‘La mujer y el espejo’ de Aguilera Garramuño

marco tulio aguilera garramuñoEn el fondo, ¿qué es lo que amamos nosotros, los hombres, / en la mujer, sino que cuando se “dan”, / siempre dan también un espectáculo? (Nietzsche)

Todo era allí diferente. Desde el patio central de cantera donde se levantaban tres absurdas columnas de granito rodeadas por una fuente colonial, hasta las habitaciones, en las que había un exceso de luz o un exceso de oscuridad, cortinas muy pesadas, colchones y almohadas extremadamente mullidas, rellenos de pluma de ganso, supongo. Cielorrasos abovedados constituidos por ladrillos que iban formando círculos concéntricos cada vez más pequeños. Baños dignos de Pompeya, vasos y jarras de cristal de Bohemia. Espacios, ventanas, muros, cuidadosamente calculados para que la incidencia de la luz o la sombra crearan cuadros dignos de Velázquez a partir de las criaturas más vulgares. En la sala, rodeada por ventanales que daban a un jardín que parecía querer resumir la flora americana, bajo un gran vidrio, un entierro prehispánico, con huesos, puntas de obsidiana y cerámica prehispánica. Era notable que quien había diseñado la casa pensó hasta en el último detalle. Sin embargo sus designios, su intención no logré penetrarlos. La habitación que nos asignaron tenía un aire de santuario o de cárcel, rejas de hierro forjado, paredes muy anchas, candelabros de bronce. Las sábanas de un algodón delicadísimo, una alfombra de tejido suave en la que se hundían los pies, toallas de calidad insuperable. Todo parecía justo a la medida de alguien que no éramos ciertamente mi marido y yo. Lo que destacaba sobre todo era un anciano armario de cedro, de piso a techo, que tenía por puerta un espejo gigantesco, en el que se reflejaba casi toda la habitación. No conozco la razón por la que los espejos me ponen nerviosa, de alguna forma siento que me atrapan, que me atraen. Sé que la idea es de una vulgaridad vergonzosa, pero no puedo evitar sufrirla. No se trata de la simple vanidad que hace que me mire en mis largas soledades, pues, aunque soy bella sin escándalo, y algunos dicen que muy bella, no me ocupo demasiado de mí misma ni pierdo el tiempo maquillándome ni espero la fácil dicha en el elogio de los demás. Soy más bien sumaria en mis negocios con el espejo y con el arreglo personal. Como muchas mujeres, doy al amor mayor importancia que a cualquier otro aspecto de la relación personal. Amo a mi marido con una pasión que tal vez no alcance ese nombre y que se relaciona sobre todo con las felicidades domésticas, el tiempo compartido, el descanso de saber que cada noche yace a mi lado un hombre al que creo conocer y del que no puedo esperar nada deplorable. Me entrego a él con facilidad cuando durante el día he sentido que comparto una misión con él, cuando las cosas van bien en la casa, cuando sé que en mi marido hay un ingrediente que no podría hallar en nadie. Me abandono a él con resignación cuando mi humor no es propicio. Soy, por decirlo de alguna forma, disciplinada en el amor conyugal. Es algo como un apostolado, algo que tiene que ver con la familia, los hijos y la sospecha de Dios. Por eso me cuesta trabajo entrar en ánimo para hacer el amor cuando estoy fuera de casa y sin embargo, sé que me ruborizo al decir esto, es precisamente lejos de casa, en hoteles o lugares ajenos a los domésticos en los que me someto a los caprichos más extravagantes de mi esposo. O quizás deba decirlo, dejo salir de mi persona una permisividad absoluta, una capacidad insólita de provocar situaciones escabrosas o por lo menos desacostumbradas. Le pedí a mi marido que nos fuéramos del cuarto, que huyéramos, que regresáramos a casa. Patricio sonrió mirando de reojo el espejo. Vi en sus ojos esa expresión de maldad juguetona que le conozco cuando está tramando sus fechorías. ¿De verdad quieres irte?, dijo poniendo su mano en mi hombro y atrayéndome hacia él. No pude evitar ceder a su incitación y acerqué mi cuerpo, que se plegó al suyo con la facilidad y el placer del guante quirúrgico a la mano del cirujano. Patricio tomó mi nuca con poca delicadeza y cuando su boca se adhirió a la mía, sentí que yo era como un gran fruto en el que ese hombre goloso enterraba la boca. Patricio bajó su mano derecha por mi espalda, recorrió con ella mis vértebras una a una hasta llegar a la cintura, descendió hasta mis nalgas y enterró sus dedos con deleite, hundiendo mi falda de seda y mis interiores en la entrepierna. Sentí que perdía el aire, miré a mis espaldas el espejo. Vi su cuerpo y el mío como si fueran ajenos, imaginé una especie de batalla a la luz de una hoguera, había desesperación y deleite, rabia y amor, algo diabólico, inconfesable, en todo aquello, y sin embargo –pido perdón por la tontería que voy a decir– divino. ¿Estás segura que quieres irte?, preguntó de nuevo. Bajé los ojos y le dije que no. La verdad es que tengo unas ganas locas