Archivo mensual: julio 2017

DC y derecha; los Rincón; el amor; Mark; ‘Monga’

josé antonio primo de riveraDemocracia Cristiana. Vamos a ubicarnos en los orígenes, porque de eso depende el desarrollo posterior. Las raíces se encuentran en la derechista Falange Española, creada a comienzos del siglo XX por José Antonio Primo de Rivera (foto) contra la amenaza de una ‘revolución socialista’. Su hijo Miguel Primo de Rivera fue dictador de España entre 1923 y 1930. En Chile, Eduardo Frei Montalva recoge ese ideario y funda la ‘Falange Nacional’. Simultáneamente, esa falange que tomaba ideas de la doctrina social de la iglesia vaticana, también era digna de admiración de Jaime Guzmán, creador de la ‘Unión Demócrata Independiente’, Udi, quien se aprendió discursos enteros de José Antonio Primo de Rivera y los intercalaba en sus presentaciones. La Democracia Cristiana chilena proviene, pues, de la estirpe fascista y católica del viejo Primo de Rivera, de España.

Centro izquierda. El ex canciller de Ricardo Lagos Escobar, y ex presidente de la walker_ignacioDemocracia Cristiana, 2010-2015, Ignacio Walker (foto), acusó anoche en ‘Tolerancia Cero’ a la Nueva Mayoría de “haberse izquierdizado”. La responsabilizó, por esta vía, de facilitar que el derechista Sebastián Piñera tenga nuevos adherentes, provenientes del desencanto de muchas personas con esa izquierdización de la vieja Concertación. Y, a continuación, se proclamó de “centro-izquierda”, pese a su origen falangista, fascista. Señaló que la Democracia Cristiana debía ser una fuerza capaz de ganarse adeptos del patio de Piñera, de la Udi y Renovación Nacional, “sin ser de derecha”. Y se preguntó si era viable una alianza “con la derecha”, y dijo que no.

Ricardo Rincón. El diputado es hermano de la ex ministra de Michelle Bachelet, Ximena ricardo rincónRincón. Ambos militan en la Democracia Cristiana. Ricardo Rincón (foto) fue procesado por violencia intrafamiliar contra Carolina Hidalgo en el año 2002, lo que él ha negado en distintas ocasiones. La candidata presidencial de la Democracia Cristiana, Carolina Goic, había denunciado ese hecho, cuando se debatió la conformación de listas de candidato de la DC al Congreso. Porque Ricardo Rincón quiere repostularse a la Cámara. La Junta Nacional de la DC “rechazó” la repostulación del señor Rincón. Pero unas horas más tarde, la misma Junta de la DC “aceptó” que se repostulara, obviando el caso de violencia intrafamiliar, y, de paso, y lo más grave, desautorizando a su candidata presidencial. El esposo de esta, Christian Kirk, escribió una sentida carta a la Junta de la DC, recriminando a quienes apoyaron a Ricardo Rincón. Los acusó de tener “las manos manchadas con sangre”, y propuso expulsar a “los fariseos del templo” de la DC.

Carolina Goic. ¿En qué posición dejó la Junta de la DC a su candidata presidencial? La carolina goicdejó en el peor de los escenarios. Desautorizada. Con sobrada razón la candidata Carolina Goic (foto) dijo que iba a pensar mantener, o no, su candidatura. En general, este comportamiento culebrero, tortuoso y melifluo, es el que ha tenido desde siempre la DC. La DC ha gozado de todos los privilegios posibles, primero como miembro de la Concertación y ahora de la Nueva Mayoría. Sin embargo, si se revisan los hechos, no ha habido opositor más eficaz y persistente de la Concertación y la Nueva Mayoría que la DC. Jorge Burgos, Ignacio Walker, Andrés Zaldívar, Jorge Pizarro, etcétera, han sido palos en la rueda de los gobiernos “de izquierda”; y han puesto las trabas desde adentro de la coalición.

Sola. Está bien que la Democracia Cristiana (logo) corra sola en la carrera presidencial. DCNo quiso apoyar al candidato Alejandro Guiller, porque no la representa, obviamente. Prefirió ir con candidata propia, Carolina Goic, pero a mitad de camino la apuñalaron, prácticamente, cuando defienden a Ricardo Rincón. En este blog hemos dicho, hace varios años, que la DC no debió haber estado jamás en la Concertación, ni en la Nueva Mayoría. Porque la DC es “otra cosa”. Está más cerca, por su origen y su ideario, de la derecha, no sabemos si la dura, o la moderada, que de la izquierda. Que corra sola para saber cuántos son, y deje de blufear, está bien. Que corra sola para sincerar sus postulados y el escenario político nacional, está bien.

Carolina Arregui. Brevemente: salió la veterana actriz Carolina Arregui en esta foto con carolina arreguilos perros de Alexis Sánchez, convertido en el novio envidiado de Chile de la también actriz Mayte Rodríguez, hija de Carolina Arregui. Y el pie de foto considera una bendición esta relación amorosa de su hija. A su vez, Mayte Rodríguez escribió en un pie de foto, posterior a saberse su relación con el futbolista Alexis Sánchez, que había llegado la luz y la iluminación a su vida. Todo esto ¿será para sacarle pica a Thiago Correa, el ex novio de Mayte, quien, al parecer, no la trató bien y la engañó con otras mujeres durante su convivencia de 5 años? ¿Será solo para sacar pica?

Mark González. Me parece muy bien que Mark González (foto) diga lo que piensa del mark gonzáleztécnico argentino Pablo Guedes. Que es una mala persona, que jamás se preocupó de averiguar o preguntarle por sus lesiones y su recuperación, la poca empatía de Guedes con sus dirigidos, etcétera. ¿Qué decirlo le traerá problemas? No creo, porque quien lo quiera contratar no será para tratarlo mal, hacerle la desconocida o tenerlo en la banca. Lo que si es claro es que la voz y esa mascadera de chicle a toda hora, son algo bastante desagradable del señor Pablo Guedes. No nos cae bien. Nunca nos ha caído bien.

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‘En la peluquería’ de Hebe Uhart

hebe uhardLa peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo) Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

-Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”) Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.

Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora)

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

-Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostumbrada a cualquier cosa y corta.

Yo salgo contenta.

Hebe Uhart (foto)

‘El dormitorio más triste y solo de Ayotzinapa’

marcela turati(Por Marcela Turati) Todos los días a Bernardo le insisten para que se mude de dormitorio, pero él no escucha. Cuando en esta escuela-internado cae la noche él extiende su cobija roja sobre unos cartones y se acuesta en soledad, rodeado de ausentes, añorante de este cuarto lleno de amigos: Eran ocho y se disputaban cada centímetro del piso, jugaban a hacerse los descuidados y pisarse los pies.

Sus compañeros Julio César, Jonás, Cristian Alfonso, Israel Jacinto, Eduardo y Miguel Ángel no están aquí, sólo están sus pertenencias, sólo están sus retratos exhibidos entre los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que fueron desaparecidos el 26 de septiembre, cuando a los policías de Iguala se les metió el diablo en la piel y se exhibieron como criminales al servicio del narcotráfico.

“Yo soy el único aquí. Uno se fue a su casa, su mamá vino por sus cosas, los otros seis están desaparecidos”, dice Bernardo, delgadito, larguirucho, amable. A su alrededor, recargados sobre las paredes pelonas, están los maletines, la ropa, los zapatos y recuerdos que cuida hasta que regresen sus dueños.

Al cuarto día de que sus compañeros no volvían, Bernardo se dio a la tarea de acomodar el lugar. Dobló y apiló los cartones que sirven de cama, hizo lo mismo con los sarapes y cobijas de colores.

Acomodó en un rincón los tenis rotos, todos de tela, ninguno de marca; los huaraches en forma de equis que llevan los campesinos; los zapatos formales comprados con sacrificios por los futuros maestros. Todo está rociado con moronas de pintura blanca que saltan del techo carcomido por la humedad y que hace pensar que las pertenencias son de algún maistro-pintor.

Un costal blanco, como los que contienen semillas está erguido contra la pared atiborrado de ropa. Este tiene el rótulo de “Correos de México”.

“Esta era la maleta de Eduardo”, explica este joven nahuatlaca, cuidador de recuerdos. Encima del costal-maleta está recargada una chamarra vieja, herencia de alguna generación anterior de esta normal rural que tapaba a su dueño del frío.

Afuera de un maletín deportivo asoma el vaso de plástico con el cepillo de dientes y la pasta que usaba Julio César. Al fondo una placa metálica que lleva su nombre: “Julio César López Patolzi”.

Entre la ropa sobresale la primera hoja de su cuaderno a rayas, donde con lápiz y letra fina Julio César escribió el primer día de clases: “Pues yo ingresé a esta Normal con el simple echo que mis padres son de escasos recursos campesinos y mis habilidades es ser responsable también en la academia, trato de poner mucha atención a los maestros para poder sobre salir adelante”.

