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‘De un fin de semana’ de Juan José Saer

En una ciudad del Middle West, en América del Norte (Estados Unidos), la policía descubrió, un lunes a la mañana, los cadáveres de un matrimonio joven en una casa burguesa del barrio residencial. Los miembros de la Brigada de Homicidios, con la ayuda de los “supergenios del laboratorio”, como solían llamarlos en su jerga intralaboral, no tardaron en reconstituir los hechos: la esposa había ido a pasar el fin de semana a la casa de sus padres, a unos cien kilómetros al norte de la ciudad, y al volver el domingo a la noche, sin darle ni siquiera tiempo de descargar el auto, el marido le infligió diecinueve puñaladas con un cuchillo de cocina, y después subió a ahorcarse en el desván. Pero si los indicios eran elocuentes el motivo, en cambio, parecía inexplicable.

Amigos, parientes, compañeros de trabajo y vecinos, horrorizados por la tragedia, coincidían con energía en un único punto: casados desde hacía siete años, los esposos se llevaban muy bien, y mucho más aún, seguían tan enamorados como el día en que se habían conocido. Representaban para todos la pareja modelo. Habían franqueado no hacía mucho la treintena y eran hermosos, inteligentes y, desde un punto de vista profesional, estaban en plena ascenso: ella dirigía una agencia bancaria relativamente importante, y él era ejecutivo en una empresa de computadoras. Si no habían tenido hijos hasta ese momento, era porque habían querido obtener primero cierta independencia económica y profesional pero, justamente (dos o tres amigas íntimas de la mujer lo sabían), desde hacía un par de meses habían decidido por fin tenerlos, y la esposa había abandonado los anticonceptivos. Les gustaban los viajes, el deporte, los productos de marca, la buena mesa. Eran rubios, sanos, esbeltos, amantes de la música, clásica y popular. Esa imagen paradigmática de felicidad inculcó a los que los conocían y los apreciaban la tesis, del doble asesinato, pero las conclusiones de “los supergenios del laboratorio” fueron inapelables: con un cuchillo de cocina, el marido había como se dice cosido a puñaladas a su mujer, y después había subido al desván poco menos que corriendo para colgarse de un travesaño. Pero aunque los hechos eran claros seguían faltando, como mascullaba el inspector Queen, que estaba a cargo de la pesquisa, “las putas razones”.

Cuando el médico forense y los diferentes expertos en indicios materiales redactaron sus conclusiones, el inspector consultó a tres psiquiatras que después de estudiar el caso en detalle, sacaron por separado la misma conclusión, expresada en términos tan idénticos que Queen llegó a preguntarse si los psiquiatras, de los que cada uno ignoraba que los otros dos habían sido consultados, no se habían puesto de acuerdo a sus espaldas. Pero no había ocurrido nada de eso: los tres dictaminaron un caso de demencia repentina, motivada según ellos por el hecho de que, al encontrarse solo durante un fin de semana, el marido, habituado al apoyo emocional de su mujer, había perdido de golpe el sentido de la realidad, y con él las referencias identificatorias, sociales, afectivas, morales, etcétera. Ese fenómeno psíquico era según los psiquiatras más frecuente de lo que la gente se imaginaba. El hombre no había matado a su mujer ni se había ahorcado a sí mismo, simplemente porque las nociones de “matar”, “mujer”, “sí mismo”, habían sido barridas de sus representaciones, dejando al desaparecer del lugar que ocupaban una especie de agujero blanco y árido, igual que un pozo de cal viva. Una coincidencia tan asombrosa en los tres informes convenció de inmediato al inspector de que “las putas razones” eran justamente que no las había, de modo que un mes más tarde el caso estaba archivado.

Ahora que policías, psiquiatras y hasta amigos y parientes se han olvidado de lo ocurrido, se podría tal vez tratar de explicar cómo ocurrieron los hechos. En realidad, varias coincidencias asombrosas originaron el drama. Cuando la esposa se fue, el viernes a la noche, el marido se quedó tranquilamente en su casa, esperando que su mujer lo llamara para asegurarlo de que había llegado sin problemas a lo de sus padres, porque los viernes a la noche hay demasiados autos en la ruta, y los accidentes son por desgracia demasiado frecuentes. El marido se sirvió un bourbon (tomaba con moderación) y se instaló frente al televisor a mirar la retransmisión de un partido de béisbol. Cuando la mujer lo llamó, se fue a la cama y, recogiendo de sobre la mesa de luz un libro voluminoso que arrastraba desde hacía meses y que eran las memorias de un ex presidente, de las que no sabía bien si le interesaban o lo aburrían, leyó un rato hasta que se durmió. Tuvo un sueño confuso y atravesado de sobresaltos sensuales, del que se olvidó por completo al despertarse a la mañana siguiente. Antes del desayuno corrió una hora y trabajó un poco, tomando algunas notas para la reunión de los lunes por la mañana con los otros ejecutivos de la empresa. A la hora del almuerzo llamó a la casa de los suegros para hablar con su mujer, de modo que los suegros confirmaron a la policía que hasta ese momento todo parecía normal. Para la policía el misterio empezaba a partir del sábado a la tarde, y fue imposible reconstituir las actividades del marido desde el mediodía del sábado hasta el momento del crimen, el domingo por la noche.

Aunque parezca increíble, las cosas sucedieron de la siguiente manera: como consecuencia del sueño olvidado, el marido, al atardecer, empezó a sentir una ligera excitación sexual. A la noche fue a comer solo a un restaurant francés del centro que acababan de inaugurar, y al que iba por primera vez, donde no lo conocían, y como fue sin reservar y pagó en efectivo, y no se encontró con ningún conocido, no dejó ninguna huella de su paso. A la salida, como la excitación aumentaba, decidió, con una sonrisita interior condescendiente para consigo mismo, ir a los barrios turbios en busca de algún estímulo suplementario. Iba sin proyecto definido, porque las relaciones con su mujer lo satisfacían plenamente, o por lo menos así lo creía, de modo que había no poca ironía y gratuidad en su comportamiento, que justificaba diciéndose que estaba yendo de un modo vago a la pesca de otra cosa, sin saber con exactitud qué. Indiferente a las prostitutas que lo llamaban, aterrizó por fin en un sex shop y, después de pasear un rato entre las estanterías y los mostradores abarrotados de objetos, de casettes, de libros y de revistas, sacó al azar un viejo video que estaba en una canasta de saldos y se lo llevó a su casa para verlo con tranquilidad desde la cama. Tenía también la intención, para que se divirtieran un poco, de mostrárselo a su mujer la noche siguiente, cuando ella volviese de lo de sus padres. De modo que cuando llegó a su casa se lavó los dientes, tomó un gran vaso de agua fresca y se metió en la cama a mirar el casette.

