‘El moto’ de José Ricardo Chávez

jose ricardo chaves(A don Joaquín)     Siempre había vivido en Desamparados, si bien sus padres fueron de Zarcero. Tres años antes de que José BIas naciera, ellos emigraron a San José en búsqueda de oportunidades. El hombre consiguió un empleo como guarda nocturno de una fábrica y luego, con el tiempo, pasó a ser obrero. Nada mejor que levantarse con el sol y acostarse con la luna. Alquiló una modesta casa de madera a unas cuadras de la iglesia de Desamparados. A los pocos meses la mujer resultó estar embarazada. Nació entonces el luego bautizado José Blas. No muchas semanas después el bebe quedo huérfano: el autobús en que viajaban sus padres fue arrollado por una locomotora de Ferrocarriles al Atlántico, en la carretera que lleva a Tibás. José BIas se salvó por pura chiripa, pues aquella tarde la madre lo había dejado en casa de una amiga costurera para ir con su marido a dar un pésame. “No vaya a ser que se le vaya a los bronquios y entonces sí que la hacemos buena”, había afirmado la señora.

Ocurrido el accidente y después de algunos trámites y a falta de parientes conocidos, el niño se quedó en casa de la amiga materna, quien vivía con una hermana, ambas solteronas y antaño costureras en una fábrica de dueños judíos. Jacobo, el patrón, paternal y siempre listo vigilante del trabajo de las mujeres, caminaba entre las filas de máquinas de coser mientras comía un trozo de pan integral con enjundia de gallina y ajo crudo. Con el tiempo, la fábrica cierra y las obreras se quedaron sin empleo y sin prestaciones. Jacobo cambia de actividad –se volvió productor de artículos de plástico– y las dos futuras madres postizas de José BIas se convirtieron en costureras de barrio, allá en Desamparados. En esa condición estaban cuando decidieron cuidar del huérfano, como una manera de canalizar sus frustrados afectos maternales. ¡Tantas noches que el niño se durmió arrullado por el ruido de las máquinas de coser!

A los siete años entró a la escuela pero no le gusto el estudio. Prefería jugar fútbol con sus amigos o acompañar a sus amigos fumadores, escondidos entre el cafetal y la chayotera. Fumó una vez y no le gustó. Fumó una segunda y tampoco le pareció. Deja de hacerlo… hasta los trece años, en que volvía a aspirar un cigarrillo. Esa vez si le agradó. Estudió en el liceo hasta el tercer año; luego, José Blas no quiso seguir. Dado su carácter amigable, alguna gente lo ayudaba dándole pequeños trabajos: recortar el jardín, llevar un paquete a San José, tomar fotografías mediocres en un quince años mediocre. Con una cámara prestada… Así, a veces por ahí y otras por allá, transcurría la vida de José Blas.

Panizo era su mejor amigo. A él le contaba cosas que a otros escondía, con él bromeaba, con él se iba a ver chavalas a la Avenida Central. Una noche, después de unos tragos en la cantina ”Aquí me quedo”, Panizo invitó a José Blas a fumar mota, una muy buena traída de Guanacaste. A pesar de su carácter amiguero, hasta entonces no lo había hecho, aunque ocasiones nunca le faltaron. La mota circulaba en Desamparados con tanta facilidad como en Tibás, como en San Pedro, ni que decir Guadalupe o, por allá, Cristo Rey y, acá, Sabanilla, y las brumas de Cartago no eran solo por el clima. José Blas aspiró. Primera vez. Sus pulmones perdían su virginidad canábica. En una calle oscura, con cuidado de que no apareciera algún tombo –la ley–, él y Panizo fumaron.

