Archivo diario: 14 febrero, 2018

‘La muerte del filósofo’ de José Luis Garcés

jose luis garces gonzález(“Filosofar es ejercitarse para oír”. Sócrates)

El profesor y filósofo Alejandro Barquini había elegido la soledad por temperamento. O la soledad lo había elegido a él. Se sentía cómodo en su enorme caserón. No toleraba un ruido innecesario. No aceptaba visitas cuando estaba leyendo o llamadas telefónicas cuando se dedicaba a corregir sus conferencias. Aunque sus ojos tras los lentes se achicaban cada vez más, pasaba largas horas de la noche sentado a su escritorio lleno de papeles en desorden y de libros entreabiertos y subrayados con líneas temblorosas de varios colores.

Alejandro Barquini había sentido el amor pero jamás había querido comprometerse con mujer alguna. La palabra matrimonio tenía para él escaso significado. En sus clases, escuchadas con verdadera pasión por sus discípulos, había encontrado decenas de mujeres que lo observaban con un interés especial. Él también las miraba y notaba en muchas de ellas la belleza inicial y fresca, o la sensualidad que comenzaba en los ojos y se estrellaba en las caderas. Algunas intentaban ciertas libertades; pero a esas les adquiría fastidio, algo que él disimulaba a la perfección. Sin embargo, en diez años, con dos de ellas tuvo algún tipo de relación erótica. Con Francesca, rubia amortiguada y ojos de cielo, bebió cerveza durante dos días y luego la llevó a su apartamento. La muchacha, metida en alcohol, resultó ser una tigra para el sexo y sus aullidos. Incansable, vociferante, imaginativa. Francesca agotó la capacidad amatoria del filósofo y le propuso dos o tres osadías. Después de esa fiesta de la carne, en donde el cuerpo armonioso de ella contrastaba con el abdomen prominente del profesor y pensador, la muchacha quiso capturarlo con todos los ardides de mujer. El filósofo, decente pero decidido, la rehuyó. Nunca más volvió a la cama con ella, desatendiendo las exaltaciones y sugerencias envidiosas que más de un estudiante le formulaba. Para él, ella fue una buena amiga. Para ella, ese filósofo barbón, gafudo y barrigón, era el desastre que hubiera deseado evitar en su vida. Lo lloró durante un mes, todos los fines de semana, cuando se enjaranaba con sus amigos de la universidad. Luego, lo maldijo y pidió que la justicia universal le castigara su desprecio. Dorothy (o “Dorotea, la que friega en la batea”, como la llamaba él para dañarle la paciencia) lo creyó sabio en los asuntos del amor y se dejó llevar por su río; dejó que él la orientara, le propusiera, la poseyera. Y él, por su parte, esperó que ella, que era una morenaza de unas caderas pecadoras, tomara su iniciativa y le metiera entre sus lacios y escasos cabellos los dedos de la ternura. En ese forcejeo silencioso se mantuvieron varios meses. Hasta que el alcohol, que a veces trabaja para el amor y a veces lo perturba, los condujo a la confianza. Se amaron en un motel de las afueras de la ciudad. Ella esperó más de él; y él esperó más de ella. Sin embargo, oralmente, se declararon satisfechos. Tres veces reincidieron. Y en cada ocasión el viejo filósofo comprobó, un poco para su dolor, que un cuerpo despampanante y provocativo no asegura de por sí una relación sexual maravillosa, y se atrevió a pensar que lo que da en carne opulenta la vida lo quita en frenesí y emoción. En fin, la ley del equilibrio; una cosa iba por la otra. Sin acuerdo previo, se distanciaron, hasta que feneció la pasión y el sentimiento.