Ahí fue donde se pusieron de manifiesto todas esas coincidencias asombrosas. Unos meses antes de conocerlo, su mujer había pasado una temporada en Los Ángeles, buscando trabajo para terminar de pagar sus estudios, sin mucho resultado. Cuando las cosas se volvieron demasiado difíciles, una amiga la convenció de trabajar como call-girl, con clientes de mucho dinero que buscaban acompañantes hermosas, jóvenes, y con la que ellos consideraban que era cierta cultura, para fines de semana en hoteles de lujo en Las Vegas, en Nueva York, e incluso en Méjico City. Uno de sus clientes, que era productor de películas pornográficas, le propuso actuar en una, asegurándole que sus películas eran para distribución exclusiva en Extremo Oriente, y prometiéndole que jamás sería exhibida en Estados Unidos. Como le proponían una suma importante, la muchacha aceptó y el productor cumplió su promesa, pero, unos años más tarde, un negociante tailandés, que compraba por kilo los saldos de los negocios en quiebra, exportó una partida a los Estados Unidos. Entre los seis mil casettes que mandó, había un solo ejemplar, que alguien había puesto en un cajón equivocado, del film en el que intervenía la muchacha, y ese ejemplar fue el que, pescándolo a ciegas del canasto, compró el marido la noche del sábado. Hay que aclarar que, después de actuar en ese único film, la mujer se retiró de su oficio de call-girl, y, al mismo tiempo que terminaba sus estudios comerciales, consiguió empleo en un banco.

Echado en la cama, con su vaso de agua fresca en una mano, el comando a distancia en la otra y una sonrisa irónica en los labios, alrededor de medianoche, el hombre empezó a mirar el film. A los pocos minutos ya había encontrado, como había estado diciéndoselo irónicamente a sí mismo unas horas antes, “otra cosa”. Durante toda la noche pasó y repasó el casette, viendo a su mujer en compañía de otras mujeres, de un hombre, de varios hombres. Todavía despierto al alba miró infinidad de veces las mismas imágenes hasta que, exhausto de incredulidad, de sufrimiento y de asco, terminó por dormir un par de horas. A eso de las diez de la mañana tiró el casette al tarro de la basura y, empujado por la costumbre, cumplió con media hora de gimnasia enérgica y abstraída. Se dio una ducha y fue a almorzar a un Mac Donald’s un big mac, una porción de papas fritas y dos coca colas. A la tarde se entretuvo mirando por el cable la difusión diferida de la semifinal de Wimbledon. A las seis y media afiló el cuchillo grande de la cocina y preparó el nudo corredizo con el que pensaba ahorcarse. A las nueve y diez, cuando oyó que su mujer estacionaba el coche en la entrada del garaje, sabiendo que como de costumbre entraría por el patio trasero, fue a esperarla a la cocina y cuando ella estuvo dentro, en silencio, sin darle ni pedirle explicaciones, la mató a puñaladas. Después subió las escaleras casi corriendo y se colgó, no sin trabajo, de un travesaño en el desván. Esa misma noche los basureros se llevaron el casette que, debemos repetirlo, era el único ejemplar que había vuelto a los Estados Unidos y, sin siquiera sospechar su existencia, lo hicieron desaparecer para siempre de la faz de la tierra.

Juan José Saer (foto)

‘La cosecha’ de Patricio Pron

(Este autor argentino acaba de ganar el Premio Alfaguara de Novela 2019, con ‘Mañana tendremos otros nombres’. Doctor en filología de la Universidad George-August de Göttingen, Alemania. Vive en Madrid, España, donde es traductor y crítico)

1. Lost John lee el informe de la clínica y descubre que tiene sida. No es más que un control rutinario, de los que las productoras de vídeos pornográficos exigen regularmente a sus empleados, pero su resultado no es el que debía ser. Lost John se queda mirando el papel que sostiene en la mano. Está de pie en la cocina en calzoncillos y la cabeza le da vueltas, así que se apoya en la barra un momento y coge aire. Luego se viste lentamente, mete algo de ropa en una maleta y llama a un taxi. Mientras espera que llegue el taxi, hojea una revista en la que aparece follando a Alyssa Soul. Al dar vuelta la página, ve a Alyssa Soul con la cara cubierta de su semen y sabe que esa es la última vez que aparecerá en una revista, probablemente la última vez que folle a una tía delante de una cámara, y siente alivio y nostalgia. Se dice que su polla no parece realmente empinada, que se nota demasiado el gel lubricante alrededor del ano de Alyssa, se pregunta cómo pudieron escapársele esos detalles al fotógrafo, al director y a la asistente, que estaban en el plató cuando se filmó la escena a la que pertenecen esas fotografías, una semana atrás. Luego recuerda la conversación que tuvo después con Alyssa, en las duchas, cuando descubrieron que los dos habían tenido una infancia errante, siempre detrás de padres militares que saltaban periódicamente de un cuartel a otro, todos iguales pero en sitios tan diferentes como Texas o Minnesota o California. Bueno, el padre de Alyssa había muerto en la primera Guerra del Golfo y el de Lost John también, y a ambos los sorprendieron estas coincidencias y, sobre todo, el haber accedido a esa conversación en un ambiente en el que no es habitual contar intimidades excepto que sean ficticias. Alyssa le había dado su teléfono pero Lost John lo había echado a una papelera al salir de la productora. No quería nada que fuera muy personal. Llaman al teléfono para decirle que su taxi lo espera fuera, y Lost John dice gracias y cuelga suavemente el aparato y después camina hasta la puerta.

2. Unas horas después, su agente abre la misma carta de la misma clínica médica y lee el mismo diagnóstico. Su agente es un ex actor pornográfico llamado Bob Powers –aunque, a sabiendas de sus recursos, algunos lo llaman “God Powers”– que abandonó el negocio demasiado tarde, cosa que prueban algunas cintas de finales de la década de 1980 que él hizo retirar del mercado tan pronto como pudo. En los últimos tiempos ha cambiado de esposa por tercera o cuarta vez y lleva un flequillo y unas gafas que recuerdan a las del actor que es su responsable en la Cienciología, en la que se ha inscrito para evadir impuestos. Que la clínica médica le envíe el diagnóstico de uno de sus representados es lo habitual, puesto que es él el que luego debe distribuirla entre los productores interesados en contratar a Lost John; lo que no es habitual es el diagnóstico. Bob Powers sabe que a partir de ese momento ha perdido una de sus principales fuentes de ingresos y piensa que debe reemplazarlo de inmediato, quizá con Adam “Long” Oria, el actor latino que se parece un poco a Lost John en sus comienzos. Llama al móvil de Lost John pero sólo le responde la contestadora automática. Más tarde cogerá el automóvil e irá a su casa. En la puerta encontrará aparcado su coche y en la casa –desde que fueron amantes por un breve período, seis años atrás, Bob tiene una llave de la casa de Lost John– hallará su cartera, el móvil y las llaves de su coche. Mientras esté revisando los cajones en busca de algún indicio de adónde pudo haber huido su representado, alguien tocará el timbre. Bob Powers se quedará quieto, preguntándose si tiene que abrir o no la puerta, aterrado. Decidirá que no y se sentará un rato a esperar que el que ha tocado se marche; se servirá un vaso de agua pero no beberá nada. Un rato después saldrá con precaución a la calle y se encontrará al empleado de correos, de pie sobre el césped verde de la entrada, que le preguntará por Lost John. Más atrás, la vecina de enfrente husmeará en dirección a la casa. Mierda, pensará Bob Powers: ahora está envuelto en la desaparición de su representado. ¿Es usted el señor John Stuart Mill?, le preguntará el cartero. Bob Powers negará con la cabeza y saldrá corriendo hacia su coche, dejando la puerta abierta.

