‘El gorrión’ de Francisco Izquierdo Ríos

Francisco Izquierdo RíosJosé Vilca tenía mala suerte. No encontraba trabajo. Hacía tiempo que lo venía buscando por todo Lima. En los restaurantes le decían que el personal de mozos estaba completo o que había llegado tarde.
“¡Qué suerte! –se lamentaba José Vilca–. Si hubiera venido a tiempo ya tendría trabajo… Siquiera algo de comer…”
Y como un pesado escarabajo se movía por las calles de la ciudad, con los zapatos rotos, por cuyos agujeros miraban sus dedos tímidamente la vida, con el traje de color ambiguo y raído, sin sombrero, el pelo muy crecido como las zarzas de las cercas de su pueblo, pues no tenía dinero ni para hacérselo cortar.
José Vilca sabía leer. Así que una tarde, al pasar frente a una regia mansión, se fijó en un cartelito colgado en la reluciente verja de hierro: “SE NECESITA UN HOMBRE PARA CUIDAR PERROS”. Iba a tocar el timbre, pero se desanimó pensando que no lo aceptarían; su dedo índice que iba a oprimir el botón se contuvo con desgano… No estaba en condiciones ni para cuidar perros…
Algunas veces trabajaba alcanzando adobes y ladrillos en las construcciones de casas que encontraba a su paso. Ganaba unos cuantos reales. Pero esta clase de trabajo no le convenía. Y continuaba deambulando como un perro sin dueño, recibiendo pedazos de pan que le daban algunos compadecidos parroquianos en los restaurantes o recogiendo las cáscaras de frutas que arrojaban los hombres felices en los parques y las calles, para comérselas con avidez. Tenía vergüenza de pedir… En una ocasión, en un café, un hombre gordo le dijo: “¡Lárgate de aquí, vagabundo! Un mozo como tú debe ganarse la vida trabajando”.
Cuando llegó de su pueblo había tenido ocupación. Vendía helados D’Onofrio. Con gorra negra, guardapolvo blanco, depósito rodante y corneta, iba vendiendo la mercancía por esas calles. Pero una mañana su carretilla fue hecha añicos en una esquina por un auto particular; y no lo destrozó a él, ya que en ese momento, por ventura, entregaba el vuelto a un cliente en la acera. Vilca no fue más a la fábrica de helados, desapareció en el laberinto de la urbe. De esa época guardaba un recuerdo: una fotografía. Se hizo retratar con su traje de heladero, apoyado en su triciclo, en el Parque Universitario por un fotógrafo ambulante. Vilca siempre contemplaba con ironía el retrato, que llevaba envuelto en un pedazo de periódico en el bolsillo del pantalón. Estaba allí sonriente, con su cara ancha… Había enviado otro igual a su pueblo, a sus padres, que él se figuraba estaría colocado en la pared más visible de su casucha, con su apenas comprensible leyenda: “José Vilca. Lima, 15 de Abril de 1950”. Sus coterráneos, seguramente, sentían envidia al ver esa fotografía… ¡José Vilca está en Lima, la más hermosa ciudad del Perú!
Vilca rehuía a sus paisanos. Muchos de ellos eran policías, mozos de hoteles, de restaurantes, sastres. Y hasta en la Baja Policía había de Hualpa, su pueblo. El también ingresaría en la Baja Policía para ir recogiendo la basura, los desperdicios de las casas, en esos ventrudos y silbadores carros municipales. Pero habría que ir a ver al Alcalde, a los empleados del Concejo, buscar una recomendación… Y quizá tampoco habría vacantes.
Un día que estuvo parado junto a un cinema le convencieron para que hiciera propaganda a la película “El Monstruo y el Simio”. Le vistieron de monstruo. Forrado con una serie de placas de zinc y tornillos –sólo se le veían los ojos– se fue por esas calles, trac, trac, trac, seguido por otro hombre tan infortunado como él, vestido de mono. Casi se asfixia… Al término de la faena estaba molido, pero tenía cinco soles en el bolsillo,.. Con todo, Vilca se alejó, avergonzado, diciendo: “No más esto… ¡No más!…”.
Dormía como un gallinazo donde lo cogían la noche y el sueño. Sobre todo bajo los gruesos árboles del Parque de los Garifos, donde muchos como él ocultan el cofre de su miseria. Un día invernal, a orillas del Rímac, por poco rompe a llorar; ese río, el rumor de sus aguas turbias y violentas, le traía la emoción de su tierra lejana… Igual sonaba el río que corre en las afueras de su pueblo por entre álamos y capulíes… ¿Por qué diablos vino a Lima? En busca de porvenir, de un mejor porvenir que podría tener en su mediterránea aldea de la serranía agreste, como lo hace la mayoría de la juventud lugareña del Perú… Lima es la meca soñada por todos…
Ya la vida para él no tenía significado. No valía la pena. Debía eliminarse. Pensó en el suicidio. Esa idea se fue haciendo su obsesión… Allí estaban las ruedas de los carros o el mar… ¡El mar con sus aguas azules! ¡Qué linda tumba para un vagabundo!… La muerte… Y terminar, dejar de ser… Mejor era eso que estar sufriendo y dando lástima.
Ya no se preocupaba por buscar trabajo. Comía las cáscaras frescas de las frutas que encontraba en su recorrido, para aplacar un poco siquiera ese terrible deseo de su estómago. Ese deseo que lleva a los hombres hasta el crimen. ¡Hambre! ¡Pan!… ¡Sed! Al fin ésta la calmaba en las fuentes de las plazuelas, bastándole para ello ponerse en cuclillas y recibir el agua… Pero lo otro… Un día intentó asaltar en una calle solitaria de Abajo el Puente a un niño que vendía frutas. Era un niño y se contuvo, un niño serrano y pobre como él.
Aquella tarde se sentó bajo un árbol del Parque de los garifos. Con cierto deleite miraba pasar los chirriantes tranvías uno tras otro. “Es la única solución”, se dijo. Su alma era un abismo de debilidad y de sombras. De pronto, en el ramaje del árbol a cuyo tronco estaba recostado, cantó un gorrión, cantó y cantó. El claro canto del pájaro bajaba del árbol como un chorro de agua a la fuente seca, llena de polvo, de su alma. José Vilca sonrió. Se levantó. Parecía mentira que un gorrión estuviese cantando en una ciudad tan grande y cruel, tan sorda al dolor humano. ¡No podía ser! Los pájaros, felices, inocentes, sólo debían existir en los campos, en los pueblos, pensaba Vilca. Sin embargo, allí estaba el gorrión cantando oculto en el ramaje. Una sensación de frescura invadió, inundó su alma, su cuerpo. El canto de ese gorrión era idéntico al de los gorriones de su tierra… de aquellos que, cantando al amanecer en los nogales y chirimoyos de la huerta de su casa, lo despertaban siempre. Vilca recordó, entonces, su niñez, su hogar… los campos verdes… la vaca que ordeñaba por las madrugadas, cuya leche espumosa y caliente le humedecía, al derramarse, las manos… Un rayo de esperanza brilló en sus ojos. Se dio cuenta de la hermosura del ambiente, de la alegría de los niños que jugaban a su rededor, que los árboles del parque estaban florecidos, cuyas flores lilas, caídas al viento, cubrían como una maravillosa alfombra el verde césped…
Un sudor frío perló su frente. Nublóse su vista. Se sentó bajo el mismo árbol y se quedó dormido… Al despertar, José Vilca era otro hombre; con paso firme se metió en la urbe.
Francisco Izquierdo Ríos (foto)

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