‘El aguafiestas’ de Margarita María Ceballos Aguilar

maga-ceballos-b-n1No se imaginaron los habitantes de esas tierras que la llegada del forastero los marcaría con un acontecimiento que se salía de cualquier cálculo. Con su andar desganado, cargando un peso mayor que el que sus piernas podían resistir, con ojos que no querían congeniarse con nadie, con un vocabulario medido para que de sus labios no salieran palabras amigables, así llegó, en medio de un jolgorio, para agradecer las abundantes lluvias que garantizaban buenas cosechas.

Desde ese momento recibió el mote de “El aguafiestas”, porque llegó al pueblo en medio de la celebración, con cara de pocos amigos, en compañía de un perro flaco que batía su cola a quienes le hacían guiños y con abiertos deseos de participar de la comilona, como si quisiera granjearse la buena voluntad de los nativos, o pedir disculpas por el carácter agrio de su amo.

Ambos se dirigieron hasta una casa de madera que tenía desde tiempo atrás el letrero “Se vende”. Entraron en ella, se instalaron y al cabo de unos días cambió el letrero por otro: “Médico cirujano”. Los del pueblo se alegraron por la llegada del amargo doctor, porque sabían por experiencia que hasta esa apartada región no era muy común que llegara un galeno para quedarse.

Y allí vivió hasta el fin de sus días, con pocos amigos, y maldiciendo cada vez que en el caserío querían romper la monotonía con verbenas, novenas o parrandas que alegraban los corazones. El mar, con su espuma blanca que rompía en las playas, se encrespaba, engalanando las canciones que permitían soñar.

Transcurrieron años sin que el genio y la mala leche del doctor cambiaran. Sólo mostraba algún rasgo de cortesía cuando acudían al pueblo los políticos, prometiendo prebendas y ofreciendo comilonas sin ningún costo. Ahí estaba de primero y se marchaba luego de ingerir las viandas ofrecidas.

Algunas veces cuando atendía urgencias pasaba facturas tan altas que los parroquianos no daban crédito a sus ojos al ver las cifras, pero como se trataba de la vida, tenían que someterse a cancelar los honorarios exigidos.

Ese personaje presagiaba lo que vendría después.

Cuentan quienes llevaban a sepultar a Cornelio ese 8 de junio, que no se borrará de sus memorias octogenarias ni un detalle de cómo ese personaje amargo, corpulento y huraño, se había convertido en una nube espesa, gelatinosa y opaca, del color de los pantanos de San Antero. Cuando le cantaban el réquiem su cadáver explotó, simulando un cráter y su cuerpo se convirtió en una gran corriente de lava; los que tuvieron un leve contacto con ese fluido se transformaron en una especie de lobos con piel gris, dientes de caimán y una enorme cola con la cual azotaban la tierra, destruían cosechas y arruinaban plantíos.

Desde entonces, El aguafiestas es una de las fieras más temidas de la región costera y cuentan las malas lenguas que en todas las festividades cuando llega la medianoche, se puede ver con claridad una nube espesa y gelatinosa que por momentos parece un lobo con dientes de caimán. ¡Es El aguafiestas!, gritan temblorosos los parranderos que se pegan de la botella de ron para pasar el susto.

Margarita María Ceballos Aguilar (foto)

 

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