‘Borges y el otro’ de Isabella Portilla

Isabella Portilla - copiaBorges solía regalarle su ropa vieja a un mendigo que leía a Borges. Cuando el mendigo iba a su casa en los inviernos, nunca traspasaba el antejardín. Se limitaba a tocar el timbre y Borges salía hasta la calle a entregarle unos trapos gastados y a cruzar con él un par de palabras, al tiempo que buscaba en sus bolsillos unas cuantas monedas.

Después de aceptarle la limosna a Borges, el mendigo se alejaba y Borges descubría que aquel hombre se amparaba del frío con el sobretodo que él solía ponerse  años atrás. También llevaba puestos unos pantalones plisados que, a pesar de las arrugas, conservaban una elegante caída. Al bajar la mirada, Borges notaba que los viejos zapatos que él daba por inservibles le calzaban perfectamente a ese hombre que de repente se perdía entre los árboles.

Mientras entraba a su casa, Borges lamentaba la suerte del indigente: el mendigo había sido un bibliotecario que fue a parar a la calle a causa de sus desventuras. Por fuera, alguien podría pensar que aquel mendigo era el mismo Borges, porque las vibraciones de esos trapos viejos que alguna vez fueron el refugio de un cuerpo borgiano ahora eran refugio de otro cuerpo: de otro que leía a Borges.

Aunque vivía lejos, el mendigo trabajaba de lunes a viernes en la puerta de una iglesia de Palermo. En una ocasión, Borges se detuvo a contemplarlo. El mendigo estaba sentado en unas escaleras leyendo El Aleph. Entonces Borges notó que el pordiosero no sólo llevaba la corbata marrón que tanto le gustaba en una época, sino que además, vestía un traje que Leonor, su madre, le había comprado en Italia. Al ver su ropa puesta en el cuerpo del mendigo, Borges entendió, como Spinoza, que todas las cosas quieren perseverar en su ser.

El mendigo parecía estar tan absorto en la lectura  que no escuchaba el ruido de las monedas que los visitantes de la iglesia le depositaban en la caja situada justo a su izquierda. Al tiempo Borges se había sentado en una banca del parque a recordar algunas sensaciones pasadas que no podían despegarse de él.

El bolsillo roto de la chaqueta que llevaba puesta el mendigo le recordó la ordinariez de su primera esposa. El cuello bien doblado, pero raído, le trajo memorias de los cuidados de Epifanía, su empleada doméstica. Algunas noches de insomnio aparecieron bajo la franelilla amarillenta que se alcanzaba a ver y en las suelas de los zapatos, se adivinaron los pasos en los que Borges se reconoció.

El mendigo también se reconoció en el escritor cuando, sin levantar los ojos de las páginas del libro, sintió que Borges lo miraba al frente del templo. Entonces dibujó en su rostro una sonrisa amplia mientras sus ojos recorrían un pasaje de uno de los cuentos de Borges: “De alguna manera, toda persona que lee un verso de William Shakespeare es William Shakespeare”.

Isabella Portilla (foto)

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