‘Taibele y el demonio’ de Isaac Bashevis Singer

Isaac_Bashevis_SingerEn la población de Lashnick, no lejos de Lublin, vivía un hombre con su esposa. Se llamaba Chaim Nossen y ella, Taibele. No tenían hijos. No era que el matrimonio fuese estéril; Taibele le había dado a su marido un hijo y dos hijas, pero los tres habían fallecido en su infancia, uno de tos ferina, otro de fiebre escarlatina y la tercera de difteria. Después, el vientre de la madre se había cerrado y nadie había podido abrirlo: ni plegarias, encantamientos o pociones. El dolor había arrastrado a Chaim Nossen a retirarse del mundo. Se había separado de su mujer, había dejado de comer, y no dormía en su casa, sino en un banco de la sinagoga.

Taibele poseía una tienda de lencería, heredada de sus padres, y estaba en ella sentada todo el día, con una vara de medir en la mano derecha, un par de tijeras en la otra, y el libro de rezos de las mujeres, en yiddish, delante de los ojos. Chaim Nossen, alto, delgado, con ojos negros y un asomo de barba, siempre había sido un hombre meditabundo, silencioso, aun en sus mejores épocas. Taibele era bajita y rubia, con ojos azules y carirredonda. Aunque castigada por el Altísimo, seguía sonriendo, formándosele unos lindos hoyuelos en las mejillas. Ahora no tenía que guisar para nadie, pero encendía el fogón o el trípode cada día y hacía un poco de gachas o sopa para sí misma. También continuaba haciendo calceta, ya un par de medias, ya una blusa; o bordaba en una lona. No entraba en su carácter maldecir al destino ni apesadumbrarse.

Un día, Chaim Nossen puso su manto de oraciones y sus pergaminos, una muda y una hogaza de pan en un saco y abandonó el hogar. Los vecinos le preguntaron adónde iba y él contestó:

-Adonde me lleven mis ojos.

Cuando le dijeron a Taibele que su marido la había abandonado, era ya demasiado tarde para ir en su busca. Ya había cruzado el río. Luego se averiguó que había alquilado una tartana que le llevase a Lublin. Taibele envió un mensajero en su busca, pero no volvió a verse ni al marido ni al mensajero. A los treinta y tres años, Taibele se vio convertida en una esposa abandonada.

Tras un período de búsqueda, comprendió que no le quedaba la menor esperanza. Dios le había arrebatado los hijos y el esposo. No podría volver a casarse: a partir de entonces, tendría que vivir sola. Sólo le quedaba la casa, la tienda y sus pertenencias. La gente del pueblo la compadeció, ya que era una buena mujer, de buen corazón y honesta en su negocio. Todo el mundo se preguntaba:

-¿Qué ha hecho para merecer tanto infortunio?

Pero los designios de Dios son inescrutables.

Taibele tenía varias amistades entre las comadronas de la población, a las que había conocido desde la infancia. Durante el día, como buenas amas de casa se hallaban muy atareadas, pero por las tardes las amigas de Taibele solían ir por la tienda para charlar. En verano se sentaban en un banco delante de la tienda, murmurando y contándose todos los chismes de la vecindad.

Una noche de verano, sin luna, cuando la población estaba tan oscura como Egipto, Taibele se sentó con sus amigas en el banco, contándoles una historia que había leído en un libro comprado a un buhonero. Trataba de una joven judía, y un demonio que la había deshonrado y vivía con ella como marido y mujer. Taibele contó la historia con todo detalle. Las mujeres estaban agrupadas a su alrededor, las manos juntas, escupiendo a la mención del diablo, y riéndose con la risa que denota el temor. Una de ellas preguntó:

-¿Por qué no lo exorcizó ella con un amuleto?

-Ningún diablo se asusta de los amuletos -contestó Taibele.

-¿Por qué no fue a ver a un sagrado rabino?

-El diablo la advirtió que la ahogaría si revelaba el secreto.

-¡Ay de mí, que el Señor nos proteja, que no nos ocurra una cosa igual! -exclamó gimiendo una mujer.

-Ahora tendré miedo de irme a casa -dijo otra.

-Yo iré contigo -le prometió una tercera.