Esa primera ocasión el efecto canábico se limitó a una enorme contentera, a un no saber qué hacer con tanta felicidad. Las calles de Desampa nunca le hablan parecido más pura vida y los anuncios de B:F Goodrich, de Coca Cola, de Capri, de Café Segura, anuncios de siempre, de toda la vida, eran vistos con otros ojos que, aunque rojos e irritados, permitían desdoblar, triplicar, multiplicar la realidad, ir más allá de ese mundo de tías solteras que cosen un vestido interminable, de autobuses apretados con gente apretada en calles apretadas, de mandados y comisiones, de jardines recortados y paredes por pintar, zanjas que abrir y sermones de costurera que escuchar. Y muy pronto José Blas se vio comprando su propia mota, sacando una parte de sus ingresos para tener siempre de la mejor. Y si por A o por B José Blas no podía comprarla, Panizo le daba de la suya o alguno de los otros fumadores convidaba. Ni sed ni hambre de marihuana; sí, tal vez, de comida; sí de empleo. José no podía quejarse con sus oficios de mil usos, pero en cuanto a Panizo era un tranquilo desempleado. Sus esfuerzos habían hecho por entrar de conserje en un banco, pero no resultó. La crisis, decían los periódicos y los políticos, la televisión y la radio, crisis económica, cri-cri, crisis moral, cri-cri, deuda externa, cri-cri, la guerra a la vuelta de la esquina, cruzando la frontera, cri-cri, cri-cri, el pretexto cantor, cri-cri, crisis que por explicar todo no explica nada, cri-cri…

Apoyados en una tapia, con el sol de la mañana en sus caras, José BIas y Panizo miraban pasar a la gente. Eran las diez y, después de sendos mañaneros, ambos habían recorrido las calles por veinte minutos y luego se posaron en esa esquina del parque. –¡Hola, Chepillo! –dijo una señora que pasaba, muy atareada con sus compras. José Blas, ido de este mundo, sonreía con mansedumbre. Si no fuera por los ojos irritados, por las pupilas dilatadas, algún devoto transeúnte diría que José Blas parecía estar hablando con los ángeles. En tal beatitud se encontraba esa mañana. De pronto José Blas vio salir a un ángel de la iglesia, uno que vestía modosamente y con el cabello recogido en una larga trenza. El ángel rubio caminaba más bien despacio, con cierta timidez, y pasó junto a José, lo mira, sonrió dulcemente y siguió su camino. José Blas no supo qué hacer ni qué decir. Preguntó a Panizo si sabía de la muchacha y contestó que sí, que habían sido compañeros en la escuela primaria. El ángel se llamaba María Eugenia, más conocida como Maruja entre sus amigos. Ella, al pasar, no vio a Panizo por observar a José.

–Vive en San Antonio y es de familia encopetada.

–No jodás. No me la pongás tan difícil, mae –exclamo José Blas.

–Los ángeles cuestan, mi’herma –sentenció Panizo.

Esa misma tarde José Blas fue a San Antonio y localizó la casa de Maruja. Según le contara Panizo, la chamaca había hecho la secundaria en Cartago, pero la familia volvía de nuevo al lugar donde el padre creciera. Identificada la casa, José esperó la aparición del ángel y, luego de esperar dos horas, vio cuando salía. Ella caminó unas pocas cuadras y se detuvo. Esperaba un autobús. Una buena excusa para acercarme a mi ángel, yo también voy a tomar la lata. Nervioso, José caminaba hacia la parada. Ella vio a un joven acercarse y al reconocerlo, se ruborizó un poco. Él no se quedó atrás y el color se le subía a las mejillas. Ambos se sonrieron tímidamente pero no se hablaron. Llegó el autobús. Ella subía primero, claro (primero las damas); luego él. Ella se sentó tentadoramente en un asiento de dos: el lugar de junto estaba desocupado. José, más nervioso que nunca, no sabía ni sentarse al lado. Finalmente no lo hizo. Se sentó dos lugares más atrás. El autobús llevaba pocos pasajeros. Paulatinamente se fue llenando. El la seguía con la mirada desde su asiento: cada movimiento, los detalles de su trenza, el suave vello dorado de los brazos, las mejillas radiantes, ay, ¡quién fuera Adán ante tales manzanas! Tanto pasajero le estorbaba para verla con tranquilidad. Ella hizo gestos de querer bajarse. Él se preparó para hacerlo también. Otra coincidencia, pensaría ella, por qué no; otra sonrisa compartida.

