‘Soledad al final del coche-cama’ de Óscar Collazos

oscar_collazosAl despertarse, encendió la lamparilla de la litera, inclinó el cuerpo y quiso saber si su mujer dormía. Había empezado a hacerlo desde que salieran de Guadalajara, cuando él creyó que ella le sugeriría apagar la luz y abandonar el libro que había empezado a leer en la estación de Chamartín.

Giró el cuerpo y asomó la cabeza hacia la litera inferior del compartimento elegido para este primer viaje en un coche-cama ponderado repetidas veces en los anuncios de televisión. No se sobresaltó. Se sintió tal vez un poco sorprendido por la ausencia. “Debe de haber salido a fumarse un cigarrillo”, pensó. Sin embargo, no intentó recuperar el sueño. Dejó la lamparilla encendida, volvió al libro que había abandonado y trató de ordenar los acontecimientos del capítulo anterior. “Aquella noche, Charles se hallaba tumbado bocarriba en su habitación de un hotel de Anthony Bruno El Paso”, leyó.

Quiso anticiparse a los acontecimientos. ¿Qué malignas pretensiones movían al fanfarrón de Bruno? La novela de Patricia Highsmith le había interesado desde la primera página. Extraños en un tren era la clase de novela que agarraba al lector por las solapas y no lo abandonaba hasta la solución final y sorprendente de la trama. Corrió entonces el riesgo de ganarse un reproche y encendió un cigarrillo, necesario para volver a introducirse en el relato.

Si su mujer entrara en ese instante, le diría que le había puesto nervioso la ausencia, cualquier cosa que redujera el disgusto que le produciría verlo fumar después de haber hecho miles de esfuerzos y haber conseguido abandonar los dos paquetes diarios y en parte la tos crónica del fumador empedernido. “Es sólo un cigarrillo, el único del día”, le diría.

Abrió un poco la ventanilla, lo suficiente para que el humo se escapara hacia el exterior. Sintió la fresca brisa nocturna e imaginó el paisaje de Castilla, tan familiar a su memoria. Volvió a la lectura y consumió íntegro el cigarrillo; arrojó la colilla hacia fuera y el instantáneo resplandor le pareció similar al de una chispa eléctrica que interrumpe de pronto la armonía de la oscuridad.

En el capítulo siguiente, Guy recibe una carta de Charles, procedente de Palm Beach. “La patología del criminal -pensó Hernández- empieza a trabajar sobre la endeble conciencia de Guy”. Esta reflexión le hizo dejar el libro de lado. Habrían pasado al menos quince minutos cuando volvió la inquietud y decidió bajar de la litera. Salió al pasillo. Menos mal que se había puesto el pijama y que, colgada al lado de la litera, estaba la vieja bata de seda que su mujer le había regalado al cumplir 55 años.

Al abrir la puerta del compartimiento y asomarse al pasillo, Hernández creyó que la limpia visión de un largo y estrecho espacio despoblado era apenas una figuración suya, el presentimiento o el temor, dando por un instante la impresión de algo real. No se veía ni un alma, sólo el resplandor proveniente del compartimento vecino, alguien que aún leía o un grupo de viajeros que disfrutaba del coloquio y de una buena botella de vino. Decidió dirigirse hacia un extremo del vagón, pues pensó que tal vez su mujer se hubiera encontrado indispuesta y aún estuviera lidiando con sus intestinos. Vaciló antes de llamar a la puerta del WC. Cuando finalmente se decidió, pronunció el nombre de su mujer y escuchó al instante una ronca voz de hombre que le respondía con acritud:

-¿Es que no puede esperarse?

Su mujer no estaba en el lavabo. Miró de nuevo el estrecho espacio vacío, el chorro de luz que salía del compartimento y le llegó el rumor de una conversación, al mismo tiempo que la impresión más acelerada del ritmo cardiaco. Sintió algunas gotas de sudor en el cuello y la frente.

“¿Dónde se había metido?”, se preguntó. Y no fue ésa, exactamente, la pregunta que hizo al revisor que acababa de aparecer, adormilado, negligente y seguramente ajeno al sueño de los viajeros.

-¿Ha visto usted a una mujer, digamos de unos 65 años?

-¿Qué dice?

-He perdido a mi mujer -dijo Hernández con el temor de estar haciendo el ridículo.

El revisor debió de pensar que le tomaban el pelo.