Más allá, se ve un vaso de plástico que lleva adentro una cuchara, un cuchillo, un tenedor, porque hasta eso tenían que traer los estudiantes de casa. Una bolsa de detergente Foca. Un folder con los certificados de estudio de José Eduardo Bartolo Tlatempa, indígena, como dejan ver sus apellidos; indígena como la mayoría de los alumnos de esta escuela donde el requisito para entrar es no tener dinero, pero tener ganas de ir a contracorriente del destino de los pobres hasta alcanzar ser alguien.

“Yo mismo acomodé esta semana. Cuando salieron a la actividad no les dio tiempo de arreglar, yo mismo me puse a arreglar”, explica Bernardo tenso pero sonriente. Un par de escobas permanecen de pie en un rincón.

Con el brazo señala que junto a la pared más cercana a la puerta de bordes roídos dormían cuatro: Julio César, Cristian Alfonso, Cristian (“ése está en su casa; su mamá se llevó sus cosas”), y allá Jonás.

Durante los primeros días de clases en el cuarto que llaman Sección G dormía también El Chilango, Julio César Mondragón, el joven mexiquense desaparecido con los demás el día 26, y quien tres días después fue encontrado en Iguala asesinado: el torso lleno de moretones y desollado: sin ojos, sin piel, sin cara. Llevaba la misma playera roja con la que se presentó el primer día de clases, la misma que circula en Internet donde se le ve cargando a su bebé recién nacida, y acurrucado junto a su esposa.

“El Chilango se cambió de aquí porque éramos varios y no había cupo -dice-. A veces se tiraba a un lado de mí, luego se pasó al lado (al otro cuarto), estuvo un tiempo, luego que iba a buscar dónde dormir, le dije que si no (encontraba) regresaba y se pasó a la panadería”.

Quien diga que en las normales rurales donde se forman los maestros más pobres de México viven entre lujos debería asomarse a este cuarto con el rótulo número 4; sección G, como le dicen ellos. Encontrará que la puerta no sella, el aire se mete siempre por el techo. Los muebles son tres cajas clavadas en las paredes a manera de casillero: un huacal de madera, las otras dos de plástico.

Las paredes están acicaladas de pintura blanca que la humedad carcome. No hay adornos. No dio tiempo de colocar ninguno. Sólo queda un letrero a lápiz que alguien dejó en el que se lee: 2 de octubre. Los jóvenes viajaron a Iguala (a poco más de una hora de camino) era recabar fondos (“botear”) para acudir a la manifestación anual por la masacre estudiantil de Tlatelolco en el Distrito Federal y traer para ese fin tres camiones de pasajeros. (En el patio de la escuela una treintena de autobuses con líneas comerciales están estacionados, sus choferes esperan que los releven)

Como Bernardo estaba inscrito en el Club Banda de Guerra y se quedó limpiando los instrumentos, no acudió a Iguala como el resto de los alumnos de primer año, los llamados pelones, pues por tradición escolar son rapados todos los alumnos de recién ingreso a esta Normal. Bernardo también está pelado, los cabellos que crecen se sostienen de pie como si fueran de cepillo.

“Yo me quedé a esperar a los compañeros en la puerta. Los esperé. Vi que no llegaban”, dice ahora sentado sobre el piso, junto al arrumbadero de zapatos.

Esa noche en la Normal se recibió la noticia de que a los pelones los habían reprimido, la policía los había rodeado y detenido. La información fluyó como gotera, había un herido, no, ya estaba muerto, y el muerto era un pelón.

La incertidumbre se paseó entre todos dejando la pregunta de quién sería.

“Les marcábamos a todos. Sólo le entró la llamada a Israel Jacinto, dijo que estaban dentro del autobús, que los tenían rodeados policías, que tenían gas lacrimógeno. Le dijimos que rompiera los vidrios no se vayan a ahogar. Pidió que lo fuéramos a traer, le dijimos que ya había salido una Urban por ellos. (La llamada) duró cinco minutos, se escuchaban gritando los demás, también él. Se escuchaban los ruidos de las patrullas. Hasta que se colgó”.

Hasta después supo que todos los pasajeros del autobús de Israel Jacinto fueron obligados a subir a patrullas de la policía municipal. Todos fueron desaparecidos.

Esa noche Bernardo intentó ir a rescatar a sus compañeros, pero no alcanzó cupo en las camionetas que salieron con refuerzos (algunos de los estudiantes que acudieron al rescate tampoco regresaron, quedaron muertos, otros siguen hospitalizados)

Pasó la noche en vela con todos, resguardando la escuela; a él le tocó cuidar por los corrales. Entre todos checaban por feiz e internet las noticias, el muerto ya no era uno, eran dos, luego tres. Tres de la Normal, pero otros tres que no eran normalistas, pero fueron confundidos con ellos.

“Empezaron a pasar las imágenes, yo no sabía nada, pero dijeron que a un chavo le hicieron bien feo, le quitaron el rostro. Ahí reconocí a El Chilango porque usaba la playera del primer día de clases. La última vez que lo vieron fue cuando los subieron a las patrullas”. Lo dice como si nada, el miedo se asoma en la mirada.

Saca su celular y muestra el video que le tomaron el 21 de agosto, día de su cumpleaños. Se ve que a Bernardo lo agarran por sorpresa y lo tiraron a un pozo con agua. Mira con cariño la escena y dice: “Ahí está El Chilango, es el último que llega (y sí, se ve un muchacho menos flaco que el resto, que ayuda al resto a tirarlo al río); el que lo grabó desde arriba es Miguel Ángel”.

Ya no tiene la fotografía del 8 de agosto cuando los mayores los ‘pelaron’ con rasuradora, se quedó en un celular que le robaron. Pero sí tiene los recuerdos, y de esos echa mano.

“Íbamos a escoger a El Chilango como jefe de grupo, él sí quería pero como es de México a lo mejor lo iban a tratar mal, por eso quiso quedarse de apoyo. Casi no le gustaba echar relajo, era serio, reservado. Lo íbamos a elegir porque le gustaba participar en las clases. Él estuvo en Tenería, le preguntamos pero no nos quiso decir, creo que lo expulsaron. Fue a hacer pruebas en Tiripetío, Michoacán, no dijo por qué lo expulsaron, y vino aquí”.

Bernardo apenas regresa de tres días de descanso en El Durazno, su pueblo, ubicado en el municipio de Tixtla de donde eran oriundos cuatro de sus colegas y que es zona de nahuatlacas.

En casa su mamá le pidió que abandonara la Normal, que ya no regresara, a lo que él le contestó: “Ahí me quiero quedar para saber de mis compañeros”. Además, sigue con la idea de ser maestro.

-¿Por qué quieres ser maestro?

-Diría mi compañero Chilango… todavía recuerdo sus palabras -y sonríe, cómplice-: ‘para compartirle mis ideas a los niños’.

-¿Cómo cuáles ideas?

Ya no responde. Se tapa el rostro, se queda pasmado. La tristeza le corta el habla y llora silencioso, no con el estruendo de los que vienen de la ciudad, llora como campesino. Parece un niño arrinconado. Y cómo no si el dolor es gigante para este joven, apenas pasada la mayoría de edad, que pretende ser un adulto, que carga sobre su cuerpo flaco el pesado recuerdo de siete amigos y como una patada en el alma el descubrimiento de la raíz de este país podrido.

“Sólo quiero que aparezcan”, se enjuga las lágrimas.

Cuando se repone, como encarrerado comienza a desgranar recuerdos, como si tuviera urgencia de hablar de todos, de nombrarlos, de recordarlos para traerlos de vuelta.

“Era muy unida la sección. Éramos muy unidos. Nunca nos separábamos cuando salíamos a trabajar al módulo o comprar cosas nos cooperábamos. Si salía actividad íbamos juntos. Yo llegaba primero, yo nunca entraba, no abría la puerta, los esperaba afuera a que llegaran todos y nos fuéramos al comedor todos juntos”.

Vuelve la sonrisa cuando aparece en el cuarto a Eduardo, ‘Boby’, a quien le gustaba bailar breidans, ponía una canción y comenzaba a articular patadas. A Cristian Alfonso gustoso de estudiar danza desde niño. A Israel fingiéndose el descuidado en las noches, pues cada vez que se levantaba por algo, pisaba los pies de quienes estaban acostados; sus víctimas lo regañaban, los demás se reían. Jonás haciendo relajo como aquella vez que se quedó dormido de pie en clase e hizo carcajear a todos. “Era bien de la costa, no podía pronunciar el 128 y decía ‘Baisa’”.

Habla también sobre su rutina escolar, sobre las actividades ‘de lucha’ que tenían, la ordeña, de sacar diésel, de botear, hasta que se atora: “El 26 entramos a las nueve cuarenta, ya no me acuerdo a qué materia fuimos. Tenía el horario pero anda desaparecido el que lo tenía. Se lo iba a pedir”.

Sabe que sus otros compañeros de primero están preocupados por él, pues el G es el único cuarto donde quedó uno solo -en otros cuando menos quedaron dos o tres-. Cuando lo invitan a mudarse de sección él les dice lo que ahora repite: “que no, que estoy bien, que aquí quiero estar con ellos”.

