‘Mae’ de John Steinbeck

JohnSteinbeck(El siguiente texto no fue escrito por John Steinbeck (foto) como un cuento. Forma parte de la narración del capítulo XV de su excelente novela ‘Las uvas de la ira’. Sin embargo, encontré que era lo suficientemente completo para considerar que narra una historia en forma de cuento. Como no está escrito como cuento, tampoco tiene, originalmente, un título, y el que tiene lo puse yo; me pareció adecuado. Disfrútenlo. JSA)

Mae dio la vuelta por el mostrador y se acercó a la puerta. El hombre estaba vestido con unos pantalones de franela gris y una camisa azul, oscurecida por el sudor en la espalda y debajo de los brazos. Los niños con overol y nada más, con overoles parchados y zurcidos. Tenían el pelo muy claro y les crecía por parejo, pues los habían rapado. Sus caras estaban sucias de polvo. Fueron directamente al charco que se había formado con el gotear de la manguera, y hundieron sus talones en el lodo.

El hombre preguntó:

–¿Podríamos sacar un poco de agua, señora?

Una sombra de disgusto cruzó por el rostro de Mae.

–Por supuesto, saque la que guste.

Y, sin volverse, añadió para los que estaba adentro:

–Vigilaré la manguera.

Contempló al hombre destornillar la tapa del radiador e introducir la manguera.

Desde el carro, una mujer de cabello blondo, dijo:

–Ve si puedes comprar algo.

El hombre retiró la manguera y volvió a atornillar la tapa del radiador. Los muchachos cogieron la manguera, la alzaron hasta su cara y bebieron ansiosamente. El hombre se quitó su sombrero oscuro, salpicado de manchas, y se irguió con curiosa humildad delante de la persiana.

–¿Podría vendernos un hogaza de pan, señora?

–Esto no es almacén –dijo Mae–. Tenemos pan para hacer emparedados.

–Ya se, señora.

Su humildad era insistente.

–Necesitamos pan, y no nos venden por poca cantidad.

–Es que si vendemos el nuestro, nos puede faltar después –respondió Mae, con voz insegura.

–Tenemos hambre –dijo el hombre.

–¿Por qué no compra un emparedado? Tenemos muy buenos, hamburguesas…

–Claro que nos gustaría, señora. Pero no podemos. Tenemos que comer todos con diez centavos.

Y embarazado, agregó:

–Solo tenemos un poco de dinero.

–No pueden comprar pan con diez centavos. Tenemos de quince centavos solamente –dijo Mae, contundente.

Al gruñó detrás de ella.

–¡Por el amor de Dios, Mae, véndeles un pan!

–Es que se nos acabará antes que llegue el reparto.

–¡Que se acabe, entonces! ¡Maldita sea! –dijo Al. Y contempló con gesto sombrío la ensalada de patatas que estaba preparando.

Mae se encogió de hombros y miró a los conductores del camión, como diciéndoles las cosas que tenía que sufrir.

Abrió la persiana y dejó entrar al hombre, que trajo consigo olor a sudor. Los niños se colaron detrás de él y se fueron derecho a la vitrina de los dulces, y miraron su interior…, no con codicia o esperanza, ni siquiera con deseo, sino con una especie de asombro de que existieran tales cosas. Eran iguales de estatura, y sus rostros eran iguales. Uno se rascaba el tobillo mugriento con los dedos del otro pie. El otro le susurró algo, y ambos estiraron de tal modo sus brazos, que sus puños apretados dentro del bolsillo del overol se notaban claramente a través de la delgada tela azul.

Mae abrió un cajón y casó un pan grande, envuelto en papel encerado.

–Este vale quince centavos –dijo.

El hombre se echó el sombrero sobre la nuca. –Y preguntó con humildad inflexible:

–¿No querrá usted…, no podrá ver modo de venderme solo diez centavos?

Al dijo, con acento gruñón:

–¡Maldita sea! Mae, dale todo el pan.

El hombre se volvió a Al.

–No; queremos comprar diez centavos solamente. Tenemos que medirnos mucho para poder llegar a California, mister.

