‘Oso blanco’ de Mayra Santos Febres

Mayra Santos Febres(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en 1996)

(a Awilda Sterling)

I) Levantarse, ir al baño, lavarse cara, boca, desayunar, peinarse, vestirse corriendo, salir salir salir, prender, llave, donde carajo las… prender el carro, marquesina, sacarlo de la marquesina, cerrar el portón, llegar tarde, siempre llegar tarde, llegar tarde por el maldito tapón. Guiar con ansia, encontrarse de frente con la hilera interminable de carros y allá en la distancia, el presidio. De ahí son cinco minutos a la oficina. Ahí está. Cinco minutos más de tortura, y ya, se acaba. Esa mole blanca, muros altos, casi desbocándose hacia la avenida, en el medio del expreso, casi. Su reloj. La compañera de trabajo, allá en Caguas que le metieron el hijo preso una vez, drogas, allí estaba, ella se volvió loca, casi loca, se le olvidaba todo a medio decir, se le morían las memorias a media lengua y no sabía qué decir, no tenía nada más que decir. Él estaba allí, metido en unas de esas cajitas para que no le hiciera daño a nadie más. Mole en medio del expreso, reloj, mole blanca con su alambre de navajas y su muro, palomitas. Cinco minutos más.

Llegar, ajorada, ajorada, parking no hay, la mierda de siempre, darle la vuelta a la manzana a ver si detrás de la farmacia, bajarse, la llave, no dejarla pegada como la semana pasada, bestia, la llave y la cartera, ponerse lipstick, peinarse de nuevo, a ver, el espejo, ya me brilla la cara, parezco una olla que brilla, parezco un bonete de carro a mediosol, la polvera, donde carajos…, más lipstick, más cosas qué cuelgan del brazo, las llaves, salir del carro, ¿tengo suficiente desodorante?, salir del carro, ponerle el bastón, la alarma, el bastón y la alarma , poncho a tiempo, poncho a tiempo, siete minutos tarde nada más, tiempo record. trabajo…

Trabajo…

y más trabajo…

(trabajo, ponchar papeles, escribir informes, contestar teléfonos, el coffee break, bajar hasta la cafetería, café, un bocadillo, un refresco de dieta, me llevo el periódico, subo a la oficina, el elevador atacuñado de mensajeros, de secretarias, de manos y brazos con bolsas de papel de estraza, de papel de memo, de papel de carta, de papel de nómina, una hora para el almuerzo, trabajo, llenar solicitudes, mover inventarios, oír la radio, digerir el especial del mediodía, hacer que pasa el tiempo y a través de la ventana, mirar a través de la ventana que se abre hacia el expreso, allá a lo lejos casi borrada en la distancia las paredes blancas, pajaritos…)

Las cuatro y media, las cinco, montarse en el carro, pasar de nuevo por el lado del presidio. Esa mole ahí, inamovible, alta como una gaviota en mismo medio del expreso, como una gaviota no, como un elefante, no, como un elefante no, como un oso pesado y blanco, eso, oso, oso blanco parado en las dos patas traseras como hacen los osos de circo, los osos payasos de circo lleno de purinas y vitaminas para los ojos, para que no se caigan del triciclo, de la cuerda floja, oso payaso parado en la cuerda de un expreso… en el mismo medio…

Ya es mañana.

Ya es mañana.

y mañana

(peinarse, vestirse, buscar las llaves)

el presidio amaneciendo sobre el expreso

cinco minutos más y se acaba el tapón de la mañana

y mañana

ya es mañana

pasadomañana

pasado pasado mañana

ya es mañana

(un oso maromeando en el expreso)

pasado pasado pasado el día después

de mañana

una mano

leve

se asoma

por entre los barrotes de una celda

y empieza a saludar

otra vez, otra vez, otra.

