. Sintió, no sin asombro, que la transpiración ya le pegaba la camisa al cuerpo. A mediodía comió en un sushi bar de la calle Reconquista; pagó con una tarjeta de crédito, y no le produjo demasiado asombro que fuese aceptada y le presentaran el talón que debía firmar.

Por la tarde, el agobio del verano ya no parecía venir del cielo sino de las calzadas, como si hubiesen guardado, y ahora devolvieran, el calor acumulado desde la mañana. Intentó de nuevo buscar refugio en el aire acondicionado de un cine. En la pantalla desfilaban piratas, abordajes, monstruos marinos y otros residuos de aventuras que alguna vez fueron ingenuas; ahora, el exceso de efectos especiales las volvía aparatosas, anodinas. Esta vez el sueño no acudió. Sin demasiada curiosidad paseó la mirada por la platea, menos desierta que la tarde anterior; sentada tres filas más adelante, le pareció reconocer a una mujer con la que había compartido un fin de semana en la costa atlántica, en un verano de su juventud.

Cambió de asiento, pasó una fila más adelante, se colocó en posición diagonal hacia el perfil de esa mujer que no se distraía de la pantalla. Ahora estuvo seguro: era ella, aunque el nombre rehusaba acudir a su memoria. Volvió a avanzar, esta vez se sentó en la misma fila, a dos butacas de distancia, y le clavó los ojos con la esperanza de que esa insistencia la obligase a devolverle la mirada; así ocurrió, pocos minutos más tarde. Sí, era ella. Los años no habían desfigurado el rostro recordado, a lo sumo habían acentuado los rasgos, aunque posiblemente se tratase sólo de una impresión debida a la penumbra intermitente, a la luz vacilante que llegaba de la pantalla, acaso al maquillaje. Hacía veinte años que no la veía… ¿Cuándo había muerto?

Después de la primera mirada, fugaz, y de un esbozo de sonrisa, la mujer volvió a concentrarse en la pantalla. Molesto por esa indiferencia, Antonio pasó a sentarse al lado de la mujer; de pronto, había recuperado su nombre, y no iba a retirarse, ofendido por su silencio.

–Laura. Sos Laura, no me digas que no. Ella respondió sin quitar los ojos de la pantalla.

–Sí, soy Laura, y vos sos Antonio. Esperaba encontrarme con vos en algún momento. En el diario de esta mañana está la noticia del accidente. ¿A quién se le ocurre cruzar Paseo Colón a las 4 de la mañana, en una esquina con semáforos rotos? Sobre todo si, como supongo, habías estado bebiendo…

Esas palabras dichas al desgano, el tono apenas irónico, la mirada que no se desviaba de la pantalla lo irritaron. Sin una palabra, se levantó y salió del cine. No había caminado media cuadra cuando oyó que lo llamaban por su nombre; le pareció reconocer la voz de Laura. Era ella. Venía por la vereda, sin prisa, y Antonio pudo verla mejor que en el cine. Lo primero que le llamó la atención fue la túnica color turquesa: le pareció un sari de la India, con una amplia pieza de tela echada sobre un hombro. Vieja hippie, pensó, y no pudo evitar un dejo de ternura. La cara, sí, era la de Laura, evidentemente restaurada pero sin los excesos habituales de la cirugía cosmética. Sólo cuando la tuvo cerca advirtió que el sari, que parecía ocultar el brazo izquierdo, en realidad permitía disimular su ausencia.

Le preguntó cuándo había llegado, no encontró mejor manera de decirlo, «entre nosotros»; al oír el eufemismo ella se rio y respondió con un vago «hace mucho». Antonio pronto descubrió que no tenían demasiado de qué hablar; evitaba, con los ojos y la palabra, la amputación que parecía atraer irresistiblemente su mirada. Laura advirtió esa incomodidad y sin abandonar una sonrisa casi burlona respondió tardíamente.

Hace diez años que llegué.

***

Horas más tarde, lado a lado en la cama, Antonio hacía un recuento de diferencias y coincidencias a través de los años. Tuvo que admitir que la ausencia del brazo izquierdo había suscitado en él una curiosidad que podía confundirse con excitación: en más de un momento, se dejó ir a acariciar ese hombro apenas prolongado en un muñón. Apenas hubo terminado de (la expresión ahora le parecía irónica) «hacer el amor», Laura no había corrido hacia el baño como solía hacer en sus encuentros juveniles, aunque Antonio no recordaba si en tiempos de aquel fin de semana en la playa existía la píldora llamada del día siguiente. El acto mismo le pareció mecánico, el brazo derecho de Laura lo estrechaba con fuerza inesperada, las uñas clavadas en su espalda, los movimientos espasmódicos de pelvis, expresaban menos ardor que aplicación, una entrega demasiado parecida a la gimnasia. Actúa, pensó, como una actriz cansada en la segunda temporada de una obra que ya no le permite inventar variaciones.