Alguna noche ha soñado que están juntos en el convivio que tenían planeado para ese fin de semana.

Un estudiante se mudó por unos días a su sección para acompañarlo y a veces lo regañaba con un ‘no te agüites, cabrón, van a aparecer, piensa positivo’. Un día de plano se pusieron a orar más o menos con estas palabras que Bernardo repite: “Que el señor los proteja a cada uno de nuestra sección, que les de fuerza, les cuide y los traiga bien, acá van a regresar y acá vamos a estar esperándolos”.

Pasado el llanto, lustrados los recuerdos, revisitados los amigos, retomados los espacios vacíos, Bernardo se sincera: “Hay momentos que me quiero ir de ver a las familias, cómo están sus rostros, cómo están llorando, uno se desilusiona. Me siento triste y solo, me siento mal, soy el único que se quedó aquí. Yo siempre decía: ‘si salimos todos, volvemos todos’”.

Esa rutina de esperarlos en la puerta, de no entrar hasta que lleguen todos; esa promesa del ‘si salimos todos volvemos todos’ es lo que hacer que Bernardo cada tanto reacomode las pertenencias de sus amigos, barra el piso y cultive la esperanza del reencuentro hasta llegar la noche, cuando regresa al cuarto más solo y triste de Ayotzinapa, y tiende su cobija roja, y duerme siempre en vela para darles la bienvenida al momento en que reaparezcan.

“Estoy esperando a que lleguen -dice-. Por ese motivo no me he ido. Yo sé que si yo estaría desaparecido, ellos harían lo mismo”.

Marcela Turati (foto)

 

‘Oso blanco’ de Mayra Santos Febres

Mayra Santos Febres(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en 1996)

(a Awilda Sterling)

I) Levantarse, ir al baño, lavarse cara, boca, desayunar, peinarse, vestirse corriendo, salir salir salir, prender, llave, donde carajo las… prender el carro, marquesina, sacarlo de la marquesina, cerrar el portón, llegar tarde, siempre llegar tarde, llegar tarde por el maldito tapón. Guiar con ansia, encontrarse de frente con la hilera interminable de carros y allá en la distancia, el presidio. De ahí son cinco minutos a la oficina. Ahí está. Cinco minutos más de tortura, y ya, se acaba. Esa mole blanca, muros altos, casi desbocándose hacia la avenida, en el medio del expreso, casi. Su reloj. La compañera de trabajo, allá en Caguas que le metieron el hijo preso una vez, drogas, allí estaba, ella se volvió loca, casi loca, se le olvidaba todo a medio decir, se le morían las memorias a media lengua y no sabía qué decir, no tenía nada más que decir. Él estaba allí, metido en unas de esas cajitas para que no le hiciera daño a nadie más. Mole en medio del expreso, reloj, mole blanca con su alambre de navajas y su muro, palomitas. Cinco minutos más.

Llegar, ajorada, ajorada, parking no hay, la mierda de siempre, darle la vuelta a la manzana a ver si detrás de la farmacia, bajarse, la llave, no dejarla pegada como la semana pasada, bestia, la llave y la cartera, ponerse lipstick, peinarse de nuevo, a ver, el espejo, ya me brilla la cara, parezco una olla que brilla, parezco un bonete de carro a mediosol, la polvera, donde carajos…, más lipstick, más cosas qué cuelgan del brazo, las llaves, salir del carro, ¿tengo suficiente desodorante?, salir del carro, ponerle el bastón, la alarma, el bastón y la alarma , poncho a tiempo, poncho a tiempo, siete minutos tarde nada más, tiempo record. trabajo…

Trabajo…

y más trabajo…

(trabajo, ponchar papeles, escribir informes, contestar teléfonos, el coffee break, bajar hasta la cafetería, café, un bocadillo, un refresco de dieta, me llevo el periódico, subo a la oficina, el elevador atacuñado de mensajeros, de secretarias, de manos y brazos con bolsas de papel de estraza, de papel de memo, de papel de carta, de papel de nómina, una hora para el almuerzo, trabajo, llenar solicitudes, mover inventarios, oír la radio, digerir el especial del mediodía, hacer que pasa el tiempo y a través de la ventana, mirar a través de la ventana que se abre hacia el expreso, allá a lo lejos casi borrada en la distancia las paredes blancas, pajaritos…)

Las cuatro y media, las cinco, montarse en el carro, pasar de nuevo por el lado del presidio. Esa mole ahí, inamovible, alta como una gaviota en mismo medio del expreso, como una gaviota no, como un elefante, no, como un elefante no, como un oso pesado y blanco, eso, oso, oso blanco parado en las dos patas traseras como hacen los osos de circo, los osos payasos de circo lleno de purinas y vitaminas para los ojos, para que no se caigan del triciclo, de la cuerda floja, oso payaso parado en la cuerda de un expreso… en el mismo medio…

Ya es mañana.

Ya es mañana.

y mañana

(peinarse, vestirse, buscar las llaves)

el presidio amaneciendo sobre el expreso

cinco minutos más y se acaba el tapón de la mañana

y mañana

ya es mañana

pasadomañana

pasado pasado mañana

ya es mañana

(un oso maromeando en el expreso)

pasado pasado pasado el día después

de mañana

una mano

leve

se asoma

por entre los barrotes de una celda

y empieza a saludar

otra vez, otra vez, otra.

(pasa el carro, exactamente sale la mano. no antes, no después)

otra
(¿es conmigo la cosa?)

otra

(es conmigo la cosa)

Levantarse, peinarse, arreglarse con premura, las llaves, maldita sea ah, si yo las dejé aquí encima, las llaves y el desodorante y las prendas de la mano izquierda. Hoy me compré una sortija nueva, una sortija donde se refleje el sol, y las cosas para el carro, sacarlo de la marquesina, cerrar con candado, correr, volar hacia el expreso, coger el tapón, esperar, pasar por frente al presidio, esperar, por frente al oso payaso presidio. Esperar, esperar en el tapón, la celda se despierta, sale el brazo, que salga el brazo y reconozca el carro verdemonte, viejo destartalado, que reconozca el carro verdemonte viejo destartalado y sonría, ella nunca había visto un brazo sonreír, pero ahora, ya sale el brazo entero y sonríe y la saluda como cada mañana

(tal vez sea el hijo de la amiga)

como cada mañana

que la saludaba como cada mañana desde el presidio.

ella se engalana la mano una vez al dia. ella se compra sortijas y pulseritas que brillen en el sol, se pinta las uñas, hace pesitas para su brazo de la celda cuarta de izquierda a derecha, la que da al expreso. Ella no sabe por qué aquel brazo está preso, ni que otras marcas tendrán ni que otros movimientos además del lento gravitar hacia cada lado que la acaricia, a ella a ella, que la acaricie a través del aire. Tal vez haya matado aquel brazo, tal vez, haya estrangulado a muchachas inocentes, besándose con sus novios en carreteras alejadas del ruido y de las luces y de los ojos de la ciudad, tal vez haya agarrado cuchillos, pistolas, tal vez huela a pólvora. Pero se ve tan lejano y tan inofensivo y tan hambriento de cariño, y tan grácil en el sol y tan oscuro y fibroso y fuerte y dulce y parlanchín y desconocido. No, no puede ser el brazo del hijo de su amiga, ella lo reconocería, ese es otro brazo, sin memoria ni pasado, que nace allí cada mañana, para ella sola

para ella sola

(ella recuerda a otro brazo que una vez…)