Semanas después se encontraron y se saludaron como dos remotos amigos. Esas dos experiencias (al menos las más conocidas por habérselas contado a Eduardo R., su amigo de verdad), lo condujeron a la conclusión racionalista de que necesitaba una mujer fija. Pensó en Fabiola, su antigua alumna, en ese entonces profesora de una universidad privada en la ciudad. Fabiola desde años atrás había pensado en el filósofo, pero lo percibía un ser inaccesible, interesado sobremanera en Enmanuel Kant y en Thomas Mann. En esa época habían intercambiado miradas y uno que otro piropo. Como la vida tiene, al parecer, extrañas coincidencias, un viernes al atardecer ella decidió llamarlo para invitarlo a su casa a cenar unos espaguetis con verduras, plato que según había oído decir le gustaba mucho al profesor. Él se sorprendió: ¿Fabiola llamándolo en los días en que él estaba pensándola con intensidad? ¿Acaso la había llamado con el pensamiento? ¿Tiene tanto poder el pensamiento? Cenaron el sábado. Fabiola quiso encender los candelabros, pero él no se lo permitió. Lo que sí le aceptó fue la música hindú que ella puso a sonar en un viejo tocadiscos. Fabiola, quizá premeditadamente, movió su cuerpo durante varios segundos al compás de unas agudas notas de flauta. El viejo filósofo vio un cuerpo que se acercaba a la madurez, que tenía muslos fuertes, nalgas llenas, ojos seductores, pómulos afilados pero senos escasos. Ese gesto de la mujer lo convenció. Ella, al parecer, también estaba deseando la relación. La confianza que les dio el vino le permitió a Fabiola estamparle, entre charla y broma, un beso en la mejilla y hacerle una caricia en la chivera. La despedida de esa noche fue el comienzo de una etapa distinta en la vida de ambos. En los dos meses siguientes hubo tres invitaciones recíprocas. En la última, él le dijo antes de retirarse: “yo la quiero a usted”. Así, sin más arandelas, casi seco, pues ya habían consumido cualquier prólogo. La próxima semana ella se instaló en la casa de él. En la universidad, la noticia fue un verdadero hilo de pólvora. Las opiniones se dividieron. La mayoría de las mujeres estuvo de acuerdo con la relación: ya era hora, dijeron. Los hombres la creyeron inconveniente para el ritmo de vida del filósofo; quizá ella no le soportaría sus caprichos y sus insomnios, comentaron. No obstante, ese matrimonio por la libre parecía marchar a pedir de boca. El profesor rejuveneció y fue más cuidadoso de su aspecto externo y, ahora sí, mostraba lavadas y planchadas sus ropas. Fabiola se tornó más exuberante y, aunque ya bordeaba los treinta años, su rostro adquirió una nueva luz y su piel fue más tersa. Cuando sus estudiantes lo molestaban al señalarle su resurrección, el filósofo, medio jocoso, les respondía con un pensamiento de Voltaire: “Ay, señores. El placer nos concede de inmediato lo que la sabiduría sólo promete”, y extrañamente, él tan sobrio, se reía a carcajadas. En ese semestre dictó un seminario sobre “El Amor en el Renacimiento”, que fue seguido con pasión por todos sus discípulos y por estudiantes de otras universidades que pidieron y obtuvieron el acceso a tan importante curso. En ese seminario se destacó Benjamín Striffler, un estudiante que lo seguía desde años atrás y lo llamaba, con humildad, “Mi Maestro”. Striffler, debe decirse, era alto, tirando a rubio, de facciones bien formadas, mirada profunda, y lo rodeaba cierto silencio que para algunos jóvenes no era más que pedantería pero que para las mujeres era un toque misterioso e interesante. La importancia y el éxito del seminario fueron tan contundentes que a partir de ese hecho se instaló los sábados por la tarde una tertulia en la casa del filósofo. Allí se discutían hasta la madrugada todos los temas con la mayor libertad posible. Striffler, prestando a los franceses, le puso el nombre de Tertulia Prohibido Prohibir. Fue tanta la dedicación de Benjamín Striffler, que él se erigió en coordinador de las reuniones, lo cual le permitió entrar a la casa, revisar la biblioteca del filósofo, imponer temas, seleccionar asistentes, hasta ordenar qué se consumiría de pasabocas. La relación con el maestro no dejaba nada que desear, y el viejo filósofo se sentía satisfecho de haberle otorgado la confianza a ese joven de tanta rectitud y de tantas perspectivas. Fabiola, por su parte, se sentía contenta con la presencia reiterada del discípulo y cuando no aparecía por su casa, notaba con extrañeza la ausencia del joven. Striffler, pues, fue ganando puntos y ocupando espacios, y convirtiéndose en un ser indispensable en ese hogar que ya empezaba