De estas reflexiones lo sacó el ruido de la puerta del departamento al abrirse. La abría alguien que tenía la llave. Se incorporó en la cama. Laura no se inquietó. En el vano de la puerta apareció un hombre que le pareció más o menos de su misma edad, llevaba el pelo crespo, largo y ralo recogido en la nuca con una gomita, un aro brillaba en su oreja izquierda; buena pareja, pensó Antonio, para una vieja hippie… Luego advirtió que el hombre vestía ropa de jogging y la pierna derecha del pantalón estaba doblada a la altura de la rodilla, allí donde la extremidad se cortaba.

–Un recién llegado, si no me equivoco… –El desconocido sonreía afable, sin inmutarse ante la pareja desnuda que tenía enfrente; no esperó respuesta y se retiró murmurando–. Voy a hacer café.

El café instantáneo resultó inesperadamente potable. Sentados ante una mesa de cocina, la conversación fue menos difícil de lo que Antonio hubiese esperado. Reconoció olor a pis de gato, que no había notado al llegar; también las manchas de humedad en el techo, los posters de Soda Stereo, alguna proclama enmarcada de una militancia difunta. Él se había vestido, ella apareció cubierta con una bata. El desconocido se presentó como el marido de Laura, «más bien, fui el marido», se corrigió con una sonrisa que no pareció forzada; luego agregó que había «llegado» pocas horas antes que su mujer, ambos por obra del mismo accidente automovilístico, diez años atrás. Tenía el brazo izquierdo cubierto por tatuajes, figuras o arabescos que Antonio no intentó descifrar. En una jaula hacía acrobacias un canario enérgico y muy audible. Se preguntó si también el pájaro estaba muerto; el plumaje brillaba sin huellas de herida alguna.

–Diez años… –Antonio se atrevió a abordar el tema postergado durante su contacto con la mujer–. Tenía entendido que sólo tenemos un plazo de tres…

El desconocido pareció sorprendido. Se dirigió a Laura.

–¿No le explicaste?

No, Laura no le había explicado, y ahora Antonio escuchó de su marido la existencia de una organización, aunque él no usó esa palabra y se refirió vagamente a contactos, relaciones, influencias. Era posible, dijo, postergar de manera indefinida el limbo de tres años y no borrarse gradual, definitivamente al término de ese plazo; para lograrlo era necesario sacrificar una parte del cuerpo. Antonio, recién llegado, podía tener confianza en la seriedad del acuerdo, tal vez se tratase de no más de una mano, nunca de los ojos; de la importancia de la amputación dependía la prórroga concedida y la seriedad del contrato se había demostrado irreprochable. Laura y su marido no le pedían una decisión inmediata, cuando él hubiese “madurado su elección” lo pondrían en contacto con “los responsables”.

Antonio se despidió de ellos con la promesa de pensarlo: un escrúpulo ridículo le impidió revelar la impaciencia por cancelarlos de su vista, la brusquedad con que hubiese querido demostrarles su rechazo: curioso, pensó, cómo subsiste cierta formalidad en los modales, sin sentido ya en la nueva existencia. Una vez en la calle, alejándose lo más rápido posible de ese lugar, de esa gente, sintió que una angustia indefinida se instalaba en él, crecía, lo dominaba. ¿Qué era este residuo de vida en que había dado los primeros pasos? Poco más de una hora atrás se había dejado llevar a una relación sexual casi sin deseo, o con el recuerdo del deseo que en su juventud había sentido por esa mujer hoy trabajada por la cirugía cosmética, amputada en un grotesco afán de supervivencia. ¿Acaso esa locura, lo que ahora le parecía locura, estaría esperándolo también a él cuando se acercase el plazo? Por el contrario, ¿sería posible abreviar su estada en este limbo que, a medida que se agotaba la curiosidad inicial, empezaba a resultarle patético?

Caminaba cada vez más rápido y al volver una esquina se encontró en la plaza Dorrego con su pobre mercado de pulgas, puestos de trastos y residuos ofrecidos como antigüedades. A Antonio la nostalgia siempre le había inspirado rechazo; para quienes la cultivaban, comprobó, sus reflejos no se extinguían con la muerte. Un amigo, aficionado a las partituras de canciones viejas y a las fotografías de películas mudas, había diagnosticado que esa hostilidad de Antonio era consecuencia de haberse topado en una pila de papeles «antiguos» con varios cuadernos suyos de la escuela primaria, cuadernos que, estaba seguro, había consignado al tacho de basura años atrás…

Un extremo de la plaza había sido reservado como pista de baile, rescatado de las mesas de bar que la ocupaban desde que el turismo invadió el barrio. Algunas parejas mayores bailaban tangos al compás de un equipo de stereo inesperadamente reciente; lo hacían con aplomo; las mujeres vestidas y calzadas con una idea precisa, no siempre feliz, del mundo imaginario del tango; los hombres sin que les importase el desaliño doméstico, como si hubiesen pasado de mirar televisión a acompañar a sus damas en ese ejercicio tradicional. Antonio vio acercarse, curioso, a un hombre joven que empuñaba un par de muletas y no pudo sino pensar que era uno de los que habían aceptado la negociación propuesta por Laura y su marido; a partir de ese momento recorrió con la mirada toda la plaza y sus paseantes a la espera de detectar el muñón, la prótesis delatora.