Mientras estaban charlando, Achinan, el ayudante del maestro, que pensaba llegar a casarse algún día, pasó por allí. Achinan, que llevaba ya cinco años de viudez, gozaba de la reputación de ser un bromista empedernido, incluso de tener un tornillo flojo. Sus pasos eran silenciosos porque las suelas de sus zapatos estaban completamente destrozadas y en realidad andaba con las plantas de los pies tocando el suelo. Cuando escuchó la historia contada por Taibele, prestó suma atención. Las tinieblas eran ya tan densas, y las mujeres se hallaban tan embobadas con el cuento, que no repararon en él. Achinan era un individuo disipado, poseedor de muchos recursos y triquiñuelas. Y en un instante perfiló su malicioso plan.

Cuando todas las mujeres se hubieron marchado, Achinan penetró en el patio de Taibele. Se ocultó detrás de un árbol y espió a través de la ventana. Cuando vio que Taibele se metía en cama y soplaba la vela, se deslizó al interior de la vivienda. Taibele no había pasado el cerrojo a la puerta, ya que en el pueblo nunca había habido ningún ladrón. En el pasillo se despojó del “caftán”, la chaqueta, los pantalones y se quedó tan desnudo como le había parido su madre. Luego fue de puntillas hacia la cama de Taibele. Ésta se hallaba casi dormida, y de repente distinguió la sombra oscura a su lado. Se quedó muda de espanto.

-¿Quién es? -susurró, temblorosa.

-No grites, Taibele -le contestó Alchonon, fingiendo la voz, engolándola-. Si gritas te destruiré. Soy el diablo Hurmizah, el señor de las tinieblas, la lluvia, el pedrisco, el trueno y los animales salvajes. Soy el espíritu del mal que se casó con la joven de quien has hablado esta noche. Y contaste la historia con tal realismo, que oí tus palabras desde el abismo y sentí apetencia de tu cuerpo. No intentes resistirte porque suelo llevarme a quienes me rechazan hacia los montes de las tinieblas, el monte Sair, a un paraje agreste desconocido del hombre, donde ni las fieras se atreven a penetrar, donde la tierra es de hierro y el cielo de cobre. Y arrojo a mis víctimas entre las zarzas y el fuego, entre los escorpiones y las arañas, hasta que todos los huesos del cuerpo se convierten en polvo y se pierden en los abismos tenebrosos por toda la eternidad. Pero si accedes a mis deseos, ni un cabello de tu cabeza sufrirá el menor daño, y te concederá la fortuna en todo cuanto emprendas.

Escuchándole, Taibele estaba inmóvil en el lecho. Le latía violentamente el corazón y a veces le daba saltos. Creyó llegado su final. Haciendo acopio de valor, logró murmurar:
-¿Qué quieres de mí? ¡Soy una mujer casada!

-Tu marido ha muerto. Estuve en su entierro -la voz del ayudante de maestro se ahuecó-. Claro, no pude ir a notificárselo al rabino para que permita que vuelvas a casarte, porque los rabinos no se fían de los de mi especie, y además no me atrevo a cruzar el umbral de la sinagoga y me asustan los libros sagrados. Pero no miento. Tu esposo falleció en una epidemia, y los gusanos ya le han dejado sin nariz. Pero, aunque estuviese vivo, nada te prohibiría acostarte conmigo, ya que las leyes de Shulhan Aruch no nos conciernen a nosotros.

Hurmizah, el ayudante de maestro, continuó un buen rato con voz persuasiva, amenazando y conmoviendo a la pobre Taibele. Invocó los nombres de ángeles y demonios, de bestias demoníacas y vampiros. Juró que Asmodeo, el rey de los diablos, era su tío. Afirmó que Lilith, la reina de los espíritus del mal, iba de coronilla por él y hacía cuanto fuese por complacerle. Shibatah, la diablesa que les robaba los bebés a las mujeres en el parto, cocinaba pasteles para él en los hornos del infierno, con grasa de lagartos y perros negros. Tanto arguyó, con tantas parábolas y proverbios, que Taibele se vio, finalmente, obligada a sonreír. Hurmazah aseguró haber amado a Taibele desde largo tiempo. Le describió los vestidos y mantos que ella había llevado el año anterior y aún más atrás. Le repitió los secretos pensamientos que la asaltaban cuando amasaba la pasta, preparando la comida del sábado, cuando se bañaba, y cuidaba de la casa. También le habló de la mañana en que se había despertado con una señal azulada en sus pechos. Taibele había creído que se trataba del pinchazo de un abejorro. En realidad, era la marca de los labios de Hurmizah al darle un beso.