–Le daré este en diez centavos –dijo Mae, resignada.

–Eso sería robarle, señora.

–No se preocupe; Al dice que lo lleve.

Empujó el pan, envuelto en papel encerado, por sobre el mostrador. El hombre sacó un viejo portamonedas de cuero del bolsillo del pantalón, desató las cuerdas que lo envolvían y lo abrió. Estaba lleno de monedas y de billetes grasientos.

–Quizá les extrañará que sea tan cicatero –dijo, disculpándose–. Tenemos aún que recorrer mil millas, y no sabemos si podremos llegar.

Hurgó en el portamonedas con el dedo del corazón, ubicó una moneda de diez centavos y la sacó cuidadosamente. Cuando la colocó sobre el mostrador, observó que también había sacado una moneda de centavo. Iba a meterla de nuevo en el portamonedas, cuando su mirada cayó sobre los muchachos que contemplaban absortos la vitrina de los dulces. Fue lentamente hacia ellos. Señaló dos caramelos de menta, de forma alargada, cubiertos con un papel listado.

–¿Son de a centavo esos dulces, señora? –preguntó.

Mae se acercó y miró.

–¿Cuáles?

–Esos, los que tienen rayas.

Los muchachitos levantaron sus ojos hacia la mujer y contuvieron la respiración; tenían la boca entreabierta, sus cuerpos semidesnudos estaban rígidos.

–Oh…, esos. Bien…, no, son de a dos por centavo.

–Entonces, haga el favor de darme dos, señora.

Cuidadosamente posó sobre el mostrador el centavo de cobre. Los muchachos exhalaron un suspiro. Mae entregó los caramelos.

–Tengan –dijo el hombre.

Los chicos se acercaron tímidamente; cada uno cogió un caramelo, y lo sostuvieron a su lado, sin atreverse a mirarlo. Pero cada uno miraba al otro, y sus labios se entreabrieron en una sonrisa avergonzada.

–Gracias, señora.

El hombre cogió el pan y atravesó el umbral del restaurante y los muchachos caminaban tiesamente tras él, sujetando con mano firme los caramelos. Se treparon como ardillas al asiento delantero y desde allí hasta arriba del montón de carga, y desaparecieron de la vista de todos, también como ardillas dentro de su madriguera.

El hombre subió, a su vez, y puso en marcha el carro; el viejo Nash volvió a coger el camino y a dirigirse hacia el oeste, en medio de los rugidos del motor y de una nube de humo azul.

Desde dentro del restaurante, los conductores del camión, Mae y Al se quedaron contemplándolos.

De pronto Big Bill dijo:

–Esos caramelos no eran de a dos por centavo.

–¿Y a ti qué te importa? –exclamó Mae, furiosa.

–Eran caramelos de cinco centavos cada uno –insistió Bill.

–Tenemos que irnos –dijo el otro hombre–. Estamos atrasándonos.

Se metieron la mano en el bolsillo. Bill puso una moneda sobre el mostrador y el otro hombre la miró; volvió a echar la mano al bolsillo y colocó otra moneda. Se dieron media vuelta y caminaron hacia la puerta.

–¡Hasta luego! –exclamó Bill.

Mae les gritó:

–¡Eh, esperen un segundo! Se dejan el vuelto.

–¡Ándate al demonio! –dijo Bill, y cerró la puerta de golpe.

Mae les contempló subir al inmenso camión, escuchó el ruido de la primera velocidad y luego los otros cambios, hasta que el camión se hubo alejado de su campo audible.

–Al… –dijo suavemente.

Levantó la vista del picadillo e carne que estaba aprensando para luego colocarlo dentro de un pan, y dijo:

–¿Qué quieres?

–Mira –dijo ella, señalándole las monedas colocadas junto a las tazas–, dos medios dólares. –Al se acercó, miró y volvió a su trabajo–. Conductores de camión… –dijo Mae reverente–, y después de ellos vienen esos presumidos.

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Una respuesta a “‘Mae’ de John Steinbeck

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