‘Por qué escribo cuentos’ de John Cheever

John CheeverPublicar una colección definitiva de cuentos cuando uno está al final de los sesenta años me parece, como escritor norteamericano, una ocasión tradicional y digna, de ninguna manera eclipsada por el hecho de que la mayoría de los cuentos de esta colección fueron escritos en ropa interior.
No quiero decir que alguna vez haya sido bohemio. Difícilmente vive ahora un hombre que recuerde cuando Harold Ross publicó The New Yorker, pero yo soy uno de ellos. Las pesquisas editoriales de Ross fueron genuinamente excéntricas. En uno de mis cuentos inventé un personaje que regresaba a casa de su trabajo y se cambiaba de ropa antes de cenar. Ross anotó en el margen de la galera: “¿Eh? ¿Qué es esto? Parece que Cheever sólo tiene un traje”. Tenía razón. Con lo que él pagaba por cuartilla, yo podía comprarme exactamente un traje. En las mañanas me ponía mi traje y tomaba el elevador hasta el cuarto sin ventanas en el sótano donde trabajaba. Ahí lo colgaba, escribía hasta el anochecer, me vestía y regresaba hasta nuestro apartamento. Muchos de mis cuentos fueron escritos en calzoncillos.
Una colección de cuentos podría parecer como un limón en una lista actual de obras de ficción, la cual es, en realidad, un jardín de amor, de juegos eróticos y de una lujuriosa y antigua historia de familia; pero mientras estemos poseídos por la experiencia que se distingue por su intensidad y naturaleza episódica, el cuento formará parte de nuestra literatura, y sin la literatura pereceríamos ciertamente. Fue F.R. Leavis quien declaró que la literatura es lo primero que distingue al hombre civilizado.
¿Quién lee cuentos?, uno se pregunta, y me gusta pensar que los leen hombres y mujeres en la sala de espera de un dentista mientras esperan su turno; que los leen en viajes aéreos transcontinentales en lugar de ver películas banales y vulgares para matar el tiempo; que los leen hombres y mujeres sagaces y bien informados quienes parecen sentir que la ficción narrativa puede contribuir a nuestra comprensión de unos y otros y, algunas veces, del confuso mundo que nos rodea.
La novela, en toda su grandeza, exige, al menos, algún conocimiento de las unidades clásicas, preservando ese lazo misterioso entre la estética y la moral; pero que esta antigüedad inexorable excluyera la novedad en nuestras formas de vida sería lamentable. Algunos conocemos esta novedad a través de La guerra de las galaxias, otros a través de la melancolía que sigue al error cometido por un fielder en los últimos innings de un juego de beisbol. En la búsqueda de esta novedad, la pintura contemporánea parece haber perdido el lenguaje del paisaje y –muchos más importante– del desnudo. La música moderna se ha separado de aquellos ritmos y tonalidades profundamente enraizados en nuestra memoria, pero la literatura aún posee la narrativa –el cuento– y uno defendería esto con la propia vida.
En los cuentos de mis estimados colegas –y en algunos míos– encuentro esas casas de verano rentadas, esos amores de una noche, y esos lazos extraviados que desconciertan a la estética tradicional. No somos nómadas, pero –sin embargo– subsiste más que una insinuación en el espíritu de nuestro gran país, y el cuento es la literatura del nómada.
Me gusta pensar que la vista de una calle suburbana que imagino desde mi ventana podría atraer a un vagabundo o a alguien familiarizado con la soledad. He aquí un profundo y conmovedor despliegue de nostalgia, visión y amor, ninguno de ellos de más de treinta años, incluyendo la mayoría de los árboles. Aquí hay blancas columnas del sur señorial, paredes de madera y ladrillos de la Inglaterra isabelina, casas de dos pisos con tejado que recuerdan nuestro pasado marítimo, y casas de techos planos con ecos de Frank Lloyd Wright y su visión del día cuando todos podremos disfrutar de la calefacción solar, cómodos y serenos interiores, y paz en la tierra.
Los lotes miden acre y medio; flores y hortalizas crecen en los patios, aquí y allá uno encuentra, en lugar de tomates, robustos pies de cannabis con su plumoso follaje. Aquí, en esta domesticidad triunfante, la cosecha principal es una droga peligrosa. Y qué veo colgando del tendedero de los Harshore sino suficiente marihuana (desecada, a punto de madurar) para drogar a un regimiento.
¿Es el olvido parte del misterio de la vida? Si hablo con el Sr. Harshore sobre su cosecha de cannabis, ¿me dirá que la grandeza de la civilización china se erigió firmemente en las fantasías del opio? Pero no seré yo el que hable con el Sr. Harshore. Yo seré Charlie Dilworth, un hombre muy abstemio que vive en la casa de al lado, tiene un letrero de NO FUMAR en el jardín de la entrada, y sus apasionados sentimientos acerca de la marihuana han sido inteligentemente encauzados en una especie de chantaje a la inversa.
Los oigo discutir una tarde de domingo cuando regreso de jugar “tochito” con mis hijos. Está oscureciendo. Es otoño. La voz, alta y clara, de Charlie puede ser escuchada por cualquiera interesado. “No dejes a tus perros entrar a mi jardín, asa tu carne dentro de la casa, baja el volumen al tocadiscos, apaga el filtro de la piscina en la noche, mantén bajas las persianas. De lo contrario reportaré tu cosecha de droga a la policía, y con el tío de mi mujer de juez este mes, te darán por lo menos seis meses por posesión ilegal”.
Parte. La noche cae. Aquí y allá, una ama de casa, percibiendo la primera helada, mete sus plantas a la casa, mientras que de una chimenea isabelina, Nantucket o Frank Lloyd Wright, surge la maravillosa fragancia del humo de madera. No se puede poner esta escena en una novela.
John Cheever (foto) (Traducción de Argentina Rodríguez)

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