3. Lost John se ha contagiado el diez de marzo de ese año mientras rodaba una película en Tailandia que aún no ha salido al mercado. Al regresar, el diecisiete de marzo, se hizo un test rutinario que dio resultados negativos y volvió a trabajar sin problemas. Bob Powers intenta frenar la noticia, pero ésta llega pronto a la prensa, que le dedica el espacio que se le dedican a estas cosas: una columna mínima en la sección general. Un redactor del Los Angeles Sentinel elabora con ayuda de unos productores una lista de personas que podrían haber sido infectadas por Lost John. La lista incluye una “primera generación” de actores y actrices pornográficos que han sido penetrados por Lost John sin condón o realizaron alguna escena con él desde el diecisiete de marzo. La lista incluye también una “segunda generación” de actores y actrices que han rodado escenas con alguno de los actores y actrices incluidos en la “primera generación” de contagio, y una tercera. El artículo acaba con la información de que una de las actrices de la “primera generación”, la canadiense Ana Foxxx, se ha sometido ya voluntariamente a un test de sida y que el resultado es positivo, y agrega un llamamiento público a aquellas personas, profesionales de la industria pornográfica o no, que pudieran haber tenido sexo con Lost John fuera de las cámaras, y a quienes pudieran haberlo hecho con los integrantes de la primera y la segunda generación, para que se abstengan de tener relaciones sexuales a modo de precaución por lo menos por un año y que se sometan a test de sida para determinar si han sido infectados o no. Cuando el artículo sale publicado, ya es tarde para cientos de personas, pero, en cualquier caso, la lista de los posibles infectados y de su fecha de infección es la siguiente: la “primera generación” comprende a Stacie Candy, Desiree Slack, Ana Foxxx, Katie Persian, Martin Iron, “Gaucho” Cross y Alyssa Soul. La “segunda generación” se extrae de la siguiente lista: Stacie Candy ha trabajado con Diamond Maxxx, Filthy Doreen, Señorita Arroyo, Patricia Petit, Francesca Amore y Jocelyn Davies; Desiree Slack, con Kayla Doll, Ana Foxxx, Anita Redheaded, Indian Summer, Taylor Knight, Raveness Terry, Eva Lux y Charlie Mansion; Ana Foxxx, con Sin Starr, Jenny López, Mark The Shark, John Michael, Patrice Caprice, Jessica Cirius, Desiree Slack y el travestí TT Boy; Katie Persian, con Lucy Dee, Hein Commings, Alex Sanders y Thomas Sexton; Martin Iron, con “Gaucho” Cross, Brian Hardwood, Annie Cruz, Markus Großschwanz, Tony Deeds, Blackie Jackie, Tommy Strong, Val Jean y Marc Anthony; “Gaucho” Cross, con Martin Iron, Indian Summer y el travestí TT Boy; Alyssa Soul, con Johnny Gnochi, Jack Kerouass y Sandy Candie. La “tercera generación” incluye los nombres de doscientos veinticuatro actores y actrices que han trabajado con los anteriormente mencionados y puede ser ampliada con una «cuarta generación», una quinta y así sucesivamente.

4. Lost John está echado sobre la arena. Un muchachito se le acerca y le pregunta algo en portugués que él no entiende. El muchachito le dice: “Do you wanna fuck?” y le sonríe, pero Lost John se incorpora, mira el mar y le dice que no. El muchachito comienza a marcharse. Lost John mira un velero perdiéndose detrás de una ola y llama al muchachito, que vuelve a acercarse con una sonrisa. Lost John le pone en la mano un billete y, sin decir una palabra, le da la espalda y abandona la playa solo. En las calles de Brasil no llama la atención. Tiene una habitación que da al mar y es un buen sitio para pensar y llorar y tratar de averiguar qué hacer a continuación. A veces piensa en masturbarse pero no consigue que se le ponga tiesa. En ocasiones baja a la playa por la mañana, pero la mayor parte de las veces lo hace por la noche, cuando no hay nadie. Se echa al agua y luego se queda tendido sobre la arena esperando que su corazón se tranquilice. En una oportunidad –es por la mañana– está echado así sobre la arena cuando nota que a su lado se ha sentado alguien. Es una chica negra, que mira el mar. Lost John se incorpora y mira al mar él también. Ninguno dice nada y después de un rato Lost John vuelve a echarse de espaldas sobre la arena. La polla se le marca en el pantalón mojado, así que se echa una toalla encima para que no se le note, y sonríe. La chica se levanta y se va, pero vuelve al día siguiente. Le dice algo en portugués que él no entiende. Él le sonríe. Ella sonríe. Luego se levanta y se va. Esa tarde, no sabe bien por qué, Lost John le pide al conserje del hotel que le consiga un diccionario bilingüe de portugués e inglés. El muchachito asiente y se despide llamándolo por el nombre que Lost John ha dado en la recepción al registrarse y que, por supuesto, no es el suyo.

5. A la mañana siguiente llega a la playa y ella ya está tendida sobre la arena. Lleva un bikini minúsculo, que traza un ángulo recto desde la entrepierna hasta las caderas, donde queda suspendido. Lost John deja con delicadeza el diccionario a su lado y corre hacia el mar. Al salir del agua ve que ella lo está hojeando. “You, english”, dice ella. “Americano”, responde él. Comienzan a hablar, lentamente al principio, buscando las palabras en el diccionario, y más rápido cuando ambos pierden el interés en la gramática. Ella se quita todo el tiempo el cabello que el viento le empuja sobre el rostro. Lost John ve que tiene los dientes amarillos y eso le parece atractivo, de alguna manera. Ella hojea el diccionario un rato echada de espaldas a él y luego se da la vuelta y le pregunta: “You, want fuck?”. “Não posso”, responde él después de un rato. Ella le da la espalda de nuevo y Lost John piensa que la ha jodido. Se queda mirando el mar. Al rato ella se da la vuelta de nuevo y le pregunta: “You, want dance?” y Lost John sonríe y dice que sí.

6. Esa noche él se pone una camisa blanca y unos pantalones ceñidos y está esperándola en la recepción cuando ella pasa a recogerlo. Beben cerveza y aguardiente de caña y él intenta bailar una música que nunca había escuchado antes. En el fragor del baile, ella lo besa y él no aparta la boca. Ella sonríe.

7.  Las salidas se repiten un par de veces más. Él nunca averigua nada de ella: no sabe cómo se llama ni dónde vive ni cuántos años tiene, aunque supone que es unos siete u ocho años menor que él, que tiene veinticuatro. Un día, el conserje del hotel le dice que, sin desear meterse en sus asuntos, quisiera pedirle que se cuidara, puesto que muchas de esas jóvenes que frecuentan a los extranjeros lo hacen con intereses económicos y delictivos, y, agrega: “La mayor parte de ellas tiene sida”. Lost John lo mira perplejo, sin saber qué decir. El conserje le sonríe y le pregunta si necesita algo más y Lost John dice que nada y sale a la calle. Esa noche llama a la casa de su madre pero cuelga antes de decir una palabra.

