‘Una noche precaria’ de Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio MuñozPese a que es un hombre de estricto apego a los rituales, Álvaro Collazos decide prescindir hoy de las tostadas con mantequilla. Entonces abre la nevera y se sirve solo un vaso de leche. Mira la hora. Quiere llegar lo más rápido posible a la oficina. Necesita una conexión a internet. Observa con detenimiento el calendario que cuelga de la pared; comprueba que ha transcurrido una semana desde que llamó por segunda vez a la empresa de telefonía para reportar el daño. Es por eso que no ha podido navegar por las noches. Se sienta en la sala de su apartamento, apurando ligeros sorbos de su vaso; observa, después, el cuadro del artista filipino del que ya no puede recordar el nombre. Algo en la imagen no le cuadra. Se percata de que el cuadro está un poco inclinado hacia la izquierda. Desvía la mirada hacia la calle; por una pequeña abertura en la cortina logra ver, abajo, el trancón que siempre se forma en el cruce que da salida a la autopista. Mira el vaso de leche. Aún le queda la mitad. Piensa en apurar los sorbos; sin embargo, recuerda que es un hombre solo y que, de atragantarse, no habría nadie ahí, presto a socorrerlo. Entonces se ve a sí mismo despaturrado en medio de la sala mientras un médico forense anota en su libreta que el deceso de aquel hombre, joven, de mediana estatura, calvicie incipiente y un poco barrigón, se produjo por broncoaspiración. La sola idea de su muerte le produce vértigo. Vuelve la mirada hacia el cuadro; luego se pone de pie, camina algunos pasos y trata de nivelarlo con la mano derecha. Regresa al sofá. Mira el cuadro de nuevo y comprueba satisfecho que la alineación es perfecta. Ahora puede terminar su vaso de leche tranquilo.

Mientras camina hacia la cocina para lavar el vaso, lo asalta una certeza sin fisuras que le permite anticipar lo mucho que echará de menos las tostadas. Los huevos ya no le hacen falta. Quizá, piensa, deba pedirle a su médico un nuevo examen de sangre; solo así sabrá qué tanto han bajado sus niveles de colesterol. Sabe que le espera un día agotador en la oficina. Además, recuerda que anoche no durmió bien; aunque procuró conciliar el sueño haciendo zapping en el televisor, la imagen del hombre de la carpetica dando vueltas por el aire, como un muñeco que alguien arrojara hacia arriba con violencia, aparecía una y otra vez dentro de su cabeza. Tal vez esa imagen obsesiva, que ha estado dentro de él desde hace nueve años, se ha hecho más latente ahora que no ha podido ubicar a Verónica en el teléfono de siempre y que tampoco contesta sus correos electrónicos. Cuando llamó, la mujer que contestó lo puso al tanto de la novedad: Verónica y su esposo le habían vendido el apartamento hacía más de seis meses. Desde entonces una suerte de ansiedad no le permite estar tranquilo. La imagen del tipo, que sale disparado por el aire ante la embestida de la camioneta para después caer desgonzado en medio de la calle, a unos cuantos metros de la carpetica que sostenía entre sus manos, se le presenta a menudo. Con ella, también, están la suya y la de Verónica observando atónitos al hombre de la camioneta, que pasaba frente a ellos con la cara tensa, gritando como loco y con el parabrisas hecho trizas, incapaz de poner un pie en el freno. Después viene el recuerdo de la confusión. Las náuseas de Verónica. Los gritos delirantes. El llanto desgarrado de ella. La cachetada que le dio en un intento por tranquilizarla. El vómito de ella. La llamada angustiosa a una ambulancia. La espera a prudente distancia del cuerpo, sin atreverse a tocarlo. La romería de gente. La llegada de la policía. Las declaraciones suyas para dar cuenta una y otra vez de lo que alcanzó a ver en esa fracción de segundo. La imagen del tipo de la carpetica, subido de urgencia a la ambulancia aunque la muerte parecía inminente. El recuerdo, nítido, del tipo de la camioneta, que había conseguido detenerse un par de cuadras más allá y regresaba abatido, escoltado por la policía. La de Verónica, tomando del suelo la carpetica cuando todos se marcharon. La de ellos, Verónica y él en la sala del apartamento de mamá, esculcando las hojas dentro de la carpetica, entregados a la búsqueda infructuosa de un teléfono para comunicarse.

