‘Noche de luna llena’ de Pablo Montoya

pablo montoya campuzanoVacilas ante el motivo que te ha conducido al cementerio. Das varias explicaciones. Tu mente deambula precisando cuál podría ser la más sensata. Has venido, te dices, porque se trata de un lugar catalogado como patrimonio nacional y, por tanto, digno de conocerse. Siempre has mostrado reserva frente a la costumbre de los hombres de otorgar un tinte sagrado a lugares donde habita la muerte. Pero la idea de volverlos espacios propios para el turismo te provoca un rechazo profundo. Un cementerio como el de San Pedro, consideras, sólo es un lugar impío. A él han ido a parar miles de asesinados. En los corredores de sus secciones más populares, ondea una suerte de espanto colectivo, una generación perdida de miles de jóvenes de Medellín, que hace absurdo el alto valor que la nación le asigna al cementerio. Pero también entiendes que esa estela de voces encerradas en las tapias, así gritaran en el más allá por el dolor padecido en la vida, se escucha cada vez menos hasta tornarse en un susurro inaudible. Y no olvidas que, finalmente, quienes quedan para mirar y valorar son los vivos. Varios amigos te han contado que en el cementerio hay estatuas de artistas renombrados. Ellas acompañan mausoleos de venerables personajes de la historia de la ciudad. Te han hablado de los caminos, rodeados de nombres, fechas y flores, dueños de un encantador aire de laberinto cuyo centro no es más que la muerte. Te han descrito también la magnitud de algunos árboles, el canto de los pájaros como si en realidad fuera un jardín botánico y no un lugar donde los gusanos efectúan su repetido festín. Uno de tus familiares te aconsejó, incluso, la observación detenida de los vitrales. Allí, en esa capilla, donde el visitante puede pasarse horas escuchando el íntimo chispoteo de las veladoras.
Pero la explicación turística, por supuesto, no te satisface. Un cementerio, sigues pensando, es ese lugar adonde van a rezar quienes creen en ritos fúnebres. Te preguntas si en el fondo de ti mismo, a pesar del ateísmo que practicas desde hace años, no siguen prendidas pequeñas ascuas de la fe enseñada por tus padres. El de San Pedro, es verdad, lo visitaste muchas veces cuando eras niño. Ahora que vuelves a penetrar su ámbito de paredes blancas, recuerdas acaso el aspecto primordial de esas visitas dominicales. Creías que la imagen se había borrado de tu memoria. Pero atravesaste la puerta, esa entrada donde hay un ángel con el dedo puesto en la boca para ordenar silencio, e inevitablemente apareció el rasgo esencial de tu madre. O al menos el que ahora te parece el más importante. Compruebas, en la medida en que te hundes en las profundidades de los pasillos, que de todo ese relieve hecho de muros y de tumbas no retenías absolutamente nada. Ninguna circunstancia propia para afirmar que alguna vez habías estado aquí. Sólo la persistencia de esa imagen más etérea y por ende menos insoslayable. Tu madre, vestida de negro, tomándote de la mano y orientándote por un dédalo del cual tus amigos últimamente te han hablado con tanto entusiasmo. Una mujer en silencio, delante de ti, buscando con pasos cortos pero rápidos la estrecha morada de sus muertos. Ni siquiera es claro el recuerdo del altar de la iglesia frente al cual ella, soltándote de la mano, se detenía para rezar de rodillas.
¿Has venido entonces a buscar la imagen de tu madre? La pregunta te abruma. Y no logras dilucidar la causa de esa secreta conmoción. Con todo, respondes que no. Tus padres, en primer lugar, no están enterrados en San Pedro. Ningún familiar cercano, por lo demás, lo está. Todos ellos fueron cremados y nunca visitas el osario donde se reúnen sus cenizas. Te basta, en realidad, con recibir sus espíritus en tu casa. Con tu madre, por ejemplo, has mantenido un diálogo de silencios desde el día de su muerte. Nada tienes que buscar de tu madre en el cementerio, concluyes. Ella es, sin embargo, el centro de casi todos tus insomnios. Se trata de una impresión de cercanía que ha llegado a ciertos extremos. Tu madre se presenta con frecuencia al lado de tu cama y te observa sin pronunciar palabra. No la ves, claro está, pero crees con seguridad que es ella quien está ahí.