8. “Cómo é teu nome?”, le pregunta él al oído mientras recuperan el aliento. “Luizinha”, le responde ella. “Eu creiba que ja o tinha dito”, agrega. “Eu me chamo John”, dice Lost John, y ella repite: “John” y sorbe su bebida.

9. Salen todas las noches durante un par de semanas. Cada noche van a bailar y después caminan por la playa y se echan a besarse y a mirar las estrellas. A veces, cada vez con más frecuencia, también se magrean, pero, cuando ella le coge la polla con las manos, él la aparta y se disculpa y le ofrece acompañarla a su casa. Ella siempre dice que no.

10. Él compra un par de libros divulgativos sobre el sida. No entiende bien los textos porque están en portugués, pero en uno de ellos ve una fotografía microscópica del virus batallando con una célula y la imagen le parece dolorosamente hermosa.

11. Ella se prueba un vestido que él acaba de comprarle. Sonríe.

12. Él comienza a masturbarse pensando en ella. A veces sale bien y a veces no, pero siempre se queda pensando en ella, diciéndose que no puede esperar el momento de volver a verla.

13. Un día, unos mormones lo abordan por la calle e intentan hablar con él sobre Dios. Él se disculpa diciendo que no habla portugués, pero uno de los misioneros es un joven de Utah y le dice: “Hello, brother”. Lost John teme que lo reconozca, pero de inmediato se da cuenta de que es improbable que lo reconozca un mormón de Utah e intenta liberarse. Más allá, ella lo espera bajo una farola apagada. “I can’t. I’m sick”, dice él e intenta continuar caminando, pero el mormón le aprieta un folleto en la mano y le dice: “May God forgive you for what you have done and what you will do”.

14. Esa noche visitan a los padres de ella, que viven en una chabola arriba de un cerro. Los padres le sirven agua fría y tratan de interesarse por Lost John, pero John sólo ha preparado para la ocasión unas frases sueltas y al rato la conversación se termina. La madre y la hija salen al patio a recoger unas gallinas que tienen y Lost John y el padre se quedan mirando un partido de fútbol cuyas reglas él no entiende. Más tarde, al abandonar la casa, se les echan encima unos chavales. Al principio le piden algo de dinero y él niega con la cabeza y sonríe, pero luego uno de ellos saca una pistola y le dice algo que Lost John no entiende. Entonces ella reacciona y golpea al niño de la pistola y se la saca y la echa en unos pastizales. Algunos niños salen corriendo y otros van a buscar la pistola entre los pastizales y ellos dos continúan bajando el cerro seguidos solamente por dos perros negros que no tienen nada mejor que hacer. Ella le dice después de un rato que los chavales que intentaron asaltarlos eran sus hermanos.

15. “Eu desejo ser tua mulher, desejo ser a mãe de teus crianças”, le dice ella. “Eu não posso ter crianças, eu estou enfermo”, le responde él. “Fize muitas coisas más”. “Não importa, meu amor”, le contesta ella. “Eu te amo”, agrega. Él se desenvuelve bien en esas conversaciones porque se pasa las tardes mirando telenovelas brasileñas en su habitación del hotel, viendo cómo el dinero desaparece y pensando en las personas a las que ha contagiado –en realidad, pensando sólo en Alyssa Soul y en su padre militar y en lo que él le ha hecho– y preguntándose qué hacer.

16. A veces ella llora cuando está junto a él y le dice que lo que teme, que lo que más teme, es que esa historia de amor no se acabe, que se interrumpa cuando él se marche, si es que algún día se marcha, y no se acabe como debería acabarse, cuando los dos mueran y con ellos muera su memoria de lo que hicieron y de lo que amaron.

17. Un día, al ponerse una chaqueta, Lost John encuentra el folleto que le dieron los mormones. Allí dice que corresponde a algunos hombres el contribuir a la perdición del mundo así como a otros les corresponde ayudar a su salvación, ya que ambos tienen su sitio y son útiles a Dios como la siembra y la cosecha. Lost John se pregunta si lo que va a hacer contribuirá a la salvación del mundo o a su perdición, y se pregunta si él es el que siembra o el que siega. Esa tarde mete sus cosas en la maleta y deja el hotel. El taxista lo lleva hasta el pie del cerro y se niega a ir más allá. Lost John le paga con lo que le queda y salta rápidamente fuera del taxi, antes de que el taxista vea que el dinero no es suficiente. Mientras sube, ve acercarse a los hermanos de Luiza. Levanta las manos cómicamente, como si todos estuvieran jugando, y les entrega la maleta: al fin y al cabo sólo tiene en ella algo de ropa. Más allá, ve que Luiza deja lo que estaba haciendo y comienza a caminar hacia él. El niño de la pistola dice algo a sus espaldas que él no puede entender y Luiza levanta una mano en dirección a ellos.

Patricio Pron (foto)

‘En línea’ de Juan José Saer

(A Hugo Santiago) Un domingo de noviembre, a eso de las tres de la tarde (allá en la ciudad debían ser más o menos las once de la mañana) Pichón recibió una llamada de Tomatis. Mientras se dirigía hacia el teléfono, ya que cuando empezó a sonar se estaba preparando un café en la cocina, iba pensando “Como es domingo, por la hora debe ser Tomatis”. Desde luego que no lo pensaba en esos términos, con palabras, sino con esa manera peculiar que tienen de presentarse a la mente ciertos pensamientos, prescindiendo de palabras justamente, y aun de imágenes, con una evidencia inmaterial y fugaz pero clara sin embargo, precisa y brillante: “Por la hora, debe ser Tomatis”. Y era él, desde luego.

Es verdad que Tomatis había establecido la costumbre de llamarlo desde allá ciertos domingos, una vez por mes o cada cinco o seis semanas y que él, Pichón, hacía más o menos lo mismo, con una periodicidad semejante, así que hablaban por teléfono quince o veinte veces por año. Al principio o al final de la conversación, el estado del tiempo siempre ocupaba treinta segundos, un minuto, o más incluso si algún fenómeno meteorológico merecía un comentario detallado. El resto eran chismes, noticias o comentarios de actualidad, invitaciones y promesas de viajes, frases ingeniosas, bromas, y, de tanto en tanto, hasta discusiones literarias o filosóficas.

Esa mañana de noviembre, Tomatis pretendía estar en la terraza, a la sombra de un toldo, donde corría un aire fresquito según él, frescura amable de una mañana de primavera que calificó varias veces de “deliciosa”: cielo azul, ni una sola nube hasta el horizonte, sol bastante alto ya pero todavía soportable. ¿Y a que no sabía qué estaba haciendo? Mil contra uno que Pichón no adivinaba; ni más ni menos que disponiéndose a prender dentro de poco el fuego y a tirar un pedazo de carne y unas achuras sobre la parrilla. Pero por ahora se ha puesto bajo el toldo para protegerse y refrescarse un poco, porque ha estado tomando sol, desnudo como es su costumbre, desde las nueve y media.