a llamar la atención de los círculos universitarios e intelectuales de la ciudad. Cualquier día el filósofo empezó a temer de la juventud de Benjamín Striffler. Creyó ver en Fabiola una velada preferencia a la hora de repartir la comida, o un exagerado interés por la conversación del joven. Se preguntó el filósofo si serían celos los que experimentaba. Pero se dijo a sí mismo que ese sentimiento de inferioridad no podía tener albergue en su espíritu. Rectificó sus pensamientos y se encaminó, con persistencia, hacia una nueva interpretación de los filósofos presocráticos. Se le dio, entonces, por establecer una relación entre Heráclito y Nietzsche. Si la verdad es dicha, Benjamín había puesto los ojos en Fabiola. Más que la compañera escogida por su maestro amado, la veía como una mujer sensual, tierna, amable, quizá despilfarrada en los menesteres del cuerpo. Pero, a la vez, temía. No le parecía posible jugarle una mala pasada a su ductor. Sería incorrecto de su parte. En una palabra: antiético. Pero Fabiola estaba más allá de cualquier norma, ningún juicio de valor podía impedir su deslumbrante belleza. No planteó una seducción expresa. Dejó que el tiempo transcurriera. Y el tiempo jugó a su favor. Fabiola, viendo que Benjamín se mostraba indiferente, comenzó a desesperarse. ¿Acaso no le gustaba? ¿Y esas miradas que le había detectado cuando ella pasaba o le solicitaba la ubicación de un libro? ¿Sus ojos eran una farsa? En esos momentos el viejo profesor no tuvo dudas. Algo empezaba a desmembrarse en Fabiola. No había cambiado su talante. Era solícita, detallista, atenta. Pero para la percepción aguzada del filósofo, cierta atmósfera de distanciamiento se estaba formando entre los dos. Tal vez lo más notorio estaba en la conversación. Ya no hablaban con la intensidad de antes. Ya ella no lo escuchaba con la dedicación de otrora. Casi no le formulaba preguntas, ni planteaba las dudas académicas que la agobiaban. Decía pasar con mucho sueño, y mientras él se dedicaba horas enteras a escudriñar su enorme biblioteca, ella cerraba las cortinas y se iba a la cama, no a esperarlo a él, como al principio, pues ya el sexo era brasa apaciguada, sino a eludirlo a él, a convivir con otros recuerdos. En un instante pensó en hablar con Benjamín, echarlo de su casa y acabar la tertulia. Pero pronto supo que sería más ridículo que estúpido. En otra ocasión quiso hablar con ella, decirle que lo había captado todo y que le comprendía su simpatía por Benjamín. Burlarse de la burla. Anticiparse a la traición. Pero no, ¿qué ganaría, además de una negativa rotunda? La pondría sobre aviso y las pesquisas y observaciones carecerían de sentido, ya no serían sorpresa. Y, lo peor, su imagen frente a ella se deterioraría sino quedaba vuelta añicos. Aceptó que eso último era un pensamiento tonto y vanidoso, pero se dijo que nadie podía excluirlo de debilidades o petulancias: su comprobación de que era humano, simplemente humano. No cometería sandeces. Al desamor que se iniciaba no le agregaría torpezas. Sostuvo el viejo profesor (y Eduardo R. da fe y testimonio de ello) que Fabiola entró en un absoluto estado de desesperación. La atacó el insomnio. Una rara sudoración le afectó las manos. Le escaseó el apetito. Incumplió clases en la universidad privada con la excusa de un fuerte dolor de cabeza. De la mujer bella y plena comenzó a tener un rostro con ojeras y un cutis pálido. Sin objeción: extrañaba a Benjamín. El viejo profesor la sorprendió leyendo, en la cama, El amor, las mujeres y la muerte, de Schopenhauer, autor que no era de su predilección. Analizando las cosas y viendo que se acercaba noviembre, el filósofo se ofreció para dictar en una universidad de la costa caribe un seminario sobre La montaña mágica, tema que, además de gustarle, manejaba a la perfección. Eso de hacerse invitar le parecía detestable, pero tuvo que acudir a ese método, que no era su método, para escapar de la casa, tomar distancia y meditar con cabeza fría. Cuando se lo comunicó, Fabiola lo miró con complacencia y le deseó la mejor de las suertes. Como el viaje era al otro día, esa noche le ordenó la maleta, le guardó los libros y le metió en la cartera dos tarjetas de crédito; cenaron juntos y él estuvo contento. Hablaron trivialidades y se acostaron después de las once. Él, extrañamente, se durmió primero. Ella padeció su falta de sueño y pudo detallar todo el trayecto que hizo la luna que se veía desde su ventana. Sólo los pájaros del amanecer la hicieron dormir levemente. Como era de esperarse, el seminario fue concluido a satisfacción total. El