Sabes, o pretendes saberlo, que esa mujer salía del cementerio los domingos, más ligera y acaso más feliz. Pero tú cómo salías. Intentas contestar una pregunta y terminas naufragando en la ausencia de respuestas. Ves a tu madre. Ves tu mano agarrada a la de ella. Viene luego una fragmentada inmersión en el pasado. La infancia jamás se recupera, dices. La persigues continuamente pero nunca la alcanzas. Y sólo te queda, en esa búsqueda, el aire de una desolación calmada aunque persistente. Entonces piensas que la visita al cementerio obedece a tus años. Atraviesas una edad complicada. Estás cada vez más cerca de la vejez y más distante de la juventud. Ante la imparable degradación poco te convencen las certezas de la fe. Para creer en consuelos divinos ante el fin es menester una desesperación recóndita. Y tú, lo constatas con algún sosiego, no has llegado a tal punto. De esa circunstancia a veces hablas con tu amigo Jaime. Ambos, pues Jaime es tu contemporáneo, están en una situación particular. Bordean un precipicio y se ven tironeados por dos mujeres. De un lado una momia, del otro una doncella. Jaime sonríe cuando propone como camino no caer al vacío, porque aún no es hora, sino amar a la vieja pero con el ímpetu de la joven. Cuando ves el afiche pegado en la cartelera del cementerio, hallas algo semejante a una respuesta. Has venido al San Pedro porque necesitas romper esas barreras impuestas sin duda por tu madre. Porque necesitas acercarte de otro modo a la muerte.
El afiche te atrae. Es una invitación a una noche de luna llena. El espectáculo se realizará en el cementerio al otro día. Un periplo nocturno que culminará en un recital de poemas. Levantas el entrecejo como si estuvieses delante de una novedad no inesperada pero si exótica. Algo sabías de las ceremonias que un grupo cultural de la ciudad, el mismo que pregona sus excelencias patrimoniales, programaba en el San Pedro. Pero siempre las habías mirado con desdén. Te parece morboso visitar un cementerio por la noche. Inevitablemente caes en asociaciones, a veces ridículas, con historias de zombis, de espíritus atormentados por la sangre, de esos desgraciados que se percatan de haber sido enterrados vivos. Además, el mero hecho de que puedan prender sahumerios y realizar otros tipo de ofrendas, que repudias con un ánimo que no logras explicarte, te hace seguir de largo. Sin embargo, cuando tomas el taxi para regresar a casa, sabes que irás a la ceremonia.
Quieres invitar a Jaime. Pero te da pena. Sientes algo parecido a lo que sentías cuando, de adolescente, tus amigos confesaban no creer en Dios y tú seguías guardando rescoldos de esa fe cristiana que después botarías al basurero de los recuerdos familiares. Por otra parte, con seguridad Jaime se burlaría de tu interés y sacaría alguna excusa. Algo así como poco a poco te precipitas a la conversión. Entonces decides ir solo. A las ocho de la noche la entrada del Cementerio San Pedro está atiborrada de personas. Cuando ves la multitud, una suerte de desaliento te hace pensar que lo mejor es devolverse. Suponías que la ceremonia era casi para iniciados o para un grupo de curiosos que en Medellín no podría alcanzar treinta personas. Al contrario, ves un tumulto a la espera. Turismo, te repites, esto es una disfrazada forma del turismo. Te apoyas en esta amarga convicción, pero igual te unes al grupo. Das una mirada panorámica como si estuvieras buscando algún rostro conocido. No reconoces a nadie. Eso te tranquiliza. En las fronteras de un camposanto, aventuras, la mejor forma de estar es el anonimato. La gran mayoría son jóvenes. Ves parejas con niños y adolescentes. Te sorprende esta fascinación de la mocedad por un espectáculo penetrado por la muerte. Sientes envidia de ellos. A una edad que declina intentas aproximaciones al más allá, mientras muchachos de doce o quince años lo hacen como si se tratara de hacer una excursión al campo. Muchas personas, notas también, visten colores vivos. Una buena parte de ellas están solas como tú. Las puertas se abren. Un grupo de guías, casi todas mujeres, explican el itinerario. Es tan fácil que parece absurda cualquier perdición. Las velas señalan los dos caminos opcionales. En ciertos parajes se encontrarán, dicen, imágenes reflejadas de dioses mesoamericanos relacionados con la muerte. Ambos recorridos desembocan en la plaza central. Allí se hará la lectura de los poemas, y se tocarán las flautas, los tambores y otros instrumentos indígenas. Sonríes ante esa intromisión de lo profano en un lugar donde están enterrados los seres más católicos del planeta. Melodías pentatónicas, poemas a dioses indios en medio de ángeles y vírgenes dolientes prosternados en los mausoleos de los Echeverri, los Mejía y los Uribe. Te pones, por último, en guardia cuando ves que, entre la multitud que empieza a dividirse para tomar las sendas, hay cámaras de televisión.
