‘Un veterano en el cabo de Hornos’ de Coloane

Francisco ColoaneNo conozco ninguna estadística que congregue en un pequeño haz de hojas los numerosos tipos o clases de barcos, con sus respectivos nombres, que han dado la vuelta o han pasado por el cabo de Hornos. Tarea que la pensé, y la mantuve en mi imaginario sin lograr realizarla, porque había que meterse en archivos, muchos libros, y creo que ellos correspondería más a un estudioso que amara el mar y sus embarcaciones.

Registro en mi memoria un gran número de fechas y nombres de buques en inscripciones que pude ver y leer en mis varias vueltas por el cabo de Hornos y más allá del cabo falso y verdadero. Empero, quiero contar una historia de un veterano del cabo: el grumete David Bone.

Estamos en la época de los buques de hierro forjado, aún más fuertes que esos que desafiaron los mares y llegaron hasta más allá del cabo, surcando en algunas ocasiones las aguas tormentosas de los confines de América. Eran barcos con quillas laminadas, cuadernas y planchas de acero, permitiendo que las distancias se acortaran y los riesgos fueran cada vez menos a fines del siglo XIX.

Ya habían dejado sus huellas grandes navegantes después de Drake: Daniel Le Maire, James Cook, hasta llegar a Scott, Shakleton y Admundsen, que se internaron por los límites de los hielos flotantes.

Un viejo marino escocés, Jack Leish, capitaneaba el ‘Florencia’, barco de la misma procedencia, que viniendo de Glasgow había hecho escala en San Francisco de California para luego regresar a Inglaterra.

El capitán Leish, denominado por la tripulación el Viejo, aguardaba con especial interés encontrarse con esa vastedad panorámica que conocía por los bellos cuadros y pinturas de museos, cuyas copias a veces ilustran las paredes de ciertas casas y hasta de los cuartos de los marineros. Pero no pensaba ni menos soñaba que en su derrota al sur de la América tendría un choque con los temibles hielos y los fuertes vientos que ensombrecen estas travesías en cuadros y pinturas de museos.

A bordo del Florencia iba el grumete David Bone, también escocés, quien se daba tiempo para escribir lo que sería su primera aventura oceánica. Era el inicio de un viaje de invierno hacia el cabo de Hornos.

No se requería sino algo de viento para levantar el mar. Al latigazo de una tormenta súbita, las grandes olas estarían de nuevo sobre cubierta inundándolos y barriéndolo todo. Muchas veces, aparentemente tranquilas, no estaban bien dispuestas y así, impidiendo el avance, los hombres se sacudían, bamboleándose y cabeceando el buque cuando ellas lo levantaban. Con todo, permitían seguir el camino del mar con viento a la cuadra. El tiempo por momentos se ponía nebuloso y el horizonte se cerraba a una milla o poco más. El Florencia navegaba lentamente a una velocidad máxima de cuatro nudos, lejos de la ruta habitual de navegación. Todo era aparentemente normal. Sin embargo, el grumete Bone tenía muy presente en sus recuerdos la tan conocida historia del fantasma de los veteranos del cabo y anotaba en su “cuaderno de bitácora” el suceder del momento que le llamaba la atención.

Bone no despegaba la vista del piloto que, inclinado sobre la borda de popa, con los brazos cruzados, asentía una y otra vez con la cabeza dirigiendo su vista hacia el horizonte. Así se daba cuenta de la preocupación del piloto porque iba aumentando una luz, y el frío se tornaba más y más intenso. El clima se había modificado y se le sentía duro y cruel.

Sus chaquetas de abrigo parecían no responder a la violencia de los vientos, hasta tener que acomodarse los permeables, levantando una y otra vez los pies contra las tablas del puente, con bostezos y refunfuños a la espera de que el “doctor” llegara con su bendito café de las cinco para poder sentirse hombres. El bendito café no era más un vil jugo de paraguas, término que usan a bordos todos los tripulantes de los barcos, que sería rechazado hasta por un presidiario, ero que en esos momentos lo esperaban como el néctar del amanecer, cuando ya vivían el paralelo de 54 a 55, donde las corrientes marinas y de los vientos australes se comportan por lo general arbitrariamente.

Las proximidades del estrecho de Magallanes son perturbadoras islas, islotes, roqueríos, circundándolo todo; vientos y ráfagas interrumpen a ratos la monotonía de la lluvia, que a veces no es lluvia, sino plumillas de nieve o granizo.

La mañana era fría, cruda. Un viento ligero soplaba del norte al oeste, en caprichosas ráfagas, y la nieve se hacía más densa y todo parecía estar envuelto en neblina, y en la luminosidad del alba, con su media luz engañosa, les pareció que el horizonte estaba a una corta distancia del buque. Éste avanzaba laboriosamente en su lucha contra la marejada, que les recordaba a los fantasmas veteranos del cabo que pasaban bajo el casco en ondas tranquilas. A las horas, la bruma se fue haciendo más densa, el piloto ordenó súbita y coléricamente que se tocara la bocina de niebla.

