‘Si escuchas esta música’ de Pedro Gómez V.

pedro-gomez-valderrama(¡Ah, mostradme un fuego que pueda apagarse

a sí mismo!

Hebbel, Judith)

… Hasta aquel día, apenas llegando a sus veinte años, Niccolo Paganini fue ya considerado como un maestro. Sin embargo, yo osaría decir que todo lo demoníaco de su arte, su milagro maligno, parte de la época en que él desapareció en 1802, para reaparecer solamente después de tres años, tan ahíto de amor que nunca más volvería a amar en la vida.

Hasta entonces, Satanás dormía, indudablemente, en él; pero sólo desde aquel momento maduró su alma para albergarlo, para realizar su prodigioso pacto, que le permitió embrujar a Europa y llevar un hálito de espanto a todos aquellos que escucharon su violín. El secreto de Paganini, del cual se habló tanto, estaba lejos de ser sospechado. Las gentes lo intuían, pero sin comprenderlo. Hubo quienes vieron salir fuego y azufre de su boca mientras tocaba; quienes hablaron de asesinatos misteriosos; quienes vieron a su espalda al propio Satán Trimegisto impulsando su brazo. Amén de aquello que pasearon por Europa la leyenda de su vida de forzado, que le había dado un secreto prodigioso para manejar el violín.

Era la época tremenda de su primera vida, los años de su gran extravío, cuando sus manos de virtuoso se crispaban sobre las copas o acariciaban los senos de las prostitutas. Su vida estaba cubierta de fango y él sonreía desdeñosamente a quienes se lo reprochaban. Su larga nariz, su escuálida figura, enmarcadas en su lacia y larga cabellera, le daban ya el siniestro aspecto del espantapájaros animado de vida.

Su vagabundaje no conocía reposo; erraba de sitio en sitio, de ciudad en ciudad, jugándolo todo, perdiendo y ganando hasta su propio violín. Fue en aquella época cuando las gentes comenzaron a inquietarse. El hombre que la noche anterior, y todas las noches anteriores se encontraba ebrio y perdido en el fango de la más siniestra lujuria, se elevaba como un gigante creador, como el genio prodigioso. Nadie sabía en qué momento se dedicaba Paganini a estudiar su música, a aprehender el alma de su violín.

Un día de 1802, desapareció de Génova. Transcurrieron los días sin que se supiera dónde se encontraba, y así comenzaron a pasar los meses, para contentamiento de sus enemigos y tranquilidad de aquellos que miraban sus hijas y esposas amenazadas por la sonrisa cínica del enigmático seductor.

Nadie supo que en aquel tiempo de desaparición iba a hallar Paganini su secreto, el secreto musical de su violín, que persiguieron después alucinados todos los violinistas de Europa. En aquella desaparición Satán iba a penetrar definitivamente en el espíritu del genio.

Todo fue obra de un viaje en diligencia. Paganini se encaminaba a Padua, donde se le solicitaba para un concierto. Su equipaje consistía solamente en una maleta de cuero negro y un violín. Cuando la diligencia arrancó de Génova, todos se despidieron de él pensando verle pronto de regreso, tanto más cuanto que su querida del momento era una de las mujeres más asediadas de la ciudad. Sin embargo, aquel grupo de genoveses que salió a despedirlo no sabía que la noche anterior, entre carcajadas, Niccolo Paganini había jugado y perdido a su amante. Días después se supo que Paganini no había llegado a su destino. Había desaparecido de la diligencia con una misteriosa mujer que viajaba también.

Se rumoreó entonces en voz baja que el diablo, en figura de mujer, le había transportado al infierno. Se dijo también, que la huida había sido planeada, y que le acompañaba la mujer de un noble genovés. Pero todos se inclinaban a pensar que Satanás flotaba en el ambiente. Nadie supo entonces lo sucedido. Años después, alguien oyó nombrar a Paganini a un viejo criado, servidor de una familia noble que poseía un castillo aislado e inaccesible en medio de la Toscana.

El criado no sabía quién era Paganini. Hablaba del genovés sombrío, sin saber que se trataba de uno de los mayores genios de la época. Su relato era, por otra parte, deshilvanado y episódico, lleno de silencios sobre meses y años enteros:

-En medio de la noche, se detuvo la diligencia, y la señora marquesa descendió con un hombre joven, vestido de negro, de cara pálida y con unos ojos tan penetrantes que era difícil mirarle de frente. Su bagaje era solamente una maleta negra, junto con la caja de un instrumento musical, que él se negó a entregarme. La señora Francesca me dio orden de cederle mi caballo, y marchar tras ellos a pie. Llovía desastrosamente, y la noche era negra. Ellos marcharon adelante, y yo los seguí, chapoteando en los fangales.

Cuando llegué al castillo, se encontraban ya ante la chimenea. La señora daba a Elissa la orden de preparar una habitación al señor Paganini, quien iba a demorarse unos breves días. Pero a la mañana siguiente, Elissa me contó que el señor Paganini no había dormido en su habitación. Ella había tenido que llevarles el desayuno a la alcoba de la señora; y había encontrado en el suelo, roto, despedazado, como si lo hubieran pisoteado salvajemente, el violín que traía el señor.