rector, en persona, le propuso que se vinculara de tiempo completo a la universidad, en donde tendría todas las garantías para estudiar, traducir y escribir, con un horario que se lo estipularía el mismo profesor y con secretaria, comunicaciones, residencia, viáticos y alimentación que asumiría el Alma Mater, además de un sueldo jugoso y de unas primas fijas que engrosarían atractivamente el estipendio mensual. El viejo profesor pidió tiempo para pensar la respuesta. ¿Qué iba a hacer con tantas comodidades, con tantas prebendas? Con cierta risita irónica recordó los versos de Shakespeare: “¿Oro precioso, rojo, fascinante? Con él se torna blanco el negro y el feo hermoso, virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… ¡Oh, dioses! ¿Por qué es esto? ¿Por qué es esto, oh dioses?” Acabado su trabajo, decidió hacer una gira por la costa caribe. Anduvo por caseríos y municipios, por corregimientos olvidados y por veredas donde sólo se entraba a lomo de mulo. Durmió a la orilla del mar en hamacas, en trojas, en esteras, en camas de viento. Fingió ser un caminante anónimo y durante dos semanas intentó ser feliz. Tres días antes de retornar le envió un telegrama a Fabiola. No quería encontrar sorpresas desagradables. Rompiendo la costumbre regresó en avión. Un airecito de alegría lo estimuló cuando el auto que lo llevaba tomó la última curva antes de llegar a la casa. El carro pitó pero nadie salió a abrir el portón circundado de enredaderas y parásitas. Él mismo bajó la maleta y la caja con artesanías, que ya tenía los costados rotos. Era la hora del crepúsculo y la casa se le antojó enorme, demasiado gris, demasiado espacio para tan poca gente. La puerta de entrada a la sala la encontró sin seguro. Sin embargo, la luz del pasillo estaba encendida. Los muebles, especialmente las butacas, le parecieron personas gordas, agazapadas en el silencio. Vio muy oscuras las cretonas que tapaban los grandes ventanales. Cuando colocó la maleta encima de la mesa de centro, la consola de la izquierda, que guardaba la loza, los cubiertos y demás utilerías, crujió. “Caramba, se dijo el viejo profesor, la madera saludándome”. Tanteando en la pared encontró y encendió el sistema de alumbrado conjunto. Pareció que un sol rabioso hubiera entrado a la casa. Una leve capa de polvo cubría los brazos del mobiliario. Miró a su alrededor y los ojos del autorretrato de Picasso chocaron desde la pared con sus ojos. Los del malagueño, grandes, directos, tirados a la expectativa; los de él, chiquitos, enrojecidos, protegidos por los gruesos vidrios de sus gafas de miope. Nadie, a excepción de la madera, lo había escuchado. Fue a la habitación y todo estaba en supremo orden. “Demasiado orden, sospechoso”, pensó y sonrió. Encima de la luna del espejo, pegados, se hallaban, una al lado de la otra, dos esquelas rosadas. Estaban escritas con marcador rojo: “Perdóname. Fabiola”, decía una; “Maestro, compréndame. B. Striffler”, decía la otra. El viejo filósofo sintió que le habían dado un terrible golpe en el mentón. Se fue hacia atrás y tuvo que agarrarse en el manubrio de una de las gavetas del mueble caoba para no caer. Luego, más reposado, se miró al espejo. Se vio rechoncho, despelucado y pálido. Trató de recomponerse. Esa huida era previsible. Debía darse. Era el final que se merecía esta ficción. No debía alarmarse. Él mismo había alimentado el cuervo. Y si no hubiera sido con éste, hubiera sido con otro. Quizá lo que lo lastimaba era la prontitud con que se habían producido los hechos. Él mismo, un poco alcahueta, se había retirado durante casi un mes para que ellos se encontraran a plenitud y ya encausadas las aguas, calmados un poco los ímpetus, la ruptura se produjera con mayor prudencia. Pero se había equivocado. Su ausencia desequilibró la pasión y desbocó los ríos y ya no hubo calma para esa sed insaciable. El resultado fue el contrario de lo que él esperaba. Se había equivocado dos veces. Con ellos y con su presupuesto teórico. El viejo profesor llamó a su amigo Eduardo R. y le contó lo sucedido. Eduardo R. se irritó y no escatimó adjetivos en contra de la pareja de amantes; fue especialmente colérico contra ella. El filósofo tuvo que calmarlo. Lo había llamado para desahogarse con él, pues tanto dolor por dentro podía hacerlo explotar. Pero, ahora, Eduardo R. estaba más rabioso que él. ¿Tendría razón Eduardo R.? ¿Sería tanta la infamia? Acordaron verse al otro día, en el restaurante vegetariano del Parque de Bolívar. Eduardo R. le preguntó qué iría a hacer esa noche, y el catedrático le dijo que revisaría su biblioteca para