Álvaro espera impaciente en el teléfono que le confirmen si hay algún taxi al que se le dé la gana de recogerlo. Se muerde los labios. Le aterra pensar que Verónica haya abandonado el país sin avisarle. Trata de recordar cuándo fue la última vez que hablaron; ocho meses, se dice, mientras lamenta que haya transcurrido tanto tiempo. En esa ocasión ella creía estar segura de haber visto al tipo de la carpetica entrando a una sala de cine; era él, repetía, ahora sabemos que no murió. Afirmaba que, al parecer, tenía la pierna izquierda repleta de tornillos, varillas y placas de titanio; porque caminaba muy rígido, como un robot, decía. Sin embargo, la conclusión final fue que, tal vez, era alguien que se le parecía mucho. Cuando confrontaron los rasgos físicos que cada uno guardaba en su memoria, había algunas cosas que no coincidían; la nariz, por ejemplo, Álvaro estaba seguro de que era narizón. Lo sabe bien porque, mientras Verónica estaba sentada en el andén, tratando de contener unos espasmos que le impedían respirar, Álvaro se acercó en el momento en que lo subían a la camilla. Además, el asunto de los tornillos y placas de titanio no lo convencía. Habían pasado ocho años y ese tipo de incrustaciones son de carácter temporal, mientras la reconstrucción del miembro. Álvaro sigue escuchando música de fondo en el teléfono y algunos mensajes que le indican que no hay taxis cerca. Son unos canallas, una raza abominable, dice entre dientes; sabe que, afuera, muy cerca de su apartamento, de seguro hay varios haciendo carreras cortas a quienes solo vayan hasta la estación de Transmilenio más cercana. Está seguro de que, si sale a la calle, tampoco será fácil conseguir uno; se detendrán, le preguntarán a dónde se dirige y después dirán que no, que no alcanzan, que mucho trancón. De cualquier manera decide salir; tal vez, aunque poco le gusta porque considera que es la manera más expedita de ganarse un virus, la mejor opción sea tomar un bus. La ruta que le sirve lo dejaría a solo unas cuantas cuadras de la oficina.

Mientras espera el bus en la esquina, Álvaro recuerda que a él también, en alguna ocasión, le pareció ver al tipo de la carpetica. Fue a la entrada de un centro comercial; el hombre, montado en una silla de ruedas, asistido por dos muchachas de no más de veinte años, se le quedó mirando con mucha firmeza. Álvaro, mientras sostenía la mirada, sintió que su cara se encendía. Una suerte de vergüenza parecía instalarse con soltura dentro de sí mismo. Sintió entonces, con una contundencia pasmosa, como si hubiese sido el causante de todo o tal vez fuera él mismo quien conducía la camioneta. Los rasgos de la cara coincidían con los que tenía grabados en su memoria, pero algo en la fisonomía del tipo no le cuadraba del todo. La imagen que desde esa época permanecía enquistada en su cabeza, con una torpe obstinación, era la de alguien de contextura delgada; el hombre que ahora le fruncía el ceño, como decidido a encararlo, era mucho más robusto. Para ese entonces habían transcurrido solo dos años desde aquella noche. Álvaro alcanzó a pensar que, tal vez, el desarrollo muscular se debiera al esfuerzo diario por mover la silla con los brazos; sin embargo, algo en su interior no aceptaba del todo la idea de que en realidad se tratara del mismo tipo que, sin saberlo, había arruinado su futuro con Verónica.

La ruta de bus que le sirve se detiene. Álvaro, luego de echar un vistazo, decide subir; está repleto, pero lleva varios minutos esperando y no es momento de ponerse con remilgos. Como puede se abre paso entre la gente. El bus arranca y Álvaro está a punto de perder el equilibrio; de cualquier manera, prefiere sostenerse balanceando con destreza la fuerza que le imprime a uno y otro pie, antes que aferrarse al tubo metálico que, de seguro, alojará el sudor de muchas manos. Además, piensa, no es tan difícil; está en medio de dos personas que le sirven de columna. El tipo de la silla de ruedas se había alejado sin mayores reparos, como si de un momento a otro hubiese perdido el interés en Álvaro. Aunque alcanzó a considerar la posibilidad de seguirlo, permaneció inmóvil durante un buen rato; la imagen del hombre dando vueltas por el aire, antes de caer desgonzado, parecía haber arruinado alguna conexión dentro de su cabeza y esto le impedía el movimiento. Álvaro parece consentir, pues nada en él permite intuir algún tipo de molestia, el codo que una señora entierra en una de sus costillas; pero está lleno de odio. No solo por el codo que presiona sin clemencia, sino por un evidente enrojecimiento en la nariz de la mujer; está con gripa, se dice, y ahora él también quizá lo esté, pues ella no ha hecho otra cosa que respirar encima de su cara. Le queda claro que un virus podría estar incubándose dentro de su organismo. Entonces traga saliva, alerta a cualquier tipo de sensación extraña; después de repetir el ejercicio un par de veces, comienza a sentir una ligera molestia en la garganta. Pero el recuerdo de Verónica se instala nuevamente en su cabeza y lo distrae de la certeza en la convalecencia que le espera.