La gente se disgrega. Te da lo mismo tomar el camino de la derecha o el de la izquierda. Ambos de todas maneras conducen a la plaza. Por esta vez no existe la fatal o provechosa alternativa pregonada por el imaginario cristiano. La mayoría, adviertes, se inclina por la diestra. Entonces tú optas por el otro. Las luces de las veladoras, en el piso, delinean un recorrido que te parece ya bastante esclarecido por la luna. Su redondez alucinante te permite leer algunos nombres. Todos son Restrepo. Recuerdas una vez más, viendo la cantidad de nombres resguardados por ese apellido, el asunto del incesto en la historia fundacional de Medellín. También llevas un apellido muy común en la ciudad. También provienes del incesto. Y juegas a la suposición de que no habría paraíso más temido que compartir la eternidad, no con todos los hombres de buena voluntad, sino con todos los miembros de una gigantesca familia antioqueña. La primera efigie es Tezcatlipoca, el dios de la muerte entre los aztecas. Su monstruosidad geométrica se refleja, agrandada por la llama, en una de las tapias. Lees allí un nuevo nombre y unas fechas recientes y una fotografía. Dieciocho años es muy pronto para morir, dices. No necesitas, además, ninguna premisa para saber que allí está el cuerpo de un joven asesinado. Ése que muestra la foto. Su nombre sólo te habla de temibles ajustes de cuentas, de masacres y venganzas perpetradas por crueles sicarios adolescentes. Miras la fotografía pegada sobre la lápida. El desvanecimiento de su imagen, y eso acaso lo saben quienes la pegaron, define los relieves de una segunda y definitiva muerte. Más adelante hay oscuras chapolas revoloteando a tu alrededor, como si te hicieran una aureola siniestra. Miras hacia uno de los lados. Tu sombra se alarga en el inicio de un pasillo. En él no hay velas y la luz de la luna sólo entra hasta cierto punto. Más allá algo sobrevuela y dibuja acrobáticas equis en el aire. El mundo de las alimañas mortecinas siempre te ha impresionado. En la infancia, recuerdas, era su mera imaginación la causa del verdadero pavor. Mucho más del que te pudiera ocasionar la visión de un muerto en el sarcófago. En ese momento alguien grita. Luego se oyen, como en eco, varias carcajadas. El grito y las risas no te previenen contra posibles resquemores atávicos. Te confirman, al contrario, que lo macabro del cementerio se diluye con esta actividad cultural atravesada por bromas de una ultratumba distorsionada por jóvenes traviesos. A veces te cruzas con visitantes solitarios que leen las inscripciones explicativas sobre los ritos prehispánicos. Esta que lees ahora habla de cómo los incas eran enterrados. Se explica lo del manto, lo de la chicha y el atado de hojas de coca en la mochila. En algún rincón del piso, favorecido por la luz de una de las velas, percibes el movimiento de algo. Te aproximas. Más que un movimiento hacia alguna parte, es una especie de acelerada palpitación detenida. Te acercas más. Eso que hay allí rutila como un repugnante corazón oscuro. Te asomas y ves un túmulo hecho con miles de cucarachas. Por unos instantes sientes una profunda sensación de asco. Avanzas hacia donde hay personas. Buscas su compañía porque reconoces, por fin, el primer atisbo de algo cercano al miedo. Pero reaccionas de inmediato. Te proteges con elaboraciones racionales. Te repites que tienes, por ejemplo, demasiada edad para dejarte impresionar por tinieblas, bichos y losas fúnebres. Los muertos jamás regresan, vuelves a pensar. Y lo mejor es simplemente evitar esos rincones en donde los insectos se hastían con la podredumbre.