***

Esa noche no soñó con esos rastros de amputaciones negociadas. Tampoco con su familia ni con otras personas que ahora, en la vigilia, estaban prohibidas a su mirada. Al despertar intentó recordar su sueño; durante una fracción de segundo algunas imágenes permanecieron en su memoria sólo para escurrirse, como arena entre los dedos, al intentar grabarlas, hallarles una continuidad, alguna peripecia.

Había adquirido, eso sí, cierta soltura en su comercio con la vida nueva: para dormir, no vaciló en elegir el hotel de una cadena internacional, cercano a la Plaza de Mayo, y en él una habitación amplia que acaso estuviera ocupada en la otra, inaccesible realidad; no percibió ningún indicio de una presencia, tampoco cuando fue al baño y tomó una ducha sin que el ruido del agua despertase al invisible ocupante. Algo, sin embargo, llamó su atención: en una repisa, bajo el espejo, había hojitas de afeitar. La habitación, por lo tanto, estaba ocupada por un hombre. En el botiquín halló espuma de afeitar. Se miró en el espejo y decidió que le vendría bien aprovechar ese hallazgo. Envalentonado, al salir del baño abrió el placar, encontró camisas, ropa interior y soquetes limpios. Con la certeza de que el ocupante no advertiría su ausencia, tomó lo que, entendía, era un doble de cada una de esas prendas y guardó todo en un bolso que halló en el mismo placar. La vida nueva, se dijo por primera vez, con un asomo de satisfacción, tenía sus ventajas.

Al bajar se le ocurrió intentar un desayuno. Tuvo éxito. Tostadas, queso blanco, jugo de pomelo, huevos revueltos: recorrió el buffet sin prisa. Una sola persona era visible para él: una señora muy mayor, que se servía una y otra vez, regularmente, con un apetito inesperado para su edad. En algún momento sus miradas se cruzaron e intercambiaron un saludo mudo, una sonrisa fraterna.

Pero aun la picaresca agota rápido su encanto canallesco. Al salir a la calle lo sorprendió la lluvia, uno de esos enérgicos chaparrones de verano frecuentes en Buenos Aires: duran poco pero castigan fuerte, desbordan alcantarillas y desagües, inundan calles sin distinguir entre barrios humildes y residenciales, derriban algún vetusto poste de alumbrado y electrocutan a un transeúnte incauto; al rato deponen su furia, despejan el cielo que se descubre de un azul purísimo, ya no turbio, regalan una ilusión de fresco que irá desvaneciéndose con el recuperado bochorno de la estación.

De pie ante la puerta del hotel, Antonio esperaba ese alivio y se sorprendió pensando que era la primera vez que en su nuevo estado esperaba algo. Esperar: era lo propio de su existencia anterior, algo que la nueva había desterrado. Ya todo había sucedido. Minutos más tarde la lluvia fue haciéndose menos violenta, finalmente cesó y él se alejó de ese hotel donde se había distraído como un personaje en una representación improvisada. Ahora sólo podía dejar pasar los días, sin impaciencia ni temor, con una única certeza, la del plazo que le estaba otorgado. Era, de algún modo, un consuelo, melancólico, humilde.

Pero también una promesa de tedio, de un incalculable vacío. ¿Con qué llenar los días? Pensó en Trench, a quien no deseaba particularmente volver a ver, y pensó que no debía ser el único amigo que podía encontrar. ¿Dónde? No en la editorial donde había trabajado, decidió de inmediato. La vida familiar, el malhumor de su esposa, lo habían alejado del grupo de amigos de sus años jóvenes con quienes solía reunirse en un café de la calle Moreno. ¿Alguno de ellos estaría allí, fiel a las costumbres de la existencia anterior?

Se dirigió sin entusiasmo hacia esa promesa de compañía, pero ya antes de llegar lo ganó el desánimo. No, no tenía ganas de encontrarse con ellos, de enterarse de la fecha en que habían «cruzado la línea», de comparar cuánto le quedaba a uno, a otro… Se le ocurrió la posibilidad de no esperar pacientemente que se cumpliera el plazo. Ya había decidido no postergarlo, no recurrir a esa logia tal vez clandestina que proponía servicios quirúrgicos. Ahora sólo deseaba abreviar el plazo. Volvió a la esquina de Paseo Colón, al semáforo roto donde había empezado su existencia póstuma, donde la verdadera había terminado. Era difícil reconocer el escenario a esa hora matutina. El tráfico no prometía peligro; sin embargo, pensó, si calculaba bien el momento, elegía por velocidad y peso el vehículo, tal vez algún camión que transportara containers del puerto vecino, sobre todo si dominaba sus reflejos, podía provocar un segundo accidente que revirtiese las consecuencias del primero.

