‘El Cañas’ de Óscar Martínez Molina

oscar-martinez-molina(Para mi padre, Antonio Martínez Gutiérrez y su gusto por el box)

Yo Estaba atento al desarrollo de la pelea. El Cañas, “cañitas”, como le decíamos los de su esquina, dominaba ampliamente con su fina técnica de defensa y ataque. Un brillo extraño en mis ojos. Mis pensamientos volaban ya a lugares distantes y exóticos.
El Cañas caminando hacia delante. La pierna de atrás bien apoyada al piso. La guardia ahora de izquierda, ligeramente descuidada. Ansiaba concluir aquello con un sólo golpe. Corría el minuto dos del round doce, el último por el campeonato mundial de peso gallo. El escenario pletórico, el Caesar Palace. La gran oportunidad de su vida, de nuestra vida. Entonces quien sabe de dónde, Wilson -Darrel Wilson-, sacó un volado de derecha que como relámpago, se estrelló en la mandíbula del Cañas.
En cuanto vi la sequedad del golpe -la cabeza del Cañas impactada hacia atrás, y las gotas de sudor volando desde su ralo cabello-, salté desde la esquina. La mirada del Cañas perdida entre los reflectores. Sosteniendo su cuello extraigo de su mandíbula tetanizada el protector bucal, después, con mi dedo saco su lengua que, flácida ha caído hacia atrás obstaculizando la ventilación. Me asomo después a su mirada, las pupilas inmensamente dilatadas…

Lo conocí en el deportivo Nader, el mismo que está en la calle de Regina, en el corazón de la ciudad de México. Yo acudía diariamente después de mis consultas en el Hospital de Jesús, a escasas cuadras de allí. Mi rutina era la misma. Veinte minutos de bicicleta, veinte de caminadora, después a jalar un poco con las pesas. La mesa de rodillos, los vibradores para los pies, los treinta minutos de vapor alternando por cada diez, un chapuzón de agua helada. El masaje con el turco. El reposo en los camerinos que allí te rentan. El güisqui como a eso de las ocho de la noche, acompañado desde luego, de alguna damita que a escondidas te hacia llegar el camarero. Siempre distinta por aquello de que en la variedad está el gusto. A la salida pasaba por el gimnasio de boxeo, me asomaba de vez en cuando al escuchar los gritos acalorados de managers y seconds.

jab, jab, jab, izquierda, izquierda.

agáchate, mantén la guardia arriba, más arriba, más arriba.

si será pendejo, a este luego, luego se lo chingan.

Aquella noche los gritos se oían distintos

-El rolling Cañitas, muy bien con ese Rolling

-camina hacia delante, baja un poco tu guardia,

-¡el jab con la derecha!, el jab Cañas, repite el jab con la derecha y prepara el gancho al hígado.

-sal de su distancia, utiliza las piernas, muévete de costado, que no te alcance

–el bending cañas, la cintura con el bending

Y allí estaba el Cañas, espigado y flaco, las piernas y los brazos largos, el apodo ni mandado hacer. El rostro cubierto por la careta. La boca con el posicionador bucal ligeramente salido, abultando sus labios. El calzoncillo azul y los guantes rojos. La respiración fatigosa y el sudor a mares por su cara y por el dorso. A partir de aquella noche mi rutina incluía también las sesiones de entrenamiento del Cañas, extendiéndose hasta las diez y media, u once de la noche. Entre round y round, los güisquitos para mí, y las cervezas para los seconds.

En aquellos tiempos llevaba ya algunas peleas de relleno. Diez o doce, -no recuerdo-. Todas ganadas por decisión. A mí me conocían por el Doc. Y desde luego, poco a poco me hicieron participar de aquellos encuentros. Colocaba el vendaje. Revisaba las cejas, sobre todo los rosetones que aparecían en los parpados y en los pómulos. Hasta que un día me llegó la invitación. Fue por la pelea veinte o veinticinco. Ya más en serio. Iba en preestelar a ocho asaltos. Yo mismo cooperé con unos pesos, para poder hacernos de una bata de satín púrpura con cinturón, y para las zapatillas que después de la pelea tuvimos que vender por las ampollas que le hicieron al Cañas, de lo chicas que le quedaron y que por pura pena no nos dijo nada. Aquella mi primera intervención formal fue una delicia verlo. Espigado, caminando con elegancia sobre el ring. Soltando jab tras jab, campaneando la cabeza del adversario, y rematando con el upperkot de derecha si estaba de zurdo, o con el gancho al hígado si se cambiaba a la diestra. Su ambición de siempre, terminarlo con un sólo golpe. En ese afán, en ocasiones descuidaba la guardia con tal de lanzar el volado que diera en el mentón del contrincante. Y la recomendación del manager.

