Pigmalión y Galatea, de René Avilés (QEPD)

rene-avilesI) Pigmalión: ni rey ni escultor, simple enamorado Pigmalión, como es sabido, fue rey de Chipre. Las crónicas de aquella época narran que era un monarca desobligado con los asuntos de Estado. Prefería esculpir. En cuanto lograba deshacerse de las tareas de gobierno (todas llevadas a cabo con un total desgano) corría a su amplio taller y allí trabajaba con entusiasmo. Personas tan distintas como los historiadores y los literatos coincidían en afirmar que la escultura le absorbía todo el tiempo; en consecuencia, el pueblo pagaba la devoción del rey al arte.

El abandono llegó a ser completo cuando Pigmalión, sintiendo que ninguna mujer lo merecía, decidió esculpir una mujer perfecta. Luego de un intenso trabajo de muchos meses, pudo concluirla. La vio, la acarició y se sintió irremisiblemente enamorado de su creación. Esto es más o menos normal entre los artistas, que de pronto se prendan de sus más acabadas obras. Flaubert, por ejemplo, pasaba las noches pensando sexualmente en Emma Bovary y ninguna otra mujer le gustaba y algo parecido lo ocurría León Tolstoi, enamorado perdido como estaba de su Ana Karenina.
Pigmalión cada día le suprimía un pequeño defecto: mejoraba la sonrisa, los senos, el vientre, los muslos, hasta que Galatea (así la llamó) alcanzó, si esto es posible, la perfección.

Pero Galatea era de mármol. Pigmalión entonces acudió a la diosa Afrodita para que la convirtiera en un ser humano. La deidad cumplió con las desesperadas súplicas del rey. Cuando éste llegó al taller, distante del palacio real y de sus obligaciones como gobernante, la escultura había adquirido vida, había dejado la dureza y frialdad de la distinguida piedra para transformarse en suave carne. De inmediato hicieron el amor y unos cuantos días después, Pigmalión contrajo matrimonio con Galatea. Como es obvio, y así ocurre en algunas historias de amor, fueron muy felices, tanto que no se ocuparon de tener hijos.

Pero mientras que la pareja se entregaba a las delicias del sexo, el reino quedaba en ruinas. La miseria se adueñaba de las familias y los ladrones y saqueadores aprovechaban la ausencia de vigilancia y de leyes para apoderarse de los pocos bienes que quedaban. El mismo palacio fue una y otra vez víctima de los pillos. Un verdadero desastre, hasta que Pigamalión y Galatea fueron desterrados a una isla muy pequeña donde siguen siendo muy felices, plenamente enamorados y distantes de Chipre.

II) El otro Pigmalión y la otra Galatea Pero hubo otro Pigmalión y otra Galatea, ahora gracias al talento de George Bernard Shaw. Esta vez la eterna historia de los enamorados se ve reflejada en un hombre educado y fino y una florista como tal, humilde e ignorante. La historia fue convertida en obra teatral; escrita en Londres entre 1912 y 1913, ha sido representada siempre con gran éxito. La cinematografía la hizo más célebre aún merced a una versión musical, My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison. El personaje masculino central, Henry Higgins, es un especialista en fonética y el femenino, Eliza Doolitle, una jovencita de terribles acentos arrabaleros y un divertido manejo del caló. Se convierten en maestro y alumna y la modesta vendedora callejera resulta una dama culta y distinguida, capaz de ser inmediatamente incorporada a la más refinada sociedad de su tiempo, la difícil época victoriana de Inglaterra.

Nadie alberga muchas dudas sobre las intenciones de Shaw: ser él mismo el modelo del personaje central, sólo él sería capaz de conseguir el milagro de una metamorfosis incomparable, semejante a la del afamado Pigmalión. Pero hay mucho más: el dramaturgo y ensayista no necesitaría del apoyo de Afrodita, su arte lo conseguiría. Sabemos de la imperiosa necesidad que tienen los artistas en ser arrogantes, su necesidad de elogios y reconocimientos puede ser insaciable y digna de piedad, pues se convierten en dueños de una asombrosa y tal vez irritante vanidad. El propio Shaw dice en Hombre y superhombre: “Mis personajes tienen razón desde sus diferentes puntos de vista y, en el momento dramático, sus puntos de vista son también míos.” Así que no hay duda: Pigmalión es él.