Ya en la acera y ante la actitud de momia del muchacho, ella preguntó confianzuda e inesperadamente: –¿Cómo te llamas? Él, asombrado por tal acercamiento, contesto balbuciente: José… José Blas.

Ella se rió ante el exceso de timidez, José se ruborizó de nuevo. No sabía qué le pasaba, la cosa era que todo se le enredaba, los cables se le cruzaban, mejor que con un purito, bueno, mejor es un decir… Súbitamente envalentonado, exclamó: –Vos te llamás Maruja, más bien María Eugenia, ¿verdad?

–Sí, ¿cómo lo sabes?

–Un amigo me lo dijo, Panizo, uno que estuvo en la escuela con vos…

–Sí, ya sé quién es.

–Esta mañana te vi en Desampa y creí ver un ángel –dijo el muchacho cándidamente.

–¿Y en verdad se trataba de uno? ¿Lo era? ¿Lo es?

–Sí, sí, creo que sí –y por fin sonrió con cierta tranquilidad.

Durante los seis meses siguientes Maruja y José Blas se siguieron viendo, aunque no con la regularidad que ellos hubieran querido. La familia de la muchacha hizo todo lo posible por separarlos, una vez que se enteraron de “la clase de ficha” que era el tal Blas, según la expresión de la madre. ¿No te das cuenta, Marujita? Ese hombre no es para vos. No hay que cruzar una palabra con él para saberlo, basta con mirarlo, su ropa, su aspecto; además no tiene muy buena fama. Vos sos una muchacha decente, que puede aspirar a algo mejor, a alguien al menos tan bueno como vos, como nosotros. Ese Blas solo es un vagabundo, un marigüano, un moto. Maruja no entendía de estas razones maternales.

En la universidad cursaba la carrera de Educación pero, desde que había empezado a salir con José, casi solo le importaba estar con él, oírlo, hablar, caminar tomados de la mano entre los viejos árboles del Parque Nacional, lejos de Desamparados y de San Antonio, reír de los chistes que él contaba, aceptar sus caricias en los brazos, en las mejillas, dejarse llevar por ese flujo de humor y de vitalidad. Sí, la familia tenía sus razones para detestar a José; ella, las suyas para quererlo.
Jose iba a buscar a Maruja a la universidad, después de clases. Caminaban por los jardines y corredores, se sentaban en el pretil a ver gente pasar, a conversar iban a alguna soda a tomar un café o un refresco. Con tanto muchacho en la U, Maruja pudo comparar y rápidamente se percató de lo distinto que era José. No solo por su apariencia, por su forma de hablar, no era guapo ni bien vestido, no, pero ella nunca había conocido a alguien que le demostrara tanta ternura, que le brindara tanta atención. De cuerpo enjuto, delgado el cuello, ojos redondos y negros, lo que más llamaba la atención en José era su ensortijada cabellera. Maruja gustaba de acariciar sus rizos y entonces José sentía la más angelical sensación.

Él tenía 22 años. Ella 20. Tanta emoción compartida les hizo concebir la idea de casarse. Pero ¿cómo harían para mantenerse? Maruja no se iba a ir a casa de las costureras (¡quién sabe si ellas quisieran recibirla!), a Maruja todavía le faltaba un buen rato para acabar su carrera, los ingresos de José no eran la gran cosa, apenas para que un soltero se la jugara. ¿Qué hacer? Por ahora, nada, concluyeron, seguir viéndose, y la pasión crecía y crecía, y una noche hicieron el amor en un motel y ambos gozaron lo que nunca, la cabellera negra de José mezclada con la trenza rubia y suelta de Maruja, los dos cuerpos blancos y agitados sobre las gastadas sabanas del amor. Maruja pagó el motel. Y también pagó las cervezas, los cigarros, una camisa azul y unos zapatos de tenis para él. Y José le compró un anillo, un ramo de claveles, unos helados Pop’s y las entradas a una obra de teatro. A veces él con sus ingresos de milusos, a veces ella con la mesada de papa, el caso es que ambos gozaban lo poco o lo mucho que tuvieran.