“Tres toques”, dijo el piloto, asando el cuerno al que estaba de vigía.

Tres dedos se alzaron y se vislumbró un amanecer temprano con una música destemplada y doliente para cortar la niebla cada vez más espesa, mientras el mar revuelto amenazaba el lúgubre comienzo del día.

¡R-ree! ¡R-r-ee!… El toque fúnebre se repetía, entrecortado, de tanto en tanto tembloroso, repitiéndose esa música que repentinamente se apagaba para surgir de nuevo sin alterarse su monotonía. Algún tripulante habría preferido escuchar el cuerno con que se llama a los animales en las crepusculares luces.

–¡Una bocina! –gritó de pronto uno de los marineros–. ¿La oyen ustedes?

Nadie la había escuchado.

Lo que había que demandar en esos momentos era aconsejar al “doctor” el mejor método para encender el fuego prontamente y así poder beber lo que esperaban cada mañana.

–¡Es una bocina! ¡Se los estoy diciendo! ¡Escuchen! Se la siente desde muy cerca.

¡R-ree! ¡R-r-ee!… ¡Re! El último llamado mejoraba.

Los tres toques fueron contestados por otros tres directamente a proa. El piloto y la soñolienta guardia opinaron que estaban yendo directamente contra otro buque, pues la bocina del otro barco se oía con mayor claridad.

El grumete Bone partió a despertar al viejo capitán Jack, quien se calzó sus botas con presteza y alcanzó luego hasta el puente.

–¡Hola! ¡Hola! ¿Dónde se encuentra ese buque? Tendrían que haberlo visto antes de que se hiciera presente la niebla, ¿eh?

–¡Siga tocando la bocina! –gritó el piloto, corriendo al botalón.

John, con su instrumento, lanzó un sonido mucho más agudo y largo.

¡R-r-e-e!… R-r-r-e!… ¡E E! ¡R-r-r-r-EE!

Toda la tripulación se trasladó a proa con los oídos prestos a captar las notas distantes.

¿R-r-r!… Al primer bocinazo de respuesta, el viejo Jack levantó la cabeza mirando con temor en torno.

¡R-r-r-e!… ¡R-r-r-e!

–¡La caña a sotavento! ¡La caña a sotavento! ¡A sotavento! –rugió el capitán, corriendo hacia el timón–. ¡Recojan velas a proa! ¡Larguen!… ¡Descarga a proa!… ¡Rápido! ¡Cristo! ¿Qué hacen allí parados?

–¡Témpanos…, son témpanos, pedazo de imbécil! ¡Témpanos! ¡Lo que se está oyendo es el eco! ¡Larguen! ¡Descarga a proa! ¡Larguen!

¡Témpanos! Hasta esos momentos la cubierta había estado tan serena como el aire en torno. Pero de pronto se produjo una actividad súbita con el zumbido de las velas que se recogen a proa, la caída de los cables, los gritos estruendosos de las maniobras. Y por sobre ello, encima de los ruidos tan desacompasados, se agregaba el gemido de la bocina como el lastimero son de un cuerno de toro espantado por el caos de a bordo: ¡Re! ¡Re! ¡Re!

¡Amarren todos! Era la orden que se necesitaba para entrar en calma, aunque nada aparecía a la vista. Salvo la bruma cuya cerrazón enmascaraba el peligro y hacia subir la tensión de todos.

El buque viró lentamente contra el oleaje que estaba entregado al viento. Un marinero mantenía la caña del timón a sotavento, y con su vista siempre vigilante aguardaba con atención el límite de la virada por avante.

El viejo capitán Jack, con el compás, a ratos se inclinaba, husmeando y olfateando el aire con ojos escrutadores puestos en la bruma, ora a proa, ora a popa.

El marinero dejó quieto el timón a la espera de algo. El buque yacía con las velas hacia el lado del viento. De pronto una luz surgió de la misma niebla y un resplandor luminoso se divisaba a la altura de la estrecha línea del mar.

¡Era el resplandor del hielo frío y blanco!

¡Bruma, viento y hielo! Todo un aprendizaje cuando aún se desconoce lo que se tiene enfrente.

El grumete Bone se tragaba todo el acontecer mordiendo el lápiz para no descuidar un minuto lo que debía retener.

El viejo capitán, al divisar la luz, contrajo los labios como si fuera a dar una orden con voz rugiente, pero se le entró el habla sin pronunciar una sola palabra. Fue el instante en que se dio cuenta de su inutilidad. Lo que tenía por delante era simplemente inevitable.