Varias veces lo ha atormentado el hecho de pensar qué hubiese sido de su vida si aquella noche no hubiera ocurrido algo tan nefasto. La había conocido varios meses atrás y, con el tiempo, había alimentado la idea de que ella era la mujer que había esperado durante varios años. Al comienzo no había sido más que una tímida amistad; sin embargo, poco a poco, hablar con ella por teléfono se convertía en una necesidad imperiosa. De tal manera que pasaban largas horas conversando antes de acostarse para redondear el día. De vez en cuando se tomaban un café; él, esmerado en detalles, le daba cuenta de lo mal que le iba en la oficina. No con sus jefes, pues siempre sabía cumplir en forma diligente las expectativas de la compañía; pero sí con sus compañeros, quienes, al parecer, no congeniaban con él. En alguna ocasión pudo escuchar en el baño, sentado en la taza del sanitario, que se referían a él como un tipo raro de quien era mejor guardar un poco de distancia. Supo reconocer de inmediato las voces: se trataba de sus compañeros de cubículo; ellos, en cambio, no tuvieron el tino de reparar en que los mocasines uva que asomaban debajo de la puerta eran los suyos. Verónica, por su lado, se limitaba a escucharlo, dejando en evidencia que la vida la había arrojado al mundo con una habilidad asombrosa para comprenderlo todo. De alguna manera ella, también, aunque tal vez sin mucha convicción, lo ponía al tanto de los problemas que tenía con su madre. Fue así como la relación se sostuvo durante varios meses bajo esta dinámica que disfrutaban mucho. En algunas ocasiones, mientras hablaban por teléfono, el tono de voz cambiaba entre los dos; sobre todo al final de la llamada. Entonces Álvaro sentía, con una complacencia infinita, cómo el amor se escondía bajo el susurro de una voz que le llegaba desde el otro lado de la línea. La noche en que el hombre de la camioneta arrolló al tipo de la carpetica esa magia se rompió, como si tuviese la consistencia de una pompa de jabón que alguien acaba de pinchar con el dedo.

Álvaro procura reprimir una mueca cuando descubre, abajo, los pies de una señora que no lleva zapatos cerrados. La mujer lleva unos de tacón con diseño de sandalias. Aunque le fastidia, no puede dejar de mirarlos. Piensa, como lo ha hecho tantas veces, que debería existir una ley que obligara a la gente a mantener los pies siempre cubiertos. Con líneas telefónicas para que ciudadanos como él pudiesen denunciar la descarada exposición de los dedos. Álvaro se agacha un poco para mirar por la ventana hacia la calle. Siente un poco de dolor en la pantorrilla derecha. Tal vez, piensa, el vaivén que lo mantiene en equilibrio sea el que lo produce. Después vuelve sus ojos hacia el piso. Dos dedos de la señora son bastante deformes; el meñique, incluso, se sale en forma insolente de la plataforma, tirado hacia un costado, como en abierta disputa con los otros dedos. Mientras Álvaro observa con detenimiento la disposición de los demás dedos, el pie de la señora comienza a moverse; se está levantando del puesto. Entonces la mira a la cara e intenta una sonrisa que no luzca tan pálida. Después de esto vuelve a tragar saliva, aguzando cuanto puede su sensibilidad; no le queda algún tipo de duda en cuanto a que ha sido contagiado con un virus. Lo sabe porque persiste la ligera molestia que alcanza a percibir cuando la lengua se pega al paladar para darle paso a la saliva. Qué embarrada, se dice; le aterra pensar que esto le impida ir al encuentro de Verónica, en el caso que logre ubicarla. Recuerda que aquella noche, decidido como estaba a declararle su amor, la invitó a tomarse un par de cervezas. Cuando la recogió descubrió de inmediato que parecía haberse arreglado para él; tenía una blusa naranja con un ligero escote y un pantalón ajustado. Algo entre los dos lucía diferente; tal vez Verónica intuía sus intenciones y se abrigaba toda ella bajo un ligero candor. Mientras intercambiaban algunas frases sin mucho sentido, salieron a la calle para buscar un taxi. Ella lo puso al tanto de algunas compras que había hecho durante el día mientras él se limitaba a asentir. Caminaron un par de cuadras de más porque ella afirmó que, sobre la avenida Diecinueve, de seguro, conseguirían algo rápido. Entonces lo tomó del brazo. Él, en un comienzo, lo interpretó como buena señal; después, sintió una suerte de desasosiego cuando asoció esta imagen con la que guardaba en su cabeza de otra noche en que una niña, que le gustaba mucho, se disponía a coronarlo como su mejor amigo. Siguieron caminando en silencio. De vez en cuando la miraba con la única intención de que al leer sus ojos se desvaneciera el equívoco. Ella respondía a su mirada con una sonrisa entre coqueta y solemne; entonces se fue instalando en él la convicción de que lo que flotaba entre los dos anunciaba sin reparos un amor duradero.