Pichón lo escucha con una sonrisa escéptica y complacida a la vez, parado todavía al lado del escritorio, la mirada que errabundea más allá de los vidrios de la ventana, sin ver a decir verdad ni los árboles desnudos ni las fachadas parduzcas de los edificios en la vereda de enfrente, ni el aire triste y sombrío que destella en la llovizna helada. Desde que conoce a Tomatis, algo más de treinta años ya, un hábito de incredulidad lo mantiene alerta ante muchas de sus afirmaciones, no porque Tomatis diga mentiras, sino porque a veces, en la forma irónica y elíptica, falsamente directa, que tiene de expresarse, ejerce ya sin darse cuenta un estilo paródico del que es manifiesto por lo menos un rasgo común con el hermetismo: la total indiferencia por la capacidad de su interlocutor para captar sus alusiones y aún hasta el mecanismo de su retórica. Pero por más que dude, la fuerza de las palabras, aun llegando desde tan lejos, obtiene el efecto buscado, ya que, mezclándose al escepticismo, la imaginación de Pichón elabora una imagen placentera, proyectándose en ella como lo haría con cualquier otra ficción y, al tiempo que se sienta en el sillón del escritorio, “ve” la mañana luminosa de primavera, el toldo de lona verde que imprime sobre las baldosas rojas de la terraza una sombra benévola y a Tomatis, después de haberse cocinado un rato al sol enteramente desnudo, secándose de su propio sudor al aire fresco, con un vaso de agua en una mano, el teléfono contra el oído y la mirada sonriente y vivaz paseándose a su alrededor mientras habla.

Según Tomatis, el tono de cuya voz expresa más jovialidad que de costumbre, una novedad sensacional ha motivado esta vez la llamada: han encontrado, él y Soldi, y, oyéndolo, Pichón descarta la pertinencia de ese plural atribuyendo a Soldi solo el supuesto descubrimiento, ya que le resulta imposible imaginarse a Tomatis hurgando en bibliotecas, en desvanes y en archivos, con el fin de traer a la superficie de la esfera pública algún escrito raro o algún documento revelador, han encontrado, él y Soldi, otro texto de ficción que, todo parece indicarlo, ha sido también escrito por el autor de la novela de ochocientas quince páginas que estaba entre los papeles de Washington, el dactilograma titulado En las tiendas griegas, que Pichón ha tenido la oportunidad de examinar brevemente, durante su último viaje a la ciudad, un par de años antes. Según Tomatis, se trata de un texto no muy largo, de unas veinte páginas más o menos, sin título ni nombre de autor, pero que proviene de la misma máquina de escribir en la que fue pasada en limpio la novela, en un papel del mismo formato y de la misma calidad, un poco amarillo en los bordes, y sobre todo con un trazo horizontal casi marrón en medio de la primera hoja, porque el texto estaba doblado en dos y olvidado entre las páginas de un libro. Soldi se había topado con él (en esta parte de la conversación el plural desaparece) haciendo el inventario de los libros políticos en la biblioteca de Washington.

El ruido de los primeros borbotones de la cafetera llega desde la cocina, y Pichón percibe el olor del café que se expande por el aire caldeado del departamento. Pero si sus sentidos se ocupan en captar los estímulos que los excitan en el aura rugosa y bien real del presente, su imaginación se pasea por la terraza roja y soleada, por la mañana, según Tomatis, “deliciosa” de noviembre, y su atención se concentra en las palabras que, a pesar de la distancia desde la que le llegan y del timbre vagamente artificial con que resuenan, como si hubiesen sido descompuestas en sus elementos más simples y vueltas a recomponer sin haber logrado restituirles el sonido humano, haciéndoles perder la inmediatez familiar al transportarlas de un hemisferio al otro a través del espacio lleno de turbulencias magnéticas, interesándose por ellas en su mera calidad de materia sonora, subyugan a la vez su curiosidad y su inteligencia.

Durante las consideraciones preliminares, antes de resumirle el texto propiamente dicho, Tomatis cree necesario hacerle notar que puede tratarse de un fragmento descartado de la novela, ya que también transcurre durante la guerra de Troya, y los personajes son los dos soldados, uno viejo y uno joven, que montan guardia ante la tienda de Agamenón, y que ya en la novela eran los personajes principales, o en todo caso aquellos a partir de los cuales se fijaba el punto de vista de los acontecimientos. A menos, dice Tomatis, que en lugar de tratarse de un fragmento de la novela, sea un texto independiente, tributario del cuerpo principal, y que haya varios del mismo tipo dispersos en las bibliotecas de la ciudad, olvidados también entre las páginas de algún libro, de algún legajo, o sepultados en algún arca o cajón, bajo recortes de diarios, de documentos caducos, de fotografías en blanco y negro con los bordes dentados, ajadas y amarillentas, y de capas y capas de polvo fino y grisáceo. Si se trata de un texto independiente, el hecho de que intervengan los mismos personajes, dice más o menos Tomatis, hace que su autonomía sea relativa, y que la novela siga constituyendo la referencia principal, así que ese texto breve y otros que eventualmente pudiesen existir y fuesen apareciendo, formarían no una saga, para lo cual es necesario que entre los diferentes textos haya una relación cronológica lineal, sino más bien un ciclo, es decir, dice Tomatis con una pizca de pedantería más teatral que verdadera, un conjunto del que van desprendiéndose nuevas historias contra el fondo de cierta inmovilidad general.

Sombra tenue del toldo verde sobre las baldosas coloradas; Tomatis, sin afeitar todavía, en calzoncillos probablemente, sentado en el sillón con el teléfono portátil contra el oído y un vaso de agua en la mano libre; el sol que destella arriba, subiendo hacia el cénit, en un cielo de un azul profundo, sin una sola nube en todo el horizonte visible; mañana “deliciosa” de primavera según Tomatis: con una sonrisa blanda y expectante, Pichón escucha sentado ante el escritorio, la cara vuelta hacia la ventana sin ver, a través de los vidrios, los árboles desnudos, ennegrecidos por el fulgor glacial de la llovizna. “El soldado viejo y el soldado joven, que aparecen en la novela”, está diciendo Tomatis, pero Pichón no se acuerda bien de ellos, porque él la novela no la ha leído, y no ha tenido de ella más que un resumen oral que le ha hecho Soldi durante un paseo en lancha que hicieron una tarde, de vuelta de la casa de Washington en Rincón Norte, a donde habían ido justamente a echarle una ojeada al dactilograma de ochocientas quince páginas, del que se ignora la fecha exacta en que fue escrito, e inclusive el nombre del autor.