Fue entonces cuando lo sorprendió el olor. Lo traía la brisa desde un edificio cercano, una fábrica de bizcochos y galletitas cerrada años atrás. ¿Era posible que hubiese quedado impregnado en las paredes del viejo edificio, tan fuerte como para llegarle a varias cuadras de distancia? Para Antonio no venía de un espacio físico sino de un tiempo pasado, distante.

Volvió a ver la lata de grandes dimensiones, o que habían parecido grandes a un niño: un paralelepípedo de metal esmaltado de color naranja, con letras de curvas caprichosas, que él aún no sabía llamar art nouveau. Se abría por su parte superior; en ella era necesario levantar una tapa circular, del mismo metal, introduciendo un dedo en su borde respingado. Ese olor, un perfume que ningún otro había sabido borrar en los años vividos, anunciaba el sabor de los bizcochos crujientes, que se deshacían en migas que él recogía en la palma de la mano y llevaba a la boca, aspirando minuciosamente hasta que sólo quedaba la posibilidad de lamer la mano a la que se había adherido un fino polvo dorado.

Pero ya no existían esos bizcochos. La empresa familiar que un siglo atrás los había creado había sido vendida, primero a capitales locales que nada entendían del tema, luego a lo que se anunciaba como una «multinacional agroalimenticia»; en ambas etapas se había intentado «adaptar los bizcochos al gusto actual», tal vez en realidad abaratar su fabricación, y en ese proceso habían ido perdiendo el gusto, su perfume, finalmente habían desaparecido del mercado.

¿De dónde podía llegarle, tantos años más tarde, ese olor? No podía estar aún impregnado en las paredes de la antigua fábrica, transformada pocos años antes en shopping mall… Acaso los perfumes, no menos que las personas, tuvieran una frágil supervivencia y sólo Antonio, y quienes como él fueran huéspedes temporarios del limbo que ahora habitaba, pudiesen percibirlo.

Cuando sacudía la lata, el niño que Antonio había sido podía oír si aún quedaban bizcochos, golpeándose contra las paredes de metal, y si eran pocos tenía que introducir la mano hasta el fondo para rescatar alguno. Uno de estos días te vas a caer dentro de la lata, le decía su madre. Y a menudo pensaba cómo sería vivir dentro de esa lata. Primero iba a ser necesario hacerse muy chico, sostenerse con las manos del borde de la apertura para luego dejarse caer. No sería un problema: la abuela, que era bruja, le había confiado en un susurro que basta con desear algo con muchas ganas para lograrlo…

Pero era necesario, Antonio estaba seguro, un gran esfuerzo. Las muchas ganas debían traducirse en alguna fórmula mágica, en algún ejercicio muscular o de respiración, en alguna forma, que él no conocía, de concentrar y orientar la voluntad. No bastaba con cerrar los ojos y apretar los dientes e intentar borrar de la mente todas esas imágenes no deseadas que la invadían cuando lo único que él buscaba era no pensar.

De pronto, sintió una vibración nueva en su cuerpo, un latido que no reconocía; abrió los ojos y descubrió la penumbra que minutos antes había imaginado.

***

En su nuevo tamaño, no más grande que una de sus manos, a Antonio los bizcochos le resultaban enormes, tenía que romper una punta para llevarse a la boca un pedazo, o mordisquearlos, como en los dibujos animados había visto que hacía un ratón con un pedazo de queso; al mismo tiempo, tenía la ventaja de que duraban más para su gula…

De noche iba a poder dormir sobre uno de ellos, respirando ese olor que le gustaba tanto como el sabor.

De pronto, alguien que no sabía que él estaba en el fondo, al ver que la lata había quedado abierta, colocó la tapa y la cerró con una presión fuerte. El interior quedó en una oscuridad total, el perfume se hizo más intenso aún y Antonio se durmió feliz. Pero los sueños pueden acechar aun al más inocente con peligros emboscados, fantasmas que ningún exorcismo aplaca. Esa criatura diminuta se soñó cargada de años y recuerdos. Se vio adulto, de pie en una esquina de Buenos Aires, detenido en medio de transeúntes apurados, con la expresión de quien percibe en el aire el anuncio de una tormenta cercana, ese olor a tierra mojada que aun lejos del campo surge en medio del calor del verano con promesas de violencia y alivio.