Frente a la capilla, logras respirar con amplitud. Un viento corre por entre los árboles. Te impresionas por las altas palmeras. Es agradable la alusión al trópico, la referencia a un cuerpo de mujer que danza, en medio del cementerio. La gente va acomodándose para escuchar el recital. Algunas parejas se acomodan al lado de las parcas tristes de uno de los mausoleos. Una madre le explica algo a un niño sobre la mujer magra que llora frente a una tumba sin mostrar del todo su rostro. Los de la televisión entrevistan a un muchacho. Él está a tu lado. Una mezcla de curiosidad y ocio me ha empujado a este evento, responde. Una respuesta simple pero que tú también darías. De pronto, la cámara se acerca. Huyes de inmediato. Decides ver, ya bajo la luz de la luna, los vitrales tan aconsejados. Su valor estético no te parece tan alto. Desconfías de la costumbre de esta ciudad de considerar sus expresiones artísticas como las mejores del mundo. Los santos, la virgen, el Cristo, dibujados en los vidrios, son de un ostensible mal gusto. Quieres buscar un sitio para acomodarte. Allá, junto a una de las palmeras, ves un espacio libre donde podrías sentarte. Pero te dan ganas de orinar. Te sorprende el llamado presuroso de la vejiga. Preguntas a alguien por los baños. Te señalan con la mano una dirección. Caminas un buen tramo. Te alejas de la gente. Sientes una ligera alarma que crece en la medida del avance de tus pasos. Los pasillos se suceden y son muchos los elevados muros llenos de lápidas que atraviesas. Los baños no aparecen todavía. Te detienes. No comprendiste bien las indicaciones, o te las dijeron mal. En esa ambigüedad recorres más pasillos. Te abruma el hecho de que debes recordar el rumbo para el regreso. Te sientes perdido. Intentas devolverte. Sudas copiosamente. La punzada de la orina se hace más aguda. Vas a abrir la cremallera de tu pantalón cuando ves la sombra. Es inmensa y te cubre todo el cuerpo. El corazón va a salirse de tu pecho. El dolor en el bajo vientre se agudiza. Comprendes que ante ti hay una muchacha que te mira. Alcanzas a preguntarle, anonadado, por los baños. Ella dice, como no señor, al fondo a la derecha. Sientes que te están engañando de nuevo. Al fondo a la derecha, replicas casi con desesperación. Ella te dice, con una voz aún más suave, sí, unos metros más y ahí están los baños. Agradeces con torpeza. Sigues el rumbo. Cuando entras al cuarto, corroboras que tu pantalón se ha mojado.
Te sugieres calma. Orinas demasiado. El sonido del chorro es estruendoso en medio del silencio. Pero sigues evacuando con una inesperada sensación de no poder terminar jamás. El dolor por fin va desapareciendo. Luego te sacudes. Frotas la parte mojada del pantalón con tu mano. Mientras tanto hablas solo para espantar cualquier temor escondido. Pero también sabes que estás en una letrina, apenas iluminada por una veladora, en medio de un cementerio. A tu alrededor sólo hay cadáveres descomponiéndose en los nichos. Millones de gusanos y cucarachas devorando con minucia lo que alguna vez fue la vida. Te da angustia, una enorme angustia, como si el baño, el pasillo, el cementerio, Medellín misma fueran un juego de ataúdes que se meten unos dentro de otros, y tú siempre estuvieras a la búsqueda de una salida. En tal estado no te queda más que respirar profundo y resuelves escapar. Pero primero debes salir del baño. Y luego salir de los pasillos. Y después salir de San Pedro. Enseguida irás a casa e intentarás dormir para lograr salir de la ciudad.
Entonces sales del baño. Das unos pasos y la ves de nuevo. Parada en mitad del pasillo, te espera. Deberías sentir miedo. Cuando la escuchas, no obstante, una calma advenediza te inunda. Su voz, piensas. Sin duda es el timbre de la voz. Y ese modo de decir señor, y el excuse que lo haya esperado pero es que, te desaloja la aprensión. En adelante el camino se hace muelle. Tanto que consideras ilusorio lo sucedido instantes atrás. La muchacha conoce perfectamente el regreso. Su forma de caminar por entre los pabellones te hace intuir la posibilidad de que ella sea una emanación de la noche. Algo está diciendo, te pregunta por la palabra treno, cuando comparas su guía en las tinieblas con aquel remoto hilo de plata que ha perdurado a través de los siglos. Eres ese hombre laberíntico, dices, que buscas no la verdad sino a Ariadna. El público de la plaza está concentrado en el recital. Pero tú no puedes concentrarte en nada. La muchacha permanece a tu lado, atenta a los poemas. En cambio tú pasas de observar su hermoso perfil a las sombras de los árboles que custodian la ceremonia. En algún momento, preguntas algo y ella se voltea hacia ti. En un ademán espontáneo pone su mano en la tuya. Su tibieza te parece inverosímil en estos ámbitos aptos para todas las frialdades. Al terminar el evento, acepta tu propuesta.