La señora de la nariz enrojecida acaba de toser. Aunque en forma instintiva cubrió su boca con la mano, Álvaro siente que un tufillo virulento le alcanzó a llegar hasta el cuello. Tal vez, piensa, la mujer no dispuso la mano en forma correcta y una ligera hendidura entre los dedos haya dejado escapar el pedazo de tos que le llegó. Un escozor incómodo en la piel afectada viene a confirmar su sospecha; entonces mueve la cabeza, fingiendo una molestia muscular. La picazón amenaza con propagarse. Álvaro espera unos segundos; después, voltea a mirar en dirección de la señora. Como la encuentra desprevenida, mirando hacia un costado, aprovecha la oportunidad y se lleva la mano hacia el cuello y lo limpia.

Cuando llegaron a la Diecinueve, Verónica soltó su brazo. Unos metros más allá, también sobre el andén, había un tipo que sostenía una carpeta aprisionándola con su brazo. El hombre parecía intranquilo. Vestía un pantalón de dril y una chaqueta de pana acanalada. Verónica, pues era uno de sus pasatiempos preferidos, no le calculó más de treinta años. Como si alguna extraña razón los convocara a grabar esta escena en la cabeza, se quedaron algunos segundos observando cada uno de sus movimientos. No parecía, como ellos, esperando taxi o bus, pues en vez de mirar en la dirección en que venían los carros, miraba insistente en sentido contrario, como si los observara a ellos. Unos segundos después el tipo bajó del andén en forma apresurada; fue entonces cuando una camioneta que venía a gran velocidad lo levantó por el aire. Lo primero que Álvaro vio fue un zapato que salió disparado y que por poco lo deja sin cabeza. Entonces él, luego de eludir el vuelo del zapato, siguió con sus ojos la trayectoria del hombre, que daba vueltas por el aire como si fuese un muñeco de trapo; entre tanto, el rabillo de su otro ojo veía pasar la camioneta con el parabrisas hecho trizas y un hombre en su interior que gritaba con la mandíbula desencajada.

Esa noche, recuerda Álvaro mientras escucha el timbre de un BlackBerry, tal vez se dilapidó la única posibilidad real que había tenido en terrenos del amor. A partir de ahí algo se fracturó en la relación. Tal vez, piensa, pudo haber sido la cachetada que él le propinó en un momento de desespero; sin embargo, le atribuye también la responsabilidad al vómito de ella. Desde esa noche Álvaro no podía evitar, cuando la recordaba, que volviera a su cabeza la imagen de Verónica expulsando por la boca un líquido de tonalidad amarillenta. Los siguientes días, cuando hablaban por teléfono, solo atinaban a repasar lo sucedido. Verónica refería, en cada ocasión, detalles que habían pasado desapercibidos para él, como que el tipo usaba gomina en su peinado, por ejemplo. De tal manera que la amistad entre los dos, lejos de avanzar en cualquier otra dirección, se redujo a un mero recuento telefónico de lo sucedido aquella noche; de vez en cuando ensayaban abordar algún tema diferente, pero siempre, al final, desembocaban en lo mismo. Entonces especulaban sobre la suerte del tipo. Álvaro creía que había muerto camino al hospital. Verónica se inclinaba por pensar en una incapacidad permanente.