buscar un poemario bilingüe de Heinrich Heine. En efecto, después de darse un baño con agua tibia, y luego de revisar lentamente la amplia casa, recordando sitios y evocando palabras, el viejo filósofo se encaminó a su biblioteca. Aunque nunca supo por dónde se filtraba, siempre había una película de polvo. Por ello, armado de una panola empezó a limpiar el mueble que correspondía a las enciclopedias. Por todos pasó la tela rápido, con ligeros trapazos. Fue cuidadoso con un retrato de Fabiola que encontró recostado en un estante metálico en donde ella sonreía, más melancólica que alegre. Era la foto que más le gustaba a él, pues creía que era la que más se aproximaba a su alma. Y lo seguía creyendo, sin importar su felonía. Sus convicciones no variaban, así cambiaran sus sentimientos. Miró, sopesó, olió, ojeó muchos libros. Estar al lado de los libros era para el viejo filósofo toda una felicidad y a veces sentía una sana envidia de los escritores que habían escrito libros tan importantes. Ese cuarto era limpio, más ancho que largo, con un cielo raso que sobrepasaba los cuatro metros de alto, y lo había caminado en miles de oportunidades. Algunos estantes tenían siete entrepaños, otros tenían diez. La medianoche lo encontró buscando el poemario antológico de Heine. Aunque sintió un extraño calor en la nuca, no se inquietó. El libro estaba en la biblioteca. Ya lo hallaría. Aunque no tenía sed fue a la cocina y bebió agua. Al regreso recordó que el libro debía estar en la sección de los que le envió, por canje, un amigo de España. Esos que con justo lujo estaban impresos en papel de arroz. Delgados, translúcidos, letra nítida, las mayúsculas de punto aparte en una itálica enorme. Se encaminó hacia allá, agarró la escalera y la abrió. Montó dos escalones y empezó a buscar. Agudizó la vista porque allí la luz se opacaba un poco. Se ajustó las gafas para ver mejor. De pronto el mundo se le volvió oscuro y chillante y sintió una pedrada en pleno corazón. Con desesperación se agarró de las barandas principales de la biblioteca, ésta se balanceó varias veces y de súbito se le vino encima. El viejo profesor manoteó en el aire como quien chapotea en el mar tratando de no ahogarse. Fue inútil. No podía encontrar asidero. El filósofo se estrelló contra el piso; encima le cayeron cientos de libros, que lo único que le dejaron libre fue una abertura por donde asomaba la fijeza de sus ojos azules. Así lo encontró Eduardo R., cuando al ver que el profesor no llegaba a la cita que tenían en el restaurante vegetariano, decidió ir a su casa y, asistido de un mal presentimiento, tuvo que volarse la paredilla cubierta de enredaderas y romper el vidrio de la puerta del patio para acceder a la biblioteca. Eduardo R. titubeó frente a la pila de libros, y en una ráfaga de atrevimiento llegó a creer que el profesor volvería a viajar o estaría seleccionando libros para hacer cualquier noche una quema de textos inservibles. Pero sólo bastó con que extendiera la mirada un poco más para que se topara con los ojos abiertos del filósofo. La noticia de la muerte del profesor Barquini se esparció por toda la ciudad. En la universidad el revuelo fue total. Los dos periódicos de la tarde sacaron la noticia acompañada de fotos y de algunas entrevistas a varios de sus ex alumnos. El ataúd fue llevado al paraninfo de la casa de estudios y durante toda la noche y a la mañana siguiente el desfile fue interminable. Profesores, trabajadores, estudiantes, periodistas, delegaciones de otras universidades y curiosos que querían ver el cadáver de ese exótico profesor que, aún vivo, ya estaba incluido en la leyenda. Hubo los consabidos discursos de elogio, el Consejo Superior suscribió un decreto de honor exaltando la vida del filósofo Alejandro Barquini. Después de medianoche hubo música de guitarra, y, como gesto particular, un muchacho medio borracho interrumpía a cada rato con un agudo sonido que sacaba de una trompeta descascarada que cargaba debajo del brazo izquierdo y que no quiso prestar a nadie. Una muchacha gorda y de gafas espesas leyó algunos poemas del libro bilingüe de Heinrich Heine. En verdad el acto parecía más una fiesta que una velación. A su entierro, en la tarde siguiente, vino un hijo, ya adulto, que había engendrado treinta años atrás y con el cual no tenía casi comunicación. También asistieron, camuflados entre la multitud y usando gafas oscuras, bastante desencajados, viendo todo desde la distancia, su antigua mujer y su antiguo discípulo.

José Luis Garcés González (foto)

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