lo tuyo es la técnica Cañitas, olvídate del punch, y del knockout. Le decía el profesor Hernández, al que muy pocos se atrevían a decirle “cuyo”

eso déjaselo al lacandón Anaya, o al pipino Cuevas, que no tienen más recurso que la pegada. Agregaba el profesor, animándolo.

Y entonces, el Cañas recapacitaba y volvía de nuevo con la fineza de su boxeo a esperar poco a poco cada tres minutos del round hasta que llegara la última campanada, y brincar feliz cuando el veredicto le favorecía.

Doc –me confesó un día-. Por más que me empeño el punch no llega. Sólo se llena mi mente cuando veo los moretones en los pómulos, o cuando logro ver una ceja partida o un parpado que poco a poco se va cerrando, o cuando se encorvan una y otra vez con mi gancho al hígado.

Aquella era la frustración del Cañitas, no poder concluir una pelea con un sólo madrazo.
Al terminar la pelea nos encerrábamos en la “ciudad de los espejos”, la cantina a escasas cuadras del gimnasio, y dábamos rienda suelta a todas las limitaciones que el Cañas se imponía las últimas semanas de su preparación. Brindábamos una y otra vez por la buena pelea del Cañas.

Al campeonato nacional, y luego al mundial mi Cañitas, y levantaba mi vaso de güisqui. Siempre un “chivas” con dos hielos y agua sin gas, como debe ser. Las putitas que en confianza iban y venían de uno a otro lado, enseñando más que el chamorro, mucho más.

Por aquella época se apareció por allí la “Esmeralda”, chula como ella sola. Jovencita tal vez de escasos diecinueve. Cuerpazo, pero sobre todo la cara, guapa como ella sola, oriunda de Veracruz, del puerto. En cuanto la vi pensé sólo en una cosa. Pero de tonta ni un pelo, se agarró luego al Cañas, y no se le despegó ni tantito así. Buenas peleas y buena plata, los arrumacos día y noche, allí mismo en el gimnasio después de cada asalto con el Cañas empapado de sudor, Esmeralda subía al cuadrilátero untándose y dándose a desear.

Para la pelea por el campeonato nacional la consigna fue tajante, nada de desmadres ni desfiguros. Nada de arrumacos. Concentración total, y sin decir ni agua va, todos en bola nos largamos a Toluca. Altura es lo que necesita el Cañas, altura y sobre todo menos desmadre. Seis semanas de rutinas. Trote por la mañana, diez o quince kilómetros. Sombras. Pera. Cuerda, mucha cuerda y cero nalgas. La ansiedad se le notaba en la cara, y aguantó estoicamente. Madera de campeón, toda la que quieran. A las dos semanas me asomé yo solo por el Nader, apenas llegar y me aborda Esmeralda, el interrogatorio casual primero, tenaz después, yo ni una palabra.

Dígame Doc, ¿dónde entrena? y prometo portarme bien, y no decir nada.

Y yo como una tumba

Dígame Doc, y prometo recompensarlo como usted quiera.

No le dije ni una sola palabra, terco ella y más terco yo.

Mientras ella se vestía, un remordimiento y un temor iban invadiendo mi conciencia. ¡Vaya hembra!

Cuando volví al campamento lo primero en preguntarme el Cañas,

-¿no vio a la Esmeralda Doc?

Y Yo, les repito, como una tumba, no le dije ni una sola palabra

…sostengo su cabeza entre mis manos. Han retirado ya, la luz intensa que cegaba mis ojos. El cuyo se aferra a mi brazo. El como yo no puede creerlo. Así es de cabrona la vida, o tan mierda como sólo ella puede serlo.

Se nos fue el Cañitas, y con él las ilusiones de toda una vida. Pego mi oído sobre su pecho, el corazón lentamente se apaga, le susurro entonces al oído.

-Cañitas, Cañitas, abre los ojos que la Esmeralda te mira.

Óscar Martínez Molina (foto)

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