(pasa el carro, exactamente sale la mano. no antes, no después)

otra
(¿es conmigo la cosa?)

otra

(es conmigo la cosa)

Levantarse, peinarse, arreglarse con premura, las llaves, maldita sea ah, si yo las dejé aquí encima, las llaves y el desodorante y las prendas de la mano izquierda. Hoy me compré una sortija nueva, una sortija donde se refleje el sol, y las cosas para el carro, sacarlo de la marquesina, cerrar con candado, correr, volar hacia el expreso, coger el tapón, esperar, pasar por frente al presidio, esperar, por frente al oso payaso presidio. Esperar, esperar en el tapón, la celda se despierta, sale el brazo, que salga el brazo y reconozca el carro verdemonte, viejo destartalado, que reconozca el carro verdemonte viejo destartalado y sonría, ella nunca había visto un brazo sonreír, pero ahora, ya sale el brazo entero y sonríe y la saluda como cada mañana

(tal vez sea el hijo de la amiga)

como cada mañana

que la saludaba como cada mañana desde el presidio.

ella se engalana la mano una vez al dia. ella se compra sortijas y pulseritas que brillen en el sol, se pinta las uñas, hace pesitas para su brazo de la celda cuarta de izquierda a derecha, la que da al expreso. Ella no sabe por qué aquel brazo está preso, ni que otras marcas tendrán ni que otros movimientos además del lento gravitar hacia cada lado que la acaricia, a ella a ella, que la acaricie a través del aire. Tal vez haya matado aquel brazo, tal vez, haya estrangulado a muchachas inocentes, besándose con sus novios en carreteras alejadas del ruido y de las luces y de los ojos de la ciudad, tal vez haya agarrado cuchillos, pistolas, tal vez huela a pólvora. Pero se ve tan lejano y tan inofensivo y tan hambriento de cariño, y tan grácil en el sol y tan oscuro y fibroso y fuerte y dulce y parlanchín y desconocido. No, no puede ser el brazo del hijo de su amiga, ella lo reconocería, ese es otro brazo, sin memoria ni pasado, que nace allí cada mañana, para ella sola

para ella sola

(ella recuerda a otro brazo que una vez…)

El brazo, oh … ese brazo haciéndole cosas inexplicables, desde el carro verdemonte destartalado, el brazo que le sonríe y que la acaricia desde el aire. Y así, sin más, el brazo vuela, vuela desde la celda, se encarama a su brazo y la va desnudando de todas sus sortijitas, de todos sus sortilejios para que el sol le brille encima de la piel, la de ella, la del carro viejo, verdemonte , destartalado, la del monte de ansia que lleva allá adentro aguantado, en la cáscara del codo, el brazo vuela, el brazo le agarra el brazo con la mano, con los dedos, le araña con las uñas y le moja con el sudor de tanto saludo en el aire. La roza el brazo su brazo. Se deja resbalar, y caer en la falda de ella, la falda se acalora, la falda destartalada, verdemonte, la falda y su monte allí debajo, palpitando, ah, después de tanto tiempo, la falda y el brazo tan anhelado, ella saluda, no quieren que vean los de al lado, es de ella sola aquel brazo de presidio en su falda, arremangándole los pliegues de la tela, haciendo a la tela de sus pliegues hincharse de calor, un calor como ese que da al sentirse viva una vez más con un brazo sobre la falda, ah la falda y el brazo que ya roza con la punta de sus dedos su piel, su tersa piel su piel que una vez supo de estas cosas. Una vez supo. Pero eso fue hace tiempo, hace tiempo, ella sospecha que fue hace mucho tiempo. Ella era chiquita, más pequeña que cuando las niñas empiezan a saber. Si, o quizás, una vez ella soñó de niña que hubo un brazo que la hizo sentir como ahora, y que le enseñaba a deletrear cosas en papeles, a deletrear cosas en los pliegues abiertos dedo a dedo, boca abierta, labio, cosquilleo y temblores gratos, por medio de aquel brazo, su piel aprendió cosas que al crecer se negó a seguir sabiendo; al crecer se quedó sola y absurda porque todo lo demás que empezó a sentir jamás se comparó con lo del brazo, ahora vivo, bajo la presión de los dedos, la tiene, bajo la prisión de los dedos de las huellas de las uñas. Ella sigue saludando para que no noten nada, para que los de atrás no le toquen bocina en el tapón, para que nadie sepa de la presión tan exigua de su pie en el acelerador, lo tenaz de su otro talón descalzo, en el freno. El talón se le hincha de sangre y el brazo se le hincha en el regazo. Ya van los dedos buscando otro pliegue bajo la piel interior, bajo la ropa interior. Los dedos le tocan lo mojado. Ella suda y no sabe si es el brazo que suda también, el brazo que se escapó, ella le ayuda en su huida, el brazo fugitivo, escondido en su entrepierna, le mete los dedos, adentro, la roza firme, otro dedo, otro más, se retuerce, la quiere rajar de gozo y no sabe, ah no sabe del contento que le va dibujando, su brazo la hace casi chocar con la guagua familiar de enfrente. Ella para a tiempo, pero luego se deja ir, se deja ir. Dedos se le meten por dentro, labios se le hinchan y mojada, aguanta un gritito en la punta de sus lenguas, la prisión del dedo en el musgo de entrepierna, y su clítoris duro como una semilla, mandando corrientazos por toda la región, a ella se le para cada pelo en la piel, se deja ir, se recupera, y de nuevo un vahído en la cabeza y los pezones se le endurecen abre la boca, se arquea a mitad de cuerpo, se deja ir, el brazo se la lleva en volandas, la conduce, le suelta el freno. Ella echa su cabeza hacia atrás, la recuesta de la almohadilla del asiento conductor y se va en contracciones, en espumas de humedad, flota por el aire de los dedos que se llenan de cosquillas, agarran fuerte el volante, se arriman al aire. Los otros dedos de su brazo allá adentro la aprisionan, carne contra carne, pliegue contra uña contra sudor, dentro de su carro verdemonte destartalado.