A lo largo del puente, todo era un deslumbrante espectáculo: el resplandor de la nieve advertía la presencia de una sólida barrera de millares de millas. Una brecha en la niebla al sur del buque permitía ver algo sin ese resplandor níveo. Y entonces se podría pasar. Empero no, no había ninguna posibilidad de pretender ese sueño. Era un gran témpano a la vista. Pero se saldría adelante.

–Estamos encerrados –dijo con una voz grave y enérgica. Luego, agregó casi con dureza–: ¡Todos a popa, y larguen el bote salvavidas de babor!

Se cortaron las amarras del bote; le colocaron las anclotas y comenzaron a colocarle las provisiones que podían. Luego, ya no una sorpresa, sino la revelación de esta insospechada región: otro témpano más pequeño desprendido del tabular, no más alto que los mástiles menores del buque, avanzaba contra ellos en medio de la niebla, con bastante volumen sumergido como para hundir el buque.

La confianza que tienen de poder arriar el bote de los pescantes y remolcar la nave por la proa a un largo del cable dándole vuelta, se esfuma en un segundo porque están al frente del cabo de Hornos, y no dejan de asombrarse ante ese nuevo espectáculo.

Así describe el grumete Bone este instante: “De súbito nos hallamos junto al témpano, golpeando y rozando su muro reluciente como una dura bestia fría y blanca. Al primer choque cayó el talón con estrépito. Luego, el mastelero de juanete de proa, mastelerillos, vergas y otros aparejos. ¡Una masa de hielo sólido de quizá cuántas toneladas de peso escorado cae a bordo y destroza la escotilla de proa! Luego, el choque y un quejido de hierro que se dobla conforme ceden los baos, los anillos de estay y cabos de retenida, desprendiéndose con violencia crujidos de maderas que se hacen astillas. ¡El monstruo flotante se aleja, se tambalea, pero vuelve nuevamente con las inevitables leyes de la física! Otro golpe y…”

El viejo Jack subiendo al puente con los papeles del buque. El choque le ha hecho girar de proa. Da la contraorden de no arriar el bote y lo dejan en sus pescantes. Las vergas mayores están a la cuadra. El buque golpea al témpano. Se tambalea buscando su equilibrio. Los hombres corren a las brazas.

“Al chocar, borneando sobre los baos, el oleaje ha barrido nuestra popa –dice el joven grumete Bone–. ¡Nos hallamos de proa al viento y la vela del trinquete se aplasta contra el mástil! Avanza el día y vemos claramente al témpano menor, mientras flotamos retrocediendo. La brecha se ensancha. ¡Un pie, una yarda! ¡El largo de un remo! El viento huracanado agita ahora las velas del palo mayor; un puño de escota se alza, crujen las gavias y sopla y sopla impulsándonos. “¡Avante! ¡Descarga a proa!”, ruge el Viejo. Estamos a popa del témpano mayor. La marejada silba y golpea alrededor de nuestro poco espacio para una maniobra de retroceso. Recogemos las velas prorrumpiendo en un coro con un “¡descarga a proa!”

Lentamente se mueve, gana distancia y adelanta. El témpano manos se desliza a barlovento, la masa del mayor a popa y a sotavento; el viento se hace más recio, dispersando a la niebla, en partes desgarradas.

Hacia el sur se encuentra un caro que permite ver aguas libres. Ahora se puede navegar libremente. Bajos los baos, la botavara está rota, pero sigue atada al buque por cabos firmes que han podido resistir. Pero siempre trepida y chirria cuando se sale por avanti.

–¡Córtenla y tírenla! –ruge el viejo capitán.

–¡Lárguenla! –vocifera el contramaestre.

–¡Largala, sí… estamos averiados y debemos volver a navegar en alta mar!

El Florencia llegó a Puerto Stanley, en las Malvinas, reparando sus averías y reponiendo sus pérdidas, que no eran pocas.

El gran Viejo Jack Leish quedó para siempre como un marino digno del mar de Drake y de su estirpe.

Así lo supimos por el grumete David Bone, que después asumiría como capitán Bone en el buque Transylvania, de la Royal Mail, por unas páginas antológicas que nos dejó en honor de los veteranos fantasmas del cabo de Hornos.

Francisco Coloane (foto)

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Una respuesta a “‘Un veterano en el cabo de Hornos’ de Coloane

  1. ‘Un veterano en el cabo de Hornos’ es un hermoso cuento incluido en el reciente libro póstumo de Francisco Coloane, ‘Antártico’, que reúne cuentos y relatos inéditos, semblanzas y notas de viaje, todo de altísima calidad literaria. “Es un viaje a la tierra y los mares del sur, a través de la memoria y la ficción”, como lo dice el maestro José Miguel Varas en la contratapa del libro de ediciones Aguilar.

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