Con el tiempo, recuerda Álvaro, las llamadas se hicieron menos frecuentes; pero, de cualquier manera, cuando hablaban se erigía entre los dos un afecto que él jamás había experimentado con nadie. Evocar con ella lo que había ocurrido aquella noche comenzaba a tornarse en una suerte de morbo. Aunque en la soledad de su apartamento también aparecían imágenes en forma intempestiva, como si se tratara de la proyección desordenada de una serie de diapositivas, hacerlo con ella le ofrecía un ingrediente adicional que no podía dejar de valorar. Con Verónica el recuerdo era mucho más preciso. De tal manera que rememorar lo sucedido vino no solo a sostener la relación de ahí en adelante, sino a nutrirla para que se afianzara entre los dos una sólida aunque distante amistad. Era Álvaro quien solía tomar la iniciativa de llamar, por lo general un par de meses después de la última llamada; aunque Verónica, por su parte, a veces lo sorprendía con una rápida llamada en un fin de semana para darle detalles de una receta que le había salido deliciosa. De alguna manera ambos, sin que fuera necesario hacerlo explícito, sabían que los dos encarnaban la suerte del camino no tomado; para ambos era importante estar al tanto de cómo era la vida del otro sin el otro. Fue así como él se enteró de su grado de maestría. De su ingreso a una compañía farmacéutica. De su cirugía de nariz. La vida suya, en cambio, era bastante plana; pero aun así a Verónica todo en él le parecía súper emocionante. El más mínimo relato de un altercado laboral, del que él salía bien librado, producía fascinación en ella. Algunas noches Álvaro, mientras se aferraba a su almohada para atenuar el frío, se atormentaba pensando en la manera de darle un giro a la relación para que todo retomara el cauce que tenía aquella noche; sin embargo, nunca encontró las palabras precisas ni mucho menos intuyó cuál era la mejor forma de hacerlo. La suerte estaba echada y no había forma ya de desandar los pasos. Mucho menos cuando se enteró, en una de las llamadas de rutina, de que Verónica se casaba con Santiago, uno de sus novios de los tiempos de universidad. A pesar de todo no guardaba ningún tipo de rencor hacia el hombre de la carpetica; cómo, si tal vez él habría pagado ya con su vida el desatino de morir en forma inoportuna.

Álvaro, un poco agitado, comprueba que solo le faltan dos cuadras para llegar hasta el edificio donde queda su oficina. Se le antoja que lo primero que hará es escribirle a Verónica otro correo. Necesita contarle lo que descubrió relacionado con el incidente aquella noche; no entiende cómo algo así pudo pasar desapercibido para ambos durante tantos años. Ahora no tiene ninguna duda. Todo se le aclaró a raíz del comentario desprevenido de uno de sus compañeros, a quien él refirió lo sucedido. Pero Verónica no aparece y esto lo perturba. Piensa que, tal vez, se haya molestado por el hecho de que, en la última conversación, cuando ella le contó que no era feliz con Santiago, se habría quedado esperando mayor atención de su parte, a lo que él respondió con un silencio de ocho meses.

El edificio está próximo. Álvaro descubre cerca de la entrada a un par de tipos que no le caen bien; después de mirar hacia atrás como buscando algo, aminora el paso para darles tiempo a que ingresen primero. No quiere saludarlos. Álvaro descubre que uno de ellos tiene un cigarrillo entre los dedos y una ligera estela de humo a su alrededor. El encuentro es inevitable. Miguel, Leonardo, buenos días, dice Álvaro sonriendo e inclinando un poco la cabeza. Miguel, pues en ese momento se aplicaba en el ritual de levantar su cabeza y expulsar el humo, le devuelve el saludo levantando un poco la mano. Leonardo se limita a sonreír. Parece que ahora sí la guerrilla se repliega, continúa Álvaro; entonces les pregunta si vieron la última emisión del noticiero. Como ninguno da muestras de interesarse en el asunto, se toma el trabajo de referir para ellos los últimos acontecimientos. Ambos lo miran fijamente, asintiendo de vez en cuando, un poco turbados; pero no es turbación sino vivo interés lo que Álvaro lee en esas caras. Unos segundos después, se despide y camina en dirección de los ascensores. Hay dos personas esperando. Al cabo de unos segundos ingresan los tres. Cuando la puerta está a punto de cerrarse por completo, se abre de nuevo; una de las secretarias, con dos paquetes en la mano, entra en forma apresurada. Álvaro no entiende por qué la gente hace eso. Son seis ascensores, se dice, nada le cuesta esperar otro; entonces imagina un sofisticado mecanismo que cargara de electricidad el botón de llamar el ascensor cuando la puerta esté a punto de cerrarse. Imagina a la señora recibiendo una ligera descarga que le sacude el brazo; le parece ver, en cámara lenta, cómo su cara se tensa en una mueca mientras los paquetes caen al piso. Esa misma cara, que Álvaro observa tensa de dolor en su cabeza, lo mira sonriente en espera de un saludo; entonces Álvaro estira los brazos y le toma la mano con bastante afecto.