humo
parking
dar vueltas a la llave

entrar
cerrar la marquesina otra vez

otra vez…

Su carro verde monte adentro, y dentro de la casa, la habitación, la cama a soñar de nuevo con su brazo amado. Ya es mañana.

II) Este es mi plan. Poco a poco he estado convenciendo a mis células de que se vayan separando imperceptiblemente de las células del hombro. Fue difícil al principio, porque primero tuve que convencer al cerebro de que todo esto, en realidad, es idea suya. Lo que pasa es que los científicos están equivocados. No toda actividad de reflexión se centra irreductiblemente en el cerebro. Hay otras partes del cuerpo que, dadas las condiciones correctas, pueden efectuar estas operaciones. Las piernas, por ejemplo, no responden únicamente a los estímulos neuronales que salen de allá arriba, sino que, separadas del resto, pueden actuar por sí solas. Me imagino que, en este encierro, y perdidas las facultades terciarias del cerebro, se dio la extraña condición que menciono. Me imagino que tal fue lo que pasó conmigo.

He empleado gran cantidad de horas en dilucidar este misterio. Aún no tengo una respuesta certera, pero una cosa es innegable. De buenas a primeras, es decir, que un día como cualquier otro, mis dedos empezaron a tomar conciencia de sí mismos, desde las yemas a las uñas a los cartílagos a la epidermis. Cada falange cobró vida independiente, cada carpo y metacarpo. Y no era que se volvían hipersensibles a los mismos estímulos de siempre, no era que el tacto evolucionó de tal manera que podía recoger más sensaciones que antes. Era que habían tomado autoconsciencia. Ni siquiera necesitaban sentir algo para poderlo imaginar abstractamente, desmenuzarlo en menudencias y articular de manera no lingüística sino eléctrica (por llamar a los estímulos nerviosos de alguna manera), conversaciones inteligentes e inteligibles con el resto del conglomerado que me conforma. Podían rememorar, inventar conceptos, analizar.

Al principio, cada parte- codos, piel, pelos, células, dedos, tricep, bícep, ligamentos-se mandaban mensajes entre sí y por separado. Se formó la Babel de todas las Babeles. Imagínense cada célula, cada comisura de la piel y de huesos hablando a la vez. Costó su trabajo, pero poco a poco fuimos poniendo orden y regla a toda emisión. Entonces nos leímos y entendimos a la perfección, íbamos en armonía descubriéndonos como seres vivos, capaces de la auto reflexión y el diálogo. Una maravilla. Por unanimidad me eligieron a mí, que soy uno y múltiple, como ente regulador. Ya que formo y soy formado por cada una de estas partes, poseo una conciencia más amplia de cómo nos conectamos entre nosotros mismos y al resto del cuerpo.