El diablo no tardó en meterse en la cama de Taibele, consiguiendo que la mujer se doblegase a su voluntad. Le comunicó que seguiría visitándola dos veces por semana, los miércoles y sábados por la noche, ya que eran éstas las noches que los espíritus del mal pueden vagar libres por la tierra. Le advirtió que no debía divulgar sus relaciones, bajo ningún pretexto, bajo pena de un tremendo castigo; él, Hurmizah, le arrancaría los pelos del cráneo, uno a uno, le atravesaría los ojos, y le mordería el ombligo. Luego la arrojaría a las desoladas tinieblas, donde el pan eran excrementos y el agua sangre, y donde se escuchaban a todas horas los sollozos de Zalmaveth. Obligó a Taibele a jurarle por los huesos de su madre que conservaría el secreto hasta el último día. Taibele comprendió que no tenía escapatoria, puso una mano sobre un muslo del diablo y pronunció el juramento, y a continuación hizo todo cuanto el monstruo quiso.

Antes de desaparecer el diablo, la besó larga y voluptuosamente, y como era un demonio y no un hombre, Taibele le devolvió los besos y le humedeció la barba con sus lágrimas. Aunque se tratase del espíritu del mal, la había tratado con suma amabilidad.
Cuando Hurmizah se hubo marchado, Taibele sollozó hasta el amanecer sobre la almohada.
Hurmizah volvió cada miércoles y cada sábado por la noche. Taibele temía que pudiera quedar embarazada y dar a luz un monstruo con cola y cuernos…, un chivo o un lagarto. Pero Hurmizah prometió protegerla de la vergüenza. Taibele le preguntó si necesitaba acudir a los baños rituales para purificarse después de los días de impureza, pero Hurmizah le contestó que las leyes relativas a la menstruación no se aplicaban a quienes se aparejaban con un compañero impuro.

Como dice el refrán, que Dios nos preserve de todo aquello a que nos acostumbramos. Esto le ocurrió a Taibele. Al principio, temía a su visitante nocturno, pensando que podría perjudicarla de algún modo, contaminándole alguna enfermedad, haciéndola ladrar como un perro, o beber orina, y acarreando la desgracia sobre su cabeza. Pero Hurmizah nunca la escupió ni la pinchó. Por el contrario, la acariciaba, le susurraba ternezas, y le componía versos. A veces le contaba chistes y tonterías con tanto donaire, que se veía forzada a reír. La tironeaba del lóbulo de la oreja y le pegaba bocados amorosos en la espalda, y por la mañana ella observaba las huellas de los dientes en su piel.

El diablo la convenció para que llevase el pelo suelto bajo el gorrito, y él mismo le hizo unas trenzas después. Le enseñó encantamientos y conjuros, le habló de sus noches de vigilia, de los diablos con quienes volaba sobre los marjales de Sodoma, y por las vastas llanuras del mar de los Hielos. No negó que tenía otras esposas, pero todas eran diablesas. Taibele era su única esposa humana. Y cuando Taibele le preguntó los nombres de sus mujeres, él se las nombró: Namah, Machlath, Aff, Chuldah, Zluchah, Nafkah y Chei-mah. Siete en total.

Le habló de Namah, que era tan negra como la pez y llena de furia. Cuando discutían, ella escupía veneno y echaba fuego y humo por la nariz.

Machlath tenía la cara de una sanguijuela, y a quienes tocaba con su lengua quedaban marcados.

A Aff le gustaba adornarse con plata, esmeraldas y diamantes. Sus trenzas eran de oro hilado. En los tobillos llevaba campanillas y brazaletes; y cuando bailaba, repiqueteaban todos sus adornos.

Chuldah tenía forma de gata. Maullaba en vez de hablar. Sus ojos eran verdes como uvas. Y cuando copulaba, siempre masticaba hígado de oso.

Zluchah era la enemiga de las novias y recién desposadas. Les robaba siempre los novios en potencia. Si una novia salía sola durante las siete bendiciones nupciales, Zluchah danzaba a su alrededor, y la novia perdía el habla o sufría un ataque.

Nafkah era malvada, siempre traicionándole con otros demonios, aunque Hurmihaz la amaba por su insolente y maliciosa charla, que le alegraba el corazón.

Cheimah, según su nombre, habría sido tan viciosa como Namah, de haber sido blandengue, pero lo contrario era lo cierto. Cheimah era una diablesa sin hígado. Era muy caritativa y solía amasar la pasta de las amas de casa que estaban enfermas, o llevaba su pan al hogar de los pobres.