Y la voz de Tomatis, ligeramente modificada por las turbulencias electromagnéticas, le comenta: otra vez, como en la novela, los dos soldados conversan. Para el joven, la que está entre los muros de Troya, no puede ser la verdadera Helena. Jamás según él una esposa griega abandonaría a su mando griego por un extranjero. El soldado viejo pretende no tener ninguna opinión personal sobre el asunto, pero el texto según Tomatis deja entrever, lo que por otra parte el soldado joven capta casi sin darse cuenta, que el soldado viejo prefiere abstenerse de expresar en voz alta lo que piensa realmente, a saber que de una mujer, griega, troyana o egipcia o lo que fuese deben esperarse siempre las reacciones más imprevisibles. El soldado joven insiste: es posible, pero Helena, la más hermosa y casta de las mujeres constituye en forma evidente una excepción y además, de muy buena fuente él sabe que esta Helena que París trajo a Troya, no es más que un simulacro, un espejismo que un rey hechicero, horrorizado por el secuestro de la reina, fraguó en Egipto para engañar al seductor y preservar la castidad de Helena, hasta tener la ocasión de devolvérsela sana y salva a su esposo Menelao. El soldado viejo sigue escéptico, pero se abstiene de objetar que, en las semanas que duró el viaje de Esparta a Egipto, si fuese cierta la castidad de Helena, a Paris le sobró tiempo para dar cuenta de ella, y el otro, adivinando la objeción ya que él mismo no puede dejar de formulársela en su fuero interno, se aferra al argumento principal: la Helena que los griegos han venido a buscar a Troya para restituir el honor de Esparta y de Menelao, no es la verdadera Helena sino un simulacro fraguado por un rey hechicero, un tal Proteo, que le dio a la pareja hospitalidad en Egipto. Los años han fortificado la incredulidad del soldado viejo: ni una vez sola, en su larga vida, lo invisible ha dejado de ser lo que es, es decir la transparencia vacía del aire y del cielo, y lo visible, la presencia rugosa de la piedra, del árbol ondulante y mudo, del agua fresca y turbulenta, del firmamento incomprensible. Ni una sola vez el más oscuro de los dioses consideró que valiese la pena manifestarse para él, y del trabajo de adivinos y hechiceros nunca pensó que se tratara de otra cosa que una manera de autorizar, con el pretexto de la magia y de los oráculos, y del pretendido comercio con las fuerzas que rigen el destino, el capricho a menudo sanguinario de los poderosos. El soldado joven, sin desplegar más esfuerzos para hacerle aceptar sus argumentos, promete aportar la prueba de sus afirmaciones: la muy buena fuente que le ha suministrado la información acerca de la imagen ilusoria de Helena, es un mercader de Tiro que comercia con los ejércitos griegos todo lo que en este mundo se puede comprar y vender y que, a causa de su profesión, ha estado varias veces en Egipto, donde pudo frecuentar a algunos hechiceros a los que les suministraba ciertos productos raros, traídos de los confines del mundo conocido, que les servían para ejecutar correctamente sus operaciones mágicas. El comerciante le había insinuado que él conocía un medio secreto para determinar con exactitud si una apariencia cualquiera de este mundo era de verdad un ser material o si se trataba de un mero simulacro.

Un silencio inesperado, en el otro extremo de la línea, saca a Pichón de la especie de ensueño en el que ha caído: absorto en el sonido de la voz de Tomatis, ha dejado de entender, o de entender en el círculo claro y consciente de la atención, el significado de las palabras; las comprende, pero más lejanas y vagas que la imagen vivaz en la que se inscriben, y que es el elemento más real del presente infinito, más real que la voz y las palabras por cierto, pero también que el chisporroteo empírico que los estímulos, intermitentes o constantes, sucesivos o simultáneos, que excitan sus sentidos, la imagen forjada sin un solo elemento material, a no ser las dos o tres frases circunstanciales de Tomatis, y que ahora nítida, brillante y férrea, ocupa la totalidad de su mente: el toldo verde al que la luz primaveral le da una transparencia luminosa, y que proyecta su sombra sobre las baldosas coloradas, el cielo azul, sin una sola nube en todo el horizonte visible, y Tomatis sentado en calzoncillos en un sillón de lona, secándose el propio sudor al aire fresco después de haber tomado desnudo un poco de sol, con un vaso de agua en una mano y el teléfono portátil apoyado contra la oreja en la otra, hablando y mirando plácido a su alrededor, para gozar de la mayor cantidad posible de detalles en la mañana “deliciosa”. Y Pichón se ha distraído del relato, pensando que las sensaciones imaginarias de Tomatis, de cuya realidad carecerá de pruebas hasta el fin de los tiempos, son para él más fuertes que las propias, que se han vuelto remotas y fantasmales.

–¿Sí? Hola, hola –dice Tomatis.

–Te escucho –dice Pichón, y su sonrisa blanda se acentúa un poco.

–Pensé que se habría cortado –dice Tomatis, fingiendo malhumor–. No me asombraría que los servicios secretos tengan intervenidos nuestros teléfonos.

–¿Te parece? –dice Pichón, exagerando su incredulidad.

–Por supuesto –dice Tomatis–. Hoy en día en que el pueblo, la mafia y los gobiernos tienen los mismos ideales, únicamente los artistas siguen siendo peligrosos. Lástima que vayamos quedando pocos.

–No divaguemos –ordena Pichón, más complacido que nunca por los postulados tan arbitrarios como inapelables de Tomatis.

–Escucho y obedezco, oh noble señor, califa de los reinos que se extienden de la ceca a la meca, juez magnánimo, verdugo escrupuloso y compasivo, ejemplo y guía de los creyentes –salmodia Tomatis y, simulando carraspear para aclararse la voz, prosigue su resumen del relato, según el cual, durante varias semanas, el soldado viejo, que le había tomado afecto a su compañero de guardia por lo que a veces, en su fuero íntimo, se felicitaba a causa de la paciencia que le tenía, no volvió a oír hablar más del asunto, aunque ciertas miradas, ciertas diligencias misteriosas y ciertas insinuaciones difíciles de desentrañar indicaban claramente que el soldado joven mantenía sus planes y continuaba sus contactos y sus averiguaciones.

Un día lo vio acercarse con paso decidido y expresión satisfecha –el soldado viejo estaba echado bajo un árbol, masticando a duras penas su rancho– y supo que estaba en posesión de las informaciones que necesitaba, y si no era así, por lo menos estaba convencido de haberlas obtenido. Se acuclilló ante él con facilidad, posición que las articulaciones gastadas por leguas y leguas de marcha y años de plantones y de hambrunas ya le vedaban para siempre al soldado viejo y, bajando la voz, después de haber auscultado su alrededor con miradas furtivas y recelosas, le transmitió el resultado de sus diligencias. El comerciante de Tiro, según el soldado joven, le había revelado, después de muchas vacilaciones y a cambio de una buena parte de su salario, que los iniciados a las artes mágicas que había frecuentado en todos los rincones del mundo conocido por tratarse de sus mejores clientes, sabían que existía un único medio, infalible desde luego, para saber si una apariencia de este mundo, animal, vegetal o mineral, era verdaderamente un cuerpo compuesto de materia densa o un mero simulacro, y ese medio consistía en exponer el cuerpo en cuestión a la primera luz del alba, en cierto lugar preciso del espacio, para que un determinado rayo solar, al dar contra él, revelase su verdadera naturaleza. Según el comerciante de Tiro, tratándose de un cuerpo real, de materia compacta, no pasaba nada, el cuerpo imprimía una sombra alargada en el suelo, interceptando el rayo con su masa opaca, pero que si en cambio se trataba de un simulacro, un prodigio se producía sin error posible, a saber que el cuerpo empezaba a tornasolarse adquiriendo un aspecto fuertemente luminoso e, igual que una pompa de jabón, se volvía translúcido, transparente, se desvanecía en el aire hasta que el rayo que lo había tocado, a causa del movimiento del sol, pasaba de largo y entonces el cuerpo recobraba su apariencia engañosa.