Ese hombre tiene cincuenta años y lo domina un miedo indefinido, menos el de una amenaza que el de una certeza, la de saberse preso en una existencia de la que desea escapar. Se sabe muerto y sabe muertos a todos a quienes se cruza, así como sabe que en ese mismo momento, en ese mismo lugar, lo rodean, invisibles, inabordables, cientos de vivos. El niño, esa criatura minúscula que lo está soñando intenta despertarse, pero aún no conoce la fórmula que con los años le prestará ayuda («esto no puede ser real, tiene que ser un sueño y lo voy a destruir, me voy a despertar») y es así como en la protección tan deseada del fondo de esa lata de bizcochos, que lo ha arrullado con su olor, descubre todo el horror de una edad que desconoce.

Es todo lo que supo. Había caído en la oscuridad. Y en el momento mismo en que lo supo, dejó de saber.

Edgardo Cozarinsky (foto)

‘El regreso del Coelacanto’ de Pablo Colacrai

Será como volver al pasado, pensé esta mañana cuando en el diario me preguntaron si quería cubrir el recital de El Regreso del Coelacanto. Porque ahora ya hace mucho tiempo que no los escucho, pero a El Regreso los sigo desde siempre, desde que eran pibes, y yo también, y ellos tocaban en las fiestas del barrio y del club. Así que dije sí de inmediato, sin dudarlo. Nunca escribo sobre espectáculos y no sé muy bien cómo hacerlo, pero me gustó la idea de, por un fin de semana, abandonar la sección policiales. Además, cubrir un recital nunca puede ser más difícil que un choque, un robo o un asesinato.

Y lo mismo, exactamente lo mismo (es como volver al pasado) pienso ahora que, después de muchos años, vuelvo a entrar con Paula a este bar (santuario del rock local) al que vine tantas veces con ella, y veo que casi todo está como antes. (Así lo voy a escribir: escuchar a El Regreso del Coelacanto es, para muchos de nosotros, como volver al pasado.) Me gusta, es un buen comienzo, pienso mientras Paula elige una mesa un tanto alejada y yo la sigo. Cuando nos atiende el mozo pedimos pizza, cerveza y maníes. Ella dice que tiene un poco de calor y se saca la camperita de hilo que traía puesta. Está hermosa con los hombros desnudos, muy hermosa. Debería decírselo, pero no se lo digo. Pienso, en cambio, ahora que el mozo nos destapa la cerveza y Paula la sirve inclinando los vasos para que no haga espuma, en la inmensa casualidad de que yo nunca haya escrito nada sobre música para el diario y ahora me pidan que cubra justamente a El regreso, con lo mucho que los admiro. O como si ella se obstinara siempre en volver de cualquier forma, pienso después, mientras brindo con Paula y los vasos llenos hacen en el aire un ruido seco, inútil. Inmediatamente me obligo a olvidar esa idea. Seguramente ella ya no va a los shows de El Regreso. Yo dejé de hacerlo ni bien nos separamos. El Regreso era nuestro territorio común, nuestro lugar en el mundo. Y ella, como yo, no debe querer revivir aquellas épocas. Y si esta noche vine igual, pienso, no fue por ella. Fue por trabajo. Exclusivamente por trabajo. Casi obligado, diría. Y a Paula la traje porque no me gustan los tipos que salen solos, haciéndose los interesantes o queriendo dar lástima. Claro que no le conté nada. ¿Para qué? Sólo le pregunté si quería venir conmigo a ver a una banda de rock, que tenía entradas gratis para los dos, y listo. Eso es suficiente, ni una palabra más. En general, intento no contarle mucho de mi pasado así evito ponerme nostálgico. Paula ya me lo dijo mil veces: soy insoportable cuando me pongo nostálgico.

(Cómo no ser nostálgico, podría decir el artículo en algún momento, cuando nos sentamos en el bar que tanto quisimos y pedimos una pizza y una cerveza al mozo de siempre, mientras vemos que, gracias a Dios, todo está como antes, como siempre, como debe ser.) Debería haber traído lápiz y papel para apuntar algunas notas. Me gusta la idea de presentar el lugar, de ambientar al lector y sugerir que las paredes, decoradas con carteles que anuncian espectáculos de hace ocho, diez y hasta trece años atrás, hablan de una historia que unen, con lazos de sangre, al bar y a El Regreso. Pensándolo mejor, no voy a poner lo de lazos de sangre, es un poco fuerte e innecesario. Pero lo de los carteles, sí. Son los mismos, exactamente los mismos de cuando veníamos con ella.