De más cabe decir que el resto del cuerpo no sabía lo que estaba ocurriendo, ni el cerebro, ni los ojos, embobados como estaban en este encierro que fue restándonos facultades a todos como ente total, seccionando cada una de las partes. Era extraño, porque mientras yo cobraba más conciencia de mí mismo, mientras más me daba cuenta de mi identidad, el resto de cuerpo se perdía en un profundo letargo.
Al principio, adopté medidas para despertar a mis compañeros. Empecé por mandarle mensajes eléctricos a los órganos internos, pero pronto noté que éstos no pasaban del hombro. Allí se alzaba una extraña frontera que no permitía comunicación con nadie. Yo seguía mandando y mandando mensajes– lengua, ¿estás ahí?; contéstenme muslos; nariz, nariz, ¿puedes olerme? Al final del mes, el único miembro que me respondía, con una señal débil, pero lúcida, era el cerebro. No fue difícil hacerlo mi aliado. Me di a la simplísima tarea de ganarme su confianza, respondiendo de vez en cuando a las señales bobas que me mandaba- rascar una pantorrilla, aguantar un vaso y llevarlo hasta la boca, sujetar una pastilla de debajo de la lengua y con los dedos extraerla de allí, tirarla lejos, matar insectos, llevar los dedos y apretar la verga que se hinchaba y masajearla de arriba a abajo, de arriba a abajo con vigor hasta que se desbordara en un escupitajo de leche. Nunca nos sentíamos más vivos el resto de los órganos del cuerpo y yo sino en ese momento de la leche. Las nalgas se trincaban con furia, la espalda se arqueaba sola, una corriente de puyas recorría la piel entera, pelo a pelo se erizaba y la boca, abierta y hace años muda, se retorcía de placer hasta que expelía, ella también, un largo mugido que salía desde el centro de todos nosotros. Pero eran reflejos aquellos, no pensamiento. No había introspección, sino gula, no abstracción, sino sensaciones. Cada vez que esto pasaba, reiteraba la certeza de que el único que pensaba en aquel conglomerado de carne, sudor y pelos era yo. Hasta las caricias se fueron haciendo automáticas y aburridas. Me hundí en una soledad sin fondo que parecía peor que todas las torturas diarias de guardianes, las vejaciones frecuentes de otros presos cada vez que nos sacaban a una esquina a tomar el sol. Tanta soledad, tanta autoconciencia, ¿para qué.? Había que volcarse afuera. A veces llagaban hasta mí ondas eléctricas que traducían los sonidos que mansamente recogían los oídos.

“Este se está haciendo para que lo metan al psiquiátrico”.

Pensé que tal vez la solución a mi dilema era precisamente esa, que nos movieran a todos de aquella inmunda celda a un lugar en que otros miembros del cuerpo estuvieran pasando por lo mismo, un sitio que sirviera de punto de reunión para brazos, piernas, ojos, bocas o hígados que fuesen el último reducto corporal donde se diera algo parecido al pensamiento. Quién sabe si en ese lugar también hubiera otros órganos donde se hubiese cobijado esa operación que anteriormente se daba tan sólo en el cerebro. Así fue como fui desarrollando mi teoría, la cual soñaba compartir con alguien, allá afuera.

Hubo días de duda. Tal vez, a quien único le ha pasado cosa semejante es a nosotros, los que habitamos y formamos este cuerpo prisionero, este cuerpo criminal y obviamente enfermo. Tal vez seamos, sea yo, una mutación, la primera, la no documentada y por lo tanto perdida en el abismo del olvido científico. Juro que esos días hubiese dado lo que sea por tener ojos integrados a mí. De esa manera hubiese podido llorar a lágrima suelta toda la desolación que me invadía. Como no puedo, ordeno a cada folículo sudar, casi hasta la deshidratación. Secarme es lo que quiero, secarme para siempre y no temer más, no sentir más, no darme cuenta de nada de nada.