Una vez José escuchó la perorata de Quincho, un andrajoso medio anarquista, medio loco: “¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Para qué? Ya pasaron los tiempos en que eso era importante. ¿Estudiar para triunfar? Ja, a mí con cuentos. Ya el estudio no garantiza trabajo ni el trabajo garantiza techo y pan. Entonces, ¿para que esforzarse? ¿para que esa disciplina que no conduce a nada? Lo mismo con el brete, darle y darle día tras días, hora tras hora, todo para recibir un pinche salario que no alcanza para nada, mientras unos cuantos hijueputas se hacen ricos de la noche a la mañana, sin saberse como, chorizos, sinvergüenzadas, política. Nos están dando, no atolillo con el dedo, sino atolillo con la paloma de la paz”. José escuchaba a Quincho en el Parque Central, en donde había puesto su tribuna y, al igual que José, varios transeúntes lo oían, un minuto, dos, media hora, y movían la cabeza afirmativamente o gritaban “Calláte, comunista” y alguien exclamó una vez “Que se lo lleven a Nicaragua”, y otro añadió “o a Cuba” y siguió hacia otro predicador, todo vestido de Semana Santa, un pobre cristo de pacotilla que anunciaba el próximo fin de los tiempos: ”Arrepentíos, arrepentíos”, gritaba histéricamente.

Quién sabe por qué, José invito a Quincho a un cafetucho por la Iglesia de la Dolorosa y conversaron como amigos. Quincho, quien tenía cuarenta y tantos años, aparentaba muchos más. José se enteró de que hubo un tiempo en que Quincho, como dirían sus tías, “prometía”, a pesar de su fama de revoltoso, que había estudiado unos años en México, que ahí vivió un 68 entre gritos de protesta y sangre de estudiantes, que no pudo terminar su carrera de ingeniería, que, una vez deportado y en San José, de nuevo se vio entre estudiantes y peleó contra la ALCOA y el gobierno de Trejos, entonces más gas lacrimógeno, más gritos, hasta golpes en la cabeza que lo dejaron medio lelo, dolores que le impedían pensar pero no gritar en los parques y en las plazas. Después del café cambiaron a cervezas y terminaron en una cantina de Desampa tomando guaro con cocacola. Como caído del cielo apareció Panizo, quien los invitó a unos puros, pero Quincho y José Blas poco los disfrutaron pues ya estaban muy borrachos. Al rato se separaron, Quincho en una dirección, José y Panizo por otra. Era la una de la mañana y soplaba un viento frío en las calles solitarias de Desamparados.

Droga y orfandad: el moto.

La marihuana llegó a ser parte de los hábitos diarios de José Blas. Llegó a fumarla delante de Maruja, incluso compartieron unas subidas, pero a ella no le gustó, solo a veces, por ejemplo para hacer el amor.

En una ocasión Maruja pensó como sería José Blas si no fumara mota a diario y fue incapaz de imaginárselo. Tan unidas estaban la yerba y el alma del fumador. Es que a falta de un alma verdadera se fabricaba una a fuerza de hastío y humo. Maruja no juzgaba a José, aun no. Se limitaba a aceptarlo tal como era. El, por su parte, asumía la misma actitud. No discriminaba, aceptaba, contemplaba lo pequeño y lo vasto de su querida Maruja.

Muy pronto llegaron a oídos de la familia de la muchacha las historias de los amoríos entre la joven y el moto, vistos en lugares públicos. Aunque aumentaron sobre ella las presiones, siempre quedaba un resquicio para llegar a los brazos de José Blas. La influencia política de la familia y su nivel social hicieron que los ya esporádicos empleadores del muchacho escasearan más, en un intento de adulación, de quedar bien con la familia de Marujita, tan importante que es, al señor hasta lo quieren postular como diputado, ya se está anotando su nombre en la lista, pues ya ves que aquí lo que abundan son candidatos y precandidatos, ay, ¿por qué ese señor estará en contra del pobre diablo ese, del moto? ¿Tendrá Marujita algo que ver? ¡Válgame Dios!, ahora caigo, por ahí va el asunto, ¡quien se lo iba a imaginar!, tan modosita que es la muchacha, como una muñeca de porcelana, ya ves, yo siempre lo digo: caras vemos, corazones no sabemos…