Ahora recuerdo el anfiteatro lleno de gente una noche de verano de hace muchos años. A mitad de una canción El Regreso deja de tocar y se hace un silencio extrañísimo. Los del público nos miramos entre todos, no entendemos qué pasa. Entonces un reflector apunta al Polaco que saca un celular del bolsillo y dice: hola, sí, señor presidente y después se despacha un monólogo a lo Tato Bores, larguísimo, de unos quince minutos y hace que nos despanzurremos de risa. Sobre todo ella. A ella le encantaban los chistes del Polaco. Tantas veces la llevé a ver a El Regreso que, al final, terminó siendo más fanática que yo. Qué buenos tiempos aquellos. Qué felices éramos. (Porque la felicidad, sin dudas, voy a escribir, está relacionada con la juventud, con el amor y con el rock and roll.)

Sonrío sin querer y Paula me mira. Como no puedo decirle en qué estoy pensando, me inclino sobre la mesa, le doy un beso en los labios y le anticipo algo del show que está por ver. Le cuento que son unos tipos muy graciosos, algo así como una gran parodia del rock o, mejor, no sólo del rock, sino de todos los géneros musicales. Le digo, también, que se disfrazan para tocar y usan pelucas, que no se toman nada en serio, en el escenario se divierten muchísimo y esa alegría es terriblemente contagiosa. Ella me escucha sin dejar de comer. Creo adivinar que esto tampoco le interesa demasiado, así que me callo. Además, hace muchos años que no los veo, a lo mejor cambiaron. Deben ser tipos grandes ya, con problemas de gente grande. ¿Y ella? ¿También se habrá convertido en una mujer con responsabilidades? ¿Tendrá hijos, marido, una casa que cuidar? Ojalá que sí. Porque si no a lo mejor está acá y eso sería muy incómodo. Disimuladamente empiezo a buscarla con la vista. En realidad, vengo haciéndolo desde que entré, con algo de miedo y de ilusión y de vergüenza. Paula me mira de nuevo. Tiene unos ojos inmensos, increíbles. Le sonrío y me siento un idiota. Seguro que ella ya adivinó que hay algo raro en esta salida. Que la invitación no es tan inocente como se la presenté. Estas cosas las mujeres las perciben. Ni ellas saben bien cómo, pero las perciben. Así que Paula ahora me está mirando por encima de la mesa intentando descubrir qué es lo que le oculto. Pero por suerte es piadosa y no insiste. Un segundo después me devuelve la sonrisa, como si no se hubiera dado cuenta de nada, y muerde una nueva porción de pizza. Yo le agradezco la discreción, porque si me preguntara no sabría cómo explicarle todo esto que me está pasando. Menos ahora que se apagan las luces y aparecen los músicos y me siento otra vez como si tuviera veinte años.

(De repente se encienden las luces y con ellas la emoción de un público ávido de música y de adrenalina. Ahí estaba el líder, el Polaco, igual que siempre, magnífico bajo la implacable luz del reflector, acompañado por sus fieles músicos.) Pero no están todos. ¿Y el resto? ¿Y el violinista? ¿Y el del acordeón? El Polaco sólo dice buenas noches y empieza el primer tema. No lo conozco, nunca lo había escuchado. ¿Seguirán tocando las canciones viejas? Los miro y me decepcionan un poco. ¿Qué les pasa? Tocan serios, estáticos, como de compromiso. No hay disfraces, ni pelucas, ni nada. En realidad, uno no viaja al pasado, es el pasado el que vuelve y siempre vuelve diferente, pienso mientras termina la canción sabiendo que eso no voy a poder escribirlo y que no sé cómo voy a escribir sobre esto. Menos ahora que empieza el segundo tema y allá, al lado del escenario, hay una chica igual a ella. La vengo viendo desde hace un rato. Si es ella, está más flaca y se cortó el pelo.

El mozo pasa cerca y le pido un whisky. Doble, que sea doble, digo. Y sin hielo. Es raro que yo pida whisky, pero lo necesito. Paula me mira de reojo. No le conocía esa forma de mirar, tan diagonal, tan reprobatoria. No hoy, no esta noche, pienso y miro el escenario para disimular. Ahora sí suben el acordeonista y el violinista y a esta canción tampoco la conozco pero ya se parece más a mis recuerdos. Con el tiempo, pienso, todo empieza a parecerse a los recuerdos. Hay mucha gente para un escenario diminuto, tanta que apenas si se pueden mover. Así y todo, el Polaco se las arregla para hacer esos pasos de baile tan extravagantes, como de marioneta mal manejada. (La memoria es un territorio que todos habitamos y que, de tanto en tanto, ponemos a prueba. Por eso es importante que algunas bandas sigan manteniendo viva la llama, para que todos tengamos la certeza de que sí, es cierto, alguna vez fuimos jóvenes y eso todavía está en algún lugar y ese lugar tiene nombre, se llama: rock and roll.)