de quedarme. Por fortuna había muchas actividades previas a nuestro placer: unas compras, la asistencia a casa de amigos, un par de conferencias, una obra de teatro. En eso y otros asuntos más olvidables se nos fueron los primeros días, en los cuales se reiteró la pasión, de forma algo convencional. De todos modos mi esposo y yo sabíamos que ese espejo que nos miraba casi burlonamente estaba esperando el momento propicio para obligarnos a hacer lo que yo ni me atrevo a soñar, o que si sueño, luego pierdo en la piedad en el olvido. Una semana se disipó. Yo continuaba inerme, esperando con inquietud y emoción lo que tenía que pasar. Patricio seguía en sus actividades y no se percataba o fingía no hacerlo, de que el espejo nos estaba esperando, nos acechaba, con risueña paciencia. Llegué a imaginar que detrás del espejo estaba un indígena, que quizás fuera el guardián de la casa, una criatura displicente que disponía de una perseverancia de siglos y una curiosidad malsana. Imaginé que la casa ocultaba, en algún lugar, tal vez en el entierro indígena, la entrada a otro mundo, más sórdido y cercano a lo bestial, a lo que acaso en el fondo todos los seres humanos guardemos. A la octava noche, en la que los besos de mi marido me habían inflamado hasta el extremo, le dije, tratando de sonar lo más natural posible, que por qué no nos acercábamos al espejo. Desnudos los dos nos arrimamos al fuego bruñido y frente a aquel enemigo nos volvimos a trenzar en un abrazo febril. Cuando tuve aliento para hacerlo, después de haber sentido el poder pleno de mi marido en las partes más evidentes, le dije sin dejar de mirar nuestro reflejo: Pídeme lo que quieras, amor, estoy dispuesta a hacerlo. Patricio se apartó ligeramente, contuvo el aliento, me miró a los ojos y preguntó ¿estás segura? Absolutamente segura, le dije, haré todo lo que quieras, me dejaré hacer lo que quieras, absolutamente todo. Y entonces lo pidió, eso que nunca me he atrevido a hacer y que no creo que nadie, aparte de las mujeres de la peor vida hagan. Hice que Patricio se tendiera, yo me acosté sobre él, pero oh Dios, no como manda la naturaleza, sino en contra de toda regla, y él comenzó a devorarme y yo con furor de leona lo atrapé con mi boca y lo mordí y lo aspiré, afiebrada, desesperada, más total que nunca, definitivamente, y no quise ni respirar sino que me lo comí todo, todo, una y otra vez, hasta el fondo, con mi boquita delicada acepté su tamaño, su vigor, hasta que supe que venía a mí y ni aun entonces quise soltarlo. Él tampoco lo evitó, sino que se vino sobre mí, inmovilizándome con sus muslos, me convirtió en su puerto y ni siquiera entonces quise soltarlo y Patricio seguía casi rugiendo sobre mi cuerpo y enterraba su rostro y se debatía como un perro rabioso y con su lengua me barría por completo y comencé a agitarme, a venirme en él, a desahogarme y ahí quedamos los dos fundidos como seres terribles fulminados por el mismo disparo, atravesados por una lanza enorme durante horas y horas y caímos a lado y lado, él con su cuerpo glorioso y relajado y yo con el sentimiento de que al cumplir esa especie de mandato del hombre del espejo había comenzado a ser otra y que ya nada podría ser igual y que las pequeñas felicidades que hacen mi amor tendrían ahora un sentido distinto. Me levanté, fui al baño, me lavé una y otra vez, enjuagué mi boca con jabón y pasta dental. Cuando regresé Patricio seguía tendido en la alfombra con su cuerpo reflejando la luz del farol exterior y una expresión de virtud recobrada. Ya no quise abrazarlo. Al día siguiente no pude ocultar mi mal humor, mi desprecio por ese hombre que me había manchado de esa forma, pero seguí a su lado, fingiendo la paz natural, aunque mi espíritu estaba en guerra, tratando de entender, de perdonar, de olvidar. El regreso a la habitación, después de las gestiones de cada día, sería a partir de entonces triste, lúgubre y el espejo, ya libre de nosotros, parecía inocente, pero yo sabía que en él residía un poder, el conocimiento de nuestro secreto, y por eso lo depreciaba. Hubiera querido destrozarlo, pero no lo hice. Sería no sólo una falta de cortesía hacia nuestros huéspedes (que, debo decirlo, eran casi desconocidos: miembros de una nueva empresa que ofrecía turismo diferente), sino, tengo que decirlo, un acto cobarde. De alguna manera sé que tengo que vivir conmigo misma, con mi esposo, con nuestras debilidades. Antes de cerrar la puerta el último día de nuestra estancia, Patricio (en cuyo rostro vi una angulosidad de pómulos que antes no había notado) y yo nos detuvimos frente al espejo. Mi esposo sonrió con esa confianza, con ese saber de brujo, de sabio, de imbécil, de taimado, que a veces confundo. Yo también me descubrí sonriendo. Supe que en esta vida, detrás de todo lo que sucede, siempre hay otra cosa.

Marco Tulio Aguilera Garramuño (foto)

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