El resultado de la estrategia familiar fue marginar aún más a José. A veces sus tías postizas le daban algún dinero, pero a cambio de ello tenía que soportar las repetitivas discusiones que noche a noche, como un severo ritual o como un disco rayado, se establecían entre las dos mujeres, una, ardiente figuerista; la otra, calderonista feroz. Entre las dos rememoraban escenas, personas, eventos de aquel 48 de sangre que tanto había marcado sus vidas, de aquella jornada en que muriera fusilado el novio de la calderonista en Quebradilla, junto con más de una docena de combatientes, después de pelear en El Tejar y entregarse al enemigo. Molinón, Molinón, los muertos son un montón. Mujer que, sin haberse casado, enviudó a los dieciocho años. José Blas las oía con paciencia, pero lo triste de antes se había tornado en aburrido relato, ya no lo impresionaban los pasajes dramáticos, los sollozos, esos silencios que hablaban de fantasmas y revolución, fantasmas de Figueres, de Mora, de Calderón, de mitos y muertos, de mitos muertos, de la máquina de coser que Figueres le había prometido a su partidaria y que nunca le dio, ¡ah, Figueres tan desmemoriado!; ¡ah, Figueres en la memoria!…

–Mira, mejor calláte ya con el enano porque recordá que yo soy mariachi de hueso colorado.
–¿Colorado?, ¿rojo-comunista? Claro, en eso tenés toda la razón –dijo irónica la figuerista.

A pesar de estas discusiones cotidianas, las dos hermanas se querían mucho y se cuidaban la salud una a la otra y las dos, por supuesto, se la cuidaban al huerfanito, pobrecito Pepito (el nuestro), que no tiene ni padre ni madre (habían tomado el tren para el cielo) y toma esta platita para mientras conseguís trabajo. Nosotras sabemos que la cosa está bien difícil, aunque no tanto como en otros lugares, ya ves cómo se matan en Nicaragua o en El Salvador, aquí al menos hay paz, nadie se muere por bala, ya no. Si, ya se, que no tenés estudios, que no hay trabajo, pero m’hijito, ¿qué va a pasar con vos?, tan sin ánimos, tan sin vida, yo no era así a tu edad, tampoco mi hermana, no, teníamos vigor, coraje, ganas de hacer cosas, hasta de arreglar el mundo. Naciste cansado.

Decíme, ¿qué hay de vos? ¿Y esa noviecita con la que andas?, no creas que no nos hemos enterado…

José Blas abandonó súbitamente el cuarto de costura mientras pensaba que era rebajarse demasiado el permitir tales interrogatorios por unos cuantos colones. ¡Si al menos fueran dólares! Pero no, pinches colones que no alcanzarán para nada, puro cine y helados, ni para el motel. Hay que hacer algo, algo, pero que… Ya sé. En primer lugar, fumarme este cigarrito, ¡ah!, y en segundo lugar, darme cuenta de que nada se puede hacer, que la anda está hecha.

–¡Mafufadas! –exclamó Maruja.

Después de uno de esos silencios que se hacen en las conversaciones, en esos vacíos del habla en que vuelan Ángeles y moscas, Maruja agrego: –Tengo algo importante que decirte.

–¿Sí?
–Sí.
–A ver.

–¿De una vez?, ¿de un solo golpe?

–Sí.
–Pues…estoy embarazada.

La mira. José observa la cara feliz de Maruja. Ella esta alegre porque José dice estarlo. Saber que va a ser papa le agrada, aunque también lo asusta. De nuevo, algo hay que hacer. ¿Irse? ¿Adonde? ¿De ilegal a los Estados Unidos para hacer plata, como lo hizo el alajuelense aquel? Picapiedra le decían; qué hacer, fumar, qué hacer, respirar, qué hacer, dijeron José Blas y Maruja. ¿Qué hacer? Ir al mar, sí. Me da vergüenza decirlo pero no lo conozco. Tan cerca y nunca he ido. ¿Vos sí? No quiero morirme sin conocerlo. Nunca he ido al puerto, a Puntarenas, menos a Limón. ¿Vos sí? Vámonos los tres, vos, él o ella y yo. Si, tres. Como Figueres, Mora y Calderón, como dirían mis tías, como la Santísima Trinidad. Escapémonos y después vemos que hacer. Ir al mar ya es hacer algo. Quiero olas, arena, mucha arena, inmensidad, mar, viento, todo esto junto a vos. ¿Vamos?