-Perderse, se pierden -dijo-. Aparecer, aparecen cuando uno menos lo espera.

-Se lo digo en serio: me desperté y mi mujer no estaba en su litera. ¿Está abierto el bar?

-Acaban de cerrarlo -dijo-. No quedaban más que dos borrachos latosos.

Hernández se sintió extraviado entre la guasa del revisor y su propio desconcierto.

-La última vez que la vi -recordó-, fue al salir de Guadalajara.

-¿Viajaban juntos?

-¿Cómo va a viajar un matrimonio? -se enojó-. Juntos y en un compartimento para dos.

“Charles convencerá finalmente a Guy; de otra forma no tendría ningún sentido la novela” -pensó absurdamente durante toda la tarde y parte de la noche y éste fue el pensamiento que se interpuso cuando se quedó mirando con severidad al revisor.

-Si lo ha dicho en serio, habrá que hacer algo -dijo el revisor-. Demos una vuelta por los otros vagones. Hay gente que se aburre en las literas y decide darse un paseo para ver si les viene el sueño.

-Mi mujer no es una insomne -dijo Hernández-. Siempre se duerme la primera.

-Nunca se sabe -intervino el revisor-. Uno tiene sus vicios secretos. Hernández iba a decir “mi mujer no”, pero se sintió ridículo.

Era el primer viaje que hacían en un coche-cama de primera, el primero ciertamente, pues hasta entonces no habían pasado de Cuenca, Toledo y Segovia, siempre en coches de segunda. El recorrido más largo y ahora remoto había sido de Madrid a Alicante en un sofocante día de agosto, todo el trayecto en el bar, absortos en el paisaje humano que ofrecían los viajeros. Su mujer se había sentido indispuesta al comienzo del viaje -recordó.

-Si no la encontramos, tendrá que poner una denuncia.

-¿Ante quién voy a poner y una denuncia? ¿Y qué coño quiere que diga?

-En Calatayud hay una comisaría cerca de la estación.

“Charles llevara a Guy a la ruina -pensó Hernández-. Los hay débiles y todo hombre siempre está sin saberlo, a las puertas de un crimen”.

La apariencia convencional que hubiera dado vestido se volvía casi ridícula con el atuendo que llevaba: pijama a cuadritos y una vieja bata de seda. Había pasado de los 65 años y al revisor no le causó asombro el aspecto estrafalario del viejo. Estaba acostumbrado a ver los viajeros más extraños en los recorridos nocturnos. El Talgo era indiferente: un hotel rodante, todo en su sitio, de vez en cuando algún insomne o la aventura casual de un Casanova, todo dentro de la discreción más deseable.

-Nos queda sólo un coche -dijo el revisor.

-No lo comprendo -reflexionó Hernández-. No pudo haberse apeado en Guadalajara y menos en Medinaceli. ¿A santo de qué iba a hacerlo?

-A lo mejor dormía usted.

-No lo había pensado.

-A veces se apean porque se les ocurre comprar alguna chuchería; se despistan y se enteran de que el tren ha seguido su camino. Suele suceder.

-Entonces, la ha dejado el tren -aceptó tristemente el viejo.

-Podríamos llamar a las estaciones anteriores, pero primero hay que saber si bajó del tren.

El último coche, el último antes de un furgón de correo, estaba desierto. Eran compartimentos reservados, con destino a Barcelona.

-No lo entiendo -dijo Hernández. Temió que una lágrima resbalara por sus mejillas y el revisor no entendiera la dimensión de su pena.

-Pues yo tampoco -dijo el revisor-. Vuelva a su compartimento y espere. Voy a pedir información a Guadalajara y a Medinaceli.

Fumó un cigarrillo tras otro, absorbido por la continuidad inescrutable del paisaje. Lo adivinó seco y áspero, como el envejecimiento, como los años a su paso por el cuerpo, inclementes e ineluctables, preparando el terreno a la única cosa esperanzadora y cierta de los hombres, la soledad, contra la que se pelea en la juventud y a la que los seres se acomodan cuando ya la juventud es una fantasía remota.

“Charles es fuerte e imaginativo, Guy un pelele a merced de la endemoniada voluntad de Charles” -pensó. Aunque era inoportuno pensar en la novela, no podía separarse de la trama.

Cuando el revisor regresó, Hernández parecía estar entregado a sus disquisiciones morales.