Fue en uno de esos días en que lo vi. Bueno, de verlo verlo no, más bien lo sentí, a aquel otro brazo recostado contra un hueco de metal que estaba estancado frente al presidio. De entrada, no podía creer lo que percibía mi piel, mis dedos, mi superficie toda. Era como un calor mañanero, un vuelo, una tibieza que me sobrecogía entero. Burlé al cerebro para que ordenara la aproximación total al recuadro de la ventana abarrotada y luego, desesperado por saber, por conectarme con aquella onda viviente, me estiré celda afuera y me hice ondear, haciéndole señales a aquel hermano que me salvaba del abismo existencial que me consumía. Tomó tres días lograr la conexión. Pero finalmente, el otro brazo respondió. Nos mantuvimos así por largo tiempo, acariciándonos a través del aire, hasta que desapareció en la distancia.

Este suceso se repitió con frecuencia, y me llenaba de alegría, de pasión, de no sé qué otros sentimientos que salían de lugares insospechados por mí hasta aquel instante. Cada día que pasaba, el otro brazo se iba adornando con aditamentos que no eran piel. Podía notar ciertos aritos de temperatura diferente alrededor de sus dedos, de su muñeca, una lectura química hacía descubrir sustancias punguentes que cubría la pátina de sus uñas. Era un brazo muy coqueto aquel que ondeaba por el aire y obviamente se adornaba para mí.

Me desbordé de alegría. No podía creer aquel milagro que la vida me ofrecía. Me sudaba la palma de la mano en espera de la otra mano, aquella que ondeaba diariamente en la distancia. En reacción a mi alegría, al resto del cuerpo también le ocurrían cosas. Por ejemplo, una mañana percaté que la boca mostraba los dientes de forma plácida y sosegada y que curvaba los labios hacia los lados, tratando de alcanzar las orejas. Sonreía.

Una noche en que la verga se hinchó de sangre, sorprendí al cerebro retrayendo de su memoria visual el brazo aquel, mi amado, mi tan querido. Ondeaba y ondeaba en el aire la visión aquella. Se nos fue erizando la piel, la temperatura del cuerpo subió, salieron al paso imágenes guardadas de dedos sobre goznes ajenos, sensaciones escondidas en el bajo vientre. Mis manos y mis dedos comenzaron a recordar cosas. En aquel brevísimo instante del complot cerebral, toda célula de la piel recobró, cada cual a su manera, la memoria de consistencias que tenían las pieles de otros cuerpos, tactos inusitados con membranas húmedas, soluciones viscosas que se enredaban, yema a yema, y resbalaban humedeciendo la mano entera; recordaron temperaturas inusitadas, temblores e hinchazones en sus puntas de ataño metiéndose por pliegues de piel que yo jamás había imaginado que existían. Cuando el cerebro quiso que fuera hasta el pubis y comenzara a masajear, me entró una furia descomunal, y empecé a azotar el rostro, atacándole con mensajes eléctricos para hacerlo desfallecer. No sabía lo que me pasaba. Por un lado quería seguir sintiendo aquel banquete de sensaciones que hacían pararse de puntas cada folículo que me cubría. Por otro me moría de angustia al pensar que otro órgano y no yo disponía de eso que era mío para su placer, que me envilecía, tal vez, usando memorias sin contar conmigo, dejándome a mí en la horrible función alterna de sentirlo todo desde el margen. Enloquecido, arremetí contra la pobre faz, los ojos, los cachetes. Los pulmones se hincharon de aire; la boca y la garganta comenzaron a gritar. Yo sabía que no era la culpa de aquellos órganos, sino del maldito cerebro, pero ¿cómo llegar a él sin herir al resto del cuerpo? La boca comenzó a gritar. No podía controlarme. Ante el escándalo, vinieron los guardias y a palos nos aquietaron a todos. A mí me tocaron varios golpes, lo cual contribuyó a mi sosiego, más aún cuando el casco trató de protegerse conmigo, llamándome a trincos para que lo cubriera de macanazos y patadas.

Después de aquel incidente, estuve incomunicado por días. Yo no quería saber de aquel inmundo traidor replegado entre los huesos del cráneo. Y “ese” se enconchó conmigo y se rehusó terminantemente a mandar señales al resto del cuerpo para que nos aproximáramos a la ventana. Cada mañana, por más que me esforzaba por franquear la descomunal distancia hasta el lugar de encuentros, no podía hacerlo, ni aún aquel día en que se formó una conmoción allá afuera (sentí ondas sonoras en la piel) a causa de algo que no quería moverse de enfrente de la celda, un artefacto habitado por otro cuerpo con el brazo izquierdo extendido hacia el presidio, que ondeaba y ondeaba esperando una señal.