El computador tarda un poco en cargar; entre tanto, Álvaro comienza a construir en su cabeza el texto del correo que le enviará a Verónica en caso de no tener ya una respuesta de su parte. No sabe bien si, tal vez, sea buena idea darle algún detalle de lo que descubrió; el resto podría decírselo cuando se vieran. Al final decide no hacerlo; le interesa, más que todo, ver su reacción. Le explicará que, de cualquier manera, en un principio no lo convenció mucho esa teoría. Álvaro comienza a revisar su bandeja de entrada; hay varios correos de su jefe pidiendo, como siempre, un reporte requerido con urgencia. La vida de todos en el edificio, al parecer, depende de que él envíe el reporte en momentos en que lo tienen sin cuidado los reportes. Sus ojos brincan de un lado para otro buscando algo de Verónica. Un rápido repaso le indica que no hay nada. Entonces se decide a redactar el correo. Se queda pensativo frente a la plantilla del email en blanco. Unos segundos después, minimiza la ventana. Su mano comienza a moverse ágil sobre el mouse. Abre y cierra carpetas. Luego abre un Excel que tiene muchas tablitas atiborradas de datos. Edita algunas celdas. Borra algunas cifras e inserta algunas más. Sus ojos someten el archivo a un riguroso escudriño. Después, resalta los títulos de las tablas y los decora con un ligero sombreado. Entonces manda el archivo.

Álvaro frota sus manos con mucha convicción y se pone de nuevo frente al correo en blanco de Verónica; sin embargo, la imagen de Miguel mirando hacia arriba y expulsando volutas de humo le viene a la cabeza. Sonríe. No entiende por qué los fumadores acuden a ese gesto en forma tan solemne; de alguna manera, piensa, se sienten ungidos con un don que al resto de los mortales se les escapa. El de echar a perder los pulmones con estilo. Mientras busca las palabras que mejor calzan para describir el “Asunto” del correo, su Outlook emite un silbido corto y fino; entonces minimiza la ventana y vuelve a su bandeja de entrada. Hay un correo de Verónica. Álvaro, bastante excitado, comienza a leer. Sus pupilas se mueven de un lado para otro. Después se detienen. Todo él parece ahora un muñeco inanimado que alguien sentó frente a la pantalla de un computador. Verónica le dice en el correo que se va del país al día siguiente; a Barcelona, donde hay todo para Santiago y nada para ella. Afirma que, espera, nada cambie entre los dos. Le pide que sigan en contacto. Al final le dice que quiere verlo, le interesa saber si puede caerle al apartamento por la noche. Luego de un besos y abrazos le pregunta, en una posdata, por qué nunca hicieron una simple llamada a la policía para preguntar a dónde habían llevado al tipo de la carpetica aquella noche; ellos, de seguro, algo les habrían dicho.

Álvaro, durante el día, no ha logrado concentrarse; en un par de ocasiones su jefe lo llamó a su oficina para explicarle algunos de los proyectos para el próximo año en los que su participación sería fundamental. Pero lo fundamental, que ocurriría muy pronto, estaba ya instalado cómodamente dentro de su cabeza; de cualquier manera se limitó a asentir fingiendo entusiasmo. El resto del día ha sido contestar correos. Imaginar, cientos de veces, diversos desenlaces para su última noche con Verónica. Asistir a reuniones en las que poco le importa debatir ni poner sobre la mesa asuntos de vital importancia. Contestar llamadas telefónicas. Quejarse por un incipiente ardor en el estómago que le produjo el no haber comido las tostadas con mantequilla. En momentos en que la ansiedad lo intimida, se pone de pie para hacer una pequeña ronda por los cubículos vecinos; se aplica con gusto a su postura amable y se entrega sin vacilaciones de ningún tipo al artificio de su sonrisa siempre válida. Por momentos se acerca a quienes siempre han demostrado más reservas hacia él; entonces los satura con datos utilísimos que ha ido guardando dentro de su cabeza a lo largo de los años. O emite opiniones que puedan resultar polémicas. Como nadie ha dado muestras de embarcarse en algún tipo de confrontación con él, vuelve a su puesto y lee de nuevo el correo de Verónica; tal vez, piensa, una nueva lectura revele para él algún aspecto que haya pasado inadvertido. Pero las letras siguen ahí, recias, inamovibles, incapaces de desvelar alguna intención que Álvaro intuía cifrada.