Atento lector de Marx (leyó El Capital en 1882 en la misma sala del Museo Británico en que fue escrita la monumental obra), derivó hacia un socialismo menos dramático (al fin Shaw gustaba de la comedia y consecuentemente tenía un desarrollado sentido del humor), el fabiano. Se sabía un dios y trataba de mejorar la obra de un eventual creador: “Es muy posible que Dios haya creado el mundo en broma. Pero, en ese caso, debemos hacer todo lo que podamos para que, por lo menos, sea una buena broma.” Su ironía desconocía límites, solía satirizar, de modo implacable, al mundo que lo rodeaba, aún así, en 1925, el impetuoso y polémico genio recibió el codiciado Premio Nobel de Literatura. Al morir, luego de una buena vida de éxitos artísticos, como una paradoja de los tiempos difíciles que le correspondieron: el surgimiento y muerte del fascismo, dos pavorosas guerras mundiales, el nacimiento del mundo socialista y los procesos de descolonización, sobre su cabecera estaban las fotografías de Stalin y Gandhi.

Finalmente, la Galatea de Shaw se enamora de su creador o artífice, al contrario de la versión original, ya que su Pigmalión se mantiene ajeno a ella y leal al Edipo que lo ha marcado. El espectador descubre aterrado que ahora podrá ser una dama pero lo es a costa de la infelicidad. La nueva versión es contraria al ideal griego y muy distante del escritor de frecuentes combates con el romanticismo: Eliza-Galatea, al contacto con Henry-Pigmalión, deja de ser un personaje de carne y hueso y se convierte en una lady, lo que implica un elevado grado de deshumanización, es decir, se vuelve estatua de mármol.

Como en muchas obras de George Bernard Shaw, no hay final feliz y sí moralejas o enseñanzas contradictorias; un final ambiguo que el espectador, por fortuna, podrá interpretar de diversas maneras. Con la caída del telón, advertimos que la historia es infinita.

Pero centremos la atención en los modernos Pigmalión y Galatea. Si nos atenemos a lo que vemos en 2006 por todo el mundo, surge la inquietud: ¿será posible la existencia de un hombre o una mujer capaz de convertir el plomo en oro, la manta en seda, la estupidez en inteligencia, la maldad en bondad? Estamos llenos de Galateas (hombres y mujeres), todas llenas de supina ignorancia, cretinismo y absoluto desinterés por la educación y la cultura. Pigmalión tendría que ser no solamente un héroe o un superhombre sino una especie de dios o semidiós con poderes suficientes para llevar a cabo la transformación positiva. Con el inicio del nuevo milenio y la globalización capitalista, ha triunfado la vulgaridad y el desprecio por el talento; hoy sólo admiramos a quienes han hecho fortunas descomunales y -no me cansaré de repetirlo- las grandes riquezas únicamente se consiguen al amparo del poder político y en la deshonestidad. Si la propiedad es un robo, como bien decía Proudhomme, es también un acto de profunda deslealtad a la humanidad, la que se ve más afectada en la eterna contradicción entre quienes todo lo tienen y aquellos que apenas sobreviven o consiguen poco por su trabajo. No olvidemos, ello es importante, que la riqueza es antinatural: nació con la propiedad privada y el Estado, cuando los primeros dos o tres listos de la historia decidieron cercar una extensa propiedad y gritar ¡Esto es mío! ante una desconcertada multitud de comunistas primitivos.

Si el primer Pigmalión centraba como objetivo de su vida el amor y el segundo lo veía como una prueba de poderío intelectual, los de hoy sólo piensan en Galateas que brinden la oportunidad de mejorar la hacienda familiar.

René Avilés Fabila (foto)

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