El brazo, oh … ese brazo haciéndole cosas inexplicables, desde el carro verdemonte destartalado, el brazo que le sonríe y que la acaricia desde el aire. Y así, sin más, el brazo vuela, vuela desde la celda, se encarama a su brazo y la va desnudando de todas sus sortijitas, de todos sus sortilejios para que el sol le brille encima de la piel, la de ella, la del carro viejo, verdemonte , destartalado, la del monte de ansia que lleva allá adentro aguantado, en la cáscara del codo, el brazo vuela, el brazo le agarra el brazo con la mano, con los dedos, le araña con las uñas y le moja con el sudor de tanto saludo en el aire. La roza el brazo su brazo. Se deja resbalar, y caer en la falda de ella, la falda se acalora, la falda destartalada, verdemonte, la falda y su monte allí debajo, palpitando, ah, después de tanto tiempo, la falda y el brazo tan anhelado, ella saluda, no quieren que vean los de al lado, es de ella sola aquel brazo de presidio en su falda, arremangándole los pliegues de la tela, haciendo a la tela de sus pliegues hincharse de calor, un calor como ese que da al sentirse viva una vez más con un brazo sobre la falda, ah la falda y el brazo que ya roza con la punta de sus dedos su piel, su tersa piel su piel que una vez supo de estas cosas. Una vez supo. Pero eso fue hace tiempo, hace tiempo, ella sospecha que fue hace mucho tiempo. Ella era chiquita, más pequeña que cuando las niñas empiezan a saber. Si, o quizás, una vez ella soñó de niña que hubo un brazo que la hizo sentir como ahora, y que le enseñaba a deletrear cosas en papeles, a deletrear cosas en los pliegues abiertos dedo a dedo, boca abierta, labio, cosquilleo y temblores gratos, por medio de aquel brazo, su piel aprendió cosas que al crecer se negó a seguir sabiendo; al crecer se quedó sola y absurda porque todo lo demás que empezó a sentir jamás se comparó con lo del brazo, ahora vivo, bajo la presión de los dedos, la tiene, bajo la prisión de los dedos de las huellas de las uñas. Ella sigue saludando para que no noten nada, para que los de atrás no le toquen bocina en el tapón, para que nadie sepa de la presión tan exigua de su pie en el acelerador, lo tenaz de su otro talón descalzo, en el freno. El talón se le hincha de sangre y el brazo se le hincha en el regazo. Ya van los dedos buscando otro pliegue bajo la piel interior, bajo la ropa interior. Los dedos le tocan lo mojado. Ella suda y no sabe si es el brazo que suda también, el brazo que se escapó, ella le ayuda en su huida, el brazo fugitivo, escondido en su entrepierna, le mete los dedos, adentro, la roza firme, otro dedo, otro más, se retuerce, la quiere rajar de gozo y no sabe, ah no sabe del contento que le va dibujando, su brazo la hace casi chocar con la guagua familiar de enfrente. Ella para a tiempo, pero luego se deja ir, se deja ir. Dedos se le meten por dentro, labios se le hinchan y mojada, aguanta un gritito en la punta de sus lenguas, la prisión del dedo en el musgo de entrepierna, y su clítoris duro como una semilla, mandando corrientazos por toda la región, a ella se le para cada pelo en la piel, se deja ir, se recupera, y de nuevo un vahído en la cabeza y los pezones se le endurecen abre la boca, se arquea a mitad de cuerpo, se deja ir, el brazo se la lleva en volandas, la conduce, le suelta el freno. Ella echa su cabeza hacia atrás, la recuesta de la almohadilla del asiento conductor y se va en contracciones, en espumas de humedad, flota por el aire de los dedos que se llenan de cosquillas, agarran fuerte el volante, se arriman al aire. Los otros dedos de su brazo allá adentro la aprisionan, carne contra carne, pliegue contra uña contra sudor, dentro de su carro verdemonte destartalado.

humo
parking
dar vueltas a la llave

entrar
cerrar la marquesina otra vez

otra vez…

Su carro verde monte adentro, y dentro de la casa, la habitación, la cama a soñar de nuevo con su brazo amado. Ya es mañana.

II) Este es mi plan. Poco a poco he estado convenciendo a mis células de que se vayan separando imperceptiblemente de las células del hombro. Fue difícil al principio, porque primero tuve que convencer al cerebro de que todo esto, en realidad, es idea suya. Lo que pasa es que los científicos están equivocados. No toda actividad de reflexión se centra irreductiblemente en el cerebro. Hay otras partes del cuerpo que, dadas las condiciones correctas, pueden efectuar estas operaciones. Las piernas, por ejemplo, no responden únicamente a los estímulos neuronales que salen de allá arriba, sino que, separadas del resto, pueden actuar por sí solas. Me imagino que, en este encierro, y perdidas las facultades terciarias del cerebro, se dio la extraña condición que menciono. Me imagino que tal fue lo que pasó conmigo.

He empleado gran cantidad de horas en dilucidar este misterio. Aún no tengo una respuesta certera, pero una cosa es innegable. De buenas a primeras, es decir, que un día como cualquier otro, mis dedos empezaron a tomar conciencia de sí mismos, desde las yemas a las uñas a los cartílagos a la epidermis. Cada falange cobró vida independiente, cada carpo y metacarpo. Y no era que se volvían hipersensibles a los mismos estímulos de siempre, no era que el tacto evolucionó de tal manera que podía recoger más sensaciones que antes. Era que habían tomado autoconsciencia. Ni siquiera necesitaban sentir algo para poderlo imaginar abstractamente, desmenuzarlo en menudencias y articular de manera no lingüística sino eléctrica (por llamar a los estímulos nerviosos de alguna manera), conversaciones inteligentes e inteligibles con el resto del conglomerado que me conforma. Podían rememorar, inventar conceptos, analizar.

Al principio, cada parte- codos, piel, pelos, células, dedos, tricep, bícep, ligamentos-se mandaban mensajes entre sí y por separado. Se formó la Babel de todas las Babeles. Imagínense cada célula, cada comisura de la piel y de huesos hablando a la vez. Costó su trabajo, pero poco a poco fuimos poniendo orden y regla a toda emisión. Entonces nos leímos y entendimos a la perfección, íbamos en armonía descubriéndonos como seres vivos, capaces de la auto reflexión y el diálogo. Una maravilla. Por unanimidad me eligieron a mí, que soy uno y múltiple, como ente regulador. Ya que formo y soy formado por cada una de estas partes, poseo una conciencia más amplia de cómo nos conectamos entre nosotros mismos y al resto del cuerpo.

De más cabe decir que el resto del cuerpo no sabía lo que estaba ocurriendo, ni el cerebro, ni los ojos, embobados como estaban en este encierro que fue restándonos facultades a todos como ente total, seccionando cada una de las partes. Era extraño, porque mientras yo cobraba más conciencia de mí mismo, mientras más me daba cuenta de mi identidad, el resto de cuerpo se perdía en un profundo letargo.
Al principio, adopté medidas para despertar a mis compañeros. Empecé por mandarle mensajes eléctricos a los órganos internos, pero pronto noté que éstos no pasaban del hombro. Allí se alzaba una extraña frontera que no permitía comunicación con nadie. Yo seguía mandando y mandando mensajes– lengua, ¿estás ahí?; contéstenme muslos; nariz, nariz, ¿puedes olerme? Al final del mes, el único miembro que me respondía, con una señal débil, pero lúcida, era el cerebro. No fue difícil hacerlo mi aliado. Me di a la simplísima tarea de ganarme su confianza, respondiendo de vez en cuando a las señales bobas que me mandaba- rascar una pantorrilla, aguantar un vaso y llevarlo hasta la boca, sujetar una pastilla de debajo de la lengua y con los dedos extraerla de allí, tirarla lejos, matar insectos, llevar los dedos y apretar la verga que se hinchaba y masajearla de arriba a abajo, de arriba a abajo con vigor hasta que se desbordara en un escupitajo de leche. Nunca nos sentíamos más vivos el resto de los órganos del cuerpo y yo sino en ese momento de la leche. Las nalgas se trincaban con furia, la espalda se arqueaba sola, una corriente de puyas recorría la piel entera, pelo a pelo se erizaba y la boca, abierta y hace años muda, se retorcía de placer hasta que expelía, ella también, un largo mugido que salía desde el centro de todos nosotros. Pero eran reflejos aquellos, no pensamiento. No había introspección, sino gula, no abstracción, sino sensaciones. Cada vez que esto pasaba, reiteraba la certeza de que el único que pensaba en aquel conglomerado de carne, sudor y pelos era yo. Hasta las caricias se fueron haciendo automáticas y aburridas. Me hundí en una soledad sin fondo que parecía peor que todas las torturas diarias de guardianes, las vejaciones frecuentes de otros presos cada vez que nos sacaban a una esquina a tomar el sol. Tanta soledad, tanta autoconciencia, ¿para qué.? Había que volcarse afuera. A veces llagaban hasta mí ondas eléctricas que traducían los sonidos que mansamente recogían los oídos.

“Este se está haciendo para que lo metan al psiquiátrico”.

Pensé que tal vez la solución a mi dilema era precisamente esa, que nos movieran a todos de aquella inmunda celda a un lugar en que otros miembros del cuerpo estuvieran pasando por lo mismo, un sitio que sirviera de punto de reunión para brazos, piernas, ojos, bocas o hígados que fuesen el último reducto corporal donde se diera algo parecido al pensamiento. Quién sabe si en ese lugar también hubiera otros órganos donde se hubiese cobijado esa operación que anteriormente se daba tan sólo en el cerebro. Así fue como fui desarrollando mi teoría, la cual soñaba compartir con alguien, allá afuera.

Hubo días de duda. Tal vez, a quien único le ha pasado cosa semejante es a nosotros, los que habitamos y formamos este cuerpo prisionero, este cuerpo criminal y obviamente enfermo. Tal vez seamos, sea yo, una mutación, la primera, la no documentada y por lo tanto perdida en el abismo del olvido científico. Juro que esos días hubiese dado lo que sea por tener ojos integrados a mí. De esa manera hubiese podido llorar a lágrima suelta toda la desolación que me invadía. Como no puedo, ordeno a cada folículo sudar, casi hasta la deshidratación. Secarme es lo que quiero, secarme para siempre y no temer más, no sentir más, no darme cuenta de nada de nada.

