‘Kafka en los laberintos del chat’ de Diego Marín

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La conoció en la casa de su amigo Max Brod, en Praga. La muchacha no era particularmente bella, pero quién ha dicho que uno sólo se enamora de esa suma de convenciones que llamamos belleza. En agosto de 1912, ni la invitada berlinesa ni sus amigos checoeslovacos podían sospechar siquiera los horrores de la Primera Guerra Mundial que se avecinaba. Despreocupados, miraban las fotos de la reciente vista de Franz a la casa de Goethe en Weimar, cuyas edificaciones, por cierto, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1998, así como a la ciudad se la declaró Capital Europea de la Cultura, en 1999. Pero ni Franz Kafka, ni mucho menos su recién conocida amiga Felice Bauer sospechaban nada de eso aquella tarde feliz de hace un siglo.

Y como un siglo pasaron los siguientes quince días para Franz, hasta que se decidió a escribirle a la muchacha. Primero de dos a tres cartas a la semana y, meses más tarde, hasta cinco cartas en un solo día. En la primera de ellas le describe minuciosamente la tarde de su encuentro, y recuerda incluso los comentarios que Felice hacía sobre las fotos. Un Kafka inédito, que admiraba a Flaubert y era mucho menos frío de lo que supone a partir de una visión superficial, emerge de este intercambio epistolar. Un Kafka para quien la literatura no es un pasatiempo, un frívolo “hobby”, sino la más auténtica pasión de su vida, en la que se juega una partida de dados metafísica con los poderes más misteriosos del Universo.

En una de sus cartas ella le cuenta que ha mandado a analizar su letra por un grafólogo, sí, las grafías y pornografías del futuro autor de La metamorfosis y El proceso, y América, y En la colonia penitenciaria, y La carta al padre y Un artista del hambre, la letra de uno de los monstruos sagrados de la recóndita semiología del siglo XX. Pues el analista en cuestión ha dictaminado que esa letra, verdadera letra de cambio que habría de ser pagada en la eternidad, revela a un hombre “interesado en la literatura”. Ofendidísimo, Franz responde: “No, yo no estoy interesado en la literatura. ¡Yo soy la literatura!”

En otra misiva, unos seis meses después de iniciada la correspondencia, Kafka le propone matrimonio a Felice. ¡Y de qué manera! Después de formular tan convencional propuesta, el escritor procede a explicarle a su novia cuál es su ideal de vida. Le encantaría, dice, vivir solo en un sótano, al que sólo se pudiera acceder por una portezuela de unos cincuenta centímetros de altura por donde le pasarían la comida tres veces al día, “!y qué cosas escribiría, de qué abismos las sacaría!” Que después de semejante confesión la muchacha aceptara casarse con él, caramba, quizá revele lo desesperada que estaba. Pero, bueno, cada quien es el feliz propietario de su locura.

Pero la cosa no acabó ahí. Felice decidió que ya estaba bueno de tanto “chatear”, y le exige a Franz que vaya a Berlín a “pedir su mano”, o su humanidad completa, de la cual la mano es metonimia propia como de Jack El Destripador. No sin cierto desgano y mil y una tribulaciones, Kafka hizo el viaje, pero una vez arribó al hotel, se negó a salir de su habitación. Ni corta ni perezosa, Felice fue a buscarlo. Como todo un valiente, él bajó entonces al encuentro con su amada…!y se desmayó!

Cuando volvió en sí, o más bien en “no”, regresó a Praga cual si fuera el Correcaminos. Y no fueron pocas las cartas que tuvo que perpetrar a continuación para convencer a la novia plantada de renovar el compromiso. Lo consiguió, no en balde era un escritor. Retornó entonces a Berlín como Leónidas y sus 300 espartanos se dirigieron al desfiladero de Las Termópilas. Y en esta ocasión sólo salió del hotel, sino que tuvo además el admirable valor civil de ir hacia la casa de Jerjes, perdón, de Felice, donde lo esperaba una conjura, o mejor una Santa Inquisición de robustos alemanes con jarras de cerveza. Jamás Franz se sintió tan flaco, tan orejón, tan juzgado, sentenciado y condenado. De modo que salió corriendo otra vez.

Pero en esta oportunidad Felice se negó a responderle, motivo por el cual se vio obligado a escribirle a una amiga de ella, llamada Milena, y después de una carta viene la otra, y Franz acabó en un nuevo romance epistolar, pero nadie puede negar que la experiencia vivida con Felice le brindó los materiales para escribir su novela El Proceso, con la que le cambió la semiología al siglo XX este hombre que en verdad era la literatura.

Hacia 1960, “la bienamada mujer de negocios”, como le llamaba Franz a Felice, vendió las cartas que aquel novio semiológico le había escrito un siglo antes de que los romances por chat se tornaran costumbre.

Diego Marín Contreras (foto)

 

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Una respuesta a “‘Kafka en los laberintos del chat’ de Diego Marín

  1. el chat por carta tiene una cadencia envolvente, mágica… la de sentir los gestos en el temblor de una letra… facinante el artículo y kafka, gracias, saludos

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