Me contó también que durante la noche había despertado oyendo una música, llena de alaridos de dolor, de sones lúbricos, de angustia y de lujuria. (A fe que no sé cómo pudo ella distinguir todo eso, siendo tan ignorante como yo). Y agregaba Elissa que después hubo el ruido de alguna cosa rota, y entonces sí verdaderos gritos de dolor de la señora.

Elissa, angustiada, se precipitó en su auxilio, pero al llegar a la puerta oyó que los gritos dolorosos habíanse trocado en algo muy diferente, que no le correspondía escuchar.

Ella me contaba todo cuanto iba sabiendo, y fue así como me enteré que en aquellos mismos días escuchó tras la puerta una conversación en que aquel señor gritaba airadamente a la marquesa. Le repetía a voz en cuello:

-Me amarás por mí mismo, a pesar de mi arte. ¡No volveré a tocar un violín!

Y en aquellos mismos días recibió la señora un paquete que contenía un violín, el cual fue cuidadosamente guardado.

El criado siguió hablando. Habló largamente, estimulado con los vasos de vino que yo le ofrecía. Y fue aquella noche cuando tuve la revelación del gran secreto de Paganini, por el cual desesperaban todos los violinistas de Europa.

Paganini, seducido por la belleza y la finura de la marquesa de X., a quien encontró en la diligencia camino de Padua, y ante las suaves instancias de la mujer, descendió en el pequeño villorrio toscano. Era fácil la conquista, y él era casi un adolescente.

Aquella tremenda noche vino a saber la verdad: la mujer le había oído tocar en un concierto en Génova, y sabiendo de su viaje, lo había arreglado todo para aquella especie de secuestro. Había quedado prendada, enloquecida, oyéndole tocar el violín, y por eso quería atraerle y guardarle consigo. Su voluptuosidad era la música, y quería tenerlo con ella. La castellana era una viuda, que llevaba sobre él la ventaja de más años de vida intensa, y de dinero suficiente para comprar el mejor virtuoso del mundo.

Aquella noche, en la intimidad de la alcoba, bajo la furia de la tempestad, Niccolo se dio cuenta de que no era a él mismo con su sensualidad afanosa, con su perverso cinismo a quien ella perseguía, sino la representación de la comedia del paje tocador de laúd.

La ira de Niccolo se encendió, y fue entonces cuando lanzó aquel grito, y enloquecido, maldiciendo, rompió su violín, al cual acaba de arrancar acentos de tormenta y placer, como los de aquella noche que vivía el castillo. Y tomando el instrumento quebrado, golpeó con él la desnudez de la marquesa Francesca. Cuando se lanzó sobre ella, adolorida y ultrajada, se cumplió la más voluptuosa de las horas para la hermosa mujer en decadencia.

Pasaron los días, apretados de tempestad, de cuya sensualidad iba naciendo el amor para el joven Niccolo. Pero al mismo tiempo se daba cuenta de que para la marquesa algo faltaba en ese amor, y él lo sabía: su música, que era más que él mismo. Sólo saliendo de esa música se realizaba su goce perfecto. Y un oscuro sentimiento de celos contra su propio arte nació en el corazón del muchacho. Pasaban los días, y fuera de las explosiones sensuales, cada día Francesca estaba más distante de él.

El criado contaba otra historia: Un día ella tímidamente, con el temor de su cólera violenta, le ofreció el violín que había pagado con largueza. Era una leve insinuación, una tentativa de recobrar lo que amaba de él, los únicos momentos en los que lo sentía unido a ella misma. Niccolo lo recibió y lo examinó. Lo tomó e hizo ademán de tocar, pero solamente dio dos notas semejantes a una burlona carcajada. Hizo luego una pirueta, y depositó el violín sobre una de las mesas del salón. Allí permaneció durante los tres años de su cautiverio; un auténtico Guarnerius, que, poco a poco, iba cubriéndose de polvo.

Niccolo, en medio de la amargura, no se decidía a partir. Era demasiado renunciar a su amor, tanto más infortunado cuanto que no obtenía otra satisfacción que la del goce sexual. Desesperado, intentó una solución que le permitiese entregarse un poco, sin claudicar totalmente: utilizar su maestría en la guitarra, instrumento menor ante sus ojos, que por ello produciría el efecto de la música para saciar el extraño apetito de la mujer, sin enajenarle su cariño.

Y así en las largas veladas, los dedos prodigiosos del muchacho resbalaban por las cuerdas de la guitarra, le arrancaba sonidos mágicos, llegaban al fondo del espíritu de ella; la marquesa no comprendía qué misterio se operaba en su espíritu, que, al tiempo de ser la amante del músico no le entregaba, sin embargo, la totalidad de su ser, que, lejos de su alcoba, le rechazaba y le mantenía heladamente lejos. Pero le conservaba a su lado, a pesar del hielo, llena del deseo angustioso de su violín.

De tiempo en tiempo, surgía una leve insinuación, que terminaba en tormenta. Bruscamente Niccolo arrancaba las cuerdas de la guitarra, y la arrojaba lejos de sí. Y salía al campo, a andar con la cabeza desnuda, agitándose al viento la lacia melena, magro y desgarbado bajo el atuendo negro.