A la hora del almuerzo, pese a que nadie ha tenido la delicadeza de invitarlo, se le antoja que hacerlo solo es lo mejor que puede haberle ocurrido; quiere pensar en ella, sin distraerse escuchando conversaciones absurdas o viéndose obligado a aclarar imprecisiones en las que alguien pueda caer por aventurar hipótesis en temas que claramente no domina. Además, almorzar en grupo lo estresa; siempre debe estar pendiente de que no vayan a parar a su plato trocitos de comida que salgan disparados de la boca de alguien. Es por eso que ahora, mientras trata de reconstruir en su mente la última conversación que tuvo con Verónica, come con la cabeza gacha, aplicado en su plato por completo; no quiere que alguien se acerque a él con intención de compartir la mesa. Ella le había dicho, casi a punto de llorar, que no era feliz con Santiago; sentía que la vida de él giraba en torno a todo menos a ella. Todo la sobrepasaba: la oficina, en la cual él parecía ser sumamente feliz; los fines de semana, haciendo zapping en el televisor por todos los canales de deportes; las noches de póker, en las que ella se hacía un ocho la cabeza pensando que no eran cartas sino tetas lo que tendría entre sus manos. Además, no la escuchaba; lo tenía sin cuidado lo bien o mal que ella pudiera llegar a sentirse. Eso es todo lo que recuerda Álvaro en relación con su infelicidad. Después, y fue ahí cuando el ánimo de Verónica dio muestras de recuperarse, ella le contó que estuvo a punto de perder la carpetica del tipo; Santiago, presa de un repentino arrebato, había organizado el estudio. Fue entonces cuando Verónica descubrió que la carpeta ya no estaba ahí, donde siempre la había mantenido; luego sintió cómo un fervor inusitado, parecido al de Santiago, la arrojaba a buscar por todos lados. Al final, cuando había perdido la esperanza, la encontró en el cuarto de la empleada del servicio, dentro de una caneca donde se guardaban todo tipo de chécheres. La felicidad la desalentó de tratar de averiguar qué pudo haber pasado. Desde ese momento, según le dijo, la guarda dentro de su tocador. Un trozo de yuca mal cocido, que baja lentamente por la garganta de Álvaro, lo vuelve a la realidad. Entonces se aferra a los brazos de la silla con las manos, lleno de pavor de que pueda detenerse en mitad del recorrido y acabe con su vida. Unos segundos después comprueba satisfecho que ha abandonado ya la zona de peligro. El trozo de yuca vino a recordarle la incomodidad en la garganta, que ahora él parece percibir con mucha más intensidad en la laringe. Toma el resto de jugo, mientras con una mano hace señas a la mesera para que le traigan la cuenta.

Al final del día, luego de una tarde interminable en la que Álvaro saturó su cabeza con miles de posibilidades que podían tener cabida durante la noche, sale de la oficina. Encontrar un taxi le resulta fácil. Le pide al conductor que lo deje a unas cuantas cuadras del apartamento. Compra un vino, unas galletas y una tabla de quesos; también, lleva una pequeña cajetilla que podría ser de mucha utilidad. Cuando llega al apartamento revisa todo muy bien; no quiere que algo dé apariencia de desorden. Limpia muy bien el mesón de la cocina. Prepara la mesa. Alista las copas de vino y se sienta a esperar. No deja de pensar en la reacción de Verónica cuando él le cuente aquello tan terrible que podría haber descubierto; sin embargo, piensa, de ser así sería como una especie de compensación de la vida. Tal vez ellos, sin siquiera intuir lo que estaba por venir aquella noche, o tal vez intuyéndolo de manera inconsciente, dejaron regir sus movimientos como si fuesen marionetas. Fue así como afectaron la vida del tipo de la carpetica en la misma dimensión en que él se disponía a hacerlo. Álvaro recuerda al tipo de la silla de ruedas a la entrada del centro comercial; entonces sonríe y parece sostenerle ahora sí la mirada sin ningún tipo de pudor; tal vez estemos a mano, se dice, definiendo en su cara un gesto vago. Después piensa en Verónica y trata de imaginar su figura en el instante en que él abra la puerta. La invitará a seguir. La sorprenderá con el vino y los quesos; después, se sentará a la mesa para escuchar todos sus descargos. Ella resumirá para él lo que ha sido su vida al lado de Santiago. Le hablará de los sueños de él en Barcelona y de los suyos hechos trizas. Piensa que, si así el destino lo depara y el valor resulta suficiente, le pedirá que no se vaya, tratará de explicarle que ese viaje es mucho más que un absurdo; le pintará maravillas sobre sus posibilidades juntos. Entre los dos pueden enderezar el camino que se torció hace ya casi nueve años.