Fue así como Hurmizah describió a sus esposas, añadiendo un vivido relato de cómo él se comportaba con ellas, jugando por los tejados y realizando toda clase de bromas pesadas. Ordinariamente, una mujer se siente celosa cuando un hombre se acuesta con otras mujeres, pero, ¿cómo podía una mujer humana tener celos de las diablesas? Por el contrario, los chismes de Hurmizah divertían mucho a Taibele, la cual siempre le estaba atosigando a preguntas. A veces, él le revelaba misterios desconocidos por los mortales, sobre Dios, los ángeles y serafines, sus mansiones celestiales, y los siete cielos. También le hablaba de cómo los pecadores, hombres y mujeres, eran torturados en los negros pozos de pez y en las coladeras puestas sobre brasas al rojo vivo, en lechos llenos de clavos y en simas de nieve, y cómo los ángeles negros apaleaban los cuerpos de los pecadores con pértigas de fuego.

El mayor tormento del infierno eran las cosquillas. En el infierno existía cierto diablo llamado Lekish. Cuando éste le hacía cosquillas a una adúltera, en las plantas de los pies o en las axilas, su atormentada risa podía oírse hasta en la isla Madagascar.

De este modo, Hurmizah entretenía a Taibele durante toda la noche, y no tardó en echarle de menos cuando no acudía a su lado. Las noches de verano le parecían demasiado cortas, ya que Hurmizah se marchaba siempre después del canto del gallo. Ni siquiera eran bastante largas las noches de invierno. Lo cierto es que Taibele había acabado por amar a Hurmizah, y aunque comprendía que una mujer no debe amar a un demonio, suspiraba por él día y noche.

Aunque Alchonon llevaba varios años de viudez, las casamenteras todavía intentaban atraparle. Las jóvenes que le proponían eran de familias modestas, viudas o divorciadas, ya que un ayudante de maestro era una pobre proporción y, además, Alchonon tenía la reputación de estar un poco chiflado. Alchonon iba desdeñando las proposiciones con diversas excusas: una mujer era demasiado fea, la otra tenía una lengua muy larga, la tercera era una puerca. Las casamenteras se preguntaban:
“¿Cómo es posible que un ayudante de maestro, que gana nueve groschen por semana, presuma tanto y quiera escoger? ¿Cómo puede vivir solo un hombre?”

Pero ninguna lograba arrastrarle al tálamo nupcial.

Alchonon era bien conocido en el pueblo: alto, delgado, andrajoso, una enmarañada barba roja, una camisa deshilachada, con una nuez muy prominente, siempre subiendo y bajando. Esperaba que muriese Reb Zekele, el secretario, para sucederle en el empleo. Pero Reb Zekele no tenía prisa por morirse; seguía cumpliendo sus deberes con el mismo celo de sus tiempos juveniles. Alchonon trató de dar clases por su cuenta a los párvulos, pero ninguna madre quiso confiarle a sus hijos. Por las mañanas y las tardes, acompañaba a los niños a la escuela, a la ida y a la vuelta. Durante el día se sentaba en el patio del maestro Reb Itchele, afilando indolentemente punteros de madera, o recortando papeles de adorno que sólo se usaban en Pentecostés, o modelando figuritas de arcilla. No lejos de la tienda de Taibele había un pozo, y Alchonon acudía a él tres veces al día para sacar un cubo de agua o beber unos sorbos derramando agua por entre los pelos de su barba roja. En tales ocasiones, miraba disimuladamente a Taibele. Y ésta le compadecía:
-¿Por qué tiene que ser tan descuidado?

Alchonon, por su parte, se decía cada vez:

“¡Ah, Taibele, si supiese la verdad…!”

Alchonon vivía en un desván, en la casa de una viuda, ya anciana, medio sorda y medio ciega. La vieja a menudo le increpaba por no ir a la sinagoga a orar como los demás judíos. Lo cierto era que tan pronto como Alchonon había acompañado a los niños a sus casas, rezaba una oración de manera apresurada, y se metía en cama. A veces, la vieja creía oír los pasos del ayudante del maestro en medio de la noche, al salir de su habitación. Luego le preguntaba adonde había ido a aquellas horas, pero Alchonon le respondía que lo había soñado todo. Las mujeres que se sentaban en los bancos al atardecer, para zurcir calcetines y cotillear, esparcieron el rumor de que, pasada la medianoche, Alchonon se convertía en una especie de lobo. Algunas llegaron a afirmar que tenía tratos con un súcubo.