Le ofrezco whisky a Paula. Me lo rechaza, pero me parece adivinar la sombra de una sonrisa en sus labios. Eso me tranquiliza. Quiere decir que la está pasando bien, que le gusta la banda. Vacío el vaso de un largo sorbo y entonces, no sé si por volver a compartir un recital de El Regreso o por el whisky, me siento mejor. Más suelto. Termina el tercer tema y el Polaco nos da la bienvenida: bienvenidos a esta fuente de la eterna juventud que es El regreso del Coelacanto, dice, como si hubiera leído mis pensamientos, como si me estuviera hablando exclusivamente a mí y supiera que voy a transcribir textuales su palabras en el diario. Porque no hay mejor definición para ellos. (El rock es eso, como dijo el mismo Polaco al iniciar el recital: la fuente de la eterna juventud. Y el Regreso del Coelacanto es el cántaro con el que vamos, fervorosos y entusiastas, a esa fuente.)

El mozo me deja otro whisky sobre la mesa y vuelvo a mirar y ya estoy casi seguro de que ella es ella. No sé qué hacer. Quisiera poder volver a vivir el recital como antes. Disfrutarlo así, sin más. El Regreso y yo. La música y yo. Pero no puedo. Debo estar atento a lo que pasa porque tengo que escribir una crónica de este recital. Tengo que mirar de tanto en tanto a Paula para que ella se sienta incluida y, por sobre todas las cosas, tengo que dejar de pensar en ella, que ahora baila sola, parada al lado de su mesa esta misma canción que tantas veces cantamos y bailamos juntos. Tengo que calmarme, tengo que cal-mar-me. El texto, eso. El texto dirá que de ahí en adelante ya no hubo tiempo para distracciones. (Entonces empezó realmente el show y ya no hubo tiempo para distracciones.) Dirá, también, que la gente de tan concentrada ni siquiera pedía cervezas (aunque yo, ahora mismo, esté pidiéndome otro whisky, nacional, no importa, está bien). (La gente estaba como hipnotizada, porque no sólo hay que estar atento a la música de El regreso, o a los arreglos, sino que también hay que estar atento, muy atento, voy a escribir, en estos casos el énfasis es importante, muy atentos a las letras, que son geniales, y a los chistes y, además, porque pasa lo que pasa siempre con El Coelacanto, termino el segundo whisky y me siento inspirado, el texto gana fluidez y naturalidad, un twist es seguido de una polca, que a su vez antecede a una chacarera o a una cumbia y así, todo mezclado, como si fuera un símbolo de nuestra era, se erige, imponente y ecléctica, la música de El Regreso del Coelacanto.)

¡Eso es! ¡Así se escribe una buena crónica! Paladeo las últimas palabras, orgulloso de la fuerza y del ritmo que transmiten y me siento exultante, enérgico. Ya no puedo contenerme. Me paro casi de un salto y la invito a Paula a pararse conmigo. Nadie nos va a decir nada, es un recital de rock. (En un momento, el público ya no soportó el corsé de las sillas y se levantó para dar rienda suelta a su alegría. Desde el escenario, el Polaco respondió con más y más rock, como si se entablara un pacto diabólico y secreto entre la banda y su público.) Pero Paula me mira con una expresión extraña y se niega. Se queda ahí, sentada prolijamente con la camperita de hilo apoyada en la falda. ¿Qué le pasa? ¿Por qué no quiere bailar? Ya no me parece tan comprensiva. Ni tan hermosa, tampoco. El mozo me trae el tercer whisky, lo tomo de un trago y pido otro. La garganta es como un oleoducto, podría pasar cualquier cosa. Hacía mucho que no me sentía así. También hacía mucho que no me emborrachaba. No me importa. Esto también es como volver al pasado, pienso y veo que ella, que cada vez es más ella, ahora se sube al escenario y canta una canción con el Polaco. Más bien grita, desaforada, y la gente se pone como loca. Todos levantan los brazos y revolean las cabezas. A este tema no lo escuché nunca pero ella se sabe toda la letra. La muy puta se sabe toda la letra y la canta casi en la cara del Polaco. ¿Qué les pasa a estos dos? Ahora ya no bailo, no me muevo siquiera. Paula me toca el hombro, hace un gesto que no entiendo y desaparece. Supongo que irá al baño. Tampoco me importa. El mozo me trae otro whisky. No recuerdo haberlo pedido, pero lo tomo igual. La música está muy fuerte, fuertísima, insoportable. (Hay rituales que el rock debería revisar. El Regreso, por ejemplo, lamentablemente, todavía no ha aprendido a refrenar sus instintos adolescentes y siguen pensando que para ser intensos deben dejar sordo al público.)