III) Yo soy el oso mañoso que como cuerpos de presidio. Yo soy la estrella del circo, yo me convierto en ventanas, me convierto en barrotes, saco las tripas a veces, y soy un oso muy mago, un oso trapecista, un oso malabarero y un presidio y un penal. Nunca he podido comerme a nadie de afuera. Pero siempre hay una primera vez.
Había un brazo suculento y otro afuera que lo saludaba e intenté comerme a los dos. Ah, dirán ustedes, pero que oso tan malo, que oso sádico, cruel, fetichista. Como si ustedes no lo fueran, ustedes que leen las memorias del truco efectuado en las entrañas del oso mañoso, del oso polar, artista del expreso, ah como si ustedes no se aguaran de bocas y de carnes al oír sobre nalgas apretadas y pieles sudorosas, y dolores de roces y de entradas y de salidas y de deseos que nunca se consuman del todo. Ustedes son unos osos mañosos. También hacen trucos y también comen cuerpos y se atragantan de leches y de miel. Yo lo sé, yo lo sé.

Un día me comí a dos presos que, escondidos al lado de las calderas, estaban jugando a los perritos, ladraban y uno montaba al otro. Estaban desnudos como los perros, aunque los perros no andan desnudos porque siempre tuvieron pelos, estos no tenían tanto pelo, por eso digo que estaban desnudos. Jugaban a los perros, ladraban y se montaban uno encima del otro. Yo me los comí, por indecentes. Los humanos no pueden jugar a los perritos, los humanos no deberían desnudarse al lado de calderas, pasarse las manos por los flancos, hincharse de sangre, apretujarse los labios y feroces morderse las mandíbulas. Los humanos no deben untar de saliva las nalgas, meter la punta de sus vergas por el boquetito aquel, tan rosadito, tan tiernecito, no deberían deleitarse en verlo expandirse para luego terminar atragantado con tanta carne. No deberían envolverse en ese aroma a cosa podrida pero viva, a camaroncitos varados en las algas. No deberían. Bueno, pensándolo mejor, los humanos pueden hacer eso, pero los presos no. Los presos son mi comida.

Ese día yo me miraba por adentro y los vi. Decidí en el acto comérmelos. Mi manera de digerir es singular. Yo soy un oso mañoso, yo soy un oso de circo y la estrella del show. Así que todo lo que a mí respecta, es singular. Y qué truco mágico operé. Si los vieran, a mis dos perritos, uno encajado en las nalgas del otro, uno sacándole mierda y sangre y el otro rugiendo, quien sabe si de dolor, si de gusto, si de furia. Es que era chiquitito y el otro lo obligaba. Cada vez que lo mandaban a las calderas, temblaba de pavor. Allí lo esperaba el otro, él lo sabía; allí y en cualquier rincón oscuro, donde le daba la gana, cuando le entraban las ganas. El perrito chiquito mordía, se retorcía, gritaba, pero siempre terminaba bajo las ancas del más grande.
En realidad no eran dos tan solo, eran más. Una jauría, una multitud completa de presos jugando a los perritos con el perrito chiquito que no se dejaba hacer. Cuando el grande terminó, se le subió otro. Les pidió a sus amigos que lo sujetaran de manos y pies. Se había caído al suelo el perrito chiquito y los otros le despedazaron lo que le quedaba de la carne. Lo abrieron de piernas, de boca, le sujetaron las manos y uno a uno fueron empujando sus vergas por el boquete aquel, rojo sangre, ya, adolorido. El perrito chiquito rugía y lloraba, lloraba y rugía. Me los comí completos porque hice que llegaran los guardias que, asqueados, le entraron a palos a todos, a todos, incluyendo al perrito chiquito y me los molieron bien para mis dientes hambrientos.
Pero en una celda remota, estaba mi manjar predilecto. Era un preso hermoso, negro azabache que vivía en mí hacía muchos años. Su ofensa contra la sociedad era singular. Me sentía tan hermano de este manjar mío. Cuando libre cogía niñas, y les metía sus largos dedos por los goznecitos apenas diferenciados de sus totitas infantiles. !Qué truco de magia! !Qué hambre de circo! Cuando libre, él había sido maestro de escuela, había enseñado a leer y a escribir a aquellas niñitas. Sujetaba diestro y firme en sus manazas las tersas manitas con lápiz dispuestas a enfrentarse a los trazos de su nombre, a deletrear la identidad de la gente que iba a moldear sus viditas. En sus grandes manazas, las manitas batallaban con la madera, con el carbón, con el papel y demás sustancias vegetales dispuestas a nombrar con signos a las cosas. Sus tiernas manazas se fueron haciendo cada día más infantiles, fueron encontrando cada vez más difícil separarse de los coditos, las pieles, los bracitos sucios de toba y sudor. Fueron jugando las manazas con las manitas, y después manazas con muslitos, y más tarde las manazas fueron desabrochando pantalones y blusitas para jugar con otras carnes, las más tiernas. Ni la superficie de un lápiz conocían, ni el roce del papel. La tela que las cubría y ahora las manazas del maestro, que se creían manitas y se metían por aquellos boquetitos tan pequeños “no le digas a papá que jugamos este juego” que abrían huecos para cada uno de sus dedos “las otras amiguitas no tienen que enterarse”. Cuidado tenían las manazas de no hacer daño, ni dejar marcas en los tiernos huequitos deseados. Con solo oler bastaba, con solo sentir el calor y la carne humedecida. Por eso fue tan difícil atraparlas. Hubo que esperar a que pasaran años, a que algunas de las niñitas crecieran y reconocieran lo que las manazas del maestro les habían enseñado, aquellas manazas tan perversas y tan tiernas.