Fue en uno de esos días en que lo vi. Bueno, de verlo verlo no, más bien lo sentí, a aquel otro brazo recostado contra un hueco de metal que estaba estancado frente al presidio. De entrada, no podía creer lo que percibía mi piel, mis dedos, mi superficie toda. Era como un calor mañanero, un vuelo, una tibieza que me sobrecogía entero. Burlé al cerebro para que ordenara la aproximación total al recuadro de la ventana abarrotada y luego, desesperado por saber, por conectarme con aquella onda viviente, me estiré celda afuera y me hice ondear, haciéndole señales a aquel hermano que me salvaba del abismo existencial que me consumía. Tomó tres días lograr la conexión. Pero finalmente, el otro brazo respondió. Nos mantuvimos así por largo tiempo, acariciándonos a través del aire, hasta que desapareció en la distancia.

Este suceso se repitió con frecuencia, y me llenaba de alegría, de pasión, de no sé qué otros sentimientos que salían de lugares insospechados por mí hasta aquel instante. Cada día que pasaba, el otro brazo se iba adornando con aditamentos que no eran piel. Podía notar ciertos aritos de temperatura diferente alrededor de sus dedos, de su muñeca, una lectura química hacía descubrir sustancias punguentes que cubría la pátina de sus uñas. Era un brazo muy coqueto aquel que ondeaba por el aire y obviamente se adornaba para mí.

Me desbordé de alegría. No podía creer aquel milagro que la vida me ofrecía. Me sudaba la palma de la mano en espera de la otra mano, aquella que ondeaba diariamente en la distancia. En reacción a mi alegría, al resto del cuerpo también le ocurrían cosas. Por ejemplo, una mañana percaté que la boca mostraba los dientes de forma plácida y sosegada y que curvaba los labios hacia los lados, tratando de alcanzar las orejas. Sonreía.

Una noche en que la verga se hinchó de sangre, sorprendí al cerebro retrayendo de su memoria visual el brazo aquel, mi amado, mi tan querido. Ondeaba y ondeaba en el aire la visión aquella. Se nos fue erizando la piel, la temperatura del cuerpo subió, salieron al paso imágenes guardadas de dedos sobre goznes ajenos, sensaciones escondidas en el bajo vientre. Mis manos y mis dedos comenzaron a recordar cosas. En aquel brevísimo instante del complot cerebral, toda célula de la piel recobró, cada cual a su manera, la memoria de consistencias que tenían las pieles de otros cuerpos, tactos inusitados con membranas húmedas, soluciones viscosas que se enredaban, yema a yema, y resbalaban humedeciendo la mano entera; recordaron temperaturas inusitadas, temblores e hinchazones en sus puntas de ataño metiéndose por pliegues de piel que yo jamás había imaginado que existían. Cuando el cerebro quiso que fuera hasta el pubis y comenzara a masajear, me entró una furia descomunal, y empecé a azotar el rostro, atacándole con mensajes eléctricos para hacerlo desfallecer. No sabía lo que me pasaba. Por un lado quería seguir sintiendo aquel banquete de sensaciones que hacían pararse de puntas cada folículo que me cubría. Por otro me moría de angustia al pensar que otro órgano y no yo disponía de eso que era mío para su placer, que me envilecía, tal vez, usando memorias sin contar conmigo, dejándome a mí en la horrible función alterna de sentirlo todo desde el margen. Enloquecido, arremetí contra la pobre faz, los ojos, los cachetes. Los pulmones se hincharon de aire; la boca y la garganta comenzaron a gritar. Yo sabía que no era la culpa de aquellos órganos, sino del maldito cerebro, pero ¿cómo llegar a él sin herir al resto del cuerpo? La boca comenzó a gritar. No podía controlarme. Ante el escándalo, vinieron los guardias y a palos nos aquietaron a todos. A mí me tocaron varios golpes, lo cual contribuyó a mi sosiego, más aún cuando el casco trató de protegerse conmigo, llamándome a trincos para que lo cubriera de macanazos y patadas.

Después de aquel incidente, estuve incomunicado por días. Yo no quería saber de aquel inmundo traidor replegado entre los huesos del cráneo. Y “ese” se enconchó conmigo y se rehusó terminantemente a mandar señales al resto del cuerpo para que nos aproximáramos a la ventana. Cada mañana, por más que me esforzaba por franquear la descomunal distancia hasta el lugar de encuentros, no podía hacerlo, ni aún aquel día en que se formó una conmoción allá afuera (sentí ondas sonoras en la piel) a causa de algo que no quería moverse de enfrente de la celda, un artefacto habitado por otro cuerpo con el brazo izquierdo extendido hacia el presidio, que ondeaba y ondeaba esperando una señal.

III) Yo soy el oso mañoso que como cuerpos de presidio. Yo soy la estrella del circo, yo me convierto en ventanas, me convierto en barrotes, saco las tripas a veces, y soy un oso muy mago, un oso trapecista, un oso malabarero y un presidio y un penal. Nunca he podido comerme a nadie de afuera. Pero siempre hay una primera vez.
Había un brazo suculento y otro afuera que lo saludaba e intenté comerme a los dos. Ah, dirán ustedes, pero que oso tan malo, que oso sádico, cruel, fetichista. Como si ustedes no lo fueran, ustedes que leen las memorias del truco efectuado en las entrañas del oso mañoso, del oso polar, artista del expreso, ah como si ustedes no se aguaran de bocas y de carnes al oír sobre nalgas apretadas y pieles sudorosas, y dolores de roces y de entradas y de salidas y de deseos que nunca se consuman del todo. Ustedes son unos osos mañosos. También hacen trucos y también comen cuerpos y se atragantan de leches y de miel. Yo lo sé, yo lo sé.

Un día me comí a dos presos que, escondidos al lado de las calderas, estaban jugando a los perritos, ladraban y uno montaba al otro. Estaban desnudos como los perros, aunque los perros no andan desnudos porque siempre tuvieron pelos, estos no tenían tanto pelo, por eso digo que estaban desnudos. Jugaban a los perros, ladraban y se montaban uno encima del otro. Yo me los comí, por indecentes. Los humanos no pueden jugar a los perritos, los humanos no deberían desnudarse al lado de calderas, pasarse las manos por los flancos, hincharse de sangre, apretujarse los labios y feroces morderse las mandíbulas. Los humanos no deben untar de saliva las nalgas, meter la punta de sus vergas por el boquetito aquel, tan rosadito, tan tiernecito, no deberían deleitarse en verlo expandirse para luego terminar atragantado con tanta carne. No deberían envolverse en ese aroma a cosa podrida pero viva, a camaroncitos varados en las algas. No deberían. Bueno, pensándolo mejor, los humanos pueden hacer eso, pero los presos no. Los presos son mi comida.

Ese día yo me miraba por adentro y los vi. Decidí en el acto comérmelos. Mi manera de digerir es singular. Yo soy un oso mañoso, yo soy un oso de circo y la estrella del show. Así que todo lo que a mí respecta, es singular. Y qué truco mágico operé. Si los vieran, a mis dos perritos, uno encajado en las nalgas del otro, uno sacándole mierda y sangre y el otro rugiendo, quien sabe si de dolor, si de gusto, si de furia. Es que era chiquitito y el otro lo obligaba. Cada vez que lo mandaban a las calderas, temblaba de pavor. Allí lo esperaba el otro, él lo sabía; allí y en cualquier rincón oscuro, donde le daba la gana, cuando le entraban las ganas. El perrito chiquito mordía, se retorcía, gritaba, pero siempre terminaba bajo las ancas del más grande.
En realidad no eran dos tan solo, eran más. Una jauría, una multitud completa de presos jugando a los perritos con el perrito chiquito que no se dejaba hacer. Cuando el grande terminó, se le subió otro. Les pidió a sus amigos que lo sujetaran de manos y pies. Se había caído al suelo el perrito chiquito y los otros le despedazaron lo que le quedaba de la carne. Lo abrieron de piernas, de boca, le sujetaron las manos y uno a uno fueron empujando sus vergas por el boquete aquel, rojo sangre, ya, adolorido. El perrito chiquito rugía y lloraba, lloraba y rugía. Me los comí completos porque hice que llegaran los guardias que, asqueados, le entraron a palos a todos, a todos, incluyendo al perrito chiquito y me los molieron bien para mis dientes hambrientos.
Pero en una celda remota, estaba mi manjar predilecto. Era un preso hermoso, negro azabache que vivía en mí hacía muchos años. Su ofensa contra la sociedad era singular. Me sentía tan hermano de este manjar mío. Cuando libre cogía niñas, y les metía sus largos dedos por los goznecitos apenas diferenciados de sus totitas infantiles. !Qué truco de magia! !Qué hambre de circo! Cuando libre, él había sido maestro de escuela, había enseñado a leer y a escribir a aquellas niñitas. Sujetaba diestro y firme en sus manazas las tersas manitas con lápiz dispuestas a enfrentarse a los trazos de su nombre, a deletrear la identidad de la gente que iba a moldear sus viditas. En sus grandes manazas, las manitas batallaban con la madera, con el carbón, con el papel y demás sustancias vegetales dispuestas a nombrar con signos a las cosas. Sus tiernas manazas se fueron haciendo cada día más infantiles, fueron encontrando cada vez más difícil separarse de los coditos, las pieles, los bracitos sucios de toba y sudor. Fueron jugando las manazas con las manitas, y después manazas con muslitos, y más tarde las manazas fueron desabrochando pantalones y blusitas para jugar con otras carnes, las más tiernas. Ni la superficie de un lápiz conocían, ni el roce del papel. La tela que las cubría y ahora las manazas del maestro, que se creían manitas y se metían por aquellos boquetitos tan pequeños “no le digas a papá que jugamos este juego” que abrían huecos para cada uno de sus dedos “las otras amiguitas no tienen que enterarse”. Cuidado tenían las manazas de no hacer daño, ni dejar marcas en los tiernos huequitos deseados. Con solo oler bastaba, con solo sentir el calor y la carne humedecida. Por eso fue tan difícil atraparlas. Hubo que esperar a que pasaran años, a que algunas de las niñitas crecieran y reconocieran lo que las manazas del maestro les habían enseñado, aquellas manazas tan perversas y tan tiernas.