De repente ella me ve, estoy seguro. Me ve mientras canta, mejor dicho, grita espantosamente, como si quisiera competir con la distorsión de la guitarra. Saca el micrófono del pie y camina hacia el borde del escenario. Me está mirando, me está mirando a mí, como si me desafiara. Y ya casi casi estoy seguro de que es ella. Las luces son engañosas y también ese nuevo pelo corto que usa, tan desprolijo y tan vulgar. Sea quien sea, no me voy a dejar provocar por una groupie de mierda, pienso mientras intento avanzar hacia el escenario. (Y también deberían desaparecer las groupies, esas mujeres sin dignidad que se entregan a los hombres por el sólo hecho de que saben, o dicen que saben, tocar un instrumento. Ya en el siglo XXI, en plena era de la liberación de la mujer, cómo se sigue permitiendo esa bajeza, esa falta de orgullo, esa prostitución solapada. Las autoridades deberían tomar cartas en este asunto y no mirar para el costado, como hacen siempre en estos casos.)

Me cuesta avanzar derecho. Esquivo una mesa pero me choco con alguien, o con algo. La gente me empuja, me aprieta. Esto no va a ir a la crónica. Tampoco Paula, que no sé dónde estará, va a ir a la crónica. No hace falta. Son actores secundarios. Hay que enfocarse en lo importante, lo central, aquello que hace que esta noche sea esta noche y ninguna otra. Llego al borde del escenario. Están tocando el último tema, al menos así lo anunció el Polaco hace unos segundos. Ella se quedó para cantarlo con él. Ahora que me acerqué, ya no me mira. La muy histérica ya no me mira. Increíble. Intento subirme al escenario pero no tengo fuerzas. Salto otra vez y nada. Alguien desde atrás me levanta como si fuera un chico y me deja a los pies del Polaco, que cuando me ve asiente con la cabeza sin dejar de cantar. Quisiera abrazarlo, recordarle nuestros picaditos en el barrio, decirle lo mucho que lo admiro, pero entiendo que no es un buen momento. Además, casi no puedo moverme. Ella está unos metros más allá, al lado del guitarrista. A duras penas consigo levantarme justo cuando el tema termina y el público explota en gritos y aplausos. Me sostengo del Polaco para no caerme. Él me abraza también, como si me reconociera. Y hasta creo que saludamos juntos al público, inclinando el cuerpo hacia delante. Por un segundo soy, yo también, una estrella de rock: espléndida, rutilante, incandescente. Entonces, no sé de dónde, aparecen dos tipos inmensos que deben ser los de seguridad y me levantan de las axilas y de las piernas y me arrastran hasta sacarme del bar. Afuera, uno de ellos me dice algo que suena como una amenaza, o algo así. El otro, imagino que por costumbre, sin decir ni una palabra me patea las costillas. Después se van y yo quedo acá, solo, acostado en el piso. Es raro, no siento el dolor de la patada. Mañana seguro que me va a doler, pienso y trato de levantarme pero me mareo y me dan náuseas. Las piernas no me sostienen y prefiero arrodillarme en el cordón de la vereda. Así estoy mejor. Mucho mejor. Dentro de unos segundos una nueva nausea va a ayudarme a sacar toda la porquería que llevo adentro. Mientras tanto, tengo que pensar en otra cosa. La crónica. Eso. La crónica. No voy a mencionar este altercado. El texto sólo dirá que el recital terminó y que las luces volvieron a encenderse y que el eco de los aplausos y de los gritos aún flotaron en el aire un tiempo más, como en un largo, largo adiós. No va a decir, tampoco, que una persona del público se subió al escenario y fue sacado por la fuerza. No es necesario.

A mis espaldas se abre la puerta del bar. Escucho tacos de mujer que vienen hacia mí. Ojalá sea una borracha como yo, o alguna desconocida que se divierta viendo vomitar a la gente. Ojalá no sea Paula. Ni ella. Por Dios, que no sean ellas, no soportaría que me vieran así, como estoy ahora, vomitando y llorando al mismo tiempo, infinitamente triste, como un adolescente. El mundo se reduce a esto: asco, soledad y vergüenza, pienso mientras veo el líquido blanco y espeso correr por el cordón de la vereda. La mujer se acerca y me sostiene el pelo. Habla suave, maternalmente. Quiere que me levante. Quiere llevarme a casa. Trato de incorporarme, pero las piernas se me doblan y tengo que apoyarme en ella. Ahora, con la cabeza en su cuello, siento ese perfume casi angelical y sé que es Paula. La abrazo con fuerza. No puedo dejar de llorar. Ella me consuela. Quiero decirle algo, algo importante. Quiero decirle que hay lugares a los que nunca habría que volver. Necesito decírselo. Pero cuando abro la boca una arcada me dobla al medio y me obliga a inclinarme y soltar un líquido viscoso y transparente que me mancha los zapatos y el pantalón. Entonces me doy cuenta de que no vale la pena seguir luchando. No tiene sentido. Vuelvo a enderezarme. Intento esbozar una sonrisa y me dejo llevar, sumiso y en silencio, hacia el taxi que está parado en el medio de la calle, esperándonos.

Pablo Colacrai (foto)