‘El ciego’ de Jairo Aníbal Niño

jairo anibal niño-He comprobado científicamente que un ciego fue, es y será incapaz de tener ese afinadísimo conocimiento sobre el color y el contorno de las cosas, el paisaje y los seres humanos, tal como aparecen en las obras atribuidas a Homero. Por lo tanto puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Homero jamás existió.

Con esas palabras, el profesor Ildebrando Torrealta, de menguados cabellos, dio por terminada su conferencia. Con un ajedrezado pañuelo limpió sus anteojos, mientras el público, desde cóncavos asientos, lo aplaudía frenéticamente.

Un joven estudiante de ahuesado aspecto se acercó al catedrático y se ofreció para ayudarlo con un abultado cartapacio lleno de papeles, transparencias y documentos, que le habían servido para sustentar su tesis de que Homero era un cuento dentro de los cuentos griegos. Ildebrando Torrealta avanzó a lo largo de los lustrosos corredores de la universidad, deteniéndose de vez en cuando para recibir algunos saludos ceremoniosos y firmar un par de autógrafos.

El profesor abrió con un dispositivo electrónico la puerta de su oficina y le señaló al estudiante de ahuesado aspecto una gran mesa en la que se amontonaban toda clase de libros, folletos y papeles. El joven, deseoso de ganarse la simpatía del profesor, se ofreció para ordenar y limpiar el contenido de la mesa que parecía estar a punto de ser sepultada bajo una capa de polvo. Ildebrando Torrealta aceptó con una inclinación de cabeza, metió en su portafolio unos documentos y salió apresuradamente a cumplirle una cita al ministro de la cultura.

El joven estudiante descubrió debajo de unos mapas una pequeña figura de Afrodita, tallada en una madera perfumada. La diosa parecía emerger de un mar de cedro. La contempló conmovido, porque recordó que Afrodita es la diosa bajo cuyas pisadas nace por doquier la hierba florida.

Al atardecer, poco antes de concluir su labor, el estudiante descubrió la carta. Tal vez se había caído del interior de algún libro, o se había escapado de alguna de las carpetas atiborradas de papeles. Se dispuso a colocarla encima de una pila de revistas, pero de repente, ante sus ojos, apareció la palabra Homero, y no resistió la curiosidad de leerla. La nota, fechada en la ciudad de Atenas, estaba concebida en los siguientes términos

“Apreciado doctor Torrealta:

Le he enviado por correo certificado los documentos que me solicitó con relación a los estudios que está llevando a cabo con el fin de probar la inexistencia de Homero.
A propósito, recientemente, en el puerto del Pireo y de boca de un viejo marinero, me enteré de un cuento, el cual deseo comunicarle, a sabiendas de que no tiene el más mínimo valor.

Según el marinero, ese relato se había transmitido en su familia de generación en generación, y se refiere a un antiquísimo inventor de cantos, a un rapsoda ciego de multiforme ingenio, curiosamente llamado Homero.

Según la fábula, quienes le oían se maravillaban que un ciego fuera capaz de inventar historias tan luminosas.

Un día un labrador vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se acercaron al rapsoda, atravesaron sus apagados ojos como si fueran puertas que se hubieran abierto de repente y penetraron dentro de su cuerpo y tal vez se posaron en las ramas del árbol de su cabeza y le empezaron a contar muchas cosas del mundo, porque Homero sonreía y repetía en voz alta unos sonoros versos que cantaban el encuentro de un desdichado náufrago con la hermosísima princesa Nausicaa.

Como puede ver, doctor Torrealta, es un vulgar cuento que se lo he querido transmitir a título de simple curiosidad.

Cordialmente.

Vassilis Stergiu

Doctor en Filosofía y letras.”

El estudiante de ahuesado aspecto salió a la calle y tuvo la fortuna de que en ese instante pasara un bus que hacía el recorrido hasta un lejano barrio del sur de la ciudad en el que residía desde hacía mucho tiempo.

Cuando el vehículo se introdujo por una de las calles aledañas al Parque Nacional, el estudiante vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se posaron en el antepecho de una ventana. El bus tomó una curva, y del campo de visión del estudiante desaparecieron la ventana y la casa de ladrillos rojos a la que pertenecía. Un compañero de la universidad, que iba a su lado, le dijo:

-¿Sabe que en esa casa de ladrillos rojos está viviendo el escritor Jorge Luis Borges?

Jairo Aníbal Niño (foto) (Reciba los post de este blog por email, indicando el tuyo en la parte superior derecha, pulsando ‘Seguir’. Gracias)

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