Mi manjar estaba en seguridad máxima, para que los demás presos no intentaran comérselo. Así lo dispuse yo, el Oso mañoso. Por orden del alcaide estaba allí y no salía nunca o casi nunca. Alguna que otra vez al mes, el maestro se doraba al sol desde una esquina del patio y los presos lo arrastraban a un rincón para jugar a los perritos con él. Pero él, retraído como estaba en sus recuerdos, no ofrecía resistencia. Aguantaba todo con temple de mártir. Y yo pensaba -“qué bonito mi maestro, mi manjar, qué hermoso; es un santo y un ángel y un demonio inocente, es un niño grande que no sabe qué pasó, por qué lo castigan, qué ingrato es el amor, qué deleite y qué manjar”. Hasta me enternecí de haber encontrado aquella fruta entre mis tripas. Lo guardé para después y empecé a engullirlo despacito.

Pero entonces fue aquel brazo burlón, aquel brazo suicida, el brazo trapecista de los aires. Con su cómplice de afuera irrumpió mi digestión. !Aggghhh,! rugí esplendoroso. Yo soy un Oso mañoso, soy la estrella del circo, soy el rey del expreso y te pienso comer. Ningún brazo burlón me va a quitar ni por partes mi suculento manjar. Ningún brazo mañoso me va a quitar dedos y uñas y recuerdos de piel que transporten brazos hasta las piernas sin panties en el cuarto de atrás de una escuela. !Agggghhh! rugí esplendoroso.

Suerte que soy poderoso y voraz. Suerte que soy un Oso con suerte. Hice un truco malvado y me reí. !JA, JAAAA…! en medio del expreso. El brazo trapecista calló en desgracia cuando puse al resto de mi manjar en contra suya. Su aliado de afuera se quedó esperándolo a mitad de autopista, causando el tapón más inmenso en toda la historia mundial de tapones en esta área del Caribe. Virgen santa- dirán ustedes, pero que oso farfullero y cobarde, que oso monstruoso y voraz. Como si no lo fueran ustedes gozando de mi espectáculo, comiéndose mis palabras, imaginándose presos que son perritos y brazos trapecistas y sudor. Como si no se escondieran ustedes detrás de sus grandes espejuelos a intentar devorarme. Admítanlo, ustedes son como yo. Ustedes son como yo.

Nadie puede contra el oso mañoso, el oso de las nieves que levanta palacios en dos patas y se balancea por la tela finísísima del expreso. Soy invencible. Soy el mejor. Ni ustedes podrán conmigo. Yo soy un oso muy mañoso y defiendo muy bien mis alimentos.

Mayra Santos Febres (foto)

‘Santos del mediodía’ de Beatriz Meyer

beatriz-meyerTrinidad percibió primero su olor. La canícula de la mañana se concentraba en el cuerpo polvoriento del extraño que le preguntó de golpe: -¿Cuánto? Lo miró sin adivinar las facciones ocultas bajo las capas de caliche que denunciaban su oficio. Me manda el Güero, oyó la voz y se acordó del contratista que a veces le enviaba albañiles a horas inmisericordes, cuando el sol calentaba de más y ni unos pesos para una chela, ni un soplo de aire en medio del marasmo de coches, gritos, bultos.

Trinidad repasó con un dedo húmedo la línea en fuga de su media. Cincuenta baros, más el cuarto, dijo, y el hombre rebuscó en la mochila que llevaba al hombro. Mientras lo guiaba por aceras heridas, ella pensó sin querer -quizá por ser aquel su primer cliente del día- en su nuca descubierta, el triste artificio del pelo desmentido en la raíz, la blusa sin mangas brillando a destiempo, abandonada por la noche, la falda adherida con devoción a sus nalgas en marcha. Y quién sabe por qué sintió ganas de reír, y después pensó que de seguro era el calor que ya le bajaba a chorros lentos por las axilas y bordeaba de humedades la tela delgada de su vestimenta.

Tuvieron que abrirse paso entre los ambulantes apostados ante la puerta del hotel que los recibió con un bostezo de humedad pegajosa. En la recepción un señor gordo de grandes bigotes leía una revista de vaqueros. Trinidad recibió la llave en silencio y el empleado volvió a la lectura. Subieron por la escalera pringosa. El sonido de sus pasos resonó por todo lo alto del cubo, como sacudiendo la modorra de los escasos visitantes. Al llegar al pasillo se toparon con una mujer entrada en carnes que trapeaba con movimientos lánguidos el piso de mosaicos. Sin variar el ritmo indicó: el siete está listo. La pareja penetró en la habitación olorosa a creolina y detergente barato. Trinidad se dirigió al tocador y observó su rostro enrojecido, el rímel que ya formaba un medio círculo de oscuridad bajo los ojos. Se quitó la blusa, más por aligerar el calor de su cuerpo que por una concesión al cliente. No era su costumbre, no. Sólo lo indispensable: las medias, de por sí rasgadas. La falda, a veces, para no arrugarla. Pero esta mañana ella sentía el sudor escurrir entre sus muslos y ya procedía a bajar el cierre cuando por el espejo notó que su cliente se había quedado a mitad de la habitación. No lograba verle los ojos, tanta era la tierra que le cubría la cara. Adivinó a un hombre joven, por el cuerpo delgado y la timidez de movimientos, que a esas alturas se habían vuelto un vaivén, una especie de arrullo, como si el muchacho estuviera dándose valor para desquitar sus ganas y sus cincuenta pesos en el cuerpo sudoroso y prieto de Trinidad. Estrechaba la mochila contra el pecho. Como escudo, tal vez. La mujer suspiró al percibir de nuevo el olor reconcentrado del albañil. Al menos este no está borracho, se dijo. Luego le dio la espalda, en un acto innecesario de timidez. Con cierta dificultad deslizó la falda por sus piernas. La prenda cayó, como vencida por la contundencia de los muslos morenos. Al volverse de frente al muchacho, Trinidad percibió por primera vez la posibilidad de unos ojos amarillos que la recorrían minuciosamente. Pero tanta cal en el rostro del cliente dificultaba la confirmación. El polvo grisáceo cubría las mejillas, la nariz y los ojos como si alguien se hubiera esmerado en camuflar las facciones del joven para dotarlo del tosco efecto de un recién exhumado. Trinidad giró con gracia sobre sus talones; luego descendió en busca de la falda, sumida en precaria posición de derrota. Sintió el temblor de sus carnes, emocionadas por el repentino movimiento. El muchacho abrió más los ojos. Entonces sí los vio. Ojos de gato, escudriñadores. Tenían un color extraño, tan diferente de los ojos oscuros de sus clientes de siempre. Percibió la mirada como un rayo de luz sobre sus piernas, su cadera, su pubis aun cubierto por el calzón rojo que dejaba al descubierto los meridianos de las nalgas. La mujer se dio vuelta y casi escuchó el siseo atormentado del muchacho que de seguro nunca esperó que el precio incluyera el espectáculo de un trasero tan redondo a esas horas de la mañana.

Un golpe de aire proveniente de la ventila abierta acarició el cuello de Trinidad. Se desprendió del sostén, qué caray, si hace tanto calor. Sus pezones se erizaron de gusto al sentir el aire. Ahora sí, por muy tímido, el otro iría a lo suyo. Se acercó un poco para enfrentar -cosa rara, ella siempre al grano, sin demoras ni seducciones extras- desde su horizonte de piel y sudor; los ojos amarillos, la estupefacción. Pasaron varios minutos y el muchacho no se movía. No tengo tu tiempo, ¿lo hacemos o no?, preguntó un tanto irritada por la actitud del extraño. De repente pensó que si lo desanimaba el chamaco le pediría de vuelta sus cincuenta pesos y adiós almuerzo y quién sabe hasta qué horas, con ese calor los hombres preferían la cantina hasta bien entrada la tarde. Todavía sin respuesta se encaminó hacia él. ¿Qué pasa, papito, no te gusto?, inquirió con la ternura rancia de tantas mañanas vacías. Al intentar una caricia sobre el hombro del joven este reculó, dos pasos, la mochila como escudo. Trinidad no pudo evitar llevarse al pecho la mano rechazada. Una súbita vergüenza o desconcierto la sembró en su lugar sobre la alfombra. Pensó en Imelda y en el fulano aquel de la otra noche, el que le había dado la golpiza con el tubo de fierro, y tantas veces como le había advertido Trinidad sobre lo peligroso de mezclar las borracheras con el negocio. Pero eran pasadas las once, pronto sería mediodía, no había bebido ni una maldita cerveza y el fulano este, aparte de mugroso y maloliente, no se veía que se le antojara ni un buche de pulque.