-Olvidé decirle que mi mujer se llama Asunción Alfonso de Hernández.

-No importa por ahora el nombre. Dentro de poco llegaremos a Calatayud y todo se arreglará.

No le gustó el entusiasmo del revisor, aunque agradeció el tono amable con que le hablaba.

-¿Ha visto si están las maletas?

-Viajamos con una sola, grande -respondió-. Es más cómodo.

-Habrá dejado su neceser, digo yo.

-Sólo traía un bolso.

-Y está el bolso?

-No señor. Debió de haberse apeado con el bolso -consintió-. Si quería comprar algo, se apeó con el bolso.

-Lleva usted razón -dijo el revisor.

Era una pena que hubiera podido pasar del capítulo 7 de la novela. El asco que había empezado a sentir por Charles era inferior a la piedad que le inspiraba Guy. Al fin y al cabo -se decía-, la astucia del criminal no justifica la pusilanimidad de la víctima.

-No se mueva -pidió el revisor-. Esperamos respuesta.

Se retiró hacia los vagones de cola. Hernández deseó, por una rara necesidad íntima, comentar con el revisor el asunto de la novela. Ya se había hecho su propia ecuación: A desea que B cometa un crimen en su lugar; para comprometer a B, comete un crimen que B no pensaba cometer pero del que éste será el primer sospechoso. Juego de cómplices y reciprocidad en las culpas, primera instancia de la impunidad. Pero el revisor había desaparecido y la novela de Patricia Highsmith se había quedado abierta en el capítulo 7, razón de más para que Hernández creyera que aquella noche todo se le estaba quedando suspendido: un argumento, la presencia de una mujer a la que acaso ya no amaba pero que le era tan próxima e inevitable como la más inmediata de las necesidades. También parecían suspenderse, en la inmovilidad, la noche, con su cerrazón inescrutable, el tren a una velocidad acompasada. Calatayud a sólo unos metros. ¿Y si no fuera Calatayud, si sólo fueran las barriadas de Madrid o Alcalá de Henares, por ejemplo, ese Madrid del que hubiera preferido no salir nunca? Se estaba bien en el pisito de la calle de Atocha, las prostitutas de la Plaza Benavente cumplían con su ritual diario, en la plaza de Santa Ana volaban las palomas, todo seguía siendo como había sido siempre, un paisaje repetido, ningún imprevisto, ¿todos los Charles del mundo imponiéndose sobre los Guy del mundo?

El tren se detuvo y el vagón de Hernández quedó frente a la estación. ¿Había llegado la hora de la denuncia o el parte? Sintió una irresistible flojera en las piernas. Todo había ido demasiado lejos, nada estaba ya bajo su dominio.

-De Guadalajara y Medinaceli informan que ningún viajero se ha reportado -informó el revisor.

El revisor venía acompañado por el jefe de estación y un grupo.

Sabían ya de la suerte del “pobre hombre de pijama y la bata” y Hernández estuvo de nuevo a punto de llorar. Los curiosos de aquella noche lo alentaban, no debe preocuparse, a lo mejor fue sólo un despiste, cogerá el tren siguiente, las mujeres tienen mejor que los hombres los pies sobre la tierra -le decía el viajante de comercio catalán que resultó ser vecino, dormía en el compartimento siguiente. Había escuchado algo y no le había dado importancia. Era una pérdida temporal y no debía inquietarse. Lo mejor sería que siguiera hasta Zaragoza o, por qué no, esperar en Barcelona. Los empleados de la compañía estarían al tanto, él mismo podía acompañarlos en su coche a buscar un hotel. ¿Sabía su mujer en qué hotel iban a alojarse?

-Pensábamos en una pensión de las Ramblas -dijo, pero no sabía cuál.

El interlocutor catalán mostró un gesto de sorpresa, dijo algo en su idioma y se retiró el grupo de curiosos.

-Nunca hemos estado en Barcelona -dijo Hernández sollozando-. Pensábamos subir en autocar a la Costa Brava -consiguió decir cuando un par de lágrimas escaparon sin pudor en medio de los viajeros, intrigados algunos. Unos permanecían silenciosos, otros le palmeaban la espalda, no se preocupe, hombre, es imposible que una persona se pierda en un viaje como éste. Hernández miraba a los curiosos que se desdibujaban y se convertían en un mojón abstracto en movimiento. Como una montaña de materia maleable empujada por una profunda fuerza natural.