Con la mirada baja, clavada en su comida que los pocos dientes que le quedaban apenas si lograban masticar, el soldado viejo lo escuchaba tratando de disimular, por cortesía quizás, su escepticismo, aunque ya sabía que el otro no estaría dispuesto a abandonar hasta no haber llevado a cabo la experiencia. Adivinando sus pensamientos sin siquiera darse cuenta, el soldado joven seguía hablando: todo el mundo sabía en el campamento que Helena, a la madrugada, mientras los troyanos dormían, tenía la costumbre de pasearse por las murallas, mirando en dirección de las naves griegas y del campamento y suspirando por su tierra natal. Había quienes pretendían que varias veces incluso había tenido a esa hora discreta conversaciones con algunos jefes griegos, Ulises sobre todo, con el que conspiraba para precipitar la ruina de los troyanos. Esos encuentros tenían lugar en la oscuridad pero, según el soldado joven, Helena a veces se quedaba hasta el momento en que empezaba a aclarar, para no correr el riesgo de ser descubierta volviendo a su palacio en la oscuridad, simulando haber salido a dar un paseo con la primera luz del alba. En razón de todo eso, el soldado ya había elaborado un plan: a la noche siguiente, en lugar de echarse a dormir, irían a ver si Helena se presentaba o no en la muralla.

Unos meses después de esa conversación telefónica, Soldi, como otras veces, hará una copia del dactilograma y lo mandará por correo, lo que le permitirá a Pichón examinarlo con detenimiento, y casi en cada una de sus páginas y de sus frases, que desde luego difieren muchísimo de las que escuchó por teléfono en un domingo de noviembre, porque lo oral y lo escrito son dos medios diferentes, como el aire y el agua, y lo que respira en uno a veces se asfixia en el otro, la voz de Tomatis resonará en su memoria trayendo consigo la imagen del propio Tomatis, sentado en calzoncillos bajo el toldo verde, secándose a la sombra del toldo que hace resaltar el color rojo de las baldosas, y el cielo azul liso y profundo, sin una sola nube hasta el horizonte, la voz que trae cifrada en ella la mañana “deliciosa”. Parece salir hasta de la tipografía pareja impresa en las hojas blancas que recibió por correo, en un sobre grande de papel madera, con unas líneas manuscritas de Soldi, y el autor desconocido del texto revive en la voz grave, un poco deformada por las turbulencias magnéticas en su viaje casi instantáneo de un hemisferio al otro. Es como si ese personaje misterioso que siembra sus escritos en bibliotecas ajenas, en cajones olvidados, en desvanes y en recovecos secretos, de escritorios, de dormitorios o de galpones, desde el polvo ignorado en el que yacen sus huesos, se apropiara de la voz de Tomatis, de las manos de Soldi que los pasaban en limpio, de los oídos, de los ojos y de la atención de Pichón, que era su receptor, para volver a la vida por el tiempo en que las palabras mecanografiadas o impresas saliesen de su sueño polvoriento. Las resonancias magnéticas, electrónicas, eléctricas o lo que fuese que deforman ligeramente la voz, le dan al relato de Tomatis una tenue vibración inhumana, como si otra voz, confinada en el limbo gris y sin salida del pasado, adhiriéndose parasitariamente a la primera, quisiera volver al mundo para respirar, aunque más no fuese durante unos segundos, el aire fresco en la mañana de noviembre, bajo el toldo verde, en la terraza de baldosas coloradas, bajo un cielo azul profundo, sin una sola nube hasta el horizonte. No puede dejar de oír esa voz doble cuando, un par de meses más tarde, en plena noche y en pleno invierno, lee los últimos párrafos del texto que el correo le ha traído esa mañana:

Para no causarle una decepción, el Soldado Viejo acepta el plan de su amigo. Con la paciencia de un padre afectuoso para con un hijo un poco aturdido, quiere que por sí mismo gaste su reserva de ilusiones.

A la madrugada entonces, después del cambio de guardia, en vez de irse a dormir, se encaminan furtivos hacia la parte este de la muralla. El Soldado Joven pretende saber que es a ese sector de la muralla que la reina viene cada madrugada a suspirar por su esposo, por el campamento griego, por las naves inmóviles, y por el lejano y áspero reino de Esparta.

Durante un buen rato, no distinguen nada en la negrura apretada. En la noche sin viento, el frío del sereno los hace tiritar. El Soldado Viejo oye al otro removerse en su sitio, refregarse las manos y darse palmadas en el cuerpo para calentarse un poco. La arista horizontal de la muralla empieza a recortarse vagamente en la noche. Clavan la vista en ella durante interminables minutos, y el Soldado Viejo ya está por proponer que se retiren a descansar, cuando el muchacho lo disuade de un codazo, tan cargado de energía entusiasta que lo hace tambalear. Negrura más densa que la noche negra y que la muralla, una silueta abultada emerge cautelosa del parapeto y se inmoviliza.

Ahora, susurra el Soldado Joven, basta con esperar. El alba, es verdad, ya no debe estar tardando mucho, el alba y después la aurora, la luz del día que restaura las cosas compactas y coloridas en los prados palpables de lo visible. Los ojos de los soldados no pierden de vista ni un solo instante la forma negra que se recorta en la negrura. Se han olvidado del frío, de la hora, del lugar. Hasta para el Soldado Viejo el sortilegio parece posible, y mientras espera el día, se dice que, después de todo, ese muchacho algo atolondrado por el que ya siente una ternura de padre, ha traído un poco de magia a su vida gastada.

Por fin, la noche empieza a empalidecer, y el ocre de la muralla fosforece en la primera claridad. Únicamente la figura humana, envuelta en el manto negro, la cabeza cubierta por un capuchón, se obscurece en la luz todavía tenue. Cuando el aire se pone más claro la figura gira la cabeza y el rostro, oculto hasta ese momento por el capuchón, se descubre para los dos soldados. Su hermosura al mismo tiempo los exalta y los abruma. La carne casta de Leda, ignorante de su propia sensualidad, combinándose con la blancura y con la lujuria brutal del cisne, han producido esa certidumbre extrahumana, de la que únicamente gozan, con el solo fin de doblegar el mundo a su propio deseo, con inocencia y crueldad, los dioses y las fieras.

Detrás de la muralla y de la reina, que ha vuelto a girar la cabeza en sentido contrario, ocultando otra vez la cara bajo el capuchón, se divisan las torres y las cúpulas de Troya. Del otro lado, en el borde opuesto de la llanura, en la orilla del mar, el campamento griego al pie de las naves. Y a igual distancia de la ciudad y del campamento, los dos soldados, diminutos en el gran espacio vacío.