De un momento a otro Álvaro comienza a experimentar una suerte de fatiga en los ojos. Entonces los restriega con los nudillos de la mano izquierda; después, sin siquiera saber en qué momento el sueño lo vence, comienza a soñar que está en una isla con Verónica. Están sentados en la playa. Cae la tarde. Se ríen. Ella juega haciéndole cosquillas en las pantorrillas con sus pies. De vez en cuando la besa. Al fondo pueden ver cómo se les aproxima en forma de olas, con una persistencia tenaz, pedazos de mar, caracoles y conchitas. Se quedan mirando mientras ella le toma la mano apretándola muy fuerte, como si de esa sujeción dependiera su vida; él, entre tanto, voltea la mirada hacia lo alto de una torre desde donde parece llegarles atenuado un sonido de corneta que les anuncia la hora de la cena. Aquí estamos bien, le dice Verónica; entonces él recuesta la cabeza en su hombro. Después ella se pone de pie y le pide que la acompañe hasta la orilla. Luego caminan juntos mar adentro, haciendo oídos sordos al rumor de la corneta que no parece rendirse en su intento de convocarlos a la mesa. Ella comienza a nadar mientras él le sostiene el vientre con la mano. Después ella, desleal, patea el agua con mucho frenesí para mojarle la cabeza. Él la suelta y se sumerge por completo. Verónica lo hace también y bajo el agua se miran a la cara.

Un dolor de cuello, que parece irradiarse hacia la espalda, comienza a deshilvanar las imágenes del sueño. Unos segundos después se despierta por completo. Mira su reloj. Son las doce de la noche. Se para de un brinco. En menos de cuatro zancadas está en la cocina. Toma el citófono. Pregunta si alguien ha venido a buscarlo. El portero le dice que una señorita llamada Verónica González estuvo buscándolo; le dice que él insistió varias veces pero que nadie atendió el citófono. Álvaro saca del bolsillo de su pantalón el celular. Tiene seis llamadas perdidas. Un iconito en la pantalla le indica que el celular estaba en silencio. Un poco temeroso, llama a Verónica; la voz de ella lo sobresalta, es una grabación que dice que puede dejar un mensaje. Al fondo, en el comedor, aún están la botella de vino y la tabla de quesos. Álvaro se acerca. Entonces lleva la mano al bolsillo de su chaqueta y saca la cajetilla con los chicles que compró para después de la velada. Los deja sobre la mesa. Unos segundos después camina hasta su habitación y se deja caer de bruces en la cama. Luego se acomoda de lado encogiendo sus rodillas y se aferra a una almohada. De afuera le llega ruido de carros que atraviesan la autopista. Le parece verla frente a él, los dos sobre la cama. Se arroja con voracidad al recuerdo de aquella otra noche fallida con Verónica. Le parece estar con ella junto a la avenida Diecinueve mientras un hombre los mira con extraña insistencia. Álvaro, entre susurros, le cuenta ahora que el tipo de la carpetica se vio obligado a bajarse del andén porque ellos le obstruían la visión; al parecer él quería ver algo que estaba atrás y la ubicación de ellos se lo impedía. Entonces Verónica le pone un dedo sobre los labios y le dice que no importa. Así están bien. Álvaro la mira con una complacencia infinita y le toma la mano. Luego cierra los ojos. Y así, bajo el abrigo de la almohada, sin atreverse a besarla o siquiera tocarla, pasa la noche con ella como tantas veces lo ha hecho, haciéndole el amor a su manera, entregado a una ingenua aunque genuina forma de felicidad.

Andrés Mauricio Muñoz (foto)

 

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