-¿Se queda o sigue el viaje? -preguntó el jefe de estación-. Yo que usted, continuaría hasta Barcelona.

-Si usted lo dice -aceptó con humildad Hernández-. ¿Cree que mi mujer podrá coger el tren siguiente?

-¡Claro que podrá! ¿Tiene usted el billete?

-Sí -dijo Hernández, y trató de buscar en el bolsillo de la chaqueta antes de darse cuenta de que iba en pijama-. Sí, lo tengo en mi chaqueta.

-No importa. Su mujer no tendrá ningún problema.

Sonidos de campana alertaron a los viajeros. En uno de los coches, los viajeros se asomaban a las ventanillas y seguían el triste episodio del hombre que había perdido a su mujer.

Hernández parecía haber olvidado la novela y la terrible suerte que esperaba al bueno de Guy. Se olvidaba incluso de sí mismo y aceptaba con satisfacción que aún quedaban hombres interesados por el bien de los demás.

-Suba, hombre -le pidió el revisor y le ayudó a subir al coche. Una vez dentro, lo acompañó al compartimento que seguía con las luces encendidas y las portezuelas abiertas.

-Debo revisar su billete.

Hernández se vio de pronto encerrado en los límites de su propia tribulación. Tal vez pasaron minutos antes de que entrara al compartimento y buscara con torpeza la chaqueta que había colgado en una percha, antes de que el temblor de sus manos, que el revisor atribuyó al desamparo de un hombre abocado a una soledad absurda, pusiera en evidencia la incapacidad de Hernández para coordinar sus movimientos.

-Déjeme, hombre -insinuó el revisor-. Déjeme, le ayudo a buscarlo.

-No, no se moleste -intervino Hernández con la mano introducida ya en el bolsillo del saco, inmóvil, como en una foto extrañamente descompuesta.

-¿No se siente bien?

Hernández sacó por fin el billete, lo mantuvo apretado entre las manos, sin atreverse a entregarlo. Las lágrimas de antes ya no eran necesarias. Se había armado de una repentina fortaleza interior y la presencia del revisor dejó de serle intimidante. Con el billete entre las manos, se sentó en la litera y miró fugazmente al funcionario. Inclinó después la cabeza, suavemente, como si se sintiera avergonzado. El billete cayó al suelo y Hernández cubrió el rostro con sus manos.

-Ella se merecía este viaje, ¿sabe? -dijo sin levantar la cabeza-. Siempre se lo estuve aplazando, que el próximo verano, que cuando me jubile y tengamos tiempo, la pobreza siempre esperándonos.

-No le entiendo -alcanzó a decir el revisor y se inclinó a recoger el billete-. Y lo que es la vida -continuó Hernández enfrentándose esta vez a la mirada del revisor-. Cuando estaba dispuesto a darle ese gusto, la pobre.

No pudo continuar. Los sollozos de aquel hombre, encogido en sus propios recuerdos, abrieron en la sensatez del revisor la inclasificable impresión que se tiene frente a un ser inmensamente solo, alguien que ha querido llevar el vacío de un deseo insatisfecho con una hermosa fantasía amorosa.

-A mi esposa le hubiera gustado hacer este viaje -dijo con decisión-. Por eso, cuando llegué a Chamartin y compré el billete de primera, pensé en ella, en lo que le hubiera gustado este viaje. Decidí comprar un billete para dos.

Ya no lo dominaba la vergüenza. Se sentía aliviado y de nuevo en el duro, inflexible terreno de la realidad. El revisor miró el billete en silencio, lo agujereó y, antes de salir, preguntó a Hernández si quería que le apagara las luces, debería acostarse y tratar de descansar, él entendía perfectamente su congoja, no debía sentirse avergonzado, su mujer, estuviera donde estuviera, sabría agradecérselo, había sido un bonito gesto de lealtad.

-¿Sabe lo que me dijo en su lecho de muerte?

-No hace falta que lo diga -dijo el revisor al cerrar la portezuela. Puedo adivinarlo.

-Por favor -dijo Hernández a manera de ruego-. No le diga a nadie lo ocurrido. Pensarán que estoy loco; nadie podría comprenderlo.

El revisor hizo un gesto afirmativo de cabeza y cerró la portezuela con suavidad, como lo haría al abandonar el cuarto de un niño que duerme.

Óscar Collazos (foto)

 

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