‘La batalla’ de Virgilio Piñera

virgilio pineraLa batalla comenzaría con matemática precisión a las once de la mañana. Los generalísimos de uno y otro ejército se hacían lenguas de la eficiencia y el valor de sus soldados, y de haber confiado en los entusiasmos de los generalísimos se había caído en el grave error lógico de suponer que dos victorias tendrían que producirse inevitablemente. Pero siguiendo estas mismas deducciones lógicas es preciso confesar que algo extraño comenzaba a deformar aquellas concepciones. Por ejemplo, el generalísimo del ejército atrincherado en la colina dio muestras de ostensible impaciencia al comprobar, cronómetro en mano, que todavía a las once y cinco minutos no se había producido el ablandamiento de las defensas exteriores de su ejército por parte de la aviación enemiga.

Todo esto era tan insólito, contravenía de tal modo el espíritu de regularidad de la batalla, que sin poder ocultar sus temores tomó el teléfono de campaña a fin de comunicárselos a su rival, el generalísimo del otro ejército, atrincherado a su vez en la vasta planicie fronteriza a la citada colina. Éste le respondió con la misma angustia. Ya habían transcurrido cinco minutos y el ablandamiento de las defensas exteriores no tenía trazas de comenzar. Imposible iniciar la batalla sin esta operación preparatoria.

Pero las cosas se fueron complicando al negarse los tanquistas a iniciar el asalto. Los generalísimos pensaron en los procedimientos expeditivos del fusilamiento. Tampoco fue posible llevarlos a cabo. Los generalísimos estuvieron de acuerdo en que la negativa a combatir no provenía de esas causas que se resumen en la conocida frase: “Baja moral de las tropas…”. A fin de dar ejemplo de disciplina y obediencia a la causa militar, los generalísimos entablaron una singular batalla: conduciendo cada uno un gran tanque se acometieron como dos gigantes. La lucha fue breve y ambos perecieron. Frente a un espejito colgado de un trípode, un soldado se rasuraba. Un enorme gato daba vueltas alrededor de un paracaídas desplegado.
El perro mascota del ejército atrincherado en la planicie mordisqueaba con indolencia una mano del generalísimo del ejército atrincherado en la colina. No era aventurado suponer que todavía a las doce y cuarto la batalla no habría comenzado.

Virgilio Piñera (foto)

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