Sugieres un sitio para hablar y oír música. Ella hace mala cara y escoge el baile. Afirmas porque intuyes que si haces lo contrario ella se irá irremediablemente. Y no quieres dejar ir lo que jamás regresará. En el taxi sabes de su universidad. Estudia psicología. Vive en Itagüí. Toman un par de cervezas en el Parque del Periodista. El lugar siempre lo has visto con desdeño. El licor, la marihuana, el perico, las acaloradas polémicas de los jóvenes que pueden desembocar en grescas violentas. Todo eso lo consideras definitivamente anacrónico para tu gusto. La policía, además, surge de repente. Va y viene con posturas que te incomodan. Pero ella te ha convencido sin mayores problemas. Esto aquí, a la final, es inofensivo, explica. Y vuelve a poner su mano en la tuya. Cuenta, mientras beben, que practica ciertos hábitos de Oriente. Te acomodas mejor en uno de los muros del parque. Haces el esfuerzo de escucharla. Le gustan los sahumerios y tú los desprecias. Se dice panteísta y tú eres un escéptico. Algo habla del tantrismo y su gimnasia sexual y tú cada vez que haces el amor sientes una ineludible desesperanza. Pero la dejas hablar. Permites también que te cuente maravillas de Benedetti, cuando a ti ese poeta te parece un lírico desastre. Y te gusta cómo esa tímida sonrisa de antes va dando paso a unas actitudes más espontáneas. Tiene un grupo de amigas, te confiesa, que se reúnen para acariciarse. Levantas las cejas. Te aclara que ninguna del grupo es lesbiana. Sólo se reúnen, precisa, para tocarse sin ningún ánimo de posesión. Se acarician las manos, los pies, el cuello buscando una relajación muy parecida a la felicidad. Más tarde bailas con ella. En el nuevo sitio, El eslabón prendido, no recuerdas de qué hablan. La música del Caribe retumba y el cuerpo de ella es hábil para los abrazos. En algún instante le hueles el cuello. Una mezcla de flor, fruta y sudor. En un giro ella te ofrece los labios. La besas y la estrechas contra tu vientre. Hacia la madrugada salen. En alguna calle, no sabes en dónde con exactitud, ella se detiene. Tú, lo reconoces con arrepentimiento, has bebido demasiado. Le ves el ombligo, la pelvis ancha, sus muslos apretados en el jean. Te besa una vez más. Y entonces sucede lo imprevisto. Al menos lo que no esperas que pase en una calle. Ella aprovecha la soledad de la noche. Te arrastra hacia la entrada de un garaje. Haces un poco de repulsa. Propones que vayan a tu casa. Pero ella dice no. Que otro día. Que aquí está bien. Y sigue besándote. Recuerdas lo del budismo, lo de las caricias entre las mujeres. Y te dan ganas de reírte. Pero ella te ahoga la risa. Sus dientes te toman la lengua y te la muerden. Oyes que te dice, en susurros, te voy a devorar. Entre tanto la alzas de las nalgas y la empujas contra la pared. Ella respira agitada. Te hundes en su pelo que huele a cigarrillo, a cerveza, a esa mezcla de fruta y flor que aún no descifras. Pero ella logra zafarse de tus brazos. Se agacha. Jamás habías sentido una boca tan ansiosa y tan metódica al mismo tiempo. Te chupa con largueza. Cuando crees que te vas a morir, ella te saca de su boca y te da leves caricias con la mano. Y vuelve a tragarte. La buscas afanosamente para bajarle el jean. Pero no puedes. Algo incomprensible te paraliza. El mundo empieza a darte vueltas. Te parece mentira que la mujer que está bebiendo de ti, sea la misma que te sonreía, casi infantil, en medio de la lectura del treno. Entonces ocurre el cataclismo. Te pierdes en el delirio. Gimes pero tu boca no te sirve. Intentas aferrarte a algo y no tienes nada a la mano. El corazón se te explota en mil pedazos. Buscas uno de esos fragmentos para poder apoyarte. Tanteas con tu mano el cabello de la muchacha. Pero ella no está. Lo que hay, en cambio, es una sombra inmensa que abarca el garaje y te va cubriendo. Más allá, pero no sabes en dónde, está el redondo resplandor de la luna. O es una lámpara callejera, te preguntas. O el brillo de unos ojos oscuros que te miran.
Pablo Montoya (foto) (Ganador del Premio ‘Rómulo Gallegos’ de Novela 2015)

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