‘Jesucristo en Fornos’ de Julio Burell y Cuéllar

Julio_Burell y CuéllarBajaba hasta la calle, como catarata de la orgía, el estruendo de aquella dorada locura que allá en lo alto, en el confortable rincón del restaurant a la moda, se anegaba en champagne y se ahitaba de besos, de trufas y de ostras.

–¡Que la Peri dé cuatro pataítas sobre la mesa!… Que Lucy baile con Gorito Sardona el pas a quatre –gritaban como energúmenos los jóvenes alegres.

Y mientras Polito estampaba con sus labios borrachos un cómico beso sobre la frente de Matilde, y mientras Malibrán pasaba su brazo por el talle de Susana, la voz del viejo Cisneros dejóse oír formidable y terrible.

–Hijos míos –exclamó, adoptando actitudes tribunicias–, sois unos sinvergüenzas, no valéis para nada; viejo y todo, estoy seguro de que estas nobles damas me encuentran más guapo y más fuerte que a vosotros…

Un aplauso formidable, un ¡hurra! entusiasta respondió a las palabras del sátiro… Y Cisneros continuó:

–Si no fuerais gente que pierde la cabeza con cuatro copas de champagne; si supierais respetar a las señoras y honrar con una compostura decorosa mis canas venerables, os invitaría.

–¡Viva Cisneros!

–¡Viva el amigo de la juventud y de los placeres honestos! –gritó el distinguido concurso. Y el reverdecido sileno acabó la frase diciendo:

–Os invitaría a vaciar una copa de manzanilla en casa de la Peri y a ganaros honradamente unos cuantos luises a un bacarrat tournant.

La última palabra determinó un verdadero delirio. El pobre Cisneros era abrazado, estrujado, besado… Malibrán, dejando el talle de Matilde, corrió al piano y tocó el himno de Boulanger.

La Peri, tomando el brazo de Cisneros, hizo ademán de adelantarse a la puerta y con una graciosa reverencia dijo en tono de gran duquesa:

–Señoras y señores: espero a ustedes con mi real esposo en nuestros augustos salones.

Chocaban las copas, chocaban los cuerpos, el piano arrojaba un vértigo de salvajes ruidos… De pronto, la Peri se separó de Cisneros y lanzó un grito horrible.

–¡Federico!… ¡Federico!

Nadie había visto entrar a aquel hombre; la puerta no se había entreabierto siquiera…

El asombro fue general. Cesaron en su vértigo los cuerpos, calló el endiablado piano… Circuló por el aire de bacanal una corriente de miedo… Sólo la Peri se atrevió a acercarse al recién llegado:

–¡Federico, Federico mío! Háblame, sácame de esta pesadilla… Yo amortajé tu pobre cuerpo, yo besé tu cara, cien y cien veces, para darte calor; yo insulté a la muerte cuando te metieron en la caja; yo cubrí tu sepulcro de flores… No eras nada mío, y eras la única luz de mi alma; te llamaba la gente “perdido” y sólo yo, la Peri, la pública, sabía que el corazón no te cabía en el pecho, y que eras bueno y leal y noble… La noche de tu suicidio creí volverme loca… No te mataste tú, te mató el mundo, el mundo que aquí se emborracha con la Peri diciéndole que baile, y después hace mil reverencias a Currita llamándola virtuosa; el mundo que hallaba infame tu cariño y el mío te llamaba tonto porque no explotabas a Augusta.

El desconocido tendió la mano a la mujerzuela…

–¡Te equivocas! –le dijo–, no soy Viera, no soy tu Federico; mira esta mano atarazada, mira este costado sangriento; deslumbra tus ojos el místico nimbo que sobre mi frente resplandece. Soy la voz de todos los dolores, el eco de todos los torrentes, la sombra protectora de todo lo que cae, la última esperanza de todo lo que va muriendo… Soy también el amor que redime, soy la humildad que persona, la mansedumbre que no se cansa, la llama que conforta y no quema… Soy el que nunca muere, el que nunca pasa, el que se alegró en Galilea y sudó sangre en Jerusalén… El que perdonó a la adúltera, el que curó al leproso, el que confundió al fariseo, el que templó su sed en el cántaro de la Samaritana.

Julio Burell y Cuéllar (foto)

 

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