De lo contrario, ¿cómo iba un hombre a vivir tantos años sin contacto con una mujer? Los ricos dejaron de confiarle a sus hijos. Por fin, sólo acompañó a la escuela a los niños pobres, y muy raras veces comía una cucharada de sopa caliente, teniendo que contentarse con los mendrugos secos.

Alchonon fue adelgazándose con el transcurso del tiempo, aunque sus pies continuaron tan firmes como antes. Con sus delgadas piernas, parecía caminar como sobre unos zancos. Debía de sufrir una sed constante, ya que continuamente iba al pozo a beber. A veces, sin embargo, ayudaba simplemente a una mujer o a un aldeano a abrevar su caballo. Un día en que Taibele vio, desde lejos, que llevaba el caftán excesivamente destrozado, le llamó desde la tienda. Alchonon la miró asustado y se puso pálido.

-He visto que tu caftán está roto -le dijo Taibele-. Si quieres, puedo prestarte unas yardas de tela. Ya me las pagarás, a un grivnic por semana.

-No.
-¿Por qué no? -exclamó Taibele, admirada-. No te atosigaré por el pago. Me darás el dinero cuando puedas.

-No.
Y salió de prisa de la tienda, temiendo que ella pudiera reconocer su voz.

En verano era más fácil visitar a Taibele en medio de la noche. Alchonon se abría paso por entre los caminos vecinales, arrebujándose en su destrozado caftán. En invierno, el tener que desnudarse y volver a vestirse en el helado pasillo de la casa de Taibele, le resultaba bastante penoso. Pero peor eran aún las noches de nieve. Alchonon también estaba preocupado por si Taibele o uno de sus vecinos llegaba a observar sus pisadas. Se resfrió y empezó a toser. Una noche se metió en la cama de Taibele entrechocando los dientes, y tardó mucho rato en calentarse. Temiendo que ella llegase a descubrir el engaño, inventó explicaciones y excusas. Pero Taibele no deseaba descubrir nada. No había tardado en averiguar que aquel diablo poseía todas las costumbres y fragilidades de un hombre. Hurmizah sudaba, estornudaba, hipaba y bostezaba. A veces, el aliento le olía a cebolla y otras a ajo. Su cuerpo se asemejaba al de su esposo, huesudo y velludo, con una nuez en la garganta y un ombligo. A veces, Hurmizah estaba de buen humor y otras, en cambio, no hacía más que suspirar. Sus pies no eran los de un ganso sino humanos, con uñas y callos. Una vez, Taibele le preguntó el significado de todo esto, y Hurmizah le explicó:

-Cuando uno de nosotros se apareja con una mujer, asume la forma de un hombre. De otro modo, ella se moriría de miedo.

Sí, Taibele se había acostumbrado a Hurmizah y le amaba. Ya no le temía, ni tampoco a sus impías exclamaciones. Sus cuentos eran inexcusables, si bien Taibele solía hallar en los mismos algunas contradicciones. Como todos los embusteros, Alchonon poseía poca memoria. Al principio había asegurado que los diablos eran inmortales. Pero una noche le preguntó a Taibele:

-¿Qué harás cuando yo me muera?

-¡Pero los diablos no mueren!

-¡Son llevados a otros abismos más profundos!

Aquel invierno hubo una epidemia en la población. Los vientos helados soplaron del río, los bosques y las marismas. No sólo los niños, sino los adultos fueron diezmados por el mal tiempo. Llovió y granizó. Las aguas rompieron la presa del río. El vendaval le arrancó un aspa al molino. La noche del miércoles, cuando Hurmizah se metió en el lecho de Taibele, ésta se dio cuenta de que el diablo tenía el cuerpo ardiendo, aunque con los pies helados. Se estremecía y se quejaba. Intentó entretenerla con los chismes de las diablesas, de cómo seducían a los jóvenes, cómo se acoplaban con otros demonios, cómo tomaban los baños de ritual, cómo ataban los pelos de las barbas de los viejos… pero se sentía débil y no pudo poseerla. Taibele jamás le había visto en tal estado. El corazón le dio un salto.

-¿Quieres que te dé un poco de leche caliente?

-Estos remedios no son para los de nuestra especie.

-¿Qué hacéis cuando enfermáis?

-Nos rascamos.