Así pasó el tiempo insensible. Cuando en la noche Niccolo franqueaba el umbral de la alcoba de la marquesa, entraba en un mundo diferente, en el cual, sin embargo, su amor estaba lejos de sentirse saciado. Si llegaban huéspedes, lo que ocurría, generalmente, con la llegada de la primavera, la puerta se cerraba para él, que, abandonado en medio de la noche, creía oír pasos galantes dirigiéndose a aquella puerta. Y entonces ardía en la desesperación, se sumergía en la amarga tortura de los celos, y se repetía a sí mismo el cuento del paje tocador de laúd.

Y el servidor seguía su relato:

-El último año en que el señor Paganini vivió en el castillo fue el peor. Se hizo aún más colérico y violento, más irascible y bárbaro. La señora marquesa le temía. Cuando él se levantaba airado, ella palidecía y escapaba. Porque ya sabía que él la maltrataría. En esos momentos parecía odiarla y, sin embargo, luego de golpearla (que jamás he sabido por qué ella lo soportaba), la llevaba casi arrastrándola a la alcoba. Otros días se encerraba en su propio aposento, y no salía de allí. Una vez, quiso estrangularla y lo habría logrado si Elissa y yo no hubiéramos acudido. Pobre el señor Niccolo. En el fondo, la amaba y sufría. Era celoso de todos los visitantes. Y a algunos hizo tales escenas, que al saberse en la comarca, nadie volvió al castillo. Al mayordomo no lo dejaba hablar con la señora, sino en su presencia. Pero varias veces en que ella le gritó, en uno de esos momentos de celos, que no le amaba, él quiso irse, y ella, llorando, se arrodilló para suplicarle que se quedase. ¡Pobre señora!

Francesca estaba persuadida de no amarle, pero una extraña fascinación le ataba a él. Ella le había gritado un día que no era un hombre completo sin su violín. Él la abofeteó y la dejó sola. Y contaba el criado que, al pasar por la puerta de su aposento, donde se había encerrado, oyó sollozos entrecortados.

Era el viaje de Orfeo al infierno para rescatar a Eurídice, al precio de su música. Y ése fue el secreto del maestro: los tres años de atroces suplicios vividos al lado de una mujer que creía no amarle a él sino a su arte, y que, sin embargo, no le dejaba partir. Después de la tortura de aquellos años de infierno, Satanás había preparado suficientemente su alma para entregarle el secreto.

El violín había permanecido intacto, en el mismo sitio. Un día hablaron de amor, y ella estaba distante y fría. Y de sus labios salieron otra vez aquellas palabras: “Quiero oír tu violín”. En aquel momento Satanás reveló a Paganini el secreto; se dirigió al violín y abrió la caja empolvada. Sus manos se movieron diestramente como si recobrasen un hábito del día anterior. Una vez preparado el instrumento, acariciándolo como si fuera el cuerpo de Francesca, empezó a tocar.

Al ritmo salvaje y alucinante de la música, acudieron los criados, que se quedaron como petrificados. Francesca se sacudía como si cada nota la penetrase. Paganini tocaba con furia: quejidos de amor, gritos de ira, toda la gama del corazón humano se plegaba al arco del violín. A veces eran variaciones de siniestro aquelarre en medio de fascinantes arrullos. Otras veces eran clamores de guerra, al lado de brillantes devaneos. Pero siempre, en el fondo, el resplandor satánico, la espantable sombra de hechicería.

-Yo podría jurarle, señor -decía el criado terminando su relato-, que era el demonio mismo quien tocaba. De los ojos del señor Paganini salían llamas. Yo vi la sombra de Lucifer. A mi lado, Elissa se desplomó desmayada y yo no pude hacer el menor movimiento para socorrerla. Lo diabólico nos inmovilizaba. No sé cuántas horas tocó el señor Paganini. Cuando me recobré, ya atardecía. El señor Paganini dejó de pronto de tocar. Lanzó una carcajada de endemoniado, miró a la señora Francesca que yacía como trémula de amor y guardó lentamente el violín. Luego salió a la noche. Era una noche como la de su llegada, densa de tempestad. La señora no pudo moverse para detenerle; él salió. Pasó la noche y no volvió, y la señora siguió esperándole durante meses y años, en aquel castillo que desde entonces pareció hechizado, y empezó a reunir en sus salones todos los ruidos siniestros del espanto. Ese fue el recuerdo que dejó el hechicero misterioso.

“El señor Paganini no volvió más, y la señora envejeció esperándole”.

Así terminó el criado su relato. Y yo, recordándolo más tarde, encontré un curioso apunte en mi libreta:

En 1834, cuando estuvo Paganini en Bruselas, una dama ya encanecida, impasiblemente sentada en su palco del teatro de la Moneda, presenció el único fracaso del genio, que por la sola vez en su carrera no pudo posesionarse de su público, no logró inyectarle su veneno sonoro. Esa mujer era la marquesa de X., la signora Francesca.

Pedro Gómez Valderrama (foto)

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