‘La venganza’ de Nazario Arroyos

nazario-arroyosMe negaba a entrar a esa habitación. Preveía la atmósfera que iba a encontrar y mi impulsiva reacción. A la penumbra se añadiría la lúgubre actitud de los presentes, el silencio y el olor a medicamentos y vagamente a su incontinente orín.

Muchas veces nos vemos impelidos a la formalidad, y este era el caso ahora; a pesar de estar conscientes de hacerlo sin convicción, tenía que ir, aunque mi aparición pudiera transformarse en otra cosa. Tenía la sensación de asomarme a la esquina de la muerte, y doblarla con rapidez.

Me dispuse a entrar, tras admitir que debía deponer mis odios, en un arduo acto de aceptación del prójimo. Una sola cosa adversa, pero terrible y dolorosa, no me estaba ayudando a derrotar la animadversión por esa persona, y mostrarme humanitario.

La castiza sabiduría habla de que se suele perdonar, pero no olvidar. Eso se dice. Con lo sobrehumano que es perdonar, es más difícil olvidar. Y yo debía olvidar su traición, para cerrar esta historia.

Las deudas de monedas y las expresiones obscenas se pueden perdonar con relativa facilidad, inclusive echar al olvido, pero con una traición estamos hablando de otra cosa.

Y al intentar perdonar una traición, no muere su recuerdo y queda la imposibilidad del olvido. Este era el dilema enardecido que perturbaba mi mente.

Debía atravesar esa puerta hasta el cuerpo que yacía desvaído de aquel traidor, y pretender no ambicionar matarlo, como tenía resuelto, porque debía dar muestras de humanidad, y ofrendar una actitud compasiva con quien pendía de su último aliento.

La fragilidad humana llama siempre a la compasión. Por tanto, debía ser superior a mi odio, y a mi instinto de venganza, y ser piadoso.

Extrañamente, el que está en situación de bienestar y es arrogante y pérfido, como en otro momento lo estuvo el sujeto que languidecía adentro, cuando su cuerpo es un despojo se convierte en ejemplo de virtudes, sea o no cierto. De modo que no es un mezquino delator el que agoniza, ya no el verdugo de la falsa acusación con que se me sentenció en un estrado, sino un necesitado de misericordia.

A través de este sinsentido debía avanzar, con mi furia, hasta la puerta del cuarto, y tras ella, preveía, habría de ocurrir lo peor.

Pero debía sobreponerme al recuerdo de mi arresto policial, el recuerdo de haber sido objeto de vejaciones. Debía olvidar que ese hombre había cercenado un tiempo prolongado de mi vida, durante los más aciagos días de la patria. Olvidar que mientras el desleal siguió con su vida, y con sus sueños, y seguramente con su mejor esfuerzo para lograrlos, yo estaba bajo el sopor del suplicio de los calabozos, bajo la mirada de la muerte que me observaba en todo instante, y bajo la degradación de mi dignidad.

Ahora, atrapado en esta disyuntiva, sentí que emergían desde las profundidades de mi espíritu los más turbios sentimientos insospechados. Y uno que jamás pensé tener: el deseo de matar.

Con mi vida pendiendo del hilo de la fatalidad, daba en silencio alaridos de ira incontenible. Mi cabeza estaba llena de gritos y maldiciones. Lo pensé, y tal vez salió de mi boca: te voy a matar. No lo recuerdo.

La vida tiene, sin embargo, su balanza propia: es él quien ahora está al borde del abismo. Contra mis instintos, mi deber pío era despedirlo sin sobresaltos, en paz. Y quizás él atenuaría su culpa con su arrepentimiento por lo que hizo. Pero ¿quién lo sabría?

Al mismo tiempo me era imperioso doblegar mis demonios y aplastarlos para siempre con la diamantina reciedumbre del perdón. Francamente, a una tan noble y colosal exigencia jamás me había enfrentado.

Así resultarían las cosas: ambos llegaríamos, en los próximos segundos, al momento que estábamos a punto de hilvanar para siempre: él, mediante la contrición, y yo de la indulgencia; serían las caras opuestas de un mismo acto de humanidad.

Llené entonces del aire enrarecido que flotaba mis pulmones, y enfrenté el hecho de cruzar ese vano para cumplir mi sino. Esperé hallar, al otro lado y en la opacidad del sitio, la mueca de mi desventura reflejada en su rostro. Un rostro desmejorado por la inminencia de la parca.

Pensé que si contenía la respiración haría más rápidas las cosas, y me evitaría inhalar los humores herrumbrosos que emanaban de ese cuerpo condenado a mi voluntad.

Reprimiría un impulso irreflexivo de escupir al desahuciado. Y que lo último que él viera, fuese el recuerdo vivo de su infamia en mi cara enardecida.

El primer paso me costó un montón. Sentí entrar en un estado de exacerbación, que me hizo apenas notar mi derredor. Un vaho acre me recibió, proveniente de la ominosa atmósfera que oprimía la estancia. Me detuve el tiempo justo para acostumbrar mis pupilas al amaño de la luz, hasta que divisé los contornos de la cama. Quizás él no iba a abrir los ojos, y si lo hacía podía apelar al olvido y no me iba a recordar.

Quizás, ya resuelta su muerte, habría olvidado que me lanzó al infierno para intentar salvarse él. Pero yo estaba decidido, en un arrebato instantáneo, a vengar mis años perdidos y acabarlo con una estocada, sin importarme los presentes.

No obstante, al aproximarme quedé pasmado: no había tal cuerpo exangüe, de respirar pedregoso, y lo que encontré fue la forma de un hombre robusto bajo las frazadas, de las que sobresalía un rostro todavía sonrosado, aunque moribundo.

Cuando llegué junto a su cama, sus ojos parecieron entreabrirse no más. Pero ya no tenían brillo. Vi dos pozos vacíos en ellos.

No estaba seguro, sin embargo, si me había reconocido, o solamente quería saber quién había ocultado los rayos de luz que escasamente filtraba la cortina sobre la ventana. Creo que su rostro demudó.

Estábamos en un punto en el cual se juntaban su pasado y mi consciencia de que, tal vez, no valía la pena dar muerte a quien ya estaba sentenciado por la muerte. Quizás no hubiera conmiseración en mi pecho pero me sentía en paz.

Entonces me incliné para ver de cerca el agónico final de aquel verdugo, y ese parpadeo suyo me dijo que reconocía los acontecimientos nefastos que me provocó, y tal vez estaba asombrado porque la muerte lo había encontrado primero a él.

Le pregunté si me recordaba. Movió a un lado y otro, muy levemente, su cabeza deleznable. Quizás solamente simulaba. Una buena excusa es el olvido. Siempre lo es. En el olvido suelen refugiarse los venales. Con ello, además de aparentar inocencia, creen hallar el auténtico perdón.

Pero por sobre los encubrimientos y las simulaciones, la vida justiciera se impone, y da a cada quien lo que corresponde. Y él había recibido lo suyo. Yo también obtenía lo mío: la posibilidad de dejarlo todo atrás.

Salí, entonces, resignándolo a que se debatiera en su última lucubración.

Nazario Arroyos (foto)

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