Había que conseguir dinero. Hasta para ir al mar hay que tener plata. José no quería que Maruja pagara. Él quería ser quien diera para el viaje. ¿Como? Sin trabajo, apenas con los poquitos que le daban las tías. No, así no. Había que hacer algo distinto. Que mejor cosa que acudir a los amigos, a Panizo, ya ves, mae, necesito plata p’al viaje con la hembra. Panizo estaba sin dinero. Lo habitual. ¿Entonces qué? Panizo sugirió que una manera de hacerse de un poco de plata era que lo ayudara en el trafique de la mota, preparar la yerba en paquetes, paquetitos y paquetotes, en onzas y kilos, según, a veces llevando un cargamento a Heredia, a Orosi, a Alajuela, ¡puta, mae, como fuman los manudos!, en fin, entrar en el mismo brete del Panizo por un mes, una corta temporada, y luego al mar, si, al mar, a Puntarenas, a Limón, al Pacifico, al Atlántico, simplemente al mar.

Y mientras José trabajaba comprimiendo la mota y empaquetándola, él piensa en su viaje al mar con Maruja, en si a Puntarenas o a Manuel Antonio, a Playa del Coco o Cahuíta. Mejor el Caribe, si, wa’apin man, ahí debe ser distinto con tanto negro, si, Cahuíta, Puerto Viejo, me dicen, me cuentan, ahí algo se podrá hacer, tal vez ahí pueda nacer mi hijo, si, junto al mar.

Maruja tenía más de dos meses de embarazo. Hasta ahora no había tenido ningún trastorno o dolencia. Esa tarde, mientras ella y José Blas tomaban un café en Chelles, mientras llovía, habían decidido que en una semana más partirían a Limón. Ante la fuga consumada, a la familia de Maruja no le quedaría más que aceptar el matrimonio. ¿No sería suficiente para obligar al padre el hecho del embarazo de su hija? No. Ella recordó cómo, dos años atrás, su hermana mayor, soltera, con un novio a escondidas tan indeseable como el moto, había decidido abortar por la presión familiar, sobre todo del padre. Según decía el señor diputable, era mejor un rato de dolor que toda una vida echada a perder por un mal paso. La hermana se había doblegado ante la fuerza de la autoridad paterna; ella, Maruja, tal vez también podría sucumbir. Para esto era mejor algo rotundo, una huida, el gran escape, como la película que había visto hacía unas noches en la televisión con el guapo de Steve Mac Queen, los prisioneros escapando de los encierros, de las jaulas, así ella y José Blas, en fuga, hacia el mar.

Tres días antes de la anunciada partida, la policía cayó en el centro de procesamiento. Panizo y José Blas, que estaban en lo alto, trataron de escapar por una ventana trasera del galerón. Hubo gritos y disparos. Una de las balas fue a dar a la cabeza de José. El cuerpo se desplomó desde el barandal de la planta alta. Su caída fue amortiguada por las pacas de marihuana. La sangre corrió entre la yerba.

Panizo se entregó. No le quedó de otra. Otros dos hombres también lo hicieron. Destruido un centro de procesamiento de droga, afirmaron los periódicos. Tres detenidos, un muerto, dijeron los noticieros de televisión, la radio. Sí. El moto está muerto, tan muerto como los fusilados de Quebradilla, como sus padres que tomaron el tren al cielo.

Maruja estaba desgajando una naranja mientras veía la televisión, cuando en la pantalla pasaron escenas del “acto ejemplar de la campaña contra el narcotráfico en un barrio de Desamparados”, según la frase del periodista.

En la pantalla apareció el rostro ensangrentado de José Blas. La naranja que ella tenía en las manos cayó al suelo, como un cuerpo en un abismo, como una piedra al mar.

José Ricardo Cháves (foto)

 

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