Hacia el este, el sol empieza a emerger. La claridad rojiza del cielo lo precede, pero ningún rayo todavía, liberándose de la barrera del horizonte, se extiende sobre la tierra. En los cortos minutos que se suceden, sus miradas van sin cesar del horizonte a la muralla. De pronto, algunos rayos rasan el aire y el Soldado Viejo ve la sombra del Soldado Joven alargándose sobre la tierra llana. En la muralla un rayo ilumina la silueta encapuchada que refulge de un modo cada vez más intenso, se tornasola, se vuelve transparente y desaparece.

El Soldado Viejo se inmoviliza de asombro, admirado ante el arte sin par de los magos egipcios. Pero una sorpresa todavía más grande lo espera –grande por su caudal de evidencia y de maravilla. Cuando el sol sube un poco más en el horizonte, al toque del rayo mágico, la ciudad de Troya y el campamento griego, con sus tiendas y sus mástiles, se vuelven manchas luminosas, se tornasolan, vertiginosos, se vuelven transparentes y después se desvanecen. Apenas si pasan unos segundos antes de que al Soldado Joven le suceda lo mismo, víctima del mismo mal luminoso y en apariencia indoloro. Ve su cuerpo familiar, su cara satisfecha y extenuada transformarse en una mancha incandescente y después en un hervor de colores vivos, para volverse translúcida e invisible, mientras su sombra, que durante unos segundos, mientras el cuerpo se tornasolaba, se ha convertido en una larga mancha multicolor, se borra instantáneamente del suelo. Ahora el mundo no es más que un uniforme vacío incoloro, del que hasta el sol ha desaparecido, y gracias al arte sin par de los magos egipcios, parece haber revelado en ese instante su esencia verdadera. El Soldado Viejo estira instintivamente el brazo para rescatar al otro de la nada en la que se ha desvanecido, pero para no ver su propia mano, que está volviéndose un racimo intenso de luz, cierra los ojos y se queda esperando sin saber bien qué.

No parece pasarle nada, a no ser la impresión de haberse vuelto de pronto liviano, casi aéreo, liberado por fin de la costra de fatiga y servidumbre que se ha ido acumulando sobre él con los años. Pero también lo embargan sentimientos contradictorios: alivio y en seguida remordimiento, pena y al mismo tiempo exaltación. Y le parece que esa confidencia tardía que le están haciendo los dioses sobre el valor real de este mundo, empieza a reconciliarlo con ellos.

Un ronroneo de satisfacción, acompañado de una alegría infantil, le hace comprender que, al acecho del alba, a causa de la jornada extenuante que han tenido el día anterior y de la noche de guardia, se ha quedado dormido, parado al lado del Soldado Joven, esperando los prodigios improbables de los magos egipcios. Después de todo, valía la pena haberse amanecido, si el resultado de tantas fatigas ha sido ese sueño feliz. Consciente de su sueño, que debe haber durado apenas unos segundos, sabe también que ya es tiempo para él de volver a la realidad. Y hace varios intentos, cada vez más enérgicos, de despertarse, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consigue.

Juan José Saer (foto)

‘El marica’ de Abelardo Castillo

Escúchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Escúchame.

Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano.

Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.

–Te lastimaste por mí, Abelardo.

Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.

–Soltame –dije.

O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.

Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que nosotros y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mirada rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:

–Sabes, te admiro.

No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era.

–Es un marica.

–Qué va a ser un marica.

–Por algo lo cuidas tanto.

Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta –uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato.

–Me pasaron un dato –dijo–, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.

Y yo dije macanudo.

–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos.

Quiero que vengas.

–¿Con los muchachos?

–Sí, qué tiene.

Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles.

–Abelardo, vos lo sabías.

–Callate y entra.

–¡Lo sabías!

–Entra, te digo.

El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinticinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.

El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.

–Debe estar sucia.

Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo.

–Pasa vos.

–No, yo no. Yo después.

Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, ésa era exactamente la impresión que yo tenía.

Entré yo. Cuando salí vos no estabas.

–Dónde está César.

–Disparó.

Y el ademán –un ademán que pudo ser idéntico al del negro– se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho.

–Vos también te asustaste, pibe.

Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.

–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.

–Agarró pa aya –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa aya.

Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.

–Lo sabías.

–Volvé.

–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.

–Volvé, animal.

–Por Dios que no puedo.

–Volvé o te llevo a patadas en el culo.

La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.

Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.

Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:

–Maricón. Maricón de mierda.

Y después lo grité. Escúchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escúchame.

Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

Abelardo Castillo (foto)

‘Vudú’ de Enrique Anderson Imbert

Creyéndose abandonada por su hombre, Diansola mandó llamar al Brujo. Solo ella, que con su fama tenía embrujada a toda la isla Barbuda, pudo haber conseguido que el Brujo dejara el bosque y caminara una legua para visitarla. Lo hizo pasar a la habitación y le explicó:

–Hace meses que no veo a Bondó. El canalla ha de andar por otras islas, con otra mujer. Quiero que muera.

–¿Estas segura que anda lejos?

–Sí.

–¿Y lo que quieres es matarlo desde aquí, por lejos que esté?

–Sí.

Sacó el brujo un pedazo de cera, modeló un muñeco que representaba a Bondó y por el ojo le clavó un alfiler.

Se oyó, en la habitación, un rugido de dolor. Era Bondó, a quien esa tarde habían soltado de la cárcel y acababa de entrar. Dio un paso, con las manos sobre el ojo reventando, y cayó muerto a los pies de Diansola.

–¡Me dijiste que estaba lejos! –Protestó el Brujo; y mascullando un insulto amargo como semilla, huyó del rancho.

El camino, que a la ida se había estirado, ahora se acortaba; la luz, que a la ida había sido del sol, ahora era de la luna; los tambores, que a la ida habían murmurado a su espalda, ahora le hablaban de frente; y la semilla de insulto que al salir del rancho se había puesto en la boca, ahora, en el bosque, era un árbol sonoro:

–¡Estúpida, más que estúpida! Me aseguraste que Bondó estaba lejos y ahí no más estaba. Para matarlo de tan cerca no se necesitaba de mi Poder. Cualquier negro te hubiese ayudado. ¡Estúpida!, me has hecho invocar al Poder en vano. A lo mejor, por tu culpa, el Poder se me ha estropeado y ya no me sirve más.

Para probar si todavía le servía, apenas llegó a su choza miró hacia atrás –una legua de noche–, encendió la vela, modeló con cera una muñeca que representaba a Diansola y le clavó un alfiler en el ojo.

Enrique Anderson Imbert (foto)

‘El ilustre amor 1797’ de Manuel Mujica Lainez

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.

A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.

Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?

Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.

Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.

Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: “Excmo. Domingo Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi…”

El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.

–¿Qué tendrá Magdalena?

–¿Qué tendrá Magdalena?

–¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?

Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.

–¿Por qué llorará así Magdalena?

A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.

Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.

Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!

El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.

Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.

–¿Qué le acontece a Magdalena?

Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.

Chisporrotean, celosas.

–¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible… ¿cuándo?

Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.

Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.

Las vecinas se codean:

¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra… ¡Y qué calladito lo tuvo!

Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.

La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.

¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?

¿Dónde se encontrarían?

–¿Qué hacemos? –susurra la segunda.

Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.

Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.

Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.

Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

Manuel Mujica Lainez (foto)

‘Borges y yo’ de Jorge Luis Borges

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges (foto)