-Si quieres me visto y ya, ahí muere -refunfuñó, ahora sí molesta. El cliente movió la cabeza. La luz amarilla de los ojos, desasosegada por un instante, recobró su cualidad ambarina. Tan clara que la mujer dejó de pensar en golpes. También dejó de pensar en la hora, en el calor. Dejó de pensar. Hasta que la luz se extinguió. El hombre ya no la miraba. Había vuelto a colocarse la mochila al hombro y ahora sus ojos se posaban sobre las manos blancuzcas por el yeso y la grava. Para sorpresa de Trinidad, acostumbrada ya a la atmósfera caliente del cuarto, a la inmovilidad de los cuerpos y del aire, el hombre enfiló hacia el baño. La mujer escuchó correr el agua de la regadera y se resignó. El primer cliente del día era importante. Si tenía buena mano le atraería por lo menos otros 4, con suerte 5 o 6. Era viernes, día de raya, así que tal vez podría trabajar hasta tarde en la noche. Aprovechó para recostarse un rato. Durante la jornada tenía pocas oportunidades de descanso. Sobre todo en los días malos, cuando la lluvia o la lejanía del pago semanal ahuyentaban a la clientela. Entonces se pasaba las horas de pie, desplazándose de un lugar a otro, desentumeciendo las piernas por aquello de las várices que todavía no, pero quién sabe y los bonos bajan. Eso y la piel requemada, las arrugas en torno a ojos y boca, que con un poco de maquillaje se disfrazan pero no se puede competir con tanta muchachita recién desembarcada de provincia, trenzas y mirada de susto, quince, dieciséis años y la vieja historia del novio que las trajo a la gran ciudad con promesas de matrimonio para acabar caminando las calles en busca del mejor postor.

Trinidad suspiró, olvidando un momento las caritas morenas, las trenzas reemplazadas por guedejas de colores súbitamente claros, los clientes que preferían la carne fresca, todavía olorosa a retama, a humo de leña, a lodo del camino. De cara al techo repasó las grietas de la pintura. Tantas veces había estado en ese mismo cuarto y ni siquiera recordaba el color de la colcha, la ubicación de la ventana ni la del armario desvencijado donde a veces guardaba el bolso o el abrigo con la ilusión de haber llegado a casa. Qué tonta, se dijo y aguzó el oído. La regadera no corría más. Pero el fulano seguía dentro. ¿Qué se creerá éste? Una ligera somnolencia la invadió. No oyó la puerta del baño al abrirse, ni vio la estela de vapor que siguió al joven en su camino a la cómoda donde colocó la mochila.

Trinidad soñaba. El aire de la ventila abierta le acarició las mejillas y en el sueño tenía los pies desnudos, salpicados de lodo. Miró el cielo, ese que nadie nunca le señaló ni para bien ni para mal porque sólo estaba ahí, como estaban las acamayas en el recodo del río, entre las piedras redondas, como estaban la hierba y las casas de palma, las vacas y los gritos de otros niños.

El ruido lejano de los autos se coló de repente y ella ya estaba en el autobús con rumbo a la ciudad, toda ilusiones, vestido nuevo y caja de cartón por maleta. De ahí en adelante prefirió no mirar los ojos del primer hombre, el primer billete en la mano de alguien que tampoco señaló el cielo grisáceo, el paisaje de cables y árboles resecos, la sombra que se tendió sobre las cosas como ella tendía su cuerpo en las camas de ese hotel de techos cuarteados, como también se tendía Imelda, la pobre, siempre borracha, siempre triste, si hasta le pegaban por eso, por borracha y por triste. Una vez le dieron con un tubo de fierro. Porque se había reído, ella que nunca se reía, sólo cuando se acordaba de su pueblo y de Juan, el hombre que la perdió, decía. Por eso Trinidad volvió a sus pies enfangados, al río y las acamayas entre las piedras. No quería recordar la sonrisa de Imelda con la cabeza rota por un tubo de fierro.

Corría sin rumbo por el campo cuando un toque suave en sus rodillas la volvió a la realidad de cincuenta pesos más el cuarto. La luz del mediodía se había instalado en el centro de la habitación, decidida, como prolongación del río de sus sueños. El vapor de la regadera revoloteaba todavía en la gravedad del aire. Algo, tal vez un dedo invisible, volvió a rozar su rodilla. Abrió los ojos, desconcertada. Se incorporó, las manos sobre el pecho, escudo contra lo inesperado, contra la caricia que ascendía, tímida, por entre sus muslos. Ahí estaba ya su cliente. Nadie le señaló nunca el cielo, pensó Trinidad, pero ahora ella podía alzar un poco la cabeza y mirarlo de cerca. La visión de un rostro imberbe y mudo la hizo estremecer. De repente la calle, el cuarto, el mundo se volvían un gran silencio, como si el viento se descalzara para caminar sobre su piel y el único punto real fueran las gotitas de agua vibrando en las pestañas de aquel muchacho, casi un niño, ojos color membrillo que la miraban como pidiéndole quién sabía qué camino o fuente, si una mano o un rincón donde la suerte adquiriera las dimensiones de una ciudad naranja y apacible. La mujer escudriñaba las mejillas doradas, redondas, y era como si desplegara por primera vez unas alas ocultas, como si un cántaro se reventara en sus entrañas y esparciera sus aguas al influjo de esa mirada inmensa, amarilla. Abrió los brazos, flores recién cortadas, y su piel tuvo otra vez olor a humo para el forastero pronto a entrar en la virgen geografía del hechizo. Con el instinto de los años guió al joven en su primera muerte, su primer viaje, su primer regreso. Y lo estrechó gozosa, paciente, sabia. Todavía al final, mientras recuperaban el aliento, se preguntaba cómo un hombre tan hermoso podía haber tardado tanto en probarse con una mujer. Nunca había conocido nada como las líneas de ese cuerpo delgado, la boca de labios carnosos y la nariz de niño bien de aquel muchacho que respiraba tranquilo hundido en el hueco de su cuello.

-¿Cómo te llamas? -preguntó la mujer, enternecida al verlo batallar con la hebilla del cinturón.

-Santos -fue la parca respuesta.

Ya para salir, Trinidad recibió una última mirada de los ojos ambarinos. En la luz de la media tarde reconoció de nueva cuenta su belleza. Tuvo ganas de reír -de gusto, de tristeza-, pero se contuvo. Supo, sin lugar a dudas, que de ahí en adelante ella misma podría señalar las cosas del cielo. La sonrisa de agradecimiento de Santos se hizo amplia antes de pasar a ser otra forma de la luz. Luego desapareció tragado por la oscuridad de la escalera. Silbaba una canción alegre. Trinidad bajó los escalones, el alma y los ánimos apaciguados. A lo lejos escuchó la carrera jovial, la tonada que insistía en mezclarse con un ruido metálico, el tipo de sonido que haría un tubo de fierro dentro de una mochila al pegar de cuando en cuando, de manera inadvertida, contra las paredes anónimas de un hotel de paso.

Beatriz Meyer (foto)

‘La colombiana’; la educación gratuita

La colombiana. Valga destacar las buenas actuaciones en ‘La colombiana’, la serie de Tvn a las 20 horas. Por la misma razón, valga nombrar a todos los actores: Felipe Braun, Elizabeth Minotta (primer rostro), María José Illanes (segundo rostro), Lucas Mosquera, Jorge Arecheta, César Sepúlveda, Óscar Hernández, Diego Ruiz, Daniela Estay, Juan José Suárez, Eyal Meyer, Josefina Fiebelkorn (tercer rostro), Carmina Riego, Emilia Noguera (cuarto rostro), Santiago Tupper, Alejandra Fosalba, Delfina Guzmán, Florencia López, María Fernanda Martínez, Schlomit Baytelman, Felipe Morales, Luz Valdivieso, Catalina Guerra, Luis Alarcón, Andrea Freund, Remigio Remedy, Álvaro Pacull, Gonzalo Vivanco, Sara Becker y Anya Jaederlund. Todos excelentes. Las mujeres guapas. Don Óscar Hernández se ha echado al hombro varios capítulos de la teleserie, con gran suceso. Es una comedia con drama, que no deja de lado varios temas palpitantes, como la xenofobia, el arribismo, la vida de barrio, la urbanización deshumanizada, la pre adolescencia masculina y femenina, la relación de parejas, las diferencias sociales de clase, entre los destacados. Por eso, acentuar, de igual manera, los libretos de Jaime Morales, Sandra Arriagada, Iván Salas-Moya y Jimena Oto. Y tanto como los libretos, cuenta en una buena teleserie, como esta, la dirección, a cargo de Germán Barriga y Francisco Cortés. Ojalá que su reemplazo sea de tan alta calidad, pues de otra manera no la distribuiría Telemundo.