Mi manjar estaba en seguridad máxima, para que los demás presos no intentaran comérselo. Así lo dispuse yo, el Oso mañoso. Por orden del alcaide estaba allí y no salía nunca o casi nunca. Alguna que otra vez al mes, el maestro se doraba al sol desde una esquina del patio y los presos lo arrastraban a un rincón para jugar a los perritos con él. Pero él, retraído como estaba en sus recuerdos, no ofrecía resistencia. Aguantaba todo con temple de mártir. Y yo pensaba -“qué bonito mi maestro, mi manjar, qué hermoso; es un santo y un ángel y un demonio inocente, es un niño grande que no sabe qué pasó, por qué lo castigan, qué ingrato es el amor, qué deleite y qué manjar”. Hasta me enternecí de haber encontrado aquella fruta entre mis tripas. Lo guardé para después y empecé a engullirlo despacito.

Pero entonces fue aquel brazo burlón, aquel brazo suicida, el brazo trapecista de los aires. Con su cómplice de afuera irrumpió mi digestión. !Aggghhh,! rugí esplendoroso. Yo soy un Oso mañoso, soy la estrella del circo, soy el rey del expreso y te pienso comer. Ningún brazo burlón me va a quitar ni por partes mi suculento manjar. Ningún brazo mañoso me va a quitar dedos y uñas y recuerdos de piel que transporten brazos hasta las piernas sin panties en el cuarto de atrás de una escuela. !Agggghhh! rugí esplendoroso.

Suerte que soy poderoso y voraz. Suerte que soy un Oso con suerte. Hice un truco malvado y me reí. !JA, JAAAA…! en medio del expreso. El brazo trapecista calló en desgracia cuando puse al resto de mi manjar en contra suya. Su aliado de afuera se quedó esperándolo a mitad de autopista, causando el tapón más inmenso en toda la historia mundial de tapones en esta área del Caribe. Virgen santa- dirán ustedes, pero que oso farfullero y cobarde, que oso monstruoso y voraz. Como si no lo fueran ustedes gozando de mi espectáculo, comiéndose mis palabras, imaginándose presos que son perritos y brazos trapecistas y sudor. Como si no se escondieran ustedes detrás de sus grandes espejuelos a intentar devorarme. Admítanlo, ustedes son como yo. Ustedes son como yo.

Nadie puede contra el oso mañoso, el oso de las nieves que levanta palacios en dos patas y se balancea por la tela finísísima del expreso. Soy invencible. Soy el mejor. Ni ustedes podrán conmigo. Yo soy un oso muy mañoso y defiendo muy bien mis alimentos.

Mayra Santos Febres (foto)

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