Archivo diario: 2 febrero, 2017

‘La recién nacida’ de Yanitzia Canetti

yanitzia-canetti(“Madre dijo que no demoraría. / Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso”. César Vallejo)

La recién nacida lloraba. El frío mármol humedecía sus huesecillos aún blandos y anhelantes. Los muertos se hicieron cargo de amamantar su dócil tamaño ante la ausencia materna. ¡La niña les hacía sentir tan muertos…!

“¡Está viva! ¡Hoy empezó a morir!”, pensaban los desmoronados.

Ninguno de los muertos pudo ver el cuerpecito de la pequeña, y no por ciegos o por falta de un vivo interés, sino por culpa de aquella densa cárcel marmórea que le aplastaba el ánimo a cualquiera, incluso al más vivo. Sin embargo, les bastaba imaginar a una recién nacida sobre una de las tumbas para verla en carne y hueso.

-¿Quién es la madre? -preguntó la muerta del mil setecientos treinta y tantos.

-La lluvia -respondió una voz desde el panteón de los Cabrera Roig.

Los muertos rieron a carcajadas, y a algunos se les desencajaron las mandíbulas. (Ahora ya podrían reír para siempre)

-¡Qué necedad! ¡La lluvia siempre ha tenido los párpados abiertos! Esa niña no puede ser hija de la lluvia de ninguna manera. Sus ojos llueven, sí, ¡pero están cerrados! -dijo la voz anciana con notable enojo.

La voz salida del nicho de los Cabrera Roig calló por fin su ignorancia. Pero el llanto de la niña continuaba mortificando su sueño eterno.

-¡Alguna madre tiene que tener esta criatura! -insistió al poco rato-. Debe ser la tierra, o quizás la sangre, o tal vez el fuego, o el color, o la música, o el miedo…

Esta vez los muertos no rieron; lloraron. Y los de mandíbula suelta hicieron una mueca sarcástica.

-¡Callen al Cabrera ese! -gruñó Ofá, la negra cimarrona de aliento sibilino, ante la insensatez del Cabrera Roig-. Ni la tierra, porque la no es fruto, sino semilla. Ni la sangre, porque la niña no es impulso, sino pedestal. Ni el fuego, porque la niña no es de manos ardientes. Ni el color, porque a la niña no le tiembla el arco iris en sus lágrimas. Ni la música, porque la niña no es eco. Ni el miedo, porque la niña es semilla y pedestal y frío y oscuridad y gruta desolada y sin quejidos…

La negra cimarrona lanzó un grito que estremeció todo el cementerio y luego se hundió en su muerte una vez más. Pero los muertos revolvíanse en el lecho por la presencia de la ingenua criatura, que no hacía más que llorar a moco tendido. Aquel llanto les hacía recordar algo…

Los que aún conservaban la sangre tibia, lucharon por regresar. Y a los que el frío y el calor no les olía a nada, lucharon por partir.

Las lápidas fueron pronto iluminadas por trozos de sol, que caían como piedras gigantes desde un cielo en llamas. La tarde se dio a la fuga, con paso muso y sin mirar atrás. Algunos se inquietaron tanto, que sus huesos se escurrieron como agua por entre las fosas anilladas de las lombrices de tierra. La recién nacida no lloraba ya; gritaba con largos aullidos de desesperación. Espantaba con sus gritos a las flageladas nubes del ocaso e inundaba de lágrimas el pozo cósmico.

-¿Dónde está la maldita madre de esta chiquilla?

¡Que la saque de aquí cuanto antes! ¡Que se la lleve de una vez! ¡No soporto tanta vida encima de mí! -vociferó una masa de carne maloliente y malhumorada.

Apenas la noche se precipitó sobre el cementerio, la madre acudió por fin a la losa fría donde se hallaba el cuerpecito lloroso de su primogénita. Había llegado la hora de amamantar a la pequeña y detener su llanto fatigoso. Todos quedaron mudos… y sordos… y ciegos…

La muerte dio de beber de su pecho a la recién nacida.

Yanitzia Canetti (foto)

Anuncios