Apenas dijo nada más. Cuando besó a Taibele, le olía el aliento. Siempre se quedaba a su lado hasta el canto del gallo, pero aquella noche se marchó antes. Taibele permaneció en la cama, en silencio, escuchando sus movimientos en el pasillo. Él siempre le había jurado que salía volando por la ventana, aunque estuviera cerrada, pero esta vez le pareció a Taibele oír crujir la puerta. Taibele sabía que era un pecado rezar por los demonios, que se les debe maldecir y arrojarles de la memoria; y sin embargo, le suplicó a Dios en favor de Hurmizah.

-¡Hay tantos demonios… -rogó, angustiada- que uno más no importa!

Al sábado siguiente, Taibele esperó en vano a Hurmizah hasta el amanecer; no llegó. Le llamó interiormente y murmuró los encantamientos que él le había enseñado, pero el pasillo continuó silencioso. Taibele yació en cama como atontada. Hurmizah se había ufanado una vez de haber bailado para Tubal-Cain y Enoch, que había estado sentado en el tejado del Arca de Noé, que había lamido la sal de la nariz de la esposa de Lot, y tirado de la barba de Asuero. Había profetizado que Taibele se reencarnaría dentro de cien años en una princesa y que él, Hurmizah, la capturaría con ayuda de sus esclavas Chittim y Tachtim, llevándosela al palacio de Bashemath, la mujer de Esaú. Pero ahora seguramente estaba enfermo, un demonio desamparado, un huérfano solitario… sin padre ni madre, sin una fiel esposa que le atendiese. Taibele recordó cómo su respiración habíale parecido el jadeo de una sierra la última vez que habían estado juntos; cuando se había sonado, habíanle silbado los oídos. Del domingo al miércoles, Taibele apenas pudo esperar hasta que el reloj dio la medianoche, pero pasó toda la noche y Hurmizah no apareció. Taibele se volvió de cara a la pared.

Brilló el día, triste como la noche. Del entoldado firmamento caía una nieve fina. El humo no podía salir de las chimeneas y se esparcía sobre los tejados como sábanas deshilachadas. Las peñas rechinaban ásperamente. Los perros ladraban. Después de la desdichada noche, Taibele no tuvo fuerzas para ir a la tienda. Sin embargo, se vistió y salió. Fue entonces que vio a cuatro individuos llevando una camilla. Por debajo de la manta cubierta de nieve salían los pies de un cadáver. Sólo el enterrador seguía al difunto. Taibele le preguntó quién era, y el enterrador le respondió:
-Alchonon, el ayudante del maestro.

A Taibele le pasó una idea extraña por el cerebro: escoltar a Alchonon, al desgraciado que había vivido solo, muriendo solo también, en su último viaje. ¿Quién iba a entrar en la tienda en un día tan pésimo? ¿Y qué le importaba a ella su negocio? Taibele lo había perdido todo. Al menos, podía realizar una buena obra. Siguió al difunto por la larga ruta del cementerio. Esperó mientras el sepulturero quitó la nieve y cavó una fosa en la tierra helada. Envolvieron a Alchonon, el ayudante del maestro, en una túnica de rezos y una cogulla, le colocaron tejoletas en los ojos, y entre las manos una ramita de mirto que le serviría para abrirse camino hacia la Tierra Sagrada, cuando viniese el Mesías. Luego cerraron la fosa y él sepulturero recitó el Kaddish. Taibele exhaló un sollozo. Alchonon había llevado una vida solitaria, igual que ella. Como ella, no dejaba herederos. Sí, Alchonon, el ayudante del maestro había ejecutado su última danza. Por los cuentos de Hurmizah, Taibele sabía que el difunto no iría derecho al cielo. Cada pecado origina un demonio, y éstos son los hijos del hombre después de su muerte. Y vienen a exigir su parte. Llaman padre al muerto y lo llevan al bosque y a la aspereza selvática hasta haber apurado su castigo y estar dispuesto a pasar por la purificación del infierno.

A partir de entonces, Taibele continuó sola, doblemente abandonada por un asceta y por un diablo. Envejeció rápidamente. No quedaba nada de su pasado excepto aquel secreto que jamás podría ser revelado y que nunca nadie creería. Hay secretos que el corazón no puede revelar a los labios. Se llevan a la tumba. Los sauces los murmuran, las rocas los cuchichean, las losas funerarias conversan de ellos silenciosamente, en el lenguaje de las piedras. Los muertos despertarán un día, pero sus secretos permanecerán con el Altísimo y Su Juicio hasta el fin de todas las generaciones.

Isaac Bashevis Singer (foto)

 

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