‘Letargo’ de Perla Suez

Perla SuezLa biblioteca de mis padres estaba llena de libros. De niña los recorría con los dedos como si se tratara de las teclas de un piano. Había algo indecible en esos cantos, universos que despertaban mi apetito lector y me empujaban a averiguar por dentro. Recuerdo a mi madre diciendo, La niña de Guatemala de Martí. Yo sentía cómo la vida de esa niña se había detenido y mi cuerpo se acercaba para mirarla. La niña había muerto de amor y mis ojos seguían azorados ese féretro de palabras que escapaban del aliento de mi madre. Mi padre fue un excelente narrador. Le supo robar a la vida esa tierna tajada. Tenía predilección por los escritores rusos como Chéjov, y era cuidadoso guardián de la tradición judía, donde el libro tiene especial trascendencia. Mi padre me acercó El Cantar de los Cantares, la novela de Melville, Moby Dick, Crónica de los pobres amantes y Crónica familiar de Vasco Pratolini, Reportaje al pie del patíbulo de Julius Fusik, que son las que mientras escribo vienen andando en el recuerdo. Todavía las leo y releo hoy como si no hiciera otra cosa que recordar. Estas voces nutrieron mi conciencia de la terrible importancia de la vida y de la significación que la literatura iba a tener para mí. Leer, escribir, son prácticas que llevo a cabo con inquietud, que persigo como algo incansable, como si quisiera encontrar a un amigo que he perdido.
Escribo, ciega a la propia escritura, avanzo o me estanco, de modo imprevisible, trabajando desde las márgenes, amparada por algún momento de gracia, implicada hasta los huesos. La palabra es lo fundante y el texto es la tierra, la patria, Itaca de Ulises. Encuentro en las lecturas un modelo con el que confrontarme y aprender a mirar con todo el cuerpo. La palabra y el silencio trabajan entre las hebras del tejido tensándose, iluminando esas zonas ocultas que todos tenemos. Leer. Escribir, entre la luz y la sombra. Acercarme a las razones de la literatura. Anhelo de salir de lo anecdótico, lucha por encontrar un lenguaje preciso y trasmitir fielmente lo que se quiere decir, el propio legado. Todo se cuece entre mi adentro y mi afuera, entre mi yo real y mi yo ficticio. Lo visible y lo subterráneo, lo marginal y lo que resalta. La escritura permite traducir aquello vivido fuertemente, arrancándole a la propia existencia lo que está en el fondo de nosotros. La escritura como un lugar de resistencia, un vicio donde buscarme. El lugar en que sé que algo es verdad y que ocurre mientras escribo.
Antes de escribir Letargo, Basavilbaso, el pueblo donde viví de niña, aparecía en mi memoria como un microcosmos demasiado apacible como para perturbarlo. La gente, la plaza, la estación de tren y el tren que pasaba cerca de mi casa para Asunción, las fragantes auroras de verano, la lluvia que crepitaba en el techo de zinc de la galería de mi casa. La gente buena que amé; gente simple y honesta que sabía de la vida. Pero había algo que no me bastaba de ese recuerdo apacible. No sabía con certeza de qué se trataba ese inconformismo que sentía. Cuando me di cuenta ya estaba instalada en medio del polvo y de la niebla y empezaba a ver entre lo vedado, a Déborah, la niña, a la bobe, al padre de la niña. Vi a Lete, la madre de la niña, como una imagen perturbadora que se iba agrandando en mi cabeza y avancé en la oscuridad. Escuché sus voces que empezaban a proferir gritos reveladores y ya no pude detenerme.
–No quiero que se sepa.
–¿Y si me preguntan?
–Nadie te preguntará.
La imagen apacible de esos personajes que yo había conformado en mi memoria se esfuma. Letargo por tanto termina en el punto donde cualquier otro podría continuar. La faena es ahora del lector.
Pero la escritura avanza tenaz, intentando develar otros secretos de familia. Ahora todos esos personajes que se han desprendido de mi para siempre yo quisiera que se encarnen en los lectores. Ahora, voy a seguir buscándome. Como dice Cesare Pavese, aunque nunca sepa si podré “haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, que aún se sacude y humea…”
Perla Suez (foto)

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