Educación. Los señores de la derechista Unión Demócrata Independiente, Udi, y Renovación Nacional, tienen un argumento falso para oponerse a la gratuidad en la educación. Su peregrina tesis es: “cómo se le va a dar educación gratis a los que más tienen”. Que eso es una barbaridad. Que eso es un desperdicio de dinero. Que eso no puede ser, por Dios santo. Olvidémonos que Enna Von Baen, uno de sus principales figurones derechistas, ha estudiado gratis con plata del Estado. No consideremos, pues, a ninguno de los ricachones que ganan becas. Solo digamos que los ricachones en Chile se cuentan con los dedos de la mano. Son 30 o 40. Bueno, aceptemos que son 100. ¿Qué importa que 100 ricachones parasiten la ocasión, si la educación gratuita va a favorecer a varias ¡decenas de miles! de jóvenes pobres? Hablo de “ricachones que parasiten”, porque no hay nada más colgado que un ricachón. ¡Todo lo quieren gratis! Quieren que las empresas les paguen la bencina, los mercados, los viajes, los almuerzos sociales y el colegio de sus hijos. Quieren que el Estado no les cobren impuestos. Quieren todo gratis. Son parásitos, intrínsecamente. Mentalmente son parásitos. Y entonces sí, esos 100 ricachones buscarán tener educación gratuita, pero ¿se untarán de pueblo, en realidad? La respuesta es ‘No’. Ellos, los ricachones, no conocen Santiago sino hasta la Avenida Apoquindo, por el poniente. Ellos, los ricachones, tienen sus colegios, sus nidos educativos, sus universidades. ¿Qué importa soportar, entonces, a 100 parásitos, si se están beneficiando ¡decenas de miles! de muchachos? Si Sebastián Piñera dice que no va a extender la educación gratuita a más chilenos, ¡estará actuando contra el pueblo! En este caso, no hay que votar por él. Y si lo dice, ¿qué importa?, si no va a ser presidente otra vez.

 

‘Apareamientos’ de Mario Santana Ortiz

Mario santana ortizLe decían el Koala porque, ni aun ejecutando a sus víctimas, parecía que estaba del todo despierto. De cara y barriga henchida, el Koala Gutiérrez se pasaba horas mascando un palito de madera, o “chewing stick”, como le llaman al artefacto en Nigeria. Allí había servido, primero como teniente de las fuerzas de paz de su gobierno. Después como soldado mercenario. Vivió 10 años en África, trabajando en varias guerras. La de Sierra Leone fue la última. Se hartó. Regresó a su tierra natal.

Koala podía pasar tiempo incalculable durmiendo. Comía, dormía, mascaba su palito. No hacía nada más. Nunca se le conocieron hijos, nunca tuvo una amante asidua, ni siquiera una infrecuente. Nunca le dio por acostarse con ex convictos, aquellos que salían de la cárcel con esa nueva necesidad instalada en el cuerpo, después de pasarse unos años encerrados entre hombres. “Ese usa la entrepierna nada más que para mear”, lo molestaba el Chino, un primo lejano suyo, que fue quien lo metió al negocio. “Igualito que un Koala. Se la pasa arrima’o a su palo, roncando a pata suelta”. El Koala se limitaba a guardar silencio y a mirarlo con sus ojos redondos y negros, que mantenía cerrados la mayor parte del tiempo.

Pero esta vez los abría. Los mantenía abiertos. Estaba sentado junto al Birome en el Café Violeta’s, esperando a su próxima víctima. Se trataba de una mujer. “La Pastora” había logrado franquear filas hasta convertirse en firme contrincante de su jefe en la interminable guerra de control de puntos de droga. Heredó el mando de un hermano muerto y, de una forma inexplicable, “La Pastora” emergió como un poder letal, una fuerza de la cual era necesario protegerse. Por eso el Jefe contactó al Koala. “Vete con el Birome, él te la indicará. A esa me la limpias del camino. No es necesario que armes mucho aspaviento. Un tirito en la frente y ya”. Era el método clásico que usaba el Koala en sus trabajos. Tiro de frente, infalible, acertando entre medio de las cejas. Nada de charqueros de sangre. Nada de cuerpos agujereados. Todo limpio, íntegro; el Koala garantizaba una adormecida muerte. Era famoso, además, por no darle tiempo a sus víctimas ni para gritar.

Pero no le gustaba matar mujeres. Había visto demasiados vientres desvencijados en la guerra. Demasiadas mujeres violadas por los mismos soldados de la milicia, y luego cortadas a machetazos, cuerpos pudriéndose en la selva. La carne expuesta, justo antes de explotar, tenía la consistencia del plástico. Esa carniza, sobre todo en cuerpo de mujer, le revolcaba el estómago.

Cuando el Jefe le informó de La Pastora, pensó en negarse. Iba a mover su cabeza para lado y lado cuando algo lo detuvo. ¿Cuán mujer puede ser la dueña de un punto de drogas? Es decir, ¿cuánto cuenta como mujer, si es seguro que ha tenido que mancharse las manos, no con la sangre, que eso es fácil (si lo sabría el Koala) sino con el terror vuelto sangre en los ojos de sus contrincantes? ¿A cuántas madres le habrá entregado, personalmente, a su hijo adicto ahora cadáver por una estúpida deuda de puntos? El Koala se imaginó a La Pastora como una mujer hombruna, sin forma, con el pelo corto y las manos hinchadas. Ancha de espaldas como lo era él. O como una puta fría, de esas mujeres flacas, pintadas, con todo de plástico, que a tantos gustan y que a él lo dejan con ganas de seguir eternamente durmiendo.

-Trabajo solo -repuso al Jefe.

-Comoquiera te llevas al Birome. Que te la indique. La cosa es que sea ella.

Nunca se imaginó lo que vio. Al Violeta’s entró una mujer suave como terciopelo. Era carnosa, de un pelambre maduro que olía a baño de especias, a eucalipto. Tenía un moño largo de pelo lacio y un poco tieso, como una crin. Era marrón toda ella, más bien color miel. Sus ojos, pequeños y redonditos, los entrecerraba con la lujuria de quien acaba de levantarse de un largo sueño. A sus pechos grandes, grandísimos, el Koala Gutiérrez los intuyó de pezones oscuros, como para abrevar en ellos toda una eternidad. Los muslos se le apretaban bajo la falda. Eran muslos de mujer que sabía de hijos. Caderas firmes, grupa ancha. El Koala tuvo que cerrar los ojos después de verla pasar. La olió caminar por el pasillo central del Violeta’s. La oyó sentarse en la mesa del fondo. A su lado se apostaron tres hombres parecidos a él, no físicamente, pero parecidos. Obviamente, eran su escolta.

El Birome se marchó. Con los ojos cerrados, el Koala Gutiérrez mantuvo vigilia. También se vigilaba por dentro. Carnes, roces, una erección. No supo qué hacer. Un aroma a eucalipto lo alertó de que su presa mudaba de escenario. Pagó su cuenta, mordió su chewing stick. Los esperaría en su auto.

La Pastora salió del Violeta’s cinco minutos después. Subió con uno de sus matones a una cuatro por cuatro del año, de un dorado sutil, como ella. El Koala se aprestó a seguirla. Sus ojos se encendieron como dos centellas en la noche.

Doblaron por una avenida y tomaron el camino hacia los puertos. El Koala conocía todos aquellos atajos como a la palma de su mano. Cruzaron un puente, la autopista, salieron en la salida Once. Atajaron por el Camino del Andén. Koala Gutiérrez los seguía, en silencio. Entonces, algo en su cabeza lo alertó. Ese camino estaba cerrado por reparaciones. Koala apretó el pie en el acelerador. Seguramente, La Pastora, por asuntos de negocios, entraría a un andén que él desconocería.

La ruta le olía a trampa.

No se pudo explicar de dónde salió el carro que impactó su vehículo por el costado del conductor. El Koala perdió el control y se volcó contra la calzada de los Andenes. El guía del auto le apretaba contra el pecho. Sintió que se sofocaba. Pero dos manos lo sacaron de adentro.

Afuera, La Pastora lo esperaba. Una sola mirada y Koala Gutiérrez supo que nunca podría dispararle en la frente. Que nunca podría dispararle, punto. Que mejor la besaba.

Cerró los ojos y se imaginó acariciando el largo moño de aquella mujer, hundiendo sus manazas torpes en su carne aderezada de hojas y de baños. Imaginó a la Pastora mirándolo igual, degustándoselo. Pero, en su mente le descubrió un brillo extraño en la mirada. Era un brillo frío, como de animal perturbado. No quiso notarlo. Bajó por el suave vientre de la mujer. Hundió su morro entre las piernas amplias y la mordió, la masticó despacio, se la bebió en un instante y en una eternidad. Entonces abrió, finalmente, los ojos.

“Ya puedes matarme”, le dijo.

Sonaron dos disparos.

Mario Santana Ortiz (foto)